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Pasión botánica en Kew Gardens

El Real Jardín Botánico de Kew (Reino Unido) es una enciclopedia botánica viviente, abierta a quien quiera descubrir sus tesoros vegetales. Para los que nos gustan los árboles, los Jardines de Kew (Kew Gardens) son algo así como la Meca, un lugar de peregrinación donde ir al menos una vez en tu vida, dada su reconocida colección arbórea. Mi peregrinaje a Kew lo realicé en el verano de 2017.

Entré al jardín por la puerta principal (Victoria Gate) sin ningún plan, salvo dejarme llevar y deambular sin rumbo. Detrás de la Casa de las Palmeras (Palm House), el invernadero acristalado de estilo victoriano del XIX, un vistoso árbol llamó mi atención. Desde lejos sobresalía entre los otros árboles, voluminoso, robusto, frondoso, lleno de vitalidad. Se trataba de un roble persa o roble hoja de castaño (Quercus castaneifolia), un ejemplar admirable de una especie para mí desconocida con el que sintonicé de inmediato.

Mi percepción del árbol como extraordinario no estaba mal encaminada pues está catalogado como “árbol campeón” (Champion Tree) por el Registro de Árboles de las Islas Británicas (TROBI), lo que significa que se trata del espécimen más sobresaliente de su especie en toda Gran Bretaña. En el Registro hay declarados 4.000 árboles “campeones”. El Jardín Botánico de Kew alberga 250 de ellos, una llamativa abundancia de árboles notables.

Para un árbol, el ambiente de Kew no reúne las mejores condiciones. El suelo es pobre y el aire recibe la contaminación de la metrópolis londinense situada a solo 21 km. Sin embargo, el roble persa se ha desarrollado plenamente y sigue creciendo sin parar. La razón está en los cuidados que recibe, las envidiables técnicas de arboricultura que se practican en este Jardín Botánico. Al suelo le inyectan aire a presión para descompactarlo y que las gotas de lluvia puedan alcanzar las raicillas más finas; a las raíces las inoculan con hongos (micorrizas) para favorecer la absorción de los nutrientes; y cada cinco años le podan un cuarto del follaje para ayudarle a resistir los temporales. De hecho, es un sobreviviente de la terrible tempestad de 1989 en la que Kew perdió nada menos que 700 árboles frondosos y en Gran Bretaña cayeron unos 15 millones.

La especie del roble persa es bastante singular. Proviene de las montañas húmedas del Cáucaso e Irán, en esa región la descubrió el botánico y explorador Carl Anton Meyer en 1830. Compone bosques puros de árboles centenarios, pues es muy longevo. Aún siendo utilizada como forestal y ornamental, es una especie poco común en jardines.

El ejemplar de Kew, con los cuidados que recibe y su forma rápida de crecer, no solo es el ejemplar mejor de Gran Bretaña sino del mundo. Fue plantado en 1846, hace 176 años, por William Hooker, director de Kew entonces, durante la ampliación del arboreto que llevó a cabo. Como reza en su archivo individual (cada árbol tiene el suyo), procede de semillas recogidas de los bosques nativos en 1843, aunque el recolector es desconocido.

Además de inspirarme su viva presencia, el roble persa me había contado su historia y de paso algo de la historia del Jardín, suscitándome la idea de descubrir los Kew Gardens a través de los árboles históricos. En el Jardín Botánico hay unos 14.000 árboles, plantados en el transcurso de casi 300 años de historia. Algunos de ellos perduran desde épocas antiguas, son vestigios vivos del pasado. Estos viejos especímenes atestiguan la evolución del jardín botánico y recuerdan las personas que dejaron su huella en la configuración de este excepcional lugar.

Castaños del Jardín de la reina

Entre el Paseo de los Acebos (Holly Walk) y el Jardín Mediterráneo localicé un fascinante castaño (Castanea sativa), uno de los árboles más viejos de los Kew Gardens. Expresaba la dignidad del anciano con una gran copa, la corteza estriada y retorcida y el tronco muy nudoso y abultado por el desmoche sufrido en el pasado.

Cerca del lago hay otros castaños y robles igual de viejos, son los árboles más antiguos del Jardín Botánico, en realidad anteriores a su fundación. Fueron plantados en la finca adquirida en 1721 junto al río Támesis por la reina Carolina de Branderburgo-Ansbach, esposa del rey Jorge II, finca conocida como Richmond Lodge.

La reina Carolina mostró mucho interés en la jardinería y acogió con entusiasmo el nuevo estilo paisajista inglés que por ese tiempo emergía en Reino Unido. Por eso, para diseñar el jardín y la casa de verano empleó a los arquitectos de paisaje y pioneros del estilo inglés Charles Bridgeman y William Kent, los mejores del momento.

El brillante paisajista Charles Bridgeman diseñó el jardín de Richmond Lodge dotándolo de zonas con vistas al río, zonas silvestres y arboledas; plantó hayas, olmos, robles, tilos y castaños, las especies favoritas de la época. Los viejos castaños cercanos al Paseo de los Acebos son vestigios de la línea de árboles que formaba la linde entre Richmond Lodge y la finca contigua conocida por Kew.

Viejos Leones del Jardín de la princesa viuda

Alrededor de la Orangery (el invernadero construido para cultivar naranjos en 1761, hoy convertido en restaurante), encontré a un grupo de árboles monumentales, todos plantados sobre 1762. El grupo lo componen un sorprendente árbol de las pagodas o sófora (Styphnolobium japonicum) con el tronco inclinado casi horizontal, sostenido por hierros y ladrillos, procedente de semillas de China; una corpulenta robinia (Robinia pseudoacacia), traída de Norte América; un ginkgo (Ginkgo biloba), de los más viejos de Gran Bretaña y de Europa; y un inmenso y bello espécimen de plátano oriental (Platanus orientalis), nativo del sudeste de Europa. Los cuatro árboles tienen un atractivo especial. Todos ilustran la fuerza de lo vivo, la dimensión extraordinaria de la vida arbórea, su asombrosa longevidad y fortaleza.

Plátano oriental (Viejo León) con el palacio de Kew al fondo.

¿Cuál es la historia de estos árboles? Estos vetustos ejemplares están plantados en lo que fue la finca Kew, lindante a la de los reyes; su hijo el Príncipe de Gales, Federico Luis de Hannover, la compró en 1730. Estaba separada de Richmond Lodge solo por el camino Love Lane, la Línea del Amor, ironías de la vida porque en realidad el príncipe mantuvo toda su vida una relación muy tormentosa con su familia. La villa adquirida por el príncipe tenía ya un glorioso pasado botánico; había sido famosa en el siglo XVII por la admirable colección de plantas raras y por los bien cultivados naranjos de la antigua Orangery, ya desaparecida.

El príncipe heredó de su madre el interés por la jardinería, compartido por muchos nobles e intelectuales de su época. El espectacular desarrollo en aquel tiempo de la botánica y los viajes de descubrimiento con la consiguiente recolección de plantas de todos los confines del mundo, animó a los aristócratas británicos a crear estudiados jardines en sus casas de campo.

El príncipe Federico, a diferencia de otros nobles que hicieron jardines más centrados en el paisajismo, los edificios y la ornamentación, se centró más en la botánica, por la que sentía un entusiasta interés. En Kew albergaba el deseo de crear, más que un jardín paisajista del momento, una colección botánica que contuviera todas las plantas conocidas y mostrara los amplios conocimientos del futuro rey. Pero murió en 1751 sin haber realizado su sueño, ni el de ascender al trono de Inglaterra. El proyecto lo hizo realidad su viuda, la princesa Augusta de Sajonia-Gotta, una mujer contagiada de la pasión por la botánica de su marido.

Princesa Augusta por Alan Ramsay, 1764.

La princesa de Gales instauró en 1759, dentro de su finca, el Real Jardín Botánico de Kew de 3,5 ha. Incluía un arboreto de 2 ha con un pinetum de 36 especies, entre ellas, Pinus cembra, Pinus strobus, Picea glauca y Larix sibirica. La princesa puso todo su empeño y fortuna; el conocimiento lo aportaron tres expertos, su amigo el consumado botánico John Stuart, Lord Bute, el arquitecto paisajista William Chambers y el maestro jardinero William Aiton. Construyó singulares edificios diseñados por Chambers, de los que permanecen la icónica Pagoda, el Arco en Ruinas y la Orangery próxima al arboreto. En el Jardín trató de reunir, como soñaba el príncipe, todas las plantas que se pudieran conseguir. La princesa sembró la semilla del botánico de Kew y la dotó de su seña de identidad: la amplitud y riqueza de la colección, el esmerado cultivo y el aplicado estudio científico. En poco tiempo el recién inaugurado Jardín Botánico fue alabado y reconocido por científicos de muchos países.

Los cuatro majestuosos árboles de 1762 son testigos vivientes de aquel primer arboreto original. Se les llama “Viejos Leones” (Old Lions) y reciben cuidados especiales por ser patrimonio natural (Heritage Tree).

Hayas y cedros del Jardín de los exploradores

No muy lejos de los Viejos Leones, encontré una espléndida haya purpúrea (Fagus sylvatica var. atropurpurea) cuyas ramas llegaban hasta el suelo; atravesé la cortina de follaje y me senté en el suelo apoyada en el tronco, bajo la cúpula de hojas, recogida como en un regazo. El mundo quedaba fuera, el tiempo también. Era una sensación agradable. No pensar en el árbol. Solo sentirlo. Sentir su abrazo. En aquel útero verde-purpúreo permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, meditando durante unos minutos eternos… De vueltas a la realidad, supe que el haya fue plantada por el director del jardín William Aiton en 1773, poco después de que la princesa Augusta muriera y terminara la época germinal femenina del Jardín Botánico de Kew.

El rey Jorge III, hijo de Augusta, heredó la villa de Kew y la unió a la propiedad de Richmond. El rey mantuvo a Aiton a cargo del botánico, quien continuó poblándolo con nuevos árboles, pero también fichó a dos nuevos expertos, dos celebridades de la época.

Por un lado contrató al paisajista más valorado del momento, Lancelot Capability Brown para que reformara Kew con el fin de borrar la huella de su madre. Brown derribó parte de los edificios del diseño original del jardín de la princesa. Pero también plantó una serie de árboles que lo recuerdan; aún siguen en pie un precioso cedro del Líbano (Cedrus libani) y un admirable plátano de Londres (Platanus x hispanica).

Por otro lado, para darle un nuevo impulso al jardín botánico, el rey nombró director a Sir Joseph Banks, naturalista, botánico de prestigio y explorador (había dado la vuelta al mundo con el Capitán Cook en el Endeavour, 1768-1771). Banks, apasionado de la historia natural y la botánica, se propuso tener en Kew una representación vegetal de cada país y envió exploradores a recolectar plantas nuevas. Bajo su dirección se plantaron un número enorme de árboles. En 1789 ya había 630 especies de árboles y el Jardín Botánico era reconocido como el mejor del mundo.

En 1840, fallecido Jorge III, los Kew Gardens pasaron a dominio del Estado, con el estatus de Jardín Botánico Nacional, administrado por la Oficina de Bosques y Arbolados, hoy Departamento de Medioambiente y Asuntos Rurales (Defra).

Del afán de Banks por engrandecer la excelencia de Kew perduran, entre otros, dos venturosos árboles. Un pino laricio (Pinus nigra subsp. laricio), oriundo de Córcega e Italia central, plantado en 1814 en el pinetum original, que es el espécimen más viejo del país; milagrosamente vivo después de haber sufrido un rayo y el choque de una avioneta en 1928. Y un majestuoso roble de Turner (Quercus x turneri), híbrido entre encina (Q. ilex) y roble (Q. robur). Este roble también vivió un increíble incidente, durante la tempestad de 1987 fue tan sacudido hacia arriba por el viento que las raíces casi se salen del suelo; después del vendaval se revitalizó para sorpresa de todos. Con las sacudidas al árbol, el suelo se había disgregado y las raíces se nutrían mejor. Este sorprendente fenómeno inspiró la técnica de descompactación en los cuidados de los árboles maduros e históricos, que desde entonces se aplica en Kew.

Al lado de la Pagoda china, un soberbio cedro del Atlas (Cedrus atlantica) acariciaba el suelo con sus largas ramas. Como el haya purpúrea, formaba un recinto íntimo bajo la copa, un refugio maravilloso. Dentro, encontré un banco de madera donde sentarme y exponerme al influjo beneficioso del cedro. De nuevo me pareció que el mundo se detenía o que yo entraba en otra dimensión, en una realidad orgánica, en la verdad del árbol, que susurra su manera de vivir la vida y el tiempo.

El magnífico cedro del Atlas, nativo de las montañas de Marruecos, también tenía una historia que contar. Fue plantado en una nueva etapa del Jardín Botánico iniciada con el nombramiento de William Hooker como director. Hooker no solo era un destacado botánico sino también ilustrador y explorador en expediciones científicas.

William Hooker dispuso de más superficie para el Jardín Botánico, terreno que usó para expandir el arboreto, organizándolo como una colección científica, por familias botánicas. Por otra parte, impulsó la actividad científica con la creación de nuevos invernaderos de cristal, entre ellos la Palm House, el museo de Botánica económica, el laboratorio, la biblioteca y el herbario (que en poco tiempo creció en tamaño e importancia, alcanzando enorme prestigio). También trazó nuevas avenidas para el flujo y disfrute de los visitantes, plan que implicó derrumbar muchos árboles existentes que compensó con nuevas plantaciones.

Grabado de F. L. Mannskirsch, 1798.

William Hooker dejó una gran huella en Kew. El roble persa Campeón, el viejo pino piñonero (Pinus pinea) de escultural silueta tan característico de Kew y los bellos castaños de India (Aesculus indica) son vestigios de su extensa obra. En 1849 había en Kew 2000 especies de árboles y 1000 variedades.

Joseph Dalton Hooker, uno de los más grandes botánicos y exploradores del siglo XIX, asimismo ilustrador botánico, sucedió a su padre en la dirección de Kew en 1865. Viajó a la Antártida, al Himalaya e India, a Palestina, a Marruecos y al oeste de EE UU, de donde trajo nuevos especímenes para Kew. Bajo su dirección, el arboreto tomó la forma actual y se enriqueció con nuevas especies. En 1880 llevó a cabo plantaciones de cedros del Atlas y castaños en las avenidas; hoy esos árboles son ejemplares centenarios venerables, como el espléndido cedro junto a la Pagoda.

En tiempo de los Hooker, padre e hijo, el Jardín Botánico fue engrandecido. Desde entonces hasta nuestros días los diversos sucesores han seguido la estela marcada por ellos. Hoy se siguen descubriendo y recolectando árboles en expediciones, como demuestra el caso del fascinante pino Wollemi (Wollemia nobilis), fósil viviente descubierto en 1994 en Australia; un ejemplar de esta nueva especie fue plantado por el príncipe Felipe de Edimburgo en 2009 en el 250 Aniversario del Jardín Botánico. El arboreto de Kew es de enorme importancia como reserva genética y como institución científica que investiga y conserva especies de árboles silvestres por todo el mundo. En 2003 los Jardines de Kew fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En el Jardín de las artistas

Después de dos días buscando árboles históricos, deteniéndome a ver y fotografiar árboles de más de cuarenta especies, muchas nuevas para mí, decidí darme un respiro y visitar el museo. Ahí descubrí la otra pasión que hace de Kew un Jardín único, la pasión por el arte botánico.

El artista botánico retrata plantas con la mayor precisión para posibilitar identificarlas. El arte botánico, por tanto, está ligado a la actividad científica. Combina la exactitud de los detalles con el atractivo visual de los valores estéticos de la planta. Antes de la fotografía y especialmente en la Era de los Descubrimientos, dibujar fue una habilidad científica necesaria de los exploradores que les permitía guardar imágenes de las nuevas especies.

Magnolia hodgsonii por W. H. Fitch,1855.

Hooker padre e hijo, que dominaban la ilustración botánica, contribuyeron a mejorar la colección de arte botánico de Kew con la promoción y edición de ilustraciones. William Hooker dirigió la famosa revista botánica de Kew Curtis’s Botanical Magazine y lanzó la serie de libros Icones plantarum (Ilustraciones de plantas), que llegó a cuarenta volúmenes. Enseñó a dibujar a Walter Hood Fitch y este acabó siendo durante años el artista principal de ambas publicaciones, convirtiéndose en el artista botánico más prolífico y reconocido de la época victoriana.

Por su parte, Joseph Hooker trabajó también en ambas obras y formó a su prima Matilda Smith como ilustradora. Matilda fue la sucesora de Fitch tanto en la revista como en los libros de Láminas. También tuvo el honor de ser la primera artista oficial del Real Jardín Botánico de Kew, en donde trabajó desde 1878 durante cuarenta años. A pesar del valor de su obra, Matilda no alcanzó el grado de reconocimiento de Fitch, como ha pasado en la Historia con tantas mujeres en diferentes campos de la ciencia o el arte.

Hoy el botánico de Kew tiene una colección de 200.000 imágenes de arte botánico (accesible solo para científicos con permiso) y dos galerías de arte. Una de las galerías es la Marianne North Gallery, dedicada a la naturalista, pintora y exploradora que cedió en 1878 sus 822 obras de arte botánico y costeó la galería donde se exponen.

La otra es la Shirley Sherwood Gallery of Art, la primera galería del mundo dedicada exclusivamente al arte botánico, abierta en 2008. Ha sido patrocinada por Shirley Sherwood con el fin de que se exhiban al público ilustraciones históricas, nunca expuestas antes, de la colección de Kew, y también obras contemporáneas de su propia colección, que abarca 700 obras de 223 artistas. Hoy existe un creciente interés por el arte botánico entre artistas, coleccionistas, botánicos y naturalistas, aunque hasta ahora no existía ninguna galería en el mundo dedicada a este género de arte.

Una artista actual, la japonesa Masumi Yamanaka, ha llevado a cabo un magnífico proyecto de arte botánico en Kew. Lo expuso en 2015 en la Shirley Sherwood Gallery y lo ha publicado en el libro Treasured Trees. En 2006 Masumi pintó un castaño de Indias de Kew que le valió un premio de la Real Sociedad de Horticultura, a partir de esa experiencia sintió la necesidad de pintar los árboles notables de Kew. Empezó a mirar los árboles “patrimonio”, los viejos, grandes o raros que destacan en Kew, pasó días visitando cada especie, mirándolos en toda su belleza estacional y decidió registrar esa belleza para la colección de arte de Kew.

Ginkgo biloba por Masumi Yamanaka.

La obra de Masumi no ha sido un encargo científico, sino una iniciativa de la artista porque, como ella dice medio en broma, los árboles se lo han pedido. Lo cierto es que, aunque hay ilustraciones antiguas de algunos árboles históricos, no se había realizado nunca una obra de conjunto. En 40 ilustraciones, Masumi ha capturado la belleza efímera de veinte árboles, entre los que están el gran roble persa, los Viejos Leones, el castaño centenario, el espectacular castaño de Indias, el pino piñonero, el cedro del Líbano, el tulipero o la bella Pawlonia.

Masumi aclara que su papel no es solo registrar e ilustrar los árboles, sino también capturar la belleza y el poder de cada uno. Y en verdad que cada árbol representado parece atraer hacia su centro, o hablarnos. Delicados, etéreos, como flotando, y a la vez con la fuerza de una belleza viva y cambiante. En esta ocasión la artista no solo se dirige al científico botánico sino a todos los espectadores de la obra, quiere inspirarnos, dice ella, vivenciar los árboles y apreciarlos por su belleza intrínseca, y sobre todo por su valor inestimable para nuestro planeta.

Mi peregrinaje por los Jardines de Kew tocó a su fin. Volví con el espíritu reconfortado. Disfruté de los Jardines de la reina y de la princesa, del Jardín de los exploradores y en el Jardín de las artistas, visiones de Kew distintas pero iguales en la pasión por los árboles y las plantas. Ahora soy parte de la comunidad de peregrinos que llegan a estas orillas del Támesis movidos por esa misma pasión por el mundo vegetal.


Escrito por Rosa el 30 de noviembre de 2017.


Fuentes:
Treasured Trees. Ilustraciones de Masumi Yamanaka y textos de Christina Harrison y Martyn Rix. Royal Botanic Gardens, Kew, 2015.
Kew´s Big Trees. Christina Harrison. Royal Botanic Gardens, Kew, 2008.
The Princess´s Garden: Royal Intrigue and the Untold Story of Kew. Vanessa Berridge. Amberley Publishing. Gloucestershire, 2015.

Enlaces: 
Real Jardin Botánico de Kew (Kew Gardens)
Masumi Yamanaka
Registro de árboles notables de Gran Bretaña

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Paseando con Fowles

Cómo inspirar una relación intensa e íntima con los árboles es una pregunta recurrente que me hago cuando escribo estos artículos. Sé que no tiene una sola respuesta. Desde que los humanos bajamos de los árboles y comenzamos a usar herramientas, iniciamos un camino de alejamiento de la naturaleza en el que poco a poco fuimos perdiendo la riqueza de significados profundos que tenía para nuestra vida. Para reconectar ahora con esos significados perdidos y olvidados, tenemos que redescubrir motivos, razones, argumentos, y ejemplos, que nos guíen de nuevo a la paz de los árboles.

En 1979, el novelista inglés John Fowles (1926-2005) publicó El Árbol, un breve pero sustancioso ensayo sobre esta cuestión. El texto es como un paseo por el bosque con el escritor mientras “muestra”, más que explica, su profunda y radical conexión con los árboles y la naturaleza.

PORTADA EL ÁRBOL
John Fowles es el autor de novelas conocidas como El coleccionista y El mago,  también de La mujer del teniente francés, llevada al cine con gran éxito por Karel Reisz en 1981, con guión del Nobel de Literatura Harold Pinter y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons.

El ensayo The Tree, en su versión en inglés, fue reeditado en 2010, treinta años después de su primera aparición, y ahora ha sido traducido al castellano por la editorial Impedimenta. [1]

Fowles no es un autor fácil. Tiende a abarcar la totalidad, como hizo en La mujer del teniente francés, calificada por algunos críticos como novela total; escrita al estilo victoriano, amplía los límites de la novela al introducir un narrador que interpela al lector y analiza la misma realidad que plantea en la ficción, apoyado en citas de autores de la época como Thomas Hardy, Tennyson, Darwin, Marx, Jane Austen,  Lewis Carroll… En El Árbol también sigue esa tendencia, en pocas páginas engloba diversidad de apuntes, unos esbozan la fecunda intensidad de su relación con los árboles  y otros trazan un apasionado análisis del papel de la ciencia, el arte y la creatividad artística en nuestra relación con la naturaleza.

La experiencia con árboles

El escritor vivió su infancia en un suburbio de Londres soportando la pasión de su padre por los árboles frutales, los manzanos y perales que cultivaba en su pequeño jardín con el empeño de extraerles la máxima producción y calidad. La infancia entre árboles hiperpodados y sobreexplotados marcó su querencia hacia la naturaleza, su búsqueda de árboles “reales”, los que crecen a su antojo, intocados. Y los descubrió siendo un adolescente, cuando su familia se refugió en una aldea del condado de Devon durante la Segunda Guerra Mundial. La experiencia fue absoluta.

Con una o dos excepciones – las marismas de Essex, la tundra Ártica – siempre he odiado la visión del campo llano y sin árboles. El tiempo allí parece dominar, y marca su pauta implacablemente como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o más bien crean una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso -nunca lento y pesado, mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía siento esto tan pronto como entro en uno de los pequeños bosques de innumerables secretos en el borde de Devon-Dorset donde ahora vivo; es como dejar la tierra y entrar en el agua, otro medio, otra dimensión. Cuando joven esta sensación era aguda. Escabullirse entre árboles fue siempre escabullirse hacia el cielo.

La vivencia adolescente determinó su vida personal y artística. Nunca llegó a ser un alma de ciudad, siempre vivió en el campo, cerca de la verdad de los bosques.

Mi interés real se centra más en la composición que forman los árboles en su conjunto, en los complejos paisajes internos que se crean cuando crecen a su antojo en cualquier paraje. En ese organismo colonial, ese coral verde que descubro en los bosques o en las arboledas, reside para mí el auténtico significado de la experiencia, de la aventura, del placer estético. Creo incluso que podría hablar de la verdad. Todo eso subyace más allá de la espesura y del muro exterior de hojas, y más allá del árbol como forma individual.

El bosque lo seduce enteramente porque se deja explorar, puede vagar por él y, libre, descubrir por sí mismo la realidad natural. Una vez descubierto el placer de la exploración, Fowles se siente atraído por el conocimiento de las especies que encuentra, los nombres, las categorías, se adentra en la Historia Natural, se convierte en naturalista aficionado que maneja y adquiere conocimiento científico.

Pero con el paso del tiempo su espíritu inquieto entra en conflicto con la aproximación científica a la naturaleza. Empieza a sentir que nombrar, etiquetar y clasificar es una forma de separar y aislar los elementos del todo, de desgajarlos de la unidad, es ver a la naturaleza como un mecanismo a descifrar, un reto y un obstáculo, un enemigo al que ganar. Descifrar cada elemento observado, piensa el novelista, nos lleva a salirnos del momento presente de conexión y observación del bosque para situarnos en el pasado; frente al vivo presente, trasladar la atención al conocimiento acumulado por la ciencia es visitar el pasado muerto.

Busca entonces otras formas de mirar, se acerca al budismo zen y otras místicas orientales y al trascendentalismo (el movimiento filosófico político literario liderado por Ralph Waldo Emerson y seguido por Walt Whitman, H. D. Thoreau y otros artistas), aprende a mirar las cosas en sí mismas, mas allá de los nombres, amplía el sentido de su experiencia.

Me apartaba de lo que podía ser una experiencia global y totalizadora, del significado auténtico de la naturaleza y lo hacía de muchas maneras muy significativas. No solo se trataba de lo que yo necesitaba personalmente, o de cómo había empezado a  percibir la naturaleza un tiempo atrás, de esa forma que no era ni científica ni sentimental, sino de un modo que por entonces no pude precisar y que en la actualidad sigue sin definición concreta.

La naturaleza no es un concepto abstracto intelectual, como lo maneja la ciencia, sino una experiencia profunda, cuyo valor reside en el hecho de que no se puede describir directamente por medio de ninguna formulación artística, ni siquiera con palabras.

Posteriormente el escritor, sin abandonar su actitud crítica con la ciencia y el progreso, descubre que hay menos choques de los que había imaginado entre la naturaleza conceptuada como un ensamblaje externo de nombres y hechos, y la naturaleza como un sentimiento íntimo; que los dos modos de contemplarla o entenderla podían casar y producirse casi al mismo tiempo, enriqueciéndose mutuamente. Y afirma entonces que el logro de establecer una relación con la naturaleza es a la vez una ciencia y un arte, pues está más allá del mero conocimiento o de la simple emoción.

Pero la experiencia total de la naturaleza que Fowles llega a abanderar implica más que conocimiento y emoción. Es una actividad de síntesis entre lo externo y lo interno; una mezcla compleja en la que intervienen percepciones del presente junto a recuerdos del pasado, imágenes de tiempos y lugares, y de la historia colectiva e individual. Tomar conciencia de esa síntesis entre la realidad externa y la interna es, según Fowles, la mayor riqueza que podemos extraer de nuestra existencia personal.

El Hombre Verde

De las palabras de Fowles emana algo muy sugerente que me cuesta expresar. Percibo en él un espíritu muy integrado con el bosque, como si un duendecillo de los árboles hablara a través de él. De hecho, en El Árbol, reivindica el antiguo mito muy extendido del “hombre o la mujer verde”, el ser con el poder de fusionarse con los árboles. El escritor, en cierto modo, revive el mito, convencido de que sigue siendo profundo y universal porque cada uno de nosotros lo lleva dentro y lo rescata de manera recurrente.

Hombre VerdeEl hombre verde de Fowles no solo tiene que ver con los árboles sino que representa también una esfera de nuestro ser interior, lo agreste del alma, lo irracional que la ciencia no puede analizar. Y eso es lo que más valora y le gusta de la existencia de los árboles, la correspondencia natural con los procesos más misteriosos y selváticos de la mente. “Lo salvaje” de cada uno es una noción clave del pensamiento de Fowles, es la fuente de la creatividad, de la sabiduría, la conciencia de ser únicos.

El bosque y el arte de narrar

Hay en el escritor una ligazón tan primordial con la naturaleza que no duda en reconocer la influencia radical de ese bagaje en el hecho de ser escritor y en su escritura misma.

Puedo fingir en público que lo que digo dimana de mis propias teorías, pero en realidad surgen tan enmarañados y densos como este bosque, siempre inalcanzables, imposibles de aprehender y de articular, ya que se ocultan más allá de mi propia comprensión racional, lo que tal vez se deba a que, en el fondo, sé perfectamente que si llegué a la escritura fue gracias a la naturaleza, o por culpa de mi permanente exilio de ella, y no, nunca, gracias a un don innato.

La clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza. E igualmente podría decir, que reside en la relación que mantengo con los árboles.

La intensa exploración juvenil en los bosques de Devon, entre pescar, herborizar y observar aves, lo convirtieron en un adicto a los placeres del descubrimiento en lugares aislados, al disfrute de la soledad, el silencio, la extraña configuración y el enclaustramiento.

Lo que he conseguido a lo largo de los años ha sido vagar por los bosques y de ahí mi único saber. Un diletante, no un virtuoso, que prefiere el caos verde al mapa impreso.

Nunca he seguido ningún método y he tenido una nula capacidad de concentración. Puedo concentrarme cuando escribo pero simplemente porque es una forma sublimada de conocimiento, una exploración en soledad, como si el valle de mis sueños  se hubiera transformado en hojas de papel.

Fowles se identifica con el bosque en muchos grados y matices. El universo arbóreo le inspira y le revela analogías sorprendentes con la escritura.

En los parajes boscosos que esconden lo que existe más allá de nuestra vista ve semejanzas con salas de una casa o capítulos de una novela, el mismo desplazamiento desde un presente visible a un futuro oculto. La multiplicidad de senderos que brinda el bosque, para el escritor es similar a la multiplicidad de opciones de un proceso de escritura, desde la frase más básica hasta las grandes cuestiones relativas a personajes y desenlace; la novela resultante muestra un único camino hacia un único final, pero por ese camino se quedaron las alternativas rechazadas.

El bosque es también, para Fowles un espacio de libertad y de búsqueda. Desde los comienzos de la novela, los escritores medievales situaban sus historias en bosques, en sentido metafórico, un refugio donde los perseguidos hallaban la libertad. Con ese mismo sentido, Fowles sitúa escenas importantes de la novela La mujer del teniente francés en una hondonada del bosque de Devon que tan bien conoce, el marco que considera ideal para semejante historia de auto liberación.

Era una pequeña hondonada orientada al sur, rodeada de espesos zarzales y matas; una especie de minúsculo anfiteatro verde. En la parte atrás de la pista se alzaba un espino achaparrado, y alguien había colocado una gran piedra plana de sílex junto al tronco, formando una especie de trono rústico que dominaba una espléndida vista de árboles y mar. Charles, resoplando un poco con su traje de gruesa franela y sudando bastante, miró a su alrededor. Las paredes de la hondonada estaban tapizadas de prímulas, violetas y las blancas estrellas de la fresa silvestre. Era un lugar delicioso, colgado del cielo, bañado por el sol de la tarde y protegido en todos los aspectos.

La mujer del teniente francés

El arte mismo, subraya Fowles, como el bosque, también es un espacio de libertad. En cualquier tipo de arte, nos dice, existe un alejamiento de la vida cotidiana y un ejercicio consciente de búsqueda de libertad, y lo es con más intensidad en esa escritura de situaciones y personajes puramente imaginarios que es la literatura de ficción.

El paseo por las páginas de El Árbol, nutre. Aunque a veces sea caótico o arduo, es excepcional, un regalo de emociones inéditas y matices originales, que como gotas vaporosas avivan al ser verde que dormita en nuestro interior.


Escrito por Rosa, jueves 26 de mayo de 2016.

________________________

[1]  John Fowles (1979). El Árbol. Traducido por Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2015.
[2]  John Fowles (1969). La mujer del teniente francés. Traducción de Ana María de la Fuente. Editorial Anagrama, Barcelona, 1995-2012.

Página web sobre John Fowles
El Árbol en Editorial Impedimenta
The Tree en Harper and Collins

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En el otoño, los paisajes oscuros siempreverdes de algunas sierras del sur de España se visten con tonalidades ocres que desvelan la presencia de los castañares. En el paisaje vegetal mediterráneo los castaños destacan como árboles singulares: tienen grandes hojas de bordes aserrados que caen en invierno; los frutos espinosos (erizos) esconden de uno a tres aquenios (castañas) sabrosos y nutritivos; la madera es de buena calidad y crecimiento rápido.
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¿De dónde vienen los castaños?

Las hipótesis evolutivas recientes proponen que los ancestros del género Castanea se originaron en los bosques del este de Asia al principio del Paleoceno (hace unos 60 millones de años). Desde allí, un linaje migró hacia el oeste, a partir del cual se diferenciaron (hace unos 43 millones de años) los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, pasaron a Norteamérica a través de un antiguo puente noratlántico y se diferenciaron los castaños americanos.

Lang_2006_MolPhylogen-Castanea

Mapa del género Castanea con su posible ruta migratoria y evolutiva. Tomado de Lang y cols. (2007)

Las siete especies existentes del género Castanea que se distribuyen por el Hemisferio Norte son pues el resultado de un proceso lento de evolución, dispersión y diferenciación durante millones de años. Una historia apasionante que se ha podido reconstruir analizando y comparando las secuencias del ADN cloroplástico de castaños de todo el mundo¹.

La domesticación del castaño europeo

El castaño silvestre posiblemente estaba extendido por toda Europa. Durante las sucesivas glaciaciones del Pleistoceno (la última terminó hace unos 11.000 años) hubo una extinción masiva de especies arbóreas al quedar cubierto parte del continente por el hielo. Algunas poblaciones de castaño y de otras especies sobrevivieron en los llamados “refugios” del sur. Se han identificado seis posibles refugios para el castaño; los más importantes estarían en la Transcaucasia y la orilla sur del Mar Negro, las penínsulas de Grecia e Italia, y en Iberia la Cordillera Cantábrica, Galicia y norte de Portugal.

Las primeras evidencias del cultivo del castaño son de hace 3.700 años en la península de Anatolia (Turquía). Durante la época griega, Teofrasto (siglo III-IV a.C.) mencionó la utilidad del castaño para la producción de madera y carbón en su obra “Historia de las Plantas”. Las técnicas griegas para la domesticación del castaño pasaron a la cultura latina y fueron aplicadas en Italia, posiblemente en castaños silvestres nativos (se han encontrado diferencias genéticas entre los castaños griegos e italianos). Desde Italia el cultivo del castaño se expandió a todas las regiones ocupadas por el Imperio Romano, incluidas las Islas Británicas. El agrónomo romano Columela (nacido en Gades, Cádiz, el año 4 d.C.) en su obra De re rustica (“Los trabajos del campo”) destacaba las cualidades de la madera de castaño para los postes que soportaban las viñas. Parece que tanto para griegos como para romanos el uso principal del castaño era la producción de madera y solo secundariamente las castañas para alimentación ².

La producción de castañas tuvo su apogeo en Europa occidental durante la época medieval (siglos XI a XVI). Para muchos pueblos de zonas montañosas constituía la principal fuente de hidratos de carbono, el llamado “pan del bosque”.

Castaños con historias

Los árboles grandes y viejos inspiran sentimientos de veneración, respeto y admiración. Es frecuente que tengan asociadas historias y leyendas sobre eventos singulares protagonizados por personajes notables, de la realeza o santos. Viajemos a Sicilia, a Londres y a la sierra de Málaga para visitar tres castaños singulares con interesantes historias.

El Castaño de los Cien Caballos es un árbol magnífico que vive en las laderas del Etna, en Sicilia (Italia). Según la leyenda, cuando la reina Juana de Trastámara (1454-1517), Infanta de Aragón, Reina de Nápoles y hermana menor de Fernando el Católico, visitaba aquellas tierras fue sorprendida por una tormenta y se refugió con su séquito de 100 caballeros bajo la copa de este inmenso castaño. En otras versiones de la leyenda la reina es Juana I de Nápoles (1326-1382) o Isabel de Inglaterra (1214-1241), casada con Federico II de Sicilia. Todas las historias coinciden en que era una reina con un séquito de 100 caballeros que buscaron protección bajo la amplia copa del castaño.

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

 Cuando en 1780 se midió su perímetro de tronco alcanzaba los 58 m., todo un récord (recogido en la lista Guinness). Unos años antes (1777) fue retratado por el artista y viajero Jean Pierre Houël ³; se puede observar en la obra que existía un cobertizo construido en su interior. Actualmente sobreviven cuatro troncos (el mayor con 22 cm. de perímetro) que rodean un gran centro hueco. Se estima su edad entre 2.000 y 4.000 años, aunque probablemente no supere los 2.500 años. Situado a tan solo 8 km. del cráter del Etna es un milagro que haya sobrevivido tanto tiempo a pesar del riesgo de las erupciones y la lava volcánica; “una supervivencia milagrosa de un tiempo profundísimo” en palabras del escritor siciliano Vincenzo Consolo.

A iniciativa del Ayuntamiento de Sant´Alfio, en 2008 la UNESCO declaró al castaño “Monumento mensajero de la paz en el mundo”. Entre otros motivos porque “junto a este árbol uno siente la armonía con la naturaleza, en paz con nuestros semejantes y con el Universo (…) el ánimo encuentra su equilibrio y el cuerpo su bienestar.”

Kew_oldest_chestnutEl árbol más antiguo de los Kew Gardens, cerca de Londres (Inglaterra), es un castaño. Cuando visité en marzo 2011 este Jardín Botánico, mientras admiraba otros árboles más vistosos reparé en su tronco grueso, de 8,4 m. de perímetro. Estaba todavía sin hojas y no sabía muy bien qué especie de árbol era hasta que leí en el cartel informativo su singular historia. Posiblemente formaba parte de la avenida de los castaños (llamada Love Lane, camino del amor) plantados sobre 1730 en los jardines de la reina Carolina de Brandeburgo-Ansbach, consorte de Jorge II. En Inglaterra lo llaman “castaño dulce” o “castaño español” (Spanish chestnut) porque eran importados principalmente desde España.

El Castaño Santo se encuentra en un lugar remoto de las sierras de Málaga (España). Es un ejemplar singular con más de 14 m. de perímetro de tronco (21 m. si se mide en la base) y una edad estimada de 800 años.

Algunas historias refieren que su nombre se debe a que cerca del árbol habitaba un ermitaño, y sería por tanto el “castaño del santo”. Sin embargo, la leyenda más extendida cuenta que bajo este árbol se celebró en 1501 una misa, en la que el rey Fernando el Católico (1479-1516) y su ejército pidieron la bendición antes de la batalla por la conquista de Marbella. Según otras versiones fue Luis Ponce de León, duque de Arcos (1528-1573), quien bajo este castaño asistió a una misa de acción de gracias tras aplacar las revueltas de los moriscos. El carácter de “templo” natural donde los guerreros rezaron y agradecieron la victoria contra los infieles le daría el apelativo de “santo”.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

En el siglo XXI el Castaño Santo es motivo de atracción turística en el cercano pueblo de Istán, aunque no es fácil llegar, hay que recorrer más de 30 kms de pista forestal. Este espléndido castaño está catalogado en la lista de árboles singulares de la provincia de Málaga, pero se halla en una finca particular y no cuenta con ningún tipo de protección especial; parece que ha sido propuesto como “Monumento Natural”.

Cuando lo visitamos en diciembre 2011 sus raíces descalzadas habían sido cubiertas con tierra y piedras para protegerlas en la zona erosionada de la pendiente, además un letrero pedía que se respetara el árbol durante la visita. Era un día de final de otoño, estuvimos sentados junto al árbol prácticamente solos, se podía sentir esa paz y esa armonía que infunde un árbol centenario.

Que se llame “castaño santo” no significa que haya tenido o tenga un significado sagrado para la población local. A pesar de que en la web “Monumental Trees” lo hayan traducido como “Castaño sagrado”. No podía ser un árbol sagrado porque la iglesia católica no lo hubiera permitido; algún San Bonifacio local lo hubiera talado y quemado como símbolo pagano.

Castaño_Santo_Istán_dic2011

Posiblemente la historia de la misa, la guerra contra los infieles y el apelativo de “santo” lo haya salvado de la tala y la quema en esos largos 800 años. De hecho, es muy difícil encontrar árboles viejos, “milagrosos supervivientes de los tiempos profundos” (como diría Consolo), en el sur de España. En ese sentido, se puede considerar “santo” porque realmente es un milagro que haya sobrevivido hasta nuestros días. Y gracias a ese milagro podemos imaginar cómo serían los castaños salvajes, viejas moles de madera que morían de muerte natural, en aquellos bosques primigenios del Mediterráneo.

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¹ Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.
² Conedera, M., Krebs, P., Tinner, W., Pradella, M. y Torriani, D. (2004). The cultivation of Castanea sativa (Mill.) in Europe, from its origin to its diffusion on a continental scale. Vegetation History and Archaeobotany, 13: 161-179.
³ Jean-Pierre Houël (1782). Voyage pittoresque des Isles de Sicile, de Malte et de Lipari. Paris.

 

Escrito por Teo, jueves 18 de diciembre 2014.

 

Enlaces
Ficha del Castaño de los Cien Caballos (Sicilia, Italia) en la web Monumental Trees
Ficha del castaño del Jardín Botánico Kew en la web Monumental Trees
Ficha del Castaño Santo de Istán en la web Monumental Trees
Página web del ayuntamiento de Sant’ Alfio (Italia) sobre el Castaño de los Cien Caballos
Página web del Ayuntamiento de Istán (España) sobre el Castaño Santo
Castaño Santo en el Catálogo de árboles singulares de la provincia de Málaga
Leyenda de San Bonifacio en el post Siempreverdes en Navidad