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Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

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Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
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[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

Árbol madre de la humanidad

Algunas leyendas africanas cuentan que los primeros ancestros humanos nacieron de los baobabs, esos árboles majestuosos, multiformes, imponentes que se alzan solitarios en el monótono paisaje de la sabana.

"Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010", por Elaine Ling

“Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010”, por Elaine Ling

El baobab (Adansonia digitata, de la familia Malvaceae) es un árbol de aspecto y biología peculiar, que se extiende por toda el África subsahariana. Pueden ser muy longevos, con frecuencia llegan a ser milenarios; se han datado baobabs de más de 3.000 años. No son árboles muy altos, no suelen pasar de los 20 m, pero forman unos troncos masivos inmensos de hasta 14 m de diámetro. Con frecuencia sus troncos están huecos y en su interior pueden almacenar gran cantidad de agua; más de 6.000 litros. En el mismo género Adansonia existe una especie de baobab que vive en Australia y otras seis especies más que se encuentran en la isla de Madagascar; la más famosa es A. grandidieri que forma la impresionante “avenida de los baobabs gigantes” de Morondava.

El árbol donde nació el hombre se titula un libro de Peter Matthiessen publicado en 1972¹. Es una narración de sus viajes por Sudán, Uganda, Kenia y Tanzania en los años sesenta del pasado siglo. Al inicio del libro, Matthiessen imagina al árbol-madre de la mitología Nuer como “un gran baobab que sobresale con fuerza, como una raíz antigua de la vida, entre los pastizales que se extienden hasta el horizonte“.

Para muchos pueblos el baobab es el “árbol de la vida”. Posiblemente su capacidad de almacenar agua permitió la expansión de los pueblos nómadas por las zonas más áridas de África. Matthiessen convivió con el pueblo Hadza, que conserva un estilo simple de vida como recolectores y cazadores, y nos cuenta en su libro cómo utilizan los diversos productos del baobab. Las mujeres recogen las semillas, ricas en proteínas y grasas, para molerlas y cocinarlas; una vez preparadas pueden ser consumidas durante los siguientes cinco meses. Las hojas frescas se comen como ensalada. Los panales de abejas que se instalan en los troncos y ramas surten de miel. Los frutos, secados, pueden servir de sonajeros para los pequeños o cortados a la mitad, como cuencos para beber. La corteza abastece de fibra para elaborar cuerdas y redes. Durante las lluvias los árboles proporcionan cobijo y durante la sequía son una fuente de agua que almacenan en sus grandes troncos huecos.

Es el árbol de la vida y también del más allá. “Los baobabs atraen a criaturas nocturnas como los murciélagos y gálagos (pequeños primates) que polinizan sus flores. Algunos pueblos creen que también atraen a los fantasmas; los consideran casas de los espíritus”.

El origen de la humanidad, ese maravilloso misterio de la evolución que ocurrió en las tierras africanas, es el hilo conductor del libro. En el Serengueti, Matthiessen coincidió con George Schaller, zoólogo que entonces estudiaba los carnívoros del Parque. Juntos recorrieron la región de Olduvai y especularon sobre las costumbres sociales de los primeros homínidos, que emergieron de los bosques de África Central. El escritor nos transmite la emoción de estar contemplando los paisajes ancestrales que vieron nacer a la estirpe humana: “los cazadores y recolectores han estado recorriendo esta región desde que la humanidad surgió aquí por evolución“.

Durante la narración de su viaje, Matthiessen muestra fascinación por los paisajes, la fauna y los pueblos con sus culturas diversas. También le dedica alguna atención a los árboles africanos². He reseñado o transcrito a continuación una selección de pasajes del libro que me han parecido de interés para el “buscador de árboles” o que por su belleza descubren la forma de percibir el mundo de Matthiessen.

En las montañas del norte de Kenia, acamparon en un bosque de olivos africanos centenarios (Olea europaea subsp. cuspidata) con sus viejos troncos retorcidos. “Pocos bosques son tan hermosos, tan silenciosos“.

Los jóvenes Rendille (tribu de pastores nómadas) permanecían impávidos, como garzas, apoyados en una sola pierna, masticando ramitas de mswaki (Salvadora persica), mientras nos contemplaban pasar”.

La mirada nocturna de la mayoría de los animales es roja, como los dos faros rojos que vimos una vez en la rama de un árbol de la fiebre o acacia de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea); eran los ojos de un gálago (Galago senegalensis), un primate pequeño primitivo que podría parecerse a la criatura arbórea de la que evolucionó la humanidad.

Pasé un día de febrero en un kopje (cerro testigo), oteando la llanura. Miraba y escuchaba. Desde la higuera (Ficus thonningii) venía un zumbido de moscas. Volvió el sol, y del sol parecía llegar el suave aleteo de una alondra; la vida de la llanura siguió su ritmo, llevándome con ella.

La higuera gigante (Ficus thonningii) parece un pequeño bosque desde lejos. Es tan vieja como la historia del hombre en estas llanuras. Se extiende unos 46 m a lo ancho, el tamaño de seis árboles normales. Es el árbol de la vida. Estaba habitado por cuervos, cernícalos, mochuelos, cucos; ninguno quería abandonar el árbol porque no hay otro en varios kilómetros a la redonda. Algún día me gustaría sentarme bajo este árbol y contemplar durante una semana o más la vacuidad. Se entiende porqué estas higueras monumentales tienen ese aura religiosa para los africanos. Para ellos simbolizan las montañas sagradas, y los antiguos vínculos con la tierra y la lluvia, con la naturaleza y con Dios.”³

Elefantes y acacias en Etosha, Namibia, septiembre 2000.

Elefantes y acacias en el Parque Nacional Etosha, Namibia, septiembre 2000.

Los elefantes tienen una propensión a derribar árboles. Junto con el hombre y el fuego son los tres agentes más importantes que están cambiando los hábitats de África. En el Serengueti, durante los últimos años, el fuego y los elefantes han transformado gran número de hectáreas de bosques de acacia en pastizales.” En uno de sus recorridos a pie, Matthiessen presenció cómo “los elefantes estaban destrozando un bosque (no es exageración); se escuchaban los terribles crujidos de los árboles.”

Los elefantes suelen formar grupos dispersos y son nómadas, pero la presión humana los está confinando en grandes manadas a ciertas áreas restringidas que pueden llegar a destruir. El problema del elefante (dónde, cuándo y cómo manejarlos) es origen de una gran controversia en África Oriental. Su solución está asociada al logro de un equilibrio entre los animales salvajes y el hombre en todo el continente.

En el Parque del lago Manyara, los elefantes están destruyendo las acacias parasol (Vachellia tortilis) a una velocidad tal que la regeneración no puede compensar la destrucción; posiblemente en diez años estos árboles hermosos habrán desaparecido del Parque Manyara. Los que no son derribados por los elefantes, son descortezados y mueren por daños en el sistema vascular o por efectos de los barrenillos que aprovechan las heridas para penetrar en la madera expuesta“.

También los baobabs, que almacenan calcio en la corteza de sus troncos, son descortezados y dañados por los elefantes. Solo unos pocos árboles jóvenes de baobab sobreviven en el Parque de Tsavo.

En una expedición botánica por el Monte Meru (Tanzania), se veían rastros de la presencia de búfalos y rinocerontes por todas partes. “Uno iba caminando al tiempo que buscaba con la mirada los árboles hospitalarios más próximos, por si surgía una emergencia. ¡Kifaru! gritó el guía y todos salimos despavoridos. Detrás de mi árbol (demasiado grande para treparlo) veía a mi compañero en las ramas de un cafetero silvestre; mientras, el rinoceronte (kifaru) desaparecía trotando. Varias veces tuvimos que trepar. Para nosotros no era divertido, pero los africanos se reían, viendo a los blancos subir y bajar de los árboles.”

Explorando Yaida Chini, la región de los Hadza, Matthiessen describe: “los árboles en esta región virgen son enormes: las acacias parasol (Vachellia tortilis), las acacias de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea) y la más noble de las acacias, las poderosas acacias albidas (Faidherbia albida). Además, se encontraban entremezclados gruesos sicomoros (Ficus sycomorus) y árboles de las salchichas (Kigelia africana).”

Una piedra incrustada en un árbol es una de las pocas señales de presencia de los Hadza. Son invisibles en el medio donde viven. No tienen un concepto de la naturaleza salvaje porque ellos son parte de ella. Viven el día a día. El pasado y el futuro tienen poca relevancia para ellos. Lo captan de una forma fugaz. Viven en el momento; un don precioso que hemos perdido.

A pie, el pulso de África te llega a través de las botas. Eres un animal entre los demás, desconfiando de los lugares sombreados, de la repentina quietud en el aire.

Caminé con los pies descalzos por la llanura, para sentir el cuero cálido de África en mi piel, y para ser consciente de mis pasos.

En cada dirección se divisaban paisajes misteriosos del pasado y del futuro. El presente es la deslumbrante luz salvaje, el sol, un ave, y un baobab en su aislamiento heráldico, como el árbol dónde nació la humanidad.”

Retrato de Peter Matthiessen por Damon Winter. The New York Times, marzo 2014.

Retrato de Peter Matthiessen, tomado en marzo 2014 por Damon Winter. The New York Times.

Hace poco más de un mes, Matthiessen, enfermo de leucemia, concedía su última entrevista. “No me quiero aferrar demasiado a la vida. Es parte de mi entrenamiento Zen. He tenido una buena vida. Muchas aventuras. No me quejo.” Fallecía el 5 de abril en su casa de Sagaponack, EEUU.

Lo recordamos con uno de sus momentos de felicidad y contemplación interior: “Recostado contra las rocas antiguas de África, estoy contento. La gran quietud en estos paisajes que antes me inquietaban me van permeando día a día, y me provocan el sentimiento poco razonable de haber encontrado lo que estaba buscando sin haber descubierto lo que era.”
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¹ Peter Matthiessen, 2000, An African trilogy. The tree where man was born. African silences. Sand rivers. The Harvill Press, Londres. Esta edición del año 2000, con una introducción actualizada del autor, compila sus tres libros de viajes a África que fueron publicados respectivamente en 1972, 1991 y 1981.

² En el libro se mencionan los nombres vulgares en inglés o en la lengua local de los árboles. He procurado buscar el nombre científico más probable (que añado entre paréntesis) consultando la lista de árboles de Tanzania, por Hines y Eckman (1993).

³ Según cuentan, algunas compañías de safari en Tanzania han incluido la visita a esta higuera monumental, bautizada como “el árbol donde nació la humanidad” en homenaje a Matthiessen.

Escrito por Teo, 15 mayo 2014.

Fuentes
Exposición “Baobab: Árbol de generaciones”, por la fotógrafa canadiense Elaine Ling.

Entrevista a Matthiessen por Jeff Himmelman para New York Times, 3 abril 2014.

D. A. Hines y K. Eckman (1993). Indigenous multipurpose trees of Tanzania: Uses and economic benefits for people. FAO, Roma.