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Ginkgomanía

Algunos árboles tienen una «personalidad» especial que atrae, fascina, intriga y seduce a mucha gente. El ginkgo (Ginkgo biloba L.) es sin duda uno de ellos.

El ginkgo es bien conocido en Oriente y recibe varios nombres. Los apelativos albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu se refieren a sus frutos y semillas. El nombre pie de pato deriva de la forma palmeada de sus hojas y también vincula al árbol con el pato mandarín, símbolo del amor en China y Japón. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, una lección de sabiduría popular pues, debido a la longevidad del árbol y al tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

Los nombres son muy importantes. Según Linneo, el gran «nombrador» de plantas y animales: «si no se conoce el nombre de las cosas, también se pierde el conocimiento de ellas». El conocimiento del ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió «ginkgo» en vez de «ginkyo» pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto «biloba» para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos.

Ginkgo_hojaLas semillas de ginkgo llegaron a Holanda en el siglo XVIII, posiblemente enviadas por el mismo Kaempfer, y desde allí este árbol exótico empezó a ser conocido y cultivado en Europa. En Occidente se conoce como árbol de los templos o árbol de las pagodas, en relación con su origen oriental y su carácter sagrado. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) ha originado los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

En Alemania se conoce como árbol de Goethe en recuerdo y homenaje al célebre poema de amor escrito por el artista y científico romántico Johann Wolfgang von Goethe:

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.
¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?
¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?
La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?

Un nombre antiguo que se conserva en Francia es árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por unos de estos árboles en 1788. También se reforzó el nombre por el aspecto dorado (como escudos de oro) de las hojas en otoño.

Nombres modernos son árbol fósil y árbol de los dinosaurios debido a su linaje antiguo que apenas ha cambiado desde el Jurásico. El nombre panda botánico alude a su rareza y la necesidad de ser conservado, al igual que el oso panda que también proviene de China.

Biografía de un fósil viviente

Crane bookEl botánico Sir Peter Crane tenía una obsesión con este árbol que le llevó a escribir una obra excelente sobre su historia evolutiva y cultural¹. En sus años como director del Jardín Botánico de Kew (cerca de Londres) tuvo el privilegio de vivir junto a uno de los ginkgos más antiguos de Europa (plantado aproximadamente en 1760); su estancia en Corea del Sur como profesor visitante le permitió conocer los árboles milenarios asociados a los templos y pagodas; el regalo por parte de un colega del libro «Goethe y el ginkgo» fue un estímulo para investigar sobre los aspectos culturales asociados al árbol; y por supuesto la rareza y singularidad biológica de esta especie le motivaron a escribir la «biografía» del ginkgo.

Los temas que destacan son su capacidad de supervivencia y de resiliencia a los cambios. Comienza el libro con la biología del árbol y sus particularidades reproductivas (tienen espermas móviles, un carácter ancestral). Los capítulos sobre el origen y la evolución del linaje de los ginkgos durante 250 millones de años están muy bien documentados (Crane es un experto en paleobotánica y evolución). El lento declive comenzó hace unos 35 millones de años; había varias especies que se extendían por el hemisferio norte, se fueron extinguiendo y solo ha quedado la especie G. biloba, refugiada en algunas montañas de China. La historia cultural del ginkgo comienza con las primeras referencias escritas en poemas de la dinastía Song (siglo XI) de China, se expande por Corea y Japón cultivado por sus semillas comestibles y plantado en los templos budistas y sintoístas. Ya hemos visto cómo es introducido en Europa en el siglo XVIII y a partir de entonces es plantado en las calles de ciudades de todo el mundo, con clima templado. Termina la obra con capítulos sobre su uso en jardines, alimentación, farmacia (muy usado para fortalecer la memoria) y como árbol urbano.

Hay cinco grandes grupos de espermatofitas o plantas con semillas: las angiospermas con unas 257.000 especies; las coníferas con unas 600 especies; las cicadas con unas 130 especies; las gnetofitas con 80 especies; y por último los ginkgos con una sola especie, Ginkgo biloba. Es el último superviviente de un linaje antiguo, una especie solitaria y única, totalmente diferente a cualquier otra especie de planta. Para Crane, el ginkgo «nos conecta con la historia profunda de nuestro planeta». Es un vínculo vivo con la era de los dinosaurios.

Las hojas son flabeladas, en forma de abanico, con nervaduras que radian desde la base. «Son tan distintivas, que una vez que las has visto ya nunca las olvidas. Son realmente memorables», comenta Peter Crane en una entrevista. Especialmente son memorables en otoño, cuando se vuelven de color amarillo dorado y caen todas casi al mismo tiempo. Algo deben tener las hojas y el porte inusual de este árbol que tanto fascina a científicos y artistas.

La pasión por el ginkgo es compartida por Cor Kwant, profesora en Amsterdam. Ha diseñado y mantiene una página web enciclopédica donde compila toda la información disponible sobre el ginkgo, que además complementa con un blog y una cuenta de twitter.

Las elegantes hojas de ginkgo son motivos habituales de decoración en Japón; adornan kimonos, cerámica, abanicos y láminas. La ginkgomanía llegó a Europa formando parte del «japonismo» que influyó al Modernismo a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Las hojas y frutos de ginkgo aparecieron en vidrieras, joyas, muebles y fachadas de Nancy, París, Bruselas y Viena.

Mis ginkgos favoritos

KR012-09_Korea_stampNo tengo la suerte de conocer los ginkgos monumentales y milenarios de oriente, como el Gran Ginkgo Rey de Li Jiawan (China), con un tronco de 15 m de circunferencia; ni el famoso ginkgo de 40 m de altura en el templo budista Yongmunsa (Corea del Sur), que tiene un sello de correos dedicado; tampoco el ginkgo Nigatake en el santuario sintoísta de Ubagami en Japón, con sus 2,5 m de diámetro de tronco y venerado por sus raíces aéreas (llamadas chichis = senos o pezones) que según la tradición favorecen la lactancia de las madres.

Conozco algunos ginkgos en Europa, que obviamente no pueden superar los 300 años de edad. En el otoño de 2013 tuve la oportunidad de admirar la hermosa ginkga cargada de frutos en el Botánico de Roma. Esta primavera conocí al árbol, también hembra, que se yergue imponente junto a la fachada de la Universidad Humboldt, en Berlín, y al que empezaban a brotarle pequeños ramilletes de hojas.

Durante mi estancia como posdoc en Berkeley (California), descubrí los ginkgos como árboles urbanos alineados en las aceras. Recuerdo haber llevado durante meses una semilla como «amuleto» en el bolsillo de la chaqueta. Cuando paseaba por el campus, me gustaba sentirla entre los dedos.

En Sevilla no hay tradición de plantar ginkgos. Mi grupo favorito de ginkgos está en el sector suroeste del jardín inglés del Real Alcázar. Fueron plantados en 1910, procedentes de La Granja de San Ildefonso². Fuimos a visitarlos en diciembre 2013 y aprovechamos para contarlos y tallarlos: 194, 172, 165, 145, 113, 111 y 77 cm de circunferencia de tronco; eran siete y todos parecían machos. Un poco más apartada, en la esquina del laberinto de arrayán, una hembra (de 143 cm de circunferencia) estaba cargada de frutos y había perdido ya casi todas las hojas. Sobre un seto, algunas hojas caídas conservaban las gotas de agua como pequeñas gemas.

Ginkgo_jardineroNos sentamos en uno de los bancos y dejamos que el tiempo pasara lentamente, en silencio, contemplando cómo las hojas doradas iban cayendo suavemente sobre el césped.

Un espectáculo sencillo, milenario, hermoso que nos regalaba la «luz de oriente», como bautizó al ginkgo Elena Martín Vivaldi, la poeta granadina de los árboles y los amarillos³.

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

______________________________________________

¹ Peter Crane. 2013. Ginkgo: the tree that time forgot. Yale University Press. 384 págs. New Haven, EEUU.
² Se plantaron 25 ejemplares en otoño e invierno de 1910. M. R. Baena Sánchez, 2003, Los jardines del Alcázar de Sevilla entre los siglos XVIII y XX. Diputación de Sevilla, Sevilla, pág. 133.
³ Fragmento del poema «Ginkgo biloba (Árbol milenario)» de Elena Martín Vivaldi.


Escrito por Teo, jueves 26 junio 2014.


Enlaces

Todo lo que quiera saber sobre el ginkgo. Página web «Ginkgo pages», blog y twitter de Cor Kwant

Entrevista con Peter Crane sobre su libro

Poema de Goethe

Poema de Elena Martín Vivaldi

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus_JMurilloLa mayoría de los árboles ornamentales nos agradan por sus cualidades estéticas. Solemos admirar la forma, el tamaño, el color y textura de copa, flores, hojas y tronco, el aroma de las flores o la buena sombra que brindan. Sin embargo, unas pocas especies poseen un atributo de otra índole, menos frecuente, que valoro especialmente: la capacidad de conmovernos. Son aquellos que poseen una presencia tan notable que inspiran sobrecogimiento, que de algún modo nos tocan el alma. Uno de estos árboles es la higuera australiana o higuera de Bahía Moreton (Ficus macrophylla), una higuera gigante tropical que crece bien en Sevilla y engrandece con su carácter monumental el atractivo vegetal de esta ciudad.

La higuera australiana posee rasgos de la exuberante vegetación tropical: es siempreverde; de gran tamaño (de 15-20 metros de altura en Sevilla y hasta 50m. en su región de origen); porte corpulento; copa densa y expansiva; hojas grandes verde oscuro brillante; y tronco fuerte y grueso, del que emergen unas vistosas y sorprendentes raíces tabulares. Entre los árboles urbanos, llama la atención por la sensación de fuerza y poder de la naturaleza que transmite.

Es una especie nativa de la costa oeste de Australia y de la isla de Lord Howe (Mar de Tasmania). Una de las zonas de Australia donde más abunda es la Bahía de Moreton, en Queensland, por esa razón es conocida como higuera de Bahía Moreton. También se le llama ficus australiano, banyan o baniano australiano y en el lenguaje popular, simplemente ficus.

Comparado con los árboles nativos de la región mediterránea, es un árbol de dimensión gigante por altura y frondosidad. Pero lo que le otorga el aire monumental es el entramado leñoso formado por el grueso tronco y las diversas raíces: las  aéreas que cuelgan de las ramas, las tabulares que nacen del tronco y las superficiales que se extienden sobre la tierra.  Es un árbol de raíces.

Las raíces aéreas son propias de las higueras tipo baniano. Este tipo de árboles dispersa sus semillas por medio de las aves, que las depositan en la copa de los árboles, donde germinan con menos competencia por la luz que en tierra. Cuando crece, al principio como epifita, echa raíces aéreas hasta alcanzar el suelo. Con el tiempo, envuelve al árbol huésped y puede causarle la muerte, por esto se les llama también árboles “estranguladores”. El auténtico banyan o baniano (Ficus benghalensis) suele emitir muchísimas raíces aéreas y ocupar extensiones enormes; son “árboles columnares”. En el Jardín Botánico de Howrah, cerca de Calcuta, hay un baniano de 250 años, conocido como “Great Banyan” cuya circunferencia mide medio kilómetro y tiene cerca de 3000 raíces aéreas.

Gran baniano de Calcuta, India. Autor: Biswarup Ganguly.

Gran baniano de Calcuta, India. Foto: Biswarup Ganguly.

Las espectaculares raíces tabulares de esta higuera, que parten del tronco, le dan al árbol un aspecto muy sólido pues recuerdan a las columnas de las catedrales góticas. Su función parece ser diversa: anclar el árbol en los suelos húmedos y poco profundos de la selva; dar soporte al árbol; disminuir el vaivén del follaje frente a los vientos huracanados tropicales; o recoger nutrientes de los restos caídos del árbol en los rincones que las mismas raíces crean. Por otra parte, las raíces superficiales en su búsqueda de agua se extienden como una red, aunque contribuyen también al soporte del inmenso árbol. El sistema radicular complejo de este ficus es fuerte y dinámico, muy útil en el bosque tropical, pero como árbol ornamental puede ocasionar problemas en edificaciones y pavimentos, por lo que conviene plantarlo en espacios anchos y abiertos, no cerca de edificios ni acerado.

el-arbol-cartelEl crecimiento vigoroso de este árbol se muestra muy bien en la película franco-australiana El árbol (2010) de la directora francesa Julie Bertuccelli, protagonizada por la actriz Charlotte Gainsbourg y basada en la novela de Judy Pascoe Our Father Who Art in the Tree («Padre Nuestro que estás en el Árbol»). La acción está situada en Queensland, Australia. Una higuera de Bahía Moreton es protagonista esencial en la historia, un pilar de la tensión dramática. Frente al esfuerzo de una familia por superar la pérdida del padre, la higuera gigantesca con su tenaz expansión representa la fuerza de la naturaleza, el incesante impulso para continuar hacia delante con el proyecto vital. El relato me gusta mucho, entre otras razones, porque pone de manifiesto la hondura de la relación que un árbol puede llegar a inspirar en la vida de las personas. El árbol real filmado es una higuera de Bahía Moreton (llamado «Teviotville Tree») de 130 años, que crece en la localidad de Teviotville, cuyas admirables dimensiones cautivaron a los cineastas de la película.

 La higuera de Bahía Moreton presenta otras peculiaridades características del género Ficus, al que pertenece. Es un género de gran éxito en la naturaleza pues comprende alrededor de 1000 especies de plantas, repartidas por las regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo. Lo más destacable es su fruto, conocido como higo. En realidad, se trata de un receptáculo carnoso llamado sicono que contiene en su interior multitud de pequeños frutos. La fecundación de estos frutos es un fenómeno apasionante de la biología pues se realiza a través de un eficaz mutualismo entre estos gigantescos árboles y unas diminutas avispas polinizadoras. Cada especie de ficus o higuera es polinizada por una especie de avispa y cada especie de avispa solamente puede reproducirse dentro de una especie de higuera; la higuera australiana es polinizada por la avispa Pleistodontes froggatti.

Entre los árboles llamados higueras, hay especies muy conocidas y de gran valor comercial y cultural. La higuera común (Ficus carica), originaria del Mediterráneo y oeste de Asia, ha sido cultivada desde tiempo inmemorial por sus higos y brevas, los únicos sabrosos, y forma parte de la cultura iconográfica occidental. La higuera sagrada o higuera de las pagodas (Ficus religiosa), natural de India, Nepal y China, es venerada por budistas, hinduistas y jainistas, y según la tradición bajo una de ellas Buda alcanzó la iluminación. El banyan o baniano (Ficus benghalensis), procedente de India y Bangladesh, también es venerado como árbol sagrado en India y es muy apreciado por la sombra que proporciona su muy extensa copa. El sicomoro (Ficus sycomorus), de África central, fue muy estimado en el Antiguo Egipto; en la actualidad está extendido por África, plantado por su sombra y múltiples usos. La higuera australiana o de Bahía Moreton (Ficus macrophylla) es apreciada por los aborígenes australianos en su lugar de origen; es muy usada como ornamental en regiones de climas suaves, como el mediterráneo, pues aunque los frutos no son comestibles y la madera es blanda y quebradiza, su valor ornamental es muy alto.


Palabras para hablar de higueras
.

En España, el vocablo “higuera” se usa para referirse a la higuera común (Ficus carica), cultivada y espontánea en nuestra latitud, cuyos frutos (higos o brevas, según el tiempo de maduración) consumimos. El término “ficus” procede del latín y significa higo y también higuera; es el término científico que eligió Linneo para nombrar el género botánico al que pertenecen la higuera y otras 1000 especies relacionadas. Para evitar la confusión con la higuera común, a las especies ornamentales de origen tropical se les llaman “ficus” y así lo ha aceptado la Real Academia Española: “planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante”.  Expresiones como “higuera australiana” (Australian fig) o “higuera de Bahía Moreton” (Moreton Bay fig) son traducciones de otras lenguas que han sido introducidas con el comercio de especies ornamentales y no son todavía de dominio común.

El termino «baniano» procede del término inglés banyan. Los primeros viajeros europeos en India observaron que la sombra del árbol Ficus benghalensis era frecuentada por “banias” (como se denomina a los mercaderes en India). De hecho, esta especie ha sido usada desde antiguo para dar sombra en enclaves de descanso de las rutas comerciales; en las aldeas y pueblos, bajo su sombra se llevan a cabo muchas de las actividades de la comunidad. Los escritores ingleses comenzaron a hablar del árbol banyan, el árbol bajo el cual los mercaderes hindúes hacían sus tratos comerciales. Con el andar del tiempo, “banyan” llegó a convertirse en el nombre del árbol mismo. En la literatura botánica en español a veces se encuentra el término original inglés “banyan” y otras veces la forma castellanizada “baniano”. Aunque la Real Academia Española solo acepta “baniano”, con el significado de “comerciante de la India, por lo común sin residencia fija”.

En otro sentido, la higuera australiana aparece erróneamente identificada como árbol de las lianas (Coussapoa dealbata) en diversas fuentes documentales relativas a árboles de Sevilla. En este caso es un error de identificación, no de denominación. Posiblemente el parecido del árbol de las lianas con una subespecie de higuera australiana, la subespecie columnaris, nativa de la isla de Lord Howe, que se caracteriza por la emisión de numerosas raíces aéreas y que a veces se cultiva en jardines haya inducido a la equivocación.


Las higueras monumentales en Sevilla

Apenas hay testimonios escritos que documenten la implantación de esta higuera tropical en Sevilla. No obstante, ha sido un acierto, pues el clima le viene bien y hoy en día existen magníficos ejemplares repartidos por varios puntos del entorno histórico. En el Parque de María Luisa, los Jardines de Murillo, la avenida María Luisa, la calle Palos de la Frontera, la plaza de San Pedro y la Plaza del Museo, entre otros, puede disfrutarse de estos árboles. De hecho, algunos situados en plena ruta turística, se han convertido en escenario obligado de fotos y “selfies”.

Ficus_Palos

El vigoroso crecimiento y su enorme tamaño parecerían indicar que son árboles muy viejos, sin embargo, por las fechas en que se ajardinaron los Jardines de Murillo o la plaza de San Pedro, estos majestuosos ejemplares debieron ser plantados en los años veinte del siglo pasado; es decir apenas son centenarios. Como árbol urbano, la madera quebradiza es débil frente a los vientos y con frecuencia se producen desgarros de ramas grandes, por lo que hacen necesarios las podas.

Tengo la suerte de vivir en el centro histórico de Sevilla, rodeada de higueras monumentales. Paso a diario junto a algunas de ellas. Las saludo, las miro con mimosa atención, me expongo a su influencia, me dejo tocar el alma. Recientemente guié a un grupo de personas en un paseo arbóreo por el Parque de María Luisa, en el marco de la celebración de los Jane’s Walks Sevilla, y tuve ocasión de confirmar la facilidad de estas higueras para conectar con personas receptivas a los árboles. Cuando nos colocamos alrededor del tronco y cada participante se acopló en un hueco entre dos raíces tabulares, hubo un encuentro con el árbol de una manera profunda y orgánica, como si fuéramos seres silvestres felices en el acogedor retiro del árbol magnánimo.

Foto: Salas Mendoza Muro

Foto: Salas Mendoza Muro

Las higueras gigantes que vinieron de Australia son árboles cultivados que conservan algo salvaje. Poseen tal energía y fuerza que nos sustraen de nuestra realidad moderna y nos conectan a los arrullos primordiales de la selva, aquellos que solíamos escuchar en el silencio profundo cuando conversábamos con los árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de mayo de 2014.


FUENTES

Flora ornamental española. Las plantas cultivadas en la España Peninsular e Insular. Tomo II . José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres (Coord.). Sevilla, Consejería de Agricultura y Pesca; Madrid,  Mundi-Prensa, 2002.

El árbol (2010). Julie Bertuccelli.

Paseo de Jane’s Walks Sevilla, mayo 2014.

 

Botánico de Roma

Los árboles han sido buscados, talados y utilizados para diversos fines (construcción, combustible, navegación) durante la expansión de la especie humana, produciendo una deforestación masiva de amplias zonas del planeta. La cuenca mediterránea, cuna de civilizaciones milenarias, ha sufrido de manera especial ese proceso de deforestación que siempre acompaña al desarrollo humano.

Para un «buscador de árboles» entrar en un arboreto o jardín botánico es tener la oportunidad de conocer a esas criaturas magnánimas que tanto nos han dado y que allí encuentran su refugio. En unas cuantas hectáreas de terreno podemos mirar, tocar y oler árboles que proceden de lugares remotos y que cuentan variadas historias evolutivas y culturales. La solución perfecta para «las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso», que escribía Muñoz Molina, o sin suficientes recursos económicos para los viajes exóticos, añado yo.

En mi última visita a Roma el pasado mes de noviembre, para participar en la reunión final del proyecto EnvEurope, tuve la ocasión de acercarme al Orto Botanico. Es un jardín relativamente pequeño (unas 12 hectáreas), cuando se compara con los grandes parques botánicos como Kew (132 ha) en Inglaterra, Kirstenbosch (528 ha) en Sudáfrica o Cienfuegos (97 ha) en Cuba, por citar solo algunos. Sin embargo, tiene el encanto de los jardines históricos que forman parte de una ciudad y conservan ornamentos de su pasado palaciego.

Estos jardines formaban parte del palacio construido en el siglo XV por el cardenal Riario. Tuvo como huésped ilustre a la Reina Cristina de Suecia quien, después de abdicar al trono en 1654 y convertirse al catolicismo (la religión de sus enemigos en la Guerra de los Treinta Años), se expatrió a Roma donde tuvo una intensa actividad como mecenas cultural, fundando la Academia de la Arcadia. Todavía se conservan en el actual Jardín Botánico algunas piezas procedentes de su colección de antigüedades. En el siglo XVIII fue comprado por el cardenal Corsini y bajo su encargo el arquitecto Fernando Fuga remodeló el palacio y los jardines dándoles la imagen barroca actual. Por último, en 1883 el Estado compró el conjunto, cediendo los jardines a la Universidad de Roma para organizar el Orto Botanico, mientras que el palacio lo convirtió en la Galería Nacional de Arte Antiguo.

Quercus suber L.

Quercus suber L.

Visité el jardín un miércoles de otoño por la mañana y estaba prácticamente solo en ese refugio de placer. Me dediqué a pasear y admirar los árboles; les preguntaba por sus lugares de origen, sus rasgos biológicos y sus virtudes para los humanos. Atravesé el paseo de las palmeras, pasé junto a la fuente de los tritones y llegué a un poderoso alcornoque (Quercus suber) con un tronco de más de 5 metros de circunferencia ¹. He visto muchos alcornoques por mi tierra pero no había visto ninguno tan alto y majestuoso. Estaba adornado por una compañera inusual, la trepadora americana Campsis radicans (familia Bignoniaceae), emparejados por el capricho del jardinero. El alcornoque es un árbol mediterráneo bien conocido en España, donde se extraen cada año unas 60.000 toneladas de corcho (el 25% de la producción mundial). Este preciado producto se utiliza principalmente en la fabricación de los tapones de botellas de vino. La corteza del tronco se «pela» cada 9-10 años y el árbol la renueva, pero acorta su vida.

Muy cerca de allí, en el invernadero Corsini, había dos bañeras de mármol usadas actualmente como maceteros que recordaban a su antigua dueña, la reina Cristina de Suecia, quien paseó por estos jardines hace más de tres siglos.

Subiendo por la colina, la masa oscura de la colección de gimnospermas perennifolias destacaba en el aspecto general de bosque otoñal del jardín. Pero un árbol daba la nota entre los demás con sus hojas anchas que comenzaban a amarillear. ¡Qué extraño! Me acerqué y efectivamente era un árbol extraño y peculiar, el ginkgo (Ginkgo biloba). Además era una hembra que estaba cargada de frutos (en esta especie dioica las flores machos y hembras están en árboles separados). En el suelo se mezclaban las hojas caídas, los frutos y restos de semillas abiertas por algún depredador.

Ginkgo biloba L.

Ginkgo biloba L.

El ginkgo es un fósil viviente, es decir un árbol primitivo que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos 200 millones años. Existen muy pocos ejemplares en su hábitat natural, en las montañas de China, pero se ha plantado en casi todo el mundo por la singularidad y elegancia de sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. Los primeros ginkgos que llegaron a Europa se plantaron en el siglo XVIII, posiblemente en los Países Bajos. Esta hermosa «ginkga» de Roma debe ser de finales del XIX cuando el jardín palaciego se convirtió en jardín botánico. En China se comercializan las semillas comestibles de ginkgo y en occidente se ha extendido el uso de los extractos de hojas como estimulante de la memoria.

Justo al lado del ginkgo se elevaba la masa oscura de una Torreya grandis (familia Taxaceae), con un tronco de 4,6 m de circunferencia. Este árbol es endémico del sureste de China donde es utilizado por su madera, se consumen las semillas (no son tóxicas, a diferencia de las del tejo) y se produce un aceite de sus arilos (cobertura carnosa de la semilla). Sin embargo no fue conocido en Europa hasta el siglo XIX cuando el «cazador de plantas» Robert Fortune compró algunas semillas en China y las envió a Inglaterra. Este botánico se haría famoso más tarde por robar los secretos del cultivo y la manufactura del té en China e introducirlos en la India, entonces bajo el dominio británico.

El silencio y la soledad del jardín se rompió con un bullicio de voces y risas infantiles. Me acerqué a la escalinata dieciochesca y, manteniendo una distancia prudencial, estuve observando cómo un grupo escolar atendía las indicaciones del maestro que les señalaba dos plátanos centenarios, situados a ambos lados. Terminada la breve disertación, subieron corriendo y alborotando por las escaleras hacia la parte alta del jardín.

Platanus_childrenVolvió el silencio y subí entonces por las escalinatas para acercarme a los plátanos. Un cartel explicaba que la «Fuente de los 11 chorros» fue construida por Fernando Fuga a mediados del siglo XVIII y la cascada-escalera aprovecha el desnivel de la colina del Gianicolo. Cuando en 1883 el Estado compró el jardín y lo convirtió en Botánico, conservó la fuente, la escalinata y los dos plátanos centenarios que la escoltan; ahora son un elemento singular del patrimonio natural del jardín.

Los plátanos orientales (Platanus orientalis) son autóctonos del mediterráneo oriental; recordaba haberlos visto en los bosques de ribera en las montañas de Sicilia. Sin embargo, el plátano de sombra que se planta normalmente en las ciudades y que es tan común en las calles de Sevilla, es un híbrido (Platanus x hispanica) de este plátano oriental mediterráneo y del plátano occidental americano.

El plátano del lado norte de la escalera tiene un grueso tronco de unos 6,5 m de circunferencia. Estaba casi desprovisto de hojas. Buscando una perspectiva adecuada para capturar una imagen que diera idea de la monumentalidad del árbol, me fijé en una pareja de ánades reales (Anas platyrhynchos) que me miraban inmóviles desde un pequeño estanque casi al pie del mismo árbol. Procuré alejarme para no molestarlos y seguí mi camino. En este refugio de árboles, en el corazón de Roma, también encuentra su hábitat una fauna variada.

En mi paseo por el jardín había visto diversas aves: un agateador (Certhia brachydactyla) trepando nervioso por un tronco, un petirrojo (Erithacus rubecula) que me miraba curioso desde su rama, los bandos de gritonas cotorras (Myiopsitta monachus), que posiblemente eran las responsables de los restos de semillas de ginkgo comidas en el suelo, y que se han convertido en una plaga en muchas ciudades europeas, un pito real (Picus viridis) que voló veloz al acercarme dejando una estela verde, y las omnipresentes cornejas cenicientas (Corvus cornix).

Desde la parte alta del jardín, en la colina del Gianicolo, se divisan las cúpulas de las iglesias de Roma sobre las copas de los árboles. Una visión espléndida, privilegiada. Estás en la ciudad pero a la vez fuera, en una isla de verdor y silencio.

Roma_view

De pronto, un terrible estruendo me sobresaltó. Las aves, cotorras, cornejas y palomas volaron aterrorizadas por la explosión. Recupero el ritmo cardíaco después del susto, miro el reloj, son las 12 en punto, sonrío. Al momento me viene el recuerdo de cuando vivía en el Trastévere y me llegué a acostumbrar al cañonazo que marca la hora del mediodía. Según cuentan, esta absurda contaminación acústica data de 1847 cuando el papa Pío Nono ordenó que un cañonazo a las 12 sirviera para ajustar el horario de las campanas de las iglesias de Roma.

Repuesto del sobresalto continué mi amable paseo por la parte alta del jardín. Hacia el norte está la zona del jardín japonés, con sus puentes, cursos de agua, linternas de piedra y un coqueto pabellón cubierto al estilo japonés, que ese día estaba desierto. Los pequeños arces japoneses (Acer palmatum) estaban cuajados de sámaras y lucían sus hojas palmeadas, rojas, prestas a caer.

Descendí por el sendero junto al campo de bambúes y llegué hasta un árbol de tronco grande y rugoso, con una copa baja, hojas pequeñas y ramitas terminadas en espinas. Busqué la etiqueta con el nombre pero no la encontré. Una de las frustraciones de este jardín botánico es que faltan muchas etiquetas y no es posible identificar todos los árboles. Sospecho que se trata del Schinus polygamus (familia Anacardiaceae) que Fratus recogió en su lista de árboles monumentales, con un tronco de más de 4 m de circunferencia. Es nativo de Sudamérica, donde lo llaman huingán, molle o boroco; con sus frutos se prepara una chicha o aguardiente.

Zelkova sinica Schneid.

Zelkova sinica Schneid.

Si tuviera que elegir un árbol de este jardín por la belleza de su tronco, sin  duda sería la «zelkova» de China (Zelkova sinica, familia Ulmaceae). Su corteza gris suave se exfolia en parches de un naranja intenso que confieren gran vistosidad al tronco. El género Zelkova es un relicto del Terciario con seis  especies distribuidas en dos áreas: el suroeste de Eurasia (Creta, Sicilia y Cáucaso) y el este de Asia (China, Corea y Japón). Son árboles adaptados a las condiciones húmedas y cálidas del Terciario que fueron diezmados por los cambios climáticos y ambientales. En el 2010 ha comenzado un plan internacional de conservación del género Zelkova, auspiciado, entre otros organismos, por la red Internacional de Conservación de los Jardines Botánicos (BGCI, del inglés Botanical Gardens Conservation International).

En dirección a la salida, casi escondido detrás de un seto, encontré al alcanforero Cinnamomum camphora (familia Lauraceae). Es un árbol robusto, con un tronco de más de 5 m de circunferencia que se bifurca desde casi la base. Esta especie es nativa del este de Asia (China, Corea, Japón y Vietnam), aunque ha sido plantada por todo el mundo. Recordaba la primera vez que vi un alcanforero, en el arboreto del Campus de Dehradun (India). Fui allí en 2003 a un congreso y a la vuelta me traje algunas semillas; aún conservo en mi terraza un pequeño alcanforero, que ya tiene 10 años y apenas levanta 1,5 metros del suelo de la maceta. Me gusta coger sus hojas senescentes y estrujarlas para aspirar su aroma expectorante. El alcanfor es el compuesto químico (tipo terpenoide) que abunda en su madera y sus hojas; se extrae por destilación. En Asia se usa ampliamente en medicina tradicional, como repelente de insectos, para aromatizar dulces y en rituales religiosos.

Salí del jardín embriagado por mis paseos y mis conversaciones con esos árboles magníficos que cuentan historias maravillosas de lugares remotos: el ginkgo y la zelkova de China, el alcanforero de la India, el alcornoque y el plátano del Mediterráneo, el arce del Japón y el huingán de Chile. Agradecido a la ciudad de Roma por crear y mantener este jardín botánico e histórico, que es al mismo tiempo un «lugar de investigación y de recreo, parque público y laboratorio, espacio de retiro y centro de enseñanza» (en palabras de Muñoz Molina).

Traspasada la verja del refugio protector, me encuentro entre las callejuelas del animado y bullicioso barrio del Trastévere. Me detengo en una trattoria y pido una penne al boscaiolo acompañada de una birra Peroni para reponer fuerzas después de la deliciosa giornata en el Botánico de Roma.
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¹ Inventario de árboles monumentales del Orto Botanico de Roma por Tiziano Fratus (14 febrero 2011).
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Nombre de la especie y circunferencia del
tronco en metros (medida a 1,3 m de altura)
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Platanus orientalis                                 6,5
Casuarina cunninghamiana                 5,5
Quercus suber                                        5,4
Cinnamomum camphora                      5,2
Pterocarya fraxinifolia                           4,7
Torreya grandis                                      4,7
Schinus polygamus                                4,4
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Escrito por Teo, 30 enero 2014.

Fuentes

Web oficial del Jardín Botánico, Universidad de Roma
Inventarios de árboles monumentales de Roma por Tiziano Fratus
Artículo de Antonio Muñoz Molina sobre los jardines botánicos

Érase una vez un árbol

Nuestra relación con los árboles, igual que con las personas, comienza en la infancia. A unos árboles solamente los conocemos de vista; en cambio de otros, sabemos sus nombres, los frecuentamos e incluso llegamos a quererlos como a un amigo o a alguien de la familia. Pero suele suceder que –como con algunos amores- no nos damos cuenta del sentimiento que le profesamos hasta que lo perdemos para siempre.

En mi infancia tuve un árbol amigo. Ésta es su historia.

Érase una vez un árbol que crecía sano y bien mirado en el patio de una casa, en la ciudad costera de Algeciras, allá en el Estrecho de Gibraltar. El edificio, una vieja residencia señorial convertida en casa de vecinos, se disponía en torno a un amplio patio cuadrado, bordeado de arriates, con un alcorque en todo el centro donde crecía hacia el cielo el lustroso pino.

Mari Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

María Cintas en el patio junto al árbol, 1961.

El árbol, una araucaria (Araucaria heterophylla) aunque la gente también le llamaba pino, como todos los de su especie, tenía un porte inconfundible. El tronco derecho junto con las ramas horizontales y simétricas le conferían un aspecto triangular muy característico y un aura de equilibro y armonía. Había vivido ya bastantes años y alcanzado una altura honorable, tanto que sobresalía entre las casas circundantes y casi alcanzaba al campanario de la cercana Iglesia de la Palma de la Plaza Alta, cuya torre mide 45 m. Desde el mar, el ápice triangular de la copa se distinguía claramente en la línea del cielo de la ciudad, convertido en un destacado hito tal faro o bandera. Pero sobre todo era un elemento esencial en la vida del patio.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

Vista del árbol y la torre de la Iglesia desde el mar.

En aquella casa la araucaria era una presencia luminosa. Aportaba la sombra; el color verde profundo de sus hojas; la belleza decorativa de su figura; la alegría de trinos de pájaros que se posaban en las ramas; la compañía del susurro de hojas mecidas por el viento; la frescura del aire cargado de oxígeno y otros saludables componentes; el aroma a resina, follaje y madera; el tacto vegetal de sus hojas frescas o secas y de su corteza finamente escamada; y también aportaba certidumbre, la seguridad del tronco esbelto, solido y robusto bien enraizado en la tierra. Una presencia inmensa. Alrededor del árbol transcurrían las actividades de los habitantes de las diferentes viviendas, los juegos de los niños y las charlas de los mayores en las noches de verano o en la soleadas tardes de invierno. Y el árbol asistía en silencio al trajín de las vidas humanas, a riñas y reconciliaciones, a miradas y ensoñaciones, a penas y alborozos. Los niños de la casa jugábamos alrededor de él y de un modo u otro “con él”: nos lanzábamos hojas en batallas imaginarias, modelábamos la resina que manaba de la corteza o abrazábamos al tronco para ver quién tenía los brazos más largos. La araucaria todo lo aguantaba como paciente niñera que sabe lo saludable que es, para crecer tan sanos y equilibrados como el propio árbol, que los niños toquen madera, tienten hojas o sientan los latidos de la savia.

La región donde vivía la araucaria, el Estrecho de Gibraltar, es una zona de frecuentes temporales de viento. El árbol los conocía y estaba bien dotado para resistirlos, razón por la que muchos de su especie habían sido traídos desde la lejana isla de Norfolk, en el Océano Pacífico, para ornamentar casas y ciudades en regiones costeras de muchas partes del mundo. Pero no todos los temporales son iguales. En el invierno de 1963, en enero, hubo una terrible borrasca de viento sudeste; durante veinticinco días llovió copiosamente con las consecuentes inundaciones; transcurrieron después dos o tres días de aparente calma; sin embargo, al amanecer del 21 de enero de nuevo arreció la tempestad y fue en aumento a lo largo del día. Según se supo después, las rachas de viento llegaron a una fuerza de 160 kilómetros por hora y en el mar las olas alcanzaron los veinticinco metros de altura.

La araucaria, al principio, se mostró firme ante el desmedido viento de naturaleza ciclónica, que ya había arrancado cientos de árboles en toda la comarca. Pero sus raíces ya no eran tan jóvenes, ni tan profundas, ni tan largas (algunos decían que llegaban hasta la Plaza Alta). Eran superficiales, y el robusto y alto tronco y las ramas pesaban mucho. El árbol no supo en cual de las embestidas del sudeste perdió el pulso, pero en un preciso momento sucedió. Primero, se inclinó hacia un lado, después hacia otro, y a partir de ese fatídico instante inició un movimiento de vaivén al compás de las ráfagas. Y cuando se movió hacia un lado, ocurrió también que las raíces superficiales del lado contrario se alzaron, y como consecuencia se levantaron las losetas del patio. Después, igual hacia el otro lado, unas baldosas, otras; encima del alcorque la tierra desnuda se elevaba y descendía como una ola. Todo el suelo del patio entró en movimiento ondulante y los habitantes de la casa estábamos atónitos y asustados, aquello era una visión insólita que parecía fruto de una alucinación o una película de magia y terror, pero era la realidad. La sensación de pisar en el patio se asemejaba a estar en un barco, todo se movía en ondas, y aún resultaba más impresionante mirar hacia arriba y contemplar al enorme árbol oscilante, vacilando si caerse y abandonar la feroz batalla con el viento o permanecer de pie.

Al anochecer de aquel día, la tempestad no había amainado sino crecido en fuerza. Los vecinos, temiendo que el árbol cayera y provocara un desastre, llamaron a los bomberos. Vino una cuadrilla, todos pertrechados con cascos y hachas, y cuando el jefe subió sobre el alcorque y sintió el balanceo de su cuerpo a la par que el bamboleo del árbol tomó conciencia de la gravedad de la situación y de su incapacidad para resolverla, así que recomendó la evacuación inmediata de todas las viviendas y se marchó con todo su equipo. Pero la mayoría de los vecinos no estaba dispuesta a dejar ni su casa ni su árbol. Y permanecimos allí toda la noche, a oscuras (la tormenta había cortado el suministro), con un viento endemoniado y un árbol que crujía dolorido y desesperado de luchar contra una naturaleza más fuerte que la propia. Fue una larga noche de insomnio. Nadie pudo dormir.

A la mañana siguiente, la situación no había mejorado. La vieja araucaria seguía en pie tambaleándose y el viento continuaba batiendo y golpeándola a más de 140 km por hora. El suelo se levantaba incluso dentro de las casas y las hojas de la vencida araucaria alfombraban el suelo como restos de una batalla. Las noticias confirmaron la colosal potencia de la tempestad. En el mar, la furia de los vientos y las olas había desamarrado yates y pesqueros, empujándolos hasta las rocas y destrozándolos; y también a un transbordador, “el Ciudad de Tarifa”, con 122 pasajeros y 90 tripulantes, lo había desanclado, arrastrado y encallado en una playa cercana; y en tierra, inundaciones y un sin fin de destrozos materiales.

En vista del preocupante estado del árbol, los vecinos reunidos de nuevo tomaron una decisión: había que talarlo. Cuando la tormenta lo permitió, dos días más tarde, vino un joven leñador armado con un arnés y un hacha. Primero cortó las ramas de una en una; el tronco quedó pelado, como mástil de navío. Luego, inició el corte del tronco de trozo en trozo, desde la punta hasta la base. Cuando finalizó su tarea, el patio quedó cubierto de ramas, hojas y troncos, llenísimo de materia vegetal; los niños disfrutamos jugando con los fragmentos del árbol, con la todavía abundante presencia material de la araucaria. Pero pronto se llevaron todos los restos, solo quedó de la araucaria el tocón de madera a ras de la tierra y las raíces ocultas. Y se terminó.

Cuando el sol de invierno volvió a brillar en una mañana tibia y quieta, sin las emociones alteradas de los días de la tormenta ni la urgencia provocada por el miedo, lo vimos. Niños y mayores vimos el vacío. Sin la araucaria, el patio no era más que un gran vacío. Sin sombra ni verde ni trinos; sin belleza, frescura ni aroma; y sobre todo sin la certidumbre que nos amparaba. Sin el bastión que nos daba fuerza, ánimos y seguridad. La compañera de juegos, la compañera de horas, el amigo árbol, había desaparecido. Y lo echábamos de menos. Entonces fue cuando nos dimos cuenta de cuánto lo queríamos. Fue una pérdida para todos. También para la ciudad, que perdió su faro vegetal y un gran árbol. Pero me alegra pensar que su final fue de leyenda, como correspondía a un árbol viejo, grande y noble, pues tuvo que ser un ciclón, no un viento menor, quien le arrebatara su fuerza verde.

Cada habitante de la casa, chico o mayor, conservó a su manera el recuerdo de la araucaria. Yo lo guardé en mi corazón como una semilla que un día pudiera plantar en una tierra fértil. Esta entrada es la ocasión que desde aquel día he estado esperando: el momento de rendirle homenaje y difundir su historia. Si guardáis también memoria de un árbol amigo, os animo a contarla. Reconocer nuestra íntima relación con árboles es un modo de recompensarlos por todo el bien que nos hacen.

Escrito por Rosa, jueves 23 mayo 2013.

Historia de Algeciras en Imágenes

Historial del Transbordador «Ciudad de Tarifa»

La Ciudad Perfumada

Todos los días tenemos la oportunidad de presenciar fenómenos fascinantes pero nuestro ritmo acelerado de vida los mantiene fuera del foco de atención. Un atardecer majestuoso, unas nubes espectaculares o un abrazo inmenso pueden ser motivo de admiración.  Y admirar lo extraordinario que surge de lo cotidiano siempre gratifica y enriquece, porque nos sitúa en el momento presente y nos conecta a lo que nos rodea.

Tengo la suerte de vivir en una ciudad que cada primavera brinda una experiencia olfativa soberbia proporcionada por árboles: la floración perfumada del naranjo amargo (Citrus aurantium). El acontecimiento sensorial reside en la emanación masiva del aroma de azahar por los 48.000 naranjos que florecen a la vez en patios, calles, plazas y jardines de Sevilla. La nube aromática, invisible pero intensamente odorable, impregna el aire por unos días y constituye uno de esos hechos extraordinarios en los que merece la pena detener nuestro ajetreo, para dedicarle un tiempo a admirarlo y disfrutarlo en toda su plenitud.

La floración masiva de árboles es un fenómeno natural muy apreciado por su vistosidad. Los cerezos en flor son objeto de contemplación muy antigua en Japón y más reciente en el Valle del Jerte español.  A la gracia y belleza de sus flores blancas, el naranjo amargo une el intenso y agradable aroma. Por ser un árbol de fácil aclimatación y cultivo ha sido plantado con éxito en diversas regiones del mundo a partir de su lugar de origen en el Sur de Asia. Hay muchas ciudades en España y en todo el orbe que probablemente comparten este espectáculo olfativo del naranjo en flor; sin embargo, Sevilla parece ser la ciudad que acoge más árboles de este tipo. El trazado estrecho de las calles antiguas y la abundancia de plazoletas con poco espacio vital para árboles grandes hacen del naranjo un árbol idóneo por su porte mediano. Además suma el atractivo de las flores, hojas y frutos y la calidad de la mermelada que se obtiene de las naranjas, por lo que el naranjo amargo ha resultado ser el árbol ideal para Sevilla y de hecho es, hoy en día, el árbol más representativo de la ciudad.  Tal es así que da nombre a la variedad “Sevilla” de naranja.

AzaharLa flor del naranjo amargo, que protagoniza esta entrada, inicia su vida como capullo blanco y en unos veinte días abre los pétalos y muestra su característica y hermosa corola estrellada. En ese instante comienza a aromar el aire y toda la urbe se impregna de su fragancia. Las sustancias volátiles desprendidas de miles de flores se difunden por las calles y plazas y el aire se vuelve azahar.

Oler es un proceso involuntario. Las sensaciones olfativas van desde la nariz al cerebro por una vía corta y rápida, y llegan al centro de las emociones y de la memoria. Por eso, los olores nos evocan recuerdos de personas, momentos y lugares, también sensaciones de vivencias pasadas y estados de ánimo. Entran directo al alma.

Sentir el aroma del azahar es respirar su belleza. Ajeno a la voluntad, penetra y conmueve. Nos lleva durante unos instantes al territorio del éxtasis, de lo inenarrable. Juan Ramón Jiménez, en Platero y yo, lo expresa con su prosa poética: “De vez en cuando, miraba con infinita nostalgia, por una lona rota que, trémula en el aire, me parecía la vela de un bote de la Ribera, un naranjo sano que el sol puro de fuera aromaba el aire con su carga blanca de azahar… ¡Qué bien -perfumaba mi alma- ser naranjo en flor, ser viento puro, ser sol alto!”.

La irrupción del azahar en la ciudad sucede entre marzo y abril y es silenciosa. Suele coincidir con las Fiestas Primaverales de Sevilla, principalmente con la Semana Santa, en la que sevillanos y turistas inundan las calles del centro histórico con la bulliciosa algarabía de voces y los continuos acordes de bandas procesionales de música. Pero los miles de naranjos humean su esencia volátil en silencio.  En el libro Viaje al Silencio, Sara Maitland escribe: “En nuestra cultura obsesionada por el ruido, es muy fácil olvidar que muchas de las principales fuerzas físicas de las que dependemos son silenciosas: la gravedad, la electricidad, la luz, las mareas, el movimiento invisible e inaudible del cosmos. (…). El crecimiento orgánico también es silencioso. Las células se dividen, la savia fluye, las bacterias se multiplican, la energía recorre la tierra, y todo sin un murmullo. «La fuerza que con su mecha verde impulsa a la flor»(*) es una fuerza silenciosa”.

Agua-Azahar-La-Giralda

El naranjo amargo no produce naranjas sabrosas pero sí las flores más grandes y blancas y de aroma más intenso que ningún otro cítrico. Son las preferidas para obtener las esencias y fabricar el Agua de Azahar, que se ha usado como remedio medicinal desde hace cientos de años para calmar nervios y mejorar cólicos y desmayos, además de para componer perfumes y aromar dulces. El árbol del naranjo, a diferencia de los grandes árboles, no es elogiable por la magnitud de su porte sino por un ramillete de cualidades, la más etérea su fragancia, y muestra con ello una “fuerza verde” admirable que debemos agradecerle.

Los azahares aroman cada primavera siguiendo el ciclo natural del naranjo; algo repetido y previsible. Pero no hay que descuidarse y perder la magia de ese momento por lo ocupado de nuestra agenda cotidiana. Algo me dice que conviene detenerse y dedicarle un tiempo de silencio a recibir al azahar, inhalarlo con plena consciencia y dejar que nos perfume el alma.

Escrito por Rosa, jueves 9 de mayo 2013

(*) Verso de Dylan Thomas (18 Poemas, 1934).