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Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

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A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

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Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

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Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

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[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

Secretos del Parque

¿Está llegando la primavera? ¿En qué se nota?” dijo él.
“El sol está brillando entre la lluvia y la lluvia está cayendo
sobre los rayos del sol, y las criaturas empujando
y borbotando bajo la tierra”, contestó Mary.
Frances H. Burnett, El Jardín Secreto

Cada jardín que frecuentamos guarda en sí un jardín secreto. Cada árbol que vemos a diario esconde una biografía única, una habilidad singular para vivir, una contribución concreta a nuestro bienestar y al del planeta. Cada arboleda urbana encubre un relato de la intencionalidad de quien la diseñó, de los sentimientos que pretendió provocar con su creación bioestética. Esos relatos secretos son el jardín oculto a los ojos cotidianos, acceder a ellos nos vuelve más conscientes y permeables al poder sanador de los árboles y a la inspiración de la belleza de lo vivo.

En la ciudad histórica de Sevilla, de acentuado aire romántico, el espíritu de lo bello palpita no solo en los innumerables monumentos sino también o sobre todo en los edificios, calles, plazas y rincones. Y en los jardines antiguos. De ellos, el Parque de María Luisa (para los sevillanos, “el Parque” a secas) quizás sea el que más ha contribuido a realzar el encanto de la ciudad. Popular atracción para viajeros y residentes, multitudinario a veces, aun con el esplendor de sus comienzos menguado por tiempos de abandono, conserva sin embargo la esencia del jardín original que un día fue diseñado con esmero y pasión. Es un jardín que emociona, que inspira al cuerpo y al espíritu, que asombra de múltiples maneras.

Entre los recuerdos de mi vida atesoro un tiempo en el que pasé muchos días transitando el Parque, observando y valorando uno a uno cada árbol (unos 6000 entre árboles y palmeras según el conteo de entonces). El sentido de tal entrega era calcular el valor del patrimonio arbóreo del jardín. La investigación, que llevamos a cabo un equipo guiado amigablemente por Fernando Sancho Royo, tuvo como resultado la elaboración del libro Árboles del Parque de María Luisa [1]. Medir las dimensiones de cada árbol, evaluar el estado de salud, juzgar el grado de  belleza y averiguar la biogeografía de cada especie fue una oportunidad única de descubrir cada individualidad, cada protagonista arbóreo del jardín, y sembró en mí la pasión que hoy me hace escribir estas líneas.

Fuente: www. eyeonspain.com

Fuente: www.eyeonspain.com

El Parque tiene una identidad propia, una fuerte personalidad. Su fisonomía no es uniforme sino integrada por una gran variedad de espacios diferentes, conectados y embellecidos mediante una amplia gama de elementos vivos y construidos, en la que el arbolado alto, viejo y variopinto es el rasgo principal. En cierto modo, es un bosque urbano. Cuenta con alrededor de 100 especies diferentes de árboles, algunos de ellos identificados por carteles (bastante deteriorados) que sirven de itinerario botánico. Intencionadamente, una gran proporción de los árboles son caducifolios, es decir, pierden las hojas en invierno. Durante los pocos meses que dura la desnudez invernal, las ramas deshabitadas de hojas contagian el aire de melancolía y enfatizan la percepción romántica del Parque. Por el contrario, el hojecer primaveral cubre los paseos y plazuelas de buena sombra, imprescindible en este sur de veranos calientes y luminosos, y junto a la floración mudan la melancolía en alegría.

De entre todos los árboles que un día descubrí y que con frecuencia sigo visitando, algunos me son más queridos por no sé qué misteriosa química.

Taxodios: monumentalidad consagrada al amor

En cualquier jardín, el taxodio, ciprés de los pantanos o ciprés calvo (Taxodium distichum) es una presencia llamativa, se adueña de él con su porte majestuoso de follaje liviano y elegante y la belleza cromática de sus hojas, rojizas en otoño y verde claro en primavera. En el jardín sevillano destaca un ejemplar que se ha convertido en estampa icónica del propio Parque.

A diferencia de los pinos, cipreses, cedros y otras coníferas, el taxodio tiene dos rasgos singulares, ser caducifolio (de ahí “ciprés calvo”) y vivir cerca o dentro del agua.  Nativo del sur de EE UU, forma bosques naturales en las riberas encharcadas de los grandes ríos como el Misisipi; y caracteriza tanto ese paisaje subtropical americano que se ha erigido en su símbolo. Vivir en el agua es una habilidad no muy propia de los árboles, pero los cipreses de los pantanos la tienen; para que las raíces respiren, poseen los neumatóforos, unos respiraderos que salen hacia arriba y le dan el aspecto tan característicos a estos bosques. En su hábitat natural sostiene el suelo encharcado por las inundaciones, una buena contribución en estos tiempos de incertidumbres climáticas. A pesar de las raíces anegadas gozan de una longevidad extraordinaria; en Florida, en la marisma de Corkscrew, está el bosque virgen de cipreses de los pantanos más grande del mundo, en ese santuario protegido hay árboles salvajes de más de 500 años. Tiene parientes aún más longevos como el “Árbol del Tule” (Taxodium mucronatum) de Oaxaca, México, que se estima que tiene 2000 años de edad y está considerado el árbol con el diámetro de tronco más grande del mundo. El taxodio llegó a Europa traído por los colonizadores ingleses sobre 1640.

TaxodioEl Parque de María Luisa es un buen enclave para estos seres de los pantanos americanos por la cercanía de un gran río, el Guadalquivir. Junto al estanque de la Isleta de los Patos y cerca de la Fuente de las Ranas crecen cinco ejemplares espléndidos. Pero sin duda el más vistoso, célebre y popular es el taxodio monumental de la Glorieta de Bécquer.

El árbol fue plantado alrededor de 1860 cuando ese terreno era el jardín privado de los duques de Montpensier. En 1911, ya como parque público, alrededor del árbol se construyó una glorieta redonda en la que un banco circular con varias figuras femeninas de mármol –alegorías del amor pasado, presente y futuro- abrazan la redondez del gran tronco. Realizado en homenaje al poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el más importante del Romanticismo español, el cuadro escultórico, obra de Lorenzo Coullaut Valera, personifica la famosa Rima X del poeta, El amor que pasa. En otros tiempos, podían leerse los versos del poeta en libros dispuestos en anaqueles; hoy, existe una placa con grabaciones de varias rimas que pueden oírse si disponemos de un lector de código QR en nuestro móvil, entre ellas, la inmortalizada Rima X [2]:

Código QLos invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran. ¿Qué sucede?
¡Es el amor, que pasa!

El árbol, como ser vivo, no deja de crecer y agrieta el monumento, y hay que ensancharlo cada cierto tiempo (ya lo necesita); la Glorieta con el gran árbol en el centro transpira armonía como un mandala. El majestuoso taxodio acrecienta la atmósfera romántica del lugar, incluso diría que se implica en los asuntos amorosos de los visitantes-románticos (suele haber ramos de flores frescas en el monumento). Bajo la cúpula de fino follaje se respira quietud, acogimiento y un silencio entre cómplice y consolador. Puede que el espíritu ribereño de estos árboles, de tanto contemplar ríos, sabe que el amor, como el agua, nunca es el mismo y al mismo tiempo siempre es igual, que pasa pero permanece de otra manera. Bajo los taxodios siempre me siento bien, experimento sensaciones de amparo y bienestar, probablemente contribuyan a ello las sustancias volátiles cargadas de compuestos activos beneficiosos que desprenden, pero prefiero pensar que la belleza de estos árboles no solo es externa, sino también interior.

Plátano de sombra:  inspiración de los maestros

Cerca de la Glorieta de Bécquer por un asilvestrado sendero en dirección sur se llega a una pequeña encrucijada donde un cartel anuncia la identidad de un soberbio plátano de sombra oriental (Platanus orientalis), un árbol euroasiático que crece desde el este mediterráneo hasta el sur eurosiberiano.  En Sevilla, como en gran cantidad de ciudades, el plátano de sombra es muy utilizado en las calles. En el Parque es abundante, pero no la especie oriental sino un híbrido entre el plátano oriental y el americano (Platanus occidentalis), de cuyo origen no hay acuerdo entre los botánicos ni siquiera en la nomenclatura (Platanus acerifolia para unos, Platanus  hybrida o Platanus hispanica, para otros).

PlatanosEl plátano es una especie apreciada desde antiguo por su maravillosa sombra. En el Parque quedan unos magníficos ejemplares centenarios, bien desarrollados, que sobrepasan los 25 metros de altura, hermosas esculturas vivas. Las decorativas hojas grandes, caedizas, color verde vivo, parecidas a las del arce, forman un follaje denso y amplio capaz de crear una umbría fresca, tamizada y reconfortante, ideal para los climas de calor y luz intensos. La cualidad de la sombra que proyecta ha sido históricamente apreciada por diversas culturas.

En Grecia se le tiene un apego especial desde la Antigüedad, y aún es el árbol predominante en el centro de las plazas de muchos pueblos. En la Escuela Peripatética que fundó Aristóteles en el 335 a. C., se cree que había una arboleda de plátanos donde él y otros maestros enseñaban a los discípulos paseando bajo el elevado ramaje. En la isla de Cos, igualmente junto a un plátano de sombra, Hipócrates (460-370 a. C.), el fundador de la medicina, transmitía su sabiduría; el actual Árbol de Hipócrates, descendiente del original, tiene 500 años. En la India le llaman cheddar y es un árbol célebre también por su sombra, especialmente en Cachemira. Para hindúes e islamistas mogoles ha sido un árbol valorado para templos, jardines y paisajes, como prueban los diversos ejemplares centenarios existentes en la región y su declaración como árbol protegido. Bécquer, en su leyenda india El caudillo de las manos rojas, los nombra: “Los peregrinos también han gustado el reposo de los inmensos plátanos de Delhi…”. En Reino Unido se le conoce como oriental plane, y también es un árbol con solera; uno plantado en 1760 en Wiltshire (Corsham Court) por el famoso paisajista Lancelot  “Capability” Brown, está considerado como el árbol con la copa de mayor extensión de Reino Unido.

Me gusta pasear entre los plátanos centenarios del Parque, respirar su aire, dejar que inspiren mi mente, que me conecten con la vieja tradición de maestros, que hagan aflorar a la maestra que llevo dentro.

Acacias: aromas de poesía

Acacia es una palabra de resonancia poética, sonora, punzante, evocadora de exuberantes paraísos líricos. Quizás por eso me gustan las acacias del Parque. Hay tres tipos, la acacia negra, la acacia blanca y la acacia de Japón, que en sentido estricto no son especies del género Acacia, sino “falsas acacias” como se catalogan estas leguminosas ornamentales que se plantan en multitud de ciudades del mundo. Sin ser árboles de carácter portentoso, las tres aportan atractivo al Parque: son florales, aromáticas y sombreadoras. En sus lugares de origen, además, son comestibles, medicinales y melíferas. Cada una a su manera añade una nota diferente al jardín.

La acacia de tres espinas o acacia negra (Gleditsia triacanthos) abunda en el Parque. Tiene una apariencia algo excepcional por lo oscuro de la corteza, las grandes espinas trifurcadas y las legumbres de gran tamaño color chocolate parecidas a las del algarrobo. Por contraste, las pequeñas flores verdosas son perfumadas, el amplio y suelto follaje tiene un bonita coloración otoñal amarilla y en primavera da una grata sombra ligera. Natural del SE de EEUU, es un árbol muy resistente que crece muy rápido en suelos desnudos y ayuda a controlar la erosión, además las vainas alimentan a pájaros y otros animales. Por el carácter de “árbol espinoso” se le conoce en algunos sitios como “espina de Cristo”. En México circula una leyenda en torno a sus espinas. A final del siglo XVII, en un monasterio de Querétaro, un franciscano español dejó durante un tiempo su bastón de acacia negra clavado en el patio; pasados los días, el bastón retoñó en un árbol con espinas en forma de cruz, similar a la de la crucifixión de Jesús; el hecho se consideró un milagro (tal vez por ser un árbol desconocido entonces en esas tierras), y originó el nombre por el que es conocido “el árbol del Templo de la Cruz”. Milagros y leyendas aparte, la acacia negra es un árbol vehemente que infunde sensaciones de fuerza y empuje y evoca la importancia de protegerse en la vida.

RobiniaLa acacia blanca o robinia (Robinia seudoacacia) tiene un porte grande que alcanza los 25 metros. En el Parque hay un bello ejemplar en la Glorieta de Doña Sol. Desde la tierra de los Montes Apalaches, en Norteamérica, fue traída a Francia en 1600 por el botánico Jean Robin. Desde entonces es un árbol de jardín que anima las primaveras con racimos de flores blancas muy aromáticas y una agradable sombra. En algunos países como Italia, las flores se utilizan en postres y la miel se conoce como “miel de acacia”. Pero hay que tener cuidado porque las hojas y semillas poseen una lecitina tóxica. Las acacias blancas grandes, como la del Parque, tienen apariencia muy frondosa y yo diría que entrañable, me recuerdan a los árboles benévolos de los cuentos.

La acacia del Japón, sófora o árbol de las pagodas (Styphnolobium japonicum) ornamenta la avenida de Pizarro, una de las principales del parque. De porte fino, equilibrado y elegante, las flores amarillentas aroman el verano con su suave perfume y los frutos, de inconfundible aspecto de rosario, quedan en el árbol cuando pierde el follaje a principios de invierno. Es originaria de Asia, donde las hojas y flores se cocinan y se preparan como té; el uso medicinal tiene larga tradición, es una de las 50 hierbas fundamentales de la medicina china. En el Parque, los frutos son codiciados por el numeroso grupo de cotorras asilvestradas que por las mañanas los desayunan con gran algarabía. Mi afición a las sóforas es muy distinta de la de las cotorras. A mí lo que me atrae de ellas es la apariencia delicada, la fina sombra, un hálito de misterio que las envuelve, como si escondieran un secreto milenario oriental. De hecho, algunos cuentos japoneses sitúan en este árbol espíritus, diablillos y otras deidades del bosque.

Una larga lista de árboles interesantes

La lista de árboles singulares interesantes del Parque es muy larga. En altura sobresalen los eucaliptos rojos (E. camaldulensis) y las araucarias australianas (A. cunninghamii y A. bidwillii) de más de 40 metros, haciendo honor a los árboles gigantes australianos; les siguen grevilleas, almeces, olmos viejos supervivientes de un pasado mejor, casuarinas centenarias, algunos fresnos de olor y las palmeras, esos árboles sin verdadero tronco, que tanto caracterizan el paisaje urbano de Sevilla. Y en espectacularidad globosa y expansiva, los grandes ficus (F. macrophylla, F. rubiginosa y F. retusa).

El jardín de los artistas

La magia del Parque de María Luisa emana del arbolado pero también de la gracia y armonía del diseño, de la composición que idearon los paisajistas que lo hicieron realidad.

El Parque tuvo su origen en la creación a mitad del siglo XIX de un jardín privado para el palacio de los duques de Montpensier (Antonio de Orleans y la Infanta María Luisa de Borbón). El proyecto lo realizó el jardinero francés André Lecolant siguiendo el estilo romántico inglés en el que predominan los árboles y arbustos entre caminos y sendas sinuosas, con una disposición de aparente descuido que imita a la naturaleza. Es el jardín bosque, el jardín-selva, que aún configura el norte y poniente del Parque. De estampa majestuosa, con predominio de tonos verdes y umbrías, inspira recogimiento y tranquilidad.

Un segundo diseño se debió a la elección del Parque de María Luisa como marco de la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929. La Infanta había donado su jardín a la municipalidad en 1893 y ésta encargó la reforma y ampliación del Parque al paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier (1861-1930), un ingeniero de gran sensibilidad, cultura jardinística y experiencia en distintas partes del mundo. Forestier aprovechó el legado romántico de Lecolant (“los árboles tardan en crecer, la belleza plena de un jardín se consigue con el paso del tiempo”), al que superpuso un trazado que inundó el lugar de colores, aromas, susurros de agua, brillos, claridad, alegría y espacios de intimidad (las glorietas). Manejando con sabiduría varios estilos de jardines con preponderancia del arábigo andaluz local, creó un jardín de jardines, donde las avenidas y praderas abiertas se alternan con sendas que llevan a la intimidad de glorietas. Más próximo a la tradición de los jardines chinos, indios, egipcios, árabes y españoles, Forestier puso toda su intención en darle a Sevilla su ideal de jardín, “un remanso de paz capaz de provocar el asombro apabullador en la intimidad gozada a través de la percepción de los sentidos de todas las bellezas delicadamente naturales, con las formas, los colores, los juegos de luces y sombras más evocadores, con los que nos sentimos más comunicados y donde lo que domina es el encanto” [3]. Quiso hacer una obra de arte y lo consiguió.

Postal antigua

Ha transcurrido un periodo de más de cien años desde 1914, cuando se inauguró el Parque de Forestier. En este lapso, el abandono y el tiempo, como jardineros invisibles, han propiciado cambios en su fisonomía, no siempre embellecedores. Se han perdido muchos árboles sin haber sido repuestos y se ha desequilibrado la composición de las especies, con predominio de las más invasivas como el eucalipto sobre otras menos combativas. El Parque necesita recuperar su antiguo esplendor, con medios, conocimientos y enfoque de futuro.

A pesar de todo, conserva la esencia cautivadora. Más allá de la visión ordinaria, el Parque despliega su jardín secreto donde es posible pasear respirando aires sanadores, contemplar delicadas bellezas efímeras, descansar al arrullo del agua, perderse entre rastros de aromas y encontrar mil historias inspiradoras.

_________________________
1. R. Cintas, J. Cruz, A. Furest, M. Librero y P. Martín de Agar. Árboles del Parque de María Luisa.  Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Sevilla. Granada, 1981.
2. Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas. Edición de Jesús Rubio Jiménez. Alianza E. Madrid, 2013.
3. Cristina Domínguez Peláez. El Parque de María Luisa, esencia histórica de Sevilla. Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1995.

Escrito por Rosa, jueves 28 de enero de 2016.

Entradas de este blog relacionadas:
Cernuda en el Parque
Sanar con los árboles
El monarca del Parque (Araucaria cunninghamii)
La higuera gigante que vino de australia (Ficus macrophylla)
Mil y una historias del jardín (Araucaria bidwillii en el Botánico de Coimbra)

Otras fuentes y enlaces
Jose Elías Bonells. Plantas y Jardines de Sevilla. Ayuntamiento de Sevilla, 1983.
F. Bueno Manso. El Parque de Maria Luisa: su historia, su poesía y sus plantas. E. Robinia. Sevilla, 1997.
Parque de María Luisa en Wikipedia
Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Sevilla
La Exposición del 1929 en Sevilla Misterios y Leyendas

La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

________________
¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)

Botánico de Valencia

Si fuera un árbol urbano me gustaría vivir en el interior de un jardín botánico, cuidado, mimado y protegido de los vandalismos, acompañado por otros árboles de diferentes partes del mundo, visitado y admirado por los amantes de las plantas y de la naturaleza.

bosque_protegidoEntré en el Botánico de Valencia, como se entra en un santuario o en un museo; fuera de sus tapias quedaban el ruido del tráfico, los humos, las prisas, la gente corriendo de un lado para otro. Dentro de ese bosque urbano de unas 4,5 ha donde conviven unos 450 árboles encontré la calma, la sombra fresca, los trinos de los pájaros, el aroma forestal y sobre todo una gran diversidad de árboles (126 especies, según el Catálogo¹), con gran variedad de texturas y colores en la corteza de los troncos, en la forma de las copas, en la densidad del follaje; árboles que cuentan historias de sus linajes antiguos, de su ecología y de su relación con los habitantes de países exóticos.

ZelkovaEl árbol más grande del Jardín es una zelkova del Cáucaso (Zelkova carpinifolia, de la familia Ulmáceas), con 33 metros de alto y un tronco, con más de 5 metros de circunferencia, parcialmente ahuecado. Es un árbol impresionante, a pesar de tener algunas cicatrices de roturas de grandes ramas e incluso ramas sujetas por tirantes.

La zelkova es un relicto de la era Cenozoica (que empezó hace unos 65 millones de años) cuando se extendía por casi toda Europa, en un ambiente templado y húmedo. Formaba parte de un bosque de gran diversidad que fue progresivamente diezmado por el efecto de las sucesivas glaciaciones, que empezaron hace unos 2,5 millones de años. Actualmente sobrevive en bosques de Georgia, Turquía, Irán, Armenia y Azerbaiyán, donde ha sido explotado por su valiosa madera ligera, flexible y resistente a la pudrición; también se valoran las ramas para tutores de vides y el follaje para alimento de ganado. Está calificada como “casi-amenazada” por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (IUCN).

Emparentadas con esta zelkova del Cáucaso existen dos zelkovas endémicas mediterráneas, una en Creta (Z. abelicea) y otra en Sicilia (Z. sicula). Además de otras tres especies en Asia oriental (Z. serrata, Z. schneideriana y Z. sinica); recuerdo un bello ejemplar de la zelkova de China (Z. sinica) con su corteza de parches anaranjados en el Botánico de Roma. Este grupo de especies de árboles relictos que han sobrevivido en diferentes “refugios” climáticos, aislados y separados entre sí está siendo objeto de un programa internacional de jardines botánicos para su estudio y conservación².

¿De dónde vendría la semilla de zelkova que fue plantada en Valencia hace más de 150 años? ¿de Turquía, de Georgia? En su larga vida ha sufrido temporales y arriadas, ha resistido la ciega barbarie de la guerra y aún se mantiene erguido, majestuoso, cuidado por los arboricultores del jardín. Hermoso destino de un árbol, poder morir de viejo, tan insólito fuera de ese recinto protector. Y todavía debe tener bastante vida por delante, si se considera que algunos ejemplares de Georgia o Irán tienen más de 800 años.

Cupressus_torulosaLa segunda atalaya del Botánico es el impresionante ciprés del Himalaya (Cupressus torulosa) con su tronco recto que alcanza 32 m de alto y tiene una circunferencia de 2,8 m. Forma bosques abiertos en las solanas secas del Himalaya, hasta los 3.670 m de altitud. La madera es valorada por su aroma, grano fino, durabilidad y resistencia a la podredumbre; tradicionalmente ha sido utilizada en la construcción de templos budistas y en las tallas de figuras religiosas, también se utiliza como incienso. Algunos bosquetes son protegidos como “bosques sagrados” por los monjes budistas. Es el árbol nacional de Bután, donde le tienen gran estima; los butaneses se identifican con su porte recto y fuerte y la capacidad para crecer en sitios difíciles, escarpados y duros.

Ficus_obscuraEn contraste con estos gigantes, me llamó la atención un arbolillo pequeño pero muy peculiar. Tenía el tronco lleno de pequeños frutos amarillentos, todavía inmaduros. Era un ficus oscuro de Borneo (Ficus obscura) y en mi visita de octubre 2014 tuve la suerte de coincidir con su período de fructificación.

Las plantas son obras de arte vivo, que cambian con el tiempo; se puede visitar un Botánico varias veces al año y siempre se descubre algo nuevo; una flor, un fruto, una hoja otoñal.

Los árboles del género Ficus son un recurso clave para aves y mamíferos de los bosques tropicales. Producen frutos durante casi todo el año, en grandes cantidades, son blandos y con muchas semillas pequeñas, fáciles de coger y de consumir, y son ricos en calcio. Como prueba de esta importancia, se han identificado 990 especies de aves y 284 especies de mamíferos que consumen habitualmente frutos de 260 especies de Ficus distribuidas por todas las zonas tropicales del mundo.

En los bosques malayos los frutos del ficus oscuro son consumidos por 31 especies de aves y 9 de mamíferos. Son grandes consumidores de estos higos el gibón (Hylobates lar), el orangután (Pongo pygmaeus) y diversas clases de ardillas y tupayas. Un solo árbol puede producir hasta 4.000 higos, todo un festín para los animales del bosque.

En la colección de cuercos (especies de Quercus) de Valencia, junto a las especies europeas más familiares como la encina (Q. ilex), el alcornoque (Q. suber) y los robles (Q. humilis y Q. cerris), se podían encontrar otras especies de diversas partes del mundo. Desde Asia habían llegado Q. glauca de Japón y Q. hartwissiana de Georgia, donde forma bosques mixtos con la zelkova. Procedente de América estaban Q. macrocarpa, Q. polymorpha y Q. virginiana, este último es conocido por las películas ambientadas en las plantaciones del sur de EEUU. En conjunto, una pequeña muestra de las más de 500 especies que tiene este género de árboles, tan importante para la economía y la cultura en los países del Hemisferio Norte.

Quercus_anillosUn viejo tronco de roble americano (Q. macrocarpa) es utilizado con fines didácticos para mostrar el crecimiento de los anillos; este ejemplar tenía 86 años cuando murió en 2011. En sus anillos están marcados algunos hitos en la historia de la ciencia y del medio ambiente; por ejemplo, en el anillo formado en 1953 se recuerda el descubrimiento de la estructura del ADN; mientras que el de 1972 marca la primera Cumbre de la Tierra en Estocolmo.

Sterculia_discolorMe sedujo la belleza del árbol sombrero (Brachychiton discolor) con su corteza verde lisa moteada y sus hojas otoñales; este árbol de la familia Malvácea vive en las selvas de la costa este de Australia.

Cuando se visita un Botánico, igual que cuando se vuelve a un museo ya conocido, siempre hay un árbol o una obra de arte que te sorprende o que redescubres. Así me pasó en esa mañana de otoño con este árbol, que no es el más grande ni el más espectacular del jardín, pero me cautivó por el verdor de su follaje traslúcido. Situado entre un grupo de troncos que se elevaban en paralelo, miraba a las copas que se entremezclaban y formaban una envolvente manto verde que me cubría. Una experiencia memorable.

Y el ginkgo (Ginkgo biloba); en ningún  jardín botánico puede faltar este fósil viviente, este árbol tan arcaico y tan elegante, con sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. También llamado albaricoque de plata, árbol de las pagodas, árbol de Goethe, árbol de los 40 escudos, panda botánico, es el último superviviente de un linaje antiguo que apenas ha cambiado en los últimos 250 millones de años. Casi extinguido en su hábitat natural, solo quedan algunas poblaciones relictas en las montañas de China. Sin embargo, su cultivo se expandió por China, Corea y Japón, plantado en templos budistas y sintoístas. En el siglo XVIII fue introducido en Europa y desde entonces se ha extendido como árbol urbano por la calles y jardines de todo el mundo.

Podría seguir relatando otras historias que me inspiraron los árboles del Botánico de Valencia. La sola mención de sus nombres ya evoca una relación antigua e intensa con habitantes de países lejanos: Angelitos de Argentina, Árbol del dolor de muelas y Ciprés funerario de China, Arbusto de madera de sangre y Pica-pica de Australia, Cafetero de Kentucky, Goma elástica y Palo amarillo de México, Karaka de Nueva Zelanda, Palisandro, Palo borracho y Pimentero de Brasil, Palo de jabón de Chile, Pitósporo de Japón…

Bosque_grafitiLa lista de especies de árboles es muy larga. Animo al lector a que se adentre en ese bosque urbano, que deje atrás las prisas y las preocupaciones cotidianas, y escuche directamente de ellos sus historias.

___________________
¹ Corbera, J., J. Güemes y C. Puche. 2005. Un bosque en la ciudad. El Jardín Botánico de la Universidad de Valencia. Publicaciones de la Universidad de Valencia.
² Kozlowski, G., D. Gibbs, F. Huan, D. Frey, J. Gratzfeld. 2012. Conservation of threatened relict trees through living ex situ collections: lessons from the global survey of the genus Zelkova (Ulmaceae). Biodiversity and Conservation 21: 671-685.

 

Escrito por Teo, jueves 26 marzo 2015.

 

Enlaces

Página web del Botánico de la Universidad de Valencia

Descripción de la zelkova y el ciprés en la web Monumental Trees

Estatus de conservación de la Zelkova carpinifolia según la IUCN

Estatus de conservación de Cupressus torulosa según la IUCN

Revisión sobre los animales que se alimentan de frutos de Ficus

Programa de radio del Bosque habitado, sobre el Botánico de Valencia

Otras entradas de este blog relacionadas:
Visita al Botánico de Roma
Especies de Quercus
Ginkgo
Higueras y ficus

Ginkgomanía

Algunos árboles tienen una “personalidad” especial que atrae, fascina, intriga y seduce a mucha gente. El ginkgo (Ginkgo biloba L.) es sin duda uno de ellos.

El ginkgo es bien conocido en Oriente y recibe varios nombres. Los apelativos albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu se refieren a sus frutos y semillas. El nombre pie de pato deriva de la forma palmeada de sus hojas y también vincula al árbol con el pato mandarín, símbolo del amor en China y Japón. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, una lección de sabiduría popular pues, debido a la longevidad del árbol y al tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

Los nombres son muy importantes. Según Linneo, el gran “nombrador” de plantas y animales: “si no se conoce el nombre de las cosas, también se pierde el conocimiento de ellas”. El conocimiento del ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió “ginkgo” en vez de “ginkyo” pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto “biloba” para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos.

Ginkgo_hojaLas semillas de ginkgo llegaron a Holanda en el siglo XVIII, posiblemente enviadas por el mismo Kaempfer, y desde allí este árbol exótico empezó a ser conocido y cultivado en Europa. En Occidente se conoce como árbol de los templos o árbol de las pagodas, en relación con su origen oriental y su carácter sagrado. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) ha originado los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

En Alemania se conoce como árbol de Goethe en recuerdo y homenaje al célebre poema de amor escrito por el artista y científico romántico Johann Wolfgang von Goethe:

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.
¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?
¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?
La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?

Un nombre antiguo que se conserva en Francia es árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por unos de estos árboles en 1788. También se reforzó el nombre por el aspecto dorado (como escudos de oro) de las hojas en otoño.

Nombres modernos son árbol fósil y árbol de los dinosaurios debido a su linaje antiguo que apenas ha cambiado desde el Jurásico. El nombre panda botánico alude a su rareza y la necesidad de ser conservado, al igual que el oso panda que también proviene de China.

Biografía de un fósil viviente

Crane bookEl botánico Sir Peter Crane tenía una obsesión con este árbol que le llevó a escribir una obra excelente sobre su historia evolutiva y cultural¹. En sus años como director del Jardín Botánico de Kew (cerca de Londres) tuvo el privilegio de vivir junto a uno de los ginkgos más antiguos de Europa (plantado aproximadamente en 1760); su estancia en Corea del Sur como profesor visitante le permitió conocer los árboles milenarios asociados a los templos y pagodas; el regalo por parte de un colega del libro “Goethe y el ginkgo” fue un estímulo para investigar sobre los aspectos culturales asociados al árbol; y por supuesto la rareza y singularidad biológica de esta especie le motivaron a escribir la “biografía” del ginkgo.

Los temas que destacan son su capacidad de supervivencia y de resiliencia a los cambios. Comienza el libro con la biología del árbol y sus particularidades reproductivas (tienen espermas móviles, un carácter ancestral). Los capítulos sobre el origen y la evolución del linaje de los ginkgos durante 250 millones de años están muy bien documentados (Crane es un experto en paleobotánica y evolución). El lento declive comenzó hace unos 35 millones de años; había varias especies que se extendían por el hemisferio norte, se fueron extinguiendo y solo ha quedado la especie G. biloba, refugiada en algunas montañas de China. La historia cultural del ginkgo comienza con las primeras referencias escritas en poemas de la dinastía Song (siglo XI) de China, se expande por Corea y Japón cultivado por sus semillas comestibles y plantado en los templos budistas y sintoístas. Ya hemos visto cómo es introducido en Europa en el siglo XVIII y a partir de entonces es plantado en las calles de ciudades de todo el mundo, con clima templado. Termina la obra con capítulos sobre su uso en jardines, alimentación, farmacia (muy usado para fortalecer la memoria) y como árbol urbano.

Hay cinco grandes grupos de espermatofitas o plantas con semillas: las angiospermas con unas 257.000 especies; las coníferas con unas 600 especies; las cicadas con unas 130 especies; las gnetofitas con 80 especies; y por último los ginkgos con una sola especie, Ginkgo biloba. Es el último superviviente de un linaje antiguo, una especie solitaria y única, totalmente diferente a cualquier otra especie de planta. Para Crane, el ginkgo “nos conecta con la historia profunda de nuestro planeta”. Es un vínculo vivo con la era de los dinosaurios.

Las hojas son flabeladas, en forma de abanico, con nervaduras que radian desde la base. “Son tan distintivas, que una vez que las has visto ya nunca las olvidas. Son realmente memorables”, comenta Peter Crane en una entrevista. Especialmente son memorables en otoño, cuando se vuelven de color amarillo dorado y caen todas casi al mismo tiempo. Algo deben tener las hojas y el porte inusual de este árbol que tanto fascina a científicos y artistas.

La pasión por el ginkgo es compartida por Cor Kwant, profesora en Amsterdam. Ha diseñado y mantiene una página web enciclopédica donde compila toda la información disponible sobre el ginkgo, que además complementa con un blog y una cuenta de twitter.

Las elegantes hojas de ginkgo son motivos habituales de decoración en Japón; adornan kimonos, cerámica, abanicos y láminas. La ginkgomanía llegó a Europa formando parte del “japonismo” que influyó al Modernismo a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Las hojas y frutos de ginkgo aparecieron en vidrieras, joyas, muebles y fachadas de Nancy, París, Bruselas y Viena.

Mis ginkgos favoritos

KR012-09_Korea_stampNo tengo la suerte de conocer los ginkgos monumentales y milenarios de oriente, como el Gran Ginkgo Rey de Li Jiawan (China), con un tronco de 15 m de circunferencia; ni el famoso ginkgo de 40 m de altura en el templo budista Yongmunsa (Corea del Sur), que tiene un sello de correos dedicado; tampoco el ginkgo Nigatake en el santuario sintoísta de Ubagami en Japón, con sus 2,5 m de diámetro de tronco y venerado por sus raíces aéreas (llamadas chichis = senos o pezones) que según la tradición favorecen la lactancia de las madres.

Conozco algunos ginkgos en Europa, que obviamente no pueden superar los 300 años de edad. En el otoño de 2013 tuve la oportunidad de admirar la hermosa ginkga cargada de frutos en el Botánico de Roma. Esta primavera conocí al árbol, también hembra, que se yergue imponente junto a la fachada de la Universidad Humboldt, en Berlín, y al que empezaban a brotarle pequeños ramilletes de hojas.

Durante mi estancia como posdoc en Berkeley (California), descubrí los ginkgos como árboles urbanos alineados en las aceras. Recuerdo haber llevado durante meses una semilla como “amuleto” en el bolsillo de la chaqueta. Cuando paseaba por el campus, me gustaba sentirla entre los dedos.

En Sevilla no hay tradición de plantar ginkgos. Mi grupo favorito de ginkgos está en el sector suroeste del jardín inglés del Real Alcázar. Fueron plantados en 1910, procedentes de La Granja de San Ildefonso². Fuimos a visitarlos en diciembre 2013 y aprovechamos para contarlos y tallarlos: 194, 172, 165, 145, 113, 111 y 77 cm de circunferencia de tronco; eran siete y todos parecían machos. Un poco más apartada, en la esquina del laberinto de arrayán, una hembra (de 143 cm de circunferencia) estaba cargada de frutos y había perdido ya casi todas las hojas. Sobre un seto, algunas hojas caídas conservaban las gotas de agua como pequeñas gemas.

Ginkgo_jardineroNos sentamos en uno de los bancos y dejamos que el tiempo pasara lentamente, en silencio, contemplando cómo las hojas doradas iban cayendo suavemente sobre el césped.

Un espectáculo sencillo, milenario, hermoso que nos regalaba la “luz de oriente”, como bautizó al ginkgo Elena Martín Vivaldi, la poeta granadina de los árboles y los amarillos³.

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

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¹ Peter Crane. 2013. Ginkgo: the tree that time forgot. Yale University Press. 384 págs. New Haven, EEUU.
² Se plantaron 25 ejemplares en otoño e invierno de 1910. M. R. Baena Sánchez, 2003, Los jardines del Alcázar de Sevilla entre los siglos XVIII y XX. Diputación de Sevilla, Sevilla, pág. 133.
³ Fragmento del poema “Ginkgo biloba (Árbol milenario)” de Elena Martín Vivaldi.


Escrito por Teo, jueves 26 junio 2014.


Enlaces

Todo lo que quiera saber sobre el ginkgo. Página web “Ginkgo pages”, blog y twitter de Cor Kwant

Entrevista con Peter Crane sobre su libro

Poema de Goethe

Poema de Elena Martín Vivaldi