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Érase una vez un árbol

Nuestra relación con los árboles, igual que con las personas, comienza en la infancia. A unos árboles solamente los conocemos de vista; en cambio de otros, sabemos sus nombres, los frecuentamos e incluso llegamos a quererlos como a un amigo o a alguien de la familia. Pero suele suceder que –como con algunos amores- no nos damos cuenta del sentimiento que le profesamos hasta que lo perdemos para siempre.

En mi infancia tuve un árbol amigo. Ésta es su historia.

Érase una vez un árbol que crecía sano y bien mirado en el patio de una casa, en la ciudad costera de Algeciras, allá en el Estrecho de Gibraltar. El edificio, una vieja residencia señorial convertida en casa de vecinos, se disponía en torno a un amplio patio cuadrado, bordeado de arriates, con un alcorque en todo el centro donde crecía hacia el cielo el lustroso pino.

Mari Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

María Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

El árbol, una araucaria (Araucaria heterophylla) aunque la gente también le llamaba pino, como todos los de su especie, tenía un porte inconfundible. El tronco derecho junto con las ramas horizontales y simétricas le conferían un aspecto triangular muy característico y un aura de equilibro y armonía. Había vivido ya bastantes años y alcanzado una altura honorable, tanto que sobresalía entre las casas circundantes y casi alcanzaba al campanario de la cercana Iglesia de la Palma de la Plaza Alta, cuya torre mide 45 m. Desde el mar, el ápice triangular de la copa se distinguía claramente en la línea del cielo de la ciudad, convertido en un destacado hito tal faro o bandera. Pero sobre todo era un elemento esencial en la vida del patio.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

En aquella casa la araucaria era una presencia luminosa. Aportaba la sombra; el color verde profundo de sus hojas; la belleza decorativa de su figura; la alegría de trinos de pájaros que se posaban en las ramas; la compañía del susurro de hojas mecidas por el viento; la frescura del aire cargado de oxígeno y otros saludables componentes; el aroma a resina, follaje y madera; el tacto vegetal de sus hojas frescas o secas y de su corteza finamente escamada; y también aportaba certidumbre, la seguridad del tronco esbelto, solido y robusto bien enraizado en la tierra. Una presencia inmensa. Alrededor del árbol transcurrían las actividades de los habitantes de las diferentes viviendas, los juegos de los niños y las charlas de los mayores en las noches de verano o en la soleadas tardes de invierno. Y el árbol asistía en silencio al trajín de las vidas humanas, a riñas y reconciliaciones, a miradas y ensoñaciones, a penas y alborozos. Los niños de la casa jugábamos alrededor de él y de un modo u otro “con él”: nos lanzábamos hojas en batallas imaginarias, modelábamos la resina que manaba de la corteza o abrazábamos al tronco para ver quién tenía los brazos más largos. La araucaria todo lo aguantaba como paciente niñera que sabe lo saludable que es, para crecer tan sanos y equilibrados como el propio árbol, que los niños toquen madera, tienten hojas o sientan los latidos de la savia.

La región donde vivía la araucaria, el Estrecho de Gibraltar, es una zona de frecuentes temporales de viento. El árbol los conocía y estaba bien dotado para resistirlos, razón por la que muchos de su especie habían sido traídos desde la lejana isla de Norfolk, en el Océano Pacífico, para ornamentar casas y ciudades en regiones costeras de muchas partes del mundo. Pero no todos los temporales son iguales. En el invierno de 1963, en enero, hubo una terrible borrasca de viento sudeste; durante veinticinco días llovió copiosamente con las consecuentes inundaciones; transcurrieron después dos o tres días de aparente calma; sin embargo, al amanecer del 21 de enero de nuevo arreció la tempestad y fue en aumento a lo largo del día. Según se supo después, las rachas de viento llegaron a una fuerza de 160 kilómetros por hora y en el mar las olas alcanzaron los veinticinco metros de altura.

La araucaria, al principio, se mostró firme ante el desmedido viento de naturaleza ciclónica, que ya había arrancado cientos de árboles en toda la comarca. Pero sus raíces ya no eran tan jóvenes, ni tan profundas, ni tan largas (algunos decían que llegaban hasta la Plaza Alta). Eran superficiales, y el robusto y alto tronco y las ramas pesaban mucho. El árbol no supo en cual de las embestidas del sudeste perdió el pulso, pero en un preciso momento sucedió. Primero, se inclinó hacia un lado, después hacia otro, y a partir de ese fatídico instante inició un movimiento de vaivén al compás de las ráfagas. Y cuando se movió hacia un lado, ocurrió también que las raíces superficiales del lado contrario se alzaron, y como consecuencia se levantaron las losetas del patio. Después, igual hacia el otro lado, unas baldosas, otras; encima del alcorque la tierra desnuda se elevaba y descendía como una ola. Todo el suelo del patio entró en movimiento ondulante y los habitantes de la casa estábamos atónitos y asustados, aquello era una visión insólita que parecía fruto de una alucinación o una película de magia y terror, pero era la realidad. La sensación de pisar en el patio se asemejaba a estar en un barco, todo se movía en ondas, y aún resultaba más impresionante mirar hacia arriba y contemplar al enorme árbol oscilante, vacilando si caerse y abandonar la feroz batalla con el viento o permanecer de pie.

Al anochecer de aquel día, la tempestad no había amainado sino crecido en fuerza. Los vecinos, temiendo que el árbol cayera y provocara un desastre, llamaron a los bomberos. Vino una cuadrilla, todos pertrechados con cascos y hachas, y cuando el jefe subió sobre el alcorque y sintió el balanceo de su cuerpo a la par que el bamboleo del árbol tomó conciencia de la gravedad de la situación y de su incapacidad para resolverla, así que recomendó la evacuación inmediata de todas las viviendas y se marchó con todo su equipo. Pero la mayoría de los vecinos no estaba dispuesta a dejar ni su casa ni su árbol. Y permanecimos allí toda la noche, a oscuras (la tormenta había cortado el suministro), con un viento endemoniado y un árbol que crujía dolorido y desesperado de luchar contra una naturaleza más fuerte que la propia. Fue una larga noche de insomnio. Nadie pudo dormir.

A la mañana siguiente, la situación no había mejorado. La vieja araucaria seguía en pie tambaleándose y el viento continuaba batiendo y golpeándola a más de 140 km por hora. El suelo se levantaba incluso dentro de las casas y las hojas de la vencida araucaria alfombraban el suelo como restos de una batalla. Las noticias confirmaron la colosal potencia de la tempestad. En el mar, la furia de los vientos y las olas había desamarrado yates y pesqueros, empujándolos hasta las rocas y destrozándolos; y también a un transbordador, “el Ciudad de Tarifa”, con 122 pasajeros y 90 tripulantes, lo había desanclado, arrastrado y encallado en una playa cercana; y en tierra, inundaciones y un sin fin de destrozos materiales.

En vista del preocupante estado del árbol, los vecinos reunidos de nuevo tomaron una decisión: había que talarlo. Cuando la tormenta lo permitió, dos días más tarde, vino un joven leñador armado con un arnés y un hacha. Primero cortó las ramas de una en una; el tronco quedó pelado, como mástil de navío. Luego, inició el corte del tronco de trozo en trozo, desde la punta hasta la base. Cuando finalizó su tarea, el patio quedó cubierto de ramas, hojas y troncos, llenísimo de materia vegetal; los niños disfrutamos jugando con los fragmentos del árbol, con la todavía abundante presencia material de la araucaria. Pero pronto se llevaron todos los restos, solo quedó de la araucaria el tocón de madera a ras de la tierra y las raíces ocultas. Y se terminó.

Cuando el sol de invierno volvió a brillar en una mañana tibia y quieta, sin las emociones alteradas de los días de la tormenta ni la urgencia provocada por el miedo, lo vimos. Niños y mayores vimos el vacío. Sin la araucaria, el patio no era más que un gran vacío. Sin sombra ni verde ni trinos; sin belleza, frescura ni aroma; y sobre todo sin la certidumbre que nos amparaba. Sin el bastión que nos daba fuerza, ánimos y seguridad. La compañera de juegos, la compañera de horas, el amigo árbol, había desaparecido. Y lo echábamos de menos. Entonces fue cuando nos dimos cuenta de cuánto lo queríamos. Fue una pérdida para todos. También para la ciudad, que perdió su faro vegetal y un gran árbol. Pero me alegra pensar que su final fue de leyenda, como correspondía a un árbol viejo, grande y noble, pues tuvo que ser un ciclón, no un viento menor, quien le arrebatara su fuerza verde.

Cada habitante de la casa, chico o mayor, conservó a su manera el recuerdo de la araucaria. Yo lo guardé en mi corazón como una semilla que un día pudiera plantar en una tierra fértil. Esta entrada es la ocasión que desde aquel día he estado esperando: el momento de rendirle homenaje y difundir su historia. Si guardáis también memoria de un árbol amigo, os animo a contarla. Reconocer nuestra íntima relación con árboles es un modo de recompensarlos por todo el bien que nos hacen.

Escrito por Rosa, jueves 23 mayo 2013.

Historia de Algeciras en Imágenes

Historial del Transbordador “Ciudad de Tarifa”

Monarca del Parque

Desde lejos, mirando hacia el Sur se divisa su silueta erguida, oscura, que sobresale por encima de las copas de los demás árboles del Parque.
Araucaria_silueta_abril_cielo-azulUna vez dentro del Parque no es fácil encontrarlo. Se descubre rodeando uno de los estanques y mirando a través de un claro en el dosel arbolado. Desde esa media distancia se aprecia su hermosa copa recta, vertical, que parece rivalizar en altura y elegancia con una torre cercana.

Araucaria y torreAún hay que sortear un gran ficus (Ficus macrophylla) para llegar al fin a la base de su gran tronco, que mide algo más de 3 metros de perímetro. Un cartel nos explica que se trata de una araucaria australiana (Araucaria cunninghamii). Visto desde abajo, asombra su impresionante tronco recto de más de 30 m de alto. En las ramas más bajas se pueden ver sus características hojas pequeñas, en forma de escamas agudas, imbricadas alrededor de las ramillas. La corteza del tronco es gris oscura, rugosa, con bandas circulares y tendencia a exfoliarse.

¿Cómo ha llegado hasta aquí esta araucaria australiana, tan lejos de su país de origen? Como cualquier ser vivo su existencia es el resultado de una larga historia evolutiva y de una serie de contingencias y casualidades.

Su azarosa historia comienza hace unos 160 años cuando un príncipe francés (Antonio de Orleans) tiene que huir de París en 1848 al instaurase en Francia la República. Como se había casado con una infanta española (María Luisa Borbón), acaba recalando en Sevilla donde los duques de Montpensier compran una magnífica mansión barroca, el Palacio de San Telmo. Deciden comprar además unos terrenos de huertas aledaños para crear un gran jardín acorde a la magnificencia del palacio. Posiblemente fuese Lecolant, el paisajista francés que trabajaba para los duques, quien seleccionó a esta araucaria australiana junto con otros árboles exóticos para poblar el jardín palaciego de estilo romántico. Hacia finales de siglo XIX (1893) la duquesa, viuda, donó los jardines del palacio a la ciudad de Sevilla. Desde entonces la araucaria forma parte del Parque de María Luisa, nombrado así en recuerdo de la duquesa, y puede ser admirada y disfrutada por todos los sevillanos.

Años más tarde, ya en el siglo XX, otro paisajista francés, Jean Claude Nicolás Forestier, recibe el encargo de reformar el Parque y diseñar las zonas ajardinadas para la Exposición Iberoamericana de 1929. Con buen criterio, decide respetar los árboles antiguos del jardín de los duques y permite que algunas zonas del Parque conserven su estilo romántico de arboledas densas e irregulares. También por la misma época, la araucaria vio alzarse en su proximidad la torre norte de la Plaza de España, diseñada por Aníbal González con estilo regionalista de ladrillo visto y cerámica. La esbelta y vistosa torre de 74,10 metros, junto a su compañera la torre sur, con el tiempo se han convertido en uno de los emblemas arquitectónicos de la ciudad, llamando la atención del visitante. En la pugna por alcanzar la máxima altura, la araucaria, a pesar de su porte vegetal sobresaliente, ha quedado empequeñecida por la estructura artificial de la torre y parece invisible cuando desde lejos se contempla la línea que recorta el cielo.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, by Philipp Franz von Siebold and Joseph Gerhard Zuccarini.

Lámina de 1870 en Flora Japonica, por Philipp Franz von Siebold y Joseph Gerhard Zuccarini.

La historia de su origen nos lleva a Australia, unos años antes de la precipitada huida del príncipe francés y la creación del jardín. En septiembre de 1824, Allan Cunningham, quien entonces tenía 33 años, viajaba en una expedición por la costa como “Botánico del Rey” (a la sazón Jorge IV de Inglaterra), enviado a Nueva Gales para colectar plantas para los Jardines Reales de Kew. En el bergantín Amity (Amistad) viajaban unas 70 personas (entre soldados, exploradores, convictos y sus familias), a la búsqueda de un lugar idóneo para emplazar una nueva colonia penal. Recalaron en la bahía Moreton, desde donde Cunningham remontó el río Brisbane en una patrulla de reconocimiento. En su diario escribió: “hemos sido gratificado con una vista lejana del Pino; inmediatamente nos acercamos a uno de estructura magnífica, el Monarca de estos bosques. Era un árbol adulto, sano, con más de 37 metros de altura. Fue totalmente imposible no parar unos momentos para admirar este noble árbol”. En otro viaje posterior volvió por los mismos lugares “donde crecen esos árboles impresionantes, los monarcas de estos bosques, la nueva Araucaria”. Le llamó “pino de Brisbane” y recogió varias muestras para enviarlas a Kew; más tarde la especie botánica fue descrita y nombrada en su honor como Araucaria cunninghamii.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Tronco de la araucaria con las bandas paralelas y exfoliaciones.

Desde el principio, los primeros exploradores consideraron a estas araucarias como un árbol excelente para la construcción de mástiles y arboladuras de los barcos por sus troncos rectos y altos. La magnífica calidad de su madera para la construcción y la fabricación de muebles llevó a la casi desaparición de los bosques nativos de araucaria en el sudeste de Australia a finales del siglo XIX. Los leñadores la llamaban hoop pine (“pino de aros”) porque en los troncos caídos, la corteza impregnada en resina tardaba más en descomponerse que la madera y quedaba formando aros. Durante el siglo XX, ante la escasez de las araucarias naturales se inició un programa de plantaciones y de investigación en técnicas de silvicultura de esta especie nativa. Actualmente se plantan en el SE de Australia más de 45.000 hectáreas de “pino de aros” que producen unos 440.000 m3 de madera y abastecen una floreciente industria de fabricación de muebles, pavimentos, molduras, recubrimientos y construcción naval. Por la particularidad de la madera de ser inodora e insípida fue muy utilizada para fabricar cajas para envasar alimentos como mantequilla, frutas y carne; aún hoy se utiliza para fabricar palos de helados y agitadores de café.

La araucaria de Cunningham se extiende por los bosques tropicales y subtropicales de las costas orientales de Australia y en Nueva Guinea. Se desarrolla en suelos profundos y en clima húmedo, con lluvias anuales que superan los 750 mm y pueden alcanzar los 5.800 mm en Nueva Guinea. Es una especie sensible al fuego y no soporta las heladas severas. ¿De dónde vino la araucaria sevillana? Es difícil saberlo. Se podría tomar una muestra de su ADN y rastrear sus parientes más cercanos en los bosques nativos de Nueva Gales del Sur.

Su información genética también nos puede contar historias de un linaje antiguo. Las araucariáceas se originaron a comienzos del Triásico (hace unos 252 millones de años) después de la gran extinción del Pérmico-Triásico que supuso una renovación de la mayor parte de los grupos de seres vivos del planeta. Los bosques de araucarias se extendían por el super-continente Gondwana (formado por Sudamérica, África, Australia y la India) durante el Jurásico (hace unos 180 millones de años), que también se ha llamado la “era de las coníferas”. Se piensa que las araucarias constituían una de las principales fuente de alimentación de los grandes dinosaurios y que algunos de estos saurópodos desarrollaron largos cuellos para poder ramonear en los árboles más altos. Tenemos la oportunidad de contemplar un fósil viviente, relicto de un esplendor pasado que comenzó a declinar durante el Cretácico (hace unos 65 millones de años) debido a las variaciones en el clima y a la competencia cada vez mayor de las nuevas especies de Angiospermas o plantas con flores. En las zonas del Hemisferio Sur donde han persistido condiciones cálidas y húmedas las araucarias han encontrado un refugio ideal. Gracias a su gran crecimiento vertical y al hábito emergente pueden competir por la luz en las intrincadas selvas costeras. Además, su extraordinaria longevidad les permiten aprovechar las oportunidades poco frecuentes, por ejemplo la apertura de un claro por alguna perturbación, para regenerarse.

Volvemos al aquí y ahora. España en mayo 2013 se encuentra en una crisis económica, política y moral; parte de la población (según las últimas encuestas) está descontenta con el rey actual, Juan Carlos I, tataranieto del príncipe fugitivo que creó los jardines y trajo la araucaria a Sevilla. Esta reliquia del Jurásico, según la esperanza de vida de su especie, puede vivir hasta 450 años y ser testigo de nuevos e impredecibles acontecimientos en la ciudad que le ha dado cobijo. Para algunos sevillanos, divisarla cada día, con su porte erguido y majestuoso sobresaliendo entre las copas del Parque nos hace la vida más rica y nos da otra perspectiva del tiempo y de nuestra existencia. ¡Larga vida a la Monarca del Parque!

Escrito por Teo, jueves 2 de mayo 2013

Página web dedicada al botánico y explorador Allan Cunningham

Informe de la IUCN sobre el estado de conservación de Araucaria cunninghamii

Historia y descripción del Parque de María Luisa en Sevilla

Alcornoque de los Deseos

Paseaba por un sendero de la sierra de Aracena cuando me llamó la atención un alcornoque (Quercus suber) del que colgaban una especie de collares con cuentas brillantes de colores.

Alcornoque collares_1Al acercarme, pude leer en un cartel que se trataba de una instalación artística del Colectivo Vendaval, formado por los artistas gaditanos Rocío Arévalo y Pablo Alonso de la Sierra. La obra fue montada en 2010 y está compuesta por piezas modulares de cerámica esmaltada unidas con cables y cuerdas. Según explicaba Pablo Alonso: “cada una de ellas podría equipararse a un individuo y la suma de módulos, unidos con un cable de acero, sería el entramado social”.

Entre las piezas de cerámica, al cambiar mi perspectiva visual, podía divisar Almonaster la Real, un hermoso pueblo serrano con un valioso patrimonio arquitectónico cuidado con mimo por sus casi 2.000 vecinos. En la parte más alta destacaba el castillo y la mezquita del siglo IX-X. ¿Será el entramado social de este pueblo el que han querido reflejar los artistas?

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¿Y el árbol?, ¿es un mero soporte de la instalación?

Alcornoque collares_detalleSigo leyendo en el cartel explicativo: “La obra forma parte del paisaje y es filtrada e interpretada por el ojo del espectador-transeúnte creando tantas lecturas como espectadores la vean.” Bien, me alegra que la obra permita una lectura abierta. Sin restar importancia al referente social propuesto por los artistas, mi lectura personal otorga rango de individualidad superior al árbol-instalación y pone a su servicio a los menores individuos-módulos de cerámica.

La imagen del alcornoque adornado me recuerda a los árboles votivos de la Capadocia, de los que cuelgan cuentas de vidrio azul que espantan el mal de ojo. También a los árboles del deseo (Wishing Trees, en inglés) donde los japoneses cuelgan tarjetas con sus deseos al comienzo del año, esperando que al llegar la floración se vuelvan realidad. Según la tradición japonesa, en ciertos árboles residen espíritus a los que se pueden pedir deseos colgando algún objeto de sus ramas o simplemente tocándolos.

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Wishing Tree en Birmingham por Fay De Winter.

En el jardín de la Catedral de Birmingham, los estudiantes de la Universidad para las Artes Creativas (UCA, al SE de Londres) bajo la dirección de la artista-ceramista Fay De Winter montaron una instalación de Wishing Tree y colgaron un centenar de hojas de cerámica. Durante la semana del Festival de la Creatividad (6-10 agosto 2012) el público tuvo la oportunidad de escribir en las hojas de cerámica sus deseos, esperanzas y sueños. Se podían leer deseos como “ojalá pudiera volar” (I wish I could fly en inglés), “deseo ser un artista” (I wish to be an artist) o “deseo viajar alrededor del mundo” (I wish to travel around the world).

La instalación del “Alcornoque de los Deseos”, o más bien X units transforming the space según el título dado a la obra por su creadores, se encuentra en la Ruta del Arte, un sendero de unos 2 km en la periferia de Almonaster la Real, Huelva. En esta ruta se encuentran diversas instalaciones que se han ido realizando durante los encuentros de verano de los últimos años. El propósito de los organizadores es que “las obras interactúen con el paisaje y su identidad, así como con el público creando complicidades visuales y relaciones conceptuales”.

Cuando visites la Ruta del Arte y pases por la instalación X units transforming the space, por si acaso, acércate al árbol, un hermoso alcornoque, toca su tronco y pide un deseo.

Escrito por Teo, jueves 4 abril 2013

Ruta del Arte en Almonaster la Real, Huelva

Colectivo Vendaval

Festival de la Creatividad, Birmingham Agosto 2012

Página web de Fay De Winter

La Palmera y la Sabia Santa

Muchas iglesias cuentan con árboles plantados en sus inmediaciones, bien en la entrada, bien en los jardines adyacentes o en sus patios interiores. Esta relación de los lugares de culto con los árboles es muy antigua y se basa en que, por su forma y estructura, los árboles han sido valorados como símbolo de espiritualidad desde el comienzo de los tiempos. La verticalidad y el crecimiento en permanente ascensión hacia el cielo han inspirado en los feligreses de diferentes creencias ideales de rectitud y de elevación espiritual. En los tiempos actuales, sin embargo, la unión árbol-templo y su edificante simbología suele ser ignorada.

En mi ciudad, en una ruidosa calle del centro, dentro de un pequeño recinto vallado junto a una iglesia, se eleva una palmera. Se trata de una palmera datilera (Phoenix dactylifera) de considerable altura, pues está a punto de superar el campanario de la iglesia, y de bastante edad, aunque no puedo asegurar si pasa o no de los cien años. Es la especie de palmera que produce los dátiles y que se cultiva en los oasis norteafricanos desde Egipto a Marruecos.

Palmera datilera y la iglesia de Santa Catalina de Sevilla

Palmera datilera y la iglesia de Santa Catalina de Sevilla.

La palmera a la que me refiero tiende a pasar desapercibida por su peculiar anatomía de tronco recto sin ramas, hojas ni flores a la altura de la vista y por estar ubicada en una calle relativamente estrecha y con mucho tráfico. Solo cuando subimos la mirada podemos descubrir la estrella verde que forman sus hojas destacándose en el cielo azul, y entonces caemos en la cuenta de la estrecha relación que la une a la torre de la parroquia. La primera vez que fui consciente de su existencia junto a la iglesia me sorprendió no haberla advertido antes y sobre todo el aire de soledad y abandono que inspiraba, como si entre tanto bullicio de personas y vehículos se sintiera excluida de toda atención. La sensación melancólica me animó a conocer algo más de las circunstancias y azares de la vida de este árbol particular.

Por lo que respecta a la iglesia a la que la palmera está ligada, la palma puede considerarse afortunada porque es un templo muy antiguo, del siglo XIV, con una arquitectura de estilo gótico-mudéjar bien conservada que le valió ser declarado monumento nacional en 1912. Pertenece al culto católico romano y está bajo el patronazgo de Santa Catalina de Alejandría, una santa de biografía singular que está unida a la palmera por la simbología y por su país de origen.

Santa Catalina fue una mártir cristiana del siglo IV cuyo culto se difundió por toda Europa a partir del siglo VI. La biografía que se cuenta de ella es bastante sorprendente. Según consta en algunos textos hagiográficos, Catalina nació hacia el 290 en una familia noble de Alejandría (Egipto), donde seguramente estaría familiarizada con las palmeras datileras como la que ahora acompaña a su iglesia. Su gran inteligencia y los estudios que cultivó la situaron entre los poetas y filósofos de su época; y su pasión por la verdad la llevó a abrazar la fe de Cristo y convertirse en filósofa cristiana. Años más tarde, el emperador romano Maximino ordenó que la martirizaran y posteriormente decapitaran por negarse a celebrar sacrificios a los dioses de Roma y, lo más asombroso, por haber convencido con su elocuencia a los sabios de Alejandría para que también se convirtieran al cristianismo. Aunque debido a la falta de documentación comprobable, la existencia histórica de esta santa ha sido puesta en duda y hay historiadores que juzgan que fue una leyenda inventada como contrapeso a la figura de Hipatia de Alejandría, mujer instruida, docta y científica, de religión pagana, que murió linchada por los cristianos. La iglesia católica de Roma la reconoce oficialmente como una mártir, pero algunos de sus sectores no aceptan la veracidad de su biografía o de algunos detalles de la misma.

Debate de Santa Catalina con los filósofos de Alejandría.

Debate de Santa Catalina con los filósofos de Alejandría (anónimo del siglo XIX, iglesia de Santa Catalina de Messina, Italia).

Sea verídica o no su biografía, la figura femenina que descubro en la historia de Santa Catalina de Alejandría me resulta muy atractiva. Yo diría que era y es necesaria no como contrapartida a la figura de Hipatia, sino como arquetipo de mujer sabia (pensadora) y santa (espiritual) dentro de la comunidad cristiana en la que quizás no han abundado modelos femeninos de este alcance intelectual. En la iconografía, la santa aparece con la hoja de palma del martirio, un libro, una rueda y una espada.

Santa Catalina con la hoja de palma y demás atributos simbólicos.

Santa Catalina con la hoja de palma y demás atributos simbólicos (detalle de tabla del siglo XV por Miguel Ximénez).

Por desgracia, no puedo acceder a la iglesia de Santa Catalina para contemplar las imágenes de la santa en el retablo mayor y su escultura del siglo XVIII, pues está cerrada al culto desde 2004 debido al mal estado de edificio, sin que se haya realizado aún la restauración general que necesita. Este impedimento a mi investigación me disgusta, pero a los parroquianos les afecta mucho más, de hecho, hace años que están manifestando su profundo descontento de variadas maneras.

Centrándonos en el árbol, la palmera datilera tiene cualidades sobresalientes; es muy valorado como árbol frutal desde los tiempos remotos en los oasis de tierras desérticas y áridas.  Crece natural o se cultiva tradicionalmente desde el norte de África hasta Medio Oriente. El dátil es un fruto excepcional, muy nutritivo, capaz de garantizar la supervivencia de personas y animales en esos duros entornos. Además del fruto, la palmera en los oasis proporciona sombra, materia prima para la construcción, para confeccionar esteras y cestería  y combustible. La imagen de los oasis está asociada al agua y a la silueta peculiar de la palmera datilera, con su tronco cilíndrico sin ramificación coronado por un penacho de largas hojas color gris verdoso, que tan grabada tenemos en el imaginario colectivo. Sin embargo, este rasgo notable es también motivo de su decadencia porque el peso del penacho la inclina y un fuerte viento en días de tormentas puede tronchar el árbol, como le sucedió a otra palmera que existía en el jardincillo de Santa Catalina, aneja a la que es motivo de esta entrada. Otra característica interesante de la palma datilera es la separación de sexos, con árboles machos y árboles hembras, que florecen ambos en abril produciendo racimos de pequeñas flores blancas y olorosas.

Hoy en día, la palmera datilera está presente en los oasis de una amplia área desde Marruecos a Arabia. Egipto, donde nació la santa, es el mayor productor de dátiles del mundo. También ha sido introducida en países tropicales o subtropicales.  En España, el mayor palmeral es el de Elche, con más de medio millón de palmeras, reconocido Patrimonio de la Humanidad. Los árabes expandieron su cultivo no solo como árbol frutal, sino también como árbol de jardín ligado a la idea de paraíso.

En Sevilla empezó a utilizarse como árbol ornamental urbano a finales del siglo XVIII por su valor estético, su fácil aclimatación al clima y como símbolo de lugares cálidos. Con la generalización de su uso decorativo, al que con el tiempo se han incorporado otras especies de palmeras,  hoy es un elemento vegetal importante de la ciudad de Sevilla pues le confiere carácter al paisaje urbano y ha configurado varios espacios emblemáticos como la Avenida de la Palmera, plantada con datileras en la década de 1920 a 1929, con ocasión de la Exposición Universal.

Como árbol espiritual, la palmera es un símbolo lleno de significados, asignados por los diversos pueblos donde crece. Para los árabes, por su elevado valor para la subsistencia, es un árbol bendito y símbolo de vida. En Egipto se le relacionó con el renacimiento, la durabilidad, el dios sol y diversas deidades femeninas, y es el emblema del Alto Egipto. En la tradición que nos interesa, la cristiana,  simboliza la entrada victoriosa de Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos (Palm Sunday, “Domingo de las Palmas” en inglés) y la victoria de la fe sobre la muerte al terminar el drama del Calvario, y se expresa con el rito de colocar hojas de palmera bendecidas en los balcones. Como alegoría del triunfo sobre la muerte en defensa de la fe, la hoja de palmera es uno de los atributos con los que se representa a Santa Catalina y a muchos mártires, la “palma del martirio”. Y por su tronco derecho, recto y sin ramificaciones es también símbolo e inspiración de fe, perfección e inmortalidad.

La palmera datilera o palma común es, pues, un árbol cargado de historia, vinculada a su carácter productor de alimento en zonas desoladas, a su integración cultural como elemento del paisaje y a su riqueza simbólica.  Un árbol apreciado, deseado, incluso soñado como materia del paraíso.

Palmera y torre mudéjar.

Palmera y torre mudéjar.

Vuelvo a la calle de Sevilla, a alzar la vista a la palmera junto a la iglesia de la sabia santa. Ya no es el mismo árbol para mí. Ahora la valoro de otra forma. Y ahora entiendo su melancolía. Como árbol de iglesia, está bajo el amparo de una santa, sin la certeza de si existió o fue leyenda; junto a una iglesia monumento nacional, sin la seguridad de si se restaurará o acabará derruida; y sin feligreses a los que inspirar perfección ni mostrar orgullosa su ascenso espiritual y su cercanía al cielo. Una palmera que tuvo devota compañía y ahora está sola. Pero siempre habrá, lo sé, buscadores de árboles que la admirarán conscientes de su mérito y su historia.

 

 

Escrito por Rosa, jueves 28 marzo 2013

Palmeras de Sevilla

Santa Catalina de Alejandría

Mujeres mártires de la Antigüedad, por Meldelen

Imagen de Santa Catalina por Miguel Ximénez

Símbolos de la palmera

Iglesia Santa Catalina de Sevilla

Campaña para restaurar la iglesia

Invocar a Nim

De viaje por la India en diciembre de 2010 recalamos en Anantapur, estado de Andhra Pradesh, para visitar la Fundación Vicente Ferrer y conocer in situ los proyectos que desarrolla en ese distrito indio. Uno de los lugares que conocimos fue el centro de Planificación Familiar, un pequeño hospital donde se realizan intervenciones quirúrgicas a mujeres recientemente paridas que no desean concebir más hijos y se ayuda así a regular la tasa de natalidad de la región.

Baño de bebé

Baño de bebé

Llegamos al hospital a la hora justa en la que las abuelas de los recién nacidos bañan a sus nietos al estilo tradicional, mientras las madres convalecientes guardan cama. La forma tradicional india de bañar a los bebés es realmente sorprendente y colorista, todo un espectáculo que nos encantó conocer.

Después de asistir al baño y saludar a las abuelas, nuestra amable intérprete Satya Lakshmi nos condujo por el jardín del hospital hasta un árbol de Nim, y nos contó que cada noche las abuelas se reúnen a su alrededor a rezarle plegarias. Invocan la ayuda del árbol para que sus hijas se restablezcan pronto de las operaciones. El árbol de Nim, nos dijo, tiene numerosas propiedades medicinales y es uno de los árboles sagrados de la India.

Era extraño estar junto al árbol escuchando testimonios de su veneración y observando evidencias de los ritos. A los cuatro lados de la base del tronco, en lo que parecían altares, había unos mandalas pintados en el piso; eran signos indescifrables para mí pero revelaban el dominio de un lenguaje antiguo de comunicación con el árbol por parte de esas mujeres que a mí se me escapaba. La escena me sobrecogía un poco por lo desacostumbrada y a la vez me fascinaba. La idea misma de encontrarme delante de un árbol sagrado me causaba perplejidad. En un intento por comprender el significado de todo aquello, abrí mis sentidos e inhalé profundamente, con el deseo de aspirar junto con el aire la esencia de la invocación a Nim y averiguar su sentido. Mas solo pude registrarlo en fotos y guardar las impresiones en mi memoria, prometiéndome indagar más sobre ese culto cuando tuviera ocasión.

Mandalas al pie de cada altar.

Más tarde, de vuelta del viaje, investigué. Y descubrí que el árbol de Nim corresponde a la especie Azadirachta indica, nativa de India, Pakistán y Bangladesh, una especie extendida por toda la India porque da buena sombra y abastece de múltiples recursos medicinales y otros diversos productos. Neem es su nombre hindi; en inglés es neem e Indian lilac; en América tropical se cultiva y se ha castellanizado el nombre como Nim, también se le conoce como margosa, lila india y paraíso de la India. Es un árbol de la familia Meliácea a la que pertenece el árbol del paraíso (Melia azedarach), una especie ornamental frecuente en las calles y parques de nuestras ciudades.

Árbol de Nim, con cuatro altares blancos en la base del tronco.

Árbol de Nim, con cuatro altares blancos en la base del tronco.

También hallé que se aprovechan todas las partes del árbol: las hojas, flores, frutos, semillas, ramas y corteza. Que las ramitas jóvenes se usan en toda India como cepillos de dientes por sus virtudes para la salud bucal. Y que se le reconoce una gran variedad de propiedades medicinales: antibacterianas, antidiabetes, antiparásitos, antivirales, antifúngicas, insecticidas, antirreumáticas y para combatir afecciones de la piel como eccemas, tiña, caspa, lepra, viruela y sarna. Asimismo el árbol de Nim es considerado un buen purificador del aire y un excelente repelente de insectos. Por todos estos servicios sanitarios, la población  lo valora como “farmacia de la aldea” y “farmacia de la naturaleza”.

Considerando los abundantes recursos para la salud que el Nim aporta, no me extraña que los indios le manifiesten agradecimiento. Si nos trasladásemos por un momento a una zona rural de India donde no hay agua corriente, luz, condiciones higiénicas, farmacia, asistencia médica ni seguro social, podemos entender fácilmente que un árbol que proporciona tantos beneficios para la salud infunda en la gente sentimientos de gratitud. En la sencillez de unas vidas muy dependientes de la naturaleza de su entorno, los seres humanos de la India rural viven la presencia del árbol de un modo muy distinto a nosotros. Desde su perspectiva, parece comprensible que lo estimen como un ser superior, y que le muestren respeto en la forma ceremoniosa a la que están acostumbrados: llevándoles ofrendas y rogándole ayuda y bendición.

Y descubro también que un “gran árbol” en cualquier aldea india es una presencia central que aúna el símbolo de poder de la comunidad y el reconocimiento de la supremacía de la naturaleza. Desde tiempos inmemoriales los árboles y animales han obtenido así el carácter sagrado. Pero los dones materiales o la presencia grandiosa de los árboles no son únicamente los que le atribuyen ese carácter sagrado, sino también la creencia popular de que todas las plantas son seres conscientes con personalidad propia, habitadas por dioses o espíritus divinos. En textos muy antiguos, como los Puranas, aparecen ya leyendas asociadas a los principales árboles venerados en la India desde los tiempos remotos. El árbol de Nim también cuenta con leyendas de este tipo. Una de las que más me ha llamado la atención relata la creencia de que las seis diosas que regulan las enfermedades viven en el árbol, estas diosas  protegen de las enfermedades pero también tienen el poder de provocar afecciones y dolencias a personas de comportamiento pecaminoso, por ejemplo, a quienes mienten bajo su copa. Las mujeres les rezan cuando tienen enfermos en la familia y cuando se extienden las epidemias en los períodos de fuertes lluvias. En sus ritos les cantan plegarias y les dejan ofrendas, especialmente hojas, flores o frutos.

Desde nuestra posición de occidentales, venerar a un árbol suena a ignorancia, creencia, primitivismo y superstición, algo propio de personas sin formación. Sin embargo admito que a mí, europea de España, me maravilla esa relación con el árbol. En cierto modo echo de menos que no tengamos tiempo ni ocasión para agradecer a los árboles lo que nos dan, como si todavía tuviera en mi memoria recuerdos frescos de los ritos que nuestros antepasados europeos mantenían con los árboles tiempos atrás. En nuestra vida cotidiana de hoy, urbanizada, industrializada e informatizada, no somos conscientes de cuántos de los productos que usamos provienen de los árboles. No enfocamos nuestra conciencia totalmente en nuestros actos diarios como respirar, comer, pasear o cualquier otro. Sino que normalmente los realizamos pensando en otras cosas o pendientes de unas pantallas (televisión, ordenador, teléfono móvil…). ¿Quién se acuerda cada día de que el aire que respiramos es mucho mejor gracias al oxígeno que proporcionan los árboles de nuestras ciudades y al dióxido de carbono que fijan?

En la India los árboles no son invisibles. Tienen una presencia notable. Me gustaría que en nuestras latitudes la tuviesen también, porque un gran árbol es un ser extraordinario. No tiene que ser morada de dioses ni de espíritus para que inspire respeto y veneración. Recordemos que un significado de veneración, según la Academia de la Lengua (RAE), es “respetar en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o por lo que representa o recuerda”. ¿Acaso los árboles, como el árbol de Nim, no son seres admirables de sobresalientes cualidades que representan la grandeza de la naturaleza? ¿Y no nos recuerdan nuestra propia grandeza?

Febrero de 2013, en la Revista Informativa de la Fundación Vicente Ferrer del año 2012, leo la noticia de que el centro de Planificación  Familiar de Anantapur, tras 20 años de practicar la cirugía abierta para regular la natalidad, ha sustituido esta práctica por la laparoscopia, que no necesita el ingreso de las pacientes. Por lo que, salvo la sala de intervenciones, el centro se está rehabilitando para convertirlo en una academia de formación profesional para jóvenes. Ya no se podrá contemplar allí la hermosa escena del baño tradicional de recién nacidos. Ni los ritos de las abuelas alrededor del árbol venerado. Y me pregunto qué pasará con él. ¿Invocarán salud a Nim las jóvenes estudiantes para terminar felizmente sus estudios profesionales?

 

Agradezco a la Fundación Vicente Ferrer la inolvidable y gratificante experiencia de conocer los proyectos que desarrolla en Anantapur y animo a los lectores de este blog a que los conozcan. Doy las gracias también a las mujeres indias por respetar a los árboles de Nim.

 

Escrito por Rosa, jueves 14 marzo 2013

Fundación Vicente Ferrer

Veneración a la naturaleza

Descripción de la biología y los usos del árbol de Nim