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Acacias viajeras

El viaje cambia al viajero, pero a su vez el viajero puede hacer que cambie el lugar que visita. Si quiere ser respetuoso con la naturaleza, intentará seguir la máxima «llévate solo los recuerdos en tu memoria, deja únicamente la huella de tus pies», atribuida al jefe Seattle. Los viajeros dejan muchos tipos de huellas.

Hace aproximadamente 1,4 millones de años un ave marina, posiblemente un tipo de petrel, que anidaba en las colonias que cubrían las laderas de una isla volcánica del Océano Pacífico partía en su viaje de migración anual. Por alguna razón, perdió el rumbo y después de un largo viaje de 18.000 km fue a posarse en otra isla volcánica, pero del Océano Índico. Poco más sabemos de ese ave viajera desorientada, pero sí sabemos (o inferimos) que dejó una huella patente de su visita.
mapa acaciasAlguna de las miles de semillas que anualmente produce una acacia de las islas del Pacífico y que seguramente abundaban en aquella zona de cría, viajó como polizón con el petrel. Pudo viajar adherida al barro en las patas o en el interior del aparato digestivo. La cuestión es que después del largo viaje se encontró en la isla volcánica del Índico, también de clima tropical, semejante a su patria original, pero lejos, muy lejos de sus parientes. En esa pequeña masa de unos 60 mg, la semilla, viajaba un proyecto de vida. La semilla de acacia germinó, creció entre las otras plantas extrañas de la nueva isla, y después de unos 5-10 años empezó a florecer. Al tener flores hermafroditas y autocompatibles (que pueden auto-fertilizarse) empezó a producir nueva semillas y a extender su progenie por la isla.

Pasaron miles de años, más de un millón de años, la isla del Índico donde se instaló la acacia viajera empezó a ser visitada por seres humanos. Primero fueron visitas esporádicas de marineros. Los árabes la llamaron Isla del Oeste (Dina Morgabin), los portugueses Santa Apolonia, los ingleses Bosque de Inglaterra (England’s forest) y por fin los franceses establecieron en el siglo XVII una colonia permanente, como parte de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Los avatares históricos de la metrópolis francesa se reflejaron en los sucesivos nombres de la isla: Borbón, Reunión, Bonaparte y de nuevo Reunión. Las acacias, que formaban entonces bosques densos, fueron llamadas «tamarindos de las zonas altas» y explotadas para la construcción naval y la ebanistería. En 1783 el naturalista francés Juan Bautista Lamarck la nombró Mimosa heterophylla, porque tiene hojas de dos tipos, las más jóvenes con foliolos y las más viejas son filodios o tallos aplanados. Más tarde sería agrupada con las demás acacias, con su nombre actual Acacia heterophylla.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Mientras, en las isla lejanas del Pacífico, donde quedaron sus parientes, los primeros pobladores humanos llegaron más temprano, posiblemente entre los siglos IV y IX, desde la Polinesia. El primer contacto con europeos fue la visita del capitán Cook en 1778, que las llamó Islas Sandwich. En 1959 fueron anexionadas por los Estados Unidos con el nombre de Hawái. En cuanto a los ascendientes de la acacias viajeras, fueron descritos y nombrados por el botánico norteamericano Asa Gray en 1854 como Acacia koa, con el epíteto «koa» que en hawaiano significa audaz y valiente.

Durante años, los botánicos estuvieron intrigados porque las dos especies de acacia eran prácticamente idénticas, pero vivían en islas remotas y muy lejanas entre sí. En 2014, gracias a las nuevas técnicas de biología molecular se ha comprobado que, efectivamente, son muy parecidas genéticamente. Todas las poblaciones estudiadas en la isla Reunión pertenecen a una sola forma genética, un haplotipo de DNA cloroplástico que es muy parecido a uno de los nueve tipos encontrados en Hawái. Es decir, la hipótesis más plausible es que la acacias de Reunión provienen de ancestros de Hawái. Además, utilizando la estima del reloj molecular (una medida del tiempo de divergencia basada en la tasa de mutaciones) se estima que el viaje fundacional, la separación de los dos linajes, ocurrió hace aproximadamente 1,4 millones de años¹.

Fascinante historia que relaciona las dos especies isleñas de acacia. Pero ¿cómo llegaron las acacias a Hawái? Las islas volcánicas hawaianas surgieron en medio del Océano Pacífico hace unos 5 millones de años. Empezaron a ser colonizadas por plantas que llegaron dispersadas por aves, por el viento o por el mar desde las islas tropicales del Pacífico Occidental; también desde las costas de América, Asia y África. El análisis genético de parentesco (filogenia) ha mostrado que el ancestro más probable de la Acacia koa de Hawái es la acacia de madera negra (Acacia melanoxylon) del sureste de Australia.

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

En Sevilla se puede encontrar algún ejemplar de Acacia melanoxylon. Ahora no nos asombra que podamos disfrutar de este árbol a más de 17.000 km de su tierra de origen, en Australia. La globalización y el transporte de personas y mercancías tiene esas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes por los riesgos y las consecuencias negativas de las invasiones biológicas.

Me acerqué a la vieja acacia de madera negra que sobrevive, algo maltratada por el tráfico y los viandantes, en una esquina de la glorieta dedicada al marinero Juan Sebastián Elcano. Precisamente el viajero que completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Observé sus pequeñas semillas que colgaban de las vainas, pendientes de un pequeño arilo rosado. Listas para viajar ayudadas por algún ave. Pienso en sus parientes que viajaron desde Australia a Hawái (7.600 km) donde se diversificaron y dieron lugar a otra especie, A. koa. Mucho después, una semilla de esta especie viajó desde Hawái a Reunión (18.000 km) y allí dejó descendencia originando a su vez una especie nueva, A. heterophylla. Viajes improbables de acacias que tuvieron lugar hace miles, millones de años.
A_melanoxylon_semilla_ariloLos eventos improbables no son imposibles, pueden llegar a ocurrir si hay tiempo suficiente.

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¹ Le Roux, J. J., Strasberg, D., Rouget, M., Morden, C. W., Koordom, M., y Richardson, D. M. (2014). Relatedness defies biogeography: the tale of two island endemics (Acacia heterophylla and A. koa). New Phytologist (publicado en línea: DOI: 10.1111/nph.12900).

Escrito por Teo, 7 agosto 2014.

Enlaces
Artículo de Le Roux y colaboradores en la revista New Phytologist
Reseña en Nature del artículo de Le Roux y cols.

Las Islas de las Especias

Oriente huele a especias. Esa fue mi impresión al salir del avión y pisar por primera vez el aeropuerto repleto de gente de Nueva Delhi. El aire cargado de un olor intenso y penetrante a especias me envolvió como un vaporoso abrazo de bienvenida, augurándome placeres y misterios que siempre asociaré con la India y Oriente.

En Occidente ahora disponemos de especias baratas y en abundancia; sin embargo, durante siglos la mayoría de los condimentos solo se producían en algunos lugares de Asia, sobre todo en las legendarias Islas de las Especias, como se conocía a las Islas Molucas, en Indonesia. En este archipiélago del océano Pacífico de más de seiscientas islas volcánicas, crecían fabulosos bosques de clavo, nuez moscada, pimienta y otras especias; este fantástico tesoro natural dio origen a un comercio que despertó la codicia de gobiernos y buscadores de fortuna, pues generaba tanta riqueza como el oro, hasta el punto que en esos tiempos los granos de pimienta llegaron a ser aceptados como moneda de pago.

Isla Maitara desde Ternate (Molucas). Foto: Mahdy Muchammad.

Isla Maitara desde Ternate (Molucas). Foto: Mahdy Muchammad.

Durante siglos la ubicación de las Islas de las Especias fue un secreto bien guardado. El negocio de las especias probablemente lo comenzaron comerciantes indios y chinos hace milenios. En la Edad Media el comercio era controlado por los árabes; las compraban en la India y las transportaban a los puertos mediterráneos a través de la mítica Ruta de las Especias; y para ahuyentar a los comerciantes europeos inventaron fabulosos relatos sobre los peligros que habitaban en las tierras de Oriente donde crecían los bosques aromáticos.

Descubrir las Islas de la Especias y poseerlas fue el sueño de muchos países y el motivo de audaces viajes que acabaron logrando inesperados descubrimientos de importancia histórica. Para explorar nuevas y rápidas rutas hacia “la Especiería del mundo”, las Indias Orientales, navegantes osados como Colón, Vasco de Gama, Magallanes y Elcano llevaron a cabo gestas que cambiaron el concepto del mundo: se descubrió América (las Indias Occidentales) y se dio por primera vez la vuelta a la Tierra.

En 1511 llegaron a las Islas de las Especias los portugueses y se hicieron con el monopolio mundial del comercio. Poco después arribaron al archipiélago los españoles, disputándoles a los portugueses a lo largo del siglo XVI la propiedad de las Islas. Más tarde llegaron los holandeses y se hicieron con el comercio, conservando el dominio desde comienzos del siglo XVII hasta entrado el siglo XX. Con los holandeses, el relato histórico de las especias se salpicó de dramatismo, pues para mantener el monopolio y los precios altos llevaron a cabo una política comercial y colonial agresiva y extrema, con la aniquilación de nativos rebeldes y la tala masiva de árboles especieros en las islas que no eran de su dominio.

Las leyes holandesas prohibían recolectar y sacar plantas de las islas. Pero en 1770 el monje agrónomo y botánico francés Pierre Poivre robó a escondidas semillas de clavo de olor y nuez moscada y las llevó a las Islas Mauricio en el Océano Índico, donde tras varios intentos las plantas se aclimataron y prosperaron. En vista del éxito las introdujo también en las islas Seychelles, Reunión y en islas del mar Caribe. Así comenzó el cultivo de las especias fuera de las Islas Molucas y el declive del monopolio mundial holandés.

Entristece pensar que esas islas remotas paradisíacas, donde crecían los aromáticos árboles del clavo y la nuez moscada sobre el rico suelo de ceniza volcánica, fueran objeto de una exacerbada ambición humana, como bien expresó Joseph Conrad1:

Aquel era el viejo mar, el mar últimamente conocido por los europeos, que había perdido su infinito encanto de espejo eterno y sereno de un cielo siempre azul después que la codicia empujó a las primeras flotas de mercaderes desde las costas del mar Rojo a los países misteriosos de Oriente. El misterio que rodeaba a aquellos países había sido pronto revelado; y una multitud bárbara y atacada por la sed de oro se lanzó sobre aquellos mares poco antes desconocidos, en busca de riquezas.

El alto valor de las especias se debía tanto a las dificultades de encontrarlas como a los beneficios que aportaban a la vida humana en aquella época por sus propiedades culinarias, conservantes, medicinales y comésticas.

Especias Varias

Las especias potencian el sabor, exaltan el paladar y estimulan el apetito. Algunas modifican el aspecto y el sabor de los platos; a veces enmascaran el mal sabor u olor de las comidas, lo que es muy importante en lugares cálidos tropicales, donde el calor propicia la descomposición y mal olor de los alimentos. Las especias tienen componentes químicos volátiles con propiedades antibacterianas y fungicidas que matan o inhiben el crecimiento de organismos que pudren los alimentos. En los bálsamos egipcios para conservar momias se han hallado especias, sobre todo canela y casia. Algunos aseguran que la canela y la pimienta son los mejores conservantes de alimentos, mientras que otros prefieren la cúrcuma y el clavo.

Los mismos componentes químicos que aportan la cualidad conservante las convierten en buenos remedios antibacterianos, analgésicos y dermatológicos, muy valorados en medicina tradicional. Se suelen administrar en infusiones, aceites esenciales, ungüentos, a veces masticadas directamente. También son utilizadas en la elaboración de perfumes, aportando un toque oriental exótico. Y como inciensos y sándalos quemándose en templos cristianos, budistas e hindúes para aromatizar el aire porque se considera que favorecen la relajación mental y la comunicación espiritual.

Cada cocina tiene sus especias. La cocina mediterránea de la vertiente europea es de especias suaves, mientras la norteafricana, como la de Marruecos, es más amante de los sabores picantes e intensos. En China, usan el polvo de cinco especias (canela de China o casia, clavo de olor, raíz de jengibre, anís estrellado y semillas de anís) con el que tratan de incorporar todos los sabores a los platos para equilibrar el Ying y el Yang. En México adoran el sabor picante de los distintos chiles y la pimienta de Jamaica. Tailandia tiene preferencia también por las más picantes, pero si hay un país de especias ese es la India, donde a un solo plato pueden añadirle hasta quince especias distintas.

El efecto que nos producen las especias no solo es físico. «Hay que echarle un poco de pimienta a la vida” dice la sabiduría popular, condensando en la pimienta el toque de alegría, chispa, intensidad, exotismo, complejidad y belleza que las especias añaden a comidas y ambientes, a la vida. La escritora india Chitra Banerjee Divakaruni ha ahondado en tal efecto anímico en su novela La señora de las especias, donde cuenta la historia de una vendedora de especias, maestra en la materia, que mejora la vida emocional de sus clientes y los ayuda a alcanzar la felicidad. Mientras elige la especia, cada una le canta sus virtudes. Esto es lo que algunas dicen: la cúrcuma, color de amanecer y sonido de caracola, propicia la suerte de los recién nacidos y los recién casados; la guindilla, hija del fuego, purificadora del mal; la alhova  devuelve al cuerpo la frescura y lo deja preparado para el amor2.

Sin dudas las especias producen sensaciones que rayan en lo mágico. Ahora bien, las usamos y apreciamos mucho pero ¿quién conoce las plantas que nos las proporcionan?

Lámina Anís EstrelladoAlgunas de las más utilizadas provienen de árboles, desconocidos, invisibles, a pesar de lo familiar que nos sea la especia. La canela, por ejemplo, se extrae de la corteza interna de las ramas del árbol Cinnamomum verum (familia Laurácea), originario de Sri Lanka; el clavo de olor es el botón floral seco del árbol Syzygium aromaticum (familia Mirtácea), nativo de las Islas de las Especias; el anís estrellado, también conocido como anís chino o badiana, es el fruto antes de madurar del árbol perenne Illicium verum (Familia Illiácea), oriundo del sur de China; la nuez moscada es la semilla del árbol Myristica fragans (Familia Miristicácea), original de las Islas de las Especias, árbol que también proporciona la especia macis, de la envoltura de su semilla. También provienen de árboles la pimienta de Jamaica, la pimienta rosa o la casia (Cinnamomum cassia). No son árboles pero crecen en bosques la pimienta negra, blanca y verde, que es el fruto de una trepadora perenne, y la vainilla, que es el fruto de una orquídea epífita. Todos ellos son vegetales fragantes que viven del sol, la tierra, el agua y el aire, y refugian y alimentan a pájaros, insectos y otras criaturas silvestres.

La canela y el clavo son aromas de mi infancia, de los postres caseros, del arroz con leche y la compota de membrillo que tanto perfumaban la casa. Esas especias y otras tantas están en mi cocina. Me gusta añadirlas a platos salados y dulces y también a mis tés. En reconocimiento al placer y felicidad que los árboles como el clavo y la canela nos han proporcionado por tantos años sugiero elaborar galletas de especias para degustar esos aromas después de haber conocido su historia.

 Receta de galletas con especias

Ingredientes para un plato de 25 galletas:  220 g de harina; 145 g de azúcar moreno; 110 g de mantequilla; 4 g de levadura; 2 g de sal; 8 cucharas de café (en adelante, c.c.) de canela molida; 2 c.c. de nuez moscada; 1 c.c. de jengibre molido; 2 clavos; 1 cardamomo; 1 pimienta blanca. Esta proporción de especias resulta suave, si se prefiere un sabor más fuerte, añadir 2 c.c. de clavo molido, 1 c.c. de cardamomo molido y una c.c. de pimienta blanca molida. En la elaboración debe tenerse en cuenta que la masa debe reposar unas horas para que las especias suelten a la masa todo el sabor y aroma.

Galletas de EspeciasModo de hacerlo: 1. En un cuenco, mezclar todos los ingredientes secos menos el azúcar, es decir, harina, levadura, sal, canela, nuez moscada, jengibre, clavos, cardamomo y pimienta. 2. En otro cuenco, reblandecer la mantequilla y mezclarla con el azúcar y el huevo. 3. A continuación ir añadiendo a la mezcla de la mantequilla la harina con las especias, mezclándola y amasándola hasta terminar de unir todos los ingredientes de forma homogénea.  4. Hacer una bola con la masa, envolverla en papel transparente y mantenerla en el frigorífico unas horas o toda la noche. 5. Una vez reposada, esperar a que se ablande fuera del frío y estirarla con el rodillo sobre film transparente hasta dejar medio centímetro de grosor, a continuación cortarla con un vaso que tenga la boca de tamaño de galletas y colocarlas en una bandeja de horno con papel de aluminio. 6. Precalentar el horno a 190º y cuando se introduzcan esperar de 6 a 8 minutos, hasta que hayan dorado un poco. Cuando se retiran del horno pueden estar un poco blandas pero quedarán hechas cuando se enfríen.

Cuando toméis las galletas, acompañadas de té o la bebida que os guste, concentrad la atención en vuestro paladar y olfato, tratad de ser plenamente conscientes del poder de las especias, escuchad qué os cuenta el aroma, qué os dice de la tierra que las sostienen y alimentan, de la brisa oceánica, de las nubes monzónicas y la lluvia tropical, del canto de las aves marinas… Cerrad los ojos y dejad que os transporten a los bosques fragantes de las Islas de las Especias desde donde se divisa el mar.

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¹ Un vagabundo de las islas. Joseph Conrad. En: Obras Completas. Tomo I. RBA, 2005. Pág. 191.  Traducción de Antonio Guardiola.

² La señora de las especias. Chitra Banerjee Divakaruni. Suma de letras, S.L. 2000. Traducción de Ángela Pérez.  (Título original, The Mistress of Spices, 1977). Basada en esta novela, Paul Mayeda Berges dirigió en 2005 la película La joven de las especias, con guión de Gurinder Chadha y Paul M. Berges, y protagonizada por Aishwarya Rai.

Escrito por Rosa, jueves 24 de julio de 2014.

Árbol madre de la humanidad

Algunas leyendas africanas cuentan que los primeros ancestros humanos nacieron de los baobabs, esos árboles majestuosos, multiformes, imponentes que se alzan solitarios en el monótono paisaje de la sabana.

"Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010", por Elaine Ling

«Baobab, Tree of Generations #29, Madagascar 2010», por Elaine Ling

El baobab (Adansonia digitata, de la familia Malvaceae) es un árbol de aspecto y biología peculiar, que se extiende por toda el África subsahariana. Pueden ser muy longevos, con frecuencia llegan a ser milenarios; se han datado baobabs de más de 3.000 años. No son árboles muy altos, no suelen pasar de los 20 m, pero forman unos troncos masivos inmensos de hasta 14 m de diámetro. Con frecuencia sus troncos están huecos y en su interior pueden almacenar gran cantidad de agua; más de 6.000 litros. En el mismo género Adansonia existe una especie de baobab que vive en Australia y otras seis especies más que se encuentran en la isla de Madagascar; la más famosa es A. grandidieri que forma la impresionante «avenida de los baobabs gigantes» de Morondava.

El árbol donde nació el hombre se titula un libro de Peter Matthiessen publicado en 1972¹. Es una narración de sus viajes por Sudán, Uganda, Kenia y Tanzania en los años sesenta del pasado siglo. Al inicio del libro, Matthiessen imagina al árbol-madre de la mitología Nuer como «un gran baobab que sobresale con fuerza, como una raíz antigua de la vida, entre los pastizales que se extienden hasta el horizonte«.

Para muchos pueblos el baobab es el «árbol de la vida». Posiblemente su capacidad de almacenar agua permitió la expansión de los pueblos nómadas por las zonas más áridas de África. Matthiessen convivió con el pueblo Hadza, que conserva un estilo simple de vida como recolectores y cazadores, y nos cuenta en su libro cómo utilizan los diversos productos del baobab. Las mujeres recogen las semillas, ricas en proteínas y grasas, para molerlas y cocinarlas; una vez preparadas pueden ser consumidas durante los siguientes cinco meses. Las hojas frescas se comen como ensalada. Los panales de abejas que se instalan en los troncos y ramas surten de miel. Los frutos, secados, pueden servir de sonajeros para los pequeños o cortados a la mitad, como cuencos para beber. La corteza abastece de fibra para elaborar cuerdas y redes. Durante las lluvias los árboles proporcionan cobijo y durante la sequía son una fuente de agua que almacenan en sus grandes troncos huecos.

Es el árbol de la vida y también del más allá. «Los baobabs atraen a criaturas nocturnas como los murciélagos y gálagos (pequeños primates) que polinizan sus flores. Algunos pueblos creen que también atraen a los fantasmas; los consideran casas de los espíritus».

El origen de la humanidad, ese maravilloso misterio de la evolución que ocurrió en las tierras africanas, es el hilo conductor del libro. En el Serengueti, Matthiessen coincidió con George Schaller, zoólogo que entonces estudiaba los carnívoros del Parque. Juntos recorrieron la región de Olduvai y especularon sobre las costumbres sociales de los primeros homínidos, que emergieron de los bosques de África Central. El escritor nos transmite la emoción de estar contemplando los paisajes ancestrales que vieron nacer a la estirpe humana: «los cazadores y recolectores han estado recorriendo esta región desde que la humanidad surgió aquí por evolución«.

Durante la narración de su viaje, Matthiessen muestra fascinación por los paisajes, la fauna y los pueblos con sus culturas diversas. También le dedica alguna atención a los árboles africanos². He reseñado o transcrito a continuación una selección de pasajes del libro que me han parecido de interés para el «buscador de árboles» o que por su belleza descubren la forma de percibir el mundo de Matthiessen.

En las montañas del norte de Kenia, acamparon en un bosque de olivos africanos centenarios (Olea europaea subsp. cuspidata) con sus viejos troncos retorcidos. «Pocos bosques son tan hermosos, tan silenciosos«.

«Los jóvenes Rendille (tribu de pastores nómadas) permanecían impávidos, como garzas, apoyados en una sola pierna, masticando ramitas de mswaki (Salvadora persica), mientras nos contemplaban pasar».

«La mirada nocturna de la mayoría de los animales es roja, como los dos faros rojos que vimos una vez en la rama de un árbol de la fiebre o acacia de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea); eran los ojos de un gálago (Galago senegalensis), un primate pequeño primitivo que podría parecerse a la criatura arbórea de la que evolucionó la humanidad.«

«Pasé un día de febrero en un kopje (cerro testigo), oteando la llanura. Miraba y escuchaba. Desde la higuera (Ficus thonningii) venía un zumbido de moscas. Volvió el sol, y del sol parecía llegar el suave aleteo de una alondra; la vida de la llanura siguió su ritmo, llevándome con ella.«

«La higuera gigante (Ficus thonningii) parece un pequeño bosque desde lejos. Es tan vieja como la historia del hombre en estas llanuras. Se extiende unos 46 m a lo ancho, el tamaño de seis árboles normales. Es el árbol de la vida. Estaba habitado por cuervos, cernícalos, mochuelos, cucos; ninguno quería abandonar el árbol porque no hay otro en varios kilómetros a la redonda. Algún día me gustaría sentarme bajo este árbol y contemplar durante una semana o más la vacuidad. Se entiende porqué estas higueras monumentales tienen ese aura religiosa para los africanos. Para ellos simbolizan las montañas sagradas, y los antiguos vínculos con la tierra y la lluvia, con la naturaleza y con Dios.»³

Elefantes y acacias en Etosha, Namibia, septiembre 2000.

Elefantes y acacias en el Parque Nacional Etosha, Namibia, septiembre 2000.

«Los elefantes tienen una propensión a derribar árboles. Junto con el hombre y el fuego son los tres agentes más importantes que están cambiando los hábitats de África. En el Serengueti, durante los últimos años, el fuego y los elefantes han transformado gran número de hectáreas de bosques de acacia en pastizales.» En uno de sus recorridos a pie, Matthiessen presenció cómo «los elefantes estaban destrozando un bosque (no es exageración); se escuchaban los terribles crujidos de los árboles

«Los elefantes suelen formar grupos dispersos y son nómadas, pero la presión humana los está confinando en grandes manadas a ciertas áreas restringidas que pueden llegar a destruir. El problema del elefante (dónde, cuándo y cómo manejarlos) es origen de una gran controversia en África Oriental. Su solución está asociada al logro de un equilibrio entre los animales salvajes y el hombre en todo el continente.«

«En el Parque del lago Manyara, los elefantes están destruyendo las acacias parasol (Vachellia tortilis) a una velocidad tal que la regeneración no puede compensar la destrucción; posiblemente en diez años estos árboles hermosos habrán desaparecido del Parque Manyara. Los que no son derribados por los elefantes, son descortezados y mueren por daños en el sistema vascular o por efectos de los barrenillos que aprovechan las heridas para penetrar en la madera expuesta«.

«También los baobabs, que almacenan calcio en la corteza de sus troncos, son descortezados y dañados por los elefantes. Solo unos pocos árboles jóvenes de baobab sobreviven en el Parque de Tsavo.«

En una expedición botánica por el Monte Meru (Tanzania), se veían rastros de la presencia de búfalos y rinocerontes por todas partes. «Uno iba caminando al tiempo que buscaba con la mirada los árboles hospitalarios más próximos, por si surgía una emergencia. ¡Kifaru! gritó el guía y todos salimos despavoridos. Detrás de mi árbol (demasiado grande para treparlo) veía a mi compañero en las ramas de un cafetero silvestre; mientras, el rinoceronte (kifaru) desaparecía trotando. Varias veces tuvimos que trepar. Para nosotros no era divertido, pero los africanos se reían, viendo a los blancos subir y bajar de los árboles

Explorando Yaida Chini, la región de los Hadza, Matthiessen describe: «los árboles en esta región virgen son enormes: las acacias parasol (Vachellia tortilis), las acacias de corteza amarilla (Vachellia xanthophloea) y la más noble de las acacias, las poderosas acacias albidas (Faidherbia albida). Además, se encontraban entremezclados gruesos sicomoros (Ficus sycomorus) y árboles de las salchichas (Kigelia africana)

«Una piedra incrustada en un árbol es una de las pocas señales de presencia de los Hadza. Son invisibles en el medio donde viven. No tienen un concepto de la naturaleza salvaje porque ellos son parte de ella. Viven el día a día. El pasado y el futuro tienen poca relevancia para ellos. Lo captan de una forma fugaz. Viven en el momento; un don precioso que hemos perdido.«

«A pie, el pulso de África te llega a través de las botas. Eres un animal entre los demás, desconfiando de los lugares sombreados, de la repentina quietud en el aire. «

«Caminé con los pies descalzos por la llanura, para sentir el cuero cálido de África en mi piel, y para ser consciente de mis pasos. «

«En cada dirección se divisaban paisajes misteriosos del pasado y del futuro. El presente es la deslumbrante luz salvaje, el sol, un ave, y un baobab en su aislamiento heráldico, como el árbol dónde nació la humanidad

Retrato de Peter Matthiessen por Damon Winter. The New York Times, marzo 2014.

Retrato de Peter Matthiessen, tomado en marzo 2014 por Damon Winter. The New York Times.

Hace poco más de un mes, Matthiessen, enfermo de leucemia, concedía su última entrevista. «No me quiero aferrar demasiado a la vida. Es parte de mi entrenamiento Zen. He tenido una buena vida. Muchas aventuras. No me quejo.» Fallecía el 5 de abril en su casa de Sagaponack, EEUU.

Lo recordamos con uno de sus momentos de felicidad y contemplación interior: «Recostado contra las rocas antiguas de África, estoy contento. La gran quietud en estos paisajes que antes me inquietaban me van permeando día a día, y me provocan el sentimiento poco razonable de haber encontrado lo que estaba buscando sin haber descubierto lo que era
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¹ Peter Matthiessen, 2000, An African trilogy. The tree where man was born. African silences. Sand rivers. The Harvill Press, Londres. Esta edición del año 2000, con una introducción actualizada del autor, compila sus tres libros de viajes a África que fueron publicados respectivamente en 1972, 1991 y 1981.

² En el libro se mencionan los nombres vulgares en inglés o en la lengua local de los árboles. He procurado buscar el nombre científico más probable (que añado entre paréntesis) consultando la lista de árboles de Tanzania, por Hines y Eckman (1993).

³ Según cuentan, algunas compañías de safari en Tanzania han incluido la visita a esta higuera monumental, bautizada como «el árbol donde nació la humanidad» en homenaje a Matthiessen.

Escrito por Teo, 15 mayo 2014.

Fuentes
Exposición «Baobab: Árbol de generaciones», por la fotógrafa canadiense Elaine Ling.

Entrevista a Matthiessen por Jeff Himmelman para New York Times, 3 abril 2014.

D. A. Hines y K. Eckman (1993). Indigenous multipurpose trees of Tanzania: Uses and economic benefits for people. FAO, Roma.

Botánico de Roma

Los árboles han sido buscados, talados y utilizados para diversos fines (construcción, combustible, navegación) durante la expansión de la especie humana, produciendo una deforestación masiva de amplias zonas del planeta. La cuenca mediterránea, cuna de civilizaciones milenarias, ha sufrido de manera especial ese proceso de deforestación que siempre acompaña al desarrollo humano.

Para un «buscador de árboles» entrar en un arboreto o jardín botánico es tener la oportunidad de conocer a esas criaturas magnánimas que tanto nos han dado y que allí encuentran su refugio. En unas cuantas hectáreas de terreno podemos mirar, tocar y oler árboles que proceden de lugares remotos y que cuentan variadas historias evolutivas y culturales. La solución perfecta para «las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso», que escribía Muñoz Molina, o sin suficientes recursos económicos para los viajes exóticos, añado yo.

En mi última visita a Roma el pasado mes de noviembre, para participar en la reunión final del proyecto EnvEurope, tuve la ocasión de acercarme al Orto Botanico. Es un jardín relativamente pequeño (unas 12 hectáreas), cuando se compara con los grandes parques botánicos como Kew (132 ha) en Inglaterra, Kirstenbosch (528 ha) en Sudáfrica o Cienfuegos (97 ha) en Cuba, por citar solo algunos. Sin embargo, tiene el encanto de los jardines históricos que forman parte de una ciudad y conservan ornamentos de su pasado palaciego.

Estos jardines formaban parte del palacio construido en el siglo XV por el cardenal Riario. Tuvo como huésped ilustre a la Reina Cristina de Suecia quien, después de abdicar al trono en 1654 y convertirse al catolicismo (la religión de sus enemigos en la Guerra de los Treinta Años), se expatrió a Roma donde tuvo una intensa actividad como mecenas cultural, fundando la Academia de la Arcadia. Todavía se conservan en el actual Jardín Botánico algunas piezas procedentes de su colección de antigüedades. En el siglo XVIII fue comprado por el cardenal Corsini y bajo su encargo el arquitecto Fernando Fuga remodeló el palacio y los jardines dándoles la imagen barroca actual. Por último, en 1883 el Estado compró el conjunto, cediendo los jardines a la Universidad de Roma para organizar el Orto Botanico, mientras que el palacio lo convirtió en la Galería Nacional de Arte Antiguo.

Quercus suber L.

Quercus suber L.

Visité el jardín un miércoles de otoño por la mañana y estaba prácticamente solo en ese refugio de placer. Me dediqué a pasear y admirar los árboles; les preguntaba por sus lugares de origen, sus rasgos biológicos y sus virtudes para los humanos. Atravesé el paseo de las palmeras, pasé junto a la fuente de los tritones y llegué a un poderoso alcornoque (Quercus suber) con un tronco de más de 5 metros de circunferencia ¹. He visto muchos alcornoques por mi tierra pero no había visto ninguno tan alto y majestuoso. Estaba adornado por una compañera inusual, la trepadora americana Campsis radicans (familia Bignoniaceae), emparejados por el capricho del jardinero. El alcornoque es un árbol mediterráneo bien conocido en España, donde se extraen cada año unas 60.000 toneladas de corcho (el 25% de la producción mundial). Este preciado producto se utiliza principalmente en la fabricación de los tapones de botellas de vino. La corteza del tronco se «pela» cada 9-10 años y el árbol la renueva, pero acorta su vida.

Muy cerca de allí, en el invernadero Corsini, había dos bañeras de mármol usadas actualmente como maceteros que recordaban a su antigua dueña, la reina Cristina de Suecia, quien paseó por estos jardines hace más de tres siglos.

Subiendo por la colina, la masa oscura de la colección de gimnospermas perennifolias destacaba en el aspecto general de bosque otoñal del jardín. Pero un árbol daba la nota entre los demás con sus hojas anchas que comenzaban a amarillear. ¡Qué extraño! Me acerqué y efectivamente era un árbol extraño y peculiar, el ginkgo (Ginkgo biloba). Además era una hembra que estaba cargada de frutos (en esta especie dioica las flores machos y hembras están en árboles separados). En el suelo se mezclaban las hojas caídas, los frutos y restos de semillas abiertas por algún depredador.

Ginkgo biloba L.

Ginkgo biloba L.

El ginkgo es un fósil viviente, es decir un árbol primitivo que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos 200 millones años. Existen muy pocos ejemplares en su hábitat natural, en las montañas de China, pero se ha plantado en casi todo el mundo por la singularidad y elegancia de sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. Los primeros ginkgos que llegaron a Europa se plantaron en el siglo XVIII, posiblemente en los Países Bajos. Esta hermosa «ginkga» de Roma debe ser de finales del XIX cuando el jardín palaciego se convirtió en jardín botánico. En China se comercializan las semillas comestibles de ginkgo y en occidente se ha extendido el uso de los extractos de hojas como estimulante de la memoria.

Justo al lado del ginkgo se elevaba la masa oscura de una Torreya grandis (familia Taxaceae), con un tronco de 4,6 m de circunferencia. Este árbol es endémico del sureste de China donde es utilizado por su madera, se consumen las semillas (no son tóxicas, a diferencia de las del tejo) y se produce un aceite de sus arilos (cobertura carnosa de la semilla). Sin embargo no fue conocido en Europa hasta el siglo XIX cuando el «cazador de plantas» Robert Fortune compró algunas semillas en China y las envió a Inglaterra. Este botánico se haría famoso más tarde por robar los secretos del cultivo y la manufactura del té en China e introducirlos en la India, entonces bajo el dominio británico.

El silencio y la soledad del jardín se rompió con un bullicio de voces y risas infantiles. Me acerqué a la escalinata dieciochesca y, manteniendo una distancia prudencial, estuve observando cómo un grupo escolar atendía las indicaciones del maestro que les señalaba dos plátanos centenarios, situados a ambos lados. Terminada la breve disertación, subieron corriendo y alborotando por las escaleras hacia la parte alta del jardín.

Platanus_childrenVolvió el silencio y subí entonces por las escalinatas para acercarme a los plátanos. Un cartel explicaba que la «Fuente de los 11 chorros» fue construida por Fernando Fuga a mediados del siglo XVIII y la cascada-escalera aprovecha el desnivel de la colina del Gianicolo. Cuando en 1883 el Estado compró el jardín y lo convirtió en Botánico, conservó la fuente, la escalinata y los dos plátanos centenarios que la escoltan; ahora son un elemento singular del patrimonio natural del jardín.

Los plátanos orientales (Platanus orientalis) son autóctonos del mediterráneo oriental; recordaba haberlos visto en los bosques de ribera en las montañas de Sicilia. Sin embargo, el plátano de sombra que se planta normalmente en las ciudades y que es tan común en las calles de Sevilla, es un híbrido (Platanus x hispanica) de este plátano oriental mediterráneo y del plátano occidental americano.

El plátano del lado norte de la escalera tiene un grueso tronco de unos 6,5 m de circunferencia. Estaba casi desprovisto de hojas. Buscando una perspectiva adecuada para capturar una imagen que diera idea de la monumentalidad del árbol, me fijé en una pareja de ánades reales (Anas platyrhynchos) que me miraban inmóviles desde un pequeño estanque casi al pie del mismo árbol. Procuré alejarme para no molestarlos y seguí mi camino. En este refugio de árboles, en el corazón de Roma, también encuentra su hábitat una fauna variada.

En mi paseo por el jardín había visto diversas aves: un agateador (Certhia brachydactyla) trepando nervioso por un tronco, un petirrojo (Erithacus rubecula) que me miraba curioso desde su rama, los bandos de gritonas cotorras (Myiopsitta monachus), que posiblemente eran las responsables de los restos de semillas de ginkgo comidas en el suelo, y que se han convertido en una plaga en muchas ciudades europeas, un pito real (Picus viridis) que voló veloz al acercarme dejando una estela verde, y las omnipresentes cornejas cenicientas (Corvus cornix).

Desde la parte alta del jardín, en la colina del Gianicolo, se divisan las cúpulas de las iglesias de Roma sobre las copas de los árboles. Una visión espléndida, privilegiada. Estás en la ciudad pero a la vez fuera, en una isla de verdor y silencio.

Roma_view

De pronto, un terrible estruendo me sobresaltó. Las aves, cotorras, cornejas y palomas volaron aterrorizadas por la explosión. Recupero el ritmo cardíaco después del susto, miro el reloj, son las 12 en punto, sonrío. Al momento me viene el recuerdo de cuando vivía en el Trastévere y me llegué a acostumbrar al cañonazo que marca la hora del mediodía. Según cuentan, esta absurda contaminación acústica data de 1847 cuando el papa Pío Nono ordenó que un cañonazo a las 12 sirviera para ajustar el horario de las campanas de las iglesias de Roma.

Repuesto del sobresalto continué mi amable paseo por la parte alta del jardín. Hacia el norte está la zona del jardín japonés, con sus puentes, cursos de agua, linternas de piedra y un coqueto pabellón cubierto al estilo japonés, que ese día estaba desierto. Los pequeños arces japoneses (Acer palmatum) estaban cuajados de sámaras y lucían sus hojas palmeadas, rojas, prestas a caer.

Descendí por el sendero junto al campo de bambúes y llegué hasta un árbol de tronco grande y rugoso, con una copa baja, hojas pequeñas y ramitas terminadas en espinas. Busqué la etiqueta con el nombre pero no la encontré. Una de las frustraciones de este jardín botánico es que faltan muchas etiquetas y no es posible identificar todos los árboles. Sospecho que se trata del Schinus polygamus (familia Anacardiaceae) que Fratus recogió en su lista de árboles monumentales, con un tronco de más de 4 m de circunferencia. Es nativo de Sudamérica, donde lo llaman huingán, molle o boroco; con sus frutos se prepara una chicha o aguardiente.

Zelkova sinica Schneid.

Zelkova sinica Schneid.

Si tuviera que elegir un árbol de este jardín por la belleza de su tronco, sin  duda sería la «zelkova» de China (Zelkova sinica, familia Ulmaceae). Su corteza gris suave se exfolia en parches de un naranja intenso que confieren gran vistosidad al tronco. El género Zelkova es un relicto del Terciario con seis  especies distribuidas en dos áreas: el suroeste de Eurasia (Creta, Sicilia y Cáucaso) y el este de Asia (China, Corea y Japón). Son árboles adaptados a las condiciones húmedas y cálidas del Terciario que fueron diezmados por los cambios climáticos y ambientales. En el 2010 ha comenzado un plan internacional de conservación del género Zelkova, auspiciado, entre otros organismos, por la red Internacional de Conservación de los Jardines Botánicos (BGCI, del inglés Botanical Gardens Conservation International).

En dirección a la salida, casi escondido detrás de un seto, encontré al alcanforero Cinnamomum camphora (familia Lauraceae). Es un árbol robusto, con un tronco de más de 5 m de circunferencia que se bifurca desde casi la base. Esta especie es nativa del este de Asia (China, Corea, Japón y Vietnam), aunque ha sido plantada por todo el mundo. Recordaba la primera vez que vi un alcanforero, en el arboreto del Campus de Dehradun (India). Fui allí en 2003 a un congreso y a la vuelta me traje algunas semillas; aún conservo en mi terraza un pequeño alcanforero, que ya tiene 10 años y apenas levanta 1,5 metros del suelo de la maceta. Me gusta coger sus hojas senescentes y estrujarlas para aspirar su aroma expectorante. El alcanfor es el compuesto químico (tipo terpenoide) que abunda en su madera y sus hojas; se extrae por destilación. En Asia se usa ampliamente en medicina tradicional, como repelente de insectos, para aromatizar dulces y en rituales religiosos.

Salí del jardín embriagado por mis paseos y mis conversaciones con esos árboles magníficos que cuentan historias maravillosas de lugares remotos: el ginkgo y la zelkova de China, el alcanforero de la India, el alcornoque y el plátano del Mediterráneo, el arce del Japón y el huingán de Chile. Agradecido a la ciudad de Roma por crear y mantener este jardín botánico e histórico, que es al mismo tiempo un «lugar de investigación y de recreo, parque público y laboratorio, espacio de retiro y centro de enseñanza» (en palabras de Muñoz Molina).

Traspasada la verja del refugio protector, me encuentro entre las callejuelas del animado y bullicioso barrio del Trastévere. Me detengo en una trattoria y pido una penne al boscaiolo acompañada de una birra Peroni para reponer fuerzas después de la deliciosa giornata en el Botánico de Roma.
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¹ Inventario de árboles monumentales del Orto Botanico de Roma por Tiziano Fratus (14 febrero 2011).
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Nombre de la especie y circunferencia del
tronco en metros (medida a 1,3 m de altura)
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Platanus orientalis                                 6,5
Casuarina cunninghamiana                 5,5
Quercus suber                                        5,4
Cinnamomum camphora                      5,2
Pterocarya fraxinifolia                           4,7
Torreya grandis                                      4,7
Schinus polygamus                                4,4
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Escrito por Teo, 30 enero 2014.

Fuentes

Web oficial del Jardín Botánico, Universidad de Roma
Inventarios de árboles monumentales de Roma por Tiziano Fratus
Artículo de Antonio Muñoz Molina sobre los jardines botánicos

Encinas negras de Machado

Las encinas, robles, quejigos, coscojas y alcornoques, la rica diversidad de árboles que comparten el género Quercus, me llevaron a Baeza. Antonio vino desde Morelia, Mario desde Chiapas, Arndt desde Burdeos y Vanda desde Lisboa; el resto llegamos desde distintos puntos de España. En total nos juntamos 15 ponentes y 25 participantes en el Encuentro Internacional sobre los Quercus organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en su sede de Baeza, Jaén.

Durante tres días intercambiamos información sobre la genética, ecología y fisiología de las especies de Quercus y debatimos sobre las opciones de gestión más adecuadas para mitigar o reducir los efectos del cambio global sobre estos bosques.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

El género Quercus tiene más de 500 especies de árboles y arbustos que se distribuyen por todo el Hemisferio Norte. Uno de los «centros de diversidad» (regiones con mayor riqueza de especies) está en México, con unas 160 especies de «encinos» y robles. Allí se extienden por una variedad de hábitats, que incluyen matorrales desérticos, bosques templados, bosques de niebla y selvas tropicales, según nos contó en su ponencia Antonio González Rodríguez (de la Universidad Autónoma de México, en Morelia).

En la Península Ibérica solo hay 11 especies de Quercus, pero tienen una gran importancia ecológica y económica. Los bosques dominados por estos árboles proporcionan valiosos «servicios ecosistémicos» (beneficios que ofrecen los ecosistemas para el bienestar humano). Se pueden agrupar en servicios «de abastecimiento» (madera, leña, corcho y alimento para el ganado), «de regulación» (secuestro de carbono, protección de suelo, mejora de la calidad del aire y agua) y «culturales» (recreativos, paisajísticos y de identidad cultural). El cambio global, mediante sus principales «motores» que son el cambio de uso del suelo, la introducción de patógenos exóticos y el cambio climático, está afectando negativamente a estos bosques, reduciendo la provisión de sus «servicios ecosistémicos» y en consecuencia perjudicando al bienestar humano.

En la sesión de Conclusiones del Encuentro se identificaron algunos temas que son importantes para la investigación y la adaptación de los bosques de Quercus frente al cambio global: compatibilizar el pastoreo de ganado y fauna cinegética con la regeneración del arbolado; favorecer la diversidad genética (incluidas las hibridaciones) para aumentar la adaptación al cambio climático; controlar los patógenos exóticos y reducir la mortalidad de los árboles; desarrollar técnicas selvícolas (podas, aclareo) que favorezcan la tolerancia a la sequía; promover técnicas eficientes de forestación y restauración del bosque; e implementar políticas de pago por servicios ecosistémicos que compensen los costes derivados de la gestión.

En las idas y venidas del Palacio de Jabalquinto (donde se daban las conferencias) al Antiguo Seminario de San Felipe Neri (donde estaban las habitaciones y la cafetería para el café de los descansos) teníamos que cruzar el jardín y no podíamos dejar de ver el busto de Antonio Machado que parecía mirar fijamente a una joven encina. Entre los cipreses altivos y las palmeras exóticas llamaba la atención en el jardín la austeridad oscura de la encina. Una placa con unos versos recuerda que fue plantada en 2009 en memoria del poeta.

Busto de Antonio Machado en el jardín de la UNIA y en primer plano la «encina negra».

Conocía el poema «Las encinas» de su libro Campos de Castilla, que precisamente se publicó en 1912, el año en que Machado llegó a Baeza contratado como profesor de francés.

¿Qué tienes tú, negra encina
campesina
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

Viviendo como se puede, derecha o torcida, la encina se adapta a la adversidad de su medio. Profunda enseñanza nos regala el poeta.

La “encina negra” de Machado es la encina común, carrasca o chaparro  (Quercus ilex); una especie que se distribuye por toda la Cuenca Mediterránea y  que tiene su mayor extensión en España, con unos tres millones de hectáreas. Su gran plasticidad, amplitud ecológica, capacidad de adaptación a condiciones adversas y sobre todo su resistencia a las perturbaciones como podas, talas o fuego han contribuido a que sea la especie forestal más extendida por todo el país.

Pero volviendo a la encina del jardín y los versos en la placa, no estaban dedicados a las encinas que dominan los paisajes castellanos, sino a otras encinas menos visibles, escondidas entre los olivares de Jaén. En ese poema, extraído de su libro Nuevas Canciones¹, Machado cantaba:

Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.

Pero ¿hay encinas en los campos de Baeza? Al atardecer me asomo al Paseo Antonio Machado y desde allí diviso un mar de olivos, sin interrupción hasta las sierras de Cazorla y Mágina. Pregunto a un grupo de paseantes por la encina de Machado y me confirman su existencia. Me explican la forma de llegar al lugar conocido como «Los Encinarejos», en el camino a Úbeda.

A la mañana siguiente me dirijo en dirección a Úbeda. En una carretera de servicio sale un carril, casi escondido, entre una granja de aves y una fábrica de muebles. Recorro unos metros y allí están las encinas. Un pequeño grupo de unas 12 encinas centenarias que han sobrevivido protegidas entre los olivos, posiblemente al estar en un espacio público de alguna vereda antigua. Un par de ellas han sido rodeadas por las cercas de la granja y otra presenta daños y el tronco parcialmente quemado .

Encina y Baeza

Junto a una de las encinas se divisa a lo lejos, en la loma y entre el mar de olivos, el caserío de la ciudad de Baeza. Me imagino a Machado, «caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo» por estos olivares polvorientos². Parando bajo la negra encina, descansando y recordando con nostalgia a Leonor y sus años felices en tierras castellanas.

Examino un papel arrugado y roto en el suelo donde todavía se puede leer: «en recuerdo de Antonio Machado… 2012». Reconozco los restos de un cartel del que había visto fotos mientras buscaba información en internet sobre la encina negra. En el blog se documentaba la visita de un grupo de entusiastas locales de Úbeda, defensores del patrimonio monumental, que habían realizado un homenaje a Antonio Machado en 2012 para recordar la estancia del poeta por estas tierras y «de paso reivindicar la protección y puesta en valor de estas doce encinas centenarias»; loable empresa.

Me invade la melancolía al pensar en el Machado solitario y triste, al observar el abandono del lugar y me inquieta el incierto futuro de estas encinas monumentales. Se podría adecentar el lugar, acondicionar un pequeño parque para proteger y disfrutar de este grupo de encinas, poner algunos paneles explicativos con la vida y poemas de Antonio Machado, promocionar el valor de estos árboles singulares como iconos naturales y culturales.

Empiezan a caer algunas gotas de agua y me recuerdan que tengo que volver a Sevilla. Mientras abandono el lugar, me vuelvo para mirar de nuevo a las encinas negras de Machado, escondidas y olvidadas³, entre los olivares. Y publico este post en su homenaje.
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¹ Del poema Apuntes (CLIV) en Nuevas Canciones (1917-1930).
² Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo. Poema CXXI en Campos de Castilla.
³ Estaba convencido que este grupo de encinas centenarias, por su valor histórico y cultural, estaría incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía. Ya de vuelta en casa, busco en el volumen de la provincia de Jaén y lamentablemente no las encuentro.

Publicado por Teo, el jueves 31 de octubre 2013.

Documentos del Encuentro Internacional sobre los Quercus
Encuentros de Medio Ambiente 2013 en la UNIA
Lugares de Baeza vinculados a Antonio Machado
Visita homenaje de los vecinos de Úbeda a la encina de Machado en 2012