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Cambio climático y bosques

Las actividades humanas están cambiando el clima del planeta que nos acoge. Es un hecho que no podemos ignorar. A principios de noviembre 2014 se presentó en Copenhague el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (conocido como IPCC por sus siglas en inglés). El mensaje es preocupante: “la influencia humana en el sistema climático es clara y va en aumento. Si no se le pone freno, el cambio climático hará que aumente la probabilidad de impactos graves, generalizados e irreversibles en las personas y los ecosistemas”.

El Informe de Síntesis (Synthesis Report) del IPCC culmina la evaluación más actual y completa sobre el cambio climático del planeta. Durante los últimos seis años, unos 800 científicos de 80 países han evaluado más de 30.000 informes científicos y han recogido y organizado los principales resultados en cinco volúmenes, que en total suman unas 5.000 páginas¹. Un impresionante esfuerzo de coordinación para alcanzar el máximo conocimiento posible y con el rigor más objetivo sobre el cambio climático, un tema que nos afecta a todos.

La destrucción de los bosques es una de las fuentes principales de emisión de gases de efecto invernadero. Se estima que durante los últimos 250 años (desde la Revolución Industrial) la deforestación y otros cambios de uso del suelo han sido responsables de la emisión acumulada de 180 gigatoneladas² (Gt) de carbono a la atmósfera.

La mayor parte de las emisiones de CO2 se producen por la quema de combustibles fósiles (carbón y petróleo) en la industria y en los transportes. En el mismo período de 250 años esa quema de combustibles fósiles, junto con la fabricación de cemento, han liberado 375 Gt de carbono a la atmósfera. Conviene recordar que el carbón, la principal fuente de energía durante la Revolución Industrial, es un producto de los bosques antiguos que dominaban el planeta durante el Carbonífero (hace 300-350 millones de años), que secuestraron el carbono de la atmósfera y lo almacenaron en esa forma de alto contenido energético.

Los bosques actuales tienen un papel crucial en la captación de CO2 y su fijación en forma de biomasa, y de compuestos orgánicos en el suelo forestal. Los ecosistemas terrestres han removido de la atmósfera unas 160 Gt de carbono durante los últimos 250 años.

La importancia de los bosques en la mitigación del cambio climático fue reconocida durante la Cumbre del Clima que tuvo lugar en Nueva York el pasado mes de septiembre, organizada por las Naciones Unidas.

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Declaración de Nueva York sobre los Bosques

Por iniciativa de Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU, en la Cumbre del Clima se firmó la Declaración de Nueva York sobre los Bosques, que a continuación se transcribe.

Los bosques son esenciales para nuestro futuro. Más de 1,6 millones de personas dependen de ellos para obtener alimentos, agua, combustible, medicinas y para sus formas de vida y sus culturas tradicionales. En los bosques se halla aproximadamente un 80% de la biodiversidad terrestre y desempeñan un papel vital en la protección del clima mediante la captura de carbono de forma natural. Sin embargo, cada año un promedio de 13 millones de hectáreas de bosques desaparecen, a menudo con efectos devastadores sobre las comunidades y los pueblos indígenas. La destrucción de los bosques naturales para la producción de materias primas (como soja, aceite de palma, carne y papel) es responsable de aproximadamente la mitad de la deforestación mundial. Por otra parte, la infraestructura, la expansión urbana, la obtención de energía, la minería y la recolección de leña también contribuyen en mayor o menor grado a la pérdida forestal.

Compartimos la visión de reducir, detener y revertir la pérdida de bosques a nivel global, mientras que al mismo tiempo se mejore la seguridad alimentaria para todos. La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la deforestación y el aumento del secuestro de carbono con la restauración forestal serán extremadamente importantes para limitar el calentamiento global en solo 2°C. De hecho, los bosques representan una de las soluciones mayores y más efectivas económicamente de las que están disponibles hoy en día para frenar el cambio climático. Las acciones para conservar, gestionar de forma sostenible y restaurar los bosques pueden contribuir al crecimiento económico, a la reducción de la pobreza, al estado de derecho, a la seguridad alimentaria, a la resistencia climática y a la conservación de la biodiversidad. Estas acciones también pueden ayudar a asegurar que se respeten los derechos de los pueblos indígenas dependientes de los bosques, así como a fomentar su participación y la de las comunidades locales en la toma de decisiones.

Con nuestros diversos mandatos, capacidades y circunstancias, colectivamente nos comprometemos a hacer lo que nos corresponde para lograr los resultados que se mencionan a continuación. Actuaremos en una alianza colectiva, asegurando además que haya incentivos económicos fuertes y a largo plazo que sean proporcionales con el tamaño del desafío.

• Reducir la tasa de pérdida de bosques naturales a nivel mundial, por lo menos a la mitad para el año 2020, y hacer esfuerzos para detener totalmente la pérdida de bosques naturales para el año 2030.
• Apoyar y ayudar a cumplir el objetivo del sector privado de eliminar la deforestación causada por la explotación de productos agrícolas, tales como el aceite de palma, la soja, el papel y los productos de carne vacuna, a más tardar para el año 2020, reconociendo que muchas empresas tienen metas aún más ambiciosas.
• Reducir significativamente la deforestación derivada de los otros sectores de la economía para el año 2020.
• Apoyar las alternativas a la deforestación impulsada por las necesidades básicas (tales como la agricultura de subsistencia y la dependencia de la leña para energía), de manera que alivien la pobreza y promuevan el desarrollo sostenible y equitativo.

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Deforestación en el Río Chagres, Panamá. Foto: Tomas Munita; National Geographic.

• Restaurar 150 millones de hectáreas de tierras degradadas y de tierras forestales para el año 2020 y aumentar significativamente la tasa de restauración a nivel mundial a partir de entonces, restaurando al menos otras 200 millones de hectáreas para el año 2030.
• Incluir objetivos ambiciosos y cuantitativos de conservación y restauración forestal para el año 2030 en el marco del desarrollo global post-2015, como parte de los nuevos objetivos internacionales de desarrollo sostenible.
Acordar en el año 2015 la reducción de las emisiones derivadas de la deforestación y de la degradación de los bosques como parte de un acuerdo climático global post-2020, de conformidad con las normas acordadas a nivel internacional y en consonancia con el objetivo de no superar el calentamiento en 2°C.
• Proporcionar apoyo para el desarrollo y la implementación de estrategias para reducir las emisiones forestales.
• Premiar a los países y jurisdicciones que tomen medidas para reducir las emisiones forestales, especialmente a través de políticas públicas para aumentar los pagos por la reducción de emisiones verificadas, y en el abastecimiento de materias primas para el sector privado.
• Fortalecer la gobernanza forestal, la transparencia y el estado de derecho, al mismo tiempo que se empodera a las comunidades locales y se reconocen los derechos de los pueblos indígenas, especialmente los relativos a sus tierras y recursos.

El logro de estos resultados podría reducir las emisiones entre 4,5 y 8,8 gigatoneladas de carbono por año para el 2030. Al trabajar en colaboración, podemos lograr estos objetivos y trazar un nuevo rumbo hacia la conservación, la restauración y la gestión adecuada de los bosques para el beneficio de todos. Invitamos a otros a unirse a nosotros en el compromiso de un mundo donde las personas y los bosques crezcan juntos.

Quién apoya y quién se abstiene en la Declaración

La declaración no supone un compromiso legal de los firmantes pero es un posicionamiento público con vistas a la decisiva Conferencia de París en diciembre 2015 (la llamada COP 21, es decir la Vigésima Primera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático).

Representantes de 32 países firmaron la Declaración: Estados Unidos de América, Canadá, Unión Europea (además del representante europeo apoyaron la declaración algunos países importantes como Alemania, Francia, Reino Unido, Dinamarca, Holanda y Noruega); entre los países latinoamericanos firmaron México, Chile, Colombia, Perú y República Dominicana; de los firmantes de Asia destacan Japón, Corea del Sur, Indonesia, Filipinas y Vietnam; y de África Kenia, República del Congo y Etiopía.

Entre los grandes ausentes están los emergentes BRICS, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica; tampoco firmaron algunos países americanos importantes (además de Brasil) como Argentina o Venezuela; otros ausentes destacados fueron Australia y Nueva Zelanda, y los países del sur de Europa – España, Portugal, Italia y Grecia –.

Por otra parte, firmaron los representantes de 20 gobiernos regionales; tres regiones de Brasil (Acre, Amapa y Amazonas) compensaron la ausencia del gobierno central. El gobierno de Cataluña compensó la ausencia de España (aunque estuviera representada por la Unión Europea). Cinco gobiernos regionales de México y cinco de Perú confirmaron el compromiso de sus respectivos países.

Es muy relevante que la Declaración estuviera firmada por 40 empresas multinacionales que se abastecen de materias primas cuya obtención pueda estar relacionada con la destrucción de bosques. Algunas tan conocidas como Danone, Kellogg´s, McDonalds, Nestlé, Unilever, L´Oreal, Yves Rocher y Johnson & Johnson.

Por último, también firmaron 65 Organizaciones de la Sociedad Civil (CSO, de las siglas en inglés), incluyendo 16 agrupaciones de Pueblos Indígenas y conocidas organizaciones conservacionistas como la International Union for Conservation of Nature (IUCN) y la World Wildlife Fund (WWF).

La Declaración lleva asociada una Agenda de Acción (voluntaria) que sirve de guía a gobiernos, empresas y organizaciones para cumplir los objetivos. Por ejemplo, las CSOs pueden “educar al público a través de campañas de concienciación para promover el consumo y la producción sostenible”. Específicamente, limitando el consumo de productos asociados con la deforestación y favoreciendo a las empresas que adopten la política de cero-deforestación.

Otro futuro es posible

Sabemos con bastante certeza cómo está cambiando el clima y tenemos herramientas para predecir lo que puede pasar en el futuro próximo. En el Informe del IPCC se plantean opciones para que los impactos del cambio climático permanezcan en un nivel controlable. Incluyen medidas de mitigación o políticas para reducir la concentración de gases invernaderos en la atmósfera y aumentar los sumideros de carbono, combinadas con iniciativas y medidas de adaptación para reducir la vulnerabilidad de los sistemas humanos y naturales a los efectos del cambio climático.

Mediante políticas de desarrollo sostenible que combinen medidas de adaptación y mitigación se conseguirá reducir el impacto del cambio climático (siguiendo trayectorias resilientes al clima) y alcanzar las situaciones de menor riesgo dentro de los futuros posibles (ver esquema del IPCC).

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Esquema de la situación actual del planeta y las diferentes trayectorias que resultan de una secuencia de decisiones colectivas, hacia los futuros posibles con mayor o menor riesgo (IPCC, 2014a, pág.88).

Ese cambio debe ser colectivo y universal. Es necesaria una acción coordinada de todos los países para cambiar a una economía global de cero-emisión de carbono. Hace unos días, Xi Jinping ponía fecha por primera vez (aunque lejana, 2030) para comenzar a reducir las emisiones de gases con efecto invernadero en China, el primer país emisor de CO2. Un primer paso que despierta cierto optimismo con vista a las negociaciones de París 2015.

Los árboles son nuestros aliados, siempre lo han sido. Actuando de manera invisible remueven constantemente el dióxido de carbono de la atmósfera y lo convierten en hermosas formas vivientes de hojas, troncos y raíces. Construyamos entre todos ese utópico “mundo donde las personas y los bosques crezcan juntos”, como propone la Declaración de la ONU.

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¹ El Quinto Informe de Evaluación del IPCC consta de cinco volúmenes que están disponibles en la web del IPCC:
• IPCC (2013). Climate Change 2013: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press, Cambridge, RU, 1535 págs. (Resumen en español).
• IPCC (2014a). Climate Change 2014: Impacts, Adaptation, and Vulnerability. Part A: Global and Sectoral Aspects. Contribution of Working Group II to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press, Cambridge, RU, 1132 págs.
• IPCC (2014b). Climate Change 2014: Impacts, Adaptation, and Vulnerability. Part B: Regional Aspects. Contribution of Working Group II to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press, Cambridge, RU, 688 págs.
(Resumen en español de las dos partes).
•  IPCC (2014c). Working Group III. Mitigation of climate change. WGIII Assessment Report 5. Final Draft, 2108 págs. (Documento sin publicar; Resumen en inglés).
• IPCC (2014d). Climate Change 2014 Synthesis Report. Longer Report. Adopted 1 November 2014, 116 págs. (Documento sin publicar; Resumen en inglés).

² Una gigatonelada (Gt) de carbono es igual a mil millones de toneladas o siguiendo el Sistema Universal, igual a un petagramo (Pg), es decir mil billones de gramos.

 

Escrito por Teo, jueves 20 de noviembre de 2014.

 

Enlaces

Comunicado de prensa del IPCC sobre la Reunión de Copenhague, 2 noviembre 2014 (en español)

Quinto Informe de Evaluación del IPCC.

Cumbre del Clima de Nueva York, septiembre 2014. Resumen para la prensa.

Declaración de Nueva York de los Bosques y Plan de Acción (en inglés).
Texto de la Declaración en español.

Noticia sobre el acuerdo de China y EEUU para frenar el cambio climático,

Acuerdo China-EEUU sobre cambio climático, Beijin 12 noviembre 2014 (en inglés)

Cuercos

Con una palabra de tres letras – oak – la lengua inglesa define a las más de 500 especies de árboles del género Quercus. En el idioma español tenemos una rica variedad de términos que nombran a las diferentes especies: roble (para Q. robur y Q. petraea), rebollo, melojo o marojo (Q. pyrenaica), encina o chaparro (Q. ilex), alcornoque (Q. suber), coscoja (Q. coccifera), quejigo (Q. faginea y Q. canariensis), quejigueta (Q. lusitanica), etc.; pero nos falta un término que agrupe a todas las especies. Aunque existe la palabra “quercínea”, la alternativa más simple sería castellanizar el término latino Quercus como “cuerco”, siguiendo su transcripción fonética. De hecho, cuerco significa roble o cualquier especie del género Quercus en la Lingua Franca Nova, esa lengua inventada por el psicólogo americano George Boeree en los años 60 del siglo pasado, a partir de las lenguas romances francés, italiano, portugués, español y catalán.

Investigación sobre cuercos

Independientemente del nombre que les demos, los árboles y arboledas del género Quercus constituyen una parte muy importante del paisaje, la economía y la cultura de amplias zonas de Europa, América del Norte y Asia. En México existen más de 160 especies, formando uno de los “centros de diversidad” del género Quercus; el otro centro importante está en China. Mientras, en España crecen 11 especies nativas. Debido a esta importancia reciben una gran atención por parte de los investigadores como se refleja en las publicaciones de libros y artículos científicos.

El último número de la revista Ecosistemas está dedicado a las especies de Quercus. Esta revista, que publica la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), está en formato electrónico y acceso libre a todos los usuarios de internet.

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En el número monográfico se recogen, además del editorial introductorio, cuatro artículos de revisión y 11 artículos de investigación. En ellos se presentan una variedad de temas: ecología de la dispersión de semillas y regeneración de las poblaciones; fisiología del crecimiento, rasgos funcionales y respuestas a la sequía (uno de los factores limitantes en clima mediterráneo); aplicación de herramientas de la biología molecular para conocer las relaciones de parentesco entre árboles y sus progenies; y distribución de las especies en función del clima y suelo, moduladas por los efectos de la gestión forestal.

La iniciativa de publicar este número colectivo surgió de dos reuniones científicas que tuvieron lugar en 2013 y que ya fueron reseñadas en este blog: un simposio dedicado a los Quercus durante el congreso de la AEET en Pamplona y el Taller (Workshop) celebrado en la Universidad Internacional de Andalucía, en Baeza.

Es impresionante la literatura científica que existe sobre los cuercos. Cada año se publican unos 890 artículos sobre especies de Quercus en las revistas internacionales (indexadas en la Web of Science); una consulta a esa base de datos dio como resultado unos 13.500 títulos. Con tanta información publicada es imposible estar al día en el conocimiento científico internacional sobre los cuercos.

En el análisis de las publicaciones, es interesante observar que casi el 12% de ellas corresponden a investigaciones hechas en España o por científicos españoles. De hecho, España aparece como la segunda potencia en producción científica de temas relacionados con Quercus. A título comparativo, en el área general de la ciencia forestal España ocupa el 11º puesto, más acorde con su posición en el ranking económico mundial (13º según el PIB). ¿Por qué tenemos los científicos españoles esa desproporcionada afición a estudiar los cuercos? Es misión de los sociólogos e historiadores de la ciencia buscar explicaciones a este patrón de la cienciometría.

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Relación de países según el número de publicaciones sobre las especies de Quercus (Marañón et al. 2014).

Cuercomanía

Existe una cierta “cuercomanía” o “cuercofilia” que padecemos o disfrutamos las personas fascinadas y atraídas por todo lo relativo a esos árboles majestuosos, robles, quejigos y encinas, que son símbolos de la fuerza y la resistencia.

La Sociedad Internacional de los Cuercos (International Oak Society) nació como un club de intercambio de semillas (bellotas) para completar las colecciones de arboretos y jardines botánicos. Ahora somos unos 400 miembros de 30 países y la sociedad publica una revista anual, International Oaks, entre otras actividades. Su misión es “promover el estudio, la gestión sostenible, la conservación, apreciación y difusión al público del conocimiento sobre los árboles del género Quercus y sus ecosistemas”.

También está la comunidad de admiradores de estos árboles, que no solo disfrutamos con su vista al natural, también los retratamos, inmortalizamos y subimos las fotos a una galería colectiva en la plataforma Flickr de Internet. El grupo Oak trees: the Quercus club tiene 786 miembros y más de 5.400 fotos subidas a la red. Todo un festín de imágenes. En la presentación del grupo se le rinde tributo al fotógrafo americano Ansel Adams (1902-1984) y sus soberbias fotos de robles californianos (posiblemente Q. lobata o roble del valle) retratados en blanco y negro.

"Oak tree, Sunset City" por Ansel Adams (1962).

“Oak tree, Sunset City” por Ansel Adams (1962).

Para el “cuercómano” es una delicia sumergirse entre las páginas del libro de Peter Young titulado simplemente Oak¹. Uno de esos libros envidiables de los británicos que unen naturaleza y cultura, con un tono divulgativo y ameno. Se pueden pasar las hojas, mirar la fotos y las láminas, repasando la variedad de perspectivas, símbolos e iconos culturales asociados a los robles. Dedica capítulos a los robles en la construcción de casas y muebles, de barcos y navíos de guerra, a sus representaciones en el arte y la literatura, y un interesante capítulo dedicado a “símbolos y supersticiones”.

En la página 139 reproduce una foto del roble (Q. robur) de Guernica (Gernika en vasco), ese símbolo cultural, político y patriótico que ha estado recientemente de actualidad en los medios de comunicación españoles porque ha empezado a perder las hojas antes de que llegara el otoño. Raras veces el estado de salud de un árbol suscita tanta atención. En el Diario Vasco se lee: “los representantes de la Diputación foral de Bizkaia están “preocupados” por la salud de este roble, que permanece y permanecerá en el tiempo como un milenario símbolo de las libertades vascas”.
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¹ Peter Young, 2013. Oak. Reaktion Books, Londres.

 

Escrito por Teo, jueves 25 septiembre 2014.

 

Enlaces

Diccionario de Lingua Franca Nova
Artículo en Ecosistemas que analiza la investigación sobre Quercus
Editorial introductorio al Monográfico sobre Quercus en Ecosistemas
Reseña sobre el simposio AEET de Pamplona en este blog
Reseña sobre el Taller UNIA de Baeza en este blog
Sociedad internacional de los Quercus
Grupo Flickr de fotografía sobre Quercus
Libro de Peter Young sobre los cuercos
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en ABC
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en Diario Vasco

Acacias viajeras

El viaje cambia al viajero, pero a su vez el viajero puede hacer que cambie el lugar que visita. Si quiere ser respetuoso con la naturaleza, intentará seguir la máxima “llévate solo los recuerdos en tu memoria, deja únicamente la huella de tus pies”, atribuida al jefe Seattle. Los viajeros dejan muchos tipos de huellas.

Hace aproximadamente 1,4 millones de años un ave marina, posiblemente un tipo de petrel, que anidaba en las colonias que cubrían las laderas de una isla volcánica del Océano Pacífico partía en su viaje de migración anual. Por alguna razón, perdió el rumbo y después de un largo viaje de 18.000 km fue a posarse en otra isla volcánica, pero del Océano Índico. Poco más sabemos de ese ave viajera desorientada, pero sí sabemos (o inferimos) que dejó una huella patente de su visita.
mapa acaciasAlguna de las miles de semillas que anualmente produce una acacia de las islas del Pacífico y que seguramente abundaban en aquella zona de cría, viajó como polizón con el petrel. Pudo viajar adherida al barro en las patas o en el interior del aparato digestivo. La cuestión es que después del largo viaje se encontró en la isla volcánica del Índico, también de clima tropical, semejante a su patria original, pero lejos, muy lejos de sus parientes. En esa pequeña masa de unos 60 mg, la semilla, viajaba un proyecto de vida. La semilla de acacia germinó, creció entre las otras plantas extrañas de la nueva isla, y después de unos 5-10 años empezó a florecer. Al tener flores hermafroditas y autocompatibles (que pueden auto-fertilizarse) empezó a producir nueva semillas y a extender su progenie por la isla.

Pasaron miles de años, más de un millón de años, la isla del Índico donde se instaló la acacia viajera empezó a ser visitada por seres humanos. Primero fueron visitas esporádicas de marineros. Los árabes la llamaron Isla del Oeste (Dina Morgabin), los portugueses Santa Apolonia, los ingleses Bosque de Inglaterra (England’s forest) y por fin los franceses establecieron en el siglo XVII una colonia permanente, como parte de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Los avatares históricos de la metrópolis francesa se reflejaron en los sucesivos nombres de la isla: Borbón, Reunión, Bonaparte y de nuevo Reunión. Las acacias, que formaban entonces bosques densos, fueron llamadas “tamarindos de las zonas altas” y explotadas para la construcción naval y la ebanistería. En 1783 el naturalista francés Juan Bautista Lamarck la nombró Mimosa heterophylla, porque tiene hojas de dos tipos, las más jóvenes con foliolos y las más viejas son filodios o tallos aplanados. Más tarde sería agrupada con las demás acacias, con su nombre actual Acacia heterophylla.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Mientras, en las isla lejanas del Pacífico, donde quedaron sus parientes, los primeros pobladores humanos llegaron más temprano, posiblemente entre los siglos IV y IX, desde la Polinesia. El primer contacto con europeos fue la visita del capitán Cook en 1778, que las llamó Islas Sandwich. En 1959 fueron anexionadas por los Estados Unidos con el nombre de Hawái. En cuanto a los ascendientes de la acacias viajeras, fueron descritos y nombrados por el botánico norteamericano Asa Gray en 1854 como Acacia koa, con el epíteto “koa” que en hawaiano significa audaz y valiente.

Durante años, los botánicos estuvieron intrigados porque las dos especies de acacia eran prácticamente idénticas, pero vivían en islas remotas y muy lejanas entre sí. En 2014, gracias a las nuevas técnicas de biología molecular se ha comprobado que, efectivamente, son muy parecidas genéticamente. Todas las poblaciones estudiadas en la isla Reunión pertenecen a una sola forma genética, un haplotipo de DNA cloroplástico que es muy parecido a uno de los nueve tipos encontrados en Hawái. Es decir, la hipótesis más plausible es que la acacias de Reunión provienen de ancestros de Hawái. Además, utilizando la estima del reloj molecular (una medida del tiempo de divergencia basada en la tasa de mutaciones) se estima que el viaje fundacional, la separación de los dos linajes, ocurrió hace aproximadamente 1,4 millones de años¹.

Fascinante historia que relaciona las dos especies isleñas de acacia. Pero ¿cómo llegaron las acacias a Hawái? Las islas volcánicas hawaianas surgieron en medio del Océano Pacífico hace unos 5 millones de años. Empezaron a ser colonizadas por plantas que llegaron dispersadas por aves, por el viento o por el mar desde las islas tropicales del Pacífico Occidental; también desde las costas de América, Asia y África. El análisis genético de parentesco (filogenia) ha mostrado que el ancestro más probable de la Acacia koa de Hawái es la acacia de madera negra (Acacia melanoxylon) del sureste de Australia.

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

En Sevilla se puede encontrar algún ejemplar de Acacia melanoxylon. Ahora no nos asombra que podamos disfrutar de este árbol a más de 17.000 km de su tierra de origen, en Australia. La globalización y el transporte de personas y mercancías tiene esas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes por los riesgos y las consecuencias negativas de las invasiones biológicas.

Me acerqué a la vieja acacia de madera negra que sobrevive, algo maltratada por el tráfico y los viandantes, en una esquina de la glorieta dedicada al marinero Juan Sebastián Elcano. Precisamente el viajero que completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Observé sus pequeñas semillas que colgaban de las vainas, pendientes de un pequeño arilo rosado. Listas para viajar ayudadas por algún ave. Pienso en sus parientes que viajaron desde Australia a Hawái (7.600 km) donde se diversificaron y dieron lugar a otra especie, A. koa. Mucho después, una semilla de esta especie viajó desde Hawái a Reunión (18.000 km) y allí dejó descendencia originando a su vez una especie nueva, A. heterophylla. Viajes improbables de acacias que tuvieron lugar hace miles, millones de años.
A_melanoxylon_semilla_ariloLos eventos improbables no son imposibles, pueden llegar a ocurrir si hay tiempo suficiente.

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¹ Le Roux, J. J., Strasberg, D., Rouget, M., Morden, C. W., Koordom, M., y Richardson, D. M. (2014). Relatedness defies biogeography: the tale of two island endemics (Acacia heterophylla and A. koa). New Phytologist (publicado en línea: DOI: 10.1111/nph.12900).

Escrito por Teo, 7 agosto 2014.

Enlaces
Artículo de Le Roux y colaboradores en la revista New Phytologist
Reseña en Nature del artículo de Le Roux y cols.

El bosque que no se ve. Otoño y epílogo

Luces

Las lluvias del otoño humedecen las hojas de los árboles, al aumentar su peso se rompen los ya debilitados pecíolos, lentamente van cayendo en una secuencia suave. El bosque de arces y nogales se va despojando así de su armadura de bronce y oro.

Bajo la lluvia, el biólogo Haskell, bien protegido por su impermeable, observa el bosque y reflexiona ¹. Siente un inesperado placer estético con el cambio otoñal de luces. El interior del bosque se ha vuelto más brillante y el espectro de la luz se ha ampliado. Después del verano, con sus sombras densas y la monotonía de los amarillos y verdes, ha llegado la explosión otoñal de los rojos, morados, azules, naranjas y sus múltiples combinaciones. Este sentimiento placentero lo interpreta como una necesidad inconsciente que tenemos los humanos por disfrutar de una diversidad cambiante de luces y colores.

Los animales del bosque modulan sus conductas para ajustarlas a los cambios de luces. Las aves, como el cardenal rojo (Cardinalis cardinalis), saben utilizar la heterogeneidad de luces y sombras en sus despliegues territoriales. Cuando un macho se expone en una rama iluminada, su plumaje rojo brillante refleja la luz y es bien visible para otros machos. Sin embargo, al saltar a una parte oscura y sombreada de la copa del árbol, parece tener un color apagado y poco visible para los posibles depredadores.

Haskell observa en el mandala cómo una babosa (de la familia Philomycidae) se desliza lentamente por una roca cubierta de musgo. La decoración de líneas color chocolate oscuro sobre un fondo plateado mate la destacan sobre el musgo verde revitalizado por las lluvias. Sin embargo, cuando pasa a la parte de la roca cubierta por líquenes, el efecto cambia dramáticamente y, como por encanto, la forma y el color del animal se funde y confunde con el fondo variegado. Su belleza persiste, pero se transforma en una belleza camuflada en el entorno al que pertenece.

La evolución del camuflaje de los animales y la posibilidad de que se vuelvan “invisibles” en su hábitat natural está constreñida por la complejidad del ambiente visual en el que viven y por la sofisticación y agudeza visual de los depredadores.

En nuestra vida cotidiana, la vista se ajusta a la luz monótona de la pantalla del ordenador o del móvil. Al visitar un bosque en otoño experimentamos el aumento de la intensidad de la luz que penetra el dosel y la explosión cromática que produce en el sotobosque; desde nuestro subconsciente emerge un placer estético. Haskell argumenta que no es una respuesta cultural, sino que nuestra sensibilidad a los tonos, coloridos e intensidades de la luz está ligada a nuestra herencia evolutiva, como habitantes ancestrales de los bosques.

Pyrus leaves

El mundo subterráneo

Tumbado en el suelo del bosque, en unos de los bordes del mandala, Haskell investiga el mundo húmedo y oscuro bajo la hojarasca. Va retirando las hojas superficiales de robles, arces y nogales, todavía reconocibles y escarba un poco. Un olor intenso se desprende del material vegetal en descomposición. Al aroma agradable de hongos frescos se une un olor general a tierra húmeda, un indicador de un suelo sano.

A lo largo del año el suelo del bosque se comporta como un vientre que respira, se hincha durante la rápida inhalación otoñal (con el aporte de las hojas) y a continuación se va hundiendo lentamente a medida que la fuerza vital va permeando en el interior del cuerpo del bosque.

Mediante el olfato podemos detectar las moléculas que emiten los microbios del suelo; ese invisible mundo microscópico. Entre ellos, las actinobacterias tienen un papel fundamental en la degradación de los compuestos orgánicos y en el ciclado del carbono (además de ser la fuente natural de diversos tipos de antibióticos). Tienen la particularidad de emitir un compuesto volátil (geosmina) que asociamos al olor a “tierra mojada” y al que nuestro olfato es muy sensible; capaz de detectar niveles de una parte por billón. Haskell se pregunta si quizás nuestra historia evolutiva de recolectores y cultivadores de la tierra ha enseñado a nuestro olfato a reconocer una tierra sana y productiva; vinculando de esta forma nuestro subconsciente a los microbios del suelo que definen el nicho ecológico humano.

También existe toda una biodiversidad visible a través de la ventana abierta por Haskell al interior de la hojarasca, aunque son criaturas minúsculas. Los micelios (filamentos de los hongos) de color blanco radiante forman una retícula sobre las hojas negras. Diminutos chinches rosados, arañas naranjas y colémbolos blancos se mueven entre los restos vegetales oscuros. Un ápice radical de alguna planta queda al descubierto entre la hojarasca. De la raicilla emergen pelos delicados a través de los cuales la planta explora el suelo para absorber agua y nutrientes. Pero las raíces finas también secretan al suelo azúcares, lípidos y proteínas formando una capa gelatinosa a su alrededor (la rizosfera) donde se concentra la mayor densidad microbiana del suelo.

En realidad, las raíces no existen de forma independiente sino que están casi siempre asociadas a diversos tipos de hongos formando las micorrizas. La planta proporciona azúcares y otras moléculas complejas al hongo, mientras que el hongo, a través de sus hifas, le suministra agua y minerales, en particular fosfatos, a las raíces de la planta. Esa unión de planta y hongo (la micorriza) se puede considerar como una unidad biológica funcional.

Además, los hongos pueden servir como conductos de comunicación entre plantas. El átomo de carbono que una hoja de arce toma del aire, es fijado e incorporado en una molécula de azúcar; puede luego ser transportado a las raíces y donado a un hongo de la micorriza que a su vez lo puede usar o pasarlo a la raíz de un nogal. No se conoce bien el funcionamiento de esta red subterránea de interconexiones entre las plantas del bosque. De este modo, las plantas compiten (por la luz y los nutrientes) pero también comparten.

Existen evidencias fósiles que apoyan que las primeras plantas que colonizaron la tierra tenían ya micorrizas. La fuerza de esta simbiosis planta-hongo permitió el avance evolutivo de las plantas para colonizar y extenderse por toda la superficie terrestre. La economía natural es una historia de progreso individual y también de solidaridad.

Nuestra percepción principalmente visual y nuestro gran tamaño nos proporciona una perspectiva sesgada de la realidad natural del bosque. Ignoramos la gran complejidad y biodiversidad del mundo subterráneo. La muerte es la principal aprovisionadora de comida para este mundo. Todos los organismos terrestres, los animales y las plantas (sus hojas y troncos), estamos destinados a pasar a través del inframundo oscuro y a alimentar a otras criaturas. Al ser “enterrados” alimentamos la maquinaria de la vida y nuestras moléculas se reintegran a la tierra.

Poplar litter

Redes de sonidos y de compuestos volátiles

Una mañana de otoño Haskell permanece sentado junto al mandala, inmóvil durante más de una hora. Siente la brisa y la calma del bosque. Un ciervo se acerca a pocos metros sin notar su presencia, al verlo emite varios resoplidos de alarma y huye dando saltos. La voz de alarma se propaga en el silencio del bosque, unas ardillas y más lejos un tordo se hacen eco emitiendo sus propios sonidos de alarma. Existe una red acústica que conecta a los mamíferos y aves del bosque dándoles aviso de la existencia y localización de las posibles amenazas. Haskell recapacita que la mayor parte del tiempo que pasa sentado o paseando por el bosque está inmerso en sus propios pensamientos y ajeno a los sonidos que oye. Hace falta un ejercicio de voluntad para traernos al presente, a escuchar nuestros sentidos y desconectarnos, por un momento, del ruido interior de nuestras mentes.

Las plantas del bosque tienen una red de señales de alarma que no podemos percibir. Cuando una hoja es dañada, la planta sintetiza compuestos químicos de defensa. Algunos de estos compuestos son volátiles y se dispersan por el aire. Estas moléculas pueden llegar a la hoja de una planta vecina, entrar por los estomas y activar los mismos genes que ordenan la síntesis de compuestos químicos de defensa. A través de esta comunicación química, mediante los compuestos volátiles, una planta puede estar prevenida para el ataque de los insectos y volverse menos vulnerable.

El aire del bosque está repleto de una variedad de compuestos volátiles producidos por las plantas. Algunos son reconocibles por nuestro olfato y los denominamos aromas o perfumes. Pero la mayoría de las moléculas del aire del bosque son inhaladas y se disuelven directamente en nuestra sangre, pasando al cuerpo y a la mente sin que seamos conscientes. Muchos sentimos un gran bienestar cuando paseamos por un bosque y lo achacamos al placer estético y cultural. En Japón, este efecto sanador del bosque está reconocido como una práctica saludable y se denomina shinrin-yoku (tomar el aire del bosque). En los últimos años médicos japonenses han comprobado de forma científica el efecto beneficioso de respirar el aire del bosque, en particular reduce los riesgos de enfermedades coronarias, y se investiga cuáles son los compuestos químicos responsables.

La última tarde del año

En la última tarde del año Haskell visita el mandala. Después de observar la puesta de sol, escucha atento los sonidos de algunas aves mientras se acomodan en sus dormideros; más tarde oye el ulular de un búho, y luego el silencio.

Después de haber visitado durante todo el año el mandala y haber estado sentado en silencio durante horas, siente que el bosque está más cerca de sus sentidos, de su intelecto y de sus emociones; un sentimiento de pertenencia.

Pero al mismo tiempo, después de sus largas horas de observación, reconoce la enormidad de su ignorancia sobre los seres del bosque y sus relaciones. También siente su irrelevancia. La vida del bosque nos trasciende, no somos necesarios para que siga su curso. Aunque esta independencia de la vida del mandala le llena de alegría.

Epílogo

En el Epílogo del libro, Haskell reflexiona sobre nuestra desconexión, cada vez mayor, del mundo natural. Pero también reconoce que vivimos en una época maravillosa para los naturalistas. Nunca hemos tenido tantas herramientas como las guías, los documentales, las bases de datos de imágenes y sonidos, y toda la información accesible en internet.

Con este libro, Haskell anima a otros a explorar sus propios mandalas. No es necesario que sea un bosque maduro. Una de sus enseñanzas es que nosotros creamos sitios maravillosos al prestarles nuestra atención, no tenemos que esperar a encontrar bosques vírgenes que nos desvelen sus maravillas.

Termina con dos recomendaciones para observar el mandala. 1) Dejar atrás las expectativas, poner entusiasmo y tener los sentidos abiertos. 2) Ejercitar la atención de la mente al momento presente; buscar los detalles sensoriales, los sonidos, aromas, formas y colores.

Y una confesión: “observando el bosque, he llegado a verme a mí mismo con mayor claridad”.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

Bosque de Shakerag Hollow en Sewanee, Tennessee, EEUU, donde está el mandala. Autor: David Haskell.

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¹ El biólogo y escritor David Haskell visitó periódicamente durante un año un mandala virtual en un bosque de Tennessee (EEUU), donde observó los cambios con las estaciones en la historia natural de los habitantes del bosque. Con sus anotaciones de naturalista y las reflexiones como humanista publicó el libro The Forest Unseen. En este blog he reseñado anteriormente los pasajes de invierno, primavera y verano.
La Academia Nacional de las Ciencias de EEUU ha concedido a este libro el Premio de Comunicación 2013 en reconocimiento a la excelencia en la divulgación de ciencia.

 

Escrito por Teo, jueves 26 de diciembre 2013.

 

Entrada sobre el verano en el libro de Haskell
Entrada sobre la primavera en el libro de Haskell
Entrada sobre el invierno en el libro de Haskell
El libro The Forest Unseen publicado por el grupo Penguin
El blog de David Haskell