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La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

________________
¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)

Nuestra Señora del Roble

Paseando por arboledas, a veces llego a lugares en los que de repente siento una indescriptible impresión que me obliga a detenerme. Puede que sea la majestuosidad de un árbol concreto que parece hablarme, o bien la luz, o la atmósfera como de encantamiento que suscita un recoleto grupo de árboles. Lo cierto es que me siento traspuesta; mi mente se acalla de inmediato y mi ánimo da como un salto hacia dentro, donde reside mi consciencia más profunda de ser; me sumerjo en un repentino éxtasis ante la belleza conmovedora de los árboles.  En esos momentos puedo comprender la admiración y reverencia que sintieron por los árboles los pueblos antiguos, pues su poder silencioso me alcanza.

Un día de primavera, explorando las arboledas alrededor del pueblo de Constantina (Sierra Norte de Sevilla), descubrí la ermita de la Virgen del Robledo. Ya conocía advocaciones de la Virgen relacionadas con el mundo vegetal, sin embargo, desde que escribo este blog, era la primera vez que me encontraba en un lugar concreto donde se había manifestado esta misteriosa relación Virgen-Árbol. La visita al santuario me indujo la reflexión sobre el vínculo espiritual de los árboles y arboledas con la figura de la Virgen María en la tradición católica y su hipotética conexión con veneraciones a los árboles sagrados de los tiempos precristianos.

Ermita_Robledo_Constantina

En la religión católica la Virgen María recibe muchos nombres complementarios o advocaciones que la relacionan con árboles. En esos casos los nombres de árboles o de formaciones boscosas se añaden a “Virgen”, “Santa María” o “Nuestra Señora”. El origen de estas denominaciones casi siempre está vinculado a apariciones de la Virgen sobre las ramas de algún árbol o a los hallazgos de imágenes marianas escondidas en oquedades de troncos. Son sucesos envueltos en cierto misterio que suelen ir acompañados de episodios milagrosos y del inicio de una fervorosa devoción popular, con la consiguiente edificación de una ermita o santuario en el lugar arbolado.

El culto a estas advocaciones marianas relacionadas con sitios boscosos o con algún árbol, está bastante extendido por Europa y América. En España, se puede encontrar toda una variedad de advocaciones arbóreas de la Virgen, que son usadas como nombres propios de mujeres y niñas.  Como ejemplos de nombres con árboles, se pueden citar la Virgen del Pino, del Olmo, del Sauce, del Fresno, del Enebro, de la Sabina, de la Palmera (o de la Palma), de la Higuera, del Almez y del Tejo; y de nombres con arboledas, la Virgen del Hayedo, de la Olmeda, del Pinar y del Enebral. También existen advocaciones relativas a especies cultivadas como la Virgen del Castaño, del Cerezo, del Manzano, de la Oliva, del Olivar, del Avellanar y de la Nuez¹.

Los árboles que más veces aparecen en las advocaciones marianas son los cuercos (especies del género Quercus), tanto los robles (Virgen del Roble, del Robledo, de la Carballeda, del Carballo, del Rebollet y del Roure), como la encinas (Nuestra Señora de la Encina, del Encinar o del Carrascal). Hay que recordar que en Europa el roble era venerado como árbol sagrado durante los tiempos precristianos.

Me he detenido a explorar con más  atención tres ejemplos de esta asociación de la Virgen con el roble. La más cercana es la Virgen del Robledo de Constantina (en la provincia de Sevilla donde resido, en España), la segunda es Nuestra Señora del Roble, al otro lado del Atlántico, en México, y por último, María del Roble en Alemania. Tres historias diferentes pero con mucho en común.

Virgen del Robledo, Constantina, España

La leyenda cuenta que:

Virgen del RobledoEn el  paraje conocido como “El Robledal”, un joven pastor llamado Melchor estaba cuidando sus ovejas y de repente vio en un roble un intenso resplandor, al acercarse  descubrió a la Virgen María encima de las ramas del árbol.  Fue a contarlo al pueblo, pero nadie le creyó y el cura de la parroquia le pidió alguna prueba. El pastor volvió hasta el roble y la Virgen le dijo que cuando regresara al pueblo los vecinos se habrían curado de la peste bubónica, que entonces azotaba a la villa, y que ante el sacerdote se descubriera el pecho. 

Cuando llegó a Constantina le dijeron que los enfermos habían sanado y, al encontrarse con el cura, se descubrió el pecho y tenía una rosa grabada en su piel. Entonces, todos los vecinos del pueblo se dirigieron al árbol de la aparición a rezarle a la Virgen. Poco después, en ese lugar se levantó una pequeña ermita para darle culto. La imagen, tomó el nombre de la arboleda “Virgen del Robledo” y con el tiempo se convirtió en la Patrona de la localidad.

La Hermandad de Nuestra Señora del Robledo de Constantina data de antes de 1568. La primera imagen de la Virgen fue destruida en 1936 (durante la Guerra Civil); en 1937, el imaginero Castillo Lastrucci realizó una talla que es la que hoy se conserva.

Cada agosto la Virgen es trasladada desde la ermita a la parroquia de la villa y el último sábado de septiembre se le devuelve a su ermita en romería popular.

Nuestra Señora del Roble, Monterrey, México

La leyenda cuenta que:

En 1592, el misionero franciscano Fray Andrés de León, antes de salir a evangelizar una tribu cercana, colocó una imagen de la Virgen en una oquedad de un roble para protegerla de las incursiones de los indígenas nómadas hostiles. Poco después, el ataque de tribus próximas o la rebelión de los indios evangelizados obligó a los misioneros y conquistadores a abandonar la misión a toda prisa sin recoger la imagen, que quedó allí abandonada. 

Años más tarde, alrededor de 1626, cuando ya se había fundado la ciudad de Monterrey (México), una pastorcita que cuidaba un rebaño de cabras oyó que la llamaban insistentemente desde un roble y se acercó con curiosidad al lugar de donde procedía la vocecilla misteriosa. Para su sorpresa, encontró en la oquedad del tronco la pequeña imagen de la Virgen María envuelta en luz  y desprendiendo un suave olor. Rápidamente corrió y avisó a sus padres y al cura, quien se convenció de la veracidad de la manifestación de la Virgen y pidió a sus feligreses que llevaran en procesión la imagen mariana a la iglesia parroquial. 

Mural Basilica del Roble 2

Pero a la mañana siguiente la Virgen no estaba en la parroquia, sino que había vuelto al mismo hueco del roble donde la niña la hallara. El hecho se repitió tres veces, por lo que finalmente decidieron edificar un templo donde estaba el árbol.

Hoy, en el lugar de la primera capilla, existe la basílica de Nuestra Señora del Roble, con el campanario más alto de todo México, donde se sigue venerando la misma imagen que encontró la pastorcilla hace 400 años. La figura es una pequeña escultura de 58 cm, hecha de una mezcla de corazones de maíz y bulbos de flores, el material que usaban los escultores indígenas del siglo XVI.

La Virgen de Roble también es conocida como la Virgen de la Frontera, la Reina del Norte y la Virgencita Reinera porque a ella no solo acuden devotos de Monterrey sino de todos los pueblos fronterizos que vienen a pedirle protección y consuelo. Tiene dos fiestas, la de mayo, por su coronación,  y la del 18 de diciembre, como Patrona de Monterrey.

María del Roble (Maria Eich), Planegg, Alemania

En la región alemana de Baviera, a 32 km al sur de Múnich, en el municipio de Planegg, se encuentra un santuario dedicado a María del Roble (Maria Eich en alemán). La ermita se encuentra en un área forestal recreativa (Kreuzlinger Forest), en mitad de una arboleda de robles y tilos. Esta es su leyenda:

En 1710, los dos hijos jóvenes de un herrero realizaron una pequeña estatua de hierro (de solo 20 cm) de la Madre María. Colocaron la estatua en el hueco de un viejo roble, pero con el paso del tiempo la “Virgencita del Roble” fue olvidada.

Tiempo después, dos chicas encontraron la estatua de la Virgen, que ya era apenas visible pues el roble había crecido y casi engullido la pequeña figura mariana. Las dos jóvenes padecían una terrible enfermedad y, por eso, se arrodillaron y le pidieron a María que recobraran su salud. De forma milagrosa las jóvenes se curaron y, como reza el lema, ¡María las ayudó! 

maria-eich-1932Para expresar su gratitud, el padre de las dos jóvenes, levantó una sencilla capilla de madera frente al roble, tomó la estatua del tronco y la colocó dentro de la capilla. 

Hoy en día el santuario es una iglesia pequeña, construida en 1958 y ampliada  en 1966. Detrás del altar, donde se venera a la imagen de María, se accede a una habitación donde está el tronco del árbol centenario que sale hacia el cielo por un agujero en el techo de la habitación. En las paredes y techo hay cientos de postales y cartas escritas por los peregrinos pidiendo ayuda o agradeciendo los favores concedidos². La ermita es cuidada por unos monjes agustinos que viven en un convento edificado junto a la ermita.

Huellas de tradiciones y símbolos antiguos

El culto y la peregrinación en santuarios inmersos en bosques son prácticas que se repiten a lo largo y ancho del mundo católico. Pueden reconocerse algunas trazas de tradiciones de otras épocas con las que guardan conexión.

En las sociedades antiguas la gente dependía de los bosques, los árboles eran importantes elementos de su ambiente. Personificaban el ciclo mismo de la naturaleza. Por ello, los diversos pueblos los eligieron para simbolizar el cosmos, la vida, la inmortalidad y la sabiduría. Los árboles expresaban todo lo que se consideraba sagrado y lo encarnaban ellos mismos. Eran los intermediarios entre la tierra, donde están enraizados, y el cielo, hacia donde apuntan sus copas; representaban el paso de la consciencia humana desde el nivel de la existencia cotidiana a un nivel superior, más próximo a la perfección, a lo espiritual o a lo divino.

Por su marcado poder simbólico, las arboledas y los árboles portentosos fueron los primeros santuarios donde los habitantes se reunían a expresar su espiritualidad y a comunicarse con lo sagrado. También fueron lugares de importancia social, pues alrededor del árbol se celebraban actos y rituales de interés para la comunidad como la impartición de justicia, la resolución de conflictos o los nombramientos de jefes.

Con la llegada de los primeros misioneros cristianos, muchos árboles sagrados fueron destruidos, tanto en Europa (en especial en la antigua Germania³) como en América. Sin embargo, se podría asegurar que el mito del árbol sagrado en general, y del roble sagrado en particular, y su ancestral sentido simbólico ha perdurado en la consciencia colectiva. Tal vez en el origen de las numerosas apariciones y hallazgos marianos haya una llamada desde el fondo de la consciencia colectiva a volver a la sencilla espiritualidad en torno a los árboles y a la naturaleza como representantes de lo sagrado.

Por otro lado, el símbolo cristiano de la Virgen María tiene algo en común con los árboles. En el santuario de María del Roble (Alemania), de una forma popular y espontánea, los peregrinos han creado un modo de comunicar sus peticiones de ayuda o su gratitud por la intervención divina escribiendo notas dirigidas a María. El papel de María, como mediadora entre los fieles y el ser supremo Dios Padre, recuerda al del árbol como enlace entre la tierra y el cielo. Ambos son concebidos como puertas de acceso al poder divino.

Otra interpretación simbólica que me resulta interesante, es la que relaciona a la figura de la diosa femenina con elementos de la naturaleza. La figura maternal y protectora de María podría ocupar el papel de cultos antiguos dedicados a diosas de la naturaleza como Diana/Artemisa y otras. Existen advocaciones marianas en relación a cuevas, manantiales y otros elementos de la naturaleza. Igual que el árbol, en estas advocaciones, María puede verse como pura manifestación de la naturaleza, una abertura a través de la cual, como del árbol o del manantial, emana la energía de la diosa madre Tierra, maternal, generosa, vital, sanadora y renovadora.

En los tres casos referidos de culto a Virgen con Árbol, el encuentro con las imágenes o las apariciones milagrosas son protagonizados por niños y jóvenes de clase humilde, lo que suscita a pensar que el espíritu abierto, la inocencia y la sencillez son las cualidades necesarias de los peregrinos para acceder a la consciencia espiritual y al misterio de lo trascendente. Lo que nuevamente nos recuerda el modo de vida de las sociedades antiguas, más en contacto con la naturaleza, que favorecía la conexión con estados más elevados de la consciencia.

Epílogo

En lo más profundo de nuestra tradición cultural y religiosa pueden estar ocultos árboles invisibles. En un nombre que se hereda de abuela a nieta, como María del Robledo o María de la Palma (mi segundo nombre), o en una romería, que es una fiesta colectiva, expresión de la espiritualidad popular espontánea y de la cohesión de la comunidad.

"Sacred grove" por Greg Olsen.

Fragmento de “Sacred grove” por Greg Olsen.

Después de indagar en el misterio de la Virgen del Robledo y otras imágenes afines, me reafirmo en mi tesis inicial: existe un vínculo intemporal que une a nuestro espíritu con los árboles. Es un vínculo invisible pero potente, que puede manifestarse en un tranquilo recodo del camino boscoso o en un santuario retirado presidido por Nuestra Señora del Árbol; claro que solo lo percibiremos si nos abrimos al misterio como niños.

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¹ Mi amigo antropólogo Pedro Cantero me facilitó la referencia del artículo sobre advocaciones marianas relacionadas con plantas, en el que citan más de 70 relativas a árboles y más de 100 santuarios: R. Morales y L. Villar, Advocaciones de la Virgen con referencia al mundo vegetal, Revista de Folclore, 270: 212-216, año 2003.
² Artículo que describe la sociología del culto a Maria del Roble en Planegg, Alemania: D.B. Lee, Maria of the Oak: Society and the problem of divine intervention, Sociology of Religion, 70: 213-231, año 2009.
³ La leyenda de San Bonifacio cortando el árbol sagrado de los germanos se comenta en el post Siempreverdes en Navidad. En el texto latino de Tácito sobre Germania, se recoge la veneración de los árboles sagrados; ver el post Arminio y los bosques de Germania.


Escrito por Rosa, jueves 30 de octubre de 2014.

Enlaces

Post sobre cuercos (especies del género Quercus) en este blog.

Santuario Virgen del Robledo, Constantina, España.

Basílica Nuestra Señora del Roble, Monterrey, México.

La magia de los árboles de Ignacio Abella. Integral. Edición de1999. 

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus_JMurilloLa mayoría de los árboles ornamentales nos agradan por sus cualidades estéticas. Solemos admirar la forma, el tamaño, el color y textura de copa, flores, hojas y tronco, el aroma de las flores o la buena sombra que brindan. Sin embargo, unas pocas especies poseen un atributo de otra índole, menos frecuente, que valoro especialmente: la capacidad de conmovernos. Son aquellos que poseen una presencia tan notable que inspiran sobrecogimiento, que de algún modo nos tocan el alma. Uno de estos árboles es la higuera australiana o higuera de Bahía Moreton (Ficus macrophylla), una higuera gigante tropical que crece bien en Sevilla y engrandece con su carácter monumental el atractivo vegetal de esta ciudad.

La higuera australiana posee rasgos de la exuberante vegetación tropical: es siempreverde; de gran tamaño (de 15-20 metros de altura en Sevilla y hasta 50m. en su región de origen); porte corpulento; copa densa y expansiva; hojas grandes verde oscuro brillante; y tronco fuerte y grueso, del que emergen unas vistosas y sorprendentes raíces tabulares. Entre los árboles urbanos, llama la atención por la sensación de fuerza y poder de la naturaleza que transmite.

Es una especie nativa de la costa oeste de Australia y de la isla de Lord Howe (Mar de Tasmania). Una de las zonas de Australia donde más abunda es la Bahía de Moreton, en Queensland, por esa razón es conocida como higuera de Bahía Moreton. También se le llama ficus australiano, banyan o baniano australiano y en el lenguaje popular, simplemente ficus.

Comparado con los árboles nativos de la región mediterránea, es un árbol de dimensión gigante por altura y frondosidad. Pero lo que le otorga el aire monumental es el entramado leñoso formado por el grueso tronco y las diversas raíces: las  aéreas que cuelgan de las ramas, las tabulares que nacen del tronco y las superficiales que se extienden sobre la tierra.  Es un árbol de raíces.

Las raíces aéreas son propias de las higueras tipo baniano. Este tipo de árboles dispersa sus semillas por medio de las aves, que las depositan en la copa de los árboles, donde germinan con menos competencia por la luz que en tierra. Cuando crece, al principio como epifita, echa raíces aéreas hasta alcanzar el suelo. Con el tiempo, envuelve al árbol huésped y puede causarle la muerte, por esto se les llama también árboles “estranguladores”. El auténtico banyan o baniano (Ficus benghalensis) suele emitir muchísimas raíces aéreas y ocupar extensiones enormes; son “árboles columnares”. En el Jardín Botánico de Howrah, cerca de Calcuta, hay un baniano de 250 años, conocido como “Great Banyan” cuya circunferencia mide medio kilómetro y tiene cerca de 3000 raíces aéreas.

Gran baniano de Calcuta, India. Autor: Biswarup Ganguly.

Gran baniano de Calcuta, India. Foto: Biswarup Ganguly.

Las espectaculares raíces tabulares de esta higuera, que parten del tronco, le dan al árbol un aspecto muy sólido pues recuerdan a las columnas de las catedrales góticas. Su función parece ser diversa: anclar el árbol en los suelos húmedos y poco profundos de la selva; dar soporte al árbol; disminuir el vaivén del follaje frente a los vientos huracanados tropicales; o recoger nutrientes de los restos caídos del árbol en los rincones que las mismas raíces crean. Por otra parte, las raíces superficiales en su búsqueda de agua se extienden como una red, aunque contribuyen también al soporte del inmenso árbol. El sistema radicular complejo de este ficus es fuerte y dinámico, muy útil en el bosque tropical, pero como árbol ornamental puede ocasionar problemas en edificaciones y pavimentos, por lo que conviene plantarlo en espacios anchos y abiertos, no cerca de edificios ni acerado.

el-arbol-cartelEl crecimiento vigoroso de este árbol se muestra muy bien en la película franco-australiana El árbol (2010) de la directora francesa Julie Bertuccelli, protagonizada por la actriz Charlotte Gainsbourg y basada en la novela de Judy Pascoe Our Father Who Art in the Tree (“Padre Nuestro que estás en el Árbol”). La acción está situada en Queensland, Australia. Una higuera de Bahía Moreton es protagonista esencial en la historia, un pilar de la tensión dramática. Frente al esfuerzo de una familia por superar la pérdida del padre, la higuera gigantesca con su tenaz expansión representa la fuerza de la naturaleza, el incesante impulso para continuar hacia delante con el proyecto vital. El relato me gusta mucho, entre otras razones, porque pone de manifiesto la hondura de la relación que un árbol puede llegar a inspirar en la vida de las personas. El árbol real filmado es una higuera de Bahía Moreton (llamado “Teviotville Tree”) de 130 años, que crece en la localidad de Teviotville, cuyas admirables dimensiones cautivaron a los cineastas de la película.

 La higuera de Bahía Moreton presenta otras peculiaridades características del género Ficus, al que pertenece. Es un género de gran éxito en la naturaleza pues comprende alrededor de 1000 especies de plantas, repartidas por las regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo. Lo más destacable es su fruto, conocido como higo. En realidad, se trata de un receptáculo carnoso llamado sicono que contiene en su interior multitud de pequeños frutos. La fecundación de estos frutos es un fenómeno apasionante de la biología pues se realiza a través de un eficaz mutualismo entre estos gigantescos árboles y unas diminutas avispas polinizadoras. Cada especie de ficus o higuera es polinizada por una especie de avispa y cada especie de avispa solamente puede reproducirse dentro de una especie de higuera; la higuera australiana es polinizada por la avispa Pleistodontes froggatti.

Entre los árboles llamados higueras, hay especies muy conocidas y de gran valor comercial y cultural. La higuera común (Ficus carica), originaria del Mediterráneo y oeste de Asia, ha sido cultivada desde tiempo inmemorial por sus higos y brevas, los únicos sabrosos, y forma parte de la cultura iconográfica occidental. La higuera sagrada o higuera de las pagodas (Ficus religiosa), natural de India, Nepal y China, es venerada por budistas, hinduistas y jainistas, y según la tradición bajo una de ellas Buda alcanzó la iluminación. El banyan o baniano (Ficus benghalensis), procedente de India y Bangladesh, también es venerado como árbol sagrado en India y es muy apreciado por la sombra que proporciona su muy extensa copa. El sicomoro (Ficus sycomorus), de África central, fue muy estimado en el Antiguo Egipto; en la actualidad está extendido por África, plantado por su sombra y múltiples usos. La higuera australiana o de Bahía Moreton (Ficus macrophylla) es apreciada por los aborígenes australianos en su lugar de origen; es muy usada como ornamental en regiones de climas suaves, como el mediterráneo, pues aunque los frutos no son comestibles y la madera es blanda y quebradiza, su valor ornamental es muy alto.


Palabras para hablar de higueras
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En España, el vocablo “higuera” se usa para referirse a la higuera común (Ficus carica), cultivada y espontánea en nuestra latitud, cuyos frutos (higos o brevas, según el tiempo de maduración) consumimos. El término “ficus” procede del latín y significa higo y también higuera; es el término científico que eligió Linneo para nombrar el género botánico al que pertenecen la higuera y otras 1000 especies relacionadas. Para evitar la confusión con la higuera común, a las especies ornamentales de origen tropical se les llaman “ficus” y así lo ha aceptado la Real Academia Española: “planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante”.  Expresiones como “higuera australiana” (Australian fig) o “higuera de Bahía Moreton” (Moreton Bay fig) son traducciones de otras lenguas que han sido introducidas con el comercio de especies ornamentales y no son todavía de dominio común.

El termino “baniano” procede del término inglés banyan. Los primeros viajeros europeos en India observaron que la sombra del árbol Ficus benghalensis era frecuentada por “banias” (como se denomina a los mercaderes en India). De hecho, esta especie ha sido usada desde antiguo para dar sombra en enclaves de descanso de las rutas comerciales; en las aldeas y pueblos, bajo su sombra se llevan a cabo muchas de las actividades de la comunidad. Los escritores ingleses comenzaron a hablar del árbol banyan, el árbol bajo el cual los mercaderes hindúes hacían sus tratos comerciales. Con el andar del tiempo, “banyan” llegó a convertirse en el nombre del árbol mismo. En la literatura botánica en español a veces se encuentra el término original inglés “banyan” y otras veces la forma castellanizada “baniano”. Aunque la Real Academia Española solo acepta “baniano”, con el significado de “comerciante de la India, por lo común sin residencia fija”.

En otro sentido, la higuera australiana aparece erróneamente identificada como árbol de las lianas (Coussapoa dealbata) en diversas fuentes documentales relativas a árboles de Sevilla. En este caso es un error de identificación, no de denominación. Posiblemente el parecido del árbol de las lianas con una subespecie de higuera australiana, la subespecie columnaris, nativa de la isla de Lord Howe, que se caracteriza por la emisión de numerosas raíces aéreas y que a veces se cultiva en jardines haya inducido a la equivocación.


Las higueras monumentales en Sevilla

Apenas hay testimonios escritos que documenten la implantación de esta higuera tropical en Sevilla. No obstante, ha sido un acierto, pues el clima le viene bien y hoy en día existen magníficos ejemplares repartidos por varios puntos del entorno histórico. En el Parque de María Luisa, los Jardines de Murillo, la avenida María Luisa, la calle Palos de la Frontera, la plaza de San Pedro y la Plaza del Museo, entre otros, puede disfrutarse de estos árboles. De hecho, algunos situados en plena ruta turística, se han convertido en escenario obligado de fotos y “selfies”.

Ficus_Palos

El vigoroso crecimiento y su enorme tamaño parecerían indicar que son árboles muy viejos, sin embargo, por las fechas en que se ajardinaron los Jardines de Murillo o la plaza de San Pedro, estos majestuosos ejemplares debieron ser plantados en los años veinte del siglo pasado; es decir apenas son centenarios. Como árbol urbano, la madera quebradiza es débil frente a los vientos y con frecuencia se producen desgarros de ramas grandes, por lo que hacen necesarios las podas.

Tengo la suerte de vivir en el centro histórico de Sevilla, rodeada de higueras monumentales. Paso a diario junto a algunas de ellas. Las saludo, las miro con mimosa atención, me expongo a su influencia, me dejo tocar el alma. Recientemente guié a un grupo de personas en un paseo arbóreo por el Parque de María Luisa, en el marco de la celebración de los Jane’s Walks Sevilla, y tuve ocasión de confirmar la facilidad de estas higueras para conectar con personas receptivas a los árboles. Cuando nos colocamos alrededor del tronco y cada participante se acopló en un hueco entre dos raíces tabulares, hubo un encuentro con el árbol de una manera profunda y orgánica, como si fuéramos seres silvestres felices en el acogedor retiro del árbol magnánimo.

Foto: Salas Mendoza Muro

Foto: Salas Mendoza Muro

Las higueras gigantes que vinieron de Australia son árboles cultivados que conservan algo salvaje. Poseen tal energía y fuerza que nos sustraen de nuestra realidad moderna y nos conectan a los arrullos primordiales de la selva, aquellos que solíamos escuchar en el silencio profundo cuando conversábamos con los árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de mayo de 2014.


FUENTES

Flora ornamental española. Las plantas cultivadas en la España Peninsular e Insular. Tomo II . José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres (Coord.). Sevilla, Consejería de Agricultura y Pesca; Madrid,  Mundi-Prensa, 2002.

El árbol (2010). Julie Bertuccelli.

Paseo de Jane’s Walks Sevilla, mayo 2014.

 

Invocar a Nim

De viaje por la India en diciembre de 2010 recalamos en Anantapur, estado de Andhra Pradesh, para visitar la Fundación Vicente Ferrer y conocer in situ los proyectos que desarrolla en ese distrito indio. Uno de los lugares que conocimos fue el centro de Planificación Familiar, un pequeño hospital donde se realizan intervenciones quirúrgicas a mujeres recientemente paridas que no desean concebir más hijos y se ayuda así a regular la tasa de natalidad de la región.

Baño de bebé

Baño de bebé

Llegamos al hospital a la hora justa en la que las abuelas de los recién nacidos bañan a sus nietos al estilo tradicional, mientras las madres convalecientes guardan cama. La forma tradicional india de bañar a los bebés es realmente sorprendente y colorista, todo un espectáculo que nos encantó conocer.

Después de asistir al baño y saludar a las abuelas, nuestra amable intérprete Satya Lakshmi nos condujo por el jardín del hospital hasta un árbol de Nim, y nos contó que cada noche las abuelas se reúnen a su alrededor a rezarle plegarias. Invocan la ayuda del árbol para que sus hijas se restablezcan pronto de las operaciones. El árbol de Nim, nos dijo, tiene numerosas propiedades medicinales y es uno de los árboles sagrados de la India.

Era extraño estar junto al árbol escuchando testimonios de su veneración y observando evidencias de los ritos. A los cuatro lados de la base del tronco, en lo que parecían altares, había unos mandalas pintados en el piso; eran signos indescifrables para mí pero revelaban el dominio de un lenguaje antiguo de comunicación con el árbol por parte de esas mujeres que a mí se me escapaba. La escena me sobrecogía un poco por lo desacostumbrada y a la vez me fascinaba. La idea misma de encontrarme delante de un árbol sagrado me causaba perplejidad. En un intento por comprender el significado de todo aquello, abrí mis sentidos e inhalé profundamente, con el deseo de aspirar junto con el aire la esencia de la invocación a Nim y averiguar su sentido. Mas solo pude registrarlo en fotos y guardar las impresiones en mi memoria, prometiéndome indagar más sobre ese culto cuando tuviera ocasión.

Mandalas al pie de cada altar.

Más tarde, de vuelta del viaje, investigué. Y descubrí que el árbol de Nim corresponde a la especie Azadirachta indica, nativa de India, Pakistán y Bangladesh, una especie extendida por toda la India porque da buena sombra y abastece de múltiples recursos medicinales y otros diversos productos. Neem es su nombre hindi; en inglés es neem e Indian lilac; en América tropical se cultiva y se ha castellanizado el nombre como Nim, también se le conoce como margosa, lila india y paraíso de la India. Es un árbol de la familia Meliácea a la que pertenece el árbol del paraíso (Melia azedarach), una especie ornamental frecuente en las calles y parques de nuestras ciudades.

Árbol de Nim, con cuatro altares blancos en la base del tronco.

Árbol de Nim, con cuatro altares blancos en la base del tronco.

También hallé que se aprovechan todas las partes del árbol: las hojas, flores, frutos, semillas, ramas y corteza. Que las ramitas jóvenes se usan en toda India como cepillos de dientes por sus virtudes para la salud bucal. Y que se le reconoce una gran variedad de propiedades medicinales: antibacterianas, antidiabetes, antiparásitos, antivirales, antifúngicas, insecticidas, antirreumáticas y para combatir afecciones de la piel como eccemas, tiña, caspa, lepra, viruela y sarna. Asimismo el árbol de Nim es considerado un buen purificador del aire y un excelente repelente de insectos. Por todos estos servicios sanitarios, la población  lo valora como “farmacia de la aldea” y “farmacia de la naturaleza”.

Considerando los abundantes recursos para la salud que el Nim aporta, no me extraña que los indios le manifiesten agradecimiento. Si nos trasladásemos por un momento a una zona rural de India donde no hay agua corriente, luz, condiciones higiénicas, farmacia, asistencia médica ni seguro social, podemos entender fácilmente que un árbol que proporciona tantos beneficios para la salud infunda en la gente sentimientos de gratitud. En la sencillez de unas vidas muy dependientes de la naturaleza de su entorno, los seres humanos de la India rural viven la presencia del árbol de un modo muy distinto a nosotros. Desde su perspectiva, parece comprensible que lo estimen como un ser superior, y que le muestren respeto en la forma ceremoniosa a la que están acostumbrados: llevándoles ofrendas y rogándole ayuda y bendición.

Y descubro también que un “gran árbol” en cualquier aldea india es una presencia central que aúna el símbolo de poder de la comunidad y el reconocimiento de la supremacía de la naturaleza. Desde tiempos inmemoriales los árboles y animales han obtenido así el carácter sagrado. Pero los dones materiales o la presencia grandiosa de los árboles no son únicamente los que le atribuyen ese carácter sagrado, sino también la creencia popular de que todas las plantas son seres conscientes con personalidad propia, habitadas por dioses o espíritus divinos. En textos muy antiguos, como los Puranas, aparecen ya leyendas asociadas a los principales árboles venerados en la India desde los tiempos remotos. El árbol de Nim también cuenta con leyendas de este tipo. Una de las que más me ha llamado la atención relata la creencia de que las seis diosas que regulan las enfermedades viven en el árbol, estas diosas  protegen de las enfermedades pero también tienen el poder de provocar afecciones y dolencias a personas de comportamiento pecaminoso, por ejemplo, a quienes mienten bajo su copa. Las mujeres les rezan cuando tienen enfermos en la familia y cuando se extienden las epidemias en los períodos de fuertes lluvias. En sus ritos les cantan plegarias y les dejan ofrendas, especialmente hojas, flores o frutos.

Desde nuestra posición de occidentales, venerar a un árbol suena a ignorancia, creencia, primitivismo y superstición, algo propio de personas sin formación. Sin embargo admito que a mí, europea de España, me maravilla esa relación con el árbol. En cierto modo echo de menos que no tengamos tiempo ni ocasión para agradecer a los árboles lo que nos dan, como si todavía tuviera en mi memoria recuerdos frescos de los ritos que nuestros antepasados europeos mantenían con los árboles tiempos atrás. En nuestra vida cotidiana de hoy, urbanizada, industrializada e informatizada, no somos conscientes de cuántos de los productos que usamos provienen de los árboles. No enfocamos nuestra conciencia totalmente en nuestros actos diarios como respirar, comer, pasear o cualquier otro. Sino que normalmente los realizamos pensando en otras cosas o pendientes de unas pantallas (televisión, ordenador, teléfono móvil…). ¿Quién se acuerda cada día de que el aire que respiramos es mucho mejor gracias al oxígeno que proporcionan los árboles de nuestras ciudades y al dióxido de carbono que fijan?

En la India los árboles no son invisibles. Tienen una presencia notable. Me gustaría que en nuestras latitudes la tuviesen también, porque un gran árbol es un ser extraordinario. No tiene que ser morada de dioses ni de espíritus para que inspire respeto y veneración. Recordemos que un significado de veneración, según la Academia de la Lengua (RAE), es “respetar en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o por lo que representa o recuerda”. ¿Acaso los árboles, como el árbol de Nim, no son seres admirables de sobresalientes cualidades que representan la grandeza de la naturaleza? ¿Y no nos recuerdan nuestra propia grandeza?

Febrero de 2013, en la Revista Informativa de la Fundación Vicente Ferrer del año 2012, leo la noticia de que el centro de Planificación  Familiar de Anantapur, tras 20 años de practicar la cirugía abierta para regular la natalidad, ha sustituido esta práctica por la laparoscopia, que no necesita el ingreso de las pacientes. Por lo que, salvo la sala de intervenciones, el centro se está rehabilitando para convertirlo en una academia de formación profesional para jóvenes. Ya no se podrá contemplar allí la hermosa escena del baño tradicional de recién nacidos. Ni los ritos de las abuelas alrededor del árbol venerado. Y me pregunto qué pasará con él. ¿Invocarán salud a Nim las jóvenes estudiantes para terminar felizmente sus estudios profesionales?

 

Agradezco a la Fundación Vicente Ferrer la inolvidable y gratificante experiencia de conocer los proyectos que desarrolla en Anantapur y animo a los lectores de este blog a que los conozcan. Doy las gracias también a las mujeres indias por respetar a los árboles de Nim.

 

Escrito por Rosa, jueves 14 marzo 2013

Fundación Vicente Ferrer

Veneración a la naturaleza

Descripción de la biología y los usos del árbol de Nim