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Encinas negras de Machado

Las encinas, robles, quejigos, coscojas y alcornoques, la rica diversidad de árboles que comparten el género Quercus, me llevaron a Baeza. Antonio vino desde Morelia, Mario desde Chiapas, Arndt desde Burdeos y Vanda desde Lisboa; el resto llegamos desde distintos puntos de España. En total nos juntamos 15 ponentes y 25 participantes en el Encuentro Internacional sobre los Quercus organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en su sede de Baeza, Jaén.

Durante tres días intercambiamos información sobre la genética, ecología y fisiología de las especies de Quercus y debatimos sobre las opciones de gestión más adecuadas para mitigar o reducir los efectos del cambio global sobre estos bosques.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

El género Quercus tiene más de 500 especies de árboles y arbustos que se distribuyen por todo el Hemisferio Norte. Uno de los «centros de diversidad» (regiones con mayor riqueza de especies) está en México, con unas 160 especies de «encinos» y robles. Allí se extienden por una variedad de hábitats, que incluyen matorrales desérticos, bosques templados, bosques de niebla y selvas tropicales, según nos contó en su ponencia Antonio González Rodríguez (de la Universidad Autónoma de México, en Morelia).

En la Península Ibérica solo hay 11 especies de Quercus, pero tienen una gran importancia ecológica y económica. Los bosques dominados por estos árboles proporcionan valiosos «servicios ecosistémicos» (beneficios que ofrecen los ecosistemas para el bienestar humano). Se pueden agrupar en servicios «de abastecimiento» (madera, leña, corcho y alimento para el ganado), «de regulación» (secuestro de carbono, protección de suelo, mejora de la calidad del aire y agua) y «culturales» (recreativos, paisajísticos y de identidad cultural). El cambio global, mediante sus principales «motores» que son el cambio de uso del suelo, la introducción de patógenos exóticos y el cambio climático, está afectando negativamente a estos bosques, reduciendo la provisión de sus «servicios ecosistémicos» y en consecuencia perjudicando al bienestar humano.

En la sesión de Conclusiones del Encuentro se identificaron algunos temas que son importantes para la investigación y la adaptación de los bosques de Quercus frente al cambio global: compatibilizar el pastoreo de ganado y fauna cinegética con la regeneración del arbolado; favorecer la diversidad genética (incluidas las hibridaciones) para aumentar la adaptación al cambio climático; controlar los patógenos exóticos y reducir la mortalidad de los árboles; desarrollar técnicas selvícolas (podas, aclareo) que favorezcan la tolerancia a la sequía; promover técnicas eficientes de forestación y restauración del bosque; e implementar políticas de pago por servicios ecosistémicos que compensen los costes derivados de la gestión.

En las idas y venidas del Palacio de Jabalquinto (donde se daban las conferencias) al Antiguo Seminario de San Felipe Neri (donde estaban las habitaciones y la cafetería para el café de los descansos) teníamos que cruzar el jardín y no podíamos dejar de ver el busto de Antonio Machado que parecía mirar fijamente a una joven encina. Entre los cipreses altivos y las palmeras exóticas llamaba la atención en el jardín la austeridad oscura de la encina. Una placa con unos versos recuerda que fue plantada en 2009 en memoria del poeta.

Busto de Antonio Machado en el jardín de la UNIA y en primer plano la «encina negra».

Conocía el poema «Las encinas» de su libro Campos de Castilla, que precisamente se publicó en 1912, el año en que Machado llegó a Baeza contratado como profesor de francés.

¿Qué tienes tú, negra encina
campesina
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

Viviendo como se puede, derecha o torcida, la encina se adapta a la adversidad de su medio. Profunda enseñanza nos regala el poeta.

La “encina negra” de Machado es la encina común, carrasca o chaparro  (Quercus ilex); una especie que se distribuye por toda la Cuenca Mediterránea y  que tiene su mayor extensión en España, con unos tres millones de hectáreas. Su gran plasticidad, amplitud ecológica, capacidad de adaptación a condiciones adversas y sobre todo su resistencia a las perturbaciones como podas, talas o fuego han contribuido a que sea la especie forestal más extendida por todo el país.

Pero volviendo a la encina del jardín y los versos en la placa, no estaban dedicados a las encinas que dominan los paisajes castellanos, sino a otras encinas menos visibles, escondidas entre los olivares de Jaén. En ese poema, extraído de su libro Nuevas Canciones¹, Machado cantaba:

Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.

Pero ¿hay encinas en los campos de Baeza? Al atardecer me asomo al Paseo Antonio Machado y desde allí diviso un mar de olivos, sin interrupción hasta las sierras de Cazorla y Mágina. Pregunto a un grupo de paseantes por la encina de Machado y me confirman su existencia. Me explican la forma de llegar al lugar conocido como «Los Encinarejos», en el camino a Úbeda.

A la mañana siguiente me dirijo en dirección a Úbeda. En una carretera de servicio sale un carril, casi escondido, entre una granja de aves y una fábrica de muebles. Recorro unos metros y allí están las encinas. Un pequeño grupo de unas 12 encinas centenarias que han sobrevivido protegidas entre los olivos, posiblemente al estar en un espacio público de alguna vereda antigua. Un par de ellas han sido rodeadas por las cercas de la granja y otra presenta daños y el tronco parcialmente quemado .

Encina y Baeza

Junto a una de las encinas se divisa a lo lejos, en la loma y entre el mar de olivos, el caserío de la ciudad de Baeza. Me imagino a Machado, «caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo» por estos olivares polvorientos². Parando bajo la negra encina, descansando y recordando con nostalgia a Leonor y sus años felices en tierras castellanas.

Examino un papel arrugado y roto en el suelo donde todavía se puede leer: «en recuerdo de Antonio Machado… 2012». Reconozco los restos de un cartel del que había visto fotos mientras buscaba información en internet sobre la encina negra. En el blog se documentaba la visita de un grupo de entusiastas locales de Úbeda, defensores del patrimonio monumental, que habían realizado un homenaje a Antonio Machado en 2012 para recordar la estancia del poeta por estas tierras y «de paso reivindicar la protección y puesta en valor de estas doce encinas centenarias»; loable empresa.

Me invade la melancolía al pensar en el Machado solitario y triste, al observar el abandono del lugar y me inquieta el incierto futuro de estas encinas monumentales. Se podría adecentar el lugar, acondicionar un pequeño parque para proteger y disfrutar de este grupo de encinas, poner algunos paneles explicativos con la vida y poemas de Antonio Machado, promocionar el valor de estos árboles singulares como iconos naturales y culturales.

Empiezan a caer algunas gotas de agua y me recuerdan que tengo que volver a Sevilla. Mientras abandono el lugar, me vuelvo para mirar de nuevo a las encinas negras de Machado, escondidas y olvidadas³, entre los olivares. Y publico este post en su homenaje.
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¹ Del poema Apuntes (CLIV) en Nuevas Canciones (1917-1930).
² Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo. Poema CXXI en Campos de Castilla.
³ Estaba convencido que este grupo de encinas centenarias, por su valor histórico y cultural, estaría incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía. Ya de vuelta en casa, busco en el volumen de la provincia de Jaén y lamentablemente no las encuentro.

Publicado por Teo, el jueves 31 de octubre 2013.

Documentos del Encuentro Internacional sobre los Quercus
Encuentros de Medio Ambiente 2013 en la UNIA
Lugares de Baeza vinculados a Antonio Machado
Visita homenaje de los vecinos de Úbeda a la encina de Machado en 2012

Érase una vez un árbol

Nuestra relación con los árboles, igual que con las personas, comienza en la infancia. A unos árboles solamente los conocemos de vista; en cambio de otros, sabemos sus nombres, los frecuentamos e incluso llegamos a quererlos como a un amigo o a alguien de la familia. Pero suele suceder que –como con algunos amores- no nos damos cuenta del sentimiento que le profesamos hasta que lo perdemos para siempre.

En mi infancia tuve un árbol amigo. Ésta es su historia.

Érase una vez un árbol que crecía sano y bien mirado en el patio de una casa, en la ciudad costera de Algeciras, allá en el Estrecho de Gibraltar. El edificio, una vieja residencia señorial convertida en casa de vecinos, se disponía en torno a un amplio patio cuadrado, bordeado de arriates, con un alcorque en todo el centro donde crecía hacia el cielo el lustroso pino.

Mari Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

María Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

El árbol, una araucaria (Araucaria heterophylla) aunque la gente también le llamaba pino, como todos los de su especie, tenía un porte inconfundible. El tronco derecho junto con las ramas horizontales y simétricas le conferían un aspecto triangular muy característico y un aura de equilibro y armonía. Había vivido ya bastantes años y alcanzado una altura honorable, tanto que sobresalía entre las casas circundantes y casi alcanzaba al campanario de la cercana Iglesia de la Palma de la Plaza Alta, cuya torre mide 45 m. Desde el mar, el ápice triangular de la copa se distinguía claramente en la línea del cielo de la ciudad, convertido en un destacado hito tal faro o bandera. Pero sobre todo era un elemento esencial en la vida del patio.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

En aquella casa la araucaria era una presencia luminosa. Aportaba la sombra; el color verde profundo de sus hojas; la belleza decorativa de su figura; la alegría de trinos de pájaros que se posaban en las ramas; la compañía del susurro de hojas mecidas por el viento; la frescura del aire cargado de oxígeno y otros saludables componentes; el aroma a resina, follaje y madera; el tacto vegetal de sus hojas frescas o secas y de su corteza finamente escamada; y también aportaba certidumbre, la seguridad del tronco esbelto, solido y robusto bien enraizado en la tierra. Una presencia inmensa. Alrededor del árbol transcurrían las actividades de los habitantes de las diferentes viviendas, los juegos de los niños y las charlas de los mayores en las noches de verano o en la soleadas tardes de invierno. Y el árbol asistía en silencio al trajín de las vidas humanas, a riñas y reconciliaciones, a miradas y ensoñaciones, a penas y alborozos. Los niños de la casa jugábamos alrededor de él y de un modo u otro “con él”: nos lanzábamos hojas en batallas imaginarias, modelábamos la resina que manaba de la corteza o abrazábamos al tronco para ver quién tenía los brazos más largos. La araucaria todo lo aguantaba como paciente niñera que sabe lo saludable que es, para crecer tan sanos y equilibrados como el propio árbol, que los niños toquen madera, tienten hojas o sientan los latidos de la savia.

La región donde vivía la araucaria, el Estrecho de Gibraltar, es una zona de frecuentes temporales de viento. El árbol los conocía y estaba bien dotado para resistirlos, razón por la que muchos de su especie habían sido traídos desde la lejana isla de Norfolk, en el Océano Pacífico, para ornamentar casas y ciudades en regiones costeras de muchas partes del mundo. Pero no todos los temporales son iguales. En el invierno de 1963, en enero, hubo una terrible borrasca de viento sudeste; durante veinticinco días llovió copiosamente con las consecuentes inundaciones; transcurrieron después dos o tres días de aparente calma; sin embargo, al amanecer del 21 de enero de nuevo arreció la tempestad y fue en aumento a lo largo del día. Según se supo después, las rachas de viento llegaron a una fuerza de 160 kilómetros por hora y en el mar las olas alcanzaron los veinticinco metros de altura.

La araucaria, al principio, se mostró firme ante el desmedido viento de naturaleza ciclónica, que ya había arrancado cientos de árboles en toda la comarca. Pero sus raíces ya no eran tan jóvenes, ni tan profundas, ni tan largas (algunos decían que llegaban hasta la Plaza Alta). Eran superficiales, y el robusto y alto tronco y las ramas pesaban mucho. El árbol no supo en cual de las embestidas del sudeste perdió el pulso, pero en un preciso momento sucedió. Primero, se inclinó hacia un lado, después hacia otro, y a partir de ese fatídico instante inició un movimiento de vaivén al compás de las ráfagas. Y cuando se movió hacia un lado, ocurrió también que las raíces superficiales del lado contrario se alzaron, y como consecuencia se levantaron las losetas del patio. Después, igual hacia el otro lado, unas baldosas, otras; encima del alcorque la tierra desnuda se elevaba y descendía como una ola. Todo el suelo del patio entró en movimiento ondulante y los habitantes de la casa estábamos atónitos y asustados, aquello era una visión insólita que parecía fruto de una alucinación o una película de magia y terror, pero era la realidad. La sensación de pisar en el patio se asemejaba a estar en un barco, todo se movía en ondas, y aún resultaba más impresionante mirar hacia arriba y contemplar al enorme árbol oscilante, vacilando si caerse y abandonar la feroz batalla con el viento o permanecer de pie.

Al anochecer de aquel día, la tempestad no había amainado sino crecido en fuerza. Los vecinos, temiendo que el árbol cayera y provocara un desastre, llamaron a los bomberos. Vino una cuadrilla, todos pertrechados con cascos y hachas, y cuando el jefe subió sobre el alcorque y sintió el balanceo de su cuerpo a la par que el bamboleo del árbol tomó conciencia de la gravedad de la situación y de su incapacidad para resolverla, así que recomendó la evacuación inmediata de todas las viviendas y se marchó con todo su equipo. Pero la mayoría de los vecinos no estaba dispuesta a dejar ni su casa ni su árbol. Y permanecimos allí toda la noche, a oscuras (la tormenta había cortado el suministro), con un viento endemoniado y un árbol que crujía dolorido y desesperado de luchar contra una naturaleza más fuerte que la propia. Fue una larga noche de insomnio. Nadie pudo dormir.

A la mañana siguiente, la situación no había mejorado. La vieja araucaria seguía en pie tambaleándose y el viento continuaba batiendo y golpeándola a más de 140 km por hora. El suelo se levantaba incluso dentro de las casas y las hojas de la vencida araucaria alfombraban el suelo como restos de una batalla. Las noticias confirmaron la colosal potencia de la tempestad. En el mar, la furia de los vientos y las olas había desamarrado yates y pesqueros, empujándolos hasta las rocas y destrozándolos; y también a un transbordador, “el Ciudad de Tarifa”, con 122 pasajeros y 90 tripulantes, lo había desanclado, arrastrado y encallado en una playa cercana; y en tierra, inundaciones y un sin fin de destrozos materiales.

En vista del preocupante estado del árbol, los vecinos reunidos de nuevo tomaron una decisión: había que talarlo. Cuando la tormenta lo permitió, dos días más tarde, vino un joven leñador armado con un arnés y un hacha. Primero cortó las ramas de una en una; el tronco quedó pelado, como mástil de navío. Luego, inició el corte del tronco de trozo en trozo, desde la punta hasta la base. Cuando finalizó su tarea, el patio quedó cubierto de ramas, hojas y troncos, llenísimo de materia vegetal; los niños disfrutamos jugando con los fragmentos del árbol, con la todavía abundante presencia material de la araucaria. Pero pronto se llevaron todos los restos, solo quedó de la araucaria el tocón de madera a ras de la tierra y las raíces ocultas. Y se terminó.

Cuando el sol de invierno volvió a brillar en una mañana tibia y quieta, sin las emociones alteradas de los días de la tormenta ni la urgencia provocada por el miedo, lo vimos. Niños y mayores vimos el vacío. Sin la araucaria, el patio no era más que un gran vacío. Sin sombra ni verde ni trinos; sin belleza, frescura ni aroma; y sobre todo sin la certidumbre que nos amparaba. Sin el bastión que nos daba fuerza, ánimos y seguridad. La compañera de juegos, la compañera de horas, el amigo árbol, había desaparecido. Y lo echábamos de menos. Entonces fue cuando nos dimos cuenta de cuánto lo queríamos. Fue una pérdida para todos. También para la ciudad, que perdió su faro vegetal y un gran árbol. Pero me alegra pensar que su final fue de leyenda, como correspondía a un árbol viejo, grande y noble, pues tuvo que ser un ciclón, no un viento menor, quien le arrebatara su fuerza verde.

Cada habitante de la casa, chico o mayor, conservó a su manera el recuerdo de la araucaria. Yo lo guardé en mi corazón como una semilla que un día pudiera plantar en una tierra fértil. Esta entrada es la ocasión que desde aquel día he estado esperando: el momento de rendirle homenaje y difundir su historia. Si guardáis también memoria de un árbol amigo, os animo a contarla. Reconocer nuestra íntima relación con árboles es un modo de recompensarlos por todo el bien que nos hacen.

Escrito por Rosa, jueves 23 mayo 2013.

Historia de Algeciras en Imágenes

Historial del Transbordador «Ciudad de Tarifa»