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Botánico de Roma

Los árboles han sido buscados, talados y utilizados para diversos fines (construcción, combustible, navegación) durante la expansión de la especie humana, produciendo una deforestación masiva de amplias zonas del planeta. La cuenca mediterránea, cuna de civilizaciones milenarias, ha sufrido de manera especial ese proceso de deforestación que siempre acompaña al desarrollo humano.

Para un «buscador de árboles» entrar en un arboreto o jardín botánico es tener la oportunidad de conocer a esas criaturas magnánimas que tanto nos han dado y que allí encuentran su refugio. En unas cuantas hectáreas de terreno podemos mirar, tocar y oler árboles que proceden de lugares remotos y que cuentan variadas historias evolutivas y culturales. La solución perfecta para «las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso», que escribía Muñoz Molina, o sin suficientes recursos económicos para los viajes exóticos, añado yo.

En mi última visita a Roma el pasado mes de noviembre, para participar en la reunión final del proyecto EnvEurope, tuve la ocasión de acercarme al Orto Botanico. Es un jardín relativamente pequeño (unas 12 hectáreas), cuando se compara con los grandes parques botánicos como Kew (132 ha) en Inglaterra, Kirstenbosch (528 ha) en Sudáfrica o Cienfuegos (97 ha) en Cuba, por citar solo algunos. Sin embargo, tiene el encanto de los jardines históricos que forman parte de una ciudad y conservan ornamentos de su pasado palaciego.

Estos jardines formaban parte del palacio construido en el siglo XV por el cardenal Riario. Tuvo como huésped ilustre a la Reina Cristina de Suecia quien, después de abdicar al trono en 1654 y convertirse al catolicismo (la religión de sus enemigos en la Guerra de los Treinta Años), se expatrió a Roma donde tuvo una intensa actividad como mecenas cultural, fundando la Academia de la Arcadia. Todavía se conservan en el actual Jardín Botánico algunas piezas procedentes de su colección de antigüedades. En el siglo XVIII fue comprado por el cardenal Corsini y bajo su encargo el arquitecto Fernando Fuga remodeló el palacio y los jardines dándoles la imagen barroca actual. Por último, en 1883 el Estado compró el conjunto, cediendo los jardines a la Universidad de Roma para organizar el Orto Botanico, mientras que el palacio lo convirtió en la Galería Nacional de Arte Antiguo.

Quercus suber L.

Quercus suber L.

Visité el jardín un miércoles de otoño por la mañana y estaba prácticamente solo en ese refugio de placer. Me dediqué a pasear y admirar los árboles; les preguntaba por sus lugares de origen, sus rasgos biológicos y sus virtudes para los humanos. Atravesé el paseo de las palmeras, pasé junto a la fuente de los tritones y llegué a un poderoso alcornoque (Quercus suber) con un tronco de más de 5 metros de circunferencia ¹. He visto muchos alcornoques por mi tierra pero no había visto ninguno tan alto y majestuoso. Estaba adornado por una compañera inusual, la trepadora americana Campsis radicans (familia Bignoniaceae), emparejados por el capricho del jardinero. El alcornoque es un árbol mediterráneo bien conocido en España, donde se extraen cada año unas 60.000 toneladas de corcho (el 25% de la producción mundial). Este preciado producto se utiliza principalmente en la fabricación de los tapones de botellas de vino. La corteza del tronco se «pela» cada 9-10 años y el árbol la renueva, pero acorta su vida.

Muy cerca de allí, en el invernadero Corsini, había dos bañeras de mármol usadas actualmente como maceteros que recordaban a su antigua dueña, la reina Cristina de Suecia, quien paseó por estos jardines hace más de tres siglos.

Subiendo por la colina, la masa oscura de la colección de gimnospermas perennifolias destacaba en el aspecto general de bosque otoñal del jardín. Pero un árbol daba la nota entre los demás con sus hojas anchas que comenzaban a amarillear. ¡Qué extraño! Me acerqué y efectivamente era un árbol extraño y peculiar, el ginkgo (Ginkgo biloba). Además era una hembra que estaba cargada de frutos (en esta especie dioica las flores machos y hembras están en árboles separados). En el suelo se mezclaban las hojas caídas, los frutos y restos de semillas abiertas por algún depredador.

Ginkgo biloba L.

Ginkgo biloba L.

El ginkgo es un fósil viviente, es decir un árbol primitivo que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos 200 millones años. Existen muy pocos ejemplares en su hábitat natural, en las montañas de China, pero se ha plantado en casi todo el mundo por la singularidad y elegancia de sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. Los primeros ginkgos que llegaron a Europa se plantaron en el siglo XVIII, posiblemente en los Países Bajos. Esta hermosa «ginkga» de Roma debe ser de finales del XIX cuando el jardín palaciego se convirtió en jardín botánico. En China se comercializan las semillas comestibles de ginkgo y en occidente se ha extendido el uso de los extractos de hojas como estimulante de la memoria.

Justo al lado del ginkgo se elevaba la masa oscura de una Torreya grandis (familia Taxaceae), con un tronco de 4,6 m de circunferencia. Este árbol es endémico del sureste de China donde es utilizado por su madera, se consumen las semillas (no son tóxicas, a diferencia de las del tejo) y se produce un aceite de sus arilos (cobertura carnosa de la semilla). Sin embargo no fue conocido en Europa hasta el siglo XIX cuando el «cazador de plantas» Robert Fortune compró algunas semillas en China y las envió a Inglaterra. Este botánico se haría famoso más tarde por robar los secretos del cultivo y la manufactura del té en China e introducirlos en la India, entonces bajo el dominio británico.

El silencio y la soledad del jardín se rompió con un bullicio de voces y risas infantiles. Me acerqué a la escalinata dieciochesca y, manteniendo una distancia prudencial, estuve observando cómo un grupo escolar atendía las indicaciones del maestro que les señalaba dos plátanos centenarios, situados a ambos lados. Terminada la breve disertación, subieron corriendo y alborotando por las escaleras hacia la parte alta del jardín.

Platanus_childrenVolvió el silencio y subí entonces por las escalinatas para acercarme a los plátanos. Un cartel explicaba que la «Fuente de los 11 chorros» fue construida por Fernando Fuga a mediados del siglo XVIII y la cascada-escalera aprovecha el desnivel de la colina del Gianicolo. Cuando en 1883 el Estado compró el jardín y lo convirtió en Botánico, conservó la fuente, la escalinata y los dos plátanos centenarios que la escoltan; ahora son un elemento singular del patrimonio natural del jardín.

Los plátanos orientales (Platanus orientalis) son autóctonos del mediterráneo oriental; recordaba haberlos visto en los bosques de ribera en las montañas de Sicilia. Sin embargo, el plátano de sombra que se planta normalmente en las ciudades y que es tan común en las calles de Sevilla, es un híbrido (Platanus x hispanica) de este plátano oriental mediterráneo y del plátano occidental americano.

El plátano del lado norte de la escalera tiene un grueso tronco de unos 6,5 m de circunferencia. Estaba casi desprovisto de hojas. Buscando una perspectiva adecuada para capturar una imagen que diera idea de la monumentalidad del árbol, me fijé en una pareja de ánades reales (Anas platyrhynchos) que me miraban inmóviles desde un pequeño estanque casi al pie del mismo árbol. Procuré alejarme para no molestarlos y seguí mi camino. En este refugio de árboles, en el corazón de Roma, también encuentra su hábitat una fauna variada.

En mi paseo por el jardín había visto diversas aves: un agateador (Certhia brachydactyla) trepando nervioso por un tronco, un petirrojo (Erithacus rubecula) que me miraba curioso desde su rama, los bandos de gritonas cotorras (Myiopsitta monachus), que posiblemente eran las responsables de los restos de semillas de ginkgo comidas en el suelo, y que se han convertido en una plaga en muchas ciudades europeas, un pito real (Picus viridis) que voló veloz al acercarme dejando una estela verde, y las omnipresentes cornejas cenicientas (Corvus cornix).

Desde la parte alta del jardín, en la colina del Gianicolo, se divisan las cúpulas de las iglesias de Roma sobre las copas de los árboles. Una visión espléndida, privilegiada. Estás en la ciudad pero a la vez fuera, en una isla de verdor y silencio.

Roma_view

De pronto, un terrible estruendo me sobresaltó. Las aves, cotorras, cornejas y palomas volaron aterrorizadas por la explosión. Recupero el ritmo cardíaco después del susto, miro el reloj, son las 12 en punto, sonrío. Al momento me viene el recuerdo de cuando vivía en el Trastévere y me llegué a acostumbrar al cañonazo que marca la hora del mediodía. Según cuentan, esta absurda contaminación acústica data de 1847 cuando el papa Pío Nono ordenó que un cañonazo a las 12 sirviera para ajustar el horario de las campanas de las iglesias de Roma.

Repuesto del sobresalto continué mi amable paseo por la parte alta del jardín. Hacia el norte está la zona del jardín japonés, con sus puentes, cursos de agua, linternas de piedra y un coqueto pabellón cubierto al estilo japonés, que ese día estaba desierto. Los pequeños arces japoneses (Acer palmatum) estaban cuajados de sámaras y lucían sus hojas palmeadas, rojas, prestas a caer.

Descendí por el sendero junto al campo de bambúes y llegué hasta un árbol de tronco grande y rugoso, con una copa baja, hojas pequeñas y ramitas terminadas en espinas. Busqué la etiqueta con el nombre pero no la encontré. Una de las frustraciones de este jardín botánico es que faltan muchas etiquetas y no es posible identificar todos los árboles. Sospecho que se trata del Schinus polygamus (familia Anacardiaceae) que Fratus recogió en su lista de árboles monumentales, con un tronco de más de 4 m de circunferencia. Es nativo de Sudamérica, donde lo llaman huingán, molle o boroco; con sus frutos se prepara una chicha o aguardiente.

Zelkova sinica Schneid.

Zelkova sinica Schneid.

Si tuviera que elegir un árbol de este jardín por la belleza de su tronco, sin  duda sería la «zelkova» de China (Zelkova sinica, familia Ulmaceae). Su corteza gris suave se exfolia en parches de un naranja intenso que confieren gran vistosidad al tronco. El género Zelkova es un relicto del Terciario con seis  especies distribuidas en dos áreas: el suroeste de Eurasia (Creta, Sicilia y Cáucaso) y el este de Asia (China, Corea y Japón). Son árboles adaptados a las condiciones húmedas y cálidas del Terciario que fueron diezmados por los cambios climáticos y ambientales. En el 2010 ha comenzado un plan internacional de conservación del género Zelkova, auspiciado, entre otros organismos, por la red Internacional de Conservación de los Jardines Botánicos (BGCI, del inglés Botanical Gardens Conservation International).

En dirección a la salida, casi escondido detrás de un seto, encontré al alcanforero Cinnamomum camphora (familia Lauraceae). Es un árbol robusto, con un tronco de más de 5 m de circunferencia que se bifurca desde casi la base. Esta especie es nativa del este de Asia (China, Corea, Japón y Vietnam), aunque ha sido plantada por todo el mundo. Recordaba la primera vez que vi un alcanforero, en el arboreto del Campus de Dehradun (India). Fui allí en 2003 a un congreso y a la vuelta me traje algunas semillas; aún conservo en mi terraza un pequeño alcanforero, que ya tiene 10 años y apenas levanta 1,5 metros del suelo de la maceta. Me gusta coger sus hojas senescentes y estrujarlas para aspirar su aroma expectorante. El alcanfor es el compuesto químico (tipo terpenoide) que abunda en su madera y sus hojas; se extrae por destilación. En Asia se usa ampliamente en medicina tradicional, como repelente de insectos, para aromatizar dulces y en rituales religiosos.

Salí del jardín embriagado por mis paseos y mis conversaciones con esos árboles magníficos que cuentan historias maravillosas de lugares remotos: el ginkgo y la zelkova de China, el alcanforero de la India, el alcornoque y el plátano del Mediterráneo, el arce del Japón y el huingán de Chile. Agradecido a la ciudad de Roma por crear y mantener este jardín botánico e histórico, que es al mismo tiempo un «lugar de investigación y de recreo, parque público y laboratorio, espacio de retiro y centro de enseñanza» (en palabras de Muñoz Molina).

Traspasada la verja del refugio protector, me encuentro entre las callejuelas del animado y bullicioso barrio del Trastévere. Me detengo en una trattoria y pido una penne al boscaiolo acompañada de una birra Peroni para reponer fuerzas después de la deliciosa giornata en el Botánico de Roma.
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¹ Inventario de árboles monumentales del Orto Botanico de Roma por Tiziano Fratus (14 febrero 2011).
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Nombre de la especie y circunferencia del
tronco en metros (medida a 1,3 m de altura)
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Platanus orientalis                                 6,5
Casuarina cunninghamiana                 5,5
Quercus suber                                        5,4
Cinnamomum camphora                      5,2
Pterocarya fraxinifolia                           4,7
Torreya grandis                                      4,7
Schinus polygamus                                4,4
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Escrito por Teo, 30 enero 2014.

Fuentes

Web oficial del Jardín Botánico, Universidad de Roma
Inventarios de árboles monumentales de Roma por Tiziano Fratus
Artículo de Antonio Muñoz Molina sobre los jardines botánicos

Encinas negras de Machado

Las encinas, robles, quejigos, coscojas y alcornoques, la rica diversidad de árboles que comparten el género Quercus, me llevaron a Baeza. Antonio vino desde Morelia, Mario desde Chiapas, Arndt desde Burdeos y Vanda desde Lisboa; el resto llegamos desde distintos puntos de España. En total nos juntamos 15 ponentes y 25 participantes en el Encuentro Internacional sobre los Quercus organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en su sede de Baeza, Jaén.

Durante tres días intercambiamos información sobre la genética, ecología y fisiología de las especies de Quercus y debatimos sobre las opciones de gestión más adecuadas para mitigar o reducir los efectos del cambio global sobre estos bosques.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

Participantes en la escalera barroca del Palacio de Jabalquinto, sede de la UNIA. Foto: Carlos Serrano.

El género Quercus tiene más de 500 especies de árboles y arbustos que se distribuyen por todo el Hemisferio Norte. Uno de los «centros de diversidad» (regiones con mayor riqueza de especies) está en México, con unas 160 especies de «encinos» y robles. Allí se extienden por una variedad de hábitats, que incluyen matorrales desérticos, bosques templados, bosques de niebla y selvas tropicales, según nos contó en su ponencia Antonio González Rodríguez (de la Universidad Autónoma de México, en Morelia).

En la Península Ibérica solo hay 11 especies de Quercus, pero tienen una gran importancia ecológica y económica. Los bosques dominados por estos árboles proporcionan valiosos «servicios ecosistémicos» (beneficios que ofrecen los ecosistemas para el bienestar humano). Se pueden agrupar en servicios «de abastecimiento» (madera, leña, corcho y alimento para el ganado), «de regulación» (secuestro de carbono, protección de suelo, mejora de la calidad del aire y agua) y «culturales» (recreativos, paisajísticos y de identidad cultural). El cambio global, mediante sus principales «motores» que son el cambio de uso del suelo, la introducción de patógenos exóticos y el cambio climático, está afectando negativamente a estos bosques, reduciendo la provisión de sus «servicios ecosistémicos» y en consecuencia perjudicando al bienestar humano.

En la sesión de Conclusiones del Encuentro se identificaron algunos temas que son importantes para la investigación y la adaptación de los bosques de Quercus frente al cambio global: compatibilizar el pastoreo de ganado y fauna cinegética con la regeneración del arbolado; favorecer la diversidad genética (incluidas las hibridaciones) para aumentar la adaptación al cambio climático; controlar los patógenos exóticos y reducir la mortalidad de los árboles; desarrollar técnicas selvícolas (podas, aclareo) que favorezcan la tolerancia a la sequía; promover técnicas eficientes de forestación y restauración del bosque; e implementar políticas de pago por servicios ecosistémicos que compensen los costes derivados de la gestión.

En las idas y venidas del Palacio de Jabalquinto (donde se daban las conferencias) al Antiguo Seminario de San Felipe Neri (donde estaban las habitaciones y la cafetería para el café de los descansos) teníamos que cruzar el jardín y no podíamos dejar de ver el busto de Antonio Machado que parecía mirar fijamente a una joven encina. Entre los cipreses altivos y las palmeras exóticas llamaba la atención en el jardín la austeridad oscura de la encina. Una placa con unos versos recuerda que fue plantada en 2009 en memoria del poeta.

Busto de Antonio Machado en el jardín de la UNIA y en primer plano la «encina negra».

Conocía el poema «Las encinas» de su libro Campos de Castilla, que precisamente se publicó en 1912, el año en que Machado llegó a Baeza contratado como profesor de francés.

¿Qué tienes tú, negra encina
campesina
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento,
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdioscura fronda
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

Viviendo como se puede, derecha o torcida, la encina se adapta a la adversidad de su medio. Profunda enseñanza nos regala el poeta.

La “encina negra” de Machado es la encina común, carrasca o chaparro  (Quercus ilex); una especie que se distribuye por toda la Cuenca Mediterránea y  que tiene su mayor extensión en España, con unos tres millones de hectáreas. Su gran plasticidad, amplitud ecológica, capacidad de adaptación a condiciones adversas y sobre todo su resistencia a las perturbaciones como podas, talas o fuego han contribuido a que sea la especie forestal más extendida por todo el país.

Pero volviendo a la encina del jardín y los versos en la placa, no estaban dedicados a las encinas que dominan los paisajes castellanos, sino a otras encinas menos visibles, escondidas entre los olivares de Jaén. En ese poema, extraído de su libro Nuevas Canciones¹, Machado cantaba:

Campo, campo, campo.
Entre los olivos,
los cortijos blancos.
Y la encina negra,
a medio camino
de Úbeda a Baeza.

Pero ¿hay encinas en los campos de Baeza? Al atardecer me asomo al Paseo Antonio Machado y desde allí diviso un mar de olivos, sin interrupción hasta las sierras de Cazorla y Mágina. Pregunto a un grupo de paseantes por la encina de Machado y me confirman su existencia. Me explican la forma de llegar al lugar conocido como «Los Encinarejos», en el camino a Úbeda.

A la mañana siguiente me dirijo en dirección a Úbeda. En una carretera de servicio sale un carril, casi escondido, entre una granja de aves y una fábrica de muebles. Recorro unos metros y allí están las encinas. Un pequeño grupo de unas 12 encinas centenarias que han sobrevivido protegidas entre los olivos, posiblemente al estar en un espacio público de alguna vereda antigua. Un par de ellas han sido rodeadas por las cercas de la granja y otra presenta daños y el tronco parcialmente quemado .

Encina y Baeza

Junto a una de las encinas se divisa a lo lejos, en la loma y entre el mar de olivos, el caserío de la ciudad de Baeza. Me imagino a Machado, «caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo» por estos olivares polvorientos². Parando bajo la negra encina, descansando y recordando con nostalgia a Leonor y sus años felices en tierras castellanas.

Examino un papel arrugado y roto en el suelo donde todavía se puede leer: «en recuerdo de Antonio Machado… 2012». Reconozco los restos de un cartel del que había visto fotos mientras buscaba información en internet sobre la encina negra. En el blog se documentaba la visita de un grupo de entusiastas locales de Úbeda, defensores del patrimonio monumental, que habían realizado un homenaje a Antonio Machado en 2012 para recordar la estancia del poeta por estas tierras y «de paso reivindicar la protección y puesta en valor de estas doce encinas centenarias»; loable empresa.

Me invade la melancolía al pensar en el Machado solitario y triste, al observar el abandono del lugar y me inquieta el incierto futuro de estas encinas monumentales. Se podría adecentar el lugar, acondicionar un pequeño parque para proteger y disfrutar de este grupo de encinas, poner algunos paneles explicativos con la vida y poemas de Antonio Machado, promocionar el valor de estos árboles singulares como iconos naturales y culturales.

Empiezan a caer algunas gotas de agua y me recuerdan que tengo que volver a Sevilla. Mientras abandono el lugar, me vuelvo para mirar de nuevo a las encinas negras de Machado, escondidas y olvidadas³, entre los olivares. Y publico este post en su homenaje.
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¹ Del poema Apuntes (CLIV) en Nuevas Canciones (1917-1930).
² Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos,/ voy caminando solo,/ triste, cansado, pensativo y viejo. Poema CXXI en Campos de Castilla.
³ Estaba convencido que este grupo de encinas centenarias, por su valor histórico y cultural, estaría incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía. Ya de vuelta en casa, busco en el volumen de la provincia de Jaén y lamentablemente no las encuentro.

Publicado por Teo, el jueves 31 de octubre 2013.

Documentos del Encuentro Internacional sobre los Quercus
Encuentros de Medio Ambiente 2013 en la UNIA
Lugares de Baeza vinculados a Antonio Machado
Visita homenaje de los vecinos de Úbeda a la encina de Machado en 2012

Enebro de Bolonia

Durante un viaje de exploración por la costa del Estrecho de Gibraltar (Andalucía, España), investigando para mi novela Mara y el Enigma del Litoral, descubrí un ejemplar espléndido de enebro marítimo (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) y me sedujo de tal modo que le di un papel en mi obra. En el trascurso de la aventura, Mara, la niña protagonista, vive curiosos encuentros con diversos seres y elementos representativos del litoral del Estrecho. Entre ellos, el enebro de Bolonia, con el que establece un diálogo que comienza así:

Y una voz le respondió:
—Parece que estás metida en un buen lío.
—¿Quién eres tú? —preguntó la niña, mirando hacia todas partes.
—El enebro que te da sombra —dijo el árbol, moviendo sus ramas pinchudas.

Mara a la sombra del enebro. Ilustración de Gabriel de la Riva.

Mara a la sombra del enebro. Ilustración de Gabriel de la Riva.

La playa de Bolonia donde vive el enebro de mi historia es una ensenada de cerca de 4 kilómetros de longitud, a orillas del Atlántico, frente a la ciudad marroquí de Tánger, considerada como una de las últimas playas vírgenes del sur de la Península Ibérica.  Está bordeada por sierras y limitada en sus extremos por dos puntas rocosas que se adentran en el mar.

La playa es uno de esos lugares que tienen magia, un toque de gracia, algo que suscita felicidad y que despierta un aprecio inmediato. Y a ello contribuyen a partes iguales el que se haya mantenido poco urbanizada y que todo el entorno natural sea rico y diverso; hoy se encuentra protegida dentro del Parque Natural del Estrecho. Los elementos que crean esa magia son, entre otros, la arena clara y fina, el agua transparente y fresca, el paisaje circundante de sierras que crean un ambiente recoleto, una impresionante duna móvil (declarada monumento natural), un pinar de pinos piñoneros de repoblación y un enebral costero del que forma parte el enebro que me llamó la atención.

Playa de Bolonia

El enebro, mi enebro, está situado a media altura de la duna, en el encuentro con las primeras rocas de Punta Camarinal. Desde lejos destaca por su color oscuro y su silueta peculiar.  Lo que vemos de él es su copa amplia característica, de ramas abundantes  y puntiagudas. No se ve el tronco porque está hundido en la arena, lo que a veces sugiere que sea considerado como  arbusto,  en todo caso es un árbol pequeño.  El tono oscuro del verde destaca y contrasta con el color claro de la arena, y es tan peculiar en los enebros que da nombre a un tono verde de lápices y pinturas  (Juniper green color).

Las especies de Juniperus (que incluyen a enebros y sabinas) son nativas de todo el hemisferio norte; se extienden por Europa, Asia y Norteamérica, con más de 60 especies, algunas arbustivas.  Lo más característico de los enebros, además de las pequeñas hojas aciculares, es el fruto globoso, carnoso y aromático llamado “gálbulo” (o “gálbula” según la Academia de la Lengua Española). Y lo más admirable es su capacidad de prosperar con muy pocos recursos.

En España crecen varias especies de enebro distribuidas por montañas, páramos y llanuras soleadas. El enebro marítimo habita dunas, arenales y acantilados del litoral y es propio exclusivamente de la región mediterránea; además, sus gálbulas son las de mayor tamaño de todas las especies (miden de 1,2 a 1,5 cm), hecho al que hace referencia el término específico macrocarpa (del griego makros = grande y karpos = fruto) y el nombre inglés Large-berry Juniper.

¿Por qué seduce el enebro marítimo?

Igual que la playa de Bolonia tiene un toque de gracia muy relacionado con su virginidad, el enebro también está dotado con una chispa, un don. Su excelencia radica en que los enebros forman un bosque de gran valor ecológico, que solo es posible encontrarlos en entornos litorales vírgenes. El enebral costero es un bosque autóctono de la región mediterránea, pero ha desaparecido de gran parte de la costa por la presión urbanística.  De hecho, la especie está catalogada como especie “vulnerable” por la UICN  (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), lo que significa que tiene una alta probabilidad de convertirse en “especie en peligro de extinción”, y ha sido catalogada como tal por haberse constatado una importante disminución y fragmentación de su área de distribución natural.

Andalucía es la región española que cuenta con más extensión de enebrales costeros, a pesar del elevado desarrollo urbanístico de su litoral. Los mejores reductos de estos bosques se hallan repartidos en una franja discontinua entre El Rompido (Huelva) y Tarifa (Cádiz). La Junta de Andalucía está desarrollando un exhaustivo «Programa de Conservación de Enebrales Costeros», pero la fuerte ambición urbanística persiste, amenazando la continuidad de su territorio natural.

Los enebrales costeros andaluces más extensos y mejor conservados  están en espacios protegidos. En el Espacio Natural de Doñana, donde en otros tiempos desarrollé mi trabajo como educadora ambiental, hay impresionantes enebros marítimos que mantienen un pulso constante con la fuerza incesante de las largas dunas móviles, sobreviviendo el empuje del viento y la arena, adoptando formas sinuosas y retorcidas que suscitan asombro como obras de arte de la naturaleza. Son enebros alejados de la vida ruidosa de los veraneantes,  solo preocupados de subsistir en la inestable arena que viaja desde el mar. Ejemplares maravillosos de enebros.

Gálbula

Para mí es un privilegio poder acceder a un enebro marítimo centenario, admirar sus cualidades e impregnarme de ellas. La última vez que visité al enebro de Bolonia estaba cuajado de frutos, verdes los jóvenes, purpúreos los maduros de dos años. En realidad es un enebro hembra, los frutos solo se encuentran en los individuos femeninos porque la especie es “dioica”, con separación de sexos. Las gálbulas gustan a tejones, zorros y conejos, así esparcen las semillas. Los frutos tienen un aroma muy intenso que atrae a los animales y se usan para aromatizar la célebre bebida alcohólica llamada “ginebra» en su honor (aunque se utilizan sobre todo los del enebro común, J. communis) y para obtener un aceite esencial muy rico en propiedades curativas.

A pesar de la magia que irradia ese rincón del litoral, es un ambiente difícil para vivir y desarrollarse, sin embargo esta magnífica hembra de enebro muestra su plenitud fecunda. Pese a las penurias y enfermedades sufridas, los vientos de sal y arena soportados, las tormentas capeadas, el enebro sigue ahí junto a la duna, fuerte, resistente, aguantando y sobreviviendo en plenitud. Gracias a él y a otros enebros cercanos una variedad de otras plantas encuentran refugio, hay animales que se alimentan con sus frutos, la arena movible se estabiliza, y el paisaje costero es más bello, más rico, más salvaje y más saludable.

Cuando estoy cerca del enebro siento como si el encaje de ramas fuera una capa vegetal que me va a arropar. Y sus ramas flexibles, que se mueven con la mínima brisa marina, parecen lenguas que quieren contar las miles de historias grabadas durante su larga vida en la resistente madera.

Creo que no soy la única persona del mundo que siente el alma del enebro. Los hermanos Grimm recogieron de la tradición oral un relato fascinante y poderoso en el que un enebro es el personaje central de la narración.

Entonces el enebro empezó a moverse, y sus ramas a juntarse y separarse como cuando una persona, sintiéndose contenta de corazón, junta las manos dando palmadas. Se formó una especie de niebla que rodeó el arbolito, y en el medio de la niebla apareció de súbito una llama, de la cual salió volando un hermoso pajarillo,  que se remontó en el aire a gran altura,  cantando  melodiosamente.
El Enebro*, Hermanos Grimm.

El cuento, en el que el árbol es un elemento simbólico en la trama, me sugiere que en otra época, cuando se gestaron éste y otros relatos orales, los enebros inspiraban confianza a las personas y tal vez veían en su capacidad de aguante una forma de poder mágico. Algo poderoso tienen, doy fe. Solo hay que sentarse cerca de uno de ellos y esperar en silencio a descubrirlo.

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* Modificado a partir de la traducción de Francisco Payarols, de la edición Cuentos completos de los Hermanos Grimm, Editorial Labor, 1957.

Escrito por Rosa, jueves 17 de octubre de 2013.

Ecología y Conservación de Enebrales costeros en Andalucía, por J.C. Muñoz en revista Medio Ambiente, Núm. 46, 2004.

La producción del enebro marítimo en Andalucía, por A. Sánchez Lancha, en Memoria Jornadas “Life Enebro”,  2008, páginas 42-50.

Plan de recuperación y conservación de especies de dunas, arenales y acantilados costeros, Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, 2012, nº 60, págs. 173-182.

Parque Natural del Estrecho

Monumento Natural Duna de Bolonia

Mara y el enigma del Litoral

Gabriel de la Riva, ilustrador de Mara y el Enigma del Litoral

Subir al árbol

Muchos niños y niñas cuando ven un árbol sienten deseos instintivos de subirse a él. Nuestros ancestros trepaban por los árboles y quizás todavía algunos sintamos una pizca de esa biológica querencia por estar arriba del árbol. Para un alma infantil, ver el mundo desde la altura de un árbol, aunque sea pequeño, se presenta como una extraordinaria aventura que conlleva un logro físico y la promesa de descubrir algo nuevo e importante del mundo desde la sugerente perspectiva de no tener los pies en la tierra.

Foto de NickNalder de Fotothing.com

Sombra de niño subido a un árbol. Autor: NickNalder.

Subirse a los árboles es una experiencia que enriquece a los niños. Está demostrado que el contacto físico y emocional con la naturaleza es necesario para crecer sanos y libres. Sin embargo en la forma de vida actual los niños pasan mucho tiempo en el interior de edificios, ocupados con múltiples actividades, sin apenas opciones de deambular por espacios verdes donde encontrarse con árboles.

Cuando niña tuve la suerte de tener en mi patio un pequeño árbol al que subirme. En realidad se trataba de un arbusto con porte arbóreo, un pacífico (Hibiscus rosa-sinensis) de tronco inclinado por el que era muy sencillo trepar. Aquella experiencia cotidiana seguro contribuyó a mi crecimiento físico y mental. Años más tarde, cuando tenía 23 años, tuve la oportunidad de subir a un almez (Celtis australis) de 20 m de altura en el Parque de María Luisa de Sevilla.

Almez del Parque María Luisa.

Almez del Parque María Luisa.

La subida formaba parte de las prácticas de un curso de Cirugía Arbórea. A diferencia de cuando niña, que gateaba solo con mis pies y manos por el tronco y las ramas, en esta ocasión usé un equipo de cuerdas y arnés. Fue divertido subir de esa manera, pero posar los pies en una de las ramas más alta fue realmente emocionante, una subida repentina de alegría y entusiasmo, de optimismo. La nueva perspectiva desde lo alto de la copa, a la altura a la que miran los pájaros, me abrió un horizonte inexplorado de sensaciones. Y la experiencia, aunque breve, supuso otro modo de sentir al árbol. Fue como “ponerme a su altura”, en una situación de más cercanía y complicidad. En aquel momento establecí un lazo afectivo con ese almez que ha durado desde entonces.


Diferentes razones para querer subir a un árbol

En muchas partes del mundo, hay personas que trepan a los árboles para recolectar frutos y otras materias. O para realizar tareas de mantenimiento y cuidados de los árboles. Los arbolistas de muchos países manejan la técnica de escalada de árboles de modo seguro. «Trepar árboles” es una habilidad física que se disfruta mucho con ella, por eso, la Asociación Española de Arboricultura (fundada en 1994) organiza Campeonatos de Trepa. El de 2013 tuvo lugar  en el Real Jardín Botánico de Madrid y finalizó con la subida a un magnífico ejemplar de cedro del Atlas (Cedrus atlantica). Por cierto, en la web de esta asociación se destaca que hay pocas mujeres arbolistas trepadoras, solo el 1%, y se promociona un Proyecto Europeo Leonardo para formar mujeres con esta técnica.

Un trabajo especial es el de observar, fotografiar o investigar la copa de los árboles y la corte de especies de animales y plantas que aprovechan ese nivel del bosque. En este tipo de ascensiones destaca una mujer, la bióloga Margaret D. Lowman, que se ha especializado en ecología de la copa de los árboles (canopy en inglés) y desde hace más de 30 años pasea entre ramas altas por bosques del mundo. Su excepcional experiencia personal y científica la ha recogido en sus libros Life in the treetops (Vida en las copas de los árboles) y It’s a Jungle Up There (Allá arriba es una selva).

También hay personas que suben a los árboles solo por el placer de la aventura y la experiencia de estar en la copa frondosa. La actividad recreativa organizada de “trepar árboles” (tree climbing en la terminología inglesa) usando equipos de escalada surgió en Estados Unidos en la década de los 80 y de allí se ha ido extendiendo a otros países del mundo. Existen asociaciones internacionales de “trepa-árboles” como Tree Climbers International o la Global Organization of Tree Climbers (GOTC). En las páginas web de estas asociaciones se encuentran guías y cursos en línea sobre técnicas de escalada seguras y respetuosas con los árboles.

Otra razón para subir a un árbol es para protestar por la tala de árboles. Una mujer, Julia Butterfly Hill, permaneció 738 días sin bajarse de lo alto de una secuoya, bautizada como Luna, a 50 m de altura. Su gesta tuvo como resultado salvar la vida del árbol y la protección de un entorno de 60 m, y la convirtió en un símbolo del movimiento conservacionista. Sucedió entre 1997 y 1999 en un bosque de secuoyas milenarias del Norte de California que estaba siendo talado por su madera. La secuoya roja (Sequoia sempervirens) es uno de los árboles más altos y longevos del mundo, una auténtica catedral viviente; ascender hasta su vertiginosa altura y resistir en ella los rigores del clima de la zona requiere una excepcional fortaleza emocional. En el libro El Legado de Luna: La historia de una mujer, una secuoya y la lucha por salvar el bosque comparte sus vivencias allá arriba en las alturas y los detalles de la larga batalla contra la empresa maderera que iba a talar Luna.

Julia en la secuoya Luna, 1998. Autor: Shaun Walker.

Julia Hill en la secuoya Luna, 1998. Autor: Shaun Walker.

Hay artistas que encuentran inspiración en trepar a los árboles. El escritor y cineasta británico Henrik G. Dahle estuvo un año viajando por 11 países, subiendo cada día a un árbol diferente y entrevistando a personas que le acompañaban, su trabajo quedó recogido en el libro The Art of Climbing Trees (El Arte de subir a los árboles).

Y por último hay quienes eligen subir a un árbol para no bajarse jamás. Cosimo, El Barón Rampante de Italo Calvino, un día que se enfadó con su aristocrática familia se subió a un nogal y pasó el resto de su vida entre las copas de los árboles. Tomó una decisión definitiva y subido a los árboles encontró su verdadera forma de entender y relacionarse con el mundo. Igual que le sucedió a Sampath Chawla, el inadaptado joven protagonista de Alboroto en el guayabal, de la escritora india Kiran Desai, que también decidió un día subirse a un guayabo y después del alboroto que se montó nunca más se supo de él.

Subir a los árboles, por la razón que sea, transforma. Potencia el contacto con el ser árbol, con nuestro ser interior y con el mundo. ¡Ánimo! ¡Arriba!


Escrito por Rosa, jueves 12 de septiembre de 2013.


Campeonato de España de Trepa de Árboles

Proyecto Europeo Leonardo: Mujeres en arboricultura

Julia Butterfly Hill

Margaret D. Lowman

Henrik G. Dahle

Buena Sombra

Cuando el sol aprieta buscamos una sombra. Los seres humanos dejamos de vivir a la intemperie hace miles de años y desde entonces hemos construido habitáculos y artefactos que nos aíslan cada vez más eficazmente del calor, del frío, de la lluvia y del viento. Sin embargo, los árboles siguen proporcionándonos la mejor de las sombras.

Sombra de Ficus

La sombra de los árboles es un regalo. Los árboles disponen de hojas para captar la energía de la luz solar y producir azúcar mediante la fotosíntesis. Por ellas también transpiran para bombear el agua desde las raíces hasta las hojas y generan en torno a sí un ambiente fresco y húmedo. Al obstaculizar la luz del sol, la composición de ramas y hojas opacas crean bajo ella un espacio de oscuridad y frescor, que beneficia a otros seres vivos. Los árboles, por tanto, crean sombra y con ello realizan un servicio para la comunidad de seres vivos y para nosotros, seres vivos humanos.

A la sombra de un buen árbol aliviamos las sensaciones de calor y nos protegemos de los rayos solares, especialmente quienes vivimos en los climas con veranos muy calurosos. La frescura vegetal consuela el agobio y eleva el ánimo. Y si el árbol está en un ambiente de silencio de una plaza, un jardín, un huerto o un campo puede que el beneficio sea mayor. Tal vez algún pájaro trine en una rama, o la brisa tintinee las hojas, o el silencio reposado nos empape y penetre, y sin darnos cuenta posemos la mirada en una rama, en la tupida malla de hojas, en la corteza firme, quizás se nos escape algún suspiro o nos entren ganas de respirar profundamente, y llegue un momento en que nos sintamos relajados, en calma, y volvamos a mirar al árbol. Tal vez entonces nos lleguen pensamientos sobre su larga vida estable, o su pertinaz acoplamiento a los rigores de las estaciones y a los ritmos de la naturaleza. Puede que entonces sintamos que algo nos va poseyendo… o que el árbol nos está hablando desde su savia profunda y nos anima a reflejarnos en él, a recordar nuestras raíces antiguas, nuestra ancestral vida al aire libre, nuestro ser profundo elemental, nuestra conexión primigenia con los elementos naturales. Posiblemente nos encontremos felices de estar ahí, en contacto con un ser magnánimo que representa toda la naturaleza. Y al cabo resulte que el árbol nos haya dado mucho más que sombra: una experiencia profunda de su ser arbóreo y de nosotros.

Apreciamos la sombra de los árboles, por eso cultivamos especies que dan buena sombra. Este tipo de “árboles de sombra” se escogen para ornamentar calles, jardines, parques y patios. Son normalmente árboles grandes, con copas voluminosas y de hoja caduca para que dejen entrar los rayos de sol en el invierno. En los lugares de clima cálido los árboles de sombra son muy importantes en el diseño vegetal urbano. La lista de especies que se utilizan es amplia. En el sur de España, desde donde escribo, algunos de los árboles urbanos que más se plantan por la calidad de su sombra son: los olmos de denso y oscuro follaje; los estilizados fresnos; los amplios castaños de India; los altos almeces de lisa corteza gris; los apretados y pequeños aligustres, los naranjos amargos de porte pequeño pero copa densa; los majestuosos plátanos de sombra; los espléndidos ficus, tanto los de hoja pequeña como los de hoja grande; las falsas acacias aromáticas; y los pinos piñoneros con forma de parasol*.

La sombra de un solo árbol frondoso depara bienestar, placer y una experiencia profunda del árbol. Una arboleda proporciona frescor incomparable e inspira otras experiencias. Bosques, parques y paseos con árboles de sombra desarrollados que entrelazan sus copas y crean una umbría extensa son paraísos de frescura que animan a sumergirse en la lectura o en el descanso, a la charla íntima, al juego, al paseo, al ejercicio. Las recónditas alisedas de ribera, los paseos de plátanos de sombra o un bosquete de pinos junto al mar son espacios de sombra donde encontrar felicidad en plena canícula.

Pinar

Algunas culturas como la anglosajona distinguen entre el espacio de oscuridad bajo la copa del árbol donde la luz es obstaculizada (shade) y la silueta oscura del árbol proyectada en el suelo, cuya forma varía a lo largo del día (shadow); en castellano, denominamos “sombra” a ambas acepciones. La luz y la sombra son esenciales en la evolución del paisaje vegetal, en el equilibrio entre las distintas especies de plantas y entre los diferentes árboles de un bosque. Luz y sombra son fenómenos naturales que afectan al planeta Tierra y por ello son también esenciales para nosotros; vivimos sometidos a los ciclos de día y noche, aunque técnicamente muchos humanos, pero no todos, disponemos de luz artificial durante el periodo de oscuridad. La oposición de la luz y la sombra está asimismo en la raíz de la cultura; en su sentido material, es la base de las artes visuales como el dibujo, la pintura y el cine; en su sentido metafórico, como símbolo, representación o arquetipo, es parte de gran trascendencia del acervo intelectual, religioso, espiritual y psicológico.

Volviendo a la buena sombra que nos regala un árbol, termino esta entrada con un pequeño relato sobre una sombra maravillosa. Se trata de una leyenda sobre la vida de Gurú Nanak (1469-1539), el fundador de la religión india sijismo. Este maestro espiritual respondió a los conflictos entre hindúes y musulmanes con la fundación de una nueva religión que proclamaba la igualdad entre todas las personas sin distinción de religión, raza, género, casta, edad o estatus El relato, procedente de su hagiografía, cuenta un episodio de la vida de Nanak en su juventud.

Un día el padre de Nanak, Kalu, le envió al campo a cuidar los rebaños de búfalos y vacas del alba al atardecer. Ese día, Rai Bular, el jefe del pueblo de Nanak, salió a lomos de su caballo a inspeccionar los campos del pueblo, y cuando pasó por el prado donde pastaba el rebaño de Kalu, vio al joven Nanak descansando bajo la sombra de un árbol de Jal** en pose meditativa.

A la vuelta de su inspección al final del día, cuando Rai Bular pasó de nuevo por los pastos de Kalu, advirtió algo raro en las sombras de la tarde proyectadas por los árboles. Intrigado, se acercó a caballo y comprobó que allí estaba sucediendo un hecho bien extraño. La sombra de un árbol había permanecido en el mismo punto desde la mañana. No se había movido con el sol, como las sombras de los árboles de alrededor.

Desconcertado, el Rai se acercó más para examinar el árbol. Miró hacia el sol y después hacia la tierra. Y entonces vio que bajo el árbol estaba Nanak Dev en postura meditativa, donde lo había visto por la mañana. La sombra del árbol se había detenido para proteger a Nanak del sol abrasador mientras contemplaba a Dios, cubriéndole con su sombra refrescante durante las horas más calurosas del día. En ese momento Rai Bular tomó consciencia de que estaba presenciando un milagro y de que Nanak Dev no era una persona ordinaria.

Nanak_RC

La leyenda del Guru Nanak me resulta cautivadora porque al mismo tiempo que ensalza la figura de Nanak, como corresponde a una hagiografía, hace brillar con luz propia la sombra de los árboles.

Quien tiene la suerte de tener cerca un árbol y pasar tiempo a su sombra seguro que puede añadir mil y una percepciones de su árbol. Y estará de acuerdo conmigo en que en verano, cuando el calor aprieta, lo mejor es buscar la refrescante sombra de un árbol, la buena sombra.

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*Lista de árboles de sombra citados
Fresno común (Fraxinus excelsior)
Olmo común (Ulmus minor)
Castaño de India (Aesculus hippocastanum)
Almez (Celtis australis)
Aligustre (Ligustrum lucidum)
Naranjo amargo (Citrus aurantium)
Plátano de sombra (Platanus x hispanica)
Ficus de hoja pequeña (Ficus retusa); Ficus de hoja grande (Ficus macrophylla)
Falsa acacia: (Robinia pseudoacacia)
Pino piñonero (Pinus pinea)

** Árbol de Jal (Salvadora oleiodes)

Escrito por Rosa Cintas, jueves 8 de agosto de 2013.

Leyenda de Nanak y la sombra del árbol

Lista de árboles de sombra comunes en España