Archivo de la etiqueta: Simbolismo

La Higuera o la Dulzura

Junio es el mes de llegada de los días largos, los primeros calores y las frutas de verano. En el mercado todas ellas, desde las pequeñas cerezas a las voluminosas sandías, despliegan sus atractivos, susurran promesas de goces futuros.

Cada fruta representa el verano a su manera, le da su toque único, un sabor divino, un color provocativo o un olor delicioso. Entre las que mejor encarnan la estación calurosa, al menos en el ámbito mediterráneo, tengo especial predilección por la breva y el higo, las frutas tiernas, delicadas y dulces que el árbol de la higuera (Ficus carica) produce entre junio y septiembre.

Higos

 La fruta perfecta

En los veranos de mi infancia, el día que comíamos las primeras brevas de junio era una fiesta, nos gustaban tanto que las devorábamos enseguida; era sin duda la fruta preferida de todos, blanda, dulce, incomparable. Y es que brevas e higos, además de heraldos del verano, son frutas extraordinarias en muchos sentidos. La propia existencia de dos cosechas, una de breva y otra de higo, es una peculiaridad. Se pueden consumir tanto frescas como desecadas, los higos secos, perdurables casi un año.

El fruto en sí, el higo fresco, es de tamaño mediano, color verde, morado o negro, según la variedad, de piel fina comestible y con sugestiva forma de gota. La pulpa es de una textura peculiar, debido a que en realidad es un falso fruto (llamado sicono, propio del género Ficus) consistente en un delicado saco en forma de pera, cubierto en su pared interior por cientos de flores diminutas que al madurar (los verdaderos frutos) producen una semilla pequeña. Esa pulpa es muy blanda pero también algo crujiente por las semillas, y tiene un delicioso dulzor. Si por algo destacan los higos y las brevas, es por la dulzura, equiparable a la de la miel, como sabiamente dice el proverbio, “por San Miguel, los higos son miel”.

Pulpa

La exquisitez extraordinaria de este fruto la resume bien Julie O’Hara, la escritora gastronómica norteamericana, quien no duda en asemejar el higo a la perfección, “el higo solo, sin más adorno, lo tiene todo”, dice. Y añade que si reuniese a las más dotadas mentes culinarias del mundo no podrían encontrar nunca una forma de mejorar un higo fresco en sabor, textura o apariencia.

Una joya para el paladar y también para la salud. Es una fruta muy rica en calcio y en fibra, tiene un alto contenido en agua y en azúcares, y contiene una buena cantidad y calidad de vitaminas y minerales. Con esta composición, además de nutritivo el higo es un alimento “funcional”, que fomenta la salud y previene enfermedades. Da energía y vitalidad, hidrata, regula el organismo, desintoxica y previene enfermedades degenerativas y cáncer, mejora funciones cerebrales, ayuda al mantenimiento de los músculos, las articulaciones y la piel, y contribuye a curar heridas y resfriados.

De tal fruto, tal árbol

Un fruto tan extraordinario no puede proceder más que de un árbol excepcional, aunque sea una de las plantas cultivadas más comunes y representativas de la región mediterránea, junto al olivo y la vid. Refrescarse bajo la sombra de una higuera en verano, dejando que el aroma nos sosiegue, observando cómo los pájaros acuden al néctar que gotea de la breva madura, mientras la chicharra corta el cálido aire con su voz de metal, puede ser la viva estampa de la cultura mediterránea.

La higuera por Louisa Hatzidaki

La higuera por Louisa Hatzidaki

En un yacimiento arqueológico de un pueblo neolítico del Valle del Jordán, se han hallado restos de higos carbonizados, supuestamente de higueras cultivadas, que datan de hace 11.000 años, casi mil años antes que los primeros cereales y legumbres cultivados por el ser humano; los investigadores especulan que la higuera probablemente sea la primera planta domesticada durante la revolución neolítica.

En aquellos comienzos neolíticos tan trascendentales, proveerse de fruta fresca en verano y fruta almacenable, rica en azúcar, todo el año debió ser un paso importante para los grupos humanos de Oriente Medio y Asia Occidental, el área natural nativa de la higuera. El éxito fue debido probablemente a la facilidad de propagación de la higuera, que se logra simplemente cortando ramas y plantándolas, junto a que en 3-4 años produce ya una generosa cosecha de frutas.

Para la especie Ficus carica también supuso un antes y un después, porque su cultivo se extendió rápido por toda la cuenca mediterránea, y más allá, cultivándose hoy por toda la zona templada del planeta. Actualmente, según la FAO, los mayores productores de higos en 2012 fueron: Turquía, Egipto, Argelia y Marruecos.

A pesar de llevar tantos siglos domesticada, la higuera no ha dejado de tener un carácter indómito. Con frecuencia se la ve germinar y prosperar en los lugares más improbables, con apenas sitio para enraizar y casi nada para sustentarse, en sitios secos, rocosos, muros y grietas. La admirable capacidad de desarrollarse y la poco exigencia hacen que la especie se extienda sola, con la ayuda inestimable de los pájaros que devoran sus frutos y diseminan las pequeñas semillas.

La higuera posee parte de la exuberancia y robustez del género Ficus. Aunque es un árbol de poca altura (no más de 10m) y tronco corto, tiene una anchurosa copa con ramas que crecen hacia los lados y crean una densa masa verde. La isla de Formentera, en Baleares, es un caso único en el mundo, porque alberga algunas higueras casi centenarias de copas horizontales muy amplias, cuyas larguísimas ramas han sido apuntaladas por los campesinos con multitud de estacas para que sus ramas no se caigan y enraícen. En realidad, son un tipo curioso de arquitectura vegetal o arquitectura viva, modelada por el ser humano para proporcionar cobijo al ganado. Se las conoce localmente con el poético nombre de “Blancas”, tal vez por el color claro de la corteza. En 1993, dos de ellas fueron catalogadas como Árboles Singulares por el Gobierno balear, hoy son uno de los atractivos de la isla.

Foto de Joan Costa

Foto de Joan Costa

Es también un árbol lechoso. Cuando se le cortan hojas, ramas o frutos, el árbol segrega una savia blanca o látex para proteger la herida infligida. Ese látex, según cuenta Font Quer en su Dioscórides Renovado, tiene la propiedad de cuajar la leche (en la isla de Mallorca se ha usado tradicionalmente para fabricar quesos) y es un remedio popular contra las verrugas.

Antes de ver a la higuera, ya la olemos. Es un árbol fragante, de tenue e inconfundible aroma que evoca la delicia de los higos. Los perfumistas lo saben y han creado líneas de perfumes basados en los olores tanto del árbol como del fruto.

Lo más excepcional de la higuera es, sin embargo, su complicada biología reproductiva, conocida y manejada por los horticultores desde tiempos inmemoriales. La rareza de las higueras estriba en: la existencia de árboles machos y hembras (en realidad es una especie ginodioca); una inflorescencia característica, el sicono; la simbiosis entre la higuera y su polinizador especializado, la avispa Blastophaga psenes.

En algún momento de su domesticación se produjo una mutación sorprendente: árboles hembras con la capacidad de producir frutos dulces y grandes sin polinización, higueras que no dependen de la avispa para producir higos sabrosos (fenómeno conocido como partenocarpia). Estas higueras mutantes fueron seleccionadas por el tamaño y dulzura de sus frutos y propagadas vegetativamente por todo el área mediterránea.

Sin embargo, algunas variedades todavía necesitan la polinización para el desarrollo de los higos, son las higueras tipo Esmirna. Los horticultores de estas higueras las polinizan de manera artificial, por un curioso método muy antiguo llamado caprificación, ya conocido desde los tiempos griegos y romanos o antes. Para fertilizar estas higueras, se recolectan ramas con siconos maduros de cabrahígos (nombre de las higueras silvestres) machos con las avispas en su interior, se llevan a la plantación de higueras (hembras) y se cuelgan al lado de los siconos jóvenes para que las avispas entren en ellos y los polinicen. Se dice que estos higos son de una calidad maravillosa.

Maestra de Dulzura

Sin duda, la higuera, como todos los árboles, como toda la naturaleza, puede inspirarnos a los humanos determinadas enseñanzas profundas sobre la vida. Conocerla como árbol terrenal nos revela su genio peculiar, su mensaje escondido, la metáfora de la cualidad en la que sobresale.

La higuera destaca por su generosidad, exige poco y da mucho; y por su fecundidad, da abundantes frutos y prospera felizmente en cualquier sitio. Es fácil imaginar que para los antiguos pueblos del Mediterráneo fuera un símbolo de abundancia y bienestar. Con este simbolismo aparece varias veces en la Biblia, además de cubriendo con sus grandes hojas la desnudez de Adán y Eva (Libro del Génesis).

Para mí, por encima de todo, la higuera representa la dulzura, una actitud que admiro. La dulzura de carácter entraña la suavidad en el trato con los demás, la afabilidad natural, la palabra cariñosa, el gesto apacible, la actitud complaciente, el estar gustoso. Si no hemos nacido con tal talento, podemos desarrollarlo con nuestro empeño.

En El Jardín Simbólico, un texto griego bizantino del siglo XI, muy novedoso dentro de la historia del simbolismo de las plantas, el anónimo autor expone la interpretación simbólica de doce plantas mediterráneas, entre las que incluye a la higuera. Cada una de ellas representa una virtud.

Es una obra muy original en la que el autor, basándose en textos de las Sagradas Escrituras y de botánica y farmacología de su tiempo, explica de cada planta detalles botánicos y medicinales, y recomienda maneras de cultivar cada virtud en el jardín interior del lector.

Entre las plantas que el poeta místico eligió y alegorizó aparecen la vid de la Alegría espiritual; el granado de la Valentía; o la palmera de la Justicia. En la higuera encontró inspiración para cultivar la Dulzura del corazón.

De la higuera o de la Dulzura

A continuación del parterre de los lirios, ha venido a florecer la higuera, ofreciéndonos el modelo de la amenidad y la dulzura. En efecto, aquel que no tiene preocupación alguna por las riquezas, por las cuales los hombres se agitan, ¿por qué iba a temer la rabia de su corazón?

He aquí el aspecto exterior de la higuera: completamente roma, no presenta espinas, no se ve prolongada por delgados aguijones; tiene amplias hojas. Su follaje ofrece una disposición feliz. Su fruto se mantiene derecho. Muy poco le falta para decir al paseante: Ven a sentarte bajo mis hojas.

Así es también la virtud de la dulzura y la amenidad. Jamás lanza una palabra hiriente, sino que posee una lengua ancha y cortés. Pues abre su corazón a aquellos que la atacan y no lo mantiene nunca cerrado.

La savia de la higuera vertida en leche cuaja a ésta. Del mismo modo, el lenguaje de la dulzura afirma en el amor a aquellos que quieren llegar lejos en su camino, sirviéndoles de savia por todas parte el lenguaje de la concordia.

El fruto de la higuera, antes de su maduración, cocido al fuego y aplicado al cataplasma, cura las escrófulas. Igualmente la virtud de la dulzura, aplicada cálidamente, elimina desde el momento de su intervención, cuanto de crueldad devoradora, ardor belicoso y aspiración guerrera hay en los sentimientos del corazón. Cuando ya está bien maduro, el fruto alivia grandemente a los nefríticos. Del mismo modo la virtud de la perfecta dulzura puede eliminar el veneno escondido en los riñones: porque a los riñones se les llama los órganos de la cólera.

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d'Aligny

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d’Aligny

Diez siglos más tarde, en el otro extremo del Mediterráneo, en Moguer, Huelva, donde el viejo mar se une al impetuoso Atlántico, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, narró la magia de las higueras cuando se va a por brevas.

Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.

Aún, bajo las grandes higueras centenarias, cuyos troncos grises enlazaban en la sombra fría como bajo una falda, sus muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas – que se pusieron Adán y Eva – atesoraban un fino tejido de perlillas de rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más viva cada vez, los velos incoloros del Oriente.

Vayamos a sentarnos bajo sus hojas, hartémonos de brevas e higos. Quizás así nuestras palabras se vuelvan más dulces, y nosotros más amenos, gustosos y pacíficos.

Escrito por Rosa, jueves 28 de julio de 2016

Fuentes

Julie O’ Hara: Perfection Is A Fresh Fig. National Public Radio. 2008.

Kislev y otros: Early domesticated fig in the Jordan Valley. Science. 02 Jun 2006.

FAOSTAT. Producción mundial de higos en 2012.

Cristina Amanda. Los nudos de blanca. Blog Territorio Ibiza.

Font Quer, P. Plantas Medicinales: El Dioscórides Renovado. Editorial Labor. 1985. Pág 121.

El Jardín Simbólico. Texto griego anónimo extraído del Clarkianus XI por Margaret H. Thomson (1960). Traducción de Ramón Martínez y Mª Ángeles López. Barcelona. José J. de Olañeta, editor. 1984. Pág. 36-37.

Juan Ramón Jiménez (1917). Platero y yo. IX: Las Brevas. Editorial  Austral. Barcelona, 2013. Pág. 73-74.

Otros enlaces

Variedades de higuera

Método de caprificación

Árboles singulares de las Islas Baleares: Higueras.

Perfumes de higuera. Blog Tocador de Dorothy.

Otras higueras en este blog:

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus obscura en el Botánico de Valencia

 

La señora Chatterley fue al bosque

El bosque umbroso, espeso, laberíntico, es un lugar idóneo para el escondite y para el amor furtivo. La señora Chatterley esperaba ansiosa el momento para escapar al bosque y encontrarse con Oliver Mellors, su amante. En la famosa novela de D. H. Lawrence el bosque desempeña un papel primordial.

What the hell do you go to that bloody wood for?

“¿Para qué demonios vas a ese maldito bosque?” le preguntaba iracundo su esposo, Lord Clifford. El lector de la novela sabe perfectamente para qué, porque Lawrence describe con detalle las escenas amorosas. Tanto, que la obra, tras ser publicada en Italia en 1928, fue prohibida en el Reino Unido por obscena; tuvieron que pasar 32 años para que una sentencia judicial autorizara su publicación y venta en 1960 [1].

La trama de la novela es un amor romántico prohibido, agudizado por un conflicto de clases, entre la señora aristócrata y el guardabosque. En los diálogos y los pensamientos de sus personajes se refleja la mentalidad británica en una época de cambio, comienzos del siglo XX después de la Primera Guerra Mundial, con reflexiones sobre las costumbres, la liberación sexual y la crisis ambiental y económica de una zona minera.

¿Qué demonios hace la señora Chatterley en un blog de árboles?, se puede preguntar el lector. Le animo a adentrarse en el bosque de esa novela, sin prejuicios; además de disfrutar de la pasión romántica de los amantes ¿por qué no?, podrá descubrir detalles simbólicos del bosque y comprender mejor el alma sensible de su autor, David H. Lawrence, hacia la naturaleza y los árboles.

Las diferentes imágenes simbólicas del bosque van apareciendo asociadas a los tres personajes principales.

The wood was her one refuge, her sanctuary.
“El bosque era su único refugio, su santuario”.

Durante su adolescencia, Constanza Reid fue enviada con su hermana a estudiar música a Alemania. “Lo pasaban muy bien allí. Vivían libremente entre los estudiantes, vagaban por los bosques, cantaban y eran libres ¡Libres! Esa era la gran palabra. Al aire libre, en los bosques eran libres para hacer lo que querían y, sobre todo, para decir lo que querían”. Desde el principio de la novela, el bosque es asociado con la vida en libertad.

Más tarde, Constanza se casa con un aristócrata y se convierte en Lady Chatterley. Cuando su marido vuelve paralítico de la guerra, se van a vivir a una mansión solitaria en la zona minera de los Midlands (región central de Inglaterra). Allí, siente un vacío en su vida y se consuela paseando por el bosque. “Iba a pasear a los bosques y disfrutaba de la soledad y el misterio, pateando las hojas marrones en otoño y cogiendo las prímulas en primavera. El bosque era su único refugio, su santuario”. Aunque realmente no lo era, “porque ella no tenía una conexión con él. Solo era un lugar adonde podía escapar. Nunca llegó a conectar con el propio espíritu del bosque … si es que existía esa cosa absurda”. El autor confiesa aquí su panteísmo y la creencia en el espíritu del bosque, aunque lo maquille con una duda retórica.

I want this wood perfect… untouched. I want nobody to trespass in it.
“Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre”.

Muy diferente era la visión del bosque que tenía su marido, Sir Clifford. “Él amaba el bosque; amaba los viejos robles. Sentía que eran suyos, heredados de sus antepasados. Deseaba protegerlos. Deseaba que este lugar permaneciera inmaculado, apartado del mundo”. En una visita al bosque (en silla de ruedas) acompañado de su esposa, defiende apasionadamente su visión conservadora del bosque. “Esta es la vieja Inglaterra, su corazón; y yo intento mantenerlo intacto. Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre. Somos nosotros, los propietarios que tenemos este sentimiento por el bosque, los que debemos conservarlo”. Eran tiempos convulsos en Europa, después de la Primera Guerra Mundial.

En el bosque todo estaba en calma, las hojas muertas caídas en el suelo mantenían la escarcha en su parte inferior. Se escuchaba la llamada áspera de un arrendajo y el canto de muchos pájaros. Pero no había caza; ningún faisán. Todos habían sido matados durante la guerra; el bosque había estado sin protección, hasta ahora que Clifford había contratado un nuevo guardabosque.

Así aparece en la novela el tercer personaje del triángulo, Oliver Mellors, quien buscaba olvidar su pasado, una mujer que le odiaba y un antiguo destino militar como oficial en la India. Quería encontrar refugio en la soledad del bosque.

His last refuge was this wood: to hide himself there!
“Su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

El guardabosque meditaba sobre su pasado y su presente. “Había pensado que estaría seguro, al menos por un tiempo, en este bosque. Todavía no había cacerías; él tenía que criar los faisanes. Estaría solo y apartado de la vida, que era todo lo que deseaba. Su retirada del mundo exterior era completa; su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

La soledad, el silencio, la oscuridad del bosque eran su vida y su deseo, en compañía de Flossie, su fiel spaniel marrón. Después del primer encuentro amoroso con Lady Chatterley en la cabaña y de acompañarla a la mansión, “regresó a la oscuridad y reclusión del bosque. Todo estaba tranquilo, la luna ya se había ocultado. Volvió a su casa con su escopeta y su perra, encendió la lámpara y el fuego, tomó la cena. Estaba solo, en un silencio que amaba”.

Pero el deseo, el miedo, la inquietud no le permitían relajarse en la casa. “Se levantó, cogió de nuevo la chaqueta y la escopeta, bajó la llama de la lámpara y salió con su perra a la noche estrellada. Hizo la ronda nocturna por el bosque, lentamente, con morosidad. Amaba la oscuridad y se dejó envolver por ella”.

Oliver era consciente de que la irrupción de Constanza en su vida acabaría con su ansiado refugio en el bosque. “Sabía que la reclusión del bosque era ilusoria. Nadie puede tener ya una vida privada y retirada. El mundo no permite ermitaños”. Y tenía miedo a la sociedad, que por instinto sabía que era “una bestia maligna y medio loca”.

Dejemos a un lado las pasiones y los enredos amorosos de Constanza, Clifford y Oliver y fijémonos en el bosque, el cuarto personaje de la historia. Lawrence nos regala hermosas descripciones del bosque y sus habitantes, contribuyendo a la emoción y las sensaciones de los diferentes episodios.

El bosque de invierno, desnudo, sin hojas, gris, invitaba a la melancolía en los primeros paseos de Constanza.

En el bosque todo estaba inerte e inmóvil, solo grandes gotas caían desde las ramas desnudas, con un golpeteo hueco. Por lo demás, entre los árboles viejos había una profundidad progresiva de inercia gris y sin esperanzas, de silencio y de la nada.
Desde el bosque viejo llegaba una melancolía antigua, que de alguna manera la confortaba, mejor que la insensibilidad áspera del mundo exterior. Le gustaba la interioridad del bosque, la reticencia silenciosa de los árboles viejos. Parecía un silencio poderoso y al mismo tiempo una presencia vital. También ellos estaban esperando, obstinada y estoicamente esperando, y emitiendo un silencio potente. Quizás solo esperaban el final; ser cortados, talados, el fin del bosque, para ellos el final de todo. Pero quizás su silencio fuerte y aristocrático, el silencio de los árboles fuertes, significaba algo más.

Al comienzo del capítulo 12, una bucólica descripción del bosque a finales de primavera preludiaba la plenitud amorosa que tendría lugar en la cabaña.

Connie se fue al bosque justo después de comer. Realmente era un día maravilloso, los primeros dientes de león parecían pequeños soles, las primeras margaritas eran tan blancas. El bosquete de avellanos formaba como una celosía, con las nuevas hojas abriéndose y los últimos amentos polvorientos colgando. Los ranúnculos amarillos lo cubrían todo, las flores completamente abiertas, sostenidas en urgencia, con su resplandor amarillo. Era el amarillo, el poderoso amarillo de comienzos del verano. Y las prímulas eran grandes y con un pálido abandono, formando densos macizos que habían perdido la timidez. El verde oscuro suculento de las hojas de los jacintos era como un mar, del que emergían las yemas florales como granos pálidos de maíz; mientras que en el sendero se erguían las nomeolvides y las aquilegias desplegaban sus riquezas de púrpura intenso. Bajo un arbusto se veían unos trozos azules de cáscaras de huevo. ¡Por todas partes las yemas hinchadas y el brote de la vida!

“¡Nada tan hermoso como una primavera inglesa!” exclamaría Clifford en otra ocasión. Para Lawrence existía una conexión profunda de la vida de las personas con la naturaleza y con el “ritmo de la vida cósmica”.

El bosque es también un símbolo de la plenitud amorosa y la pasión colmada. De vuelta en la mansión, mientras Clifford le leía a Racine en voz alta, ella seguía absorta bajo los efectos embriagadores de su encuentro apasionado en la cabaña.

Estaba ausente en su propio éxtasis dulce, como un bosque que susurra el gemido suave y alegre de la primavera, al brotar sus yemas.
Connie era como un bosque, como la maraña oscura del robledal, murmurando inaudiblemente con una miríada de yemas que se hinchan y despliegan. Mientras, las aves del deseo estaban dormidas en el vasto, entrelazado e intrincado interior de su cuerpo.

En su interior le atormentaba la pasión y el deseo. “!Ah sí, ser apasionada como una bacante, huyendo por los bosques como en una bacanal!”.

Tras el primer encuentro amoroso, Connie llegó a tener una especie de unión mística con los árboles del bosque.

Al día siguiente ella fue al bosque. Era una tarde gris, tranquila, con los mercuriales verde oscuro extendiéndose bajo los avellanos, y todos los árboles dedicados al esfuerzo silencioso de abrir sus yemas. Ese día, ella casi podía sentirlo en su propio cuerpo, el enorme flujo de savia en los robles corpulentos, hacia arriba, más arriba hasta las yemas en lo más alto de las copas, y allí empujar como si fuera sangre en el interior de las pequeñas hojas brillantes, color bronce. Era como un viaje, una ascensión turgente que se expandía por el cielo.

Precisamente la imagen de esta unión mujer-árbol fue elegida por la artista Lucy McLauchlan para diseñar una de las cubiertas más originales de la novela.

cover_ChatterleyLas descripciones sentidas y apasionadas de los elementos del bosque, del olor y la textura del aire, del color y brillo de las flores, son más que un mero escenario para su historia, reflejan una visión personal de Lawrence: la existencia de una relación orgánica entre mente, cuerpo y naturaleza [2].

Un escritor hipersensible hacia la naturaleza

Para algunos de sus contemporáneos, David Herbert Lawrence (1885-1930) era un neurótico con una obsesión absurda y extravagante por la naturaleza. Lo calificaban como un fauno, un sátiro, un hijo del dios Pan que se había escapado de su bosque misterioso [3].

En cambio otros, como Aldous Huxley, defendían el valor de su escritura, argumentando que su principal don era “su extraordinaria sensibilidad, su capacidad para ser consciente del universo en todos sus niveles, desde lo inanimado, las plantas, los animales hasta lo humano, y lo que pueda haber más allá”. Para Octavio Paz “Lawrence tenía el don poético por excelencia: transfigurar aquello de que hablaba. Así logró lo que otros novelistas no han conseguido: convertir a los árboles y las flores… en presencias“.

El escritor y editor Ford Madox Ford describió esa cualidad sobrenatural de Lawrence, como un conocimiento instintivo de los elementos misteriosos de la naturaleza y del flujo espiritual entre ellos. Los pasajes sobre la naturaleza son excitantes, aportan vida a sus obras, un matiz sobrenatural en sintonía con los bosques profundos. En una ocasión, mientras iban paseando y charlando por el campo, de pronto al ver una flor, Lawrence se arrodilló para mirarla y tocarla con delicadeza; según Ford se comportó como una “criatura del bosque, algo perturbada”.

Lawrence pasó algún tiempo, durante los años 1924 y 1925, en el rancho Kiowa (Nuevo México, EEUU). Allí escribía delante de su cabaña, en una mesa larga de carpintero, bajo un gran pino ponderosa (Pinus ponderosa). “Solo el gran pino delante de la casa, allí parado, quieto y despreocupado, vivo. Está tan cerca. Se sale por la puerta y ahí está el tronco, como un ángel de la guarda”. Sentía una relación profunda con este árbol.

El pino emite vida, igual que yo la emito. Nuestras dos vidas se encuentran y entrecruzan sin saberlo. La vida del árbol penetra en mi vida y mi vida en la suya. No podemos vivir uno cerca del otro, como de hecho hacemos, sin afectarnos mutuamente.
Me he vuelto consciente del árbol y de su interpenetración en mi vida. Incluso soy consciente de la energía del árbol que cruza y estremece mi plasma vivo.

En aquella mesa de madera y estremecido por la energía del pino escribió uno de sus mejores relatos, Saint Mawr, según Octavio Paz “una de las obras verdaderamente maestras de la literatura inglesa del siglo XX. En sus páginas, la naturaleza vuelve a ser la divinidad pánica que veneraron los antiguos y la fuente de regeneración de nuestra degradada especie”.

Unos años más tarde, en 1929, la célebre pintora americana Georgia O’Keeffe estuvo de visita en el rancho Kiowa. Se quedó hipnotizada con el gran pino: “a menudo me recostaba sobre la mesa y me quedaba mirando hacia arriba, al árbol, al tronco y sus ramas. Era particularmente hermoso durante la noche, con las estrellas brillando por encima del árbol”. Esta escena mágica del árbol que se eleva hacia la noche estrellada del desierto de Nuevo México quedó inmortalizada en su cuadro “El árbol de Lawrence”.

LawrenceTree

Lawrence fue un escritor prolífico y polémico, autor de novelas, teatro, poesía, libros de viaje y ensayos de filosofía, psicología y teosofía. Escribía sus “aventuras pensadas” siguiendo el impulso libre de su intuición; defendía que la naturalidad y la espontaneidad eran el prerrequisito de la creatividad. Ha sido etiquetado como romántico, panteísta, vitalista, trascendentalista y defensor del primitivismo. No puedo estar de acuerdo con algunas de sus ideas, como su rechazo del racionalismo y la ciencia, pero admiro su extraordinaria sensibilidad hacia la naturaleza y respeto su gran amor y comunión con los árboles [4].

Me gustaría ser un árbol, por un tiempo. La gran lascivia de sus raíces. Y ninguna mente en absoluto. Se eleva poderoso, y yo sentado a su sombra me siento seguro. Me gusta sentirlo a mi alrededor. Lo venero. Me pierdo entre los árboles. Soy tan feliz con ellos en su silencio, su pasión intensa y su gran deseo. Ellos alimentan mi alma.
Los árboles no tienen manos, ni caras, ni ojos. Sin embargo un torrente poderoso de savia aromática sube como sangre por las grandes columnas. Una vida individual vasta, y un deseo ensombrecedor. La voluntad de un árbol. Algo que te puede atemorizar.
Imagina que quieres mirar a un árbol a su cara. No puedes. No tiene cara. Miras al cuerpo fuerte del tronco; miras arriba en la cabellera enmarañada de las ramas; miras las puntas suaves y verdes. Pero no hay ojos a los que mirar, no puedes encontrar su mirada.
No es buena idea mirar a un árbol, para conocerlo. La única forma es sentarse entre sus raíces y acurrucarse contra su tronco fuerte, y no preocuparse. Así es como yo escribo, entre los pies de un árbol, olvidándome de mí mismo, apoyado contra el gran tobillo del tronco. Y entonces, como norma, igual que una ardilla es acariciada en su vivacidad por la magia sin rostro de un árbol, yo suelo ser acariciado en el olvido, y así garabateo este libro. En realidad un libro-árbol.

_____________________
[1] Me he basado en la edición de Collins Classics: D. H. Lawrence, Lady Chatterley´s Lover, Harper Press, Londres, 2013. También he consultado la traducción de Francisco Torres Oliver, en Alianza, 2ª edición, 2012.
Raquel C. Pico en Librópatas.com (ver enlace abajo) cuenta la historia de la prohibición de la novela y su relanzamiento en 1960, como una gran operación editorial que aprovechó el escándalo y la publicidad del juicio.
[2] Ver capítulo 7, Mind and Body (págs. 155-197), del libro de Tianying Zang (2011), D.H. Lawrence´s Philosophy of Nature. An Eastern view. Trafford Publishing, EEUU.
[3] La mayor parte de las citas están sacadas del capítulo 1, Lawrence´s sensitivity to nature (págs. 1-31) del libro de Tianying Zang (2011) citado en la nota anterior.
[4] La cita final es del capítulo 4 del libro Fantasía del Inconsciente (1922), escrito durante su estancia en Alemania, en los bosques de la Selva Negra.

 

Escrito por Teo, jueves 18 febrero 2016.

 

Enlaces
Reseña del juicio ganado en 1960 para publicar la versión íntegra de Lady Chatterley

Portada de la novela con el dibujo de Lucy McLauchlan

Artículo de Octavio Paz (1991) sobre la obra de Lawrence

El famoso pino de Lawrence en Nuevo México

Capítulo 4 de la Fantasía del Inconsciente