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Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

Kindred spirits by Asher Brown Durand.jpg

Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
_____________________
[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

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¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)

Mil y una historias del Jardín

Un Jardín Botánico es una fuente inagotable de historias. Cada uno de los árboles de un Jardín o Arboreto tiene su propia historia, la del árbol individual que ha vivido muchos años. También lleva en su ADN las historias de su especie, historias de linajes evolutivos antiguos o recientes, de usos tradicionales y simbología en tierras remotas o próximas.

Árboles que cuentan historias

Cuando el tren me llevó a Coimbra (Portugal) el pasado mes de junio, dejé la maleta en el hotel junto al río Mondego y subí por las callejuelas hasta la puerta del Botánico. La cancela era majestuosa, de hierro forjado con aplicaciones de bronce; y estaba abierta, sin ningún tipo de control o barrera, invitando al paseante a disfrutar de los árboles y su sombra, del frescor de las fuentes, la calma y la tranquilidad. La luz del atardecer y la temperatura suave creaban una atmósfera placentera.
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Siguiendo un ritual antiguo de cortesía, fui a visitar a los personajes más venerables del lugar, dos árboles con más de 200 años. Uno que llegó desde Extremo Oriente, el cedro del Japón, y el otro que vino de América del Sur, en Occidente, el frijolero de Indias.

CryptomeriaEl cedro japonés, sugi (en japonés) o criptomeria (Cryptomeria japonica) es el árbol nacional del Japón y se planta con frecuencia alrededor de los templos. Aunque le llaman “cedro” es de la familia Cupresácea y se parece más a las sequoias, con la corteza rojiza, fibrosa, que se deshilacha en tiras verticales. El género Cryptomeria es endémico de Japón y solo tiene una especie. Ha sido explotado desde antiguo por su madera y solo quedan algunas poblaciones naturales, pequeñas y fragmentadas, estando incluido en la Lista Roja de especies amenazadas de la IUCN. Por otra parte, las plantaciones de criptomeria se han extendido por todo el mundo, debido al valor de su madera rojiza y aromática, y también se ha plantado ampliamente como árbol ornamental, existiendo varios centenares de variedades.

La venerable criptomeria de Coimbra, con sus dos siglos de vida, sin embargo resulta joven para la esperanza de vida de su especie, más de mil años. El paraíso de las criptomerias está en la Reserva de la isla Yakushima, al sur de Japón. Las montañas de la isla gozan de un ambiente templado y muy húmedo (entre 4.000 y 10.000 mm de lluvia anual) y están cubiertas por una vegetación densa, con árboles muy viejos cubiertos de musgo. En ella abundan las criptomerias milenarias, localmente llamadas yakusugis, muchas de ellas conocidas por sus nombres propios y veneradas tradicionalmente. La más famosa es la Jōmon sugi, con un tronco de 16,4 m de circunferencia y 25 m de alta, cuya edad se ha estimado en más de 3.000 años. Su nombre evoca a la antigua cultura Jōmon, cazadores-recolectores que hacían vasijas de cerámica, de la que debió ser contemporánea. Esta atmósfera selvática, de árboles viejos, musgo y nieblas inspiró a Hayao Miyasaki (Tokio, 1941) para los escenarios de su personaje de “anime” Mononoke, la heroína del bosque. Es tan popular que uno de los senderos de la Reserva ha sido bautizado como “El bosque de la princesa Mononoke”.

A pocos metros se encuentra el frijolero de Indias (feijoeiro-da-india en portugués), eritrina, ceibo o seibo (Erythrina crista-galli), cuya semilla llegó desde Brasil, donde viven sus parientes silvestres; por tanto a unos 19.000 km de distancia de los yakusugis milenarios. Es la oportunidad que nos ofrece un Botánico, poder disfrutar en un espacio relativamente pequeño, de árboles muy diferentes que provienen de puntos muy alejados del planeta.

Este otro árbol venerable, el seibo, no puede ser más diferente de su vecina la esbelta, siempreverde criptomeria; tiene un tronco bajo, torcido y hueco, y pierde las hojas en invierno (es caducifolio). La madera ligera, porosa y de poca durabilidad se usa para tallas y molduras y para fabricar celulosa o carbón. Tiene una corteza suberosa, por lo que en Brasil lo llaman corchero (corticeira). En contraste también con el carácter relicto de la criptomeria (única especie de su género), el seibo es una de las 130 especies del género Erythrina (en la familia Fabácea), que se extiende por las zonas tropicales y subtropicales del mundo. En Sudamérica (Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) es un árbol abundante en zonas pantanosas y bosques de ribera.
ErythrinaLo más llamativo de esta especie es su floración en primavera. Los árboles se cubren de racimos de flores de color rojo carmín, que explican su nombre específico latino crista-galli (cresta de gallo) y el inglés coral tree (árbol del coral); también que se haya extendido su uso como planta ornamental en las regiones con inviernos suaves del mundo. Esta flor singular tiene además un carácter simbólico y ha sido elegida como flor nacional de Argentina y Uruguay. Estará para siempre unida a la triste leyenda de la valiente Anahí, quien defendiendo a su pueblo guaraní fue quemada en la hoguera y se transformó en un ceibo florido. Como dice la canción: “Anahí, tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí”.

Una vez presentados mis respetos a los ancianos, me acerqué al árbol más alto del Jardín, un Eucalyptus obliqua centenario que alcanza los 42 m. Hace 100 años los eucaliptos estaban de moda y gracias a los intercambios con el Botánico de Melbourne la colección de Coimbra llegó a contar con más de 50 especies (aunque muchas se han perdido); una pequeña muestra de las más de 700 especies del género Eucalyptus (en la familia Mirtácea). No son tan famosos como las sequoias (gimnospermas), pero los eucaliptos pueden presumir de ser las angiospermas (plantas con flores) que alcanzan mayor altura. El récord lo tiene Centurion, un magnífico ejemplar de E. regnans de Tasmania, con una edad estimada de 400 años y que llega casi a los 100 m (la última medición exacta, realizada por escaladores resultó en 99,6 m). En Tasmania existe un “Registro de Árboles Gigantes” (que superan los 85 m), con más de 100 árboles medidos y georreferenciados, la mayoría con sus nombres propios. Todos son eucaliptos y en un 90% de la especie regnans. También hay algún E. obliqua, como el Rey Fibroso (King Stringy, por su corteza fibrosa) con 86 m; el doble que el “gigante” del Jardín. Con ayuda de este Registro se quiere proteger, gestionar y promocionar los Árboles Gigantes de Tasmania, “por su reconocido significado cultural y su capacidad para inspirar respeto y asombro”.

A_bidwilliiContinué mi paseo por la alameda de los tilos hasta que un pajarillo trepando nervioso por el tronco de un árbol llamó mi atención. Era un agateador común (Certhia brachydactyla) buscando insectos y pequeñas arañas por el tronco oscuro y rugoso de una araucaria. Me acerqué y reconocí el porte columnar y las hojas triangulares, coriáceas y punzantes, verde oscuro, típicas de A. bidwillii, una de las 19 especies del género Araucaria. La familia Araucariácea es un linaje antiguo que se extendía por todo el mundo durante el Jurásico (hace 180 millones de años). La mayoría de las poblaciones actuales son relictas, fósiles vivientes, restringidas a diversos refugios en el Hemisferio Sur.

La especie A. bidwillii es endémica del NE Australia. Su característica más extraordinaria es el tamaño descomunal de sus frutos: hasta 30 cm y 10 kg, conteniendo de 50 a 100 semillas. Los árboles producen frutos cada varios años, lo que se llama “vecería” o masting (en inglés). En el Jardín, cuando llega la época de fructificación de esta gran araucaria se impide el acceso del público bajo su copa para evitar algún accidente provocado por la caída de las enormes piñas. Fue descrita como especie nueva en 1843 a partir del material llevado a Londres por el botánico inglés John C. Bidwill (1815-1853). Sin embargo, era bien conocida desde antiguo por los primeros pobladores de Australia.

Los Aborígenes llegaron a la isla hace unos 50.000 años, eran cazadores-recolectores y su supervivencia dependía del conocimiento de la naturaleza y de la autorregulación en el uso de los recursos naturales. El árbol que llamaban bunya (para nosotros Araucaria bidwillii) era sagrado para ellos. Cuando maduraban sus enormes piñas, cada 2-7 años, los custodios de las Montañas Bunya avisaban a las tribus vecinas. En el Festival Bunya, que duraba semanas a final del verano (diciembre-marzo), se podían reunir hasta 2.000 aborígenes de distintas tribus, algunos llegaban caminando desde varios cientos de kilómetros. Se formaban campamentos en la base de la montaña, durante el festival se respetaba una tregua en las disputas tribales y se aprovechaba para el intercambios de bienes y de información. Los custodios subían a los árboles e iban tirando las piñas maduras (hasta 50 piñas en un solo árbol). Los piñones se comían tostados o se molían para formar una pasta que era cocida en forma de pan. La dieta de la fiesta se completaba con carne de animales cazados y otros alimentos recogidos en la zona. Durante la noche se encendían fogatas y tenían lugar cantos, bailes y se contaban historias. Posiblemente estas concentraciones tribales de gran significado social y cultural, alrededor del árbol bunya y sus frutos nutritivos, tuvieron lugar durante miles de años en Australia. Sin embargo el final fue abrupto; parece que el último Festival Bunya se celebró en 1875. En solo 100 años, los colonos europeos recién llegados a la isla, expulsaron a los custodios aborígenes, talaron los bosques de bunya y los transformaron en pastos y granjas.

Afortunadamente un reducto del bosque de araucarias fue protegido en el Parque Nacional de las Montañas Bunya, con 19,493 ha. Se puede seguir admirando en su estado natural la majestuosidad de estos árboles antiguos, que para los aborígenes (supervivientes) representan un símbolo del sustento y de la confraternización en armonía. Aunque los Festivales Bunya y su vínculo material y espiritual con el bosque solo quedan en la memoria de sus antepasados.

El Jardín de las historias sin fin

El propio espacio del Jardín tiene también su historia particular. En lo que fueron huertas y jardines de los conventos de San Benito, de Santa Ana y de San José de los Marianos se fundó en 1772 el Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra. Formaba parte de la reforma universitaria emprendida por el Marqués de Pombal, primer ministro de José I, para potenciar la Historia Natural y la Medicina.

En sus 243 años de historia, el Jardín ha evolucionado al ritmo de los cambios académicos de la Universidad de Coimbra, y en general de los cambios sociales y políticos de Portugal. Una de las figuras que destaca en su historia es la del botánico Félix da Silva Avelar Brotero (1744-1828) que fue su Director durante 21 años (1791-1811). Amplió, renovó y reestructuró el Jardín, centrando sus funciones en el estudio de la botánica y la agricultura. En la entrada principal podemos ver su figura en mármol, disertando desde su sillón de catedrático, bañado por la suave luz que se filtra a través de las copas de dos ginkgos (Ginkgo biloba) machos de casi 100 años.
BroteroEl Jardín Botánico del siglo XXI debe estar en contacto con la sociedad y realizar una labor de divulgación de la ciencia botánica y de la cultura asociada a las plantas. El de Coimbra ha tenido una iniciativa ejemplar, un equipo multidisciplinar de biólogos, periodistas y comunicadores de ciencia publicaron durante 52 semanas (desde mayo 2013 a mayo 2014) sendos artículos en el Diario de Coimbra; historias sobre las plantas, la arquitectura y el paisajismo, y sobre las personas que fueron forjando el actual Jardín Botánico. Los artículos han sido recogidos en un libro titulado No Jardim há histórias sem fim (En el Jardín hay historias sin fin)¹.

El visitante que admira los árboles del Jardín, pasea por sus rincones percibiendo gratas sensaciones de aromas, colores y sonidos, puede trasladar sus impresiones y evocaciones a un poema o a una acuarela, o acaso puede escribir una entrada de blog o colgar una foto en Instagram. Habrá entrado a formar parte de las mil y una historias del Botánico de Coimbra.

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¹ Screck Reis, C., Gonçalvez, L., Azevedo, C., Trincão, P. (2014). No Jardim há histórias sem fim. Jardim Botânico da Universidade de Coimbra e Imprensa da Universidade de Coimbra, Coimbra, Portugal.

Agradecimiento: a Carine Azevedo que me sirvió de guía y narradora de las historias del Jardín y a Daniel Montesinos que me acompañó en la trepa por las copas de los árboles de la Mata.

Escrito por Teo, jueves 22 octubre 2015.

 

Enlaces
Web del Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra
Artículos publicados en el Diario de Coimbra sobre el Botánico
Divulgación en Facebook del Botánico de Coimbra

Cryptomeria japonica en la Lista Roja de la IUCN
Árbol milenario de Cryptomeria japonica en Wikipedia
El bosque de la princesa Mononoke

El ceibo y la leyenda de Anahí

Registro de los árboles gigantes de Tasmania

Primera descripción de Araucaria bidwillii en 1843
Parque Nacional de las Montañas Bunya en Australia

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Botánico de Valencia
Sobre la Araucaria cunninghamii de Sevilla

Sube a por duriones

Los árboles son unos magníficos proveedores de alimento y vitaminas en forma de frutas bellas y deliciosas. “El que quiera fruta que suba al árbol” es una máxima muy conocida del historiador y clérigo inglés Thomas Fuller (1608-1661), que se cita como metáfora moral de la recompensa al esfuerzo. Pero no vivimos en la Inglaterra del siglo XVII y la mayoría estamos acostumbrados a acercarnos al supermercado o a la tienda de alimentación más cercana para elegir cómodamente entre una rica variedad de frutas cultivadas. En este mercado globalizado puedo adquirir en Sevilla kiwis de Nueva Zelanda, aguacates de Perú, mangos de Brasil, uvas de Chile, pomelos de Sudáfrica o manzanas de Francia. Gran parte de la población mundial (54%) vivimos en núcleos urbanos y hemos perdido el contacto con el “árbol madre” que nos abastece de frutos.

En contraste, muchos habitantes de bosques y selvas siguen subiendo a los árboles para alcanzar su recompensa, los frutos. Hace unos años, en las páginas de un suplemento semanal vi una imagen del fotógrafo Sebastião Salgado (Aimorés, 1944) que me impactó. La foto en blanco y negro mostraba una visión lateral del dosel intrincado y las copas entrelazadas de un bosque tropical, posiblemente tomada desde una atalaya cercana. Enormes hojas de palmas ocupaban casi toda la parte derecha. Un tronco recto de árbol atravesaba verticalmente la foto, cerca de la margen izquierda. Por el tronco gigantesco trepaba una figura humana; un hombrecillo empequeñecido por la grandeza de la selva, que en la primera visión de la foto pasaba desapercibido. Una composición magistral.

Salgado_durian_general

Salgado_durian_detalle
Esta primavera las fotos de Salgado llegaron a Sevilla en una exposición itinerante, instalada al aire libre (“Arte en la Calle”) frente al pequeño jardín del Archivo de Indias. Allí estaba de nuevo el hombrecillo trepando absorto por el tronco gigantesco, entre paseantes y curiosos. Visto más de cerca se le podía apreciar musculoso, vestido solo con un taparrabos, trepando a pulso el tronco con ayuda de una cuerda a modo de cincha y apoyando los pies descalzos. La leyenda de la foto al fin me desveló que se trataba de un joven del clan mentawai que subía a cosechar durianes, en la Isla Siberut (Indonesia).


El rey de las frutas tropicales

El fruto del durión (o durián) es muy apreciado en el sudeste de Asia donde se le denomina el “rey de las frutas”. Hay 30 especies del género Durio (en la familia Malváceas) de las que nueve producen frutos comestibles, la más extendida y cultivada es Durio zibethinus.

En occidente, el médico y botánico español Juan Fragoso ofreció una de las primeras reseñas sobre esta fruta, en su obra enciclopédica de 1572. “Muchos tienen por una de las más excelentes frutas de la india oriental, los doriones de Malaca, que son del tamaño de nuestros melones, con una corteza muy dura y cubierta de muchas espinas”. Además, “cuentan los que han visto el árbol ser tan grande como un nogal” ¹.

En efecto, los árboles del durión son altos, hasta de 40 m, tienen troncos rectos (como se aprecia en la foto de Salgado) y gruesos, de unos 2 m de diámetro, las primeras ramificaciones están a unos 20 m. Es decir, hay que trepar bastante para alcanzar los deseados duriones.

Los frutos son en verdad una buena recompensa. Son grandes, pesan unos 2-3 kg, con una piel gruesa cubierta de espinas. En su interior esconden unos arilos  carnosos, dulces, cremosos, que pueden ser de color crema, amarillo, naranja o rojo, según la variedad y especie. Estos arilos comestibles suponen el 15-35% del peso de la fruta y son ricos en proteínas (2,5%), lípidos (2,5%) e hidratos de carbono (28%), además de minerales, vitaminas y fibras.

Acuarela china de 1824, British Library.

Acuarela china de 1824, British Library.

La atracción por los duriones va más allá de su valor nutritivo, es una pasión para muchos asiáticos. El naturalista y geógrafo Alfred R. Wallace (1823-1913) viajó durante ocho años por el archipiélago malayo dónde conoció y se aficionó a los duriones. Es bien conocida la historia de la carta que escribió desde allí a Darwin en 1858 con sus ideas sobre la selección natural, el revuelo académico que originó y su papel seminal en la Teoría de la Evolución. Unos años antes, en 1856, escribió una carta a William J. Hooker, director de los Jardines de Kew, narrándole las excelencias de los duriones.

El durión es una fruta de carácter perfectamente único, no tenemos nada con la que pueda ser comparada.
Es redonda u ovalada, del tamaño de un melón pequeño, de color verde y cubierta de espinas fuertes. Desde la base al ápice se pueden distinguir cinco líneas que son las suturas de los carpelos y muestran por donde se pueden abrir con un buen cuchillo y unas manos fuertes. Las cinco cavidades están rellenas con una masa de pulpa firme, color crema, que contiene unas tres semillas cada una. Esta pulpa es la parte comestible, y su consistencia y sabor son indescriptibles. Una crema rica con sabor intenso a almendra puede dar una buena idea, pero a veces hay trazos de sabores que recuerdan al queso cremoso, la salsa de cebolla, el vino de jerez y otros platos incongruentes. Luego hay una rica suavidad pegajosa en la pulpa que ninguna otra tiene, pero que le añade su delicadeza. No es ni ácida ni dulce ni jugosa; sin embargo no necesita ninguna de esas cualidades porque en sí misma es perfecta. Mientras más comes menos te sientes inclinado a parar. De hecho, comer duriones es una sensación nueva digna de un viaje al Este para experimentarla.
Quizás no sea correcto decir que el durión sea la mejor de todas las frutas porque no puede ofrecer jugos refrescantes como la naranja, la uva o el mango, pero en cuanto a producir un alimento del sabor más exquisito no tiene rival. Si tuviera que elegir un representante de la perfección de cada clase sería al durión y a la naranja como el rey y la reina de las frutas.

Los nativos de estas islas tienen adicción por los duriones. Cuando llega la temporada de su maduración abandonan sus poblados y acampan en el bosque durante semanas, alimentándose básicamente de duriones.

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Señal en el metro de Singapur.

Para Wallace era la fruta perfecta, sin embargo tiene un pequeño inconveniente, su olor penetrante no a todo el mundo agrada. El viajero y gastrónomo Richard Sterling lo describe en su blog como si se mezclara en una batidora excremento de cerdo, aguarrás y cebollas podridas, aderezándolo con un calcetín sudado. Quizás refleja un prejuicio occidental o una diferente sensibilidad cultural con los aromas. En cualquier caso este olor intenso del durión maduro no es gratuito, ni está diseñado para espantar a los gastro-snobs; es una fuerte llamada a los mamíferos de la selva, que se orientan más por el olfato que por la vista, para que dispersen sus semillas. Al reclamo olfativo del durión maduro acuden elefantes, rinocerontes, orangutanes, tapires y jabalíes, incluso algunos carnívoros como tigres, leopardos y civetas, toda una fiesta en la selva. En cambio, en el ecosistema urbano este aroma del bosque no está permitido, así se pueden ver señales de prohibición de llevar duriones en transportes públicos, hoteles y aeropuertos de las ciudades asiáticas.

Santuario de Siberut

La isla de Siberut, al oeste de Sumatra (Indonesia), tiene unos 4.030 km² casi en su totalidad ocupado por bosque tropical húmedo, gracias a la alta precipitación que recibe (media anual de 4.217 mm). Se pueden encontrar más de 100 especies de árboles diferentes en pocas hectáreas de bosque, siendo las familias más diversas Euforbiáceas, Lauráceas, Mirtáceas y Moráceas. Está incluida en el punto crítico (hot spot) de biodiversidad denominado Sundaland, una de las zonas más biodiversas y también más amenazadas del planeta.

Thomas Raffles (1781-1826) fue gobernador de Bengkulu (Sumatra), donde la Compañía Británica de las Indias Orientales se dedicaba a la producción y comercio de la pimienta y la nuez moscada. Además de fundar Singapur en 1819 como puerto británico realizó expediciones por el archipiélago. En una de ellas, en 1819, se descubrió la extraña y singular planta parásita de flores enormes, Raflessia arnoldii, que fue nombrada en su honor. En 1821 visitó la isla Siberut y se quedó impresionado por la amabilidad e ingenuidad de sus habitantes, en una carta escribió que le parecía estar en el Jardín del Edén.

La etnia Mentawai ha estado habitando el arco de pequeñas islas que se alinean al occidente de Sumatra, desde hace al menos 2.000 años. Son pueblos que viven de la caza y la pesca, de la recolección de frutos (como el durión) y del sago (almidón obtenido de la palmera Metroxylon sagu), del cultivo del taro y las bananas, y la cría de cerdos y gallinas. Son animistas y tienen un sistema de rituales y tabúes que mantienen el equilibrio de la gente y los recursos del bosque. Un dicho mentawai reconoce que “como el pez en el agua, nuestras vidas son inseparables del bosque y la tierra”. En 1981 la isla Siberut fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO, con la intención de conservar su rica biodiversidad (incluyendo cuatro especies endémicas de primates) y que los casi 20.000 indígenas mentawai pudieran conservar su cultura ancestral en equilibrio con la naturaleza. Más tarde, en 1993 la parte occidental de la isla fue protegida como Parque Nacional por el Gobierno de Indonesia.

Sin embargo existen diversas amenazas que, como una maldición bíblica, están destruyendo este Jardín del Edén. La explotación maderera y la destrucción de la selva para plantar palmas aceiteras, cultivo en expansión en Indonesia, están alterando los ecosistemas y las formas de vida en esta isla. Por otra parte, el contacto con las costumbres modernas está causando la pérdida de las culturas tradicionales.

Sebastião Salgado dedicó ocho años a buscar por todo el mundo las imágenes y las historias de su magna obra Génesis². Una sección la dedica a los Santuarios, “lugares donde las comunidades humanas continúan viviendo de acuerdo a sus culturas y tradiciones ancestrales”. Con sus fotos pretende “ver y maravillarnos, y comprender la necesidad de proteger estos lugares”.

La historia y la imagen potente del joven mentawai que sube a por duriones en la selva de Siberut nos asombra y nos maravilla, alimenta nuestra imaginación y nos confirma que vivimos en un mundo hermoso, pero también vulnerable.

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¹ Fragoso, J. 1572. Discurso de las cosas Aromáticas, árboles y frutales, y de otras muchas medicina simples que se traen de la India Oriental, y sirven al uso de la medicina. Francisco Sánchez, Madrid.
² Salgado, S. 2013. Génesis, Taschen, Madrid. La foto del joven mentawai que sube a por duriones ocupa la doble página 214-215.

 

Escrito por Teo, 16 de julio 2015.

 

Enlaces

Monografía de M.J Brown (1997) sobre el durión, publicada por el Instituto Internacional sobre Recursos Fitogenéticos, IPGRI

Carta de Wallace a Hooker describiendo los duriones.

Comentario de Richard Sterling sobre el olor del durión

Sundaland como Punto Crítico de Biodiversidad

Amenazas a la supervivencia cultural de los mentawai en Siberut

Siberut, Reserva de la Biosfera por la UNESCO

Parque Nacional de Siberut, Indonesia

Página oficial del fotógrafo Sebastião Salgado

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Acacias viajeras

El viaje cambia al viajero, pero a su vez el viajero puede hacer que cambie el lugar que visita. Si quiere ser respetuoso con la naturaleza, intentará seguir la máxima “llévate solo los recuerdos en tu memoria, deja únicamente la huella de tus pies”, atribuida al jefe Seattle. Los viajeros dejan muchos tipos de huellas.

Hace aproximadamente 1,4 millones de años un ave marina, posiblemente un tipo de petrel, que anidaba en las colonias que cubrían las laderas de una isla volcánica del Océano Pacífico partía en su viaje de migración anual. Por alguna razón, perdió el rumbo y después de un largo viaje de 18.000 km fue a posarse en otra isla volcánica, pero del Océano Índico. Poco más sabemos de ese ave viajera desorientada, pero sí sabemos (o inferimos) que dejó una huella patente de su visita.
mapa acaciasAlguna de las miles de semillas que anualmente produce una acacia de las islas del Pacífico y que seguramente abundaban en aquella zona de cría, viajó como polizón con el petrel. Pudo viajar adherida al barro en las patas o en el interior del aparato digestivo. La cuestión es que después del largo viaje se encontró en la isla volcánica del Índico, también de clima tropical, semejante a su patria original, pero lejos, muy lejos de sus parientes. En esa pequeña masa de unos 60 mg, la semilla, viajaba un proyecto de vida. La semilla de acacia germinó, creció entre las otras plantas extrañas de la nueva isla, y después de unos 5-10 años empezó a florecer. Al tener flores hermafroditas y autocompatibles (que pueden auto-fertilizarse) empezó a producir nueva semillas y a extender su progenie por la isla.

Pasaron miles de años, más de un millón de años, la isla del Índico donde se instaló la acacia viajera empezó a ser visitada por seres humanos. Primero fueron visitas esporádicas de marineros. Los árabes la llamaron Isla del Oeste (Dina Morgabin), los portugueses Santa Apolonia, los ingleses Bosque de Inglaterra (England’s forest) y por fin los franceses establecieron en el siglo XVII una colonia permanente, como parte de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Los avatares históricos de la metrópolis francesa se reflejaron en los sucesivos nombres de la isla: Borbón, Reunión, Bonaparte y de nuevo Reunión. Las acacias, que formaban entonces bosques densos, fueron llamadas “tamarindos de las zonas altas” y explotadas para la construcción naval y la ebanistería. En 1783 el naturalista francés Juan Bautista Lamarck la nombró Mimosa heterophylla, porque tiene hojas de dos tipos, las más jóvenes con foliolos y las más viejas son filodios o tallos aplanados. Más tarde sería agrupada con las demás acacias, con su nombre actual Acacia heterophylla.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Mientras, en las isla lejanas del Pacífico, donde quedaron sus parientes, los primeros pobladores humanos llegaron más temprano, posiblemente entre los siglos IV y IX, desde la Polinesia. El primer contacto con europeos fue la visita del capitán Cook en 1778, que las llamó Islas Sandwich. En 1959 fueron anexionadas por los Estados Unidos con el nombre de Hawái. En cuanto a los ascendientes de la acacias viajeras, fueron descritos y nombrados por el botánico norteamericano Asa Gray en 1854 como Acacia koa, con el epíteto “koa” que en hawaiano significa audaz y valiente.

Durante años, los botánicos estuvieron intrigados porque las dos especies de acacia eran prácticamente idénticas, pero vivían en islas remotas y muy lejanas entre sí. En 2014, gracias a las nuevas técnicas de biología molecular se ha comprobado que, efectivamente, son muy parecidas genéticamente. Todas las poblaciones estudiadas en la isla Reunión pertenecen a una sola forma genética, un haplotipo de DNA cloroplástico que es muy parecido a uno de los nueve tipos encontrados en Hawái. Es decir, la hipótesis más plausible es que la acacias de Reunión provienen de ancestros de Hawái. Además, utilizando la estima del reloj molecular (una medida del tiempo de divergencia basada en la tasa de mutaciones) se estima que el viaje fundacional, la separación de los dos linajes, ocurrió hace aproximadamente 1,4 millones de años¹.

Fascinante historia que relaciona las dos especies isleñas de acacia. Pero ¿cómo llegaron las acacias a Hawái? Las islas volcánicas hawaianas surgieron en medio del Océano Pacífico hace unos 5 millones de años. Empezaron a ser colonizadas por plantas que llegaron dispersadas por aves, por el viento o por el mar desde las islas tropicales del Pacífico Occidental; también desde las costas de América, Asia y África. El análisis genético de parentesco (filogenia) ha mostrado que el ancestro más probable de la Acacia koa de Hawái es la acacia de madera negra (Acacia melanoxylon) del sureste de Australia.

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

En Sevilla se puede encontrar algún ejemplar de Acacia melanoxylon. Ahora no nos asombra que podamos disfrutar de este árbol a más de 17.000 km de su tierra de origen, en Australia. La globalización y el transporte de personas y mercancías tiene esas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes por los riesgos y las consecuencias negativas de las invasiones biológicas.

Me acerqué a la vieja acacia de madera negra que sobrevive, algo maltratada por el tráfico y los viandantes, en una esquina de la glorieta dedicada al marinero Juan Sebastián Elcano. Precisamente el viajero que completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Observé sus pequeñas semillas que colgaban de las vainas, pendientes de un pequeño arilo rosado. Listas para viajar ayudadas por algún ave. Pienso en sus parientes que viajaron desde Australia a Hawái (7.600 km) donde se diversificaron y dieron lugar a otra especie, A. koa. Mucho después, una semilla de esta especie viajó desde Hawái a Reunión (18.000 km) y allí dejó descendencia originando a su vez una especie nueva, A. heterophylla. Viajes improbables de acacias que tuvieron lugar hace miles, millones de años.
A_melanoxylon_semilla_ariloLos eventos improbables no son imposibles, pueden llegar a ocurrir si hay tiempo suficiente.

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¹ Le Roux, J. J., Strasberg, D., Rouget, M., Morden, C. W., Koordom, M., y Richardson, D. M. (2014). Relatedness defies biogeography: the tale of two island endemics (Acacia heterophylla and A. koa). New Phytologist (publicado en línea: DOI: 10.1111/nph.12900).

Escrito por Teo, 7 agosto 2014.

Enlaces
Artículo de Le Roux y colaboradores en la revista New Phytologist
Reseña en Nature del artículo de Le Roux y cols.