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La red social del bosque

Cuando paseamos por un bosque no somos conscientes de que bajo nuestros pies se extiende un denso entramado de raíces y micelios de hongos, una red de conexiones que sirve a los árboles para comunicarse unos con otros. Pero, ¿verdaderamente los árboles se comunican? ¿son capaces de “transmitir señales mediante un código común al emisor y receptor”? como define la Academia la acción de “comunicar”.

La ecóloga forestal Suzanne Simard descubrió, a finales del siglo XX, que los árboles del bosque están conectados por una red de raíces y micorrizas, a través de la cual transfieren nutrientes desde las “fuentes” o emisores a los “sumideros” o receptores. En su experimento pionero, marcó las hojas de abedules (Betula papyrifera) en Canadá, con isótopos de carbono (C13 y C14) y comprobó que este carbono era transferido a plántulas vecinas de abeto (Pseudotsuga menziesii), que crecían en la sombra. En el sentido contrario, el carbono marcado en las hojas de abeto, durante el invierno apareció en los jóvenes abedules desprovistos de hojas.

La publicación de estos resultados sorprendentes en la prestigiosa revista Nature [1], supuso el lanzamiento a la fama (científica) de la joven Simard y el auge en la investigación sobre las redes de micorrizas, que serían bautizadas como Wood Wide Web o internet del bosque (en un juego de palabras de las siglas en inglés WWW, cambiando World-mundo por Wood-bosque).

Hongos y raíces forman una red oculta

Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos (mykós en griego) y raíces (riza) de plantas. Las hifas o filamentos de los hongos movilizan y transportan los nutrientes minerales del suelo hasta las raíces de las plantas, mientras que el hongo recibe a cambio hidratos de carbono fotosintetizados por la planta. Se piensa que esta simbiosis con los hongos fue crucial en la evolución de las plantas terrestres, cuando dejaron el medio acuático hace unos 400 millones años y tuvieron que aprender a captar las sales minerales y nutrientes retenidos por las partículas del suelo.

La existencia de las micorrizas ya se conocía a finales del siglo XIX, pero sus beneficios agrícolas y forestales se fueron descubriendo en la primera mitad del siglo XX. Ha sido en este siglo XXI cuando las nuevas técnicas de biología molecular y los marcadores isotópicos han abierto una ventana nueva a ese mundo complejo de las redes micorrícicas que conectan los árboles del bosque.

El grupo de Simard ha cartografiado con detalle la red de micorrizas en una parcela de bosque de abetos (Pseudotsuga menziesii) en Canadá, identificando los genotipos de árboles y hongos, mediante análisis de ADN [2]. Un viejo abeto, de 94 años, estaba conectado con otros 47 árboles mediante 11 genotipos diferentes del hongo Rhizopogon sp. La longitud media de un micelio de hongo fue de 20 metros. La red de conexiones debe ser aún más compleja porque solo se identificaron las micorrizas formadas por dos especies de hongos; mientras que en esa comunidad de bosque pueden existir más de 50 especies diferentes de hongos micorrícicos. Funcionalmente, se trataría de un super-organismo clonal, una red simbiótica árbol-hongo que comparte los recursos del bosque.

Mapa de la red de micorrizas en un bosque de abetos de Canadá (Beiler et al., 2010).

A través de las redes no solo circulan nutrientes, también van señales bioquímicas y eléctricas de un árbol a otro; para algunos, esas señales son prueba de la existencia de comunicación real, de una “charla arbórea” (tree talk) [3]. Se ha comprobado que abetos que habían sufrido una defoliación severa por insectos transmitieron, por medio de la red de micorrizas, señales de estrés a los árboles vecinos, que a su vez respondieron activando los genes que sintetizan enzimas defensivos. La señal de alerta fue comunicada no solo a los árboles de la misma especie, sino también a los de otras especies. ¿Qué sentido evolutivo tiene ayudar a un árbol vecino que compite contigo por los recursos y el espacio? Una posible explicación alternativa es que la red es propiciada por el hongo, que comunica a diferentes árboles para asegurarse una fuente de carbono desde múltiples hospedadores, en un ambiente variable e impredecible.

También existe un lado oscuro de la red, no todo es altruismo y cooperación entre árboles. Algunos árboles producen compuestos químicos que se llaman alelopáticos (del griego pathos-sufrir y allelos-al otro), es decir que inhiben el crecimiento y desarrollo de otras plantas. Por ejemplo, es conocido que las raíces y hojas del nogal (Juglans regia) tienen juglona (un tipo de naftoquinona) que es tóxico para otras plantas. Se ha comprobado que los micelios de los hongos conectados a las raíces del nogal facilitan el transporte de la juglona y así extienden su efecto alelopático por el suelo; por otra parte, la juglona le sirve al hongo como defensa química contra los micófagos [4].

Es difícil imaginar esa red compleja y dinámica que conecta los árboles del bosque bajo tierra. El artista francés Enzo Pérès-Labourdette dibujó unos seres oníricos, especie de duendecillos carteros, que corren apresurados por un laberinto de caminos subterráneos llevando mensajes, para ilustrar un artículo dedicado a la Wood Wide Web en la revista New Yorker.

Ilustración de Enzo Pérès-Labourdette para New Yorker (2016).

Esta relación compleja entre los árboles también se puede imaginar y explicar usando analogías con nuestras relaciones humanas y sociales. La doctora Simard, una apasionada comunicadora y divulgadora, cambia su lenguaje científico, frío y objetivo, por otro más personal y más sentimental en sus conferencias: “Los árboles madre reconocen y nutren a sus hijos, les envían señales de alerta, les hablan“. Reconoce su inspiración en el lema de Rachel Carson: “no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir“.

Simard argumentaba así su pasión “humanizadora” por los árboles:

“Pasan tantas cosas en los bosques, que no somos capaces de entenderlas aplicando las técnicas científicas tradicionales. Así que abrí mi mente y decidí incorporar aspectos humanos para comprender de forma más profunda, más visceral a estas criaturas vivientes, que no son meros objetos inanimados. Además, como seres humanos nos podemos relacionar mejor con estos árboles (humanizados), cuidarlos mejor y gestionar mejor nuestros paisajes.”

Árboles con vida social

Los árboles son seres muy sociales y se ayudan unos a otros; su bienestar depende de la vida en comunidad“, escribió Peter Wohlleben en su interesante y apasionado libro La vida oculta de los árboles. Qué sienten y cómo se comunican [5].

Wohlleben es técnico forestal y gestiona el bosque comunal de Hümmel (Alemania); el hermoso bosque antiguo, por donde le gusta deambular y que tanto le inspira. Confiesa que, durante sus caminatas por el interior del bosque, aprende algo nuevo cada día, investiga, piensa, observa, y saca conclusiones de lo que ha descubierto. Fruto de esas observaciones y sus lecturas (entre ellas, los trabajos de Simard) fue el libro dedicado a la vida oculta del bosque, que tuvo un gran éxito en Alemania (publicado en 2015, vendió más de 300.000 ejemplares). Posiblemente tocó la fibra sensible y ancestral que ya reconoció el historiador latino Tácito en los antiguos germanos: “no juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración”. Quizás el libro sirvió para renovar ese vínculo cultural y espiritual con el bosque.

El amante de los árboles disfruta leyendo el libro, estructurado como una colección de relatos de historia natural del bosque. También aprende sobre la complejidad de los nuevos descubrimientos científicos, como la red Wood Wide Web que conecta los árboles. Es verdad que, a veces, el lector no sabe si tiene entre las manos una obra de ciencia o de ficción, y le vienen a la mente otras historias de árboles inteligentes: “hay algún tipo de comunicación electroquímica entre las raíces de los árboles. Como las sinapsis entre las neuronas. Cada árbol tiene 10.000 conexiones a los árboles que los rodean, y hay un billón de árboles en Pandora” [6]. Sí, el bosque fantástico de Avatar, pero estas historias de Wohlleben son del planeta Tierra, y más concretamente del centro de Europa.

En las reseñas del libro en revistas científicas se le reconoce su valor divulgativo pero se le critica la excesiva “humanización” de los árboles [7]. Wohlleben se justifica: usa “un lenguaje muy humano, porque el lenguaje científico elimina toda la emoción y la gente no lo entiende“. Claro que, al dotar a los árboles de sentimientos y emociones, se plantea dudas morales como gestor de bosques: “cuando sabes que los árboles experimentan dolor y tienen memoria, y que los árboles padres viven junto a sus hijos, entonces no puedes ir sin más a talarlos y destruir sus vidas con maquinaria pesada.”

Como alternativa a la explotación forestal tradicional propone “una gestión amigable del bosque, que permita a los árboles satisfacer sus necesidades sociales, crecer en un verdadero ambiente forestal sobre suelo sin perturbar y pasar “su conocimiento” a la siguiente generación. Al menos a algunos de ellos se les debe permitir envejecer con dignidad y morir de muerte natural.” Una forma revolucionaria de contemplar nuestra relación con el bosque.

Termina el libro con algunas profecías y una invitación a pasear con imaginación por el bosque.

“Cuando se conozcan las capacidades de los árboles, y se reconozcan sus vidas emocionales y necesidades, entonces cambiará gradualmente la forma en que los tratamos.
Quizás algún día se podrá descifrar el lenguaje de los árboles, dándonos material para historias aún más asombrosas. Hasta entonces, en tu próximo paseo por el bosque, deja rienda suelta a tu imaginación.”

Tienes un treemail

Los habitantes de Melbourne (Australia) tienen el privilegio de poder comunicarse con sus vecinos arbóreos a través de internet. Desde 2013, los 77.000 árboles de la ciudad tienen asignados individualmente una dirección de correo electrónico. Pueden recibir un email desde cualquier parte del mundo. Es tan fácil como abrir en internet el Bosque Urbano Visual, elegir un árbol, y enviarle un email.

Dioses maoríes esculpidos en troncos. Parque Nacional Abel Tasman, Nueva Zelanda. Foto: Jonathan Hansen.

El objetivo de esta red social arbórea es esencialmente práctico; que los vecinos puedan comunicar a los técnicos municipales cualquier incidencia sobre un árbol determinado, como una rama caída, una plaga, etc. Los árboles están así perfectamente identificados y localizados en el mapa.

La innovación e imaginación del ayuntamiento de Melbourne ha consistido precisamente en darle una identidad (y una dirección de email) a cada uno de los árboles. Cuando paseas por la ciudad ya no te cruzas con “un árbol”, sino con tus vecinos arbóreos individualizados. Algunos habitantes de Melbourne comparten con Simard y Wohlleben ese sentimiento “humanizador” hacia los árboles y los reflejan en sus mensajes. El árbol más popular es un olmo dorado (Ulmus glabra ‘Lutescens’) que recibe numerosas muestras de cariño:

“Querido 1037148,
mereces ser conocido por más que un número.
Te quiero. Ahora y para siempre.”

El efecto inesperado de esta red social arbórea ha sido que muchos vecinos la aprovechan para expresar sus sentimientos hacia esos seres vivos, con los que comparten sus penas y alegrías cotidianas. Es un vehículo para la participación ciudadana en el cuidado del arbolado, y al mismo tiempo una red psico-social que une personas y árboles en el ecosistema urbano.

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[1] Simard SW, Perry DA, Jones MD, Myrold DD, Durall DM y Molina R (1997). Net transfer of carbon between ectomycorrhizal tree species in the field. Nature, 388: 579-582.

[2] Beiler KJ, Durall DM, Simard SW, Maxwell SA y Kretzer AM (2010). Architecture of the wood-wide web: Rhizopogon spp. genets link multiple Douglas-fir cohorts. New Phytologist, 185: 543-553.

[3] Gorzelak MA, Asay AK, Pickles BJ y Simard SW (2015). Inter-plant communication through mycorrhizal networks mediates complex adaptive behaviour in plant communities. AoB Plants, 7, plv050.

[4] Achatz M, Morris EK, Müller F, Hilker M y Rillig MC (2014). Soil hypha-mediated movement of allelochemicals: arbuscular mycorrhizae extend the bioactive zone of juglone. Functional ecology, 28: 1020-1029.

[5] Peter Wohlleben (2015). Da geheime Leben del Bäume. He leído y cito a partir de la versión inglesa de 2016:  The hidden life of trees. What they feel, how they communicate. Greystone Books, Vancouver, Canadá. Existe una traducción al español, titulada La vida secreta de los árboles, publicada por Obelisco en la colección “Espiritualidad y vida interior”.

[6] James Cameron (2007). Avatar. Twentieth Century Fox Film, Script, pág. 101.

[7] Richard Fortey (2016). The community of trees. Nature, 537: 306.

 

 

Escrito por Teo, jueves 27 abril 2017.

 

Enlaces

Artículo en la revista New Yorker sobre la Wood Wide Web

Artículo en el blog de Scientific American sobre la red de micorrizas

Entrevista con Susane Simard en el blog de la Escuela Forestal de Yale

Conferencia TED de Susane Simard (más de 2 millones de visionados)

Rachel Carson y el asombro, en este blog

Entrevista con Peter Wohlleben en New York Times, 29 enero 2016

Escritos de Tácito sobre los Germanos, en este blog

Bosque Urbano Visual de Melbourne

Noticia en la BBC sobre los árboles con email en Melbourne

El árbol más popular de Melbourne, en CityGreen, 22 noviembre 2016

Declive y rescate de un gigante

El castaño americano (Castanea dentata) es un árbol gigantesco que puede alcanzar los 40 metros de altura, con troncos de más de 3 metros de diámetro. Su área de distribución se extiende por todo el este de Estados Unidos, desde Maine al norte hasta Georgia al sur, ocupando unas 80 millones de hectáreas. Se le ha llamado la “secuoya del este” por su envergadura y por ser el árbol dominante del bosque.

La filogeografía ha reconstruido la historia evolutiva de las siete especies de castaños existentes en el mundo. Los ancestros del género Castanea (de la familia Fagácea) se originaron en los bosques del este de Asia, hace unos 60 millones de años. Desde allí, un linaje migró hacia el oeste y hace unos 43 millones de años se diferenciaron los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, los castaños pasaron a Norteamérica, donde se originaron las dos especies americanas (C. dentata y C. pumila) [1].

Durante las reiteradas glaciaciones en los últimos dos millones de años (la más reciente hace 10.000 años), la orientación norte-sur de la cordillera de los Apalaches (este de EE UU) permitió las migraciones de las especies de árboles siguiendo el avance y retirada de los hielos. El resultado fue la supervivencia de un bosque mixto, rico y diverso. Los primeros colonos europeos del siglo XVIII se encontraron un paraíso natural en estos bosques. La producción de castañas era copiosa, a veces se acumulaban tanto en el suelo del bosque que se recogían con palas, y además era segura todos los años, sin vecerías como en los robles. En otoño suponía una importante fuente de ingreso para las familias que subsistían en esta zona de montañas. La prodigalidad del castaño constituía también un recurso básico para la fauna forestal; proporcionaba alimento a osos, ciervos, y todo tipo de pequeños mamíferos y de aves. Para la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), que formaba bandadas de cientos de miles de individuos, la abundante castaña era su dieta favorita en otoño e invierno.

Los leñadores consideraban al castaño americano el “árbol perfecto”: un tronco recto, con madera resistente a la podredumbre y fácil de trabajar. Fue talado masivamente y utilizado en la fabricación de casas, cobertizos, postes de telégrafos, traviesas de ferrocarril, muebles e instrumentos musicales. En la icónica fotografía de 1910, publicada por Sidney V. Streator en la revista Leñador Americano (American Lumberman), se aprecian las dimensiones de estos árboles colosales.

A finales del siglo XIX algunos naturalistas, como Henry D. Thoreau (1817-1862), advirtieron que la explotación del castaño no era sostenible: “la madera de castaño ha desaparecido rápidamente en los últimos 15 años, siendo utilizada de forma extensiva para traviesas, cercados, tableros y otros fines, de modo que actualmente es comparativamente escasa y cara; y existe el peligro, si no tenemos un cuidado especial, de que este árbol se extinga” [2].

Encuentro fatal

No fue el hacha la perdición del castaño sino un misterioso alien que vino de oriente. Se sabe que en 1876 un viverista de Nueva York importó castaños japoneses (C. crenata) como árbol ornamental. Posiblemente en el embarque de los castaños venía como polizón un hongo parásito, que forma pústulas rojo-anaranjadas sobre la corteza; pero pasó desapercibido porque el árbol japonés tiene defensas y puede convivir con el hongo sin mayores problemas.

Sin embargo, cuando las esporas de este hongo llegaron a contactar con su pariente americano el efecto fue devastador. Las primeras infecciones letales se detectaron en 1904 en los castaños del Jardín del Zoológico de Nueva York. Un joven micólogo del Jardín Botánico, al otro lado de la calle, fue avisado y comenzó a estudiar la causa de esta mortandad. William A. Murrill (1869 – 1957) se había criado en una granja de Virginia donde “pasó una infancia feliz deambulando por el campo, cazando ranas y topos, y cogiendo frutos silvestres de pawpaw (Asimina triloba, pariente de la chirimoya), nogales y castaños” [3]. Estudió Botánica en la Universidad de Cornell y acababa de ser contratado en el Botánico de Nueva York cuando se encontró con el importante reto que marcaría su carrera.

Murrill aisló y cultivó el hongo, comprobando sus efectos patógenos sobre el castaño. En 1906 publicó sus características y su ciclo biológico, con el nombre Diaporthe parasitica, que en 1978 sería rebautizado como Cryphonectria parasitica, vulgarmente conocido como “chancro del castaño”. Entonces no se sabía su origen, si era una mutación patógena de un hongo nativo o había venido de fuera.

El hongo tiene un ciclo complejo. Las esporas tienen que penetrar por alguna herida de la corteza hasta el cámbium (tejido de crecimiento del tronco), allí germinan y el micelio empieza a extenderse entre las células vivas, produciendo compuestos tóxicos, como el ácido oxálico, que las matan. La infección del cámbium y el xilema (tejido de transporte) interrumpe la circulación de la savia. Al expandirse el micelio y rodear la rama o el tronco produce la necrosis parcial o de todo el árbol, por efecto del “anillado”. Es “el asesino perfecto, como un tiburón” comentó un micólogo, no sin cierta admiración [3].

En primavera y otoño se producen las pústulas (picnidios) de color amarillo-anaranjado que liberan las esporas asexuales (conidios) englobadas en un material viscoso de color amarillo; estas esporas se dispersan a corta distancia, por la lluvia o adheridas a los animales. Al final del verano, se producen millones de esporas sexuales (ascosporas), un polvo amarillo que es dispersado por el viento transmitiendo su carga letal.

En pocos años el hongo devastó los bosques del este americano, arrasando unos 4 mil millones de castaños, infectando a todos los árboles en el área de distribución; la epidemia avanzó a una velocidad de 80 km por año. La actuación de los servicios forestales no fue muy afortunada: “lo mejor es cortar todos los castaños que quedan, aprovechar su madera por valor de unos millones de dólares, y permitir que la naturaleza regenere otros tipos de árboles en su lugar”, fue la consigna del Director de un Centro de Investigación Forestal en 1926 [3]. Ignorando que de esa manera reducía la diversidad genética de la población y por tanto la probabilidad de que algunos individuos resistentes pudieran sobrevivir. Para el año 1940, el castaño americano, el gigante de los bosques de los Apalaches, había desaparecido como especie comercial.

En realidad el castaño no se extinguió como especie, porque el hongo no infectaba la raíz y la base del tronco. De hecho el árbol sobrevive, rebrota desde la base y comienza a crecer, hasta que después de 10-20 años vuelve a ser infectado por el chancro y “muere” (la parte aérea). Nunca llega a ser el árbol gigante con el tronco recto y fuerte del pasado; rebrota, crece y “muere” como si fuera presa de la maldición de Sísifo. El que fuera árbol dominante del dosel quedó relegado a sobrevivir en el sotobosque como un arbusto.

En cuanto a Murrill, después de describir y nombrar al hongo parásito, siguió con su brillante carrera de micólogo, siendo conocido como Mr. Mushroom (Señor Champiñón); describió unas 1.700 especies nuevas, publicó 20 libros, 500 artículos científicos y 800 de divulgación. Viajó y recolectó hongos por México, Caribe, Europa y Sudamérica. De carácter algo excéntrico y poco comunicativo, en un viaje a Europa “desapareció” sin dejar noticias; en el Botánico cubrieron su puesto y su mujer pidió el divorcio. Cuando volvió a los ocho meses (había estado enfermo del riñón en un hospital francés), se encontró sin trabajo y sin mujer. Se retiró a vivir en una cabaña en Virginia, donde siguió escribiendo y estudiando hongos.

Largo camino hacia la recuperación

Una vez aceptada la derrota en la lucha contra la expansión de la plaga, la administración, universidades y particulares comenzaron a trabajar para la recuperación de esta especie emblemática de árbol. La restauración natural parece poco probable porque la susceptibilidad letal fue casi universal (no quedaron individuos resistentes) y además afectó a todo el área de distribución (no quedaron refugios ni poblaciones que escaparan de la plaga). La alternativa fue intentar la recuperación asistida.

La primera opción fue buscar la solución en oriente, de donde vino el hongo. La confirmación de su origen no llegó hasta 1913 cuando el explorador Frank N. Meyer (1875-1918), enviado por el Departamento de Agricultura (USDA) a China, encontró árboles de Castanea mollisima que mostraban la enfermedad pero parecían resistentes. Meyer envió muestras de corteza y castañas a EE UU y la identidad del hongo fue así confirmada. Uno de los últimos “cazadores de plantas”, Meyer pasó 13 años en Asia explorando y recolectando semillas y propágulos para la Sección de Introducción de Plantas Extranjeras del USDA; en total embarcó unas 2.000 especies botánicas de interés (un tesoro vegetal de oriente) para América.

Castaño chino afectado por el chancro y resistente, en la provincia de Zhili, China, 1913. Foto: F. Meyer, Archivos del Arnold Arboretum de Harvard.

Durante 40 años se ensayaron todo tipo de cruces entre el castaño americano y los castaños de China y Japón. Aunque se obtenían árboles híbridos resistentes al chancro, no se parecían en nada al castaño americano, no tenían el tronco recto ni su rapidez de crecimiento, tampoco eran tolerantes al frío. El resultado fue descorazonador y en la década de 1960 se abandonaron estos programas de mejora genética y recuperación.

En la década de 1980 Charles Burnham (1904-1995), un genético vegetal con experiencia en la mejora del maíz, propuso un enfoque diferente que no se había probado en genética forestal. A partir de híbridos con castaños chinos (C. mollisima) resistentes al chancro se debería comenzar un proceso repetido de retrocruzamiento con los parentales americanos. En cada generación habría que seleccionar la progenie que manifestara la tolerancia al chancro y que al mismo tiempo tuviera rasgos morfológicos tipo americano. De esa forma, después de varias generaciones se conseguiría un castaño muy semejante en todos los aspectos al C. dentata pero con los genes de la tolerancia al chancro de C. mollisima.

La mejora genética de árboles es un proceso difícil que requiere mucho trabajo para hacer los cruces, esperar mucho tiempo hasta que fructifique cada generación, y muchos terrenos donde hacer las plantaciones experimentales. Para poner en marcha este ambicioso programa de mejora genética Burnham y sus colegas crearon en 1983 la Fundación del Castaño Americano (FCA). En la actualidad cuenta con 586 plantaciones experimentales distribuidas por toda el área del castaño y 6.000 voluntarios que dedican unas 50.000 horas al año a colaborar con los científicos en las tareas de polinización manual, recogida de semillas, plantaciones, inoculación del hongo, selección y cultivo de plantones [4].

Técnico de la fundación FCA polinizando un castaño resistente al chancro (Foto: Leslie Middleton).

Aplicando las nuevas técnicas de genética molecular se podría introducir un gen de tolerancia al chancro, manteniendo el genoma completo del castaño americano y sus características típicas, evitando así el problema asociado a las hibridaciones con especies asiáticas, de aspecto tan diferente. Un equipo de la Universidad de Nueva York ha probado con el gen de la oxalato oxidasa (OxO) que detoxifica el oxálico, producido por el hongo para matar las células del árbol y facilitar su invasión. Así, insertando un gen OxO del trigo (que ha evolucionado esta defensa natural) se obtienen castaños transgénicos que resisten el chancro. Ya se han producido los primeros castaños resistentes que esperan en plantaciones experimentales el permiso de las autoridades federales para ser llevados al bosque. Sin embargo, estas técnicas cuentan con la oposición de los ecologistas que consideran a los castaños transgénicos “innecesarios, indeseables e impredecibles por su posible impacto ambiental”, a diferencia de los castaños resistentes obtenidos por cruces tradicionales.

En 1936 el poeta americano Robert Frost (1874-1963) escribió un poema que sería una premonición o un deseo [5].

¿Terminará el chancro con el castaño?
Los granjeros apuestan que no.
Se mantiene latente en las raíces
y hacia arriba surgen nuevo brotes.
Todavía vendrá otro parásito
para acabar con el chancro.

Efectivamente, al hongo del chancro le llegó su propio parásito que también vino de oriente, pero con parada en Europa. Las primeras infecciones de chancro en los castaños europeos (Castanea sativa) se detectaron cerca de Génova, en 1938. La especie europea parecía menos sensible al chancro que la americana. Un fitopatólogo italiano descubrió en 1950 una cepa del hongo que no era letal y la llamó “hipovirulenta”. Posteriormente se descubrió que se trataba un virus, identificado como CHV1 (Cryphonectria hypovirus 1), que infecta al hongo y lo debilita. Actualmente se investiga el potencial del virus CHV1 para el control biológico del hongo en el castaño americano, aunque existen dificultades en la transmisión del virus debido a la diversidad genética del hongo y su incompatibilidad vegetativa.

Miles de entusiastas voluntarios agrupados en la Fundación del Castaño Americano dedican cada año su trabajo y esfuerzo a un objetivo: obtener poblaciones de castaño que estén adaptadas a las condiciones locales, que tengan suficiente resistencia al hongo del chancro para sobrevivir y suficiente variabilidad genética para evolucionar. La visión de futuro es que los castaños gigantes vuelven a dominar los bosques de los Apalaches, y cada otoño alfombren el suelo con sus brillantes castañas nutritivas. Aunque haya que esperar unos 300 años.
___________________
[1] Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.

[2] Cita tomada del ensayo “The dispersion of seeds” escrito poco antes de su muerte en 1862; editado y publicado en 1993 por Bradley P. Dean con el título Faith in a seed. The dispersion of seeds and other late Natural History writings, Island Press, pág. 126.

[3] Susan Freinkel (2007), American chestnut. The life, death, and rebirth of a perfect tree, University of California Press. Una excelente narración de la crisis ecológica del castaño americano, escrita por una periodista; destacan las descripciones del perfil humano de los personajes involucrados en la historia. La cita de W.A. Murrill en pág. 31, la del Jefe de Servicio Forestal en pág. 80; la del “asesino perfecto” en pág. 109.

[4] Steiner, K.C., J.W. Westbrook, F.V. Hebard, L. L. Georgi, W.A. Powell, S.F. Fitzsimmons (2016). Rescue of American chestnut with extraspecific genes following its destruction by a naturalized pathogen. New Forests (publicado en línea 10 diciembre 2016).

[5] El poema “Las malas tendencias se cancelan” (Evil tendencies cancel) forma parte del conjunto “Diez molinos” (Ten mills), publicado en el libro A further range, 1936. También da título al capítulo sexto del libro de Freinkel, dedicado a las investigaciones sobre la lucha biológica para reducir los efectos letales del chancro.

 

Escrito por Teo, 26 enero 2017.

 

Enlaces

Artículo de Ferris Jabr (2014) en Scientific American
Biografía de W. A. Murrill en la web del Jardín Botánico de Nueva York
Archivos del explorador Frank N. Meyer en el Botánico de Harvard
Fundación del Castaño Americano: página web
Fundación del Castaño Americano: facebook
Críticas a los castaños transgénicos
Poema de Robert Frost
Otras entradas relacionadas en este blog:
Los castaños europeos
El bosque de los Apalaches
Decaimiento en los bosques

Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

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Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
_____________________
[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

Muerte silenciosa en el bosque

La mortalidad masiva de árboles, de forma aparentemente natural, es un fenómeno global y creciente en los bosques del mundo que se conoce como “decaimiento” (forest decline, en inglés). El estrés combinado de la sequía y el calentamiento del aire parece estar detrás de al menos 88 casos de mortalidad documentados en distintas partes del mundo ¹. Es previsible que el continuo aumento en las emisiones de gases invernaderos, asociado a nuestro modelo de desarrollo industrial, vaya agravando esta mortalidad silenciosa en los bosques.

Mapa con algunos bosques que han sufrido mortalidad masiva de árboles (Allen, 2009).

Mapa con algunos bosques que han sufrido mortalidad masiva de árboles (Allen, 2009).

Los ejemplos que se han estudiado en los diferentes continentes son estremecedores. En Europa, las poblaciones meridionales de pino albar (Pinus sylvestris) están sufriendo una mortalidad masiva, no solo en su extremo sur de Sierra Filabres (España), sino también en Italia, Suiza, Austria y Francia, con frecuencia asociados al ataque de insectos barrenadores. Mientras, en el extremo norte, las poblaciones de pícea común (Picea abies) menguan en Noruega y las de pícea siberiana (P. obovata) en Rusia. El decaimiento, conocido localmente como “la seca”, está diezmando las encinas (Quercus ilex) y alcornoques (Q. suber) de España y Portugal.

En el norte de África, los bosques de cedro (Cedrus atlantica) de las montañas de Argelia y Marruecos han sufrido tasas de mortalidad hasta del 80% en las zonas más secas. Los episodios recientes de sequía en el Sahel han seguido reduciendo su ya escasa vegetación arbórea de acacias y otras especies. Mueren los hermosos aloes arbóreos de flores amarillas (Aloe dichotoma), posiblemente debido al cambio climático, y se reduce su área de distribución en los desiertos de Namibia y Sudáfrica.

Mortalidad de cedros (Cedrus atlantica) en el Parque Nacional Ifrane, Marruecos.

Mortalidad de cedros (Cedrus atlantica) en el Parque Nacional Ifrane, Marruecos.

El decaimiento llena de cadáveres arbóreos los bosques americanos, de norte a sur. En los bosques boreales de Canadá declinan las poblaciones de álamo temblón (Populus tremuloides), pino contorta (Pinus contorta) y ciprés de Alaska (Cupressus nootkatensis). Las sequías continuadas durante varios años y el aumento de la temperatura han provocado la mortalidad masiva de pinos (Pinus ponderosa y P. edulis) en Arizona y Nuevo México (EE. UU.). Mueren masivamente árboles de diferentes especies forestales en las selvas tropicales de Panamá, Costa Rica y Brasil, durante los episodios de sequía intensa estacional. Sequía y calor son también los responsables de la gran mortalidad que sufre el coihue (Nothofagus dombeyi) en la Patagonia argentina.

La mortalidad de pinos de Manchuria (Pinus tabuliformis) ha afectado a extensas zonas (unas 500.000 ha) del norte de China. Episodios de sequía severa (asociadas al calentamiento del Pacífico conocido como El Niño) han provocado una mortalidad de árboles en los bosques tropicales de Borneo. Las sequías repetidas en varios años han contribuido a la muerte masiva de eucaliptos (varias especies de Eucalyptus) en las sabanas tropicales de Australia.

 Esquema_decaimiento¿Qué está pasando en los bosques? Se han propuesto cuatro mecanismos, que no son excluyentes, para explicar la mortalidad masiva de árboles. Por una parte, los episodios de sequía intensa y calor pueden matar directamente a los árboles por cavitación de la columna de agua del xilema; es decir, se secan. Por otra parte, patógenos especialmente virulentos pueden matar directamente al árbol. Sin embargo, en la mayor parte de los casos es la combinación de varios factores la que produce el decaimiento y la muerte. Por ejemplo, debido al estrés por falta de agua, los árboles cierran los estomas, fijan menos carbono y se debilitan sus defensas, siendo más susceptibles al ataque por insectos o por hongos. Por último, el calentamiento global está favoreciendo a plagas y enfermedades (muchas de origen tropical) que estaban limitadas por las bajas temperaturas en clima templado.

Frentes globales de deforestación

Además del declive aparentemente natural y silencioso de los bosques existe una eliminación directa, radical y bien ruidosa de los árboles que son cortados con motosierras, arrastrados con bulldozers y sus restos incendiados. Se están destruyendo bosques nativos para transformarlos en cultivos de soja y de palma aceitera o en pastizales para ganado, en diferentes partes del mundo. La organización WWF ha identificado once “frentes de deforestación” globales (ver mapa) que pueden resultar en la pérdida de 170 millones ha de bosques para el 2030.

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Sudamérica es la zona más rica en bosques y la más amenazada. La previsión, si sigue la tendencia actual, es que desaparezcan 48 millones ha de bosque en el Amazonas, 15 millones en el Cerrado y 10 millones en el Chaco. En el sudeste de Asia, el frente del Gran Mekong podría significar la pérdida de 30 millones ha de bosques de alta biodiversidad. Especialmente crítica es la situación de las explotaciones madereras ilegales en Camboya, Laos y Myanmar. En la isla de Borneo se pueden perder hasta 22 millones ha de bosque tropical si continúa la tasa actual de deforestación para plantar palma aceitera (Elaeis guineensis) y la corta incontrolada de madera. Los principales frentes africanos de deforestación están en la Cuenca del Congo, donde se perderán hasta 12 millones ha de bosque y en África Oriental, con una pérdida de otras 12 millones ha.

Esta destrucción masiva supone una pérdida irreparable de la rica biodiversidad del bosque tropical. También una merma en el bienestar de la humanidad al reducir los denominados “servicios ecosistémicos”: secuestro de carbono y mitigación del cambio climático, regulación de la calidad del aire y del agua, recursos genéticos de frutos y medicinas, valores culturales, estéticos y espirituales.

Soluciones globales

Los problemas globales, como la deforestación y el decaimiento de los bosques, requieren soluciones globales. Las Naciones Unidas auspiciaron la firma, en septiembre 2014, de la Declaración de Nueva York de los Bosques. Suponía un reconocimiento de la importancia de los bosques y de su crítica situación.

“En los bosques se halla aproximadamente un 80% de la biodiversidad terrestre y desempeñan un papel vital en la protección del clima mediante la captura de carbono de forma natural. Sin embargo, cada año un promedio de 13 millones de hectáreas de bosques desaparecen, a menudo con efectos devastadores sobre las comunidades y los pueblos indígenas. La destrucción de los bosques naturales para la producción de materias primas (como soja, aceite de palma, carne y papel) es responsable de aproximadamente la mitad de la deforestación mundial.”

Al mismo tiempo comprometía a los firmantes a frenar la destrucción masiva de los bosques.

“Con nuestros diversos mandatos, capacidades y circunstancias, colectivamente nos comprometemos a… reducir la tasa de pérdida de bosques naturales a nivel mundial, por lo menos a la mitad para el año 2020, y hacer esfuerzos para detener totalmente la pérdida de bosques naturales para el año 2030.”

La Declaración fue firmada por representantes de 32 países, 40 empresas multinacionales y 65 organizaciones civiles. ¿Cuál será el futuro de los bosques? ¿Se conseguirá la deforestación cero para 2030, según la optimista propuesta de la Naciones Unidas? ¿O seguirán avanzando los frentes de deforestación que denuncia la WWF, provocando la destrucción de 170 millones ha de bosques tropicales para 2030?

Conocer el problema es el primer paso para solucionarlo. Todos podemos contribuir a frenar la pérdida de los bosques. Con nuestros pequeños gestos podemos reducir la emisión de gases invernaderos (favoreciendo las energías renovables, usando menos el coche) y aumentar el secuestro de carbono (plantando árboles). Mediante medidas de prevención y detección temprana de focos de mortalidad se puede evitar la expansión de patógenos exóticos. Debemos comprobar que la madera esté certificada; consumir alimentos y cosméticos de compañías que garanticen la deforestación cero. Apoyar la Declaración de Nueva York de los Bosques y a las organizaciones que denuncian la deforestación.

En palabras del médico y escritor ruso Antón Chéjov: “un árbol es hermoso, pero además tiene derecho a la vida; como el agua, el sol y las estrellas es esencial. La vida sobre la Tierra no se concibe sin árboles” ².

________________________________
¹ Allen CD y otros 19 autores (2010). A global overview of drought and heat-induced tree mortality reveals emerging climate change risks for forests. Forest Ecology and Management, 259: 660-684.
² Carta a su amigo y editor A. S. Suvorin, 18 octubre 1888. En A. P. Chekhov (1976) Complete Works and Letters in Thirty Volumes, Letters, vol. 3, p. 34.

 

Escrito por Teo, jueves 28 mayo 2015.

 

Fuentes
Artículo de Craig Allen (2009) sobre decaimiento global en la revista Unasylva

Frentes de deforestación global según la WWF

Entrada en este blog sobre cambio climático y bosques, con la declaración de Nueva York

Texto completo de la Declaración de Nueva York de los Bosques, en español

Historias de castaños

En el otoño, los paisajes oscuros siempreverdes de algunas sierras del sur de España se visten con tonalidades ocres que desvelan la presencia de los castañares. En el paisaje vegetal mediterráneo los castaños destacan como árboles singulares: tienen grandes hojas de bordes aserrados que caen en invierno; los frutos espinosos (erizos) esconden de uno a tres aquenios (castañas) sabrosos y nutritivos; la madera es de buena calidad y crecimiento rápido.
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¿De dónde vienen los castaños?

Las hipótesis evolutivas recientes proponen que los ancestros del género Castanea se originaron en los bosques del este de Asia al principio del Paleoceno (hace unos 60 millones de años). Desde allí, un linaje migró hacia el oeste, a partir del cual se diferenciaron (hace unos 43 millones de años) los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, pasaron a Norteamérica a través de un antiguo puente noratlántico y se diferenciaron los castaños americanos.

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Mapa del género Castanea con su posible ruta migratoria y evolutiva. Tomado de Lang y cols. (2007)

Las siete especies existentes del género Castanea que se distribuyen por el Hemisferio Norte son pues el resultado de un proceso lento de evolución, dispersión y diferenciación durante millones de años. Una historia apasionante que se ha podido reconstruir analizando y comparando las secuencias del ADN cloroplástico de castaños de todo el mundo¹.

La domesticación del castaño europeo

El castaño silvestre posiblemente estaba extendido por toda Europa. Durante las sucesivas glaciaciones del Pleistoceno (la última terminó hace unos 11.000 años) hubo una extinción masiva de especies arbóreas al quedar cubierto parte del continente por el hielo. Algunas poblaciones de castaño y de otras especies sobrevivieron en los llamados “refugios” del sur. Se han identificado seis posibles refugios para el castaño; los más importantes estarían en la Transcaucasia y la orilla sur del Mar Negro, las penínsulas de Grecia e Italia, y en Iberia la Cordillera Cantábrica, Galicia y norte de Portugal.

Las primeras evidencias del cultivo del castaño son de hace 3.700 años en la península de Anatolia (Turquía). Durante la época griega, Teofrasto (siglo III-IV a.C.) mencionó la utilidad del castaño para la producción de madera y carbón en su obra “Historia de las Plantas”. Las técnicas griegas para la domesticación del castaño pasaron a la cultura latina y fueron aplicadas en Italia, posiblemente en castaños silvestres nativos (se han encontrado diferencias genéticas entre los castaños griegos e italianos). Desde Italia el cultivo del castaño se expandió a todas las regiones ocupadas por el Imperio Romano, incluidas las Islas Británicas. El agrónomo romano Columela (nacido en Gades, Cádiz, el año 4 d.C.) en su obra De re rustica (“Los trabajos del campo”) destacaba las cualidades de la madera de castaño para los postes que soportaban las viñas. Parece que tanto para griegos como para romanos el uso principal del castaño era la producción de madera y solo secundariamente las castañas para alimentación ².

La producción de castañas tuvo su apogeo en Europa occidental durante la época medieval (siglos XI a XVI). Para muchos pueblos de zonas montañosas constituía la principal fuente de hidratos de carbono, el llamado “pan del bosque”.

Castaños con historias

Los árboles grandes y viejos inspiran sentimientos de veneración, respeto y admiración. Es frecuente que tengan asociadas historias y leyendas sobre eventos singulares protagonizados por personajes notables, de la realeza o santos. Viajemos a Sicilia, a Londres y a la sierra de Málaga para visitar tres castaños singulares con interesantes historias.

El Castaño de los Cien Caballos es un árbol magnífico que vive en las laderas del Etna, en Sicilia (Italia). Según la leyenda, cuando la reina Juana de Trastámara (1454-1517), Infanta de Aragón, Reina de Nápoles y hermana menor de Fernando el Católico, visitaba aquellas tierras fue sorprendida por una tormenta y se refugió con su séquito de 100 caballeros bajo la copa de este inmenso castaño. En otras versiones de la leyenda la reina es Juana I de Nápoles (1326-1382) o Isabel de Inglaterra (1214-1241), casada con Federico II de Sicilia. Todas las historias coinciden en que era una reina con un séquito de 100 caballeros que buscaron protección bajo la amplia copa del castaño.

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

 Cuando en 1780 se midió su perímetro de tronco alcanzaba los 58 m., todo un récord (recogido en la lista Guinness). Unos años antes (1777) fue retratado por el artista y viajero Jean Pierre Houël ³; se puede observar en la obra que existía un cobertizo construido en su interior. Actualmente sobreviven cuatro troncos (el mayor con 22 cm. de perímetro) que rodean un gran centro hueco. Se estima su edad entre 2.000 y 4.000 años, aunque probablemente no supere los 2.500 años. Situado a tan solo 8 km. del cráter del Etna es un milagro que haya sobrevivido tanto tiempo a pesar del riesgo de las erupciones y la lava volcánica; “una supervivencia milagrosa de un tiempo profundísimo” en palabras del escritor siciliano Vincenzo Consolo.

A iniciativa del Ayuntamiento de Sant´Alfio, en 2008 la UNESCO declaró al castaño “Monumento mensajero de la paz en el mundo”. Entre otros motivos porque “junto a este árbol uno siente la armonía con la naturaleza, en paz con nuestros semejantes y con el Universo (…) el ánimo encuentra su equilibrio y el cuerpo su bienestar.”

Kew_oldest_chestnutEl árbol más antiguo de los Kew Gardens, cerca de Londres (Inglaterra), es un castaño. Cuando visité en marzo 2011 este Jardín Botánico, mientras admiraba otros árboles más vistosos reparé en su tronco grueso, de 8,4 m. de perímetro. Estaba todavía sin hojas y no sabía muy bien qué especie de árbol era hasta que leí en el cartel informativo su singular historia. Posiblemente formaba parte de la avenida de los castaños (llamada Love Lane, camino del amor) plantados sobre 1730 en los jardines de la reina Carolina de Brandeburgo-Ansbach, consorte de Jorge II. En Inglaterra lo llaman “castaño dulce” o “castaño español” (Spanish chestnut) porque eran importados principalmente desde España.

El Castaño Santo se encuentra en un lugar remoto de las sierras de Málaga (España). Es un ejemplar singular con más de 14 m. de perímetro de tronco (21 m. si se mide en la base) y una edad estimada de 800 años.

Algunas historias refieren que su nombre se debe a que cerca del árbol habitaba un ermitaño, y sería por tanto el “castaño del santo”. Sin embargo, la leyenda más extendida cuenta que bajo este árbol se celebró en 1501 una misa, en la que el rey Fernando el Católico (1479-1516) y su ejército pidieron la bendición antes de la batalla por la conquista de Marbella. Según otras versiones fue Luis Ponce de León, duque de Arcos (1528-1573), quien bajo este castaño asistió a una misa de acción de gracias tras aplacar las revueltas de los moriscos. El carácter de “templo” natural donde los guerreros rezaron y agradecieron la victoria contra los infieles le daría el apelativo de “santo”.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

En el siglo XXI el Castaño Santo es motivo de atracción turística en el cercano pueblo de Istán, aunque no es fácil llegar, hay que recorrer más de 30 kms de pista forestal. Este espléndido castaño está catalogado en la lista de árboles singulares de la provincia de Málaga, pero se halla en una finca particular y no cuenta con ningún tipo de protección especial; parece que ha sido propuesto como “Monumento Natural”.

Cuando lo visitamos en diciembre 2011 sus raíces descalzadas habían sido cubiertas con tierra y piedras para protegerlas en la zona erosionada de la pendiente, además un letrero pedía que se respetara el árbol durante la visita. Era un día de final de otoño, estuvimos sentados junto al árbol prácticamente solos, se podía sentir esa paz y esa armonía que infunde un árbol centenario.

Que se llame “castaño santo” no significa que haya tenido o tenga un significado sagrado para la población local. A pesar de que en la web “Monumental Trees” lo hayan traducido como “Castaño sagrado”. No podía ser un árbol sagrado porque la iglesia católica no lo hubiera permitido; algún San Bonifacio local lo hubiera talado y quemado como símbolo pagano.

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Posiblemente la historia de la misa, la guerra contra los infieles y el apelativo de “santo” lo haya salvado de la tala y la quema en esos largos 800 años. De hecho, es muy difícil encontrar árboles viejos, “milagrosos supervivientes de los tiempos profundos” (como diría Consolo), en el sur de España. En ese sentido, se puede considerar “santo” porque realmente es un milagro que haya sobrevivido hasta nuestros días. Y gracias a ese milagro podemos imaginar cómo serían los castaños salvajes, viejas moles de madera que morían de muerte natural, en aquellos bosques primigenios del Mediterráneo.

_______________________________

¹ Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.
² Conedera, M., Krebs, P., Tinner, W., Pradella, M. y Torriani, D. (2004). The cultivation of Castanea sativa (Mill.) in Europe, from its origin to its diffusion on a continental scale. Vegetation History and Archaeobotany, 13: 161-179.
³ Jean-Pierre Houël (1782). Voyage pittoresque des Isles de Sicile, de Malte et de Lipari. Paris.

 

Escrito por Teo, jueves 18 de diciembre 2014.

 

Enlaces
Ficha del Castaño de los Cien Caballos (Sicilia, Italia) en la web Monumental Trees
Ficha del castaño del Jardín Botánico Kew en la web Monumental Trees
Ficha del Castaño Santo de Istán en la web Monumental Trees
Página web del ayuntamiento de Sant’ Alfio (Italia) sobre el Castaño de los Cien Caballos
Página web del Ayuntamiento de Istán (España) sobre el Castaño Santo
Castaño Santo en el Catálogo de árboles singulares de la provincia de Málaga
Leyenda de San Bonifacio en el post Siempreverdes en Navidad