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Arminio y los bosques de Germania

La cultura occidental nunca se ha desprendido del todo de sus mitos de la naturaleza. Los cultos que buscamos en otras culturas nativas, como el bosque primigenio, el río de la vida o la montaña sagrada, en realidad están vivos en nosotros mismos; solo tenemos que saber dónde buscarlos. El libro de Simon Schama Paisaje y Memoria¹ es un viaje a través de espacios y épocas, un ejercicio de arqueología cultural que saca a la luz las venas del mito y la memoria que están ocultas bajo la piel del paisaje.
Landscape&Memory_coverDe la mano de Schama recorremos la historia cultural de Alemania buscando los bosques en sus mitos, sus memorias y sus obsesiones. El capítulo (de 60 páginas), oportunamente titulado «El camino a través de los bosques» (Der Holzweg: The Track Trough the Woods, en alemán e inglés en el original) comienza con Tácito y termina con el neoexpresionista Anselm Kiefer.

La Germania de Tácito

Cornelio Tácito escribió su obra Germania² posiblemente en el año 98 d.C., al comienzo del reinado de Trajano en Roma. En su texto describe las tierras localizadas al norte del río Rin y las costumbres de los pueblos germanos que las habitaban, con referencias interesantes a su relación con los bosques.

El paisaje de la Germania de hace 2.000 años era predominantemente forestal: «El terreno, aunque variado en su aspecto, está en general lleno de bosques» (p. 39).

En contraposición a las densas y populosas ciudades romanas construidas con piedras y ladrillos, los germanos habitaban en casas de madera dispersas por un paisaje forestal: «no habitan ciudades, como nosotros, y ni siquiera aguantan que sus casas estén juntas unas a otras. Dispersos y separados, viven en donde una fuente, un campo o un bosquecillo les place» (p. 50).

En varias partes de la obra se refiere Tácito a la relación de la cultura germana con los bosques sagrados. «No juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración» (p. 44). «Llevan a la batalla ciertas efigies e insignias sacadas de los bosques sagrados» (p. 42). «Se reúnen los representantes de los clanes en un bosque consagrado por los augurios de los patriarcas y por un respeto ancestral» (p. 76).

Como producto de origen arbóreo, resulta muy interesante la descripción sobre el comercio del ámbar báltico: «buscan el ámbar y lo recogen en los bajíos y en las misma orillas. Durante mucho tiempo permaneció tirado entre los demás despojos del mar, hasta que nuestro gusto por el lujo le dio importancia. Aceptan, admirados, el precio que se les ofrece por ello.»

Tácito presume del avance en la «ciencia» romana y nos regala algunos detalles bastante precisos sobre la naturaleza del ámbar. «No se han cuestionado, sin embargo, como bárbaros que son, por la naturaleza y la formación de este producto. Se piensa que es un exudado de los árboles, pues muchas veces se ven en su interior ejemplares de ciertos animales terrestres y volátiles que, engullidos en un líquido viscoso, quedaron apresados en él al solidificarse» (p. 83).

Ahora sabemos que el ámbar es una resina fosilizada que se produjo en los bosques de las orillas del Báltico durante el Eoceno, hace unos 44-47 millones de años. Se pensaba que fue producida por pinos o araucarias, pero las investigaciones recientes, usando técnicas de microespectroscopía de infrarrojos, apuntan a que el ámbar báltico fue producido por árboles de la familia sciadopitiáceas, unas coníferas que estaban muy extendidas por el Hemisferio Norte y de las que solo sobrevive el pino parasol (Sciadopitys verticillata), endémico del Japón. Pero esa es otra historia.

Volviendo a la obra de Tácito, en ella destacaba las virtudes de los germanos para criticar los vicios de Roma: «Es tan admirable su primitivismo. Plantándole cara a los hombres y a los dioses, han conseguido algo dificilísimo: no echar en falta ni siquiera la tentación» (p. 85). «A nadie divierte allí los vicios, y no llaman «moda» a corromper o ser corrompido» (p. 53). Estas observaciones de Tácito sugieren que los estereotipos de las virtudes de los pueblos europeos del norte y los vicios y corrupción de los del sur persisten desde hace dos milenios.

Algunos han visto una intencionalidad política en la obra, al avisar sobre la potencia bélica de los vecinos del norte. «Los germanos destruyeron al tiempo cinco ejércitos consulares del pueblo romano; incluso le ocurrió lo mismo al César y a Varo con sus tres legiones» (p. 73). Aquí alude Tácito a la gran derrota que tuvo lugar en el bosque de Teutoburgo, en el año 9 d.C. Esta batalla fue para muchos el acto fundacional de la nación alemana.

El bosque de Teutoburgo y el mito de Hermann

El bosque fue el principal aliado de Arminio, príncipe de los queruscos, en la decisiva batalla contra las legiones mandadas por Publio Quintilio Varo. Según cuentan las crónicas, en septiembre del año 9 d.C. Varo se trasladaba con todo su ejército a los cuarteles de invierno del río Rin. Una cohorte de caballería germana comandada por el joven Arminio acompañaba a Varo como tropa auxiliar. En el trayecto, con el argumento de someter una tribu local que se había rebelado, Arminio convenció a Varo para que tomaran un desvío y se adelantó con su caballería.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

La lenta y pesada caravana de unos 20.000 hombres (soldados, civiles, esclavos, mujeres y niños) con sus equipajes se extendía varios kilómetros, serpenteando por los senderos estrechos del bosque. En una angostura, entre la boscosa colina de Kalkriese y una zona pantanosa, los estaba esperando un ejército formado por varias tribus germanas que se habían unido al mando de Arminio. Fue la «emboscada» por excelencia. El bosque impenetrable, bien conocido por los atacantes, impidió el despliegue de las tácticas de las legiones romanas, diseñadas para la lucha en espacios abiertos. El ataque de las tribus germanas duró cuatro días hasta la completa aniquilación de los expedicionarios romanos y el suicidio de Varo.

La terrible derrota de las tres legiones contribuyó a que los romanos desistieran de conquistar los terrenos al norte del río Rin. Establecieron una frontera fortificada (Limes Germanicus), más allá de la cual se extendía la Germania Magna o Germania Libera.

Arminio y su epopeya en el bosque de Teutoburgo fueron olvidados durante siglos, hasta que en el siglo XVI se descubrieron las copias de las obras de Tácito en un monasterio alemán. Empezaron a publicarse nuevas ediciones y el mito de Arminio, el héroe liberador de Germania, fue creciendo y tomando forma de nuevo. Parece que fue Lutero el que reforzó el mito, renombrando al héroe como Hermann («hombre de guerra») y defendiendo su papel en el combate contra el vicio y la decadencia de la civilización latina (vaticana en este caso).

En 1875, el Kaiser Guillermo I inauguró una gigantesca estatua de bronce del héroe Hermann blandiendo su enorme espada (de 7 m) y mirando hacia Francia; celebraba así la victoria en la guerra franco-prusiana y la unificación de Alemania. Durante los siglos XVIII y XIX, el héroe Hermann, guerrero musculoso con largos cabellos rubios, fue el personaje central de más de 50 obras de teatro y óperas en Alemania.

Para el escritor David Crossland, «la historia de Arminio es una lección de cómo la Historia puede ser inventada y convertida en propaganda. Desde que la crónica de la batalla escrita por Tácito fue redescubierta en el siglo XVI, los nacionalistas han transformado al líder germánico en un icono para forjar la unidad contra el enemigo común percibido, ya sea el Vaticano, Francia o los judíos.»

Epílogo

Durante mi viaje a Berlín en el pasado marzo, me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo, donde (tras pagar la excesiva entrada de 14 euros) pude examinar la obra de gran formato que Anselm Kiefer dedicó a la batalla de Teutoburgo.

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Se titula «Caminos de sabiduría del mundo: la batalla de Hermann» (Wege der Weltweisheit: die Hermanns-Schlacht, 1980).

Kiefer_trunksEn el centro figuran los troncos de los árboles del bosque de Teutoburgo, con llamas a sus pies. Una serie de retratos de personajes de la historia intelectual de Alemania, como Kant o Heidegger, junto a militares como von Clausewitz o el fabricante de armamentos Krupp se conectan entre ellos y también con las llamas mediante líneas de circuitos.

«Más tarde o más temprano, los caminos de sabiduría en este bosque llevan al infierno», leo en la nota explicativa.

 

Es un día soleado de invierno, salgo del museo y me dirijo al bosque de Tiergarten, el pulmón de Berlín. Los robles, las hayas y los alisos están todavía sin hojas, pero en la tierra florecen las campanillas azules, narcisos y hepáticas. Un largo paseo por el bosque tiene un efecto refrescante y reparador. Los pacíficos berlineses pasean sus perros o hacen ejercicio por el parque. El mito de Arminio se desvanece en esta nueva Alemania.
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¹ Simon Schama (1995) Landscape and Memory. Capítulo 2. «El camino a través de los bosques» págs. 75-134. Fontana Press, Londres.
² Cornelio Tácito (2011) Germania, traducción y notas de Juan Luis Posadas. Aldebarán, Cuenca.

Escrito por Teo, jueves 3 abril 2014.


Enlaces

Artículo de David Crossland sobre el mito de Arminio, Spiegel International 2009
Museo en Kalkriese, lugar de la batalla del bosque de Teutoburgo

Sustancia Bosque

Hay libros que se mantienen fuera de nuestro alcance durante años y cuando sabemos de su existencia tenemos la certeza de que no podemos vivir ni un día más sin desvelar la intriga que el título nos despierta.

El Nombre del Mundo es Bosque es uno de estos libros. Fue escrito en 1972 por la norteamericana Úrsula K. Le Guin (1929), maestra de la ciencia ficción y una de los mejores novelistas actuales. Han pasado décadas desde su creación pero, como un buen clásico, esta obra puede ser descubierta y disfrutada en cualquier momento.

Sustancia_bosque

La novela nos traslada al futuro. A un tiempo en el que, a causa de que en la Tierra ya se han arrasado todos los árboles, los humanos colonizan el planeta Athshe, un planeta cubierto de bosques, con el fin de extraer la madera para satisfacer la demanda terrícola. El planeta está habitado por el pueblo de los bosques, una estirpe de seres humanoides muy integrados física y espiritualmente con la naturaleza. Con esas premisas, la autora nos sitúa frente a los dramáticos conflictos que surgen en el encuentro entre unos colonizadores movidos por sus intereses explotadores y unos nativos de cultura pacifista y defensora de la integridad de su mundo.

Úrsula K. Le Guin es autora de poesía, cuentos, libros infantiles y artículos, pero es más que nada conocida por sus célebres novelas La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y la serie de Los Libros de Terramar, por citar algunas. Jacinto Antón, en la entrevista que le realizó para El País Semanal, asegura que “es imposible describir la conmoción que provocan sus historias”. Y, en verdad, sus relatos no solo consiguen emocionar sino que asombran, inquietan y sacuden por dentro. Están contados con un lenguaje depurado y esencial, llenos de una singular belleza y trazados con finura y elegancia. Y nos hacen transitar por los sentimientos más delicados, las reflexiones profundas o lo sublime, y por asuntos que siempre, de un modo u otro, nos inducen a meditar sobre la materia de la que estamos hecho los seres humanos.

En El Nombre del Mundo es Bosque (The Word for World is Forest en el original), la primera conmoción nos la provoca el título, una frase que suscita extrañeza, admiración y presagio de algo nuevo, que invita a descifrar su significado y provoca deseos de sumergirnos en lo que intuimos que promete.

Adentrándonos en sus páginas el misterio se nos revela poco a poco, en diferentes capas y matices a lo largo de una emocionante trama. El sustrato de la obra es la exposición de dos visiones diferentes del mundo y del papel de los humanos, encarnadas por personajes arquetípicos. En el desarrollo de la trama, asistimos al choque entre ambas perspectivas: conservar la rica cubierta vegetal del mundo o empobrecerla y arrasarla; respetar la paz y la integridad de los otros, o violentarlos y aniquilarlos. Y a través del apasionante relato de los sucesos, somos invitados a reflexionar sobre la guerra o la supervivencia de la diversidad natural.

Pero el tema de este blog no es la crítica literaria sino los árboles, y lo que más nos interesa de esta novela de Le Guin es precisamente la grandeza admirable con que trata el elemento árbol, el elemento bosque.

En primer lugar, la escritora nos obsequia con una extraordinaria imagen de un planeta todo bosque, un bosque en su máximo esplendor, como solo reside en la utopía, el sueño o el mito.

A ello une una sublime concepción de la relación del ser humano con el bosque: para los habitantes de Athshe el bosque era la sustancia del mundo. La poderosa y sensible imaginación de la escritora ha concebido una idea de bosque como principio, como esencia misma de la existencia, como parte de la imagen de sí mismos de los individuos. Y ha situado la relación humano-árbol en un grado espiritual superior,  en la plena consciencia de compartir materia y espíritu con el árbol.

En su exploración de la “sustancia bosque” nos revela sentimientos que motivan los árboles en las personas.  Con elegante sencillez descubre extremos como la invisibilidad de los árboles para quienes no conciben a los seres vivos como parte de nuestra propia naturaleza o las emociones abrumadoras de quienes no están habituados a su presencia grandiosa.

Le Guin casi siempre introduce la amistad en sus novelas, la forma de amor que es la amistad. En el libro que nos ocupa agradecemos a la escritora la amistad, el amor por los árboles que ha manifestado sentir al dedicarle toda una obra.

Terminamos esta entrada (post) con una breve muestra de textos de la novela para disfrutar de la escritura de Úrsula K. Le Guin (en la traducción de Matilde Horne):

También había aprendido a gustar de los nombres que los athshianos daban a sus territorios y poblados: sonoras palabras bisilábicas: Sornol, Tuntar, Eshreth, Eshsen – que ahora era Centralville -, Endtor, Abtan y sobre todo Athshe, que significaba el Bosque, y el Mundo. De modo que tierra, terra, tellus significaba a la vez el suelo y el planeta, dos significados y uno. Pero para los athshianos el suelo, la tierra, no era el lugar adonde vuelven los muertos y el elemento del que viven los vivos: la sustancia del mundo no era la tierra sino el bosque. El hombre terráqueo era arcilla, polvo rojo. El hombre athshiano era rama y raíz. Ellos no esculpían imágenes de sí mismos en la piedra; sólo tallaban la madera…”

“… Pero cuando llegaron no había nada. Árboles. Una oscura maraña de árboles, espesa, intrincada, interminable; sin ningún sentido. Un río perezoso invadido y ahogado por los árboles, algunas madrigueras de crichis escondidas entre los árboles, algunos ciervos rojos, monos peludos, pájaros. Y árboles. Raíces, troncos, ramas, hojas arriba y abajo que se le metían a uno en la cara y en los ojos, una infinidad de hojas en una infinidad de árboles”.

“Como les sucede en Terra a la mayoría de los terráqueos, Lyubov nunca había caminado entre árboles silvestres, no había visto jamás un bosque más grande que una manzana urbana. Al principio en Athshe se había sentido oprimido y angustiado en el bosque, ahogado por la infinita multitud e incoherencia de troncos, ramas, hojas en la perpetua penumbra verdosa o pardusca. La compacta maraña de varias vidas competitivas pujando y expandiéndose hacia arriba y afuera, en busca de la luz, el silencio nacido de una multitud de susurros sin sentido, la indiferencia total, vegetativa a la presencia del pensamiento, todo eso lo había perturbado, y como los demás, no se había alejado de los claros y de la playa. Pero poco a poco había empezado a gustarle. Gosse le tomaba el pelo, llamándolo señor Gibón; en realidad, Lyubov se parecía bastante a un gibón, la cabeza redonda, la cara morena, los largos brazos y el pelo prematuramente encanecido; pero el gibón era una especie extinguida. A gusto o a disgusto, como experto que era, tenía que internarse en los bosques en busca de los esvis; y ahora, al cabo de cuatro años, se sentía perfectamente cómodo bajo los árboles, quizá más que en cualquier otro lugar”.

 

Escrito por Rosa, jueves 28 febrero 2013

 

El Nombre del Mundo es Bosque 

Úrsula K. Le Guin

Jacinto Antón. “La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”. El País Semanal, 28 Octubre 2012