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Cultivar el Asombro

El sentimiento del asombro siempre me ha sido muy querido. Ese afecto empezó en un tiempo en que solía pasear con mi sobrina de seis años. El paseo, emprendido con ánimo aventurero, siempre nos deparaba sorpresas y motivos de regocijo, a veces se nos cruzaba una gaviota volando, otras divisábamos un gran barco de vela en el horizonte o nos topábamos con un árbol cuajado de exóticas flores. Todo era motivo de asombro, si bien un tanto incitado por mi manera entusiasta y apasionada de contar. Quería entretenerla y divertirnos juntas observando las pequeñas maravillas de nuestro entorno, lo que no era nada difícil dado el instinto natural de niñas y niños para la fascinación.

Ahora, sumida en la aventura de escribir este blog sobre árboles, el asombro sigue siendo motivo de mis reflexiones. En la experiencia de asombrarnos ante la presencia de los árboles siento que hay algo fundamental para conectar con ellos de manera profunda y duradera, algo que también es escurridizo, intangible y difícil de expresar. ¿Qué pasa cuando nos abrimos a sentir y percibir el flujo de la vida que emana de un majestuoso árbol centenario? ¿Qué importancia tienen los sentimientos de sobrecogimiento y turbación que nos provoca la grandeza vital de los árboles?

sense_of_wonder_rachel-carsonLa importancia del asombro ha sido y es objeto de atención de educadores y terapeutas, pensadores y artistas. Rachel Carson (1907-1964), la escritora y bióloga estadounidense que inspiró el ecologismo moderno, dedicó un libro enteramente a revelar el valor del asombro para descubrir y amar el mundo natural que nos rodea, un texto muy inspirador para quienes queremos ahondar en nuestra conexión con la naturaleza.

Rachel Carson es mundialmente conocida por su libro La primavera silenciosa (1962), en el que denunció el uso descontrolado del DDT y advirtió de las consecuencias dañinas para la salud humana y la naturaleza, libro que dio origen al movimiento ambiental contemporáneo. Sin pretenderlo, dada su naturaleza tímida, modesta y tranquila, se convirtió en un icono, un ejemplo, por la trascendencia de sus obras y por su valentía y entereza moral en la defensa de sus ideas.  Su mensaje sigue vivo en sus libros, al alcance de quien quiera descubrirlo.

Rachel Carson amaba la naturaleza, era su pasión desde niña, igual que la literatura. La contemplación continua de entornos naturales, como el mar y el bosque, debió de llevarla a interiorizar la naturaleza de tal modo que al escribir era capaz de expresar, por encima del discurso científico, la poderosa belleza que irradia todo lo vivo. Y deseaba que todo el mundo pudiera reconocer esa grandeza, por eso, escribió diversos artículos para enseñar a la gente la belleza y maravilla de lo natural.

Una versión preliminar de El Sentido del Asombro fue publicada como artículo en 1956 en la revista Woman’s Home Companion, bajo el título Ayuda a tu hijo a asombrarse (Help your child to wonder). En los sesenta, cuando ya estaba enferma del cáncer que acabó con su vida, lo reescribió como libro y fue publicado póstumamente en 1965, con el título The Sense of Wonder. Hasta 2012 no se ha podido encontrar una traducción en español de esta obra tan relevante (1).

Es un libro breve que relata experiencias con su sobrino, explorando la naturaleza en la costa de Maine, donde tenía “su propia playa y su propia parcela pequeña de bosque”.

Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar en mí. Pero creo que ambos sentimos la misma respuesta, el mismo escalofrío en nuestra espina dorsal ante la inmensidad, el bramar del océano y la noche indómita que nos rodeaba. 

Las muestras de fascinación del niño en las diversas situaciones a las que lo expone son, para la autora, la confirmación de la existencia en los niños de un verdadero instinto para asombrarse ante lo que es bello e inspira admiración. Pero lo más llamativo es que la admirable científica considera esencial acercar a los niños, antes que nada, a la belleza de lo natural, a la belleza de todo lo que existe, del misterio que emana de lo vivo. “Conocer no es ni la mitad de importante que sentir” sería su mantra. Más que instruir y dar a aprender nombres y hechos, defiende que hay que estimular las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y desconocido, las sensaciones de simpatía, compasión o amor. Una vez que hayan surgido las emociones, dice, entonces desearemos el conocimiento sobre el objeto de nuestra conmoción, y cuando lo encontremos entonces tendrá un significado duradero.

Rachel-Carson

Que el asombro es la puerta del saber no es nuevo, pero no lo tenemos muy presente en la actualidad, hemos olvidado ya que es el origen del conocimiento humano. Platón, Aristóteles y otros sabios de la antigüedad lo enunciaron: por nuestros ojos participamos del espectáculo de la estrellas, del sol y de la bóveda celeste y ese espectáculo nos impulsa a investigar el universo. El asombro nos mueve a buscarle una explicación a los fenómenos que tenemos delante, una respuesta a las innumerables preguntas que nos vienen a la mente. El título del libro de Carson es, en ese sentido, doblemente acertado dado que la palabra wonder tiene una doble acepción en inglés, “sorprenderse” y “preguntarse”.

Hay consenso en considerar que el asombro es una capacidad o “sentido” innato en los niños, pero que al crecer se debilita, incluso se pierde, si no se mantiene activo. Y poco lo ejercitamos hoy en día con el escaso tiempo que le dedicamos a visitar la naturaleza y las innumerables horas que ocupamos con nuestros dispositivos tecnológicos. Educadores y terapeutas que defienden el desarrollo integral de la persona y de su creatividad abogan por la necesidad de cultivar la capacidad de asombro ante la belleza natural como parte importante para el desarrollo pleno de los niños y adultos. Rachel Carson vislumbró en la sociedad de los años 50-60 (del pasado siglo) que la tecnología alejaría a la gente de la naturaleza y de la experiencia gratificante de admirarla; como remedio argumenta la necesidad de cultivar y fortalecer este sentido. ¿Cómo adiestrar y robustecer esa capacidad de maravillarnos?

En su libro, Carson sugiere llevar a los niños a explorar la naturaleza y que se lo pasen bien, y se abran a las posibilidades de deleites y descubrimientos que los sentidos les brindan. Nos convence de que todos tenemos múltiples ocasiones de admirar la belleza de la naturaleza que tenemos cercana, basta con estar atentos y abiertos. Revela diversas maneras de maravillarnos en la vida cotidiana,  mirar las nubes y el cielo, escuchar las voces de la tierra, percibir los olores cargados de impresiones y recuerdos… nada de lo que sugiere es del todo nuevo, pero su poderosa prosa poética y su sentida elocuencia inspiran verdad y deseos de seguir sus pasos.

Al final del texto, Rachel Carson se pregunta si conservar el sentido del asombro tiene algo más de valor en nuestras vidas, más allá del disfrute que proporciona la contemplación de la belleza. Su respuesta es la certeza. La certeza en que el sentido del asombro y sobrecogimiento tiene un valor profundo y duradero en la vida interior de las personas:

Aquellos, tanto científicos como profanos, que moran entre las bellezas y los misterios de la Tierra nunca están solos o hastiados de la vida.
El don del sentido del asombro, es un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de los años posteriores a la niñez, los años de la estéril preocupación por problemas artificiales y del distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza.
Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerzas que durarán hasta que la vida termine.
Cualquieras que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir.
Hay una belleza tanto simbólica como real en cada manifestación natural, en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de las yemas preparadas para la primavera.
Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno.

La profesora de Ética Ambiental Mª Ángeles Martín, en el prólogo del libro, expresa de un modo exquisito el valor de la obra: “El sentido del asombro ayudará a entender no solo a esta mujer, sino la razón que subyace en la denuncia que la ha caracterizado. Este libro es su obra más trascedente y desconocida. Más allá de revelar en su vida las agresiones a la naturaleza, su principal legado fue enseñarnos que no hay mejor manera de preservarla que experimentar su grandeza”.

Tras la lectura de esta pequeña joya literaria naturalista, me reafirmo en mi empeño de potenciar y cultivar el sentido de asombro por los árboles y su mundo. No sólo para conocerlos mejor y cuidarlos sino también porque ese sentimiento nos conecta con la esencia invisible del mundo, con ese flujo que atraviesa toda la naturaleza y nos hace sentirnos parte integrante de la armonía universal.

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1 Rachel Carson. El sentido del asombro. Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2012. Prólogo y traducción de Mª. Ángeles Martín Rodríguez-Ovelleiro.

Escrito por Rosa, jueves 17 de septiembre de 2015.

Web dedicada a la vida y legado de Rachel Carson.
Rachel Carson en Wikipedia.

El Bosque de la felicidad

El descubrimiento de los árboles puede empezar con una acción simple, como el disfrute consciente de una buena sombra. Después, tal vez sintamos la llamada a adentrarnos más en su mundo. Y en ese camino sentimental y racional podemos llegar a sentirnos impulsados a realizar actos relevantes, como la plantación de unos árboles bajo cuya sombra nunca nos vamos a sentar.

Si dentro de vosotros ya albergáis el deseo de plantar árboles, no hay lectura más alentadora que El hombre que plantaba árboles, del escritor francés Jean Giono (1895-1970), una obra que impacta hondamente a todos los que amamos a esos gigantes verdes. En escasas páginas, con pocas palabras (unas 4.000) y aparente sencillez, Giono creó un relato literario que ha inspirado programas de reforestación en muchos lugares y ha legado un personaje de ficción asimismo inspirador.

Giono-Duomo

En una región de tierra descolorida, seca y casi despoblada de la Provenza alpina (Francia), un pastor, de nombre Eleazar Bouffier, siembra cada día semillas de robles, hayas y abedules durante varias décadas. El resultado de su empeño tenaz es que la tierra yerma se transforma al cabo del tiempo en un frondoso bosque. La presencia de los bosques atrae las lluvias, el agua revive los cauces secos y se restablece el ciclo de la vida; la fauna y la flora silvestres retornan a la frondosidad. Atraídos por el verdor, el agua y la vida, los habitantes de la zona se instalan de nuevo contagiados de esperanza.

El arte de contar de Giono se entronca en la tradición de los narradores orales poseedores del don de hechizar. El estilo conciso y sobrio y la fuerza del argumento atrapan como los relatos de Las mil y una noches en esta historia de un bosque que “florece de las manos y el alma de un único hombre”. Y sobre todo cautiva la visión de un mundo en el que hombre y árbol, juntos, crean un futuro de felicidad (“Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que deben su felicidad a Eleazar Bouffier”).

Un hombre solo transforma su entorno desolado en un lugar habitable, expresando cuánto de admirable hay en la condición humana (“Comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de la destrucción”). Un hombre que sabe mucho, que percibe la interdependencia entre todo lo existente, que siente la hermandad con la tierra y sabe escucharla y cómo curarla (“Él había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a ese estado de cosas”). Un hombre de cualidades excepcionales, que vive con su espíritu en paz, en soledad y silencio, dedicado con tesón imperturbable a cubrir la tierra de árboles, sin esperar recompensa alguna, movido por una inmensa generosidad hacia la naturaleza y hacia las generaciones futuras.

El árbol, y su poder de regeneración natural, es el otro protagonista silencioso de esta bella fábula. Los robles, hayas y abedules colaboran con el hombre solo, enraízan, crecen, cubren, protegen, atraen al agua, calman los vientos, florecen, fructifican, verdean y seducen a la gente con positivas razones para vivir.

Jean Giono escribió este relato en 1953, la revista Vogue lo publicó en 1954, tras rechazarlo The Reader’s Digest que le había encargado un texto sobre un personaje real inolvidable. Guiado por la misma generosidad que su personaje, y para que llegara al máximo de personas, donó los derechos del texto a toda la Humanidad. En pocos años se tradujo a diversas lenguas y se difundió por el mundo, y sigue difundiéndose hoy a través de libros y de internet.

Giono retrato

El autor escribió novelas, ensayos, relatos, teatro y guiones de cine, recibió diversos premios y está considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Autodidacta, humanista y pacifista, aprendió a amar la naturaleza desde niño en su Provenza natal, elevándola a personaje principal de muchos de sus libros. Persona alegre, con sentido de humor y disposición a lo lúdico, hizo de la búsqueda de la felicidad uno de sus temas fundamentales.

En cierto sentido, Giono fue un escritor precursor. Podría decirse que mucho antes de la era de internet, esta fábula se convirtió en un fenómeno viral que se extendió rápidamente por todo el mundo. De igual modo, al donar a la Humanidad su creación literaria, Giono se anticipó a la cultura del procomún creativo en la que difundimos y compartimos conocimientos sin cobrar derechos de autor.

La intención al escribir El hombre que plantaba árboles, como él mismo manifestó en una carta, fue que los lectores amasen los árboles o, más preciso aún, que amasen plantar árboles. Era uno de sus textos de los que se sentía más orgulloso, porque cumplía «con la función para la que fue escrito”: que se planten árboles, que haya imitadores de Eleazar Bouffier de carne y hueso por todo el mundo, que las políticas de los países amparen al árbol.

Jardín Botánico Montreal

Hace más de 60 años que se publicó este relato, sin embargo, su mensaje sigue siendo válido. Aunque en estas décadas se han puesto en marcha políticas y proyectos ambiciosos, como el promovido por Wangari Maathai en Kenia que desde 1977 ha plantado más de 50 millones de árboles, la realidad es que cada año (según datos de 2014) desaparecen un promedio de 13 millones de hectáreas de bosques naturales en el mundo. Para afrontar la crisis ambiental asociada al cambio climático los expertos advierten que hay que reducir, detener y revertir la pérdida de bosques a nivel global. Por eso, El hombre que plantaba árboles es una lectura que sigue siendo necesaria y placentera hoy en día.

El mensaje que transmite Giono es de esperanza, de optimismo, de confianza en el futuro y ahí reside parte de la fascinación de este libro. Norma L. Goodrich (en su epílogo de la obra)  desvela el compromiso  de Giono como escritor  y  como individuo:

«La esperanza tiene que surgir de la literatura, el poeta debe ser consciente del efecto mágico de determinadas palabras como hierba, prados, sauces, ríos, abetos, montañas. La gente lleva tiempo encerrada entre las cuatro paredes y se ha olvidado de ser libre. Los seres humanos no fueron creados para vivir en bloques de pisos y túneles de trenes, sus pies ansían andar a través de la hierba y deslizarse por corrientes de agua. La misión del poeta consiste en recordarnos la belleza: árboles balanceándose en la brisa, pinos crujiendo bajo la nieve en los desfiladeros; caballos salvajes galopando en la espuma de la rompiente. En la vida hay momentos en que una persona tiene que salir y afanarse en busca de la esperanza».

Busquemos la esperanza plantando los bosques del futuro.

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Escrito por Rosa, jueves 16 de abril de 2015.

DIFUSIÓN Y ENLACES:
*  Edición del texto en internet: Traducido por Francisco Figueroa / Fundación As Salgueira.
*  Edición en papel: Jose J. Olañeta, Editor. 2007. Traducido por Borja Folch. Epílogo de Norma
L. Goodrich. Ilustraciones de Michael McCurdy.
*  Edición en papel: Duomo Ediciones. 2014. Traducido por Palmira Reixas. Prólogo Saramago.
    Epílogo Joaquín Araujo. Ilustrado por Joëlle Jolivet.

*  Adaptación cinemátográfica: El director canadiense Frederick Back en 1987 realizó una
película de animación con guión de Jean Giono, que recibió el Oscar al Mejor cortometraje de
animación.

*  Música: 1990 The Man Who Planted Trees por The Paul Winter Consort (Living Music LMUS
0030).

*  Otras entradas relacionadas en este blog:
    Wangari Maathai
    Bosques y cambio climático 

Frutos amargos

Los árboles son testigos mudos, y a veces ayudantes involuntarios, de las más atroces infamias cometidas por seres humanos.

La dama del jazz

La triste balada Strange Fruit nos habla de los hermosos árboles del sur de Estados Unidos, de las magnolias y los tuliperos, pero también de sus frutos extraños. Escucharla hoy, 70 años después de su grabación, en la voz rota de Billie Holliday (1915-1959) nos emociona.

Los árboles del sur tienen extraños frutos,
sangre en las hojas y sangre en las raíces,
cuerpos negros se balancean con la brisa del sur,
frutos extraños cuelgan de los tuliperos.

La escena bucólica del sur galante,
los ojos fuera de órbita y la boca torcida,
el aroma de las magnolias, dulce y fresco,
entonces, de repente el olor a carne quemada.

Aquí está el fruto para que los cuervos lo desgarren,
para que la lluvia lo recoja, para que el viento lo absorba,
para que el sol lo pudra, para que los árboles lo descarguen,
aquí está la extraña y amarga cosecha.

La letra se basa en el poema Fruto Amargo (Bitter fruit) de Abel Meeropol, maestro y poeta neoyorquino que lo publicó en 1937. Pero fue a partir de que Billie Holiday grabara en 1939 la canción con el título Fruto Extraño (Strange fruit) cuando se convirtió en un gran éxito popular, un emblema de la lucha contra la discriminación racial y contra el linchamiento de negros en el sur de los Estados Unidos. Hay que recordar que aún en la década de 1930-1939 se lincharon 119 negros en los estados del Sur.

Billie Holiday solía cerrar sus actuaciones con esta emocionante canción. Las luces apagadas, solo un foco iluminando su cara y sus muecas de horror y angustia. Cantaba con los dientes apretados, “como si destripara cada palabra que salía de su boca”, según testimonio de Hal Roach, batería de la banda. Al final de la estremecedora canción se apagaba el foco y en la sala solo quedaban la oscuridad y el nudo en la garganta de los espectadores. Dicen que la cantante se iba al camerino a llorar y vomitar, para desahogar la emoción contenida.

Strange fruit fue elegida como la canción más influyente del siglo veinte por la revista Time magazine en 1999 y ha sido interpretada por artistas como Nina Simone (1965), Diana Ross (1972), Cassandra Wilson (1995) y Annie Lennox (2014).

Los grandes árboles del Sur

Es difícil imaginar la crueldad del esclavismo y la discriminación racial en el sur de Estados Unidos hace 160 años. El director de cine británico (de origen afrocaribeño) Steve McQueen (nacido en 1969) nos traslada a esa época en su versión cinematográfica de la obra 12 Años de Esclavitud (Twelve Years a Slave) de Solomon Northup¹. En este libro de memorias Northup relata sus desventuras: cómo siendo un negro libre en el Norte dedicado a tocar al violín y a la carpintería, es engañado, secuestrado y llevado al Sur, donde pasa 12 años como esclavo en diferentes plantaciones.

Northup, quien debería conocer los diferentes tipos de madera por su oficio de carpintero, describe en su libro con admiración los bosques sureños (he añadido entre paréntesis los nombres científicos más probables de los árboles citados): «el laurel (Persea borbonia) y el plátano (Platanus occidentalis), el roble (Quercus virginiana) y el ciprés (Taxodium distichum) alcanzan un crecimiento sin igual en las tierras fértiles que bordean al Río Rojo. De cada árbol, además cuelgan grandes masas alargadas de musgo (Tillandsia usneoides) ofreciendo una apariencia llamativa y singular.»

Arbol_12_años_esclavitudUn gran árbol, posiblemente un roble de Virginia (Q. virginiana), que se erguía majestuoso en el centro de la plantación, es el personaje dominante de una de las escenas más impactantes de la película. Northup (magníficamente interpretado por Chiwetel Ejiofor), pasa varias horas inmóvil, de puntillas, bajo el roble centenario. No le queda más remedio, si quiere conservar su vida. Una soga al cuello atada a una rama del roble le cortaría la respiración, si se rindiera y dejara caer su cuerpo. La secuencia larga, de casi tres minutos (correspondería a casi todo un día en la realidad), crea un desasosiego en el espectador. Los habitantes de la plantación continúan con su vida habitual, los esclavos en sus trabajos cotidianos, los niños jugando. Mientras, el árbol, con sus enormes y poderosas ramas ocupa la escena; los flecos de «musgo español» (en realidad es una bromeliácea epifita, Tillandsia usneoides) que cubren las ramas se balancean con la brisa del Sur; en una de las ramas pende Northup, quieto, como un fruto extraño, amargo. Afortunadamente el dueño de la plantación llega a tiempo para cortar la cuerda y salvarle la vida.

En 2014 Steve McQueen fue el primer director negro que recibía un óscar a la mejor película. «La gente quiere mirar esta historia. Si no conocemos nuestro pasado nunca sabremos nuestro futuro» comentó McQueen en una entrevista.

Lynching_tree_McQueenDurante el rodaje de la película en Luisiana, McQueen (artista plástico con una dilatada trayectoria) sacó una fotografía de un árbol que había sido usado para linchar esclavos y cuyas tumbas estaban a su alrededor. Con ella preparó una instalación que tituló The Lynching Tree (una transparencia de 85,4 x 105 cm en una caja de luz) y que fue expuesta en 2013 en Basilea (Suiza). Una vista de un árbol en un entorno apacible, una escena paisajista nada particular. Pero cuando conocemos su historia y sabemos que el árbol fue testigo de crueles linchamientos y humillaciones de esclavos negros, la obra de arte cobra otro significado: indignación, rabia y vergüenza.

Los grandes árboles del sur de Estados Unidos – robles, magnolios, cipreses, plátanos y tuliperos – hace tiempo que recuperaron su inocente belleza, liberados por fin de aquellos frutos amargos y extraños.
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¹ S. Northup, 1853. Twelve years a slave. Narrative of Solomon Northup, a citizen of New-York, kidnapped in Washington city in 1841, and rescued in 1853, from a cotton plantation near the Red River in Louisiana. Derby & Miller, Auburn, New York.

 

Escrito por Teo, 22 enero 2015.

 

Enlaces
Poema del Fruto Amargo (Bitter Fruit) por Abel Meeropol, original en inglés

Página de Wikipedia dedicada a la canción Strange Fruit

Estadística sobre linchamientos (por años), Universidad de Missouri-Kansas City

Edición digitalizada del libro de Solomon Northup, original en inglés

Entrevista con Steve McQueen

Página web oficial de la película 12 años de esclavitud

Árbol de los Deseos

El deseo forma parte de la naturaleza humana. Según el pensamiento occidental, es un motor vital que impulsa nuestra conducta y nos mueve a realizar acciones para satisfacerlo. Cuando se anhela algo con vehemencia, somos capaces de hacer cuanto sea necesario para obtenerlo. El deseo está en el origen de la superación personal, es una pulsión de vida, una fuerza inspiradora que nos lleva a la creatividad.

En cambio, en contextos filosóficos orientales como el budista, el deseo es la causa de todo sufrimiento. Se sufre por no poder alcanzar los deseos. El deseo paraliza y obstaculiza el progreso espiritual.

Los deseos son tan importantes en la vida humana que, tanto en las culturas antiguas como en las actuales, se han desarrollado rituales para pedir que se cumplan. Existe una variedad de tradiciones, laicas y religiosas, para dar forma al acto de pedir que se nos concedan nuestros anhelos. A través del rito, manifestamos los íntimos deseos y dirigimos nuestra petición a Dios u otra divinidad, al cosmos, a las fuerzas de la naturaleza o a la fuerza del destino (según la fe de cada cual), en la confianza de que estos entes ostentan el poder de concederlos.

Quizás no somos conscientes, pero en muchos momentos de la vida cotidiana realizamos pequeños rituales de este tipo: cuando vemos una estrella fugaz, cuando soplamos las velas de cumpleaños, cuando tomamos las doce uvas de Año Nuevo o cuando brindamos por la buena travesía de una nueva aventura personal o profesional. De manera colectiva, está extendida la práctica religiosa de asistir a un templo a realizar plegarias de petición de deseos.

En algunas creencias y culturas el rito consiste en acudir a un árbol, el Árbol de los Deseos, un árbol individual concreto que los devotos creen que tiene el poder de cumplirlos. La petición se realiza mediante ofrendas o notas con los deseos escritos que se cuelgan de sus ramas. El árbol representa así al ”Ser que Concede los Deseos”, ya sea el espíritu de la naturaleza, una deidad o el cosmos mismo. Esta antigua tradición se mantiene en diversas partes del mundo como Japón, China, India y otros lugares; también en Europa permanecen vestigios de ella en algunos enclaves como Escocia e Irlanda.

Imagen de Kalpa Vriksha

Imagen de Kalpavriksha

Hoy en día, el rito del Árbol de los Deseos está resurgiendo con fuerza renovada en la sociedad occidental. Una parábola, una obra de arte (instalación) y un relato infantil nos ilustran la importancia de estos “árboles” en nuestra cultura.

Una parábola

En la mitología india, aparece el “Árbol que Concede los Deseos”, Kalpavriksha en sánscrito (Wish Fulfilling Tree en inglés), un árbol considerado sagrado entre los hindúes. Sobre este Árbol de los Deseos, se cuenta una parábola en los textos antiguos indios de la que se conocen diversas versiones:

Un sofocante día de verano, un viajero caminaba muy cansado a causa del calor. A un lado del camino vio un gran árbol y fue a sentarse junto al tronco para descansar y disfrutar de la sombra. En la fresca sombra del árbol se puso muy contento. Entonces se dijo a sí mismo:
—¡Qué afortunado sería si también pudiera tener un vaso de agua fresca!
Al instante, apareció un jarro con agua. Después de tomar el agua, pensó:
—Ahora ya sacié mi sed, pero cuán feliz sería si aquí hubiera una buena cama, pues este suelo es muy duro y áspero.
De inmediato apareció una suave cama. Entonces pensó:
—Ni en mi casa tengo una almohada ni una cama así. Si mi esposa estuviera aquí y viera esto, ¡qué feliz sería!.
Al momento, también apareció su esposa. Entonces el hombre pensó para sí:
—Estoy en un área remota y cerca de un bosque; podría venir un tigre y devorarme.
En un segundo apareció un tigre y ¡se lo comió!

Dice el gurú Sai Baba (India, 1926-2011) al respecto de esta parábola: “El árbol bajo el cual el hombre se había sentado era el Árbol que Cumple todos los Deseos. Este mundo en que vivimos es un mundo-árbol de los deseos. Estamos sentados bajo su sombra. Si tenemos deseos o pensamientos malos, nos sucederá el mal y, si pensamos bien, el bien nos llegará. Por lo tanto, cuando nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son puros, el árbol de los deseos del mundo nos dará las cosas buenas que deseamos. Tanto el bien como el mal vienen solamente de nuestros corazones, nunca vienen del exterior. Es por eso que debemos mantener nuestros corazones tan puros como sea posible”.

En la tradición popular española, contamos con el proverbio de enseñanza semejante “hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir”.

Una obra de arte

En la actual expansión de los «Árboles de los Deseos» (Wishing Trees, en inglés) en la cultura occidental ha tenido gran influencia la obra de la conocida artista Yoko Ono. Yoko Ono vivió la tradición del Árbol de los Deseos durante su infancia en Japón. Cuenta que, de pequeña, solía ir a un templo y escribir su deseo en una pequeña pieza de papel que después ataba a la rama del Árbol de los Deseos situado en el patio del santuario.

La artista japonesa se adhirió al arte conceptual, en el que el contenido, el mensaje y el estímulo del pensamiento crítico son más importantes que la forma física y el empleo de técnicas de realización. Sus obras (escritura, música, películas, dibujos, instalaciones, etc.) tratan temas como la libertad de pensamiento, la paz, la lucha contra el racismo y el sexismo, o la valoración de las pequeñas grandes sensaciones cotidianas. Su arte se caracteriza por la economía de recursos con la que logra un máximo efecto.

Yoko Ono comenzó a trabajar el motivo del Árbol de los Deseos en la década de 1990 y sigue en la actualidad. En sus exposiciones, aprovecha la presencia de un árbol (que suele estar en los jardines de los museos) para hacer una instalación de arte; deposita papeles y lápices junto al árbol e invita a los asistentes a la instalación a escribir sus deseos en los papeles y colgarlos de las ramas, convirtiéndolo así en un Árbol de los Deseos.

Sus Árboles de los Deseos se han instalado en museos de diversos países como EE UU ( Jardín de las Esculturas del Museo de Arte Moderno de Nueva York, 2010 y en el Museo Hirshhorn de Washington DC, 2007), Reino Unido, Finlandia, India y España (Guggenheim de Bilbao, 2014). En cada país, la artista usa diferentes especies de árboles para sus instalaciones, y una vez concluida la exposición, recolecta todos los deseos proporcionados por los visitantes. El éxito de participación es tal que finalmente ha concebido un destino para ellos. En Reikiavik (Islandia), ha construido la instalación «Torre Imagina La Paz» (Imagine Peace Tower, en inglés), se trata de una torre de 10 metros de radio que emite una columna de luz azul intenso hacia lo hondo del cielo y en su base, en el pozo de los deseos, acoge los deseos expresados por miles de personas de todo el mundo.

Foto de Naomi Sachs del Árbol de los Deseos de Yoko Ono en Washington DC.

Foto de Naomi Sachs del Árbol de los Deseos de Yoko Ono en Washington DC.

El concepto interesante que propone Yoko Ono es la certidumbre de la fuerza del deseo, como energía que mueve y desencadena cambios a favor de su realización. Los deseos reunidos, puestos juntos, conforman una gran plegaria colectiva dirigida al Universo. Aunque ella reúne todos sin distinción –los personales y los colectivos, los más generosos y los menos-, su confianza se sustenta en el ideario que compartió con su fallecido esposo el ex-beatle John Lennon; los deseos globales de paz y de un futuro mejor para la humanidad que quedaron recogidos en la emblemática canción Imagine: «Imagina a todo el mundo viviendo la vida en paz, imagina a todo el mundo compartiendo el mundo…»

Quien desee sumarse a esta plegaria universal Ono-Lennoniana puede hacerlo enviando su expreso deseo a esta dirección.

Un relato infantil

El Árbol de los Deseos (The Wishing Tree), publicado por primera vez en 1964, es el único cuento para niños del escritor estadounidense, Nobel de Literatura, William Faulkner (1897-1962)¹. Situada en el sur de EE UU, la historia cuenta la aventura de la niña Dulci, acompañada de su cuidadora Alice, su hermano pequeño Dicky, su vecino George y su sorprendente amigo pelirrojo Maurice, en busca de El Árbol de los Deseos. Un viejecito peculiar y un soldado, que resulta ser el marido de Alice, se unen a la búsqueda.

wsh1En mitad de un bosque, encuentran un precioso árbol de hojas blancas y cada uno coge una hoja, tan pronto como las tocan, las hojas cambian de color, un color diferente para cada uno, según el color de los deseos de cada cual. A partir de ese momento los deseos comienzan a cumplirse, pero también empiezan a tener deseos egoístas que complican bastante las cosas. Finalmente, después de experimentar las malas consecuencias de los deseos que hacen daño a otros, Dulci y sus acompañantes se dan cuenta del valor de tener deseos que beneficien a todos y no solo a uno mismo.

El relato es fresco, sorprendente, original, con magnífica prosa, humor irónico y trasfondo filosófico moral. Estimula  a reflexionar con pequeños y mayores sobre la naturaleza de nuestros deseos y sus consecuencias, sobre los deseos egoístas y los deseos generosos, sobre los deseos que nos ayudan a crecen y los que entorpecen nuestro buen discurrir por la vida.

Los Deseos del Árbol

El Árbol de los Deseos nos concede los deseos que le pedimos. Pensemos ahora en los propios árboles, ¿tienen deseos? Seguramente sí.

Trato de imaginar que soy un árbol, y me pregunto cuáles serían mis deseos. Si John Lennon hubiera hecho este ejercicio de empatía tal vez hubiera plasmado algunas posibles aspiraciones de los árboles en su célebre canción:

Imagina a todos los árboles
viviendo el día a día,
con abundante tierra y agua,
y con aire limpio.
Imagina a todas las personas y todos los árboles
compartiendo el planeta.
Espero que algún día te unas a nosotros
y el mundo sea uno solo…²

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¹ Faulkner, W. 2010. El Árbol de los Deseos. Traducido por Jose Luis López Muñoz, Alfaguara, Madrid (edición original en inglés de 1964).
² La Declaración de los Bosques de Nueva York proclamada por las Naciones Unidas en 2014 termina con el deseo-compromiso de «un mundo donde las personas y los árboles crezcan juntos».


Escrito por Rosa, jueves 8 de enero 2015.

Fuentes
Parábola india del Árbol de los Deseos, según Sai Baba.

El Árbol de los Deseos en el arte de Yoko Ono.
«Torre Imagina La Paz», Reikiavick (Islandia).
En este blog, post Alcornoque de los deseos.
En este blog, deseos a la Virgen en el post Nuestra Señora del Roble

Cuercos

Con una palabra de tres letras – oak – la lengua inglesa define a las más de 500 especies de árboles del género Quercus. En el idioma español tenemos una rica variedad de términos que nombran a las diferentes especies: roble (para Q. robur y Q. petraea), rebollo, melojo o marojo (Q. pyrenaica), encina o chaparro (Q. ilex), alcornoque (Q. suber), coscoja (Q. coccifera), quejigo (Q. faginea y Q. canariensis), quejigueta (Q. lusitanica), etc.; pero nos falta un término que agrupe a todas las especies. Aunque existe la palabra “quercínea”, la alternativa más simple sería castellanizar el término latino Quercus como “cuerco”, siguiendo su transcripción fonética. De hecho, cuerco significa roble o cualquier especie del género Quercus en la Lingua Franca Nova, esa lengua inventada por el psicólogo americano George Boeree en los años 60 del siglo pasado, a partir de las lenguas romances francés, italiano, portugués, español y catalán.

Investigación sobre cuercos

Independientemente del nombre que les demos, los árboles y arboledas del género Quercus constituyen una parte muy importante del paisaje, la economía y la cultura de amplias zonas de Europa, América del Norte y Asia. En México existen más de 160 especies, formando uno de los «centros de diversidad» del género Quercus; el otro centro importante está en China. Mientras, en España crecen 11 especies nativas. Debido a esta importancia reciben una gran atención por parte de los investigadores como se refleja en las publicaciones de libros y artículos científicos.

El último número de la revista Ecosistemas está dedicado a las especies de Quercus. Esta revista, que publica la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), está en formato electrónico y acceso libre a todos los usuarios de internet.

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En el número monográfico se recogen, además del editorial introductorio, cuatro artículos de revisión y 11 artículos de investigación. En ellos se presentan una variedad de temas: ecología de la dispersión de semillas y regeneración de las poblaciones; fisiología del crecimiento, rasgos funcionales y respuestas a la sequía (uno de los factores limitantes en clima mediterráneo); aplicación de herramientas de la biología molecular para conocer las relaciones de parentesco entre árboles y sus progenies; y distribución de las especies en función del clima y suelo, moduladas por los efectos de la gestión forestal.

La iniciativa de publicar este número colectivo surgió de dos reuniones científicas que tuvieron lugar en 2013 y que ya fueron reseñadas en este blog: un simposio dedicado a los Quercus durante el congreso de la AEET en Pamplona y el Taller (Workshop) celebrado en la Universidad Internacional de Andalucía, en Baeza.

Es impresionante la literatura científica que existe sobre los cuercos. Cada año se publican unos 890 artículos sobre especies de Quercus en las revistas internacionales (indexadas en la Web of Science); una consulta a esa base de datos dio como resultado unos 13.500 títulos. Con tanta información publicada es imposible estar al día en el conocimiento científico internacional sobre los cuercos.

En el análisis de las publicaciones, es interesante observar que casi el 12% de ellas corresponden a investigaciones hechas en España o por científicos españoles. De hecho, España aparece como la segunda potencia en producción científica de temas relacionados con Quercus. A título comparativo, en el área general de la ciencia forestal España ocupa el 11º puesto, más acorde con su posición en el ranking económico mundial (13º según el PIB). ¿Por qué tenemos los científicos españoles esa desproporcionada afición a estudiar los cuercos? Es misión de los sociólogos e historiadores de la ciencia buscar explicaciones a este patrón de la cienciometría.

Ecosistemas Fig 2

Relación de países según el número de publicaciones sobre las especies de Quercus (Marañón et al. 2014).

Cuercomanía

Existe una cierta «cuercomanía» o «cuercofilia» que padecemos o disfrutamos las personas fascinadas y atraídas por todo lo relativo a esos árboles majestuosos, robles, quejigos y encinas, que son símbolos de la fuerza y la resistencia.

La Sociedad Internacional de los Cuercos (International Oak Society) nació como un club de intercambio de semillas (bellotas) para completar las colecciones de arboretos y jardines botánicos. Ahora somos unos 400 miembros de 30 países y la sociedad publica una revista anual, International Oaks, entre otras actividades. Su misión es «promover el estudio, la gestión sostenible, la conservación, apreciación y difusión al público del conocimiento sobre los árboles del género Quercus y sus ecosistemas».

También está la comunidad de admiradores de estos árboles, que no solo disfrutamos con su vista al natural, también los retratamos, inmortalizamos y subimos las fotos a una galería colectiva en la plataforma Flickr de Internet. El grupo Oak trees: the Quercus club tiene 786 miembros y más de 5.400 fotos subidas a la red. Todo un festín de imágenes. En la presentación del grupo se le rinde tributo al fotógrafo americano Ansel Adams (1902-1984) y sus soberbias fotos de robles californianos (posiblemente Q. lobata o roble del valle) retratados en blanco y negro.

"Oak tree, Sunset City" por Ansel Adams (1962).

«Oak tree, Sunset City» por Ansel Adams (1962).

Para el «cuercómano» es una delicia sumergirse entre las páginas del libro de Peter Young titulado simplemente Oak¹. Uno de esos libros envidiables de los británicos que unen naturaleza y cultura, con un tono divulgativo y ameno. Se pueden pasar las hojas, mirar la fotos y las láminas, repasando la variedad de perspectivas, símbolos e iconos culturales asociados a los robles. Dedica capítulos a los robles en la construcción de casas y muebles, de barcos y navíos de guerra, a sus representaciones en el arte y la literatura, y un interesante capítulo dedicado a «símbolos y supersticiones».

En la página 139 reproduce una foto del roble (Q. robur) de Guernica (Gernika en vasco), ese símbolo cultural, político y patriótico que ha estado recientemente de actualidad en los medios de comunicación españoles porque ha empezado a perder las hojas antes de que llegara el otoño. Raras veces el estado de salud de un árbol suscita tanta atención. En el Diario Vasco se lee: «los representantes de la Diputación foral de Bizkaia están «preocupados» por la salud de este roble, que permanece y permanecerá en el tiempo como un milenario símbolo de las libertades vascas».
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¹ Peter Young, 2013. Oak. Reaktion Books, Londres.

 

Escrito por Teo, jueves 25 septiembre 2014.

 

Enlaces

Diccionario de Lingua Franca Nova
Artículo en Ecosistemas que analiza la investigación sobre Quercus
Editorial introductorio al Monográfico sobre Quercus en Ecosistemas
Reseña sobre el simposio AEET de Pamplona en este blog
Reseña sobre el Taller UNIA de Baeza en este blog
Sociedad internacional de los Quercus
Grupo Flickr de fotografía sobre Quercus
Libro de Peter Young sobre los cuercos
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en ABC
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en Diario Vasco