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Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

_________________________________
[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

Kindred spirits by Asher Brown Durand.jpg

Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
_____________________
[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

La señora Chatterley fue al bosque

El bosque umbroso, espeso, laberíntico, es un lugar idóneo para el escondite y para el amor furtivo. La señora Chatterley esperaba ansiosa el momento para escapar al bosque y encontrarse con Oliver Mellors, su amante. En la famosa novela de D. H. Lawrence el bosque desempeña un papel primordial.

What the hell do you go to that bloody wood for?

“¿Para qué demonios vas a ese maldito bosque?” le preguntaba iracundo su esposo, Lord Clifford. El lector de la novela sabe perfectamente para qué, porque Lawrence describe con detalle las escenas amorosas. Tanto, que la obra, tras ser publicada en Italia en 1928, fue prohibida en el Reino Unido por obscena; tuvieron que pasar 32 años para que una sentencia judicial autorizara su publicación y venta en 1960 [1].

La trama de la novela es un amor romántico prohibido, agudizado por un conflicto de clases, entre la señora aristócrata y el guardabosque. En los diálogos y los pensamientos de sus personajes se refleja la mentalidad británica en una época de cambio, comienzos del siglo XX después de la Primera Guerra Mundial, con reflexiones sobre las costumbres, la liberación sexual y la crisis ambiental y económica de una zona minera.

¿Qué demonios hace la señora Chatterley en un blog de árboles?, se puede preguntar el lector. Le animo a adentrarse en el bosque de esa novela, sin prejuicios; además de disfrutar de la pasión romántica de los amantes ¿por qué no?, podrá descubrir detalles simbólicos del bosque y comprender mejor el alma sensible de su autor, David H. Lawrence, hacia la naturaleza y los árboles.

Las diferentes imágenes simbólicas del bosque van apareciendo asociadas a los tres personajes principales.

The wood was her one refuge, her sanctuary.
“El bosque era su único refugio, su santuario”.

Durante su adolescencia, Constanza Reid fue enviada con su hermana a estudiar música a Alemania. “Lo pasaban muy bien allí. Vivían libremente entre los estudiantes, vagaban por los bosques, cantaban y eran libres ¡Libres! Esa era la gran palabra. Al aire libre, en los bosques eran libres para hacer lo que querían y, sobre todo, para decir lo que querían”. Desde el principio de la novela, el bosque es asociado con la vida en libertad.

Más tarde, Constanza se casa con un aristócrata y se convierte en Lady Chatterley. Cuando su marido vuelve paralítico de la guerra, se van a vivir a una mansión solitaria en la zona minera de los Midlands (región central de Inglaterra). Allí, siente un vacío en su vida y se consuela paseando por el bosque. “Iba a pasear a los bosques y disfrutaba de la soledad y el misterio, pateando las hojas marrones en otoño y cogiendo las prímulas en primavera. El bosque era su único refugio, su santuario”. Aunque realmente no lo era, “porque ella no tenía una conexión con él. Solo era un lugar adonde podía escapar. Nunca llegó a conectar con el propio espíritu del bosque … si es que existía esa cosa absurda”. El autor confiesa aquí su panteísmo y la creencia en el espíritu del bosque, aunque lo maquille con una duda retórica.

I want this wood perfect… untouched. I want nobody to trespass in it.
“Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre”.

Muy diferente era la visión del bosque que tenía su marido, Sir Clifford. “Él amaba el bosque; amaba los viejos robles. Sentía que eran suyos, heredados de sus antepasados. Deseaba protegerlos. Deseaba que este lugar permaneciera inmaculado, apartado del mundo”. En una visita al bosque (en silla de ruedas) acompañado de su esposa, defiende apasionadamente su visión conservadora del bosque. “Esta es la vieja Inglaterra, su corazón; y yo intento mantenerlo intacto. Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre. Somos nosotros, los propietarios que tenemos este sentimiento por el bosque, los que debemos conservarlo”. Eran tiempos convulsos en Europa, después de la Primera Guerra Mundial.

En el bosque todo estaba en calma, las hojas muertas caídas en el suelo mantenían la escarcha en su parte inferior. Se escuchaba la llamada áspera de un arrendajo y el canto de muchos pájaros. Pero no había caza; ningún faisán. Todos habían sido matados durante la guerra; el bosque había estado sin protección, hasta ahora que Clifford había contratado un nuevo guardabosque.

Así aparece en la novela el tercer personaje del triángulo, Oliver Mellors, quien buscaba olvidar su pasado, una mujer que le odiaba y un antiguo destino militar como oficial en la India. Quería encontrar refugio en la soledad del bosque.

His last refuge was this wood: to hide himself there!
“Su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

El guardabosque meditaba sobre su pasado y su presente. “Había pensado que estaría seguro, al menos por un tiempo, en este bosque. Todavía no había cacerías; él tenía que criar los faisanes. Estaría solo y apartado de la vida, que era todo lo que deseaba. Su retirada del mundo exterior era completa; su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

La soledad, el silencio, la oscuridad del bosque eran su vida y su deseo, en compañía de Flossie, su fiel spaniel marrón. Después del primer encuentro amoroso con Lady Chatterley en la cabaña y de acompañarla a la mansión, “regresó a la oscuridad y reclusión del bosque. Todo estaba tranquilo, la luna ya se había ocultado. Volvió a su casa con su escopeta y su perra, encendió la lámpara y el fuego, tomó la cena. Estaba solo, en un silencio que amaba”.

Pero el deseo, el miedo, la inquietud no le permitían relajarse en la casa. “Se levantó, cogió de nuevo la chaqueta y la escopeta, bajó la llama de la lámpara y salió con su perra a la noche estrellada. Hizo la ronda nocturna por el bosque, lentamente, con morosidad. Amaba la oscuridad y se dejó envolver por ella”.

Oliver era consciente de que la irrupción de Constanza en su vida acabaría con su ansiado refugio en el bosque. “Sabía que la reclusión del bosque era ilusoria. Nadie puede tener ya una vida privada y retirada. El mundo no permite ermitaños”. Y tenía miedo a la sociedad, que por instinto sabía que era “una bestia maligna y medio loca”.

Dejemos a un lado las pasiones y los enredos amorosos de Constanza, Clifford y Oliver y fijémonos en el bosque, el cuarto personaje de la historia. Lawrence nos regala hermosas descripciones del bosque y sus habitantes, contribuyendo a la emoción y las sensaciones de los diferentes episodios.

El bosque de invierno, desnudo, sin hojas, gris, invitaba a la melancolía en los primeros paseos de Constanza.

En el bosque todo estaba inerte e inmóvil, solo grandes gotas caían desde las ramas desnudas, con un golpeteo hueco. Por lo demás, entre los árboles viejos había una profundidad progresiva de inercia gris y sin esperanzas, de silencio y de la nada.
Desde el bosque viejo llegaba una melancolía antigua, que de alguna manera la confortaba, mejor que la insensibilidad áspera del mundo exterior. Le gustaba la interioridad del bosque, la reticencia silenciosa de los árboles viejos. Parecía un silencio poderoso y al mismo tiempo una presencia vital. También ellos estaban esperando, obstinada y estoicamente esperando, y emitiendo un silencio potente. Quizás solo esperaban el final; ser cortados, talados, el fin del bosque, para ellos el final de todo. Pero quizás su silencio fuerte y aristocrático, el silencio de los árboles fuertes, significaba algo más.

Al comienzo del capítulo 12, una bucólica descripción del bosque a finales de primavera preludiaba la plenitud amorosa que tendría lugar en la cabaña.

Connie se fue al bosque justo después de comer. Realmente era un día maravilloso, los primeros dientes de león parecían pequeños soles, las primeras margaritas eran tan blancas. El bosquete de avellanos formaba como una celosía, con las nuevas hojas abriéndose y los últimos amentos polvorientos colgando. Los ranúnculos amarillos lo cubrían todo, las flores completamente abiertas, sostenidas en urgencia, con su resplandor amarillo. Era el amarillo, el poderoso amarillo de comienzos del verano. Y las prímulas eran grandes y con un pálido abandono, formando densos macizos que habían perdido la timidez. El verde oscuro suculento de las hojas de los jacintos era como un mar, del que emergían las yemas florales como granos pálidos de maíz; mientras que en el sendero se erguían las nomeolvides y las aquilegias desplegaban sus riquezas de púrpura intenso. Bajo un arbusto se veían unos trozos azules de cáscaras de huevo. ¡Por todas partes las yemas hinchadas y el brote de la vida!

“¡Nada tan hermoso como una primavera inglesa!” exclamaría Clifford en otra ocasión. Para Lawrence existía una conexión profunda de la vida de las personas con la naturaleza y con el “ritmo de la vida cósmica”.

El bosque es también un símbolo de la plenitud amorosa y la pasión colmada. De vuelta en la mansión, mientras Clifford le leía a Racine en voz alta, ella seguía absorta bajo los efectos embriagadores de su encuentro apasionado en la cabaña.

Estaba ausente en su propio éxtasis dulce, como un bosque que susurra el gemido suave y alegre de la primavera, al brotar sus yemas.
Connie era como un bosque, como la maraña oscura del robledal, murmurando inaudiblemente con una miríada de yemas que se hinchan y despliegan. Mientras, las aves del deseo estaban dormidas en el vasto, entrelazado e intrincado interior de su cuerpo.

En su interior le atormentaba la pasión y el deseo. “!Ah sí, ser apasionada como una bacante, huyendo por los bosques como en una bacanal!”.

Tras el primer encuentro amoroso, Connie llegó a tener una especie de unión mística con los árboles del bosque.

Al día siguiente ella fue al bosque. Era una tarde gris, tranquila, con los mercuriales verde oscuro extendiéndose bajo los avellanos, y todos los árboles dedicados al esfuerzo silencioso de abrir sus yemas. Ese día, ella casi podía sentirlo en su propio cuerpo, el enorme flujo de savia en los robles corpulentos, hacia arriba, más arriba hasta las yemas en lo más alto de las copas, y allí empujar como si fuera sangre en el interior de las pequeñas hojas brillantes, color bronce. Era como un viaje, una ascensión turgente que se expandía por el cielo.

Precisamente la imagen de esta unión mujer-árbol fue elegida por la artista Lucy McLauchlan para diseñar una de las cubiertas más originales de la novela.

cover_ChatterleyLas descripciones sentidas y apasionadas de los elementos del bosque, del olor y la textura del aire, del color y brillo de las flores, son más que un mero escenario para su historia, reflejan una visión personal de Lawrence: la existencia de una relación orgánica entre mente, cuerpo y naturaleza [2].

Un escritor hipersensible hacia la naturaleza

Para algunos de sus contemporáneos, David Herbert Lawrence (1885-1930) era un neurótico con una obsesión absurda y extravagante por la naturaleza. Lo calificaban como un fauno, un sátiro, un hijo del dios Pan que se había escapado de su bosque misterioso [3].

En cambio otros, como Aldous Huxley, defendían el valor de su escritura, argumentando que su principal don era “su extraordinaria sensibilidad, su capacidad para ser consciente del universo en todos sus niveles, desde lo inanimado, las plantas, los animales hasta lo humano, y lo que pueda haber más allá”. Para Octavio Paz “Lawrence tenía el don poético por excelencia: transfigurar aquello de que hablaba. Así logró lo que otros novelistas no han conseguido: convertir a los árboles y las flores… en presencias“.

El escritor y editor Ford Madox Ford describió esa cualidad sobrenatural de Lawrence, como un conocimiento instintivo de los elementos misteriosos de la naturaleza y del flujo espiritual entre ellos. Los pasajes sobre la naturaleza son excitantes, aportan vida a sus obras, un matiz sobrenatural en sintonía con los bosques profundos. En una ocasión, mientras iban paseando y charlando por el campo, de pronto al ver una flor, Lawrence se arrodilló para mirarla y tocarla con delicadeza; según Ford se comportó como una “criatura del bosque, algo perturbada”.

Lawrence pasó algún tiempo, durante los años 1924 y 1925, en el rancho Kiowa (Nuevo México, EEUU). Allí escribía delante de su cabaña, en una mesa larga de carpintero, bajo un gran pino ponderosa (Pinus ponderosa). “Solo el gran pino delante de la casa, allí parado, quieto y despreocupado, vivo. Está tan cerca. Se sale por la puerta y ahí está el tronco, como un ángel de la guarda”. Sentía una relación profunda con este árbol.

El pino emite vida, igual que yo la emito. Nuestras dos vidas se encuentran y entrecruzan sin saberlo. La vida del árbol penetra en mi vida y mi vida en la suya. No podemos vivir uno cerca del otro, como de hecho hacemos, sin afectarnos mutuamente.
Me he vuelto consciente del árbol y de su interpenetración en mi vida. Incluso soy consciente de la energía del árbol que cruza y estremece mi plasma vivo.

En aquella mesa de madera y estremecido por la energía del pino escribió uno de sus mejores relatos, Saint Mawr, según Octavio Paz “una de las obras verdaderamente maestras de la literatura inglesa del siglo XX. En sus páginas, la naturaleza vuelve a ser la divinidad pánica que veneraron los antiguos y la fuente de regeneración de nuestra degradada especie”.

Unos años más tarde, en 1929, la célebre pintora americana Georgia O’Keeffe estuvo de visita en el rancho Kiowa. Se quedó hipnotizada con el gran pino: “a menudo me recostaba sobre la mesa y me quedaba mirando hacia arriba, al árbol, al tronco y sus ramas. Era particularmente hermoso durante la noche, con las estrellas brillando por encima del árbol”. Esta escena mágica del árbol que se eleva hacia la noche estrellada del desierto de Nuevo México quedó inmortalizada en su cuadro “El árbol de Lawrence”.

LawrenceTree

Lawrence fue un escritor prolífico y polémico, autor de novelas, teatro, poesía, libros de viaje y ensayos de filosofía, psicología y teosofía. Escribía sus “aventuras pensadas” siguiendo el impulso libre de su intuición; defendía que la naturalidad y la espontaneidad eran el prerrequisito de la creatividad. Ha sido etiquetado como romántico, panteísta, vitalista, trascendentalista y defensor del primitivismo. No puedo estar de acuerdo con algunas de sus ideas, como su rechazo del racionalismo y la ciencia, pero admiro su extraordinaria sensibilidad hacia la naturaleza y respeto su gran amor y comunión con los árboles [4].

Me gustaría ser un árbol, por un tiempo. La gran lascivia de sus raíces. Y ninguna mente en absoluto. Se eleva poderoso, y yo sentado a su sombra me siento seguro. Me gusta sentirlo a mi alrededor. Lo venero. Me pierdo entre los árboles. Soy tan feliz con ellos en su silencio, su pasión intensa y su gran deseo. Ellos alimentan mi alma.
Los árboles no tienen manos, ni caras, ni ojos. Sin embargo un torrente poderoso de savia aromática sube como sangre por las grandes columnas. Una vida individual vasta, y un deseo ensombrecedor. La voluntad de un árbol. Algo que te puede atemorizar.
Imagina que quieres mirar a un árbol a su cara. No puedes. No tiene cara. Miras al cuerpo fuerte del tronco; miras arriba en la cabellera enmarañada de las ramas; miras las puntas suaves y verdes. Pero no hay ojos a los que mirar, no puedes encontrar su mirada.
No es buena idea mirar a un árbol, para conocerlo. La única forma es sentarse entre sus raíces y acurrucarse contra su tronco fuerte, y no preocuparse. Así es como yo escribo, entre los pies de un árbol, olvidándome de mí mismo, apoyado contra el gran tobillo del tronco. Y entonces, como norma, igual que una ardilla es acariciada en su vivacidad por la magia sin rostro de un árbol, yo suelo ser acariciado en el olvido, y así garabateo este libro. En realidad un libro-árbol.

_____________________
[1] Me he basado en la edición de Collins Classics: D. H. Lawrence, Lady Chatterley´s Lover, Harper Press, Londres, 2013. También he consultado la traducción de Francisco Torres Oliver, en Alianza, 2ª edición, 2012.
Raquel C. Pico en Librópatas.com (ver enlace abajo) cuenta la historia de la prohibición de la novela y su relanzamiento en 1960, como una gran operación editorial que aprovechó el escándalo y la publicidad del juicio.
[2] Ver capítulo 7, Mind and Body (págs. 155-197), del libro de Tianying Zang (2011), D.H. Lawrence´s Philosophy of Nature. An Eastern view. Trafford Publishing, EEUU.
[3] La mayor parte de las citas están sacadas del capítulo 1, Lawrence´s sensitivity to nature (págs. 1-31) del libro de Tianying Zang (2011) citado en la nota anterior.
[4] La cita final es del capítulo 4 del libro Fantasía del Inconsciente (1922), escrito durante su estancia en Alemania, en los bosques de la Selva Negra.

 

Escrito por Teo, jueves 18 febrero 2016.

 

Enlaces
Reseña del juicio ganado en 1960 para publicar la versión íntegra de Lady Chatterley

Portada de la novela con el dibujo de Lucy McLauchlan

Artículo de Octavio Paz (1991) sobre la obra de Lawrence

El famoso pino de Lawrence en Nuevo México

Capítulo 4 de la Fantasía del Inconsciente

El bosque que no se ve. Otoño y epílogo

Luces

Las lluvias del otoño humedecen las hojas de los árboles, al aumentar su peso se rompen los ya debilitados pecíolos, lentamente van cayendo en una secuencia suave. El bosque de arces y nogales se va despojando así de su armadura de bronce y oro.

Bajo la lluvia, el biólogo Haskell, bien protegido por su impermeable, observa el bosque y reflexiona ¹. Siente un inesperado placer estético con el cambio otoñal de luces. El interior del bosque se ha vuelto más brillante y el espectro de la luz se ha ampliado. Después del verano, con sus sombras densas y la monotonía de los amarillos y verdes, ha llegado la explosión otoñal de los rojos, morados, azules, naranjas y sus múltiples combinaciones. Este sentimiento placentero lo interpreta como una necesidad inconsciente que tenemos los humanos por disfrutar de una diversidad cambiante de luces y colores.

Los animales del bosque modulan sus conductas para ajustarlas a los cambios de luces. Las aves, como el cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), saben utilizar la heterogeneidad de luces y sombras en sus despliegues territoriales. Cuando un macho se expone en una rama iluminada, su plumaje rojo brillante refleja la luz y es bien visible para otros machos. Sin embargo, al saltar a una parte oscura y sombreada de la copa del árbol, parece tener un color apagado y poco visible para los posibles depredadores.

Haskell observa en el mandala cómo una babosa (de la familia Philomycidae) se desliza lentamente por una roca cubierta de musgo. La decoración de líneas color chocolate oscuro sobre un fondo plateado mate la destacan sobre el musgo verde revitalizado por las lluvias. Sin embargo, cuando pasa a la parte de la roca cubierta por líquenes, el efecto cambia dramáticamente y, como por encanto, la forma y el color del animal se funde y confunde con el fondo variegado. Su belleza persiste, pero se transforma en una belleza camuflada en el entorno al que pertenece.

La evolución del camuflaje de los animales y la posibilidad de que se vuelvan “invisibles” en su hábitat natural está constreñida por la complejidad del ambiente visual en el que viven y por la sofisticación y agudeza visual de los depredadores.

En nuestra vida cotidiana, la vista se ajusta a la luz monótona de la pantalla del ordenador o del móvil. Al visitar un bosque en otoño experimentamos el aumento de la intensidad de la luz que penetra el dosel y la explosión cromática que produce en el sotobosque; desde nuestro subconsciente emerge un placer estético. Haskell argumenta que no es una respuesta cultural, sino que nuestra sensibilidad a los tonos, coloridos e intensidades de la luz está ligada a nuestra herencia evolutiva, como habitantes ancestrales de los bosques.

Pyrus leaves

El mundo subterráneo

Tumbado en el suelo del bosque, en unos de los bordes del mandala, Haskell investiga el mundo húmedo y oscuro bajo la hojarasca. Va retirando las hojas superficiales de robles, arces y nogales, todavía reconocibles y escarba un poco. Un olor intenso se desprende del material vegetal en descomposición. Al aroma agradable de hongos frescos se une un olor general a tierra húmeda, un indicador de un suelo sano.

A lo largo del año el suelo del bosque se comporta como un vientre que respira, se hincha durante la rápida inhalación otoñal (con el aporte de las hojas) y a continuación se va hundiendo lentamente a medida que la fuerza vital va permeando en el interior del cuerpo del bosque.

Mediante el olfato podemos detectar las moléculas que emiten los microbios del suelo; ese invisible mundo microscópico. Entre ellos, las actinobacterias tienen un papel fundamental en la degradación de los compuestos orgánicos y en el ciclado del carbono (además de ser la fuente natural de diversos tipos de antibióticos). Tienen la particularidad de emitir un compuesto volátil (geosmina) que asociamos al olor a “tierra mojada” y al que nuestro olfato es muy sensible; capaz de detectar niveles de una parte por billón. Haskell se pregunta si quizás nuestra historia evolutiva de recolectores y cultivadores de la tierra ha enseñado a nuestro olfato a reconocer una tierra sana y productiva; vinculando de esta forma nuestro subconsciente a los microbios del suelo que definen el nicho ecológico humano.

También existe toda una biodiversidad visible a través de la ventana abierta por Haskell al interior de la hojarasca, aunque son criaturas minúsculas. Los micelios (filamentos de los hongos) de color blanco radiante forman una retícula sobre las hojas negras. Diminutos chinches rosados, arañas naranjas y colémbolos blancos se mueven entre los restos vegetales oscuros. Un ápice radical de alguna planta queda al descubierto entre la hojarasca. De la raicilla emergen pelos delicados a través de los cuales la planta explora el suelo para absorber agua y nutrientes. Pero las raíces finas también secretan al suelo azúcares, lípidos y proteínas formando una capa gelatinosa a su alrededor (la rizosfera) donde se concentra la mayor densidad microbiana del suelo.

En realidad, las raíces no existen de forma independiente sino que están casi siempre asociadas a diversos tipos de hongos formando las micorrizas. La planta proporciona azúcares y otras moléculas complejas al hongo, mientras que el hongo, a través de sus hifas, le suministra agua y minerales, en particular fosfatos, a las raíces de la planta. Esa unión de planta y hongo (la micorriza) se puede considerar como una unidad biológica funcional.

Además, los hongos pueden servir como conductos de comunicación entre plantas. El átomo de carbono que una hoja de arce toma del aire, es fijado e incorporado en una molécula de azúcar; puede luego ser transportado a las raíces y donado a un hongo de la micorriza que a su vez lo puede usar o pasarlo a la raíz de un nogal. No se conoce bien el funcionamiento de esta red subterránea de interconexiones entre las plantas del bosque. De este modo, las plantas compiten (por la luz y los nutrientes) pero también comparten.

Existen evidencias fósiles que apoyan que las primeras plantas que colonizaron la tierra tenían ya micorrizas. La fuerza de esta simbiosis planta-hongo permitió el avance evolutivo de las plantas para colonizar y extenderse por toda la superficie terrestre. La economía natural es una historia de progreso individual y también de solidaridad.

Nuestra percepción principalmente visual y nuestro gran tamaño nos proporciona una perspectiva sesgada de la realidad natural del bosque. Ignoramos la gran complejidad y biodiversidad del mundo subterráneo. La muerte es la principal aprovisionadora de comida para este mundo. Todos los organismos terrestres, los animales y las plantas (sus hojas y troncos), estamos destinados a pasar a través del inframundo oscuro y a alimentar a otras criaturas. Al ser “enterrados” alimentamos la maquinaria de la vida y nuestras moléculas se reintegran a la tierra.

Poplar litter

Redes de sonidos y de compuestos volátiles

Una mañana de otoño Haskell permanece sentado junto al mandala, inmóvil durante más de una hora. Siente la brisa y la calma del bosque. Un ciervo se acerca a pocos metros sin notar su presencia, al verlo emite varios resoplidos de alarma y huye dando saltos. La voz de alarma se propaga en el silencio del bosque, unas ardillas y más lejos un tordo se hacen eco emitiendo sus propios sonidos de alarma. Existe una red acústica que conecta a los mamíferos y aves del bosque dándoles aviso de la existencia y localización de las posibles amenazas. Haskell recapacita que la mayor parte del tiempo que pasa sentado o paseando por el bosque está inmerso en sus propios pensamientos y ajeno a los sonidos que oye. Hace falta un ejercicio de voluntad para traernos al presente, a escuchar nuestros sentidos y desconectarnos, por un momento, del ruido interior de nuestras mentes.

Las plantas del bosque tienen una red de señales de alarma que no podemos percibir. Cuando una hoja es dañada, la planta sintetiza compuestos químicos de defensa. Algunos de estos compuestos son volátiles y se dispersan por el aire. Estas moléculas pueden llegar a la hoja de una planta vecina, entrar por los estomas y activar los mismos genes que ordenan la síntesis de compuestos químicos de defensa. A través de esta comunicación química, mediante los compuestos volátiles, una planta puede estar prevenida para el ataque de los insectos y volverse menos vulnerable.

El aire del bosque está repleto de una variedad de compuestos volátiles producidos por las plantas. Algunos son reconocibles por nuestro olfato y los denominamos aromas o perfumes. Pero la mayoría de las moléculas del aire del bosque son inhaladas y se disuelven directamente en nuestra sangre, pasando al cuerpo y a la mente sin que seamos conscientes. Muchos sentimos un gran bienestar cuando paseamos por un bosque y lo achacamos al placer estético y cultural. En Japón, este efecto sanador del bosque está reconocido como una práctica saludable y se denomina shinrin-yoku (tomar el aire del bosque). En los últimos años médicos japonenses han comprobado de forma científica el efecto beneficioso de respirar el aire del bosque, en particular reduce los riesgos de enfermedades coronarias, y se investiga cuáles son los compuestos químicos responsables.

La última tarde del año

En la última tarde del año Haskell visita el mandala. Después de observar la puesta de sol, escucha atento los sonidos de algunas aves mientras se acomodan en sus dormideros; más tarde oye el ulular de un búho, y luego el silencio.

Después de haber visitado durante todo el año el mandala y haber estado sentado en silencio durante horas, siente que el bosque está más cerca de sus sentidos, de su intelecto y de sus emociones; un sentimiento de pertenencia.

Pero al mismo tiempo, después de sus largas horas de observación, reconoce la enormidad de su ignorancia sobre los seres del bosque y sus relaciones. También siente su irrelevancia. La vida del bosque nos trasciende, no somos necesarios para que siga su curso. Aunque esta independencia de la vida del mandala le llena de alegría.

Epílogo

En el Epílogo del libro, Haskell reflexiona sobre nuestra desconexión, cada vez mayor, del mundo natural. Pero también reconoce que vivimos en una época maravillosa para los naturalistas. Nunca hemos tenido tantas herramientas como las guías, los documentales, las bases de datos de imágenes y sonidos, y toda la información accesible en internet.

Con este libro, Haskell anima a otros a explorar sus propios mandalas. No es necesario que sea un bosque maduro. Una de sus enseñanzas es que nosotros creamos sitios maravillosos al prestarles nuestra atención, no tenemos que esperar a encontrar bosques vírgenes que nos desvelen sus maravillas.

Termina con dos recomendaciones para observar el mandala. 1) Dejar atrás las expectativas, poner entusiasmo y tener los sentidos abiertos. 2) Ejercitar la atención de la mente al momento presente; buscar los detalles sensoriales, los sonidos, aromas, formas y colores.

Y una confesión: “observando el bosque, he llegado a verme a mí mismo con mayor claridad”.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

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¹ El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente durante un año un mandala virtual en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes de invierno, primavera y verano.
La Academia Nacional de las Ciencias de EEUU ha concedido a este libro el Premio de Comunicación 2013 en reconocimiento a la excelencia en la divulgación de ciencia.

 

Escrito por Teo, jueves 26 de diciembre 2013.

 

Entrada sobre el verano en el libro de Haskell
Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell

El bosque que no se ve. Primavera

El biólogo y escritor David Haskell estuvo visitando durante un año un “mandala virtual” (pequeño espacio circular de aproximadamente un metro cuadrado) en un bosque de Tennessee (EEUU). Sus observaciones y reflexiones dieron lugar al libro “The Forest Unseen”, del que ya he comentado sus pasajes invernales en una entrada anterior. Nos quedamos cuando comenzaron los primeros indicios del cambio de estación: “Las primeras flores de la primavera han percibido el cambio y los tallos con las yemas florales han comenzado a emerger a través de la hojarasca”. El biólogo cuenta cómo camino del mandala, al amanecer, se descalzó para sentir el calor tibio de la tierra del bosque, mientras escuchaba el canto de las aves y por doquier veía la emergencia de las primeras flores; todos sus sentidos le confirmaban que había terminado el invierno.

En el mandala, Haskell centró su atención en la primera flor de la primavera, una flor de hepática (Hepatica nobilis) que había estado cerrada durante la noche y se abría con las primeras luces del día para atraer a los insectos. Aunque intentaba percibir el lento movimiento de apertura de la flor, su vista y su cerebro iban demasiado rápidos; haría falta una secuencia a cámara rápida para revivirlos de forma perceptible al ojo humano. La observación de la planta le llevó a reflexionar sobre el nombre “hepática” dado a la planta, la forma de sus hojas lobuladas semejantes a un hígado y la antigua tradición occidental de relacionar la forma de las plantas con sus propiedades medicinales. Después de una larga disquisición sobre plantas, historias, tradiciones y palabras termina reconociendo que: “la bienvenida confiada que la flor de hepática dio a los primeros rayos del sol y a las abejas que zumbaban en la mañana me recordó que el mandala existe con independencia de las doctrinas humanas.” De esta forma el biólogo nos da una lección de humildad, la del observador que se acerca a la naturaleza y procura percibir sus misterios sin los prejuicios culturales. El naturalista, como cualquier humano está condicionado por su cultura; su visión de la flor es solo parcial, pues gran parte de su campo de visión está ocupado por siglos de palabras humanas.

En su camino hasta el mandala el biólogo trataba de pisar suavemente para no dejar un rastro de flores y hojas estrujadas en la alfombra de verdores y colores relucientes que cubrían el suelo del bosque. Al comienzo de la primavera el suelo del bosque recibe la máxima intensidad de radiación solar; el ángulo de los rayos es mayor que en invierno y los árboles todavía no han desarrollado sus hojas nuevas. Durante ese período las hierbas del sotobosque compiten en una carrera para crecer y reproducirse anticipando el momento en que “el dosel de los árboles les robe los fotones portadores de vida”.

Tapiz de Scilla lilio-hyacinthus en un hayedo de Irati.

Tapiz de Scilla lilio-hyacinthus en un hayedo de Irati, Navarra.

Esta comunidad de herbáceas se conoce como “efímeras de primavera”. Su estrategia vital se basa en almacenar reservas del año anterior en forma de rizomas o bulbos subterráneos. Al terminar el invierno emergen sus hojas ricas en cloroplastos y enzimas que maximizan la captación de luz y la fijación del dióxido de carbono por sus estomas abiertos de par en par, para construir de una forma rápida las moléculas de carbohidratos. Son las plantas “glotonas” del bosque.

El nuevo crecimiento de las raíces infunde vitalidad a la comunidad de organismos del suelo. Las raíces segregan un gel nutritivo que alimenta a bacterias, hongos y protistas, que a su vez sirven de alimento a nematodos, ácaros e insectos microscópicos. La escolopendra, con sus apéndices bucales que inyectan veneno, es un depredador voraz de esta microfauna del suelo. Pero el verdadero “terror” de la hojarasca del bosque es la musaraña de cola corta (Blarina brevicauda), un “monstruo” de unos 10 cm de largo y 20 gramos de peso, que devora todo lo que encuentra: lombrices, babosas, caracoles, topillos y salamandras; cada día consume hasta 3 veces su peso en comida para satisfacer su metabolismo hiperactivo. Tiene además veneno en su saliva que usa para paralizar y matar a sus presas (uno de los pocos mamíferos venenosos) y aunque medio ciego, emite sonidos ultrasónicos para localizar a sus víctimas por ecolocación, confiriéndole su merecida fama de “terror del inframundo”.

La explosión de flores en primavera también alimenta a toda una comunidad de organismos que se pueden ver y escuchar. Cientos de especies de insectos polinizadores vuelan y zumban, visitando otras tantas especies de flores del bosque, algunos de forma promiscua mientras que otros son más especializados en sus paladares. Las flores exhiben formas y colores variados para captar la atención de los insectos y ofrecerles su néctar y su polen como alimento; a cambio reciben el servicio de transporte del polen (donde viajan las células masculinas) hasta los estigmas (receptáculos femeninos) desde donde entrarán para encontrarse con los óvulos y fecundarlos. Se calcula que esta red de interdependencia comenzó hace unos 125 millones de años con la evolución de las primeras flores. Al principio sería una relación depredadora, de insectos comedores de polen, que se transformaría en otra de mutualismo por la que las dos partes se benefician. De hecho, las abejas y sus larvas consumen la mayor parte del polen que recogen y solo algunos granos son transferidos a otras flores y cumplen su función fecundadora. Cada primavera se renueva esta alianza antigua entre plantas y animales.

Tronco de haya de unos 30 m en Irati, Navarra.

Tronco de haya de unos 30 m en Irati, Navarra.

En los árboles, las yemas se van despertando y las nuevas hojas inundan como una marea verde brillante el dosel del bosque, comenzando en las partes más bajas y terminando en las cimas de los árboles más altos. Sobre las copas, a una altura de unos 30 metros desde el suelo, los rayos de sol calientan y evaporan el agua de las células de las hojas. Se genera una tensión que succiona el agua del interior de la hoja, de las venas, de los vasos del xilema del tronco hasta llegar a las raíces que la absorben del suelo. La fuerza de succión de una molécula de agua es minúscula pero la fuerza combinada de millones de moléculas de agua que se evaporan en las hojas de un árbol puede tener una fuerza suficiente para subir una columna de agua de varias decenas de metros. Si nos acercamos a la base de un tronco no podemos imaginar que por sus conductos está bombeando más de 500 litros diarios de agua desde el suelo hasta las hojas, mediante este mecanismo elegante y silencioso.

El bosque en primavera es un regalo para los oídos. Una mañana de abril el biólogo fue hasta el mandala del bosque bien temprano, antes del amanecer, para ir escuchando, identificando y anotando la secuencia de los distintos cantos de aves durante el espectáculo sonoro conocido como los “coros del alba”. Nos describe los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves: entre los más tempraneros estaban los pequeños páridos como el carbonero de cresta negra (Baeolophus bicolor) y el carbonero de Carolina (Poecile carolinensis), también el papamoscas fibí (Sayornis phoebe) con su rasposo fi-bí que le da nombre. Mientras leemos, vamos disfrutando de los diferentes nombres de aves y sus peculiaridades canoras a medida que avanza la mañana y el capítulo. Ya con el cielo azul radiante, cerca del mandala se escuchaba el chip metálico del bello cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), mientras que por la espesura del bosque se difundían los potentes glugluteos de los pavos machos (Meleagris gallopavo) marcando sus territorios.

Asistir al despertar de la primavera en los bosques templados caducifolios es una celebración de la VIDA en su estado más puro. La exquisita sensibilidad de Haskell y el amor por la vida del bosque que transmite nos evoca a Thoreau que escribió: “una razón para venirme a los bosques a vivir fue que así tendría el placer y la oportunidad de ver cómo llega la Primavera”.

Escrito por Teo, jueves 30 de mayo 2013.

Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell

El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin

El blog de David Haskell