Archivo de la categoría: Arboreto

Sauces del Ártico

El frío extremo es letal para los árboles. La muerte por congelación marca el límite norte del bosque boreal (taiga) y el comienzo de la tundra, una formación vegetal de baja estatura dominada por herbáceas, musgos, líquenes y algunos arbustos. De igual modo, en las zonas más altas de las montañas el frío, la nieve y las heladas marcan la línea invisible por encima de la cual no sobreviven los árboles (tree line en inglés).

Islandia no es país para árboles, al menos esa es su fama. El destino me llevó en primavera a esa remota isla, situada en mitad del océano Atlántico, rozando el círculo polar ártico. En el avión de Barcelona a Keflávik fui leyendo una novela de Stefánsson; las horas pasaron rápidas, absorto en cómo los personajes se enfrentaban a las duras condiciones de vida islandesa [1].

Aquí el clima lo rige todo, moldea nuestra vida como si fuera arcilla.

No hay palabras suficientes para describir el viento que hace aquí. Viento del norte, todo es blanco, incluso el mar, todo excepto las paredes rocosas de las montañas.


Una vez más el viento viene del norte, el ártico sopla sobre ellos, atraviesa las montañas que se alzan a su derecha, arrastra las ráfagas de nieve desde los peñascos y las derrama sobre las pocas granjas que se encuentran a lo largo de la playa, sobre los dos hombres que avanzan patosamente, el primero con la mirada fija hacia delante, el que le sigue camina cabizbajo y pensando en Otelo y Hamlet, murmura citas sacadas de esas obras, es bueno mover los labios, así no se quedan congelados.


El viento resopla, aúlla, el viento ártico que parece enfadado con todos los seres vivos.

No encontré ningún árbol en las descripciones de los paisajes que atraviesan el cartero rural y su acompañante; solo el páramo (la tundra), las montañas, la nieve y el mar. ¿Qué futuro me esperaba, como buscador de árboles, en Islandia?

Era una mañana de domingo, fresca, nublada y con lluvias intermitentes; atravesé la ciudad desierta y me dispuse a explorar los alrededores. La península de Reykjanes (en español sería Punta Humeante) es un paisaje de coladas de lava y rocas volcánicas, con fumarolas y piscinas de aguas termales, como la famosa Laguna Azul. Impresiona saber que por esta península emerge la Dorsal Mesoatlántica, la cordillera que continúa hacia el sur hasta la Patagonia (unos 15.000 km), sumergida por el fondo del Océano; es una enorme costura planetaria que separa dos placas tectónicas. No muy lejos, el puente Midlina (Punto Medio) se extiende sobre una grieta de unos 15 metros de ancho y permite pasar de la placa de América del Norte a la de Eurasia. En pocos pasos se viaja de un continente a otro, sin percibir que se van separando lentamente, a una velocidad de unos 2 cm al año. ¡Extraña paradoja!, estar en una isla remota, donde nacen y se separan dos continentes.

Tomé el sendero que seguía la costa hacia el norte. Las rocas de lava negra apenas estaban cubiertas por una vegetación de baja estatura. Entre el negro mineral y el verde vegetal destacaban las flores azules del altramuz de Alaska (Lupinus nootkatensis). Esta especie de leguminosa fue introducida en Islandia a mitad del siglo XX para la recuperación de suelos erosionados y pobres, gracias a su crecimiento rápido y a su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico. Con el tiempo, se ha extendido por toda la isla y en algunas zonas supone una amenaza para las especies nativas.

¿Dónde estaban los árboles? Miré alrededor y me agaché para observar de cerca un sauce enano (Salix herbacea), un prodigio de miniaturización que le permite resistir el frío extremo. Era una almohadilla verde que apena sobresalía unos centímetros del suelo, formada por hojas brillantes, redondeadas, que absorbían con avidez la energía solar en el corto verano recién estrenado. En el extremo del ramillo, apenas sobresaliendo de las escasas hojas curvadas, asomaban los amentos de flores masculinas. Saludé a este diminuto sauce macho que me había dado la bienvenida a los mini-bosques de Islandia y seguí mi camino por el sendero de la costa, mirando con cuidado por donde pisaba.

Sauces enanos que toleran el frío extremo

El género Salix tiene unas 500 especies distribuidas principalmente por las zonas frías y templadas del hemisferio norte, aunque algunas especies se extienden por Sudamérica y África [2]. La especie más conocida es el sauce llorón (Salix babylonica), un icono de parques y jardines de todo el mundo.

Posiblemente el sauce ancestral se originó en las montañas del sur de China, actual centro de diversidad con más de 270 especies, y desde allí radió al resto del mundo. En el dilatado proceso evolutivo, algunas especies se adaptaron a resistir el frío extremo y colonizaron las zonas árticas, incluyendo la remota isla volcánica que sería conocida como “Tierra del Hielo” (Iceland). Cuatro especies nativas de sauces viven en la isla.

 

Sauce enano o de los neveros (Salix herbacea L.). El botánico sueco Carlos Linneo viajó en 1732 a Laponia, la región del norte de Europa que limita con el océano Ártico. Durante cinco meses recolectó y describió 534 especies de plantas (la mayoría líquenes y musgos); entre ellas encontró un sauce diminuto del que escribió (en latín): “Minima inter omnes arbores est haec salix” (“este sauce es el más pequeño de todos los árboles”) [3]. Desde entonces, se le conoce como “el árbol más pequeño del mundo”. Años más tarde, el mismo Linneo en su obra magna Species Plantarum (1753) lo bautizaría con el nombre científico Salix herbacea, es decir “como una hierba”. ¿En qué quedamos Linneo, es un árbol o una hierba?

Cuando vi por primera vez al sauce enano, aunque su apariencia era de un modesto arbusto rastrero, me fascinaba imaginarlo como un árbol miniaturizado, un prodigio de adaptación a las condiciones extremas de frío y nieve. Conquistar las tierras árticas se puede considerar un éxito evolutivo para el linaje arbóreo de los sauces, aunque les haya costado sacrificar algunos emblemas de su “arboreidad”, como renunciar al tronco, enterrarse y aplastarse en el suelo protector, mediante una estrategia de resistencia. Para mí, es un árbol miniatura, adaptado al frío extremo.

El sauce es dioico, es decir hay plantas machos y hembras. Las semillas son muy pequeñas, apenas de 1 mm, provistas de largos pelos que facilitan su dispersión a gran distancia, transportadas por el viento y las corrientes de convección. Una vez depositada en un lugar favorable, germina y el joven sauce comienza a crecer lentamente, bajo el suelo, con tallos subterráneos y raíces adventicias, formando un entramado resistente que puede vivir hasta 500 años.

Para ver a este pequeño sauce en los Pirineos o los Alpes hay que subir hasta los 2.000 m de altura o más, sin embargo, en Islandia lo pude disfrutar en mi paseo dominguero junto al mar.

Sauce ártico o de la montaña (Salix arctica Pallas). El sauce ártico es todavía más resistente al frío que su pariente, el sauce de los neveros. Tiene una distribución circumpolar, alrededor del océano ártico, y ostenta el récord de ser la especie leñosa que llega más cerca del Polo Norte, en la península Peary Land, extremo septentrional de Groenlandia. Allí se dan unas condiciones extremas de suelos congelados (permafrost), largos inviernos fríos y sin luz, veranos cortos en los que el termómetro no sube de los 5ºC, escasas precipitaciones en forma de nieve, y fuertes vientos erosivos; condiciones que solo es capaz de soportar el ultra-resistente sauce del ártico.

En las mismas zonas árticas viven los inuits o esquimales. Poblaciones humanas que han adquirido diversas adaptaciones para resistir al frío, como el gen TBX15 (de misterioso origen) que promueve la diferenciación en grasa parda que genera calor [4]. Tan importante como las adaptaciones genéticas ha sido el conocimiento íntimo de la naturaleza y sus recursos, y el desarrollo de una cultura de resistencia que les ha permitido sobrevivir en ese medio hostil.

Los inuits conocen bien y aprecian al sauce del ártico, al que llaman suputiit. Comen las hojas y otras partes de la planta (ricas en vitamina C), pelan las raíces y las mastican para mitigar el dolor de muelas, y lo utilizan como remedio medicinal por su riqueza en salicina. Los frutos algodonosos son mezclados con musgo para elaborar las mechas de la lámpara de aceite de foca, conocida como qulliq. Estas lámparas se mantenían siempre encendidas; servían para iluminar, cocinar, calentar y secar las pieles. Era responsabilidad y privilegio de las mujeres mantener la llama encendida; una actividad esencial para sobrevivir en el clima extremo del Ártico.

Aunque los inuits conocían bien al suputiit desde hace miles de años, no fue hasta 1784 cuando adquirió su nombre científico – Salix arctica. El naturalista alemán Peter Simon Pallas, financiado por Catalina II de Rusia, viajó a Siberia, lo colectó y describió [5]. No es tan pequeño como el enano, puede llegar hasta 50 cm de alto, y suele estar muy ramificado.

En mi visita a Islandia no pude ver al suputiit en su hábitat natural porque allí se refugia en las montañas (se le llama fjallavíðir, sauce de la montaña); parece que el frío de las zonas bajas no le es suficiente. Sin embargo tuve ocasión de ver algunos ejemplares en la colección de sauces de la estación experimental de Gunnarsholt. En la etiqueta les llamaban grávíðir (sauce gris, otro nombre islandés para el sauce ártico). Entre los tallos retorcidos se abrían las primeras yemas, dejando ver las pequeñas hojas peludas; era primeros de junio.

Sauce lanudo (S. lanata L.). Es más alto que el ártico, puede llegar a 100 cm, y se caracteriza porque las hojas y los amentos son pubescentes, con densos pelos grises. Es muy común en los páramos de Islandia, y por su vistosidad también se cultiva en los jardines.

Sauce con hoja de té (S. phylicifolia L.). Puede llegar a los 3 m, con porte arborescente. Tiene las hojas anchas, de color verde brillante, sin pelos. Es muy común en Islandia, en las zonas más húmedas y en los escasos bosques de abedul.

De las cuatro especies nativas, las dos de mayor porte (S. lanata y S. phylicifolia) son las que dominan en la colección de sauces que visité. Fueron plantados entre 1998 y 1999 por el Servicio de Conservación de Suelos. Son muestras de poblaciones, recolectadas en diferentes partes de la isla. La colección tiene como objetivo evaluar su potencialidad para la restauración de zonas erosionadas [6].

Un refugio botánico en Reikiavik

Las glaciaciones fueron letales para la vegetación de esta isla, tan próxima al Polo Norte. De hecho, todavía no se ha recuperado después de la última glaciación (hace unos 12.000 años). Su flora actual es relativamente pobre en especies; unas 470 especies, de las cuales solo tres tienen porte arbóreo: abedul (Betula pubescens), serbal (Sorbus aucuparia) y álamo temblón (Populus tremula). Esta diversidad escasa se debe a una combinación del clima adverso por frío y viento, la actividad volcánica y sobre todo la lejanía de otras tierras de donde pudieran llegar semillas.

Su “remotidad” también explica la tardía llegada y establecimiento de los primeros inmigrantes humanos; fueron vikingos procedentes de Noruega a finales del siglo IX. En el Libro de los Islandeses (Íslendingabók), escrito en nórdico antiguo en el siglo XII por Ari el Sabio, encontramos una sorprendente frase:

“En aquella época Islandia estaba cubierta por bosques que se extendían desde las montañas hasta la orilla del mar”.

¿Era una exageración o una fantasía del cronista medieval? Parece que no, porque estudios paleobotánicos recientes han confirmado que los bosques de abedul cubrían al menos la tercera parte de la isla. Es decir, en el pasado, Islandia sí fue país para bosques.

Los colonos empezaron a talar los bosques para obtener madera y leña, y para convertirlos en prados donde pastaran sus ovejas y caballos. Después de siglos de cortar árboles y del ganado comiendo los intentos de regeneración, los bosques fueron desapareciendo hasta que a mediados del siglo pasado apenas el 1% de la isla tenía abedulares naturales. Al faltar la cubierta protectora vegetal, comenzó un problema severo de erosión por el viento que dejó grandes extensiones de lava al descubierto; estas zonas de desierto desnudo representan casi el 36% de la isla.

El estado de Islandia se ha propuesto revertir esta tendencia, recuperando los suelos con el Servicio de Conservación de Suelos, y reforestando con el Servicio Forestal. Su ambiciosa meta es que el 12% del país esté cubierto por bosques para el 2100.[7]

Cuando llegué a la capital, Reikiavik, tenía gran curiosidad por visitar su Jardín Botánico. Además de un refugio para los árboles, un Botánico es un indicador del nivel de sensibilidad y cultura de una ciudad. Muñoz Molina escribió “los jardines botánicos, como algunas obras maestras de la literatura, esperan con paciencia a que uno llegue a la madurez necesaria para disfrutarlos“; también esperan con paciencia a que una ciudad tenga la madurez necesaria para crearlos.

El Botánico de Reikiavik es pequeño y coqueto; una incorporación reciente (de 1961) a su patrimonio natural y cultural urbano. Todo es relativamente nuevo allí, comparado con sus venerables equivalentes en Padua (1545), Montpellier (1593) o Amsterdam (1638). En sus cinco hectáreas se cultivan y cuidan unas 5.000 especies de plantas.

Me acerqué a la zona de la flora de Islandia, un pequeño montículo donde se recreaba la vegetación achaparrada de la tundra. Allí encontré de nuevo al sauce de montaña (fjallavíðir en su cartel), esta vez con todas sus hojas ya expandidas.

 

El aspecto general del jardín no era de tundra con predominio de herbáceas y pequeños arbustos, típico del paisaje islandés, sino de bosque urbano, con una considerable variedad de árboles. Durante el paseo, escuché varias veces y muy cerca el bullicioso canto del zorzal alirrojo (Turdus illiacus), un ave forestal que estaba en pleno apogeo primaveral. Una parte importante del Jardín (2,4 ha) estaba siendo ampliada para el nuevo arboreto, cuyo diseño se mostraba en un cartel; allí se marcaba el lugar reservado para las especies de árboles procedentes de Norteamérica, Asia y Europa.

Sin duda, pensé, Islandia puede ser un país hospitalario para los árboles, y con el calentamiento global lo será más.

Cerca de la salida me fijé en un árbol de troncos múltiples y ramas torcidas como si dudaran en el camino recto hacia la luz. Era un sauce de las cabras (Salix caprea L.), un “gigante” entre los sauces nórdicos (puede llegar a los 10 m de altura).

No es nativo de Islandia, pero es común en Noruega y sería bien conocido por los primeros pobladores vikingos. En los años treinta del siglo pasado fue común plantarlos en los jardines de Reikiavik. Al parecer, este venerable sauce de 80 años sería uno de ellos.

Después de haber tenido que estar en cuclillas, agachado, para observar a sus parientes miniaturizados, ahora tenía que alzar la vista para buscar sus amentos floridos y saber si era macho o hembra. Había cambiado la escala de tamaño y mi perspectiva con los sauces.

Salí del Botánico reflexionando sobre el linaje Salix, su diversidad de formas y su extraordinaria capacidad para adaptarse a las condiciones extremas. Comprendí entonces la admiración que los sauces causaron en Thoreau [8]:

“¡Ojalá yo tuviera siempre el buen ánimo de un sauce! ¡Cuánta tenacidad en su vida! ¡Cuánta flexibilidad! ¡Qué pronto se recuperan de sus heridas! Nunca desesperan. Son emblemas de la juventud, la alegría y la vida eterna.”

_______________________

[1] J. K. Stefánsson (2016), La tristeza de los ángeles, Salamandra, Barcelona. Traducción de Elías Portela. La edición original en islandés es de 2009. Esta novela forma parte de una trilogía, junto con Entre cielo y tierra y El corazón del hombre, también publicadas por Salamandra.
En la tercera entrega, El corazón del hombre, encontré la única mención a un árbol de la trilogía: “Apoyado en el cercado, de espaldas a los dos serbales, que se esforzaban en alzar las ramas hacia la luz” (pág. 207).

[2] En la página web The Plant List se listan 552 especies aceptadas del género Salix.
The Plant List (2013). Version 1.1. Published on the Internet.

[3] Carlos Linneo publicó en 1737, cinco años después del viaje de exploración a Laponia, la obra: Flora Lapponica exhibens plantas per Lapponiam crescentes, secundum systema sexuale, Amsterdam. La descripción latina del “árbol más pequeño del mundo” está en la página 286.
La primera descripción científica con el nombre aceptado Salix herbacea, se puede encontrar en su obra Species Plantarum (1753), volumen 2, página 1018.

[4] Investigaciones recientes han propuesto que las adaptaciones al frío de los inuits, en particular el gen TBX15, podrían proceder de antiguos cruzamientos entre los humanos modernos y los homínidos denisovanos (hace unos 50.000 años).
Racimo F. y cols. (2017). Archaic adaptive introgression in TBX15/WARS2. Molecular biology and evolution, 34(3), 509-524.
Ver también artículo de Steph Yin “Cold Tolerance Among Inuit May Come From Extinct Human Relatives” en el diario New York Times, 23 diciembre 2016.

[5] Peter S. Pallas publicó la Flora de Rusia en dos volúmenes, entre 1784 y 1788, en San Petersburgo (Petropoli) con el título completo: Flora Rossica seu Stirpium Imperii Rossici par Europam et Asiam. Indigenarum Descriptiones et Icones. Jussu et Auspiciis Catharinae II Augustae.

[6] Agradezco a Anne Bau su amabilidad al llevarme a las plantaciones de sauces y facilitarme la información. La historia de la colección de sauces se puede leer en la publicación: Aradóttir AL, K. Svavarsdóttir, A. Bau (2007). Clonal variability of native willows (Salix phylicifolia and Salix lanata) in Iceland and implications for use in restoration. Icelandic Agricultural Science 20: 61-72.

[7] T. Eysteinsson (2017) Forestry in a Treeless Land Fifth edition, 2017. Icelandic Forest Service, Egilsstaðir Iceland.

[8] La reflexiones de Thoreau sobre los sauces están incluidas en las notas de su diario, del 14 de febrero 1856, una mañana fría de paseo por las orillas del río, camino de Walden. Ver la transcripción en:
The writings of Henry David Thoreau. Journal. Edited by B. Torrey. VIII. November 1, 1855 – August 15, 1856. Houghton Mifflin. 1906, págs. 181-182.

 

Escrito por Teo, jueves 28 septiembre 2017

 

Enlaces

Obras de Carlos Linneo: Flora Lapponica y Species Plantarum.

Páginas web del Servicio de Conservación de Suelos y del Servicio Forestal de Islandia.

Página web del Botánico de Reikiavik.

Artículo de Muñoz Molina sobre el Jardín Botánico de Lisboa.

Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

maclura_tree

A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

chant_rustique

Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

frederic_bazille_001

Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

_______________________________

[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

Mil y una historias del Jardín

Un Jardín Botánico es una fuente inagotable de historias. Cada uno de los árboles de un Jardín o Arboreto tiene su propia historia, la del árbol individual que ha vivido muchos años. También lleva en su ADN las historias de su especie, historias de linajes evolutivos antiguos o recientes, de usos tradicionales y simbología en tierras remotas o próximas.

Árboles que cuentan historias

Cuando el tren me llevó a Coimbra (Portugal) el pasado mes de junio, dejé la maleta en el hotel junto al río Mondego y subí por las callejuelas hasta la puerta del Botánico. La cancela era majestuosa, de hierro forjado con aplicaciones de bronce; y estaba abierta, sin ningún tipo de control o barrera, invitando al paseante a disfrutar de los árboles y su sombra, del frescor de las fuentes, la calma y la tranquilidad. La luz del atardecer y la temperatura suave creaban una atmósfera placentera.
Coimbra_gate
Siguiendo un ritual antiguo de cortesía, fui a visitar a los personajes más venerables del lugar, dos árboles con más de 200 años. Uno que llegó desde Extremo Oriente, el cedro del Japón, y el otro que vino de América del Sur, en Occidente, el frijolero de Indias.

CryptomeriaEl cedro japonés, sugi (en japonés) o criptomeria (Cryptomeria japonica) es el árbol nacional del Japón y se planta con frecuencia alrededor de los templos. Aunque le llaman “cedro” es de la familia Cupresácea y se parece más a las sequoias, con la corteza rojiza, fibrosa, que se deshilacha en tiras verticales. El género Cryptomeria es endémico de Japón y solo tiene una especie. Ha sido explotado desde antiguo por su madera y solo quedan algunas poblaciones naturales, pequeñas y fragmentadas, estando incluido en la Lista Roja de especies amenazadas de la IUCN. Por otra parte, las plantaciones de criptomeria se han extendido por todo el mundo, debido al valor de su madera rojiza y aromática, y también se ha plantado ampliamente como árbol ornamental, existiendo varios centenares de variedades.

La venerable criptomeria de Coimbra, con sus dos siglos de vida, sin embargo resulta joven para la esperanza de vida de su especie, más de mil años. El paraíso de las criptomerias está en la Reserva de la isla Yakushima, al sur de Japón. Las montañas de la isla gozan de un ambiente templado y muy húmedo (entre 4.000 y 10.000 mm de lluvia anual) y están cubiertas por una vegetación densa, con árboles muy viejos cubiertos de musgo. En ella abundan las criptomerias milenarias, localmente llamadas yakusugis, muchas de ellas conocidas por sus nombres propios y veneradas tradicionalmente. La más famosa es la Jōmon sugi, con un tronco de 16,4 m de circunferencia y 25 m de alta, cuya edad se ha estimado en más de 3.000 años. Su nombre evoca a la antigua cultura Jōmon, cazadores-recolectores que hacían vasijas de cerámica, de la que debió ser contemporánea. Esta atmósfera selvática, de árboles viejos, musgo y nieblas inspiró a Hayao Miyasaki (Tokio, 1941) para los escenarios de su personaje de “anime” Mononoke, la heroína del bosque. Es tan popular que uno de los senderos de la Reserva ha sido bautizado como “El bosque de la princesa Mononoke”.

A pocos metros se encuentra el frijolero de Indias (feijoeiro-da-india en portugués), eritrina, ceibo o seibo (Erythrina crista-galli), cuya semilla llegó desde Brasil, donde viven sus parientes silvestres; por tanto a unos 19.000 km de distancia de los yakusugis milenarios. Es la oportunidad que nos ofrece un Botánico, poder disfrutar en un espacio relativamente pequeño, de árboles muy diferentes que provienen de puntos muy alejados del planeta.

Este otro árbol venerable, el seibo, no puede ser más diferente de su vecina la esbelta, siempreverde criptomeria; tiene un tronco bajo, torcido y hueco, y pierde las hojas en invierno (es caducifolio). La madera ligera, porosa y de poca durabilidad se usa para tallas y molduras y para fabricar celulosa o carbón. Tiene una corteza suberosa, por lo que en Brasil lo llaman corchero (corticeira). En contraste también con el carácter relicto de la criptomeria (única especie de su género), el seibo es una de las 130 especies del género Erythrina (en la familia Fabácea), que se extiende por las zonas tropicales y subtropicales del mundo. En Sudamérica (Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) es un árbol abundante en zonas pantanosas y bosques de ribera.
ErythrinaLo más llamativo de esta especie es su floración en primavera. Los árboles se cubren de racimos de flores de color rojo carmín, que explican su nombre específico latino crista-galli (cresta de gallo) y el inglés coral tree (árbol del coral); también que se haya extendido su uso como planta ornamental en las regiones con inviernos suaves del mundo. Esta flor singular tiene además un carácter simbólico y ha sido elegida como flor nacional de Argentina y Uruguay. Estará para siempre unida a la triste leyenda de la valiente Anahí, quien defendiendo a su pueblo guaraní fue quemada en la hoguera y se transformó en un ceibo florido. Como dice la canción: “Anahí, tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí”.

Una vez presentados mis respetos a los ancianos, me acerqué al árbol más alto del Jardín, un Eucalyptus obliqua centenario que alcanza los 42 m. Hace 100 años los eucaliptos estaban de moda y gracias a los intercambios con el Botánico de Melbourne la colección de Coimbra llegó a contar con más de 50 especies (aunque muchas se han perdido); una pequeña muestra de las más de 700 especies del género Eucalyptus (en la familia Mirtácea). No son tan famosos como las sequoias (gimnospermas), pero los eucaliptos pueden presumir de ser las angiospermas (plantas con flores) que alcanzan mayor altura. El récord lo tiene Centurion, un magnífico ejemplar de E. regnans de Tasmania, con una edad estimada de 400 años y que llega casi a los 100 m (la última medición exacta, realizada por escaladores resultó en 99,6 m). En Tasmania existe un “Registro de Árboles Gigantes” (que superan los 85 m), con más de 100 árboles medidos y georreferenciados, la mayoría con sus nombres propios. Todos son eucaliptos y en un 90% de la especie regnans. También hay algún E. obliqua, como el Rey Fibroso (King Stringy, por su corteza fibrosa) con 86 m; el doble que el “gigante” del Jardín. Con ayuda de este Registro se quiere proteger, gestionar y promocionar los Árboles Gigantes de Tasmania, “por su reconocido significado cultural y su capacidad para inspirar respeto y asombro”.

A_bidwilliiContinué mi paseo por la alameda de los tilos hasta que un pajarillo trepando nervioso por el tronco de un árbol llamó mi atención. Era un agateador común (Certhia brachydactyla) buscando insectos y pequeñas arañas por el tronco oscuro y rugoso de una araucaria. Me acerqué y reconocí el porte columnar y las hojas triangulares, coriáceas y punzantes, verde oscuro, típicas de A. bidwillii, una de las 19 especies del género Araucaria. La familia Araucariácea es un linaje antiguo que se extendía por todo el mundo durante el Jurásico (hace 180 millones de años). La mayoría de las poblaciones actuales son relictas, fósiles vivientes, restringidas a diversos refugios en el Hemisferio Sur.

La especie A. bidwillii es endémica del NE Australia. Su característica más extraordinaria es el tamaño descomunal de sus frutos: hasta 30 cm y 10 kg, conteniendo de 50 a 100 semillas. Los árboles producen frutos cada varios años, lo que se llama “vecería” o masting (en inglés). En el Jardín, cuando llega la época de fructificación de esta gran araucaria se impide el acceso del público bajo su copa para evitar algún accidente provocado por la caída de las enormes piñas. Fue descrita como especie nueva en 1843 a partir del material llevado a Londres por el botánico inglés John C. Bidwill (1815-1853). Sin embargo, era bien conocida desde antiguo por los primeros pobladores de Australia.

Los Aborígenes llegaron a la isla hace unos 50.000 años, eran cazadores-recolectores y su supervivencia dependía del conocimiento de la naturaleza y de la autorregulación en el uso de los recursos naturales. El árbol que llamaban bunya (para nosotros Araucaria bidwillii) era sagrado para ellos. Cuando maduraban sus enormes piñas, cada 2-7 años, los custodios de las Montañas Bunya avisaban a las tribus vecinas. En el Festival Bunya, que duraba semanas a final del verano (diciembre-marzo), se podían reunir hasta 2.000 aborígenes de distintas tribus, algunos llegaban caminando desde varios cientos de kilómetros. Se formaban campamentos en la base de la montaña, durante el festival se respetaba una tregua en las disputas tribales y se aprovechaba para el intercambios de bienes y de información. Los custodios subían a los árboles e iban tirando las piñas maduras (hasta 50 piñas en un solo árbol). Los piñones se comían tostados o se molían para formar una pasta que era cocida en forma de pan. La dieta de la fiesta se completaba con carne de animales cazados y otros alimentos recogidos en la zona. Durante la noche se encendían fogatas y tenían lugar cantos, bailes y se contaban historias. Posiblemente estas concentraciones tribales de gran significado social y cultural, alrededor del árbol bunya y sus frutos nutritivos, tuvieron lugar durante miles de años en Australia. Sin embargo el final fue abrupto; parece que el último Festival Bunya se celebró en 1875. En solo 100 años, los colonos europeos recién llegados a la isla, expulsaron a los custodios aborígenes, talaron los bosques de bunya y los transformaron en pastos y granjas.

Afortunadamente un reducto del bosque de araucarias fue protegido en el Parque Nacional de las Montañas Bunya, con 19,493 ha. Se puede seguir admirando en su estado natural la majestuosidad de estos árboles antiguos, que para los aborígenes (supervivientes) representan un símbolo del sustento y de la confraternización en armonía. Aunque los Festivales Bunya y su vínculo material y espiritual con el bosque solo quedan en la memoria de sus antepasados.

El Jardín de las historias sin fin

El propio espacio del Jardín tiene también su historia particular. En lo que fueron huertas y jardines de los conventos de San Benito, de Santa Ana y de San José de los Marianos se fundó en 1772 el Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra. Formaba parte de la reforma universitaria emprendida por el Marqués de Pombal, primer ministro de José I, para potenciar la Historia Natural y la Medicina.

En sus 243 años de historia, el Jardín ha evolucionado al ritmo de los cambios académicos de la Universidad de Coimbra, y en general de los cambios sociales y políticos de Portugal. Una de las figuras que destaca en su historia es la del botánico Félix da Silva Avelar Brotero (1744-1828) que fue su Director durante 21 años (1791-1811). Amplió, renovó y reestructuró el Jardín, centrando sus funciones en el estudio de la botánica y la agricultura. En la entrada principal podemos ver su figura en mármol, disertando desde su sillón de catedrático, bañado por la suave luz que se filtra a través de las copas de dos ginkgos (Ginkgo biloba) machos de casi 100 años.
BroteroEl Jardín Botánico del siglo XXI debe estar en contacto con la sociedad y realizar una labor de divulgación de la ciencia botánica y de la cultura asociada a las plantas. El de Coimbra ha tenido una iniciativa ejemplar, un equipo multidisciplinar de biólogos, periodistas y comunicadores de ciencia publicaron durante 52 semanas (desde mayo 2013 a mayo 2014) sendos artículos en el Diario de Coimbra; historias sobre las plantas, la arquitectura y el paisajismo, y sobre las personas que fueron forjando el actual Jardín Botánico. Los artículos han sido recogidos en un libro titulado No Jardim há histórias sem fim (En el Jardín hay historias sin fin)¹.

El visitante que admira los árboles del Jardín, pasea por sus rincones percibiendo gratas sensaciones de aromas, colores y sonidos, puede trasladar sus impresiones y evocaciones a un poema o a una acuarela, o acaso puede escribir una entrada de blog o colgar una foto en Instagram. Habrá entrado a formar parte de las mil y una historias del Botánico de Coimbra.

____________________
¹ Screck Reis, C., Gonçalvez, L., Azevedo, C., Trincão, P. (2014). No Jardim há histórias sem fim. Jardim Botânico da Universidade de Coimbra e Imprensa da Universidade de Coimbra, Coimbra, Portugal.

Agradecimiento: a Carine Azevedo que me sirvió de guía y narradora de las historias del Jardín y a Daniel Montesinos que me acompañó en la trepa por las copas de los árboles de la Mata.

Escrito por Teo, jueves 22 octubre 2015.

 

Enlaces
Web del Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra
Artículos publicados en el Diario de Coimbra sobre el Botánico
Divulgación en Facebook del Botánico de Coimbra

Cryptomeria japonica en la Lista Roja de la IUCN
Árbol milenario de Cryptomeria japonica en Wikipedia
El bosque de la princesa Mononoke

El ceibo y la leyenda de Anahí

Registro de los árboles gigantes de Tasmania

Primera descripción de Araucaria bidwillii en 1843
Parque Nacional de las Montañas Bunya en Australia

Otros Jardines Botánicos y entradas relacionadas en este blog:
Botánico de Roma
Botánico de Valencia
Sobre la Araucaria cunninghamii de Sevilla

Botánico de Valencia

Si fuera un árbol urbano me gustaría vivir en el interior de un jardín botánico, cuidado, mimado y protegido de los vandalismos, acompañado por otros árboles de diferentes partes del mundo, visitado y admirado por los amantes de las plantas y de la naturaleza.

bosque_protegidoEntré en el Botánico de Valencia, como se entra en un santuario o en un museo; fuera de sus tapias quedaban el ruido del tráfico, los humos, las prisas, la gente corriendo de un lado para otro. Dentro de ese bosque urbano de unas 4,5 ha donde conviven unos 450 árboles encontré la calma, la sombra fresca, los trinos de los pájaros, el aroma forestal y sobre todo una gran diversidad de árboles (126 especies, según el Catálogo¹), con gran variedad de texturas y colores en la corteza de los troncos, en la forma de las copas, en la densidad del follaje; árboles que cuentan historias de sus linajes antiguos, de su ecología y de su relación con los habitantes de países exóticos.

ZelkovaEl árbol más grande del Jardín es una zelkova del Cáucaso (Zelkova carpinifolia, de la familia Ulmáceas), con 33 metros de alto y un tronco, con más de 5 metros de circunferencia, parcialmente ahuecado. Es un árbol impresionante, a pesar de tener algunas cicatrices de roturas de grandes ramas e incluso ramas sujetas por tirantes.

La zelkova es un relicto de la era Cenozoica (que empezó hace unos 65 millones de años) cuando se extendía por casi toda Europa, en un ambiente templado y húmedo. Formaba parte de un bosque de gran diversidad que fue progresivamente diezmado por el efecto de las sucesivas glaciaciones, que empezaron hace unos 2,5 millones de años. Actualmente sobrevive en bosques de Georgia, Turquía, Irán, Armenia y Azerbaiyán, donde ha sido explotado por su valiosa madera ligera, flexible y resistente a la pudrición; también se valoran las ramas para tutores de vides y el follaje para alimento de ganado. Está calificada como “casi-amenazada” por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (IUCN).

Emparentadas con esta zelkova del Cáucaso existen dos zelkovas endémicas mediterráneas, una en Creta (Z. abelicea) y otra en Sicilia (Z. sicula). Además de otras tres especies en Asia oriental (Z. serrata, Z. schneideriana y Z. sinica); recuerdo un bello ejemplar de la zelkova de China (Z. sinica) con su corteza de parches anaranjados en el Botánico de Roma. Este grupo de especies de árboles relictos que han sobrevivido en diferentes “refugios” climáticos, aislados y separados entre sí está siendo objeto de un programa internacional de jardines botánicos para su estudio y conservación².

¿De dónde vendría la semilla de zelkova que fue plantada en Valencia hace más de 150 años? ¿de Turquía, de Georgia? En su larga vida ha sufrido temporales y arriadas, ha resistido la ciega barbarie de la guerra y aún se mantiene erguido, majestuoso, cuidado por los arboricultores del jardín. Hermoso destino de un árbol, poder morir de viejo, tan insólito fuera de ese recinto protector. Y todavía debe tener bastante vida por delante, si se considera que algunos ejemplares de Georgia o Irán tienen más de 800 años.

Cupressus_torulosaLa segunda atalaya del Botánico es el impresionante ciprés del Himalaya (Cupressus torulosa) con su tronco recto que alcanza 32 m de alto y tiene una circunferencia de 2,8 m. Forma bosques abiertos en las solanas secas del Himalaya, hasta los 3.670 m de altitud. La madera es valorada por su aroma, grano fino, durabilidad y resistencia a la podredumbre; tradicionalmente ha sido utilizada en la construcción de templos budistas y en las tallas de figuras religiosas, también se utiliza como incienso. Algunos bosquetes son protegidos como “bosques sagrados” por los monjes budistas. Es el árbol nacional de Bután, donde le tienen gran estima; los butaneses se identifican con su porte recto y fuerte y la capacidad para crecer en sitios difíciles, escarpados y duros.

Ficus_obscuraEn contraste con estos gigantes, me llamó la atención un arbolillo pequeño pero muy peculiar. Tenía el tronco lleno de pequeños frutos amarillentos, todavía inmaduros. Era un ficus oscuro de Borneo (Ficus obscura) y en mi visita de octubre 2014 tuve la suerte de coincidir con su período de fructificación.

Las plantas son obras de arte vivo, que cambian con el tiempo; se puede visitar un Botánico varias veces al año y siempre se descubre algo nuevo; una flor, un fruto, una hoja otoñal.

Los árboles del género Ficus son un recurso clave para aves y mamíferos de los bosques tropicales. Producen frutos durante casi todo el año, en grandes cantidades, son blandos y con muchas semillas pequeñas, fáciles de coger y de consumir, y son ricos en calcio. Como prueba de esta importancia, se han identificado 990 especies de aves y 284 especies de mamíferos que consumen habitualmente frutos de 260 especies de Ficus distribuidas por todas las zonas tropicales del mundo.

En los bosques malayos los frutos del ficus oscuro son consumidos por 31 especies de aves y 9 de mamíferos. Son grandes consumidores de estos higos el gibón (Hylobates lar), el orangután (Pongo pygmaeus) y diversas clases de ardillas y tupayas. Un solo árbol puede producir hasta 4.000 higos, todo un festín para los animales del bosque.

En la colección de cuercos (especies de Quercus) de Valencia, junto a las especies europeas más familiares como la encina (Q. ilex), el alcornoque (Q. suber) y los robles (Q. humilis y Q. cerris), se podían encontrar otras especies de diversas partes del mundo. Desde Asia habían llegado Q. glauca de Japón y Q. hartwissiana de Georgia, donde forma bosques mixtos con la zelkova. Procedente de América estaban Q. macrocarpa, Q. polymorpha y Q. virginiana, este último es conocido por las películas ambientadas en las plantaciones del sur de EEUU. En conjunto, una pequeña muestra de las más de 500 especies que tiene este género de árboles, tan importante para la economía y la cultura en los países del Hemisferio Norte.

Quercus_anillosUn viejo tronco de roble americano (Q. macrocarpa) es utilizado con fines didácticos para mostrar el crecimiento de los anillos; este ejemplar tenía 86 años cuando murió en 2011. En sus anillos están marcados algunos hitos en la historia de la ciencia y del medio ambiente; por ejemplo, en el anillo formado en 1953 se recuerda el descubrimiento de la estructura del ADN; mientras que el de 1972 marca la primera Cumbre de la Tierra en Estocolmo.

Sterculia_discolorMe sedujo la belleza del árbol sombrero (Brachychiton discolor) con su corteza verde lisa moteada y sus hojas otoñales; este árbol de la familia Malvácea vive en las selvas de la costa este de Australia.

Cuando se visita un Botánico, igual que cuando se vuelve a un museo ya conocido, siempre hay un árbol o una obra de arte que te sorprende o que redescubres. Así me pasó en esa mañana de otoño con este árbol, que no es el más grande ni el más espectacular del jardín, pero me cautivó por el verdor de su follaje traslúcido. Situado entre un grupo de troncos que se elevaban en paralelo, miraba a las copas que se entremezclaban y formaban una envolvente manto verde que me cubría. Una experiencia memorable.

Y el ginkgo (Ginkgo biloba); en ningún  jardín botánico puede faltar este fósil viviente, este árbol tan arcaico y tan elegante, con sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. También llamado albaricoque de plata, árbol de las pagodas, árbol de Goethe, árbol de los 40 escudos, panda botánico, es el último superviviente de un linaje antiguo que apenas ha cambiado en los últimos 250 millones de años. Casi extinguido en su hábitat natural, solo quedan algunas poblaciones relictas en las montañas de China. Sin embargo, su cultivo se expandió por China, Corea y Japón, plantado en templos budistas y sintoístas. En el siglo XVIII fue introducido en Europa y desde entonces se ha extendido como árbol urbano por la calles y jardines de todo el mundo.

Podría seguir relatando otras historias que me inspiraron los árboles del Botánico de Valencia. La sola mención de sus nombres ya evoca una relación antigua e intensa con habitantes de países lejanos: Angelitos de Argentina, Árbol del dolor de muelas y Ciprés funerario de China, Arbusto de madera de sangre y Pica-pica de Australia, Cafetero de Kentucky, Goma elástica y Palo amarillo de México, Karaka de Nueva Zelanda, Palisandro, Palo borracho y Pimentero de Brasil, Palo de jabón de Chile, Pitósporo de Japón…

Bosque_grafitiLa lista de especies de árboles es muy larga. Animo al lector a que se adentre en ese bosque urbano, que deje atrás las prisas y las preocupaciones cotidianas, y escuche directamente de ellos sus historias.

___________________
¹ Corbera, J., J. Güemes y C. Puche. 2005. Un bosque en la ciudad. El Jardín Botánico de la Universidad de Valencia. Publicaciones de la Universidad de Valencia.
² Kozlowski, G., D. Gibbs, F. Huan, D. Frey, J. Gratzfeld. 2012. Conservation of threatened relict trees through living ex situ collections: lessons from the global survey of the genus Zelkova (Ulmaceae). Biodiversity and Conservation 21: 671-685.

 

Escrito por Teo, jueves 26 marzo 2015.

 

Enlaces

Página web del Botánico de la Universidad de Valencia

Descripción de la zelkova y el ciprés en la web Monumental Trees

Estatus de conservación de la Zelkova carpinifolia según la IUCN

Estatus de conservación de Cupressus torulosa según la IUCN

Revisión sobre los animales que se alimentan de frutos de Ficus

Programa de radio del Bosque habitado, sobre el Botánico de Valencia

Otras entradas de este blog relacionadas:
Visita al Botánico de Roma
Especies de Quercus
Ginkgo
Higueras y ficus

Botánico de Roma

Los árboles han sido buscados, talados y utilizados para diversos fines (construcción, combustible, navegación) durante la expansión de la especie humana, produciendo una deforestación masiva de amplias zonas del planeta. La cuenca mediterránea, cuna de civilizaciones milenarias, ha sufrido de manera especial ese proceso de deforestación que siempre acompaña al desarrollo humano.

Para un “buscador de árboles” entrar en un arboreto o jardín botánico es tener la oportunidad de conocer a esas criaturas magnánimas que tanto nos han dado y que allí encuentran su refugio. En unas cuantas hectáreas de terreno podemos mirar, tocar y oler árboles que proceden de lugares remotos y que cuentan variadas historias evolutivas y culturales. La solución perfecta para “las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso”, que escribía Muñoz Molina, o sin suficientes recursos económicos para los viajes exóticos, añado yo.

En mi última visita a Roma el pasado mes de noviembre, para participar en la reunión final del proyecto EnvEurope, tuve la ocasión de acercarme al Orto Botanico. Es un jardín relativamente pequeño (unas 12 hectáreas), cuando se compara con los grandes parques botánicos como Kew (132 ha) en Inglaterra, Kirstenbosch (528 ha) en Sudáfrica o Cienfuegos (97 ha) en Cuba, por citar solo algunos. Sin embargo, tiene el encanto de los jardines históricos que forman parte de una ciudad y conservan ornamentos de su pasado palaciego.

Estos jardines formaban parte del palacio construido en el siglo XV por el cardenal Riario. Tuvo como huésped ilustre a la Reina Cristina de Suecia quien, después de abdicar al trono en 1654 y convertirse al catolicismo (la religión de sus enemigos en la Guerra de los Treinta Años), se expatrió a Roma donde tuvo una intensa actividad como mecenas cultural, fundando la Academia de la Arcadia. Todavía se conservan en el actual Jardín Botánico algunas piezas procedentes de su colección de antigüedades. En el siglo XVIII fue comprado por el cardenal Corsini y bajo su encargo el arquitecto Fernando Fuga remodeló el palacio y los jardines dándoles la imagen barroca actual. Por último, en 1883 el Estado compró el conjunto, cediendo los jardines a la Universidad de Roma para organizar el Orto Botanico, mientras que el palacio lo convirtió en la Galería Nacional de Arte Antiguo.

Quercus suber L.

Quercus suber L.

Visité el jardín un miércoles de otoño por la mañana y estaba prácticamente solo en ese refugio de placer. Me dediqué a pasear y admirar los árboles; les preguntaba por sus lugares de origen, sus rasgos biológicos y sus virtudes para los humanos. Atravesé el paseo de las palmeras, pasé junto a la fuente de los tritones y llegué a un poderoso alcornoque (Quercus suber) con un tronco de más de 5 metros de circunferencia ¹. He visto muchos alcornoques por mi tierra pero no había visto ninguno tan alto y majestuoso. Estaba adornado por una compañera inusual, la trepadora americana Campsis radicans (familia Bignoniaceae), emparejados por el capricho del jardinero. El alcornoque es un árbol mediterráneo bien conocido en España, donde se extraen cada año unas 60.000 toneladas de corcho (el 25% de la producción mundial). Este preciado producto se utiliza principalmente en la fabricación de los tapones de botellas de vino. La corteza del tronco se “pela” cada 9-10 años y el árbol la renueva, pero acorta su vida.

Muy cerca de allí, en el invernadero Corsini, había dos bañeras de mármol usadas actualmente como maceteros que recordaban a su antigua dueña, la reina Cristina de Suecia, quien paseó por estos jardines hace más de tres siglos.

Subiendo por la colina, la masa oscura de la colección de gimnospermas perennifolias destacaba en el aspecto general de bosque otoñal del jardín. Pero un árbol daba la nota entre los demás con sus hojas anchas que comenzaban a amarillear. ¡Qué extraño! Me acerqué y efectivamente era un árbol extraño y peculiar, el ginkgo (Ginkgo biloba). Además era una hembra que estaba cargada de frutos (en esta especie dioica las flores machos y hembras están en árboles separados). En el suelo se mezclaban las hojas caídas, los frutos y restos de semillas abiertas por algún depredador.

Ginkgo biloba L.

Ginkgo biloba L.

El ginkgo es un fósil viviente, es decir un árbol primitivo que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos 200 millones años. Existen muy pocos ejemplares en su hábitat natural, en las montañas de China, pero se ha plantado en casi todo el mundo por la singularidad y elegancia de sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. Los primeros ginkgos que llegaron a Europa se plantaron en el siglo XVIII, posiblemente en los Países Bajos. Esta hermosa “ginkga” de Roma debe ser de finales del XIX cuando el jardín palaciego se convirtió en jardín botánico. En China se comercializan las semillas comestibles de ginkgo y en occidente se ha extendido el uso de los extractos de hojas como estimulante de la memoria.

Justo al lado del ginkgo se elevaba la masa oscura de una Torreya grandis (familia Taxaceae), con un tronco de 4,6 m de circunferencia. Este árbol es endémico del sureste de China donde es utilizado por su madera, se consumen las semillas (no son tóxicas, a diferencia de las del tejo) y se produce un aceite de sus arilos (cobertura carnosa de la semilla). Sin embargo no fue conocido en Europa hasta el siglo XIX cuando el “cazador de plantas” Robert Fortune compró algunas semillas en China y las envió a Inglaterra. Este botánico se haría famoso más tarde por robar los secretos del cultivo y la manufactura del té en China e introducirlos en la India, entonces bajo el dominio británico.

El silencio y la soledad del jardín se rompió con un bullicio de voces y risas infantiles. Me acerqué a la escalinata dieciochesca y, manteniendo una distancia prudencial, estuve observando cómo un grupo escolar atendía las indicaciones del maestro que les señalaba dos plátanos centenarios, situados a ambos lados. Terminada la breve disertación, subieron corriendo y alborotando por las escaleras hacia la parte alta del jardín.

Platanus_childrenVolvió el silencio y subí entonces por las escalinatas para acercarme a los plátanos. Un cartel explicaba que la “Fuente de los 11 chorros” fue construida por Fernando Fuga a mediados del siglo XVIII y la cascada-escalera aprovecha el desnivel de la colina del Gianicolo. Cuando en 1883 el Estado compró el jardín y lo convirtió en Botánico, conservó la fuente, la escalinata y los dos plátanos centenarios que la escoltan; ahora son un elemento singular del patrimonio natural del jardín.

Los plátanos orientales (Platanus orientalis) son autóctonos del mediterráneo oriental; recordaba haberlos visto en los bosques de ribera en las montañas de Sicilia. Sin embargo, el plátano de sombra que se planta normalmente en las ciudades y que es tan común en las calles de Sevilla, es un híbrido (Platanus x hispanica) de este plátano oriental mediterráneo y del plátano occidental americano.

El plátano del lado norte de la escalera tiene un grueso tronco de unos 6,5 m de circunferencia. Estaba casi desprovisto de hojas. Buscando una perspectiva adecuada para capturar una imagen que diera idea de la monumentalidad del árbol, me fijé en una pareja de ánades reales (Anas platyrhynchos) que me miraban inmóviles desde un pequeño estanque casi al pie del mismo árbol. Procuré alejarme para no molestarlos y seguí mi camino. En este refugio de árboles, en el corazón de Roma, también encuentra su hábitat una fauna variada.

En mi paseo por el jardín había visto diversas aves: un agateador (Certhia brachydactyla) trepando nervioso por un tronco, un petirrojo (Erithacus rubecula) que me miraba curioso desde su rama, los bandos de gritonas cotorras (Myiopsitta monachus), que posiblemente eran las responsables de los restos de semillas de ginkgo comidas en el suelo, y que se han convertido en una plaga en muchas ciudades europeas, un pito real (Picus viridis) que voló veloz al acercarme dejando una estela verde, y las omnipresentes cornejas cenicientas (Corvus cornix).

Desde la parte alta del jardín, en la colina del Gianicolo, se divisan las cúpulas de las iglesias de Roma sobre las copas de los árboles. Una visión espléndida, privilegiada. Estás en la ciudad pero a la vez fuera, en una isla de verdor y silencio.

Roma_view

De pronto, un terrible estruendo me sobresaltó. Las aves, cotorras, cornejas y palomas volaron aterrorizadas por la explosión. Recupero el ritmo cardíaco después del susto, miro el reloj, son las 12 en punto, sonrío. Al momento me viene el recuerdo de cuando vivía en el Trastévere y me llegué a acostumbrar al cañonazo que marca la hora del mediodía. Según cuentan, esta absurda contaminación acústica data de 1847 cuando el papa Pío Nono ordenó que un cañonazo a las 12 sirviera para ajustar el horario de las campanas de las iglesias de Roma.

Repuesto del sobresalto continué mi amable paseo por la parte alta del jardín. Hacia el norte está la zona del jardín japonés, con sus puentes, cursos de agua, linternas de piedra y un coqueto pabellón cubierto al estilo japonés, que ese día estaba desierto. Los pequeños arces japoneses (Acer palmatum) estaban cuajados de sámaras y lucían sus hojas palmeadas, rojas, prestas a caer.

Descendí por el sendero junto al campo de bambúes y llegué hasta un árbol de tronco grande y rugoso, con una copa baja, hojas pequeñas y ramitas terminadas en espinas. Busqué la etiqueta con el nombre pero no la encontré. Una de las frustraciones de este jardín botánico es que faltan muchas etiquetas y no es posible identificar todos los árboles. Sospecho que se trata del Schinus polygamus (familia Anacardiaceae) que Fratus recogió en su lista de árboles monumentales, con un tronco de más de 4 m de circunferencia. Es nativo de Sudamérica, donde lo llaman huingán, molle o boroco; con sus frutos se prepara una chicha o aguardiente.

Zelkova sinica Schneid.

Zelkova sinica Schneid.

Si tuviera que elegir un árbol de este jardín por la belleza de su tronco, sin  duda sería la “zelkova” de China (Zelkova sinica, familia Ulmaceae). Su corteza gris suave se exfolia en parches de un naranja intenso que confieren gran vistosidad al tronco. El género Zelkova es un relicto del Terciario con seis  especies distribuidas en dos áreas: el suroeste de Eurasia (Creta, Sicilia y Cáucaso) y el este de Asia (China, Corea y Japón). Son árboles adaptados a las condiciones húmedas y cálidas del Terciario que fueron diezmados por los cambios climáticos y ambientales. En el 2010 ha comenzado un plan internacional de conservación del género Zelkova, auspiciado, entre otros organismos, por la red Internacional de Conservación de los Jardines Botánicos (BGCI, del inglés Botanical Gardens Conservation International).

En dirección a la salida, casi escondido detrás de un seto, encontré al alcanforero Cinnamomum camphora (familia Lauraceae). Es un árbol robusto, con un tronco de más de 5 m de circunferencia que se bifurca desde casi la base. Esta especie es nativa del este de Asia (China, Corea, Japón y Vietnam), aunque ha sido plantada por todo el mundo. Recordaba la primera vez que vi un alcanforero, en el arboreto del Campus de Dehradun (India). Fui allí en 2003 a un congreso y a la vuelta me traje algunas semillas; aún conservo en mi terraza un pequeño alcanforero, que ya tiene 10 años y apenas levanta 1,5 metros del suelo de la maceta. Me gusta coger sus hojas senescentes y estrujarlas para aspirar su aroma expectorante. El alcanfor es el compuesto químico (tipo terpenoide) que abunda en su madera y sus hojas; se extrae por destilación. En Asia se usa ampliamente en medicina tradicional, como repelente de insectos, para aromatizar dulces y en rituales religiosos.

Salí del jardín embriagado por mis paseos y mis conversaciones con esos árboles magníficos que cuentan historias maravillosas de lugares remotos: el ginkgo y la zelkova de China, el alcanforero de la India, el alcornoque y el plátano del Mediterráneo, el arce del Japón y el huingán de Chile. Agradecido a la ciudad de Roma por crear y mantener este jardín botánico e histórico, que es al mismo tiempo un “lugar de investigación y de recreo, parque público y laboratorio, espacio de retiro y centro de enseñanza” (en palabras de Muñoz Molina).

Traspasada la verja del refugio protector, me encuentro entre las callejuelas del animado y bullicioso barrio del Trastévere. Me detengo en una trattoria y pido una penne al boscaiolo acompañada de una birra Peroni para reponer fuerzas después de la deliciosa giornata en el Botánico de Roma.
___________________________________________

¹ Inventario de árboles monumentales del Orto Botanico de Roma por Tiziano Fratus (14 febrero 2011).
____________________________________________
Nombre de la especie y circunferencia del
tronco en metros (medida a 1,3 m de altura)
____________________________________________
Platanus orientalis                                 6,5
Casuarina cunninghamiana                 5,5
Quercus suber                                        5,4
Cinnamomum camphora                      5,2
Pterocarya fraxinifolia                           4,7
Torreya grandis                                      4,7
Schinus polygamus                                4,4
____________________________________________

Escrito por Teo, 30 enero 2014.

Fuentes

Web oficial del Jardín Botánico, Universidad de Roma
Inventarios de árboles monumentales de Roma por Tiziano Fratus
Artículo de Antonio Muñoz Molina sobre los jardines botánicos