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Pasión botánica en Kew Gardens

El Real Jardín Botánico de Kew (Reino Unido) es una enciclopedia botánica viviente, abierta a quien quiera descubrir sus tesoros vegetales. Para los que nos gustan los árboles, los Jardines de Kew (Kew Gardens) son algo así como la Meca, un lugar de peregrinación donde ir al menos una vez en tu vida, dada su reconocida colección arbórea. Mi peregrinaje a Kew lo realicé en el verano de 2017.

Entré al jardín por la puerta principal (Victoria Gate) sin ningún plan, salvo dejarme llevar y deambular sin rumbo. Detrás de la Casa de las Palmeras (Palm House), el invernadero acristalado de estilo victoriano del XIX, un vistoso árbol llamó mi atención. Desde lejos sobresalía entre los otros árboles, voluminoso, robusto, frondoso, lleno de vitalidad. Se trataba de un roble persa o roble hoja de castaño (Quercus castaneifolia), un ejemplar admirable de una especie para mí desconocida con el que sintonicé de inmediato.

Mi percepción del árbol como extraordinario no estaba mal encaminada pues está catalogado como “árbol campeón” (Champion Tree) por el Registro de Árboles de las Islas Británicas (TROBI), lo que significa que se trata del espécimen más sobresaliente de su especie en toda Gran Bretaña. En el Registro hay declarados 4.000 árboles “campeones”. El Jardín Botánico de Kew alberga 250 de ellos, una llamativa abundancia de árboles notables.

Para un árbol, el ambiente de Kew no reúne las mejores condiciones. El suelo es pobre y el aire recibe la contaminación de la metrópolis londinense situada a solo 21 km. Sin embargo, el roble persa se ha desarrollado plenamente y sigue creciendo sin parar. La razón está en los cuidados que recibe, las envidiables técnicas de arboricultura que se practican en este Jardín Botánico. Al suelo le inyectan aire a presión para descompactarlo y que las gotas de lluvia puedan alcanzar las raicillas más finas; a las raíces las inoculan con hongos (micorrizas) para favorecer la absorción de los nutrientes; y cada cinco años le podan un cuarto del follaje para ayudarle a resistir los temporales. De hecho, es un sobreviviente de la terrible tempestad de 1989 en la que Kew perdió nada menos que 700 árboles frondosos y en Gran Bretaña cayeron unos 15 millones.

La especie del roble persa es bastante singular. Proviene de las montañas húmedas del Cáucaso e Irán, en esa región la descubrió el botánico y explorador Carl Anton Meyer en 1830. Compone bosques puros de árboles centenarios, pues es muy longevo. Aún siendo utilizada como forestal y ornamental, es una especie poco común en jardines.

El ejemplar de Kew, con los cuidados que recibe y su forma rápida de crecer, no solo es el ejemplar mejor de Gran Bretaña sino del mundo. Fue plantado en 1846, hace 176 años, por William Hooker, director de Kew entonces, durante la ampliación del arboreto que llevó a cabo. Como reza en su archivo individual (cada árbol tiene el suyo), procede de semillas recogidas de los bosques nativos en 1843, aunque el recolector es desconocido.

Además de inspirarme su viva presencia, el roble persa me había contado su historia y de paso algo de la historia del Jardín, suscitándome la idea de descubrir los Kew Gardens a través de los árboles históricos. En el Jardín Botánico hay unos 14.000 árboles, plantados en el transcurso de casi 300 años de historia. Algunos de ellos perduran desde épocas antiguas, son vestigios vivos del pasado. Estos viejos especímenes atestiguan la evolución del jardín botánico y recuerdan las personas que dejaron su huella en la configuración de este excepcional lugar.

Castaños del Jardín de la reina

Entre el Paseo de los Acebos (Holly Walk) y el Jardín Mediterráneo localicé un fascinante castaño (Castanea sativa), uno de los árboles más viejos de los Kew Gardens. Expresaba la dignidad del anciano con una gran copa, la corteza estriada y retorcida y el tronco muy nudoso y abultado por el desmoche sufrido en el pasado.

Cerca del lago hay otros castaños y robles igual de viejos, son los árboles más antiguos del Jardín Botánico, en realidad anteriores a su fundación. Fueron plantados en la finca adquirida en 1721 junto al río Támesis por la reina Carolina de Branderburgo-Ansbach, esposa del rey Jorge II, finca conocida como Richmond Lodge.

La reina Carolina mostró mucho interés en la jardinería y acogió con entusiasmo el nuevo estilo paisajista inglés que por ese tiempo emergía en Reino Unido. Por eso, para diseñar el jardín y la casa de verano empleó a los arquitectos de paisaje y pioneros del estilo inglés Charles Bridgeman y William Kent, los mejores del momento.

El brillante paisajista Charles Bridgeman diseñó el jardín de Richmond Lodge dotándolo de zonas con vistas al río, zonas silvestres y arboledas; plantó hayas, olmos, robles, tilos y castaños, las especies favoritas de la época. Los viejos castaños cercanos al Paseo de los Acebos son vestigios de la línea de árboles que formaba la linde entre Richmond Lodge y la finca contigua conocida por Kew.

Viejos Leones del Jardín de la princesa viuda

Alrededor de la Orangery (el invernadero construido para cultivar naranjos en 1761, hoy convertido en restaurante), encontré a un grupo de árboles monumentales, todos plantados sobre 1762. El grupo lo componen un sorprendente árbol de las pagodas o sófora (Styphnolobium japonicum) con el tronco inclinado casi horizontal, sostenido por hierros y ladrillos, procedente de semillas de China; una corpulenta robinia (Robinia pseudoacacia), traída de Norte América; un ginkgo (Ginkgo biloba), de los más viejos de Gran Bretaña y de Europa; y un inmenso y bello espécimen de plátano oriental (Platanus orientalis), nativo del sudeste de Europa. Los cuatro árboles tienen un atractivo especial. Todos ilustran la fuerza de lo vivo, la dimensión extraordinaria de la vida arbórea, su asombrosa longevidad y fortaleza.

Plátano oriental (Viejo León) con el palacio de Kew al fondo.

¿Cuál es la historia de estos árboles? Estos vetustos ejemplares están plantados en lo que fue la finca Kew, lindante a la de los reyes; su hijo el Príncipe de Gales, Federico Luis de Hannover, la compró en 1730. Estaba separada de Richmond Lodge solo por el camino Love Lane, la Línea del Amor, ironías de la vida porque en realidad el príncipe mantuvo toda su vida una relación muy tormentosa con su familia. La villa adquirida por el príncipe tenía ya un glorioso pasado botánico; había sido famosa en el siglo XVII por la admirable colección de plantas raras y por los bien cultivados naranjos de la antigua Orangery, ya desaparecida.

El príncipe heredó de su madre el interés por la jardinería, compartido por muchos nobles e intelectuales de su época. El espectacular desarrollo en aquel tiempo de la botánica y los viajes de descubrimiento con la consiguiente recolección de plantas de todos los confines del mundo, animó a los aristócratas británicos a crear estudiados jardines en sus casas de campo.

El príncipe Federico, a diferencia de otros nobles que hicieron jardines más centrados en el paisajismo, los edificios y la ornamentación, se centró más en la botánica, por la que sentía un entusiasta interés. En Kew albergaba el deseo de crear, más que un jardín paisajista del momento, una colección botánica que contuviera todas las plantas conocidas y mostrara los amplios conocimientos del futuro rey. Pero murió en 1751 sin haber realizado su sueño, ni el de ascender al trono de Inglaterra. El proyecto lo hizo realidad su viuda, la princesa Augusta de Sajonia-Gotta, una mujer contagiada de la pasión por la botánica de su marido.

Princesa Augusta por Alan Ramsay, 1764.

La princesa de Gales instauró en 1759, dentro de su finca, el Real Jardín Botánico de Kew de 3,5 ha. Incluía un arboreto de 2 ha con un pinetum de 36 especies, entre ellas, Pinus cembra, Pinus strobus, Picea glauca y Larix sibirica. La princesa puso todo su empeño y fortuna; el conocimiento lo aportaron tres expertos, su amigo el consumado botánico John Stuart, Lord Bute, el arquitecto paisajista William Chambers y el maestro jardinero William Aiton. Construyó singulares edificios diseñados por Chambers, de los que permanecen la icónica Pagoda, el Arco en Ruinas y la Orangery próxima al arboreto. En el Jardín trató de reunir, como soñaba el príncipe, todas las plantas que se pudieran conseguir. La princesa sembró la semilla del botánico de Kew y la dotó de su seña de identidad: la amplitud y riqueza de la colección, el esmerado cultivo y el aplicado estudio científico. En poco tiempo el recién inaugurado Jardín Botánico fue alabado y reconocido por científicos de muchos países.

Los cuatro majestuosos árboles de 1762 son testigos vivientes de aquel primer arboreto original. Se les llama “Viejos Leones” (Old Lions) y reciben cuidados especiales por ser patrimonio natural (Heritage Tree).

Hayas y cedros del Jardín de los exploradores

No muy lejos de los Viejos Leones, encontré una espléndida haya purpúrea (Fagus sylvatica var. atropurpurea) cuyas ramas llegaban hasta el suelo; atravesé la cortina de follaje y me senté en el suelo apoyada en el tronco, bajo la cúpula de hojas, recogida como en un regazo. El mundo quedaba fuera, el tiempo también. Era una sensación agradable. No pensar en el árbol. Solo sentirlo. Sentir su abrazo. En aquel útero verde-purpúreo permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, meditando durante unos minutos eternos… De vueltas a la realidad, supe que el haya fue plantada por el director del jardín William Aiton en 1773, poco después de que la princesa Augusta muriera y terminara la época germinal femenina del Jardín Botánico de Kew.

El rey Jorge III, hijo de Augusta, heredó la villa de Kew y la unió a la propiedad de Richmond. El rey mantuvo a Aiton a cargo del botánico, quien continuó poblándolo con nuevos árboles, pero también fichó a dos nuevos expertos, dos celebridades de la época.

Por un lado contrató al paisajista más valorado del momento, Lancelot Capability Brown para que reformara Kew con el fin de borrar la huella de su madre. Brown derribó parte de los edificios del diseño original del jardín de la princesa. Pero también plantó una serie de árboles que lo recuerdan; aún siguen en pie un precioso cedro del Líbano (Cedrus libani) y un admirable plátano de Londres (Platanus x hispanica).

Por otro lado, para darle un nuevo impulso al jardín botánico, el rey nombró director a Sir Joseph Banks, naturalista, botánico de prestigio y explorador (había dado la vuelta al mundo con el Capitán Cook en el Endeavour, 1768-1771). Banks, apasionado de la historia natural y la botánica, se propuso tener en Kew una representación vegetal de cada país y envió exploradores a recolectar plantas nuevas. Bajo su dirección se plantaron un número enorme de árboles. En 1789 ya había 630 especies de árboles y el Jardín Botánico era reconocido como el mejor del mundo.

En 1840, fallecido Jorge III, los Kew Gardens pasaron a dominio del Estado, con el estatus de Jardín Botánico Nacional, administrado por la Oficina de Bosques y Arbolados, hoy Departamento de Medioambiente y Asuntos Rurales (Defra).

Del afán de Banks por engrandecer la excelencia de Kew perduran, entre otros, dos venturosos árboles. Un pino laricio (Pinus nigra subsp. laricio), oriundo de Córcega e Italia central, plantado en 1814 en el pinetum original, que es el espécimen más viejo del país; milagrosamente vivo después de haber sufrido un rayo y el choque de una avioneta en 1928. Y un majestuoso roble de Turner (Quercus x turneri), híbrido entre encina (Q. ilex) y roble (Q. robur). Este roble también vivió un increíble incidente, durante la tempestad de 1987 fue tan sacudido hacia arriba por el viento que las raíces casi se salen del suelo; después del vendaval se revitalizó para sorpresa de todos. Con las sacudidas al árbol, el suelo se había disgregado y las raíces se nutrían mejor. Este sorprendente fenómeno inspiró la técnica de descompactación en los cuidados de los árboles maduros e históricos, que desde entonces se aplica en Kew.

Al lado de la Pagoda china, un soberbio cedro del Atlas (Cedrus atlantica) acariciaba el suelo con sus largas ramas. Como el haya purpúrea, formaba un recinto íntimo bajo la copa, un refugio maravilloso. Dentro, encontré un banco de madera donde sentarme y exponerme al influjo beneficioso del cedro. De nuevo me pareció que el mundo se detenía o que yo entraba en otra dimensión, en una realidad orgánica, en la verdad del árbol, que susurra su manera de vivir la vida y el tiempo.

El magnífico cedro del Atlas, nativo de las montañas de Marruecos, también tenía una historia que contar. Fue plantado en una nueva etapa del Jardín Botánico iniciada con el nombramiento de William Hooker como director. Hooker no solo era un destacado botánico sino también ilustrador y explorador en expediciones científicas.

William Hooker dispuso de más superficie para el Jardín Botánico, terreno que usó para expandir el arboreto, organizándolo como una colección científica, por familias botánicas. Por otra parte, impulsó la actividad científica con la creación de nuevos invernaderos de cristal, entre ellos la Palm House, el museo de Botánica económica, el laboratorio, la biblioteca y el herbario (que en poco tiempo creció en tamaño e importancia, alcanzando enorme prestigio). También trazó nuevas avenidas para el flujo y disfrute de los visitantes, plan que implicó derrumbar muchos árboles existentes que compensó con nuevas plantaciones.

Grabado de F. L. Mannskirsch, 1798.

William Hooker dejó una gran huella en Kew. El roble persa Campeón, el viejo pino piñonero (Pinus pinea) de escultural silueta tan característico de Kew y los bellos castaños de India (Aesculus indica) son vestigios de su extensa obra. En 1849 había en Kew 2000 especies de árboles y 1000 variedades.

Joseph Dalton Hooker, uno de los más grandes botánicos y exploradores del siglo XIX, asimismo ilustrador botánico, sucedió a su padre en la dirección de Kew en 1865. Viajó a la Antártida, al Himalaya e India, a Palestina, a Marruecos y al oeste de EE UU, de donde trajo nuevos especímenes para Kew. Bajo su dirección, el arboreto tomó la forma actual y se enriqueció con nuevas especies. En 1880 llevó a cabo plantaciones de cedros del Atlas y castaños en las avenidas; hoy esos árboles son ejemplares centenarios venerables, como el espléndido cedro junto a la Pagoda.

En tiempo de los Hooker, padre e hijo, el Jardín Botánico fue engrandecido. Desde entonces hasta nuestros días los diversos sucesores han seguido la estela marcada por ellos. Hoy se siguen descubriendo y recolectando árboles en expediciones, como demuestra el caso del fascinante pino Wollemi (Wollemia nobilis), fósil viviente descubierto en 1994 en Australia; un ejemplar de esta nueva especie fue plantado por el príncipe Felipe de Edimburgo en 2009 en el 250 Aniversario del Jardín Botánico. El arboreto de Kew es de enorme importancia como reserva genética y como institución científica que investiga y conserva especies de árboles silvestres por todo el mundo. En 2003 los Jardines de Kew fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En el Jardín de las artistas

Después de dos días buscando árboles históricos, deteniéndome a ver y fotografiar árboles de más de cuarenta especies, muchas nuevas para mí, decidí darme un respiro y visitar el museo. Ahí descubrí la otra pasión que hace de Kew un Jardín único, la pasión por el arte botánico.

El artista botánico retrata plantas con la mayor precisión para posibilitar identificarlas. El arte botánico, por tanto, está ligado a la actividad científica. Combina la exactitud de los detalles con el atractivo visual de los valores estéticos de la planta. Antes de la fotografía y especialmente en la Era de los Descubrimientos, dibujar fue una habilidad científica necesaria de los exploradores que les permitía guardar imágenes de las nuevas especies.

Magnolia hodgsonii por W. H. Fitch,1855.

Hooker padre e hijo, que dominaban la ilustración botánica, contribuyeron a mejorar la colección de arte botánico de Kew con la promoción y edición de ilustraciones. William Hooker dirigió la famosa revista botánica de Kew Curtis’s Botanical Magazine y lanzó la serie de libros Icones plantarum (Ilustraciones de plantas), que llegó a cuarenta volúmenes. Enseñó a dibujar a Walter Hood Fitch y este acabó siendo durante años el artista principal de ambas publicaciones, convirtiéndose en el artista botánico más prolífico y reconocido de la época victoriana.

Por su parte, Joseph Hooker trabajó también en ambas obras y formó a su prima Matilda Smith como ilustradora. Matilda fue la sucesora de Fitch tanto en la revista como en los libros de Láminas. También tuvo el honor de ser la primera artista oficial del Real Jardín Botánico de Kew, en donde trabajó desde 1878 durante cuarenta años. A pesar del valor de su obra, Matilda no alcanzó el grado de reconocimiento de Fitch, como ha pasado en la Historia con tantas mujeres en diferentes campos de la ciencia o el arte.

Hoy el botánico de Kew tiene una colección de 200.000 imágenes de arte botánico (accesible solo para científicos con permiso) y dos galerías de arte. Una de las galerías es la Marianne North Gallery, dedicada a la naturalista, pintora y exploradora que cedió en 1878 sus 822 obras de arte botánico y costeó la galería donde se exponen.

La otra es la Shirley Sherwood Gallery of Art, la primera galería del mundo dedicada exclusivamente al arte botánico, abierta en 2008. Ha sido patrocinada por Shirley Sherwood con el fin de que se exhiban al público ilustraciones históricas, nunca expuestas antes, de la colección de Kew, y también obras contemporáneas de su propia colección, que abarca 700 obras de 223 artistas. Hoy existe un creciente interés por el arte botánico entre artistas, coleccionistas, botánicos y naturalistas, aunque hasta ahora no existía ninguna galería en el mundo dedicada a este género de arte.

Una artista actual, la japonesa Masumi Yamanaka, ha llevado a cabo un magnífico proyecto de arte botánico en Kew. Lo expuso en 2015 en la Shirley Sherwood Gallery y lo ha publicado en el libro Treasured Trees. En 2006 Masumi pintó un castaño de Indias de Kew que le valió un premio de la Real Sociedad de Horticultura, a partir de esa experiencia sintió la necesidad de pintar los árboles notables de Kew. Empezó a mirar los árboles “patrimonio”, los viejos, grandes o raros que destacan en Kew, pasó días visitando cada especie, mirándolos en toda su belleza estacional y decidió registrar esa belleza para la colección de arte de Kew.

Ginkgo biloba por Masumi Yamanaka.

La obra de Masumi no ha sido un encargo científico, sino una iniciativa de la artista porque, como ella dice medio en broma, los árboles se lo han pedido. Lo cierto es que, aunque hay ilustraciones antiguas de algunos árboles históricos, no se había realizado nunca una obra de conjunto. En 40 ilustraciones, Masumi ha capturado la belleza efímera de veinte árboles, entre los que están el gran roble persa, los Viejos Leones, el castaño centenario, el espectacular castaño de Indias, el pino piñonero, el cedro del Líbano, el tulipero o la bella Pawlonia.

Masumi aclara que su papel no es solo registrar e ilustrar los árboles, sino también capturar la belleza y el poder de cada uno. Y en verdad que cada árbol representado parece atraer hacia su centro, o hablarnos. Delicados, etéreos, como flotando, y a la vez con la fuerza de una belleza viva y cambiante. En esta ocasión la artista no solo se dirige al científico botánico sino a todos los espectadores de la obra, quiere inspirarnos, dice ella, vivenciar los árboles y apreciarlos por su belleza intrínseca, y sobre todo por su valor inestimable para nuestro planeta.

Mi peregrinaje por los Jardines de Kew tocó a su fin. Volví con el espíritu reconfortado. Disfruté de los Jardines de la reina y de la princesa, del Jardín de los exploradores y en el Jardín de las artistas, visiones de Kew distintas pero iguales en la pasión por los árboles y las plantas. Ahora soy parte de la comunidad de peregrinos que llegan a estas orillas del Támesis movidos por esa misma pasión por el mundo vegetal.


Escrito por Rosa el 30 de noviembre de 2017.


Fuentes:
Treasured Trees. Ilustraciones de Masumi Yamanaka y textos de Christina Harrison y Martyn Rix. Royal Botanic Gardens, Kew, 2015.
Kew´s Big Trees. Christina Harrison. Royal Botanic Gardens, Kew, 2008.
The Princess´s Garden: Royal Intrigue and the Untold Story of Kew. Vanessa Berridge. Amberley Publishing. Gloucestershire, 2015.

Enlaces: 
Real Jardin Botánico de Kew (Kew Gardens)
Masumi Yamanaka
Registro de árboles notables de Gran Bretaña

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