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Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

_________________________________
[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

Cernuda en el Parque

En los jardines antiguos el paso del tiempo concede a los árboles el privilegio de alcanzar la madurez. Suelen ser más grandes y vistosos, algunos llegan a tamaño colosal, otros alcanzan maneras majestuosas y sublimes, contagiando todos la atmósfera del jardín de cierto aire sobrecogedor. El Parque de María Luisa de Sevilla es uno de esos jardines centenarios donde la presencia de árboles viejos, abundantes y diversos, iluminados por la luz brillante del sur, crean escenas de delicada belleza que sumergen al paseante en estados interiores de ensoñación, asombro o poesía.

Parque

Es difícil capturar con palabras el encanto del Parque de María Luisa. La frondosidad verde prodiga una variedad de momentos para el goce de los sentidos en su devenir cambiante al paso de las horas, al ritmo de las estaciones. ¿Cómo expresar la belleza sutil y efímera de los contrastes entre la luz y la sombra sobre los árboles o la presencia tenue del otoño?  Los poetas son los que mejor saben revelar lo inaprensible. Luis Cernuda (1902-1963) supo captar esa realidad mágica del jardín sevillano. En su exilio en Escocia, escribió el libro Ocnos (1942) para conmemorar los lugares queridos de su infancia y juventud, entre ellos, el Parque de María Luisa. El poema en prosa El Parque describe admirablemente la infinidad de bellos matices que componen el alma y la esencia de este espléndido jardín histórico. Os invito a disfrutar del Parque rememorado por el poeta.

El Parque

Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en haces alternados con otros de sombra. Los troncos, componiendo la perspectiva, parecen desde lejos demasiado frágiles para sostener, aunque aligerada por el otoño, la masa de sus frondas, a través de las cuales se trasparenta el celeste tan leve del cielo, indeciso aquí y allá entre el rosado y el gris. Un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes verdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas. La naturaleza a solas recoge en su seno tanta calma y tanta hermosura, originadas y sostenidas una por otra, igual que sonido y sentido en un verso afortunado.

A la tarde, el viento se lleva por la alameda algo que en su alada rapidez no se sabe si son hojas secas o doradas aves migratorias. Tibia la hora, algún grupo de árboles manteniendo su verdor intacto, las palomas revuelan tocadas de ímpetu vernal, y los niños vienen con sus triciclos, con sus cometas, con sus veleros. Si bajo el pie no crujiesen las hojas, nadie diría que fuese otoño, ni siquiera ese perro valetudinario que, encelado y envidioso, ronda los juegos de sus congéneres jóvenes. La luminosidad de un verano de San Martín llena la tarde de promesas engañosas: el buen tiempo presenta un futuro dilatorio, de momentos tan plenos como los días largos de una primavera que comienza. Allá entre los troncos más lejanos, donde un vapor ofusca la trasparencia del aire, por la llama de esa hoguera se diría que arde, en pira de sacrificio, buscando transustanciación, el otoño mismo.

Escrito por Rosa, jueves 26 de noviembre de 2015.

Fuente:
Luis Cernuda. Ocnos : seguido de Variaciones sobre tema mexicano. Taurus Ediciones. Madrid. 1979. Página 77.

El Parque de María Luisa en este Blog:
El Monarca del parque
Sanar con árboles
La higuera gigante que vino de Australia

Flecha al cielo

Apuntando al cielo como una flecha con su figura erguida, afilada, de apretado follaje verde oscuro, el ciprés común (Cupressus sempervirens) invita a contemplar el firmamento y a preguntarnos sobre nuestro destino.  Árbol original por sus rasgos y por su temperamento, el ciprés ha sido considerado desde la antigüedad un emblema vegetal de hondos significados. En el Sur de Europa es el árbol típico de los cementerios, también es frecuente verlo en monasterios y jardines.

Este ciprés (una de las 25 especies de Cupressus), conocido también como ciprés de cementerio y ciprés mediterráneo, es una conífera cupresácea de tamaño medio (20-30m de altura) originaria del Mediterráneo Oriental. Desde allí sus plantaciones se extendieron muy pronto por todo Occidente, especialmente en su forma fastigiada (columnar), que parece ser de origen cultivado.

El ciprés crece nativo en Grecia, Chipre, Irán, Israel, Jordania, Líbano, Libia y Turquía formando bosques mixtos con pinos y enebros. Las civilizaciones antiguas de esas regiones descubrieron antes que nada las bondades de su madera: está entre las más resistentes, dura mucho tiempo, resiste bien el agua y la humedad, no se carcome ni cría gusanos, siempre parece nueva y desprende una agradable fragancia. Las cualidades eran idóneas para cajas y arcas donde guardar los enseres de valor, para barcos, tan necesarios en aquellos tiempos, y también para instrumentos musicales, de modo que los bosques primarios de cipreses se explotaron desde antiguo. Posteriormente el ciprés fue apreciado como ornamental en su forma columnar, sobre todo desde los romanos, y el cultivo se extendió por el resto de la cuenca mediterránea; desde ahí se ha exportado a otros lugares del planeta en tiempos más recientes. En la actualidad, según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), la especie en estado silvestre está bien extendida aunque muy dispersa en Oriente Medio y no presenta riesgo de extinción.

Consuelo 

La manifiesta longevidad, el verde perenne, la solemne verticalidad con la que se enfila hacia el cielo y la durabilidad y fragancia de la madera lo elevaron a emblema espiritual ya en Grecia y Creta, sus tierras oriundas. “Árbol siempreverde, perenne, longevo y durable” se ha interpretado como un magnífico símbolo de la inmortalidad. Por su firme figura vertical se le ha vinculado con la idea de la muerte, pues semeja un dedo señalando la región de luz hacia donde deben caminar las almas de los desaparecidos.

Cementerio_Sevilla
La relación del ciprés con lo necrológico es muy antigua. El filósofo griego Teofrasto (371-287 a.C.) documentó que el ciprés estaba consagrado al dios de los muertos, Hades (Plutón para los romanos).

Más tarde, autores latinos como Horacio y Plinio el Viejo relataron el uso de las ramas y hojas del ciprés en prácticas funerarias. La tradición funeraria unida al ciprés se puede encontrar en un mito de la literatura clásica. En su obra en verso Metamorfosis, el poeta romano Ovidio narra el relato mitológico de tradición griega Cipariso sobre el origen del ciprés:

Después de perder a Eurídice, Orfeo llegó a una extensa meseta sin sombra alguna, se sentó sobre la verde alfombra de césped y comenzó a tocar su lira, sus tristes notas conmovieron a los árboles de tal modo que aparecieron uno a uno multitud de ellos, de todo tipo, y le dieron sombra. Entre aquella multitud se encontraba el ciprés, árbol ahora, muchacho antes, amante del dios Apolo. Esta es su historia:

En la isla de Quíos, había un enorme ciervo consagrado a las Ninfas, sus abundantes cuernos estaban cubiertos de oro y su cuello adornado con un collar de piedras preciosas. El animal era muy querido por el bello joven Cipariso que lo amaba más que a nada. Un mediodía de verano el ciervo se tumbó a la sombra fresca de los árboles. Cipariso salió de caza y, sin reconocer a su amado ciervo, atravesó al animal con una jabalina. Cuando lo vio moribundo por causa de su lanza, tomó la resolución de morir voluntariamente. Apolo le dijo infinidad de frases consoladoras. Pero él siguió gimiendo y pidió a los dioses guardar luto por todos los tiempos. Cuando ya había derramado toda la sangre en sus interminables llantos, sus miembros empezaron a volverse de color verde, los cabellos a convertirse en una erizada maraña y, después de adquirir una complexión rígida, comenzó a contemplar con una delgada copa el estrellado cielo.

Al verlo el dios Apolo profirió un quejido y le dijo apesadumbrado: “Yo te guardaré luto a ti, y tú acompañarás a los que están en duelo”¹.

Conmovedora metamorfosis del joven doliente en árbol. Lo cierto es que el ciprés común ha mantenido durante siglos el mérito de ser el árbol típico de los cementerios mediterráneos, marcando con sus copas afiladas el lugar donde reposan los muertos. Hay personas que lo rechazan por asociarlo con lo sombrío y funesto, con el concepto de cesación de la vida, quizás porque hace pensar en nuestra propia caducidad o por mera superstición. Sin embargo, si ahondamos en la riqueza de simbolismos que suelen o deben reflejar las necrópolis, descubriremos en el ciprés un árbol incomparable.

En 1885, el abogado y escritor catalán Celestino Ballarat y Falguera publicó Principios de Botánica Funeraria, un original tratado de jardinería en el que argumenta el papel fundamental del simbolismo de los vegetales en los camposantos y describe las especies más idóneas para el diseño del jardín funerario².

Ballarat_coverBallarat defiende que el lugar de reposo para los muertos ha de presentar un aspecto grandioso, semejante a los bosques sagrados de la antigüedad o a los parques de estilo anglosajón, que reproduzca el efecto de los espectáculos naturales, donde los vegetales hablen al corazón de los visitantes.  Fundamentado en la tradición popular, la simbología clásica y el conocimiento de los cementerios antiguos y contemporáneos, el tratado expone las especies idóneas en función de su adecuación a la poética y comunicación que debe primar en un jardín funerario. En un camposanto, el color, la forma, la altura, la perennidad, la fragancia y la disposición de los vegetales deben inspirar sosiego, descanso, paz, consuelo a la melancolía, amor y esperanza. El color verde que aportan los vegetales es un factor simbólico primordial, pues representa la inmortalidad, tanto en relación con la regeneración primaveral como con la perennidad, además la visión del verde es un reposo para la vista de los visitantes ya que es el color de los grandes escenarios de la naturaleza.

Según Ballarat, el ciprés común es el árbol que más significados representa y mejor armoniza con la Botánica funeraria: la recta verticalidad imprime en el ánimo las ideas de gravedad y de reposo y, señalando al cielo con su punta, sirve de guía a las miradas para elevarse a la región de la luz en contraposición con la oscuridad de las tumbas; el color verde oscuro perenne es el que mejor concuerda con la simbólica del verde como emblema de inmortalidad. Su longevidad centenaria representa la duración y la eternidad; por otra parte, exhala una suave fragancia que templa el espíritu. Sus hojas y frutos tienen propiedades antisépticas que también se adecuan a la simbología de la virtud curativa de las plantas funerarias.

En cada región y por cada cultura se han adoptado diferentes árboles con simbología funeraria. En China, se usa con el mismo propósito el ciprés chino o ciprés llorón (Cupressus fúnebres) de ramas colgantes como llantos. A esta especie pertenece el árbol que protagoniza el cuento chino La sombra del ciprés (ver entrada en este blog).

Contemplación

La impronta del ciprés no solo es necrológica. La sosegada figura que anhela el cielo atrae, tal vez como ningún otro árbol, por su simbolismo de ascensión espiritual. Como árbol místico, el ciprés infunde ideas de recogimiento, reflexión, soledad, serenidad y firmeza; se planta en monasterios para inspirar virtud a quienes eligen la vida contemplativa monástica. En Italia, en el convento franciscano de Verucchio vive uno de los cipreses más longevos de Europa, que según se cuenta fue plantado hace ochocientos años.

El Monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos, cuenta con un ejemplar de ciprés de 1882 que inspiró al poeta Gerardo Diego un soneto cargado de misticismo:

El ciprés de Silos
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos. ³


Ornamento

El ciprés es también un elemento  ornamental típico del jardín mediterráneo. Pero su cultivo se ha extendido a otros lugares del mundo con veranos cálidos y secos e inviernos suaves y lluviosos, como California, Chile, Sudáfrica y Australia; también se ha plantado  en las Islas Británicas y Nueva Zelanda.

Los romanos lo plantaban en sus calles.  Es una especie clásica de las villas italianas, sobre todo en la Toscana, donde forman parte inconfundible de su paisaje; en inglés este árbol recibe los nombres de Italian cypress o Tuscan cypress. El magistral cuadro de Velázquez Vista del jardín de la Villa Médicis, en Roma (de 1630) es un interesante testimonio de cipreses ornamentales en Italia que el artista plasmó con una técnica precursora de los pintores impresionistas.

Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, por Velázquez

Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, por Velázquez

En cualquier jardín, la fisonomía alargada y oscura de los cipreses crea un contraste con las formas redondeadas y abiertas de la mayoría de los árboles y arbustos, y aporta tranquilidad y ensimismamiento.  Son buenos acompañantes de paseos creativos, estimulando con su sutil fragancia el espíritu y la mente.

El ciprés mediterráneo es un árbol admirable. Mítico, místico y metafísico. Acompañante silencioso de penas y pensamientos. Salutífero y aromático. Maderero navegante de aventuras. Y, transformado en guitarra, músico de timbre flamenco… pero esa es otra historia.

____________________________________________

¹  Texto adaptado de la edición: Ovidio. Metamorfosis. Libro X. Volumen II. Pp. 175-178. CSIC. Madrid. 1988. Traducción de Antonio Ruiz de Elvira.
² Celestino Ballarat y Falguera. Principios de Botánica Funeraria. 1885. Edición facsímil de Editorial Alta Fulla. Barcelona, 1984.
³ Gerardo Diego. 1925. Versos humanos. Editorial Cátedra. Colección Letras Hispánicas, núm. 245.


Escrito por Rosa, jueves 27 de noviembre de 2014.

Género Cupressus.
Estado de conservación de Cupressus sempervirens según la UICN.
Simbolismo del árbol siempreverde en este blog.
Cuento chino La sombra del ciprés en este blog.
Ciprés de San Francisco, en Verucchio, Italia. 
Comentario de texto sobre el poema El ciprés de Silos de Gerado Diego
Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, Velázquez, Museo del Prado.

Ginkgomanía

Algunos árboles tienen una “personalidad” especial que atrae, fascina, intriga y seduce a mucha gente. El ginkgo (Ginkgo biloba L.) es sin duda uno de ellos.

El ginkgo es bien conocido en Oriente y recibe varios nombres. Los apelativos albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu se refieren a sus frutos y semillas. El nombre pie de pato deriva de la forma palmeada de sus hojas y también vincula al árbol con el pato mandarín, símbolo del amor en China y Japón. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, una lección de sabiduría popular pues, debido a la longevidad del árbol y al tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

Los nombres son muy importantes. Según Linneo, el gran “nombrador” de plantas y animales: “si no se conoce el nombre de las cosas, también se pierde el conocimiento de ellas”. El conocimiento del ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió “ginkgo” en vez de “ginkyo” pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto “biloba” para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos.

Ginkgo_hojaLas semillas de ginkgo llegaron a Holanda en el siglo XVIII, posiblemente enviadas por el mismo Kaempfer, y desde allí este árbol exótico empezó a ser conocido y cultivado en Europa. En Occidente se conoce como árbol de los templos o árbol de las pagodas, en relación con su origen oriental y su carácter sagrado. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) ha originado los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

En Alemania se conoce como árbol de Goethe en recuerdo y homenaje al célebre poema de amor escrito por el artista y científico romántico Johann Wolfgang von Goethe:

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.
¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?
¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?
La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?

Un nombre antiguo que se conserva en Francia es árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por unos de estos árboles en 1788. También se reforzó el nombre por el aspecto dorado (como escudos de oro) de las hojas en otoño.

Nombres modernos son árbol fósil y árbol de los dinosaurios debido a su linaje antiguo que apenas ha cambiado desde el Jurásico. El nombre panda botánico alude a su rareza y la necesidad de ser conservado, al igual que el oso panda que también proviene de China.

Biografía de un fósil viviente

Crane bookEl botánico Sir Peter Crane tenía una obsesión con este árbol que le llevó a escribir una obra excelente sobre su historia evolutiva y cultural¹. En sus años como director del Jardín Botánico de Kew (cerca de Londres) tuvo el privilegio de vivir junto a uno de los ginkgos más antiguos de Europa (plantado aproximadamente en 1760); su estancia en Corea del Sur como profesor visitante le permitió conocer los árboles milenarios asociados a los templos y pagodas; el regalo por parte de un colega del libro “Goethe y el ginkgo” fue un estímulo para investigar sobre los aspectos culturales asociados al árbol; y por supuesto la rareza y singularidad biológica de esta especie le motivaron a escribir la “biografía” del ginkgo.

Los temas que destacan son su capacidad de supervivencia y de resiliencia a los cambios. Comienza el libro con la biología del árbol y sus particularidades reproductivas (tienen espermas móviles, un carácter ancestral). Los capítulos sobre el origen y la evolución del linaje de los ginkgos durante 250 millones de años están muy bien documentados (Crane es un experto en paleobotánica y evolución). El lento declive comenzó hace unos 35 millones de años; había varias especies que se extendían por el hemisferio norte, se fueron extinguiendo y solo ha quedado la especie G. biloba, refugiada en algunas montañas de China. La historia cultural del ginkgo comienza con las primeras referencias escritas en poemas de la dinastía Song (siglo XI) de China, se expande por Corea y Japón cultivado por sus semillas comestibles y plantado en los templos budistas y sintoístas. Ya hemos visto cómo es introducido en Europa en el siglo XVIII y a partir de entonces es plantado en las calles de ciudades de todo el mundo, con clima templado. Termina la obra con capítulos sobre su uso en jardines, alimentación, farmacia (muy usado para fortalecer la memoria) y como árbol urbano.

Hay cinco grandes grupos de espermatofitas o plantas con semillas: las angiospermas con unas 257.000 especies; las coníferas con unas 600 especies; las cicadas con unas 130 especies; las gnetofitas con 80 especies; y por último los ginkgos con una sola especie, Ginkgo biloba. Es el último superviviente de un linaje antiguo, una especie solitaria y única, totalmente diferente a cualquier otra especie de planta. Para Crane, el ginkgo “nos conecta con la historia profunda de nuestro planeta”. Es un vínculo vivo con la era de los dinosaurios.

Las hojas son flabeladas, en forma de abanico, con nervaduras que radian desde la base. “Son tan distintivas, que una vez que las has visto ya nunca las olvidas. Son realmente memorables”, comenta Peter Crane en una entrevista. Especialmente son memorables en otoño, cuando se vuelven de color amarillo dorado y caen todas casi al mismo tiempo. Algo deben tener las hojas y el porte inusual de este árbol que tanto fascina a científicos y artistas.

La pasión por el ginkgo es compartida por Cor Kwant, profesora en Amsterdam. Ha diseñado y mantiene una página web enciclopédica donde compila toda la información disponible sobre el ginkgo, que además complementa con un blog y una cuenta de twitter.

Las elegantes hojas de ginkgo son motivos habituales de decoración en Japón; adornan kimonos, cerámica, abanicos y láminas. La ginkgomanía llegó a Europa formando parte del “japonismo” que influyó al Modernismo a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Las hojas y frutos de ginkgo aparecieron en vidrieras, joyas, muebles y fachadas de Nancy, París, Bruselas y Viena.

Mis ginkgos favoritos

KR012-09_Korea_stampNo tengo la suerte de conocer los ginkgos monumentales y milenarios de oriente, como el Gran Ginkgo Rey de Li Jiawan (China), con un tronco de 15 m de circunferencia; ni el famoso ginkgo de 40 m de altura en el templo budista Yongmunsa (Corea del Sur), que tiene un sello de correos dedicado; tampoco el ginkgo Nigatake en el santuario sintoísta de Ubagami en Japón, con sus 2,5 m de diámetro de tronco y venerado por sus raíces aéreas (llamadas chichis = senos o pezones) que según la tradición favorecen la lactancia de las madres.

Conozco algunos ginkgos en Europa, que obviamente no pueden superar los 300 años de edad. En el otoño de 2013 tuve la oportunidad de admirar la hermosa ginkga cargada de frutos en el Botánico de Roma. Esta primavera conocí al árbol, también hembra, que se yergue imponente junto a la fachada de la Universidad Humboldt, en Berlín, y al que empezaban a brotarle pequeños ramilletes de hojas.

Durante mi estancia como posdoc en Berkeley (California), descubrí los ginkgos como árboles urbanos alineados en las aceras. Recuerdo haber llevado durante meses una semilla como “amuleto” en el bolsillo de la chaqueta. Cuando paseaba por el campus, me gustaba sentirla entre los dedos.

En Sevilla no hay tradición de plantar ginkgos. Mi grupo favorito de ginkgos está en el sector suroeste del jardín inglés del Real Alcázar. Fueron plantados en 1910, procedentes de La Granja de San Ildefonso². Fuimos a visitarlos en diciembre 2013 y aprovechamos para contarlos y tallarlos: 194, 172, 165, 145, 113, 111 y 77 cm de circunferencia de tronco; eran siete y todos parecían machos. Un poco más apartada, en la esquina del laberinto de arrayán, una hembra (de 143 cm de circunferencia) estaba cargada de frutos y había perdido ya casi todas las hojas. Sobre un seto, algunas hojas caídas conservaban las gotas de agua como pequeñas gemas.

Ginkgo_jardineroNos sentamos en uno de los bancos y dejamos que el tiempo pasara lentamente, en silencio, contemplando cómo las hojas doradas iban cayendo suavemente sobre el césped.

Un espectáculo sencillo, milenario, hermoso que nos regalaba la “luz de oriente”, como bautizó al ginkgo Elena Martín Vivaldi, la poeta granadina de los árboles y los amarillos³.

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

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¹ Peter Crane. 2013. Ginkgo: the tree that time forgot. Yale University Press. 384 págs. New Haven, EEUU.
² Se plantaron 25 ejemplares en otoño e invierno de 1910. M. R. Baena Sánchez, 2003, Los jardines del Alcázar de Sevilla entre los siglos XVIII y XX. Diputación de Sevilla, Sevilla, pág. 133.
³ Fragmento del poema “Ginkgo biloba (Árbol milenario)” de Elena Martín Vivaldi.


Escrito por Teo, jueves 26 junio 2014.


Enlaces

Todo lo que quiera saber sobre el ginkgo. Página web “Ginkgo pages”, blog y twitter de Cor Kwant

Entrevista con Peter Crane sobre su libro

Poema de Goethe

Poema de Elena Martín Vivaldi

Hojecer silencioso

Cada año llega un momento en que a las ramas desnudas de los árboles comienzan a brotarles puntas verdes por las que asoman las primeras hojas nuevas. Sigilosamente, pero a la vista de todos, el verde vivo de la clorofila nueva aparece y se esparce, pincelando los árboles desnudos de calles y parques, de lejanos y recónditos bosques. Vuelve la primavera. Vuelven a verdear las ramas vacías de las frondosas al despertar del sueño invernal. La fuerza vital de la naturaleza se manifiesta.

Brotes berlineses

Las ramas reverdecen en silencio. El crecimiento orgánico es silencioso igual que la luz, las mareas, el movimiento del cosmos y otras fuerzas físicas que nos afectan. En medio de tantos ruidos, sonidos y voces que acompañan nuestra vida, hay que estar muy atentos a ese silencioso verdear para advertir, disfrutar y conectar con esa fuerza nueva que despierta con la luz y el calor primaverales y dejarse llevar por su poder.

Los artistas, pensadores y poetas suelen prestar atención al resurgir del verdor en los árboles; lo ven, lo captan y lo cuentan. Un querido amigo* me recordó el “Poema del árbol” de José Ángel Buesa (1910-1982), donde el poeta cubano dialoga con un buen árbol en el preciso y sublime momento en que le brota su primera hoja:

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento.

Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.

Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.

Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.

Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.

No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.

Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…

¿Cuántas personas piensan en las hojas? El botánico, urbanista, educador y pacifista escocés Sir Patrick Geddes (1854-1932) quizás respondía a esta pregunta cuando escribió: “La hoja es el principal producto y manifestación de la vida; este es un mundo verde, en comparación con el cual el mundo animal es pequeño y depende completamente de él. Por las hojas vivimos.” Geddes conoció a Darwin, Tagore y Gandhi, se declaraba “biocéntrico” y expresó así su admiración por las plantas y sus ciclos estacionales:
“La vida es de hecho universalmente rítmica, tanto en el animal como en la planta; pero la planta es más pasiva y plástica a las condiciones e influencias del cambio ambiental y de ahí que el cambio estacional de la vida de las plantas llegue a ser el espectáculo más impresionante de la naturaleza viviente”.

Geddes fue un pionero (aunque no bien reconocido) de la educación ambiental y su apreciación de la función de las hojas era tal que eligió la expresión “Por las hojas vivimos” (By leaves we live, en inglés) como su lema :

Por las hojas Vivimos

Existe un verbo castellano para expresar la acción de “brotar las hojas al árbol”: hojecer. Es un vocablo antiguo, poco usado, que me gusta mucho porque es rotundamente descriptivo a la vez que poético. Hojecer es una señal inequívoca del ritmo cíclico de la naturaleza. El árbol caducifolio que hojece de nuevo en primavera encarna el símbolo de la vida en el continuo fluir dinámico de las estaciones, en el ritmo permanente de muerte y regeneración.

El reverdecer primaveral y el ritmo estacional han fascinado al ser humano desde los tiempos primigenios. Su misterio dio origen al mito de Perséfone.

persefone iLa diosa griega Perséfone (Proserpina en la mitología romana) era hija de Deméter, diosa de la naturaleza y la agricultura. Un día que se encontraba paseando sola por los campos, apareció Hades, el dios del Inframundo, la raptó y la llevó a su reino de Tinieblas para casarse con ella. La madre desesperada salió a buscarla por todos los rincones del mundo, convirtiendo en desierto todo lo que pisaba, mas fue en vano. Entonces Zeus intervino y ordenó a Hades que liberara a Perséfone, pero ella ya había comido algunas semillas de granada y Hades no dejaba abandonar el submundo de los muertos para siempre a quien probara su fruta. Al final Hades acordó que volviera a la tierra seis meses cada año para estar con su madre y pasara los otros seis meses con él en su reino. Desde entonces, durante el tiempo en que Perséfone está con Deméter todo reverdece y la vida renace por la faz de la tierra.

Los árboles que protagonizan en Europa el fenómeno de hojecer al final de su desnudez invernal son árboles de gran personalidad: roble, haya, abedul, olmo, tilo, fresno o aliso. Son grandes, robustos y de copa voluminosa. Habitan la zona templada europea donde hay suficiente lluvia y nutrientes para poder regenerar todo el follaje cada año. Se podría decir, al menos para los habitantes del viejo mundo, que este tipo de árboles representan el “arquetipo del árbol”, el modelo original y primario de árbol. Son los árboles que aparecen en los cuentos populares recopilados por los hermanos Grimm, que eran alemanes y vivían en plena zona templada europea. Con la universalización de estos cuentos clásicos la imagen de árboles portentosos como el roble la hemos integrado en la memoria colectiva y representan “el árbol”, sea sagrado, mágico, hechizado o simple escenario de aventuras.

Participar en la ciencia

¿Qué día viste la primera punta verde en los olmos de tu calle, en el tilo de tu jardín? ¿Lo anotaste? Observar y anotar la fenología (ciencia del registro de hechos naturales que ocurren regularmente) de animales y plantas puede ser una costumbre que empiece como una afición y termine aportando datos útiles a los científicos que estudian evidencias del cambio climático. Los árboles están hojeciendo antes y también están adelantado la floración, posiblemente debido al calentamiento global. Los biólogos han tomado conciencia de la importancia de los registros de los aficionados y se están poniendo en marcha estrategias para contar con este caudal enorme de información. En Reino Unido, por ejemplo, el proyecto Nature’s Calendar es una iniciativa de “ciencia ciudadana” (citizen science, en inglés) en el que están participando más de 50.000 voluntarios.

Catalpa naciente

Razones para dejar un día nuestros quehaceres rutinarios y salir en busca de la primavera hay muchas. Inspirarnos en la poesía del verde, conectar con nuestra naturaleza cíclica u observar cómo y cuándo hojece nuestro árbol más próximo son solo algunas. Una sola pequeña hoja verde naciente puede revelarnos la esencia de todo el universo.

Escrito por Rosa, jueves 24 de abril de 2014.

* Véase Comentario de Eugenio en “Sobre este blog”. La poesía “Poema del árbol” está incluida en la obra Nada llega tarde (Antología poética), publicada por Editorial Betania, Madrid, 2001. Página 169.

Patrick Geddes en Ballater Geddes Project 2004
Web Nature’s Calendar