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El Árbol del Color y la Música

A veces el encuentro con un árbol nuevo llega por caminos insospechados. Esta vez ha sido por la publicidad. En la prensa me topé con el anuncio de un lápiz de madera de pernambuco, un árbol que desconocía por completo, fabricado por una prestigiosa marca de lápices alemana. En el reclamo publicitario se destacaba “el carácter cálido y natural de la madera, normalmente usada para elaborar arcos de violín”. Siguiendo esa pista llegué a este árbol tropical, más conocido como palo brasil (Caesalpinia echinata), y a su historia asombrosa y tremenda de explotación, que lo ha llevado al borde de la extinción a la par que lo ha convertido en un símbolo de la historia y la cultura de Brasil, país que le debe parte de su historia y su nombre al árbol.

En términos botánicos, la especie es una leguminosa endémica del Bosque Atlántico tropical de Brasil, la selva conocida localmente como Mata Atlántica. Entre sus peculiaridades destacan el tronco muy recto cubierto de aguijones, unas llamativas flores amarillas muy aromáticas, las legumbres espinosas y, sobre todo, el tesoro que guarda tras la corteza grisácea: una madera muy dura, muy densa, de un vistoso color rojo, objeto de deseo.

 

El árbol del color rojo

El 22 de abril de 1500, ocho años después del descubrimiento de América, una expedición portuguesa de trece navíos comandada por el caballero Pedro Alvares Cabral llegó a una costa desconocida de Sudamérica (donde hoy se encuentra Porto Segura, estado de Bahía), una costa muy bella, rebosante de aves coloridas y de árboles de muchos tipos, habitada por indígenas que llevaban el cuerpo pintado con un colorante rojo extraído de la madera de un árbol, al que llamaban ibira-pitanga (rojo en lengua tupí). Los exploradores quedaron fascinados por el pigmento rojo. La razón de ello estaba en Europa.

La madera del ibira-pitanga tenía gran parecido con otra madera exótica importada de Asia, de gran valor entonces en Europa para fabricar tinte rojo y tinta. De hecho se trataba de una especie de la misma familia y género, la Caesalpinia sappan, conocida en el mercado por diversos nombres: brasilere en español, brazil, bresil, verzino, etc. en otras lenguas. Todos estos términos procedentes de la palabra latina, brasa, relativa a la semejanza del color encendido de la madera con las brasas; mientras en Asia, se conocía por la palabra malaya sapang, rojo.

Cabral y sus hombres llamaron al árbol pau brasil (en portugués, palo brasil en español). La tierra virgen estaba llena de árboles y, a la vista de tal abundacia, los exploradores en seguida enviaron barcos a Portugal cargados con toneladas de madera de palo brasil. Un trabajo duro. Talar los árboles, quitarles la corteza y la albura a los troncos (pues el pigmento está en el duramen), cortarlos en tablas que pudieran llevarse a hombros, y acarrearlas desde el lugar cosechado hasta los barcos. Por fortuna para los colonizadores, el trabajo lo realizaban los indígenas a cambio de objetos insignificantes, de modo que la explotación resultaba prácticamente gratis. Para entender la dimensión del valor que repentinamente había cobrado el palo brasil, hay que acercarse al mundo de los tintes naturales.

Rojo europeo, rojo asiático y rojo americano

La actividad tintorera es un arte antiquísimo desarrollado en todas las culturas. Las fuentes de color en la naturaleza son muchas y variadas: hojas y tallos, flores, cáscaras y vainas, bayas, semillas, raíces, cortezas, maderas, moluscos, insectos y líquenes. Un maestro tintorero maneja conocimientos de botánica, química y cromatismo. Domina las técnicas de extracción del colorante de cada materia natural y las recetas idóneas de mezclas de colores y aditivos para obtener los más bellos tonos y la máxima durabilidad. Los museos del mundo ilustran los admirables colores naturales conseguidos por los artesanos hasta la invención de los colores sintéticos.

Para experimentar las propiedades tintóreas de los árboles me apunté a un curso de Iniciación al Teñido de Fibras con Colorantes Naturales en el Jardín Botánico de Córdoba, me fascinó. Cuando en un caldero hirviendo con unas simples cáscaras de cebolla o unas hojas trituradas de higuera, ves cómo el color penetra la lana, te sientes como asistiendo a un descubrimiento, o revelando un secreto antiguo. La vivencia te hace mirar los árboles y demás vegetales de otra manera, la recomiendo. La magia del color, que tanto usamos, es otro servicio callado que las plantas nos obsequian desde el origen de los tiempos.

En Europa la producción de materias tintóreas constituía una actividad económica muy activa desde comienzos del medievo. Obviamente, en un principio se usaban materias del entorno natural. El rojo, junto al púrpura, era un color prestigioso, un poderoso símbolo de poder dentro del lenguaje de los colores. Las sedas y terciopelos de los nobles se teñían con un colorante, llamado grana, extraído al triturar y hervir las agallas que un insecto, el quermes, forma en la coscoja y otros robles.

El inicio de los grandes viajes a Oriente en busca de especias y otros bienes de lujo, descubrió a Europa la madera tintórea de la Caesalpinia sappan, el brasilere. El prestigio de los rojos y púrpuras se debía en parte a la cantidad astronómica de animales que se necesitaban para extraer una buena dosis de colorante. El árbol oriental era mucho más abundante, porque se cultivaba, y más rico en colorante rojo, casi 10 veces más que el quermes, y así ocupó el primer lugar en el mercado. En Asia, esta Caesalpinia se usaba desde muy antiguo tanto en medicina como para teñir las sedas y linos de los trajes que vestían los nobles orientales.

En Japón, el brasilere importado desde China gustó tanto sobre la seda que ese rojo se consideró un color especial, el koro, e incluso se prescribió su uso exclusivo en la corte del emperador tal como aparece en un texto del siglo X, el Engishiki; esa apreciación de “color especial” del rojo aún pervive en la cultura japonesa. Marco Polo y otros grandes viajeros europeos seguro conocieron el texto japonés y el árbol sapang, pues en sus crónicas dejaron notas del comercio del brasilere y de la presencia de cultivos por todo el sudeste asiático, en lugares legendarios como las Islas de las Especias, India o Tailandia.

La primera cita del brasilere en Europa procede de la Francia del siglo XI. En el siglo XIV, el uso del rojo brasil ya era extensivo, incluso se distinguen diferentes calidades por la procedencia, el mejor venía de la costa india de Malabar. El árbol asiático en cuestión es pequeño, espinoso y, a diferencia del palo brasil, ha sido cultivado durante siglos y naturalizado en un amplia área de Asia.

Cuando la madera del palo brasil americano llegó a Europa (tras la expedición de Cabral en 1500), los maestros tintoreros se dieron cuenta de que no era de mejor calidad que el rojo asiático, pero su abundancia, los menores costes del transporte y la mano de obra indígena gratuita hacía que el negocio compensase; además el brasilere de Asia se estaba volviendo más difícil de importar, ya que la ruta oriental estaba bloqueada por la conquista turca de Constantinopla. Portugal se quedó así con el monopolio del tinte rojo en Europa.

Piratas locos por el color

Troncos de palo brasil en la revista Smithsonian Magazine.

El comercio del palo brasil hizo ganar tanto dinero de repente a Portugal que Francia, España, Inglaterra y Holanda, las otras cuatro grandes naciones exploradoras del Siglo de los Descubrimientos, se lanzaron a buscar el palo brasil en la selva americana o, lo que les traía más cuenta, a piratear los barcos portugueses cargados con la madera.

Cincuenta años después de la llegada de los portugueses a América gran parte del territorio aún permanecía inexplorado. En la década de 1520 los franceses empezaron a recorrer la costa y a apresar todos los barcos, querían una parte del botín rojo. En 1555 el vicealmirante Nicolás Durand de Villegaignon y sus caballeros de la Orden de Malta, junto con colonos hugonotes huidos de la persecución, establecieron una colonia, a la que llamaron la Francia Antártica, en lo que hoy es Rio de Janeiro. El intento iba en contra del Tratado de Tordesillas de 1494, que había repartido el Nuevo Mundo entre España y Portugal, y aunque llegaron más colonos en los años siguientes, esta vez calvinistas, los franceses fueron finalmente expulsados por los portugueses en 1567. No obstante, Francia mantuvo la piratería y el interés sobre el palo brasil durante bastante tiempo. El escritor francés Jean-Christophe Rufin narró estos hechos en la novela histórica “Rojo Brasil”, con la que ganó el Premio Goncourt en 2001.

Los españoles, por su parte, buscaron con ahínco el palo brasil en sus posesiones americanas y descubrieron otras especies cuyo duramen también producía tintes rojos intensos. En los antiguos territorios hoy ocupados por México, Guatemala y Belice descubrieron el palo campeche (Haematoxylum campecchium), otra leguminosa tintórea que comercializaron desde España. La especie fue después explotada por los ingleses en Belice. Tambien se descubrieron y aprovecharon las especies Caesalpinia brasilensis, la Caesalpinia violacea y el Haematoxylum brasiletto, todas dadoras de un rango de tintes rojos, desde carmines hasta rosas.

En el mercado de tintes de aquellos tiempos, tal como aparecen en los documentos, las maderas de las distintas especies se vendían con nombres parecidos: brasil, palo brasil, palo de pernambuco, palo de campeche, palo de tinta, brasiletto. Y además cada especie aparece con distintos nombres, una confusión nominal que dura hasta nuestros días; es fácil ir a comprar palo brasil y que te den virutas o polvo de otra madera roja.

A nivel molecular, tienen algo común. Resulta que la sustancia química que aporta el color rojo es la misma en todas las especies de Caesalpinia: la brasilina (C16H14O5), un pigmento que también se conoce como Rojo Natural 24. Igual que en todas las especies de Haematoxylum es la hematoxilina (fórmula C16H14O6), a su vez solo diferente en un átomo de oxígeno. Ambas sustancias de la madera se oxidan espontáneamente con la luz y el aire, se convierten en brasileína y hematoxileína o hemateína, y adquieren el rojo intenso.

Mapas del tesoro rojo

La relevancia económica del palo brasil en los siglos XVI y XVII fue tal que el árbol aparece constantemente en la cartografía de la época. Pocos casos hay de tanta presencia de un árbol en los mapas. El mapa más antiguo, el Planisferio de Cantino, de 1502, dos años después de la llegada de Cabral a América, muestra la demarcación acordada en el Tratado de Tordesillas y los resultados de todas las expediciones realizadas desde 1492 hasta 1501; el territorio de Brasil está representado por pájaros y árboles de palo brasil. Otros importantes mapas posteriores, (de 1519, 1542, 1546, 1550 y 1579), contienen escenas de los nativos tupíes realizando tareas, sobre todo cortando árboles y acarreándolos a los barcos. Son mapas muy artísticos de gran valor histórico con una sorprendente información económica y etnológica del comercio del palo brasil.

Detalle del mapa “Brasil” de G. Gastaldi, 1550.

Historia de una devastación

Los interesantes mapas de la época también atestiguan el comienzo de la deforestación de la selva atlántica. Desde el minuto uno en que los portugueses pusieron sus pies en la costa brasileña el número de árboles de Caesalpinia echinata empezó a disminuir sin remedio y siguió haciéndolo año tras año, hasta mermar de un modo alarmante la población de la especie.

A lo largo del XVI, los portugueses (y, en parte, también franceses) mandaron a Europa una media de 7000 toneladas de madera de palo brasil al año. Se ha estimado que solo en el primer siglo de explotación se talaron cerca de 2 millones de árboles, es decir, una media de 20 mil al año, lo que equivale a 50 árboles al día. También se esquilmaron animales y otros recursos de la selva. Un barco francés apresado por los portugueses llevaba 3000 pieles de jaguar, 600 aves (muchas de ellas papagayos) y otras materias como aceites medicinales y minerales. No solo se perdían grandes árboles sino que se empobrecía rápidamente la biodiversidad original de la selva virgen.

Desde el principio, y no por motivos ambientales sino económicos, los portugueses advirtieron con preocupación la evidente deforestación paulatina y descontrolada. Pronto, en 1542 y en 1605, se proclamaron leyes para racionalizar y regular el comercio del palo brasil, con castigos de pena de muerte o confiscación de bienes a quien talara árboles sin permiso de los propietarios de las tierras. La intención era que nadie más que los colonizadores portugueses talasen los árboles. Sin embargo, esas reglas y otras posteriores se incumplieron sistemáticamente y así se llegó a 1822, año de la Independencia de Brasil de la corona portuguesa.

Poco después, en 1856, tuvo lugar un descubrimiento que cambiaría para siempre la actividad de teñido con colorantes naturales. El químico inglés William Henry Perkin intentaba sintetizar quinina pero lo que consiguió fue producir el primer colorante sintético, la anilina morada. En poco tiempo los tintes sintéticos de todos los colores llegaron al mercado y antes de finalizar el siglo XIX las empresas de colorantes naturales se arruinaron por falta de demanda. Habían pasado 375 años de explotación ininterrumpida del palo brasil y lo habían dejado al borde de la extinción.

El interés por el tinte del palo brasil casi desapareció. Pero entonces se descubrió que, además del tinte, la madera poseía otra propiedad igual de admirable o más aún y comenzó un nuevo interés por el expoliado árbol.

El pernambuco, árbol música

En la ciudad del Sena, entre los años 1785-1790, los destinos del palo brasil y Francia volvieron a unirse. El lutier François Xavier Tourte tuvo la inspiración y el talento de inventar un nuevo arco para instrumentos de cuerda, tan revolucionario que se ganó el apodo de el Stradivarius del arco. Tourte introdujo una serie de cambios esenciales, convirtiendo al arco en algo nuevo y poderoso. Alargó la longitud, puso más madera en la vara, hizo una nuez más pesada para tensar las crines de caballo y, para lograr la concavidad tan importante para el sonido, calentó la madera, lo que antes se realizaba aserrando. Por último, experimentó su diseño con diversas maderas (entonces los arcos se fabricaban con maderas europeas y algunas tropicales), hasta que en el centro de París encontró toneladas de palo brasil destinadas a tinte y descubrió sus maravillas sónicas.

El palo brasil es un árbol musical excepcional debido a una combinación de cualidades de la madera: la densidad, resistencia y flexibilidad, y la habilidad de curvarse con el calor y mantener la curvatura al enfriarse. El arco emite sonido; cuando se desliza por las cuerdas del violín preserva las vibraciones creadas y su frecuencia interactúa con la propia del instrumento creando un tono distinto. Según sugieren las investigaciones, la capacidad sónica de la madera de pernambuco tiene que ver con el contenido en brasilina, o sea, que la sustancia tintórea también es responsable de los atributos musicales del árbol.

El arco es una pieza crucial. Es una herramienta mágica. El virtuoso violinista del XVIII Giovanni Batista Viotti, consejero de Tourte, lo expresó con un significativo aforismo “el violín es el arco”. El violinista Günter Seifert, autor de “The Pernambuco Waltz”, describe así su importancia: “el arco puede ser más esencial para expresar el alma de la música que el propio violín, por eso, usan arcos de pernambuco tanto los músicos profesionales como los aficionados, todos saben que es mejor tener un arco excelente y un violín mediocre que a la inversa”.

No hay ninguna otra materia que iguale la excelencia musical de la madera de pernambuco. Los arqueteros y músicos de cuerda del mundo dependen de la continuidad de la especie para mantener la calidad de sonido de sus interpretaciones.

El árbol de las muchas palabras

Un árbol con muchos nombres. Ya he aludido a la confusión reinante desde el principio por los diversos nombres que se le asignaron al tinte rojo asiático de la especie C. sappan. Confusión que heredó, en primer lugar, la especie C. echinata por haber recibido la misma constelación de nombres y, en segundo lugar, los otros árboles tintóreos americanos por haber sido nominados con nombres parecidos. A ello se suma que en el ámbito musical se le conozca como pernambuco en vez de palo brasil (término más usado en el comercio de tintes). Pernambuco es un estado brasileño, dentro de la Mata Atlántica, que conserva algunas poblaciones intactas del árbol, de donde proceden maderas valoradas como las de mejor calidad.

Un árbol da nombre a un país. Al principio, la tierra que descubrió Cabral recibió varios nombres: Terra de Vera Cruz, Terra de Santa Cruz, Nuevo Mundo, América, Terra Papagalli. Sin embargo, la intensa actividad comercial entorno al palo brasil hizo que finalmente se adoptara el nombre Terra do Brasil, y al final del XVI el nombre Brasil quedó fijado. El hecho evidencia la magnitud de la explotación maderera y la importancia del árbol en el origen y desarrollo del país. No obstante, el asunto fue y sigue siendo motivo de una cierta oposición en Brasil, en parte por cuestión de la falta de connotación religiosa, pero sobre todo por cuestiones de orgullo, al relacionar el nombre de un país con el de una actividad tan prosaica como la mercantil. Los tintoreros del mundo, sin embargo, se sienten orgullosos de que haya un país con nombre de un tinte, y los amantes de los árboles también celebramos que un árbol haya nombrado a una nación.

Un árbol al que le cambian el nombre. La especie del palo brasil fue clasificada y descrita por el naturalista francés Jean Baptiste Lamarck en 1785, la llamó Caesalpinia echinata. El nombre genérico fue un homenaje al médico botánico italiano Andrea Cesalpino (1519-1603) y el epíteto griego echinata lo eligió en referencia a las abundantes espinas del árbol. En el siglo XXI, un nuevo estudio del ADN ha confirmado que el palo brasil representa un linaje evolutivo único y distinto, mereciéndose el reconocimiento de género aparte. El nombre elegido para el nuevo genero es Paubrasilia, latinización del nombre común portugués, dada la importancia histórica del árbol para Brasil, y para la especie Paubrasilia echinata. El género Paubrasilia ha sido descrito en la revista Phytokeys (2016) por un equipo de científicos de Canadá, Brasil y Reino Unido dirigido por Edeline Gagnon, de la Universidad de Montreal. Con ese nombre emblemático los autores tienen la esperanza de atraer la atención sobre el frágil estado del hábitat del palo brasil.

De paraísos perdidos y árboles casi perdidos

A su llegada al litoral brasileño, los portugueses admiraron la espléndida belleza natural de la tierra, los árboles, muchos, muy grandes, y de infinitas especies, las aves, muchas, y vistosas, las bellas playas y la abundancia de manantiales. Un paraíso virgen.

Antes de la Era de los Descubrimientos, la Mata Atlántica se extendía por toda la franja litoral brasileña, desde el actual estado de Rio Grande del Sur hasta el de Rio Grande del Norte. Se estima que ocupaba unos 130 millones de hectáreas, de los que hoy sólo queda el 7% en estado original. Y ese porcentaje se presenta fragmentado en pequeños espacios de pocas hectáreas separados entre sí, lo que dificulta la conservación.

La devastación empezó con la explotación de la madera del palo brasil y de otros árboles como la caoba, el palisandro y el cedro; luego siguió con la tala de selva para cultivos, de caña de azúcar, café y cacao, y para ganadería; y, finalmente, con la expansión de las ciudades. El paraíso se pierde. El Bosque Atlántico es uno de los 34 puntos críticos (hot spots) mundiales de gran valor para la conservación de la naturaleza, principalmente por la reducción de su área; son enclaves importantes de biodiversidad porque en ellos se encuentran la mayoría de especies aún desconocidas para la ciencia.

La Mata Atlántica es el único hábitat del mundo para el palo brasil o pernambuco. A pesar de la preocupante situación de la especie sigue siendo objeto de explotación y exportación ilegal. Afortunamente desde hace unos años se ha comenzado a llevar a cabo iniciativas para salvarla.

Con el fin de concienciar a la población, en 1978 el gobierno brasileño lo declaró Árbol Nacional y al día 3 de mayo el Día del Palo Brasil. Años más tarde, en 1992, la especie fue declarada especie en peligro de extinción por el gobierno y en 1998 por la UICN.

En 2001, en París, los músicos y fabricantes de arcos de violines de diversos países del mundo crearon la IPCI (International Pernambuco Conservation Iniciative), con la misión de rescatar a la especie. Fueron animados a ello por medio de Comurnat, una organización que intenta comprometer a los artesanos con la causa de las materias primas de las que dependen. Una vez concienciados, los arqueteros contemporáneos, como dice el periodista Russ Rymer, “están decididos a no ser los villanos de este drama de extinción”. La Iniciativa tiene en marcha un interesante programa que financia estudios, sobre hábitos y hábitat de la especie, así como proyectos de plantaciones en distintos puntos, todo ello en colaboración con los diferentes gobiernos implicados y con organizaciones civiles.

En 2012, el gobierno de Brasil creó el Programa Nacional para la Conservación del Palo Brasil, con la meta de reevaluar el estado de conservación, identificar los bosques relictos con poblaciones de la especie y promocionar el uso sostenible de plantaciones comerciales públicas y privadas. Queda mucho por hacer, pero el esfuerzo en investigaciones y reforestaciones ha logrado que en 2013 la especie sea incluida en el Apéndice II, de la Convención Internacional del Comercio de Especies Silvestres (CITES), en la lista de especies que no están amenazadas de extinción pero requieren regulación estricta de comercio internacional para prevenir mayor declive de las poblaciones.

Los planes y las iniciativas deberían dar sus frutos en los próximos años. Ojalá que se logre plantar millones de pernambucos, que esas plantaciones se exploten de modo sostenible y que se proteja a las poblaciones silvestres para que puedan regenerarse y extender sus dominios.

Buscando al pernambuco

No he tenido la suerte de ver un palo brasil. En 2002 visité un reducto de Mata Atlántica al noreste del estado de Río Grande do Sul, experimenté el ámbito de la selva, su sinfonía de murmullos de vida, su exuberancia de verdes y puedo imaginarlo siendo parte de ese escenario. Hace poco volví a París, no conocía aún la íntima relación de esta ciudad cultural con el pernambuco y no lo encontré ni en las numerosas arboledas, ni en el Jardín Botánico, ni en los museos. Mi único contacto con el árbol puede que haya sido con las virutas de madera que estaban etiquetadas como palo brasil en el Curso de Tintes Naturales, aunque seguramente eran de otra especie.

En cualquier caso, conocer la historia apasionante de este árbol ha sido una gran sorpresa, una lección de la selva. Demuestra la interconexión que existe entre una planta y una sociedad, entre los árboles y la música, entre la historia y el devenir de la naturaleza, entre la riqueza de los pueblos y la biodiversidad del planeta.

Una forma de contactar con el palo brasil podría ser a través de la música. Os invito a entreoír, o adivinar, los sones del pernambuco de la mano de Hilary Hahn en el Concierto para Violín de Mendelssohn.

Escrito por Rosa, jueves 15 de junio de 2017.

Fuentes

Iniciación al Teñido con Colorantes Naturales
Jean-Christophe Rufin. Rojo Brasil . Ediciones B, 2002.
La representación del palo brasil en los mapas de los siglos XVI y XVII.
Iniciativa Internacional para la Conservación del Pernambuco.
Artículo de Russ Rymer en la revista Smithsonian sobre el árbol música.
Nuevo nombre para el pernambuco en el blog del Kew Garden.
La importancia del pernambuco en el blog de la Filarmónica de Viena.

Mil y una historias del Jardín

Un Jardín Botánico es una fuente inagotable de historias. Cada uno de los árboles de un Jardín o Arboreto tiene su propia historia, la del árbol individual que ha vivido muchos años. También lleva en su ADN las historias de su especie, historias de linajes evolutivos antiguos o recientes, de usos tradicionales y simbología en tierras remotas o próximas.

Árboles que cuentan historias

Cuando el tren me llevó a Coimbra (Portugal) el pasado mes de junio, dejé la maleta en el hotel junto al río Mondego y subí por las callejuelas hasta la puerta del Botánico. La cancela era majestuosa, de hierro forjado con aplicaciones de bronce; y estaba abierta, sin ningún tipo de control o barrera, invitando al paseante a disfrutar de los árboles y su sombra, del frescor de las fuentes, la calma y la tranquilidad. La luz del atardecer y la temperatura suave creaban una atmósfera placentera.
Coimbra_gate
Siguiendo un ritual antiguo de cortesía, fui a visitar a los personajes más venerables del lugar, dos árboles con más de 200 años. Uno que llegó desde Extremo Oriente, el cedro del Japón, y el otro que vino de América del Sur, en Occidente, el frijolero de Indias.

CryptomeriaEl cedro japonés, sugi (en japonés) o criptomeria (Cryptomeria japonica) es el árbol nacional del Japón y se planta con frecuencia alrededor de los templos. Aunque le llaman “cedro” es de la familia Cupresácea y se parece más a las sequoias, con la corteza rojiza, fibrosa, que se deshilacha en tiras verticales. El género Cryptomeria es endémico de Japón y solo tiene una especie. Ha sido explotado desde antiguo por su madera y solo quedan algunas poblaciones naturales, pequeñas y fragmentadas, estando incluido en la Lista Roja de especies amenazadas de la IUCN. Por otra parte, las plantaciones de criptomeria se han extendido por todo el mundo, debido al valor de su madera rojiza y aromática, y también se ha plantado ampliamente como árbol ornamental, existiendo varios centenares de variedades.

La venerable criptomeria de Coimbra, con sus dos siglos de vida, sin embargo resulta joven para la esperanza de vida de su especie, más de mil años. El paraíso de las criptomerias está en la Reserva de la isla Yakushima, al sur de Japón. Las montañas de la isla gozan de un ambiente templado y muy húmedo (entre 4.000 y 10.000 mm de lluvia anual) y están cubiertas por una vegetación densa, con árboles muy viejos cubiertos de musgo. En ella abundan las criptomerias milenarias, localmente llamadas yakusugis, muchas de ellas conocidas por sus nombres propios y veneradas tradicionalmente. La más famosa es la Jōmon sugi, con un tronco de 16,4 m de circunferencia y 25 m de alta, cuya edad se ha estimado en más de 3.000 años. Su nombre evoca a la antigua cultura Jōmon, cazadores-recolectores que hacían vasijas de cerámica, de la que debió ser contemporánea. Esta atmósfera selvática, de árboles viejos, musgo y nieblas inspiró a Hayao Miyasaki (Tokio, 1941) para los escenarios de su personaje de “anime” Mononoke, la heroína del bosque. Es tan popular que uno de los senderos de la Reserva ha sido bautizado como “El bosque de la princesa Mononoke”.

A pocos metros se encuentra el frijolero de Indias (feijoeiro-da-india en portugués), eritrina, ceibo o seibo (Erythrina crista-galli), cuya semilla llegó desde Brasil, donde viven sus parientes silvestres; por tanto a unos 19.000 km de distancia de los yakusugis milenarios. Es la oportunidad que nos ofrece un Botánico, poder disfrutar en un espacio relativamente pequeño, de árboles muy diferentes que provienen de puntos muy alejados del planeta.

Este otro árbol venerable, el seibo, no puede ser más diferente de su vecina la esbelta, siempreverde criptomeria; tiene un tronco bajo, torcido y hueco, y pierde las hojas en invierno (es caducifolio). La madera ligera, porosa y de poca durabilidad se usa para tallas y molduras y para fabricar celulosa o carbón. Tiene una corteza suberosa, por lo que en Brasil lo llaman corchero (corticeira). En contraste también con el carácter relicto de la criptomeria (única especie de su género), el seibo es una de las 130 especies del género Erythrina (en la familia Fabácea), que se extiende por las zonas tropicales y subtropicales del mundo. En Sudamérica (Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) es un árbol abundante en zonas pantanosas y bosques de ribera.
ErythrinaLo más llamativo de esta especie es su floración en primavera. Los árboles se cubren de racimos de flores de color rojo carmín, que explican su nombre específico latino crista-galli (cresta de gallo) y el inglés coral tree (árbol del coral); también que se haya extendido su uso como planta ornamental en las regiones con inviernos suaves del mundo. Esta flor singular tiene además un carácter simbólico y ha sido elegida como flor nacional de Argentina y Uruguay. Estará para siempre unida a la triste leyenda de la valiente Anahí, quien defendiendo a su pueblo guaraní fue quemada en la hoguera y se transformó en un ceibo florido. Como dice la canción: “Anahí, tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí”.

Una vez presentados mis respetos a los ancianos, me acerqué al árbol más alto del Jardín, un Eucalyptus obliqua centenario que alcanza los 42 m. Hace 100 años los eucaliptos estaban de moda y gracias a los intercambios con el Botánico de Melbourne la colección de Coimbra llegó a contar con más de 50 especies (aunque muchas se han perdido); una pequeña muestra de las más de 700 especies del género Eucalyptus (en la familia Mirtácea). No son tan famosos como las sequoias (gimnospermas), pero los eucaliptos pueden presumir de ser las angiospermas (plantas con flores) que alcanzan mayor altura. El récord lo tiene Centurion, un magnífico ejemplar de E. regnans de Tasmania, con una edad estimada de 400 años y que llega casi a los 100 m (la última medición exacta, realizada por escaladores resultó en 99,6 m). En Tasmania existe un “Registro de Árboles Gigantes” (que superan los 85 m), con más de 100 árboles medidos y georreferenciados, la mayoría con sus nombres propios. Todos son eucaliptos y en un 90% de la especie regnans. También hay algún E. obliqua, como el Rey Fibroso (King Stringy, por su corteza fibrosa) con 86 m; el doble que el “gigante” del Jardín. Con ayuda de este Registro se quiere proteger, gestionar y promocionar los Árboles Gigantes de Tasmania, “por su reconocido significado cultural y su capacidad para inspirar respeto y asombro”.

A_bidwilliiContinué mi paseo por la alameda de los tilos hasta que un pajarillo trepando nervioso por el tronco de un árbol llamó mi atención. Era un agateador común (Certhia brachydactyla) buscando insectos y pequeñas arañas por el tronco oscuro y rugoso de una araucaria. Me acerqué y reconocí el porte columnar y las hojas triangulares, coriáceas y punzantes, verde oscuro, típicas de A. bidwillii, una de las 19 especies del género Araucaria. La familia Araucariácea es un linaje antiguo que se extendía por todo el mundo durante el Jurásico (hace 180 millones de años). La mayoría de las poblaciones actuales son relictas, fósiles vivientes, restringidas a diversos refugios en el Hemisferio Sur.

La especie A. bidwillii es endémica del NE Australia. Su característica más extraordinaria es el tamaño descomunal de sus frutos: hasta 30 cm y 10 kg, conteniendo de 50 a 100 semillas. Los árboles producen frutos cada varios años, lo que se llama “vecería” o masting (en inglés). En el Jardín, cuando llega la época de fructificación de esta gran araucaria se impide el acceso del público bajo su copa para evitar algún accidente provocado por la caída de las enormes piñas. Fue descrita como especie nueva en 1843 a partir del material llevado a Londres por el botánico inglés John C. Bidwill (1815-1853). Sin embargo, era bien conocida desde antiguo por los primeros pobladores de Australia.

Los Aborígenes llegaron a la isla hace unos 50.000 años, eran cazadores-recolectores y su supervivencia dependía del conocimiento de la naturaleza y de la autorregulación en el uso de los recursos naturales. El árbol que llamaban bunya (para nosotros Araucaria bidwillii) era sagrado para ellos. Cuando maduraban sus enormes piñas, cada 2-7 años, los custodios de las Montañas Bunya avisaban a las tribus vecinas. En el Festival Bunya, que duraba semanas a final del verano (diciembre-marzo), se podían reunir hasta 2.000 aborígenes de distintas tribus, algunos llegaban caminando desde varios cientos de kilómetros. Se formaban campamentos en la base de la montaña, durante el festival se respetaba una tregua en las disputas tribales y se aprovechaba para el intercambios de bienes y de información. Los custodios subían a los árboles e iban tirando las piñas maduras (hasta 50 piñas en un solo árbol). Los piñones se comían tostados o se molían para formar una pasta que era cocida en forma de pan. La dieta de la fiesta se completaba con carne de animales cazados y otros alimentos recogidos en la zona. Durante la noche se encendían fogatas y tenían lugar cantos, bailes y se contaban historias. Posiblemente estas concentraciones tribales de gran significado social y cultural, alrededor del árbol bunya y sus frutos nutritivos, tuvieron lugar durante miles de años en Australia. Sin embargo el final fue abrupto; parece que el último Festival Bunya se celebró en 1875. En solo 100 años, los colonos europeos recién llegados a la isla, expulsaron a los custodios aborígenes, talaron los bosques de bunya y los transformaron en pastos y granjas.

Afortunadamente un reducto del bosque de araucarias fue protegido en el Parque Nacional de las Montañas Bunya, con 19,493 ha. Se puede seguir admirando en su estado natural la majestuosidad de estos árboles antiguos, que para los aborígenes (supervivientes) representan un símbolo del sustento y de la confraternización en armonía. Aunque los Festivales Bunya y su vínculo material y espiritual con el bosque solo quedan en la memoria de sus antepasados.

El Jardín de las historias sin fin

El propio espacio del Jardín tiene también su historia particular. En lo que fueron huertas y jardines de los conventos de San Benito, de Santa Ana y de San José de los Marianos se fundó en 1772 el Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra. Formaba parte de la reforma universitaria emprendida por el Marqués de Pombal, primer ministro de José I, para potenciar la Historia Natural y la Medicina.

En sus 243 años de historia, el Jardín ha evolucionado al ritmo de los cambios académicos de la Universidad de Coimbra, y en general de los cambios sociales y políticos de Portugal. Una de las figuras que destaca en su historia es la del botánico Félix da Silva Avelar Brotero (1744-1828) que fue su Director durante 21 años (1791-1811). Amplió, renovó y reestructuró el Jardín, centrando sus funciones en el estudio de la botánica y la agricultura. En la entrada principal podemos ver su figura en mármol, disertando desde su sillón de catedrático, bañado por la suave luz que se filtra a través de las copas de dos ginkgos (Ginkgo biloba) machos de casi 100 años.
BroteroEl Jardín Botánico del siglo XXI debe estar en contacto con la sociedad y realizar una labor de divulgación de la ciencia botánica y de la cultura asociada a las plantas. El de Coimbra ha tenido una iniciativa ejemplar, un equipo multidisciplinar de biólogos, periodistas y comunicadores de ciencia publicaron durante 52 semanas (desde mayo 2013 a mayo 2014) sendos artículos en el Diario de Coimbra; historias sobre las plantas, la arquitectura y el paisajismo, y sobre las personas que fueron forjando el actual Jardín Botánico. Los artículos han sido recogidos en un libro titulado No Jardim há histórias sem fim (En el Jardín hay historias sin fin)¹.

El visitante que admira los árboles del Jardín, pasea por sus rincones percibiendo gratas sensaciones de aromas, colores y sonidos, puede trasladar sus impresiones y evocaciones a un poema o a una acuarela, o acaso puede escribir una entrada de blog o colgar una foto en Instagram. Habrá entrado a formar parte de las mil y una historias del Botánico de Coimbra.

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¹ Screck Reis, C., Gonçalvez, L., Azevedo, C., Trincão, P. (2014). No Jardim há histórias sem fim. Jardim Botânico da Universidade de Coimbra e Imprensa da Universidade de Coimbra, Coimbra, Portugal.

Agradecimiento: a Carine Azevedo que me sirvió de guía y narradora de las historias del Jardín y a Daniel Montesinos que me acompañó en la trepa por las copas de los árboles de la Mata.

Escrito por Teo, jueves 22 octubre 2015.

 

Enlaces
Web del Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra
Artículos publicados en el Diario de Coimbra sobre el Botánico
Divulgación en Facebook del Botánico de Coimbra

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