Érase una vez un árbol

Nuestra relación con los árboles, igual que con las personas, comienza en la infancia. A unos árboles solamente los conocemos de vista; en cambio de otros, sabemos sus nombres, los frecuentamos e incluso llegamos a quererlos como a un amigo o a alguien de la familia. Pero suele suceder que –como con algunos amores- no nos damos cuenta del sentimiento que le profesamos hasta que lo perdemos para siempre.

En mi infancia tuve un árbol amigo. Ésta es su historia.

Érase una vez un árbol que crecía sano y bien mirado en el patio de una casa, en la ciudad costera de Algeciras, allá en el Estrecho de Gibraltar. El edificio, una vieja residencia señorial convertida en casa de vecinos, se disponía en torno a un amplio patio cuadrado, bordeado de arriates, con un alcorque en todo el centro donde crecía hacia el cielo el lustroso pino.

Mari Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

María Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

El árbol, una araucaria (Araucaria heterophylla) aunque la gente también le llamaba pino, como todos los de su especie, tenía un porte inconfundible. El tronco derecho junto con las ramas horizontales y simétricas le conferían un aspecto triangular muy característico y un aura de equilibro y armonía. Había vivido ya bastantes años y alcanzado una altura honorable, tanto que sobresalía entre las casas circundantes y casi alcanzaba al campanario de la cercana Iglesia de la Palma de la Plaza Alta, cuya torre mide 45 m. Desde el mar, el ápice triangular de la copa se distinguía claramente en la línea del cielo de la ciudad, convertido en un destacado hito tal faro o bandera. Pero sobre todo era un elemento esencial en la vida del patio.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

En aquella casa la araucaria era una presencia luminosa. Aportaba la sombra; el color verde profundo de sus hojas; la belleza decorativa de su figura; la alegría de trinos de pájaros que se posaban en las ramas; la compañía del susurro de hojas mecidas por el viento; la frescura del aire cargado de oxígeno y otros saludables componentes; el aroma a resina, follaje y madera; el tacto vegetal de sus hojas frescas o secas y de su corteza finamente escamada; y también aportaba certidumbre, la seguridad del tronco esbelto, solido y robusto bien enraizado en la tierra. Una presencia inmensa. Alrededor del árbol transcurrían las actividades de los habitantes de las diferentes viviendas, los juegos de los niños y las charlas de los mayores en las noches de verano o en la soleadas tardes de invierno. Y el árbol asistía en silencio al trajín de las vidas humanas, a riñas y reconciliaciones, a miradas y ensoñaciones, a penas y alborozos. Los niños de la casa jugábamos alrededor de él y de un modo u otro “con él”: nos lanzábamos hojas en batallas imaginarias, modelábamos la resina que manaba de la corteza o abrazábamos al tronco para ver quién tenía los brazos más largos. La araucaria todo lo aguantaba como paciente niñera que sabe lo saludable que es, para crecer tan sanos y equilibrados como el propio árbol, que los niños toquen madera, tienten hojas o sientan los latidos de la savia.

La región donde vivía la araucaria, el Estrecho de Gibraltar, es una zona de frecuentes temporales de viento. El árbol los conocía y estaba bien dotado para resistirlos, razón por la que muchos de su especie habían sido traídos desde la lejana isla de Norfolk, en el Océano Pacífico, para ornamentar casas y ciudades en regiones costeras de muchas partes del mundo. Pero no todos los temporales son iguales. En el invierno de 1963, en enero, hubo una terrible borrasca de viento sudeste; durante veinticinco días llovió copiosamente con las consecuentes inundaciones; transcurrieron después dos o tres días de aparente calma; sin embargo, al amanecer del 21 de enero de nuevo arreció la tempestad y fue en aumento a lo largo del día. Según se supo después, las rachas de viento llegaron a una fuerza de 160 kilómetros por hora y en el mar las olas alcanzaron los veinticinco metros de altura.

La araucaria, al principio, se mostró firme ante el desmedido viento de naturaleza ciclónica, que ya había arrancado cientos de árboles en toda la comarca. Pero sus raíces ya no eran tan jóvenes, ni tan profundas, ni tan largas (algunos decían que llegaban hasta la Plaza Alta). Eran superficiales, y el robusto y alto tronco y las ramas pesaban mucho. El árbol no supo en cual de las embestidas del sudeste perdió el pulso, pero en un preciso momento sucedió. Primero, se inclinó hacia un lado, después hacia otro, y a partir de ese fatídico instante inició un movimiento de vaivén al compás de las ráfagas. Y cuando se movió hacia un lado, ocurrió también que las raíces superficiales del lado contrario se alzaron, y como consecuencia se levantaron las losetas del patio. Después, igual hacia el otro lado, unas baldosas, otras; encima del alcorque la tierra desnuda se elevaba y descendía como una ola. Todo el suelo del patio entró en movimiento ondulante y los habitantes de la casa estábamos atónitos y asustados, aquello era una visión insólita que parecía fruto de una alucinación o una película de magia y terror, pero era la realidad. La sensación de pisar en el patio se asemejaba a estar en un barco, todo se movía en ondas, y aún resultaba más impresionante mirar hacia arriba y contemplar al enorme árbol oscilante, vacilando si caerse y abandonar la feroz batalla con el viento o permanecer de pie.

Al anochecer de aquel día, la tempestad no había amainado sino crecido en fuerza. Los vecinos, temiendo que el árbol cayera y provocara un desastre, llamaron a los bomberos. Vino una cuadrilla, todos pertrechados con cascos y hachas, y cuando el jefe subió sobre el alcorque y sintió el balanceo de su cuerpo a la par que el bamboleo del árbol tomó conciencia de la gravedad de la situación y de su incapacidad para resolverla, así que recomendó la evacuación inmediata de todas las viviendas y se marchó con todo su equipo. Pero la mayoría de los vecinos no estaba dispuesta a dejar ni su casa ni su árbol. Y permanecimos allí toda la noche, a oscuras (la tormenta había cortado el suministro), con un viento endemoniado y un árbol que crujía dolorido y desesperado de luchar contra una naturaleza más fuerte que la propia. Fue una larga noche de insomnio. Nadie pudo dormir.

A la mañana siguiente, la situación no había mejorado. La vieja araucaria seguía en pie tambaleándose y el viento continuaba batiendo y golpeándola a más de 140 km por hora. El suelo se levantaba incluso dentro de las casas y las hojas de la vencida araucaria alfombraban el suelo como restos de una batalla. Las noticias confirmaron la colosal potencia de la tempestad. En el mar, la furia de los vientos y las olas había desamarrado yates y pesqueros, empujándolos hasta las rocas y destrozándolos; y también a un transbordador, “el Ciudad de Tarifa”, con 122 pasajeros y 90 tripulantes, lo había desanclado, arrastrado y encallado en una playa cercana; y en tierra, inundaciones y un sin fin de destrozos materiales.

En vista del preocupante estado del árbol, los vecinos reunidos de nuevo tomaron una decisión: había que talarlo. Cuando la tormenta lo permitió, dos días más tarde, vino un joven leñador armado con un arnés y un hacha. Primero cortó las ramas de una en una; el tronco quedó pelado, como mástil de navío. Luego, inició el corte del tronco de trozo en trozo, desde la punta hasta la base. Cuando finalizó su tarea, el patio quedó cubierto de ramas, hojas y troncos, llenísimo de materia vegetal; los niños disfrutamos jugando con los fragmentos del árbol, con la todavía abundante presencia material de la araucaria. Pero pronto se llevaron todos los restos, solo quedó de la araucaria el tocón de madera a ras de la tierra y las raíces ocultas. Y se terminó.

Cuando el sol de invierno volvió a brillar en una mañana tibia y quieta, sin las emociones alteradas de los días de la tormenta ni la urgencia provocada por el miedo, lo vimos. Niños y mayores vimos el vacío. Sin la araucaria, el patio no era más que un gran vacío. Sin sombra ni verde ni trinos; sin belleza, frescura ni aroma; y sobre todo sin la certidumbre que nos amparaba. Sin el bastión que nos daba fuerza, ánimos y seguridad. La compañera de juegos, la compañera de horas, el amigo árbol, había desaparecido. Y lo echábamos de menos. Entonces fue cuando nos dimos cuenta de cuánto lo queríamos. Fue una pérdida para todos. También para la ciudad, que perdió su faro vegetal y un gran árbol. Pero me alegra pensar que su final fue de leyenda, como correspondía a un árbol viejo, grande y noble, pues tuvo que ser un ciclón, no un viento menor, quien le arrebatara su fuerza verde.

Cada habitante de la casa, chico o mayor, conservó a su manera el recuerdo de la araucaria. Yo lo guardé en mi corazón como una semilla que un día pudiera plantar en una tierra fértil. Esta entrada es la ocasión que desde aquel día he estado esperando: el momento de rendirle homenaje y difundir su historia. Si guardáis también memoria de un árbol amigo, os animo a contarla. Reconocer nuestra íntima relación con árboles es un modo de recompensarlos por todo el bien que nos hacen.

Escrito por Rosa, jueves 23 mayo 2013.

Historia de Algeciras en Imágenes

Historial del Transbordador “Ciudad de Tarifa”

20 pensamientos en “Érase una vez un árbol

  1. Asuncion Babio Fillol

    Yo vivÍa enfrente de ese árbol, desde los balcones de mi casa (Bazar Fillol) lo he contemplado muchísimas veces, su majestuosidad y su porte daban un empaque a la calle y cuando volvía de un viaje lo primero que se veía era su silueta.
    Gracias Rosa por este relato tan nostálgico y emotivo que me ha hecho revivir por unos momentos
    aquellos años felices de mi infancia.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Me alegra mucho conocer tus recuerdos de la araucaria, Asunción. Es hermoso compartir, sin conocernos, sentimientos hacia un árbol y sobre la infancia. Muchas gracias.

      Responder
  2. Verónica Hernández

    Me gusta tu historia, Rosa, el vacío que deja un árbol, la vida que concita alrededor y que se apaga cuando ya no está. Ahora sufro la pérdida de una palmera por el maldito picudo, palmera que era un pequeño universo y nos alegraba la vida. ¿Hay algo más triste que una palmera, símbolo de alegría vital, muerta?
    Impresionante la imágen de las raíces moviéndose bajo los suelos. Creo que esa araucaria está en nuestra memoria porque formaba parte del perfil del pueblo que hemos visto en fotos antiguas.
    Un gran honor que pudiste disfrutar en tu infancia.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Me alegra que reconozcas la araucaria de las fotos antiguas de Algeciras, Verónica. Y que nos hables de tu palmera y de la tristeza por su pérdida. Gracias. Hay muchas maneras de desaparecer, el picudo provoca un decaimiento triste, le roba la dignidad a la palmera.

      Responder
  3. Norma

    Hermoso homenaje a “tu” querida Araucaria Rosa, porque los árboles que acompañan nuestra infancia son nuestros. Leyéndote me he transportado a esa casa de Algeciras donde vivía ese gigante verde a cuya sombra creciste y he podido imaginar el inmenso vacío que os pudo dejar cuando fue abatido por los vientos huracanados de la zona. ¡Precioso recuerdo! Conozco perfectamente las Araucarias desde mi infancia porque además de ser una de las muchas especies de árboles que crecen en mi tierra, siempre me impresionó su particular elegancia. Me considero una persona afortunada por haber crecido literalmente sumergida en un bosque de árboles, el barrio donde nací y viví hasta los 18 años se llamaba Las Acacias por la abundancia de éstos frondosos árboles cuyas flores de intenso color rojo convertían sus copas en inmensos mantos purpúreos que adornaban cada una de sus calles- Más sin embargo guardo especial cariño a un árbol de importante presencia en mi tierra llamado o conocido como Madriado o Madre Cacao del que especialmente tengo grabado en mi memoria el intenso verdor y la magnitud de su copa de sombra generosa y el olor dulce de sus flores rosas. Gracia Rosa por llevarme a evocar a través de tu recuerdo personal, la presencia mágica de “mis árboles”.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Tus palabras transmiten la exuberancia y la magia de los árboles de tu tierra centroamericana, Norma. Imagino preciosas las abundantes acacias de flores rojas. Desconocíamos al Madriado, (Gliricidia sepium), gracias a ti ahora sabemos que es un árbol generoso con muchos usos y capaz de inspirar hondos sentimientos a quien tiene la suerte de tratarlos con frecuencia. Gracias.

      Responder
  4. José María Montero

    Vuestro blog me parece maravilloso. De él ya me había hablado Ana pero nuestro encuentro de ayer en la Casa de la Ciencia ha servido para que lo visite con calma y lo disfrute. Hay mucha sintonía con mi gato en el jazmín. Espero que sigamos visitándonos en este mundo virtual y que el azar nos brinde la oportunidad de encontrarnos, más veces, en el mundo real. Un abrazo.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Gracias, por tus palabras. Creo también que tu gato en el jazmín y nuestros bosques invisibles están en sintonía, buscan “el simple ver y entregarse”, como dice la cita de Hesse en tu post. ¡Hay tanta maravilla a nuestro alrededor esperando a que la contemplemos con amor!

      Responder
  5. Curro

    Rosa, me parece tan bonita tu historia que, si tu me lo permites, la copio para ponerla en mi Facebook, gracias.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Te agradezco mucho, Curro, tu comentario y tu interés en compartir la historia Érase una vez un árbol. Te envío un email en relación a ello.

      Responder
  6. Charles Anthony Gomila

    Gracias por su historia tan bella. Esto me recordó de un álamo? (poplar) muy alto que crecía muy cerca de mi jardín en Londres, que yo amaba y pintaba/dibujaba muchas veces, que cortaron un día (no sé por qué): (

    Responder
    1. Rosa Autor

      Te agradezco de veras tus palabras, Charles, y me alegra que “mi” araucaria te haya evocado “tu” álamo de Londres desaparecido, al que amabas. Con los recuerdos de árboles que estáis nombrando, estamos tejiendo entre todos un homenaje a esos seres tan maravillosos.

      Responder
  7. Fernando Merino Cano

    Me ha encantado la historia. Yo también disfruté de una Araucaria en el jardin de mi casa durante la niñez en El Rinconcillo.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Si hay un “cielo de árboles”, seguro que nuestras araucarias están allí contentas de que las recordemos con felicidad. Gracias, Fernando añadir al blog tu recuerdo.

      Responder
    1. Rosa Autor

      Gracias, Dagoberto, por tu comentario. Es hermoso compartir amor por los árboles entre personas de diferentes lugares del mundo. Seguro que en Colombia hay también historias hermosas sobre árboles.

      Responder
  8. Elisa

    He disfrutado tanto con la historia esta mañana que no he resistido y la he vuelto a leer. Gracias por acercarnos el amor por los libros.

    Responder
    1. Rosa Autor

      Es una alegría saber que las palabras llegan hondo y conectan árboles, personas, libros. Fue un placer dar la charla en vuestro colegio y más aún saber que caló. Muchas gracias, Elisa.

      Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *