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Lágrimas de la mujer árbol

Mientras ella hablaba, la tierra vino a cubrirle las piernas, se le rompen las uñas y por ellas se extiende una raíz atravesada, fundamento de su largo tronco, los huesos cobran dureza, y mientras su médula sigue ocupando la región central, la sangre se convierte en savia, los brazos en grandes ramas, los dedos en pequeñas, y la piel se le endurece en calidad de corteza. Y ya el árbol que la va invadiendo le había apretado el grávido vientre y sepultado el pecho, y estaba a punto de taparle el cuello: no soportó ella la espera, y, saliendo al encuentro de la madera que se le acercaba, se hundió en ella y sumergió en la corteza el rostro. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, sus antiguos sentidos, llora sin embargo, y del árbol manan tibias gotas. También sus lágrimas tienen calidad, y la mirra que destila el tronco conserva el nombre de su dueña y ninguna época dejará de celebrarla. [1]

La transformación de la princesa Mirra en árbol contada por Ovidio es de una belleza arrebatadora. El poeta romano (siglo I) recopiló de la tradición oral de los antiguos pueblos mediterráneos el origen mítico del árbol de la mirra y legó a la posteridad un admirable testimonio del prestigio que la mirra disfrutó en aquellos lejanos tiempos. Otros escritores latinos también narraron la historia de Mirra, pero la versión de Ovidio es de tal calidad literaria y simbólica que ha sido la predilecta de poetas y artistas desde entonces. Pero ¿qué es la mirra? ¿Por qué tan celebrada?

Mirra_Resina

Cuando compré mirra a la vendedora de inciensos en la calle Córdoba de Sevilla, me dio unas piedrecillas de formas irregulares medio traslúcidas y pardo rojizas. La sustancia es resina, el fluido que exuda el árbol de mirra (Commiphora myrrha) cuando se le hace una incisión y se endurece al contacto con el aire.

El extraordinario mérito de esa sustancia arbórea es algo tan sutil e intangible como la emisión de compuestos aromáticos, la emanación de un olor cautivador al quemarse. En el humo fragante que se eleva hacia el cielo, los pueblos pretéritos vieron un medio de llegar a la morada de los dioses y complacerlos con el agradable perfume. Por esa cualidad sensorial tan etérea y sublime, desde los albores de las civilizaciones ocupó un papel significativo en la vida espiritual de los pueblos.

Pero el aroma de la mirra no solo era valioso para lo sagrado, sino también para la vida terrenal, por el perfume que se extraía de la resina, y para la salud, gracias a las propiedades curativas de sus aceites esenciales.

En la cultura católica donde he crecido, la mirra es conocida sobre todo por haber sido uno de los regalos simbólicos de los Magos de Oriente al niño Jesús, junto a oro e incienso (Evangelio según San Mateo, 2, 1-12). Este episodio bíblico da idea también de que en la antigüedad el valor de la mirra (y del incienso) era comparable al del oro. Hoy sigue siendo usada en ritos religiosos, en perfumería y farmacia. Pero como pasa con muchas materias de la vida cotidiana que proceden de árboles, su fuente, el árbol de la mirra, es un desconocido, una bruma de tiempo y distancia lo hace invisible.

El pequeño árbol que llora

En contraste con el alto valor de su resina, el árbol de la mirra es poco espectacular, es pequeño (5 m), espinoso, de tronco suculento apropiado para vivir en zonas muy áridas tropicales del Sur de Arabia, en territorios de Omán y Yemen, y nordeste de África, en Somalia, Etiopía y Eritrea.

Árbol de la Mirra

El epíteto genérico deriva del griego kommis y phora, que significa productor de goma. El de la especie, procede del hebreo (mor) y del árabe (mur) y significa amargo, en relación a su sabor.

Commiphora myrrha es una especie muy variable en forma y tamaño de las hojas lo cual muchas veces dificulta la identificación. Aunque es la fuente principal de la mirra, hay al menos otras diez especies de Commiphora de las que también se comercializa su resina, entre las que destacan: C. africana, por su resina llamada ‘bdellium’; C. gileadensis productora del ‘bálsamo de la Meca’; C. erythraea de la resina ‘bisabol’; y C. wightii, que produce la goma ‘gugul’ también conocida como ‘bdellium’.

Pertenece a la familia Burserácea caracterizada por árboles que poseen en la corteza  conductos por donde excretan resina olorosa. Otras resinas “espirituales” de la misma familia son el olíbano arábigo (Boswellia sacra) y el copal americano (Bursera copal). Otras familias de árboles también producen resinas usadas en rituales como el carísimo oud (Alquilaria y Gyrinops) o el benjuí (Styrax benzoin). El sándalo (Santalun álbum) es otro incienso espiritual milenario que se obtiene de su madera.

Cada especie de árbol aporta un aroma propio. La resina se quema sola o mezclada con otros ingredientes como especias y maderas. A la mezcla se le denomina genéricamente “incienso”, aunque en sentido estricto ese término se refiere a la resina de Boswellia sacra considerada el incienso puro, también llamada olíbano o frankincienso, y tan valorado como la mirra desde siempre. La palabra ‘incienso’ procede del latín, incesum, y hace referencia (según la Real Academia de la Lengua) a ‘toda materia quemada en un sacrificio’, se aplica pues a todas las resinas que se queman.

La pasión por la mirra y el alto coste que había que pagar por ella, llevó a una reina-faraón de Egipto del siglo 15 a. C. a intentar poseer la fuente misma, el árbol. La Reina Hatshepsut organizó una legendaria expedición al país de Punt (en la Somalia actual) donde crecían los árboles de mirra, y trajo un barco cargado de semillas y plantas para cultivarlas. El intento forestal fracasó, pero la historia es un interesante ejemplo de cuánto se puede desear el regalo de los árboles. También atestigua uno de los primeros experimentos de cultivo de árboles de perfume. La fabulosa aventura está registrada en la decoración del templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari (necrópolis en la ribera del Nilo frente a Luxor, antes Tebas).

Mensajera de los dioses, la mirra espiritual

El olfato es un sentido sublime. Nos conecta con vivencias, con emociones pasadas, con lugares recónditos de la mente, con el silencio interior. En esa conexión con lo más íntimo podría residir la trascendencia que los humos aromáticos tuvieron en la comunicación con la divinidad. A través del humo fragante se abrían las puertas a la experiencia del espíritu.

Las principales culturas de la Antigüedad usaron humo perfumado en sus prácticas religiosas: Asiria, Egipto, Grecia, Roma, China, India, Japón. De hecho, la palabra perfume proviene del latín per y fumare, que significa a través del humo, el modo en que se difundían las fragancias.

La Biblia está llena de referencias a los aromas. En el texto sagrado, es Dios mismo quien ordena que se usen los perfumes, incluso prescribe recetas de los ingredientes aromáticos que deben llevar las ofrendas o la fórmula de los óleos sagrados (en los que la mirra es esencial). Para el Dios judío, para Mahoma o Buda, el olor es señal de virtud; un cuerpo sucio y maloliente atrae a los demonios, mientras que oler bien atrae a los ángeles protectores.

Muchas de estas prescripciones religiosas tenían una componente utilitaria, la difusión del aroma también neutralizaba los malos olores de las multitudes y limpiaba el aire de posibles contagios. El enorme incensario de la catedral de Santiago de Compostela, el Botafumeiro (53 kilos y 1,5 m de altura) fue construido en el siglo XI, con el fin de purificar el aire viciado por cientos de peregrinos malolientes tras numerosos días de caminatas que dormían en el interior del templo.

La fragante nube que se eleva a la esfera celestial, morada de la divinidad, en sí misma es una metáfora de la limpieza espiritual y corporal. Mahoma consideraba al humo sagrado un poderoso auxiliar para producir el éxtasis religioso. Y no es un aserto infundado, porque las moléculas del aroma producen el efecto de aquietar la mente, con lo que favorecen estados de meditación y contemplación, y disponen al espíritu para la comunicación mística.

La mirra, a diferencia de otros inciensos y resinas, tiene también relación con la muerte y el dolor. Los egipcios la usaban para embalsamar a sus muertos. Impregnaban el interior del cadáver y las vendas que lo cubrían con mirra, canela y otras sustancias aromáticas; durante el cortejo fúnebre se quemaban cantidades elevadas de mirra para paliar el olor a podredumbre; y en la cámara mortuoria se dejaban jarrones con mirra e inciensos para acompañar al viaje al más allá. Cuando abrieron tumbas de faraones, se encontraron fórmulas de perfumes en los muros y recipientes que todavía olían ¡después de 3000 años!

Por estos usos, la mirra se ha considerado emblema de la muerte, el sufrimiento y el dolor. De ahí proviene que algunos teólogos hayan interpretado la mirra que los Magos regalaron al niño Jesús como símbolo y presagio del dolor y la muerte que sufriría Cristo como hombre.

En la actualidad, el humo aromático sagrado sigue presente en ritos religiosos de los cristianos católicos y ortodoxos, judíos, budistas e hinduistas.

Puesto de inciensos

Sevilla es una ciudad con aroma de inciensos, un caso ejemplar del vigor de esta tradición religiosa. Existen vendedores de inciensos en las calles, algo poco usual en otras urbes. Cada iglesia cuenta con una Hermandad de fieles encargados de sacar en procesión imágenes de la Virgen y de Jesucristo en Semana Santa y otras fechas. Aromatizar el paso con humo sagrado es tan importante en las procesiones que cada cofradía usa su propia mezcla de inciensos para distinguirse de las demás. Por el aroma se sabe muchas veces por donde está un paso. Por ejemplo, la Hermandad del Cristo del Amor incluye en mayor proporción olíbano en polvo, pero también granos de olíbano y mirra, hojas de romero y cáscaras secas de limonero y naranjo amargo. O la Hermandad del Silencio, que realiza su propia mezcla cuya fórmula data del siglo XVI y está recogida en el Libro de Reglas de la Archicofradía. En Semana Santa, Sevilla es toda olor a incienso.

Perfume de amor, la mirra carnal

En un principio los aromas únicamente se usaban en los rituales religiosos, pero pronto pasaron a la vida cotidiana. Ya los egipcios usaron unturas perfumadas para el aseo personal. Se aromatizaban las casas, también el cuerpo como señal de purificación, y más tarde como parte del arte de la seducción. El dulce aroma de la mirra poseía un gran poder de atracción. Con mirra se perfumaba el lecho de amor para estimular el encuentro sexual entre los amantes. Incluso perfumarse con mirra llegó a ser un requisito indispensable. En el bíblico Libro de Ester, se cuenta que la joven hebrea tuvo que purificarse con mirra durante seis meses para poder ser presentada ante el gran rey persa Asuero, y casarse con él.

En el poema de amor el Cantar de los Cantares, de Salomón, el perfume de la mirra aparece como símil del amante mismo:

Mi amado es para mí un manojito de mirra,
que reposa entre mis pechos.

6-Myrre Ardente o.1659Como perfume, el olor de la mirra pertenece a la familia olfativa de los olores balsámicos. Es un olor sutilmente especiado, cálido, y también refrescante como suelen ser los bálsamos. Tiene asimismo un matiz de oriente, como lugar fértil de clima apacible que anima a disfrutar de los placeres de la vida. Y desde luego es un aroma con resonancias de lo espiritual.

Desde aquella lejana época de perfumes en aceites y ungüentos, la perfumería ha evolucionado mucho. Con nuevas técnicas de extracción, descubrimientos de componentes químicos para fijar y potenciar los aromas y la capacidad de sintetizar  fragancias, hoy los perfumistas disponen de más de 4000 ingredientes odoríferos. Entre tantas opciones, el perfume de mirra no conserva el papel importante de antaño, pero sigue siendo un ingrediente noble de las fórmulas e incluso a veces protagoniza propuestas renovadoras que recuperan los aromas puros antiguos, como es el caso de la fragancia Mirra Ardente de la casa Annick Goutal (París).

Defensora del árbol, la mirra curativa

myrrh-resinLa resina es un fluido vital de los árboles que se produce como defensa ante ataques de insectos, bacterias, hongos y otros agentes patógenos. La resina que defiende al árbol, también tiene un efecto curativo sobre cuerpo y mente humanos, efecto conocido y aprovechado desde la Antigüedad.

En el siglo XVI, la mirra y el incienso seguían siendo medicinas. Shakespeare no era ajeno a tal conocimiento, pues incluyó una nota testimonial en su tragedia Otelo, el moro de Venecia:

Esperad; una palabra o dos antes de marchar. Os ruego que cuando contéis en vuestras cartas esos desgraciados hechos, habléis de mí, como soy: de uno cuyos ojos afligidos, aunque desacostumbrados al ánimo de derretirse, vierten lágrimas tan deprisa como los árboles de Arabia su savia medicinal. [2]

La mirra medicinal se usa de distintas maneras. Cruda, sin procesar, quemándose, en baños de humo terapéuticos. Destilada, se obtiene el aceite esencial que tiene sus propias cualidades curativas. Y en extracto, otro modo de aprovecharla. Las tres formas emiten aroma por la presencia de aceite esencial. Otros modos de aplicarse es en baños con esencias, inhalaciones de vapores, frotaciones con ungüentos y linimentos, masajes con aceites, imposición de compresas impregnadas, y en perfume con fines curativos. También se ingiere, mezclando con otros líquidos para paliar su sabor amargo.

En la medicina tradicional china, en la Ayurveda india, y en otras tradiciones médicas de países donde crecen los árboles silvestres, la mirra se ha mantenido siglos tras siglos como un remedio eficaz contra numerosas dolencias. Este intenso y duradero uso medicinal ha llamado la atención de etnofarmacólogos occidentales. La composición química de la resina es una mezcla compleja de ácidos resínicos, terpenos, ácidos grasos, alcoholes y agua. Se han aislado 300 metabolitos secundarios y se han confirmado los amplios efectos farmacológicos de la mirra. Se ha demostrado la eficacia para el tratamiento de inflamación, artritis, infección microbiana, heridas, dolor, traumas, tumor, obesidad y enfermedades gastrointestinales. Como recurso natural, el árbol de la mirra tiene un potencial terapéutico aún no suficientemente aprovechado que puede ayudar al desarrollo de las poblaciones indígenas que explotan la resina.

La ruta del perfume, la mirra viajera

Desde las inhóspitas tierras tórridas donde en silencio lloran los árboles de la mirra, hasta los pebeteros sagrados del mundo antiguo, la mirra debía recorrer un largo camino por paisajes de fábula.

La creciente demanda de especias y perfumes de los pueblos mediterráneos llevó al desarrollo de una extensa red de rutas comerciales conectando Occidente con Oriente por tierra y mar. Estas rutas conectaban India y Arabia con Mesopotamia, Siria, Israel, Egipto, Grecia y Roma. Una de las principales era la famosa “Ruta de la Seda” entre China y Europa. Menos conocida es la “Ruta del Incienso y la Mirra”, que se iniciaba en el sur de la Península Arábiga donde crecen los árboles productores de aromas.

Desde el sur de Arabia transcurría una ruta paralela al Mar Rojo y se ramificaba en  distintos caminos según el destino final: una, hacia Mesopotamia; otra, hacia Petra, desde donde se distribuía al norte, a Damasco, al oeste, por Israel hasta Gaza y desde ahí a Egipto o Grecia y Roma en Europa. Otra ruta atravesaba el desierto de Néguev hasta la ciudad portuaria de Gerrha, en el Golfo Pérsico, y de allí a Mesopotamia, Israel y Europa.

El transporte se realizaba en caravanas de miles de camellos cargados con los bienes de lujo demandados en aquella época: mirra y olíbano arábigos; especias, ébano y textiles finos de India; y maderas nobles, pieles y plumas de animales, y oro de África. Además de la mercancía, transportaban comida y agua. Realizar todo el viaje desde Sur Arabia a Gaza duraba alrededor de medio año.

En puntos estratégicos de los 2400 km de la ruta emergieron ciudades, fortalezas y caravasares (posadas destinadas a las caravanas) para servir y proteger de los ladrones la cara mercancía. Aunque bien organizado, el transporte de los perfumes y especias era un periplo largo y peligroso, a causa de las duras condiciones del desierto y de la constante amenaza de robos. Se pagaban grandes impuestos por agua, comida, forraje, seguridad, por todo. El precio final de la mirra y demás bienes era muy alto. Un ejemplo de su valor es que en el año 890 a. C. el regalo de los reinos arameos al rey de Asiria consistió en bolas de mirra. La ruta generó grandes riquezas a los reinos arábigos, riqueza que animó a costear unas admirables obras agrícolas para asegurar el abastecimiento de las caravanas en el yermo desierto, obras de las que aún quedan vestigios.

Cuando en el siglo II d. C., Roma abrió una vía de navegación directa al sur de Arabia e India, la importancia de la ruta arábiga comenzó su decadencia. Por el siglo IV, con la expansión de la cristiandad, se abandonaron prácticas litúrgicas y bajó la demanda de inciensos y de perfumes y cosméticos. El comercio de especias y resinas no cesó pero disminuyó y nunca volvió a alcanzar el antiguo esplendor. La ruta del perfume se apagó y las ricas ciudades fueron gradualmente abandonadas al desierto; hoy solo quedan sus restos arqueológicos. Tanto la Tierra del incienso en Omán como las ciudades del desierto de Néguev (hoy Israel) han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Con el tiempo, el comercio de la perfumería fue de nuevo recuperando adictos y evolucionando hasta alcanzar un renovado auge en el presente siglo XXI. La mirra sigue siendo un producto del mercado mundial para fragancia, incienso y farmacia, si bien en un volumen muy inferior al de antaño.

Hoy la mirra no viaja en fabulosas caravanas atravesando desiertos repletos de malhechores con turbantes, pero sigue trasladándose desde los territorios arbolados a los rincones del mundo donde la demandan. En el mercado actual, las lágrimas perfumadas proceden, en primer lugar de Etiopía, con una producción anual de 1200 toneladas; de Somalia con 700 t; y de Kenia con 620 t (datos de la FAO). Arabia tambien produce mirra pero en menor cuantía. Desde el Cuerno de Africa, la mirra sale con destino a China, el mayor importador del mundo; también a Europa, que consume la mitad que China; Estados Unidos es el tercer destino con un consumo muy bajo; y Arabia. La ruta de la mirra de ahora es poco conocida, pero ese desconocimiento contribuye a realzar su misterio, su aura de árbol mítico, el augurio de un secreto fabuloso solo alcanzable a quienes se atreven a descubrirla.

Más bello que el amor mismo

Volvamos al poema épico de Ovidio, donde dejamos a la princesa-árbol llorando lágrimas de savia, para disfrutar de otra escena fascinante de la narración. La bella Mirra tuvo amores con su padre, el rey de Chipre, fue castigada y convertida en árbol, y bajo esa forma dio a luz a su hijo Adonis, un ser tan hermoso que hasta la misma diosa del Amor se enamoró de él.

Villenave para Metamofosis de 1807.

Grabado de Villenave (1807).

Mas la criatura concebida en el pecado había crecido dentro del tronco y buscaba camino por donde, abandonando a su madre, pudiera situarse en el exterior: en mitad del árbol se comba hacia fuera el grávido vientre. La carga produce a la madre una tensión; pero sus dolores carecen de palabras para expresarse, la parturienta sin voz no puede invocar a Lucina. Sin embargo su apariencia es la de una mujer que está en el trance de dar a luz, y el árbol se inclina y profiere frecuentes quejidos y se humedece con las lágrimas que le caen. Junto a las ramas doloridas se detuvo Lucina propiciadora, le puso las manos encima y pronunció palabras que producen el parto: el árbol se resquebraja, y una vez hendida la corteza hace salir su carga viva, y un niño da un vagido; las Náyades lo colocaron sobre la blanda hierba y lo ungieron con las lágrimas de su madre.

Las palabras tienen poder. Conectan. Trazan puentes invisibles entre las almas sensibles y lo que les rodea. Las de Ovidio nos llevan al corazón del árbol de la mirra.

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[1] Publio Ovidio Nasón. Metamorfosis. Texto revisado y traducido por Antonio Ruiz de Elvira. (UM). Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1988. Vol. II (Libro X). Pág: 185-194.
[2] William Shakespeare. Tragedias. Otelo: el Moro de Venecia. Traducido por Jose M. Valverde. RBA Editores. Barcelona 1994. Extracto del parlamento de Otelo en Acto V, escena II, pág. 327.

Escrito por Rosa, Jueves Santo 24 de marzo de 2016.

La mirra en Wikipedia
Artículo de “20 minutos”sobre vendedores de inciensos en Sevilla
El mercado mundial de mirra y olíbano (FAO)