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Jardines Perdidos

El bosque es el terreno genuino del asombro, una obra magistral de la naturaleza. El jardín bien logrado es también un espacio de maravilla, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de felicidad. Hubo un tiempo de comienzo cuando la idea de jardín germinó en la mente humana y se crearon los primeros jardines maravillosos. Esos primigenios jardines, perdidos hace milenios, todavía nos sorprenden cuando viajamos en el tiempo hasta su pasado esplendor. En el Paraíso Perdido, el poeta inglés John Milton (1608-1674) describió un sugerente Edén inspirado en jardines antiguos:

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible.
Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnifico anfiteatro.
Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban.

Tras la huella de los primeros jardines

La idea del jardín nació con la civilización. Desde el momento en que apareció la agricultura y la ganadería, la forma de vida de la humanidad cambió radicalmente y trajo consigo la construcción de ciudades y los primeros imperios. La zona que recibe el nombre de “Cuna de la Civilización”, también el de “Creciente Fértil”, ocupaba desde el valle del Nilo hasta Mesopotamia (entre los ríos Éufrates y Tigris), incluyendo la costa del Levante mediterráneo. El momento clave en este salto cultural fue la aparición de las primeras ciudades sumerias en el cuarto milenio antes de Cristo. Algo más tarde, se produjeron cambios similares en torno a los grandes ríos de la India y el Extremo Oriente.

En Mesopotamia, desde el cuarto al primer milenio a. C., hubo una intensa lucha por el poder entre los diferentes pueblos y un constante desarrollo de inventos y construcciones. En ese contexto tan efervescente, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente en relación al distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién nacidas ciudades.

Este artículo es una propuesta de viaje en el tiempo a ese remoto período de la Antigüedad, en la región histórica que hoy ocupa Irak y nordeste de Siria, para encontrar el origen de los jardines de Occidente.

El jardín era parte integrante de la ciudad antigua en la época de los imperios babilonio y asirio (del tercer al primer milenio a. C.). Por un lado, los habitantes tenían sus cercados para cultivar vegetales y medicinas, aunque por el momento no hay evidencias arqueológicas. Por otro, los reyes y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje; de estos; de estos sí hay vestigios arqueológicos.

Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia. Se los consideró una de las Maravillas del Mundo Antiguo, un prodigio de obra humana que todo el mundo debía ver antes de morir, junto a la Gran Pirámide de Guiza y el Faro de Alejandría (Egipto), la Estatua de Zeus en Olimpia y el Coloso de la Isla de Rodas (Grecia), y el Templo de Artemisa en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso (Turquía).

Desde la infancia fantaseamos con los Jardines Colgantes de Babilonia. Forman parte del imaginario de nuestra cultura como paradigma de los Jardines Perdidos de la Antigüedad. Sin embargo, nada más empezar a indagar sobre ellos, he topado con una erudita controversia entre algunos historiadores que los juzgan pura leyenda y otros que defienden apasionadamente su existencia real, pero situándolos en Nínive. A pesar de los siglos transcurridos, los Jardines Colgantes de Babilonia perviven escondidos entre la leyenda, el enigma y el prodigio. Siguen siendo deseables de ver, al menos su rastro, y objeto de una búsqueda emocionante. Su creación se sitúa entre los años 700-600 a. C.; pero ya antes de esa fecha, hubo en Mesopotamia algunos hitos importantes en relación a árboles y jardines que contribuyeron al origen de la Maravilla del Mundo.

Humbaba, el Protector de los Cedros 

En el año 2500 a. C. se escribió la más antigua obra literaria del mundo, la Epopeya de Gilgamesh. El poema cuenta las hazañas del legendario rey sumerio de la ciudad de Uruk, quien, en compañía de su amigo Enkidu, se enfrentó al terrible gigante Humbaba, el dios protector del bosque de los cedros (Cedrus libani); lo mató y taló los árboles del bosque. Después de semejante gesta, Enkidu murió como castigo de los dioses y Gilgamesh, angustiado por su muerte, acabó buscando desesperadamente la inmortalidad.

Para proteger el Bosque de los Cedros
Para ser el terror de las gentes, Enlil lo ha destinado.
Es Humbaba; su bramido es el diluvio, su boca es fuego,
su aliento la muerte.
Sobre sesenta dobles leguas oye todos los ruidos del Bosque, (…)
Si alguien se interna en el Bosque, queda paralizado.
En este Bosque reside el feroz Humbaba:
tú y yo iremos a abatirle para librar de todo el mal al país.
Nosotros en el Bosque, cortaremos los cedros.

El rey Gilgamesh, a quien los historiadores admiten como figura histórica, habitaba las tierras áridas de Uruk, en el sur mesopotámico, mientras que los bosques de cedros crecían en parte de Siria y de Líbano. En fechas recientes, un grupo de paleobotánicos ha tratado de averiguar cuándo comenzó la desforestación en la región. En un bosque del noroeste de Siria (la localización más posible del poema), han encontrado restos antiguos de más de 20 especies de árboles, incluyendo cedros, pinos, nogales, cipreses, robles, hayas, castaños, olmos, arces, tilos, plátanos, olivos, sauces, sisu (Dalbergia sisoo), alisos y fresnos. Para satisfacer las enormes necesidades del incesante desarrollo humano debieron de talarse muchos árboles desde fechas muy tempranas. Los paleobotánicos estiman que la destrucción severa de los bosques de Oriente Próximo habría comenzado alrededor del 9000 a. C., seis mil quinientos años antes de que se escribiera el Poema del rey de Uruk.

Los escritores de la epopeya, concluyen los paleobotánicos, debían de tener conocimiento de cortas masivas de cedros; y ser ya conscientes de la importancia de los bosques para el desarrollo de la civilización, especialmente en el sur de Mesopotamia, área de escasa madera. Posiblemente tuvieran también experiencia o noticias de la reacción violenta de la naturaleza a la destrucción de los bosques que simboliza el dios Humbaba.

El poema de Gilgamesh, además de revelar la importancia de los árboles en los albores de la civilización, aporta al linaje de dioses protectores de bosques la figura formidable de Humbaba, que encarna la fiereza protectora de la Tierra.

Reyes locos por sus jardines

Mucho antes de crearse los Jardines Colgantes en Babilonia, los reyes asirios y babilonios habían iniciado la tradición de construir jardines. El poder de un rey se medía no solo por la conquista de nuevas tierras sino también por la sabiduría para hacer obras que mejorasen la ciudad y el país. El carisma de un rey dependía de la amplitud de sus habilidades. Tenían que ser arquitectos, ingenieros, artistas y jardineros.

Asirios y babilonios compartían la lengua, la escritura cuneiforme y la mayor parte de la literatura y de los dioses. Pero habitaban diferentes ambientes naturales. Los babilonios ocupaban el sur de Mesopotamia, las llanuras aluviales inundables entre los dos ríos, de escasas lluvias. Los asirios, el norte mesopotámico, un país de colinas, ríos que bajan de las montañas persas y lluvias estacionales.

De las inscripciones cuneiformes escritas por los reyes asirios y babilonios halladas en los yacimientos arqueológicos, se deduce que cultivaron dos tipos diferentes de jardín, relacionados con los distintos entornos naturales de cada reino.

En su país llano y seco, los reyes de Babilonia diseñaron sus jardines configurados en parcelas rectangulares con una red de pequeñas acequias. El árbol más apropiado de la región era la palmera datilera (Phoenix dactylifera) que, dispuesto en filas paralelas, aportaba, además de belleza y fruto, sombra para otras plantas menores. Para regar el jardín con agua del río se usaba el artefacto conocido como cigoñal (shaduf en otros idiomas), tradicional en todo el mundo. Los textos babilonios revelan que el jardín tenía una función utilitaria.

En cambio, los asirios en su país de colinas y valles crearon jardines muy diferentes. Con vocación de imitar paisajes naturales de montaña, amontonaron tierras para crear colinas artificiales cubiertas de árboles fragantes. Y, para traer el agua a esos jardines y lograr refrescar el aire y mantener verde las plantas, desarrollaron sistemas de manejo del agua de los ríos, construyendo canales, presas y acueductos. Eran jardines para disfrutar su belleza además de ser útiles. Varios reyes dejaron escritos sobre su pasión por el jardín.

El rey Tiglatpileser I (1114-1076 a. C.), conquistador de 42 dominios, dejó escrito en una inscripción: Traje cedros, bojes y robles de las tierras conquistadas, árboles que ninguno de los reyes que me precedieron habían plantado antes, y los planté en mi jardín para el placer de mi majestad. Traje arboles frutales que no se encuentran en mi tierra y con ellos llené los huertos de toda Asiria.

El rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) hizo un gran jardín en su capital Kalhu (moderna Nimrud), donde cultivó semillas y plantas recolectadas en sus catorce conquistas: cipreses, pinos y enebros de diferentes clases, cedro, mirto, almendro, palmera, ébano, sisu, olivo, roble, cornicabra, sauce, fresno, abeto, granado, pera, membrillo, higuera, vid.  Y también describió la obra de ingeniería que construyó para regar: excavé un canal desde del río Zab, cortando por una montaña, y lo llamé el Canal de la Abundancia. Regué la vega del Tigris y planté huertos de frutales de todo tipo.  El agua del canal brotaba desde arriba al jardín; la fragancia impregnaba los paseos, los canales de agua, tan numerosos como las estrellas, fluían en el jardín placentero…

Sargón II (reinó entre 722-705 a.C.) edificó un jardín y un magnífico palacio en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, cerca de Mosul). El rey dejó escrito sobre su jardín: Yo creé junto al Palacio un jardín imitando las montañas de Amanus con árboles aromáticos de todo el norte de Siria y todos los frutales de montaña(…), todas las especias de la tierra de los Hititas y todas la vegetación de sus montañas próximas. En su ambición por alcanzar la fama como brillante constructor, llamó a su palacio el “Palacio Sin Rival”. También dejó un relieve escultórico en el que aparece el jardín diseñado como una colina boscosa artificial, con un lago y barcas, un pabellón, un altar y árboles exóticos.

La fascinación por especies foráneas de árboles que la arqueología ha descubierto es realmente sorprendente. Un oficial de Sargón II dejó constancia en una carta de la recolección de 3900 esquejes de frutales en ciudades sirias para plantarlos en Dur Sharrukin. Las plantas foráneas aportaban belleza y originalidad al jardín y también simbolizaban la amplitud de las conquistas del rey en el extranjero, la magnitud de su poder.

Los Jardines Inencontrables de Babilonia

La historia más extendida cuenta que los Jardines Colgantes los construyó el famoso rey bíblico Nabucodonosor hacia el 600 a. C. en Babilonia, la capital de su reino. La leyenda los relaciona también con una historia de amor, según la cual Nabucodonosor creó esos maravillosos jardines como muestra de amor a su esposa, la Reina Amytis, que añoraba las montañas de su tierra natal en el Imperio medo.

Obra de Pierre Bellet, s. XIX.

Otra versión de algunos autores griegos dice que los construyó una poderosa mujer, la reina asiria Semíramis en el 800 a. C. A esta reina le asignaron muchas leyendas. Se identifica principalmente con la esposa del rey Ninus, una soberana guerrera que gobernó 42 años tras la muerte de su esposo. Según el mito, llevó las conquistas de su imperio hasta la India. Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios en Babilonia. Muchos lugares de la Antigüedad llevan su nombre y sigue siendo un nombre femenino en Irak. Semíramis es otro atractivo personaje legendario de la Antigüedad, uno de los primeros arquetipos feministas, que ha inspirado obras artísticas a lo largo de los siglos. Desde Ovidio a Calderón de la Barca, Shakespeare o Rossini, muchos son los artistas seducidos por el mito de Semíramis.

Curiosamente,las ideas predominantes que tenemos sobre los Jardines de Babilonia proceden de varios autores clásicos que los describieron varios siglos después de su creación, entre el siglo III a. C. y el siglo IV d. C. Son narraciones poco precisas y a veces contradictorias, que han perdurado como ciertas hasta la actualidad.

Todos los narradores coinciden en que los Jardines se instalaron en Babilonia, cerca del palacio real, y estaban dispuestos en terrazas de piedra abovedada, para imitar la ladera de una montaña. Sin embargo, es desconcertante que Herodoto, que describió Babilonia en el 440 a C, en sus Historias, no los mencionó.

En el primer relato conocido, Josefo afirmó que Nabucodonosor II los había construido, y quedó como verdad indiscutible por los siglos de los siglos. Más tarde, Diodoro Sículo en una extensa descripción enfatizó su aspecto de colina con zonas que asemejaban un teatro, terrazas ascendentes, árboles de todo tipo y máquinas invisibles que elevaban el agua a la cima; su relato inspiró el Paraíso Perdido de Milton. Quinto C. Rufo, los atribuyó en su versión a un rey asirio que conquistó Babilonia. Estrabón en la Geografía y Filón de Bizancio, en el Manual de las Siete Maravillas del Mundo, destacaron su maravilloso sistema de riego; en palabras de Estrabón:

La forma del jardín es cuadrada y mide cuatro plethra (unidad de medida antigua equivalente a 30m). Consta de terrazas abovedadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Estas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto (betún de Judea). La subida a la terraza superior es por escaleras y a su lado hay máquinas de agua y personas que están continuamente elevando agua desde el Éufrates hasta el jardín.

Gracias a estos relatos, los fabulosos Jardines Colgantes de Babilonia se conocen desde hace más de dos mil años y han inspirado diversas representaciones a lo largo de siglos. La reconstrucción pictórica más temprana conocida es la del pintor holandés Martin van Hemmskerck (1498-1574), que trató de unificar las distintas descripciones clásicas.

A mitad del siglo XIX se abrió un nuevo episodio en el conocimiento de los Jardines Colgantes: empezaron a realizarse excavaciones arqueológicas en la región y empezó a descifrarse la escritura cuneiforme y las lenguas de Mesopotamia.

Entre 1898 y 1917, Robert Koldeway dirigió un equipo de arqueólogos que excavaron en Babilonia entusiasmados por descubrir el lugar exacto de los míticos Jardines. Esperaban encontrar inscripciones de Nabucodonosor confirmando que él había construido el jardín. Hallaron habitaciones del palacio con paredes gruesas de ladrillo cocido cubierto de mucho betún y eso dio pie a Koldeway a explicar que aquellos materiales podían indicar la existencia de un jardín en la azotea del edificio. La idea de un jardín en la terraza superior del palacio con vistas a toda la ciudad cautivó la imaginación popular de la época y estimuló la realización de reconstrucciones fantasiosas de varios artistas.

Representación fantástica del siglo XIX.

Sin embargo, la hipótesis de Koldeway no lograba aclarar cómo se regarían las plantas en los largos meses de calor de Babilonia y no prosperó.

Unos años después, el arqueólogo británico Leonard Woolley planteó otra hipótesis, tras sus excavaciones entre 1922 y 1934 en la ciudad sumeria de Ur. En el gran templo de Ur, en forma de torre escalonada piramidal llamada zigurat, descubrió unos agujeros a intervalos regulares y los asoció con el drenaje para cultivar plantas. Esta sugerencia nuevamente sedujo al público y volvió a inspirar reconstrucciones pictóricas de los Jardines mostrando plantas colgando de terrazas de un zigurat. La idea no obstante, tampoco se sostenía pues el material de barro sin cocer, con el que eran fabricados los zigurats, no resistiría la humedad de riego sin desmoronarse. Y además no coincidía con lo descrito por los clásicos.

En las excavaciones  de Babilonia se han hallado más de 200 inscripciones, que han esclarecido la huella que dejó  el rey Nabucodonosor en la ciudad durante los 43 años de su reinado. Nabucodonosor es el rey más conocido de Babilonia porque aparece en la Biblia como conquistador de Judea y Jerusalén; también porque reconstruyó la capital Babilonia, devastada por los reyes asirios, y edificó obras gigantescas. Fue un rey admirado por su pueblo y odiado por los judíos. Dejó mucha información de sus obras, pero ninguna sobre jardines. Si la leyenda fuera cierta, habría dejado algún indicio, sin embargo, en las numerosas inscripciones halladas no se ha encontrado rastro de que a Nabucodonosor le interesaran las plantas  o que amara especialmente a su esposa.

Hasta la fecha, el resultado de las excavaciones ha sido rotundamente decepcionante: no se ha encontrado en Babilonia ninguna evidencia arqueológica de los Jardines Colgantes que demuestre su existencia. Así las cosas, en 1988 algunos académicos optaron por negar que hubieran existido verdaderamente,   proclamando que habían sido una invención literaria de los griegos, proclives a las maravillas orientales y a los personajes poderosos y atractivos, como Nabucodonosor o  Semíramis.

En los noventa del pasado siglo, entró en el debate la historiadora británica Stephanie Dalley afirmando la existencia real de los Jardines, pero con un cambio sustancial de paradigma. Según su tesis, no se construyeron en Babilonia sino en Nínive, la capital de los asirios, y los creó el rey asirio Senaquerib alrededor del año 700 a. C.

Dalley se interesó por los Jardines Colgantes por casualidad. Dio una conferencia sobre Jardines Antiguos, sin nombrar a los de Babilonia, y el descontento que manifestó una asistente a la charla fue tan descomunal que la espoleó a descifrar el enigma de esos jardines, tan famosos como escurridizos. Se especializó en traducciones de técnicas usadas por los reyes antiguos, que solían describirlas con lenguaje metafórico difícil de interpretar.

Como poseída por el espíritu luchador de Semíramis, Dalley se dedicó durante dieciocho años a descifrar textos cuneiformes, tanto de excavaciones recientes como de museos y colecciones del mundo, y a revisar anteriores traducciones, con el único objetivo de desvelar de una vez dónde estuvieron y qué aspecto tendrían los Jardines Colgantes. En su libro El Misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia (The Mystery of the Hanging Garden of Babylon, 2013) expuso su teoría minuciosamente argumentada, convenciendo a muchos otros investigadores.

A diferencia de Babilonia, en Nínive (cercana a la actual Mosul), las excavaciones realizadas en el palacio de Senaquerib han provisto valiosa información sobre el Jardín del palacio, tanto en inscripciones como en relieves escultóricos. Disponiendo de ese material arqueológico, sumado a los textos clásicos, nuevos diccionarios de lenguas mesopotámicas y todo su saber de experta en Historia Antigua, Dalley, tal Sherlok Holmes con algo de Indiana Jones o viceversa, ha compuesto un puzle en el que todas las piezas parecen encajar.

Es preciso recordar que el territorio de esa prolífica recolección de materiales arqueológicos, en Irak y Siria, lamentablemente está siendo saqueado desde los tiempos de la  guerra del Golfo. Por medio de un proceso de expolio sistemático devastador, las primeras ciudades de la historia, con su valioso contenido informativo, están desapareciendo para siempre, convertidas en lugares irrecuperables para la arqueología.

Los Jardines Colgantes de Nínive

El protagonista de la versión de Stephanie Dalley es el rey Senaquerib, hijo de Sargón II, que reinó del 705 al 681 a. C. y eligió Nínive como capital de su reino. En un prisma octogonal de arcilla dejó un largo relato sobre la construcción de un fabuloso palacio con jardín en lo alto de la ciudadela norte de la ciudad.  El edificio palatino contaba con pilares en forma de leones y toros alados de grandes proporciones, enormes puertas, habitaciones y pabellones artísticamente decorados con artesonados, estatuas y paredes esculpidas de materiales excelentes como oro, plata, bronce o alabastro, y maderas nobles de ébano, boj, sisu, cedro, ciprés, pino y madera india. El rey lo llamó su “Palacio Sin Rival”, como ya había hecho su padre con el palacio de Dur Sharrukin, en su afán de lograr algo superior a todo lo anterior.

La construcción de la soberbia obra está ligada a una historia romántica, pues el rey Senaquerib sí dejó escrita una dedicación a su primera esposa:  para Tashmetu-sharrat la mujer de palacio, mi muy amada esposa, que la amante de los Dioses ha hecho la más perfecta de todas las mujeres, yo he construido un palacio lleno de belleza para el deleite y el placer(…), que los dioses nos concedan salud y felicidad juntos en este palacio.

Lindando con el palacio, Senaquerib construyó un extraordinario jardín del que se sentía muy orgulloso: Elevé la altura de los alrededores del palacio, para que fuera una Maravilla para toda la gente. Junto a él extendí un alto jardín imitando las montañas Amenus, con todo tipo de plantas aromáticas.

Se han encontrado dos relieves escultóricos que revelan la apariencia del jardín. Uno, hallado en el Palacio de Senaquerib, representa el jardín recién creado; el segundo, encontrado en el palacio de su nieto Asurbanipal, muestra el jardín maduro. Son evidencias de que el jardín tenía forma de montaña artificial, de “jardín en altura” propio de la tradición asiria, estaba cubierto de árboles y contaba con un lago y diversos canales de agua.

Jardín de Nínive en tiempos de Asurbanipal. Dibujo de S. Dalley.

La representación visual no permite identificar especies. Los árboles aparecen esquematizados en dos tipos, siempreverdes y caducifolios. Por su propio relato, se sabe que Senaquerib, igual que sus predecesores, introdujo especies foráneas para asombrar a propios y visitantes: árboles productores de frutos de toda la tierra, todas las aromáticas de Hatti… cada tipo de vid silvestre, de árbol frutal exótico, de árboles aromáticos y de olivos, así como árboles productores del algodón [Gossypium arboreo]. Esa idea de totalidad refleja abundancia, diversidad, rareza y universo, en suma, un jardín botánico espectacular.

Senaquerib solo nombró unas pocas especies. La palmera datilera fue una de ellas, se plantaba en Nínive, un  terreno poco propicio, pero como dice Dalley, la importancia cultural sobrepasaba las desventajas ecológicas, porque se la relacionaba con el culto de Ishtar, la diosa mesopotámica del amor y la belleza, de la vida y la fertilidad. Tanto era su valor simbólico que Senaquerib, en vez de usar el título de “rey de Asiria”, se autotituló “Palmera de Asiria”.

Hecho el suntuoso palacio y plantado el espléndido jardín, Senaquerib tenía que asegurar el mantenimiento verde de su magnífica colección de plantas, necesitaba una fuente de agua abundante y constante y un método para elevarla a la altura deseada.

Por un lado, Senaquerib diseñó un magnífico sistema de canales, pozos, túneles, presas y acueductos con arcos de piedra, que se internaban en las montañas y traían agua fresca, desde más de 80 km de distancia, hasta la ciudadela de Nínive. Parte de esa obra fue descubierta en los años 30 del pasado siglo (restos de un gran acueducto ) y parte en 2012 (restos de cinco acueductos más).

Por otro lado, el rey inventó un nuevo método de fundir y esculpir el bronce. Y lo usó para crear figuras de leones y otras criaturas de tamaño enorme (hasta de 30 t), y también máquinas (tipo tornillo de Arquímedes) para elevar agua desde unas cisternas hasta arriba del elevado jardín.

El resultado de todo eso fue que el Jardín de Nínive tenía la maravillosa cualidad de mantener su verdor todo el año. Cuando el resto del territorio estaba reseco, un verdor así podría parecer un milagro a quien lo viera; de hecho, era uno de los atributos del paraíso y del jardín mitológico de Alcínoo, que Homero incluyó en La Odisea.

Esta versión de los Jardines Colgantes que Dalley defiende concuerda con las descripciones de los autores clásicos. En todo ello se basó el artista inglés Terry Ball (1831-2011) para realizar una nueva interpretación visual de cómo debieron de ser los Jardines Colgantes de Nínive.

En cuanto a los nombres “Babilonia” y “Nabucodonosor” de las versiones clásicas, Stephanie Dalley sugiere que la denominación Babilonia, que significa “puerta de los dioses”, era un epíteto de ciudad, para babilonios y asirios, y Nínive fue también a veces conocida como Babilonia. Algo semejante pasó con los nombres de los reyes, que se usaron indistintamente como arquetipo de gran rey.

El misterio de los Jardines Perdidos más famosos del mundo ha sido desvelado. Como concluye Dalley, todo el proyecto del rey Senaquerib, es de una magnífica concepción, espectacular ingeniería y brillante como obra de arte. El novedoso y asombroso complejo de palacio, jardín y sistema de riego, sin duda, se merecía ser incluido en la lista de las Siete Maravillas del Mundo.

La nueva narración científica es tan fascinante como la leyenda antigua. Desde las brumas del tiempo los célebres Jardines Colgantes surgen como un ejemplo pionero de jardín bien logrado, nacido del culto a la belleza vegetal intemporal y de la consciencia de su valor simbólico. En su imitación del paisaje natural y milenios antes del paisajismo inglés, fueron precursores del jardín llamado romántico. Fundaron la estela de los “jardines por amor”, tradición que dio otra Maravilla al Mundo, el Taj Mahal. También, inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes,  árboles fragantes que aromatizaban el pasear y arrullos y cantinelas del agua. Y, lo que más me entusiasma, los Jardines fueron creados para provocar el asombro, el sentido que más nos conecta con la grandeza de la naturaleza.

Escrito por Rosa, jueves 23 de marzo de 2017.

Fuentes:
– Milton, J. (2005). El Paraíso Perdido. Ed. bilingüe de Enrique López Castellón. Abada, Madrid. 2. – Dalley, S. (2013). The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon: An elusive world wonder traced. OUP Oxford.
La Epopeya de Gilgamesh (2008). Versión de A. George. Traducido por Fabián Chueca. Debolsillo, Barcelona.
– Yasuda, Y., Kitagawa, H., & Nakagawa, T. (2000). The earliest record of major anthropogenic deforestation in the Ghab Valley, northwest Syria: a palynological study. Quaternary International, 73, 127-136.
 Los saqueos destruyen ciudades milenarias de Irak y Siria en El País. 

Paseando con Fowles

Cómo inspirar una relación intensa e íntima con los árboles es una pregunta recurrente que me hago cuando escribo estos artículos. Sé que no tiene una sola respuesta. Desde que los humanos bajamos de los árboles y comenzamos a usar herramientas, iniciamos un camino de alejamiento de la naturaleza en el que poco a poco fuimos perdiendo la riqueza de significados profundos que tenía para nuestra vida. Para reconectar ahora con esos significados perdidos y olvidados, tenemos que redescubrir motivos, razones, argumentos, y ejemplos, que nos guíen de nuevo a la paz de los árboles.

En 1979, el novelista inglés John Fowles (1926-2005) publicó El Árbol, un breve pero sustancioso ensayo sobre esta cuestión. El texto es como un paseo por el bosque con el escritor mientras “muestra”, más que explica, su profunda y radical conexión con los árboles y la naturaleza.

PORTADA EL ÁRBOL
John Fowles es el autor de novelas conocidas como El coleccionista y El mago,  también de La mujer del teniente francés, llevada al cine con gran éxito por Karel Reisz en 1981, con guión del Nobel de Literatura Harold Pinter y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons.

El ensayo The Tree, en su versión en inglés, fue reeditado en 2010, treinta años después de su primera aparición, y ahora ha sido traducido al castellano por la editorial Impedimenta. [1]

Fowles no es un autor fácil. Tiende a abarcar la totalidad, como hizo en La mujer del teniente francés, calificada por algunos críticos como novela total; escrita al estilo victoriano, amplía los límites de la novela al introducir un narrador que interpela al lector y analiza la misma realidad que plantea en la ficción, apoyado en citas de autores de la época como Thomas Hardy, Tennyson, Darwin, Marx, Jane Austen,  Lewis Carroll… En El Árbol también sigue esa tendencia, en pocas páginas engloba diversidad de apuntes, unos esbozan la fecunda intensidad de su relación con los árboles  y otros trazan un apasionado análisis del papel de la ciencia, el arte y la creatividad artística en nuestra relación con la naturaleza.

La experiencia con árboles

El escritor vivió su infancia en un suburbio de Londres soportando la pasión de su padre por los árboles frutales, los manzanos y perales que cultivaba en su pequeño jardín con el empeño de extraerles la máxima producción y calidad. La infancia entre árboles hiperpodados y sobreexplotados marcó su querencia hacia la naturaleza, su búsqueda de árboles “reales”, los que crecen a su antojo, intocados. Y los descubrió siendo un adolescente, cuando su familia se refugió en una aldea del condado de Devon durante la Segunda Guerra Mundial. La experiencia fue absoluta.

Con una o dos excepciones – las marismas de Essex, la tundra Ártica – siempre he odiado la visión del campo llano y sin árboles. El tiempo allí parece dominar, y marca su pauta implacablemente como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o más bien crean una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso -nunca lento y pesado, mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía siento esto tan pronto como entro en uno de los pequeños bosques de innumerables secretos en el borde de Devon-Dorset donde ahora vivo; es como dejar la tierra y entrar en el agua, otro medio, otra dimensión. Cuando joven esta sensación era aguda. Escabullirse entre árboles fue siempre escabullirse hacia el cielo.

La vivencia adolescente determinó su vida personal y artística. Nunca llegó a ser un alma de ciudad, siempre vivió en el campo, cerca de la verdad de los bosques.

Mi interés real se centra más en la composición que forman los árboles en su conjunto, en los complejos paisajes internos que se crean cuando crecen a su antojo en cualquier paraje. En ese organismo colonial, ese coral verde que descubro en los bosques o en las arboledas, reside para mí el auténtico significado de la experiencia, de la aventura, del placer estético. Creo incluso que podría hablar de la verdad. Todo eso subyace más allá de la espesura y del muro exterior de hojas, y más allá del árbol como forma individual.

El bosque lo seduce enteramente porque se deja explorar, puede vagar por él y, libre, descubrir por sí mismo la realidad natural. Una vez descubierto el placer de la exploración, Fowles se siente atraído por el conocimiento de las especies que encuentra, los nombres, las categorías, se adentra en la Historia Natural, se convierte en naturalista aficionado que maneja y adquiere conocimiento científico.

Pero con el paso del tiempo su espíritu inquieto entra en conflicto con la aproximación científica a la naturaleza. Empieza a sentir que nombrar, etiquetar y clasificar es una forma de separar y aislar los elementos del todo, de desgajarlos de la unidad, es ver a la naturaleza como un mecanismo a descifrar, un reto y un obstáculo, un enemigo al que ganar. Descifrar cada elemento observado, piensa el novelista, nos lleva a salirnos del momento presente de conexión y observación del bosque para situarnos en el pasado; frente al vivo presente, trasladar la atención al conocimiento acumulado por la ciencia es visitar el pasado muerto.

Busca entonces otras formas de mirar, se acerca al budismo zen y otras místicas orientales y al trascendentalismo (el movimiento filosófico político literario liderado por Ralph Waldo Emerson y seguido por Walt Whitman, H. D. Thoreau y otros artistas), aprende a mirar las cosas en sí mismas, mas allá de los nombres, amplía el sentido de su experiencia.

Me apartaba de lo que podía ser una experiencia global y totalizadora, del significado auténtico de la naturaleza y lo hacía de muchas maneras muy significativas. No solo se trataba de lo que yo necesitaba personalmente, o de cómo había empezado a  percibir la naturaleza un tiempo atrás, de esa forma que no era ni científica ni sentimental, sino de un modo que por entonces no pude precisar y que en la actualidad sigue sin definición concreta.

La naturaleza no es un concepto abstracto intelectual, como lo maneja la ciencia, sino una experiencia profunda, cuyo valor reside en el hecho de que no se puede describir directamente por medio de ninguna formulación artística, ni siquiera con palabras.

Posteriormente el escritor, sin abandonar su actitud crítica con la ciencia y el progreso, descubre que hay menos choques de los que había imaginado entre la naturaleza conceptuada como un ensamblaje externo de nombres y hechos, y la naturaleza como un sentimiento íntimo; que los dos modos de contemplarla o entenderla podían casar y producirse casi al mismo tiempo, enriqueciéndose mutuamente. Y afirma entonces que el logro de establecer una relación con la naturaleza es a la vez una ciencia y un arte, pues está más allá del mero conocimiento o de la simple emoción.

Pero la experiencia total de la naturaleza que Fowles llega a abanderar implica más que conocimiento y emoción. Es una actividad de síntesis entre lo externo y lo interno; una mezcla compleja en la que intervienen percepciones del presente junto a recuerdos del pasado, imágenes de tiempos y lugares, y de la historia colectiva e individual. Tomar conciencia de esa síntesis entre la realidad externa y la interna es, según Fowles, la mayor riqueza que podemos extraer de nuestra existencia personal.

El Hombre Verde

De las palabras de Fowles emana algo muy sugerente que me cuesta expresar. Percibo en él un espíritu muy integrado con el bosque, como si un duendecillo de los árboles hablara a través de él. De hecho, en El Árbol, reivindica el antiguo mito muy extendido del “hombre o la mujer verde”, el ser con el poder de fusionarse con los árboles. El escritor, en cierto modo, revive el mito, convencido de que sigue siendo profundo y universal porque cada uno de nosotros lo lleva dentro y lo rescata de manera recurrente.

Hombre VerdeEl hombre verde de Fowles no solo tiene que ver con los árboles sino que representa también una esfera de nuestro ser interior, lo agreste del alma, lo irracional que la ciencia no puede analizar. Y eso es lo que más valora y le gusta de la existencia de los árboles, la correspondencia natural con los procesos más misteriosos y selváticos de la mente. “Lo salvaje” de cada uno es una noción clave del pensamiento de Fowles, es la fuente de la creatividad, de la sabiduría, la conciencia de ser únicos.

El bosque y el arte de narrar

Hay en el escritor una ligazón tan primordial con la naturaleza que no duda en reconocer la influencia radical de ese bagaje en el hecho de ser escritor y en su escritura misma.

Puedo fingir en público que lo que digo dimana de mis propias teorías, pero en realidad surgen tan enmarañados y densos como este bosque, siempre inalcanzables, imposibles de aprehender y de articular, ya que se ocultan más allá de mi propia comprensión racional, lo que tal vez se deba a que, en el fondo, sé perfectamente que si llegué a la escritura fue gracias a la naturaleza, o por culpa de mi permanente exilio de ella, y no, nunca, gracias a un don innato.

La clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza. E igualmente podría decir, que reside en la relación que mantengo con los árboles.

La intensa exploración juvenil en los bosques de Devon, entre pescar, herborizar y observar aves, lo convirtieron en un adicto a los placeres del descubrimiento en lugares aislados, al disfrute de la soledad, el silencio, la extraña configuración y el enclaustramiento.

Lo que he conseguido a lo largo de los años ha sido vagar por los bosques y de ahí mi único saber. Un diletante, no un virtuoso, que prefiere el caos verde al mapa impreso.

Nunca he seguido ningún método y he tenido una nula capacidad de concentración. Puedo concentrarme cuando escribo pero simplemente porque es una forma sublimada de conocimiento, una exploración en soledad, como si el valle de mis sueños  se hubiera transformado en hojas de papel.

Fowles se identifica con el bosque en muchos grados y matices. El universo arbóreo le inspira y le revela analogías sorprendentes con la escritura.

En los parajes boscosos que esconden lo que existe más allá de nuestra vista ve semejanzas con salas de una casa o capítulos de una novela, el mismo desplazamiento desde un presente visible a un futuro oculto. La multiplicidad de senderos que brinda el bosque, para el escritor es similar a la multiplicidad de opciones de un proceso de escritura, desde la frase más básica hasta las grandes cuestiones relativas a personajes y desenlace; la novela resultante muestra un único camino hacia un único final, pero por ese camino se quedaron las alternativas rechazadas.

El bosque es también, para Fowles un espacio de libertad y de búsqueda. Desde los comienzos de la novela, los escritores medievales situaban sus historias en bosques, en sentido metafórico, un refugio donde los perseguidos hallaban la libertad. Con ese mismo sentido, Fowles sitúa escenas importantes de la novela La mujer del teniente francés en una hondonada del bosque de Devon que tan bien conoce, el marco que considera ideal para semejante historia de auto liberación.

Era una pequeña hondonada orientada al sur, rodeada de espesos zarzales y matas; una especie de minúsculo anfiteatro verde. En la parte atrás de la pista se alzaba un espino achaparrado, y alguien había colocado una gran piedra plana de sílex junto al tronco, formando una especie de trono rústico que dominaba una espléndida vista de árboles y mar. Charles, resoplando un poco con su traje de gruesa franela y sudando bastante, miró a su alrededor. Las paredes de la hondonada estaban tapizadas de prímulas, violetas y las blancas estrellas de la fresa silvestre. Era un lugar delicioso, colgado del cielo, bañado por el sol de la tarde y protegido en todos los aspectos.

La mujer del teniente francés

El arte mismo, subraya Fowles, como el bosque, también es un espacio de libertad. En cualquier tipo de arte, nos dice, existe un alejamiento de la vida cotidiana y un ejercicio consciente de búsqueda de libertad, y lo es con más intensidad en esa escritura de situaciones y personajes puramente imaginarios que es la literatura de ficción.

El paseo por las páginas de El Árbol, nutre. Aunque a veces sea caótico o arduo, es excepcional, un regalo de emociones inéditas y matices originales, que como gotas vaporosas avivan al ser verde que dormita en nuestro interior.


Escrito por Rosa, jueves 26 de mayo de 2016.

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[1]  John Fowles (1979). El Árbol. Traducido por Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2015.
[2]  John Fowles (1969). La mujer del teniente francés. Traducción de Ana María de la Fuente. Editorial Anagrama, Barcelona, 1995-2012.

Página web sobre John Fowles
El Árbol en Editorial Impedimenta
The Tree en Harper and Collins

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Bajo el árbol de la indolencia

“Los viajes, como los artistas, nacen, no se hacen”. Así comenzaba Lawrence Durrell (1912-1990) el libro Limones amargos, en el que narró su estancia en la isla de Chipre a mediados del siglo pasado [1].

Mi viaje personal a Chipre nació al ser convocado esta primavera a una reunión de científicos europeos en la isla-estado, de reciente incorporación a la UE [2]. Un equipo local de investigadores, liderado por Adriana, ejerció de anfitrión.

Escritor busca casa
Antes de emprender el viaje busqué inspiración en las páginas del libro de Durrell sobre la isla, sus paisajes y sus gentes.

“En términos geológicos la isla no es otra cosa que un apéndice del continente de Anatolia, arrancado en alguna ocasión y dejado en libertad de flotar”.

Una visión poética e intuitiva, pero simple e inexacta, de esa masa de tierra aislada en el extremo oriental del Mediterráneo. Mientras Durrell escribía su libro, se gestaba la Tectónica de Placas, una revolución científica que cambiaría nuestra percepción de la dinámica terrestre. La isla de Chipre habría surgido hace unos 80 millones de años por la colisión de la placa tectónica africana con la placa anatólica, que a su vez está presionada desde el este por la placa arábiga y bloqueada al norte por la placa euroasiática. La ciencia nos regala una historia épica, compleja, de fuerzas titánicas que moldean la tierra que pisamos.

En la quietud y aparente calma de la isla, era difícil para el escritor intuir el remoto pasado de masas de tierra colisionando y montañas que surgían lentamente del fondo del mar. Sin embargo, por las mismas fechas, el geólogo británico Ian G. Gass, destinado en Chipre, estudiaba las rocas ofiolitas de los montes Troodos, muestras de la corteza y el manto oceánico elevado y expuesto que fueron clave para apoyar la teoría de la Tectónica y explicar la orogénesis [3].

Posiblemente escritor y geólogo coincidieron en alguna reunión o velada de la comunidad británica de la isla, aunque no he encontrado ningún testimonio de ello. “Pero para eso están las islas; son lugares donde diferentes destinos pueden encontrarse y cruzarse en el pleno aislamiento del tiempo”.

En cuanto al paisaje que me esperaba, la perspectiva de Durrell no era muy alentadora.

“La cordillera Troodos era una mescolanza desagradable de despeñaderos y pesadísimos peñascos, incoherente y dispersa, que colgaba de los bordes de Mesorea como un telón de fondo. Las bellezas que poseía se encontraban en sus aldeas ocultas, arrebujadas en concavidades y valles de las laderas, algunas ricas en manzanos y viñas, otras, más arriba, cubiertas de helechos y pinos. La cordillera Troodos, en otro tiempo verde morada de dioses y diosas, está ahora extravagantemente calva en mucho lugares, sus grandes hombros y brazos emergen de las zonas penosamente arboladas como los miembros de un traje demasiado estrecho.”

Troodos

De hecho, reconocía que le interesaba más el paisanaje de la isla; “quería experimentarla a través de su gente y no de su paisaje”. Así que no mostró mucho entusiasmo en recorrerla; “aparte de unas pocas y breves excursiones en busca de flores y setas de primavera, no había ido a ninguna parte; en verdad no había hecho otra cosa que bañarme y escribir cartas”.

Hasta que llegó a Bellapais, en la costa norte, y se enamoró del paisaje que se divisaba desde la Abadía de la Paz, construida por los agustinos en el siglo XIII.

“Los claustros de la abadía, con sus naranjos cargados y sus brillantes jardines, eran un estudio de contrastes: la grave calma contemplativa de lo gótico se veía perforada por todas partes, al igual que el silencio perfora la música, por la lujuria mediterránea de frutos amarillos y relucientes hojas verdes.
— Un lugar para pasear, para pensar, para estar en paz entre los limoneros —, dijo Kollis [su guía].
A medida que subimos volvía a aparecer Kyrenia, al igual que toda la costa, calada como una labor de encaje. Había empezado a sentirme culpable de una acto de horrenda temeridad al tratar de establecerme en un lugar tan fantástico. ¿Era posible que alguien trabajase teniendo delante semejante escenario para maravillarse?”

Tanto le gustó que se compró una casa en las afueras del pueblo. La historia de la compra y reforma de la casa, con sus anécdotas y divertidas relaciones con los vecinos, ocupa buena parte del libro. Mostró interés y describió con detalle los árboles frutales de su huerto.

“Se encontraba atestado de árboles, tan pegados unos a otros, que su follaje formaba un techo casi ininterrumpido. Había demasiados. Distraído, volví a contarlos: seis mandarinos, cuatro limoneros amargos, dos granados, dos moreras y un alto nogal inclinado.”

Según la mitología clásica Afrodita nació de la espuma en una playa de Chipre. El escritor no podía dejar de hacer alguna referencia a los dioses griegos y sus relaciones con los árboles.

“A Zeus le pertenece el roble. Hermes era dueño de la palmera, y más tarde, Apolo de la palmera y del laurel. Démeter, de la higuera. El sicómoro era el Árbol de la Vida para los egipcios. El pino pertenecía a Cibeles. El álamo negro y los sauces están especialmente vinculados con el solsticio de invierno, y por lo tanto con Plutón y Perséfone; pero el álamo blanco es de Hércules, quien lo sacó de las sombras.”

A pesar de disfrutar con su lectura, el libro no me aportó mucha información sobre los paisajes forestales de Chipre, así que tuve que buscar otras fuentes para conocer los árboles de la isla.

Árboles de Chipre

Hay 52 especies de árboles nativos y los bosques cubren el 18% de la superficie, según el Departamento de Bosques de Chipre. Además se han inventariado 200 árboles monumentales centenarios, que incluyen robles, pinos, cipreses, plátanos, pinos y algarrobos.

Con gran acierto, el Departamento va publicando una serie de folletos divulgativos con el Árbol del Año, para que la población vaya conociendo la riqueza arbórea de la isla. Llevan 18 especies y todavía les queda material para los próximos 34 años. A mí me sirvieron de guía durante mi visita.

Q-alnifoliaLa encina dorada (Quercus alnifolia) es un árbol endémico de Chipre que fue declarado Árbol Nacional en 2006. Las hojas rígidas y duras, con forma aovada, son de un color verde muy brillante; solo al darles la vuelta se puede descubrir su envés amarillento que explica el nombre inglés golden oak (encina dorada).

Cubren las laderas escarpadas de los montes Troodos formando un moteado arbustivo, posiblemente resultado del rebrote después de talas e incendios. En este tipo de hábitat cumplen una importante función en la protección de suelos contra la erosión. También forman parte del sotobosque de pinares y cedrales.

Q-InfectoriaEl quejigo de Alepo (Quercus infectoria) estaba hojeciendo durante mi visita,  y las manchas de su verde claro luminoso destacaban en el valle, salpicando las terrazas ocupadas por olivos y frutales. Desde la ventana de mi habitación, en el hotel situado a las afueras de Agrós, podía ver algunos quejigos que se iluminaban al amanecer. Crecen en los suelos más fértiles y profundos, precisamente los transformados para la agricultura. Estos quejigos de Chipre se han diferenciado como subespecie, con el nombre veneris (de Venus), en homenaje a la diosa Afrodita (Venus para los latinos).

Mientras saco fotos de los hermosos amentos masculinos y de las hojas nuevas con la luz del atardecer, en la atmósfera tibia y calma de este valle chipriota, me estremece pensar que otros quejigos de la misma especie estarán también floreciendo, pero rodeados de muerte y destrucción en zonas convulsas de Siria, Irak o Palestina. En esos días, a menos de 500 km (equivalente a la distancia entre Sevilla y Madrid) se estaba librando la batalla de Palmira (Siria).

PlatanusEl plátano oriental (Platanus orientalis) es un árbol hermoso. Destaca en los bosques de ribera con su tronco recto, que puede alcanzar hasta 30 m de alto, y su corteza blanquecina, que se desfolia de forma irregular dejando un parcheado de jirones vegetales. Estaban en pleno apogeo primaveral, las hojas nuevas, palmeadas y muy divididas, estrenando su verde clorofila, mientras las  inflorescencias globosas pendían en el aire como zarcillos coquetos.

Ha sido un árbol ornamental y de sombra muy apreciado desde antiguo; era famoso el Plátano de Hipócrates en la isla de Kos (Grecia) bajo el que transmitía sus enseñanzas de medicina. En Chipre, es común verlo plantado en las plazas de los pueblos y junto a los monasterios y las iglesias. En el pueblo de Peristerona, contiguos a la iglesia bizantina de San Hilarión y San Barnabás (del siglo XII), un plátano, un ciprés y un laurel crecían juntos en un pequeño jardín, formando la tríada de árboles simbólicos y mitológicos del Mediterráneo Oriental.

P-brutiaEl pino de Chipre (Pinus brutia) es el árbol más abundante en los bosques de la isla, ocupando más del 90%; crece en todo tipo de sustratos, desde el nivel del mar hasta los 1.600 m, donde es sustituido por el pino negral (P. nigra subsp. pallasiana). Muy relacionado con el pino carrasco (P. halepensis), tiene las piñas sentadas y las acículas finas, flexibles y de color verde oscuro. En abril estaban en plena época de polinización y cuando la brisa sacudía suavemente las ramas, se desprendía una lluvia dorada de polen.

En buenas condiciones de humedad y fertilidad los troncos pueden alcanzar hasta 40 m de alto y 100 cm de diámetro. La madera se usa para construcción, para fabricación de muebles, cajas para transportar y almacenar frutas, tableros de aglomerado, y para leña y carbón.

Es un árbol longevo que puede vivir hasta 500 años. Se han estudiado los anillos de crecimiento en troncos de pinos centenarios de los montes Troodos y se ha podido reconstruir el clima de Chipre durante los últimos 250 años. Se han identificado períodos largos de sequía (hasta de 20 años) con una recurrencia de cada 70-100 años. Están asociadas a la anomalía conocida como “fase positiva de la oscilación del Atlántico Norte (NAO)”. Los documentos históricos confirman la existencia de pérdidas de cosechas, hambrunas y migraciones masivas durante esas épocas secas persistentes [4].

CeratoniaEl algarrobo (Ceratonia siliqua) es un árbol de la familia Fabácea, de copa amplia color verde oscuro. Es dioico, los árboles hembra producen frutos en forma de grandes legumbres (algarrobas) que tuvieron gran importancia para la economía rural de Chipre, siendo conocidas como el “oro negro”.

Durrell lo menciona al describir el típico paisaje agroforestal chipriota.

“Acá y allá, la gran red tosca del algarrobo, nuevo para mí. Noté que algunos de esos árboles habían sido plantados en medio de campos de cebada o trigo. Es de suponer que estaban destinados a dar sombra al ganado y protegerlo del implacable calor de agosto. Pero en general el algarrobo es un árbol curioso; las ramas que se le arrancan dejan heridas del color de la carne humana.”

En esa época (mediados del siglo pasado), todavía era un recurso esencial en los pueblos de la zona.

“En la temporada de prensar las aceitunas o recoger las algarrobas, todo el pueblo acudía en bloque, y de golpe uno perdía a los albañiles, carpinteros, fontaneros, a todos.”

En Limasol existe un Museo del Algarrobo (Carob Mill Museum) donde se conservan parte de las maquinarias usadas para limpiar, preparar y moler las algarrobas. Se calcula que unos 2.000.000 de algarrobos producían 50.000 toneladas de algarrobas al año, en su mayor parte para la exportación. En una visita al mercado cercano pude ver puestos con algarrobas, dulces, jarabe y otros productos del algarrobo.

Carob Museum

Bajo el Árbol de la Ociosidad

Hay un árbol en Chipre que no aparece en las guías botánicas, es el Árbol de la Ociosidad (Tree of Idleness), que según Durrell “confiere el don de la ociosidad pura a todos los que se sientan bajo él”.

“La tarde estaba muy tranquila, y el fresco silencio del Árbol de la Ociosidad nos engulló como un estanque de montaña. Sabri estaba allí, sentado bajo las hojas y contemplando un café; me esperaba con una información particular sobre madera de algarrobo – me había guardado un cargamento especial.”

Este árbol literario, metáfora del árbol que ocupa el centro de la vida en los pueblos mediterráneos, era un tema favorito de Durrell; le dedica un capítulo de su libro Limones amargos y es el título de un poema publicado unos años antes [5].

“La tranquilidad, la sensación de verde beatitud que llena esta aldea proviene del gran Árbol de la Ociosidad.”
“Y allí estaba la abadía, desvaneciéndose con los últimos rubores magnéticos del horizonte, con sus tranquilos grupos de bebedores de café y jugadores de cartas bajo el Árbol de la Ociosidad.”

“Una vez más, al llegar yo, mis amigos se separaban uno a uno de los grupos de bebedores de café reunidos bajo el gran árbol. Surgían conversaciones sobre la madera de algarrobo, sobre limoneros, gusanos de seda o un nuevo vino.”
“Sintiendo la jubilosa tibieza del sol que bajaba flotando por entre las hojas del gran Árbol de la Ociosidad.”

En su obra, Durrell recoge con frecuencia la escena de una persona, sola o acompañada, sentada a la sombra refrescante de un árbol, ya sea un olivo, un pino, un nogal o un plátano. Una estampa icónica del ambiente mediterráneo.

“Durante la hora del almuerzo, tomaba su comida y vino de una garrafa a la sombra de un limonero, mientras contaba historias que mantenían absortos a los otros trabajadores.”
“Nos reunimos alrededor de una mesa preparada para nosotros bajo el magnífico plátano que cubre la terraza del café.”
“El señor Honey estaba sentado en su esquina habitual, bajo el nogal junto al puente.”
“Encontré a Marie comiendo ociosamente cerezas bajo un pino y hojeando un manual de arquitectura.”

Las animadas tertulias con sus amigos cosmopolitas eran “una forma de viajar sin moverse; sentados bajo un olivo con una jarra de vino al lado.”

“Nos quedamos sentados durante un rato en la arena tibia bajo el viejo algarrobo, tomando vino y un par de granadas rosadas que él había robado de un muro en Kasafani, mientras el sol de la mañana hacía que las colinas brillaran y temblaran en el aire húmedo, y la vieja piel de cocodrilo gris de Bufavento se volvía violeta. Todavía estaba la luna en el cielo, pálida y exangüe. – Ya está aquí el verano – dijo un joven turco.”
“Mi acompañante estaba silencioso; trepó a las ramas de un árbol para disfrutar mirando hacia abajo, del ondulante mapa en relieve con sus curvas barbadas de campos que descendían hasta el mar.”

En mi visita a Chipre no tuve ocasión de visitar el famoso árbol de Durrell en Bellapais (en la zona turca), convertido en una atracción turística. Tampoco me interesaba mucho porque aparentemente ha perdido su atmósfera de quietud, paz y silencio; lo que debe tener un árbol para que apetezca sentarse bajo él y disfrutar de la ociosidad.

Cada uno debe buscar su propio árbol de la ociosidad. Paseando por Agrós, encontré el mío; un viejo álamo blanco (Populus alba) situado en una placita ajardinada cerca de la fuente Kaouros (o de los cangrejos), por la que manaba el agua fresca de la sierra. Bajo el álamo me sentaba a leer y pensar, en los ratos de ocio que me dejaban las reuniones de trabajo.

Populus_fuenteOciosidad, indolencia, pereza, dolce far niente ¿es un defecto o un vicio mediterráneo?. Aproveché esos ratos de ocio para leer “Elogio de la ociosidad” (In Praise of Idleness), un breve ensayo del filósofo Bertrand Russell (1872-1970). Defendía que “el camino a la felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo”. Y que “el uso inteligente del ocio es un producto de la civilización y la educación” [6].

Liberado así de todo sentimiento de mala conciencia, me abandoné feliz en la lectura de Justine [7]. Durante su estancia en Chipre, Durrell comenzó a escribir el Cuarteto de Alejandría, su obra más conocida. El narrador/escritor retirado en una isla ordena sus recuerdos y escribe a la sombra de un olivo. De esta forma confundía la ficción con su propia realidad.

“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña.
Vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos.
Solo aquí, en el silencio del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo.
En esta primera gran ruptura de mi madurez siento que su recuerdo dilata prodigiosamente los límites de mi arte y mi vida. Por el pensamiento los alcanzo de nuevo, como si solo aquí, en esta mesa de madera, frente al mar, a la sombra de un olivo, solo aquí pudiera enriquecerlos como lo merecen.”

Después de tantos años, releí y reviví con nostalgia y melancolía la atracción insana, el amour fou hacia el voluptuoso personaje femenino.

“Como todos los seres amorales, está en el límite de la Diosa. Recibe el amor como una planta el agua, livianamente, sin pensar.”

Pero fueron otros pasajes, los que ahora me mordieron el alma.

“La presencia de la muerte refresca siempre la experiencia, pues tal es su función: ayudarnos a reflexionar sobre esa novedad que es el tiempo.”

Disfruté del ocio bajo el árbol, atrapado por la novela, hasta llegar a su enigmática frase final.

“¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?”

Pensativo, cerré el libro; intentaba interpretar el silencio que me rodeaba.

Muy cerca, el murmullo de la fuente recitaba su mantra heraclitiano “todo fluye”.

Fuente
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[1] Lawrence Durrell (1957) Bitter lemons of Cyprus, Faber and Faber, Londres (mi edición es del año 2000). Recientemente Edhasa ha publicado la Trilogía mediterránea (Barcelona, 2012) una bella edición que la incluye, con traducción de Floreal Mazía.

[2] La República de Chipre ingresó en la Unión Europea en 2004, aunque solo controla las dos terceras partes de la isla; la parte norte fue ocupada por tropas turcas en 1974. En el proyecto de investigación RECARE, sobre “prevención y recuperación de suelos degradados en Europa”, participamos científicos de 19 países europeos.

[3] Ian G. Gass (1968). “Is the Troodos massif of Cyprus a fragment of Mesozoic ocean floor?.” Nature 220: 39-42.

[4] Griggs, C., Pearson, C., Manning, S. W. & Lorentzen, B. (2014). A 250-year annual precipitation reconstruction and drought assessment for Cyprus from Pinus brutia Ten. tree-rings. International Journal of Climatology, 34(8), 2702-2714.

[5] L. Durrell (1955) The Tree of Idleness, and other Poems, Faber and Faber, Londres.

[6] B. Russell (1932) In Praise of Idleness, Existen varias versiones en español que se pueden consultar en internet.

[7] L. Durrell (1957) Justine, Edhasa (edición de bolsillo de 2011), Barcelona, traducción de Aurora Bernárdez. Es la primera de las cuatro novelas del Cuarteto de Alejandría.

 

Escrito por Teo, jueves 28 abril 2016.

 

Enlaces

Departamento de Bosques de Chipre
Folleto de la encina dorada
Folleto del quejigo de Alepo
Folleto del plátano oriental
Folleto del algarrobo

Reunión en Chipre del proyecto RECARE

Elogio de la ociosidad por B. Russell (1932)

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Lágrimas de la mujer árbol

Mientras ella hablaba, la tierra vino a cubrirle las piernas, se le rompen las uñas y por ellas se extiende una raíz atravesada, fundamento de su largo tronco, los huesos cobran dureza, y mientras su médula sigue ocupando la región central, la sangre se convierte en savia, los brazos en grandes ramas, los dedos en pequeñas, y la piel se le endurece en calidad de corteza. Y ya el árbol que la va invadiendo le había apretado el grávido vientre y sepultado el pecho, y estaba a punto de taparle el cuello: no soportó ella la espera, y, saliendo al encuentro de la madera que se le acercaba, se hundió en ella y sumergió en la corteza el rostro. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, sus antiguos sentidos, llora sin embargo, y del árbol manan tibias gotas. También sus lágrimas tienen calidad, y la mirra que destila el tronco conserva el nombre de su dueña y ninguna época dejará de celebrarla. [1]

La transformación de la princesa Mirra en árbol contada por Ovidio es de una belleza arrebatadora. El poeta romano (siglo I) recopiló de la tradición oral de los antiguos pueblos mediterráneos el origen mítico del árbol de la mirra y legó a la posteridad un admirable testimonio del prestigio que la mirra disfrutó en aquellos lejanos tiempos. Otros escritores latinos también narraron la historia de Mirra, pero la versión de Ovidio es de tal calidad literaria y simbólica que ha sido la predilecta de poetas y artistas desde entonces. Pero ¿qué es la mirra? ¿Por qué tan celebrada?

Mirra_Resina

Cuando compré mirra a la vendedora de inciensos en la calle Córdoba de Sevilla, me dio unas piedrecillas de formas irregulares medio traslúcidas y pardo rojizas. La sustancia es resina, el fluido que exuda el árbol de mirra (Commiphora myrrha) cuando se le hace una incisión y se endurece al contacto con el aire.

El extraordinario mérito de esa sustancia arbórea es algo tan sutil e intangible como la emisión de compuestos aromáticos, la emanación de un olor cautivador al quemarse. En el humo fragante que se eleva hacia el cielo, los pueblos pretéritos vieron un medio de llegar a la morada de los dioses y complacerlos con el agradable perfume. Por esa cualidad sensorial tan etérea y sublime, desde los albores de las civilizaciones ocupó un papel significativo en la vida espiritual de los pueblos.

Pero el aroma de la mirra no solo era valioso para lo sagrado, sino también para la vida terrenal, por el perfume que se extraía de la resina, y para la salud, gracias a las propiedades curativas de sus aceites esenciales.

En la cultura católica donde he crecido, la mirra es conocida sobre todo por haber sido uno de los regalos simbólicos de los Magos de Oriente al niño Jesús, junto a oro e incienso (Evangelio según San Mateo, 2, 1-12). Este episodio bíblico da idea también de que en la antigüedad el valor de la mirra (y del incienso) era comparable al del oro. Hoy sigue siendo usada en ritos religiosos, en perfumería y farmacia. Pero como pasa con muchas materias de la vida cotidiana que proceden de árboles, su fuente, el árbol de la mirra, es un desconocido, una bruma de tiempo y distancia lo hace invisible.

El pequeño árbol que llora

En contraste con el alto valor de su resina, el árbol de la mirra es poco espectacular, es pequeño (5 m), espinoso, de tronco suculento apropiado para vivir en zonas muy áridas tropicales del Sur de Arabia, en territorios de Omán y Yemen, y nordeste de África, en Somalia, Etiopía y Eritrea.

Árbol de la Mirra

El epíteto genérico deriva del griego kommis y phora, que significa productor de goma. El de la especie, procede del hebreo (mor) y del árabe (mur) y significa amargo, en relación a su sabor.

Commiphora myrrha es una especie muy variable en forma y tamaño de las hojas lo cual muchas veces dificulta la identificación. Aunque es la fuente principal de la mirra, hay al menos otras diez especies de Commiphora de las que también se comercializa su resina, entre las que destacan: C. africana, por su resina llamada ‘bdellium’; C. gileadensis productora del ‘bálsamo de la Meca’; C. erythraea de la resina ‘bisabol’; y C. wightii, que produce la goma ‘gugul’ también conocida como ‘bdellium’.

Pertenece a la familia Burserácea caracterizada por árboles que poseen en la corteza  conductos por donde excretan resina olorosa. Otras resinas “espirituales” de la misma familia son el olíbano arábigo (Boswellia sacra) y el copal americano (Bursera copal). Otras familias de árboles también producen resinas usadas en rituales como el carísimo oud (Alquilaria y Gyrinops) o el benjuí (Styrax benzoin). El sándalo (Santalun álbum) es otro incienso espiritual milenario que se obtiene de su madera.

Cada especie de árbol aporta un aroma propio. La resina se quema sola o mezclada con otros ingredientes como especias y maderas. A la mezcla se le denomina genéricamente “incienso”, aunque en sentido estricto ese término se refiere a la resina de Boswellia sacra considerada el incienso puro, también llamada olíbano o frankincienso, y tan valorado como la mirra desde siempre. La palabra ‘incienso’ procede del latín, incesum, y hace referencia (según la Real Academia de la Lengua) a ‘toda materia quemada en un sacrificio’, se aplica pues a todas las resinas que se queman.

La pasión por la mirra y el alto coste que había que pagar por ella, llevó a una reina-faraón de Egipto del siglo 15 a. C. a intentar poseer la fuente misma, el árbol. La Reina Hatshepsut organizó una legendaria expedición al país de Punt (en la Somalia actual) donde crecían los árboles de mirra, y trajo un barco cargado de semillas y plantas para cultivarlas. El intento forestal fracasó, pero la historia es un interesante ejemplo de cuánto se puede desear el regalo de los árboles. También atestigua uno de los primeros experimentos de cultivo de árboles de perfume. La fabulosa aventura está registrada en la decoración del templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari (necrópolis en la ribera del Nilo frente a Luxor, antes Tebas).

Mensajera de los dioses, la mirra espiritual

El olfato es un sentido sublime. Nos conecta con vivencias, con emociones pasadas, con lugares recónditos de la mente, con el silencio interior. En esa conexión con lo más íntimo podría residir la trascendencia que los humos aromáticos tuvieron en la comunicación con la divinidad. A través del humo fragante se abrían las puertas a la experiencia del espíritu.

Las principales culturas de la Antigüedad usaron humo perfumado en sus prácticas religiosas: Asiria, Egipto, Grecia, Roma, China, India, Japón. De hecho, la palabra perfume proviene del latín per y fumare, que significa a través del humo, el modo en que se difundían las fragancias.

La Biblia está llena de referencias a los aromas. En el texto sagrado, es Dios mismo quien ordena que se usen los perfumes, incluso prescribe recetas de los ingredientes aromáticos que deben llevar las ofrendas o la fórmula de los óleos sagrados (en los que la mirra es esencial). Para el Dios judío, para Mahoma o Buda, el olor es señal de virtud; un cuerpo sucio y maloliente atrae a los demonios, mientras que oler bien atrae a los ángeles protectores.

Muchas de estas prescripciones religiosas tenían una componente utilitaria, la difusión del aroma también neutralizaba los malos olores de las multitudes y limpiaba el aire de posibles contagios. El enorme incensario de la catedral de Santiago de Compostela, el Botafumeiro (53 kilos y 1,5 m de altura) fue construido en el siglo XI, con el fin de purificar el aire viciado por cientos de peregrinos malolientes tras numerosos días de caminatas que dormían en el interior del templo.

La fragante nube que se eleva a la esfera celestial, morada de la divinidad, en sí misma es una metáfora de la limpieza espiritual y corporal. Mahoma consideraba al humo sagrado un poderoso auxiliar para producir el éxtasis religioso. Y no es un aserto infundado, porque las moléculas del aroma producen el efecto de aquietar la mente, con lo que favorecen estados de meditación y contemplación, y disponen al espíritu para la comunicación mística.

La mirra, a diferencia de otros inciensos y resinas, tiene también relación con la muerte y el dolor. Los egipcios la usaban para embalsamar a sus muertos. Impregnaban el interior del cadáver y las vendas que lo cubrían con mirra, canela y otras sustancias aromáticas; durante el cortejo fúnebre se quemaban cantidades elevadas de mirra para paliar el olor a podredumbre; y en la cámara mortuoria se dejaban jarrones con mirra e inciensos para acompañar al viaje al más allá. Cuando abrieron tumbas de faraones, se encontraron fórmulas de perfumes en los muros y recipientes que todavía olían ¡después de 3000 años!

Por estos usos, la mirra se ha considerado emblema de la muerte, el sufrimiento y el dolor. De ahí proviene que algunos teólogos hayan interpretado la mirra que los Magos regalaron al niño Jesús como símbolo y presagio del dolor y la muerte que sufriría Cristo como hombre.

En la actualidad, el humo aromático sagrado sigue presente en ritos religiosos de los cristianos católicos y ortodoxos, judíos, budistas e hinduistas.

Puesto de inciensos

Sevilla es una ciudad con aroma de inciensos, un caso ejemplar del vigor de esta tradición religiosa. Existen vendedores de inciensos en las calles, algo poco usual en otras urbes. Cada iglesia cuenta con una Hermandad de fieles encargados de sacar en procesión imágenes de la Virgen y de Jesucristo en Semana Santa y otras fechas. Aromatizar el paso con humo sagrado es tan importante en las procesiones que cada cofradía usa su propia mezcla de inciensos para distinguirse de las demás. Por el aroma se sabe muchas veces por donde está un paso. Por ejemplo, la Hermandad del Cristo del Amor incluye en mayor proporción olíbano en polvo, pero también granos de olíbano y mirra, hojas de romero y cáscaras secas de limonero y naranjo amargo. O la Hermandad del Silencio, que realiza su propia mezcla cuya fórmula data del siglo XVI y está recogida en el Libro de Reglas de la Archicofradía. En Semana Santa, Sevilla es toda olor a incienso.

Perfume de amor, la mirra carnal

En un principio los aromas únicamente se usaban en los rituales religiosos, pero pronto pasaron a la vida cotidiana. Ya los egipcios usaron unturas perfumadas para el aseo personal. Se aromatizaban las casas, también el cuerpo como señal de purificación, y más tarde como parte del arte de la seducción. El dulce aroma de la mirra poseía un gran poder de atracción. Con mirra se perfumaba el lecho de amor para estimular el encuentro sexual entre los amantes. Incluso perfumarse con mirra llegó a ser un requisito indispensable. En el bíblico Libro de Ester, se cuenta que la joven hebrea tuvo que purificarse con mirra durante seis meses para poder ser presentada ante el gran rey persa Asuero, y casarse con él.

En el poema de amor el Cantar de los Cantares, de Salomón, el perfume de la mirra aparece como símil del amante mismo:

Mi amado es para mí un manojito de mirra,
que reposa entre mis pechos.

6-Myrre Ardente o.1659Como perfume, el olor de la mirra pertenece a la familia olfativa de los olores balsámicos. Es un olor sutilmente especiado, cálido, y también refrescante como suelen ser los bálsamos. Tiene asimismo un matiz de oriente, como lugar fértil de clima apacible que anima a disfrutar de los placeres de la vida. Y desde luego es un aroma con resonancias de lo espiritual.

Desde aquella lejana época de perfumes en aceites y ungüentos, la perfumería ha evolucionado mucho. Con nuevas técnicas de extracción, descubrimientos de componentes químicos para fijar y potenciar los aromas y la capacidad de sintetizar  fragancias, hoy los perfumistas disponen de más de 4000 ingredientes odoríferos. Entre tantas opciones, el perfume de mirra no conserva el papel importante de antaño, pero sigue siendo un ingrediente noble de las fórmulas e incluso a veces protagoniza propuestas renovadoras que recuperan los aromas puros antiguos, como es el caso de la fragancia Mirra Ardente de la casa Annick Goutal (París).

Defensora del árbol, la mirra curativa

myrrh-resinLa resina es un fluido vital de los árboles que se produce como defensa ante ataques de insectos, bacterias, hongos y otros agentes patógenos. La resina que defiende al árbol, también tiene un efecto curativo sobre cuerpo y mente humanos, efecto conocido y aprovechado desde la Antigüedad.

En el siglo XVI, la mirra y el incienso seguían siendo medicinas. Shakespeare no era ajeno a tal conocimiento, pues incluyó una nota testimonial en su tragedia Otelo, el moro de Venecia:

Esperad; una palabra o dos antes de marchar. Os ruego que cuando contéis en vuestras cartas esos desgraciados hechos, habléis de mí, como soy: de uno cuyos ojos afligidos, aunque desacostumbrados al ánimo de derretirse, vierten lágrimas tan deprisa como los árboles de Arabia su savia medicinal. [2]

La mirra medicinal se usa de distintas maneras. Cruda, sin procesar, quemándose, en baños de humo terapéuticos. Destilada, se obtiene el aceite esencial que tiene sus propias cualidades curativas. Y en extracto, otro modo de aprovecharla. Las tres formas emiten aroma por la presencia de aceite esencial. Otros modos de aplicarse es en baños con esencias, inhalaciones de vapores, frotaciones con ungüentos y linimentos, masajes con aceites, imposición de compresas impregnadas, y en perfume con fines curativos. También se ingiere, mezclando con otros líquidos para paliar su sabor amargo.

En la medicina tradicional china, en la Ayurveda india, y en otras tradiciones médicas de países donde crecen los árboles silvestres, la mirra se ha mantenido siglos tras siglos como un remedio eficaz contra numerosas dolencias. Este intenso y duradero uso medicinal ha llamado la atención de etnofarmacólogos occidentales. La composición química de la resina es una mezcla compleja de ácidos resínicos, terpenos, ácidos grasos, alcoholes y agua. Se han aislado 300 metabolitos secundarios y se han confirmado los amplios efectos farmacológicos de la mirra. Se ha demostrado la eficacia para el tratamiento de inflamación, artritis, infección microbiana, heridas, dolor, traumas, tumor, obesidad y enfermedades gastrointestinales. Como recurso natural, el árbol de la mirra tiene un potencial terapéutico aún no suficientemente aprovechado que puede ayudar al desarrollo de las poblaciones indígenas que explotan la resina.

La ruta del perfume, la mirra viajera

Desde las inhóspitas tierras tórridas donde en silencio lloran los árboles de la mirra, hasta los pebeteros sagrados del mundo antiguo, la mirra debía recorrer un largo camino por paisajes de fábula.

La creciente demanda de especias y perfumes de los pueblos mediterráneos llevó al desarrollo de una extensa red de rutas comerciales conectando Occidente con Oriente por tierra y mar. Estas rutas conectaban India y Arabia con Mesopotamia, Siria, Israel, Egipto, Grecia y Roma. Una de las principales era la famosa “Ruta de la Seda” entre China y Europa. Menos conocida es la “Ruta del Incienso y la Mirra”, que se iniciaba en el sur de la Península Arábiga donde crecen los árboles productores de aromas.

Desde el sur de Arabia transcurría una ruta paralela al Mar Rojo y se ramificaba en  distintos caminos según el destino final: una, hacia Mesopotamia; otra, hacia Petra, desde donde se distribuía al norte, a Damasco, al oeste, por Israel hasta Gaza y desde ahí a Egipto o Grecia y Roma en Europa. Otra ruta atravesaba el desierto de Néguev hasta la ciudad portuaria de Gerrha, en el Golfo Pérsico, y de allí a Mesopotamia, Israel y Europa.

El transporte se realizaba en caravanas de miles de camellos cargados con los bienes de lujo demandados en aquella época: mirra y olíbano arábigos; especias, ébano y textiles finos de India; y maderas nobles, pieles y plumas de animales, y oro de África. Además de la mercancía, transportaban comida y agua. Realizar todo el viaje desde Sur Arabia a Gaza duraba alrededor de medio año.

En puntos estratégicos de los 2400 km de la ruta emergieron ciudades, fortalezas y caravasares (posadas destinadas a las caravanas) para servir y proteger de los ladrones la cara mercancía. Aunque bien organizado, el transporte de los perfumes y especias era un periplo largo y peligroso, a causa de las duras condiciones del desierto y de la constante amenaza de robos. Se pagaban grandes impuestos por agua, comida, forraje, seguridad, por todo. El precio final de la mirra y demás bienes era muy alto. Un ejemplo de su valor es que en el año 890 a. C. el regalo de los reinos arameos al rey de Asiria consistió en bolas de mirra. La ruta generó grandes riquezas a los reinos arábigos, riqueza que animó a costear unas admirables obras agrícolas para asegurar el abastecimiento de las caravanas en el yermo desierto, obras de las que aún quedan vestigios.

Cuando en el siglo II d. C., Roma abrió una vía de navegación directa al sur de Arabia e India, la importancia de la ruta arábiga comenzó su decadencia. Por el siglo IV, con la expansión de la cristiandad, se abandonaron prácticas litúrgicas y bajó la demanda de inciensos y de perfumes y cosméticos. El comercio de especias y resinas no cesó pero disminuyó y nunca volvió a alcanzar el antiguo esplendor. La ruta del perfume se apagó y las ricas ciudades fueron gradualmente abandonadas al desierto; hoy solo quedan sus restos arqueológicos. Tanto la Tierra del incienso en Omán como las ciudades del desierto de Néguev (hoy Israel) han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Con el tiempo, el comercio de la perfumería fue de nuevo recuperando adictos y evolucionando hasta alcanzar un renovado auge en el presente siglo XXI. La mirra sigue siendo un producto del mercado mundial para fragancia, incienso y farmacia, si bien en un volumen muy inferior al de antaño.

Hoy la mirra no viaja en fabulosas caravanas atravesando desiertos repletos de malhechores con turbantes, pero sigue trasladándose desde los territorios arbolados a los rincones del mundo donde la demandan. En el mercado actual, las lágrimas perfumadas proceden, en primer lugar de Etiopía, con una producción anual de 1200 toneladas; de Somalia con 700 t; y de Kenia con 620 t (datos de la FAO). Arabia tambien produce mirra pero en menor cuantía. Desde el Cuerno de Africa, la mirra sale con destino a China, el mayor importador del mundo; también a Europa, que consume la mitad que China; Estados Unidos es el tercer destino con un consumo muy bajo; y Arabia. La ruta de la mirra de ahora es poco conocida, pero ese desconocimiento contribuye a realzar su misterio, su aura de árbol mítico, el augurio de un secreto fabuloso solo alcanzable a quienes se atreven a descubrirla.

Más bello que el amor mismo

Volvamos al poema épico de Ovidio, donde dejamos a la princesa-árbol llorando lágrimas de savia, para disfrutar de otra escena fascinante de la narración. La bella Mirra tuvo amores con su padre, el rey de Chipre, fue castigada y convertida en árbol, y bajo esa forma dio a luz a su hijo Adonis, un ser tan hermoso que hasta la misma diosa del Amor se enamoró de él.

Villenave para Metamofosis de 1807.

Grabado de Villenave (1807).

Mas la criatura concebida en el pecado había crecido dentro del tronco y buscaba camino por donde, abandonando a su madre, pudiera situarse en el exterior: en mitad del árbol se comba hacia fuera el grávido vientre. La carga produce a la madre una tensión; pero sus dolores carecen de palabras para expresarse, la parturienta sin voz no puede invocar a Lucina. Sin embargo su apariencia es la de una mujer que está en el trance de dar a luz, y el árbol se inclina y profiere frecuentes quejidos y se humedece con las lágrimas que le caen. Junto a las ramas doloridas se detuvo Lucina propiciadora, le puso las manos encima y pronunció palabras que producen el parto: el árbol se resquebraja, y una vez hendida la corteza hace salir su carga viva, y un niño da un vagido; las Náyades lo colocaron sobre la blanda hierba y lo ungieron con las lágrimas de su madre.

Las palabras tienen poder. Conectan. Trazan puentes invisibles entre las almas sensibles y lo que les rodea. Las de Ovidio nos llevan al corazón del árbol de la mirra.

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[1] Publio Ovidio Nasón. Metamorfosis. Texto revisado y traducido por Antonio Ruiz de Elvira. (UM). Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1988. Vol. II (Libro X). Pág: 185-194.
[2] William Shakespeare. Tragedias. Otelo: el Moro de Venecia. Traducido por Jose M. Valverde. RBA Editores. Barcelona 1994. Extracto del parlamento de Otelo en Acto V, escena II, pág. 327.

Escrito por Rosa, Jueves Santo 24 de marzo de 2016.

La mirra en Wikipedia
Artículo de “20 minutos”sobre vendedores de inciensos en Sevilla
El mercado mundial de mirra y olíbano (FAO)

La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

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¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)