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La Higuera o la Dulzura

Junio es el mes de llegada de los días largos, los primeros calores y las frutas de verano. En el mercado todas ellas, desde las pequeñas cerezas a las voluminosas sandías, despliegan sus atractivos, susurran promesas de goces futuros.

Cada fruta representa el verano a su manera, le da su toque único, un sabor divino, un color provocativo o un olor delicioso. Entre las que mejor encarnan la estación calurosa, al menos en el ámbito mediterráneo, tengo especial predilección por la breva y el higo, las frutas tiernas, delicadas y dulces que el árbol de la higuera (Ficus carica) produce entre junio y septiembre.

Higos

 La fruta perfecta

En los veranos de mi infancia, el día que comíamos las primeras brevas de junio era una fiesta, nos gustaban tanto que las devorábamos enseguida; era sin duda la fruta preferida de todos, blanda, dulce, incomparable. Y es que brevas e higos, además de heraldos del verano, son frutas extraordinarias en muchos sentidos. La propia existencia de dos cosechas, una de breva y otra de higo, es una peculiaridad. Se pueden consumir tanto frescas como desecadas, los higos secos, perdurables casi un año.

El fruto en sí, el higo fresco, es de tamaño mediano, color verde, morado o negro, según la variedad, de piel fina comestible y con sugestiva forma de gota. La pulpa es de una textura peculiar, debido a que en realidad es un falso fruto (llamado sicono, propio del género Ficus) consistente en un delicado saco en forma de pera, cubierto en su pared interior por cientos de flores diminutas que al madurar (los verdaderos frutos) producen una semilla pequeña. Esa pulpa es muy blanda pero también algo crujiente por las semillas, y tiene un delicioso dulzor. Si por algo destacan los higos y las brevas, es por la dulzura, equiparable a la de la miel, como sabiamente dice el proverbio, “por San Miguel, los higos son miel”.

Pulpa

La exquisitez extraordinaria de este fruto la resume bien Julie O’Hara, la escritora gastronómica norteamericana, quien no duda en asemejar el higo a la perfección, “el higo solo, sin más adorno, lo tiene todo”, dice. Y añade que si reuniese a las más dotadas mentes culinarias del mundo no podrían encontrar nunca una forma de mejorar un higo fresco en sabor, textura o apariencia.

Una joya para el paladar y también para la salud. Es una fruta muy rica en calcio y en fibra, tiene un alto contenido en agua y en azúcares, y contiene una buena cantidad y calidad de vitaminas y minerales. Con esta composición, además de nutritivo el higo es un alimento “funcional”, que fomenta la salud y previene enfermedades. Da energía y vitalidad, hidrata, regula el organismo, desintoxica y previene enfermedades degenerativas y cáncer, mejora funciones cerebrales, ayuda al mantenimiento de los músculos, las articulaciones y la piel, y contribuye a curar heridas y resfriados.

De tal fruto, tal árbol

Un fruto tan extraordinario no puede proceder más que de un árbol excepcional, aunque sea una de las plantas cultivadas más comunes y representativas de la región mediterránea, junto al olivo y la vid. Refrescarse bajo la sombra de una higuera en verano, dejando que el aroma nos sosiegue, observando cómo los pájaros acuden al néctar que gotea de la breva madura, mientras la chicharra corta el cálido aire con su voz de metal, puede ser la viva estampa de la cultura mediterránea.

La higuera por Louisa Hatzidaki

La higuera por Louisa Hatzidaki

En un yacimiento arqueológico de un pueblo neolítico del Valle del Jordán, se han hallado restos de higos carbonizados, supuestamente de higueras cultivadas, que datan de hace 11.000 años, casi mil años antes que los primeros cereales y legumbres cultivados por el ser humano; los investigadores especulan que la higuera probablemente sea la primera planta domesticada durante la revolución neolítica.

En aquellos comienzos neolíticos tan trascendentales, proveerse de fruta fresca en verano y fruta almacenable, rica en azúcar, todo el año debió ser un paso importante para los grupos humanos de Oriente Medio y Asia Occidental, el área natural nativa de la higuera. El éxito fue debido probablemente a la facilidad de propagación de la higuera, que se logra simplemente cortando ramas y plantándolas, junto a que en 3-4 años produce ya una generosa cosecha de frutas.

Para la especie Ficus carica también supuso un antes y un después, porque su cultivo se extendió rápido por toda la cuenca mediterránea, y más allá, cultivándose hoy por toda la zona templada del planeta. Actualmente, según la FAO, los mayores productores de higos en 2012 fueron: Turquía, Egipto, Argelia y Marruecos.

A pesar de llevar tantos siglos domesticada, la higuera no ha dejado de tener un carácter indómito. Con frecuencia se la ve germinar y prosperar en los lugares más improbables, con apenas sitio para enraizar y casi nada para sustentarse, en sitios secos, rocosos, muros y grietas. La admirable capacidad de desarrollarse y la poco exigencia hacen que la especie se extienda sola, con la ayuda inestimable de los pájaros que devoran sus frutos y diseminan las pequeñas semillas.

La higuera posee parte de la exuberancia y robustez del género Ficus. Aunque es un árbol de poca altura (no más de 10m) y tronco corto, tiene una anchurosa copa con ramas que crecen hacia los lados y crean una densa masa verde. La isla de Formentera, en Baleares, es un caso único en el mundo, porque alberga algunas higueras casi centenarias de copas horizontales muy amplias, cuyas larguísimas ramas han sido apuntaladas por los campesinos con multitud de estacas para que sus ramas no se caigan y enraícen. En realidad, son un tipo curioso de arquitectura vegetal o arquitectura viva, modelada por el ser humano para proporcionar cobijo al ganado. Se las conoce localmente con el poético nombre de “Blancas”, tal vez por el color claro de la corteza. En 1993, dos de ellas fueron catalogadas como Árboles Singulares por el Gobierno balear, hoy son uno de los atractivos de la isla.

Foto de Joan Costa

Foto de Joan Costa

Es también un árbol lechoso. Cuando se le cortan hojas, ramas o frutos, el árbol segrega una savia blanca o látex para proteger la herida infligida. Ese látex, según cuenta Font Quer en su Dioscórides Renovado, tiene la propiedad de cuajar la leche (en la isla de Mallorca se ha usado tradicionalmente para fabricar quesos) y es un remedio popular contra las verrugas.

Antes de ver a la higuera, ya la olemos. Es un árbol fragante, de tenue e inconfundible aroma que evoca la delicia de los higos. Los perfumistas lo saben y han creado líneas de perfumes basados en los olores tanto del árbol como del fruto.

Lo más excepcional de la higuera es, sin embargo, su complicada biología reproductiva, conocida y manejada por los horticultores desde tiempos inmemoriales. La rareza de las higueras estriba en: la existencia de árboles machos y hembras (en realidad es una especie ginodioca); una inflorescencia característica, el sicono; la simbiosis entre la higuera y su polinizador especializado, la avispa Blastophaga psenes.

En algún momento de su domesticación se produjo una mutación sorprendente: árboles hembras con la capacidad de producir frutos dulces y grandes sin polinización, higueras que no dependen de la avispa para producir higos sabrosos (fenómeno conocido como partenocarpia). Estas higueras mutantes fueron seleccionadas por el tamaño y dulzura de sus frutos y propagadas vegetativamente por todo el área mediterránea.

Sin embargo, algunas variedades todavía necesitan la polinización para el desarrollo de los higos, son las higueras tipo Esmirna. Los horticultores de estas higueras las polinizan de manera artificial, por un curioso método muy antiguo llamado caprificación, ya conocido desde los tiempos griegos y romanos o antes. Para fertilizar estas higueras, se recolectan ramas con siconos maduros de cabrahígos (nombre de las higueras silvestres) machos con las avispas en su interior, se llevan a la plantación de higueras (hembras) y se cuelgan al lado de los siconos jóvenes para que las avispas entren en ellos y los polinicen. Se dice que estos higos son de una calidad maravillosa.

Maestra de Dulzura

Sin duda, la higuera, como todos los árboles, como toda la naturaleza, puede inspirarnos a los humanos determinadas enseñanzas profundas sobre la vida. Conocerla como árbol terrenal nos revela su genio peculiar, su mensaje escondido, la metáfora de la cualidad en la que sobresale.

La higuera destaca por su generosidad, exige poco y da mucho; y por su fecundidad, da abundantes frutos y prospera felizmente en cualquier sitio. Es fácil imaginar que para los antiguos pueblos del Mediterráneo fuera un símbolo de abundancia y bienestar. Con este simbolismo aparece varias veces en la Biblia, además de cubriendo con sus grandes hojas la desnudez de Adán y Eva (Libro del Génesis).

Para mí, por encima de todo, la higuera representa la dulzura, una actitud que admiro. La dulzura de carácter entraña la suavidad en el trato con los demás, la afabilidad natural, la palabra cariñosa, el gesto apacible, la actitud complaciente, el estar gustoso. Si no hemos nacido con tal talento, podemos desarrollarlo con nuestro empeño.

En El Jardín Simbólico, un texto griego bizantino del siglo XI, muy novedoso dentro de la historia del simbolismo de las plantas, el anónimo autor expone la interpretación simbólica de doce plantas mediterráneas, entre las que incluye a la higuera. Cada una de ellas representa una virtud.

Es una obra muy original en la que el autor, basándose en textos de las Sagradas Escrituras y de botánica y farmacología de su tiempo, explica de cada planta detalles botánicos y medicinales, y recomienda maneras de cultivar cada virtud en el jardín interior del lector.

Entre las plantas que el poeta místico eligió y alegorizó aparecen la vid de la Alegría espiritual; el granado de la Valentía; o la palmera de la Justicia. En la higuera encontró inspiración para cultivar la Dulzura del corazón.

De la higuera o de la Dulzura

A continuación del parterre de los lirios, ha venido a florecer la higuera, ofreciéndonos el modelo de la amenidad y la dulzura. En efecto, aquel que no tiene preocupación alguna por las riquezas, por las cuales los hombres se agitan, ¿por qué iba a temer la rabia de su corazón?

He aquí el aspecto exterior de la higuera: completamente roma, no presenta espinas, no se ve prolongada por delgados aguijones; tiene amplias hojas. Su follaje ofrece una disposición feliz. Su fruto se mantiene derecho. Muy poco le falta para decir al paseante: Ven a sentarte bajo mis hojas.

Así es también la virtud de la dulzura y la amenidad. Jamás lanza una palabra hiriente, sino que posee una lengua ancha y cortés. Pues abre su corazón a aquellos que la atacan y no lo mantiene nunca cerrado.

La savia de la higuera vertida en leche cuaja a ésta. Del mismo modo, el lenguaje de la dulzura afirma en el amor a aquellos que quieren llegar lejos en su camino, sirviéndoles de savia por todas parte el lenguaje de la concordia.

El fruto de la higuera, antes de su maduración, cocido al fuego y aplicado al cataplasma, cura las escrófulas. Igualmente la virtud de la dulzura, aplicada cálidamente, elimina desde el momento de su intervención, cuanto de crueldad devoradora, ardor belicoso y aspiración guerrera hay en los sentimientos del corazón. Cuando ya está bien maduro, el fruto alivia grandemente a los nefríticos. Del mismo modo la virtud de la perfecta dulzura puede eliminar el veneno escondido en los riñones: porque a los riñones se les llama los órganos de la cólera.

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d'Aligny

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d’Aligny

Diez siglos más tarde, en el otro extremo del Mediterráneo, en Moguer, Huelva, donde el viejo mar se une al impetuoso Atlántico, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, narró la magia de las higueras cuando se va a por brevas.

Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.

Aún, bajo las grandes higueras centenarias, cuyos troncos grises enlazaban en la sombra fría como bajo una falda, sus muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas – que se pusieron Adán y Eva – atesoraban un fino tejido de perlillas de rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más viva cada vez, los velos incoloros del Oriente.

Vayamos a sentarnos bajo sus hojas, hartémonos de brevas e higos. Quizás así nuestras palabras se vuelvan más dulces, y nosotros más amenos, gustosos y pacíficos.

Escrito por Rosa, jueves 28 de julio de 2016

Fuentes

Julie O’ Hara: Perfection Is A Fresh Fig. National Public Radio. 2008.

Kislev y otros: Early domesticated fig in the Jordan Valley. Science. 02 Jun 2006.

FAOSTAT. Producción mundial de higos en 2012.

Cristina Amanda. Los nudos de blanca. Blog Territorio Ibiza.

Font Quer, P. Plantas Medicinales: El Dioscórides Renovado. Editorial Labor. 1985. Pág 121.

El Jardín Simbólico. Texto griego anónimo extraído del Clarkianus XI por Margaret H. Thomson (1960). Traducción de Ramón Martínez y Mª Ángeles López. Barcelona. José J. de Olañeta, editor. 1984. Pág. 36-37.

Juan Ramón Jiménez (1917). Platero y yo. IX: Las Brevas. Editorial  Austral. Barcelona, 2013. Pág. 73-74.

Otros enlaces

Variedades de higuera

Método de caprificación

Árboles singulares de las Islas Baleares: Higueras.

Perfumes de higuera. Blog Tocador de Dorothy.

Otras higueras en este blog:

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus obscura en el Botánico de Valencia

 

El bosque que no se ve. Verano

Durante el verano, el dosel del bosque se va llenando de hojas que se superponen y compiten por aprovechar al máximo la energía solar. Como consecuencia, los habitantes del sotobosque se encuentran con un ambiente fresco y sombrío.

El biólogo David Haskell comenta en su libro cómo la humedad y la temperatura en el bosque que visita con regularidad han aumentado en verano y le resulta más fatigoso su paseo hasta el mandala*. El suelo se encuentra cubierto de plantas marchitas, las “efímeras de primavera”, que han completado su ciclo antes de que el crecimiento de las hojas en las copas de los árboles les privara de “los fotones portadores de vida”. Sin embargo quedan plantas verdes, que son especialistas en vivir en la sombra y aprovechar la poca luz que les llega. Entre ellas destacan los helechos, como el helecho de Navidad (Polystichum acrostichoides) que mantiene sus frondes verdes durante el invierno y fue utilizado por los colonos europeos para decorar las fiestas navideñas.

Acercando su lupa a uno de los frondes fértiles, Haskell describe con detalle los esporangios y su mecanismo para dispersar las esporas. Tienen estructuras celulares que por movimientos higroscópicos funcionan como pequeñas catapultas. Al incidir un rayo de sol directamente en un fronde maduro produce una evaporación rápida de las células y dispara el mecanismo lanzando las esporas “como palomitas de maíz”. De esta forma, las esporas son dispersadas en los días secos, cuando tienen más probabilidad de ser transportadas por corrientes de aire y colonizar nuevos sitios.

La espora no es como una semilla, no da lugar directamente a un nuevo helecho, sino que tiene un ciclo complejo. Para empezar, solo tiene la mitad de la información genética de la madre, es haploide. Primero germina y forma un “gametofito”, de forma plana y acorazonada, no mayor que la uña de un dedo. En este gametofito, que realiza fotosíntesis y vive de forma independiente, se producen las células masculinas y femeninas. Las células espermáticas tienen flagelos y nadan atraídas por señales químicas emitidas por los órganos femeninos. La fecundación de la ovocélula origina un “esporofito”, con toda la información genética (diploide), que crece, se desarrolla y se independiza como un nuevo helecho. La dependencia del agua en esta fase sexual, en cierto modo “escondida” (de ahí el nombre botánico de criptógama para este tipo de plantas), limita la distribución de los helechos a los hábitats húmedos, como los que se encuentran en los bosques templados de Norteamérica.

La sombra densa de las copas de los árboles no es homogénea. La atraviesan destellos intensos de rayos del sol (sunflecks) que iluminan el suelo del bosque  y se desplazan  siguiendo el movimiento aparente del sol. Una planta del sotobosque suele recibir esta iluminación solar directa durante unos 10 minutos antes de ser cubierta de nuevo por “la manta de sombra”. En general las especies adaptadas a la sombra son eficaces aprovechando estos destellos que les permiten sobrevivir en un ambiente de oscuridad. Pero también pueden ser sensibles a la fotoinhibición y sufrir daños en el aparato fotosintético. Una forma de esquivar este exceso repentino de energía, que puede ser pernicioso, es desplazar los cloroplastos (orgánulos con la maquinaria fotosintética) a la parte interna de la célula y volverlos de espalda al sol; cuando pasa el destello, los cloroplastos vuelven a la parte superior para seguir captando la débil luz del bosque.

El lento desplazamiento de los destellos de luz solar a través del bosque es seguido por avispas y moscas que parecen danzar frenéticas en un círculo de luz. Sentado en su observatorio del mandala, Haskell también es alcanzado por uno de esos destellos de luz. Inmóvil, siente el aumento de energía incidente que le produce gotas de sudor por la cara y el cuello. Una respuesta corporal muy diferente a la de las avispas que agitan las alas frenéticas para refrigerarse y mantener el balance de calor. Una vez pasado el destello, reconoce que sus sentidos han cambiado y mirando al fondo del bosque no lo ve como una sombra uniforme sino como “constelaciones que se mueven por un cielo oscuro”.

Aliseda_Guadiato_verano

Interior de una aliseda en la Sierra de Córdoba.

La abundancia de la vida animal del bosque es más manifiesta durante el verano. Las llamadas y cantos de las aves suenan por todas partes. El aire es atravesado por zumbidos de abejas, avispas y mosquitos. Entre la hojarasca y por los troncos se cruzan hileras de hormigas, mientras que las arañas y garrapatas acechan a sus presas.

Una hembra de mosquito se posa sobre el dorso de la mano de Haskell. Movido por la curiosidad, observa con la lupa cómo el insecto, una hembra del género Culex, examina su piel y elige un punto donde clavar su estilete. Siente el pinchazo y en pocos segundos comprueba que unos dos miligramos de su sangre pasan al abdomen del mosquito que se hincha y torna de color rojo rubí. Es consciente que probablemente el mosquito lleve en sus glándulas salivares “esporozoítos” de la malaria aviar, que infecta a una tercera parte de las aves del bosque, pero no afecta a humanos. Sin embargo, hasta comienzos del siglo XX el parásito de la malaria (humana) sí era transmitido por mosquitos en el Sur de los Estados Unidos. Precisamente, la Universidad de Sewanee, donde trabaja, fue ubicada en las mesetas de Tennessee para escapar de la malaria que era más común en las zonas bajas. También es verdad que, con la introducción reciente del virus del Nilo Occidental, existe un cierto riesgo de que el mosquito lo transmita de córvidos a humanos, provocando fiebres, convulsiones y en ocasiones la muerte. Pero el biólogo asume los riesgos, satisface su curiosidad naturalista y termina con la reflexión de que los átomos de su sangre han pasado a la hembra de mosquito, estableciendo una conexión física con el resto de la naturaleza del bosque.

Otro día, sentado junto al mandala, Haskell encuentra una garrapata inmóvil en una ramita cerca de su rodilla. Venciendo su repulsión instintiva, acerca la lupa y la observa. Se trata de una hembra de garrapata estrella solitaria (Amblyomma americanum). Describe con detalle su comportamiento de cazadora, la espera durante días o semanas a que pase una presa, la capacidad de obtener agua de la humedad del aire, la forma de adherirse a la piel mientras se alimenta de sangre durante varios días, la atracción mediante feromonas a machos que la fecundan mientras ella come insaciable. A pesar de la tentación de repetir el experimento de donación de sangre que hizo con la hembra de mosquito, Haskell lo evita porque en este caso sí existe una probabilidad alta de que la garrapata sea portadora de bacterias patógenas que puedan causar enfermedades como ehrlichiosis, tularemia, “dermatitis sureña asociada a garrapata” (un tipo de borreliosis) o babesiosis (parecida a la malaria).

En las noches cálidas de verano las luciérnagas embellecen el bosque con sus misteriosos juegos de luces. Al atardecer, un macho de luciérnaga (posiblemente del género Photuris) realiza cortos vuelos sobre el mandala emitiendo destellos de luz verde. Se para en una rama, apaga la luz y observa. Cuando una hembra (que no tienen alas) le responde desde algún lugar del suelo establecen una “conversación” de señales luminosas y luego se aparean. Cada especie tiene un ritmo y una duración de los destellos característicos. Las hembras de Photuris, una vez fecundadas, cambian la secuencia de sus destellos y atraen machos de otras especies que le sirven de alimento. Al devorarlos también incorporan sus moléculas tóxicas que utilizan como defensa química.

La “linterna” con la que las luciérnagas iluminan desde el extremo de su abdomen es un prodigio de la evolución. A partir de unas moléculas de luciferina, por acción de la enzima luciferasa y oxígeno se produce luz. La regulación de los destellos la realiza con una señal de los nervios y la acción del óxido nítrico sobre las mitocondrias que rodean a las moléculas de luciferina. Materiales que forman parte de los tejidos normales de los insectos son ensamblados de una forma singular en el abdomen de las luciérnagas para emitir luz y así los convierten en “duendecillos del bosque”. Cuando en las noches de verano los niños se divierten persiguiendo luciérnagas, no corren detrás de insectos sino que juegan a atrapar luces, maravillas.

Los días se van acortando a medida que se aproxima el equinoccio de otoño. El bosque se llena de nuevos sonidos de aves que vienen del norte. La mayoría proviene del extenso bosque boreal que se extiende desde Alaska hasta Maine (NE de EEUU), por todo Canadá, con unos 5,2 millones de km2. Destaca el grupo de los parúlidos (warblers), pequeños paseriformes insectívoros, con unas 27 especies y un efectivo estimado de unos 600 millones de aves que al terminar su cría en el bosque boreal se desplazan a finales de verano hacia el sur, hacia México, Caribe y América Central.

Después de comer y descansar durante el día en el bosque que rodea el mandala, las pequeñas aves seguirán su vuelo hacia el sur durante la noche. Se orientarán por las estrellas, reconocerán la disposición de las montañas y detectarán las líneas invisibles de los campos magnéticos terrestres. Dos veces al año, durante las migraciones de invierno-primavera y de final de verano-otoño, el bosque del mandala se ve atravesado por el flujo viviente de miles de pequeñas aves. Se repite un nexo vivo y antiguo que conecta los bosques boreales con las selvas tropicales.
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* El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente un mandala en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes del invierno y de la primavera.

Escrito por Teo, jueves 29 de agosto 2013.

Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell
Importancia del bosque boreal para las aves

Buena Sombra

Cuando el sol aprieta buscamos una sombra. Los seres humanos dejamos de vivir a la intemperie hace miles de años y desde entonces hemos construido habitáculos y artefactos que nos aíslan cada vez más eficazmente del calor, del frío, de la lluvia y del viento. Sin embargo, los árboles siguen proporcionándonos la mejor de las sombras.

Sombra de Ficus

La sombra de los árboles es un regalo. Los árboles disponen de hojas para captar la energía de la luz solar y producir azúcar mediante la fotosíntesis. Por ellas también transpiran para bombear el agua desde las raíces hasta las hojas y generan en torno a sí un ambiente fresco y húmedo. Al obstaculizar la luz del sol, la composición de ramas y hojas opacas crean bajo ella un espacio de oscuridad y frescor, que beneficia a otros seres vivos. Los árboles, por tanto, crean sombra y con ello realizan un servicio para la comunidad de seres vivos y para nosotros, seres vivos humanos.

A la sombra de un buen árbol aliviamos las sensaciones de calor y nos protegemos de los rayos solares, especialmente quienes vivimos en los climas con veranos muy calurosos. La frescura vegetal consuela el agobio y eleva el ánimo. Y si el árbol está en un ambiente de silencio de una plaza, un jardín, un huerto o un campo puede que el beneficio sea mayor. Tal vez algún pájaro trine en una rama, o la brisa tintinee las hojas, o el silencio reposado nos empape y penetre, y sin darnos cuenta posemos la mirada en una rama, en la tupida malla de hojas, en la corteza firme, quizás se nos escape algún suspiro o nos entren ganas de respirar profundamente, y llegue un momento en que nos sintamos relajados, en calma, y volvamos a mirar al árbol. Tal vez entonces nos lleguen pensamientos sobre su larga vida estable, o su pertinaz acoplamiento a los rigores de las estaciones y a los ritmos de la naturaleza. Puede que entonces sintamos que algo nos va poseyendo… o que el árbol nos está hablando desde su savia profunda y nos anima a reflejarnos en él, a recordar nuestras raíces antiguas, nuestra ancestral vida al aire libre, nuestro ser profundo elemental, nuestra conexión primigenia con los elementos naturales. Posiblemente nos encontremos felices de estar ahí, en contacto con un ser magnánimo que representa toda la naturaleza. Y al cabo resulte que el árbol nos haya dado mucho más que sombra: una experiencia profunda de su ser arbóreo y de nosotros.

Apreciamos la sombra de los árboles, por eso cultivamos especies que dan buena sombra. Este tipo de “árboles de sombra” se escogen para ornamentar calles, jardines, parques y patios. Son normalmente árboles grandes, con copas voluminosas y de hoja caduca para que dejen entrar los rayos de sol en el invierno. En los lugares de clima cálido los árboles de sombra son muy importantes en el diseño vegetal urbano. La lista de especies que se utilizan es amplia. En el sur de España, desde donde escribo, algunos de los árboles urbanos que más se plantan por la calidad de su sombra son: los olmos de denso y oscuro follaje; los estilizados fresnos; los amplios castaños de India; los altos almeces de lisa corteza gris; los apretados y pequeños aligustres, los naranjos amargos de porte pequeño pero copa densa; los majestuosos plátanos de sombra; los espléndidos ficus, tanto los de hoja pequeña como los de hoja grande; las falsas acacias aromáticas; y los pinos piñoneros con forma de parasol*.

La sombra de un solo árbol frondoso depara bienestar, placer y una experiencia profunda del árbol. Una arboleda proporciona frescor incomparable e inspira otras experiencias. Bosques, parques y paseos con árboles de sombra desarrollados que entrelazan sus copas y crean una umbría extensa son paraísos de frescura que animan a sumergirse en la lectura o en el descanso, a la charla íntima, al juego, al paseo, al ejercicio. Las recónditas alisedas de ribera, los paseos de plátanos de sombra o un bosquete de pinos junto al mar son espacios de sombra donde encontrar felicidad en plena canícula.

Pinar

Algunas culturas como la anglosajona distinguen entre el espacio de oscuridad bajo la copa del árbol donde la luz es obstaculizada (shade) y la silueta oscura del árbol proyectada en el suelo, cuya forma varía a lo largo del día (shadow); en castellano, denominamos “sombra” a ambas acepciones. La luz y la sombra son esenciales en la evolución del paisaje vegetal, en el equilibrio entre las distintas especies de plantas y entre los diferentes árboles de un bosque. Luz y sombra son fenómenos naturales que afectan al planeta Tierra y por ello son también esenciales para nosotros; vivimos sometidos a los ciclos de día y noche, aunque técnicamente muchos humanos, pero no todos, disponemos de luz artificial durante el periodo de oscuridad. La oposición de la luz y la sombra está asimismo en la raíz de la cultura; en su sentido material, es la base de las artes visuales como el dibujo, la pintura y el cine; en su sentido metafórico, como símbolo, representación o arquetipo, es parte de gran trascendencia del acervo intelectual, religioso, espiritual y psicológico.

Volviendo a la buena sombra que nos regala un árbol, termino esta entrada con un pequeño relato sobre una sombra maravillosa. Se trata de una leyenda sobre la vida de Gurú Nanak (1469-1539), el fundador de la religión india sijismo. Este maestro espiritual respondió a los conflictos entre hindúes y musulmanes con la fundación de una nueva religión que proclamaba la igualdad entre todas las personas sin distinción de religión, raza, género, casta, edad o estatus El relato, procedente de su hagiografía, cuenta un episodio de la vida de Nanak en su juventud.

Un día el padre de Nanak, Kalu, le envió al campo a cuidar los rebaños de búfalos y vacas del alba al atardecer. Ese día, Rai Bular, el jefe del pueblo de Nanak, salió a lomos de su caballo a inspeccionar los campos del pueblo, y cuando pasó por el prado donde pastaba el rebaño de Kalu, vio al joven Nanak descansando bajo la sombra de un árbol de Jal** en pose meditativa.

A la vuelta de su inspección al final del día, cuando Rai Bular pasó de nuevo por los pastos de Kalu, advirtió algo raro en las sombras de la tarde proyectadas por los árboles. Intrigado, se acercó a caballo y comprobó que allí estaba sucediendo un hecho bien extraño. La sombra de un árbol había permanecido en el mismo punto desde la mañana. No se había movido con el sol, como las sombras de los árboles de alrededor.

Desconcertado, el Rai se acercó más para examinar el árbol. Miró hacia el sol y después hacia la tierra. Y entonces vio que bajo el árbol estaba Nanak Dev en postura meditativa, donde lo había visto por la mañana. La sombra del árbol se había detenido para proteger a Nanak del sol abrasador mientras contemplaba a Dios, cubriéndole con su sombra refrescante durante las horas más calurosas del día. En ese momento Rai Bular tomó consciencia de que estaba presenciando un milagro y de que Nanak Dev no era una persona ordinaria.

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La leyenda del Guru Nanak me resulta cautivadora porque al mismo tiempo que ensalza la figura de Nanak, como corresponde a una hagiografía, hace brillar con luz propia la sombra de los árboles.

Quien tiene la suerte de tener cerca un árbol y pasar tiempo a su sombra seguro que puede añadir mil y una percepciones de su árbol. Y estará de acuerdo conmigo en que en verano, cuando el calor aprieta, lo mejor es buscar la refrescante sombra de un árbol, la buena sombra.

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*Lista de árboles de sombra citados
Fresno común (Fraxinus excelsior)
Olmo común (Ulmus minor)
Castaño de India (Aesculus hippocastanum)
Almez (Celtis australis)
Aligustre (Ligustrum lucidum)
Naranjo amargo (Citrus aurantium)
Plátano de sombra (Platanus x hispanica)
Ficus de hoja pequeña (Ficus retusa); Ficus de hoja grande (Ficus macrophylla)
Falsa acacia: (Robinia pseudoacacia)
Pino piñonero (Pinus pinea)

** Árbol de Jal (Salvadora oleiodes)

Escrito por Rosa Cintas, jueves 8 de agosto de 2013.

Leyenda de Nanak y la sombra del árbol

Lista de árboles de sombra comunes en España