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Árbol madre de la humanidad

Algunas leyendas africanas cuentan que los primeros ancestros humanos nacieron de los baobabs, esos árboles majestuosos, multiformes, imponentes que se alzan solitarios en el monótono paisaje de la sabana.

"Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010", por Elaine Ling

“Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010”, por Elaine Ling

El baobab (Adansonia digitata, de la familia Malvaceae) es un árbol de aspecto y biología peculiar, que se extiende por toda el África subsahariana. Pueden ser muy longevos, con frecuencia llegan a ser milenarios; se han datado baobabs de más de 3.000 años. No son árboles muy altos, no suelen pasar de los 20 m, pero forman unos troncos masivos inmensos de hasta 14 m de diámetro. Con frecuencia sus troncos están huecos y en su interior pueden almacenar gran cantidad de agua; más de 6.000 litros. En el mismo género Adansonia existe una especie de baobab que vive en Australia y otras seis especies más que se encuentran en la isla de Madagascar; la más famosa es A. grandidieri que forma la impresionante “avenida de los baobabs gigantes” de Morondava.

El árbol donde nació el hombre se titula un libro de Peter Matthiessen publicado en 1972¹. Es una narración de sus viajes por Sudán, Uganda, Kenia y Tanzania en los años sesenta del pasado siglo. Al inicio del libro, Matthiessen imagina al árbol-madre de la mitología Nuer como “un gran baobab que sobresale con fuerza, como una raíz antigua de la vida, entre los pastizales que se extienden hasta el horizonte“.

Para muchos pueblos el baobab es el “árbol de la vida”. Posiblemente su capacidad de almacenar agua permitió la expansión de los pueblos nómadas por las zonas más áridas de África. Matthiessen convivió con el pueblo Hadza, que conserva un estilo simple de vida como recolectores y cazadores, y nos cuenta en su libro cómo utilizan los diversos productos del baobab. Las mujeres recogen las semillas, ricas en proteínas y grasas, para molerlas y cocinarlas; una vez preparadas pueden ser consumidas durante los siguientes cinco meses. Las hojas frescas se comen como ensalada. Los panales de abejas que se instalan en los troncos y ramas surten de miel. Los frutos, secados, pueden servir de sonajeros para los pequeños o cortados a la mitad, como cuencos para beber. La corteza abastece de fibra para elaborar cuerdas y redes. Durante las lluvias los árboles proporcionan cobijo y durante la sequía son una fuente de agua que almacenan en sus grandes troncos huecos.

Es el árbol de la vida y también del más allá. “Los baobabs atraen a criaturas nocturnas como los murciélagos y gálagos (pequeños primates) que polinizan sus flores. Algunos pueblos creen que también atraen a los fantasmas; los consideran casas de los espíritus”.

El origen de la humanidad, ese maravilloso misterio de la evolución que ocurrió en las tierras africanas, es el hilo conductor del libro. En el Serengueti, Matthiessen coincidió con George Schaller, zoólogo que entonces estudiaba los carnívoros del Parque. Juntos recorrieron la región de Olduvai y especularon sobre las costumbres sociales de los primeros homínidos, que emergieron de los bosques de África Central. El escritor nos transmite la emoción de estar contemplando los paisajes ancestrales que vieron nacer a la estirpe humana: “los cazadores y recolectores han estado recorriendo esta región desde que la humanidad surgió aquí por evolución“.

Durante la narración de su viaje, Matthiessen muestra fascinación por los paisajes, la fauna y los pueblos con sus culturas diversas. También le dedica alguna atención a los árboles africanos². He reseñado o transcrito a continuación una selección de pasajes del libro que me han parecido de interés para el “buscador de árboles” o que por su belleza descubren la forma de percibir el mundo de Matthiessen.

En las montañas del norte de Kenia, acamparon en un bosque de olivos africanos centenarios (Olea europaea subsp. cuspidata) con sus viejos troncos retorcidos. “Pocos bosques son tan hermosos, tan silenciosos“.

Los jóvenes Rendille (tribu de pastores nómadas) permanecían impávidos, como garzas, apoyados en una sola pierna, masticando ramitas de mswaki (Salvadora persica), mientras nos contemplaban pasar”.

La mirada nocturna de la mayoría de los animales es roja, como los dos faros rojos que vimos una vez en la rama de un árbol de la fiebre o acacia de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea); eran los ojos de un gálago (Galago senegalensis), un primate pequeño primitivo que podría parecerse a la criatura arbórea de la que evolucionó la humanidad.

Pasé un día de febrero en un kopje (cerro testigo), oteando la llanura. Miraba y escuchaba. Desde la higuera (Ficus thonningii) venía un zumbido de moscas. Volvió el sol, y del sol parecía llegar el suave aleteo de una alondra; la vida de la llanura siguió su ritmo, llevándome con ella.

La higuera gigante (Ficus thonningii) parece un pequeño bosque desde lejos. Es tan vieja como la historia del hombre en estas llanuras. Se extiende unos 46 m a lo ancho, el tamaño de seis árboles normales. Es el árbol de la vida. Estaba habitado por cuervos, cernícalos, mochuelos, cucos; ninguno quería abandonar el árbol porque no hay otro en varios kilómetros a la redonda. Algún día me gustaría sentarme bajo este árbol y contemplar durante una semana o más la vacuidad. Se entiende porqué estas higueras monumentales tienen ese aura religiosa para los africanos. Para ellos simbolizan las montañas sagradas, y los antiguos vínculos con la tierra y la lluvia, con la naturaleza y con Dios.”³

Elefantes y acacias en Etosha, Namibia, septiembre 2000.

Elefantes y acacias en el Parque Nacional Etosha, Namibia, septiembre 2000.

Los elefantes tienen una propensión a derribar árboles. Junto con el hombre y el fuego son los tres agentes más importantes que están cambiando los hábitats de África. En el Serengueti, durante los últimos años, el fuego y los elefantes han transformado gran número de hectáreas de bosques de acacia en pastizales.” En uno de sus recorridos a pie, Matthiessen presenció cómo “los elefantes estaban destrozando un bosque (no es exageración); se escuchaban los terribles crujidos de los árboles.”

Los elefantes suelen formar grupos dispersos y son nómadas, pero la presión humana los está confinando en grandes manadas a ciertas áreas restringidas que pueden llegar a destruir. El problema del elefante (dónde, cuándo y cómo manejarlos) es origen de una gran controversia en África Oriental. Su solución está asociada al logro de un equilibrio entre los animales salvajes y el hombre en todo el continente.

En el Parque del lago Manyara, los elefantes están destruyendo las acacias parasol (Vachellia tortilis) a una velocidad tal que la regeneración no puede compensar la destrucción; posiblemente en diez años estos árboles hermosos habrán desaparecido del Parque Manyara. Los que no son derribados por los elefantes, son descortezados y mueren por daños en el sistema vascular o por efectos de los barrenillos que aprovechan las heridas para penetrar en la madera expuesta“.

También los baobabs, que almacenan calcio en la corteza de sus troncos, son descortezados y dañados por los elefantes. Solo unos pocos árboles jóvenes de baobab sobreviven en el Parque de Tsavo.

En una expedición botánica por el Monte Meru (Tanzania), se veían rastros de la presencia de búfalos y rinocerontes por todas partes. “Uno iba caminando al tiempo que buscaba con la mirada los árboles hospitalarios más próximos, por si surgía una emergencia. ¡Kifaru! gritó el guía y todos salimos despavoridos. Detrás de mi árbol (demasiado grande para treparlo) veía a mi compañero en las ramas de un cafetero silvestre; mientras, el rinoceronte (kifaru) desaparecía trotando. Varias veces tuvimos que trepar. Para nosotros no era divertido, pero los africanos se reían, viendo a los blancos subir y bajar de los árboles.”

Explorando Yaida Chini, la región de los Hadza, Matthiessen describe: “los árboles en esta región virgen son enormes: las acacias parasol (Vachellia tortilis), las acacias de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea) y la más noble de las acacias, las poderosas acacias albidas (Faidherbia albida). Además, se encontraban entremezclados gruesos sicomoros (Ficus sycomorus) y árboles de las salchichas (Kigelia africana).”

Una piedra incrustada en un árbol es una de las pocas señales de presencia de los Hadza. Son invisibles en el medio donde viven. No tienen un concepto de la naturaleza salvaje porque ellos son parte de ella. Viven el día a día. El pasado y el futuro tienen poca relevancia para ellos. Lo captan de una forma fugaz. Viven en el momento; un don precioso que hemos perdido.

A pie, el pulso de África te llega a través de las botas. Eres un animal entre los demás, desconfiando de los lugares sombreados, de la repentina quietud en el aire.

Caminé con los pies descalzos por la llanura, para sentir el cuero cálido de África en mi piel, y para ser consciente de mis pasos.

En cada dirección se divisaban paisajes misteriosos del pasado y del futuro. El presente es la deslumbrante luz salvaje, el sol, un ave, y un baobab en su aislamiento heráldico, como el árbol dónde nació la humanidad.”

Retrato de Peter Matthiessen por Damon Winter. The New York Times, marzo 2014.

Retrato de Peter Matthiessen, tomado en marzo 2014 por Damon Winter. The New York Times.

Hace poco más de un mes, Matthiessen, enfermo de leucemia, concedía su última entrevista. “No me quiero aferrar demasiado a la vida. Es parte de mi entrenamiento Zen. He tenido una buena vida. Muchas aventuras. No me quejo.” Fallecía el 5 de abril en su casa de Sagaponack, EEUU.

Lo recordamos con uno de sus momentos de felicidad y contemplación interior: “Recostado contra las rocas antiguas de África, estoy contento. La gran quietud en estos paisajes que antes me inquietaban me van permeando día a día, y me provocan el sentimiento poco razonable de haber encontrado lo que estaba buscando sin haber descubierto lo que era.”
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¹ Peter Matthiessen, 2000, An African trilogy. The tree where man was born. African silences. Sand rivers. The Harvill Press, Londres. Esta edición del año 2000, con una introducción actualizada del autor, compila sus tres libros de viajes a África que fueron publicados respectivamente en 1972, 1991 y 1981.

² En el libro se mencionan los nombres vulgares en inglés o en la lengua local de los árboles. He procurado buscar el nombre científico más probable (que añado entre paréntesis) consultando la lista de árboles de Tanzania, por Hines y Eckman (1993).

³ Según cuentan, algunas compañías de safari en Tanzania han incluido la visita a esta higuera monumental, bautizada como “el árbol donde nació la humanidad” en homenaje a Matthiessen.

Escrito por Teo, 15 mayo 2014.

Fuentes
Exposición “Baobab: Árbol de generaciones”, por la fotógrafa canadiense Elaine Ling.

Entrevista a Matthiessen por Jeff Himmelman para New York Times, 3 abril 2014.

D. A. Hines y K. Eckman (1993). Indigenous multipurpose trees of Tanzania: Uses and economic benefits for people. FAO, Roma.

Canto a los árboles del mundo

El escritor uruguayo Mario Benedetti (1920–2009) detuvo su mirada en los árboles del mundo y les escribió este poema maravilloso:

De árbol en árbol 

Los árboles
¿serán acaso solidarios?
¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebracho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?

¿le avisará la encina de westfalia
al flaco alerce de tirol
que administre mejor su trementina?

y el caucho de pará
o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la mission dolores
que cabeceaba en frisco
california?

¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?

los de este parque o aquella floresta
¿se dirán de copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?

¿sabrán los cedros del líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

En solo treinta versos el poeta nos lleva de árbol en árbol en un viaje de exploración botánica, forestal, geográfica y emocional.

El poema rezuma árboles. Al paso de la lectura, conectamos nada menos que con quince árboles distintos de diferentes lugares del mundo, árboles de nombres vibrantes, cada uno a su manera extraordinario:  el quebracho, el baobab, la palma real, la ceiba, el ombú, el alerce, el caobo, el olivo, el castaño de Indias… Son árboles intensos, generosos, de grandes cualidades; algunos considerados sagrados por los habitantes locales; otros sobreexplotados por atesorar alguna materia codiciada (madera, resina, taninos o frutos); todos con una historia fascinante por descubrir. Como buscadora de árboles y persona curiosa, no he resistido la tentación de rastrear la senda que el poeta propone para tratar de adivinar los motivos por los que ha elegido estos singulares árboles.

Los bellos castaños de Indias (Aesculus hippocastanum), que ornamentan la famosa avenida de París, son árboles admirados y mimados como árbol de jardín, y valorados por sus poderes curativos. Entre Argentina, Bolivia y Paraguay, en la Región de Entre Ríos, los quebrachos o “quiebra-hachas” (Schinopsis balansae y S. lorentzii) producen su madera, de dureza excepcional casi imputrescible, y taninos excelentes para curtiduría, materias ambas por las que arriesgan su supervivencia. El mar de olivos (Olea europaea) de Jaén es una estampa propia de mi geografía mediterránea, estos árboles verde-grisáceos trabajan para producir buenas aceitunas que den el apreciado oro líquido. Saltando a Uruguay, a Tacuarembó, donde durante un tiempo vivió Benedetti, en el nacimiento del afluente Cinco Sauces, los sauces llorones (Salyx babylonica), de particular porte atractivo, proporcionan la base de las medicinas de los indígenas.

En los Alpes, en la región que fue el Tirol, entre Austria e Italia, en medio del frío alpino el alerce (Larix decidua) segrega su resina por las cortaduras que le abren para recogerla y que llegará a ser la afamada trementina de Venecia, disolvente y medicinal. En la región amazónica de Brasil, en el estado de Pará, el árbol del caucho (Hevea brasiliensis) sangra el látex de las incisiones que le hienden en la corteza, ajeno a las luchas entre los países del mundo por su comercio. En África, el original y colosal baobab (Adansonia digitata), que el poeta sitúa en una provincia de Angola, almacena miles de litros de agua en su tallo enorme mientras es respetado como árbol sagrado y protagoniza leyendas y mitos ancestrales, y con su abundancia alimenta, cobija y cura entretanto discurre su longeva vida. En California, el ciprés de Monterrey (Cupressus macrocarpa) adorna la Misión Dolores de San Francisco, resistiendo los vientos y mareas del Pacífico.

En la pampa argentina, el ombú o bellasombra (Phytolacca dioica) sobresale en el horizonte plano con su figura portentosa y refugia y refresca bajo su sombra húmeda. En Centroamérica, la ceiba inmensa y plena (Ceiba pentandra) sobrecoge; árbol sagrado de los mayas, nahuas, tahínos y otras culturas, beneficia con sus propiedades curativas y con los productos que provee, el más estimado la fibra de las envolturas algodonosas de sus semillas. En las montañas de oriente medio, el elegante cedro del Líbano (Cedrus libani), del que también disfrutamos en jardines y en forma de aceite esencial, crece recordando su pasado bíblico. Los caobos (Swietenia macrophylla) de Centroamérica, producen su hermosa madera fina tan valorada. La bella palma real (Roystonea regia), en otro tiempo predominante en Cuba y hoy cultivada extensamente en jardines, provee como todas las palmeras abundantes bienes, incluso el espiritual como árbol sagrado para algunas religiones cubanas. En Tasmania crece el eucalipto gigante (Eucaliptus regnans) que llega a los 100m de altura y es valorado por su crecimiento rápido y su producción de madera.

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Además de árboles, el poema destila emociones. De verso en verso, como lluvia fina, nos va calando tanto la alegría por la frondosa naturaleza como la inquietud por el incierto destino de criaturas tan honorables. La abundancia de árboles rotundos y espacios evocadores impresiona y agita, y nos impregna de un sutil pero penetrante sentimiento de unidad entre todo lo viviente. De aquí o de allí, ornamentales o forestales, todos los árboles son compañeros hermanos, “solidarios” en el fluir lento de la vida por su savia, todos son parte de la misma verde angustia ante la voluntad destructora del ser humano. El viaje con Benedetti, como pasa en los buenos viajes, nos transforma, nos conmueve a adherirnos a la causa de los árboles, a comprometernos con ellos y con su continuidad en este planeta.

“De árbol en árbol” es un poema muy conocido. El texto está reproducido en diversos sitios de la red, igual que existen grabaciones de la voz del poeta recitándolo. También se encuentra reproducida la canción del mismo título de Joan Manuel Serrat, que es una adaptación del poema que Benedetti incluyó en su libro Preguntas al azar, de 1986, para el álbum El sur también existe del cantautor. Por último, quiero agradecer al amigo Eugenio que lo incorporó como comentario en este blog y así nos recordó que su presencia era necesaria en este nuestro particular bosque de árboles invisibles.

Escrito por Rosa, jueves 20 junio 2013

Fundación Mario Benedetti

De árbol en árbol, recitado por Benedetti

De árbol en árbol, interpretado por Serrat