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Secretos del Parque

¿Está llegando la primavera? ¿En qué se nota?” dijo él.
“El sol está brillando entre la lluvia y la lluvia está cayendo
sobre los rayos del sol, y las criaturas empujando
y borbotando bajo la tierra”, contestó Mary.
Frances H. Burnett, El Jardín Secreto

Cada jardín que frecuentamos guarda en sí un jardín secreto. Cada árbol que vemos a diario esconde una biografía única, una habilidad singular para vivir, una contribución concreta a nuestro bienestar y al del planeta. Cada arboleda urbana encubre un relato de la intencionalidad de quien la diseñó, de los sentimientos que pretendió provocar con su creación bioestética. Esos relatos secretos son el jardín oculto a los ojos cotidianos, acceder a ellos nos vuelve más conscientes y permeables al poder sanador de los árboles y a la inspiración de la belleza de lo vivo.

En la ciudad histórica de Sevilla, de acentuado aire romántico, el espíritu de lo bello palpita no solo en los innumerables monumentos sino también o sobre todo en los edificios, calles, plazas y rincones. Y en los jardines antiguos. De ellos, el Parque de María Luisa (para los sevillanos, “el Parque” a secas) quizás sea el que más ha contribuido a realzar el encanto de la ciudad. Popular atracción para viajeros y residentes, multitudinario a veces, aun con el esplendor de sus comienzos menguado por tiempos de abandono, conserva sin embargo la esencia del jardín original que un día fue diseñado con esmero y pasión. Es un jardín que emociona, que inspira al cuerpo y al espíritu, que asombra de múltiples maneras.

Entre los recuerdos de mi vida atesoro un tiempo en el que pasé muchos días transitando el Parque, observando y valorando uno a uno cada árbol (unos 6000 entre árboles y palmeras según el conteo de entonces). El sentido de tal entrega era calcular el valor del patrimonio arbóreo del jardín. La investigación, que llevamos a cabo un equipo guiado amigablemente por Fernando Sancho Royo, tuvo como resultado la elaboración del libro Árboles del Parque de María Luisa [1]. Medir las dimensiones de cada árbol, evaluar el estado de salud, juzgar el grado de  belleza y averiguar la biogeografía de cada especie fue una oportunidad única de descubrir cada individualidad, cada protagonista arbóreo del jardín, y sembró en mí la pasión que hoy me hace escribir estas líneas.

Fuente: www. eyeonspain.com

Fuente: www.eyeonspain.com

El Parque tiene una identidad propia, una fuerte personalidad. Su fisonomía no es uniforme sino integrada por una gran variedad de espacios diferentes, conectados y embellecidos mediante una amplia gama de elementos vivos y construidos, en la que el arbolado alto, viejo y variopinto es el rasgo principal. En cierto modo, es un bosque urbano. Cuenta con alrededor de 100 especies diferentes de árboles, algunos de ellos identificados por carteles (bastante deteriorados) que sirven de itinerario botánico. Intencionadamente, una gran proporción de los árboles son caducifolios, es decir, pierden las hojas en invierno. Durante los pocos meses que dura la desnudez invernal, las ramas deshabitadas de hojas contagian el aire de melancolía y enfatizan la percepción romántica del Parque. Por el contrario, el hojecer primaveral cubre los paseos y plazuelas de buena sombra, imprescindible en este sur de veranos calientes y luminosos, y junto a la floración mudan la melancolía en alegría.

De entre todos los árboles que un día descubrí y que con frecuencia sigo visitando, algunos me son más queridos por no sé qué misteriosa química.

Taxodios: monumentalidad consagrada al amor

En cualquier jardín, el taxodio, ciprés de los pantanos o ciprés calvo (Taxodium distichum) es una presencia llamativa, se adueña de él con su porte majestuoso de follaje liviano y elegante y la belleza cromática de sus hojas, rojizas en otoño y verde claro en primavera. En el jardín sevillano destaca un ejemplar que se ha convertido en estampa icónica del propio Parque.

A diferencia de los pinos, cipreses, cedros y otras coníferas, el taxodio tiene dos rasgos singulares, ser caducifolio (de ahí “ciprés calvo”) y vivir cerca o dentro del agua.  Nativo del sur de EE UU, forma bosques naturales en las riberas encharcadas de los grandes ríos como el Misisipi; y caracteriza tanto ese paisaje subtropical americano que se ha erigido en su símbolo. Vivir en el agua es una habilidad no muy propia de los árboles, pero los cipreses de los pantanos la tienen; para que las raíces respiren, poseen los neumatóforos, unos respiraderos que salen hacia arriba y le dan el aspecto tan característicos a estos bosques. En su hábitat natural sostiene el suelo encharcado por las inundaciones, una buena contribución en estos tiempos de incertidumbres climáticas. A pesar de las raíces anegadas gozan de una longevidad extraordinaria; en Florida, en la marisma de Corkscrew, está el bosque virgen de cipreses de los pantanos más grande del mundo, en ese santuario protegido hay árboles salvajes de más de 500 años. Tiene parientes aún más longevos como el “Árbol del Tule” (Taxodium mucronatum) de Oaxaca, México, que se estima que tiene 2000 años de edad y está considerado el árbol con el diámetro de tronco más grande del mundo. El taxodio llegó a Europa traído por los colonizadores ingleses sobre 1640.

TaxodioEl Parque de María Luisa es un buen enclave para estos seres de los pantanos americanos por la cercanía de un gran río, el Guadalquivir. Junto al estanque de la Isleta de los Patos y cerca de la Fuente de las Ranas crecen cinco ejemplares espléndidos. Pero sin duda el más vistoso, célebre y popular es el taxodio monumental de la Glorieta de Bécquer.

El árbol fue plantado alrededor de 1860 cuando ese terreno era el jardín privado de los duques de Montpensier. En 1911, ya como parque público, alrededor del árbol se construyó una glorieta redonda en la que un banco circular con varias figuras femeninas de mármol –alegorías del amor pasado, presente y futuro- abrazan la redondez del gran tronco. Realizado en homenaje al poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el más importante del Romanticismo español, el cuadro escultórico, obra de Lorenzo Coullaut Valera, personifica la famosa Rima X del poeta, El amor que pasa. En otros tiempos, podían leerse los versos del poeta en libros dispuestos en anaqueles; hoy, existe una placa con grabaciones de varias rimas que pueden oírse si disponemos de un lector de código QR en nuestro móvil, entre ellas, la inmortalizada Rima X [2]:

Código QLos invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran. ¿Qué sucede?
¡Es el amor, que pasa!

El árbol, como ser vivo, no deja de crecer y agrieta el monumento, y hay que ensancharlo cada cierto tiempo (ya lo necesita); la Glorieta con el gran árbol en el centro transpira armonía como un mandala. El majestuoso taxodio acrecienta la atmósfera romántica del lugar, incluso diría que se implica en los asuntos amorosos de los visitantes-románticos (suele haber ramos de flores frescas en el monumento). Bajo la cúpula de fino follaje se respira quietud, acogimiento y un silencio entre cómplice y consolador. Puede que el espíritu ribereño de estos árboles, de tanto contemplar ríos, sabe que el amor, como el agua, nunca es el mismo y al mismo tiempo siempre es igual, que pasa pero permanece de otra manera. Bajo los taxodios siempre me siento bien, experimento sensaciones de amparo y bienestar, probablemente contribuyan a ello las sustancias volátiles cargadas de compuestos activos beneficiosos que desprenden, pero prefiero pensar que la belleza de estos árboles no solo es externa, sino también interior.

Plátano de sombra:  inspiración de los maestros

Cerca de la Glorieta de Bécquer por un asilvestrado sendero en dirección sur se llega a una pequeña encrucijada donde un cartel anuncia la identidad de un soberbio plátano de sombra oriental (Platanus orientalis), un árbol euroasiático que crece desde el este mediterráneo hasta el sur eurosiberiano.  En Sevilla, como en gran cantidad de ciudades, el plátano de sombra es muy utilizado en las calles. En el Parque es abundante, pero no la especie oriental sino un híbrido entre el plátano oriental y el americano (Platanus occidentalis), de cuyo origen no hay acuerdo entre los botánicos ni siquiera en la nomenclatura (Platanus acerifolia para unos, Platanus  hybrida o Platanus hispanica, para otros).

PlatanosEl plátano es una especie apreciada desde antiguo por su maravillosa sombra. En el Parque quedan unos magníficos ejemplares centenarios, bien desarrollados, que sobrepasan los 25 metros de altura, hermosas esculturas vivas. Las decorativas hojas grandes, caedizas, color verde vivo, parecidas a las del arce, forman un follaje denso y amplio capaz de crear una umbría fresca, tamizada y reconfortante, ideal para los climas de calor y luz intensos. La cualidad de la sombra que proyecta ha sido históricamente apreciada por diversas culturas.

En Grecia se le tiene un apego especial desde la Antigüedad, y aún es el árbol predominante en el centro de las plazas de muchos pueblos. En la Escuela Peripatética que fundó Aristóteles en el 335 a. C., se cree que había una arboleda de plátanos donde él y otros maestros enseñaban a los discípulos paseando bajo el elevado ramaje. En la isla de Cos, igualmente junto a un plátano de sombra, Hipócrates (460-370 a. C.), el fundador de la medicina, transmitía su sabiduría; el actual Árbol de Hipócrates, descendiente del original, tiene 500 años. En la India le llaman cheddar y es un árbol célebre también por su sombra, especialmente en Cachemira. Para hindúes e islamistas mogoles ha sido un árbol valorado para templos, jardines y paisajes, como prueban los diversos ejemplares centenarios existentes en la región y su declaración como árbol protegido. Bécquer, en su leyenda india El caudillo de las manos rojas, los nombra: “Los peregrinos también han gustado el reposo de los inmensos plátanos de Delhi…”. En Reino Unido se le conoce como oriental plane, y también es un árbol con solera; uno plantado en 1760 en Wiltshire (Corsham Court) por el famoso paisajista Lancelot  “Capability” Brown, está considerado como el árbol con la copa de mayor extensión de Reino Unido.

Me gusta pasear entre los plátanos centenarios del Parque, respirar su aire, dejar que inspiren mi mente, que me conecten con la vieja tradición de maestros, que hagan aflorar a la maestra que llevo dentro.

Acacias: aromas de poesía

Acacia es una palabra de resonancia poética, sonora, punzante, evocadora de exuberantes paraísos líricos. Quizás por eso me gustan las acacias del Parque. Hay tres tipos, la acacia negra, la acacia blanca y la acacia de Japón, que en sentido estricto no son especies del género Acacia, sino “falsas acacias” como se catalogan estas leguminosas ornamentales que se plantan en multitud de ciudades del mundo. Sin ser árboles de carácter portentoso, las tres aportan atractivo al Parque: son florales, aromáticas y sombreadoras. En sus lugares de origen, además, son comestibles, medicinales y melíferas. Cada una a su manera añade una nota diferente al jardín.

La acacia de tres espinas o acacia negra (Gleditsia triacanthos) abunda en el Parque. Tiene una apariencia algo excepcional por lo oscuro de la corteza, las grandes espinas trifurcadas y las legumbres de gran tamaño color chocolate parecidas a las del algarrobo. Por contraste, las pequeñas flores verdosas son perfumadas, el amplio y suelto follaje tiene un bonita coloración otoñal amarilla y en primavera da una grata sombra ligera. Natural del SE de EEUU, es un árbol muy resistente que crece muy rápido en suelos desnudos y ayuda a controlar la erosión, además las vainas alimentan a pájaros y otros animales. Por el carácter de “árbol espinoso” se le conoce en algunos sitios como “espina de Cristo”. En México circula una leyenda en torno a sus espinas. A final del siglo XVII, en un monasterio de Querétaro, un franciscano español dejó durante un tiempo su bastón de acacia negra clavado en el patio; pasados los días, el bastón retoñó en un árbol con espinas en forma de cruz, similar a la de la crucifixión de Jesús; el hecho se consideró un milagro (tal vez por ser un árbol desconocido entonces en esas tierras), y originó el nombre por el que es conocido “el árbol del Templo de la Cruz”. Milagros y leyendas aparte, la acacia negra es un árbol vehemente que infunde sensaciones de fuerza y empuje y evoca la importancia de protegerse en la vida.

RobiniaLa acacia blanca o robinia (Robinia seudoacacia) tiene un porte grande que alcanza los 25 metros. En el Parque hay un bello ejemplar en la Glorieta de Doña Sol. Desde la tierra de los Montes Apalaches, en Norteamérica, fue traída a Francia en 1600 por el botánico Jean Robin. Desde entonces es un árbol de jardín que anima las primaveras con racimos de flores blancas muy aromáticas y una agradable sombra. En algunos países como Italia, las flores se utilizan en postres y la miel se conoce como “miel de acacia”. Pero hay que tener cuidado porque las hojas y semillas poseen una lecitina tóxica. Las acacias blancas grandes, como la del Parque, tienen apariencia muy frondosa y yo diría que entrañable, me recuerdan a los árboles benévolos de los cuentos.

La acacia del Japón, sófora o árbol de las pagodas (Styphnolobium japonicum) ornamenta la avenida de Pizarro, una de las principales del parque. De porte fino, equilibrado y elegante, las flores amarillentas aroman el verano con su suave perfume y los frutos, de inconfundible aspecto de rosario, quedan en el árbol cuando pierde el follaje a principios de invierno. Es originaria de Asia, donde las hojas y flores se cocinan y se preparan como té; el uso medicinal tiene larga tradición, es una de las 50 hierbas fundamentales de la medicina china. En el Parque, los frutos son codiciados por el numeroso grupo de cotorras asilvestradas que por las mañanas los desayunan con gran algarabía. Mi afición a las sóforas es muy distinta de la de las cotorras. A mí lo que me atrae de ellas es la apariencia delicada, la fina sombra, un hálito de misterio que las envuelve, como si escondieran un secreto milenario oriental. De hecho, algunos cuentos japoneses sitúan en este árbol espíritus, diablillos y otras deidades del bosque.

Una larga lista de árboles interesantes

La lista de árboles singulares interesantes del Parque es muy larga. En altura sobresalen los eucaliptos rojos (E. camaldulensis) y las araucarias australianas (A. cunninghamii y A. bidwillii) de más de 40 metros, haciendo honor a los árboles gigantes australianos; les siguen grevilleas, almeces, olmos viejos supervivientes de un pasado mejor, casuarinas centenarias, algunos fresnos de olor y las palmeras, esos árboles sin verdadero tronco, que tanto caracterizan el paisaje urbano de Sevilla. Y en espectacularidad globosa y expansiva, los grandes ficus (F. macrophylla, F. rubiginosa y F. retusa).

El jardín de los artistas

La magia del Parque de María Luisa emana del arbolado pero también de la gracia y armonía del diseño, de la composición que idearon los paisajistas que lo hicieron realidad.

El Parque tuvo su origen en la creación a mitad del siglo XIX de un jardín privado para el palacio de los duques de Montpensier (Antonio de Orleans y la Infanta María Luisa de Borbón). El proyecto lo realizó el jardinero francés André Lecolant siguiendo el estilo romántico inglés en el que predominan los árboles y arbustos entre caminos y sendas sinuosas, con una disposición de aparente descuido que imita a la naturaleza. Es el jardín bosque, el jardín-selva, que aún configura el norte y poniente del Parque. De estampa majestuosa, con predominio de tonos verdes y umbrías, inspira recogimiento y tranquilidad.

Un segundo diseño se debió a la elección del Parque de María Luisa como marco de la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929. La Infanta había donado su jardín a la municipalidad en 1893 y ésta encargó la reforma y ampliación del Parque al paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier (1861-1930), un ingeniero de gran sensibilidad, cultura jardinística y experiencia en distintas partes del mundo. Forestier aprovechó el legado romántico de Lecolant (“los árboles tardan en crecer, la belleza plena de un jardín se consigue con el paso del tiempo”), al que superpuso un trazado que inundó el lugar de colores, aromas, susurros de agua, brillos, claridad, alegría y espacios de intimidad (las glorietas). Manejando con sabiduría varios estilos de jardines con preponderancia del arábigo andaluz local, creó un jardín de jardines, donde las avenidas y praderas abiertas se alternan con sendas que llevan a la intimidad de glorietas. Más próximo a la tradición de los jardines chinos, indios, egipcios, árabes y españoles, Forestier puso toda su intención en darle a Sevilla su ideal de jardín, “un remanso de paz capaz de provocar el asombro apabullador en la intimidad gozada a través de la percepción de los sentidos de todas las bellezas delicadamente naturales, con las formas, los colores, los juegos de luces y sombras más evocadores, con los que nos sentimos más comunicados y donde lo que domina es el encanto” [3]. Quiso hacer una obra de arte y lo consiguió.

Postal antigua

Ha transcurrido un periodo de más de cien años desde 1914, cuando se inauguró el Parque de Forestier. En este lapso, el abandono y el tiempo, como jardineros invisibles, han propiciado cambios en su fisonomía, no siempre embellecedores. Se han perdido muchos árboles sin haber sido repuestos y se ha desequilibrado la composición de las especies, con predominio de las más invasivas como el eucalipto sobre otras menos combativas. El Parque necesita recuperar su antiguo esplendor, con medios, conocimientos y enfoque de futuro.

A pesar de todo, conserva la esencia cautivadora. Más allá de la visión ordinaria, el Parque despliega su jardín secreto donde es posible pasear respirando aires sanadores, contemplar delicadas bellezas efímeras, descansar al arrullo del agua, perderse entre rastros de aromas y encontrar mil historias inspiradoras.

_________________________
1. R. Cintas, J. Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa.  Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Granada, 1981.
2. Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas. Edición de Jesús Rubio Jiménez. Alianza E. Madrid, 2013.
3. Cristina Domínguez Peláez. El Parque de María Luisa, esencia histórica de Sevilla. Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1995.

Escrito por Rosa, jueves 28 de enero de 2016.

Entradas de este blog relacionadas:
Cernuda en el Parque
Sanar con los árboles
El monarca del Parque (Araucaria cunninghamii)
La higuera gigante que vino de australia (Ficus macrophylla)
Mil y una historias del jardín (Araucaria bidwillii en el Botánico de Coimbra)

Otras fuentes y enlaces
Jose Elías Bonells. Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla, 1983.
F. Bueno Manso. El Parque de Maria Luisa: su historia, su poesía y sus plantas. E. Robinia. Sevilla, 1997.
Parque de María Luisa en Wikipedia
Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Sevilla
La Exposición del 1929 en Sevilla Misterios y Leyendas

Cernuda en el Parque

En los jardines antiguos el paso del tiempo concede a los árboles el privilegio de alcanzar la madurez. Suelen ser más grandes y vistosos, algunos llegan a tamaño colosal, otros alcanzan maneras majestuosas y sublimes, contagiando todos la atmósfera del jardín de cierto aire sobrecogedor. El Parque de María Luisa de Sevilla es uno de esos jardines centenarios donde la presencia de árboles viejos, abundantes y diversos, iluminados por la luz brillante del sur, crean escenas de delicada belleza que sumergen al paseante en estados interiores de ensoñación, asombro o poesía.

Parque

Es difícil capturar con palabras el encanto del Parque de María Luisa. La frondosidad verde prodiga una variedad de momentos para el goce de los sentidos en su devenir cambiante al paso de las horas, al ritmo de las estaciones. ¿Cómo expresar la belleza sutil y efímera de los contrastes entre la luz y la sombra sobre los árboles o la presencia tenue del otoño?  Los poetas son los que mejor saben revelar lo inaprensible. Luis Cernuda (1902-1963) supo captar esa realidad mágica del jardín sevillano. En su exilio en Escocia, escribió el libro Ocnos (1942) para conmemorar los lugares queridos de su infancia y juventud, entre ellos, el Parque de María Luisa. El poema en prosa El Parque describe admirablemente la infinidad de bellos matices que componen el alma y la esencia de este espléndido jardín histórico. Os invito a disfrutar del Parque rememorado por el poeta.

El Parque

Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en haces alternados con otros de sombra. Los troncos, componiendo la perspectiva, parecen desde lejos demasiado frágiles para sostener, aunque aligerada por el otoño, la masa de sus frondas, a través de las cuales se trasparenta el celeste tan leve del cielo, indeciso aquí y allá entre el rosado y el gris. Un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes verdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas. La naturaleza a solas recoge en su seno tanta calma y tanta hermosura, originadas y sostenidas una por otra, igual que sonido y sentido en un verso afortunado.

A la tarde, el viento se lleva por la alameda algo que en su alada rapidez no se sabe si son hojas secas o doradas aves migratorias. Tibia la hora, algún grupo de árboles manteniendo su verdor intacto, las palomas revuelan tocadas de ímpetu vernal, y los niños vienen con sus triciclos, con sus cometas, con sus veleros. Si bajo el pie no crujiesen las hojas, nadie diría que fuese otoño, ni siquiera ese perro valetudinario que, encelado y envidioso, ronda los juegos de sus congéneres jóvenes. La luminosidad de un verano de San Martín llena la tarde de promesas engañosas: el buen tiempo presenta un futuro dilatorio, de momentos tan plenos como los días largos de una primavera que comienza. Allá entre los troncos más lejanos, donde un vapor ofusca la trasparencia del aire, por la llama de esa hoguera se diría que arde, en pira de sacrificio, buscando transustanciación, el otoño mismo.

Escrito por Rosa, jueves 26 de noviembre de 2015.

Fuente:
Luis Cernuda. Ocnos : seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Taurus Ediciones. Madrid. 1979. Página 77.

El Parque de María Luisa en este Blog:
El Monarca del parque
Sanar con árboles
La higuera gigante que vino de Australia

Sanar con árboles

Los árboles están constantemente contribuyendo a nuestro bienestar de muchas maneras, siempre silenciosas e invisibles. Un beneficio importante y no bastante valorado es que ayudan a mejorar nuestra salud. Por un lado, los llamados “árboles medicinas” aportan materias primas para elaborar remedios y fármacos. Por otro, los árboles, en general, ejercen un efecto sanador para el cuerpo, la mente y el espíritu si nos exponemos a sus saludables influjos paseando por lugares con árboles frondosos, efecto conocido como “terapia del bosque”.

La celebración del evento Jane’s Walk 2015 (1), en mayo, me dio la oportunidad de explorar el potencial sanador de los árboles con un grupo de personas en un paseo por un parque urbano. La experiencia desarrollada en el Parque de María Luisa (Sevilla) fue una vivencia muy enriquecedora. El éxito de asistencia me ha confirmado el interés creciente que existe por reconectar con los árboles y ahondar en sus múltiples beneficios.

1_Taxodium_Becquer-2

La propuesta de un paseo para conocer el efecto sanador de los árboles está inspirada y basada en corrientes actuales de pensamientos. Que caminar entre árboles sea saludable no es algo nuevo, pero existen estudios e investigaciones recientes que apoyan de un modo científico la necesidad de concebir el contacto con la naturaleza, en general, y con los árboles, en particular, como una verdadera medicina y una forma sana de vivir.

Japón está en la vanguardia de este planteamiento. Desde los años 80 del pasado siglo, los médicos recetan paseos de dos horas por bosques a ciudadanos de grandes urbes afectados de estrés y otras dolencias habituales de la vida de hoy. Los paseos se denominan “Shinrin-yoku” o “baños de aire del bosque”, y sus efectos están siendo evaluados por inmunólogos, neurólogos y fisiólogos. Los resultados son concluyentes: tras dos horas de paseo por un bosque disminuye la hormona del estrés (cortisol), aumenta la concentración de linfocitos y proteínas anti cáncer; y la actividad cerebral se desplaza a áreas del cerebro relacionadas con la emoción, el placer y la empatía (Ver post sobre shinrin-yoku en este blog).

En EEUU, el periodista Richard Louv publicó en 2005 la obra El último niño en el bosque: salvando a nuestros hijos del Desorden por el Déficit de Naturaleza (2), que está teniendo gran impacto. La tesis de Louv, elaborada tras un estudio de más diez años entrevistando a familias rurales y urbanas de todo EEUU, es bien simple: muchos seres humanos actuales no tienen suficiente contacto con la naturaleza y ese déficit contribuye a alimentar problemas físicos y emocionales. A esa falta crónica de contacto con la naturaleza la llama “Desorden por Déficit de Naturaleza”. Para Louv este trastorno se detecta a nivel de los individuos (niños y adultos), las familias y las comunidades. ¿Y por qué sucede esto? Los neurólogos destacan que los humanos hemos evolucionado en la naturaleza, en el bosque, por tanto es dónde nos sentimos más a gusto. Nuestras funciones fisiológicas y psicológicas son el resultado de un largo proceso de adaptación a las condiciones naturales; no podemos asimilar las rápidas transformaciones que ha conocido nuestra forma de vida últimamente, con el paso de una sociedad rural a otra altamente urbanizada. El cerebro humano no está preparado para procesar el exceso de estimulación que implica tales cambios. Es lógico que la vida artificial moderna nos produzca estrés y ansiedad.

Descubriendo los árboles sanadores

Para tomar lo que en Japón llaman un “baño de bosque”, no hace falta ir a un parque natural distante. Los parques urbanos pueden ser lugares igual de propicios si albergan árboles grandes y viejos.  Así que el primer requisito sería disponer de un espacio arbolado y con senderos que faciliten la exposición a árboles maduros.

Ese es el caso del Parque de María Luisa, en Sevilla, donde llevamos a cabo nuestra experiencia. El espacio fue diseñado como jardín privado de una familia aristocrática alrededor de 1860 y luego pasó a ser parque público y fue remodelado en torno a 1914, pero conservando parte de la floresta inicial, de modo que contiene algunos árboles de más de 150 años. Para la intención del paseo, el diseño antiguo es muy apropiado pues mantiene parte del jardín romántico original, de sendas sinuosas, sin parterres, con aire descuidado imitando al caos de la naturaleza y terrenos diáfanos de césped salpicados de grandes ejemplares arbóreos. También aportan valores al paseo sanador las zonas diseñadas posteriormente, siguiendo el estilo del jardín árabe, con fuentes y estanques.

10_Ginkgo_árbolEl trazado del paseo contribuye también a su resultado. En el Parque de María Luisa traté de facilitar el contacto con ejemplares viejos y hermosos de diversas especies en una variedad de ambientes. Ver un árbol grande, bien desarrollado, manifestando toda la grandeza y belleza que es capaz de alcanzar es emocionante. Eso ocurrió en nuestro paseo al descubrir magníficos ejemplares de especies comunes como el plátano de sombra, el ciprés calvo, el olmo, el almez, el eucalipto rojo, el ciprés mediterráneo o las palmeras. También impresiona ver por primera vez especies menos frecuente y conmoverse ante su belleza nueva, así sucedió con la araucaria de Australia, el ginkgo, el tilo europeo, el árbol del fuego o el baniano australiano (3). Cada parque tiene sus tesoros arbóreos por descubrir.

Además de disponer de buenos ejemplares de árboles, el otro indispensable requisito para que pasear entre árboles sea sanador, es el modo en que se realiza el recorrido. Basándome en las indicaciones de los médicos japoneses, expertos en esta nueva disciplina, en nuestro paseo se siguieron tres pautas: caminar de forma sosegada, respirar conscientemente el aire del bosque y exponer los cinco sentidos al ambiente que se atraviesa.  La conciencia es clave para la experiencia, que los paseantes enfoquen la atención en la quietud interior, en la respiración, en las sensaciones, y también en la contemplación del árbol.

El aire del bosque

El poder terapéutico de los árboles se debe en gran parte a la calidad del aire que ellos generan. Hay una gran diferencia entre el aire que respiramos en una avenida atestada de vehículos y el que se respira en el corazón de un parque amurallado de elevados árboles cargados de hojas, esos órganos vegetales diseñados para el intercambio de gases. En ese rincón verde de la ciudad, el aire es más oxigenado; es más limpio, porque los árboles retiran de la atmósfera dióxido de carbono, gases nocivos y partículas dañinas; es más saludable, porque contiene compuestos orgánicos volátiles (se conocen como COV) que los árboles emiten; y es más fresco y húmedo, por la sombra de los árboles que además reducen la pérdida y evaporación de agua.

Entre todos esos aspectos de la calidad del aire, los compuestos volátiles son de gran valor curativo. Esos compuestos son los principales responsables del efecto beneficioso sobre el sistema inmunológico. En Japón, se han realizado experimentos con diversos compuestos aromáticos naturales, como pinenos, limonenos, cedrol o isoprenos, demostrándose en algunos de ellos su efecto antimicrobiano y supresor de tumores. De hecho, con estos compuestos volátiles se elaboran los aceites esenciales que se usan en aromaterapia y medicina holística.

Para que realmente nos beneficie el reparador y salutífero aire del parque, tenemos que exponer nuestro sistema respiratorio a la entrada de ese aire, respirar de manera que el aire llegue al fondo de los pulmones y distribuya con la mayor eficiencia su rico cargamento por todo el organismo. El estrés permanente de la vida actual provoca que nos habituemos a respirar a la mitad o menos de nuestra capacidad pulmonar. Respirar bien es un arte que mejora considerablemente la calidad de nuestra vida, como llevan siglos alertando los yoguis indios. Durante el paseo es recomendable que nuestra respiración sea natural, libre, armoniosa y consciente.

Los cinco sentidos

Una de las consecuencias del Déficit de Naturaleza es lo poco que hoy día ejercitamos y valoramos los sentidos. Pasamos tantas horas observando pantallas, bien sea de móvil, tableta, ordenador o televisión, que no nos quedan resquicios de tiempo para atender lo que nos rodea y conectar con el mundo circundante a través de los sentidos. Según un informe de 2014, la tendencia a estar todo el día mirando una pantalla ocurre en cualquier rincón del mundo; en España pasamos casi 6,6 horas mirando sobre todo el móvil, algo parecido ocurre en México, mientras en China el promedio es de casi 8 horas. Estos datos evidencian el enorme tiempo que le dedicamos en exclusividad al sentido de la vista, o habría que decir al sentido de “la vista de pantallas”.

Caminar entre árboles es una oportunidad para detener ese ritmo y dedicarle un tiempo a percibir los elementos de la naturaleza circundante. Algo que, como insiste Richard Louv, nos reconforta y equilibra porque lo necesitamos para estar de verdad sanos.

En el paseo por el parque sevillano, encontramos bastantes ocasiones para el disfrute visual. La sola visión del verdor del entorno bajo la luz primaveral resultaba un alivio para los ojos. Cambiando la dirección de la mirada hacia arriba, las copas verdes extendidas hacia el azul del cielo brindaban una sensación de expansión. En la rica paleta de verdes, distinguimos el verde vivo de las hojas nuevas de plátanos, almeces, olmos y otros árboles caducifolios, una imagen que contagia alegría y vitalidad. La parada en la Glorieta de los Lotos, un estanque amplio rodeado de una pared de árboles grandes, permitió descansar la vista en un horizonte verde vivo que transmitía sosiego y alegría en contraposición al no tan estimulante horizonte edificado que suele rodearnos.

Una manera más íntima de contactar con los árboles es cerrando los ojos y palpando, por ejemplo, las cortezas de los troncos. Dice Caballero Bonald en su poema en prosa “Apenas sensitivo”: Tocar un árbol, recorrerlo, intuir lo que ocurre en su interior, equivale a aceptar que cualquier inventario apenas sensitivo de los árboles circundantes supone juntamente el árbol de la vida (4). Las sugerentes palabras del poeta inspiran a las manos a intuir la vida única que palpita en todos los árboles. Tocar las formas y texturas que el paseo invita ensancha el horizonte interior. En nuestra ruta pudimos acariciar la suave corteza del almez, sentir el tronco descamado del plátano, seguir los surcos profundos del olmo o rodear el desmesurado tronco de un eucalipto rojo .

El mundo invisible del bosque está poblado de aromas. Los árboles, las plantas, constantemente están emitiendo compuestos aromáticos. Según investigaciones recientes, esas sustancias constituyen un rico lenguaje con el que las plantas se comunican, es un verdadero código de mensajes; los hay de alerta, de defensa, de atracción para los insectos y, así, una gran variedad de mensajes para una diversidad de fines. La gama de olores es amplia, desde olores intensos de algunas flores a otros más sutiles de hojas o maderas. En el paseo del Parque de María Luisa recorrimos territorios aromatizados por las hojas de mirtos, naranjos y eucaliptos, cada uno con su carga curativa. Un jardín es una atmósfera fragante para disfrutar de la belleza aromática y dejarse impregnar de su riqueza balsámica.

7_Arrayanes

El efecto sanador del paseo es mayor si acallamos el parloteo constante de nuestra mente y permitimos que los sonidos del bosque suenen. En el Parque de María Luisa, el viento se dejaba oír, a veces moviendo las grandes hojas de las altas palmeras, otras, las pequeñas de los almeces. La voces de distintos pájaros con sus diferentes notas irrumpían en el camino para callar poco después. Hubo ocasión para oír el gorjeo grave de un mirlo, el arrullo vibrante de la tórtola, el canto metálico del carbonero, el canto vivaz del verderón, los graznidos de pavos reales o los gritos ruidosos de cotorras de Kramer. El agua de las fuentes con su voz cristalina también acompañó tramos de nuestro paseo, refrescándonos con su incesante fluir y cantar.

La percepción sensorial es completa si también se degusta una infusión de plantas del bosque. Saborear una infusión es otro modo de recibir las bendiciones terapéuticas de las plantas. En nuestro paseo, paramos bajo un tilo a tomar una mezcla de tila y flor de azahar, ambas de efecto relajante, junto con hojas de ginkgo.

La contemplación del árbol

12_FicusEl simple hecho de contemplar un buen árbol ayuda a sanarnos emocional y espiritualmente, debido a que  el árbol es una figura simbólica de grandes significados arraigada en la conciencia colectiva. En el árbol los seres humanos hemos visto el símbolo de la vida, la agrupación de los cuatro elementos de la naturaleza, la unión entre el cielo y la tierra, la semejanza con nosotros mismos, y el maestro que enseña la verdad de la vida. Por esa razón, la contemplación de un árbol maduro, bien enraizado, con tronco firme y copa abierta al cielo, nos inspira paz, sosiego, equilibrio y bienestar.

En un paseo, los árboles más esplendorosos ayudan a conectar con esa figura mítica y nos reconcilian con lo que somos.

En el Parque de María Luisa, comenzamos el paseo junto a al ciprés calvo de majestuosa presencia, elegido para el monumento al poeta romántico sevillano Gustavo Adolfo Bécquer; un ejemplar de más de 150 años, que infunde asombro y respeto como un árbol sagrado, a la vez que transmite sensaciones de cobijo y protección como un árbol madre. Al final del itinerario,  le dedicamos unos momentos a contemplar una magnífica higuera australiana, de porte armonioso y poderoso capaz de inspirar esa plenitud del árbol como símbolo de la vida.

Epílogo

Padecemos muchas dolencias, malestares y sufrimientos causados por nuestra forma de vivir y de pensar. Los árboles están ahí, a nuestro alcance en el bosque o el parque, para reconfortarnos y aliviarnos esos padecimientos. Volvamos a restablecer el contacto sanador con ellos.

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Notas
1. Jane’s Walks es un evento que se celebra anualmente en diversas ciudades del mundo. Consiste en organizar paseos guiados voluntarios por la ciudad. Se realizan en honor de la periodista y activista americana ya fallecida Jane Jacob, que luchó por la mejora de la vida en el espacio urbano. En el paseo por el Parque de María Luisa de 2015 colaboró el médico del deporte Eliseo Monsalvete, interesado en esta terapia.
2. Richard Louv. Last Child in the Woods: Saving Our Children from Nature-Deficit Disorder. Algonquin Books of Chapel Hill. New York, 2006. No existe edición traducida al castellano.
3. Algunos árboles del Parque de María Luisa que se vieron en el paseo fueron: araucaria (Araucaria cunninghamii); almez (Celtis australis); ciprés mediterráneo (Cupressus sempervirens); ciprés calvo (Taxodium distichum); eucalipto rojo (Eucalyptus camaldulensis); ginkgo (Ginkgo biloba); grevillea o árbol del fuego (Grevillea robusta); higuera australiana (Ficus macrophylla); olmo (Ulmus minor); palmera excelsa (Trachycarpus fortunei); plátano de sombra (Platanus orientalis y Platanus hispanica); o tilo común (Tilia platyphyllos).
Un inventario completo de los árboles del Parque de María Luisa fue compilado en la obra:
R.Cintas, J.Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa (Sevilla). Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1981.
4.  J.M. Caballero Bonald . Desaprendizajes. Seix Barral. 2015. Barcelona.

Escrito por Rosa, jueves 11 de junio de 2015.

Enlaces
Paseo de Janes Walk 2015 en el Parque María Luisa de Sevilla.
Reseña de Informe sobre el tiempo que pasamos mirando pantallas.

Entradas de este blog con temas relacionados:
Sobre efectos sanadores: el bosque medicina; el árbol medicina Nim.
Sobre sonidos, colores, aromas y sombras de los árboles.
Sobre algunas especies singulares: Ginkgo; Higuera australiana; Araucaria de AustraliaCiprés mediterráneo.
Sobre la contemplación del árbol.

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus_JMurilloLa mayoría de los árboles ornamentales nos agradan por sus cualidades estéticas. Solemos admirar la forma, el tamaño, el color y textura de copa, flores, hojas y tronco, el aroma de las flores o la buena sombra que brindan. Sin embargo, unas pocas especies poseen un atributo de otra índole, menos frecuente, que valoro especialmente: la capacidad de conmovernos. Son aquellos que poseen una presencia tan notable que inspiran sobrecogimiento, que de algún modo nos tocan el alma. Uno de estos árboles es la higuera australiana o higuera de Bahía Moreton (Ficus macrophylla), una higuera gigante tropical que crece bien en Sevilla y engrandece con su carácter monumental el atractivo vegetal de esta ciudad.

La higuera australiana posee rasgos de la exuberante vegetación tropical: es siempreverde; de gran tamaño (de 15-20 metros de altura en Sevilla y hasta 50m. en su región de origen); porte corpulento; copa densa y expansiva; hojas grandes verde oscuro brillante; y tronco fuerte y grueso, del que emergen unas vistosas y sorprendentes raíces tabulares. Entre los árboles urbanos, llama la atención por la sensación de fuerza y poder de la naturaleza que transmite.

Es una especie nativa de la costa oeste de Australia y de la isla de Lord Howe (Mar de Tasmania). Una de las zonas de Australia donde más abunda es la Bahía de Moreton, en Queensland, por esa razón es conocida como higuera de Bahía Moreton. También se le llama ficus australiano, banyan o baniano australiano y en el lenguaje popular, simplemente ficus.

Comparado con los árboles nativos de la región mediterránea, es un árbol de dimensión gigante por altura y frondosidad. Pero lo que le otorga el aire monumental es el entramado leñoso formado por el grueso tronco y las diversas raíces: las  aéreas que cuelgan de las ramas, las tabulares que nacen del tronco y las superficiales que se extienden sobre la tierra.  Es un árbol de raíces.

Las raíces aéreas son propias de las higueras tipo baniano. Este tipo de árboles dispersa sus semillas por medio de las aves, que las depositan en la copa de los árboles, donde germinan con menos competencia por la luz que en tierra. Cuando crece, al principio como epifita, echa raíces aéreas hasta alcanzar el suelo. Con el tiempo, envuelve al árbol huésped y puede causarle la muerte, por esto se les llama también árboles “estranguladores”. El auténtico banyan o baniano (Ficus benghalensis) suele emitir muchísimas raíces aéreas y ocupar extensiones enormes; son “árboles columnares”. En el Jardín Botánico de Howrah, cerca de Calcuta, hay un baniano de 250 años, conocido como “Great Banyan” cuya circunferencia mide medio kilómetro y tiene cerca de 3000 raíces aéreas.

Gran baniano de Calcuta, India. Autor: Biswarup Ganguly.

Gran baniano de Calcuta, India. Foto: Biswarup Ganguly.

Las espectaculares raíces tabulares de esta higuera, que parten del tronco, le dan al árbol un aspecto muy sólido pues recuerdan a las columnas de las catedrales góticas. Su función parece ser diversa: anclar el árbol en los suelos húmedos y poco profundos de la selva; dar soporte al árbol; disminuir el vaivén del follaje frente a los vientos huracanados tropicales; o recoger nutrientes de los restos caídos del árbol en los rincones que las mismas raíces crean. Por otra parte, las raíces superficiales en su búsqueda de agua se extienden como una red, aunque contribuyen también al soporte del inmenso árbol. El sistema radicular complejo de este ficus es fuerte y dinámico, muy útil en el bosque tropical, pero como árbol ornamental puede ocasionar problemas en edificaciones y pavimentos, por lo que conviene plantarlo en espacios anchos y abiertos, no cerca de edificios ni acerado.

el-arbol-cartelEl crecimiento vigoroso de este árbol se muestra muy bien en la película franco-australiana El árbol (2010) de la directora francesa Julie Bertuccelli, protagonizada por la actriz Charlotte Gainsbourg y basada en la novela de Judy Pascoe Our Father Who Art in the Tree (“Padre Nuestro que estás en el Árbol”). La acción está situada en Queensland, Australia. Una higuera de Bahía Moreton es protagonista esencial en la historia, un pilar de la tensión dramática. Frente al esfuerzo de una familia por superar la pérdida del padre, la higuera gigantesca con su tenaz expansión representa la fuerza de la naturaleza, el incesante impulso para continuar hacia delante con el proyecto vital. El relato me gusta mucho, entre otras razones, porque pone de manifiesto la hondura de la relación que un árbol puede llegar a inspirar en la vida de las personas. El árbol real filmado es una higuera de Bahía Moreton (llamado “Teviotville Tree”) de 130 años, que crece en la localidad de Teviotville, cuyas admirables dimensiones cautivaron a los cineastas de la película.

 La higuera de Bahía Moreton presenta otras peculiaridades características del género Ficus, al que pertenece. Es un género de gran éxito en la naturaleza pues comprende alrededor de 1000 especies de plantas, repartidas por las regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo. Lo más destacable es su fruto, conocido como higo. En realidad, se trata de un receptáculo carnoso llamado sicono que contiene en su interior multitud de pequeños frutos. La fecundación de estos frutos es un fenómeno apasionante de la biología pues se realiza a través de un eficaz mutualismo entre estos gigantescos árboles y unas diminutas avispas polinizadoras. Cada especie de ficus o higuera es polinizada por una especie de avispa y cada especie de avispa solamente puede reproducirse dentro de una especie de higuera; la higuera australiana es polinizada por la avispa Pleistodontes froggatti.

Entre los árboles llamados higueras, hay especies muy conocidas y de gran valor comercial y cultural. La higuera común (Ficus carica), originaria del Mediterráneo y oeste de Asia, ha sido cultivada desde tiempo inmemorial por sus higos y brevas, los únicos sabrosos, y forma parte de la cultura iconográfica occidental. La higuera sagrada o higuera de las pagodas (Ficus religiosa), natural de India, Nepal y China, es venerada por budistas, hinduistas y jainistas, y según la tradición bajo una de ellas Buda alcanzó la iluminación. El banyan o baniano (Ficus benghalensis), procedente de India y Bangladesh, también es venerado como árbol sagrado en India y es muy apreciado por la sombra que proporciona su muy extensa copa. El sicomoro (Ficus sycomorus), de África central, fue muy estimado en el Antiguo Egipto; en la actualidad está extendido por África, plantado por su sombra y múltiples usos. La higuera australiana o de Bahía Moreton (Ficus macrophylla) es apreciada por los aborígenes australianos en su lugar de origen; es muy usada como ornamental en regiones de climas suaves, como el mediterráneo, pues aunque los frutos no son comestibles y la madera es blanda y quebradiza, su valor ornamental es muy alto.


Palabras para hablar de higueras
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En España, el vocablo “higuera” se usa para referirse a la higuera común (Ficus carica), cultivada y espontánea en nuestra latitud, cuyos frutos (higos o brevas, según el tiempo de maduración) consumimos. El término “ficus” procede del latín y significa higo y también higuera; es el término científico que eligió Linneo para nombrar el género botánico al que pertenecen la higuera y otras 1000 especies relacionadas. Para evitar la confusión con la higuera común, a las especies ornamentales de origen tropical se les llaman “ficus” y así lo ha aceptado la Real Academia Española: “planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante”.  Expresiones como “higuera australiana” (Australian fig) o “higuera de Bahía Moreton” (Moreton Bay fig) son traducciones de otras lenguas que han sido introducidas con el comercio de especies ornamentales y no son todavía de dominio común.

El termino “baniano” procede del término inglés banyan. Los primeros viajeros europeos en India observaron que la sombra del árbol Ficus benghalensis era frecuentada por “banias” (como se denomina a los mercaderes en India). De hecho, esta especie ha sido usada desde antiguo para dar sombra en enclaves de descanso de las rutas comerciales; en las aldeas y pueblos, bajo su sombra se llevan a cabo muchas de las actividades de la comunidad. Los escritores ingleses comenzaron a hablar del árbol banyan, el árbol bajo el cual los mercaderes hindúes hacían sus tratos comerciales. Con el andar del tiempo, “banyan” llegó a convertirse en el nombre del árbol mismo. En la literatura botánica en español a veces se encuentra el término original inglés “banyan” y otras veces la forma castellanizada “baniano”. Aunque la Real Academia Española solo acepta “baniano”, con el significado de “comerciante de la India, por lo común sin residencia fija”.

En otro sentido, la higuera australiana aparece erróneamente identificada como árbol de las lianas (Coussapoa dealbata) en diversas fuentes documentales relativas a árboles de Sevilla. En este caso es un error de identificación, no de denominación. Posiblemente el parecido del árbol de las lianas con una subespecie de higuera australiana, la subespecie columnaris, nativa de la isla de Lord Howe, que se caracteriza por la emisión de numerosas raíces aéreas y que a veces se cultiva en jardines haya inducido a la equivocación.


Las higueras monumentales en Sevilla

Apenas hay testimonios escritos que documenten la implantación de esta higuera tropical en Sevilla. No obstante, ha sido un acierto, pues el clima le viene bien y hoy en día existen magníficos ejemplares repartidos por varios puntos del entorno histórico. En el Parque de María Luisa, los Jardines de Murillo, la avenida María Luisa, la calle Palos de la Frontera, la plaza de San Pedro y la Plaza del Museo, entre otros, puede disfrutarse de estos árboles. De hecho, algunos situados en plena ruta turística, se han convertido en escenario obligado de fotos y “selfies”.

Ficus_Palos

El vigoroso crecimiento y su enorme tamaño parecerían indicar que son árboles muy viejos, sin embargo, por las fechas en que se ajardinaron los Jardines de Murillo o la plaza de San Pedro, estos majestuosos ejemplares debieron ser plantados en los años veinte del siglo pasado; es decir apenas son centenarios. Como árbol urbano, la madera quebradiza es débil frente a los vientos y con frecuencia se producen desgarros de ramas grandes, por lo que hacen necesarios las podas.

Tengo la suerte de vivir en el centro histórico de Sevilla, rodeada de higueras monumentales. Paso a diario junto a algunas de ellas. Las saludo, las miro con mimosa atención, me expongo a su influencia, me dejo tocar el alma. Recientemente guié a un grupo de personas en un paseo arbóreo por el Parque de María Luisa, en el marco de la celebración de los Jane’s Walks Sevilla, y tuve ocasión de confirmar la facilidad de estas higueras para conectar con personas receptivas a los árboles. Cuando nos colocamos alrededor del tronco y cada participante se acopló en un hueco entre dos raíces tabulares, hubo un encuentro con el árbol de una manera profunda y orgánica, como si fuéramos seres silvestres felices en el acogedor retiro del árbol magnánimo.

Foto: Salas Mendoza Muro

Foto: Salas Mendoza Muro

Las higueras gigantes que vinieron de Australia son árboles cultivados que conservan algo salvaje. Poseen tal energía y fuerza que nos sustraen de nuestra realidad moderna y nos conectan a los arrullos primordiales de la selva, aquellos que solíamos escuchar en el silencio profundo cuando conversábamos con los árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de mayo de 2014.


FUENTES

Flora ornamental española. Las plantas cultivadas en la España Peninsular e Insular. Tomo II . José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres (Coord.). Sevilla, Consejería de Agricultura y Pesca; Madrid,  Mundi-Prensa, 2002.

El árbol (2010). Julie Bertuccelli.

Paseo de Jane’s Walks Sevilla, mayo 2014.

 

Monarca del Parque

Desde lejos, mirando hacia el Sur se divisa su silueta erguida, oscura, que sobresale por encima de las copas de los demás árboles del Parque.
Araucaria_silueta_abril_cielo-azulUna vez dentro del Parque no es fácil encontrarlo. Se descubre rodeando uno de los estanques y mirando a través de un claro en el dosel arbolado. Desde esa media distancia se aprecia su hermosa copa recta, vertical, que parece rivalizar en altura y elegancia con una torre cercana.

Araucaria y torreAún hay que sortear un gran ficus (Ficus macrophylla) para llegar al fin a la base de su gran tronco, que mide algo más de 3 metros de perímetro. Un cartel nos explica que se trata de una araucaria australiana (Araucaria cunninghamii). Visto desde abajo, asombra su impresionante tronco recto de más de 30 m de alto. En las ramas más bajas se pueden ver sus características hojas pequeñas, en forma de escamas agudas, imbricadas alrededor de las ramillas. La corteza del tronco es gris oscura, rugosa, con bandas circulares y tendencia a exfoliarse.

¿Cómo ha llegado hasta aquí esta araucaria australiana, tan lejos de su país de origen? Como cualquier ser vivo su existencia es el resultado de una larga historia evolutiva y de una serie de contingencias y casualidades.

Su azarosa historia comienza hace unos 160 años cuando un príncipe francés (Antonio de Orleans) tiene que huir de París en 1848 al instaurase en Francia la República. Como se había casado con una infanta española (María Luisa Borbón), acaba recalando en Sevilla donde los duques de Montpensier compran una magnífica mansión barroca, el Palacio de San Telmo. Deciden comprar además unos terrenos de huertas aledaños para crear un gran jardín acorde a la magnificencia del palacio. Posiblemente fuese Lecolant, el paisajista francés que trabajaba para los duques, quien seleccionó a esta araucaria australiana junto con otros árboles exóticos para poblar el jardín palaciego de estilo romántico. Hacia finales de siglo XIX (1893) la duquesa, viuda, donó los jardines del palacio a la ciudad de Sevilla. Desde entonces la araucaria forma parte del Parque de María Luisa, nombrado así en recuerdo de la duquesa, y puede ser admirada y disfrutada por todos los sevillanos.

Años más tarde, ya en el siglo XX, otro paisajista francés, Jean Claude Nicolás Forestier, recibe el encargo de reformar el Parque y diseñar las zonas ajardinadas para la Exposición Iberoamericana de 1929. Con buen criterio, decide respetar los árboles antiguos del jardín de los duques y permite que algunas zonas del Parque conserven su estilo romántico de arboledas densas e irregulares. También por la misma época, la araucaria vio alzarse en su proximidad la torre norte de la Plaza de España, diseñada por Aníbal González con estilo regionalista de ladrillo visto y cerámica. La esbelta y vistosa torre de 74,10 metros, junto a su compañera la torre sur, con el tiempo se han convertido en uno de los emblemas arquitectónicos de la ciudad, llamando la atención del visitante. En la pugna por alcanzar la máxima altura, la araucaria, a pesar de su porte vegetal sobresaliente, ha quedado empequeñecida por la estructura artificial de la torre y parece invisible cuando desde lejos se contempla la línea que recorta el cielo.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, by Philipp Franz von Siebold and Joseph Gerhard Zuccarini.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, por Philipp Franz von Siebold y Joseph Gerhard Zuccarini.

La historia de su origen nos lleva a Australia, unos años antes de la precipitada huida del príncipe francés y la creación del jardín. En septiembre de 1824, Allan Cunningham, quien entonces tenía 33 años, viajaba en una expedición por la costa como “Botánico del Rey” (a la sazón Jorge IV de Inglaterra), enviado a Nueva Gales para colectar plantas para los Jardines Reales de Kew. En el bergantín Amity (Amistad) viajaban unas 70 personas (entre soldados, exploradores, convictos y sus familias), a la búsqueda de un lugar idóneo para emplazar una nueva colonia penal. Recalaron en la bahía Moreton, desde donde Cunningham remontó el río Brisbane en una patrulla de reconocimiento. En su diario escribió: “hemos sido gratificado con una vista lejana del Pino; inmediatamente nos acercamos a uno de estructura magnífica, el Monarca de estos bosques. Era un árbol adulto, sano, con más de 37 metros de altura. Fue totalmente imposible no parar unos momentos para admirar este noble árbol”. En otro viaje posterior volvió por los mismos lugares “donde crecen esos árboles impresionantes, los monarcas de estos bosques, la nueva Araucaria”. Le llamó “pino de Brisbane” y recogió varias muestras para enviarlas a Kew; más tarde la especie botánica fue descrita y nombrada en su honor como Araucaria cunninghamii.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Desde el principio, los primeros exploradores consideraron a estas araucarias como un árbol excelente para la construcción de mástiles y arboladuras de los barcos por sus troncos rectos y altos. La magnífica calidad de su madera para la construcción y la fabricación de muebles llevó a la casi desaparición de los bosques nativos de araucaria en el sudeste de Australia a finales del siglo XIX. Los leñadores la llamaban hoop pine (“pino de aros”) porque en los troncos caídos, la corteza impregnada en resina tardaba más en descomponerse que la madera y quedaba formando aros. Durante el siglo XX, ante la escasez de las araucarias naturales se inició un programa de plantaciones y de investigación en técnicas de silvicultura de esta especie nativa. Actualmente se plantan en el SE de Australia más de 45.000 hectáreas de “pino de aros” que producen unos 440.000 m3 de madera y abastecen una floreciente industria de fabricación de muebles, pavimentos, molduras, recubrimientos y construcción naval. Por la particularidad de la madera de ser inodora e insípida fue muy utilizada para fabricar cajas para envasar alimentos como mantequilla, frutas y carne; aún hoy se utiliza para fabricar palos de helados y agitadores de café.

La araucaria de Cunningham se extiende por los bosques tropicales y subtropicales de las costas orientales de Australia y en Nueva Guinea. Se desarrolla en suelos profundos y en clima húmedo, con lluvias anuales que superan los 750 mm y pueden alcanzar los 5.800 mm en Nueva Guinea. Es una especie sensible al fuego y no soporta las heladas severas. ¿De dónde vino la araucaria sevillana? Es difícil saberlo. Se podría tomar una muestra de su ADN y rastrear sus parientes más cercanos en los bosques nativos de Nueva Gales del Sur.

Su información genética también nos puede contar historias de un linaje antiguo. Las araucariáceas se originaron a comienzos del Triásico (hace unos 252 millones de años) después de la gran extinción del Pérmico-Triásico que supuso una renovación de la mayor parte de los grupos de seres vivos del planeta. Los bosques de araucarias se extendían por el super-continente Gondwana (formado por Sudamérica, África, Australia y la India) durante el Jurásico (hace unos 180 millones de años), que también se ha llamado la “era de las coníferas”. Se piensa que las araucarias constituían una de las principales fuente de alimentación de los grandes dinosaurios y que algunos de estos saurópodos desarrollaron largos cuellos para poder ramonear en los árboles más altos. Tenemos la oportunidad de contemplar un fósil viviente, relicto de un esplendor pasado que comenzó a declinar durante el Cretácico (hace unos 65 millones de años) debido a las variaciones en el clima y a la competencia cada vez mayor de las nuevas especies de Angiospermas o plantas con flores. En las zonas del Hemisferio Sur donde han persistido condiciones cálidas y húmedas las araucarias han encontrado un refugio ideal. Gracias a su gran crecimiento vertical y al hábito emergente pueden competir por la luz en las intrincadas selvas costeras. Además, su extraordinaria longevidad les permiten aprovechar las oportunidades poco frecuentes, por ejemplo la apertura de un claro por alguna perturbación, para regenerarse.

Volvemos al aquí y ahora. España en mayo 2013 se encuentra en una crisis económica, política y moral; parte de la población (según las últimas encuestas) está descontenta con el rey actual, Juan Carlos I, tataranieto del príncipe fugitivo que creó los jardines y trajo la araucaria a Sevilla. Esta reliquia del Jurásico, según la esperanza de vida de su especie, puede vivir hasta 450 años y ser testigo de nuevos e impredecibles acontecimientos en la ciudad que le ha dado cobijo. Para algunos sevillanos, divisarla cada día, con su porte erguido y majestuoso sobresaliendo entre las copas del Parque nos hace la vida más rica y nos da otra perspectiva del tiempo y de nuestra existencia. ¡Larga vida a la Monarca del Parque!

Escrito por Teo, jueves 2 de mayo 2013

Página web dedicada al botánico y explorador Allan Cunningham

Informe de la IUCN sobre el estado de conservación de Araucaria cunninghamii

Historia y descripción del Parque de María Luisa en Sevilla