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Jardines Perdidos

El bosque es el terreno genuino del asombro, una obra magistral de la naturaleza. El jardín bien logrado es también un espacio de maravilla, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de felicidad. Hubo un tiempo de comienzo cuando la idea de jardín germinó en la mente humana y se crearon los primeros jardines maravillosos. Esos primigenios jardines, perdidos hace milenios, todavía nos sorprenden cuando viajamos en el tiempo hasta su pasado esplendor. En el Paraíso Perdido, el poeta inglés John Milton (1608-1674) describió un sugerente Edén inspirado en jardines antiguos:

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible.
Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnifico anfiteatro.
Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban.

Tras la huella de los primeros jardines

La idea del jardín nació con la civilización. Desde el momento en que apareció la agricultura y la ganadería, la forma de vida de la humanidad cambió radicalmente y trajo consigo la construcción de ciudades y los primeros imperios. La zona que recibe el nombre de “Cuna de la Civilización”, también el de “Creciente Fértil”, ocupaba desde el valle del Nilo hasta Mesopotamia (entre los ríos Éufrates y Tigris), incluyendo la costa del Levante mediterráneo. El momento clave en este salto cultural fue la aparición de las primeras ciudades sumerias en el cuarto milenio antes de Cristo. Algo más tarde, se produjeron cambios similares en torno a los grandes ríos de la India y el Extremo Oriente.

En Mesopotamia, desde el cuarto al primer milenio a. C., hubo una intensa lucha por el poder entre los diferentes pueblos y un constante desarrollo de inventos y construcciones. En ese contexto tan efervescente, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente en relación al distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién nacidas ciudades.

Este artículo es una propuesta de viaje en el tiempo a ese remoto período de la Antigüedad, en la región histórica que hoy ocupa Irak y nordeste de Siria, para encontrar el origen de los jardines de Occidente.

El jardín era parte integrante de la ciudad antigua en la época de los imperios babilonio y asirio (del tercer al primer milenio a. C.). Por un lado, los habitantes tenían sus cercados para cultivar vegetales y medicinas, aunque por el momento no hay evidencias arqueológicas. Por otro, los reyes y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje; de estos; de estos sí hay vestigios arqueológicos.

Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia. Se los consideró una de las Maravillas del Mundo Antiguo, un prodigio de obra humana que todo el mundo debía ver antes de morir, junto a la Gran Pirámide de Guiza y el Faro de Alejandría (Egipto), la Estatua de Zeus en Olimpia y el Coloso de la Isla de Rodas (Grecia), y el Templo de Artemisa en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso (Turquía).

Desde la infancia fantaseamos con los Jardines Colgantes de Babilonia. Forman parte del imaginario de nuestra cultura como paradigma de los Jardines Perdidos de la Antigüedad. Sin embargo, nada más empezar a indagar sobre ellos, he topado con una erudita controversia entre algunos historiadores que los juzgan pura leyenda y otros que defienden apasionadamente su existencia real, pero situándolos en Nínive. A pesar de los siglos transcurridos, los Jardines Colgantes de Babilonia perviven escondidos entre la leyenda, el enigma y el prodigio. Siguen siendo deseables de ver, al menos su rastro, y objeto de una búsqueda emocionante. Su creación se sitúa entre los años 700-600 a. C.; pero ya antes de esa fecha, hubo en Mesopotamia algunos hitos importantes en relación a árboles y jardines que contribuyeron al origen de la Maravilla del Mundo.

Humbaba, el Protector de los Cedros 

En el año 2500 a. C. se escribió la más antigua obra literaria del mundo, la Epopeya de Gilgamesh. El poema cuenta las hazañas del legendario rey sumerio de la ciudad de Uruk, quien, en compañía de su amigo Enkidu, se enfrentó al terrible gigante Humbaba, el dios protector del bosque de los cedros (Cedrus libani); lo mató y taló los árboles del bosque. Después de semejante gesta, Enkidu murió como castigo de los dioses y Gilgamesh, angustiado por su muerte, acabó buscando desesperadamente la inmortalidad.

Para proteger el Bosque de los Cedros
Para ser el terror de las gentes, Enlil lo ha destinado.
Es Humbaba; su bramido es el diluvio, su boca es fuego,
su aliento la muerte.
Sobre sesenta dobles leguas oye todos los ruidos del Bosque, (…)
Si alguien se interna en el Bosque, queda paralizado.
En este Bosque reside el feroz Humbaba:
tú y yo iremos a abatirle para librar de todo el mal al país.
Nosotros en el Bosque, cortaremos los cedros.

El rey Gilgamesh, a quien los historiadores admiten como figura histórica, habitaba las tierras áridas de Uruk, en el sur mesopotámico, mientras que los bosques de cedros crecían en parte de Siria y de Líbano. En fechas recientes, un grupo de paleobotánicos ha tratado de averiguar cuándo comenzó la desforestación en la región. En un bosque del noroeste de Siria (la localización más posible del poema), han encontrado restos antiguos de más de 20 especies de árboles, incluyendo cedros, pinos, nogales, cipreses, robles, hayas, castaños, olmos, arces, tilos, plátanos, olivos, sauces, sisu (Dalbergia sisoo), alisos y fresnos. Para satisfacer las enormes necesidades del incesante desarrollo humano debieron de talarse muchos árboles desde fechas muy tempranas. Los paleobotánicos estiman que la destrucción severa de los bosques de Oriente Próximo habría comenzado alrededor del 9000 a. C., seis mil quinientos años antes de que se escribiera el Poema del rey de Uruk.

Los escritores de la epopeya, concluyen los paleobotánicos, debían de tener conocimiento de cortas masivas de cedros; y ser ya conscientes de la importancia de los bosques para el desarrollo de la civilización, especialmente en el sur de Mesopotamia, área de escasa madera. Posiblemente tuvieran también experiencia o noticias de la reacción violenta de la naturaleza a la destrucción de los bosques que simboliza el dios Humbaba.

El poema de Gilgamesh, además de revelar la importancia de los árboles en los albores de la civilización, aporta al linaje de dioses protectores de bosques la figura formidable de Humbaba, que encarna la fiereza protectora de la Tierra.

Reyes locos por sus jardines

Mucho antes de crearse los Jardines Colgantes en Babilonia, los reyes asirios y babilonios habían iniciado la tradición de construir jardines. El poder de un rey se medía no solo por la conquista de nuevas tierras sino también por la sabiduría para hacer obras que mejorasen la ciudad y el país. El carisma de un rey dependía de la amplitud de sus habilidades. Tenían que ser arquitectos, ingenieros, artistas y jardineros.

Asirios y babilonios compartían la lengua, la escritura cuneiforme y la mayor parte de la literatura y de los dioses. Pero habitaban diferentes ambientes naturales. Los babilonios ocupaban el sur de Mesopotamia, las llanuras aluviales inundables entre los dos ríos, de escasas lluvias. Los asirios, el norte mesopotámico, un país de colinas, ríos que bajan de las montañas persas y lluvias estacionales.

De las inscripciones cuneiformes escritas por los reyes asirios y babilonios halladas en los yacimientos arqueológicos, se deduce que cultivaron dos tipos diferentes de jardín, relacionados con los distintos entornos naturales de cada reino.

En su país llano y seco, los reyes de Babilonia diseñaron sus jardines configurados en parcelas rectangulares con una red de pequeñas acequias. El árbol más apropiado de la región era la palmera datilera (Phoenix dactylifera) que, dispuesto en filas paralelas, aportaba, además de belleza y fruto, sombra para otras plantas menores. Para regar el jardín con agua del río se usaba el artefacto conocido como cigoñal (shaduf en otros idiomas), tradicional en todo el mundo. Los textos babilonios revelan que el jardín tenía una función utilitaria.

En cambio, los asirios en su país de colinas y valles crearon jardines muy diferentes. Con vocación de imitar paisajes naturales de montaña, amontonaron tierras para crear colinas artificiales cubiertas de árboles fragantes. Y, para traer el agua a esos jardines y lograr refrescar el aire y mantener verde las plantas, desarrollaron sistemas de manejo del agua de los ríos, construyendo canales, presas y acueductos. Eran jardines para disfrutar su belleza además de ser útiles. Varios reyes dejaron escritos sobre su pasión por el jardín.

El rey Tiglatpileser I (1114-1076 a. C.), conquistador de 42 dominios, dejó escrito en una inscripción: Traje cedros, bojes y robles de las tierras conquistadas, árboles que ninguno de los reyes que me precedieron habían plantado antes, y los planté en mi jardín para el placer de mi majestad. Traje arboles frutales que no se encuentran en mi tierra y con ellos llené los huertos de toda Asiria.

El rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) hizo un gran jardín en su capital Kalhu (moderna Nimrud), donde cultivó semillas y plantas recolectadas en sus catorce conquistas: cipreses, pinos y enebros de diferentes clases, cedro, mirto, almendro, palmera, ébano, sisu, olivo, roble, cornicabra, sauce, fresno, abeto, granado, pera, membrillo, higuera, vid.  Y también describió la obra de ingeniería que construyó para regar: excavé un canal desde del río Zab, cortando por una montaña, y lo llamé el Canal de la Abundancia. Regué la vega del Tigris y planté huertos de frutales de todo tipo.  El agua del canal brotaba desde arriba al jardín; la fragancia impregnaba los paseos, los canales de agua, tan numerosos como las estrellas, fluían en el jardín placentero…

Sargón II (reinó entre 722-705 a.C.) edificó un jardín y un magnífico palacio en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, cerca de Mosul). El rey dejó escrito sobre su jardín: Yo creé junto al Palacio un jardín imitando las montañas de Amanus con árboles aromáticos de todo el norte de Siria y todos los frutales de montaña(…), todas las especias de la tierra de los Hititas y todas la vegetación de sus montañas próximas. En su ambición por alcanzar la fama como brillante constructor, llamó a su palacio el “Palacio Sin Rival”. También dejó un relieve escultórico en el que aparece el jardín diseñado como una colina boscosa artificial, con un lago y barcas, un pabellón, un altar y árboles exóticos.

La fascinación por especies foráneas de árboles que la arqueología ha descubierto es realmente sorprendente. Un oficial de Sargón II dejó constancia en una carta de la recolección de 3900 esquejes de frutales en ciudades sirias para plantarlos en Dur Sharrukin. Las plantas foráneas aportaban belleza y originalidad al jardín y también simbolizaban la amplitud de las conquistas del rey en el extranjero, la magnitud de su poder.

Los Jardines Inencontrables de Babilonia

La historia más extendida cuenta que los Jardines Colgantes los construyó el famoso rey bíblico Nabucodonosor hacia el 600 a. C. en Babilonia, la capital de su reino. La leyenda los relaciona también con una historia de amor, según la cual Nabucodonosor creó esos maravillosos jardines como muestra de amor a su esposa, la Reina Amytis, que añoraba las montañas de su tierra natal en el Imperio medo.

Obra de Pierre Bellet, s. XIX.

Otra versión de algunos autores griegos dice que los construyó una poderosa mujer, la reina asiria Semíramis en el 800 a. C. A esta reina le asignaron muchas leyendas. Se identifica principalmente con la esposa del rey Ninus, una soberana guerrera que gobernó 42 años tras la muerte de su esposo. Según el mito, llevó las conquistas de su imperio hasta la India. Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios en Babilonia. Muchos lugares de la Antigüedad llevan su nombre y sigue siendo un nombre femenino en Irak. Semíramis es otro atractivo personaje legendario de la Antigüedad, uno de los primeros arquetipos feministas, que ha inspirado obras artísticas a lo largo de los siglos. Desde Ovidio a Calderón de la Barca, Shakespeare o Rossini, muchos son los artistas seducidos por el mito de Semíramis.

Curiosamente,las ideas predominantes que tenemos sobre los Jardines de Babilonia proceden de varios autores clásicos que los describieron varios siglos después de su creación, entre el siglo III a. C. y el siglo IV d. C. Son narraciones poco precisas y a veces contradictorias, que han perdurado como ciertas hasta la actualidad.

Todos los narradores coinciden en que los Jardines se instalaron en Babilonia, cerca del palacio real, y estaban dispuestos en terrazas de piedra abovedada, para imitar la ladera de una montaña. Sin embargo, es desconcertante que Herodoto, que describió Babilonia en el 440 a C, en sus Historias, no los mencionó.

En el primer relato conocido, Josefo afirmó que Nabucodonosor II los había construido, y quedó como verdad indiscutible por los siglos de los siglos. Más tarde, Diodoro Sículo en una extensa descripción enfatizó su aspecto de colina con zonas que asemejaban un teatro, terrazas ascendentes, árboles de todo tipo y máquinas invisibles que elevaban el agua a la cima; su relato inspiró el Paraíso Perdido de Milton. Quinto C. Rufo, los atribuyó en su versión a un rey asirio que conquistó Babilonia. Estrabón en la Geografía y Filón de Bizancio, en el Manual de las Siete Maravillas del Mundo, destacaron su maravilloso sistema de riego; en palabras de Estrabón:

La forma del jardín es cuadrada y mide cuatro plethra (unidad de medida antigua equivalente a 30m). Consta de terrazas abovedadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Estas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto (betún de Judea). La subida a la terraza superior es por escaleras y a su lado hay máquinas de agua y personas que están continuamente elevando agua desde el Éufrates hasta el jardín.

Gracias a estos relatos, los fabulosos Jardines Colgantes de Babilonia se conocen desde hace más de dos mil años y han inspirado diversas representaciones a lo largo de siglos. La reconstrucción pictórica más temprana conocida es la del pintor holandés Martin van Hemmskerck (1498-1574), que trató de unificar las distintas descripciones clásicas.

A mitad del siglo XIX se abrió un nuevo episodio en el conocimiento de los Jardines Colgantes: empezaron a realizarse excavaciones arqueológicas en la región y empezó a descifrarse la escritura cuneiforme y las lenguas de Mesopotamia.

Entre 1898 y 1917, Robert Koldeway dirigió un equipo de arqueólogos que excavaron en Babilonia entusiasmados por descubrir el lugar exacto de los míticos Jardines. Esperaban encontrar inscripciones de Nabucodonosor confirmando que él había construido el jardín. Hallaron habitaciones del palacio con paredes gruesas de ladrillo cocido cubierto de mucho betún y eso dio pie a Koldeway a explicar que aquellos materiales podían indicar la existencia de un jardín en la azotea del edificio. La idea de un jardín en la terraza superior del palacio con vistas a toda la ciudad cautivó la imaginación popular de la época y estimuló la realización de reconstrucciones fantasiosas de varios artistas.

Representación fantástica del siglo XIX.

Sin embargo, la hipótesis de Koldeway no lograba aclarar cómo se regarían las plantas en los largos meses de calor de Babilonia y no prosperó.

Unos años después, el arqueólogo británico Leonard Woolley planteó otra hipótesis, tras sus excavaciones entre 1922 y 1934 en la ciudad sumeria de Ur. En el gran templo de Ur, en forma de torre escalonada piramidal llamada zigurat, descubrió unos agujeros a intervalos regulares y los asoció con el drenaje para cultivar plantas. Esta sugerencia nuevamente sedujo al público y volvió a inspirar reconstrucciones pictóricas de los Jardines mostrando plantas colgando de terrazas de un zigurat. La idea no obstante, tampoco se sostenía pues el material de barro sin cocer, con el que eran fabricados los zigurats, no resistiría la humedad de riego sin desmoronarse. Y además no coincidía con lo descrito por los clásicos.

En las excavaciones  de Babilonia se han hallado más de 200 inscripciones, que han esclarecido la huella que dejó  el rey Nabucodonosor en la ciudad durante los 43 años de su reinado. Nabucodonosor es el rey más conocido de Babilonia porque aparece en la Biblia como conquistador de Judea y Jerusalén; también porque reconstruyó la capital Babilonia, devastada por los reyes asirios, y edificó obras gigantescas. Fue un rey admirado por su pueblo y odiado por los judíos. Dejó mucha información de sus obras, pero ninguna sobre jardines. Si la leyenda fuera cierta, habría dejado algún indicio, sin embargo, en las numerosas inscripciones halladas no se ha encontrado rastro de que a Nabucodonosor le interesaran las plantas  o que amara especialmente a su esposa.

Hasta la fecha, el resultado de las excavaciones ha sido rotundamente decepcionante: no se ha encontrado en Babilonia ninguna evidencia arqueológica de los Jardines Colgantes que demuestre su existencia. Así las cosas, en 1988 algunos académicos optaron por negar que hubieran existido verdaderamente,   proclamando que habían sido una invención literaria de los griegos, proclives a las maravillas orientales y a los personajes poderosos y atractivos, como Nabucodonosor o  Semíramis.

En los noventa del pasado siglo, entró en el debate la historiadora británica Stephanie Dalley afirmando la existencia real de los Jardines, pero con un cambio sustancial de paradigma. Según su tesis, no se construyeron en Babilonia sino en Nínive, la capital de los asirios, y los creó el rey asirio Senaquerib alrededor del año 700 a. C.

Dalley se interesó por los Jardines Colgantes por casualidad. Dio una conferencia sobre Jardines Antiguos, sin nombrar a los de Babilonia, y el descontento que manifestó una asistente a la charla fue tan descomunal que la espoleó a descifrar el enigma de esos jardines, tan famosos como escurridizos. Se especializó en traducciones de técnicas usadas por los reyes antiguos, que solían describirlas con lenguaje metafórico difícil de interpretar.

Como poseída por el espíritu luchador de Semíramis, Dalley se dedicó durante dieciocho años a descifrar textos cuneiformes, tanto de excavaciones recientes como de museos y colecciones del mundo, y a revisar anteriores traducciones, con el único objetivo de desvelar de una vez dónde estuvieron y qué aspecto tendrían los Jardines Colgantes. En su libro El Misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia (The Mystery of the Hanging Garden of Babylon, 2013) expuso su teoría minuciosamente argumentada, convenciendo a muchos otros investigadores.

A diferencia de Babilonia, en Nínive (cercana a la actual Mosul), las excavaciones realizadas en el palacio de Senaquerib han provisto valiosa información sobre el Jardín del palacio, tanto en inscripciones como en relieves escultóricos. Disponiendo de ese material arqueológico, sumado a los textos clásicos, nuevos diccionarios de lenguas mesopotámicas y todo su saber de experta en Historia Antigua, Dalley, tal Sherlok Holmes con algo de Indiana Jones o viceversa, ha compuesto un puzle en el que todas las piezas parecen encajar.

Es preciso recordar que el territorio de esa prolífica recolección de materiales arqueológicos, en Irak y Siria, lamentablemente está siendo saqueado desde los tiempos de la  guerra del Golfo. Por medio de un proceso de expolio sistemático devastador, las primeras ciudades de la historia, con su valioso contenido informativo, están desapareciendo para siempre, convertidas en lugares irrecuperables para la arqueología.

Los Jardines Colgantes de Nínive

El protagonista de la versión de Stephanie Dalley es el rey Senaquerib, hijo de Sargón II, que reinó del 705 al 681 a. C. y eligió Nínive como capital de su reino. En un prisma octogonal de arcilla dejó un largo relato sobre la construcción de un fabuloso palacio con jardín en lo alto de la ciudadela norte de la ciudad.  El edificio palatino contaba con pilares en forma de leones y toros alados de grandes proporciones, enormes puertas, habitaciones y pabellones artísticamente decorados con artesonados, estatuas y paredes esculpidas de materiales excelentes como oro, plata, bronce o alabastro, y maderas nobles de ébano, boj, sisu, cedro, ciprés, pino y madera india. El rey lo llamó su “Palacio Sin Rival”, como ya había hecho su padre con el palacio de Dur Sharrukin, en su afán de lograr algo superior a todo lo anterior.

La construcción de la soberbia obra está ligada a una historia romántica, pues el rey Senaquerib sí dejó escrita una dedicación a su primera esposa:  para Tashmetu-sharrat la mujer de palacio, mi muy amada esposa, que la amante de los Dioses ha hecho la más perfecta de todas las mujeres, yo he construido un palacio lleno de belleza para el deleite y el placer(…), que los dioses nos concedan salud y felicidad juntos en este palacio.

Lindando con el palacio, Senaquerib construyó un extraordinario jardín del que se sentía muy orgulloso: Elevé la altura de los alrededores del palacio, para que fuera una Maravilla para toda la gente. Junto a él extendí un alto jardín imitando las montañas Amenus, con todo tipo de plantas aromáticas.

Se han encontrado dos relieves escultóricos que revelan la apariencia del jardín. Uno, hallado en el Palacio de Senaquerib, representa el jardín recién creado; el segundo, encontrado en el palacio de su nieto Asurbanipal, muestra el jardín maduro. Son evidencias de que el jardín tenía forma de montaña artificial, de “jardín en altura” propio de la tradición asiria, estaba cubierto de árboles y contaba con un lago y diversos canales de agua.

Jardín de Nínive en tiempos de Asurbanipal. Dibujo de S. Dalley.

La representación visual no permite identificar especies. Los árboles aparecen esquematizados en dos tipos, siempreverdes y caducifolios. Por su propio relato, se sabe que Senaquerib, igual que sus predecesores, introdujo especies foráneas para asombrar a propios y visitantes: árboles productores de frutos de toda la tierra, todas las aromáticas de Hatti… cada tipo de vid silvestre, de árbol frutal exótico, de árboles aromáticos y de olivos, así como árboles productores del algodón [Gossypium arboreo]. Esa idea de totalidad refleja abundancia, diversidad, rareza y universo, en suma, un jardín botánico espectacular.

Senaquerib solo nombró unas pocas especies. La palmera datilera fue una de ellas, se plantaba en Nínive, un  terreno poco propicio, pero como dice Dalley, la importancia cultural sobrepasaba las desventajas ecológicas, porque se la relacionaba con el culto de Ishtar, la diosa mesopotámica del amor y la belleza, de la vida y la fertilidad. Tanto era su valor simbólico que Senaquerib, en vez de usar el título de “rey de Asiria”, se autotituló “Palmera de Asiria”.

Hecho el suntuoso palacio y plantado el espléndido jardín, Senaquerib tenía que asegurar el mantenimiento verde de su magnífica colección de plantas, necesitaba una fuente de agua abundante y constante y un método para elevarla a la altura deseada.

Por un lado, Senaquerib diseñó un magnífico sistema de canales, pozos, túneles, presas y acueductos con arcos de piedra, que se internaban en las montañas y traían agua fresca, desde más de 80 km de distancia, hasta la ciudadela de Nínive. Parte de esa obra fue descubierta en los años 30 del pasado siglo (restos de un gran acueducto ) y parte en 2012 (restos de cinco acueductos más).

Por otro lado, el rey inventó un nuevo método de fundir y esculpir el bronce. Y lo usó para crear figuras de leones y otras criaturas de tamaño enorme (hasta de 30 t), y también máquinas (tipo tornillo de Arquímedes) para elevar agua desde unas cisternas hasta arriba del elevado jardín.

El resultado de todo eso fue que el Jardín de Nínive tenía la maravillosa cualidad de mantener su verdor todo el año. Cuando el resto del territorio estaba reseco, un verdor así podría parecer un milagro a quien lo viera; de hecho, era uno de los atributos del paraíso y del jardín mitológico de Alcínoo, que Homero incluyó en La Odisea.

Esta versión de los Jardines Colgantes que Dalley defiende concuerda con las descripciones de los autores clásicos. En todo ello se basó el artista inglés Terry Ball (1831-2011) para realizar una nueva interpretación visual de cómo debieron de ser los Jardines Colgantes de Nínive.

En cuanto a los nombres “Babilonia” y “Nabucodonosor” de las versiones clásicas, Stephanie Dalley sugiere que la denominación Babilonia, que significa “puerta de los dioses”, era un epíteto de ciudad, para babilonios y asirios, y Nínive fue también a veces conocida como Babilonia. Algo semejante pasó con los nombres de los reyes, que se usaron indistintamente como arquetipo de gran rey.

El misterio de los Jardines Perdidos más famosos del mundo ha sido desvelado. Como concluye Dalley, todo el proyecto del rey Senaquerib, es de una magnífica concepción, espectacular ingeniería y brillante como obra de arte. El novedoso y asombroso complejo de palacio, jardín y sistema de riego, sin duda, se merecía ser incluido en la lista de las Siete Maravillas del Mundo.

La nueva narración científica es tan fascinante como la leyenda antigua. Desde las brumas del tiempo los célebres Jardines Colgantes surgen como un ejemplo pionero de jardín bien logrado, nacido del culto a la belleza vegetal intemporal y de la consciencia de su valor simbólico. En su imitación del paisaje natural y milenios antes del paisajismo inglés, fueron precursores del jardín llamado romántico. Fundaron la estela de los “jardines por amor”, tradición que dio otra Maravilla al Mundo, el Taj Mahal. También, inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes,  árboles fragantes que aromatizaban el pasear y arrullos y cantinelas del agua. Y, lo que más me entusiasma, los Jardines fueron creados para provocar el asombro, el sentido que más nos conecta con la grandeza de la naturaleza.

Escrito por Rosa, jueves 23 de marzo de 2017.

Fuentes:
– Milton, J. (2005). El Paraíso Perdido. Ed. bilingüe de Enrique López Castellón. Abada, Madrid. 2. – Dalley, S. (2013). The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon: An elusive world wonder traced. OUP Oxford.
La Epopeya de Gilgamesh (2008). Versión de A. George. Traducido por Fabián Chueca. Debolsillo, Barcelona.
– Yasuda, Y., Kitagawa, H., & Nakagawa, T. (2000). The earliest record of major anthropogenic deforestation in the Ghab Valley, northwest Syria: a palynological study. Quaternary International, 73, 127-136.
 Los saqueos destruyen ciudades milenarias de Irak y Siria en El País. 

Cuatro años de blog

El 21 de febrero de 2013 comenzamos la aventura de escribir el blog Los árboles invisibles. La primera entrada estuvo dedicada al libro de David Haskell, The forest unseen. A year´s watch in Nature (El bosque que no se ve. Un año de observación en la Naturaleza) [1]. Una serie de lecciones de historia natural y sensibilidad poética que el profesor Haskell fue desgranando durante un año, a medida que transcurrían sus observaciones de un mandala virtual en el corazón del bosque.

En los cuatro años siguientes el blog, como un árbol, ha ido creciendo y formando anillos en su tronco con las 74 entradas que hemos añadido, al ritmo aproximado de una al mes. Cada artículo surgió espontáneamente, inspirado por un viaje, una imagen, una lectura o una conversación. El proceso creativo ha sido deambulatorio, no planificado, pero siempre hemos buscado el conocimiento y la emoción asociados a los árboles.
Para Matusalén, el árbol milenario de la especie Pinus longaeva que vive en las Montañas Blancas de California, cuatro años y 74 anillos es apenas un suspiro. Sin embargo, para nuestras vidas y nuestra escala de tiempo, cuatro años es un período de tiempo relevante. Como ejemplo, en ese breve plazo se han deforestado unas 52 millones de hectáreas de bosques tropicales, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. El dióxido de carbono de la atmósfera ha subido 10 ppm (partes por millón) superando por primera vez las 400 ppm, y sigue subiendo. En esta vida de ritmo acelerado que llevamos, volver la vista hacia los árboles, hacia su crecimiento pausado y su permanencia, nos abre una nueva perspectiva de nuestra relación con la naturaleza y sobre el sentido del tiempo.

En nuestro deambular hemos rastreado árboles en los objetos materiales cotidianos, como el lápiz de madera y el papel que usamos para escribir los borradores, las especias que aderezan nuestras comidas, o las esencias aromáticas que  perfuman nuestra vida social y espiritual.

Atrapados por la imaginación de los maestros literarios de ficción, hemos viajado a las sabanas de Mozambique con Mia Couto y hemos asistido a la misteriosa ceremonia del takatuka, nos ha emocionado la pasión de los amantes en el corazón del bosque inglés con David H. Lawrence, hemos acompañado a Robert Walser en su paseo por los bosques de las montañas de Suiza, y nos hemos abandonado bajo el árbol de la indolencia en la isla de Chipre con Lawrence Durrell.

Nos ha conmovido el impacto visual de las fotografías de Sebastião Salgado de la selva de Sumatra, la apacible atmósfera del grupo familiar bajo un castaño de Indias retratado por Federico Bazille y la trágica batalla de Arminio en los bosques de Germania plasmada en el lienzo de Anselm Kiefer. Mientras que el ingenioso y transgresor Ai Weiwei nos ha deleitado con su icosaedro truncado fabricado con palo de rosa perfumado.

Hemos disfrutado de la variedad de árboles en los bosques urbanos, como el Parque María Luisa de Sevilla que frecuentamos casi a diario, hemos conocido un sinfín de historias en el Botánico de Coimbra y nos hemos extasiado con la vista de Roma desde la colina arbolada del Orto Botanico.

Algunas especies de árboles nos han atraído especialmente para contar sus historias. Tuvimos ocasión de visitar al extraño tumbo de las hojas inmortales (Welwitschia mirabilis) en el desierto de Namibia. Nos entregamos a la fascinación por el fósil viviente de las remotas montañas de China, el ginkgo (Ginkgo biloba), venerado en los templos orientales y por muchos amantes de los árboles. En el Mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens), apuntando al cielo, nos llamó la atención con su pasado mítico y místico. Durante los paseos veraniegos nos acercamos al enebro de frutos grandes (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) que otea el mar desde los acantilados.

Los árboles están ahí, forman parte de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes. En los veranos calurosos buscamos con fervor la buena sombra que nos alivia y refresca. El maravilloso espectáculo del reverdecer primaveral nos infunde alegría y optimismo. ¿Quién no ha subido a un árbol, de pequeño o de mayor, para ver el mundo desde arriba? Pasear por un bosque, entre árboles, mejora nuestra salud; lo sabemos, ahora además es una práctica japonesa de medicina preventiva.

Tras este tiempo de descubrimientos y escritura, nos sentimos contentos de la recepción que nuestro trabajo ha tenido en la blogosfera. En cuatro años hemos recibido más de 300.000 visitas de internautas realizadas desde 156 países, en su mayor parte desde España (36%), México (16%), Colombia (9%), Argentina (9%) y Estados Unidos (7%), y también un buen número de comentarios muy alentadores.

A todos los que nos seguís y a los que llegáis de nuevo, gracias por leernos.

¡Larga vida a los árboles!
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[1] El libro de Haskell fue publicado en 2012 por Viking Penguin, Nueva York. La edición española, titulada En un metro de bosque, ha sido traducida por Guillem Usandizaga y publicada por Turner, en marzo 2014.

 

Escrito por Rosa y Teo, jueves 23 febrero 2017.

Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

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[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

Bajo el árbol de la indolencia

“Los viajes, como los artistas, nacen, no se hacen”. Así comenzaba Lawrence Durrell (1912-1990) el libro Limones amargos, en el que narró su estancia en la isla de Chipre a mediados del siglo pasado [1].

Mi viaje personal a Chipre nació al ser convocado esta primavera a una reunión de científicos europeos en la isla-estado, de reciente incorporación a la UE [2]. Un equipo local de investigadores, liderado por Adriana, ejerció de anfitrión.

Escritor busca casa
Antes de emprender el viaje busqué inspiración en las páginas del libro de Durrell sobre la isla, sus paisajes y sus gentes.

“En términos geológicos la isla no es otra cosa que un apéndice del continente de Anatolia, arrancado en alguna ocasión y dejado en libertad de flotar”.

Una visión poética e intuitiva, pero simple e inexacta, de esa masa de tierra aislada en el extremo oriental del Mediterráneo. Mientras Durrell escribía su libro, se gestaba la Tectónica de Placas, una revolución científica que cambiaría nuestra percepción de la dinámica terrestre. La isla de Chipre habría surgido hace unos 80 millones de años por la colisión de la placa tectónica africana con la placa anatólica, que a su vez está presionada desde el este por la placa arábiga y bloqueada al norte por la placa euroasiática. La ciencia nos regala una historia épica, compleja, de fuerzas titánicas que moldean la tierra que pisamos.

En la quietud y aparente calma de la isla, era difícil para el escritor intuir el remoto pasado de masas de tierra colisionando y montañas que surgían lentamente del fondo del mar. Sin embargo, por las mismas fechas, el geólogo británico Ian G. Gass, destinado en Chipre, estudiaba las rocas ofiolitas de los montes Troodos, muestras de la corteza y el manto oceánico elevado y expuesto que fueron clave para apoyar la teoría de la Tectónica y explicar la orogénesis [3].

Posiblemente escritor y geólogo coincidieron en alguna reunión o velada de la comunidad británica de la isla, aunque no he encontrado ningún testimonio de ello. “Pero para eso están las islas; son lugares donde diferentes destinos pueden encontrarse y cruzarse en el pleno aislamiento del tiempo”.

En cuanto al paisaje que me esperaba, la perspectiva de Durrell no era muy alentadora.

“La cordillera Troodos era una mescolanza desagradable de despeñaderos y pesadísimos peñascos, incoherente y dispersa, que colgaba de los bordes de Mesorea como un telón de fondo. Las bellezas que poseía se encontraban en sus aldeas ocultas, arrebujadas en concavidades y valles de las laderas, algunas ricas en manzanos y viñas, otras, más arriba, cubiertas de helechos y pinos. La cordillera Troodos, en otro tiempo verde morada de dioses y diosas, está ahora extravagantemente calva en mucho lugares, sus grandes hombros y brazos emergen de las zonas penosamente arboladas como los miembros de un traje demasiado estrecho.”

Troodos

De hecho, reconocía que le interesaba más el paisanaje de la isla; “quería experimentarla a través de su gente y no de su paisaje”. Así que no mostró mucho entusiasmo en recorrerla; “aparte de unas pocas y breves excursiones en busca de flores y setas de primavera, no había ido a ninguna parte; en verdad no había hecho otra cosa que bañarme y escribir cartas”.

Hasta que llegó a Bellapais, en la costa norte, y se enamoró del paisaje que se divisaba desde la Abadía de la Paz, construida por los agustinos en el siglo XIII.

“Los claustros de la abadía, con sus naranjos cargados y sus brillantes jardines, eran un estudio de contrastes: la grave calma contemplativa de lo gótico se veía perforada por todas partes, al igual que el silencio perfora la música, por la lujuria mediterránea de frutos amarillos y relucientes hojas verdes.
— Un lugar para pasear, para pensar, para estar en paz entre los limoneros —, dijo Kollis [su guía].
A medida que subimos volvía a aparecer Kyrenia, al igual que toda la costa, calada como una labor de encaje. Había empezado a sentirme culpable de una acto de horrenda temeridad al tratar de establecerme en un lugar tan fantástico. ¿Era posible que alguien trabajase teniendo delante semejante escenario para maravillarse?”

Tanto le gustó que se compró una casa en las afueras del pueblo. La historia de la compra y reforma de la casa, con sus anécdotas y divertidas relaciones con los vecinos, ocupa buena parte del libro. Mostró interés y describió con detalle los árboles frutales de su huerto.

“Se encontraba atestado de árboles, tan pegados unos a otros, que su follaje formaba un techo casi ininterrumpido. Había demasiados. Distraído, volví a contarlos: seis mandarinos, cuatro limoneros amargos, dos granados, dos moreras y un alto nogal inclinado.”

Según la mitología clásica Afrodita nació de la espuma en una playa de Chipre. El escritor no podía dejar de hacer alguna referencia a los dioses griegos y sus relaciones con los árboles.

“A Zeus le pertenece el roble. Hermes era dueño de la palmera, y más tarde, Apolo de la palmera y del laurel. Démeter, de la higuera. El sicómoro era el Árbol de la Vida para los egipcios. El pino pertenecía a Cibeles. El álamo negro y los sauces están especialmente vinculados con el solsticio de invierno, y por lo tanto con Plutón y Perséfone; pero el álamo blanco es de Hércules, quien lo sacó de las sombras.”

A pesar de disfrutar con su lectura, el libro no me aportó mucha información sobre los paisajes forestales de Chipre, así que tuve que buscar otras fuentes para conocer los árboles de la isla.

Árboles de Chipre

Hay 52 especies de árboles nativos y los bosques cubren el 18% de la superficie, según el Departamento de Bosques de Chipre. Además se han inventariado 200 árboles monumentales centenarios, que incluyen robles, pinos, cipreses, plátanos, pinos y algarrobos.

Con gran acierto, el Departamento va publicando una serie de folletos divulgativos con el Árbol del Año, para que la población vaya conociendo la riqueza arbórea de la isla. Llevan 18 especies y todavía les queda material para los próximos 34 años. A mí me sirvieron de guía durante mi visita.

Q-alnifoliaLa encina dorada (Quercus alnifolia) es un árbol endémico de Chipre que fue declarado Árbol Nacional en 2006. Las hojas rígidas y duras, con forma aovada, son de un color verde muy brillante; solo al darles la vuelta se puede descubrir su envés amarillento que explica el nombre inglés golden oak (encina dorada).

Cubren las laderas escarpadas de los montes Troodos formando un moteado arbustivo, posiblemente resultado del rebrote después de talas e incendios. En este tipo de hábitat cumplen una importante función en la protección de suelos contra la erosión. También forman parte del sotobosque de pinares y cedrales.

Q-InfectoriaEl quejigo de Alepo (Quercus infectoria) estaba hojeciendo durante mi visita,  y las manchas de su verde claro luminoso destacaban en el valle, salpicando las terrazas ocupadas por olivos y frutales. Desde la ventana de mi habitación, en el hotel situado a las afueras de Agrós, podía ver algunos quejigos que se iluminaban al amanecer. Crecen en los suelos más fértiles y profundos, precisamente los transformados para la agricultura. Estos quejigos de Chipre se han diferenciado como subespecie, con el nombre veneris (de Venus), en homenaje a la diosa Afrodita (Venus para los latinos).

Mientras saco fotos de los hermosos amentos masculinos y de las hojas nuevas con la luz del atardecer, en la atmósfera tibia y calma de este valle chipriota, me estremece pensar que otros quejigos de la misma especie estarán también floreciendo, pero rodeados de muerte y destrucción en zonas convulsas de Siria, Irak o Palestina. En esos días, a menos de 500 km (equivalente a la distancia entre Sevilla y Madrid) se estaba librando la batalla de Palmira (Siria).

PlatanusEl plátano oriental (Platanus orientalis) es un árbol hermoso. Destaca en los bosques de ribera con su tronco recto, que puede alcanzar hasta 30 m de alto, y su corteza blanquecina, que se desfolia de forma irregular dejando un parcheado de jirones vegetales. Estaban en pleno apogeo primaveral, las hojas nuevas, palmeadas y muy divididas, estrenando su verde clorofila, mientras las  inflorescencias globosas pendían en el aire como zarcillos coquetos.

Ha sido un árbol ornamental y de sombra muy apreciado desde antiguo; era famoso el Plátano de Hipócrates en la isla de Kos (Grecia) bajo el que transmitía sus enseñanzas de medicina. En Chipre, es común verlo plantado en las plazas de los pueblos y junto a los monasterios y las iglesias. En el pueblo de Peristerona, contiguos a la iglesia bizantina de San Hilarión y San Barnabás (del siglo XII), un plátano, un ciprés y un laurel crecían juntos en un pequeño jardín, formando la tríada de árboles simbólicos y mitológicos del Mediterráneo Oriental.

P-brutiaEl pino de Chipre (Pinus brutia) es el árbol más abundante en los bosques de la isla, ocupando más del 90%; crece en todo tipo de sustratos, desde el nivel del mar hasta los 1.600 m, donde es sustituido por el pino negral (P. nigra subsp. pallasiana). Muy relacionado con el pino carrasco (P. halepensis), tiene las piñas sentadas y las acículas finas, flexibles y de color verde oscuro. En abril estaban en plena época de polinización y cuando la brisa sacudía suavemente las ramas, se desprendía una lluvia dorada de polen.

En buenas condiciones de humedad y fertilidad los troncos pueden alcanzar hasta 40 m de alto y 100 cm de diámetro. La madera se usa para construcción, para fabricación de muebles, cajas para transportar y almacenar frutas, tableros de aglomerado, y para leña y carbón.

Es un árbol longevo que puede vivir hasta 500 años. Se han estudiado los anillos de crecimiento en troncos de pinos centenarios de los montes Troodos y se ha podido reconstruir el clima de Chipre durante los últimos 250 años. Se han identificado períodos largos de sequía (hasta de 20 años) con una recurrencia de cada 70-100 años. Están asociadas a la anomalía conocida como “fase positiva de la oscilación del Atlántico Norte (NAO)”. Los documentos históricos confirman la existencia de pérdidas de cosechas, hambrunas y migraciones masivas durante esas épocas secas persistentes [4].

CeratoniaEl algarrobo (Ceratonia siliqua) es un árbol de la familia Fabácea, de copa amplia color verde oscuro. Es dioico, los árboles hembra producen frutos en forma de grandes legumbres (algarrobas) que tuvieron gran importancia para la economía rural de Chipre, siendo conocidas como el “oro negro”.

Durrell lo menciona al describir el típico paisaje agroforestal chipriota.

“Acá y allá, la gran red tosca del algarrobo, nuevo para mí. Noté que algunos de esos árboles habían sido plantados en medio de campos de cebada o trigo. Es de suponer que estaban destinados a dar sombra al ganado y protegerlo del implacable calor de agosto. Pero en general el algarrobo es un árbol curioso; las ramas que se le arrancan dejan heridas del color de la carne humana.”

En esa época (mediados del siglo pasado), todavía era un recurso esencial en los pueblos de la zona.

“En la temporada de prensar las aceitunas o recoger las algarrobas, todo el pueblo acudía en bloque, y de golpe uno perdía a los albañiles, carpinteros, fontaneros, a todos.”

En Limasol existe un Museo del Algarrobo (Carob Mill Museum) donde se conservan parte de las maquinarias usadas para limpiar, preparar y moler las algarrobas. Se calcula que unos 2.000.000 de algarrobos producían 50.000 toneladas de algarrobas al año, en su mayor parte para la exportación. En una visita al mercado cercano pude ver puestos con algarrobas, dulces, jarabe y otros productos del algarrobo.

Carob Museum

Bajo el Árbol de la Ociosidad

Hay un árbol en Chipre que no aparece en las guías botánicas, es el Árbol de la Ociosidad (Tree of Idleness), que según Durrell “confiere el don de la ociosidad pura a todos los que se sientan bajo él”.

“La tarde estaba muy tranquila, y el fresco silencio del Árbol de la Ociosidad nos engulló como un estanque de montaña. Sabri estaba allí, sentado bajo las hojas y contemplando un café; me esperaba con una información particular sobre madera de algarrobo – me había guardado un cargamento especial.”

Este árbol literario, metáfora del árbol que ocupa el centro de la vida en los pueblos mediterráneos, era un tema favorito de Durrell; le dedica un capítulo de su libro Limones amargos y es el título de un poema publicado unos años antes [5].

“La tranquilidad, la sensación de verde beatitud que llena esta aldea proviene del gran Árbol de la Ociosidad.”
“Y allí estaba la abadía, desvaneciéndose con los últimos rubores magnéticos del horizonte, con sus tranquilos grupos de bebedores de café y jugadores de cartas bajo el Árbol de la Ociosidad.”

“Una vez más, al llegar yo, mis amigos se separaban uno a uno de los grupos de bebedores de café reunidos bajo el gran árbol. Surgían conversaciones sobre la madera de algarrobo, sobre limoneros, gusanos de seda o un nuevo vino.”
“Sintiendo la jubilosa tibieza del sol que bajaba flotando por entre las hojas del gran Árbol de la Ociosidad.”

En su obra, Durrell recoge con frecuencia la escena de una persona, sola o acompañada, sentada a la sombra refrescante de un árbol, ya sea un olivo, un pino, un nogal o un plátano. Una estampa icónica del ambiente mediterráneo.

“Durante la hora del almuerzo, tomaba su comida y vino de una garrafa a la sombra de un limonero, mientras contaba historias que mantenían absortos a los otros trabajadores.”
“Nos reunimos alrededor de una mesa preparada para nosotros bajo el magnífico plátano que cubre la terraza del café.”
“El señor Honey estaba sentado en su esquina habitual, bajo el nogal junto al puente.”
“Encontré a Marie comiendo ociosamente cerezas bajo un pino y hojeando un manual de arquitectura.”

Las animadas tertulias con sus amigos cosmopolitas eran “una forma de viajar sin moverse; sentados bajo un olivo con una jarra de vino al lado.”

“Nos quedamos sentados durante un rato en la arena tibia bajo el viejo algarrobo, tomando vino y un par de granadas rosadas que él había robado de un muro en Kasafani, mientras el sol de la mañana hacía que las colinas brillaran y temblaran en el aire húmedo, y la vieja piel de cocodrilo gris de Bufavento se volvía violeta. Todavía estaba la luna en el cielo, pálida y exangüe. – Ya está aquí el verano – dijo un joven turco.”
“Mi acompañante estaba silencioso; trepó a las ramas de un árbol para disfrutar mirando hacia abajo, del ondulante mapa en relieve con sus curvas barbadas de campos que descendían hasta el mar.”

En mi visita a Chipre no tuve ocasión de visitar el famoso árbol de Durrell en Bellapais (en la zona turca), convertido en una atracción turística. Tampoco me interesaba mucho porque aparentemente ha perdido su atmósfera de quietud, paz y silencio; lo que debe tener un árbol para que apetezca sentarse bajo él y disfrutar de la ociosidad.

Cada uno debe buscar su propio árbol de la ociosidad. Paseando por Agrós, encontré el mío; un viejo álamo blanco (Populus alba) situado en una placita ajardinada cerca de la fuente Kaouros (o de los cangrejos), por la que manaba el agua fresca de la sierra. Bajo el álamo me sentaba a leer y pensar, en los ratos de ocio que me dejaban las reuniones de trabajo.

Populus_fuenteOciosidad, indolencia, pereza, dolce far niente ¿es un defecto o un vicio mediterráneo?. Aproveché esos ratos de ocio para leer “Elogio de la ociosidad” (In Praise of Idleness), un breve ensayo del filósofo Bertrand Russell (1872-1970). Defendía que “el camino a la felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo”. Y que “el uso inteligente del ocio es un producto de la civilización y la educación” [6].

Liberado así de todo sentimiento de mala conciencia, me abandoné feliz en la lectura de Justine [7]. Durante su estancia en Chipre, Durrell comenzó a escribir el Cuarteto de Alejandría, su obra más conocida. El narrador/escritor retirado en una isla ordena sus recuerdos y escribe a la sombra de un olivo. De esta forma confundía la ficción con su propia realidad.

“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña.
Vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos.
Solo aquí, en el silencio del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo.
En esta primera gran ruptura de mi madurez siento que su recuerdo dilata prodigiosamente los límites de mi arte y mi vida. Por el pensamiento los alcanzo de nuevo, como si solo aquí, en esta mesa de madera, frente al mar, a la sombra de un olivo, solo aquí pudiera enriquecerlos como lo merecen.”

Después de tantos años, releí y reviví con nostalgia y melancolía la atracción insana, el amour fou hacia el voluptuoso personaje femenino.

“Como todos los seres amorales, está en el límite de la Diosa. Recibe el amor como una planta el agua, livianamente, sin pensar.”

Pero fueron otros pasajes, los que ahora me mordieron el alma.

“La presencia de la muerte refresca siempre la experiencia, pues tal es su función: ayudarnos a reflexionar sobre esa novedad que es el tiempo.”

Disfruté del ocio bajo el árbol, atrapado por la novela, hasta llegar a su enigmática frase final.

“¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?”

Pensativo, cerré el libro; intentaba interpretar el silencio que me rodeaba.

Muy cerca, el murmullo de la fuente recitaba su mantra heraclitiano “todo fluye”.

Fuente
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[1] Lawrence Durrell (1957) Bitter lemons of Cyprus, Faber and Faber, Londres (mi edición es del año 2000). Recientemente Edhasa ha publicado la Trilogía mediterránea (Barcelona, 2012) una bella edición que la incluye, con traducción de Floreal Mazía.

[2] La República de Chipre ingresó en la Unión Europea en 2004, aunque solo controla las dos terceras partes de la isla; la parte norte fue ocupada por tropas turcas en 1974. En el proyecto de investigación RECARE, sobre “prevención y recuperación de suelos degradados en Europa”, participamos científicos de 19 países europeos.

[3] Ian G. Gass (1968). “Is the Troodos massif of Cyprus a fragment of Mesozoic ocean floor?.” Nature 220: 39-42.

[4] Griggs, C., Pearson, C., Manning, S. W. & Lorentzen, B. (2014). A 250-year annual precipitation reconstruction and drought assessment for Cyprus from Pinus brutia Ten. tree-rings. International Journal of Climatology, 34(8), 2702-2714.

[5] L. Durrell (1955) The Tree of Idleness, and other Poems, Faber and Faber, Londres.

[6] B. Russell (1932) In Praise of Idleness, Existen varias versiones en español que se pueden consultar en internet.

[7] L. Durrell (1957) Justine, Edhasa (edición de bolsillo de 2011), Barcelona, traducción de Aurora Bernárdez. Es la primera de las cuatro novelas del Cuarteto de Alejandría.

 

Escrito por Teo, jueves 28 abril 2016.

 

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Elogio de la ociosidad por B. Russell (1932)

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Secretos del Parque

¿Está llegando la primavera? ¿En qué se nota?” dijo él.
“El sol está brillando entre la lluvia y la lluvia está cayendo
sobre los rayos del sol, y las criaturas empujando
y borbotando bajo la tierra”, contestó Mary.
Frances H. Burnett, El Jardín Secreto

Cada jardín que frecuentamos guarda en sí un jardín secreto. Cada árbol que vemos a diario esconde una biografía única, una habilidad singular para vivir, una contribución concreta a nuestro bienestar y al del planeta. Cada arboleda urbana encubre un relato de la intencionalidad de quien la diseñó, de los sentimientos que pretendió provocar con su creación bioestética. Esos relatos secretos son el jardín oculto a los ojos cotidianos, acceder a ellos nos vuelve más conscientes y permeables al poder sanador de los árboles y a la inspiración de la belleza de lo vivo.

En la ciudad histórica de Sevilla, de acentuado aire romántico, el espíritu de lo bello palpita no solo en los innumerables monumentos sino también o sobre todo en los edificios, calles, plazas y rincones. Y en los jardines antiguos. De ellos, el Parque de María Luisa (para los sevillanos, “el Parque” a secas) quizás sea el que más ha contribuido a realzar el encanto de la ciudad. Popular atracción para viajeros y residentes, multitudinario a veces, aun con el esplendor de sus comienzos menguado por tiempos de abandono, conserva sin embargo la esencia del jardín original que un día fue diseñado con esmero y pasión. Es un jardín que emociona, que inspira al cuerpo y al espíritu, que asombra de múltiples maneras.

Entre los recuerdos de mi vida atesoro un tiempo en el que pasé muchos días transitando el Parque, observando y valorando uno a uno cada árbol (unos 6000 entre árboles y palmeras según el conteo de entonces). El sentido de tal entrega era calcular el valor del patrimonio arbóreo del jardín. La investigación, que llevamos a cabo un equipo guiado amigablemente por Fernando Sancho Royo, tuvo como resultado la elaboración del libro Árboles del Parque de María Luisa [1]. Medir las dimensiones de cada árbol, evaluar el estado de salud, juzgar el grado de  belleza y averiguar la biogeografía de cada especie fue una oportunidad única de descubrir cada individualidad, cada protagonista arbóreo del jardín, y sembró en mí la pasión que hoy me hace escribir estas líneas.

Fuente: www. eyeonspain.com

Fuente: www.eyeonspain.com

El Parque tiene una identidad propia, una fuerte personalidad. Su fisonomía no es uniforme sino integrada por una gran variedad de espacios diferentes, conectados y embellecidos mediante una amplia gama de elementos vivos y construidos, en la que el arbolado alto, viejo y variopinto es el rasgo principal. En cierto modo, es un bosque urbano. Cuenta con alrededor de 100 especies diferentes de árboles, algunos de ellos identificados por carteles (bastante deteriorados) que sirven de itinerario botánico. Intencionadamente, una gran proporción de los árboles son caducifolios, es decir, pierden las hojas en invierno. Durante los pocos meses que dura la desnudez invernal, las ramas deshabitadas de hojas contagian el aire de melancolía y enfatizan la percepción romántica del Parque. Por el contrario, el hojecer primaveral cubre los paseos y plazuelas de buena sombra, imprescindible en este sur de veranos calientes y luminosos, y junto a la floración mudan la melancolía en alegría.

De entre todos los árboles que un día descubrí y que con frecuencia sigo visitando, algunos me son más queridos por no sé qué misteriosa química.

Taxodios: monumentalidad consagrada al amor

En cualquier jardín, el taxodio, ciprés de los pantanos o ciprés calvo (Taxodium distichum) es una presencia llamativa, se adueña de él con su porte majestuoso de follaje liviano y elegante y la belleza cromática de sus hojas, rojizas en otoño y verde claro en primavera. En el jardín sevillano destaca un ejemplar que se ha convertido en estampa icónica del propio Parque.

A diferencia de los pinos, cipreses, cedros y otras coníferas, el taxodio tiene dos rasgos singulares, ser caducifolio (de ahí “ciprés calvo”) y vivir cerca o dentro del agua.  Nativo del sur de EE UU, forma bosques naturales en las riberas encharcadas de los grandes ríos como el Misisipi; y caracteriza tanto ese paisaje subtropical americano que se ha erigido en su símbolo. Vivir en el agua es una habilidad no muy propia de los árboles, pero los cipreses de los pantanos la tienen; para que las raíces respiren, poseen los neumatóforos, unos respiraderos que salen hacia arriba y le dan el aspecto tan característicos a estos bosques. En su hábitat natural sostiene el suelo encharcado por las inundaciones, una buena contribución en estos tiempos de incertidumbres climáticas. A pesar de las raíces anegadas gozan de una longevidad extraordinaria; en Florida, en la marisma de Corkscrew, está el bosque virgen de cipreses de los pantanos más grande del mundo, en ese santuario protegido hay árboles salvajes de más de 500 años. Tiene parientes aún más longevos como el “Árbol del Tule” (Taxodium mucronatum) de Oaxaca, México, que se estima que tiene 2000 años de edad y está considerado el árbol con el diámetro de tronco más grande del mundo. El taxodio llegó a Europa traído por los colonizadores ingleses sobre 1640.

TaxodioEl Parque de María Luisa es un buen enclave para estos seres de los pantanos americanos por la cercanía de un gran río, el Guadalquivir. Junto al estanque de la Isleta de los Patos y cerca de la Fuente de las Ranas crecen cinco ejemplares espléndidos. Pero sin duda el más vistoso, célebre y popular es el taxodio monumental de la Glorieta de Bécquer.

El árbol fue plantado alrededor de 1860 cuando ese terreno era el jardín privado de los duques de Montpensier. En 1911, ya como parque público, alrededor del árbol se construyó una glorieta redonda en la que un banco circular con varias figuras femeninas de mármol –alegorías del amor pasado, presente y futuro- abrazan la redondez del gran tronco. Realizado en homenaje al poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el más importante del Romanticismo español, el cuadro escultórico, obra de Lorenzo Coullaut Valera, personifica la famosa Rima X del poeta, El amor que pasa. En otros tiempos, podían leerse los versos del poeta en libros dispuestos en anaqueles; hoy, existe una placa con grabaciones de varias rimas que pueden oírse si disponemos de un lector de código QR en nuestro móvil, entre ellas, la inmortalizada Rima X [2]:

Código QLos invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran. ¿Qué sucede?
¡Es el amor, que pasa!

El árbol, como ser vivo, no deja de crecer y agrieta el monumento, y hay que ensancharlo cada cierto tiempo (ya lo necesita); la Glorieta con el gran árbol en el centro transpira armonía como un mandala. El majestuoso taxodio acrecienta la atmósfera romántica del lugar, incluso diría que se implica en los asuntos amorosos de los visitantes-románticos (suele haber ramos de flores frescas en el monumento). Bajo la cúpula de fino follaje se respira quietud, acogimiento y un silencio entre cómplice y consolador. Puede que el espíritu ribereño de estos árboles, de tanto contemplar ríos, sabe que el amor, como el agua, nunca es el mismo y al mismo tiempo siempre es igual, que pasa pero permanece de otra manera. Bajo los taxodios siempre me siento bien, experimento sensaciones de amparo y bienestar, probablemente contribuyan a ello las sustancias volátiles cargadas de compuestos activos beneficiosos que desprenden, pero prefiero pensar que la belleza de estos árboles no solo es externa, sino también interior.

Plátano de sombra:  inspiración de los maestros

Cerca de la Glorieta de Bécquer por un asilvestrado sendero en dirección sur se llega a una pequeña encrucijada donde un cartel anuncia la identidad de un soberbio plátano de sombra oriental (Platanus orientalis), un árbol euroasiático que crece desde el este mediterráneo hasta el sur eurosiberiano.  En Sevilla, como en gran cantidad de ciudades, el plátano de sombra es muy utilizado en las calles. En el Parque es abundante, pero no la especie oriental sino un híbrido entre el plátano oriental y el americano (Platanus occidentalis), de cuyo origen no hay acuerdo entre los botánicos ni siquiera en la nomenclatura (Platanus acerifolia para unos, Platanus  hybrida o Platanus hispanica, para otros).

PlatanosEl plátano es una especie apreciada desde antiguo por su maravillosa sombra. En el Parque quedan unos magníficos ejemplares centenarios, bien desarrollados, que sobrepasan los 25 metros de altura, hermosas esculturas vivas. Las decorativas hojas grandes, caedizas, color verde vivo, parecidas a las del arce, forman un follaje denso y amplio capaz de crear una umbría fresca, tamizada y reconfortante, ideal para los climas de calor y luz intensos. La cualidad de la sombra que proyecta ha sido históricamente apreciada por diversas culturas.

En Grecia se le tiene un apego especial desde la Antigüedad, y aún es el árbol predominante en el centro de las plazas de muchos pueblos. En la Escuela Peripatética que fundó Aristóteles en el 335 a. C., se cree que había una arboleda de plátanos donde él y otros maestros enseñaban a los discípulos paseando bajo el elevado ramaje. En la isla de Cos, igualmente junto a un plátano de sombra, Hipócrates (460-370 a. C.), el fundador de la medicina, transmitía su sabiduría; el actual Árbol de Hipócrates, descendiente del original, tiene 500 años. En la India le llaman cheddar y es un árbol célebre también por su sombra, especialmente en Cachemira. Para hindúes e islamistas mogoles ha sido un árbol valorado para templos, jardines y paisajes, como prueban los diversos ejemplares centenarios existentes en la región y su declaración como árbol protegido. Bécquer, en su leyenda india El caudillo de las manos rojas, los nombra: “Los peregrinos también han gustado el reposo de los inmensos plátanos de Delhi…”. En Reino Unido se le conoce como oriental plane, y también es un árbol con solera; uno plantado en 1760 en Wiltshire (Corsham Court) por el famoso paisajista Lancelot  “Capability” Brown, está considerado como el árbol con la copa de mayor extensión de Reino Unido.

Me gusta pasear entre los plátanos centenarios del Parque, respirar su aire, dejar que inspiren mi mente, que me conecten con la vieja tradición de maestros, que hagan aflorar a la maestra que llevo dentro.

Acacias: aromas de poesía

Acacia es una palabra de resonancia poética, sonora, punzante, evocadora de exuberantes paraísos líricos. Quizás por eso me gustan las acacias del Parque. Hay tres tipos, la acacia negra, la acacia blanca y la acacia de Japón, que en sentido estricto no son especies del género Acacia, sino “falsas acacias” como se catalogan estas leguminosas ornamentales que se plantan en multitud de ciudades del mundo. Sin ser árboles de carácter portentoso, las tres aportan atractivo al Parque: son florales, aromáticas y sombreadoras. En sus lugares de origen, además, son comestibles, medicinales y melíferas. Cada una a su manera añade una nota diferente al jardín.

La acacia de tres espinas o acacia negra (Gleditsia triacanthos) abunda en el Parque. Tiene una apariencia algo excepcional por lo oscuro de la corteza, las grandes espinas trifurcadas y las legumbres de gran tamaño color chocolate parecidas a las del algarrobo. Por contraste, las pequeñas flores verdosas son perfumadas, el amplio y suelto follaje tiene un bonita coloración otoñal amarilla y en primavera da una grata sombra ligera. Natural del SE de EEUU, es un árbol muy resistente que crece muy rápido en suelos desnudos y ayuda a controlar la erosión, además las vainas alimentan a pájaros y otros animales. Por el carácter de “árbol espinoso” se le conoce en algunos sitios como “espina de Cristo”. En México circula una leyenda en torno a sus espinas. A final del siglo XVII, en un monasterio de Querétaro, un franciscano español dejó durante un tiempo su bastón de acacia negra clavado en el patio; pasados los días, el bastón retoñó en un árbol con espinas en forma de cruz, similar a la de la crucifixión de Jesús; el hecho se consideró un milagro (tal vez por ser un árbol desconocido entonces en esas tierras), y originó el nombre por el que es conocido “el árbol del Templo de la Cruz”. Milagros y leyendas aparte, la acacia negra es un árbol vehemente que infunde sensaciones de fuerza y empuje y evoca la importancia de protegerse en la vida.

RobiniaLa acacia blanca o robinia (Robinia seudoacacia) tiene un porte grande que alcanza los 25 metros. En el Parque hay un bello ejemplar en la Glorieta de Doña Sol. Desde la tierra de los Montes Apalaches, en Norteamérica, fue traída a Francia en 1600 por el botánico Jean Robin. Desde entonces es un árbol de jardín que anima las primaveras con racimos de flores blancas muy aromáticas y una agradable sombra. En algunos países como Italia, las flores se utilizan en postres y la miel se conoce como “miel de acacia”. Pero hay que tener cuidado porque las hojas y semillas poseen una lecitina tóxica. Las acacias blancas grandes, como la del Parque, tienen apariencia muy frondosa y yo diría que entrañable, me recuerdan a los árboles benévolos de los cuentos.

La acacia del Japón, sófora o árbol de las pagodas (Styphnolobium japonicum) ornamenta la avenida de Pizarro, una de las principales del parque. De porte fino, equilibrado y elegante, las flores amarillentas aroman el verano con su suave perfume y los frutos, de inconfundible aspecto de rosario, quedan en el árbol cuando pierde el follaje a principios de invierno. Es originaria de Asia, donde las hojas y flores se cocinan y se preparan como té; el uso medicinal tiene larga tradición, es una de las 50 hierbas fundamentales de la medicina china. En el Parque, los frutos son codiciados por el numeroso grupo de cotorras asilvestradas que por las mañanas los desayunan con gran algarabía. Mi afición a las sóforas es muy distinta de la de las cotorras. A mí lo que me atrae de ellas es la apariencia delicada, la fina sombra, un hálito de misterio que las envuelve, como si escondieran un secreto milenario oriental. De hecho, algunos cuentos japoneses sitúan en este árbol espíritus, diablillos y otras deidades del bosque.

Una larga lista de árboles interesantes

La lista de árboles singulares interesantes del Parque es muy larga. En altura sobresalen los eucaliptos rojos (E. camaldulensis) y las araucarias australianas (A. cunninghamii y A. bidwillii) de más de 40 metros, haciendo honor a los árboles gigantes australianos; les siguen grevilleas, almeces, olmos viejos supervivientes de un pasado mejor, casuarinas centenarias, algunos fresnos de olor y las palmeras, esos árboles sin verdadero tronco, que tanto caracterizan el paisaje urbano de Sevilla. Y en espectacularidad globosa y expansiva, los grandes ficus (F. macrophylla, F. rubiginosa y F. retusa).

El jardín de los artistas

La magia del Parque de María Luisa emana del arbolado pero también de la gracia y armonía del diseño, de la composición que idearon los paisajistas que lo hicieron realidad.

El Parque tuvo su origen en la creación a mitad del siglo XIX de un jardín privado para el palacio de los duques de Montpensier (Antonio de Orleans y la Infanta María Luisa de Borbón). El proyecto lo realizó el jardinero francés André Lecolant siguiendo el estilo romántico inglés en el que predominan los árboles y arbustos entre caminos y sendas sinuosas, con una disposición de aparente descuido que imita a la naturaleza. Es el jardín bosque, el jardín-selva, que aún configura el norte y poniente del Parque. De estampa majestuosa, con predominio de tonos verdes y umbrías, inspira recogimiento y tranquilidad.

Un segundo diseño se debió a la elección del Parque de María Luisa como marco de la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929. La Infanta había donado su jardín a la municipalidad en 1893 y ésta encargó la reforma y ampliación del Parque al paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier (1861-1930), un ingeniero de gran sensibilidad, cultura jardinística y experiencia en distintas partes del mundo. Forestier aprovechó el legado romántico de Lecolant (“los árboles tardan en crecer, la belleza plena de un jardín se consigue con el paso del tiempo”), al que superpuso un trazado que inundó el lugar de colores, aromas, susurros de agua, brillos, claridad, alegría y espacios de intimidad (las glorietas). Manejando con sabiduría varios estilos de jardines con preponderancia del arábigo andaluz local, creó un jardín de jardines, donde las avenidas y praderas abiertas se alternan con sendas que llevan a la intimidad de glorietas. Más próximo a la tradición de los jardines chinos, indios, egipcios, árabes y españoles, Forestier puso toda su intención en darle a Sevilla su ideal de jardín, “un remanso de paz capaz de provocar el asombro apabullador en la intimidad gozada a través de la percepción de los sentidos de todas las bellezas delicadamente naturales, con las formas, los colores, los juegos de luces y sombras más evocadores, con los que nos sentimos más comunicados y donde lo que domina es el encanto” [3]. Quiso hacer una obra de arte y lo consiguió.

Postal antigua

Ha transcurrido un periodo de más de cien años desde 1914, cuando se inauguró el Parque de Forestier. En este lapso, el abandono y el tiempo, como jardineros invisibles, han propiciado cambios en su fisonomía, no siempre embellecedores. Se han perdido muchos árboles sin haber sido repuestos y se ha desequilibrado la composición de las especies, con predominio de las más invasivas como el eucalipto sobre otras menos combativas. El Parque necesita recuperar su antiguo esplendor, con medios, conocimientos y enfoque de futuro.

A pesar de todo, conserva la esencia cautivadora. Más allá de la visión ordinaria, el Parque despliega su jardín secreto donde es posible pasear respirando aires sanadores, contemplar delicadas bellezas efímeras, descansar al arrullo del agua, perderse entre rastros de aromas y encontrar mil historias inspiradoras.

_________________________
1. R. Cintas, J. Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa.  Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Granada, 1981.
2. Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas. Edición de Jesús Rubio Jiménez. Alianza E. Madrid, 2013.
3. Cristina Domínguez Peláez. El Parque de María Luisa, esencia histórica de Sevilla. Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1995.

Escrito por Rosa, jueves 28 de enero de 2016.

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Cernuda en el Parque
Sanar con los árboles
El monarca del Parque (Araucaria cunninghamii)
La higuera gigante que vino de australia (Ficus macrophylla)
Mil y una historias del jardín (Araucaria bidwillii en el Botánico de Coimbra)

Otras fuentes y enlaces
Jose Elías Bonells. Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla, 1983.
F. Bueno Manso. El Parque de Maria Luisa: su historia, su poesía y sus plantas. E. Robinia. Sevilla, 1997.
Parque de María Luisa en Wikipedia
Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Sevilla
La Exposición del 1929 en Sevilla Misterios y Leyendas