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Jardines Perdidos

El bosque es el terreno genuino del asombro, una obra magistral de la naturaleza. El jardín bien logrado es también un espacio de maravilla, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de felicidad. Hubo un tiempo de comienzo cuando la idea de jardín germinó en la mente humana y se crearon los primeros jardines maravillosos. Esos primigenios jardines, perdidos hace milenios, todavía nos sorprenden cuando viajamos en el tiempo hasta su pasado esplendor. En el Paraíso Perdido, el poeta inglés John Milton (1608-1674) describió un sugerente Edén inspirado en jardines antiguos:

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible.
Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnifico anfiteatro.
Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban.

Tras la huella de los primeros jardines

La idea del jardín nació con la civilización. Desde el momento en que apareció la agricultura y la ganadería, la forma de vida de la humanidad cambió radicalmente y trajo consigo la construcción de ciudades y los primeros imperios. La zona que recibe el nombre de “Cuna de la Civilización”, también el de “Creciente Fértil”, ocupaba desde el valle del Nilo hasta Mesopotamia (entre los ríos Éufrates y Tigris), incluyendo la costa del Levante mediterráneo. El momento clave en este salto cultural fue la aparición de las primeras ciudades sumerias en el cuarto milenio antes de Cristo. Algo más tarde, se produjeron cambios similares en torno a los grandes ríos de la India y el Extremo Oriente.

En Mesopotamia, desde el cuarto al primer milenio a. C., hubo una intensa lucha por el poder entre los diferentes pueblos y un constante desarrollo de inventos y construcciones. En ese contexto tan efervescente, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente en relación al distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién nacidas ciudades.

Este artículo es una propuesta de viaje en el tiempo a ese remoto período de la Antigüedad, en la región histórica que hoy ocupa Irak y nordeste de Siria, para encontrar el origen de los jardines de Occidente.

El jardín era parte integrante de la ciudad antigua en la época de los imperios babilonio y asirio (del tercer al primer milenio a. C.). Por un lado, los habitantes tenían sus cercados para cultivar vegetales y medicinas, aunque por el momento no hay evidencias arqueológicas. Por otro, los reyes y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje; de estos; de estos sí hay vestigios arqueológicos.

Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia. Se los consideró una de las Maravillas del Mundo Antiguo, un prodigio de obra humana que todo el mundo debía ver antes de morir, junto a la Gran Pirámide de Guiza y el Faro de Alejandría (Egipto), la Estatua de Zeus en Olimpia y el Coloso de la Isla de Rodas (Grecia), y el Templo de Artemisa en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso (Turquía).

Desde la infancia fantaseamos con los Jardines Colgantes de Babilonia. Forman parte del imaginario de nuestra cultura como paradigma de los Jardines Perdidos de la Antigüedad. Sin embargo, nada más empezar a indagar sobre ellos, he topado con una erudita controversia entre algunos historiadores que los juzgan pura leyenda y otros que defienden apasionadamente su existencia real, pero situándolos en Nínive. A pesar de los siglos transcurridos, los Jardines Colgantes de Babilonia perviven escondidos entre la leyenda, el enigma y el prodigio. Siguen siendo deseables de ver, al menos su rastro, y objeto de una búsqueda emocionante. Su creación se sitúa entre los años 700-600 a. C.; pero ya antes de esa fecha, hubo en Mesopotamia algunos hitos importantes en relación a árboles y jardines que contribuyeron al origen de la Maravilla del Mundo.

Humbaba, el Protector de los Cedros 

En el año 2500 a. C. se escribió la más antigua obra literaria del mundo, la Epopeya de Gilgamesh. El poema cuenta las hazañas del legendario rey sumerio de la ciudad de Uruk, quien, en compañía de su amigo Enkidu, se enfrentó al terrible gigante Humbaba, el dios protector del bosque de los cedros (Cedrus libani); lo mató y taló los árboles del bosque. Después de semejante gesta, Enkidu murió como castigo de los dioses y Gilgamesh, angustiado por su muerte, acabó buscando desesperadamente la inmortalidad.

Para proteger el Bosque de los Cedros
Para ser el terror de las gentes, Enlil lo ha destinado.
Es Humbaba; su bramido es el diluvio, su boca es fuego,
su aliento la muerte.
Sobre sesenta dobles leguas oye todos los ruidos del Bosque, (…)
Si alguien se interna en el Bosque, queda paralizado.
En este Bosque reside el feroz Humbaba:
tú y yo iremos a abatirle para librar de todo el mal al país.
Nosotros en el Bosque, cortaremos los cedros.

El rey Gilgamesh, a quien los historiadores admiten como figura histórica, habitaba las tierras áridas de Uruk, en el sur mesopotámico, mientras que los bosques de cedros crecían en parte de Siria y de Líbano. En fechas recientes, un grupo de paleobotánicos ha tratado de averiguar cuándo comenzó la desforestación en la región. En un bosque del noroeste de Siria (la localización más posible del poema), han encontrado restos antiguos de más de 20 especies de árboles, incluyendo cedros, pinos, nogales, cipreses, robles, hayas, castaños, olmos, arces, tilos, plátanos, olivos, sauces, sisu (Dalbergia sisoo), alisos y fresnos. Para satisfacer las enormes necesidades del incesante desarrollo humano debieron de talarse muchos árboles desde fechas muy tempranas. Los paleobotánicos estiman que la destrucción severa de los bosques de Oriente Próximo habría comenzado alrededor del 9000 a. C., seis mil quinientos años antes de que se escribiera el Poema del rey de Uruk.

Los escritores de la epopeya, concluyen los paleobotánicos, debían de tener conocimiento de cortas masivas de cedros; y ser ya conscientes de la importancia de los bosques para el desarrollo de la civilización, especialmente en el sur de Mesopotamia, área de escasa madera. Posiblemente tuvieran también experiencia o noticias de la reacción violenta de la naturaleza a la destrucción de los bosques que simboliza el dios Humbaba.

El poema de Gilgamesh, además de revelar la importancia de los árboles en los albores de la civilización, aporta al linaje de dioses protectores de bosques la figura formidable de Humbaba, que encarna la fiereza protectora de la Tierra.

Reyes locos por sus jardines

Mucho antes de crearse los Jardines Colgantes en Babilonia, los reyes asirios y babilonios habían iniciado la tradición de construir jardines. El poder de un rey se medía no solo por la conquista de nuevas tierras sino también por la sabiduría para hacer obras que mejorasen la ciudad y el país. El carisma de un rey dependía de la amplitud de sus habilidades. Tenían que ser arquitectos, ingenieros, artistas y jardineros.

Asirios y babilonios compartían la lengua, la escritura cuneiforme y la mayor parte de la literatura y de los dioses. Pero habitaban diferentes ambientes naturales. Los babilonios ocupaban el sur de Mesopotamia, las llanuras aluviales inundables entre los dos ríos, de escasas lluvias. Los asirios, el norte mesopotámico, un país de colinas, ríos que bajan de las montañas persas y lluvias estacionales.

De las inscripciones cuneiformes escritas por los reyes asirios y babilonios halladas en los yacimientos arqueológicos, se deduce que cultivaron dos tipos diferentes de jardín, relacionados con los distintos entornos naturales de cada reino.

En su país llano y seco, los reyes de Babilonia diseñaron sus jardines configurados en parcelas rectangulares con una red de pequeñas acequias. El árbol más apropiado de la región era la palmera datilera (Phoenix dactylifera) que, dispuesto en filas paralelas, aportaba, además de belleza y fruto, sombra para otras plantas menores. Para regar el jardín con agua del río se usaba el artefacto conocido como cigoñal (shaduf en otros idiomas), tradicional en todo el mundo. Los textos babilonios revelan que el jardín tenía una función utilitaria.

En cambio, los asirios en su país de colinas y valles crearon jardines muy diferentes. Con vocación de imitar paisajes naturales de montaña, amontonaron tierras para crear colinas artificiales cubiertas de árboles fragantes. Y, para traer el agua a esos jardines y lograr refrescar el aire y mantener verde las plantas, desarrollaron sistemas de manejo del agua de los ríos, construyendo canales, presas y acueductos. Eran jardines para disfrutar su belleza además de ser útiles. Varios reyes dejaron escritos sobre su pasión por el jardín.

El rey Tiglatpileser I (1114-1076 a. C.), conquistador de 42 dominios, dejó escrito en una inscripción: Traje cedros, bojes y robles de las tierras conquistadas, árboles que ninguno de los reyes que me precedieron habían plantado antes, y los planté en mi jardín para el placer de mi majestad. Traje arboles frutales que no se encuentran en mi tierra y con ellos llené los huertos de toda Asiria.

El rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) hizo un gran jardín en su capital Kalhu (moderna Nimrud), donde cultivó semillas y plantas recolectadas en sus catorce conquistas: cipreses, pinos y enebros de diferentes clases, cedro, mirto, almendro, palmera, ébano, sisu, olivo, roble, cornicabra, sauce, fresno, abeto, granado, pera, membrillo, higuera, vid.  Y también describió la obra de ingeniería que construyó para regar: excavé un canal desde del río Zab, cortando por una montaña, y lo llamé el Canal de la Abundancia. Regué la vega del Tigris y planté huertos de frutales de todo tipo.  El agua del canal brotaba desde arriba al jardín; la fragancia impregnaba los paseos, los canales de agua, tan numerosos como las estrellas, fluían en el jardín placentero…

Sargón II (reinó entre 722-705 a.C.) edificó un jardín y un magnífico palacio en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, cerca de Mosul). El rey dejó escrito sobre su jardín: Yo creé junto al Palacio un jardín imitando las montañas de Amanus con árboles aromáticos de todo el norte de Siria y todos los frutales de montaña(…), todas las especias de la tierra de los Hititas y todas la vegetación de sus montañas próximas. En su ambición por alcanzar la fama como brillante constructor, llamó a su palacio el “Palacio Sin Rival”. También dejó un relieve escultórico en el que aparece el jardín diseñado como una colina boscosa artificial, con un lago y barcas, un pabellón, un altar y árboles exóticos.

La fascinación por especies foráneas de árboles que la arqueología ha descubierto es realmente sorprendente. Un oficial de Sargón II dejó constancia en una carta de la recolección de 3900 esquejes de frutales en ciudades sirias para plantarlos en Dur Sharrukin. Las plantas foráneas aportaban belleza y originalidad al jardín y también simbolizaban la amplitud de las conquistas del rey en el extranjero, la magnitud de su poder.

Los Jardines Inencontrables de Babilonia

La historia más extendida cuenta que los Jardines Colgantes los construyó el famoso rey bíblico Nabucodonosor hacia el 600 a. C. en Babilonia, la capital de su reino. La leyenda los relaciona también con una historia de amor, según la cual Nabucodonosor creó esos maravillosos jardines como muestra de amor a su esposa, la Reina Amytis, que añoraba las montañas de su tierra natal en el Imperio medo.

Obra de Pierre Bellet, s. XIX.

Otra versión de algunos autores griegos dice que los construyó una poderosa mujer, la reina asiria Semíramis en el 800 a. C. A esta reina le asignaron muchas leyendas. Se identifica principalmente con la esposa del rey Ninus, una soberana guerrera que gobernó 42 años tras la muerte de su esposo. Según el mito, llevó las conquistas de su imperio hasta la India. Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios en Babilonia. Muchos lugares de la Antigüedad llevan su nombre y sigue siendo un nombre femenino en Irak. Semíramis es otro atractivo personaje legendario de la Antigüedad, uno de los primeros arquetipos feministas, que ha inspirado obras artísticas a lo largo de los siglos. Desde Ovidio a Calderón de la Barca, Shakespeare o Rossini, muchos son los artistas seducidos por el mito de Semíramis.

Curiosamente,las ideas predominantes que tenemos sobre los Jardines de Babilonia proceden de varios autores clásicos que los describieron varios siglos después de su creación, entre el siglo III a. C. y el siglo IV d. C. Son narraciones poco precisas y a veces contradictorias, que han perdurado como ciertas hasta la actualidad.

Todos los narradores coinciden en que los Jardines se instalaron en Babilonia, cerca del palacio real, y estaban dispuestos en terrazas de piedra abovedada, para imitar la ladera de una montaña. Sin embargo, es desconcertante que Herodoto, que describió Babilonia en el 440 a C, en sus Historias, no los mencionó.

En el primer relato conocido, Josefo afirmó que Nabucodonosor II los había construido, y quedó como verdad indiscutible por los siglos de los siglos. Más tarde, Diodoro Sículo en una extensa descripción enfatizó su aspecto de colina con zonas que asemejaban un teatro, terrazas ascendentes, árboles de todo tipo y máquinas invisibles que elevaban el agua a la cima; su relato inspiró el Paraíso Perdido de Milton. Quinto C. Rufo, los atribuyó en su versión a un rey asirio que conquistó Babilonia. Estrabón en la Geografía y Filón de Bizancio, en el Manual de las Siete Maravillas del Mundo, destacaron su maravilloso sistema de riego; en palabras de Estrabón:

La forma del jardín es cuadrada y mide cuatro plethra (unidad de medida antigua equivalente a 30m). Consta de terrazas abovedadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Estas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto (betún de Judea). La subida a la terraza superior es por escaleras y a su lado hay máquinas de agua y personas que están continuamente elevando agua desde el Éufrates hasta el jardín.

Gracias a estos relatos, los fabulosos Jardines Colgantes de Babilonia se conocen desde hace más de dos mil años y han inspirado diversas representaciones a lo largo de siglos. La reconstrucción pictórica más temprana conocida es la del pintor holandés Martin van Hemmskerck (1498-1574), que trató de unificar las distintas descripciones clásicas.

A mitad del siglo XIX se abrió un nuevo episodio en el conocimiento de los Jardines Colgantes: empezaron a realizarse excavaciones arqueológicas en la región y empezó a descifrarse la escritura cuneiforme y las lenguas de Mesopotamia.

Entre 1898 y 1917, Robert Koldeway dirigió un equipo de arqueólogos que excavaron en Babilonia entusiasmados por descubrir el lugar exacto de los míticos Jardines. Esperaban encontrar inscripciones de Nabucodonosor confirmando que él había construido el jardín. Hallaron habitaciones del palacio con paredes gruesas de ladrillo cocido cubierto de mucho betún y eso dio pie a Koldeway a explicar que aquellos materiales podían indicar la existencia de un jardín en la azotea del edificio. La idea de un jardín en la terraza superior del palacio con vistas a toda la ciudad cautivó la imaginación popular de la época y estimuló la realización de reconstrucciones fantasiosas de varios artistas.

Representación fantástica del siglo XIX.

Sin embargo, la hipótesis de Koldeway no lograba aclarar cómo se regarían las plantas en los largos meses de calor de Babilonia y no prosperó.

Unos años después, el arqueólogo británico Leonard Woolley planteó otra hipótesis, tras sus excavaciones entre 1922 y 1934 en la ciudad sumeria de Ur. En el gran templo de Ur, en forma de torre escalonada piramidal llamada zigurat, descubrió unos agujeros a intervalos regulares y los asoció con el drenaje para cultivar plantas. Esta sugerencia nuevamente sedujo al público y volvió a inspirar reconstrucciones pictóricas de los Jardines mostrando plantas colgando de terrazas de un zigurat. La idea no obstante, tampoco se sostenía pues el material de barro sin cocer, con el que eran fabricados los zigurats, no resistiría la humedad de riego sin desmoronarse. Y además no coincidía con lo descrito por los clásicos.

En las excavaciones  de Babilonia se han hallado más de 200 inscripciones, que han esclarecido la huella que dejó  el rey Nabucodonosor en la ciudad durante los 43 años de su reinado. Nabucodonosor es el rey más conocido de Babilonia porque aparece en la Biblia como conquistador de Judea y Jerusalén; también porque reconstruyó la capital Babilonia, devastada por los reyes asirios, y edificó obras gigantescas. Fue un rey admirado por su pueblo y odiado por los judíos. Dejó mucha información de sus obras, pero ninguna sobre jardines. Si la leyenda fuera cierta, habría dejado algún indicio, sin embargo, en las numerosas inscripciones halladas no se ha encontrado rastro de que a Nabucodonosor le interesaran las plantas  o que amara especialmente a su esposa.

Hasta la fecha, el resultado de las excavaciones ha sido rotundamente decepcionante: no se ha encontrado en Babilonia ninguna evidencia arqueológica de los Jardines Colgantes que demuestre su existencia. Así las cosas, en 1988 algunos académicos optaron por negar que hubieran existido verdaderamente,   proclamando que habían sido una invención literaria de los griegos, proclives a las maravillas orientales y a los personajes poderosos y atractivos, como Nabucodonosor o  Semíramis.

En los noventa del pasado siglo, entró en el debate la historiadora británica Stephanie Dalley afirmando la existencia real de los Jardines, pero con un cambio sustancial de paradigma. Según su tesis, no se construyeron en Babilonia sino en Nínive, la capital de los asirios, y los creó el rey asirio Senaquerib alrededor del año 700 a. C.

Dalley se interesó por los Jardines Colgantes por casualidad. Dio una conferencia sobre Jardines Antiguos, sin nombrar a los de Babilonia, y el descontento que manifestó una asistente a la charla fue tan descomunal que la espoleó a descifrar el enigma de esos jardines, tan famosos como escurridizos. Se especializó en traducciones de técnicas usadas por los reyes antiguos, que solían describirlas con lenguaje metafórico difícil de interpretar.

Como poseída por el espíritu luchador de Semíramis, Dalley se dedicó durante dieciocho años a descifrar textos cuneiformes, tanto de excavaciones recientes como de museos y colecciones del mundo, y a revisar anteriores traducciones, con el único objetivo de desvelar de una vez dónde estuvieron y qué aspecto tendrían los Jardines Colgantes. En su libro El Misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia (The Mystery of the Hanging Garden of Babylon, 2013) expuso su teoría minuciosamente argumentada, convenciendo a muchos otros investigadores.

A diferencia de Babilonia, en Nínive (cercana a la actual Mosul), las excavaciones realizadas en el palacio de Senaquerib han provisto valiosa información sobre el Jardín del palacio, tanto en inscripciones como en relieves escultóricos. Disponiendo de ese material arqueológico, sumado a los textos clásicos, nuevos diccionarios de lenguas mesopotámicas y todo su saber de experta en Historia Antigua, Dalley, tal Sherlok Holmes con algo de Indiana Jones o viceversa, ha compuesto un puzle en el que todas las piezas parecen encajar.

Es preciso recordar que el territorio de esa prolífica recolección de materiales arqueológicos, en Irak y Siria, lamentablemente está siendo saqueado desde los tiempos de la  guerra del Golfo. Por medio de un proceso de expolio sistemático devastador, las primeras ciudades de la historia, con su valioso contenido informativo, están desapareciendo para siempre, convertidas en lugares irrecuperables para la arqueología.

Los Jardines Colgantes de Nínive

El protagonista de la versión de Stephanie Dalley es el rey Senaquerib, hijo de Sargón II, que reinó del 705 al 681 a. C. y eligió Nínive como capital de su reino. En un prisma octogonal de arcilla dejó un largo relato sobre la construcción de un fabuloso palacio con jardín en lo alto de la ciudadela norte de la ciudad.  El edificio palatino contaba con pilares en forma de leones y toros alados de grandes proporciones, enormes puertas, habitaciones y pabellones artísticamente decorados con artesonados, estatuas y paredes esculpidas de materiales excelentes como oro, plata, bronce o alabastro, y maderas nobles de ébano, boj, sisu, cedro, ciprés, pino y madera india. El rey lo llamó su “Palacio Sin Rival”, como ya había hecho su padre con el palacio de Dur Sharrukin, en su afán de lograr algo superior a todo lo anterior.

La construcción de la soberbia obra está ligada a una historia romántica, pues el rey Senaquerib sí dejó escrita una dedicación a su primera esposa:  para Tashmetu-sharrat la mujer de palacio, mi muy amada esposa, que la amante de los Dioses ha hecho la más perfecta de todas las mujeres, yo he construido un palacio lleno de belleza para el deleite y el placer(…), que los dioses nos concedan salud y felicidad juntos en este palacio.

Lindando con el palacio, Senaquerib construyó un extraordinario jardín del que se sentía muy orgulloso: Elevé la altura de los alrededores del palacio, para que fuera una Maravilla para toda la gente. Junto a él extendí un alto jardín imitando las montañas Amenus, con todo tipo de plantas aromáticas.

Se han encontrado dos relieves escultóricos que revelan la apariencia del jardín. Uno, hallado en el Palacio de Senaquerib, representa el jardín recién creado; el segundo, encontrado en el palacio de su nieto Asurbanipal, muestra el jardín maduro. Son evidencias de que el jardín tenía forma de montaña artificial, de “jardín en altura” propio de la tradición asiria, estaba cubierto de árboles y contaba con un lago y diversos canales de agua.

Jardín de Nínive en tiempos de Asurbanipal. Dibujo de S. Dalley.

La representación visual no permite identificar especies. Los árboles aparecen esquematizados en dos tipos, siempreverdes y caducifolios. Por su propio relato, se sabe que Senaquerib, igual que sus predecesores, introdujo especies foráneas para asombrar a propios y visitantes: árboles productores de frutos de toda la tierra, todas las aromáticas de Hatti… cada tipo de vid silvestre, de árbol frutal exótico, de árboles aromáticos y de olivos, así como árboles productores del algodón [Gossypium arboreo]. Esa idea de totalidad refleja abundancia, diversidad, rareza y universo, en suma, un jardín botánico espectacular.

Senaquerib solo nombró unas pocas especies. La palmera datilera fue una de ellas, se plantaba en Nínive, un  terreno poco propicio, pero como dice Dalley, la importancia cultural sobrepasaba las desventajas ecológicas, porque se la relacionaba con el culto de Ishtar, la diosa mesopotámica del amor y la belleza, de la vida y la fertilidad. Tanto era su valor simbólico que Senaquerib, en vez de usar el título de “rey de Asiria”, se autotituló “Palmera de Asiria”.

Hecho el suntuoso palacio y plantado el espléndido jardín, Senaquerib tenía que asegurar el mantenimiento verde de su magnífica colección de plantas, necesitaba una fuente de agua abundante y constante y un método para elevarla a la altura deseada.

Por un lado, Senaquerib diseñó un magnífico sistema de canales, pozos, túneles, presas y acueductos con arcos de piedra, que se internaban en las montañas y traían agua fresca, desde más de 80 km de distancia, hasta la ciudadela de Nínive. Parte de esa obra fue descubierta en los años 30 del pasado siglo (restos de un gran acueducto ) y parte en 2012 (restos de cinco acueductos más).

Por otro lado, el rey inventó un nuevo método de fundir y esculpir el bronce. Y lo usó para crear figuras de leones y otras criaturas de tamaño enorme (hasta de 30 t), y también máquinas (tipo tornillo de Arquímedes) para elevar agua desde unas cisternas hasta arriba del elevado jardín.

El resultado de todo eso fue que el Jardín de Nínive tenía la maravillosa cualidad de mantener su verdor todo el año. Cuando el resto del territorio estaba reseco, un verdor así podría parecer un milagro a quien lo viera; de hecho, era uno de los atributos del paraíso y del jardín mitológico de Alcínoo, que Homero incluyó en La Odisea.

Esta versión de los Jardines Colgantes que Dalley defiende concuerda con las descripciones de los autores clásicos. En todo ello se basó el artista inglés Terry Ball (1831-2011) para realizar una nueva interpretación visual de cómo debieron de ser los Jardines Colgantes de Nínive.

En cuanto a los nombres “Babilonia” y “Nabucodonosor” de las versiones clásicas, Stephanie Dalley sugiere que la denominación Babilonia, que significa “puerta de los dioses”, era un epíteto de ciudad, para babilonios y asirios, y Nínive fue también a veces conocida como Babilonia. Algo semejante pasó con los nombres de los reyes, que se usaron indistintamente como arquetipo de gran rey.

El misterio de los Jardines Perdidos más famosos del mundo ha sido desvelado. Como concluye Dalley, todo el proyecto del rey Senaquerib, es de una magnífica concepción, espectacular ingeniería y brillante como obra de arte. El novedoso y asombroso complejo de palacio, jardín y sistema de riego, sin duda, se merecía ser incluido en la lista de las Siete Maravillas del Mundo.

La nueva narración científica es tan fascinante como la leyenda antigua. Desde las brumas del tiempo los célebres Jardines Colgantes surgen como un ejemplo pionero de jardín bien logrado, nacido del culto a la belleza vegetal intemporal y de la consciencia de su valor simbólico. En su imitación del paisaje natural y milenios antes del paisajismo inglés, fueron precursores del jardín llamado romántico. Fundaron la estela de los “jardines por amor”, tradición que dio otra Maravilla al Mundo, el Taj Mahal. También, inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes,  árboles fragantes que aromatizaban el pasear y arrullos y cantinelas del agua. Y, lo que más me entusiasma, los Jardines fueron creados para provocar el asombro, el sentido que más nos conecta con la grandeza de la naturaleza.

Escrito por Rosa, jueves 23 de marzo de 2017.

Fuentes:
– Milton, J. (2005). El Paraíso Perdido. Ed. bilingüe de Enrique López Castellón. Abada, Madrid. 2. – Dalley, S. (2013). The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon: An elusive world wonder traced. OUP Oxford.
La Epopeya de Gilgamesh (2008). Versión de A. George. Traducido por Fabián Chueca. Debolsillo, Barcelona.
– Yasuda, Y., Kitagawa, H., & Nakagawa, T. (2000). The earliest record of major anthropogenic deforestation in the Ghab Valley, northwest Syria: a palynological study. Quaternary International, 73, 127-136.
 Los saqueos destruyen ciudades milenarias de Irak y Siria en El País. 

Cuatro años de blog

El 21 de febrero de 2013 comenzamos la aventura de escribir el blog Los árboles invisibles. La primera entrada estuvo dedicada al libro de David Haskell, The forest unseen. A year´s watch in Nature (El bosque que no se ve. Un año de observación en la Naturaleza) [1]. Una serie de lecciones de historia natural y sensibilidad poética que el profesor Haskell fue desgranando durante un año, a medida que transcurrían sus observaciones de un mandala virtual en el corazón del bosque.

En los cuatro años siguientes el blog, como un árbol, ha ido creciendo y formando anillos en su tronco con las 74 entradas que hemos añadido, al ritmo aproximado de una al mes. Cada artículo surgió espontáneamente, inspirado por un viaje, una imagen, una lectura o una conversación. El proceso creativo ha sido deambulatorio, no planificado, pero siempre hemos buscado el conocimiento y la emoción asociados a los árboles.
Para Matusalén, el árbol milenario de la especie Pinus longaeva que vive en las Montañas Blancas de California, cuatro años y 74 anillos es apenas un suspiro. Sin embargo, para nuestras vidas y nuestra escala de tiempo, cuatro años es un período de tiempo relevante. Como ejemplo, en ese breve plazo se han deforestado unas 52 millones de hectáreas de bosques tropicales, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. El dióxido de carbono de la atmósfera ha subido 10 ppm (partes por millón) superando por primera vez las 400 ppm, y sigue subiendo. En esta vida de ritmo acelerado que llevamos, volver la vista hacia los árboles, hacia su crecimiento pausado y su permanencia, nos abre una nueva perspectiva de nuestra relación con la naturaleza y sobre el sentido del tiempo.

En nuestro deambular hemos rastreado árboles en los objetos materiales cotidianos, como el lápiz de madera y el papel que usamos para escribir los borradores, las especias que aderezan nuestras comidas, o las esencias aromáticas que  perfuman nuestra vida social y espiritual.

Atrapados por la imaginación de los maestros literarios de ficción, hemos viajado a las sabanas de Mozambique con Mia Couto y hemos asistido a la misteriosa ceremonia del takatuka, nos ha emocionado la pasión de los amantes en el corazón del bosque inglés con David H. Lawrence, hemos acompañado a Robert Walser en su paseo por los bosques de las montañas de Suiza, y nos hemos abandonado bajo el árbol de la indolencia en la isla de Chipre con Lawrence Durrell.

Nos ha conmovido el impacto visual de las fotografías de Sebastião Salgado de la selva de Sumatra, la apacible atmósfera del grupo familiar bajo un castaño de Indias retratado por Federico Bazille y la trágica batalla de Arminio en los bosques de Germania plasmada en el lienzo de Anselm Kiefer. Mientras que el ingenioso y transgresor Ai Weiwei nos ha deleitado con su icosaedro truncado fabricado con palo de rosa perfumado.

Hemos disfrutado de la variedad de árboles en los bosques urbanos, como el Parque María Luisa de Sevilla que frecuentamos casi a diario, hemos conocido un sinfín de historias en el Botánico de Coimbra y nos hemos extasiado con la vista de Roma desde la colina arbolada del Orto Botanico.

Algunas especies de árboles nos han atraído especialmente para contar sus historias. Tuvimos ocasión de visitar al extraño tumbo de las hojas inmortales (Welwitschia mirabilis) en el desierto de Namibia. Nos entregamos a la fascinación por el fósil viviente de las remotas montañas de China, el ginkgo (Ginkgo biloba), venerado en los templos orientales y por muchos amantes de los árboles. En el Mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens), apuntando al cielo, nos llamó la atención con su pasado mítico y místico. Durante los paseos veraniegos nos acercamos al enebro de frutos grandes (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) que otea el mar desde los acantilados.

Los árboles están ahí, forman parte de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes. En los veranos calurosos buscamos con fervor la buena sombra que nos alivia y refresca. El maravilloso espectáculo del reverdecer primaveral nos infunde alegría y optimismo. ¿Quién no ha subido a un árbol, de pequeño o de mayor, para ver el mundo desde arriba? Pasear por un bosque, entre árboles, mejora nuestra salud; lo sabemos, ahora además es una práctica japonesa de medicina preventiva.

Tras este tiempo de descubrimientos y escritura, nos sentimos contentos de la recepción que nuestro trabajo ha tenido en la blogosfera. En cuatro años hemos recibido más de 300.000 visitas de internautas realizadas desde 156 países, en su mayor parte desde España (36%), México (16%), Colombia (9%), Argentina (9%) y Estados Unidos (7%), y también un buen número de comentarios muy alentadores.

A todos los que nos seguís y a los que llegáis de nuevo, gracias por leernos.

¡Larga vida a los árboles!
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[1] El libro de Haskell fue publicado en 2012 por Viking Penguin, Nueva York. La edición española, titulada En un metro de bosque, ha sido traducida por Guillem Usandizaga y publicada por Turner, en marzo 2014.

 

Escrito por Rosa y Teo, jueves 23 febrero 2017.

Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

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A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

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Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

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Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

_______________________________

[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

Mariamar y el árbol prodigioso

Los árboles atesoran propiedades curativas, algunas insospechadas. Desde la prehistoria se han utilizado para combatir las enfermedades en la medicina tradicional. La práctica más común estriba en preparar remedios a partir de hojas, flores, frutos y otras partes del árbol, y aplicarlos de diversas maneras, desde infusiones o ungüentos hasta vapores y humaredas. Menos usual y más reciente es la terapia que se está extendiendo desde Japón de pasear por arboledas respirando el aliento de los árboles y la verde quietud (Shinrin Yoku).

En algunos lugares se recurre a cualidades menos tangibles de los árboles para tratar males del cuerpo y del alma, con prácticas insólitas, extrañas, muy alejadas de las que conocemos. He sabido de una de ellas gracias a la lectura de una novela del escritor mozambiqueño Mia Couto [1]. La obra narra el trance que atraviesa un poblado del norte de Mozambique cuando un grupo de leones devora a mujeres de la aldea.  En dos momentos de la narración un árbol (un tamarindo) protagoniza la terapia que se le realiza a Mariamar, un personaje principal de la historia.

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Mariamar había recibido su nombre definitivo de su abuelo: no solo te doy un nombre, te doy un barco entre mar y amar. Cuando tenía doce años, tras una noche de pesadillas y visiones que no quería recordar, se quedó paralizada, la mitad inferior dejó de pertenecerle y se desplomó como un saco vacío. El abuelo la llevó a la misión católica para que el dios cristiano la curara con un milagro y volvió dos años después recuperada. Pero tiempo más tarde, su padre le refiere otra versión de cómo se curó. Cuenta Mariamar en su diario:

[Mi padre] se demoró contemplando el tronco del tamarindo. Yo rompí el silencio:

—Me puse muy triste cuando se murió este árbol.

Entonces mi padre me lo reveló: cuando estuve enferma de las piernas, la que me curó fue mi madre. No fue la misión, no fue el padre Amoroso. Mi madre hizo “takatuka” conmigo. Transfirió mi dolor a ese árbol que, después, no soportó el peso y murió. El “takatuka” consiste en eso: en trasladar el mal de alguien a una cosa. Eso es lo que pasó conmigo: Hanifa Assulua [mi madre] cambió las heridas de mi alma por la vida del tamarindo. Eso fue lo que mi padre me reveló en su despedida.

En otro episodio, siendo Mariamar ya una joven, Hanifa Assulua, que siempre había fingido no saber que el padre la violara durante años, ante el innegable peso de las evidencias, le echa la culpa de semejante abuso, de provocar a “su hombre”. Y de nuevo recurre al árbol, pero esta vez para castigarla…  Cuenta Mariamar en su diario:

Hanifa Assulua hizo comparecer a un hechicero y ese “uwavi” me hizo beber una poción amarga. Al día siguiente el veneno había hecho efecto. Me había convertido en cuerpo sin alma. Savia venenosa en vez de sangre me corría por las venas.

Mi madre se vengaba: tiempo atrás había transmitido mi enfermedad al árbol de nuestro patio. Ahora hacia “takatuka” al revés: desplazaba de mí la vida para dársela al árbol muerto. En un instante el tamarindo renació verde y altivo. A cambio me convertí en una criatura inanimada. Solo me quedaba un sentido: la audición. Por lo demás, me rodeaba una oscuridad antigua y congénita.

Asombroso. Subyugante. Mágico. Las palabras de Mia Couto, poeta que escribe prosa, son como sortilegios, desde una situación supuestamente realista nos internan encandilados en el reino de lo sobrenatural, de las fuerzas invisibles. La madre de la protagonista, ejecutando la misteriosa práctica del takatuka, maneja esas fuerzas intangibles y logra intercambiar entre el tamarindo y Mariamar algo tan esencial como la energía vital y espiritual, que en el caso del árbol significa la vida y la muerte.

La intervención del árbol y la práctica del takatuka en esta historia bellamente contada, aún tratándose de hechos maravillosos, me atrae con la fuerza de un enigma. África negra guarda muchos misterios tras la bruma de desconocimiento que nos separa de ella. Allí la tierra aún palpita bajo los pies, y el sol y todos los elementos de la naturaleza tienen una presencia cercana y familiar. Las fábulas nacen y viven ahí.

Este tamarindo prodigioso me recuerda al “árbol de las almas” de la película Avatar (2009), de James Cameron, que al final del filme interviene trasladando el espíritu de Jake Sully de su cuerpo humano al de su avatar na’vi. Los dos árboles ejercen la misma función mágico-espiritual, si bien el de Avatar es un árbol-deidad de toda la comunidad, mientras que el tamarindo de Couto es un árbol familiar.

Ambos árboles son creaciones de la imaginación de dos artistas, aunque Mia Couto se inspiró para su novela en un suceso que él mismo investigó y en personajes reales que conoció. En 2008, en un poblado del norte del Mozambique durante cuatro meses unos leones mataron a un hombre y a 25 mujeres. Kulumani, la aldea de la novela, como la real, está en territorio makonde, un grupo étnico del sureste de Tanzania y norte de Mozambique con lengua propia y tradición de esculturas y máscaras en madera. La novela está salpicada de términos makonde, como takatuka. Indagando las causas de tales ataques, el poeta detectó las múltiples tensiones que bullían en la aldea y las viejas costumbres y convicciones que prevalecen en el sentir de la gente.

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Así es África

Entre esas convicciones antiguas, destaca el animismo que aún perdura sin perder su fuerza, a la vez que se profesa otra de las religiones actuales como cristianismo o islamismo. África es en su mayor parte un territorio rural, un continente de aldeas remotas que conservan creencias y costumbres de la cultura tribal. Mia Couto lo subraya en todas las entrevistas: en Mozambique todo lo que no se ve es tan importante como lo que se ve; no hay diferencia clara entre lo figurado y lo real, lo sobrenatural y lo real; el animismo persiste y está arraigado en lo más profundo del alma mozambiqueña. Toda la novela, y no solo el episodio del takatuka, se mueve entre esos dos mundos, el visible o progresista y el sobrenatural o arcaico. Fuerzas que fluyen parejas, sin conflicto, como el escritor ha conseguido plasmar muy bien. No obstante, para los que nos interesan los árboles, surge la incógnita ¿el takatuka se practica en realidad en Mozambique?

El antropólogo Harry G. West ha investigado la importancia del mundo invisible en Mozambique, y para ello ha realizado entrevistas a curanderos, hechiceros y otras figuras mozambiqueñas relacionadas con la cultura de lo sobrenatural [2]. Entre los testimonios recoge el de Carmelita Milonge, una anciana curandera especialista en takatuka. Carmelita manifestó que la llaman para hacer takatuka en los casos de heridas serias como huesos rotos o punciones profundas, y que su tarea es transferir las heridas del paciente a la rama de un árbol, rama que se seca y muere mientras el paciente queda con una pequeña herida en otra parte de su cuerpo.

El takatuka es pues una tradición antigua practicada aún hoy en esa parte de África. Carmelita Milonge no explica en qué consiste exactamente su método, pero imagino que debe de ser un ritual de magia porque en África la medicina tradicional abarca desde los herboristas hasta otros tipos de curanderos, tales como espiritualistas, ritualistas y adivinos. Esta antigua tradición incluye tanto el dominio de la herbología indígena como aspectos de la espiritualidad ancestral. La medicina tradicional tiene un valor enorme aún hoy día, porque es el único sistema de salud asequible y accesible para la mayoría (60-80%) de la población en África.

La integración de lo espiritual con lo corporal entraña un modo diferente de entender la enfermedad y los medios para curarla. Los curanderos africanos normalmente explican la enfermedad en términos de desequilibrios con el entorno social o el mundo espiritual; y actúan con la creencia de que la religión penetra cada aspecto de la existencia humana. Normalmente se prescriben remedios vegetales no solo por sus propiedades curativas sino también por su significado simbólico y espiritual. La separación entre la herbología y la hechicería no siempre es clara, si bien cada curandero se especializa en un método concreto, así Carmelita Milonge en el takatuka.

Los curanderos diagnostican muchas veces por medios espirituales o adivinatorios. Si el padecimiento es grave, el paciente puede que decida ir a la misión religiosa o al hospital; si es menos grave, acude a un curandero herborista o a otro tipo de ayuda. Por ejemplo, si es por hechizo, un hechicero debe emplear la magia; si es por un enfado de ancestro o demonio, un ritualista debe aplacarlo; si es por infligir las reglas o tabú de la comunidad, debe celebrarse un acto de restitución.

Aparte de los aspectos espirituales y mágicos, en África se manejan ampliamente los remedios extraídos de árboles y otras plantas. Este uso de árboles medicinales tiene siempre su origen en la observación cuidadosa de cada especie y en la experiencia personal respecto a cada árbol. Las características observadas de las especies, su relación con otros elementos de la naturaleza -agua, viento, animales- y la apariencia de su follaje, sus flores y sus frutos captan la atención y se transforman en propiedades, fuerzas y energías que se ven como poder, inspiración o fuerzas ocultas [3].

De las 6.400 plantas explotadas en el África tropical, más de 4.000 se emplean como medicinales. La fitoterapia es una tradición en auge en África; en Durban (Sudáfrica) existe un mercado que atrae cada año a más de 800.000 personas de Sudáfrica, Zimbawe y Mozambique. El conocimiento de las propiedades medicinales de los árboles y plantas es un valor cultural de África, un patrimonio que enriquece el mundo, y que puede contribuir a la identificación de elementos bioactivos para elaborar medicina sintética.

 El tamarindo prodigioso

Mia Couto, biólogo además de poeta, es gran conocedor de la flora y fauna de su país; para su novela eligió el tamarindo (Tamarindus indica), un árbol popular africano que goza de la reputación de poderoso, por su aspecto imponente y los muchos beneficios que se obtienen de él, los verdaderos prodigios que dispensa.

kohler 2El tamarindo pertenece a la familia Fabácea y es un árbol de la sabana africana. Es siempreverde, longevo, con un espeso follaje que da una generosa sombra y con frutos comestibles. Crece salvaje en muchos países del cinturón tropical y también se cultiva como especie multiuso en las aldeas.

Además de sombra y frutos (que se comen fresco, secos o procesados), proporciona leña, madera, fibras y taninos. Y también remedios medicinales que se emplean para tratar dolencias digestivas, cardiovasculares y fiebre, infecciones de gusanos parásitos y lombrices, y para aliviar el esfuerzo físico como refrescante y tonificante. Se suele tomar en la forma de infusión de las hojas secas, la pulpa diluida en agua o el jugo.

Mujeres que van por leña en Mozambique

En la novela La confesión de la leona, el tamarindo está en el patio de la casa de Mariamar. Un patio donde hacen la vida las mujeres, las verdaderas protagonistas de la historia. En sus vidas hay otros árboles, los que les dan leña, pero esos están muy lejos, en medio de la sabana. El escritor pone voz a las mujeres africanas; la obra, dice él, es una metáfora en la que la bestia salvaje que las devora no es un animal sino la sociedad patriarcal machista arcaica en la que viven.

Mariamar lo desvela así en fragmentos de su diario:

Cada día las mujeres se despiertan para una guerra antigua e interminable. Amanecen de madrugada como soldados y recorren el día como si la Vida fuese su enemiga.

Todas las mañanas se anticipan al sol: recogen leña, van a buscar agua, encienden el fuego, preparan la comida, trabajan en la huerta, dan vida al barro, todo lo hacen solas. Y regresan de noche sin que nada ni nadie les reconforte de las batallas a las que se han enfrentado.

Mientras los leones rodean la aldea, los hombres siguen enviando a las mujeres a vigilar las huertas, siguen mandando a sus hijas y esposas a recoger leña y agua de madrugada…

Terrible, injusto, desolador. Sobrecoge el corazón. Las voces de las mujeres africanas retumban como rugidos de  leonas en la vastedad de la sabana, y nadie las escucha.

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Me gustaría vivir cerca de un árbol al que pudiera soltarle mis penas del alma para que él las desvaneciera en la profundidad de su savia sin perjudicarse. Si los árboles pudieran absorber las tristezas de este mundo, tal vez todos nos afanaríamos en plantar semillas para cubrirlo entero de árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de septiembre de 2016.

Fuentes
[1] Mia Couto. La confesión de la leona. Traducción de Rosa Martínez Alfaro. Editorial Alfaguara, Barcelona, 2016. (Publicada en 2012 en portugués).
[2] Harry G. West. Kupilikula: Governance and the Invisible Realm in Mozambique. University of Chicago Press, 2005.
[3] E.H. Sène. Árboles, bosques, creencias y religiones en el África saheliana occidental. Unasylva, 54(2), p. 44, 2003.

Enlaces
Medicina tradicional de África en Wikipedia. Recuperado el 30 de septiembre de 2016.
Entrevista a Mia Couto en el diario El País por Berta González Harbour.
Página de Mia Couto

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Sanar con árboles 

Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

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Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
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[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
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