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Cernuda en el Parque

En los jardines antiguos el paso del tiempo concede a los árboles el privilegio de alcanzar la madurez. Suelen ser más grandes y vistosos, algunos llegan a tamaño colosal, otros alcanzan maneras majestuosas y sublimes, contagiando todos la atmósfera del jardín de cierto aire sobrecogedor. El Parque de María Luisa de Sevilla es uno de esos jardines centenarios donde la presencia de árboles viejos, abundantes y diversos, iluminados por la luz brillante del sur, crean escenas de delicada belleza que sumergen al paseante en estados interiores de ensoñación, asombro o poesía.

Parque

Es difícil capturar con palabras el encanto del Parque de María Luisa. La frondosidad verde prodiga una variedad de momentos para el goce de los sentidos en su devenir cambiante al paso de las horas, al ritmo de las estaciones. ¿Cómo expresar la belleza sutil y efímera de los contrastes entre la luz y la sombra sobre los árboles o la presencia tenue del otoño?  Los poetas son los que mejor saben revelar lo inaprensible. Luis Cernuda (1902-1963) supo captar esa realidad mágica del jardín sevillano. En su exilio en Escocia, escribió el libro Ocnos (1942) para conmemorar los lugares queridos de su infancia y juventud, entre ellos, el Parque de María Luisa. El poema en prosa El Parque describe admirablemente la infinidad de bellos matices que componen el alma y la esencia de este espléndido jardín histórico. Os invito a disfrutar del Parque rememorado por el poeta.

El Parque

Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en haces alternados con otros de sombra. Los troncos, componiendo la perspectiva, parecen desde lejos demasiado frágiles para sostener, aunque aligerada por el otoño, la masa de sus frondas, a través de las cuales se trasparenta el celeste tan leve del cielo, indeciso aquí y allá entre el rosado y el gris. Un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes verdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas. La naturaleza a solas recoge en su seno tanta calma y tanta hermosura, originadas y sostenidas una por otra, igual que sonido y sentido en un verso afortunado.

A la tarde, el viento se lleva por la alameda algo que en su alada rapidez no se sabe si son hojas secas o doradas aves migratorias. Tibia la hora, algún grupo de árboles manteniendo su verdor intacto, las palomas revuelan tocadas de ímpetu vernal, y los niños vienen con sus triciclos, con sus cometas, con sus veleros. Si bajo el pie no crujiesen las hojas, nadie diría que fuese otoño, ni siquiera ese perro valetudinario que, encelado y envidioso, ronda los juegos de sus congéneres jóvenes. La luminosidad de un verano de San Martín llena la tarde de promesas engañosas: el buen tiempo presenta un futuro dilatorio, de momentos tan plenos como los días largos de una primavera que comienza. Allá entre los troncos más lejanos, donde un vapor ofusca la trasparencia del aire, por la llama de esa hoguera se diría que arde, en pira de sacrificio, buscando transustanciación, el otoño mismo.

Escrito por Rosa, jueves 26 de noviembre de 2015.

Fuente:
Luis Cernuda. Ocnos : seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Taurus Ediciones. Madrid. 1979. Página 77.

El Parque de María Luisa en este Blog:
El Monarca del parque
Sanar con árboles
La higuera gigante que vino de Australia

El bosque que no se ve. Otoño y epílogo

Luces

Las lluvias del otoño humedecen las hojas de los árboles, al aumentar su peso se rompen los ya debilitados pecíolos, lentamente van cayendo en una secuencia suave. El bosque de arces y nogales se va despojando así de su armadura de bronce y oro.

Bajo la lluvia, el biólogo Haskell, bien protegido por su impermeable, observa el bosque y reflexiona ¹. Siente un inesperado placer estético con el cambio otoñal de luces. El interior del bosque se ha vuelto más brillante y el espectro de la luz se ha ampliado. Después del verano, con sus sombras densas y la monotonía de los amarillos y verdes, ha llegado la explosión otoñal de los rojos, morados, azules, naranjas y sus múltiples combinaciones. Este sentimiento placentero lo interpreta como una necesidad inconsciente que tenemos los humanos por disfrutar de una diversidad cambiante de luces y colores.

Los animales del bosque modulan sus conductas para ajustarlas a los cambios de luces. Las aves, como el cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), saben utilizar la heterogeneidad de luces y sombras en sus despliegues territoriales. Cuando un macho se expone en una rama iluminada, su plumaje rojo brillante refleja la luz y es bien visible para otros machos. Sin embargo, al saltar a una parte oscura y sombreada de la copa del árbol, parece tener un color apagado y poco visible para los posibles depredadores.

Haskell observa en el mandala cómo una babosa (de la familia Philomycidae) se desliza lentamente por una roca cubierta de musgo. La decoración de líneas color chocolate oscuro sobre un fondo plateado mate la destacan sobre el musgo verde revitalizado por las lluvias. Sin embargo, cuando pasa a la parte de la roca cubierta por líquenes, el efecto cambia dramáticamente y, como por encanto, la forma y el color del animal se funde y confunde con el fondo variegado. Su belleza persiste, pero se transforma en una belleza camuflada en el entorno al que pertenece.

La evolución del camuflaje de los animales y la posibilidad de que se vuelvan “invisibles” en su hábitat natural está constreñida por la complejidad del ambiente visual en el que viven y por la sofisticación y agudeza visual de los depredadores.

En nuestra vida cotidiana, la vista se ajusta a la luz monótona de la pantalla del ordenador o del móvil. Al visitar un bosque en otoño experimentamos el aumento de la intensidad de la luz que penetra el dosel y la explosión cromática que produce en el sotobosque; desde nuestro subconsciente emerge un placer estético. Haskell argumenta que no es una respuesta cultural, sino que nuestra sensibilidad a los tonos, coloridos e intensidades de la luz está ligada a nuestra herencia evolutiva, como habitantes ancestrales de los bosques.

Pyrus leaves

El mundo subterráneo

Tumbado en el suelo del bosque, en unos de los bordes del mandala, Haskell investiga el mundo húmedo y oscuro bajo la hojarasca. Va retirando las hojas superficiales de robles, arces y nogales, todavía reconocibles y escarba un poco. Un olor intenso se desprende del material vegetal en descomposición. Al aroma agradable de hongos frescos se une un olor general a tierra húmeda, un indicador de un suelo sano.

A lo largo del año el suelo del bosque se comporta como un vientre que respira, se hincha durante la rápida inhalación otoñal (con el aporte de las hojas) y a continuación se va hundiendo lentamente a medida que la fuerza vital va permeando en el interior del cuerpo del bosque.

Mediante el olfato podemos detectar las moléculas que emiten los microbios del suelo; ese invisible mundo microscópico. Entre ellos, las actinobacterias tienen un papel fundamental en la degradación de los compuestos orgánicos y en el ciclado del carbono (además de ser la fuente natural de diversos tipos de antibióticos). Tienen la particularidad de emitir un compuesto volátil (geosmina) que asociamos al olor a “tierra mojada” y al que nuestro olfato es muy sensible; capaz de detectar niveles de una parte por billón. Haskell se pregunta si quizás nuestra historia evolutiva de recolectores y cultivadores de la tierra ha enseñado a nuestro olfato a reconocer una tierra sana y productiva; vinculando de esta forma nuestro subconsciente a los microbios del suelo que definen el nicho ecológico humano.

También existe toda una biodiversidad visible a través de la ventana abierta por Haskell al interior de la hojarasca, aunque son criaturas minúsculas. Los micelios (filamentos de los hongos) de color blanco radiante forman una retícula sobre las hojas negras. Diminutos chinches rosados, arañas naranjas y colémbolos blancos se mueven entre los restos vegetales oscuros. Un ápice radical de alguna planta queda al descubierto entre la hojarasca. De la raicilla emergen pelos delicados a través de los cuales la planta explora el suelo para absorber agua y nutrientes. Pero las raíces finas también secretan al suelo azúcares, lípidos y proteínas formando una capa gelatinosa a su alrededor (la rizosfera) donde se concentra la mayor densidad microbiana del suelo.

En realidad, las raíces no existen de forma independiente sino que están casi siempre asociadas a diversos tipos de hongos formando las micorrizas. La planta proporciona azúcares y otras moléculas complejas al hongo, mientras que el hongo, a través de sus hifas, le suministra agua y minerales, en particular fosfatos, a las raíces de la planta. Esa unión de planta y hongo (la micorriza) se puede considerar como una unidad biológica funcional.

Además, los hongos pueden servir como conductos de comunicación entre plantas. El átomo de carbono que una hoja de arce toma del aire, es fijado e incorporado en una molécula de azúcar; puede luego ser transportado a las raíces y donado a un hongo de la micorriza que a su vez lo puede usar o pasarlo a la raíz de un nogal. No se conoce bien el funcionamiento de esta red subterránea de interconexiones entre las plantas del bosque. De este modo, las plantas compiten (por la luz y los nutrientes) pero también comparten.

Existen evidencias fósiles que apoyan que las primeras plantas que colonizaron la tierra tenían ya micorrizas. La fuerza de esta simbiosis planta-hongo permitió el avance evolutivo de las plantas para colonizar y extenderse por toda la superficie terrestre. La economía natural es una historia de progreso individual y también de solidaridad.

Nuestra percepción principalmente visual y nuestro gran tamaño nos proporciona una perspectiva sesgada de la realidad natural del bosque. Ignoramos la gran complejidad y biodiversidad del mundo subterráneo. La muerte es la principal aprovisionadora de comida para este mundo. Todos los organismos terrestres, los animales y las plantas (sus hojas y troncos), estamos destinados a pasar a través del inframundo oscuro y a alimentar a otras criaturas. Al ser “enterrados” alimentamos la maquinaria de la vida y nuestras moléculas se reintegran a la tierra.

Poplar litter

Redes de sonidos y de compuestos volátiles

Una mañana de otoño Haskell permanece sentado junto al mandala, inmóvil durante más de una hora. Siente la brisa y la calma del bosque. Un ciervo se acerca a pocos metros sin notar su presencia, al verlo emite varios resoplidos de alarma y huye dando saltos. La voz de alarma se propaga en el silencio del bosque, unas ardillas y más lejos un tordo se hacen eco emitiendo sus propios sonidos de alarma. Existe una red acústica que conecta a los mamíferos y aves del bosque dándoles aviso de la existencia y localización de las posibles amenazas. Haskell recapacita que la mayor parte del tiempo que pasa sentado o paseando por el bosque está inmerso en sus propios pensamientos y ajeno a los sonidos que oye. Hace falta un ejercicio de voluntad para traernos al presente, a escuchar nuestros sentidos y desconectarnos, por un momento, del ruido interior de nuestras mentes.

Las plantas del bosque tienen una red de señales de alarma que no podemos percibir. Cuando una hoja es dañada, la planta sintetiza compuestos químicos de defensa. Algunos de estos compuestos son volátiles y se dispersan por el aire. Estas moléculas pueden llegar a la hoja de una planta vecina, entrar por los estomas y activar los mismos genes que ordenan la síntesis de compuestos químicos de defensa. A través de esta comunicación química, mediante los compuestos volátiles, una planta puede estar prevenida para el ataque de los insectos y volverse menos vulnerable.

El aire del bosque está repleto de una variedad de compuestos volátiles producidos por las plantas. Algunos son reconocibles por nuestro olfato y los denominamos aromas o perfumes. Pero la mayoría de las moléculas del aire del bosque son inhaladas y se disuelven directamente en nuestra sangre, pasando al cuerpo y a la mente sin que seamos conscientes. Muchos sentimos un gran bienestar cuando paseamos por un bosque y lo achacamos al placer estético y cultural. En Japón, este efecto sanador del bosque está reconocido como una práctica saludable y se denomina shinrin-yoku (tomar el aire del bosque). En los últimos años médicos japonenses han comprobado de forma científica el efecto beneficioso de respirar el aire del bosque, en particular reduce los riesgos de enfermedades coronarias, y se investiga cuáles son los compuestos químicos responsables.

La última tarde del año

En la última tarde del año Haskell visita el mandala. Después de observar la puesta de sol, escucha atento los sonidos de algunas aves mientras se acomodan en sus dormideros; más tarde oye el ulular de un búho, y luego el silencio.

Después de haber visitado durante todo el año el mandala y haber estado sentado en silencio durante horas, siente que el bosque está más cerca de sus sentidos, de su intelecto y de sus emociones; un sentimiento de pertenencia.

Pero al mismo tiempo, después de sus largas horas de observación, reconoce la enormidad de su ignorancia sobre los seres del bosque y sus relaciones. También siente su irrelevancia. La vida del bosque nos trasciende, no somos necesarios para que siga su curso. Aunque esta independencia de la vida del mandala le llena de alegría.

Epílogo

En el Epílogo del libro, Haskell reflexiona sobre nuestra desconexión, cada vez mayor, del mundo natural. Pero también reconoce que vivimos en una época maravillosa para los naturalistas. Nunca hemos tenido tantas herramientas como las guías, los documentales, las bases de datos de imágenes y sonidos, y toda la información accesible en internet.

Con este libro, Haskell anima a otros a explorar sus propios mandalas. No es necesario que sea un bosque maduro. Una de sus enseñanzas es que nosotros creamos sitios maravillosos al prestarles nuestra atención, no tenemos que esperar a encontrar bosques vírgenes que nos desvelen sus maravillas.

Termina con dos recomendaciones para observar el mandala. 1) Dejar atrás las expectativas, poner entusiasmo y tener los sentidos abiertos. 2) Ejercitar la atención de la mente al momento presente; buscar los detalles sensoriales, los sonidos, aromas, formas y colores.

Y una confesión: “observando el bosque, he llegado a verme a mí mismo con mayor claridad”.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

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¹ El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente durante un año un mandala virtual en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes de invierno, primavera y verano.
La Academia Nacional de las Ciencias de EEUU ha concedido a este libro el Premio de Comunicación 2013 en reconocimiento a la excelencia en la divulgación de ciencia.

 

Escrito por Teo, jueves 26 de diciembre 2013.

 

Entrada sobre el verano en el libro de Haskell
Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell

El bosque que no se ve. Verano

Durante el verano, el dosel del bosque se va llenando de hojas que se superponen y compiten por aprovechar al máximo la energía solar. Como consecuencia, los habitantes del sotobosque se encuentran con un ambiente fresco y sombrío.

El biólogo David Haskell comenta en su libro cómo la humedad y la temperatura en el bosque que visita con regularidad han aumentado en verano y le resulta más fatigoso su paseo hasta el mandala*. El suelo se encuentra cubierto de plantas marchitas, las “efímeras de primavera”, que han completado su ciclo antes de que el crecimiento de las hojas en las copas de los árboles les privara de “los fotones portadores de vida”. Sin embargo quedan plantas verdes, que son especialistas en vivir en la sombra y aprovechar la poca luz que les llega. Entre ellas destacan los helechos, como el helecho de Navidad (Polystichum acrostichoides) que mantiene sus frondes verdes durante el invierno y fue utilizado por los colonos europeos para decorar las fiestas navideñas.

Acercando su lupa a uno de los frondes fértiles, Haskell describe con detalle los esporangios y su mecanismo para dispersar las esporas. Tienen estructuras celulares que por movimientos higroscópicos funcionan como pequeñas catapultas. Al incidir un rayo de sol directamente en un fronde maduro produce una evaporación rápida de las células y dispara el mecanismo lanzando las esporas “como palomitas de maíz”. De esta forma, las esporas son dispersadas en los días secos, cuando tienen más probabilidad de ser transportadas por corrientes de aire y colonizar nuevos sitios.

La espora no es como una semilla, no da lugar directamente a un nuevo helecho, sino que tiene un ciclo complejo. Para empezar, solo tiene la mitad de la información genética de la madre, es haploide. Primero germina y forma un “gametofito”, de forma plana y acorazonada, no mayor que la uña de un dedo. En este gametofito, que realiza fotosíntesis y vive de forma independiente, se producen las células masculinas y femeninas. Las células espermáticas tienen flagelos y nadan atraídas por señales químicas emitidas por los órganos femeninos. La fecundación de la ovocélula origina un “esporofito”, con toda la información genética (diploide), que crece, se desarrolla y se independiza como un nuevo helecho. La dependencia del agua en esta fase sexual, en cierto modo “escondida” (de ahí el nombre botánico de criptógama para este tipo de plantas), limita la distribución de los helechos a los hábitats húmedos, como los que se encuentran en los bosques templados de Norteamérica.

La sombra densa de las copas de los árboles no es homogénea. La atraviesan destellos intensos de rayos del sol (sunflecks) que iluminan el suelo del bosque  y se desplazan  siguiendo el movimiento aparente del sol. Una planta del sotobosque suele recibir esta iluminación solar directa durante unos 10 minutos antes de ser cubierta de nuevo por “la manta de sombra”. En general las especies adaptadas a la sombra son eficaces aprovechando estos destellos que les permiten sobrevivir en un ambiente de oscuridad. Pero también pueden ser sensibles a la fotoinhibición y sufrir daños en el aparato fotosintético. Una forma de esquivar este exceso repentino de energía, que puede ser pernicioso, es desplazar los cloroplastos (orgánulos con la maquinaria fotosintética) a la parte interna de la célula y volverlos de espalda al sol; cuando pasa el destello, los cloroplastos vuelven a la parte superior para seguir captando la débil luz del bosque.

El lento desplazamiento de los destellos de luz solar a través del bosque es seguido por avispas y moscas que parecen danzar frenéticas en un círculo de luz. Sentado en su observatorio del mandala, Haskell también es alcanzado por uno de esos destellos de luz. Inmóvil, siente el aumento de energía incidente que le produce gotas de sudor por la cara y el cuello. Una respuesta corporal muy diferente a la de las avispas que agitan las alas frenéticas para refrigerarse y mantener el balance de calor. Una vez pasado el destello, reconoce que sus sentidos han cambiado y mirando al fondo del bosque no lo ve como una sombra uniforme sino como “constelaciones que se mueven por un cielo oscuro”.

Aliseda_Guadiato_verano

Interior de una aliseda en la Sierra de Córdoba.

La abundancia de la vida animal del bosque es más manifiesta durante el verano. Las llamadas y cantos de las aves suenan por todas partes. El aire es atravesado por zumbidos de abejas, avispas y mosquitos. Entre la hojarasca y por los troncos se cruzan hileras de hormigas, mientras que las arañas y garrapatas acechan a sus presas.

Una hembra de mosquito se posa sobre el dorso de la mano de Haskell. Movido por la curiosidad, observa con la lupa cómo el insecto, una hembra del género Culex, examina su piel y elige un punto donde clavar su estilete. Siente el pinchazo y en pocos segundos comprueba que unos dos miligramos de su sangre pasan al abdomen del mosquito que se hincha y torna de color rojo rubí. Es consciente que probablemente el mosquito lleve en sus glándulas salivares “esporozoítos” de la malaria aviar, que infecta a una tercera parte de las aves del bosque, pero no afecta a humanos. Sin embargo, hasta comienzos del siglo XX el parásito de la malaria (humana) sí era transmitido por mosquitos en el Sur de los Estados Unidos. Precisamente, la Universidad de Sewanee, donde trabaja, fue ubicada en las mesetas de Tennessee para escapar de la malaria que era más común en las zonas bajas. También es verdad que, con la introducción reciente del virus del Nilo Occidental, existe un cierto riesgo de que el mosquito lo transmita de córvidos a humanos, provocando fiebres, convulsiones y en ocasiones la muerte. Pero el biólogo asume los riesgos, satisface su curiosidad naturalista y termina con la reflexión de que los átomos de su sangre han pasado a la hembra de mosquito, estableciendo una conexión física con el resto de la naturaleza del bosque.

Otro día, sentado junto al mandala, Haskell encuentra una garrapata inmóvil en una ramita cerca de su rodilla. Venciendo su repulsión instintiva, acerca la lupa y la observa. Se trata de una hembra de garrapata estrella solitaria (Amblyomma americanum). Describe con detalle su comportamiento de cazadora, la espera durante días o semanas a que pase una presa, la capacidad de obtener agua de la humedad del aire, la forma de adherirse a la piel mientras se alimenta de sangre durante varios días, la atracción mediante feromonas a machos que la fecundan mientras ella come insaciable. A pesar de la tentación de repetir el experimento de donación de sangre que hizo con la hembra de mosquito, Haskell lo evita porque en este caso sí existe una probabilidad alta de que la garrapata sea portadora de bacterias patógenas que puedan causar enfermedades como ehrlichiosis, tularemia, “dermatitis sureña asociada a garrapata” (un tipo de borreliosis) o babesiosis (parecida a la malaria).

En las noches cálidas de verano las luciérnagas embellecen el bosque con sus misteriosos juegos de luces. Al atardecer, un macho de luciérnaga (posiblemente del género Photuris) realiza cortos vuelos sobre el mandala emitiendo destellos de luz verde. Se para en una rama, apaga la luz y observa. Cuando una hembra (que no tienen alas) le responde desde algún lugar del suelo establecen una “conversación” de señales luminosas y luego se aparean. Cada especie tiene un ritmo y una duración de los destellos característicos. Las hembras de Photuris, una vez fecundadas, cambian la secuencia de sus destellos y atraen machos de otras especies que le sirven de alimento. Al devorarlos también incorporan sus moléculas tóxicas que utilizan como defensa química.

La “linterna” con la que las luciérnagas iluminan desde el extremo de su abdomen es un prodigio de la evolución. A partir de unas moléculas de luciferina, por acción de la enzima luciferasa y oxígeno se produce luz. La regulación de los destellos la realiza con una señal de los nervios y la acción del óxido nítrico sobre las mitocondrias que rodean a las moléculas de luciferina. Materiales que forman parte de los tejidos normales de los insectos son ensamblados de una forma singular en el abdomen de las luciérnagas para emitir luz y así los convierten en “duendecillos del bosque”. Cuando en las noches de verano los niños se divierten persiguiendo luciérnagas, no corren detrás de insectos sino que juegan a atrapar luces, maravillas.

Los días se van acortando a medida que se aproxima el equinoccio de otoño. El bosque se llena de nuevos sonidos de aves que vienen del norte. La mayoría proviene del extenso bosque boreal que se extiende desde Alaska hasta Maine (NE de EEUU), por todo Canadá, con unos 5,2 millones de km2. Destaca el grupo de los parúlidos (warblers), pequeños paseriformes insectívoros, con unas 27 especies y un efectivo estimado de unos 600 millones de aves que al terminar su cría en el bosque boreal se desplazan a finales de verano hacia el sur, hacia México, Caribe y América Central.

Después de comer y descansar durante el día en el bosque que rodea el mandala, las pequeñas aves seguirán su vuelo hacia el sur durante la noche. Se orientarán por las estrellas, reconocerán la disposición de las montañas y detectarán las líneas invisibles de los campos magnéticos terrestres. Dos veces al año, durante las migraciones de invierno-primavera y de final de verano-otoño, el bosque del mandala se ve atravesado por el flujo viviente de miles de pequeñas aves. Se repite un nexo vivo y antiguo que conecta los bosques boreales con las selvas tropicales.
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* El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente un mandala en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes del invierno y de la primavera.

Escrito por Teo, jueves 29 de agosto 2013.

Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell
Importancia del bosque boreal para las aves