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Declive y rescate de un gigante

El castaño americano (Castanea dentata) es un árbol gigantesco que puede alcanzar los 40 metros de altura, con troncos de más de 3 metros de diámetro. Su área de distribución se extiende por todo el este de Estados Unidos, desde Maine al norte hasta Georgia al sur, ocupando unas 80 millones de hectáreas. Se le ha llamado la “secuoya del este” por su envergadura y por ser el árbol dominante del bosque.

La filogeografía ha reconstruido la historia evolutiva de las siete especies de castaños existentes en el mundo. Los ancestros del género Castanea (de la familia Fagácea) se originaron en los bosques del este de Asia, hace unos 60 millones de años. Desde allí, un linaje migró hacia el oeste y hace unos 43 millones de años se diferenciaron los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, los castaños pasaron a Norteamérica, donde se originaron las dos especies americanas (C. dentata y C. pumila) [1].

Durante las reiteradas glaciaciones en los últimos dos millones de años (la más reciente hace 10.000 años), la orientación norte-sur de la cordillera de los Apalaches (este de EE UU) permitió las migraciones de las especies de árboles siguiendo el avance y retirada de los hielos. El resultado fue la supervivencia de un bosque mixto, rico y diverso. Los primeros colonos europeos del siglo XVIII se encontraron un paraíso natural en estos bosques. La producción de castañas era copiosa, a veces se acumulaban tanto en el suelo del bosque que se recogían con palas, y además era segura todos los años, sin vecerías como en los robles. En otoño suponía una importante fuente de ingreso para las familias que subsistían en esta zona de montañas. La prodigalidad del castaño constituía también un recurso básico para la fauna forestal; proporcionaba alimento a osos, ciervos, y todo tipo de pequeños mamíferos y de aves. Para la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), que formaba bandadas de cientos de miles de individuos, la abundante castaña era su dieta favorita en otoño e invierno.

Los leñadores consideraban al castaño americano el “árbol perfecto”: un tronco recto, con madera resistente a la podredumbre y fácil de trabajar. Fue talado masivamente y utilizado en la fabricación de casas, cobertizos, postes de telégrafos, traviesas de ferrocarril, muebles e instrumentos musicales. En la icónica fotografía de 1910, publicada por Sidney V. Streator en la revista Leñador Americano (American Lumberman), se aprecian las dimensiones de estos árboles colosales.

A finales del siglo XIX algunos naturalistas, como Henry D. Thoreau (1817-1862), advirtieron que la explotación del castaño no era sostenible: “la madera de castaño ha desaparecido rápidamente en los últimos 15 años, siendo utilizada de forma extensiva para traviesas, cercados, tableros y otros fines, de modo que actualmente es comparativamente escasa y cara; y existe el peligro, si no tenemos un cuidado especial, de que este árbol se extinga” [2].

Encuentro fatal

No fue el hacha la perdición del castaño sino un misterioso alien que vino de oriente. Se sabe que en 1876 un viverista de Nueva York importó castaños japoneses (C. crenata) como árbol ornamental. Posiblemente en el embarque de los castaños venía como polizón un hongo parásito, que forma pústulas rojo-anaranjadas sobre la corteza; pero pasó desapercibido porque el árbol japonés tiene defensas y puede convivir con el hongo sin mayores problemas.

Sin embargo, cuando las esporas de este hongo llegaron a contactar con su pariente americano el efecto fue devastador. Las primeras infecciones letales se detectaron en 1904 en los castaños del Jardín del Zoológico de Nueva York. Un joven micólogo del Jardín Botánico, al otro lado de la calle, fue avisado y comenzó a estudiar la causa de esta mortandad. William A. Murrill (1869 – 1957) se había criado en una granja de Virginia donde “pasó una infancia feliz deambulando por el campo, cazando ranas y topos, y cogiendo frutos silvestres de pawpaw (Asimina triloba, pariente de la chirimoya), nogales y castaños” [3]. Estudió Botánica en la Universidad de Cornell y acababa de ser contratado en el Botánico de Nueva York cuando se encontró con el importante reto que marcaría su carrera.

Murrill aisló y cultivó el hongo, comprobando sus efectos patógenos sobre el castaño. En 1906 publicó sus características y su ciclo biológico, con el nombre Diaporthe parasitica, que en 1978 sería rebautizado como Cryphonectria parasitica, vulgarmente conocido como “chancro del castaño”. Entonces no se sabía su origen, si era una mutación patógena de un hongo nativo o había venido de fuera.

El hongo tiene un ciclo complejo. Las esporas tienen que penetrar por alguna herida de la corteza hasta el cámbium (tejido de crecimiento del tronco), allí germinan y el micelio empieza a extenderse entre las células vivas, produciendo compuestos tóxicos, como el ácido oxálico, que las matan. La infección del cámbium y el xilema (tejido de transporte) interrumpe la circulación de la savia. Al expandirse el micelio y rodear la rama o el tronco produce la necrosis parcial o de todo el árbol, por efecto del “anillado”. Es “el asesino perfecto, como un tiburón” comentó un micólogo, no sin cierta admiración [3].

En primavera y otoño se producen las pústulas (picnidios) de color amarillo-anaranjado que liberan las esporas asexuales (conidios) englobadas en un material viscoso de color amarillo; estas esporas se dispersan a corta distancia, por la lluvia o adheridas a los animales. Al final del verano, se producen millones de esporas sexuales (ascosporas), un polvo amarillo que es dispersado por el viento transmitiendo su carga letal.

En pocos años el hongo devastó los bosques del este americano, arrasando unos 4 mil millones de castaños, infectando a todos los árboles en el área de distribución; la epidemia avanzó a una velocidad de 80 km por año. La actuación de los servicios forestales no fue muy afortunada: “lo mejor es cortar todos los castaños que quedan, aprovechar su madera por valor de unos millones de dólares, y permitir que la naturaleza regenere otros tipos de árboles en su lugar”, fue la consigna del Director de un Centro de Investigación Forestal en 1926 [3]. Ignorando que de esa manera reducía la diversidad genética de la población y por tanto la probabilidad de que algunos individuos resistentes pudieran sobrevivir. Para el año 1940, el castaño americano, el gigante de los bosques de los Apalaches, había desaparecido como especie comercial.

En realidad el castaño no se extinguió como especie, porque el hongo no infectaba la raíz y la base del tronco. De hecho el árbol sobrevive, rebrota desde la base y comienza a crecer, hasta que después de 10-20 años vuelve a ser infectado por el chancro y “muere” (la parte aérea). Nunca llega a ser el árbol gigante con el tronco recto y fuerte del pasado; rebrota, crece y “muere” como si fuera presa de la maldición de Sísifo. El que fuera árbol dominante del dosel quedó relegado a sobrevivir en el sotobosque como un arbusto.

En cuanto a Murrill, después de describir y nombrar al hongo parásito, siguió con su brillante carrera de micólogo, siendo conocido como Mr. Mushroom (Señor Champiñón); describió unas 1.700 especies nuevas, publicó 20 libros, 500 artículos científicos y 800 de divulgación. Viajó y recolectó hongos por México, Caribe, Europa y Sudamérica. De carácter algo excéntrico y poco comunicativo, en un viaje a Europa “desapareció” sin dejar noticias; en el Botánico cubrieron su puesto y su mujer pidió el divorcio. Cuando volvió a los ocho meses (había estado enfermo del riñón en un hospital francés), se encontró sin trabajo y sin mujer. Se retiró a vivir en una cabaña en Virginia, donde siguió escribiendo y estudiando hongos.

Largo camino hacia la recuperación

Una vez aceptada la derrota en la lucha contra la expansión de la plaga, la administración, universidades y particulares comenzaron a trabajar para la recuperación de esta especie emblemática de árbol. La restauración natural parece poco probable porque la susceptibilidad letal fue casi universal (no quedaron individuos resistentes) y además afectó a todo el área de distribución (no quedaron refugios ni poblaciones que escaparan de la plaga). La alternativa fue intentar la recuperación asistida.

La primera opción fue buscar la solución en oriente, de donde vino el hongo. La confirmación de su origen no llegó hasta 1913 cuando el explorador Frank N. Meyer (1875-1918), enviado por el Departamento de Agricultura (USDA) a China, encontró árboles de Castanea mollisima que mostraban la enfermedad pero parecían resistentes. Meyer envió muestras de corteza y castañas a EE UU y la identidad del hongo fue así confirmada. Uno de los últimos “cazadores de plantas”, Meyer pasó 13 años en Asia explorando y recolectando semillas y propágulos para la Sección de Introducción de Plantas Extranjeras del USDA; en total embarcó unas 2.000 especies botánicas de interés (un tesoro vegetal de oriente) para América.

Castaño chino afectado por el chancro y resistente, en la provincia de Zhili, China, 1913. Foto: F. Meyer, Archivos del Arnold Arboretum de Harvard.

Durante 40 años se ensayaron todo tipo de cruces entre el castaño americano y los castaños de China y Japón. Aunque se obtenían árboles híbridos resistentes al chancro, no se parecían en nada al castaño americano, no tenían el tronco recto ni su rapidez de crecimiento, tampoco eran tolerantes al frío. El resultado fue descorazonador y en la década de 1960 se abandonaron estos programas de mejora genética y recuperación.

En la década de 1980 Charles Burnham (1904-1995), un genético vegetal con experiencia en la mejora del maíz, propuso un enfoque diferente que no se había probado en genética forestal. A partir de híbridos con castaños chinos (C. mollisima) resistentes al chancro se debería comenzar un proceso repetido de retrocruzamiento con los parentales americanos. En cada generación habría que seleccionar la progenie que manifestara la tolerancia al chancro y que al mismo tiempo tuviera rasgos morfológicos tipo americano. De esa forma, después de varias generaciones se conseguiría un castaño muy semejante en todos los aspectos al C. dentata pero con los genes de la tolerancia al chancro de C. mollisima.

La mejora genética de árboles es un proceso difícil que requiere mucho trabajo para hacer los cruces, esperar mucho tiempo hasta que fructifique cada generación, y muchos terrenos donde hacer las plantaciones experimentales. Para poner en marcha este ambicioso programa de mejora genética Burnham y sus colegas crearon en 1983 la Fundación del Castaño Americano (FCA). En la actualidad cuenta con 586 plantaciones experimentales distribuidas por toda el área del castaño y 6.000 voluntarios que dedican unas 50.000 horas al año a colaborar con los científicos en las tareas de polinización manual, recogida de semillas, plantaciones, inoculación del hongo, selección y cultivo de plantones [4].

Técnico de la fundación FCA polinizando un castaño resistente al chancro (Foto: Leslie Middleton).

Aplicando las nuevas técnicas de genética molecular se podría introducir un gen de tolerancia al chancro, manteniendo el genoma completo del castaño americano y sus características típicas, evitando así el problema asociado a las hibridaciones con especies asiáticas, de aspecto tan diferente. Un equipo de la Universidad de Nueva York ha probado con el gen de la oxalato oxidasa (OxO) que detoxifica el oxálico, producido por el hongo para matar las células del árbol y facilitar su invasión. Así, insertando un gen OxO del trigo (que ha evolucionado esta defensa natural) se obtienen castaños transgénicos que resisten el chancro. Ya se han producido los primeros castaños resistentes que esperan en plantaciones experimentales el permiso de las autoridades federales para ser llevados al bosque. Sin embargo, estas técnicas cuentan con la oposición de los ecologistas que consideran a los castaños transgénicos “innecesarios, indeseables e impredecibles por su posible impacto ambiental”, a diferencia de los castaños resistentes obtenidos por cruces tradicionales.

En 1936 el poeta americano Robert Frost (1874-1963) escribió un poema que sería una premonición o un deseo [5].

¿Terminará el chancro con el castaño?
Los granjeros apuestan que no.
Se mantiene latente en las raíces
y hacia arriba surgen nuevo brotes.
Todavía vendrá otro parásito
para acabar con el chancro.

Efectivamente, al hongo del chancro le llegó su propio parásito que también vino de oriente, pero con parada en Europa. Las primeras infecciones de chancro en los castaños europeos (Castanea sativa) se detectaron cerca de Génova, en 1938. La especie europea parecía menos sensible al chancro que la americana. Un fitopatólogo italiano descubrió en 1950 una cepa del hongo que no era letal y la llamó “hipovirulenta”. Posteriormente se descubrió que se trataba un virus, identificado como CHV1 (Cryphonectria hypovirus 1), que infecta al hongo y lo debilita. Actualmente se investiga el potencial del virus CHV1 para el control biológico del hongo en el castaño americano, aunque existen dificultades en la transmisión del virus debido a la diversidad genética del hongo y su incompatibilidad vegetativa.

Miles de entusiastas voluntarios agrupados en la Fundación del Castaño Americano dedican cada año su trabajo y esfuerzo a un objetivo: obtener poblaciones de castaño que estén adaptadas a las condiciones locales, que tengan suficiente resistencia al hongo del chancro para sobrevivir y suficiente variabilidad genética para evolucionar. La visión de futuro es que los castaños gigantes vuelven a dominar los bosques de los Apalaches, y cada otoño alfombren el suelo con sus brillantes castañas nutritivas. Aunque haya que esperar unos 300 años.
___________________
[1] Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.

[2] Cita tomada del ensayo “The dispersion of seeds” escrito poco antes de su muerte en 1862; editado y publicado en 1993 por Bradley P. Dean con el título Faith in a seed. The dispersion of seeds and other late Natural History writings, Island Press, pág. 126.

[3] Susan Freinkel (2007), American chestnut. The life, death, and rebirth of a perfect tree, University of California Press. Una excelente narración de la crisis ecológica del castaño americano, escrita por una periodista; destacan las descripciones del perfil humano de los personajes involucrados en la historia. La cita de W.A. Murrill en pág. 31, la del Jefe de Servicio Forestal en pág. 80; la del “asesino perfecto” en pág. 109.

[4] Steiner, K.C., J.W. Westbrook, F.V. Hebard, L. L. Georgi, W.A. Powell, S.F. Fitzsimmons (2016). Rescue of American chestnut with extraspecific genes following its destruction by a naturalized pathogen. New Forests (publicado en línea 10 diciembre 2016).

[5] El poema “Las malas tendencias se cancelan” (Evil tendencies cancel) forma parte del conjunto “Diez molinos” (Ten mills), publicado en el libro A further range, 1936. También da título al capítulo sexto del libro de Freinkel, dedicado a las investigaciones sobre la lucha biológica para reducir los efectos letales del chancro.

 

Escrito por Teo, 26 enero 2017.

 

Enlaces

Artículo de Ferris Jabr (2014) en Scientific American
Biografía de W. A. Murrill en la web del Jardín Botánico de Nueva York
Archivos del explorador Frank N. Meyer en el Botánico de Harvard
Fundación del Castaño Americano: página web
Fundación del Castaño Americano: facebook
Críticas a los castaños transgénicos
Poema de Robert Frost
Otras entradas relacionadas en este blog:
Los castaños europeos
El bosque de los Apalaches
Decaimiento en los bosques

Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

maclura_tree

A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

chant_rustique

Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

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Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

_______________________________

[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

_________________________________
[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

Kindred spirits by Asher Brown Durand.jpg

Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
_____________________
[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

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¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)