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Sustancia Bosque

Hay libros que se mantienen fuera de nuestro alcance durante años y cuando sabemos de su existencia tenemos la certeza de que no podemos vivir ni un día más sin desvelar la intriga que el título nos despierta.

El Nombre del Mundo es Bosque es uno de estos libros. Fue escrito en 1972 por la norteamericana Úrsula K. Le Guin (1929), maestra de la ciencia ficción y una de los mejores novelistas actuales. Han pasado décadas desde su creación pero, como un buen clásico, esta obra puede ser descubierta y disfrutada en cualquier momento.

Sustancia_bosque

La novela nos traslada al futuro. A un tiempo en el que, a causa de que en la Tierra ya se han arrasado todos los árboles, los humanos colonizan el planeta Athshe, un planeta cubierto de bosques, con el fin de extraer la madera para satisfacer la demanda terrícola. El planeta está habitado por el pueblo de los bosques, una estirpe de seres humanoides muy integrados física y espiritualmente con la naturaleza. Con esas premisas, la autora nos sitúa frente a los dramáticos conflictos que surgen en el encuentro entre unos colonizadores movidos por sus intereses explotadores y unos nativos de cultura pacifista y defensora de la integridad de su mundo.

Úrsula K. Le Guin es autora de poesía, cuentos, libros infantiles y artículos, pero es más que nada conocida por sus célebres novelas La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y la serie de Los Libros de Terramar, por citar algunas. Jacinto Antón, en la entrevista que le realizó para El País Semanal, asegura que “es imposible describir la conmoción que provocan sus historias”. Y, en verdad, sus relatos no solo consiguen emocionar sino que asombran, inquietan y sacuden por dentro. Están contados con un lenguaje depurado y esencial, llenos de una singular belleza y trazados con finura y elegancia. Y nos hacen transitar por los sentimientos más delicados, las reflexiones profundas o lo sublime, y por asuntos que siempre, de un modo u otro, nos inducen a meditar sobre la materia de la que estamos hecho los seres humanos.

En El Nombre del Mundo es Bosque (The Word for World is Forest en el original), la primera conmoción nos la provoca el título, una frase que suscita extrañeza, admiración y presagio de algo nuevo, que invita a descifrar su significado y provoca deseos de sumergirnos en lo que intuimos que promete.

Adentrándonos en sus páginas el misterio se nos revela poco a poco, en diferentes capas y matices a lo largo de una emocionante trama. El sustrato de la obra es la exposición de dos visiones diferentes del mundo y del papel de los humanos, encarnadas por personajes arquetípicos. En el desarrollo de la trama, asistimos al choque entre ambas perspectivas: conservar la rica cubierta vegetal del mundo o empobrecerla y arrasarla; respetar la paz y la integridad de los otros, o violentarlos y aniquilarlos. Y a través del apasionante relato de los sucesos, somos invitados a reflexionar sobre la guerra o la supervivencia de la diversidad natural.

Pero el tema de este blog no es la crítica literaria sino los árboles, y lo que más nos interesa de esta novela de Le Guin es precisamente la grandeza admirable con que trata el elemento árbol, el elemento bosque.

En primer lugar, la escritora nos obsequia con una extraordinaria imagen de un planeta todo bosque, un bosque en su máximo esplendor, como solo reside en la utopía, el sueño o el mito.

A ello une una sublime concepción de la relación del ser humano con el bosque: para los habitantes de Athshe el bosque era la sustancia del mundo. La poderosa y sensible imaginación de la escritora ha concebido una idea de bosque como principio, como esencia misma de la existencia, como parte de la imagen de sí mismos de los individuos. Y ha situado la relación humano-árbol en un grado espiritual superior,  en la plena consciencia de compartir materia y espíritu con el árbol.

En su exploración de la “sustancia bosque” nos revela sentimientos que motivan los árboles en las personas.  Con elegante sencillez descubre extremos como la invisibilidad de los árboles para quienes no conciben a los seres vivos como parte de nuestra propia naturaleza o las emociones abrumadoras de quienes no están habituados a su presencia grandiosa.

Le Guin casi siempre introduce la amistad en sus novelas, la forma de amor que es la amistad. En el libro que nos ocupa agradecemos a la escritora la amistad, el amor por los árboles que ha manifestado sentir al dedicarle toda una obra.

Terminamos esta entrada (post) con una breve muestra de textos de la novela para disfrutar de la escritura de Úrsula K. Le Guin (en la traducción de Matilde Horne):

También había aprendido a gustar de los nombres que los athshianos daban a sus territorios y poblados: sonoras palabras bisilábicas: Sornol, Tuntar, Eshreth, Eshsen – que ahora era Centralville -, Endtor, Abtan y sobre todo Athshe, que significaba el Bosque, y el Mundo. De modo que tierra, terra, tellus significaba a la vez el suelo y el planeta, dos significados y uno. Pero para los athshianos el suelo, la tierra, no era el lugar adonde vuelven los muertos y el elemento del que viven los vivos: la sustancia del mundo no era la tierra sino el bosque. El hombre terráqueo era arcilla, polvo rojo. El hombre athshiano era rama y raíz. Ellos no esculpían imágenes de sí mismos en la piedra; sólo tallaban la madera…”

“… Pero cuando llegaron no había nada. Árboles. Una oscura maraña de árboles, espesa, intrincada, interminable; sin ningún sentido. Un río perezoso invadido y ahogado por los árboles, algunas madrigueras de crichis escondidas entre los árboles, algunos ciervos rojos, monos peludos, pájaros. Y árboles. Raíces, troncos, ramas, hojas arriba y abajo que se le metían a uno en la cara y en los ojos, una infinidad de hojas en una infinidad de árboles”.

“Como les sucede en Terra a la mayoría de los terráqueos, Lyubov nunca había caminado entre árboles silvestres, no había visto jamás un bosque más grande que una manzana urbana. Al principio en Athshe se había sentido oprimido y angustiado en el bosque, ahogado por la infinita multitud e incoherencia de troncos, ramas, hojas en la perpetua penumbra verdosa o pardusca. La compacta maraña de varias vidas competitivas pujando y expandiéndose hacia arriba y afuera, en busca de la luz, el silencio nacido de una multitud de susurros sin sentido, la indiferencia total, vegetativa a la presencia del pensamiento, todo eso lo había perturbado, y como los demás, no se había alejado de los claros y de la playa. Pero poco a poco había empezado a gustarle. Gosse le tomaba el pelo, llamándolo señor Gibón; en realidad, Lyubov se parecía bastante a un gibón, la cabeza redonda, la cara morena, los largos brazos y el pelo prematuramente encanecido; pero el gibón era una especie extinguida. A gusto o a disgusto, como experto que era, tenía que internarse en los bosques en busca de los esvis; y ahora, al cabo de cuatro años, se sentía perfectamente cómodo bajo los árboles, quizá más que en cualquier otro lugar”.

 

Escrito por Rosa, jueves 28 febrero 2013

 

El Nombre del Mundo es Bosque 

Úrsula K. Le Guin

Jacinto Antón. “La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”. El País Semanal, 28 Octubre 2012