Archivo de la categoría: Arte

Flecha al cielo

Apuntando al cielo como una flecha con su figura erguida, afilada, de apretado follaje verde oscuro, el ciprés común (Cupressus sempervirens) invita a contemplar el firmamento y a preguntarnos sobre nuestro destino.  Árbol original por sus rasgos y por su temperamento, el ciprés ha sido considerado desde la antigüedad un emblema vegetal de hondos significados. En el Sur de Europa es el árbol típico de los cementerios, también es frecuente verlo en monasterios y jardines.

Este ciprés (una de las 25 especies de Cupressus), conocido también como ciprés de cementerio y ciprés mediterráneo, es una conífera cupresácea de tamaño medio (20-30m de altura) originaria del Mediterráneo Oriental. Desde allí sus plantaciones se extendieron muy pronto por todo Occidente, especialmente en su forma fastigiada (columnar), que parece ser de origen cultivado.

El ciprés crece nativo en Grecia, Chipre, Irán, Israel, Jordania, Líbano, Libia y Turquía formando bosques mixtos con pinos y enebros. Las civilizaciones antiguas de esas regiones descubrieron antes que nada las bondades de su madera: está entre las más resistentes, dura mucho tiempo, resiste bien el agua y la humedad, no se carcome ni cría gusanos, siempre parece nueva y desprende una agradable fragancia. Las cualidades eran idóneas para cajas y arcas donde guardar los enseres de valor, para barcos, tan necesarios en aquellos tiempos, y también para instrumentos musicales, de modo que los bosques primarios de cipreses se explotaron desde antiguo. Posteriormente el ciprés fue apreciado como ornamental en su forma columnar, sobre todo desde los romanos, y el cultivo se extendió por el resto de la cuenca mediterránea; desde ahí se ha exportado a otros lugares del planeta en tiempos más recientes. En la actualidad, según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), la especie en estado silvestre está bien extendida aunque muy dispersa en Oriente Medio y no presenta riesgo de extinción.

Consuelo 

La manifiesta longevidad, el verde perenne, la solemne verticalidad con la que se enfila hacia el cielo y la durabilidad y fragancia de la madera lo elevaron a emblema espiritual ya en Grecia y Creta, sus tierras oriundas. “Árbol siempreverde, perenne, longevo y durable” se ha interpretado como un magnífico símbolo de la inmortalidad. Por su firme figura vertical se le ha vinculado con la idea de la muerte, pues semeja un dedo señalando la región de luz hacia donde deben caminar las almas de los desaparecidos.

Cementerio_Sevilla
La relación del ciprés con lo necrológico es muy antigua. El filósofo griego Teofrasto (371-287 a.C.) documentó que el ciprés estaba consagrado al dios de los muertos, Hades (Plutón para los romanos).

Más tarde, autores latinos como Horacio y Plinio el Viejo relataron el uso de las ramas y hojas del ciprés en prácticas funerarias. La tradición funeraria unida al ciprés se puede encontrar en un mito de la literatura clásica. En su obra en verso Metamorfosis, el poeta romano Ovidio narra el relato mitológico de tradición griega Cipariso sobre el origen del ciprés:

Después de perder a Eurídice, Orfeo llegó a una extensa meseta sin sombra alguna, se sentó sobre la verde alfombra de césped y comenzó a tocar su lira, sus tristes notas conmovieron a los árboles de tal modo que aparecieron uno a uno multitud de ellos, de todo tipo, y le dieron sombra. Entre aquella multitud se encontraba el ciprés, árbol ahora, muchacho antes, amante del dios Apolo. Esta es su historia:

En la isla de Quíos, había un enorme ciervo consagrado a las Ninfas, sus abundantes cuernos estaban cubiertos de oro y su cuello adornado con un collar de piedras preciosas. El animal era muy querido por el bello joven Cipariso que lo amaba más que a nada. Un mediodía de verano el ciervo se tumbó a la sombra fresca de los árboles. Cipariso salió de caza y, sin reconocer a su amado ciervo, atravesó al animal con una jabalina. Cuando lo vio moribundo por causa de su lanza, tomó la resolución de morir voluntariamente. Apolo le dijo infinidad de frases consoladoras. Pero él siguió gimiendo y pidió a los dioses guardar luto por todos los tiempos. Cuando ya había derramado toda la sangre en sus interminables llantos, sus miembros empezaron a volverse de color verde, los cabellos a convertirse en una erizada maraña y, después de adquirir una complexión rígida, comenzó a contemplar con una delgada copa el estrellado cielo.

Al verlo el dios Apolo profirió un quejido y le dijo apesadumbrado: “Yo te guardaré luto a ti, y tú acompañarás a los que están en duelo”¹.

Conmovedora metamorfosis del joven doliente en árbol. Lo cierto es que el ciprés común ha mantenido durante siglos el mérito de ser el árbol típico de los cementerios mediterráneos, marcando con sus copas afiladas el lugar donde reposan los muertos. Hay personas que lo rechazan por asociarlo con lo sombrío y funesto, con el concepto de cesación de la vida, quizás porque hace pensar en nuestra propia caducidad o por mera superstición. Sin embargo, si ahondamos en la riqueza de simbolismos que suelen o deben reflejar las necrópolis, descubriremos en el ciprés un árbol incomparable.

En 1885, el abogado y escritor catalán Celestino Ballarat y Falguera publicó Principios de Botánica Funeraria, un original tratado de jardinería en el que argumenta el papel fundamental del simbolismo de los vegetales en los camposantos y describe las especies más idóneas para el diseño del jardín funerario².

Ballarat_coverBallarat defiende que el lugar de reposo para los muertos ha de presentar un aspecto grandioso, semejante a los bosques sagrados de la antigüedad o a los parques de estilo anglosajón, que reproduzca el efecto de los espectáculos naturales, donde los vegetales hablen al corazón de los visitantes.  Fundamentado en la tradición popular, la simbología clásica y el conocimiento de los cementerios antiguos y contemporáneos, el tratado expone las especies idóneas en función de su adecuación a la poética y comunicación que debe primar en un jardín funerario. En un camposanto, el color, la forma, la altura, la perennidad, la fragancia y la disposición de los vegetales deben inspirar sosiego, descanso, paz, consuelo a la melancolía, amor y esperanza. El color verde que aportan los vegetales es un factor simbólico primordial, pues representa la inmortalidad, tanto en relación con la regeneración primaveral como con la perennidad, además la visión del verde es un reposo para la vista de los visitantes ya que es el color de los grandes escenarios de la naturaleza.

Según Ballarat, el ciprés común es el árbol que más significados representa y mejor armoniza con la Botánica funeraria: la recta verticalidad imprime en el ánimo las ideas de gravedad y de reposo y, señalando al cielo con su punta, sirve de guía a las miradas para elevarse a la región de la luz en contraposición con la oscuridad de las tumbas; el color verde oscuro perenne es el que mejor concuerda con la simbólica del verde como emblema de inmortalidad. Su longevidad centenaria representa la duración y la eternidad; por otra parte, exhala una suave fragancia que templa el espíritu. Sus hojas y frutos tienen propiedades antisépticas que también se adecuan a la simbología de la virtud curativa de las plantas funerarias.

En cada región y por cada cultura se han adoptado diferentes árboles con simbología funeraria. En China, se usa con el mismo propósito el ciprés chino o ciprés llorón (Cupressus fúnebres) de ramas colgantes como llantos. A esta especie pertenece el árbol que protagoniza el cuento chino La sombra del ciprés (ver entrada en este blog).

Contemplación

La impronta del ciprés no solo es necrológica. La sosegada figura que anhela el cielo atrae, tal vez como ningún otro árbol, por su simbolismo de ascensión espiritual. Como árbol místico, el ciprés infunde ideas de recogimiento, reflexión, soledad, serenidad y firmeza; se planta en monasterios para inspirar virtud a quienes eligen la vida contemplativa monástica. En Italia, en el convento franciscano de Verucchio vive uno de los cipreses más longevos de Europa, que según se cuenta fue plantado hace ochocientos años.

El Monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos, cuenta con un ejemplar de ciprés de 1882 que inspiró al poeta Gerardo Diego un soneto cargado de misticismo:

El ciprés de Silos
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos. ³


Ornamento

El ciprés es también un elemento  ornamental típico del jardín mediterráneo. Pero su cultivo se ha extendido a otros lugares del mundo con veranos cálidos y secos e inviernos suaves y lluviosos, como California, Chile, Sudáfrica y Australia; también se ha plantado  en las Islas Británicas y Nueva Zelanda.

Los romanos lo plantaban en sus calles.  Es una especie clásica de las villas italianas, sobre todo en la Toscana, donde forman parte inconfundible de su paisaje; en inglés este árbol recibe los nombres de Italian cypress o Tuscan cypress. El magistral cuadro de Velázquez Vista del jardín de la Villa Médicis, en Roma (de 1630) es un interesante testimonio de cipreses ornamentales en Italia que el artista plasmó con una técnica precursora de los pintores impresionistas.

Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, por Velázquez

Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, por Velázquez

En cualquier jardín, la fisonomía alargada y oscura de los cipreses crea un contraste con las formas redondeadas y abiertas de la mayoría de los árboles y arbustos, y aporta tranquilidad y ensimismamiento.  Son buenos acompañantes de paseos creativos, estimulando con su sutil fragancia el espíritu y la mente.

El ciprés mediterráneo es un árbol admirable. Mítico, místico y metafísico. Acompañante silencioso de penas y pensamientos. Salutífero y aromático. Maderero navegante de aventuras. Y, transformado en guitarra, músico de timbre flamenco… pero esa es otra historia.

____________________________________________

¹  Texto adaptado de la edición: Ovidio. Metamorfosis. Libro X. Volumen II. Pp. 175-178. CSIC. Madrid. 1988. Traducción de Antonio Ruiz de Elvira.
² Celestino Ballarat y Falguera. Principios de Botánica Funeraria. 1885. Edición facsímil de Editorial Alta Fulla. Barcelona, 1984.
³ Gerardo Diego. 1925. Versos humanos. Editorial Cátedra. Colección Letras Hispánicas, núm. 245.


Escrito por Rosa, jueves 27 de noviembre de 2014.

Género Cupressus.
Estado de conservación de Cupressus sempervirens según la UICN.
Simbolismo del árbol siempreverde en este blog.
Cuento chino La sombra del ciprés en este blog.
Ciprés de San Francisco, en Verucchio, Italia. 
Comentario de texto sobre el poema El ciprés de Silos de Gerado Diego
Vista del jardín de la villa Médicis en Roma, Velázquez, Museo del Prado.

Cuercos

Con una palabra de tres letras – oak – la lengua inglesa define a las más de 500 especies de árboles del género Quercus. En el idioma español tenemos una rica variedad de términos que nombran a las diferentes especies: roble (para Q. robur y Q. petraea), rebollo, melojo o marojo (Q. pyrenaica), encina o chaparro (Q. ilex), alcornoque (Q. suber), coscoja (Q. coccifera), quejigo (Q. faginea y Q. canariensis), quejigueta (Q. lusitanica), etc.; pero nos falta un término que agrupe a todas las especies. Aunque existe la palabra “quercínea”, la alternativa más simple sería castellanizar el término latino Quercus como “cuerco”, siguiendo su transcripción fonética. De hecho, cuerco significa roble o cualquier especie del género Quercus en la Lingua Franca Nova, esa lengua inventada por el psicólogo americano George Boeree en los años 60 del siglo pasado, a partir de las lenguas romances francés, italiano, portugués, español y catalán.

Investigación sobre cuercos

Independientemente del nombre que les demos, los árboles y arboledas del género Quercus constituyen una parte muy importante del paisaje, la economía y la cultura de amplias zonas de Europa, América del Norte y Asia. En México existen más de 160 especies, formando uno de los «centros de diversidad» del género Quercus; el otro centro importante está en China. Mientras, en España crecen 11 especies nativas. Debido a esta importancia reciben una gran atención por parte de los investigadores como se refleja en las publicaciones de libros y artículos científicos.

El último número de la revista Ecosistemas está dedicado a las especies de Quercus. Esta revista, que publica la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), está en formato electrónico y acceso libre a todos los usuarios de internet.

cover_issue_42_es_ES

En el número monográfico se recogen, además del editorial introductorio, cuatro artículos de revisión y 11 artículos de investigación. En ellos se presentan una variedad de temas: ecología de la dispersión de semillas y regeneración de las poblaciones; fisiología del crecimiento, rasgos funcionales y respuestas a la sequía (uno de los factores limitantes en clima mediterráneo); aplicación de herramientas de la biología molecular para conocer las relaciones de parentesco entre árboles y sus progenies; y distribución de las especies en función del clima y suelo, moduladas por los efectos de la gestión forestal.

La iniciativa de publicar este número colectivo surgió de dos reuniones científicas que tuvieron lugar en 2013 y que ya fueron reseñadas en este blog: un simposio dedicado a los Quercus durante el congreso de la AEET en Pamplona y el Taller (Workshop) celebrado en la Universidad Internacional de Andalucía, en Baeza.

Es impresionante la literatura científica que existe sobre los cuercos. Cada año se publican unos 890 artículos sobre especies de Quercus en las revistas internacionales (indexadas en la Web of Science); una consulta a esa base de datos dio como resultado unos 13.500 títulos. Con tanta información publicada es imposible estar al día en el conocimiento científico internacional sobre los cuercos.

En el análisis de las publicaciones, es interesante observar que casi el 12% de ellas corresponden a investigaciones hechas en España o por científicos españoles. De hecho, España aparece como la segunda potencia en producción científica de temas relacionados con Quercus. A título comparativo, en el área general de la ciencia forestal España ocupa el 11º puesto, más acorde con su posición en el ranking económico mundial (13º según el PIB). ¿Por qué tenemos los científicos españoles esa desproporcionada afición a estudiar los cuercos? Es misión de los sociólogos e historiadores de la ciencia buscar explicaciones a este patrón de la cienciometría.

Ecosistemas Fig 2

Relación de países según el número de publicaciones sobre las especies de Quercus (Marañón et al. 2014).

Cuercomanía

Existe una cierta «cuercomanía» o «cuercofilia» que padecemos o disfrutamos las personas fascinadas y atraídas por todo lo relativo a esos árboles majestuosos, robles, quejigos y encinas, que son símbolos de la fuerza y la resistencia.

La Sociedad Internacional de los Cuercos (International Oak Society) nació como un club de intercambio de semillas (bellotas) para completar las colecciones de arboretos y jardines botánicos. Ahora somos unos 400 miembros de 30 países y la sociedad publica una revista anual, International Oaks, entre otras actividades. Su misión es «promover el estudio, la gestión sostenible, la conservación, apreciación y difusión al público del conocimiento sobre los árboles del género Quercus y sus ecosistemas».

También está la comunidad de admiradores de estos árboles, que no solo disfrutamos con su vista al natural, también los retratamos, inmortalizamos y subimos las fotos a una galería colectiva en la plataforma Flickr de Internet. El grupo Oak trees: the Quercus club tiene 786 miembros y más de 5.400 fotos subidas a la red. Todo un festín de imágenes. En la presentación del grupo se le rinde tributo al fotógrafo americano Ansel Adams (1902-1984) y sus soberbias fotos de robles californianos (posiblemente Q. lobata o roble del valle) retratados en blanco y negro.

"Oak tree, Sunset City" por Ansel Adams (1962).

«Oak tree, Sunset City» por Ansel Adams (1962).

Para el «cuercómano» es una delicia sumergirse entre las páginas del libro de Peter Young titulado simplemente Oak¹. Uno de esos libros envidiables de los británicos que unen naturaleza y cultura, con un tono divulgativo y ameno. Se pueden pasar las hojas, mirar la fotos y las láminas, repasando la variedad de perspectivas, símbolos e iconos culturales asociados a los robles. Dedica capítulos a los robles en la construcción de casas y muebles, de barcos y navíos de guerra, a sus representaciones en el arte y la literatura, y un interesante capítulo dedicado a «símbolos y supersticiones».

En la página 139 reproduce una foto del roble (Q. robur) de Guernica (Gernika en vasco), ese símbolo cultural, político y patriótico que ha estado recientemente de actualidad en los medios de comunicación españoles porque ha empezado a perder las hojas antes de que llegara el otoño. Raras veces el estado de salud de un árbol suscita tanta atención. En el Diario Vasco se lee: «los representantes de la Diputación foral de Bizkaia están «preocupados» por la salud de este roble, que permanece y permanecerá en el tiempo como un milenario símbolo de las libertades vascas».
_______________________
¹ Peter Young, 2013. Oak. Reaktion Books, Londres.

 

Escrito por Teo, jueves 25 septiembre 2014.

 

Enlaces

Diccionario de Lingua Franca Nova
Artículo en Ecosistemas que analiza la investigación sobre Quercus
Editorial introductorio al Monográfico sobre Quercus en Ecosistemas
Reseña sobre el simposio AEET de Pamplona en este blog
Reseña sobre el Taller UNIA de Baeza en este blog
Sociedad internacional de los Quercus
Grupo Flickr de fotografía sobre Quercus
Libro de Peter Young sobre los cuercos
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en ABC
Noticia sobre la salud del árbol de Guernica en Diario Vasco

Arminio y los bosques de Germania

La cultura occidental nunca se ha desprendido del todo de sus mitos de la naturaleza. Los cultos que buscamos en otras culturas nativas, como el bosque primigenio, el río de la vida o la montaña sagrada, en realidad están vivos en nosotros mismos; solo tenemos que saber dónde buscarlos. El libro de Simon Schama Paisaje y Memoria¹ es un viaje a través de espacios y épocas, un ejercicio de arqueología cultural que saca a la luz las venas del mito y la memoria que están ocultas bajo la piel del paisaje.
Landscape&Memory_coverDe la mano de Schama recorremos la historia cultural de Alemania buscando los bosques en sus mitos, sus memorias y sus obsesiones. El capítulo (de 60 páginas), oportunamente titulado «El camino a través de los bosques» (Der Holzweg: The Track Trough the Woods, en alemán e inglés en el original) comienza con Tácito y termina con el neoexpresionista Anselm Kiefer.

La Germania de Tácito

Cornelio Tácito escribió su obra Germania² posiblemente en el año 98 d.C., al comienzo del reinado de Trajano en Roma. En su texto describe las tierras localizadas al norte del río Rin y las costumbres de los pueblos germanos que las habitaban, con referencias interesantes a su relación con los bosques.

El paisaje de la Germania de hace 2.000 años era predominantemente forestal: «El terreno, aunque variado en su aspecto, está en general lleno de bosques» (p. 39).

En contraposición a las densas y populosas ciudades romanas construidas con piedras y ladrillos, los germanos habitaban en casas de madera dispersas por un paisaje forestal: «no habitan ciudades, como nosotros, y ni siquiera aguantan que sus casas estén juntas unas a otras. Dispersos y separados, viven en donde una fuente, un campo o un bosquecillo les place» (p. 50).

En varias partes de la obra se refiere Tácito a la relación de la cultura germana con los bosques sagrados. «No juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración» (p. 44). «Llevan a la batalla ciertas efigies e insignias sacadas de los bosques sagrados» (p. 42). «Se reúnen los representantes de los clanes en un bosque consagrado por los augurios de los patriarcas y por un respeto ancestral» (p. 76).

Como producto de origen arbóreo, resulta muy interesante la descripción sobre el comercio del ámbar báltico: «buscan el ámbar y lo recogen en los bajíos y en las misma orillas. Durante mucho tiempo permaneció tirado entre los demás despojos del mar, hasta que nuestro gusto por el lujo le dio importancia. Aceptan, admirados, el precio que se les ofrece por ello.»

Tácito presume del avance en la «ciencia» romana y nos regala algunos detalles bastante precisos sobre la naturaleza del ámbar. «No se han cuestionado, sin embargo, como bárbaros que son, por la naturaleza y la formación de este producto. Se piensa que es un exudado de los árboles, pues muchas veces se ven en su interior ejemplares de ciertos animales terrestres y volátiles que, engullidos en un líquido viscoso, quedaron apresados en él al solidificarse» (p. 83).

Ahora sabemos que el ámbar es una resina fosilizada que se produjo en los bosques de las orillas del Báltico durante el Eoceno, hace unos 44-47 millones de años. Se pensaba que fue producida por pinos o araucarias, pero las investigaciones recientes, usando técnicas de microespectroscopía de infrarrojos, apuntan a que el ámbar báltico fue producido por árboles de la familia sciadopitiáceas, unas coníferas que estaban muy extendidas por el Hemisferio Norte y de las que solo sobrevive el pino parasol (Sciadopitys verticillata), endémico del Japón. Pero esa es otra historia.

Volviendo a la obra de Tácito, en ella destacaba las virtudes de los germanos para criticar los vicios de Roma: «Es tan admirable su primitivismo. Plantándole cara a los hombres y a los dioses, han conseguido algo dificilísimo: no echar en falta ni siquiera la tentación» (p. 85). «A nadie divierte allí los vicios, y no llaman «moda» a corromper o ser corrompido» (p. 53). Estas observaciones de Tácito sugieren que los estereotipos de las virtudes de los pueblos europeos del norte y los vicios y corrupción de los del sur persisten desde hace dos milenios.

Algunos han visto una intencionalidad política en la obra, al avisar sobre la potencia bélica de los vecinos del norte. «Los germanos destruyeron al tiempo cinco ejércitos consulares del pueblo romano; incluso le ocurrió lo mismo al César y a Varo con sus tres legiones» (p. 73). Aquí alude Tácito a la gran derrota que tuvo lugar en el bosque de Teutoburgo, en el año 9 d.C. Esta batalla fue para muchos el acto fundacional de la nación alemana.

El bosque de Teutoburgo y el mito de Hermann

El bosque fue el principal aliado de Arminio, príncipe de los queruscos, en la decisiva batalla contra las legiones mandadas por Publio Quintilio Varo. Según cuentan las crónicas, en septiembre del año 9 d.C. Varo se trasladaba con todo su ejército a los cuarteles de invierno del río Rin. Una cohorte de caballería germana comandada por el joven Arminio acompañaba a Varo como tropa auxiliar. En el trayecto, con el argumento de someter una tribu local que se había rebelado, Arminio convenció a Varo para que tomaran un desvío y se adelantó con su caballería.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

Excavaciones y Museo en Kalkriese, dónde se supone tuvo lugar la batalla. Foto: David Crossland.

La lenta y pesada caravana de unos 20.000 hombres (soldados, civiles, esclavos, mujeres y niños) con sus equipajes se extendía varios kilómetros, serpenteando por los senderos estrechos del bosque. En una angostura, entre la boscosa colina de Kalkriese y una zona pantanosa, los estaba esperando un ejército formado por varias tribus germanas que se habían unido al mando de Arminio. Fue la «emboscada» por excelencia. El bosque impenetrable, bien conocido por los atacantes, impidió el despliegue de las tácticas de las legiones romanas, diseñadas para la lucha en espacios abiertos. El ataque de las tribus germanas duró cuatro días hasta la completa aniquilación de los expedicionarios romanos y el suicidio de Varo.

La terrible derrota de las tres legiones contribuyó a que los romanos desistieran de conquistar los terrenos al norte del río Rin. Establecieron una frontera fortificada (Limes Germanicus), más allá de la cual se extendía la Germania Magna o Germania Libera.

Arminio y su epopeya en el bosque de Teutoburgo fueron olvidados durante siglos, hasta que en el siglo XVI se descubrieron las copias de las obras de Tácito en un monasterio alemán. Empezaron a publicarse nuevas ediciones y el mito de Arminio, el héroe liberador de Germania, fue creciendo y tomando forma de nuevo. Parece que fue Lutero el que reforzó el mito, renombrando al héroe como Hermann («hombre de guerra») y defendiendo su papel en el combate contra el vicio y la decadencia de la civilización latina (vaticana en este caso).

En 1875, el Kaiser Guillermo I inauguró una gigantesca estatua de bronce del héroe Hermann blandiendo su enorme espada (de 7 m) y mirando hacia Francia; celebraba así la victoria en la guerra franco-prusiana y la unificación de Alemania. Durante los siglos XVIII y XIX, el héroe Hermann, guerrero musculoso con largos cabellos rubios, fue el personaje central de más de 50 obras de teatro y óperas en Alemania.

Para el escritor David Crossland, «la historia de Arminio es una lección de cómo la Historia puede ser inventada y convertida en propaganda. Desde que la crónica de la batalla escrita por Tácito fue redescubierta en el siglo XVI, los nacionalistas han transformado al líder germánico en un icono para forjar la unidad contra el enemigo común percibido, ya sea el Vaticano, Francia o los judíos.»

Epílogo

Durante mi viaje a Berlín en el pasado marzo, me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo, donde (tras pagar la excesiva entrada de 14 euros) pude examinar la obra de gran formato que Anselm Kiefer dedicó a la batalla de Teutoburgo.

Kiefer_hall

Se titula «Caminos de sabiduría del mundo: la batalla de Hermann» (Wege der Weltweisheit: die Hermanns-Schlacht, 1980).

Kiefer_trunksEn el centro figuran los troncos de los árboles del bosque de Teutoburgo, con llamas a sus pies. Una serie de retratos de personajes de la historia intelectual de Alemania, como Kant o Heidegger, junto a militares como von Clausewitz o el fabricante de armamentos Krupp se conectan entre ellos y también con las llamas mediante líneas de circuitos.

«Más tarde o más temprano, los caminos de sabiduría en este bosque llevan al infierno», leo en la nota explicativa.

 

Es un día soleado de invierno, salgo del museo y me dirijo al bosque de Tiergarten, el pulmón de Berlín. Los robles, las hayas y los alisos están todavía sin hojas, pero en la tierra florecen las campanillas azules, narcisos y hepáticas. Un largo paseo por el bosque tiene un efecto refrescante y reparador. Los pacíficos berlineses pasean sus perros o hacen ejercicio por el parque. El mito de Arminio se desvanece en esta nueva Alemania.
_________________________________________________
¹ Simon Schama (1995) Landscape and Memory. Capítulo 2. «El camino a través de los bosques» págs. 75-134. Fontana Press, Londres.
² Cornelio Tácito (2011) Germania, traducción y notas de Juan Luis Posadas. Aldebarán, Cuenca.

Escrito por Teo, jueves 3 abril 2014.


Enlaces

Artículo de David Crossland sobre el mito de Arminio, Spiegel International 2009
Museo en Kalkriese, lugar de la batalla del bosque de Teutoburgo

Murmullos del Árbol

La escucha atenta de los árboles es una práctica muy querida por poetas, artistas y buscadores de la espiritualidad en la naturaleza.

La emoción de pasear en silencio por un bosque y «oír hablar a los árboles» se percibe en las bellas palabras de Juan Ramón*:

Ayer tarde
volvía yo con las nubes
que entraban bajo rosales
(grande ternura redonda)
entre los troncos constantes.
La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles.
…………………….
Yo no quería volver
en mí, por miedo de darles
disgusto de árbol distinto
a los árboles iguales.
Los árboles se olvidaron
de mi forma de hombre errante,
y, con mi forma olvidada,
oía hablar a los árboles.
………………..
Cuando yo ya me salía
vi a los árboles mirarme,
se daban cuenta de todo,
y me apenaba dejarles.
………………..
Y ¿cómo desengañarles?
¿Cómo decirles que no,
que yo era sólo el pasante,
que no me hablaran a mí?
No quería traicionarles.
Y ya muy tarde, muy tarde,
oí hablarme a los árboles.

Solo espíritus muy sensibles pueden captar y entender el idioma de los árboles. Sin embargo, el artista Alex Metcalf ha hecho realidad que el público pueda escuchar físicamente a los árboles con su «Proyecto para Escuchar al Árbol» (en inglés, Tree Listening Project). Con la ayuda de micrófonos especiales conectados a auriculares se puede oír cómo el agua es succionada desde las raíces hasta las hojas a través de los conductos del xilema (sistema de cañerías vivas del árbol). Se oyen chasquidos que se producen al pasar el agua a través de las células del conducto y formarse burbujas por el fenómeno denominado cavitación (formación de burbujas de aire por los cambios de presión del líquido). También se oye un murmullo profundo causado por las vibraciones del tronco al moverse la copa con el viento.

Tree Listening Project_children

Proyecto Escuchar al Árbol. Fuente: blog de Alex Metcalf.

Con esta instalación el artista pretende «proporcionar una experiencia que vincule a la ciencia con el arte, captar la atención del público sobre lo que ocurre en el interior de un árbol y despertar un interés especial por los árboles».

Los científicos también escuchan a los árboles, o más bien los auscultan, para interesarse por su salud. En los años 80s del siglo pasado se desarrolló un «medidor del estrés producido por la sequía» que detectaba las emisiones acústicas ultrasónicas (las que tienen frecuencias superiores a las audibles, es decir más de 20 KHz) producidas por las cavitaciones en los conductos del xilema. El método tenía la ventaja de no ser invasivo, pero fue criticado y abandonado por sus limitaciones metodológicas. Posteriormente, el desarrollo de nuevas tecnologías acústicas ha renovado el interés por estas técnicas para estudiar el estado fisiológico de los árboles.

La colaboración del fisiólogo suizo Roman Zweifel con el artista sonoro y músico Marcus Maeder se ha plasmado en un proyecto de investigación que tiene como objetivo explorar las relaciones complejas entre la fisiología de los árboles y el clima. Mediante la representación acústica y artística de los procesos fisiológicos que ocurren en el árbol, es decir volviendo perceptibles aquellos procesos que están más allá de nuestros niveles normales de audición, se crean nuevas experiencias y de esa forma se abre una visión nueva de la naturaleza.

Sensor de emisiones acústicas en una rama de pino. Fuente: blog de Marcus Maeder.

Sensor de emisiones acústicas en una rama de pino. Fuente: blog de Marcus Maeder.

«Cada especie de planta, incluso cada árbol individual, tiene su propia señal o firma acústica que está relacionada con su estructura particular y con las condiciones del clima local». Según los investigadores, estudiando las emisiones acústicas del árbol en respuesta a las condiciones climáticas cambiantes y relacionándolas con las propiedades biológicas y físicas, se llega a conocer mejor la ecología y fisiología del árbol.

La próxima vez que pasees por un bosque o te acerques a un árbol, a esa hora en que «la soledad es eterna y el silencio inacabable», podrás disfrutar con los sonidos de las hojas agitadas por el viento y escuchar los gemidos de ramas y troncos. Recuerda entonces que también hay una música misteriosa, imperceptible para nuestro oídos, un concierto de murmullos y chasquidos ultrasónicos que cada árbol emite con su voz única individual.

Van-Gogh-Vincent-A-Girl-in-White-in-the-Woods

«Muchacha de blanco en el bosque», por Vincent van Gogh, 1882.

___________________________________________

* Del poema «Árboles hombres», en el libro «Romances de Coral Gables», por Juan Ramón Jiménez, 1948.

Escrito por Teo, jueves 26 de septiembre

Poema de Juan Ramón Jiménez «Árboles hombres»

Instalación de Alex Metcalf «Escuchar al Árbol»

Proyecto suizo sobre emisión acústica y fisiología del árbol

Artículo en National Geographic sobre nuevas técnicas acústicas para detectar el estrés causado por la sequía en árboles

Subir al árbol

Muchos niños y niñas cuando ven un árbol sienten deseos instintivos de subirse a él. Nuestros ancestros trepaban por los árboles y quizás todavía algunos sintamos una pizca de esa biológica querencia por estar arriba del árbol. Para un alma infantil, ver el mundo desde la altura de un árbol, aunque sea pequeño, se presenta como una extraordinaria aventura que conlleva un logro físico y la promesa de descubrir algo nuevo e importante del mundo desde la sugerente perspectiva de no tener los pies en la tierra.

Foto de NickNalder de Fotothing.com

Sombra de niño subido a un árbol. Autor: NickNalder.

Subirse a los árboles es una experiencia que enriquece a los niños. Está demostrado que el contacto físico y emocional con la naturaleza es necesario para crecer sanos y libres. Sin embargo en la forma de vida actual los niños pasan mucho tiempo en el interior de edificios, ocupados con múltiples actividades, sin apenas opciones de deambular por espacios verdes donde encontrarse con árboles.

Cuando niña tuve la suerte de tener en mi patio un pequeño árbol al que subirme. En realidad se trataba de un arbusto con porte arbóreo, un pacífico (Hibiscus rosa-sinensis) de tronco inclinado por el que era muy sencillo trepar. Aquella experiencia cotidiana seguro contribuyó a mi crecimiento físico y mental. Años más tarde, cuando tenía 23 años, tuve la oportunidad de subir a un almez (Celtis australis) de 20 m de altura en el Parque de María Luisa de Sevilla.

Almez del Parque María Luisa.

Almez del Parque María Luisa.

La subida formaba parte de las prácticas de un curso de Cirugía Arbórea. A diferencia de cuando niña, que gateaba solo con mis pies y manos por el tronco y las ramas, en esta ocasión usé un equipo de cuerdas y arnés. Fue divertido subir de esa manera, pero posar los pies en una de las ramas más alta fue realmente emocionante, una subida repentina de alegría y entusiasmo, de optimismo. La nueva perspectiva desde lo alto de la copa, a la altura a la que miran los pájaros, me abrió un horizonte inexplorado de sensaciones. Y la experiencia, aunque breve, supuso otro modo de sentir al árbol. Fue como “ponerme a su altura”, en una situación de más cercanía y complicidad. En aquel momento establecí un lazo afectivo con ese almez que ha durado desde entonces.


Diferentes razones para querer subir a un árbol

En muchas partes del mundo, hay personas que trepan a los árboles para recolectar frutos y otras materias. O para realizar tareas de mantenimiento y cuidados de los árboles. Los arbolistas de muchos países manejan la técnica de escalada de árboles de modo seguro. «Trepar árboles” es una habilidad física que se disfruta mucho con ella, por eso, la Asociación Española de Arboricultura (fundada en 1994) organiza Campeonatos de Trepa. El de 2013 tuvo lugar  en el Real Jardín Botánico de Madrid y finalizó con la subida a un magnífico ejemplar de cedro del Atlas (Cedrus atlantica). Por cierto, en la web de esta asociación se destaca que hay pocas mujeres arbolistas trepadoras, solo el 1%, y se promociona un Proyecto Europeo Leonardo para formar mujeres con esta técnica.

Un trabajo especial es el de observar, fotografiar o investigar la copa de los árboles y la corte de especies de animales y plantas que aprovechan ese nivel del bosque. En este tipo de ascensiones destaca una mujer, la bióloga Margaret D. Lowman, que se ha especializado en ecología de la copa de los árboles (canopy en inglés) y desde hace más de 30 años pasea entre ramas altas por bosques del mundo. Su excepcional experiencia personal y científica la ha recogido en sus libros Life in the treetops (Vida en las copas de los árboles) y It’s a Jungle Up There (Allá arriba es una selva).

También hay personas que suben a los árboles solo por el placer de la aventura y la experiencia de estar en la copa frondosa. La actividad recreativa organizada de “trepar árboles” (tree climbing en la terminología inglesa) usando equipos de escalada surgió en Estados Unidos en la década de los 80 y de allí se ha ido extendiendo a otros países del mundo. Existen asociaciones internacionales de “trepa-árboles” como Tree Climbers International o la Global Organization of Tree Climbers (GOTC). En las páginas web de estas asociaciones se encuentran guías y cursos en línea sobre técnicas de escalada seguras y respetuosas con los árboles.

Otra razón para subir a un árbol es para protestar por la tala de árboles. Una mujer, Julia Butterfly Hill, permaneció 738 días sin bajarse de lo alto de una secuoya, bautizada como Luna, a 50 m de altura. Su gesta tuvo como resultado salvar la vida del árbol y la protección de un entorno de 60 m, y la convirtió en un símbolo del movimiento conservacionista. Sucedió entre 1997 y 1999 en un bosque de secuoyas milenarias del Norte de California que estaba siendo talado por su madera. La secuoya roja (Sequoia sempervirens) es uno de los árboles más altos y longevos del mundo, una auténtica catedral viviente; ascender hasta su vertiginosa altura y resistir en ella los rigores del clima de la zona requiere una excepcional fortaleza emocional. En el libro El Legado de Luna: La historia de una mujer, una secuoya y la lucha por salvar el bosque comparte sus vivencias allá arriba en las alturas y los detalles de la larga batalla contra la empresa maderera que iba a talar Luna.

Julia en la secuoya Luna, 1998. Autor: Shaun Walker.

Julia Hill en la secuoya Luna, 1998. Autor: Shaun Walker.

Hay artistas que encuentran inspiración en trepar a los árboles. El escritor y cineasta británico Henrik G. Dahle estuvo un año viajando por 11 países, subiendo cada día a un árbol diferente y entrevistando a personas que le acompañaban, su trabajo quedó recogido en el libro The Art of Climbing Trees (El Arte de subir a los árboles).

Y por último hay quienes eligen subir a un árbol para no bajarse jamás. Cosimo, El Barón Rampante de Italo Calvino, un día que se enfadó con su aristocrática familia se subió a un nogal y pasó el resto de su vida entre las copas de los árboles. Tomó una decisión definitiva y subido a los árboles encontró su verdadera forma de entender y relacionarse con el mundo. Igual que le sucedió a Sampath Chawla, el inadaptado joven protagonista de Alboroto en el guayabal, de la escritora india Kiran Desai, que también decidió un día subirse a un guayabo y después del alboroto que se montó nunca más se supo de él.

Subir a los árboles, por la razón que sea, transforma. Potencia el contacto con el ser árbol, con nuestro ser interior y con el mundo. ¡Ánimo! ¡Arriba!


Escrito por Rosa, jueves 12 de septiembre de 2013.


Campeonato de España de Trepa de Árboles

Proyecto Europeo Leonardo: Mujeres en arboricultura

Julia Butterfly Hill

Margaret D. Lowman

Henrik G. Dahle