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El Bosque de la felicidad

El descubrimiento de los árboles puede empezar con una acción simple, como el disfrute consciente de una buena sombra. Después, tal vez sintamos la llamada a adentrarnos más en su mundo. Y en ese camino sentimental y racional podemos llegar a sentirnos impulsados a realizar actos relevantes, como la plantación de unos árboles bajo cuya sombra nunca nos vamos a sentar.

Si dentro de vosotros ya albergáis el deseo de plantar árboles, no hay lectura más alentadora que El hombre que plantaba árboles, del escritor francés Jean Giono (1895-1970), una obra que impacta hondamente a todos los que amamos a esos gigantes verdes. En escasas páginas, con pocas palabras (unas 4.000) y aparente sencillez, Giono creó un relato literario que ha inspirado programas de reforestación en muchos lugares y ha legado un personaje de ficción asimismo inspirador.

Giono-Duomo

En una región de tierra descolorida, seca y casi despoblada de la Provenza alpina (Francia), un pastor, de nombre Eleazar Bouffier, siembra cada día semillas de robles, hayas y abedules durante varias décadas. El resultado de su empeño tenaz es que la tierra yerma se transforma al cabo del tiempo en un frondoso bosque. La presencia de los bosques atrae las lluvias, el agua revive los cauces secos y se restablece el ciclo de la vida; la fauna y la flora silvestres retornan a la frondosidad. Atraídos por el verdor, el agua y la vida, los habitantes de la zona se instalan de nuevo contagiados de esperanza.

El arte de contar de Giono se entronca en la tradición de los narradores orales poseedores del don de hechizar. El estilo conciso y sobrio y la fuerza del argumento atrapan como los relatos de Las mil y una noches en esta historia de un bosque que “florece de las manos y el alma de un único hombre”. Y sobre todo cautiva la visión de un mundo en el que hombre y árbol, juntos, crean un futuro de felicidad (“Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que deben su felicidad a Eleazar Bouffier”).

Un hombre solo transforma su entorno desolado en un lugar habitable, expresando cuánto de admirable hay en la condición humana (“Comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de la destrucción”). Un hombre que sabe mucho, que percibe la interdependencia entre todo lo existente, que siente la hermandad con la tierra y sabe escucharla y cómo curarla (“Él había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a ese estado de cosas”). Un hombre de cualidades excepcionales, que vive con su espíritu en paz, en soledad y silencio, dedicado con tesón imperturbable a cubrir la tierra de árboles, sin esperar recompensa alguna, movido por una inmensa generosidad hacia la naturaleza y hacia las generaciones futuras.

El árbol, y su poder de regeneración natural, es el otro protagonista silencioso de esta bella fábula. Los robles, hayas y abedules colaboran con el hombre solo, enraízan, crecen, cubren, protegen, atraen al agua, calman los vientos, florecen, fructifican, verdean y seducen a la gente con positivas razones para vivir.

Jean Giono escribió este relato en 1953, la revista Vogue lo publicó en 1954, tras rechazarlo The Reader’s Digest que le había encargado un texto sobre un personaje real inolvidable. Guiado por la misma generosidad que su personaje, y para que llegara al máximo de personas, donó los derechos del texto a toda la Humanidad. En pocos años se tradujo a diversas lenguas y se difundió por el mundo, y sigue difundiéndose hoy a través de libros y de internet.

Giono retrato

El autor escribió novelas, ensayos, relatos, teatro y guiones de cine, recibió diversos premios y está considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Autodidacta, humanista y pacifista, aprendió a amar la naturaleza desde niño en su Provenza natal, elevándola a personaje principal de muchos de sus libros. Persona alegre, con sentido de humor y disposición a lo lúdico, hizo de la búsqueda de la felicidad uno de sus temas fundamentales.

En cierto sentido, Giono fue un escritor precursor. Podría decirse que mucho antes de la era de internet, esta fábula se convirtió en un fenómeno viral que se extendió rápidamente por todo el mundo. De igual modo, al donar a la Humanidad su creación literaria, Giono se anticipó a la cultura del procomún creativo en la que difundimos y compartimos conocimientos sin cobrar derechos de autor.

La intención al escribir El hombre que plantaba árboles, como él mismo manifestó en una carta, fue que los lectores amasen los árboles o, más preciso aún, que amasen plantar árboles. Era uno de sus textos de los que se sentía más orgulloso, porque cumplía “con la función para la que fue escrito”: que se planten árboles, que haya imitadores de Eleazar Bouffier de carne y hueso por todo el mundo, que las políticas de los países amparen al árbol.

Jardín Botánico Montreal

Hace más de 60 años que se publicó este relato, sin embargo, su mensaje sigue siendo válido. Aunque en estas décadas se han puesto en marcha políticas y proyectos ambiciosos, como el promovido por Wangari Maathai en Kenia que desde 1977 ha plantado más de 50 millones de árboles, la realidad es que cada año (según datos de 2014) desaparecen un promedio de 13 millones de hectáreas de bosques naturales en el mundo. Para afrontar la crisis ambiental asociada al cambio climático los expertos advierten que hay que reducir, detener y revertir la pérdida de bosques a nivel global. Por eso, El hombre que plantaba árboles es una lectura que sigue siendo necesaria y placentera hoy en día.

El mensaje que transmite Giono es de esperanza, de optimismo, de confianza en el futuro y ahí reside parte de la fascinación de este libro. Norma L. Goodrich (en su epílogo de la obra)  desvela el compromiso  de Giono como escritor  y  como individuo:

“La esperanza tiene que surgir de la literatura, el poeta debe ser consciente del efecto mágico de determinadas palabras como hierba, prados, sauces, ríos, abetos, montañas. La gente lleva tiempo encerrada entre las cuatro paredes y se ha olvidado de ser libre. Los seres humanos no fueron creados para vivir en bloques de pisos y túneles de trenes, sus pies ansían andar a través de la hierba y deslizarse por corrientes de agua. La misión del poeta consiste en recordarnos la belleza: árboles balanceándose en la brisa, pinos crujiendo bajo la nieve en los desfiladeros; caballos salvajes galopando en la espuma de la rompiente. En la vida hay momentos en que una persona tiene que salir y afanarse en busca de la esperanza”.

Busquemos la esperanza plantando los bosques del futuro.

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Escrito por Rosa, jueves 16 de abril de 2015.

DIFUSIÓN Y ENLACES:
*  Edición del texto en internet: Traducido por Francisco Figueroa / Fundación As Salgueira.
*  Edición en papel: Jose J. Olañeta, Editor. 2007. Traducido por Borja Folch. Epílogo de Norma
L. Goodrich. Ilustraciones de Michael McCurdy.
*  Edición en papel: Duomo Ediciones. 2014. Traducido por Palmira Reixas. Prólogo Saramago.
    Epílogo Joaquín Araujo. Ilustrado por Joëlle Jolivet.

*  Adaptación cinemátográfica: El director canadiense Frederick Back en 1987 realizó una
película de animación con guión de Jean Giono, que recibió el Oscar al Mejor cortometraje de
animación.

*  Música: 1990 The Man Who Planted Trees por The Paul Winter Consort (Living Music LMUS
0030).

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