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Pasión botánica en Kew Gardens

El Real Jardín Botánico de Kew (Reino Unido) es una enciclopedia botánica viviente, abierta a quien quiera descubrir sus tesoros vegetales. Para los que nos gustan los árboles, los Jardines de Kew (Kew Gardens) son algo así como la Meca, un lugar de peregrinación donde ir al menos una vez en tu vida, dada su reconocida colección arbórea. Mi peregrinaje a Kew lo realicé en el verano de 2017.

Entré al jardín por la puerta principal (Victoria Gate) sin ningún plan, salvo dejarme llevar y deambular sin rumbo. Detrás de la Casa de las Palmeras (Palm House), el invernadero acristalado de estilo victoriano del XIX, un vistoso árbol llamó mi atención. Desde lejos sobresalía entre los otros árboles, voluminoso, robusto, frondoso, lleno de vitalidad. Se trataba de un roble persa o roble hoja de castaño (Quercus castaneifolia), un ejemplar admirable de una especie para mí desconocida con el que sintonicé de inmediato.

Mi percepción del árbol como extraordinario no estaba mal encaminada pues está catalogado como “árbol campeón” (Champion Tree) por el Registro de Árboles de las Islas Británicas (TROBI), lo que significa que se trata del espécimen más sobresaliente de su especie en toda Gran Bretaña. En el Registro hay declarados 4.000 árboles “campeones”. El Jardín Botánico de Kew alberga 250 de ellos, una llamativa abundancia de árboles notables.

Para un árbol, el ambiente de Kew no reúne las mejores condiciones. El suelo es pobre y el aire recibe la contaminación de la metrópolis londinense situada a solo 21 km. Sin embargo, el roble persa se ha desarrollado plenamente y sigue creciendo sin parar. La razón está en los cuidados que recibe, las envidiables técnicas de arboricultura que se practican en este Jardín Botánico. Al suelo le inyectan aire a presión para descompactarlo y que las gotas de lluvia puedan alcanzar las raicillas más finas; a las raíces las inoculan con hongos (micorrizas) para favorecer la absorción de los nutrientes; y cada cinco años le podan un cuarto del follaje para ayudarle a resistir los temporales. De hecho, es un sobreviviente de la terrible tempestad de 1989 en la que Kew perdió nada menos que 700 árboles frondosos y en Gran Bretaña cayeron unos 15 millones.

La especie del roble persa es bastante singular. Proviene de las montañas húmedas del Cáucaso e Irán, en esa región la descubrió el botánico y explorador Carl Anton Meyer en 1830. Compone bosques puros de árboles centenarios, pues es muy longevo. Aún siendo utilizada como forestal y ornamental, es una especie poco común en jardines.

El ejemplar de Kew, con los cuidados que recibe y su forma rápida de crecer, no solo es el ejemplar mejor de Gran Bretaña sino del mundo. Fue plantado en 1846, hace 176 años, por William Hooker, director de Kew entonces, durante la ampliación del arboreto que llevó a cabo. Como reza en su archivo individual (cada árbol tiene el suyo), procede de semillas recogidas de los bosques nativos en 1843, aunque el recolector es desconocido.

Además de inspirarme su viva presencia, el roble persa me había contado su historia y de paso algo de la historia del Jardín, suscitándome la idea de descubrir los Kew Gardens a través de los árboles históricos. En el Jardín Botánico hay unos 14.000 árboles, plantados en el transcurso de casi 300 años de historia. Algunos de ellos perduran desde épocas antiguas, son vestigios vivos del pasado. Estos viejos especímenes atestiguan la evolución del jardín botánico y recuerdan las personas que dejaron su huella en la configuración de este excepcional lugar.

Castaños del Jardín de la reina

Entre el Paseo de los Acebos (Holly Walk) y el Jardín Mediterráneo localicé un fascinante castaño (Castanea sativa), uno de los árboles más viejos de los Kew Gardens. Expresaba la dignidad del anciano con una gran copa, la corteza estriada y retorcida y el tronco muy nudoso y abultado por el desmoche sufrido en el pasado.

Cerca del lago hay otros castaños y robles igual de viejos, son los árboles más antiguos del Jardín Botánico, en realidad anteriores a su fundación. Fueron plantados en la finca adquirida en 1721 junto al río Támesis por la reina Carolina de Branderburgo-Ansbach, esposa del rey Jorge II, finca conocida como Richmond Lodge.

La reina Carolina mostró mucho interés en la jardinería y acogió con entusiasmo el nuevo estilo paisajista inglés que por ese tiempo emergía en Reino Unido. Por eso, para diseñar el jardín y la casa de verano empleó a los arquitectos de paisaje y pioneros del estilo inglés Charles Bridgeman y William Kent, los mejores del momento.

El brillante paisajista Charles Bridgeman diseñó el jardín de Richmond Lodge dotándolo de zonas con vistas al río, zonas silvestres y arboledas; plantó hayas, olmos, robles, tilos y castaños, las especies favoritas de la época. Los viejos castaños cercanos al Paseo de los Acebos son vestigios de la línea de árboles que formaba la linde entre Richmond Lodge y la finca contigua conocida por Kew.

Viejos Leones del Jardín de la princesa viuda

Alrededor de la Orangery (el invernadero construido para cultivar naranjos en 1761, hoy convertido en restaurante), encontré a un grupo de árboles monumentales, todos plantados sobre 1762. El grupo lo componen un sorprendente árbol de las pagodas o sófora (Styphnolobium japonicum) con el tronco inclinado casi horizontal, sostenido por hierros y ladrillos, procedente de semillas de China; una corpulenta robinia (Robinia pseudoacacia), traída de Norte América; un ginkgo (Ginkgo biloba), de los más viejos de Gran Bretaña y de Europa; y un inmenso y bello espécimen de plátano oriental (Platanus orientalis), nativo del sudeste de Europa. Los cuatro árboles tienen un atractivo especial. Todos ilustran la fuerza de lo vivo, la dimensión extraordinaria de la vida arbórea, su asombrosa longevidad y fortaleza.

Plátano oriental (Viejo León) con el palacio de Kew al fondo.

¿Cuál es la historia de estos árboles? Estos vetustos ejemplares están plantados en lo que fue la finca Kew, lindante a la de los reyes; su hijo el Príncipe de Gales, Federico Luis de Hannover, la compró en 1730. Estaba separada de Richmond Lodge solo por el camino Love Lane, la Línea del Amor, ironías de la vida porque en realidad el príncipe mantuvo toda su vida una relación muy tormentosa con su familia. La villa adquirida por el príncipe tenía ya un glorioso pasado botánico; había sido famosa en el siglo XVII por la admirable colección de plantas raras y por los bien cultivados naranjos de la antigua Orangery, ya desaparecida.

El príncipe heredó de su madre el interés por la jardinería, compartido por muchos nobles e intelectuales de su época. El espectacular desarrollo en aquel tiempo de la botánica y los viajes de descubrimiento con la consiguiente recolección de plantas de todos los confines del mundo, animó a los aristócratas británicos a crear estudiados jardines en sus casas de campo.

El príncipe Federico, a diferencia de otros nobles que hicieron jardines más centrados en el paisajismo, los edificios y la ornamentación, se centró más en la botánica, por la que sentía un entusiasta interés. En Kew albergaba el deseo de crear, más que un jardín paisajista del momento, una colección botánica que contuviera todas las plantas conocidas y mostrara los amplios conocimientos del futuro rey. Pero murió en 1751 sin haber realizado su sueño, ni el de ascender al trono de Inglaterra. El proyecto lo hizo realidad su viuda, la princesa Augusta de Sajonia-Gotta, una mujer contagiada de la pasión por la botánica de su marido.

Princesa Augusta por Alan Ramsay, 1764.

La princesa de Gales instauró en 1759, dentro de su finca, el Real Jardín Botánico de Kew de 3,5 ha. Incluía un arboreto de 2 ha con un pinetum de 36 especies, entre ellas, Pinus cembra, Pinus strobus, Picea glauca y Larix sibirica. La princesa puso todo su empeño y fortuna; el conocimiento lo aportaron tres expertos, su amigo el consumado botánico John Stuart, Lord Bute, el arquitecto paisajista William Chambers y el maestro jardinero William Aiton. Construyó singulares edificios diseñados por Chambers, de los que permanecen la icónica Pagoda, el Arco en Ruinas y la Orangery próxima al arboreto. En el Jardín trató de reunir, como soñaba el príncipe, todas las plantas que se pudieran conseguir. La princesa sembró la semilla del botánico de Kew y la dotó de su seña de identidad: la amplitud y riqueza de la colección, el esmerado cultivo y el aplicado estudio científico. En poco tiempo el recién inaugurado Jardín Botánico fue alabado y reconocido por científicos de muchos países.

Los cuatro majestuosos árboles de 1762 son testigos vivientes de aquel primer arboreto original. Se les llama “Viejos Leones” (Old Lions) y reciben cuidados especiales por ser patrimonio natural (Heritage Tree).

Hayas y cedros del Jardín de los exploradores

No muy lejos de los Viejos Leones, encontré una espléndida haya purpúrea (Fagus sylvatica var. atropurpurea) cuyas ramas llegaban hasta el suelo; atravesé la cortina de follaje y me senté en el suelo apoyada en el tronco, bajo la cúpula de hojas, recogida como en un regazo. El mundo quedaba fuera, el tiempo también. Era una sensación agradable. No pensar en el árbol. Solo sentirlo. Sentir su abrazo. En aquel útero verde-purpúreo permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, meditando durante unos minutos eternos… De vueltas a la realidad, supe que el haya fue plantada por el director del jardín William Aiton en 1773, poco después de que la princesa Augusta muriera y terminara la época germinal femenina del Jardín Botánico de Kew.

El rey Jorge III, hijo de Augusta, heredó la villa de Kew y la unió a la propiedad de Richmond. El rey mantuvo a Aiton a cargo del botánico, quien continuó poblándolo con nuevos árboles, pero también fichó a dos nuevos expertos, dos celebridades de la época.

Por un lado contrató al paisajista más valorado del momento, Lancelot Capability Brown para que reformara Kew con el fin de borrar la huella de su madre. Brown derribó parte de los edificios del diseño original del jardín de la princesa. Pero también plantó una serie de árboles que lo recuerdan; aún siguen en pie un precioso cedro del Líbano (Cedrus libani) y un admirable plátano de Londres (Platanus x hispanica).

Por otro lado, para darle un nuevo impulso al jardín botánico, el rey nombró director a Sir Joseph Banks, naturalista, botánico de prestigio y explorador (había dado la vuelta al mundo con el Capitán Cook en el Endeavour, 1768-1771). Banks, apasionado de la historia natural y la botánica, se propuso tener en Kew una representación vegetal de cada país y envió exploradores a recolectar plantas nuevas. Bajo su dirección se plantaron un número enorme de árboles. En 1789 ya había 630 especies de árboles y el Jardín Botánico era reconocido como el mejor del mundo.

En 1840, fallecido Jorge III, los Kew Gardens pasaron a dominio del Estado, con el estatus de Jardín Botánico Nacional, administrado por la Oficina de Bosques y Arbolados, hoy Departamento de Medioambiente y Asuntos Rurales (Defra).

Del afán de Banks por engrandecer la excelencia de Kew perduran, entre otros, dos venturosos árboles. Un pino laricio (Pinus nigra subsp. laricio), oriundo de Córcega e Italia central, plantado en 1814 en el pinetum original, que es el espécimen más viejo del país; milagrosamente vivo después de haber sufrido un rayo y el choque de una avioneta en 1928. Y un majestuoso roble de Turner (Quercus x turneri), híbrido entre encina (Q. ilex) y roble (Q. robur). Este roble también vivió un increíble incidente, durante la tempestad de 1987 fue tan sacudido hacia arriba por el viento que las raíces casi se salen del suelo; después del vendaval se revitalizó para sorpresa de todos. Con las sacudidas al árbol, el suelo se había disgregado y las raíces se nutrían mejor. Este sorprendente fenómeno inspiró la técnica de descompactación en los cuidados de los árboles maduros e históricos, que desde entonces se aplica en Kew.

Al lado de la Pagoda china, un soberbio cedro del Atlas (Cedrus atlantica) acariciaba el suelo con sus largas ramas. Como el haya purpúrea, formaba un recinto íntimo bajo la copa, un refugio maravilloso. Dentro, encontré un banco de madera donde sentarme y exponerme al influjo beneficioso del cedro. De nuevo me pareció que el mundo se detenía o que yo entraba en otra dimensión, en una realidad orgánica, en la verdad del árbol, que susurra su manera de vivir la vida y el tiempo.

El magnífico cedro del Atlas, nativo de las montañas de Marruecos, también tenía una historia que contar. Fue plantado en una nueva etapa del Jardín Botánico iniciada con el nombramiento de William Hooker como director. Hooker no solo era un destacado botánico sino también ilustrador y explorador en expediciones científicas.

William Hooker dispuso de más superficie para el Jardín Botánico, terreno que usó para expandir el arboreto, organizándolo como una colección científica, por familias botánicas. Por otra parte, impulsó la actividad científica con la creación de nuevos invernaderos de cristal, entre ellos la Palm House, el museo de Botánica económica, el laboratorio, la biblioteca y el herbario (que en poco tiempo creció en tamaño e importancia, alcanzando enorme prestigio). También trazó nuevas avenidas para el flujo y disfrute de los visitantes, plan que implicó derrumbar muchos árboles existentes que compensó con nuevas plantaciones.

Grabado de F. L. Mannskirsch, 1798.

William Hooker dejó una gran huella en Kew. El roble persa Campeón, el viejo pino piñonero (Pinus pinea) de escultural silueta tan característico de Kew y los bellos castaños de India (Aesculus indica) son vestigios de su extensa obra. En 1849 había en Kew 2000 especies de árboles y 1000 variedades.

Joseph Dalton Hooker, uno de los más grandes botánicos y exploradores del siglo XIX, asimismo ilustrador botánico, sucedió a su padre en la dirección de Kew en 1865. Viajó a la Antártida, al Himalaya e India, a Palestina, a Marruecos y al oeste de EE UU, de donde trajo nuevos especímenes para Kew. Bajo su dirección, el arboreto tomó la forma actual y se enriqueció con nuevas especies. En 1880 llevó a cabo plantaciones de cedros del Atlas y castaños en las avenidas; hoy esos árboles son ejemplares centenarios venerables, como el espléndido cedro junto a la Pagoda.

En tiempo de los Hooker, padre e hijo, el Jardín Botánico fue engrandecido. Desde entonces hasta nuestros días los diversos sucesores han seguido la estela marcada por ellos. Hoy se siguen descubriendo y recolectando árboles en expediciones, como demuestra el caso del fascinante pino Wollemi (Wollemia nobilis), fósil viviente descubierto en 1994 en Australia; un ejemplar de esta nueva especie fue plantado por el príncipe Felipe de Edimburgo en 2009 en el 250 Aniversario del Jardín Botánico. El arboreto de Kew es de enorme importancia como reserva genética y como institución científica que investiga y conserva especies de árboles silvestres por todo el mundo. En 2003 los Jardines de Kew fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En el Jardín de las artistas

Después de dos días buscando árboles históricos, deteniéndome a ver y fotografiar árboles de más de cuarenta especies, muchas nuevas para mí, decidí darme un respiro y visitar el museo. Ahí descubrí la otra pasión que hace de Kew un Jardín único, la pasión por el arte botánico.

El artista botánico retrata plantas con la mayor precisión para posibilitar identificarlas. El arte botánico, por tanto, está ligado a la actividad científica. Combina la exactitud de los detalles con el atractivo visual de los valores estéticos de la planta. Antes de la fotografía y especialmente en la Era de los Descubrimientos, dibujar fue una habilidad científica necesaria de los exploradores que les permitía guardar imágenes de las nuevas especies.

Magnolia hodgsonii por W. H. Fitch,1855.

Hooker padre e hijo, que dominaban la ilustración botánica, contribuyeron a mejorar la colección de arte botánico de Kew con la promoción y edición de ilustraciones. William Hooker dirigió la famosa revista botánica de Kew Curtis’s Botanical Magazine y lanzó la serie de libros Icones plantarum (Ilustraciones de plantas), que llegó a cuarenta volúmenes. Enseñó a dibujar a Walter Hood Fitch y este acabó siendo durante años el artista principal de ambas publicaciones, convirtiéndose en el artista botánico más prolífico y reconocido de la época victoriana.

Por su parte, Joseph Hooker trabajó también en ambas obras y formó a su prima Matilda Smith como ilustradora. Matilda fue la sucesora de Fitch tanto en la revista como en los libros de Láminas. También tuvo el honor de ser la primera artista oficial del Real Jardín Botánico de Kew, en donde trabajó desde 1878 durante cuarenta años. A pesar del valor de su obra, Matilda no alcanzó el grado de reconocimiento de Fitch, como ha pasado en la Historia con tantas mujeres en diferentes campos de la ciencia o el arte.

Hoy el botánico de Kew tiene una colección de 200.000 imágenes de arte botánico (accesible solo para científicos con permiso) y dos galerías de arte. Una de las galerías es la Marianne North Gallery, dedicada a la naturalista, pintora y exploradora que cedió en 1878 sus 822 obras de arte botánico y costeó la galería donde se exponen.

La otra es la Shirley Sherwood Gallery of Art, la primera galería del mundo dedicada exclusivamente al arte botánico, abierta en 2008. Ha sido patrocinada por Shirley Sherwood con el fin de que se exhiban al público ilustraciones históricas, nunca expuestas antes, de la colección de Kew, y también obras contemporáneas de su propia colección, que abarca 700 obras de 223 artistas. Hoy existe un creciente interés por el arte botánico entre artistas, coleccionistas, botánicos y naturalistas, aunque hasta ahora no existía ninguna galería en el mundo dedicada a este género de arte.

Una artista actual, la japonesa Masumi Yamanaka, ha llevado a cabo un magnífico proyecto de arte botánico en Kew. Lo expuso en 2015 en la Shirley Sherwood Gallery y lo ha publicado en el libro Treasured Trees. En 2006 Masumi pintó un castaño de Indias de Kew que le valió un premio de la Real Sociedad de Horticultura, a partir de esa experiencia sintió la necesidad de pintar los árboles notables de Kew. Empezó a mirar los árboles “patrimonio”, los viejos, grandes o raros que destacan en Kew, pasó días visitando cada especie, mirándolos en toda su belleza estacional y decidió registrar esa belleza para la colección de arte de Kew.

Ginkgo biloba por Masumi Yamanaka.

La obra de Masumi no ha sido un encargo científico, sino una iniciativa de la artista porque, como ella dice medio en broma, los árboles se lo han pedido. Lo cierto es que, aunque hay ilustraciones antiguas de algunos árboles históricos, no se había realizado nunca una obra de conjunto. En 40 ilustraciones, Masumi ha capturado la belleza efímera de veinte árboles, entre los que están el gran roble persa, los Viejos Leones, el castaño centenario, el espectacular castaño de Indias, el pino piñonero, el cedro del Líbano, el tulipero o la bella Pawlonia.

Masumi aclara que su papel no es solo registrar e ilustrar los árboles, sino también capturar la belleza y el poder de cada uno. Y en verdad que cada árbol representado parece atraer hacia su centro, o hablarnos. Delicados, etéreos, como flotando, y a la vez con la fuerza de una belleza viva y cambiante. En esta ocasión la artista no solo se dirige al científico botánico sino a todos los espectadores de la obra, quiere inspirarnos, dice ella, vivenciar los árboles y apreciarlos por su belleza intrínseca, y sobre todo por su valor inestimable para nuestro planeta.

Mi peregrinaje por los Jardines de Kew tocó a su fin. Volví con el espíritu reconfortado. Disfruté de los Jardines de la reina y de la princesa, del Jardín de los exploradores y en el Jardín de las artistas, visiones de Kew distintas pero iguales en la pasión por los árboles y las plantas. Ahora soy parte de la comunidad de peregrinos que llegan a estas orillas del Támesis movidos por esa misma pasión por el mundo vegetal.


Escrito por Rosa el 30 de noviembre de 2017.


Fuentes:
Treasured Trees. Ilustraciones de Masumi Yamanaka y textos de Christina Harrison y Martyn Rix. Royal Botanic Gardens, Kew, 2015.
Kew´s Big Trees. Christina Harrison. Royal Botanic Gardens, Kew, 2008.
The Princess´s Garden: Royal Intrigue and the Untold Story of Kew. Vanessa Berridge. Amberley Publishing. Gloucestershire, 2015.

Enlaces: 
Real Jardin Botánico de Kew (Kew Gardens)
Masumi Yamanaka
Registro de árboles notables de Gran Bretaña

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Sauces del Ártico

El frío extremo es letal para los árboles. La muerte por congelación marca el límite norte del bosque boreal (taiga) y el comienzo de la tundra, una formación vegetal de baja estatura dominada por herbáceas, musgos, líquenes y algunos arbustos. De igual modo, en las zonas más altas de las montañas el frío, la nieve y las heladas marcan la línea invisible por encima de la cual no sobreviven los árboles (tree line en inglés).

Islandia no es país para árboles, al menos esa es su fama. El destino me llevó en primavera a esa remota isla, situada en mitad del océano Atlántico, rozando el círculo polar ártico. En el avión de Barcelona a Keflávik fui leyendo una novela de Stefánsson; las horas pasaron rápidas, absorto en cómo los personajes se enfrentaban a las duras condiciones de vida islandesa [1].

Aquí el clima lo rige todo, moldea nuestra vida como si fuera arcilla.

No hay palabras suficientes para describir el viento que hace aquí. Viento del norte, todo es blanco, incluso el mar, todo excepto las paredes rocosas de las montañas.


Una vez más el viento viene del norte, el ártico sopla sobre ellos, atraviesa las montañas que se alzan a su derecha, arrastra las ráfagas de nieve desde los peñascos y las derrama sobre las pocas granjas que se encuentran a lo largo de la playa, sobre los dos hombres que avanzan patosamente, el primero con la mirada fija hacia delante, el que le sigue camina cabizbajo y pensando en Otelo y Hamlet, murmura citas sacadas de esas obras, es bueno mover los labios, así no se quedan congelados.


El viento resopla, aúlla, el viento ártico que parece enfadado con todos los seres vivos.

No encontré ningún árbol en las descripciones de los paisajes que atraviesan el cartero rural y su acompañante; solo el páramo (la tundra), las montañas, la nieve y el mar. ¿Qué futuro me esperaba, como buscador de árboles, en Islandia?

Era una mañana de domingo, fresca, nublada y con lluvias intermitentes; atravesé la ciudad desierta y me dispuse a explorar los alrededores. La península de Reykjanes (en español sería Punta Humeante) es un paisaje de coladas de lava y rocas volcánicas, con fumarolas y piscinas de aguas termales, como la famosa Laguna Azul. Impresiona saber que por esta península emerge la Dorsal Mesoatlántica, la cordillera que continúa hacia el sur hasta la Patagonia (unos 15.000 km), sumergida por el fondo del Océano; es una enorme costura planetaria que separa dos placas tectónicas. No muy lejos, el puente Midlina (Punto Medio) se extiende sobre una grieta de unos 15 metros de ancho y permite pasar de la placa de América del Norte a la de Eurasia. En pocos pasos se viaja de un continente a otro, sin percibir que se van separando lentamente, a una velocidad de unos 2 cm al año. ¡Extraña paradoja!, estar en una isla remota, donde nacen y se separan dos continentes.

Tomé el sendero que seguía la costa hacia el norte. Las rocas de lava negra apenas estaban cubiertas por una vegetación de baja estatura. Entre el negro mineral y el verde vegetal destacaban las flores azules del altramuz de Alaska (Lupinus nootkatensis). Esta especie de leguminosa fue introducida en Islandia a mitad del siglo XX para la recuperación de suelos erosionados y pobres, gracias a su crecimiento rápido y a su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico. Con el tiempo, se ha extendido por toda la isla y en algunas zonas supone una amenaza para las especies nativas.

¿Dónde estaban los árboles? Miré alrededor y me agaché para observar de cerca un sauce enano (Salix herbacea), un prodigio de miniaturización que le permite resistir el frío extremo. Era una almohadilla verde que apena sobresalía unos centímetros del suelo, formada por hojas brillantes, redondeadas, que absorbían con avidez la energía solar en el corto verano recién estrenado. En el extremo del ramillo, apenas sobresaliendo de las escasas hojas curvadas, asomaban los amentos de flores masculinas. Saludé a este diminuto sauce macho que me había dado la bienvenida a los mini-bosques de Islandia y seguí mi camino por el sendero de la costa, mirando con cuidado por donde pisaba.

Sauces enanos que toleran el frío extremo

El género Salix tiene unas 500 especies distribuidas principalmente por las zonas frías y templadas del hemisferio norte, aunque algunas especies se extienden por Sudamérica y África [2]. La especie más conocida es el sauce llorón (Salix babylonica), un icono de parques y jardines de todo el mundo.

Posiblemente el sauce ancestral se originó en las montañas del sur de China, actual centro de diversidad con más de 270 especies, y desde allí radió al resto del mundo. En el dilatado proceso evolutivo, algunas especies se adaptaron a resistir el frío extremo y colonizaron las zonas árticas, incluyendo la remota isla volcánica que sería conocida como “Tierra del Hielo” (Iceland). Cuatro especies nativas de sauces viven en la isla.

 

Sauce enano o de los neveros (Salix herbacea L.). El botánico sueco Carlos Linneo viajó en 1732 a Laponia, la región del norte de Europa que limita con el océano Ártico. Durante cinco meses recolectó y describió 534 especies de plantas (la mayoría líquenes y musgos); entre ellas encontró un sauce diminuto del que escribió (en latín): “Minima inter omnes arbores est haec salix” (“este sauce es el más pequeño de todos los árboles”) [3]. Desde entonces, se le conoce como “el árbol más pequeño del mundo”. Años más tarde, el mismo Linneo en su obra magna Species Plantarum (1753) lo bautizaría con el nombre científico Salix herbacea, es decir “como una hierba”. ¿En qué quedamos Linneo, es un árbol o una hierba?

Cuando vi por primera vez al sauce enano, aunque su apariencia era de un modesto arbusto rastrero, me fascinaba imaginarlo como un árbol miniaturizado, un prodigio de adaptación a las condiciones extremas de frío y nieve. Conquistar las tierras árticas se puede considerar un éxito evolutivo para el linaje arbóreo de los sauces, aunque les haya costado sacrificar algunos emblemas de su “arboreidad”, como renunciar al tronco, enterrarse y aplastarse en el suelo protector, mediante una estrategia de resistencia. Para mí, es un árbol miniatura, adaptado al frío extremo.

El sauce es dioico, es decir hay plantas machos y hembras. Las semillas son muy pequeñas, apenas de 1 mm, provistas de largos pelos que facilitan su dispersión a gran distancia, transportadas por el viento y las corrientes de convección. Una vez depositada en un lugar favorable, germina y el joven sauce comienza a crecer lentamente, bajo el suelo, con tallos subterráneos y raíces adventicias, formando un entramado resistente que puede vivir hasta 500 años.

Para ver a este pequeño sauce en los Pirineos o los Alpes hay que subir hasta los 2.000 m de altura o más, sin embargo, en Islandia lo pude disfrutar en mi paseo dominguero junto al mar.

Sauce ártico o de la montaña (Salix arctica Pallas). El sauce ártico es todavía más resistente al frío que su pariente, el sauce de los neveros. Tiene una distribución circumpolar, alrededor del océano ártico, y ostenta el récord de ser la especie leñosa que llega más cerca del Polo Norte, en la península Peary Land, extremo septentrional de Groenlandia. Allí se dan unas condiciones extremas de suelos congelados (permafrost), largos inviernos fríos y sin luz, veranos cortos en los que el termómetro no sube de los 5ºC, escasas precipitaciones en forma de nieve, y fuertes vientos erosivos; condiciones que solo es capaz de soportar el ultra-resistente sauce del ártico.

En las mismas zonas árticas viven los inuits o esquimales. Poblaciones humanas que han adquirido diversas adaptaciones para resistir al frío, como el gen TBX15 (de misterioso origen) que promueve la diferenciación en grasa parda que genera calor [4]. Tan importante como las adaptaciones genéticas ha sido el conocimiento íntimo de la naturaleza y sus recursos, y el desarrollo de una cultura de resistencia que les ha permitido sobrevivir en ese medio hostil.

Los inuits conocen bien y aprecian al sauce del ártico, al que llaman suputiit. Comen las hojas y otras partes de la planta (ricas en vitamina C), pelan las raíces y las mastican para mitigar el dolor de muelas, y lo utilizan como remedio medicinal por su riqueza en salicina. Los frutos algodonosos son mezclados con musgo para elaborar las mechas de la lámpara de aceite de foca, conocida como qulliq. Estas lámparas se mantenían siempre encendidas; servían para iluminar, cocinar, calentar y secar las pieles. Era responsabilidad y privilegio de las mujeres mantener la llama encendida; una actividad esencial para sobrevivir en el clima extremo del Ártico.

Aunque los inuits conocían bien al suputiit desde hace miles de años, no fue hasta 1784 cuando adquirió su nombre científico – Salix arctica. El naturalista alemán Peter Simon Pallas, financiado por Catalina II de Rusia, viajó a Siberia, lo colectó y describió [5]. No es tan pequeño como el enano, puede llegar hasta 50 cm de alto, y suele estar muy ramificado.

En mi visita a Islandia no pude ver al suputiit en su hábitat natural porque allí se refugia en las montañas (se le llama fjallavíðir, sauce de la montaña); parece que el frío de las zonas bajas no le es suficiente. Sin embargo tuve ocasión de ver algunos ejemplares en la colección de sauces de la estación experimental de Gunnarsholt. En la etiqueta les llamaban grávíðir (sauce gris, otro nombre islandés para el sauce ártico). Entre los tallos retorcidos se abrían las primeras yemas, dejando ver las pequeñas hojas peludas; era primeros de junio.

Sauce lanudo (S. lanata L.). Es más alto que el ártico, puede llegar a 100 cm, y se caracteriza porque las hojas y los amentos son pubescentes, con densos pelos grises. Es muy común en los páramos de Islandia, y por su vistosidad también se cultiva en los jardines.

Sauce con hoja de té (S. phylicifolia L.). Puede llegar a los 3 m, con porte arborescente. Tiene las hojas anchas, de color verde brillante, sin pelos. Es muy común en Islandia, en las zonas más húmedas y en los escasos bosques de abedul.

De las cuatro especies nativas, las dos de mayor porte (S. lanata y S. phylicifolia) son las que dominan en la colección de sauces que visité. Fueron plantados entre 1998 y 1999 por el Servicio de Conservación de Suelos. Son muestras de poblaciones, recolectadas en diferentes partes de la isla. La colección tiene como objetivo evaluar su potencialidad para la restauración de zonas erosionadas [6].

Un refugio botánico en Reikiavik

Las glaciaciones fueron letales para la vegetación de esta isla, tan próxima al Polo Norte. De hecho, todavía no se ha recuperado después de la última glaciación (hace unos 12.000 años). Su flora actual es relativamente pobre en especies; unas 470 especies, de las cuales solo tres tienen porte arbóreo: abedul (Betula pubescens), serbal (Sorbus aucuparia) y álamo temblón (Populus tremula). Esta diversidad escasa se debe a una combinación del clima adverso por frío y viento, la actividad volcánica y sobre todo la lejanía de otras tierras de donde pudieran llegar semillas.

Su “remotidad” también explica la tardía llegada y establecimiento de los primeros inmigrantes humanos; fueron vikingos procedentes de Noruega a finales del siglo IX. En el Libro de los Islandeses (Íslendingabók), escrito en nórdico antiguo en el siglo XII por Ari el Sabio, encontramos una sorprendente frase:

“En aquella época Islandia estaba cubierta por bosques que se extendían desde las montañas hasta la orilla del mar”.

¿Era una exageración o una fantasía del cronista medieval? Parece que no, porque estudios paleobotánicos recientes han confirmado que los bosques de abedul cubrían al menos la tercera parte de la isla. Es decir, en el pasado, Islandia sí fue país para bosques.

Los colonos empezaron a talar los bosques para obtener madera y leña, y para convertirlos en prados donde pastaran sus ovejas y caballos. Después de siglos de cortar árboles y del ganado comiendo los intentos de regeneración, los bosques fueron desapareciendo hasta que a mediados del siglo pasado apenas el 1% de la isla tenía abedulares naturales. Al faltar la cubierta protectora vegetal, comenzó un problema severo de erosión por el viento que dejó grandes extensiones de lava al descubierto; estas zonas de desierto desnudo representan casi el 36% de la isla.

El estado de Islandia se ha propuesto revertir esta tendencia, recuperando los suelos con el Servicio de Conservación de Suelos, y reforestando con el Servicio Forestal. Su ambiciosa meta es que el 12% del país esté cubierto por bosques para el 2100.[7]

Cuando llegué a la capital, Reikiavik, tenía gran curiosidad por visitar su Jardín Botánico. Además de un refugio para los árboles, un Botánico es un indicador del nivel de sensibilidad y cultura de una ciudad. Muñoz Molina escribió “los jardines botánicos, como algunas obras maestras de la literatura, esperan con paciencia a que uno llegue a la madurez necesaria para disfrutarlos“; también esperan con paciencia a que una ciudad tenga la madurez necesaria para crearlos.

El Botánico de Reikiavik es pequeño y coqueto; una incorporación reciente (de 1961) a su patrimonio natural y cultural urbano. Todo es relativamente nuevo allí, comparado con sus venerables equivalentes en Padua (1545), Montpellier (1593) o Amsterdam (1638). En sus cinco hectáreas se cultivan y cuidan unas 5.000 especies de plantas.

Me acerqué a la zona de la flora de Islandia, un pequeño montículo donde se recreaba la vegetación achaparrada de la tundra. Allí encontré de nuevo al sauce de montaña (fjallavíðir en su cartel), esta vez con todas sus hojas ya expandidas.

 

El aspecto general del jardín no era de tundra con predominio de herbáceas y pequeños arbustos, típico del paisaje islandés, sino de bosque urbano, con una considerable variedad de árboles. Durante el paseo, escuché varias veces y muy cerca el bullicioso canto del zorzal alirrojo (Turdus illiacus), un ave forestal que estaba en pleno apogeo primaveral. Una parte importante del Jardín (2,4 ha) estaba siendo ampliada para el nuevo arboreto, cuyo diseño se mostraba en un cartel; allí se marcaba el lugar reservado para las especies de árboles procedentes de Norteamérica, Asia y Europa.

Sin duda, pensé, Islandia puede ser un país hospitalario para los árboles, y con el calentamiento global lo será más.

Cerca de la salida me fijé en un árbol de troncos múltiples y ramas torcidas como si dudaran en el camino recto hacia la luz. Era un sauce de las cabras (Salix caprea L.), un “gigante” entre los sauces nórdicos (puede llegar a los 10 m de altura).

No es nativo de Islandia, pero es común en Noruega y sería bien conocido por los primeros pobladores vikingos. En los años treinta del siglo pasado fue común plantarlos en los jardines de Reikiavik. Al parecer, este venerable sauce de 80 años sería uno de ellos.

Después de haber tenido que estar en cuclillas, agachado, para observar a sus parientes miniaturizados, ahora tenía que alzar la vista para buscar sus amentos floridos y saber si era macho o hembra. Había cambiado la escala de tamaño y mi perspectiva con los sauces.

Salí del Botánico reflexionando sobre el linaje Salix, su diversidad de formas y su extraordinaria capacidad para adaptarse a las condiciones extremas. Comprendí entonces la admiración que los sauces causaron en Thoreau [8]:

“¡Ojalá yo tuviera siempre el buen ánimo de un sauce! ¡Cuánta tenacidad en su vida! ¡Cuánta flexibilidad! ¡Qué pronto se recuperan de sus heridas! Nunca desesperan. Son emblemas de la juventud, la alegría y la vida eterna.”

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[1] J. K. Stefánsson (2016), La tristeza de los ángeles, Salamandra, Barcelona. Traducción de Elías Portela. La edición original en islandés es de 2009. Esta novela forma parte de una trilogía, junto con Entre cielo y tierra y El corazón del hombre, también publicadas por Salamandra.
En la tercera entrega, El corazón del hombre, encontré la única mención a un árbol de la trilogía: “Apoyado en el cercado, de espaldas a los dos serbales, que se esforzaban en alzar las ramas hacia la luz” (pág. 207).

[2] En la página web The Plant List se listan 552 especies aceptadas del género Salix.
The Plant List (2013). Version 1.1. Published on the Internet.

[3] Carlos Linneo publicó en 1737, cinco años después del viaje de exploración a Laponia, la obra: Flora Lapponica exhibens plantas per Lapponiam crescentes, secundum systema sexuale, Amsterdam. La descripción latina del “árbol más pequeño del mundo” está en la página 286.
La primera descripción científica con el nombre aceptado Salix herbacea, se puede encontrar en su obra Species Plantarum (1753), volumen 2, página 1018.

[4] Investigaciones recientes han propuesto que las adaptaciones al frío de los inuits, en particular el gen TBX15, podrían proceder de antiguos cruzamientos entre los humanos modernos y los homínidos denisovanos (hace unos 50.000 años).
Racimo F. y cols. (2017). Archaic adaptive introgression in TBX15/WARS2. Molecular biology and evolution, 34(3), 509-524.
Ver también artículo de Steph Yin “Cold Tolerance Among Inuit May Come From Extinct Human Relatives” en el diario New York Times, 23 diciembre 2016.

[5] Peter S. Pallas publicó la Flora de Rusia en dos volúmenes, entre 1784 y 1788, en San Petersburgo (Petropoli) con el título completo: Flora Rossica seu Stirpium Imperii Rossici par Europam et Asiam. Indigenarum Descriptiones et Icones. Jussu et Auspiciis Catharinae II Augustae.

[6] Agradezco a Anne Bau su amabilidad al llevarme a las plantaciones de sauces y facilitarme la información. La historia de la colección de sauces se puede leer en la publicación: Aradóttir AL, K. Svavarsdóttir, A. Bau (2007). Clonal variability of native willows (Salix phylicifolia and Salix lanata) in Iceland and implications for use in restoration. Icelandic Agricultural Science 20: 61-72.

[7] T. Eysteinsson (2017) Forestry in a Treeless Land Fifth edition, 2017. Icelandic Forest Service, Egilsstaðir Iceland.

[8] La reflexiones de Thoreau sobre los sauces están incluidas en las notas de su diario, del 14 de febrero 1856, una mañana fría de paseo por las orillas del río, camino de Walden. Ver la transcripción en:
The writings of Henry David Thoreau. Journal. Edited by B. Torrey. VIII. November 1, 1855 – August 15, 1856. Houghton Mifflin. 1906, págs. 181-182.

 

Escrito por Teo, jueves 28 septiembre 2017

 

Enlaces

Obras de Carlos Linneo: Flora Lapponica y Species Plantarum.

Páginas web del Servicio de Conservación de Suelos y del Servicio Forestal de Islandia.

Página web del Botánico de Reikiavik.

Artículo de Muñoz Molina sobre el Jardín Botánico de Lisboa.

La red social del bosque

Cuando paseamos por un bosque no somos conscientes de que bajo nuestros pies se extiende un denso entramado de raíces y micelios de hongos, una red de conexiones que sirve a los árboles para comunicarse unos con otros. Pero, ¿verdaderamente los árboles se comunican? ¿son capaces de “transmitir señales mediante un código común al emisor y receptor”? como define la Academia la acción de “comunicar”.

La ecóloga forestal Suzanne Simard descubrió, a finales del siglo XX, que los árboles del bosque están conectados por una red de raíces y micorrizas, a través de la cual transfieren nutrientes desde las “fuentes” o emisores a los “sumideros” o receptores. En su experimento pionero, marcó las hojas de abedules (Betula papyrifera) en Canadá, con isótopos de carbono (C13 y C14) y comprobó que este carbono era transferido a plántulas vecinas de abeto (Pseudotsuga menziesii), que crecían en la sombra. En el sentido contrario, el carbono marcado en las hojas de abeto, durante el invierno apareció en los jóvenes abedules desprovistos de hojas.

La publicación de estos resultados sorprendentes en la prestigiosa revista Nature [1], supuso el lanzamiento a la fama (científica) de la joven Simard y el auge en la investigación sobre las redes de micorrizas, que serían bautizadas como Wood Wide Web o internet del bosque (en un juego de palabras de las siglas en inglés WWW, cambiando World-mundo por Wood-bosque).

Hongos y raíces forman una red oculta

Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos (mykós en griego) y raíces (riza) de plantas. Las hifas o filamentos de los hongos movilizan y transportan los nutrientes minerales del suelo hasta las raíces de las plantas, mientras que el hongo recibe a cambio hidratos de carbono fotosintetizados por la planta. Se piensa que esta simbiosis con los hongos fue crucial en la evolución de las plantas terrestres, cuando dejaron el medio acuático hace unos 400 millones años y tuvieron que aprender a captar las sales minerales y nutrientes retenidos por las partículas del suelo.

La existencia de las micorrizas ya se conocía a finales del siglo XIX, pero sus beneficios agrícolas y forestales se fueron descubriendo en la primera mitad del siglo XX. Ha sido en este siglo XXI cuando las nuevas técnicas de biología molecular y los marcadores isotópicos han abierto una ventana nueva a ese mundo complejo de las redes micorrícicas que conectan los árboles del bosque.

El grupo de Simard ha cartografiado con detalle la red de micorrizas en una parcela de bosque de abetos (Pseudotsuga menziesii) en Canadá, identificando los genotipos de árboles y hongos, mediante análisis de ADN [2]. Un viejo abeto, de 94 años, estaba conectado con otros 47 árboles mediante 11 genotipos diferentes del hongo Rhizopogon sp. La longitud media de un micelio de hongo fue de 20 metros. La red de conexiones debe ser aún más compleja porque solo se identificaron las micorrizas formadas por dos especies de hongos; mientras que en esa comunidad de bosque pueden existir más de 50 especies diferentes de hongos micorrícicos. Funcionalmente, se trataría de un super-organismo clonal, una red simbiótica árbol-hongo que comparte los recursos del bosque.

Mapa de la red de micorrizas en un bosque de abetos de Canadá (Beiler et al., 2010).

A través de las redes no solo circulan nutrientes, también van señales bioquímicas y eléctricas de un árbol a otro; para algunos, esas señales son prueba de la existencia de comunicación real, de una “charla arbórea” (tree talk) [3]. Se ha comprobado que abetos que habían sufrido una defoliación severa por insectos transmitieron, por medio de la red de micorrizas, señales de estrés a los árboles vecinos, que a su vez respondieron activando los genes que sintetizan enzimas defensivos. La señal de alerta fue comunicada no solo a los árboles de la misma especie, sino también a los de otras especies. ¿Qué sentido evolutivo tiene ayudar a un árbol vecino que compite contigo por los recursos y el espacio? Una posible explicación alternativa es que la red es propiciada por el hongo, que comunica a diferentes árboles para asegurarse una fuente de carbono desde múltiples hospedadores, en un ambiente variable e impredecible.

También existe un lado oscuro de la red, no todo es altruismo y cooperación entre árboles. Algunos árboles producen compuestos químicos que se llaman alelopáticos (del griego pathos-sufrir y allelos-al otro), es decir que inhiben el crecimiento y desarrollo de otras plantas. Por ejemplo, es conocido que las raíces y hojas del nogal (Juglans regia) tienen juglona (un tipo de naftoquinona) que es tóxico para otras plantas. Se ha comprobado que los micelios de los hongos conectados a las raíces del nogal facilitan el transporte de la juglona y así extienden su efecto alelopático por el suelo; por otra parte, la juglona le sirve al hongo como defensa química contra los micófagos [4].

Es difícil imaginar esa red compleja y dinámica que conecta los árboles del bosque bajo tierra. El artista francés Enzo Pérès-Labourdette dibujó unos seres oníricos, especie de duendecillos carteros, que corren apresurados por un laberinto de caminos subterráneos llevando mensajes, para ilustrar un artículo dedicado a la Wood Wide Web en la revista New Yorker.

Ilustración de Enzo Pérès-Labourdette para New Yorker (2016).

Esta relación compleja entre los árboles también se puede imaginar y explicar usando analogías con nuestras relaciones humanas y sociales. La doctora Simard, una apasionada comunicadora y divulgadora, cambia su lenguaje científico, frío y objetivo, por otro más personal y más sentimental en sus conferencias: “Los árboles madre reconocen y nutren a sus hijos, les envían señales de alerta, les hablan“. Reconoce su inspiración en el lema de Rachel Carson: “no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir“.

Simard argumentaba así su pasión “humanizadora” por los árboles:

“Pasan tantas cosas en los bosques, que no somos capaces de entenderlas aplicando las técnicas científicas tradicionales. Así que abrí mi mente y decidí incorporar aspectos humanos para comprender de forma más profunda, más visceral a estas criaturas vivientes, que no son meros objetos inanimados. Además, como seres humanos nos podemos relacionar mejor con estos árboles (humanizados), cuidarlos mejor y gestionar mejor nuestros paisajes.”

Árboles con vida social

Los árboles son seres muy sociales y se ayudan unos a otros; su bienestar depende de la vida en comunidad“, escribió Peter Wohlleben en su interesante y apasionado libro La vida oculta de los árboles. Qué sienten y cómo se comunican [5].

Wohlleben es técnico forestal y gestiona el bosque comunal de Hümmel (Alemania); el hermoso bosque antiguo, por donde le gusta deambular y que tanto le inspira. Confiesa que, durante sus caminatas por el interior del bosque, aprende algo nuevo cada día, investiga, piensa, observa, y saca conclusiones de lo que ha descubierto. Fruto de esas observaciones y sus lecturas (entre ellas, los trabajos de Simard) fue el libro dedicado a la vida oculta del bosque, que tuvo un gran éxito en Alemania (publicado en 2015, vendió más de 300.000 ejemplares). Posiblemente tocó la fibra sensible y ancestral que ya reconoció el historiador latino Tácito en los antiguos germanos: “no juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración”. Quizás el libro sirvió para renovar ese vínculo cultural y espiritual con el bosque.

El amante de los árboles disfruta leyendo el libro, estructurado como una colección de relatos de historia natural del bosque. También aprende sobre la complejidad de los nuevos descubrimientos científicos, como la red Wood Wide Web que conecta los árboles. Es verdad que, a veces, el lector no sabe si tiene entre las manos una obra de ciencia o de ficción, y le vienen a la mente otras historias de árboles inteligentes: “hay algún tipo de comunicación electroquímica entre las raíces de los árboles. Como las sinapsis entre las neuronas. Cada árbol tiene 10.000 conexiones a los árboles que los rodean, y hay un billón de árboles en Pandora” [6]. Sí, el bosque fantástico de Avatar, pero estas historias de Wohlleben son del planeta Tierra, y más concretamente del centro de Europa.

En las reseñas del libro en revistas científicas se le reconoce su valor divulgativo pero se le critica la excesiva “humanización” de los árboles [7]. Wohlleben se justifica: usa “un lenguaje muy humano, porque el lenguaje científico elimina toda la emoción y la gente no lo entiende“. Claro que, al dotar a los árboles de sentimientos y emociones, se plantea dudas morales como gestor de bosques: “cuando sabes que los árboles experimentan dolor y tienen memoria, y que los árboles padres viven junto a sus hijos, entonces no puedes ir sin más a talarlos y destruir sus vidas con maquinaria pesada.”

Como alternativa a la explotación forestal tradicional propone “una gestión amigable del bosque, que permita a los árboles satisfacer sus necesidades sociales, crecer en un verdadero ambiente forestal sobre suelo sin perturbar y pasar “su conocimiento” a la siguiente generación. Al menos a algunos de ellos se les debe permitir envejecer con dignidad y morir de muerte natural.” Una forma revolucionaria de contemplar nuestra relación con el bosque.

Termina el libro con algunas profecías y una invitación a pasear con imaginación por el bosque.

“Cuando se conozcan las capacidades de los árboles, y se reconozcan sus vidas emocionales y necesidades, entonces cambiará gradualmente la forma en que los tratamos.
Quizás algún día se podrá descifrar el lenguaje de los árboles, dándonos material para historias aún más asombrosas. Hasta entonces, en tu próximo paseo por el bosque, deja rienda suelta a tu imaginación.”

Tienes un treemail

Los habitantes de Melbourne (Australia) tienen el privilegio de poder comunicarse con sus vecinos arbóreos a través de internet. Desde 2013, los 77.000 árboles de la ciudad tienen asignados individualmente una dirección de correo electrónico. Pueden recibir un email desde cualquier parte del mundo. Es tan fácil como abrir en internet el Bosque Urbano Visual, elegir un árbol, y enviarle un email.

Dioses maoríes esculpidos en troncos. Parque Nacional Abel Tasman, Nueva Zelanda. Foto: Jonathan Hansen.

El objetivo de esta red social arbórea es esencialmente práctico; que los vecinos puedan comunicar a los técnicos municipales cualquier incidencia sobre un árbol determinado, como una rama caída, una plaga, etc. Los árboles están así perfectamente identificados y localizados en el mapa.

La innovación e imaginación del ayuntamiento de Melbourne ha consistido precisamente en darle una identidad (y una dirección de email) a cada uno de los árboles. Cuando paseas por la ciudad ya no te cruzas con “un árbol”, sino con tus vecinos arbóreos individualizados. Algunos habitantes de Melbourne comparten con Simard y Wohlleben ese sentimiento “humanizador” hacia los árboles y los reflejan en sus mensajes. El árbol más popular es un olmo dorado (Ulmus glabra ‘Lutescens’) que recibe numerosas muestras de cariño:

“Querido 1037148,
mereces ser conocido por más que un número.
Te quiero. Ahora y para siempre.”

El efecto inesperado de esta red social arbórea ha sido que muchos vecinos la aprovechan para expresar sus sentimientos hacia esos seres vivos, con los que comparten sus penas y alegrías cotidianas. Es un vehículo para la participación ciudadana en el cuidado del arbolado, y al mismo tiempo una red psico-social que une personas y árboles en el ecosistema urbano.

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[1] Simard SW, Perry DA, Jones MD, Myrold DD, Durall DM y Molina R (1997). Net transfer of carbon between ectomycorrhizal tree species in the field. Nature, 388: 579-582.

[2] Beiler KJ, Durall DM, Simard SW, Maxwell SA y Kretzer AM (2010). Architecture of the wood-wide web: Rhizopogon spp. genets link multiple Douglas-fir cohorts. New Phytologist, 185: 543-553.

[3] Gorzelak MA, Asay AK, Pickles BJ y Simard SW (2015). Inter-plant communication through mycorrhizal networks mediates complex adaptive behaviour in plant communities. AoB Plants, 7, plv050.

[4] Achatz M, Morris EK, Müller F, Hilker M y Rillig MC (2014). Soil hypha-mediated movement of allelochemicals: arbuscular mycorrhizae extend the bioactive zone of juglone. Functional ecology, 28: 1020-1029.

[5] Peter Wohlleben (2015). Da geheime Leben del Bäume. He leído y cito a partir de la versión inglesa de 2016:  The hidden life of trees. What they feel, how they communicate. Greystone Books, Vancouver, Canadá. Existe una traducción al español, titulada La vida secreta de los árboles, publicada por Obelisco en la colección “Espiritualidad y vida interior”.

[6] James Cameron (2007). Avatar. Twentieth Century Fox Film, Script, pág. 101.

[7] Richard Fortey (2016). The community of trees. Nature, 537: 306.

 

 

Escrito por Teo, jueves 27 abril 2017.

 

Enlaces

Artículo en la revista New Yorker sobre la Wood Wide Web

Artículo en el blog de Scientific American sobre la red de micorrizas

Entrevista con Susane Simard en el blog de la Escuela Forestal de Yale

Conferencia TED de Susane Simard (más de 2 millones de visionados)

Rachel Carson y el asombro, en este blog

Entrevista con Peter Wohlleben en New York Times, 29 enero 2016

Escritos de Tácito sobre los Germanos, en este blog

Bosque Urbano Visual de Melbourne

Noticia en la BBC sobre los árboles con email en Melbourne

El árbol más popular de Melbourne, en CityGreen, 22 noviembre 2016

Cuatro años de blog

El 21 de febrero de 2013 comenzamos la aventura de escribir el blog Los árboles invisibles. La primera entrada estuvo dedicada al libro de David Haskell, The forest unseen. A year´s watch in Nature (El bosque que no se ve. Un año de observación en la Naturaleza) [1]. Una serie de lecciones de historia natural y sensibilidad poética que el profesor Haskell fue desgranando durante un año, a medida que transcurrían sus observaciones de un mandala virtual en el corazón del bosque.

En los cuatro años siguientes el blog, como un árbol, ha ido creciendo y formando anillos en su tronco con las 74 entradas que hemos añadido, al ritmo aproximado de una al mes. Cada artículo surgió espontáneamente, inspirado por un viaje, una imagen, una lectura o una conversación. El proceso creativo ha sido deambulatorio, no planificado, pero siempre hemos buscado el conocimiento y la emoción asociados a los árboles.
Para Matusalén, el árbol milenario de la especie Pinus longaeva que vive en las Montañas Blancas de California, cuatro años y 74 anillos es apenas un suspiro. Sin embargo, para nuestras vidas y nuestra escala de tiempo, cuatro años es un período de tiempo relevante. Como ejemplo, en ese breve plazo se han deforestado unas 52 millones de hectáreas de bosques tropicales, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. El dióxido de carbono de la atmósfera ha subido 10 ppm (partes por millón) superando por primera vez las 400 ppm, y sigue subiendo. En esta vida de ritmo acelerado que llevamos, volver la vista hacia los árboles, hacia su crecimiento pausado y su permanencia, nos abre una nueva perspectiva de nuestra relación con la naturaleza y sobre el sentido del tiempo.

En nuestro deambular hemos rastreado árboles en los objetos materiales cotidianos, como el lápiz de madera y el papel que usamos para escribir los borradores, las especias que aderezan nuestras comidas, o las esencias aromáticas que  perfuman nuestra vida social y espiritual.

Atrapados por la imaginación de los maestros literarios de ficción, hemos viajado a las sabanas de Mozambique con Mia Couto y hemos asistido a la misteriosa ceremonia del takatuka, nos ha emocionado la pasión de los amantes en el corazón del bosque inglés con David H. Lawrence, hemos acompañado a Robert Walser en su paseo por los bosques de las montañas de Suiza, y nos hemos abandonado bajo el árbol de la indolencia en la isla de Chipre con Lawrence Durrell.

Nos ha conmovido el impacto visual de las fotografías de Sebastião Salgado de la selva de Sumatra, la apacible atmósfera del grupo familiar bajo un castaño de Indias retratado por Federico Bazille y la trágica batalla de Arminio en los bosques de Germania plasmada en el lienzo de Anselm Kiefer. Mientras que el ingenioso y transgresor Ai Weiwei nos ha deleitado con su icosaedro truncado fabricado con palo de rosa perfumado.

Hemos disfrutado de la variedad de árboles en los bosques urbanos, como el Parque María Luisa de Sevilla que frecuentamos casi a diario, hemos conocido un sinfín de historias en el Botánico de Coimbra y nos hemos extasiado con la vista de Roma desde la colina arbolada del Orto Botanico.

Algunas especies de árboles nos han atraído especialmente para contar sus historias. Tuvimos ocasión de visitar al extraño tumbo de las hojas inmortales (Welwitschia mirabilis) en el desierto de Namibia. Nos entregamos a la fascinación por el fósil viviente de las remotas montañas de China, el ginkgo (Ginkgo biloba), venerado en los templos orientales y por muchos amantes de los árboles. En el Mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens), apuntando al cielo, nos llamó la atención con su pasado mítico y místico. Durante los paseos veraniegos nos acercamos al enebro de frutos grandes (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) que otea el mar desde los acantilados.

Los árboles están ahí, forman parte de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes. En los veranos calurosos buscamos con fervor la buena sombra que nos alivia y refresca. El maravilloso espectáculo del reverdecer primaveral nos infunde alegría y optimismo. ¿Quién no ha subido a un árbol, de pequeño o de mayor, para ver el mundo desde arriba? Pasear por un bosque, entre árboles, mejora nuestra salud; lo sabemos, ahora además es una práctica japonesa de medicina preventiva.

Tras este tiempo de descubrimientos y escritura, nos sentimos contentos de la recepción que nuestro trabajo ha tenido en la blogosfera. En cuatro años hemos recibido más de 300.000 visitas de internautas realizadas desde 156 países, en su mayor parte desde España (36%), México (16%), Colombia (9%), Argentina (9%) y Estados Unidos (7%), y también un buen número de comentarios muy alentadores.

A todos los que nos seguís y a los que llegáis de nuevo, gracias por leernos.

¡Larga vida a los árboles!
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[1] El libro de Haskell fue publicado en 2012 por Viking Penguin, Nueva York. La edición española, titulada En un metro de bosque, ha sido traducida por Guillem Usandizaga y publicada por Turner, en marzo 2014.

 

Escrito por Rosa y Teo, jueves 23 febrero 2017.

Declive y rescate de un gigante

El castaño americano (Castanea dentata) es un árbol gigantesco que puede alcanzar los 40 metros de altura, con troncos de más de 3 metros de diámetro. Su área de distribución se extiende por todo el este de Estados Unidos, desde Maine al norte hasta Georgia al sur, ocupando unas 80 millones de hectáreas. Se le ha llamado la “secuoya del este” por su envergadura y por ser el árbol dominante del bosque.

La filogeografía ha reconstruido la historia evolutiva de las siete especies de castaños existentes en el mundo. Los ancestros del género Castanea (de la familia Fagácea) se originaron en los bosques del este de Asia, hace unos 60 millones de años. Desde allí, un linaje migró hacia el oeste y hace unos 43 millones de años se diferenciaron los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, los castaños pasaron a Norteamérica, donde se originaron las dos especies americanas (C. dentata y C. pumila) [1].

Durante las reiteradas glaciaciones en los últimos dos millones de años (la más reciente hace 10.000 años), la orientación norte-sur de la cordillera de los Apalaches (este de EE UU) permitió las migraciones de las especies de árboles siguiendo el avance y retirada de los hielos. El resultado fue la supervivencia de un bosque mixto, rico y diverso. Los primeros colonos europeos del siglo XVIII se encontraron un paraíso natural en estos bosques. La producción de castañas era copiosa, a veces se acumulaban tanto en el suelo del bosque que se recogían con palas, y además era segura todos los años, sin vecerías como en los robles. En otoño suponía una importante fuente de ingreso para las familias que subsistían en esta zona de montañas. La prodigalidad del castaño constituía también un recurso básico para la fauna forestal; proporcionaba alimento a osos, ciervos, y todo tipo de pequeños mamíferos y de aves. Para la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), que formaba bandadas de cientos de miles de individuos, la abundante castaña era su dieta favorita en otoño e invierno.

Los leñadores consideraban al castaño americano el “árbol perfecto”: un tronco recto, con madera resistente a la podredumbre y fácil de trabajar. Fue talado masivamente y utilizado en la fabricación de casas, cobertizos, postes de telégrafos, traviesas de ferrocarril, muebles e instrumentos musicales. En la icónica fotografía de 1910, publicada por Sidney V. Streator en la revista Leñador Americano (American Lumberman), se aprecian las dimensiones de estos árboles colosales.

A finales del siglo XIX algunos naturalistas, como Henry D. Thoreau (1817-1862), advirtieron que la explotación del castaño no era sostenible: “la madera de castaño ha desaparecido rápidamente en los últimos 15 años, siendo utilizada de forma extensiva para traviesas, cercados, tableros y otros fines, de modo que actualmente es comparativamente escasa y cara; y existe el peligro, si no tenemos un cuidado especial, de que este árbol se extinga” [2].

Encuentro fatal

No fue el hacha la perdición del castaño sino un misterioso alien que vino de oriente. Se sabe que en 1876 un viverista de Nueva York importó castaños japoneses (C. crenata) como árbol ornamental. Posiblemente en el embarque de los castaños venía como polizón un hongo parásito, que forma pústulas rojo-anaranjadas sobre la corteza; pero pasó desapercibido porque el árbol japonés tiene defensas y puede convivir con el hongo sin mayores problemas.

Sin embargo, cuando las esporas de este hongo llegaron a contactar con su pariente americano el efecto fue devastador. Las primeras infecciones letales se detectaron en 1904 en los castaños del Jardín del Zoológico de Nueva York. Un joven micólogo del Jardín Botánico, al otro lado de la calle, fue avisado y comenzó a estudiar la causa de esta mortandad. William A. Murrill (1869 – 1957) se había criado en una granja de Virginia donde “pasó una infancia feliz deambulando por el campo, cazando ranas y topos, y cogiendo frutos silvestres de pawpaw (Asimina triloba, pariente de la chirimoya), nogales y castaños” [3]. Estudió Botánica en la Universidad de Cornell y acababa de ser contratado en el Botánico de Nueva York cuando se encontró con el importante reto que marcaría su carrera.

Murrill aisló y cultivó el hongo, comprobando sus efectos patógenos sobre el castaño. En 1906 publicó sus características y su ciclo biológico, con el nombre Diaporthe parasitica, que en 1978 sería rebautizado como Cryphonectria parasitica, vulgarmente conocido como “chancro del castaño”. Entonces no se sabía su origen, si era una mutación patógena de un hongo nativo o había venido de fuera.

El hongo tiene un ciclo complejo. Las esporas tienen que penetrar por alguna herida de la corteza hasta el cámbium (tejido de crecimiento del tronco), allí germinan y el micelio empieza a extenderse entre las células vivas, produciendo compuestos tóxicos, como el ácido oxálico, que las matan. La infección del cámbium y el xilema (tejido de transporte) interrumpe la circulación de la savia. Al expandirse el micelio y rodear la rama o el tronco produce la necrosis parcial o de todo el árbol, por efecto del “anillado”. Es “el asesino perfecto, como un tiburón” comentó un micólogo, no sin cierta admiración [3].

En primavera y otoño se producen las pústulas (picnidios) de color amarillo-anaranjado que liberan las esporas asexuales (conidios) englobadas en un material viscoso de color amarillo; estas esporas se dispersan a corta distancia, por la lluvia o adheridas a los animales. Al final del verano, se producen millones de esporas sexuales (ascosporas), un polvo amarillo que es dispersado por el viento transmitiendo su carga letal.

En pocos años el hongo devastó los bosques del este americano, arrasando unos 4 mil millones de castaños, infectando a todos los árboles en el área de distribución; la epidemia avanzó a una velocidad de 80 km por año. La actuación de los servicios forestales no fue muy afortunada: “lo mejor es cortar todos los castaños que quedan, aprovechar su madera por valor de unos millones de dólares, y permitir que la naturaleza regenere otros tipos de árboles en su lugar”, fue la consigna del Director de un Centro de Investigación Forestal en 1926 [3]. Ignorando que de esa manera reducía la diversidad genética de la población y por tanto la probabilidad de que algunos individuos resistentes pudieran sobrevivir. Para el año 1940, el castaño americano, el gigante de los bosques de los Apalaches, había desaparecido como especie comercial.

En realidad el castaño no se extinguió como especie, porque el hongo no infectaba la raíz y la base del tronco. De hecho el árbol sobrevive, rebrota desde la base y comienza a crecer, hasta que después de 10-20 años vuelve a ser infectado por el chancro y “muere” (la parte aérea). Nunca llega a ser el árbol gigante con el tronco recto y fuerte del pasado; rebrota, crece y “muere” como si fuera presa de la maldición de Sísifo. El que fuera árbol dominante del dosel quedó relegado a sobrevivir en el sotobosque como un arbusto.

En cuanto a Murrill, después de describir y nombrar al hongo parásito, siguió con su brillante carrera de micólogo, siendo conocido como Mr. Mushroom (Señor Champiñón); describió unas 1.700 especies nuevas, publicó 20 libros, 500 artículos científicos y 800 de divulgación. Viajó y recolectó hongos por México, Caribe, Europa y Sudamérica. De carácter algo excéntrico y poco comunicativo, en un viaje a Europa “desapareció” sin dejar noticias; en el Botánico cubrieron su puesto y su mujer pidió el divorcio. Cuando volvió a los ocho meses (había estado enfermo del riñón en un hospital francés), se encontró sin trabajo y sin mujer. Se retiró a vivir en una cabaña en Virginia, donde siguió escribiendo y estudiando hongos.

Largo camino hacia la recuperación

Una vez aceptada la derrota en la lucha contra la expansión de la plaga, la administración, universidades y particulares comenzaron a trabajar para la recuperación de esta especie emblemática de árbol. La restauración natural parece poco probable porque la susceptibilidad letal fue casi universal (no quedaron individuos resistentes) y además afectó a todo el área de distribución (no quedaron refugios ni poblaciones que escaparan de la plaga). La alternativa fue intentar la recuperación asistida.

La primera opción fue buscar la solución en oriente, de donde vino el hongo. La confirmación de su origen no llegó hasta 1913 cuando el explorador Frank N. Meyer (1875-1918), enviado por el Departamento de Agricultura (USDA) a China, encontró árboles de Castanea mollisima que mostraban la enfermedad pero parecían resistentes. Meyer envió muestras de corteza y castañas a EE UU y la identidad del hongo fue así confirmada. Uno de los últimos “cazadores de plantas”, Meyer pasó 13 años en Asia explorando y recolectando semillas y propágulos para la Sección de Introducción de Plantas Extranjeras del USDA; en total embarcó unas 2.000 especies botánicas de interés (un tesoro vegetal de oriente) para América.

Castaño chino afectado por el chancro y resistente, en la provincia de Zhili, China, 1913. Foto: F. Meyer, Archivos del Arnold Arboretum de Harvard.

Durante 40 años se ensayaron todo tipo de cruces entre el castaño americano y los castaños de China y Japón. Aunque se obtenían árboles híbridos resistentes al chancro, no se parecían en nada al castaño americano, no tenían el tronco recto ni su rapidez de crecimiento, tampoco eran tolerantes al frío. El resultado fue descorazonador y en la década de 1960 se abandonaron estos programas de mejora genética y recuperación.

En la década de 1980 Charles Burnham (1904-1995), un genético vegetal con experiencia en la mejora del maíz, propuso un enfoque diferente que no se había probado en genética forestal. A partir de híbridos con castaños chinos (C. mollisima) resistentes al chancro se debería comenzar un proceso repetido de retrocruzamiento con los parentales americanos. En cada generación habría que seleccionar la progenie que manifestara la tolerancia al chancro y que al mismo tiempo tuviera rasgos morfológicos tipo americano. De esa forma, después de varias generaciones se conseguiría un castaño muy semejante en todos los aspectos al C. dentata pero con los genes de la tolerancia al chancro de C. mollisima.

La mejora genética de árboles es un proceso difícil que requiere mucho trabajo para hacer los cruces, esperar mucho tiempo hasta que fructifique cada generación, y muchos terrenos donde hacer las plantaciones experimentales. Para poner en marcha este ambicioso programa de mejora genética Burnham y sus colegas crearon en 1983 la Fundación del Castaño Americano (FCA). En la actualidad cuenta con 586 plantaciones experimentales distribuidas por toda el área del castaño y 6.000 voluntarios que dedican unas 50.000 horas al año a colaborar con los científicos en las tareas de polinización manual, recogida de semillas, plantaciones, inoculación del hongo, selección y cultivo de plantones [4].

Técnico de la fundación FCA polinizando un castaño resistente al chancro (Foto: Leslie Middleton).

Aplicando las nuevas técnicas de genética molecular se podría introducir un gen de tolerancia al chancro, manteniendo el genoma completo del castaño americano y sus características típicas, evitando así el problema asociado a las hibridaciones con especies asiáticas, de aspecto tan diferente. Un equipo de la Universidad de Nueva York ha probado con el gen de la oxalato oxidasa (OxO) que detoxifica el oxálico, producido por el hongo para matar las células del árbol y facilitar su invasión. Así, insertando un gen OxO del trigo (que ha evolucionado esta defensa natural) se obtienen castaños transgénicos que resisten el chancro. Ya se han producido los primeros castaños resistentes que esperan en plantaciones experimentales el permiso de las autoridades federales para ser llevados al bosque. Sin embargo, estas técnicas cuentan con la oposición de los ecologistas que consideran a los castaños transgénicos “innecesarios, indeseables e impredecibles por su posible impacto ambiental”, a diferencia de los castaños resistentes obtenidos por cruces tradicionales.

En 1936 el poeta americano Robert Frost (1874-1963) escribió un poema que sería una premonición o un deseo [5].

¿Terminará el chancro con el castaño?
Los granjeros apuestan que no.
Se mantiene latente en las raíces
y hacia arriba surgen nuevo brotes.
Todavía vendrá otro parásito
para acabar con el chancro.

Efectivamente, al hongo del chancro le llegó su propio parásito que también vino de oriente, pero con parada en Europa. Las primeras infecciones de chancro en los castaños europeos (Castanea sativa) se detectaron cerca de Génova, en 1938. La especie europea parecía menos sensible al chancro que la americana. Un fitopatólogo italiano descubrió en 1950 una cepa del hongo que no era letal y la llamó “hipovirulenta”. Posteriormente se descubrió que se trataba un virus, identificado como CHV1 (Cryphonectria hypovirus 1), que infecta al hongo y lo debilita. Actualmente se investiga el potencial del virus CHV1 para el control biológico del hongo en el castaño americano, aunque existen dificultades en la transmisión del virus debido a la diversidad genética del hongo y su incompatibilidad vegetativa.

Miles de entusiastas voluntarios agrupados en la Fundación del Castaño Americano dedican cada año su trabajo y esfuerzo a un objetivo: obtener poblaciones de castaño que estén adaptadas a las condiciones locales, que tengan suficiente resistencia al hongo del chancro para sobrevivir y suficiente variabilidad genética para evolucionar. La visión de futuro es que los castaños gigantes vuelven a dominar los bosques de los Apalaches, y cada otoño alfombren el suelo con sus brillantes castañas nutritivas. Aunque haya que esperar unos 300 años.
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[1] Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.

[2] Cita tomada del ensayo “The dispersion of seeds” escrito poco antes de su muerte en 1862; editado y publicado en 1993 por Bradley P. Dean con el título Faith in a seed. The dispersion of seeds and other late Natural History writings, Island Press, pág. 126.

[3] Susan Freinkel (2007), American chestnut. The life, death, and rebirth of a perfect tree, University of California Press. Una excelente narración de la crisis ecológica del castaño americano, escrita por una periodista; destacan las descripciones del perfil humano de los personajes involucrados en la historia. La cita de W.A. Murrill en pág. 31, la del Jefe de Servicio Forestal en pág. 80; la del “asesino perfecto” en pág. 109.

[4] Steiner, K.C., J.W. Westbrook, F.V. Hebard, L. L. Georgi, W.A. Powell, S.F. Fitzsimmons (2016). Rescue of American chestnut with extraspecific genes following its destruction by a naturalized pathogen. New Forests (publicado en línea 10 diciembre 2016).

[5] El poema “Las malas tendencias se cancelan” (Evil tendencies cancel) forma parte del conjunto “Diez molinos” (Ten mills), publicado en el libro A further range, 1936. También da título al capítulo sexto del libro de Freinkel, dedicado a las investigaciones sobre la lucha biológica para reducir los efectos letales del chancro.

 

Escrito por Teo, 26 enero 2017.

 

Enlaces

Artículo de Ferris Jabr (2014) en Scientific American
Biografía de W. A. Murrill en la web del Jardín Botánico de Nueva York
Archivos del explorador Frank N. Meyer en el Botánico de Harvard
Fundación del Castaño Americano: página web
Fundación del Castaño Americano: facebook
Críticas a los castaños transgénicos
Poema de Robert Frost
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