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Arminio y los bosques de Germania

La cultura occidental nunca se ha desprendido del todo de sus mitos de la naturaleza. Los cultos que buscamos en otras culturas nativas, como el bosque primigenio, el río de la vida o la montaña sagrada, en realidad están vivos en nosotros mismos; solo tenemos que saber dónde buscarlos. El libro de Simon Schama Paisaje y Memoria¹ es un viaje a través de espacios y épocas, un ejercicio de arqueología cultural que saca a la luz las venas del mito y la memoria que están ocultas bajo la piel del paisaje.
Landscape&Memory_coverDe la mano de Schama recorremos la historia cultural de Alemania buscando los bosques en sus mitos, sus memorias y sus obsesiones. El capítulo (de 60 páginas), oportunamente titulado “El camino a través de los bosques” (Der Holzweg: The Track Trough the Woods, en alemán e inglés en el original) comienza con Tácito y termina con el neoexpresionista Anselm Kiefer.

La Germania de Tácito

Cornelio Tácito escribió su obra Germania² posiblemente en el año 98 d.C., al comienzo del reinado de Trajano en Roma. En su texto describe las tierras localizadas al norte del río Rin y las costumbres de los pueblos germanos que las habitaban, con referencias interesantes a su relación con los bosques.

El paisaje de la Germania de hace 2.000 años era predominantemente forestal: “El terreno, aunque variado en su aspecto, está en general lleno de bosques” (p. 39).

En contraposición a las densas y populosas ciudades romanas construidas con piedras y ladrillos, los germanos habitaban en casas de madera dispersas por un paisaje forestal: “no habitan ciudades, como nosotros, y ni siquiera aguantan que sus casas estén juntas unas a otras. Dispersos y separados, viven en donde una fuente, un campo o un bosquecillo les place” (p. 50).

En varias partes de la obra se refiere Tácito a la relación de la cultura germana con los bosques sagrados. “No juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración” (p. 44). “Llevan a la batalla ciertas efigies e insignias sacadas de los bosques sagrados” (p. 42). “Se reúnen los representantes de los clanes en un bosque consagrado por los augurios de los patriarcas y por un respeto ancestral” (p. 76).

Como producto de origen arbóreo, resulta muy interesante la descripción sobre el comercio del ámbar báltico: “buscan el ámbar y lo recogen en los bajíos y en las misma orillas. Durante mucho tiempo permaneció tirado entre los demás despojos del mar, hasta que nuestro gusto por el lujo le dio importancia. Aceptan, admirados, el precio que se les ofrece por ello.”

Tácito presume del avance en la “ciencia” romana y nos regala algunos detalles bastante precisos sobre la naturaleza del ámbar. “No se han cuestionado, sin embargo, como bárbaros que son, por la naturaleza y la formación de este producto. Se piensa que es un exudado de los árboles, pues muchas veces se ven en su interior ejemplares de ciertos animales terrestres y volátiles que, engullidos en un líquido viscoso, quedaron apresados en él al solidificarse” (p. 83).

Ahora sabemos que el ámbar es una resina fosilizada que se produjo en los bosques de las orillas del Báltico durante el Eoceno, hace unos 44-47 millones de años. Se pensaba que fue producida por pinos o araucarias, pero las investigaciones recientes, usando técnicas de microespectroscopía de infrarrojos, apuntan a que el ámbar báltico fue producido por árboles de la familia sciadopitiáceas, unas coníferas que estaban muy extendidas por el Hemisferio Norte y de las que solo sobrevive el pino parasol (Sciadopitys verticillata), endémico del Japón. Pero esa es otra historia.

Volviendo a la obra de Tácito, en ella destacaba las virtudes de los germanos para criticar los vicios de Roma: “Es tan admirable su primitivismo. Plantándole cara a los hombres y a los dioses, han conseguido algo dificilísimo: no echar en falta ni siquiera la tentación” (p. 85). “A nadie divierte allí los vicios, y no llaman “moda” a corromper o ser corrompido” (p. 53). Estas observaciones de Tácito sugieren que los estereotipos de las virtudes de los pueblos europeos del norte y los vicios y corrupción de los del sur persisten desde hace dos milenios.

Algunos han visto una intencionalidad política en la obra, al avisar sobre la potencia bélica de los vecinos del norte. “Los germanos destruyeron al tiempo cinco ejércitos consulares del pueblo romano; incluso le ocurrió lo mismo al César y a Varo con sus tres legiones” (p. 73). Aquí alude Tácito a la gran derrota que tuvo lugar en el bosque de Teutoburgo, en el año 9 d.C. Esta batalla fue para muchos el acto fundacional de la nación alemana.

El bosque de Teutoburgo y el mito de Hermann

El bosque fue el principal aliado de Arminio, príncipe de los queruscos, en la decisiva batalla contra las legiones mandadas por Publio Quintilio Varo. Según cuentan las crónicas, en septiembre del año 9 d.C. Varo se trasladaba con todo su ejército a los cuarteles de invierno del río Rin. Una cohorte de caballería germana comandada por el joven Arminio acompañaba a Varo como tropa auxiliar. En el trayecto, con el argumento de someter una tribu local que se había rebelado, Arminio convenció a Varo para que tomaran un desvío y se adelantó con su caballería.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

La lenta y pesada caravana de unos 20.000 hombres (soldados, civiles, esclavos, mujeres y niños) con sus equipajes se extendía varios kilómetros, serpenteando por los senderos estrechos del bosque. En una angostura, entre la boscosa colina de Kalkriese y una zona pantanosa, los estaba esperando un ejército formado por varias tribus germanas que se habían unido al mando de Arminio. Fue la “emboscada” por excelencia. El bosque impenetrable, bien conocido por los atacantes, impidió el despliegue de las tácticas de las legiones romanas, diseñadas para la lucha en espacios abiertos. El ataque de las tribus germanas duró cuatro días hasta la completa aniquilación de los expedicionarios romanos y el suicidio de Varo.

La terrible derrota de las tres legiones contribuyó a que los romanos desistieran de conquistar los terrenos al norte del río Rin. Establecieron una frontera fortificada (Limes Germanicus), más allá de la cual se extendía la Germania Magna o Germania Libera.

Arminio y su epopeya en el bosque de Teutoburgo fueron olvidados durante siglos, hasta que en el siglo XVI se descubrieron las copias de las obras de Tácito en un monasterio alemán. Empezaron a publicarse nuevas ediciones y el mito de Arminio, el héroe liberador de Germania, fue creciendo y tomando forma de nuevo. Parece que fue Lutero el que reforzó el mito, renombrando al héroe como Hermann (“hombre de guerra”) y defendiendo su papel en el combate contra el vicio y la decadencia de la civilización latina (vaticana en este caso).

En 1875, el Kaiser Guillermo I inauguró una gigantesca estatua de bronce del héroe Hermann blandiendo su enorme espada (de 7 m) y mirando hacia Francia; celebraba así la victoria en la guerra franco-prusiana y la unificación de Alemania. Durante los siglos XVIII y XIX, el héroe Hermann, guerrero musculoso con largos cabellos rubios, fue el personaje central de más de 50 obras de teatro y óperas en Alemania.

Para el escritor David Crossland, “la historia de Arminio es una lección de cómo la Historia puede ser inventada y convertida en propaganda. Desde que la crónica de la batalla escrita por Tácito fue redescubierta en el siglo XVI, los nacionalistas han transformado al líder germánico en un icono para forjar la unidad contra el enemigo común percibido, ya sea el Vaticano, Francia o los judíos.”

Epílogo

Durante mi viaje a Berlín en el pasado marzo, me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo, donde (tras pagar la excesiva entrada de 14 euros) pude examinar la obra de gran formato que Anselm Kiefer dedicó a la batalla de Teutoburgo.

Kiefer_hall

Se titula “Caminos de sabiduría del mundo: la batalla de Hermann” (Wege der Weltweisheit: die Hermanns-Schlacht, 1980).

Kiefer_trunksEn el centro figuran los troncos de los árboles del bosque de Teutoburgo, con llamas a sus pies. Una serie de retratos de personajes de la historia intelectual de Alemania, como Kant o Heidegger, junto a militares como von Clausewitz o el fabricante de armamentos Krupp se conectan entre ellos y también con las llamas mediante líneas de circuitos.

“Más tarde o más temprano, los caminos de sabiduría en este bosque llevan al infierno”, leo en la nota explicativa.

 

Es un día soleado de invierno, salgo del museo y me dirijo al bosque de Tiergarten, el pulmón de Berlín. Los robles, las hayas y los alisos están todavía sin hojas, pero en la tierra florecen las campanillas azules, narcisos y hepáticas. Un largo paseo por el bosque tiene un efecto refrescante y reparador. Los pacíficos berlineses pasean sus perros o hacen ejercicio por el parque. El mito de Arminio se desvanece en esta nueva Alemania.
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¹ Simon Schama (1995) Landscape and Memory. Capítulo 2. “El camino a través de los bosques” págs. 75-134. Fontana Press, Londres.
² Cornelio Tácito (2011) Germania, traducción y notas de Juan Luis Posadas. Aldebarán, Cuenca.

Escrito por Teo, jueves 3 abril 2014.


Enlaces

Artículo de David Crossland sobre el mito de Arminio, Spiegel International 2009
Museo en Kalkriese, lugar de la batalla del bosque de Teutoburgo

El bosque que no se ve. Otoño y epílogo

Luces

Las lluvias del otoño humedecen las hojas de los árboles, al aumentar su peso se rompen los ya debilitados pecíolos, lentamente van cayendo en una secuencia suave. El bosque de arces y nogales se va despojando así de su armadura de bronce y oro.

Bajo la lluvia, el biólogo Haskell, bien protegido por su impermeable, observa el bosque y reflexiona ¹. Siente un inesperado placer estético con el cambio otoñal de luces. El interior del bosque se ha vuelto más brillante y el espectro de la luz se ha ampliado. Después del verano, con sus sombras densas y la monotonía de los amarillos y verdes, ha llegado la explosión otoñal de los rojos, morados, azules, naranjas y sus múltiples combinaciones. Este sentimiento placentero lo interpreta como una necesidad inconsciente que tenemos los humanos por disfrutar de una diversidad cambiante de luces y colores.

Los animales del bosque modulan sus conductas para ajustarlas a los cambios de luces. Las aves, como el cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), saben utilizar la heterogeneidad de luces y sombras en sus despliegues territoriales. Cuando un macho se expone en una rama iluminada, su plumaje rojo brillante refleja la luz y es bien visible para otros machos. Sin embargo, al saltar a una parte oscura y sombreada de la copa del árbol, parece tener un color apagado y poco visible para los posibles depredadores.

Haskell observa en el mandala cómo una babosa (de la familia Philomycidae) se desliza lentamente por una roca cubierta de musgo. La decoración de líneas color chocolate oscuro sobre un fondo plateado mate la destacan sobre el musgo verde revitalizado por las lluvias. Sin embargo, cuando pasa a la parte de la roca cubierta por líquenes, el efecto cambia dramáticamente y, como por encanto, la forma y el color del animal se funde y confunde con el fondo variegado. Su belleza persiste, pero se transforma en una belleza camuflada en el entorno al que pertenece.

La evolución del camuflaje de los animales y la posibilidad de que se vuelvan “invisibles” en su hábitat natural está constreñida por la complejidad del ambiente visual en el que viven y por la sofisticación y agudeza visual de los depredadores.

En nuestra vida cotidiana, la vista se ajusta a la luz monótona de la pantalla del ordenador o del móvil. Al visitar un bosque en otoño experimentamos el aumento de la intensidad de la luz que penetra el dosel y la explosión cromática que produce en el sotobosque; desde nuestro subconsciente emerge un placer estético. Haskell argumenta que no es una respuesta cultural, sino que nuestra sensibilidad a los tonos, coloridos e intensidades de la luz está ligada a nuestra herencia evolutiva, como habitantes ancestrales de los bosques.

Pyrus leaves

El mundo subterráneo

Tumbado en el suelo del bosque, en unos de los bordes del mandala, Haskell investiga el mundo húmedo y oscuro bajo la hojarasca. Va retirando las hojas superficiales de robles, arces y nogales, todavía reconocibles y escarba un poco. Un olor intenso se desprende del material vegetal en descomposición. Al aroma agradable de hongos frescos se une un olor general a tierra húmeda, un indicador de un suelo sano.

A lo largo del año el suelo del bosque se comporta como un vientre que respira, se hincha durante la rápida inhalación otoñal (con el aporte de las hojas) y a continuación se va hundiendo lentamente a medida que la fuerza vital va permeando en el interior del cuerpo del bosque.

Mediante el olfato podemos detectar las moléculas que emiten los microbios del suelo; ese invisible mundo microscópico. Entre ellos, las actinobacterias tienen un papel fundamental en la degradación de los compuestos orgánicos y en el ciclado del carbono (además de ser la fuente natural de diversos tipos de antibióticos). Tienen la particularidad de emitir un compuesto volátil (geosmina) que asociamos al olor a “tierra mojada” y al que nuestro olfato es muy sensible; capaz de detectar niveles de una parte por billón. Haskell se pregunta si quizás nuestra historia evolutiva de recolectores y cultivadores de la tierra ha enseñado a nuestro olfato a reconocer una tierra sana y productiva; vinculando de esta forma nuestro subconsciente a los microbios del suelo que definen el nicho ecológico humano.

También existe toda una biodiversidad visible a través de la ventana abierta por Haskell al interior de la hojarasca, aunque son criaturas minúsculas. Los micelios (filamentos de los hongos) de color blanco radiante forman una retícula sobre las hojas negras. Diminutos chinches rosados, arañas naranjas y colémbolos blancos se mueven entre los restos vegetales oscuros. Un ápice radical de alguna planta queda al descubierto entre la hojarasca. De la raicilla emergen pelos delicados a través de los cuales la planta explora el suelo para absorber agua y nutrientes. Pero las raíces finas también secretan al suelo azúcares, lípidos y proteínas formando una capa gelatinosa a su alrededor (la rizosfera) donde se concentra la mayor densidad microbiana del suelo.

En realidad, las raíces no existen de forma independiente sino que están casi siempre asociadas a diversos tipos de hongos formando las micorrizas. La planta proporciona azúcares y otras moléculas complejas al hongo, mientras que el hongo, a través de sus hifas, le suministra agua y minerales, en particular fosfatos, a las raíces de la planta. Esa unión de planta y hongo (la micorriza) se puede considerar como una unidad biológica funcional.

Además, los hongos pueden servir como conductos de comunicación entre plantas. El átomo de carbono que una hoja de arce toma del aire, es fijado e incorporado en una molécula de azúcar; puede luego ser transportado a las raíces y donado a un hongo de la micorriza que a su vez lo puede usar o pasarlo a la raíz de un nogal. No se conoce bien el funcionamiento de esta red subterránea de interconexiones entre las plantas del bosque. De este modo, las plantas compiten (por la luz y los nutrientes) pero también comparten.

Existen evidencias fósiles que apoyan que las primeras plantas que colonizaron la tierra tenían ya micorrizas. La fuerza de esta simbiosis planta-hongo permitió el avance evolutivo de las plantas para colonizar y extenderse por toda la superficie terrestre. La economía natural es una historia de progreso individual y también de solidaridad.

Nuestra percepción principalmente visual y nuestro gran tamaño nos proporciona una perspectiva sesgada de la realidad natural del bosque. Ignoramos la gran complejidad y biodiversidad del mundo subterráneo. La muerte es la principal aprovisionadora de comida para este mundo. Todos los organismos terrestres, los animales y las plantas (sus hojas y troncos), estamos destinados a pasar a través del inframundo oscuro y a alimentar a otras criaturas. Al ser “enterrados” alimentamos la maquinaria de la vida y nuestras moléculas se reintegran a la tierra.

Poplar litter

Redes de sonidos y de compuestos volátiles

Una mañana de otoño Haskell permanece sentado junto al mandala, inmóvil durante más de una hora. Siente la brisa y la calma del bosque. Un ciervo se acerca a pocos metros sin notar su presencia, al verlo emite varios resoplidos de alarma y huye dando saltos. La voz de alarma se propaga en el silencio del bosque, unas ardillas y más lejos un tordo se hacen eco emitiendo sus propios sonidos de alarma. Existe una red acústica que conecta a los mamíferos y aves del bosque dándoles aviso de la existencia y localización de las posibles amenazas. Haskell recapacita que la mayor parte del tiempo que pasa sentado o paseando por el bosque está inmerso en sus propios pensamientos y ajeno a los sonidos que oye. Hace falta un ejercicio de voluntad para traernos al presente, a escuchar nuestros sentidos y desconectarnos, por un momento, del ruido interior de nuestras mentes.

Las plantas del bosque tienen una red de señales de alarma que no podemos percibir. Cuando una hoja es dañada, la planta sintetiza compuestos químicos de defensa. Algunos de estos compuestos son volátiles y se dispersan por el aire. Estas moléculas pueden llegar a la hoja de una planta vecina, entrar por los estomas y activar los mismos genes que ordenan la síntesis de compuestos químicos de defensa. A través de esta comunicación química, mediante los compuestos volátiles, una planta puede estar prevenida para el ataque de los insectos y volverse menos vulnerable.

El aire del bosque está repleto de una variedad de compuestos volátiles producidos por las plantas. Algunos son reconocibles por nuestro olfato y los denominamos aromas o perfumes. Pero la mayoría de las moléculas del aire del bosque son inhaladas y se disuelven directamente en nuestra sangre, pasando al cuerpo y a la mente sin que seamos conscientes. Muchos sentimos un gran bienestar cuando paseamos por un bosque y lo achacamos al placer estético y cultural. En Japón, este efecto sanador del bosque está reconocido como una práctica saludable y se denomina shinrin-yoku (tomar el aire del bosque). En los últimos años médicos japonenses han comprobado de forma científica el efecto beneficioso de respirar el aire del bosque, en particular reduce los riesgos de enfermedades coronarias, y se investiga cuáles son los compuestos químicos responsables.

La última tarde del año

En la última tarde del año Haskell visita el mandala. Después de observar la puesta de sol, escucha atento los sonidos de algunas aves mientras se acomodan en sus dormideros; más tarde oye el ulular de un búho, y luego el silencio.

Después de haber visitado durante todo el año el mandala y haber estado sentado en silencio durante horas, siente que el bosque está más cerca de sus sentidos, de su intelecto y de sus emociones; un sentimiento de pertenencia.

Pero al mismo tiempo, después de sus largas horas de observación, reconoce la enormidad de su ignorancia sobre los seres del bosque y sus relaciones. También siente su irrelevancia. La vida del bosque nos trasciende, no somos necesarios para que siga su curso. Aunque esta independencia de la vida del mandala le llena de alegría.

Epílogo

En el Epílogo del libro, Haskell reflexiona sobre nuestra desconexión, cada vez mayor, del mundo natural. Pero también reconoce que vivimos en una época maravillosa para los naturalistas. Nunca hemos tenido tantas herramientas como las guías, los documentales, las bases de datos de imágenes y sonidos, y toda la información accesible en internet.

Con este libro, Haskell anima a otros a explorar sus propios mandalas. No es necesario que sea un bosque maduro. Una de sus enseñanzas es que nosotros creamos sitios maravillosos al prestarles nuestra atención, no tenemos que esperar a encontrar bosques vírgenes que nos desvelen sus maravillas.

Termina con dos recomendaciones para observar el mandala. 1) Dejar atrás las expectativas, poner entusiasmo y tener los sentidos abiertos. 2) Ejercitar la atención de la mente al momento presente; buscar los detalles sensoriales, los sonidos, aromas, formas y colores.

Y una confesión: “observando el bosque, he llegado a verme a mí mismo con mayor claridad”.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

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¹ El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente durante un año un mandala virtual en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes de invierno, primavera y verano.
La Academia Nacional de las Ciencias de EEUU ha concedido a este libro el Premio de Comunicación 2013 en reconocimiento a la excelencia en la divulgación de ciencia.

 

Escrito por Teo, jueves 26 de diciembre 2013.

 

Entrada sobre el verano en el libro de Haskell
Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell

Paisajes otoñales

En el otoño del clima templado, mientras los días se vuelven más cortos y bajan las temperaturas, en las hojas de los árboles se produce una gran actividad bioquímica que muta los colores desde el verde dominante de la clorofila a los rojos, amarillos y marrones resultantes de una variedad de pigmentos.

Para ilustrar el blog con paisajes otoñales, he visitado el grupo Tree pics (en inglés, “Fotos de Árboles”) en la plataforma de fotógrafos Flickr. El lema de este grupo es un tributo a los árboles, expresado con las hermosas palabras de Hermann Hesse¹:

Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos y sabe escucharlos, descubre la verdad. Ellos no predican doctrinas ni recetas. Predican, indiferentes al detalle, la originaria ley de la vida.

Disfrutemos de esta estación en la que los árboles (en el hemisferio norte) se vuelven bien visibles y captan nuestra atención con sus llamativos colores. Entre las 218,292 fotos subidas por 17.304 cazadores de imágenes de árboles, he elegido tres muestras de la exhibición de colores con la que los árboles pintan el paisaje cada año.

"Hojas de arce en otoño" por KK07.

“Hojas de arce en otoño” por KK07.

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“Árboles en otoño en el Parque Central Kodaira de Tokio” por eateatsleep.

"Azules y marrones" por Peter H.

“Azules y marrones” por Peter H.

Publicado por Teo, jueves 28 noviembre 2013.
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¹  En el grupo de Flickr viene la traducción al inglés de la cita de Hesse, pero he preferido trasladar aquí la traducción al español por Lorenzo Zavala y Ana Mª Carvajal, en la pág. 60 de la obra El Caminante, Ed. Caro Raggio, Madrid, 2012.

Fuentes:
Grupo Flickr de fotografía “Tree Pics”
Entrada sobre imágenes de paisajes invernales en este blog

El bosque que no se ve. Verano

Durante el verano, el dosel del bosque se va llenando de hojas que se superponen y compiten por aprovechar al máximo la energía solar. Como consecuencia, los habitantes del sotobosque se encuentran con un ambiente fresco y sombrío.

El biólogo David Haskell comenta en su libro cómo la humedad y la temperatura en el bosque que visita con regularidad han aumentado en verano y le resulta más fatigoso su paseo hasta el mandala*. El suelo se encuentra cubierto de plantas marchitas, las “efímeras de primavera”, que han completado su ciclo antes de que el crecimiento de las hojas en las copas de los árboles les privara de “los fotones portadores de vida”. Sin embargo quedan plantas verdes, que son especialistas en vivir en la sombra y aprovechar la poca luz que les llega. Entre ellas destacan los helechos, como el helecho de Navidad (Polystichum acrostichoides) que mantiene sus frondes verdes durante el invierno y fue utilizado por los colonos europeos para decorar las fiestas navideñas.

Acercando su lupa a uno de los frondes fértiles, Haskell describe con detalle los esporangios y su mecanismo para dispersar las esporas. Tienen estructuras celulares que por movimientos higroscópicos funcionan como pequeñas catapultas. Al incidir un rayo de sol directamente en un fronde maduro produce una evaporación rápida de las células y dispara el mecanismo lanzando las esporas “como palomitas de maíz”. De esta forma, las esporas son dispersadas en los días secos, cuando tienen más probabilidad de ser transportadas por corrientes de aire y colonizar nuevos sitios.

La espora no es como una semilla, no da lugar directamente a un nuevo helecho, sino que tiene un ciclo complejo. Para empezar, solo tiene la mitad de la información genética de la madre, es haploide. Primero germina y forma un “gametofito”, de forma plana y acorazonada, no mayor que la uña de un dedo. En este gametofito, que realiza fotosíntesis y vive de forma independiente, se producen las células masculinas y femeninas. Las células espermáticas tienen flagelos y nadan atraídas por señales químicas emitidas por los órganos femeninos. La fecundación de la ovocélula origina un “esporofito”, con toda la información genética (diploide), que crece, se desarrolla y se independiza como un nuevo helecho. La dependencia del agua en esta fase sexual, en cierto modo “escondida” (de ahí el nombre botánico de criptógama para este tipo de plantas), limita la distribución de los helechos a los hábitats húmedos, como los que se encuentran en los bosques templados de Norteamérica.

La sombra densa de las copas de los árboles no es homogénea. La atraviesan destellos intensos de rayos del sol (sunflecks) que iluminan el suelo del bosque  y se desplazan  siguiendo el movimiento aparente del sol. Una planta del sotobosque suele recibir esta iluminación solar directa durante unos 10 minutos antes de ser cubierta de nuevo por “la manta de sombra”. En general las especies adaptadas a la sombra son eficaces aprovechando estos destellos que les permiten sobrevivir en un ambiente de oscuridad. Pero también pueden ser sensibles a la fotoinhibición y sufrir daños en el aparato fotosintético. Una forma de esquivar este exceso repentino de energía, que puede ser pernicioso, es desplazar los cloroplastos (orgánulos con la maquinaria fotosintética) a la parte interna de la célula y volverlos de espalda al sol; cuando pasa el destello, los cloroplastos vuelven a la parte superior para seguir captando la débil luz del bosque.

El lento desplazamiento de los destellos de luz solar a través del bosque es seguido por avispas y moscas que parecen danzar frenéticas en un círculo de luz. Sentado en su observatorio del mandala, Haskell también es alcanzado por uno de esos destellos de luz. Inmóvil, siente el aumento de energía incidente que le produce gotas de sudor por la cara y el cuello. Una respuesta corporal muy diferente a la de las avispas que agitan las alas frenéticas para refrigerarse y mantener el balance de calor. Una vez pasado el destello, reconoce que sus sentidos han cambiado y mirando al fondo del bosque no lo ve como una sombra uniforme sino como “constelaciones que se mueven por un cielo oscuro”.

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Interior de una aliseda en la Sierra de Córdoba.

La abundancia de la vida animal del bosque es más manifiesta durante el verano. Las llamadas y cantos de las aves suenan por todas partes. El aire es atravesado por zumbidos de abejas, avispas y mosquitos. Entre la hojarasca y por los troncos se cruzan hileras de hormigas, mientras que las arañas y garrapatas acechan a sus presas.

Una hembra de mosquito se posa sobre el dorso de la mano de Haskell. Movido por la curiosidad, observa con la lupa cómo el insecto, una hembra del género Culex, examina su piel y elige un punto donde clavar su estilete. Siente el pinchazo y en pocos segundos comprueba que unos dos miligramos de su sangre pasan al abdomen del mosquito que se hincha y torna de color rojo rubí. Es consciente que probablemente el mosquito lleve en sus glándulas salivares “esporozoítos” de la malaria aviar, que infecta a una tercera parte de las aves del bosque, pero no afecta a humanos. Sin embargo, hasta comienzos del siglo XX el parásito de la malaria (humana) sí era transmitido por mosquitos en el Sur de los Estados Unidos. Precisamente, la Universidad de Sewanee, donde trabaja, fue ubicada en las mesetas de Tennessee para escapar de la malaria que era más común en las zonas bajas. También es verdad que, con la introducción reciente del virus del Nilo Occidental, existe un cierto riesgo de que el mosquito lo transmita de córvidos a humanos, provocando fiebres, convulsiones y en ocasiones la muerte. Pero el biólogo asume los riesgos, satisface su curiosidad naturalista y termina con la reflexión de que los átomos de su sangre han pasado a la hembra de mosquito, estableciendo una conexión física con el resto de la naturaleza del bosque.

Otro día, sentado junto al mandala, Haskell encuentra una garrapata inmóvil en una ramita cerca de su rodilla. Venciendo su repulsión instintiva, acerca la lupa y la observa. Se trata de una hembra de garrapata estrella solitaria (Amblyomma americanum). Describe con detalle su comportamiento de cazadora, la espera durante días o semanas a que pase una presa, la capacidad de obtener agua de la humedad del aire, la forma de adherirse a la piel mientras se alimenta de sangre durante varios días, la atracción mediante feromonas a machos que la fecundan mientras ella come insaciable. A pesar de la tentación de repetir el experimento de donación de sangre que hizo con la hembra de mosquito, Haskell lo evita porque en este caso sí existe una probabilidad alta de que la garrapata sea portadora de bacterias patógenas que puedan causar enfermedades como ehrlichiosis, tularemia, “dermatitis sureña asociada a garrapata” (un tipo de borreliosis) o babesiosis (parecida a la malaria).

En las noches cálidas de verano las luciérnagas embellecen el bosque con sus misteriosos juegos de luces. Al atardecer, un macho de luciérnaga (posiblemente del género Photuris) realiza cortos vuelos sobre el mandala emitiendo destellos de luz verde. Se para en una rama, apaga la luz y observa. Cuando una hembra (que no tienen alas) le responde desde algún lugar del suelo establecen una “conversación” de señales luminosas y luego se aparean. Cada especie tiene un ritmo y una duración de los destellos característicos. Las hembras de Photuris, una vez fecundadas, cambian la secuencia de sus destellos y atraen machos de otras especies que le sirven de alimento. Al devorarlos también incorporan sus moléculas tóxicas que utilizan como defensa química.

La “linterna” con la que las luciérnagas iluminan desde el extremo de su abdomen es un prodigio de la evolución. A partir de unas moléculas de luciferina, por acción de la enzima luciferasa y oxígeno se produce luz. La regulación de los destellos la realiza con una señal de los nervios y la acción del óxido nítrico sobre las mitocondrias que rodean a las moléculas de luciferina. Materiales que forman parte de los tejidos normales de los insectos son ensamblados de una forma singular en el abdomen de las luciérnagas para emitir luz y así los convierten en “duendecillos del bosque”. Cuando en las noches de verano los niños se divierten persiguiendo luciérnagas, no corren detrás de insectos sino que juegan a atrapar luces, maravillas.

Los días se van acortando a medida que se aproxima el equinoccio de otoño. El bosque se llena de nuevos sonidos de aves que vienen del norte. La mayoría proviene del extenso bosque boreal que se extiende desde Alaska hasta Maine (NE de EEUU), por todo Canadá, con unos 5,2 millones de km2. Destaca el grupo de los parúlidos (warblers), pequeños paseriformes insectívoros, con unas 27 especies y un efectivo estimado de unos 600 millones de aves que al terminar su cría en el bosque boreal se desplazan a finales de verano hacia el sur, hacia México, Caribe y América Central.

Después de comer y descansar durante el día en el bosque que rodea el mandala, las pequeñas aves seguirán su vuelo hacia el sur durante la noche. Se orientarán por las estrellas, reconocerán la disposición de las montañas y detectarán las líneas invisibles de los campos magnéticos terrestres. Dos veces al año, durante las migraciones de invierno-primavera y de final de verano-otoño, el bosque del mandala se ve atravesado por el flujo viviente de miles de pequeñas aves. Se repite un nexo vivo y antiguo que conecta los bosques boreales con las selvas tropicales.
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* El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente un mandala en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes del invierno y de la primavera.

Escrito por Teo, jueves 29 de agosto 2013.

Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell
Importancia del bosque boreal para las aves

Robledal de Izki

El azar me llevó al robledal de Quercus pyrenaica en el Parque Natural de Izki, Álava. Sin apenas información previa, elegí la ruta 7 entre las visitas organizadas para los asistentes del  6º Congreso Forestal. Fue un acierto.

Melojo_hojasEl roble melojo, marojo o tocorno (Q. pyrenaica) tiene una distribución restringida a los suelos ácidos del Mediterráneo occidental (España, Portugal, Francia y Marruecos). La biología de este árbol tiene características intermedias entre los robles caducifolios (pierden la hoja en invierno) que dominan los bosques del centro y norte de Europa (como su pariente el roble común, Q. robur) y los perennifolios (con hojas verdes todo el año) que toleran la sequía en las zonas mediterráneas (como su otro pariente, la encina, Q. ilex).

El extenso melojar, que ocupa la planicie arenosa de Izki (con unas 3.500 ha), es uno de los mejores ejemplos de “melojar cantábrico” (según su clasificación biogeográfica). Se encuentra en una zona de transición entre los climas atlánticos y mediterráneo. Viniendo del sur, me sorprendió el porte y los troncos rectos de los melojos, y que a su alrededor no tuvieran una maleza de rebrotes de raíz.

Durante la visita al robledal (el pasado 12 de junio) recorrimos un sendero que atraviesa la Reserva Integral, de unas 40 ha, donde se ha decidido (a partir de 1998) conservar el bosque sin ningún tipo de intervención humana para así preservar su dinámica natural. En este bosque, junto al roble melojo dominante también coexisten robles comunes (Q. robur), hayas (Fagus sylvatica), abedules (Betula pendula), acebos (Ilex aquifolium) y alisos (Alnus glutinosa).

La importancia ecológica de este ecosistema forestal reside en su situación estratégica entre los climas atlántico y mediterráneo. Alberga una fauna diversa y de interés biogeográfico que ha propiciado su inclusión en la red europea Natura 2000, como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y Lugar de Importancia Comunitaria (LIC).

Parada informativa junto a la laguna de Lakanduz.

Parada informativa junto a la laguna de Lakanduz.

Proyecto europeo de conservación del robledal

Desde 2011 se están desarrollando una serie de actuaciones dirigidas a la conservación a largo plazo del melojar de Izki y de su fauna y flora asociadas, dentro del proyecto europeo LIFE+ Pro-Izki.

Maqueta de pico mediano mostrada por Jonathan Rubines en la Casa del Parque.

Maqueta de pico mediano mostrada por Jonathan Rubines en la Casa del Parque.

El protagonista emblemático del proyecto (figurando en su logo) es el pico mediano (Dendrocopos medius). Este ave forestal depende de los robles para su alimentación y su cría. Captura insectos en las ramas y entre las cortezas; en ciertas épocas también se nutre de frutos y semillas. Prefiere los bosques maduros con abundantes robles viejos y dañados, en cuyos troncos pueden perforar sus nidos.

El pico mediano es un elemento que enriquece el valor de transición del ecosistema forestal de Izki. Su distribución es eurosiberiana y en España está limitada a la parte norte con bosques caducifolios. Tiene una población estable y muy notable (unas 350-500 parejas) en los robledales de Izki. Por su dependencia de los árboles viejos se considera como una “especie indicadora” de bosques maduros y bien conservados. A pesar de su abundancia no fue posible verlo, aunque sí escucharlo, durante nuestra visita de junio.

Otro habitante del bosque, aún más difícil de ver, es el murciélago de Bechstein (Myotis bechsteinii). Es un murciélago especialista que se distribuye por casi toda Europa, pero con poca abundancia local y está incluida su protección en la Directiva Hábitats. Vive en robledales maduros y forma sus colonias en los nidos abandonados por los pájaros carpinteros; siempre cercanos a puntos de agua permanente donde cazan insectos por la noche. Entre los objetivos del proyecto Pro-Izki está el fomento de la disponibilidad de refugios y zonas de alimentación para esta rara especie de murciélago forestal.

El tercer vertebrado que se pretende conservar y favorecer en el robledal de Izki es la rana ágil (Rana dalmantina). Es una rana forestal que, una vez completada su fase de reproducción en charcas y humedales, pasa el resto del año buscando su comida entre la hojarasca del bosque. Tiene distribución europea, pero en España solo se encuentra en los bosques del norte, en las provincias de Álava, Burgos y Navarra.

Gestión integradora del bosque

En otra zona del Parque, ya fuera de la Reserva Integral, nos mostraron un ejemplo de actuaciones forestales sobre el robledal.

La estructura actual del melojar es bastante homogénea. La densidad es de unos 100 árboles por hectárea; los troncos son rectos y no muy gruesos (entre 20 y 30 cm de diámetro). La edad de la mayoría de los robles se estima entre 80 y 140 años, aunque gran parte son rebrotes de cepa y tienen los sistemas radicales envejecidos. Esta estructura es resultado de la gestión pasada del bosque. Los robles melojos eran cortados para obtener madera que era usada para la construcción de casas, de barcos o traviesas de ferrocarril. Además de abastecer de leña y carbón vegetal a los pueblos cercanos.

Dentro del proyecto Pro-Izki, la “gestión integradora” del bosque pretende proporcionar ingresos (mediante la venta de maderas y leña) y empleo a las poblaciones locales, al mismo tiempo que favorece la conservación de las especies emblemáticas del Parque.

Entre las actuaciones, se favorece la regeneración de los robles por semilla, que dan lugar a árboles más sanos y vigorosos, que vayan sustituyendo a los originados por rebrotes de cepa. También se controla la colonización del haya para mantener el robledal.

Los robles melojos de Izki se encuentran con diferentes destinos. Una parte de los árboles viejos, dispersos por el bosque, son respetados para que sirvan de hábitats a los pájaros carpinteros y otro tipo de fauna que habitan en la madera muerta. Quedan así en el bosque hasta que mueren, se derrumban y se descomponen incorporándose sus elementos a los nuevos robles por el proceso de reciclado de nutrientes.

Marked OakOtros robles, los que tienen porte más vigoroso y troncos más rectos son reservados para el futuro. Estos árboles “de porvenir” son marcados con un punto azul, respetados (por el momento) y serán los productores futuros de madera de calidad, para duelas o para chapa.

Por último, los robles vecinos a los señalados, de menor calidad, son cortados y aprovechados para leña. Su eliminación disminuye la competencia por los recursos y favorece el mayor crecimiento de los robles de porvenir. Por otra parte, la combustión de su madera dará calor y confort a los habitantes de los pueblos que rodean al bosque.

Barricas de roble

Desde el robledal de Izki nos desplazamos a la Rioja Alavesa, junto al río Ebro, siguiendo el destino de algunos de los robles seleccionados para la fabricación de duelas. Allí asistimos al proceso de transformación de la madera de roble en barrica para el vino. Enrique Echepare (Tonelería Quercus) nos explicó los misterios para doblegar al roble “duro y amargo” y convertirlo en un roble “amable” para el vino.

Oak woodLas duelas de roble estaban apiladas y expuestas a la intemperie y se podía observar una gradación de tonos y colores que indicaba su distinto grado de curación y maduración. Durante 18 meses, la madera de roble está expuesta a la acción del aire, el sol, la lluvia y los microorganismos. Va perdiendo el amargor y la astringencia al irse degradando los compuestos (principalmente elagitaninos) responsables de esas propiedades poco amables para el vino.

En el interior de la fábrica, las duelas son tostadas, curvadas y ensambladas formando las barricas. Una vez terminadas, se les graba la marca “Quercus” para recordar su origen vegetal, su vínculo con el poderoso roble.

Quercus barrel

Las barricas están “vivas”, es decir aportan su peculiar sabor y aroma al vino durante los primeros 6 años, luego están “muertas” y sirven solo para almacenar el vino.

Como despedida tuvimos ocasión de probar un vino que combinaba la frescura del zumo de la uva, la energía transformadora de las levaduras y la química del roble en esa alquimia antigua que funde a la fruta y a la madera del árbol. Los átomos y moléculas del roble que pasaron al vino terminaron formando parte de nuestro cuerpo, culminando así la comunión material y cultural con el robledal de Izki.
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Agradecimiento: a Luis Alfonso Quintana y Jonathan Rubines (Diputación Foral de Álava), Alejandro Cantero (AGRESTA) y Enrique Echepare (tonelería Quercus) por sus explicaciones y la amabilidad ofrecida durante la visita del 12 de junio 2013.

Escrito por Teo, jueves 25 julio 2013

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