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Ginkgomanía

Algunos árboles tienen una «personalidad» especial que atrae, fascina, intriga y seduce a mucha gente. El ginkgo (Ginkgo biloba L.) es sin duda uno de ellos.

El ginkgo es bien conocido en Oriente y recibe varios nombres. Los apelativos albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu se refieren a sus frutos y semillas. El nombre pie de pato deriva de la forma palmeada de sus hojas y también vincula al árbol con el pato mandarín, símbolo del amor en China y Japón. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, una lección de sabiduría popular pues, debido a la longevidad del árbol y al tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

Los nombres son muy importantes. Según Linneo, el gran «nombrador» de plantas y animales: «si no se conoce el nombre de las cosas, también se pierde el conocimiento de ellas». El conocimiento del ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió «ginkgo» en vez de «ginkyo» pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto «biloba» para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos.

Ginkgo_hojaLas semillas de ginkgo llegaron a Holanda en el siglo XVIII, posiblemente enviadas por el mismo Kaempfer, y desde allí este árbol exótico empezó a ser conocido y cultivado en Europa. En Occidente se conoce como árbol de los templos o árbol de las pagodas, en relación con su origen oriental y su carácter sagrado. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) ha originado los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

En Alemania se conoce como árbol de Goethe en recuerdo y homenaje al célebre poema de amor escrito por el artista y científico romántico Johann Wolfgang von Goethe:

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.
¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?
¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?
La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?

Un nombre antiguo que se conserva en Francia es árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por unos de estos árboles en 1788. También se reforzó el nombre por el aspecto dorado (como escudos de oro) de las hojas en otoño.

Nombres modernos son árbol fósil y árbol de los dinosaurios debido a su linaje antiguo que apenas ha cambiado desde el Jurásico. El nombre panda botánico alude a su rareza y la necesidad de ser conservado, al igual que el oso panda que también proviene de China.

Biografía de un fósil viviente

Crane bookEl botánico Sir Peter Crane tenía una obsesión con este árbol que le llevó a escribir una obra excelente sobre su historia evolutiva y cultural¹. En sus años como director del Jardín Botánico de Kew (cerca de Londres) tuvo el privilegio de vivir junto a uno de los ginkgos más antiguos de Europa (plantado aproximadamente en 1760); su estancia en Corea del Sur como profesor visitante le permitió conocer los árboles milenarios asociados a los templos y pagodas; el regalo por parte de un colega del libro «Goethe y el ginkgo» fue un estímulo para investigar sobre los aspectos culturales asociados al árbol; y por supuesto la rareza y singularidad biológica de esta especie le motivaron a escribir la «biografía» del ginkgo.

Los temas que destacan son su capacidad de supervivencia y de resiliencia a los cambios. Comienza el libro con la biología del árbol y sus particularidades reproductivas (tienen espermas móviles, un carácter ancestral). Los capítulos sobre el origen y la evolución del linaje de los ginkgos durante 250 millones de años están muy bien documentados (Crane es un experto en paleobotánica y evolución). El lento declive comenzó hace unos 35 millones de años; había varias especies que se extendían por el hemisferio norte, se fueron extinguiendo y solo ha quedado la especie G. biloba, refugiada en algunas montañas de China. La historia cultural del ginkgo comienza con las primeras referencias escritas en poemas de la dinastía Song (siglo XI) de China, se expande por Corea y Japón cultivado por sus semillas comestibles y plantado en los templos budistas y sintoístas. Ya hemos visto cómo es introducido en Europa en el siglo XVIII y a partir de entonces es plantado en las calles de ciudades de todo el mundo, con clima templado. Termina la obra con capítulos sobre su uso en jardines, alimentación, farmacia (muy usado para fortalecer la memoria) y como árbol urbano.

Hay cinco grandes grupos de espermatofitas o plantas con semillas: las angiospermas con unas 257.000 especies; las coníferas con unas 600 especies; las cicadas con unas 130 especies; las gnetofitas con 80 especies; y por último los ginkgos con una sola especie, Ginkgo biloba. Es el último superviviente de un linaje antiguo, una especie solitaria y única, totalmente diferente a cualquier otra especie de planta. Para Crane, el ginkgo «nos conecta con la historia profunda de nuestro planeta». Es un vínculo vivo con la era de los dinosaurios.

Las hojas son flabeladas, en forma de abanico, con nervaduras que radian desde la base. «Son tan distintivas, que una vez que las has visto ya nunca las olvidas. Son realmente memorables», comenta Peter Crane en una entrevista. Especialmente son memorables en otoño, cuando se vuelven de color amarillo dorado y caen todas casi al mismo tiempo. Algo deben tener las hojas y el porte inusual de este árbol que tanto fascina a científicos y artistas.

La pasión por el ginkgo es compartida por Cor Kwant, profesora en Amsterdam. Ha diseñado y mantiene una página web enciclopédica donde compila toda la información disponible sobre el ginkgo, que además complementa con un blog y una cuenta de twitter.

Las elegantes hojas de ginkgo son motivos habituales de decoración en Japón; adornan kimonos, cerámica, abanicos y láminas. La ginkgomanía llegó a Europa formando parte del «japonismo» que influyó al Modernismo a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Las hojas y frutos de ginkgo aparecieron en vidrieras, joyas, muebles y fachadas de Nancy, París, Bruselas y Viena.

Mis ginkgos favoritos

KR012-09_Korea_stampNo tengo la suerte de conocer los ginkgos monumentales y milenarios de oriente, como el Gran Ginkgo Rey de Li Jiawan (China), con un tronco de 15 m de circunferencia; ni el famoso ginkgo de 40 m de altura en el templo budista Yongmunsa (Corea del Sur), que tiene un sello de correos dedicado; tampoco el ginkgo Nigatake en el santuario sintoísta de Ubagami en Japón, con sus 2,5 m de diámetro de tronco y venerado por sus raíces aéreas (llamadas chichis = senos o pezones) que según la tradición favorecen la lactancia de las madres.

Conozco algunos ginkgos en Europa, que obviamente no pueden superar los 300 años de edad. En el otoño de 2013 tuve la oportunidad de admirar la hermosa ginkga cargada de frutos en el Botánico de Roma. Esta primavera conocí al árbol, también hembra, que se yergue imponente junto a la fachada de la Universidad Humboldt, en Berlín, y al que empezaban a brotarle pequeños ramilletes de hojas.

Durante mi estancia como posdoc en Berkeley (California), descubrí los ginkgos como árboles urbanos alineados en las aceras. Recuerdo haber llevado durante meses una semilla como «amuleto» en el bolsillo de la chaqueta. Cuando paseaba por el campus, me gustaba sentirla entre los dedos.

En Sevilla no hay tradición de plantar ginkgos. Mi grupo favorito de ginkgos está en el sector suroeste del jardín inglés del Real Alcázar. Fueron plantados en 1910, procedentes de La Granja de San Ildefonso². Fuimos a visitarlos en diciembre 2013 y aprovechamos para contarlos y tallarlos: 194, 172, 165, 145, 113, 111 y 77 cm de circunferencia de tronco; eran siete y todos parecían machos. Un poco más apartada, en la esquina del laberinto de arrayán, una hembra (de 143 cm de circunferencia) estaba cargada de frutos y había perdido ya casi todas las hojas. Sobre un seto, algunas hojas caídas conservaban las gotas de agua como pequeñas gemas.

Ginkgo_jardineroNos sentamos en uno de los bancos y dejamos que el tiempo pasara lentamente, en silencio, contemplando cómo las hojas doradas iban cayendo suavemente sobre el césped.

Un espectáculo sencillo, milenario, hermoso que nos regalaba la «luz de oriente», como bautizó al ginkgo Elena Martín Vivaldi, la poeta granadina de los árboles y los amarillos³.

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

______________________________________________

¹ Peter Crane. 2013. Ginkgo: the tree that time forgot. Yale University Press. 384 págs. New Haven, EEUU.
² Se plantaron 25 ejemplares en otoño e invierno de 1910. M. R. Baena Sánchez, 2003, Los jardines del Alcázar de Sevilla entre los siglos XVIII y XX. Diputación de Sevilla, Sevilla, pág. 133.
³ Fragmento del poema «Ginkgo biloba (Árbol milenario)» de Elena Martín Vivaldi.


Escrito por Teo, jueves 26 junio 2014.


Enlaces

Todo lo que quiera saber sobre el ginkgo. Página web «Ginkgo pages», blog y twitter de Cor Kwant

Entrevista con Peter Crane sobre su libro

Poema de Goethe

Poema de Elena Martín Vivaldi

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus_JMurilloLa mayoría de los árboles ornamentales nos agradan por sus cualidades estéticas. Solemos admirar la forma, el tamaño, el color y textura de copa, flores, hojas y tronco, el aroma de las flores o la buena sombra que brindan. Sin embargo, unas pocas especies poseen un atributo de otra índole, menos frecuente, que valoro especialmente: la capacidad de conmovernos. Son aquellos que poseen una presencia tan notable que inspiran sobrecogimiento, que de algún modo nos tocan el alma. Uno de estos árboles es la higuera australiana o higuera de Bahía Moreton (Ficus macrophylla), una higuera gigante tropical que crece bien en Sevilla y engrandece con su carácter monumental el atractivo vegetal de esta ciudad.

La higuera australiana posee rasgos de la exuberante vegetación tropical: es siempreverde; de gran tamaño (de 15-20 metros de altura en Sevilla y hasta 50m. en su región de origen); porte corpulento; copa densa y expansiva; hojas grandes verde oscuro brillante; y tronco fuerte y grueso, del que emergen unas vistosas y sorprendentes raíces tabulares. Entre los árboles urbanos, llama la atención por la sensación de fuerza y poder de la naturaleza que transmite.

Es una especie nativa de la costa oeste de Australia y de la isla de Lord Howe (Mar de Tasmania). Una de las zonas de Australia donde más abunda es la Bahía de Moreton, en Queensland, por esa razón es conocida como higuera de Bahía Moreton. También se le llama ficus australiano, banyan o baniano australiano y en el lenguaje popular, simplemente ficus.

Comparado con los árboles nativos de la región mediterránea, es un árbol de dimensión gigante por altura y frondosidad. Pero lo que le otorga el aire monumental es el entramado leñoso formado por el grueso tronco y las diversas raíces: las  aéreas que cuelgan de las ramas, las tabulares que nacen del tronco y las superficiales que se extienden sobre la tierra.  Es un árbol de raíces.

Las raíces aéreas son propias de las higueras tipo baniano. Este tipo de árboles dispersa sus semillas por medio de las aves, que las depositan en la copa de los árboles, donde germinan con menos competencia por la luz que en tierra. Cuando crece, al principio como epifita, echa raíces aéreas hasta alcanzar el suelo. Con el tiempo, envuelve al árbol huésped y puede causarle la muerte, por esto se les llama también árboles “estranguladores”. El auténtico banyan o baniano (Ficus benghalensis) suele emitir muchísimas raíces aéreas y ocupar extensiones enormes; son “árboles columnares”. En el Jardín Botánico de Howrah, cerca de Calcuta, hay un baniano de 250 años, conocido como “Great Banyan” cuya circunferencia mide medio kilómetro y tiene cerca de 3000 raíces aéreas.

Gran baniano de Calcuta, India. Autor: Biswarup Ganguly.

Gran baniano de Calcuta, India. Foto: Biswarup Ganguly.

Las espectaculares raíces tabulares de esta higuera, que parten del tronco, le dan al árbol un aspecto muy sólido pues recuerdan a las columnas de las catedrales góticas. Su función parece ser diversa: anclar el árbol en los suelos húmedos y poco profundos de la selva; dar soporte al árbol; disminuir el vaivén del follaje frente a los vientos huracanados tropicales; o recoger nutrientes de los restos caídos del árbol en los rincones que las mismas raíces crean. Por otra parte, las raíces superficiales en su búsqueda de agua se extienden como una red, aunque contribuyen también al soporte del inmenso árbol. El sistema radicular complejo de este ficus es fuerte y dinámico, muy útil en el bosque tropical, pero como árbol ornamental puede ocasionar problemas en edificaciones y pavimentos, por lo que conviene plantarlo en espacios anchos y abiertos, no cerca de edificios ni acerado.

el-arbol-cartelEl crecimiento vigoroso de este árbol se muestra muy bien en la película franco-australiana El árbol (2010) de la directora francesa Julie Bertuccelli, protagonizada por la actriz Charlotte Gainsbourg y basada en la novela de Judy Pascoe Our Father Who Art in the Tree («Padre Nuestro que estás en el Árbol»). La acción está situada en Queensland, Australia. Una higuera de Bahía Moreton es protagonista esencial en la historia, un pilar de la tensión dramática. Frente al esfuerzo de una familia por superar la pérdida del padre, la higuera gigantesca con su tenaz expansión representa la fuerza de la naturaleza, el incesante impulso para continuar hacia delante con el proyecto vital. El relato me gusta mucho, entre otras razones, porque pone de manifiesto la hondura de la relación que un árbol puede llegar a inspirar en la vida de las personas. El árbol real filmado es una higuera de Bahía Moreton (llamado «Teviotville Tree») de 130 años, que crece en la localidad de Teviotville, cuyas admirables dimensiones cautivaron a los cineastas de la película.

 La higuera de Bahía Moreton presenta otras peculiaridades características del género Ficus, al que pertenece. Es un género de gran éxito en la naturaleza pues comprende alrededor de 1000 especies de plantas, repartidas por las regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo. Lo más destacable es su fruto, conocido como higo. En realidad, se trata de un receptáculo carnoso llamado sicono que contiene en su interior multitud de pequeños frutos. La fecundación de estos frutos es un fenómeno apasionante de la biología pues se realiza a través de un eficaz mutualismo entre estos gigantescos árboles y unas diminutas avispas polinizadoras. Cada especie de ficus o higuera es polinizada por una especie de avispa y cada especie de avispa solamente puede reproducirse dentro de una especie de higuera; la higuera australiana es polinizada por la avispa Pleistodontes froggatti.

Entre los árboles llamados higueras, hay especies muy conocidas y de gran valor comercial y cultural. La higuera común (Ficus carica), originaria del Mediterráneo y oeste de Asia, ha sido cultivada desde tiempo inmemorial por sus higos y brevas, los únicos sabrosos, y forma parte de la cultura iconográfica occidental. La higuera sagrada o higuera de las pagodas (Ficus religiosa), natural de India, Nepal y China, es venerada por budistas, hinduistas y jainistas, y según la tradición bajo una de ellas Buda alcanzó la iluminación. El banyan o baniano (Ficus benghalensis), procedente de India y Bangladesh, también es venerado como árbol sagrado en India y es muy apreciado por la sombra que proporciona su muy extensa copa. El sicomoro (Ficus sycomorus), de África central, fue muy estimado en el Antiguo Egipto; en la actualidad está extendido por África, plantado por su sombra y múltiples usos. La higuera australiana o de Bahía Moreton (Ficus macrophylla) es apreciada por los aborígenes australianos en su lugar de origen; es muy usada como ornamental en regiones de climas suaves, como el mediterráneo, pues aunque los frutos no son comestibles y la madera es blanda y quebradiza, su valor ornamental es muy alto.


Palabras para hablar de higueras
.

En España, el vocablo “higuera” se usa para referirse a la higuera común (Ficus carica), cultivada y espontánea en nuestra latitud, cuyos frutos (higos o brevas, según el tiempo de maduración) consumimos. El término “ficus” procede del latín y significa higo y también higuera; es el término científico que eligió Linneo para nombrar el género botánico al que pertenecen la higuera y otras 1000 especies relacionadas. Para evitar la confusión con la higuera común, a las especies ornamentales de origen tropical se les llaman “ficus” y así lo ha aceptado la Real Academia Española: “planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante”.  Expresiones como “higuera australiana” (Australian fig) o “higuera de Bahía Moreton” (Moreton Bay fig) son traducciones de otras lenguas que han sido introducidas con el comercio de especies ornamentales y no son todavía de dominio común.

El termino «baniano» procede del término inglés banyan. Los primeros viajeros europeos en India observaron que la sombra del árbol Ficus benghalensis era frecuentada por “banias” (como se denomina a los mercaderes en India). De hecho, esta especie ha sido usada desde antiguo para dar sombra en enclaves de descanso de las rutas comerciales; en las aldeas y pueblos, bajo su sombra se llevan a cabo muchas de las actividades de la comunidad. Los escritores ingleses comenzaron a hablar del árbol banyan, el árbol bajo el cual los mercaderes hindúes hacían sus tratos comerciales. Con el andar del tiempo, “banyan” llegó a convertirse en el nombre del árbol mismo. En la literatura botánica en español a veces se encuentra el término original inglés “banyan” y otras veces la forma castellanizada “baniano”. Aunque la Real Academia Española solo acepta “baniano”, con el significado de “comerciante de la India, por lo común sin residencia fija”.

En otro sentido, la higuera australiana aparece erróneamente identificada como árbol de las lianas (Coussapoa dealbata) en diversas fuentes documentales relativas a árboles de Sevilla. En este caso es un error de identificación, no de denominación. Posiblemente el parecido del árbol de las lianas con una subespecie de higuera australiana, la subespecie columnaris, nativa de la isla de Lord Howe, que se caracteriza por la emisión de numerosas raíces aéreas y que a veces se cultiva en jardines haya inducido a la equivocación.


Las higueras monumentales en Sevilla

Apenas hay testimonios escritos que documenten la implantación de esta higuera tropical en Sevilla. No obstante, ha sido un acierto, pues el clima le viene bien y hoy en día existen magníficos ejemplares repartidos por varios puntos del entorno histórico. En el Parque de María Luisa, los Jardines de Murillo, la avenida María Luisa, la calle Palos de la Frontera, la plaza de San Pedro y la Plaza del Museo, entre otros, puede disfrutarse de estos árboles. De hecho, algunos situados en plena ruta turística, se han convertido en escenario obligado de fotos y “selfies”.

Ficus_Palos

El vigoroso crecimiento y su enorme tamaño parecerían indicar que son árboles muy viejos, sin embargo, por las fechas en que se ajardinaron los Jardines de Murillo o la plaza de San Pedro, estos majestuosos ejemplares debieron ser plantados en los años veinte del siglo pasado; es decir apenas son centenarios. Como árbol urbano, la madera quebradiza es débil frente a los vientos y con frecuencia se producen desgarros de ramas grandes, por lo que hacen necesarios las podas.

Tengo la suerte de vivir en el centro histórico de Sevilla, rodeada de higueras monumentales. Paso a diario junto a algunas de ellas. Las saludo, las miro con mimosa atención, me expongo a su influencia, me dejo tocar el alma. Recientemente guié a un grupo de personas en un paseo arbóreo por el Parque de María Luisa, en el marco de la celebración de los Jane’s Walks Sevilla, y tuve ocasión de confirmar la facilidad de estas higueras para conectar con personas receptivas a los árboles. Cuando nos colocamos alrededor del tronco y cada participante se acopló en un hueco entre dos raíces tabulares, hubo un encuentro con el árbol de una manera profunda y orgánica, como si fuéramos seres silvestres felices en el acogedor retiro del árbol magnánimo.

Foto: Salas Mendoza Muro

Foto: Salas Mendoza Muro

Las higueras gigantes que vinieron de Australia son árboles cultivados que conservan algo salvaje. Poseen tal energía y fuerza que nos sustraen de nuestra realidad moderna y nos conectan a los arrullos primordiales de la selva, aquellos que solíamos escuchar en el silencio profundo cuando conversábamos con los árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de mayo de 2014.


FUENTES

Flora ornamental española. Las plantas cultivadas en la España Peninsular e Insular. Tomo II . José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres (Coord.). Sevilla, Consejería de Agricultura y Pesca; Madrid,  Mundi-Prensa, 2002.

El árbol (2010). Julie Bertuccelli.

Paseo de Jane’s Walks Sevilla, mayo 2014.

 

La Ciudad Perfumada

Todos los días tenemos la oportunidad de presenciar fenómenos fascinantes pero nuestro ritmo acelerado de vida los mantiene fuera del foco de atención. Un atardecer majestuoso, unas nubes espectaculares o un abrazo inmenso pueden ser motivo de admiración.  Y admirar lo extraordinario que surge de lo cotidiano siempre gratifica y enriquece, porque nos sitúa en el momento presente y nos conecta a lo que nos rodea.

Tengo la suerte de vivir en una ciudad que cada primavera brinda una experiencia olfativa soberbia proporcionada por árboles: la floración perfumada del naranjo amargo (Citrus aurantium). El acontecimiento sensorial reside en la emanación masiva del aroma de azahar por los 48.000 naranjos que florecen a la vez en patios, calles, plazas y jardines de Sevilla. La nube aromática, invisible pero intensamente odorable, impregna el aire por unos días y constituye uno de esos hechos extraordinarios en los que merece la pena detener nuestro ajetreo, para dedicarle un tiempo a admirarlo y disfrutarlo en toda su plenitud.

La floración masiva de árboles es un fenómeno natural muy apreciado por su vistosidad. Los cerezos en flor son objeto de contemplación muy antigua en Japón y más reciente en el Valle del Jerte español.  A la gracia y belleza de sus flores blancas, el naranjo amargo une el intenso y agradable aroma. Por ser un árbol de fácil aclimatación y cultivo ha sido plantado con éxito en diversas regiones del mundo a partir de su lugar de origen en el Sur de Asia. Hay muchas ciudades en España y en todo el orbe que probablemente comparten este espectáculo olfativo del naranjo en flor; sin embargo, Sevilla parece ser la ciudad que acoge más árboles de este tipo. El trazado estrecho de las calles antiguas y la abundancia de plazoletas con poco espacio vital para árboles grandes hacen del naranjo un árbol idóneo por su porte mediano. Además suma el atractivo de las flores, hojas y frutos y la calidad de la mermelada que se obtiene de las naranjas, por lo que el naranjo amargo ha resultado ser el árbol ideal para Sevilla y de hecho es, hoy en día, el árbol más representativo de la ciudad.  Tal es así que da nombre a la variedad “Sevilla” de naranja.

AzaharLa flor del naranjo amargo, que protagoniza esta entrada, inicia su vida como capullo blanco y en unos veinte días abre los pétalos y muestra su característica y hermosa corola estrellada. En ese instante comienza a aromar el aire y toda la urbe se impregna de su fragancia. Las sustancias volátiles desprendidas de miles de flores se difunden por las calles y plazas y el aire se vuelve azahar.

Oler es un proceso involuntario. Las sensaciones olfativas van desde la nariz al cerebro por una vía corta y rápida, y llegan al centro de las emociones y de la memoria. Por eso, los olores nos evocan recuerdos de personas, momentos y lugares, también sensaciones de vivencias pasadas y estados de ánimo. Entran directo al alma.

Sentir el aroma del azahar es respirar su belleza. Ajeno a la voluntad, penetra y conmueve. Nos lleva durante unos instantes al territorio del éxtasis, de lo inenarrable. Juan Ramón Jiménez, en Platero y yo, lo expresa con su prosa poética: “De vez en cuando, miraba con infinita nostalgia, por una lona rota que, trémula en el aire, me parecía la vela de un bote de la Ribera, un naranjo sano que el sol puro de fuera aromaba el aire con su carga blanca de azahar… ¡Qué bien -perfumaba mi alma- ser naranjo en flor, ser viento puro, ser sol alto!”.

La irrupción del azahar en la ciudad sucede entre marzo y abril y es silenciosa. Suele coincidir con las Fiestas Primaverales de Sevilla, principalmente con la Semana Santa, en la que sevillanos y turistas inundan las calles del centro histórico con la bulliciosa algarabía de voces y los continuos acordes de bandas procesionales de música. Pero los miles de naranjos humean su esencia volátil en silencio.  En el libro Viaje al Silencio, Sara Maitland escribe: “En nuestra cultura obsesionada por el ruido, es muy fácil olvidar que muchas de las principales fuerzas físicas de las que dependemos son silenciosas: la gravedad, la electricidad, la luz, las mareas, el movimiento invisible e inaudible del cosmos. (…). El crecimiento orgánico también es silencioso. Las células se dividen, la savia fluye, las bacterias se multiplican, la energía recorre la tierra, y todo sin un murmullo. «La fuerza que con su mecha verde impulsa a la flor»(*) es una fuerza silenciosa”.

Agua-Azahar-La-Giralda

El naranjo amargo no produce naranjas sabrosas pero sí las flores más grandes y blancas y de aroma más intenso que ningún otro cítrico. Son las preferidas para obtener las esencias y fabricar el Agua de Azahar, que se ha usado como remedio medicinal desde hace cientos de años para calmar nervios y mejorar cólicos y desmayos, además de para componer perfumes y aromar dulces. El árbol del naranjo, a diferencia de los grandes árboles, no es elogiable por la magnitud de su porte sino por un ramillete de cualidades, la más etérea su fragancia, y muestra con ello una “fuerza verde” admirable que debemos agradecerle.

Los azahares aroman cada primavera siguiendo el ciclo natural del naranjo; algo repetido y previsible. Pero no hay que descuidarse y perder la magia de ese momento por lo ocupado de nuestra agenda cotidiana. Algo me dice que conviene detenerse y dedicarle un tiempo de silencio a recibir al azahar, inhalarlo con plena consciencia y dejar que nos perfume el alma.

Escrito por Rosa, jueves 9 de mayo 2013

(*) Verso de Dylan Thomas (18 Poemas, 1934).

Monarca del Parque

Desde lejos, mirando hacia el Sur se divisa su silueta erguida, oscura, que sobresale por encima de las copas de los demás árboles del Parque.
Araucaria_silueta_abril_cielo-azulUna vez dentro del Parque no es fácil encontrarlo. Se descubre rodeando uno de los estanques y mirando a través de un claro en el dosel arbolado. Desde esa media distancia se aprecia su hermosa copa recta, vertical, que parece rivalizar en altura y elegancia con una torre cercana.

Araucaria y torreAún hay que sortear un gran ficus (Ficus macrophylla) para llegar al fin a la base de su gran tronco, que mide algo más de 3 metros de perímetro. Un cartel nos explica que se trata de una araucaria australiana (Araucaria cunninghamii). Visto desde abajo, asombra su impresionante tronco recto de más de 30 m de alto. En las ramas más bajas se pueden ver sus características hojas pequeñas, en forma de escamas agudas, imbricadas alrededor de las ramillas. La corteza del tronco es gris oscura, rugosa, con bandas circulares y tendencia a exfoliarse.

¿Cómo ha llegado hasta aquí esta araucaria australiana, tan lejos de su país de origen? Como cualquier ser vivo su existencia es el resultado de una larga historia evolutiva y de una serie de contingencias y casualidades.

Su azarosa historia comienza hace unos 160 años cuando un príncipe francés (Antonio de Orleans) tiene que huir de París en 1848 al instaurase en Francia la República. Como se había casado con una infanta española (María Luisa Borbón), acaba recalando en Sevilla donde los duques de Montpensier compran una magnífica mansión barroca, el Palacio de San Telmo. Deciden comprar además unos terrenos de huertas aledaños para crear un gran jardín acorde a la magnificencia del palacio. Posiblemente fuese Lecolant, el paisajista francés que trabajaba para los duques, quien seleccionó a esta araucaria australiana junto con otros árboles exóticos para poblar el jardín palaciego de estilo romántico. Hacia finales de siglo XIX (1893) la duquesa, viuda, donó los jardines del palacio a la ciudad de Sevilla. Desde entonces la araucaria forma parte del Parque de María Luisa, nombrado así en recuerdo de la duquesa, y puede ser admirada y disfrutada por todos los sevillanos.

Años más tarde, ya en el siglo XX, otro paisajista francés, Jean Claude Nicolás Forestier, recibe el encargo de reformar el Parque y diseñar las zonas ajardinadas para la Exposición Iberoamericana de 1929. Con buen criterio, decide respetar los árboles antiguos del jardín de los duques y permite que algunas zonas del Parque conserven su estilo romántico de arboledas densas e irregulares. También por la misma época, la araucaria vio alzarse en su proximidad la torre norte de la Plaza de España, diseñada por Aníbal González con estilo regionalista de ladrillo visto y cerámica. La esbelta y vistosa torre de 74,10 metros, junto a su compañera la torre sur, con el tiempo se han convertido en uno de los emblemas arquitectónicos de la ciudad, llamando la atención del visitante. En la pugna por alcanzar la máxima altura, la araucaria, a pesar de su porte vegetal sobresaliente, ha quedado empequeñecida por la estructura artificial de la torre y parece invisible cuando desde lejos se contempla la línea que recorta el cielo.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, by Philipp Franz von Siebold and Joseph Gerhard Zuccarini.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, por Philipp Franz von Siebold y Joseph Gerhard Zuccarini.

La historia de su origen nos lleva a Australia, unos años antes de la precipitada huida del príncipe francés y la creación del jardín. En septiembre de 1824, Allan Cunningham, quien entonces tenía 33 años, viajaba en una expedición por la costa como «Botánico del Rey» (a la sazón Jorge IV de Inglaterra), enviado a Nueva Gales para colectar plantas para los Jardines Reales de Kew. En el bergantín Amity (Amistad) viajaban unas 70 personas (entre soldados, exploradores, convictos y sus familias), a la búsqueda de un lugar idóneo para emplazar una nueva colonia penal. Recalaron en la bahía Moreton, desde donde Cunningham remontó el río Brisbane en una patrulla de reconocimiento. En su diario escribió: «hemos sido gratificado con una vista lejana del Pino; inmediatamente nos acercamos a uno de estructura magnífica, el Monarca de estos bosques. Era un árbol adulto, sano, con más de 37 metros de altura. Fue totalmente imposible no parar unos momentos para admirar este noble árbol». En otro viaje posterior volvió por los mismos lugares «donde crecen esos árboles impresionantes, los monarcas de estos bosques, la nueva Araucaria». Le llamó «pino de Brisbane» y recogió varias muestras para enviarlas a Kew; más tarde la especie botánica fue descrita y nombrada en su honor como Araucaria cunninghamii.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Desde el principio, los primeros exploradores consideraron a estas araucarias como un árbol excelente para la construcción de mástiles y arboladuras de los barcos por sus troncos rectos y altos. La magnífica calidad de su madera para la construcción y la fabricación de muebles llevó a la casi desaparición de los bosques nativos de araucaria en el sudeste de Australia a finales del siglo XIX. Los leñadores la llamaban hoop pine («pino de aros») porque en los troncos caídos, la corteza impregnada en resina tardaba más en descomponerse que la madera y quedaba formando aros. Durante el siglo XX, ante la escasez de las araucarias naturales se inició un programa de plantaciones y de investigación en técnicas de silvicultura de esta especie nativa. Actualmente se plantan en el SE de Australia más de 45.000 hectáreas de «pino de aros» que producen unos 440.000 m3 de madera y abastecen una floreciente industria de fabricación de muebles, pavimentos, molduras, recubrimientos y construcción naval. Por la particularidad de la madera de ser inodora e insípida fue muy utilizada para fabricar cajas para envasar alimentos como mantequilla, frutas y carne; aún hoy se utiliza para fabricar palos de helados y agitadores de café.

La araucaria de Cunningham se extiende por los bosques tropicales y subtropicales de las costas orientales de Australia y en Nueva Guinea. Se desarrolla en suelos profundos y en clima húmedo, con lluvias anuales que superan los 750 mm y pueden alcanzar los 5.800 mm en Nueva Guinea. Es una especie sensible al fuego y no soporta las heladas severas. ¿De dónde vino la araucaria sevillana? Es difícil saberlo. Se podría tomar una muestra de su ADN y rastrear sus parientes más cercanos en los bosques nativos de Nueva Gales del Sur.

Su información genética también nos puede contar historias de un linaje antiguo. Las araucariáceas se originaron a comienzos del Triásico (hace unos 252 millones de años) después de la gran extinción del Pérmico-Triásico que supuso una renovación de la mayor parte de los grupos de seres vivos del planeta. Los bosques de araucarias se extendían por el super-continente Gondwana (formado por Sudamérica, África, Australia y la India) durante el Jurásico (hace unos 180 millones de años), que también se ha llamado la «era de las coníferas». Se piensa que las araucarias constituían una de las principales fuente de alimentación de los grandes dinosaurios y que algunos de estos saurópodos desarrollaron largos cuellos para poder ramonear en los árboles más altos. Tenemos la oportunidad de contemplar un fósil viviente, relicto de un esplendor pasado que comenzó a declinar durante el Cretácico (hace unos 65 millones de años) debido a las variaciones en el clima y a la competencia cada vez mayor de las nuevas especies de Angiospermas o plantas con flores. En las zonas del Hemisferio Sur donde han persistido condiciones cálidas y húmedas las araucarias han encontrado un refugio ideal. Gracias a su gran crecimiento vertical y al hábito emergente pueden competir por la luz en las intrincadas selvas costeras. Además, su extraordinaria longevidad les permiten aprovechar las oportunidades poco frecuentes, por ejemplo la apertura de un claro por alguna perturbación, para regenerarse.

Volvemos al aquí y ahora. España en mayo 2013 se encuentra en una crisis económica, política y moral; parte de la población (según las últimas encuestas) está descontenta con el rey actual, Juan Carlos I, tataranieto del príncipe fugitivo que creó los jardines y trajo la araucaria a Sevilla. Esta reliquia del Jurásico, según la esperanza de vida de su especie, puede vivir hasta 450 años y ser testigo de nuevos e impredecibles acontecimientos en la ciudad que le ha dado cobijo. Para algunos sevillanos, divisarla cada día, con su porte erguido y majestuoso sobresaliendo entre las copas del Parque nos hace la vida más rica y nos da otra perspectiva del tiempo y de nuestra existencia. ¡Larga vida a la Monarca del Parque!

Escrito por Teo, jueves 2 de mayo 2013

Página web dedicada al botánico y explorador Allan Cunningham

Informe de la IUCN sobre el estado de conservación de Araucaria cunninghamii

Historia y descripción del Parque de María Luisa en Sevilla

La palmera y la sabia santa

Muchas iglesias cuentan con árboles plantados en sus inmediaciones, bien en la entrada, bien en los jardines adyacentes o en sus patios interiores. Esta relación de los lugares de culto con los árboles es muy antigua y se basa en que, por su forma y estructura, los árboles han sido valorados como símbolo de espiritualidad desde el comienzo de los tiempos. La verticalidad y el crecimiento en permanente ascensión hacia el cielo han inspirado en los feligreses de diferentes creencias ideales de rectitud y de elevación espiritual. En los tiempos actuales, sin embargo, la unión árbol-templo y su edificante simbología suele ser ignorada.

En mi ciudad, en una ruidosa calle del centro, dentro de un pequeño recinto vallado junto a una iglesia, se eleva una palmera. Se trata de una palmera datilera (Phoenix dactylifera) de considerable altura, pues está a punto de superar el campanario de la iglesia, y de bastante edad, aunque no puedo asegurar si pasa o no de los cien años. Es la especie de palmera que produce los dátiles y que se cultiva en los oasis norteafricanos desde Egipto a Marruecos.

Palmera datilera y la iglesia de Santa Catalina de Sevilla

Palmera datilera y la iglesia de Santa Catalina de Sevilla.

La palmera a la que me refiero tiende a pasar desapercibida por su peculiar anatomía de tronco recto sin ramas, hojas ni flores a la altura de la vista y por estar ubicada en una calle relativamente estrecha y con mucho tráfico. Solo cuando subimos la mirada podemos descubrir la estrella verde que forman sus hojas destacándose en el cielo azul, y entonces caemos en la cuenta de la estrecha relación que la une a la torre de la parroquia. La primera vez que fui consciente de su existencia junto a la iglesia me sorprendió no haberla advertido antes y sobre todo el aire de soledad y abandono que inspiraba, como si entre tanto bullicio de personas y vehículos se sintiera excluida de toda atención. La sensación melancólica me animó a conocer algo más de las circunstancias y azares de la vida de este árbol particular.

Por lo que respecta a la iglesia a la que la palmera está ligada, la palma puede considerarse afortunada porque es un templo muy antiguo, del siglo XIV, con una arquitectura de estilo gótico-mudéjar bien conservada que le valió ser declarado monumento nacional en 1912. Pertenece al culto católico romano y está bajo el patronazgo de Santa Catalina de Alejandría, una santa de biografía singular que está unida a la palmera por la simbología y por su país de origen.

Santa Catalina fue una mártir cristiana del siglo IV cuyo culto se difundió por toda Europa a partir del siglo VI. La biografía que se cuenta de ella es bastante sorprendente. Según consta en algunos textos hagiográficos, Catalina nació hacia el 290 en una familia noble de Alejandría (Egipto), donde seguramente estaría familiarizada con las palmeras datileras como la que ahora acompaña a su iglesia. Su gran inteligencia y los estudios que cultivó la situaron entre los poetas y filósofos de su época; y su pasión por la verdad la llevó a abrazar la fe de Cristo y convertirse en filósofa cristiana. Años más tarde, el emperador romano Maximino ordenó que la martirizaran y posteriormente decapitaran por negarse a celebrar sacrificios a los dioses de Roma y, lo más asombroso, por haber convencido con su elocuencia a los sabios de Alejandría para que también se convirtieran al cristianismo. Aunque debido a la falta de documentación comprobable, la existencia histórica de esta santa ha sido puesta en duda y hay historiadores que juzgan que fue una leyenda inventada como contrapeso a la figura de Hipatia de Alejandría, mujer instruida, docta y científica, de religión pagana, que murió linchada por los cristianos. La iglesia católica de Roma la reconoce oficialmente como una mártir, pero algunos de sus sectores no aceptan la veracidad de su biografía o de algunos detalles de la misma.

Debate de Santa Catalina con los filósofos de Alejandría.

Debate de Santa Catalina con los filósofos de Alejandría (anónimo del siglo XIX, iglesia de Santa Catalina de Messina, Italia).

Sea verídica o no su biografía, la figura femenina que descubro en la historia de Santa Catalina de Alejandría me resulta muy atractiva. Yo diría que era y es necesaria no como contrapartida a la figura de Hipatia, sino como arquetipo de mujer sabia (pensadora) y santa (espiritual) dentro de la comunidad cristiana en la que quizás no han abundado modelos femeninos de este alcance intelectual. En la iconografía, la santa aparece con la hoja de palma del martirio, un libro, una rueda y una espada.

Santa Catalina con la hoja de palma y demás atributos simbólicos.

Santa Catalina con la hoja de palma y demás atributos simbólicos (detalle de tabla del siglo XV por Miguel Ximénez).

Por desgracia, no puedo acceder a la iglesia de Santa Catalina para contemplar las imágenes de la santa en el retablo mayor y su escultura del siglo XVIII, pues está cerrada al culto desde 2004 debido al mal estado de edificio, sin que se haya realizado aún la restauración general que necesita. Este impedimento a mi investigación me disgusta, pero a los parroquianos les afecta mucho más, de hecho, hace años que están manifestando su profundo descontento de variadas maneras.

Centrándonos en el árbol, la palmera datilera tiene cualidades sobresalientes; es muy valorado como árbol frutal desde los tiempos remotos en los oasis de tierras desérticas y áridas.  Crece natural o se cultiva tradicionalmente desde el norte de África hasta Medio Oriente. El dátil es un fruto excepcional, muy nutritivo, capaz de garantizar la supervivencia de personas y animales en esos duros entornos. Además del fruto, la palmera en los oasis proporciona sombra, materia prima para la construcción, para confeccionar esteras y cestería  y combustible. La imagen de los oasis está asociada al agua y a la silueta peculiar de la palmera datilera, con su tronco cilíndrico sin ramificación coronado por un penacho de largas hojas color gris verdoso, que tan grabada tenemos en el imaginario colectivo. Sin embargo, este rasgo notable es también motivo de su decadencia porque el peso del penacho la inclina y un fuerte viento en días de tormentas puede tronchar el árbol, como le sucedió a otra palmera que existía en el jardincillo de Santa Catalina, aneja a la que es motivo de esta entrada. Otra característica interesante de la palma datilera es la separación de sexos, con árboles machos y árboles hembras, que florecen ambos en abril produciendo racimos de pequeñas flores blancas y olorosas.

Hoy en día, la palmera datilera está presente en los oasis de una amplia área desde Marruecos a Arabia. Egipto, donde nació la santa, es el mayor productor de dátiles del mundo. También ha sido introducida en países tropicales o subtropicales.  En España, el mayor palmeral es el de Elche, con más de medio millón de palmeras, reconocido Patrimonio de la Humanidad. Los árabes expandieron su cultivo no solo como árbol frutal, sino también como árbol de jardín ligado a la idea de paraíso.

En Sevilla empezó a utilizarse como árbol ornamental urbano a finales del siglo XVIII por su valor estético, su fácil aclimatación al clima y como símbolo de lugares cálidos. Con la generalización de su uso decorativo, al que con el tiempo se han incorporado otras especies de palmeras,  hoy es un elemento vegetal importante de la ciudad de Sevilla pues le confiere carácter al paisaje urbano y ha configurado varios espacios emblemáticos como la Avenida de la Palmera, plantada con datileras en la década de 1920 a 1929, con ocasión de la Exposición Universal.

Como árbol espiritual, la palmera es un símbolo lleno de significados, asignados por los diversos pueblos donde crece. Para los árabes, por su elevado valor para la subsistencia, es un árbol bendito y símbolo de vida. En Egipto se le relacionó con el renacimiento, la durabilidad, el dios sol y diversas deidades femeninas, y es el emblema del Alto Egipto. En la tradición que nos interesa, la cristiana,  simboliza la entrada victoriosa de Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos (Palm Sunday, «Domingo de las Palmas» en inglés) y la victoria de la fe sobre la muerte al terminar el drama del Calvario, y se expresa con el rito de colocar hojas de palmera bendecidas en los balcones. Como alegoría del triunfo sobre la muerte en defensa de la fe, la hoja de palmera es uno de los atributos con los que se representa a Santa Catalina y a muchos mártires, la «palma del martirio». Y por su tronco derecho, recto y sin ramificaciones es también símbolo e inspiración de fe, perfección e inmortalidad.

La palmera datilera o palma común es, pues, un árbol cargado de historia, vinculada a su carácter productor de alimento en zonas desoladas, a su integración cultural como elemento del paisaje y a su riqueza simbólica.  Un árbol apreciado, deseado, incluso soñado como materia del paraíso.

Palmera y torre mudéjar.

Palmera y torre mudéjar.

Vuelvo a la calle de Sevilla, a alzar la vista a la palmera junto a la iglesia de la sabia santa. Ya no es el mismo árbol para mí. Ahora la valoro de otra forma. Y ahora entiendo su melancolía. Como árbol de iglesia, está bajo el amparo de una santa, sin la certeza de si existió o fue leyenda; junto a una iglesia monumento nacional, sin la seguridad de si se restaurará o acabará derruida; y sin feligreses a los que inspirar perfección ni mostrar orgullosa su ascenso espiritual y su cercanía al cielo. Una palmera que tuvo devota compañía y ahora está sola. Pero siempre habrá, lo sé, buscadores de árboles que la admirarán conscientes de su mérito y su historia.

 

 

Escrito por Rosa, jueves 28 marzo 2013

Palmeras de Sevilla

Santa Catalina de Alejandría

Mujeres mártires de la Antigüedad, por Meldelen

Imagen de Santa Catalina por Miguel Ximénez

Símbolos de la palmera

Iglesia Santa Catalina de Sevilla

Campaña para restaurar la iglesia