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Paseando con Fowles

Cómo inspirar una relación intensa e íntima con los árboles es una pregunta recurrente que me hago cuando escribo estos artículos. Sé que no tiene una sola respuesta. Desde que los humanos bajamos de los árboles y comenzamos a usar herramientas, iniciamos un camino de alejamiento de la naturaleza en el que poco a poco fuimos perdiendo la riqueza de significados profundos que tenía para nuestra vida. Para reconectar ahora con esos significados perdidos y olvidados, tenemos que redescubrir motivos, razones, argumentos, y ejemplos, que nos guíen de nuevo a la paz de los árboles.

En 1979, el novelista inglés John Fowles (1926-2005) publicó El Árbol, un breve pero sustancioso ensayo sobre esta cuestión. El texto es como un paseo por el bosque con el escritor mientras “muestra”, más que explica, su profunda y radical conexión con los árboles y la naturaleza.

PORTADA EL ÁRBOL
John Fowles es el autor de novelas conocidas como El coleccionista y El mago,  también de La mujer del teniente francés, llevada al cine con gran éxito por Karel Reisz en 1981, con guión del Nobel de Literatura Harold Pinter y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons.

El ensayo The Tree, en su versión en inglés, fue reeditado en 2010, treinta años después de su primera aparición, y ahora ha sido traducido al castellano por la editorial Impedimenta. [1]

Fowles no es un autor fácil. Tiende a abarcar la totalidad, como hizo en La mujer del teniente francés, calificada por algunos críticos como novela total; escrita al estilo victoriano, amplía los límites de la novela al introducir un narrador que interpela al lector y analiza la misma realidad que plantea en la ficción, apoyado en citas de autores de la época como Thomas Hardy, Tennyson, Darwin, Marx, Jane Austen,  Lewis Carroll… En El Árbol también sigue esa tendencia, en pocas páginas engloba diversidad de apuntes, unos esbozan la fecunda intensidad de su relación con los árboles  y otros trazan un apasionado análisis del papel de la ciencia, el arte y la creatividad artística en nuestra relación con la naturaleza.

La experiencia con árboles

El escritor vivió su infancia en un suburbio de Londres soportando la pasión de su padre por los árboles frutales, los manzanos y perales que cultivaba en su pequeño jardín con el empeño de extraerles la máxima producción y calidad. La infancia entre árboles hiperpodados y sobreexplotados marcó su querencia hacia la naturaleza, su búsqueda de árboles “reales”, los que crecen a su antojo, intocados. Y los descubrió siendo un adolescente, cuando su familia se refugió en una aldea del condado de Devon durante la Segunda Guerra Mundial. La experiencia fue absoluta.

Con una o dos excepciones – las marismas de Essex, la tundra Ártica – siempre he odiado la visión del campo llano y sin árboles. El tiempo allí parece dominar, y marca su pauta implacablemente como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o más bien crean una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso -nunca lento y pesado, mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía siento esto tan pronto como entro en uno de los pequeños bosques de innumerables secretos en el borde de Devon-Dorset donde ahora vivo; es como dejar la tierra y entrar en el agua, otro medio, otra dimensión. Cuando joven esta sensación era aguda. Escabullirse entre árboles fue siempre escabullirse hacia el cielo.

La vivencia adolescente determinó su vida personal y artística. Nunca llegó a ser un alma de ciudad, siempre vivió en el campo, cerca de la verdad de los bosques.

Mi interés real se centra más en la composición que forman los árboles en su conjunto, en los complejos paisajes internos que se crean cuando crecen a su antojo en cualquier paraje. En ese organismo colonial, ese coral verde que descubro en los bosques o en las arboledas, reside para mí el auténtico significado de la experiencia, de la aventura, del placer estético. Creo incluso que podría hablar de la verdad. Todo eso subyace más allá de la espesura y del muro exterior de hojas, y más allá del árbol como forma individual.

El bosque lo seduce enteramente porque se deja explorar, puede vagar por él y, libre, descubrir por sí mismo la realidad natural. Una vez descubierto el placer de la exploración, Fowles se siente atraído por el conocimiento de las especies que encuentra, los nombres, las categorías, se adentra en la Historia Natural, se convierte en naturalista aficionado que maneja y adquiere conocimiento científico.

Pero con el paso del tiempo su espíritu inquieto entra en conflicto con la aproximación científica a la naturaleza. Empieza a sentir que nombrar, etiquetar y clasificar es una forma de separar y aislar los elementos del todo, de desgajarlos de la unidad, es ver a la naturaleza como un mecanismo a descifrar, un reto y un obstáculo, un enemigo al que ganar. Descifrar cada elemento observado, piensa el novelista, nos lleva a salirnos del momento presente de conexión y observación del bosque para situarnos en el pasado; frente al vivo presente, trasladar la atención al conocimiento acumulado por la ciencia es visitar el pasado muerto.

Busca entonces otras formas de mirar, se acerca al budismo zen y otras místicas orientales y al trascendentalismo (el movimiento filosófico político literario liderado por Ralph Waldo Emerson y seguido por Walt Whitman, H. D. Thoreau y otros artistas), aprende a mirar las cosas en sí mismas, mas allá de los nombres, amplía el sentido de su experiencia.

Me apartaba de lo que podía ser una experiencia global y totalizadora, del significado auténtico de la naturaleza y lo hacía de muchas maneras muy significativas. No solo se trataba de lo que yo necesitaba personalmente, o de cómo había empezado a  percibir la naturaleza un tiempo atrás, de esa forma que no era ni científica ni sentimental, sino de un modo que por entonces no pude precisar y que en la actualidad sigue sin definición concreta.

La naturaleza no es un concepto abstracto intelectual, como lo maneja la ciencia, sino una experiencia profunda, cuyo valor reside en el hecho de que no se puede describir directamente por medio de ninguna formulación artística, ni siquiera con palabras.

Posteriormente el escritor, sin abandonar su actitud crítica con la ciencia y el progreso, descubre que hay menos choques de los que había imaginado entre la naturaleza conceptuada como un ensamblaje externo de nombres y hechos, y la naturaleza como un sentimiento íntimo; que los dos modos de contemplarla o entenderla podían casar y producirse casi al mismo tiempo, enriqueciéndose mutuamente. Y afirma entonces que el logro de establecer una relación con la naturaleza es a la vez una ciencia y un arte, pues está más allá del mero conocimiento o de la simple emoción.

Pero la experiencia total de la naturaleza que Fowles llega a abanderar implica más que conocimiento y emoción. Es una actividad de síntesis entre lo externo y lo interno; una mezcla compleja en la que intervienen percepciones del presente junto a recuerdos del pasado, imágenes de tiempos y lugares, y de la historia colectiva e individual. Tomar conciencia de esa síntesis entre la realidad externa y la interna es, según Fowles, la mayor riqueza que podemos extraer de nuestra existencia personal.

El Hombre Verde

De las palabras de Fowles emana algo muy sugerente que me cuesta expresar. Percibo en él un espíritu muy integrado con el bosque, como si un duendecillo de los árboles hablara a través de él. De hecho, en El Árbol, reivindica el antiguo mito muy extendido del “hombre o la mujer verde”, el ser con el poder de fusionarse con los árboles. El escritor, en cierto modo, revive el mito, convencido de que sigue siendo profundo y universal porque cada uno de nosotros lo lleva dentro y lo rescata de manera recurrente.

Hombre VerdeEl hombre verde de Fowles no solo tiene que ver con los árboles sino que representa también una esfera de nuestro ser interior, lo agreste del alma, lo irracional que la ciencia no puede analizar. Y eso es lo que más valora y le gusta de la existencia de los árboles, la correspondencia natural con los procesos más misteriosos y selváticos de la mente. “Lo salvaje” de cada uno es una noción clave del pensamiento de Fowles, es la fuente de la creatividad, de la sabiduría, la conciencia de ser únicos.

El bosque y el arte de narrar

Hay en el escritor una ligazón tan primordial con la naturaleza que no duda en reconocer la influencia radical de ese bagaje en el hecho de ser escritor y en su escritura misma.

Puedo fingir en público que lo que digo dimana de mis propias teorías, pero en realidad surgen tan enmarañados y densos como este bosque, siempre inalcanzables, imposibles de aprehender y de articular, ya que se ocultan más allá de mi propia comprensión racional, lo que tal vez se deba a que, en el fondo, sé perfectamente que si llegué a la escritura fue gracias a la naturaleza, o por culpa de mi permanente exilio de ella, y no, nunca, gracias a un don innato.

La clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza. E igualmente podría decir, que reside en la relación que mantengo con los árboles.

La intensa exploración juvenil en los bosques de Devon, entre pescar, herborizar y observar aves, lo convirtieron en un adicto a los placeres del descubrimiento en lugares aislados, al disfrute de la soledad, el silencio, la extraña configuración y el enclaustramiento.

Lo que he conseguido a lo largo de los años ha sido vagar por los bosques y de ahí mi único saber. Un diletante, no un virtuoso, que prefiere el caos verde al mapa impreso.

Nunca he seguido ningún método y he tenido una nula capacidad de concentración. Puedo concentrarme cuando escribo pero simplemente porque es una forma sublimada de conocimiento, una exploración en soledad, como si el valle de mis sueños  se hubiera transformado en hojas de papel.

Fowles se identifica con el bosque en muchos grados y matices. El universo arbóreo le inspira y le revela analogías sorprendentes con la escritura.

En los parajes boscosos que esconden lo que existe más allá de nuestra vista ve semejanzas con salas de una casa o capítulos de una novela, el mismo desplazamiento desde un presente visible a un futuro oculto. La multiplicidad de senderos que brinda el bosque, para el escritor es similar a la multiplicidad de opciones de un proceso de escritura, desde la frase más básica hasta las grandes cuestiones relativas a personajes y desenlace; la novela resultante muestra un único camino hacia un único final, pero por ese camino se quedaron las alternativas rechazadas.

El bosque es también, para Fowles un espacio de libertad y de búsqueda. Desde los comienzos de la novela, los escritores medievales situaban sus historias en bosques, en sentido metafórico, un refugio donde los perseguidos hallaban la libertad. Con ese mismo sentido, Fowles sitúa escenas importantes de la novela La mujer del teniente francés en una hondonada del bosque de Devon que tan bien conoce, el marco que considera ideal para semejante historia de auto liberación.

Era una pequeña hondonada orientada al sur, rodeada de espesos zarzales y matas; una especie de minúsculo anfiteatro verde. En la parte atrás de la pista se alzaba un espino achaparrado, y alguien había colocado una gran piedra plana de sílex junto al tronco, formando una especie de trono rústico que dominaba una espléndida vista de árboles y mar. Charles, resoplando un poco con su traje de gruesa franela y sudando bastante, miró a su alrededor. Las paredes de la hondonada estaban tapizadas de prímulas, violetas y las blancas estrellas de la fresa silvestre. Era un lugar delicioso, colgado del cielo, bañado por el sol de la tarde y protegido en todos los aspectos.

La mujer del teniente francés

El arte mismo, subraya Fowles, como el bosque, también es un espacio de libertad. En cualquier tipo de arte, nos dice, existe un alejamiento de la vida cotidiana y un ejercicio consciente de búsqueda de libertad, y lo es con más intensidad en esa escritura de situaciones y personajes puramente imaginarios que es la literatura de ficción.

El paseo por las páginas de El Árbol, nutre. Aunque a veces sea caótico o arduo, es excepcional, un regalo de emociones inéditas y matices originales, que como gotas vaporosas avivan al ser verde que dormita en nuestro interior.


Escrito por Rosa, jueves 26 de mayo de 2016.

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[1]  John Fowles (1979). El Árbol. Traducido por Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2015.
[2]  John Fowles (1969). La mujer del teniente francés. Traducción de Ana María de la Fuente. Editorial Anagrama, Barcelona, 1995-2012.

Página web sobre John Fowles
El Árbol en Editorial Impedimenta
The Tree en Harper and Collins

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La señora Chatterley fue al bosque

El bosque umbroso, espeso, laberíntico, es un lugar idóneo para el escondite y para el amor furtivo. La señora Chatterley esperaba ansiosa el momento para escapar al bosque y encontrarse con Oliver Mellors, su amante. En la famosa novela de D. H. Lawrence el bosque desempeña un papel primordial.

What the hell do you go to that bloody wood for?

“¿Para qué demonios vas a ese maldito bosque?” le preguntaba iracundo su esposo, Lord Clifford. El lector de la novela sabe perfectamente para qué, porque Lawrence describe con detalle las escenas amorosas. Tanto, que la obra, tras ser publicada en Italia en 1928, fue prohibida en el Reino Unido por obscena; tuvieron que pasar 32 años para que una sentencia judicial autorizara su publicación y venta en 1960 [1].

La trama de la novela es un amor romántico prohibido, agudizado por un conflicto de clases, entre la señora aristócrata y el guardabosque. En los diálogos y los pensamientos de sus personajes se refleja la mentalidad británica en una época de cambio, comienzos del siglo XX después de la Primera Guerra Mundial, con reflexiones sobre las costumbres, la liberación sexual y la crisis ambiental y económica de una zona minera.

¿Qué demonios hace la señora Chatterley en un blog de árboles?, se puede preguntar el lector. Le animo a adentrarse en el bosque de esa novela, sin prejuicios; además de disfrutar de la pasión romántica de los amantes ¿por qué no?, podrá descubrir detalles simbólicos del bosque y comprender mejor el alma sensible de su autor, David H. Lawrence, hacia la naturaleza y los árboles.

Las diferentes imágenes simbólicas del bosque van apareciendo asociadas a los tres personajes principales.

The wood was her one refuge, her sanctuary.
“El bosque era su único refugio, su santuario”.

Durante su adolescencia, Constanza Reid fue enviada con su hermana a estudiar música a Alemania. “Lo pasaban muy bien allí. Vivían libremente entre los estudiantes, vagaban por los bosques, cantaban y eran libres ¡Libres! Esa era la gran palabra. Al aire libre, en los bosques eran libres para hacer lo que querían y, sobre todo, para decir lo que querían”. Desde el principio de la novela, el bosque es asociado con la vida en libertad.

Más tarde, Constanza se casa con un aristócrata y se convierte en Lady Chatterley. Cuando su marido vuelve paralítico de la guerra, se van a vivir a una mansión solitaria en la zona minera de los Midlands (región central de Inglaterra). Allí, siente un vacío en su vida y se consuela paseando por el bosque. “Iba a pasear a los bosques y disfrutaba de la soledad y el misterio, pateando las hojas marrones en otoño y cogiendo las prímulas en primavera. El bosque era su único refugio, su santuario”. Aunque realmente no lo era, “porque ella no tenía una conexión con él. Solo era un lugar adonde podía escapar. Nunca llegó a conectar con el propio espíritu del bosque … si es que existía esa cosa absurda”. El autor confiesa aquí su panteísmo y la creencia en el espíritu del bosque, aunque lo maquille con una duda retórica.

I want this wood perfect… untouched. I want nobody to trespass in it.
“Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre”.

Muy diferente era la visión del bosque que tenía su marido, Sir Clifford. “Él amaba el bosque; amaba los viejos robles. Sentía que eran suyos, heredados de sus antepasados. Deseaba protegerlos. Deseaba que este lugar permaneciera inmaculado, apartado del mundo”. En una visita al bosque (en silla de ruedas) acompañado de su esposa, defiende apasionadamente su visión conservadora del bosque. “Esta es la vieja Inglaterra, su corazón; y yo intento mantenerlo intacto. Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre. Somos nosotros, los propietarios que tenemos este sentimiento por el bosque, los que debemos conservarlo”. Eran tiempos convulsos en Europa, después de la Primera Guerra Mundial.

En el bosque todo estaba en calma, las hojas muertas caídas en el suelo mantenían la escarcha en su parte inferior. Se escuchaba la llamada áspera de un arrendajo y el canto de muchos pájaros. Pero no había caza; ningún faisán. Todos habían sido matados durante la guerra; el bosque había estado sin protección, hasta ahora que Clifford había contratado un nuevo guardabosque.

Así aparece en la novela el tercer personaje del triángulo, Oliver Mellors, quien buscaba olvidar su pasado, una mujer que le odiaba y un antiguo destino militar como oficial en la India. Quería encontrar refugio en la soledad del bosque.

His last refuge was this wood: to hide himself there!
“Su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

El guardabosque meditaba sobre su pasado y su presente. “Había pensado que estaría seguro, al menos por un tiempo, en este bosque. Todavía no había cacerías; él tenía que criar los faisanes. Estaría solo y apartado de la vida, que era todo lo que deseaba. Su retirada del mundo exterior era completa; su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

La soledad, el silencio, la oscuridad del bosque eran su vida y su deseo, en compañía de Flossie, su fiel spaniel marrón. Después del primer encuentro amoroso con Lady Chatterley en la cabaña y de acompañarla a la mansión, “regresó a la oscuridad y reclusión del bosque. Todo estaba tranquilo, la luna ya se había ocultado. Volvió a su casa con su escopeta y su perra, encendió la lámpara y el fuego, tomó la cena. Estaba solo, en un silencio que amaba”.

Pero el deseo, el miedo, la inquietud no le permitían relajarse en la casa. “Se levantó, cogió de nuevo la chaqueta y la escopeta, bajó la llama de la lámpara y salió con su perra a la noche estrellada. Hizo la ronda nocturna por el bosque, lentamente, con morosidad. Amaba la oscuridad y se dejó envolver por ella”.

Oliver era consciente de que la irrupción de Constanza en su vida acabaría con su ansiado refugio en el bosque. “Sabía que la reclusión del bosque era ilusoria. Nadie puede tener ya una vida privada y retirada. El mundo no permite ermitaños”. Y tenía miedo a la sociedad, que por instinto sabía que era “una bestia maligna y medio loca”.

Dejemos a un lado las pasiones y los enredos amorosos de Constanza, Clifford y Oliver y fijémonos en el bosque, el cuarto personaje de la historia. Lawrence nos regala hermosas descripciones del bosque y sus habitantes, contribuyendo a la emoción y las sensaciones de los diferentes episodios.

El bosque de invierno, desnudo, sin hojas, gris, invitaba a la melancolía en los primeros paseos de Constanza.

En el bosque todo estaba inerte e inmóvil, solo grandes gotas caían desde las ramas desnudas, con un golpeteo hueco. Por lo demás, entre los árboles viejos había una profundidad progresiva de inercia gris y sin esperanzas, de silencio y de la nada.
Desde el bosque viejo llegaba una melancolía antigua, que de alguna manera la confortaba, mejor que la insensibilidad áspera del mundo exterior. Le gustaba la interioridad del bosque, la reticencia silenciosa de los árboles viejos. Parecía un silencio poderoso y al mismo tiempo una presencia vital. También ellos estaban esperando, obstinada y estoicamente esperando, y emitiendo un silencio potente. Quizás solo esperaban el final; ser cortados, talados, el fin del bosque, para ellos el final de todo. Pero quizás su silencio fuerte y aristocrático, el silencio de los árboles fuertes, significaba algo más.

Al comienzo del capítulo 12, una bucólica descripción del bosque a finales de primavera preludiaba la plenitud amorosa que tendría lugar en la cabaña.

Connie se fue al bosque justo después de comer. Realmente era un día maravilloso, los primeros dientes de león parecían pequeños soles, las primeras margaritas eran tan blancas. El bosquete de avellanos formaba como una celosía, con las nuevas hojas abriéndose y los últimos amentos polvorientos colgando. Los ranúnculos amarillos lo cubrían todo, las flores completamente abiertas, sostenidas en urgencia, con su resplandor amarillo. Era el amarillo, el poderoso amarillo de comienzos del verano. Y las prímulas eran grandes y con un pálido abandono, formando densos macizos que habían perdido la timidez. El verde oscuro suculento de las hojas de los jacintos era como un mar, del que emergían las yemas florales como granos pálidos de maíz; mientras que en el sendero se erguían las nomeolvides y las aquilegias desplegaban sus riquezas de púrpura intenso. Bajo un arbusto se veían unos trozos azules de cáscaras de huevo. ¡Por todas partes las yemas hinchadas y el brote de la vida!

“¡Nada tan hermoso como una primavera inglesa!” exclamaría Clifford en otra ocasión. Para Lawrence existía una conexión profunda de la vida de las personas con la naturaleza y con el “ritmo de la vida cósmica”.

El bosque es también un símbolo de la plenitud amorosa y la pasión colmada. De vuelta en la mansión, mientras Clifford le leía a Racine en voz alta, ella seguía absorta bajo los efectos embriagadores de su encuentro apasionado en la cabaña.

Estaba ausente en su propio éxtasis dulce, como un bosque que susurra el gemido suave y alegre de la primavera, al brotar sus yemas.
Connie era como un bosque, como la maraña oscura del robledal, murmurando inaudiblemente con una miríada de yemas que se hinchan y despliegan. Mientras, las aves del deseo estaban dormidas en el vasto, entrelazado e intrincado interior de su cuerpo.

En su interior le atormentaba la pasión y el deseo. “!Ah sí, ser apasionada como una bacante, huyendo por los bosques como en una bacanal!”.

Tras el primer encuentro amoroso, Connie llegó a tener una especie de unión mística con los árboles del bosque.

Al día siguiente ella fue al bosque. Era una tarde gris, tranquila, con los mercuriales verde oscuro extendiéndose bajo los avellanos, y todos los árboles dedicados al esfuerzo silencioso de abrir sus yemas. Ese día, ella casi podía sentirlo en su propio cuerpo, el enorme flujo de savia en los robles corpulentos, hacia arriba, más arriba hasta las yemas en lo más alto de las copas, y allí empujar como si fuera sangre en el interior de las pequeñas hojas brillantes, color bronce. Era como un viaje, una ascensión turgente que se expandía por el cielo.

Precisamente la imagen de esta unión mujer-árbol fue elegida por la artista Lucy McLauchlan para diseñar una de las cubiertas más originales de la novela.

cover_ChatterleyLas descripciones sentidas y apasionadas de los elementos del bosque, del olor y la textura del aire, del color y brillo de las flores, son más que un mero escenario para su historia, reflejan una visión personal de Lawrence: la existencia de una relación orgánica entre mente, cuerpo y naturaleza [2].

Un escritor hipersensible hacia la naturaleza

Para algunos de sus contemporáneos, David Herbert Lawrence (1885-1930) era un neurótico con una obsesión absurda y extravagante por la naturaleza. Lo calificaban como un fauno, un sátiro, un hijo del dios Pan que se había escapado de su bosque misterioso [3].

En cambio otros, como Aldous Huxley, defendían el valor de su escritura, argumentando que su principal don era “su extraordinaria sensibilidad, su capacidad para ser consciente del universo en todos sus niveles, desde lo inanimado, las plantas, los animales hasta lo humano, y lo que pueda haber más allá”. Para Octavio Paz “Lawrence tenía el don poético por excelencia: transfigurar aquello de que hablaba. Así logró lo que otros novelistas no han conseguido: convertir a los árboles y las flores… en presencias“.

El escritor y editor Ford Madox Ford describió esa cualidad sobrenatural de Lawrence, como un conocimiento instintivo de los elementos misteriosos de la naturaleza y del flujo espiritual entre ellos. Los pasajes sobre la naturaleza son excitantes, aportan vida a sus obras, un matiz sobrenatural en sintonía con los bosques profundos. En una ocasión, mientras iban paseando y charlando por el campo, de pronto al ver una flor, Lawrence se arrodilló para mirarla y tocarla con delicadeza; según Ford se comportó como una “criatura del bosque, algo perturbada”.

Lawrence pasó algún tiempo, durante los años 1924 y 1925, en el rancho Kiowa (Nuevo México, EEUU). Allí escribía delante de su cabaña, en una mesa larga de carpintero, bajo un gran pino ponderosa (Pinus ponderosa). “Solo el gran pino delante de la casa, allí parado, quieto y despreocupado, vivo. Está tan cerca. Se sale por la puerta y ahí está el tronco, como un ángel de la guarda”. Sentía una relación profunda con este árbol.

El pino emite vida, igual que yo la emito. Nuestras dos vidas se encuentran y entrecruzan sin saberlo. La vida del árbol penetra en mi vida y mi vida en la suya. No podemos vivir uno cerca del otro, como de hecho hacemos, sin afectarnos mutuamente.
Me he vuelto consciente del árbol y de su interpenetración en mi vida. Incluso soy consciente de la energía del árbol que cruza y estremece mi plasma vivo.

En aquella mesa de madera y estremecido por la energía del pino escribió uno de sus mejores relatos, Saint Mawr, según Octavio Paz “una de las obras verdaderamente maestras de la literatura inglesa del siglo XX. En sus páginas, la naturaleza vuelve a ser la divinidad pánica que veneraron los antiguos y la fuente de regeneración de nuestra degradada especie”.

Unos años más tarde, en 1929, la célebre pintora americana Georgia O’Keeffe estuvo de visita en el rancho Kiowa. Se quedó hipnotizada con el gran pino: “a menudo me recostaba sobre la mesa y me quedaba mirando hacia arriba, al árbol, al tronco y sus ramas. Era particularmente hermoso durante la noche, con las estrellas brillando por encima del árbol”. Esta escena mágica del árbol que se eleva hacia la noche estrellada del desierto de Nuevo México quedó inmortalizada en su cuadro “El árbol de Lawrence”.

LawrenceTree

Lawrence fue un escritor prolífico y polémico, autor de novelas, teatro, poesía, libros de viaje y ensayos de filosofía, psicología y teosofía. Escribía sus “aventuras pensadas” siguiendo el impulso libre de su intuición; defendía que la naturalidad y la espontaneidad eran el prerrequisito de la creatividad. Ha sido etiquetado como romántico, panteísta, vitalista, trascendentalista y defensor del primitivismo. No puedo estar de acuerdo con algunas de sus ideas, como su rechazo del racionalismo y la ciencia, pero admiro su extraordinaria sensibilidad hacia la naturaleza y respeto su gran amor y comunión con los árboles [4].

Me gustaría ser un árbol, por un tiempo. La gran lascivia de sus raíces. Y ninguna mente en absoluto. Se eleva poderoso, y yo sentado a su sombra me siento seguro. Me gusta sentirlo a mi alrededor. Lo venero. Me pierdo entre los árboles. Soy tan feliz con ellos en su silencio, su pasión intensa y su gran deseo. Ellos alimentan mi alma.
Los árboles no tienen manos, ni caras, ni ojos. Sin embargo un torrente poderoso de savia aromática sube como sangre por las grandes columnas. Una vida individual vasta, y un deseo ensombrecedor. La voluntad de un árbol. Algo que te puede atemorizar.
Imagina que quieres mirar a un árbol a su cara. No puedes. No tiene cara. Miras al cuerpo fuerte del tronco; miras arriba en la cabellera enmarañada de las ramas; miras las puntas suaves y verdes. Pero no hay ojos a los que mirar, no puedes encontrar su mirada.
No es buena idea mirar a un árbol, para conocerlo. La única forma es sentarse entre sus raíces y acurrucarse contra su tronco fuerte, y no preocuparse. Así es como yo escribo, entre los pies de un árbol, olvidándome de mí mismo, apoyado contra el gran tobillo del tronco. Y entonces, como norma, igual que una ardilla es acariciada en su vivacidad por la magia sin rostro de un árbol, yo suelo ser acariciado en el olvido, y así garabateo este libro. En realidad un libro-árbol.

_____________________
[1] Me he basado en la edición de Collins Classics: D. H. Lawrence, Lady Chatterley´s Lover, Harper Press, Londres, 2013. También he consultado la traducción de Francisco Torres Oliver, en Alianza, 2ª edición, 2012.
Raquel C. Pico en Librópatas.com (ver enlace abajo) cuenta la historia de la prohibición de la novela y su relanzamiento en 1960, como una gran operación editorial que aprovechó el escándalo y la publicidad del juicio.
[2] Ver capítulo 7, Mind and Body (págs. 155-197), del libro de Tianying Zang (2011), D.H. Lawrence´s Philosophy of Nature. An Eastern view. Trafford Publishing, EEUU.
[3] La mayor parte de las citas están sacadas del capítulo 1, Lawrence´s sensitivity to nature (págs. 1-31) del libro de Tianying Zang (2011) citado en la nota anterior.
[4] La cita final es del capítulo 4 del libro Fantasía del Inconsciente (1922), escrito durante su estancia en Alemania, en los bosques de la Selva Negra.

 

Escrito por Teo, jueves 18 febrero 2016.

 

Enlaces
Reseña del juicio ganado en 1960 para publicar la versión íntegra de Lady Chatterley

Portada de la novela con el dibujo de Lucy McLauchlan

Artículo de Octavio Paz (1991) sobre la obra de Lawrence

El famoso pino de Lawrence en Nuevo México

Capítulo 4 de la Fantasía del Inconsciente