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El bosque que no se ve. Verano

Durante el verano, el dosel del bosque se va llenando de hojas que se superponen y compiten por aprovechar al máximo la energía solar. Como consecuencia, los habitantes del sotobosque se encuentran con un ambiente fresco y sombrío.

El biólogo David Haskell comenta en su libro cómo la humedad y la temperatura en el bosque que visita con regularidad han aumentado en verano y le resulta más fatigoso su paseo hasta el mandala*. El suelo se encuentra cubierto de plantas marchitas, las «efímeras de primavera», que han completado su ciclo antes de que el crecimiento de las hojas en las copas de los árboles les privara de «los fotones portadores de vida». Sin embargo quedan plantas verdes, que son especialistas en vivir en la sombra y aprovechar la poca luz que les llega. Entre ellas destacan los helechos, como el helecho de Navidad (Polystichum acrostichoides) que mantiene sus frondes verdes durante el invierno y fue utilizado por los colonos europeos para decorar las fiestas navideñas.

Acercando su lupa a uno de los frondes fértiles, Haskell describe con detalle los esporangios y su mecanismo para dispersar las esporas. Tienen estructuras celulares que por movimientos higroscópicos funcionan como pequeñas catapultas. Al incidir un rayo de sol directamente en un fronde maduro produce una evaporación rápida de las células y dispara el mecanismo lanzando las esporas «como palomitas de maíz». De esta forma, las esporas son dispersadas en los días secos, cuando tienen más probabilidad de ser transportadas por corrientes de aire y colonizar nuevos sitios.

La espora no es como una semilla, no da lugar directamente a un nuevo helecho, sino que tiene un ciclo complejo. Para empezar, solo tiene la mitad de la información genética de la madre, es haploide. Primero germina y forma un «gametofito», de forma plana y acorazonada, no mayor que la uña de un dedo. En este gametofito, que realiza fotosíntesis y vive de forma independiente, se producen las células masculinas y femeninas. Las células espermáticas tienen flagelos y nadan atraídas por señales químicas emitidas por los órganos femeninos. La fecundación de la ovocélula origina un «esporofito», con toda la información genética (diploide), que crece, se desarrolla y se independiza como un nuevo helecho. La dependencia del agua en esta fase sexual, en cierto modo «escondida» (de ahí el nombre botánico de criptógama para este tipo de plantas), limita la distribución de los helechos a los hábitats húmedos, como los que se encuentran en los bosques templados de Norteamérica.

La sombra densa de las copas de los árboles no es homogénea. La atraviesan destellos intensos de rayos del sol (sunflecks) que iluminan el suelo del bosque  y se desplazan  siguiendo el movimiento aparente del sol. Una planta del sotobosque suele recibir esta iluminación solar directa durante unos 10 minutos antes de ser cubierta de nuevo por «la manta de sombra». En general las especies adaptadas a la sombra son eficaces aprovechando estos destellos que les permiten sobrevivir en un ambiente de oscuridad. Pero también pueden ser sensibles a la fotoinhibición y sufrir daños en el aparato fotosintético. Una forma de esquivar este exceso repentino de energía, que puede ser pernicioso, es desplazar los cloroplastos (orgánulos con la maquinaria fotosintética) a la parte interna de la célula y volverlos de espalda al sol; cuando pasa el destello, los cloroplastos vuelven a la parte superior para seguir captando la débil luz del bosque.

El lento desplazamiento de los destellos de luz solar a través del bosque es seguido por avispas y moscas que parecen danzar frenéticas en un círculo de luz. Sentado en su observatorio del mandala, Haskell también es alcanzado por uno de esos destellos de luz. Inmóvil, siente el aumento de energía incidente que le produce gotas de sudor por la cara y el cuello. Una respuesta corporal muy diferente a la de las avispas que agitan las alas frenéticas para refrigerarse y mantener el balance de calor. Una vez pasado el destello, reconoce que sus sentidos han cambiado y mirando al fondo del bosque no lo ve como una sombra uniforme sino como «constelaciones que se mueven por un cielo oscuro».

Aliseda_Guadiato_verano

Interior de una aliseda en la Sierra de Córdoba.

La abundancia de la vida animal del bosque es más manifiesta durante el verano. Las llamadas y cantos de las aves suenan por todas partes. El aire es atravesado por zumbidos de abejas, avispas y mosquitos. Entre la hojarasca y por los troncos se cruzan hileras de hormigas, mientras que las arañas y garrapatas acechan a sus presas.

Una hembra de mosquito se posa sobre el dorso de la mano de Haskell. Movido por la curiosidad, observa con la lupa cómo el insecto, una hembra del género Culex, examina su piel y elige un punto donde clavar su estilete. Siente el pinchazo y en pocos segundos comprueba que unos dos miligramos de su sangre pasan al abdomen del mosquito que se hincha y torna de color rojo rubí. Es consciente que probablemente el mosquito lleve en sus glándulas salivares «esporozoítos» de la malaria aviar, que infecta a una tercera parte de las aves del bosque, pero no afecta a humanos. Sin embargo, hasta comienzos del siglo XX el parásito de la malaria (humana) sí era transmitido por mosquitos en el Sur de los Estados Unidos. Precisamente, la Universidad de Sewanee, donde trabaja, fue ubicada en las mesetas de Tennessee para escapar de la malaria que era más común en las zonas bajas. También es verdad que, con la introducción reciente del virus del Nilo Occidental, existe un cierto riesgo de que el mosquito lo transmita de córvidos a humanos, provocando fiebres, convulsiones y en ocasiones la muerte. Pero el biólogo asume los riesgos, satisface su curiosidad naturalista y termina con la reflexión de que los átomos de su sangre han pasado a la hembra de mosquito, estableciendo una conexión física con el resto de la naturaleza del bosque.

Otro día, sentado junto al mandala, Haskell encuentra una garrapata inmóvil en una ramita cerca de su rodilla. Venciendo su repulsión instintiva, acerca la lupa y la observa. Se trata de una hembra de garrapata estrella solitaria (Amblyomma americanum). Describe con detalle su comportamiento de cazadora, la espera durante días o semanas a que pase una presa, la capacidad de obtener agua de la humedad del aire, la forma de adherirse a la piel mientras se alimenta de sangre durante varios días, la atracción mediante feromonas a machos que la fecundan mientras ella come insaciable. A pesar de la tentación de repetir el experimento de donación de sangre que hizo con la hembra de mosquito, Haskell lo evita porque en este caso sí existe una probabilidad alta de que la garrapata sea portadora de bacterias patógenas que puedan causar enfermedades como ehrlichiosis, tularemia, «dermatitis sureña asociada a garrapata» (un tipo de borreliosis) o babesiosis (parecida a la malaria).

En las noches cálidas de verano las luciérnagas embellecen el bosque con sus misteriosos juegos de luces. Al atardecer, un macho de luciérnaga (posiblemente del género Photuris) realiza cortos vuelos sobre el mandala emitiendo destellos de luz verde. Se para en una rama, apaga la luz y observa. Cuando una hembra (que no tienen alas) le responde desde algún lugar del suelo establecen una «conversación» de señales luminosas y luego se aparean. Cada especie tiene un ritmo y una duración de los destellos característicos. Las hembras de Photuris, una vez fecundadas, cambian la secuencia de sus destellos y atraen machos de otras especies que le sirven de alimento. Al devorarlos también incorporan sus moléculas tóxicas que utilizan como defensa química.

La «linterna» con la que las luciérnagas iluminan desde el extremo de su abdomen es un prodigio de la evolución. A partir de unas moléculas de luciferina, por acción de la enzima luciferasa y oxígeno se produce luz. La regulación de los destellos la realiza con una señal de los nervios y la acción del óxido nítrico sobre las mitocondrias que rodean a las moléculas de luciferina. Materiales que forman parte de los tejidos normales de los insectos son ensamblados de una forma singular en el abdomen de las luciérnagas para emitir luz y así los convierten en «duendecillos del bosque». Cuando en las noches de verano los niños se divierten persiguiendo luciérnagas, no corren detrás de insectos sino que juegan a atrapar luces, maravillas.

Los días se van acortando a medida que se aproxima el equinoccio de otoño. El bosque se llena de nuevos sonidos de aves que vienen del norte. La mayoría proviene del extenso bosque boreal que se extiende desde Alaska hasta Maine (NE de EEUU), por todo Canadá, con unos 5,2 millones de km2. Destaca el grupo de los parúlidos (warblers), pequeños paseriformes insectívoros, con unas 27 especies y un efectivo estimado de unos 600 millones de aves que al terminar su cría en el bosque boreal se desplazan a finales de verano hacia el sur, hacia México, Caribe y América Central.

Después de comer y descansar durante el día en el bosque que rodea el mandala, las pequeñas aves seguirán su vuelo hacia el sur durante la noche. Se orientarán por las estrellas, reconocerán la disposición de las montañas y detectarán las líneas invisibles de los campos magnéticos terrestres. Dos veces al año, durante las migraciones de invierno-primavera y de final de verano-otoño, el bosque del mandala se ve atravesado por el flujo viviente de miles de pequeñas aves. Se repite un nexo vivo y antiguo que conecta los bosques boreales con las selvas tropicales.
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* El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente un mandala en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes del invierno y de la primavera.

Escrito por Teo, jueves 29 de agosto 2013.

Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell
Importancia del bosque boreal para las aves

El bosque que no se ve. Primavera

El biólogo y escritor David Haskell estuvo visitando durante un año un «mandala virtual» (pequeño espacio circular de aproximadamente un metro cuadrado) en un bosque de Tennessee (EEUU). Sus observaciones y reflexiones dieron lugar al libro «The Forest Unseen», del que ya he comentado sus pasajes invernales en una entrada anterior. Nos quedamos cuando comenzaron los primeros indicios del cambio de estación: «Las primeras flores de la primavera han percibido el cambio y los tallos con las yemas florales han comenzado a emerger a través de la hojarasca». El biólogo cuenta cómo camino del mandala, al amanecer, se descalzó para sentir el calor tibio de la tierra del bosque, mientras escuchaba el canto de las aves y por doquier veía la emergencia de las primeras flores; todos sus sentidos le confirmaban que había terminado el invierno.

En el mandala, Haskell centró su atención en la primera flor de la primavera, una flor de hepática (Hepatica nobilis) que había estado cerrada durante la noche y se abría con las primeras luces del día para atraer a los insectos. Aunque intentaba percibir el lento movimiento de apertura de la flor, su vista y su cerebro iban demasiado rápidos; haría falta una secuencia a cámara rápida para revivirlos de forma perceptible al ojo humano. La observación de la planta le llevó a reflexionar sobre el nombre «hepática» dado a la planta, la forma de sus hojas lobuladas semejantes a un hígado y la antigua tradición occidental de relacionar la forma de las plantas con sus propiedades medicinales. Después de una larga disquisición sobre plantas, historias, tradiciones y palabras termina reconociendo que: «la bienvenida confiada que la flor de hepática dio a los primeros rayos del sol y a las abejas que zumbaban en la mañana me recordó que el mandala existe con independencia de las doctrinas humanas.» De esta forma el biólogo nos da una lección de humildad, la del observador que se acerca a la naturaleza y procura percibir sus misterios sin los prejuicios culturales. El naturalista, como cualquier humano está condicionado por su cultura; su visión de la flor es solo parcial, pues gran parte de su campo de visión está ocupado por siglos de palabras humanas.

En su camino hasta el mandala el biólogo trataba de pisar suavemente para no dejar un rastro de flores y hojas estrujadas en la alfombra de verdores y colores relucientes que cubrían el suelo del bosque. Al comienzo de la primavera el suelo del bosque recibe la máxima intensidad de radiación solar; el ángulo de los rayos es mayor que en invierno y los árboles todavía no han desarrollado sus hojas nuevas. Durante ese período las hierbas del sotobosque compiten en una carrera para crecer y reproducirse anticipando el momento en que «el dosel de los árboles les robe los fotones portadores de vida».

Tapiz de Scilla lilio-hyacinthus en un hayedo de Irati.

Tapiz de Scilla lilio-hyacinthus en un hayedo de Irati, Navarra.

Esta comunidad de herbáceas se conoce como «efímeras de primavera». Su estrategia vital se basa en almacenar reservas del año anterior en forma de rizomas o bulbos subterráneos. Al terminar el invierno emergen sus hojas ricas en cloroplastos y enzimas que maximizan la captación de luz y la fijación del dióxido de carbono por sus estomas abiertos de par en par, para construir de una forma rápida las moléculas de carbohidratos. Son las plantas «glotonas» del bosque.

El nuevo crecimiento de las raíces infunde vitalidad a la comunidad de organismos del suelo. Las raíces segregan un gel nutritivo que alimenta a bacterias, hongos y protistas, que a su vez sirven de alimento a nematodos, ácaros e insectos microscópicos. La escolopendra, con sus apéndices bucales que inyectan veneno, es un depredador voraz de esta microfauna del suelo. Pero el verdadero «terror» de la hojarasca del bosque es la musaraña de cola corta (Blarina brevicauda), un «monstruo» de unos 10 cm de largo y 20 gramos de peso, que devora todo lo que encuentra: lombrices, babosas, caracoles, topillos y salamandras; cada día consume hasta 3 veces su peso en comida para satisfacer su metabolismo hiperactivo. Tiene además veneno en su saliva que usa para paralizar y matar a sus presas (uno de los pocos mamíferos venenosos) y aunque medio ciego, emite sonidos ultrasónicos para localizar a sus víctimas por ecolocación, confiriéndole su merecida fama de «terror del inframundo».

La explosión de flores en primavera también alimenta a toda una comunidad de organismos que se pueden ver y escuchar. Cientos de especies de insectos polinizadores vuelan y zumban, visitando otras tantas especies de flores del bosque, algunos de forma promiscua mientras que otros son más especializados en sus paladares. Las flores exhiben formas y colores variados para captar la atención de los insectos y ofrecerles su néctar y su polen como alimento; a cambio reciben el servicio de transporte del polen (donde viajan las células masculinas) hasta los estigmas (receptáculos femeninos) desde donde entrarán para encontrarse con los óvulos y fecundarlos. Se calcula que esta red de interdependencia comenzó hace unos 125 millones de años con la evolución de las primeras flores. Al principio sería una relación depredadora, de insectos comedores de polen, que se transformaría en otra de mutualismo por la que las dos partes se benefician. De hecho, las abejas y sus larvas consumen la mayor parte del polen que recogen y solo algunos granos son transferidos a otras flores y cumplen su función fecundadora. Cada primavera se renueva esta alianza antigua entre plantas y animales.

Tronco de haya de unos 30 m en Irati, Navarra.

Tronco de haya de unos 30 m en Irati, Navarra.

En los árboles, las yemas se van despertando y las nuevas hojas inundan como una marea verde brillante el dosel del bosque, comenzando en las partes más bajas y terminando en las cimas de los árboles más altos. Sobre las copas, a una altura de unos 30 metros desde el suelo, los rayos de sol calientan y evaporan el agua de las células de las hojas. Se genera una tensión que succiona el agua del interior de la hoja, de las venas, de los vasos del xilema del tronco hasta llegar a las raíces que la absorben del suelo. La fuerza de succión de una molécula de agua es minúscula pero la fuerza combinada de millones de moléculas de agua que se evaporan en las hojas de un árbol puede tener una fuerza suficiente para subir una columna de agua de varias decenas de metros. Si nos acercamos a la base de un tronco no podemos imaginar que por sus conductos está bombeando más de 500 litros diarios de agua desde el suelo hasta las hojas, mediante este mecanismo elegante y silencioso.

El bosque en primavera es un regalo para los oídos. Una mañana de abril el biólogo fue hasta el mandala del bosque bien temprano, antes del amanecer, para ir escuchando, identificando y anotando la secuencia de los distintos cantos de aves durante el espectáculo sonoro conocido como los «coros del alba». Nos describe los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves: entre los más tempraneros estaban los pequeños páridos como el carbonero de cresta negra (Baeolophus bicolor) y el carbonero de Carolina (Poecile carolinensis), también el papamoscas fibí (Sayornis phoebe) con su rasposo fi-bí que le da nombre. Mientras leemos, vamos disfrutando de los diferentes nombres de aves y sus peculiaridades canoras a medida que avanza la mañana y el capítulo. Ya con el cielo azul radiante, cerca del mandala se escuchaba el chip metálico del bello cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), mientras que por la espesura del bosque se difundían los potentes glugluteos de los pavos machos (Meleagris gallopavo) marcando sus territorios.

Asistir al despertar de la primavera en los bosques templados caducifolios es una celebración de la VIDA en su estado más puro. La exquisita sensibilidad de Haskell y el amor por la vida del bosque que transmite nos evoca a Thoreau que escribió: «una razón para venirme a los bosques a vivir fue que así tendría el placer y la oportunidad de ver cómo llega la Primavera».

Escrito por Teo, jueves 30 de mayo 2013.

Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell

El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin

El blog de David Haskell

 

 

 

Ecólogos en Navarra

La Ecología española goza de buena salud. Durante la semana del 8 al 10 de mayo nos hemos reunido más de 270 ecólogos en el congreso de la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET) en Pamplona. La excelente organización a cargo de Bosco Imbert y su grupo de la Universidad Pública de Navarra han contribuido al éxito de las jornadas en un ambiente riguroso en la ciencia y agradable en lo humano. Las tareas variopintas del ecólogo moderno se ven reflejadas en el simpático logo diseñado por Kukuxumusu para este congreso.

Logo diseñado por Kukuxumusu para el congreso de la AEET.

Logo diseñado por Kukuxumusu para el congreso de la AEET.

En esta reunión de investigadores el «buscador de árboles» encontró numerosas ocasiones para aprender sobre la biología de los árboles y sus interacciones con los demás organismos en los ecosistemas forestales.

Uno de los simposios estuvo dedicado a la ecología de los «quercus» (árboles del género Quercus): encinas, robles, alcornoques y quejigos. La ponencia de Walter Koenig (Universidad de Cornell, EEUU) nos ilustró sobre el fenómeno de la vecería, es decir, la variabilidad entre años y la sincronía entre árboles en la producción de semillas (bellotas), con ejemplos de los “encinos” de California. Destacó la importancia que tiene para la fauna los grandes pulsos de producción otoñal de bellotas por cientos de millones de “encinos”. Desde 1994, cada otoño, Koenig y sus ayudantes recorren California estimando la producción de bellotas en 1.000 árboles repartidos en 19 sitios. La importancia relativa de los factores ambientales (clima y recursos) frente a las presiones evolutivas (saciado de los depredadores de semillas) para explicar la vecería sigue siendo un tema de controversia en ecología.

Dentro del mismo simposio, Mario Díaz (Museo de Ciencias Naturales, CSIC) dedicó su ponencia al sistema «dehesa», formado por árboles dispersos (encinas y alcornoques) en una matriz de pastizal. El manejo agro-silvo-pastoral ha transformado el bosque original en este tipo de paisaje sabanoide que ocupa más de tres millones de hectáreas en el centro, oeste y sur de Iberia. Gracias a la producción de bellotas en las dehesas se genera carne de calidad (derivados del cerdo ibérico). Sin embargo, este sistema productivo y rico en biodiversidad no es sostenible a largo plazo por la falta de regeneración del arbolado. Se podría favorecer la regeneración de las encinas, mantener la biodiversidad y seguir alimentando al ganado mediante un manejo a escala de paisaje, con manchas excluidas del pastoreo temporalmente.

El simposio sobre la ecología de los “quercus” tuvo además 16 comunicaciones orales y 7 en forma de carteles que trataron diversos aspectos: factores que influyen sobre la regeneración, papel de los dispersores y los depredadores de semillas, ecofisiología de la tolerancia al frío y la sequía, función de las micorrizas, y procesos asociados al decaimiento y mortalidad. La calidad de las investigaciones españolas relacionadas con los «quercus» se refleja en la posición de España como segunda potencia científica (después de EEUU) en la publicación de artículos en revistas indexadas (12% del total mundial) que tratan sobre estos árboles. Hay que tener en cuenta que el género Quercus tiene más de 400 especies que se distribuyen por todo el Hemisferio Norte, con centros de diversidad en México y en China, para apreciar la valiosa contribución de la ciencia española en este tema.

Además del simposio sobre “quercus”, en el Congreso tuvimos otras 9 sesiones paralelas (con un total de 185 comunicaciones orales y 75 carteles) que no se pueden resumir en esta breve entrada. Los árboles fueron el objeto central de estudio del simposio dedicado a la Dendrocronología, la ciencia que escruta los anillos de crecimiento de los troncos para reconstruir el pasado. En el simposio sobre Ecología tropical asistimos maravillados a los estudios de bosques megadiversos donde más de 200 especies diferentes de árboles coexisten en una superficie de 1 hectárea. Pedro Jordano (Estación Biológica de Doñana, CSIC) llamó la atención sobre la importancia de las interacciones ecológicas en los bosques tropicales complejos; por ejemplo, la caza excesiva puede llevar a la “defaunación” de la selva y a una pérdida de servicios ecosistémicos al faltar elementos claves para la polinización y la dispersión de semillas. En conjunto, el Congreso ha servido para afianzar el buen nivel alcanzado por la Ecología en España (ocupa el puesto 8º en la producción científica sobre Ecología y Medio Ambiente, mientras que comparativamente está el 13º en Producto Interior Bruto). Una posición alcanzada por un proceso lento y costoso que puede venirse abajo si no cuenta con el apoyo debido de la Administración y la Sociedad en estos tiempos de crisis económica y de valores.

Cuidemos de los árboles viejos

La sesión «Conservación y gestión de árboles viejos y bosques maduros» formó parte de las actividades abiertas al público dentro del Congreso. Se presentaron dos iniciativas que persiguen la valoración y conservación de los árboles que tienen una edad avanzada. Suponen un nuevo modo de contemplar esos árboles viejos que tradicionalmente se han considerado focos de enfermedades y han sido eliminados por los gestores forestales productivistas.

Visitando un haya trasmocha en Arrazola, Irati.

Visitando un haya trasmocha en Arrazola, Irati.

El proyecto europeo EnArbolar: Grandes árboles para la Vida es una iniciativa conjunta de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y la Diputación de Valencia que persigue la conservación de los árboles viejos y los bosques maduros en la red Natura 2000 y la Red de Espacios Protegidos de España. Para Bernabé Moya (Diputación de Valencia) «un árbol singular es aquel árbol que cuando desaparece lo echamos de menos». Son elementos claves del paisaje agroforestal y del urbano, por su papel como reductos de biodiversidad, testigos del cambio climático, dinamizadores sostenibles de las economías rurales y herramientas de educación medioambiental. Sin embargo, se estima que más del 80% de los árboles singulares de España han desaparecido en el último siglo. Para este proyecto es fundamental contar con la participación ciudadana en el cuidado de los árboles viejos que forman parte de la identidad cultural y paisajística de los pueblos.

Oscar Schwendtner (Amigos de los Árboles Viejos de Navarra) resaltó la importancia de los árboles viejos como micro-ecosistemas que albergan una diversidad de organismos (hongos, insectos saproxílicos, pequeños carnívoros y murciélagos). En muchos sitios de Navarra persisten bosques viejos «culturales», montes huecos que fueron conformados por una gestión tradicional que consistía en el descabezado de los árboles a 2-3m de altura, el trasmocho (poda) cada 10-20 años para leña y carbón, y el pastoreo. Puso como ejemplo las hayas (Fagus sylvatica) trasmochas, centenarias que llevan más de 50 años sin ser podadas; tienen un crecimiento desproporcionado de las ramas en forma de candelabro, y el gran peso de la copa, en especial cuando se acumula nieve, las termina tumbando y descalzando. Con ayudas europeas y del Gobierno de Navarra se están realizando retrasmochos experimentales para conservar algunos de estos árboles centenarios.

Primavera en la Selva de Irati

El broche del Congreso fue la visita a la Selva de Irati, cerca de la frontera con Francia. En este bosque frondoso de más de 17.000 hectáreas las hayas habían despertado del letargo invernal y ofrecían un magnífico espectáculo con sus nuevas hojas, de un verde traslúcido, que captaban con avidez el dióxido de carbono estimuladas por la energía del sol.

Los guías Koldo y Puy (Itarinatura) nos informaron de forma amena sobre la historia, la geología, la fauna y la flora, y también sobre la gestión y las costumbres de los habitantes del bosque. Después de atravesar una zona de prados alpinos nos adentramos en el hayedo de la Reserva de Mendilatz, el territorio del mítico «Basajaun» o señor del bosque. Era impresionante contemplar las hayas de troncos rectos que se elevaban hasta los 30m de altura; alguien estimó que podían tener entre 100-150 años.

Hayedo de Irati.

Hayedo de Irati.

Entre las rocas cubiertas de musgo se extendía un tapiz de herbáceas con hojas lanceoladas y racimos de flores violetas (Scilla lilio-hyacinthus). Estas bulbosas del sotobosque aprovechan el breve periodo primaveral en que las hayas están desnudas y pueden captar luz suficiente para completar su ciclo, antes de que el denso follaje las envuelvan en la penumbra. También vimos en el sotobosque rodales de boj (Buxus sempervirens), cuya madera es muy apreciada para ebanistería y para la fabricación de cucharas. Comentaba Puy que cada tipo de árbol tenía un significado diferente para los habitantes del bosque: con el abedul (Betula alba), árbol típico de las etapas pioneras del bosque, se fabricaban las cunas mientras que la madera del tejo milenario (Taxus baccata) era la más adecuada para el ataúd.

Terminamos la visita en Arrazola admirando unas viejas hayas trasmochas. Sus enormes troncos masivos pero de poca altura parecían esculturas vivientes. Habían sido retrasmochadas (podadas) para evitar su colapso, como parte de un programa de la Junta del Valle de Aezkoa con ayudas del Gobierno de Navarra. Su aspecto contrastaba con las hayas de tronco recto, esbelto que habíamos visto en el bosque de la Reserva.

Final de una semana de Ecología y Árboles en las verdes y frondosas tierras de Navarra.

Escrito por Teo, jueves 16 mayo 2013.

Congreso de la AEET 2013 en Pamplona

Seguimiento de la producción de bellotas en California

Proyecto EnArbolar: Grandes árboles para la Vida

Amigos de los Árboles Viejos de Navarra

Recorridos naturalísticos Itarinatura

¡Feliz Día de los Bosques!

El 21 de marzo 2013 comienza una nueva tradición: la celebración del Día Internacional de los Bosques. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha elegido esta fecha anual para celebrar y sensibilizar sobre «la importancia de todos los tipos de bosques y de los árboles fuera de los bosques». Es interesante observar que también se incluye de forma explícita en esta declaración la importancia de los árboles que se encuentran aislados o en grupo fuera de los bosques.

FAO_poster

¿Por qué dedicar un día a los bosques del mundo? ¿Por qué son importantes? En el último informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) sobre El estado de los bosques del mundo se argumenta que «los bosques y su uso ocupan un lugar central en toda discusión seria sobre el futuro sostenible del planeta Tierra».

La historia de la humanidad es la historia del uso de los bosques y de sus múltiples productos para mejorar la calidad de la vida humana, pero también es la historia de la deforestación. Se estima que hace unos 10.000 años , después de la última glaciación, había unos 6.000 millones de hectáreas de bosque, ocupando un 45% de la superficie terrestre. Durante los últimos 5.000 años, el nacimiento y la expansión de la civilización ha supuesto la pérdida de unas 1.800 millones de hectáreas de bosque, a razón de unas 360.000 ha por año. En la última década,  el crecimiento demográfico y la mayor demanda de alimento, fibra y combustible han acelerado la tasa de deforestación hasta los 5,2 millones de hectáreas por año (una extensión mayor que la comunidad de Aragón). Curiosamente, tanto el crecimiento de la población como la tasa de deforestación aumentan casi en paralelo durante los períodos de desarrollo económico, mientras que se vuelven estables o disminuyen cuando la sociedad alcanza un cierto nivel de riqueza.

La mayor parte de la deforestación actual está teniendo lugar en los bosques tropicales. En la última evaluación de los recursos forestales mundiales realizada por la FAO se estimó una tasa de deforestación neta anual del 0,14% para el período 2005-2010. Pero hay grandes diferencias entre países. En 9 países la deforestación es severa, superando el 2% de pérdida neta de bosques. En el otro extremo, unos 80 países han experimentado un mantenimiento o aumento de su superficie forestal durante los últimos 5 años, incluyendo los grandes países forestales como Rusia, EEUU, China e India, así como la mayor parte de los países de Europa.

Existen dos causas principales de la deforestación y degradación de los bosques. Primera, la tendencia de muchas sociedades a obtener beneficios a corto plazo y no pensar en las generaciones futuras; los árboles tardan en crecer y son una inversión a largo plazo. Segunda, que para las decisiones de gestión solo se valoran los productos forestales que se pueden comercializar en el mercado, sin valorar los costes negativos de la deforestación, ni los beneficios múltiples que proporcionan los bosques.

Para 350 millones de personas, incluidos 60 millones de indígenas, los bosques lo significan todo, representan la base de su subsistencia y supervivencia. Otros 1.000 millones de personas tienen una dependencia directa de los bosques y los árboles para sus necesidades cotidianas. Y más de 2.000 millones de personas utilizan la energía del bosque (leña, carbón vegetal) para cocinar y calentar sus casas. Son beneficios directos que las poblaciones rurales obtienen de los ecosistemas forestales, se denominan servicios ecosistémicos de abastecimiento.

Pero la totalidad de los más de 7.000 millones de habitantes del planeta nos beneficiamos indirectamente de los bosques, aunque muchos vivamos en ciudades y no seamos conscientes de ello. Las 4.000 millones de hectáreas de bosques del mundo son maquinarias fabulosas de fijar carbono mediante la fotosíntesis, retirando gran parte del CO2 que emitimos a la atmósfera por la actividad industrial y que está produciendo un calentamiento global acelerado. Esta función de mitigación del cambio climático, junto con la regulación de la calidad del aire y del agua, y la protección y formación de suelos constituyen los servicios ecosistémicos de regulación.

mapa FAO 2010

Mapa de los bosques del mundo, FAO (2010).

El bosque tiene un valor cultural ancestral que cada vez se valora más como parte del bienestar humano. El reconocimiento de los servicios ecosistémicos culturales del bosque, como el disfrute estético y paisajístico, las actividades recreativas, la identidad cultural y sentido de pertenencia, el conocimiento ecológico local y los valores espirituales, es una de las aportaciones novedosas y originales de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio.

La gestión sostenible del bosque debe tener en cuenta la globalidad de los servicios ecosistémicos que proporciona: de abastecimiento, de regulación y culturales; todos son necesarios para el bienestar humano. El pago a los propietarios de tierras forestales por mantener la salud de los bosques y por proporcionar los servicios ecosistémicos, como la retención del carbono, el suministro de agua de calidad en las cuencas de los embalses, o el mantenimiento de la biodiversidad son nuevas herramientas de política forestal que se están aplicando en algunos países.

Los técnicos de la FAO proponen cuatro estrategias para un futuro sostenible de los bosques del mundo. Primera, mejorar la calidad y cantidad de los bosques plantando árboles e invirtiendo en servicios ecosistémicos. Las plantaciones deben ser adecuadas, preferentemente con especies nativas, deben tener en cuenta las culturas locales y sobre todo deben cuidarse y manejarse para garantizar su éxito a largo plazo. Pueden plantarse árboles en tierras agrícolas, en sistemas agroforestales, en pastizales, en los parques de las ciudades; en todos los casos son inversiones en nuevas reservas de carbono con independencia de su ubicación.

Segunda, promover las pequeñas y medianas empresas basadas en los bosques para reducir la pobreza rural y mejorar la equidad. Es clave favorecer el acceso de las mujeres a la tierra, la educación, la tecnología y los créditos para aumentar la economía rural y el bienestar social.

Tercera, aumentar el valor a largo plazo de los productos de la madera mediante su reutilización y reciclaje. Cuando se recicla el papel o se reutilizan las maderas de muebles viejos o materiales de construcción se alarga su función como almacenamiento de carbono. Favorecer el uso de la madera con fines energéticos siempre que provenga de bosques gestionados de una forma sostenible y se adopten tecnologías eficientes y limpias para transformar la biomasa en calor y electricidad.

Cuarta, mejorar la comunicación y la coordinación entre los diversos sectores y países. Mejorar la coordinación de la cooperación internacional con las poblaciones locales. Facilitar el acceso al crédito en las zonas rurales. Gestionar de forma integrada los bosques, el agua y la energía. Fomentar la educación tecnológica y la investigación forestal.

Piensa globalmente y actúa localmente. ¿Cómo puedes celebrar el Día de los Bosques? Planta un árbol o colabora con alguna organización que lo plante. Pasea por una arboleda o por un parque y observa a esos magníficos seres vivos. Escribe y lee sobre árboles y bosques. Toca algo de madera, a ser posible que tenga certificado de gestión sostenible. Recicla papel y cartón. Busca árboles invisibles en la naturaleza y en la cultura.

Escrito por Teo, jueves 21 marzo 2013

Página de las Naciones Unidas anunciando el Día Internacional de los Bosques

Informe de la FAO sobre El estado de los bosques del mundo

Evaluación de servicios ecosistémicos en Andalucía

El bosque que no se ve. Invierno

La complejidad del bosque y de sus historias se puede concentrar en una pequeña superficie, algo mayor de un metro cuadrado. Siguiendo la tradición tibetana del mandala como ventana espiritual a la iluminación, el biólogo David Haskell trazó un círculo virtual en el suelo de un bosque maduro en Tennessee (EEUU) y durante un año lo estuvo visitando regularmente. Fruto de la observación y la meditación continuada en ese mandala del bosque, enriquecidas con sus conocimientos de profesor de Biología, es el hermoso libro titulado El bosque que no se ve (The Forest Unseen, en inglés).

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Su lectura nos transporta y nos hace compartir las sensaciones que se perciben al adentrarnos en un bosque templado en el noreste de América. Comienza su viaje en invierno, “… el olor húmedo y denso de las maderas inunda mi olfato. La humedad ha hinchado la alfombra de hojarasca que cubre el suelo y el aire está repleto de aromas foliares suculentos. Paso junto a un gran nogal (Carya glabra), reposo mi mano sobre su corteza y observo el mandala a mis pies. Me siento en una roca plana. Después de una pausa para inhalar el aire tan rico de aromas me preparo para observar”.*

En el bosque invernal, aletargado y gris, llaman su atención los colores resplandecientes de los líquenes que cubren las rocas, troncos y ramas. La ductilidad de la fisiología de los líquenes les ha permitido amoldarse a las variaciones en la temperatura y son capaces de aprovechar un día soleado de invierno. Esta observación la conecta con la sabiduría taoísta de la aquiescencia y el saber acomodarse a las circunstancias externas. La aparente simplicidad de los líquenes esconde una maravillosa complejidad en la unión de dos criaturas que renuncian a su individualidad para formar un nuevo organismo que, en sus múltiples combinaciones, se extiende con éxito por gran parte del planeta, sobre todo por las zonas frías de la tundra. Esa unión íntima, esa fusión de criaturas, existe también a un nivel celular en los cloroplastos que contienen los pigmentos fotosintéticos y además tienen su propio ADN; de hecho descienden de bacterias que renunciaron a “su sexo y su libertad” para forma parte de la célula vegetal hace 1,5 mil millones de años. La reflexión sobre la interdependencia y la individualidad le lleva a Haskell a recordarnos que en nuestras propias células, las mitocondrias, esas pequeñas fábricas de energía, son también descendientes de bacterias que renunciaron a su libertad para integrarse en la célula animal en los albores de la evolución.

Una ola de frío polar ha hecho bajar las temperaturas hasta mínimos de 20ºC bajo cero; junto al mandala el autor reflexiona sobre los límites fisiológicos que el frío extremo impone sobre la vida del bosque. Observa entonces una bandada de carboneros (Poecile carolinensis) que saltan inquietos de rama en rama por el dosel de árboles desnudos, buscando insectos escondidos entre las cortezas. ¿Cómo sobreviven con ese frío extremo? se pregunta. El denso plumaje de invierno (con un 50% más de plumas que en verano) actúa como aislante para conservar su calor. Mediante movimientos vibratorios de sus poderosos músculos pectorales (la cuarta parte de su masa corporal) bombean sangre caliente y mantienen la temperatura de sus cuerpos. Se ha estimado que un carbonero necesita unos 65 Kjulios de energía para mantenerse vivo un día de invierno; la mitad de esa energía la gasta en temblar y agitarse para mantener el calor. Por la noche, buscan refugio en algún hueco de un árbol dónde duermen apelotonados y caen en un estado hipotérmico de torpor (pueden bajar su temperatura hasta 10ºC) que les permite ahorrar energía. Sin embargo, en esas noches de frío extremo muchos carboneros morirán. “Solo la mitad de los carboneros que se alimentaban entre las hojas que caían en otoño vivirán para ver cómo se abren las yemas de los robles en primavera”. Se trata de un ejemplo patente de selección natural y adaptación: “el frío extremo purgará de la población de carboneros aquéllos que sean deficientes en sus capacidades para temblar y mantener calor, en la capacidad aislante de su plumaje o en el almacenamiento de energía”.

A diferencia de los pájaros saltarines, los árboles con sus ramas grises y desnudas parecen muertos. Pero bajo esa apariencia inerte se esconden tejidos vivos que han realizado una sorprendente transformación fisiológica y bioquímica para resistir los rigores del invierno. Los árboles comenzaron su preparación varias semanas antes de las primeras heladas. En sus células, el ADN y otras estructuras delicadas se dispusieron en el centro, envueltas y protegidas. En el citoplasma aumentó el contenido de lípidos y sus enlaces químicos cambiaron para mantenerlos fluidos a temperaturas bajas; el contenido en azúcares también aumentó para disminuir el punto de congelación. Las membranas se volvieron más permeables y elásticas. Estas células transformadas, más mullidas y flexibles, eran capaces de absorber la violencia de los cristales de hielo en expansión, sin sufrir daño durante los frecuentes episodios de congelación en invierno. La aclimatación y la vitalidad invisible en los árboles será puesta de manifiesto cuando llegue la primavera y las yemas exploten produciendo nuevas hojas y flores que cambiarán la faz del bosque.

Otras plantas, las herbáceas anuales, murieron todas en otoño incapaces de sobrevivir el invierno. Sin embargo persisten de forma invisible, en forma de semillas enterradas entre la hojarasca y el suelo. Las semillas tienen cubiertas duras y un interior seco que les permite resistir la congelación y esperar durmientes hasta la llegada de la primavera.

En el capítulo “13 de marzo – Hepatica”, el naturalista ya atisba en el mandala las señales de la primavera: “La temperatura ha sido cálida durante toda la semana. Las primeras flores de la primavera han percibido el cambio y los tallos con las yemas florales han comenzado a emerger a través de la hojarasca… ”. Pero esa es otra historia que será motivo de una entrada de esta bitácora en primavera.

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* Las citas son traducción libre del original en inglés.

 

Escrito por Teo, jueves 21 febrero 2013

Libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin

Blog de David Haskell