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Sauces del Ártico

El frío extremo es letal para los árboles. La muerte por congelación marca el límite norte del bosque boreal (taiga) y el comienzo de la tundra, una formación vegetal de baja estatura dominada por herbáceas, musgos, líquenes y algunos arbustos. De igual modo, en las zonas más altas de las montañas el frío, la nieve y las heladas marcan la línea invisible por encima de la cual no sobreviven los árboles (tree line en inglés).

Islandia no es país para árboles, al menos esa es su fama. El destino me llevó en primavera a esa remota isla, situada en mitad del océano Atlántico, rozando el círculo polar ártico. En el avión de Barcelona a Keflávik fui leyendo una novela de Stefánsson; las horas pasaron rápidas, absorto en cómo los personajes se enfrentaban a las duras condiciones de vida islandesa [1].

Aquí el clima lo rige todo, moldea nuestra vida como si fuera arcilla.

No hay palabras suficientes para describir el viento que hace aquí. Viento del norte, todo es blanco, incluso el mar, todo excepto las paredes rocosas de las montañas.


Una vez más el viento viene del norte, el ártico sopla sobre ellos, atraviesa las montañas que se alzan a su derecha, arrastra las ráfagas de nieve desde los peñascos y las derrama sobre las pocas granjas que se encuentran a lo largo de la playa, sobre los dos hombres que avanzan patosamente, el primero con la mirada fija hacia delante, el que le sigue camina cabizbajo y pensando en Otelo y Hamlet, murmura citas sacadas de esas obras, es bueno mover los labios, así no se quedan congelados.


El viento resopla, aúlla, el viento ártico que parece enfadado con todos los seres vivos.

No encontré ningún árbol en las descripciones de los paisajes que atraviesan el cartero rural y su acompañante; solo el páramo (la tundra), las montañas, la nieve y el mar. ¿Qué futuro me esperaba, como buscador de árboles, en Islandia?

Era una mañana de domingo, fresca, nublada y con lluvias intermitentes; atravesé la ciudad desierta y me dispuse a explorar los alrededores. La península de Reykjanes (en español sería Punta Humeante) es un paisaje de coladas de lava y rocas volcánicas, con fumarolas y piscinas de aguas termales, como la famosa Laguna Azul. Impresiona saber que por esta península emerge la Dorsal Mesoatlántica, la cordillera que continúa hacia el sur hasta la Patagonia (unos 15.000 km), sumergida por el fondo del Océano; es una enorme costura planetaria que separa dos placas tectónicas. No muy lejos, el puente Midlina (Punto Medio) se extiende sobre una grieta de unos 15 metros de ancho y permite pasar de la placa de América del Norte a la de Eurasia. En pocos pasos se viaja de un continente a otro, sin percibir que se van separando lentamente, a una velocidad de unos 2 cm al año. ¡Extraña paradoja!, estar en una isla remota, donde nacen y se separan dos continentes.

Tomé el sendero que seguía la costa hacia el norte. Las rocas de lava negra apenas estaban cubiertas por una vegetación de baja estatura. Entre el negro mineral y el verde vegetal destacaban las flores azules del altramuz de Alaska (Lupinus nootkatensis). Esta especie de leguminosa fue introducida en Islandia a mitad del siglo XX para la recuperación de suelos erosionados y pobres, gracias a su crecimiento rápido y a su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico. Con el tiempo, se ha extendido por toda la isla y en algunas zonas supone una amenaza para las especies nativas.

¿Dónde estaban los árboles? Miré alrededor y me agaché para observar de cerca un sauce enano (Salix herbacea), un prodigio de miniaturización que le permite resistir el frío extremo. Era una almohadilla verde que apena sobresalía unos centímetros del suelo, formada por hojas brillantes, redondeadas, que absorbían con avidez la energía solar en el corto verano recién estrenado. En el extremo del ramillo, apenas sobresaliendo de las escasas hojas curvadas, asomaban los amentos de flores masculinas. Saludé a este diminuto sauce macho que me había dado la bienvenida a los mini-bosques de Islandia y seguí mi camino por el sendero de la costa, mirando con cuidado por donde pisaba.

Sauces enanos que toleran el frío extremo

El género Salix tiene unas 500 especies distribuidas principalmente por las zonas frías y templadas del hemisferio norte, aunque algunas especies se extienden por Sudamérica y África [2]. La especie más conocida es el sauce llorón (Salix babylonica), un icono de parques y jardines de todo el mundo.

Posiblemente el sauce ancestral se originó en las montañas del sur de China, actual centro de diversidad con más de 270 especies, y desde allí radió al resto del mundo. En el dilatado proceso evolutivo, algunas especies se adaptaron a resistir el frío extremo y colonizaron las zonas árticas, incluyendo la remota isla volcánica que sería conocida como “Tierra del Hielo” (Iceland). Cuatro especies nativas de sauces viven en la isla.

 

Sauce enano o de los neveros (Salix herbacea L.). El botánico sueco Carlos Linneo viajó en 1732 a Laponia, la región del norte de Europa que limita con el océano Ártico. Durante cinco meses recolectó y describió 534 especies de plantas (la mayoría líquenes y musgos); entre ellas encontró un sauce diminuto del que escribió (en latín): “Minima inter omnes arbores est haec salix” (“este sauce es el más pequeño de todos los árboles”) [3]. Desde entonces, se le conoce como “el árbol más pequeño del mundo”. Años más tarde, el mismo Linneo en su obra magna Species Plantarum (1753) lo bautizaría con el nombre científico Salix herbacea, es decir “como una hierba”. ¿En qué quedamos Linneo, es un árbol o una hierba?

Cuando vi por primera vez al sauce enano, aunque su apariencia era de un modesto arbusto rastrero, me fascinaba imaginarlo como un árbol miniaturizado, un prodigio de adaptación a las condiciones extremas de frío y nieve. Conquistar las tierras árticas se puede considerar un éxito evolutivo para el linaje arbóreo de los sauces, aunque les haya costado sacrificar algunos emblemas de su “arboreidad”, como renunciar al tronco, enterrarse y aplastarse en el suelo protector, mediante una estrategia de resistencia. Para mí, es un árbol miniatura, adaptado al frío extremo.

El sauce es dioico, es decir hay plantas machos y hembras. Las semillas son muy pequeñas, apenas de 1 mm, provistas de largos pelos que facilitan su dispersión a gran distancia, transportadas por el viento y las corrientes de convección. Una vez depositada en un lugar favorable, germina y el joven sauce comienza a crecer lentamente, bajo el suelo, con tallos subterráneos y raíces adventicias, formando un entramado resistente que puede vivir hasta 500 años.

Para ver a este pequeño sauce en los Pirineos o los Alpes hay que subir hasta los 2.000 m de altura o más, sin embargo, en Islandia lo pude disfrutar en mi paseo dominguero junto al mar.

Sauce ártico o de la montaña (Salix arctica Pallas). El sauce ártico es todavía más resistente al frío que su pariente, el sauce de los neveros. Tiene una distribución circumpolar, alrededor del océano ártico, y ostenta el récord de ser la especie leñosa que llega más cerca del Polo Norte, en la península Peary Land, extremo septentrional de Groenlandia. Allí se dan unas condiciones extremas de suelos congelados (permafrost), largos inviernos fríos y sin luz, veranos cortos en los que el termómetro no sube de los 5ºC, escasas precipitaciones en forma de nieve, y fuertes vientos erosivos; condiciones que solo es capaz de soportar el ultra-resistente sauce del ártico.

En las mismas zonas árticas viven los inuits o esquimales. Poblaciones humanas que han adquirido diversas adaptaciones para resistir al frío, como el gen TBX15 (de misterioso origen) que promueve la diferenciación en grasa parda que genera calor [4]. Tan importante como las adaptaciones genéticas ha sido el conocimiento íntimo de la naturaleza y sus recursos, y el desarrollo de una cultura de resistencia que les ha permitido sobrevivir en ese medio hostil.

Los inuits conocen bien y aprecian al sauce del ártico, al que llaman suputiit. Comen las hojas y otras partes de la planta (ricas en vitamina C), pelan las raíces y las mastican para mitigar el dolor de muelas, y lo utilizan como remedio medicinal por su riqueza en salicina. Los frutos algodonosos son mezclados con musgo para elaborar las mechas de la lámpara de aceite de foca, conocida como qulliq. Estas lámparas se mantenían siempre encendidas; servían para iluminar, cocinar, calentar y secar las pieles. Era responsabilidad y privilegio de las mujeres mantener la llama encendida; una actividad esencial para sobrevivir en el clima extremo del Ártico.

Aunque los inuits conocían bien al suputiit desde hace miles de años, no fue hasta 1784 cuando adquirió su nombre científico – Salix arctica. El naturalista alemán Peter Simon Pallas, financiado por Catalina II de Rusia, viajó a Siberia, lo colectó y describió [5]. No es tan pequeño como el enano, puede llegar hasta 50 cm de alto, y suele estar muy ramificado.

En mi visita a Islandia no pude ver al suputiit en su hábitat natural porque allí se refugia en las montañas (se le llama fjallavíðir, sauce de la montaña); parece que el frío de las zonas bajas no le es suficiente. Sin embargo tuve ocasión de ver algunos ejemplares en la colección de sauces de la estación experimental de Gunnarsholt. En la etiqueta les llamaban grávíðir (sauce gris, otro nombre islandés para el sauce ártico). Entre los tallos retorcidos se abrían las primeras yemas, dejando ver las pequeñas hojas peludas; era primeros de junio.

Sauce lanudo (S. lanata L.). Es más alto que el ártico, puede llegar a 100 cm, y se caracteriza porque las hojas y los amentos son pubescentes, con densos pelos grises. Es muy común en los páramos de Islandia, y por su vistosidad también se cultiva en los jardines.

Sauce con hoja de té (S. phylicifolia L.). Puede llegar a los 3 m, con porte arborescente. Tiene las hojas anchas, de color verde brillante, sin pelos. Es muy común en Islandia, en las zonas más húmedas y en los escasos bosques de abedul.

De las cuatro especies nativas, las dos de mayor porte (S. lanata y S. phylicifolia) son las que dominan en la colección de sauces que visité. Fueron plantados entre 1998 y 1999 por el Servicio de Conservación de Suelos. Son muestras de poblaciones, recolectadas en diferentes partes de la isla. La colección tiene como objetivo evaluar su potencialidad para la restauración de zonas erosionadas [6].

Un refugio botánico en Reikiavik

Las glaciaciones fueron letales para la vegetación de esta isla, tan próxima al Polo Norte. De hecho, todavía no se ha recuperado después de la última glaciación (hace unos 12.000 años). Su flora actual es relativamente pobre en especies; unas 470 especies, de las cuales solo tres tienen porte arbóreo: abedul (Betula pubescens), serbal (Sorbus aucuparia) y álamo temblón (Populus tremula). Esta diversidad escasa se debe a una combinación del clima adverso por frío y viento, la actividad volcánica y sobre todo la lejanía de otras tierras de donde pudieran llegar semillas.

Su “remotidad” también explica la tardía llegada y establecimiento de los primeros inmigrantes humanos; fueron vikingos procedentes de Noruega a finales del siglo IX. En el Libro de los Islandeses (Íslendingabók), escrito en nórdico antiguo en el siglo XII por Ari el Sabio, encontramos una sorprendente frase:

“En aquella época Islandia estaba cubierta por bosques que se extendían desde las montañas hasta la orilla del mar”.

¿Era una exageración o una fantasía del cronista medieval? Parece que no, porque estudios paleobotánicos recientes han confirmado que los bosques de abedul cubrían al menos la tercera parte de la isla. Es decir, en el pasado, Islandia sí fue país para bosques.

Los colonos empezaron a talar los bosques para obtener madera y leña, y para convertirlos en prados donde pastaran sus ovejas y caballos. Después de siglos de cortar árboles y del ganado comiendo los intentos de regeneración, los bosques fueron desapareciendo hasta que a mediados del siglo pasado apenas el 1% de la isla tenía abedulares naturales. Al faltar la cubierta protectora vegetal, comenzó un problema severo de erosión por el viento que dejó grandes extensiones de lava al descubierto; estas zonas de desierto desnudo representan casi el 36% de la isla.

El estado de Islandia se ha propuesto revertir esta tendencia, recuperando los suelos con el Servicio de Conservación de Suelos, y reforestando con el Servicio Forestal. Su ambiciosa meta es que el 12% del país esté cubierto por bosques para el 2100.[7]

Cuando llegué a la capital, Reikiavik, tenía gran curiosidad por visitar su Jardín Botánico. Además de un refugio para los árboles, un Botánico es un indicador del nivel de sensibilidad y cultura de una ciudad. Muñoz Molina escribió “los jardines botánicos, como algunas obras maestras de la literatura, esperan con paciencia a que uno llegue a la madurez necesaria para disfrutarlos“; también esperan con paciencia a que una ciudad tenga la madurez necesaria para crearlos.

El Botánico de Reikiavik es pequeño y coqueto; una incorporación reciente (de 1961) a su patrimonio natural y cultural urbano. Todo es relativamente nuevo allí, comparado con sus venerables equivalentes en Padua (1545), Montpellier (1593) o Amsterdam (1638). En sus cinco hectáreas se cultivan y cuidan unas 5.000 especies de plantas.

Me acerqué a la zona de la flora de Islandia, un pequeño montículo donde se recreaba la vegetación achaparrada de la tundra. Allí encontré de nuevo al sauce de montaña (fjallavíðir en su cartel), esta vez con todas sus hojas ya expandidas.

 

El aspecto general del jardín no era de tundra con predominio de herbáceas y pequeños arbustos, típico del paisaje islandés, sino de bosque urbano, con una considerable variedad de árboles. Durante el paseo, escuché varias veces y muy cerca el bullicioso canto del zorzal alirrojo (Turdus illiacus), un ave forestal que estaba en pleno apogeo primaveral. Una parte importante del Jardín (2,4 ha) estaba siendo ampliada para el nuevo arboreto, cuyo diseño se mostraba en un cartel; allí se marcaba el lugar reservado para las especies de árboles procedentes de Norteamérica, Asia y Europa.

Sin duda, pensé, Islandia puede ser un país hospitalario para los árboles, y con el calentamiento global lo será más.

Cerca de la salida me fijé en un árbol de troncos múltiples y ramas torcidas como si dudaran en el camino recto hacia la luz. Era un sauce de las cabras (Salix caprea L.), un “gigante” entre los sauces nórdicos (puede llegar a los 10 m de altura).

No es nativo de Islandia, pero es común en Noruega y sería bien conocido por los primeros pobladores vikingos. En los años treinta del siglo pasado fue común plantarlos en los jardines de Reikiavik. Al parecer, este venerable sauce de 80 años sería uno de ellos.

Después de haber tenido que estar en cuclillas, agachado, para observar a sus parientes miniaturizados, ahora tenía que alzar la vista para buscar sus amentos floridos y saber si era macho o hembra. Había cambiado la escala de tamaño y mi perspectiva con los sauces.

Salí del Botánico reflexionando sobre el linaje Salix, su diversidad de formas y su extraordinaria capacidad para adaptarse a las condiciones extremas. Comprendí entonces la admiración que los sauces causaron en Thoreau [8]:

“¡Ojalá yo tuviera siempre el buen ánimo de un sauce! ¡Cuánta tenacidad en su vida! ¡Cuánta flexibilidad! ¡Qué pronto se recuperan de sus heridas! Nunca desesperan. Son emblemas de la juventud, la alegría y la vida eterna.”

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[1] J. K. Stefánsson (2016), La tristeza de los ángeles, Salamandra, Barcelona. Traducción de Elías Portela. La edición original en islandés es de 2009. Esta novela forma parte de una trilogía, junto con Entre cielo y tierra y El corazón del hombre, también publicadas por Salamandra.
En la tercera entrega, El corazón del hombre, encontré la única mención a un árbol de la trilogía: “Apoyado en el cercado, de espaldas a los dos serbales, que se esforzaban en alzar las ramas hacia la luz” (pág. 207).

[2] En la página web The Plant List se listan 552 especies aceptadas del género Salix.
The Plant List (2013). Version 1.1. Published on the Internet.

[3] Carlos Linneo publicó en 1737, cinco años después del viaje de exploración a Laponia, la obra: Flora Lapponica exhibens plantas per Lapponiam crescentes, secundum systema sexuale, Amsterdam. La descripción latina del “árbol más pequeño del mundo” está en la página 286.
La primera descripción científica con el nombre aceptado Salix herbacea, se puede encontrar en su obra Species Plantarum (1753), volumen 2, página 1018.

[4] Investigaciones recientes han propuesto que las adaptaciones al frío de los inuits, en particular el gen TBX15, podrían proceder de antiguos cruzamientos entre los humanos modernos y los homínidos denisovanos (hace unos 50.000 años).
Racimo F. y cols. (2017). Archaic adaptive introgression in TBX15/WARS2. Molecular biology and evolution, 34(3), 509-524.
Ver también artículo de Steph Yin “Cold Tolerance Among Inuit May Come From Extinct Human Relatives” en el diario New York Times, 23 diciembre 2016.

[5] Peter S. Pallas publicó la Flora de Rusia en dos volúmenes, entre 1784 y 1788, en San Petersburgo (Petropoli) con el título completo: Flora Rossica seu Stirpium Imperii Rossici par Europam et Asiam. Indigenarum Descriptiones et Icones. Jussu et Auspiciis Catharinae II Augustae.

[6] Agradezco a Anne Bau su amabilidad al llevarme a las plantaciones de sauces y facilitarme la información. La historia de la colección de sauces se puede leer en la publicación: Aradóttir AL, K. Svavarsdóttir, A. Bau (2007). Clonal variability of native willows (Salix phylicifolia and Salix lanata) in Iceland and implications for use in restoration. Icelandic Agricultural Science 20: 61-72.

[7] T. Eysteinsson (2017) Forestry in a Treeless Land Fifth edition, 2017. Icelandic Forest Service, Egilsstaðir Iceland.

[8] La reflexiones de Thoreau sobre los sauces están incluidas en las notas de su diario, del 14 de febrero 1856, una mañana fría de paseo por las orillas del río, camino de Walden. Ver la transcripción en:
The writings of Henry David Thoreau. Journal. Edited by B. Torrey. VIII. November 1, 1855 – August 15, 1856. Houghton Mifflin. 1906, págs. 181-182.

 

Escrito por Teo, jueves 28 septiembre 2017

 

Enlaces

Obras de Carlos Linneo: Flora Lapponica y Species Plantarum.

Páginas web del Servicio de Conservación de Suelos y del Servicio Forestal de Islandia.

Página web del Botánico de Reikiavik.

Artículo de Muñoz Molina sobre el Jardín Botánico de Lisboa.

Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

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[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

Historias de castaños

En el otoño, los paisajes oscuros siempreverdes de algunas sierras del sur de España se visten con tonalidades ocres que desvelan la presencia de los castañares. En el paisaje vegetal mediterráneo los castaños destacan como árboles singulares: tienen grandes hojas de bordes aserrados que caen en invierno; los frutos espinosos (erizos) esconden de uno a tres aquenios (castañas) sabrosos y nutritivos; la madera es de buena calidad y crecimiento rápido.
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¿De dónde vienen los castaños?

Las hipótesis evolutivas recientes proponen que los ancestros del género Castanea se originaron en los bosques del este de Asia al principio del Paleoceno (hace unos 60 millones de años). Desde allí, un linaje migró hacia el oeste, a partir del cual se diferenciaron (hace unos 43 millones de años) los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, pasaron a Norteamérica a través de un antiguo puente noratlántico y se diferenciaron los castaños americanos.

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Mapa del género Castanea con su posible ruta migratoria y evolutiva. Tomado de Lang y cols. (2007)

Las siete especies existentes del género Castanea que se distribuyen por el Hemisferio Norte son pues el resultado de un proceso lento de evolución, dispersión y diferenciación durante millones de años. Una historia apasionante que se ha podido reconstruir analizando y comparando las secuencias del ADN cloroplástico de castaños de todo el mundo¹.

La domesticación del castaño europeo

El castaño silvestre posiblemente estaba extendido por toda Europa. Durante las sucesivas glaciaciones del Pleistoceno (la última terminó hace unos 11.000 años) hubo una extinción masiva de especies arbóreas al quedar cubierto parte del continente por el hielo. Algunas poblaciones de castaño y de otras especies sobrevivieron en los llamados “refugios” del sur. Se han identificado seis posibles refugios para el castaño; los más importantes estarían en la Transcaucasia y la orilla sur del Mar Negro, las penínsulas de Grecia e Italia, y en Iberia la Cordillera Cantábrica, Galicia y norte de Portugal.

Las primeras evidencias del cultivo del castaño son de hace 3.700 años en la península de Anatolia (Turquía). Durante la época griega, Teofrasto (siglo III-IV a.C.) mencionó la utilidad del castaño para la producción de madera y carbón en su obra “Historia de las Plantas”. Las técnicas griegas para la domesticación del castaño pasaron a la cultura latina y fueron aplicadas en Italia, posiblemente en castaños silvestres nativos (se han encontrado diferencias genéticas entre los castaños griegos e italianos). Desde Italia el cultivo del castaño se expandió a todas las regiones ocupadas por el Imperio Romano, incluidas las Islas Británicas. El agrónomo romano Columela (nacido en Gades, Cádiz, el año 4 d.C.) en su obra De re rustica (“Los trabajos del campo”) destacaba las cualidades de la madera de castaño para los postes que soportaban las viñas. Parece que tanto para griegos como para romanos el uso principal del castaño era la producción de madera y solo secundariamente las castañas para alimentación ².

La producción de castañas tuvo su apogeo en Europa occidental durante la época medieval (siglos XI a XVI). Para muchos pueblos de zonas montañosas constituía la principal fuente de hidratos de carbono, el llamado “pan del bosque”.

Castaños con historias

Los árboles grandes y viejos inspiran sentimientos de veneración, respeto y admiración. Es frecuente que tengan asociadas historias y leyendas sobre eventos singulares protagonizados por personajes notables, de la realeza o santos. Viajemos a Sicilia, a Londres y a la sierra de Málaga para visitar tres castaños singulares con interesantes historias.

El Castaño de los Cien Caballos es un árbol magnífico que vive en las laderas del Etna, en Sicilia (Italia). Según la leyenda, cuando la reina Juana de Trastámara (1454-1517), Infanta de Aragón, Reina de Nápoles y hermana menor de Fernando el Católico, visitaba aquellas tierras fue sorprendida por una tormenta y se refugió con su séquito de 100 caballeros bajo la copa de este inmenso castaño. En otras versiones de la leyenda la reina es Juana I de Nápoles (1326-1382) o Isabel de Inglaterra (1214-1241), casada con Federico II de Sicilia. Todas las historias coinciden en que era una reina con un séquito de 100 caballeros que buscaron protección bajo la amplia copa del castaño.

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

 Cuando en 1780 se midió su perímetro de tronco alcanzaba los 58 m., todo un récord (recogido en la lista Guinness). Unos años antes (1777) fue retratado por el artista y viajero Jean Pierre Houël ³; se puede observar en la obra que existía un cobertizo construido en su interior. Actualmente sobreviven cuatro troncos (el mayor con 22 cm. de perímetro) que rodean un gran centro hueco. Se estima su edad entre 2.000 y 4.000 años, aunque probablemente no supere los 2.500 años. Situado a tan solo 8 km. del cráter del Etna es un milagro que haya sobrevivido tanto tiempo a pesar del riesgo de las erupciones y la lava volcánica; “una supervivencia milagrosa de un tiempo profundísimo” en palabras del escritor siciliano Vincenzo Consolo.

A iniciativa del Ayuntamiento de Sant´Alfio, en 2008 la UNESCO declaró al castaño “Monumento mensajero de la paz en el mundo”. Entre otros motivos porque “junto a este árbol uno siente la armonía con la naturaleza, en paz con nuestros semejantes y con el Universo (…) el ánimo encuentra su equilibrio y el cuerpo su bienestar.”

Kew_oldest_chestnutEl árbol más antiguo de los Kew Gardens, cerca de Londres (Inglaterra), es un castaño. Cuando visité en marzo 2011 este Jardín Botánico, mientras admiraba otros árboles más vistosos reparé en su tronco grueso, de 8,4 m. de perímetro. Estaba todavía sin hojas y no sabía muy bien qué especie de árbol era hasta que leí en el cartel informativo su singular historia. Posiblemente formaba parte de la avenida de los castaños (llamada Love Lane, camino del amor) plantados sobre 1730 en los jardines de la reina Carolina de Brandeburgo-Ansbach, consorte de Jorge II. En Inglaterra lo llaman “castaño dulce” o “castaño español” (Spanish chestnut) porque eran importados principalmente desde España.

El Castaño Santo se encuentra en un lugar remoto de las sierras de Málaga (España). Es un ejemplar singular con más de 14 m. de perímetro de tronco (21 m. si se mide en la base) y una edad estimada de 800 años.

Algunas historias refieren que su nombre se debe a que cerca del árbol habitaba un ermitaño, y sería por tanto el “castaño del santo”. Sin embargo, la leyenda más extendida cuenta que bajo este árbol se celebró en 1501 una misa, en la que el rey Fernando el Católico (1479-1516) y su ejército pidieron la bendición antes de la batalla por la conquista de Marbella. Según otras versiones fue Luis Ponce de León, duque de Arcos (1528-1573), quien bajo este castaño asistió a una misa de acción de gracias tras aplacar las revueltas de los moriscos. El carácter de “templo” natural donde los guerreros rezaron y agradecieron la victoria contra los infieles le daría el apelativo de “santo”.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

En el siglo XXI el Castaño Santo es motivo de atracción turística en el cercano pueblo de Istán, aunque no es fácil llegar, hay que recorrer más de 30 kms de pista forestal. Este espléndido castaño está catalogado en la lista de árboles singulares de la provincia de Málaga, pero se halla en una finca particular y no cuenta con ningún tipo de protección especial; parece que ha sido propuesto como “Monumento Natural”.

Cuando lo visitamos en diciembre 2011 sus raíces descalzadas habían sido cubiertas con tierra y piedras para protegerlas en la zona erosionada de la pendiente, además un letrero pedía que se respetara el árbol durante la visita. Era un día de final de otoño, estuvimos sentados junto al árbol prácticamente solos, se podía sentir esa paz y esa armonía que infunde un árbol centenario.

Que se llame “castaño santo” no significa que haya tenido o tenga un significado sagrado para la población local. A pesar de que en la web “Monumental Trees” lo hayan traducido como “Castaño sagrado”. No podía ser un árbol sagrado porque la iglesia católica no lo hubiera permitido; algún San Bonifacio local lo hubiera talado y quemado como símbolo pagano.

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Posiblemente la historia de la misa, la guerra contra los infieles y el apelativo de “santo” lo haya salvado de la tala y la quema en esos largos 800 años. De hecho, es muy difícil encontrar árboles viejos, “milagrosos supervivientes de los tiempos profundos” (como diría Consolo), en el sur de España. En ese sentido, se puede considerar “santo” porque realmente es un milagro que haya sobrevivido hasta nuestros días. Y gracias a ese milagro podemos imaginar cómo serían los castaños salvajes, viejas moles de madera que morían de muerte natural, en aquellos bosques primigenios del Mediterráneo.

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¹ Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.
² Conedera, M., Krebs, P., Tinner, W., Pradella, M. y Torriani, D. (2004). The cultivation of Castanea sativa (Mill.) in Europe, from its origin to its diffusion on a continental scale. Vegetation History and Archaeobotany, 13: 161-179.
³ Jean-Pierre Houël (1782). Voyage pittoresque des Isles de Sicile, de Malte et de Lipari. Paris.

 

Escrito por Teo, jueves 18 de diciembre 2014.

 

Enlaces
Ficha del Castaño de los Cien Caballos (Sicilia, Italia) en la web Monumental Trees
Ficha del castaño del Jardín Botánico Kew en la web Monumental Trees
Ficha del Castaño Santo de Istán en la web Monumental Trees
Página web del ayuntamiento de Sant’ Alfio (Italia) sobre el Castaño de los Cien Caballos
Página web del Ayuntamiento de Istán (España) sobre el Castaño Santo
Castaño Santo en el Catálogo de árboles singulares de la provincia de Málaga
Leyenda de San Bonifacio en el post Siempreverdes en Navidad