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Lágrimas de la mujer árbol

Mientras ella hablaba, la tierra vino a cubrirle las piernas, se le rompen las uñas y por ellas se extiende una raíz atravesada, fundamento de su largo tronco, los huesos cobran dureza, y mientras su médula sigue ocupando la región central, la sangre se convierte en savia, los brazos en grandes ramas, los dedos en pequeñas, y la piel se le endurece en calidad de corteza. Y ya el árbol que la va invadiendo le había apretado el grávido vientre y sepultado el pecho, y estaba a punto de taparle el cuello: no soportó ella la espera, y, saliendo al encuentro de la madera que se le acercaba, se hundió en ella y sumergió en la corteza el rostro. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, sus antiguos sentidos, llora sin embargo, y del árbol manan tibias gotas. También sus lágrimas tienen calidad, y la mirra que destila el tronco conserva el nombre de su dueña y ninguna época dejará de celebrarla. [1]

La transformación de la princesa Mirra en árbol contada por Ovidio es de una belleza arrebatadora. El poeta romano (siglo I) recopiló de la tradición oral de los antiguos pueblos mediterráneos el origen mítico del árbol de la mirra y legó a la posteridad un admirable testimonio del prestigio que la mirra disfrutó en aquellos lejanos tiempos. Otros escritores latinos también narraron la historia de Mirra, pero la versión de Ovidio es de tal calidad literaria y simbólica que ha sido la predilecta de poetas y artistas desde entonces. Pero ¿qué es la mirra? ¿Por qué tan celebrada?

Mirra_Resina

Cuando compré mirra a la vendedora de inciensos en la calle Córdoba de Sevilla, me dio unas piedrecillas de formas irregulares medio traslúcidas y pardo rojizas. La sustancia es resina, el fluido que exuda el árbol de mirra (Commiphora myrrha) cuando se le hace una incisión y se endurece al contacto con el aire.

El extraordinario mérito de esa sustancia arbórea es algo tan sutil e intangible como la emisión de compuestos aromáticos, la emanación de un olor cautivador al quemarse. En el humo fragante que se eleva hacia el cielo, los pueblos pretéritos vieron un medio de llegar a la morada de los dioses y complacerlos con el agradable perfume. Por esa cualidad sensorial tan etérea y sublime, desde los albores de las civilizaciones ocupó un papel significativo en la vida espiritual de los pueblos.

Pero el aroma de la mirra no solo era valioso para lo sagrado, sino también para la vida terrenal, por el perfume que se extraía de la resina, y para la salud, gracias a las propiedades curativas de sus aceites esenciales.

En la cultura católica donde he crecido, la mirra es conocida sobre todo por haber sido uno de los regalos simbólicos de los Magos de Oriente al niño Jesús, junto a oro e incienso (Evangelio según San Mateo, 2, 1-12). Este episodio bíblico da idea también de que en la antigüedad el valor de la mirra (y del incienso) era comparable al del oro. Hoy sigue siendo usada en ritos religiosos, en perfumería y farmacia. Pero como pasa con muchas materias de la vida cotidiana que proceden de árboles, su fuente, el árbol de la mirra, es un desconocido, una bruma de tiempo y distancia lo hace invisible.

El pequeño árbol que llora

En contraste con el alto valor de su resina, el árbol de la mirra es poco espectacular, es pequeño (5 m), espinoso, de tronco suculento apropiado para vivir en zonas muy áridas tropicales del Sur de Arabia, en territorios de Omán y Yemen, y nordeste de África, en Somalia, Etiopía y Eritrea.

Árbol de la Mirra

El epíteto genérico deriva del griego kommis y phora, que significa productor de goma. El de la especie, procede del hebreo (mor) y del árabe (mur) y significa amargo, en relación a su sabor.

Commiphora myrrha es una especie muy variable en forma y tamaño de las hojas lo cual muchas veces dificulta la identificación. Aunque es la fuente principal de la mirra, hay al menos otras diez especies de Commiphora de las que también se comercializa su resina, entre las que destacan: C. africana, por su resina llamada ‘bdellium’; C. gileadensis productora del ‘bálsamo de la Meca’; C. erythraea de la resina ‘bisabol’; y C. wightii, que produce la goma ‘gugul’ también conocida como ‘bdellium’.

Pertenece a la familia Burserácea caracterizada por árboles que poseen en la corteza  conductos por donde excretan resina olorosa. Otras resinas “espirituales” de la misma familia son el olíbano arábigo (Boswellia sacra) y el copal americano (Bursera copal). Otras familias de árboles también producen resinas usadas en rituales como el carísimo oud (Alquilaria y Gyrinops) o el benjuí (Styrax benzoin). El sándalo (Santalun álbum) es otro incienso espiritual milenario que se obtiene de su madera.

Cada especie de árbol aporta un aroma propio. La resina se quema sola o mezclada con otros ingredientes como especias y maderas. A la mezcla se le denomina genéricamente “incienso”, aunque en sentido estricto ese término se refiere a la resina de Boswellia sacra considerada el incienso puro, también llamada olíbano o frankincienso, y tan valorado como la mirra desde siempre. La palabra ‘incienso’ procede del latín, incesum, y hace referencia (según la Real Academia de la Lengua) a ‘toda materia quemada en un sacrificio’, se aplica pues a todas las resinas que se queman.

La pasión por la mirra y el alto coste que había que pagar por ella, llevó a una reina-faraón de Egipto del siglo 15 a. C. a intentar poseer la fuente misma, el árbol. La Reina Hatshepsut organizó una legendaria expedición al país de Punt (en la Somalia actual) donde crecían los árboles de mirra, y trajo un barco cargado de semillas y plantas para cultivarlas. El intento forestal fracasó, pero la historia es un interesante ejemplo de cuánto se puede desear el regalo de los árboles. También atestigua uno de los primeros experimentos de cultivo de árboles de perfume. La fabulosa aventura está registrada en la decoración del templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari (necrópolis en la ribera del Nilo frente a Luxor, antes Tebas).

Mensajera de los dioses, la mirra espiritual

El olfato es un sentido sublime. Nos conecta con vivencias, con emociones pasadas, con lugares recónditos de la mente, con el silencio interior. En esa conexión con lo más íntimo podría residir la trascendencia que los humos aromáticos tuvieron en la comunicación con la divinidad. A través del humo fragante se abrían las puertas a la experiencia del espíritu.

Las principales culturas de la Antigüedad usaron humo perfumado en sus prácticas religiosas: Asiria, Egipto, Grecia, Roma, China, India, Japón. De hecho, la palabra perfume proviene del latín per y fumare, que significa a través del humo, el modo en que se difundían las fragancias.

La Biblia está llena de referencias a los aromas. En el texto sagrado, es Dios mismo quien ordena que se usen los perfumes, incluso prescribe recetas de los ingredientes aromáticos que deben llevar las ofrendas o la fórmula de los óleos sagrados (en los que la mirra es esencial). Para el Dios judío, para Mahoma o Buda, el olor es señal de virtud; un cuerpo sucio y maloliente atrae a los demonios, mientras que oler bien atrae a los ángeles protectores.

Muchas de estas prescripciones religiosas tenían una componente utilitaria, la difusión del aroma también neutralizaba los malos olores de las multitudes y limpiaba el aire de posibles contagios. El enorme incensario de la catedral de Santiago de Compostela, el Botafumeiro (53 kilos y 1,5 m de altura) fue construido en el siglo XI, con el fin de purificar el aire viciado por cientos de peregrinos malolientes tras numerosos días de caminatas que dormían en el interior del templo.

La fragante nube que se eleva a la esfera celestial, morada de la divinidad, en sí misma es una metáfora de la limpieza espiritual y corporal. Mahoma consideraba al humo sagrado un poderoso auxiliar para producir el éxtasis religioso. Y no es un aserto infundado, porque las moléculas del aroma producen el efecto de aquietar la mente, con lo que favorecen estados de meditación y contemplación, y disponen al espíritu para la comunicación mística.

La mirra, a diferencia de otros inciensos y resinas, tiene también relación con la muerte y el dolor. Los egipcios la usaban para embalsamar a sus muertos. Impregnaban el interior del cadáver y las vendas que lo cubrían con mirra, canela y otras sustancias aromáticas; durante el cortejo fúnebre se quemaban cantidades elevadas de mirra para paliar el olor a podredumbre; y en la cámara mortuoria se dejaban jarrones con mirra e inciensos para acompañar al viaje al más allá. Cuando abrieron tumbas de faraones, se encontraron fórmulas de perfumes en los muros y recipientes que todavía olían ¡después de 3000 años!

Por estos usos, la mirra se ha considerado emblema de la muerte, el sufrimiento y el dolor. De ahí proviene que algunos teólogos hayan interpretado la mirra que los Magos regalaron al niño Jesús como símbolo y presagio del dolor y la muerte que sufriría Cristo como hombre.

En la actualidad, el humo aromático sagrado sigue presente en ritos religiosos de los cristianos católicos y ortodoxos, judíos, budistas e hinduistas.

Puesto de inciensos

Sevilla es una ciudad con aroma de inciensos, un caso ejemplar del vigor de esta tradición religiosa. Existen vendedores de inciensos en las calles, algo poco usual en otras urbes. Cada iglesia cuenta con una Hermandad de fieles encargados de sacar en procesión imágenes de la Virgen y de Jesucristo en Semana Santa y otras fechas. Aromatizar el paso con humo sagrado es tan importante en las procesiones que cada cofradía usa su propia mezcla de inciensos para distinguirse de las demás. Por el aroma se sabe muchas veces por donde está un paso. Por ejemplo, la Hermandad del Cristo del Amor incluye en mayor proporción olíbano en polvo, pero también granos de olíbano y mirra, hojas de romero y cáscaras secas de limonero y naranjo amargo. O la Hermandad del Silencio, que realiza su propia mezcla cuya fórmula data del siglo XVI y está recogida en el Libro de Reglas de la Archicofradía. En Semana Santa, Sevilla es toda olor a incienso.

Perfume de amor, la mirra carnal

En un principio los aromas únicamente se usaban en los rituales religiosos, pero pronto pasaron a la vida cotidiana. Ya los egipcios usaron unturas perfumadas para el aseo personal. Se aromatizaban las casas, también el cuerpo como señal de purificación, y más tarde como parte del arte de la seducción. El dulce aroma de la mirra poseía un gran poder de atracción. Con mirra se perfumaba el lecho de amor para estimular el encuentro sexual entre los amantes. Incluso perfumarse con mirra llegó a ser un requisito indispensable. En el bíblico Libro de Ester, se cuenta que la joven hebrea tuvo que purificarse con mirra durante seis meses para poder ser presentada ante el gran rey persa Asuero, y casarse con él.

En el poema de amor el Cantar de los Cantares, de Salomón, el perfume de la mirra aparece como símil del amante mismo:

Mi amado es para mí un manojito de mirra,
que reposa entre mis pechos.

6-Myrre Ardente o.1659Como perfume, el olor de la mirra pertenece a la familia olfativa de los olores balsámicos. Es un olor sutilmente especiado, cálido, y también refrescante como suelen ser los bálsamos. Tiene asimismo un matiz de oriente, como lugar fértil de clima apacible que anima a disfrutar de los placeres de la vida. Y desde luego es un aroma con resonancias de lo espiritual.

Desde aquella lejana época de perfumes en aceites y ungüentos, la perfumería ha evolucionado mucho. Con nuevas técnicas de extracción, descubrimientos de componentes químicos para fijar y potenciar los aromas y la capacidad de sintetizar  fragancias, hoy los perfumistas disponen de más de 4000 ingredientes odoríferos. Entre tantas opciones, el perfume de mirra no conserva el papel importante de antaño, pero sigue siendo un ingrediente noble de las fórmulas e incluso a veces protagoniza propuestas renovadoras que recuperan los aromas puros antiguos, como es el caso de la fragancia Mirra Ardente de la casa Annick Goutal (París).

Defensora del árbol, la mirra curativa

myrrh-resinLa resina es un fluido vital de los árboles que se produce como defensa ante ataques de insectos, bacterias, hongos y otros agentes patógenos. La resina que defiende al árbol, también tiene un efecto curativo sobre cuerpo y mente humanos, efecto conocido y aprovechado desde la Antigüedad.

En el siglo XVI, la mirra y el incienso seguían siendo medicinas. Shakespeare no era ajeno a tal conocimiento, pues incluyó una nota testimonial en su tragedia Otelo, el moro de Venecia:

Esperad; una palabra o dos antes de marchar. Os ruego que cuando contéis en vuestras cartas esos desgraciados hechos, habléis de mí, como soy: de uno cuyos ojos afligidos, aunque desacostumbrados al ánimo de derretirse, vierten lágrimas tan deprisa como los árboles de Arabia su savia medicinal. [2]

La mirra medicinal se usa de distintas maneras. Cruda, sin procesar, quemándose, en baños de humo terapéuticos. Destilada, se obtiene el aceite esencial que tiene sus propias cualidades curativas. Y en extracto, otro modo de aprovecharla. Las tres formas emiten aroma por la presencia de aceite esencial. Otros modos de aplicarse es en baños con esencias, inhalaciones de vapores, frotaciones con ungüentos y linimentos, masajes con aceites, imposición de compresas impregnadas, y en perfume con fines curativos. También se ingiere, mezclando con otros líquidos para paliar su sabor amargo.

En la medicina tradicional china, en la Ayurveda india, y en otras tradiciones médicas de países donde crecen los árboles silvestres, la mirra se ha mantenido siglos tras siglos como un remedio eficaz contra numerosas dolencias. Este intenso y duradero uso medicinal ha llamado la atención de etnofarmacólogos occidentales. La composición química de la resina es una mezcla compleja de ácidos resínicos, terpenos, ácidos grasos, alcoholes y agua. Se han aislado 300 metabolitos secundarios y se han confirmado los amplios efectos farmacológicos de la mirra. Se ha demostrado la eficacia para el tratamiento de inflamación, artritis, infección microbiana, heridas, dolor, traumas, tumor, obesidad y enfermedades gastrointestinales. Como recurso natural, el árbol de la mirra tiene un potencial terapéutico aún no suficientemente aprovechado que puede ayudar al desarrollo de las poblaciones indígenas que explotan la resina.

La ruta del perfume, la mirra viajera

Desde las inhóspitas tierras tórridas donde en silencio lloran los árboles de la mirra, hasta los pebeteros sagrados del mundo antiguo, la mirra debía recorrer un largo camino por paisajes de fábula.

La creciente demanda de especias y perfumes de los pueblos mediterráneos llevó al desarrollo de una extensa red de rutas comerciales conectando Occidente con Oriente por tierra y mar. Estas rutas conectaban India y Arabia con Mesopotamia, Siria, Israel, Egipto, Grecia y Roma. Una de las principales era la famosa “Ruta de la Seda” entre China y Europa. Menos conocida es la “Ruta del Incienso y la Mirra”, que se iniciaba en el sur de la Península Arábiga donde crecen los árboles productores de aromas.

Desde el sur de Arabia transcurría una ruta paralela al Mar Rojo y se ramificaba en  distintos caminos según el destino final: una, hacia Mesopotamia; otra, hacia Petra, desde donde se distribuía al norte, a Damasco, al oeste, por Israel hasta Gaza y desde ahí a Egipto o Grecia y Roma en Europa. Otra ruta atravesaba el desierto de Néguev hasta la ciudad portuaria de Gerrha, en el Golfo Pérsico, y de allí a Mesopotamia, Israel y Europa.

El transporte se realizaba en caravanas de miles de camellos cargados con los bienes de lujo demandados en aquella época: mirra y olíbano arábigos; especias, ébano y textiles finos de India; y maderas nobles, pieles y plumas de animales, y oro de África. Además de la mercancía, transportaban comida y agua. Realizar todo el viaje desde Sur Arabia a Gaza duraba alrededor de medio año.

En puntos estratégicos de los 2400 km de la ruta emergieron ciudades, fortalezas y caravasares (posadas destinadas a las caravanas) para servir y proteger de los ladrones la cara mercancía. Aunque bien organizado, el transporte de los perfumes y especias era un periplo largo y peligroso, a causa de las duras condiciones del desierto y de la constante amenaza de robos. Se pagaban grandes impuestos por agua, comida, forraje, seguridad, por todo. El precio final de la mirra y demás bienes era muy alto. Un ejemplo de su valor es que en el año 890 a. C. el regalo de los reinos arameos al rey de Asiria consistió en bolas de mirra. La ruta generó grandes riquezas a los reinos arábigos, riqueza que animó a costear unas admirables obras agrícolas para asegurar el abastecimiento de las caravanas en el yermo desierto, obras de las que aún quedan vestigios.

Cuando en el siglo II d. C., Roma abrió una vía de navegación directa al sur de Arabia e India, la importancia de la ruta arábiga comenzó su decadencia. Por el siglo IV, con la expansión de la cristiandad, se abandonaron prácticas litúrgicas y bajó la demanda de inciensos y de perfumes y cosméticos. El comercio de especias y resinas no cesó pero disminuyó y nunca volvió a alcanzar el antiguo esplendor. La ruta del perfume se apagó y las ricas ciudades fueron gradualmente abandonadas al desierto; hoy solo quedan sus restos arqueológicos. Tanto la Tierra del incienso en Omán como las ciudades del desierto de Néguev (hoy Israel) han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Con el tiempo, el comercio de la perfumería fue de nuevo recuperando adictos y evolucionando hasta alcanzar un renovado auge en el presente siglo XXI. La mirra sigue siendo un producto del mercado mundial para fragancia, incienso y farmacia, si bien en un volumen muy inferior al de antaño.

Hoy la mirra no viaja en fabulosas caravanas atravesando desiertos repletos de malhechores con turbantes, pero sigue trasladándose desde los territorios arbolados a los rincones del mundo donde la demandan. En el mercado actual, las lágrimas perfumadas proceden, en primer lugar de Etiopía, con una producción anual de 1200 toneladas; de Somalia con 700 t; y de Kenia con 620 t (datos de la FAO). Arabia tambien produce mirra pero en menor cuantía. Desde el Cuerno de Africa, la mirra sale con destino a China, el mayor importador del mundo; también a Europa, que consume la mitad que China; Estados Unidos es el tercer destino con un consumo muy bajo; y Arabia. La ruta de la mirra de ahora es poco conocida, pero ese desconocimiento contribuye a realzar su misterio, su aura de árbol mítico, el augurio de un secreto fabuloso solo alcanzable a quienes se atreven a descubrirla.

Más bello que el amor mismo

Volvamos al poema épico de Ovidio, donde dejamos a la princesa-árbol llorando lágrimas de savia, para disfrutar de otra escena fascinante de la narración. La bella Mirra tuvo amores con su padre, el rey de Chipre, fue castigada y convertida en árbol, y bajo esa forma dio a luz a su hijo Adonis, un ser tan hermoso que hasta la misma diosa del Amor se enamoró de él.

Villenave para Metamofosis de 1807.

Grabado de Villenave (1807).

Mas la criatura concebida en el pecado había crecido dentro del tronco y buscaba camino por donde, abandonando a su madre, pudiera situarse en el exterior: en mitad del árbol se comba hacia fuera el grávido vientre. La carga produce a la madre una tensión; pero sus dolores carecen de palabras para expresarse, la parturienta sin voz no puede invocar a Lucina. Sin embargo su apariencia es la de una mujer que está en el trance de dar a luz, y el árbol se inclina y profiere frecuentes quejidos y se humedece con las lágrimas que le caen. Junto a las ramas doloridas se detuvo Lucina propiciadora, le puso las manos encima y pronunció palabras que producen el parto: el árbol se resquebraja, y una vez hendida la corteza hace salir su carga viva, y un niño da un vagido; las Náyades lo colocaron sobre la blanda hierba y lo ungieron con las lágrimas de su madre.

Las palabras tienen poder. Conectan. Trazan puentes invisibles entre las almas sensibles y lo que les rodea. Las de Ovidio nos llevan al corazón del árbol de la mirra.

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[1] Publio Ovidio Nasón. Metamorfosis. Texto revisado y traducido por Antonio Ruiz de Elvira. (UM). Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1988. Vol. II (Libro X). Pág: 185-194.
[2] William Shakespeare. Tragedias. Otelo: el Moro de Venecia. Traducido por Jose M. Valverde. RBA Editores. Barcelona 1994. Extracto del parlamento de Otelo en Acto V, escena II, pág. 327.

Escrito por Rosa, Jueves Santo 24 de marzo de 2016.

La mirra en Wikipedia
Artículo de “20 minutos”sobre vendedores de inciensos en Sevilla
El mercado mundial de mirra y olíbano (FAO)

Secretos del Parque

¿Está llegando la primavera? ¿En qué se nota?” dijo él.
“El sol está brillando entre la lluvia y la lluvia está cayendo
sobre los rayos del sol, y las criaturas empujando
y borbotando bajo la tierra”, contestó Mary.
Frances H. Burnett, El Jardín Secreto

Cada jardín que frecuentamos guarda en sí un jardín secreto. Cada árbol que vemos a diario esconde una biografía única, una habilidad singular para vivir, una contribución concreta a nuestro bienestar y al del planeta. Cada arboleda urbana encubre un relato de la intencionalidad de quien la diseñó, de los sentimientos que pretendió provocar con su creación bioestética. Esos relatos secretos son el jardín oculto a los ojos cotidianos, acceder a ellos nos vuelve más conscientes y permeables al poder sanador de los árboles y a la inspiración de la belleza de lo vivo.

En la ciudad histórica de Sevilla, de acentuado aire romántico, el espíritu de lo bello palpita no solo en los innumerables monumentos sino también o sobre todo en los edificios, calles, plazas y rincones. Y en los jardines antiguos. De ellos, el Parque de María Luisa (para los sevillanos, “el Parque” a secas) quizás sea el que más ha contribuido a realzar el encanto de la ciudad. Popular atracción para viajeros y residentes, multitudinario a veces, aun con el esplendor de sus comienzos menguado por tiempos de abandono, conserva sin embargo la esencia del jardín original que un día fue diseñado con esmero y pasión. Es un jardín que emociona, que inspira al cuerpo y al espíritu, que asombra de múltiples maneras.

Entre los recuerdos de mi vida atesoro un tiempo en el que pasé muchos días transitando el Parque, observando y valorando uno a uno cada árbol (unos 6000 entre árboles y palmeras según el conteo de entonces). El sentido de tal entrega era calcular el valor del patrimonio arbóreo del jardín. La investigación, que llevamos a cabo un equipo guiado amigablemente por Fernando Sancho Royo, tuvo como resultado la elaboración del libro Árboles del Parque de María Luisa [1]. Medir las dimensiones de cada árbol, evaluar el estado de salud, juzgar el grado de  belleza y averiguar la biogeografía de cada especie fue una oportunidad única de descubrir cada individualidad, cada protagonista arbóreo del jardín, y sembró en mí la pasión que hoy me hace escribir estas líneas.

Fuente: www. eyeonspain.com

Fuente: www.eyeonspain.com

El Parque tiene una identidad propia, una fuerte personalidad. Su fisonomía no es uniforme sino integrada por una gran variedad de espacios diferentes, conectados y embellecidos mediante una amplia gama de elementos vivos y construidos, en la que el arbolado alto, viejo y variopinto es el rasgo principal. En cierto modo, es un bosque urbano. Cuenta con alrededor de 100 especies diferentes de árboles, algunos de ellos identificados por carteles (bastante deteriorados) que sirven de itinerario botánico. Intencionadamente, una gran proporción de los árboles son caducifolios, es decir, pierden las hojas en invierno. Durante los pocos meses que dura la desnudez invernal, las ramas deshabitadas de hojas contagian el aire de melancolía y enfatizan la percepción romántica del Parque. Por el contrario, el hojecer primaveral cubre los paseos y plazuelas de buena sombra, imprescindible en este sur de veranos calientes y luminosos, y junto a la floración mudan la melancolía en alegría.

De entre todos los árboles que un día descubrí y que con frecuencia sigo visitando, algunos me son más queridos por no sé qué misteriosa química.

Taxodios: monumentalidad consagrada al amor

En cualquier jardín, el taxodio, ciprés de los pantanos o ciprés calvo (Taxodium distichum) es una presencia llamativa, se adueña de él con su porte majestuoso de follaje liviano y elegante y la belleza cromática de sus hojas, rojizas en otoño y verde claro en primavera. En el jardín sevillano destaca un ejemplar que se ha convertido en estampa icónica del propio Parque.

A diferencia de los pinos, cipreses, cedros y otras coníferas, el taxodio tiene dos rasgos singulares, ser caducifolio (de ahí “ciprés calvo”) y vivir cerca o dentro del agua.  Nativo del sur de EE UU, forma bosques naturales en las riberas encharcadas de los grandes ríos como el Misisipi; y caracteriza tanto ese paisaje subtropical americano que se ha erigido en su símbolo. Vivir en el agua es una habilidad no muy propia de los árboles, pero los cipreses de los pantanos la tienen; para que las raíces respiren, poseen los neumatóforos, unos respiraderos que salen hacia arriba y le dan el aspecto tan característicos a estos bosques. En su hábitat natural sostiene el suelo encharcado por las inundaciones, una buena contribución en estos tiempos de incertidumbres climáticas. A pesar de las raíces anegadas gozan de una longevidad extraordinaria; en Florida, en la marisma de Corkscrew, está el bosque virgen de cipreses de los pantanos más grande del mundo, en ese santuario protegido hay árboles salvajes de más de 500 años. Tiene parientes aún más longevos como el “Árbol del Tule” (Taxodium mucronatum) de Oaxaca, México, que se estima que tiene 2000 años de edad y está considerado el árbol con el diámetro de tronco más grande del mundo. El taxodio llegó a Europa traído por los colonizadores ingleses sobre 1640.

TaxodioEl Parque de María Luisa es un buen enclave para estos seres de los pantanos americanos por la cercanía de un gran río, el Guadalquivir. Junto al estanque de la Isleta de los Patos y cerca de la Fuente de las Ranas crecen cinco ejemplares espléndidos. Pero sin duda el más vistoso, célebre y popular es el taxodio monumental de la Glorieta de Bécquer.

El árbol fue plantado alrededor de 1860 cuando ese terreno era el jardín privado de los duques de Montpensier. En 1911, ya como parque público, alrededor del árbol se construyó una glorieta redonda en la que un banco circular con varias figuras femeninas de mármol –alegorías del amor pasado, presente y futuro- abrazan la redondez del gran tronco. Realizado en homenaje al poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el más importante del Romanticismo español, el cuadro escultórico, obra de Lorenzo Coullaut Valera, personifica la famosa Rima X del poeta, El amor que pasa. En otros tiempos, podían leerse los versos del poeta en libros dispuestos en anaqueles; hoy, existe una placa con grabaciones de varias rimas que pueden oírse si disponemos de un lector de código QR en nuestro móvil, entre ellas, la inmortalizada Rima X [2]:

Código QLos invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran. ¿Qué sucede?
¡Es el amor, que pasa!

El árbol, como ser vivo, no deja de crecer y agrieta el monumento, y hay que ensancharlo cada cierto tiempo (ya lo necesita); la Glorieta con el gran árbol en el centro transpira armonía como un mandala. El majestuoso taxodio acrecienta la atmósfera romántica del lugar, incluso diría que se implica en los asuntos amorosos de los visitantes-románticos (suele haber ramos de flores frescas en el monumento). Bajo la cúpula de fino follaje se respira quietud, acogimiento y un silencio entre cómplice y consolador. Puede que el espíritu ribereño de estos árboles, de tanto contemplar ríos, sabe que el amor, como el agua, nunca es el mismo y al mismo tiempo siempre es igual, que pasa pero permanece de otra manera. Bajo los taxodios siempre me siento bien, experimento sensaciones de amparo y bienestar, probablemente contribuyan a ello las sustancias volátiles cargadas de compuestos activos beneficiosos que desprenden, pero prefiero pensar que la belleza de estos árboles no solo es externa, sino también interior.

Plátano de sombra:  inspiración de los maestros

Cerca de la Glorieta de Bécquer por un asilvestrado sendero en dirección sur se llega a una pequeña encrucijada donde un cartel anuncia la identidad de un soberbio plátano de sombra oriental (Platanus orientalis), un árbol euroasiático que crece desde el este mediterráneo hasta el sur eurosiberiano.  En Sevilla, como en gran cantidad de ciudades, el plátano de sombra es muy utilizado en las calles. En el Parque es abundante, pero no la especie oriental sino un híbrido entre el plátano oriental y el americano (Platanus occidentalis), de cuyo origen no hay acuerdo entre los botánicos ni siquiera en la nomenclatura (Platanus acerifolia para unos, Platanus  hybrida o Platanus hispanica, para otros).

PlatanosEl plátano es una especie apreciada desde antiguo por su maravillosa sombra. En el Parque quedan unos magníficos ejemplares centenarios, bien desarrollados, que sobrepasan los 25 metros de altura, hermosas esculturas vivas. Las decorativas hojas grandes, caedizas, color verde vivo, parecidas a las del arce, forman un follaje denso y amplio capaz de crear una umbría fresca, tamizada y reconfortante, ideal para los climas de calor y luz intensos. La cualidad de la sombra que proyecta ha sido históricamente apreciada por diversas culturas.

En Grecia se le tiene un apego especial desde la Antigüedad, y aún es el árbol predominante en el centro de las plazas de muchos pueblos. En la Escuela Peripatética que fundó Aristóteles en el 335 a. C., se cree que había una arboleda de plátanos donde él y otros maestros enseñaban a los discípulos paseando bajo el elevado ramaje. En la isla de Cos, igualmente junto a un plátano de sombra, Hipócrates (460-370 a. C.), el fundador de la medicina, transmitía su sabiduría; el actual Árbol de Hipócrates, descendiente del original, tiene 500 años. En la India le llaman cheddar y es un árbol célebre también por su sombra, especialmente en Cachemira. Para hindúes e islamistas mogoles ha sido un árbol valorado para templos, jardines y paisajes, como prueban los diversos ejemplares centenarios existentes en la región y su declaración como árbol protegido. Bécquer, en su leyenda india El caudillo de las manos rojas, los nombra: “Los peregrinos también han gustado el reposo de los inmensos plátanos de Delhi…”. En Reino Unido se le conoce como oriental plane, y también es un árbol con solera; uno plantado en 1760 en Wiltshire (Corsham Court) por el famoso paisajista Lancelot  “Capability” Brown, está considerado como el árbol con la copa de mayor extensión de Reino Unido.

Me gusta pasear entre los plátanos centenarios del Parque, respirar su aire, dejar que inspiren mi mente, que me conecten con la vieja tradición de maestros, que hagan aflorar a la maestra que llevo dentro.

Acacias: aromas de poesía

Acacia es una palabra de resonancia poética, sonora, punzante, evocadora de exuberantes paraísos líricos. Quizás por eso me gustan las acacias del Parque. Hay tres tipos, la acacia negra, la acacia blanca y la acacia de Japón, que en sentido estricto no son especies del género Acacia, sino “falsas acacias” como se catalogan estas leguminosas ornamentales que se plantan en multitud de ciudades del mundo. Sin ser árboles de carácter portentoso, las tres aportan atractivo al Parque: son florales, aromáticas y sombreadoras. En sus lugares de origen, además, son comestibles, medicinales y melíferas. Cada una a su manera añade una nota diferente al jardín.

La acacia de tres espinas o acacia negra (Gleditsia triacanthos) abunda en el Parque. Tiene una apariencia algo excepcional por lo oscuro de la corteza, las grandes espinas trifurcadas y las legumbres de gran tamaño color chocolate parecidas a las del algarrobo. Por contraste, las pequeñas flores verdosas son perfumadas, el amplio y suelto follaje tiene un bonita coloración otoñal amarilla y en primavera da una grata sombra ligera. Natural del SE de EEUU, es un árbol muy resistente que crece muy rápido en suelos desnudos y ayuda a controlar la erosión, además las vainas alimentan a pájaros y otros animales. Por el carácter de “árbol espinoso” se le conoce en algunos sitios como “espina de Cristo”. En México circula una leyenda en torno a sus espinas. A final del siglo XVII, en un monasterio de Querétaro, un franciscano español dejó durante un tiempo su bastón de acacia negra clavado en el patio; pasados los días, el bastón retoñó en un árbol con espinas en forma de cruz, similar a la de la crucifixión de Jesús; el hecho se consideró un milagro (tal vez por ser un árbol desconocido entonces en esas tierras), y originó el nombre por el que es conocido “el árbol del Templo de la Cruz”. Milagros y leyendas aparte, la acacia negra es un árbol vehemente que infunde sensaciones de fuerza y empuje y evoca la importancia de protegerse en la vida.

RobiniaLa acacia blanca o robinia (Robinia seudoacacia) tiene un porte grande que alcanza los 25 metros. En el Parque hay un bello ejemplar en la Glorieta de Doña Sol. Desde la tierra de los Montes Apalaches, en Norteamérica, fue traída a Francia en 1600 por el botánico Jean Robin. Desde entonces es un árbol de jardín que anima las primaveras con racimos de flores blancas muy aromáticas y una agradable sombra. En algunos países como Italia, las flores se utilizan en postres y la miel se conoce como “miel de acacia”. Pero hay que tener cuidado porque las hojas y semillas poseen una lecitina tóxica. Las acacias blancas grandes, como la del Parque, tienen apariencia muy frondosa y yo diría que entrañable, me recuerdan a los árboles benévolos de los cuentos.

La acacia del Japón, sófora o árbol de las pagodas (Styphnolobium japonicum) ornamenta la avenida de Pizarro, una de las principales del parque. De porte fino, equilibrado y elegante, las flores amarillentas aroman el verano con su suave perfume y los frutos, de inconfundible aspecto de rosario, quedan en el árbol cuando pierde el follaje a principios de invierno. Es originaria de Asia, donde las hojas y flores se cocinan y se preparan como té; el uso medicinal tiene larga tradición, es una de las 50 hierbas fundamentales de la medicina china. En el Parque, los frutos son codiciados por el numeroso grupo de cotorras asilvestradas que por las mañanas los desayunan con gran algarabía. Mi afición a las sóforas es muy distinta de la de las cotorras. A mí lo que me atrae de ellas es la apariencia delicada, la fina sombra, un hálito de misterio que las envuelve, como si escondieran un secreto milenario oriental. De hecho, algunos cuentos japoneses sitúan en este árbol espíritus, diablillos y otras deidades del bosque.

Una larga lista de árboles interesantes

La lista de árboles singulares interesantes del Parque es muy larga. En altura sobresalen los eucaliptos rojos (E. camaldulensis) y las araucarias australianas (A. cunninghamii y A. bidwillii) de más de 40 metros, haciendo honor a los árboles gigantes australianos; les siguen grevilleas, almeces, olmos viejos supervivientes de un pasado mejor, casuarinas centenarias, algunos fresnos de olor y las palmeras, esos árboles sin verdadero tronco, que tanto caracterizan el paisaje urbano de Sevilla. Y en espectacularidad globosa y expansiva, los grandes ficus (F. macrophylla, F. rubiginosa y F. retusa).

El jardín de los artistas

La magia del Parque de María Luisa emana del arbolado pero también de la gracia y armonía del diseño, de la composición que idearon los paisajistas que lo hicieron realidad.

El Parque tuvo su origen en la creación a mitad del siglo XIX de un jardín privado para el palacio de los duques de Montpensier (Antonio de Orleans y la Infanta María Luisa de Borbón). El proyecto lo realizó el jardinero francés André Lecolant siguiendo el estilo romántico inglés en el que predominan los árboles y arbustos entre caminos y sendas sinuosas, con una disposición de aparente descuido que imita a la naturaleza. Es el jardín bosque, el jardín-selva, que aún configura el norte y poniente del Parque. De estampa majestuosa, con predominio de tonos verdes y umbrías, inspira recogimiento y tranquilidad.

Un segundo diseño se debió a la elección del Parque de María Luisa como marco de la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929. La Infanta había donado su jardín a la municipalidad en 1893 y ésta encargó la reforma y ampliación del Parque al paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier (1861-1930), un ingeniero de gran sensibilidad, cultura jardinística y experiencia en distintas partes del mundo. Forestier aprovechó el legado romántico de Lecolant (“los árboles tardan en crecer, la belleza plena de un jardín se consigue con el paso del tiempo”), al que superpuso un trazado que inundó el lugar de colores, aromas, susurros de agua, brillos, claridad, alegría y espacios de intimidad (las glorietas). Manejando con sabiduría varios estilos de jardines con preponderancia del arábigo andaluz local, creó un jardín de jardines, donde las avenidas y praderas abiertas se alternan con sendas que llevan a la intimidad de glorietas. Más próximo a la tradición de los jardines chinos, indios, egipcios, árabes y españoles, Forestier puso toda su intención en darle a Sevilla su ideal de jardín, “un remanso de paz capaz de provocar el asombro apabullador en la intimidad gozada a través de la percepción de los sentidos de todas las bellezas delicadamente naturales, con las formas, los colores, los juegos de luces y sombras más evocadores, con los que nos sentimos más comunicados y donde lo que domina es el encanto” [3]. Quiso hacer una obra de arte y lo consiguió.

Postal antigua

Ha transcurrido un periodo de más de cien años desde 1914, cuando se inauguró el Parque de Forestier. En este lapso, el abandono y el tiempo, como jardineros invisibles, han propiciado cambios en su fisonomía, no siempre embellecedores. Se han perdido muchos árboles sin haber sido repuestos y se ha desequilibrado la composición de las especies, con predominio de las más invasivas como el eucalipto sobre otras menos combativas. El Parque necesita recuperar su antiguo esplendor, con medios, conocimientos y enfoque de futuro.

A pesar de todo, conserva la esencia cautivadora. Más allá de la visión ordinaria, el Parque despliega su jardín secreto donde es posible pasear respirando aires sanadores, contemplar delicadas bellezas efímeras, descansar al arrullo del agua, perderse entre rastros de aromas y encontrar mil historias inspiradoras.

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1. R. Cintas, J. Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa.  Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Granada, 1981.
2. Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas. Edición de Jesús Rubio Jiménez. Alianza E. Madrid, 2013.
3. Cristina Domínguez Peláez. El Parque de María Luisa, esencia histórica de Sevilla. Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1995.

Escrito por Rosa, jueves 28 de enero de 2016.

Entradas de este blog relacionadas:
Cernuda en el Parque
Sanar con los árboles
El monarca del Parque (Araucaria cunninghamii)
La higuera gigante que vino de australia (Ficus macrophylla)
Mil y una historias del jardín (Araucaria bidwillii en el Botánico de Coimbra)

Otras fuentes y enlaces
Jose Elías Bonells. Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla, 1983.
F. Bueno Manso. El Parque de Maria Luisa: su historia, su poesía y sus plantas. E. Robinia. Sevilla, 1997.
Parque de María Luisa en Wikipedia
Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Sevilla
La Exposición del 1929 en Sevilla Misterios y Leyendas

Cernuda en el Parque

En los jardines antiguos el paso del tiempo concede a los árboles el privilegio de alcanzar la madurez. Suelen ser más grandes y vistosos, algunos llegan a tamaño colosal, otros alcanzan maneras majestuosas y sublimes, contagiando todos la atmósfera del jardín de cierto aire sobrecogedor. El Parque de María Luisa de Sevilla es uno de esos jardines centenarios donde la presencia de árboles viejos, abundantes y diversos, iluminados por la luz brillante del sur, crean escenas de delicada belleza que sumergen al paseante en estados interiores de ensoñación, asombro o poesía.

Parque

Es difícil capturar con palabras el encanto del Parque de María Luisa. La frondosidad verde prodiga una variedad de momentos para el goce de los sentidos en su devenir cambiante al paso de las horas, al ritmo de las estaciones. ¿Cómo expresar la belleza sutil y efímera de los contrastes entre la luz y la sombra sobre los árboles o la presencia tenue del otoño?  Los poetas son los que mejor saben revelar lo inaprensible. Luis Cernuda (1902-1963) supo captar esa realidad mágica del jardín sevillano. En su exilio en Escocia, escribió el libro Ocnos (1942) para conmemorar los lugares queridos de su infancia y juventud, entre ellos, el Parque de María Luisa. El poema en prosa El Parque describe admirablemente la infinidad de bellos matices que componen el alma y la esencia de este espléndido jardín histórico. Os invito a disfrutar del Parque rememorado por el poeta.

El Parque

Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en haces alternados con otros de sombra. Los troncos, componiendo la perspectiva, parecen desde lejos demasiado frágiles para sostener, aunque aligerada por el otoño, la masa de sus frondas, a través de las cuales se trasparenta el celeste tan leve del cielo, indeciso aquí y allá entre el rosado y el gris. Un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes verdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas. La naturaleza a solas recoge en su seno tanta calma y tanta hermosura, originadas y sostenidas una por otra, igual que sonido y sentido en un verso afortunado.

A la tarde, el viento se lleva por la alameda algo que en su alada rapidez no se sabe si son hojas secas o doradas aves migratorias. Tibia la hora, algún grupo de árboles manteniendo su verdor intacto, las palomas revuelan tocadas de ímpetu vernal, y los niños vienen con sus triciclos, con sus cometas, con sus veleros. Si bajo el pie no crujiesen las hojas, nadie diría que fuese otoño, ni siquiera ese perro valetudinario que, encelado y envidioso, ronda los juegos de sus congéneres jóvenes. La luminosidad de un verano de San Martín llena la tarde de promesas engañosas: el buen tiempo presenta un futuro dilatorio, de momentos tan plenos como los días largos de una primavera que comienza. Allá entre los troncos más lejanos, donde un vapor ofusca la trasparencia del aire, por la llama de esa hoguera se diría que arde, en pira de sacrificio, buscando transustanciación, el otoño mismo.

Escrito por Rosa, jueves 26 de noviembre de 2015.

Fuente:
Luis Cernuda. Ocnos : seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Taurus Ediciones. Madrid. 1979. Página 77.

El Parque de María Luisa en este Blog:
El Monarca del parque
Sanar con árboles
La higuera gigante que vino de Australia

Sanar con árboles

Los árboles están constantemente contribuyendo a nuestro bienestar de muchas maneras, siempre silenciosas e invisibles. Un beneficio importante y no bastante valorado es que ayudan a mejorar nuestra salud. Por un lado, los llamados “árboles medicinas” aportan materias primas para elaborar remedios y fármacos. Por otro, los árboles, en general, ejercen un efecto sanador para el cuerpo, la mente y el espíritu si nos exponemos a sus saludables influjos paseando por lugares con árboles frondosos, efecto conocido como “terapia del bosque”.

La celebración del evento Jane’s Walk 2015 (1), en mayo, me dio la oportunidad de explorar el potencial sanador de los árboles con un grupo de personas en un paseo por un parque urbano. La experiencia desarrollada en el Parque de María Luisa (Sevilla) fue una vivencia muy enriquecedora. El éxito de asistencia me ha confirmado el interés creciente que existe por reconectar con los árboles y ahondar en sus múltiples beneficios.

1_Taxodium_Becquer-2

La propuesta de un paseo para conocer el efecto sanador de los árboles está inspirada y basada en corrientes actuales de pensamientos. Que caminar entre árboles sea saludable no es algo nuevo, pero existen estudios e investigaciones recientes que apoyan de un modo científico la necesidad de concebir el contacto con la naturaleza, en general, y con los árboles, en particular, como una verdadera medicina y una forma sana de vivir.

Japón está en la vanguardia de este planteamiento. Desde los años 80 del pasado siglo, los médicos recetan paseos de dos horas por bosques a ciudadanos de grandes urbes afectados de estrés y otras dolencias habituales de la vida de hoy. Los paseos se denominan “Shinrin-yoku” o “baños de aire del bosque”, y sus efectos están siendo evaluados por inmunólogos, neurólogos y fisiólogos. Los resultados son concluyentes: tras dos horas de paseo por un bosque disminuye la hormona del estrés (cortisol), aumenta la concentración de linfocitos y proteínas anti cáncer; y la actividad cerebral se desplaza a áreas del cerebro relacionadas con la emoción, el placer y la empatía (Ver post sobre shinrin-yoku en este blog).

En EEUU, el periodista Richard Louv publicó en 2005 la obra El último niño en el bosque: salvando a nuestros hijos del Desorden por el Déficit de Naturaleza (2), que está teniendo gran impacto. La tesis de Louv, elaborada tras un estudio de más diez años entrevistando a familias rurales y urbanas de todo EEUU, es bien simple: muchos seres humanos actuales no tienen suficiente contacto con la naturaleza y ese déficit contribuye a alimentar problemas físicos y emocionales. A esa falta crónica de contacto con la naturaleza la llama “Desorden por Déficit de Naturaleza”. Para Louv este trastorno se detecta a nivel de los individuos (niños y adultos), las familias y las comunidades. ¿Y por qué sucede esto? Los neurólogos destacan que los humanos hemos evolucionado en la naturaleza, en el bosque, por tanto es dónde nos sentimos más a gusto. Nuestras funciones fisiológicas y psicológicas son el resultado de un largo proceso de adaptación a las condiciones naturales; no podemos asimilar las rápidas transformaciones que ha conocido nuestra forma de vida últimamente, con el paso de una sociedad rural a otra altamente urbanizada. El cerebro humano no está preparado para procesar el exceso de estimulación que implica tales cambios. Es lógico que la vida artificial moderna nos produzca estrés y ansiedad.

Descubriendo los árboles sanadores

Para tomar lo que en Japón llaman un “baño de bosque”, no hace falta ir a un parque natural distante. Los parques urbanos pueden ser lugares igual de propicios si albergan árboles grandes y viejos.  Así que el primer requisito sería disponer de un espacio arbolado y con senderos que faciliten la exposición a árboles maduros.

Ese es el caso del Parque de María Luisa, en Sevilla, donde llevamos a cabo nuestra experiencia. El espacio fue diseñado como jardín privado de una familia aristocrática alrededor de 1860 y luego pasó a ser parque público y fue remodelado en torno a 1914, pero conservando parte de la floresta inicial, de modo que contiene algunos árboles de más de 150 años. Para la intención del paseo, el diseño antiguo es muy apropiado pues mantiene parte del jardín romántico original, de sendas sinuosas, sin parterres, con aire descuidado imitando al caos de la naturaleza y terrenos diáfanos de césped salpicados de grandes ejemplares arbóreos. También aportan valores al paseo sanador las zonas diseñadas posteriormente, siguiendo el estilo del jardín árabe, con fuentes y estanques.

10_Ginkgo_árbolEl trazado del paseo contribuye también a su resultado. En el Parque de María Luisa traté de facilitar el contacto con ejemplares viejos y hermosos de diversas especies en una variedad de ambientes. Ver un árbol grande, bien desarrollado, manifestando toda la grandeza y belleza que es capaz de alcanzar es emocionante. Eso ocurrió en nuestro paseo al descubrir magníficos ejemplares de especies comunes como el plátano de sombra, el ciprés calvo, el olmo, el almez, el eucalipto rojo, el ciprés mediterráneo o las palmeras. También impresiona ver por primera vez especies menos frecuente y conmoverse ante su belleza nueva, así sucedió con la araucaria de Australia, el ginkgo, el tilo europeo, el árbol del fuego o el baniano australiano (3). Cada parque tiene sus tesoros arbóreos por descubrir.

Además de disponer de buenos ejemplares de árboles, el otro indispensable requisito para que pasear entre árboles sea sanador, es el modo en que se realiza el recorrido. Basándome en las indicaciones de los médicos japoneses, expertos en esta nueva disciplina, en nuestro paseo se siguieron tres pautas: caminar de forma sosegada, respirar conscientemente el aire del bosque y exponer los cinco sentidos al ambiente que se atraviesa.  La conciencia es clave para la experiencia, que los paseantes enfoquen la atención en la quietud interior, en la respiración, en las sensaciones, y también en la contemplación del árbol.

El aire del bosque

El poder terapéutico de los árboles se debe en gran parte a la calidad del aire que ellos generan. Hay una gran diferencia entre el aire que respiramos en una avenida atestada de vehículos y el que se respira en el corazón de un parque amurallado de elevados árboles cargados de hojas, esos órganos vegetales diseñados para el intercambio de gases. En ese rincón verde de la ciudad, el aire es más oxigenado; es más limpio, porque los árboles retiran de la atmósfera dióxido de carbono, gases nocivos y partículas dañinas; es más saludable, porque contiene compuestos orgánicos volátiles (se conocen como COV) que los árboles emiten; y es más fresco y húmedo, por la sombra de los árboles que además reducen la pérdida y evaporación de agua.

Entre todos esos aspectos de la calidad del aire, los compuestos volátiles son de gran valor curativo. Esos compuestos son los principales responsables del efecto beneficioso sobre el sistema inmunológico. En Japón, se han realizado experimentos con diversos compuestos aromáticos naturales, como pinenos, limonenos, cedrol o isoprenos, demostrándose en algunos de ellos su efecto antimicrobiano y supresor de tumores. De hecho, con estos compuestos volátiles se elaboran los aceites esenciales que se usan en aromaterapia y medicina holística.

Para que realmente nos beneficie el reparador y salutífero aire del parque, tenemos que exponer nuestro sistema respiratorio a la entrada de ese aire, respirar de manera que el aire llegue al fondo de los pulmones y distribuya con la mayor eficiencia su rico cargamento por todo el organismo. El estrés permanente de la vida actual provoca que nos habituemos a respirar a la mitad o menos de nuestra capacidad pulmonar. Respirar bien es un arte que mejora considerablemente la calidad de nuestra vida, como llevan siglos alertando los yoguis indios. Durante el paseo es recomendable que nuestra respiración sea natural, libre, armoniosa y consciente.

Los cinco sentidos

Una de las consecuencias del Déficit de Naturaleza es lo poco que hoy día ejercitamos y valoramos los sentidos. Pasamos tantas horas observando pantallas, bien sea de móvil, tableta, ordenador o televisión, que no nos quedan resquicios de tiempo para atender lo que nos rodea y conectar con el mundo circundante a través de los sentidos. Según un informe de 2014, la tendencia a estar todo el día mirando una pantalla ocurre en cualquier rincón del mundo; en España pasamos casi 6,6 horas mirando sobre todo el móvil, algo parecido ocurre en México, mientras en China el promedio es de casi 8 horas. Estos datos evidencian el enorme tiempo que le dedicamos en exclusividad al sentido de la vista, o habría que decir al sentido de “la vista de pantallas”.

Caminar entre árboles es una oportunidad para detener ese ritmo y dedicarle un tiempo a percibir los elementos de la naturaleza circundante. Algo que, como insiste Richard Louv, nos reconforta y equilibra porque lo necesitamos para estar de verdad sanos.

En el paseo por el parque sevillano, encontramos bastantes ocasiones para el disfrute visual. La sola visión del verdor del entorno bajo la luz primaveral resultaba un alivio para los ojos. Cambiando la dirección de la mirada hacia arriba, las copas verdes extendidas hacia el azul del cielo brindaban una sensación de expansión. En la rica paleta de verdes, distinguimos el verde vivo de las hojas nuevas de plátanos, almeces, olmos y otros árboles caducifolios, una imagen que contagia alegría y vitalidad. La parada en la Glorieta de los Lotos, un estanque amplio rodeado de una pared de árboles grandes, permitió descansar la vista en un horizonte verde vivo que transmitía sosiego y alegría en contraposición al no tan estimulante horizonte edificado que suele rodearnos.

Una manera más íntima de contactar con los árboles es cerrando los ojos y palpando, por ejemplo, las cortezas de los troncos. Dice Caballero Bonald en su poema en prosa “Apenas sensitivo”: Tocar un árbol, recorrerlo, intuir lo que ocurre en su interior, equivale a aceptar que cualquier inventario apenas sensitivo de los árboles circundantes supone juntamente el árbol de la vida (4). Las sugerentes palabras del poeta inspiran a las manos a intuir la vida única que palpita en todos los árboles. Tocar las formas y texturas que el paseo invita ensancha el horizonte interior. En nuestra ruta pudimos acariciar la suave corteza del almez, sentir el tronco descamado del plátano, seguir los surcos profundos del olmo o rodear el desmesurado tronco de un eucalipto rojo .

El mundo invisible del bosque está poblado de aromas. Los árboles, las plantas, constantemente están emitiendo compuestos aromáticos. Según investigaciones recientes, esas sustancias constituyen un rico lenguaje con el que las plantas se comunican, es un verdadero código de mensajes; los hay de alerta, de defensa, de atracción para los insectos y, así, una gran variedad de mensajes para una diversidad de fines. La gama de olores es amplia, desde olores intensos de algunas flores a otros más sutiles de hojas o maderas. En el paseo del Parque de María Luisa recorrimos territorios aromatizados por las hojas de mirtos, naranjos y eucaliptos, cada uno con su carga curativa. Un jardín es una atmósfera fragante para disfrutar de la belleza aromática y dejarse impregnar de su riqueza balsámica.

7_Arrayanes

El efecto sanador del paseo es mayor si acallamos el parloteo constante de nuestra mente y permitimos que los sonidos del bosque suenen. En el Parque de María Luisa, el viento se dejaba oír, a veces moviendo las grandes hojas de las altas palmeras, otras, las pequeñas de los almeces. La voces de distintos pájaros con sus diferentes notas irrumpían en el camino para callar poco después. Hubo ocasión para oír el gorjeo grave de un mirlo, el arrullo vibrante de la tórtola, el canto metálico del carbonero, el canto vivaz del verderón, los graznidos de pavos reales o los gritos ruidosos de cotorras de Kramer. El agua de las fuentes con su voz cristalina también acompañó tramos de nuestro paseo, refrescándonos con su incesante fluir y cantar.

La percepción sensorial es completa si también se degusta una infusión de plantas del bosque. Saborear una infusión es otro modo de recibir las bendiciones terapéuticas de las plantas. En nuestro paseo, paramos bajo un tilo a tomar una mezcla de tila y flor de azahar, ambas de efecto relajante, junto con hojas de ginkgo.

La contemplación del árbol

12_FicusEl simple hecho de contemplar un buen árbol ayuda a sanarnos emocional y espiritualmente, debido a que  el árbol es una figura simbólica de grandes significados arraigada en la conciencia colectiva. En el árbol los seres humanos hemos visto el símbolo de la vida, la agrupación de los cuatro elementos de la naturaleza, la unión entre el cielo y la tierra, la semejanza con nosotros mismos, y el maestro que enseña la verdad de la vida. Por esa razón, la contemplación de un árbol maduro, bien enraizado, con tronco firme y copa abierta al cielo, nos inspira paz, sosiego, equilibrio y bienestar.

En un paseo, los árboles más esplendorosos ayudan a conectar con esa figura mítica y nos reconcilian con lo que somos.

En el Parque de María Luisa, comenzamos el paseo junto a al ciprés calvo de majestuosa presencia, elegido para el monumento al poeta romántico sevillano Gustavo Adolfo Bécquer; un ejemplar de más de 150 años, que infunde asombro y respeto como un árbol sagrado, a la vez que transmite sensaciones de cobijo y protección como un árbol madre. Al final del itinerario,  le dedicamos unos momentos a contemplar una magnífica higuera australiana, de porte armonioso y poderoso capaz de inspirar esa plenitud del árbol como símbolo de la vida.

Epílogo

Padecemos muchas dolencias, malestares y sufrimientos causados por nuestra forma de vivir y de pensar. Los árboles están ahí, a nuestro alcance en el bosque o el parque, para reconfortarnos y aliviarnos esos padecimientos. Volvamos a restablecer el contacto sanador con ellos.

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Notas
1. Jane’s Walks es un evento que se celebra anualmente en diversas ciudades del mundo. Consiste en organizar paseos guiados voluntarios por la ciudad. Se realizan en honor de la periodista y activista americana ya fallecida Jane Jacob, que luchó por la mejora de la vida en el espacio urbano. En el paseo por el Parque de María Luisa de 2015 colaboró el médico del deporte Eliseo Monsalvete, interesado en esta terapia.
2. Richard Louv. Last Child in the Woods: Saving Our Children from Nature-Deficit Disorder. Algonquin Books of Chapel Hill. New York, 2006. No existe edición traducida al castellano.
3. Algunos árboles del Parque de María Luisa que se vieron en el paseo fueron: araucaria (Araucaria cunninghamii); almez (Celtis australis); ciprés mediterráneo (Cupressus sempervirens); ciprés calvo (Taxodium distichum); eucalipto rojo (Eucalyptus camaldulensis); ginkgo (Ginkgo biloba); grevillea o árbol del fuego (Grevillea robusta); higuera australiana (Ficus macrophylla); olmo (Ulmus minor); palmera excelsa (Trachycarpus fortunei); plátano de sombra (Platanus orientalis y Platanus hispanica); o tilo común (Tilia platyphyllos).
Un inventario completo de los árboles del Parque de María Luisa fue compilado en la obra:
R.Cintas, J.Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa (Sevilla). Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1981.
4.  J.M. Caballero Bonald . Desaprendizajes. Seix Barral. 2015. Barcelona.

Escrito por Rosa, jueves 11 de junio de 2015.

Enlaces
Paseo de Janes Walk 2015 en el Parque María Luisa de Sevilla.
Reseña de Informe sobre el tiempo que pasamos mirando pantallas.

Entradas de este blog con temas relacionados:
Sobre efectos sanadores: el bosque medicina; el árbol medicina Nim.
Sobre sonidos, colores, aromas y sombras de los árboles.
Sobre algunas especies singulares: Ginkgo; Higuera australiana; Araucaria de AustraliaCiprés mediterráneo.
Sobre la contemplación del árbol.

Acacias viajeras

El viaje cambia al viajero, pero a su vez el viajero puede hacer que cambie el lugar que visita. Si quiere ser respetuoso con la naturaleza, intentará seguir la máxima “llévate solo los recuerdos en tu memoria, deja únicamente la huella de tus pies”, atribuida al jefe Seattle. Los viajeros dejan muchos tipos de huellas.

Hace aproximadamente 1,4 millones de años un ave marina, posiblemente un tipo de petrel, que anidaba en las colonias que cubrían las laderas de una isla volcánica del Océano Pacífico partía en su viaje de migración anual. Por alguna razón, perdió el rumbo y después de un largo viaje de 18.000 km fue a posarse en otra isla volcánica, pero del Océano Índico. Poco más sabemos de ese ave viajera desorientada, pero sí sabemos (o inferimos) que dejó una huella patente de su visita.
mapa acaciasAlguna de las miles de semillas que anualmente produce una acacia de las islas del Pacífico y que seguramente abundaban en aquella zona de cría, viajó como polizón con el petrel. Pudo viajar adherida al barro en las patas o en el interior del aparato digestivo. La cuestión es que después del largo viaje se encontró en la isla volcánica del Índico, también de clima tropical, semejante a su patria original, pero lejos, muy lejos de sus parientes. En esa pequeña masa de unos 60 mg, la semilla, viajaba un proyecto de vida. La semilla de acacia germinó, creció entre las otras plantas extrañas de la nueva isla, y después de unos 5-10 años empezó a florecer. Al tener flores hermafroditas y autocompatibles (que pueden auto-fertilizarse) empezó a producir nueva semillas y a extender su progenie por la isla.

Pasaron miles de años, más de un millón de años, la isla del Índico donde se instaló la acacia viajera empezó a ser visitada por seres humanos. Primero fueron visitas esporádicas de marineros. Los árabes la llamaron Isla del Oeste (Dina Morgabin), los portugueses Santa Apolonia, los ingleses Bosque de Inglaterra (England’s forest) y por fin los franceses establecieron en el siglo XVII una colonia permanente, como parte de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Los avatares históricos de la metrópolis francesa se reflejaron en los sucesivos nombres de la isla: Borbón, Reunión, Bonaparte y de nuevo Reunión. Las acacias, que formaban entonces bosques densos, fueron llamadas “tamarindos de las zonas altas” y explotadas para la construcción naval y la ebanistería. En 1783 el naturalista francés Juan Bautista Lamarck la nombró Mimosa heterophylla, porque tiene hojas de dos tipos, las más jóvenes con foliolos y las más viejas son filodios o tallos aplanados. Más tarde sería agrupada con las demás acacias, con su nombre actual Acacia heterophylla.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Mientras, en las isla lejanas del Pacífico, donde quedaron sus parientes, los primeros pobladores humanos llegaron más temprano, posiblemente entre los siglos IV y IX, desde la Polinesia. El primer contacto con europeos fue la visita del capitán Cook en 1778, que las llamó Islas Sandwich. En 1959 fueron anexionadas por los Estados Unidos con el nombre de Hawái. En cuanto a los ascendientes de la acacias viajeras, fueron descritos y nombrados por el botánico norteamericano Asa Gray en 1854 como Acacia koa, con el epíteto “koa” que en hawaiano significa audaz y valiente.

Durante años, los botánicos estuvieron intrigados porque las dos especies de acacia eran prácticamente idénticas, pero vivían en islas remotas y muy lejanas entre sí. En 2014, gracias a las nuevas técnicas de biología molecular se ha comprobado que, efectivamente, son muy parecidas genéticamente. Todas las poblaciones estudiadas en la isla Reunión pertenecen a una sola forma genética, un haplotipo de DNA cloroplástico que es muy parecido a uno de los nueve tipos encontrados en Hawái. Es decir, la hipótesis más plausible es que la acacias de Reunión provienen de ancestros de Hawái. Además, utilizando la estima del reloj molecular (una medida del tiempo de divergencia basada en la tasa de mutaciones) se estima que el viaje fundacional, la separación de los dos linajes, ocurrió hace aproximadamente 1,4 millones de años¹.

Fascinante historia que relaciona las dos especies isleñas de acacia. Pero ¿cómo llegaron las acacias a Hawái? Las islas volcánicas hawaianas surgieron en medio del Océano Pacífico hace unos 5 millones de años. Empezaron a ser colonizadas por plantas que llegaron dispersadas por aves, por el viento o por el mar desde las islas tropicales del Pacífico Occidental; también desde las costas de América, Asia y África. El análisis genético de parentesco (filogenia) ha mostrado que el ancestro más probable de la Acacia koa de Hawái es la acacia de madera negra (Acacia melanoxylon) del sureste de Australia.

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

En Sevilla se puede encontrar algún ejemplar de Acacia melanoxylon. Ahora no nos asombra que podamos disfrutar de este árbol a más de 17.000 km de su tierra de origen, en Australia. La globalización y el transporte de personas y mercancías tiene esas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes por los riesgos y las consecuencias negativas de las invasiones biológicas.

Me acerqué a la vieja acacia de madera negra que sobrevive, algo maltratada por el tráfico y los viandantes, en una esquina de la glorieta dedicada al marinero Juan Sebastián Elcano. Precisamente el viajero que completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Observé sus pequeñas semillas que colgaban de las vainas, pendientes de un pequeño arilo rosado. Listas para viajar ayudadas por algún ave. Pienso en sus parientes que viajaron desde Australia a Hawái (7.600 km) donde se diversificaron y dieron lugar a otra especie, A. koa. Mucho después, una semilla de esta especie viajó desde Hawái a Reunión (18.000 km) y allí dejó descendencia originando a su vez una especie nueva, A. heterophylla. Viajes improbables de acacias que tuvieron lugar hace miles, millones de años.
A_melanoxylon_semilla_ariloLos eventos improbables no son imposibles, pueden llegar a ocurrir si hay tiempo suficiente.

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¹ Le Roux, J. J., Strasberg, D., Rouget, M., Morden, C. W., Koordom, M., y Richardson, D. M. (2014). Relatedness defies biogeography: the tale of two island endemics (Acacia heterophylla and A. koa). New Phytologist (publicado en línea: DOI: 10.1111/nph.12900).

Escrito por Teo, 7 agosto 2014.

Enlaces
Artículo de Le Roux y colaboradores en la revista New Phytologist
Reseña en Nature del artículo de Le Roux y cols.