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Cuercos

Con una palabra de tres letras – oak – la lengua inglesa define a las más de 500 especies de árboles del género Quercus. En el idioma español tenemos una rica variedad de términos que nombran a las diferentes especies: roble (para Q. robur y Q. petraea), rebollo, melojo o marojo (Q. pyrenaica), encina o chaparro (Q. ilex), alcornoque (Q. suber), coscoja (Q. coccifera), quejigo (Q. faginea y Q. canariensis), quejigueta (Q. lusitanica), etc.; pero nos falta un término que agrupe a todas las especies. Aunque existe la palabra “quercínea”, la alternativa más simple sería castellanizar el término latino Quercus como “cuerco”, siguiendo su transcripción fonética. De hecho, cuerco significa roble o cualquier especie del género Quercus en la Lingua Franca Nova, esa lengua inventada por el psicólogo americano George Boeree en los años 60 del siglo pasado, a partir de las lenguas romances francés, italiano, portugués, español y catalán.

Investigación sobre cuercos

Independientemente del nombre que les demos, los árboles y arboledas del género Quercus constituyen una parte muy importante del paisaje, la economía y la cultura de amplias zonas de Europa, América del Norte y Asia. En México existen más de 160 especies, formando uno de los “centros de diversidad” del género Quercus; el otro centro importante está en China. Mientras, en España crecen 11 especies nativas. Debido a esta importancia reciben una gran atención por parte de los investigadores como se refleja en las publicaciones de libros y artículos científicos.

El último número de la revista Ecosistemas está dedicado a las especies de Quercus. Esta revista, que publica la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), está en formato electrónico y acceso libre a todos los usuarios de internet.

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En el número monográfico se recogen, además del editorial introductorio, cuatro artículos de revisión y 11 artículos de investigación. En ellos se presentan una variedad de temas: ecología de la dispersión de semillas y regeneración de las poblaciones; fisiología del crecimiento, rasgos funcionales y respuestas a la sequía (uno de los factores limitantes en clima mediterráneo); aplicación de herramientas de la biología molecular para conocer las relaciones de parentesco entre árboles y sus progenies; y distribución de las especies en función del clima y suelo, moduladas por los efectos de la gestión forestal.

La iniciativa de publicar este número colectivo surgió de dos reuniones científicas que tuvieron lugar en 2013 y que ya fueron reseñadas en este blog: un simposio dedicado a los Quercus durante el congreso de la AEET en Pamplona y el Taller (Workshop) celebrado en la Universidad Internacional de Andalucía, en Baeza.

Es impresionante la literatura científica que existe sobre los cuercos. Cada año se publican unos 890 artículos sobre especies de Quercus en las revistas internacionales (indexadas en la Web of Science); una consulta a esa base de datos dio como resultado unos 13.500 títulos. Con tanta información publicada es imposible estar al día en el conocimiento científico internacional sobre los cuercos.

En el análisis de las publicaciones, es interesante observar que casi el 12% de ellas corresponden a investigaciones hechas en España o por científicos españoles. De hecho, España aparece como la segunda potencia en producción científica de temas relacionados con Quercus. A título comparativo, en el área general de la ciencia forestal España ocupa el 11º puesto, más acorde con su posición en el ranking económico mundial (13º según el PIB). ¿Por qué tenemos los científicos españoles esa desproporcionada afición a estudiar los cuercos? Es misión de los sociólogos e historiadores de la ciencia buscar explicaciones a este patrón de la cienciometría.

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Relación de países según el número de publicaciones sobre las especies de Quercus (Marañón et al. 2014).

Cuercomanía

Existe una cierta “cuercomanía” o “cuercofilia” que padecemos o disfrutamos las personas fascinadas y atraídas por todo lo relativo a esos árboles majestuosos, robles, quejigos y encinas, que son símbolos de la fuerza y la resistencia.

La Sociedad Internacional de los Cuercos (International Oak Society) nació como un club de intercambio de semillas (bellotas) para completar las colecciones de arboretos y jardines botánicos. Ahora somos unos 400 miembros de 30 países y la sociedad publica una revista anual, International Oaks, entre otras actividades. Su misión es “promover el estudio, la gestión sostenible, la conservación, apreciación y difusión al público del conocimiento sobre los árboles del género Quercus y sus ecosistemas”.

También está la comunidad de admiradores de estos árboles, que no solo disfrutamos con su vista al natural, también los retratamos, inmortalizamos y subimos las fotos a una galería colectiva en la plataforma Flickr de Internet. El grupo Oak trees: the Quercus club tiene 786 miembros y más de 5.400 fotos subidas a la red. Todo un festín de imágenes. En la presentación del grupo se le rinde tributo al fotógrafo americano Ansel Adams (1902-1984) y sus soberbias fotos de robles californianos (posiblemente Q. lobata o roble del valle) retratados en blanco y negro.

"Oak tree, Sunset City" por Ansel Adams (1962).

“Oak tree, Sunset City” por Ansel Adams (1962).

Para el “cuercómano” es una delicia sumergirse entre las páginas del libro de Peter Young titulado simplemente Oak¹. Uno de esos libros envidiables de los británicos que unen naturaleza y cultura, con un tono divulgativo y ameno. Se pueden pasar las hojas, mirar la fotos y las láminas, repasando la variedad de perspectivas, símbolos e iconos culturales asociados a los robles. Dedica capítulos a los robles en la construcción de casas y muebles, de barcos y navíos de guerra, a sus representaciones en el arte y la literatura, y un interesante capítulo dedicado a “símbolos y supersticiones”.

En la página 139 reproduce una foto del roble (Q. robur) de Guernica (Gernika en vasco), ese símbolo cultural, político y patriótico que ha estado recientemente de actualidad en los medios de comunicación españoles porque ha empezado a perder las hojas antes de que llegara el otoño. Raras veces el estado de salud de un árbol suscita tanta atención. En el Diario Vasco se lee: “los representantes de la Diputación foral de Bizkaia están “preocupados” por la salud de este roble, que permanece y permanecerá en el tiempo como un milenario símbolo de las libertades vascas”.
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¹ Peter Young, 2013. Oak. Reaktion Books, Londres.

 

Escrito por Teo, jueves 25 septiembre 2014.

 

Enlaces

Diccionario de Lingua Franca Nova
Artículo en Ecosistemas que analiza la investigación sobre Quercus
Editorial introductorio al Monográfico sobre Quercus en Ecosistemas
Reseña sobre el simposio AEET de Pamplona en este blog
Reseña sobre el Taller UNIA de Baeza en este blog
Sociedad internacional de los Quercus
Grupo Flickr de fotografía sobre Quercus
Libro de Peter Young sobre los cuercos
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en ABC
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en Diario Vasco

Encinas negras de Machado

Las encinas, robles, quejigos, coscojas y alcornoques, la rica diversidad de árboles que comparten el género Quercus, me llevaron a Baeza. Antonio vino desde Morelia, Mario desde Chiapas, Arndt desde Burdeos y Vanda desde Lisboa; el resto llegamos desde distintos puntos de España. En total nos juntamos 15 ponentes y 25 participantes en el Encuentro Internacional sobre los Quercus organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en su sede de Baeza, Jaén.

Durante tres días intercambiamos información sobre la genética, ecología y fisiología de las especies de Quercus y debatimos sobre las opciones de gestión más adecuadas para mitigar o reducir los efectos del cambio global sobre estos bosques.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

El género Quercus tiene más de 500 especies de árboles y arbustos que se distribuyen por todo el Hemisferio Norte. Uno de los “centros de diversidad” (regiones con mayor riqueza de especies) está en México, con unas 160 especies de “encinos” y robles. Allí se extienden por una variedad de hábitats, que incluyen matorrales desérticos, bosques templados, bosques de niebla y selvas tropicales, según nos contó en su ponencia Antonio González Rodríguez (de la Universidad Autónoma de México, en Morelia).

En la Península Ibérica solo hay 11 especies de Quercus, pero tienen una gran importancia ecológica y económica. Los bosques dominados por estos árboles proporcionan valiosos “servicios ecosistémicos” (beneficios que ofrecen los ecosistemas para el bienestar humano). Se pueden agrupar en servicios “de abastecimiento” (madera, leña, corcho y alimento para el ganado), “de regulación” (secuestro de carbono, protección de suelo, mejora de la calidad del aire y agua) y “culturales” (recreativos, paisajísticos y de identidad cultural). El cambio global, mediante sus principales “motores” que son el cambio de uso del suelo, la introducción de patógenos exóticos y el cambio climático, está afectando negativamente a estos bosques, reduciendo la provisión de sus “servicios ecosistémicos” y en consecuencia perjudicando al bienestar humano.

En la sesión de Conclusiones del Encuentro se identificaron algunos temas que son importantes para la investigación y la adaptación de los bosques de Quercus frente al cambio global: compatibilizar el pastoreo de ganado y fauna cinegética con la regeneración del arbolado; favorecer la diversidad genética (incluidas las hibridaciones) para aumentar la adaptación al cambio climático; controlar los patógenos exóticos y reducir la mortalidad de los árboles; desarrollar técnicas selvícolas (podas, aclareo) que favorezcan la tolerancia a la sequía; promover técnicas eficientes de forestación y restauración del bosque; e implementar políticas de pago por servicios ecosistémicos que compensen los costes derivados de la gestión.

En las idas y venidas del Palacio de Jabalquinto (donde se daban las conferencias) al Antiguo Seminario de San Felipe Neri (donde estaban las habitaciones y la cafetería para el café de los descansos) teníamos que cruzar el jardín y no podíamos dejar de ver el busto de Antonio Machado que parecía mirar fijamente a una joven encina. Entre los cipreses altivos y las palmeras exóticas llamaba la atención en el jardín la austeridad oscura de la encina. Una placa con unos versos recuerda que fue plantada en 2009 en memoria del poeta.

Busto de Antonio Machado en el jardín de la UNIA y en primer plano la “encina negra”.

Conocía el poema “Las encinas” de su libro Campos de Castilla, que precisamente se publicó en 1912, el año en que Machado llegó a Baeza contratado como profesor de francés.

¿Qué tienes tú, negra encina
campesina
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

Viviendo como se puede, derecha o torcida, la encina se adapta a la adversidad de su medio. Profunda enseñanza nos regala el poeta.

La “encina negra” de Machado es la encina común, carrasca o chaparro  (Quercus ilex); una especie que se distribuye por toda la Cuenca Mediterránea y  que tiene su mayor extensión en España, con unos tres millones de hectáreas. Su gran plasticidad, amplitud ecológica, capacidad de adaptación a condiciones adversas y sobre todo su resistencia a las perturbaciones como podas, talas o fuego han contribuido a que sea la especie forestal más extendida por todo el país.

Pero volviendo a la encina del jardín y los versos en la placa, no estaban dedicados a las encinas que dominan los paisajes castellanos, sino a otras encinas menos visibles, escondidas entre los olivares de Jaén. En ese poema, extraído de su libro Nuevas Canciones¹, Machado cantaba:

Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.

Pero ¿hay encinas en los campos de Baeza? Al atardecer me asomo al Paseo Antonio Machado y desde allí diviso un mar de olivos, sin interrupción hasta las sierras de Cazorla y Mágina. Pregunto a un grupo de paseantes por la encina de Machado y me confirman su existencia. Me explican la forma de llegar al lugar conocido como “Los Encinarejos”, en el camino a Úbeda.

A la mañana siguiente me dirijo en dirección a Úbeda. En una carretera de servicio sale un carril, casi escondido, entre una granja de aves y una fábrica de muebles. Recorro unos metros y allí están las encinas. Un pequeño grupo de unas 12 encinas centenarias que han sobrevivido protegidas entre los olivos, posiblemente al estar en un espacio público de alguna vereda antigua. Un par de ellas han sido rodeadas por las cercas de la granja y otra presenta daños y el tronco parcialmente quemado .

Encina y Baeza

Junto a una de las encinas se divisa a lo lejos, en la loma y entre el mar de olivos, el caserío de la ciudad de Baeza. Me imagino a Machado, “caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo” por estos olivares polvorientos². Parando bajo la negra encina, descansando y recordando con nostalgia a Leonor y sus años felices en tierras castellanas.

Examino un papel arrugado y roto en el suelo donde todavía se puede leer: “en recuerdo de Antonio Machado… 2012”. Reconozco los restos de un cartel del que había visto fotos mientras buscaba información en internet sobre la encina negra. En el blog se documentaba la visita de un grupo de entusiastas locales de Úbeda, defensores del patrimonio monumental, que habían realizado un homenaje a Antonio Machado en 2012 para recordar la estancia del poeta por estas tierras y “de paso reivindicar la protección y puesta en valor de estas doce encinas centenarias”; loable empresa.

Me invade la melancolía al pensar en el Machado solitario y triste, al observar el abandono del lugar y me inquieta el incierto futuro de estas encinas monumentales. Se podría adecentar el lugar, acondicionar un pequeño parque para proteger y disfrutar de este grupo de encinas, poner algunos paneles explicativos con la vida y poemas de Antonio Machado, promocionar el valor de estos árboles singulares como iconos naturales y culturales.

Empiezan a caer algunas gotas de agua y me recuerdan que tengo que volver a Sevilla. Mientras abandono el lugar, me vuelvo para mirar de nuevo a las encinas negras de Machado, escondidas y olvidadas³, entre los olivares. Y publico este post en su homenaje.
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¹ Del poema Apuntes (CLIV) en Nuevas Canciones (1917-1930).
² Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo. Poema CXXI en Campos de Castilla.
³ Estaba convencido que este grupo de encinas centenarias, por su valor histórico y cultural, estaría incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía. Ya de vuelta en casa, busco en el volumen de la provincia de Jaén y lamentablemente no las encuentro.

Publicado por Teo, el jueves 31 de octubre 2013.

Documentos del Encuentro Internacional sobre los Quercus
Encuentros de Medio Ambiente 2013 en la UNIA
Lugares de Baeza vinculados a Antonio Machado
Visita homenaje de los vecinos de Úbeda a la encina de Machado en 2012

Canto a los árboles del mundo

El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920–2009) detuvo su mirada en los árboles del mundo y les escribió este poema maravilloso:

De árbol en árbol 

Los árboles
¿serán acaso solidarios?
¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebracho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?

¿le avisará la encina de westfalia
al flaco alerce de tirol
que administre mejor su trementina?

y el caucho de pará
o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la mission dolores
que cabeceaba en frisco
california?

¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?

los de este parque o aquella floresta
¿se dirán de copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?

¿sabrán los cedros del líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

En solo treinta versos el poeta nos lleva de árbol en árbol en un viaje de exploración botánica, forestal, geográfica y emocional.

El poema rezuma árboles. Al paso de la lectura, conectamos nada menos que con quince árboles distintos de diferentes lugares del mundo, árboles de nombres vibrantes, cada uno a su manera extraordinario:  el quebracho, el baobab, la palma real, la ceiba, el ombú, el alerce, el caobo, el olivo, el castaño de Indias… Son árboles intensos, generosos, de grandes cualidades; algunos considerados sagrados por los habitantes locales; otros sobreexplotados por atesorar alguna materia codiciada (madera, resina, taninos o frutos); todos con una historia fascinante por descubrir. Como buscadora de árboles y persona curiosa, no he resistido la tentación de rastrear la senda que el poeta propone para tratar de adivinar los motivos por los que ha elegido estos singulares árboles.

Los bellos castaños de Indias (Aesculus hippocastanum), que ornamentan la famosa avenida de París, son árboles admirados y mimados como árbol de jardín, y valorados por sus poderes curativos. Entre Argentina, Bolivia y Paraguay, en la Región de Entre Ríos, los quebrachos o “quiebra-hachas” (Schinopsis balansae y S. lorentzii) producen su madera, de dureza excepcional casi imputrescible, y taninos excelentes para curtiduría, materias ambas por las que arriesgan su supervivencia. El mar de olivos (Olea europaea) de Jaén es una estampa propia de mi geografía mediterránea, estos árboles verde-grisáceos trabajan para producir buenas aceitunas que den el apreciado oro líquido. Saltando a Uruguay, a Tacuarembó, donde durante un tiempo vivió Benedetti, en el nacimiento del afluente Cinco Sauces, los sauces llorones (Salyx babylonica), de particular porte atractivo, proporcionan la base de las medicinas de los indígenas.

En los Alpes, en la región que fue el Tirol, entre Austria e Italia, en medio del frío alpino el alerce (Larix decidua) segrega su resina por las cortaduras que le abren para recogerla y que llegará a ser la afamada trementina de Venecia, disolvente y medicinal. En la región amazónica de Brasil, en el estado de Pará, el árbol del caucho (Hevea brasiliensis) sangra el látex de las incisiones que le hienden en la corteza, ajeno a las luchas entre los países del mundo por su comercio. En África, el original y colosal baobab (Adansonia digitata), que el poeta sitúa en una provincia de Angola, almacena miles de litros de agua en su tallo enorme mientras es respetado como árbol sagrado y protagoniza leyendas y mitos ancestrales, y con su abundancia alimenta, cobija y cura entretanto discurre su longeva vida. En California, el ciprés de Monterrey (Cupressus macrocarpa) adorna la Misión Dolores de San Francisco, resistiendo los vientos y mareas del Pacífico.

En la pampa argentina, el ombú o bellasombra (Phytolacca dioica) sobresale en el horizonte plano con su figura portentosa y refugia y refresca bajo su sombra húmeda. En Centroamérica, la ceiba inmensa y plena (Ceiba pentandra) sobrecoge; árbol sagrado de los mayas, nahuas, tahínos y otras culturas, beneficia con sus propiedades curativas y con los productos que provee, el más estimado la fibra de las envolturas algodonosas de sus semillas. En las montañas de oriente medio, el elegante cedro del Líbano (Cedrus libani), del que también disfrutamos en jardines y en forma de aceite esencial, crece recordando su pasado bíblico. Los caobos (Swietenia macrophylla) de Centroamérica, producen su hermosa madera fina tan valorada. La bella palma real (Roystonea regia), en otro tiempo predominante en Cuba y hoy cultivada extensamente en jardines, provee como todas las palmeras abundantes bienes, incluso el espiritual como árbol sagrado para algunas religiones cubanas. En Tasmania crece el eucalipto gigante (Eucaliptus regnans) que llega a los 100m de altura y es valorado por su crecimiento rápido y su producción de madera.

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Además de árboles, el poema destila emociones. De verso en verso, como lluvia fina, nos va calando tanto la alegría por la frondosa naturaleza como la inquietud por el incierto destino de criaturas tan honorables. La abundancia de árboles rotundos y espacios evocadores impresiona y agita, y nos impregna de un sutil pero penetrante sentimiento de unidad entre todo lo viviente. De aquí o de allí, ornamentales o forestales, todos los árboles son compañeros hermanos, “solidarios” en el fluir lento de la vida por su savia, todos son parte de la misma verde angustia ante la voluntad destructora del ser humano. El viaje con Benedetti, como pasa en los buenos viajes, nos transforma, nos conmueve a adherirnos a la causa de los árboles, a comprometernos con ellos y con su continuidad en este planeta.

“De árbol en árbol” es un poema muy conocido. El texto está reproducido en diversos sitios de la red, igual que existen grabaciones de la voz del poeta recitándolo. También se encuentra reproducida la canción del mismo título de Joan Manuel Serrat, que es una adaptación del poema que Benedetti incluyó en su libro Preguntas al azar, de 1986, para el álbum El sur también existe del cantautor. Por último, quiero agradecer al amigo Eugenio que lo incorporó como comentario en este blog y así nos recordó que su presencia era necesaria en este nuestro particular bosque de árboles invisibles.

Escrito por Rosa, jueves 20 junio 2013

Fundación Mario Benedetti

De árbol en árbol, recitado por Benedetti

De árbol en árbol, interpretado por Serrat