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Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

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A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

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Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

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Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

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[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

La ciudad de los metrosideros

Los árboles urbanos le dan carácter y seña de identidad a una ciudad. El viajero recuerda los pinos en la parte antigua de Roma, el bulevar Bajo los Tilos en Berlín, los castaños de Indias en los Campos Elíseos de París o los naranjos que perfuman en primavera las callejuelas de Sevilla.

La ciudad de La Coruña, en la costa noroeste de España, parece tener una predilección singular por los metrosideros. No se sabe exactamente cómo ni cuándo llegó allí el primer ejemplar de esta especie. En el Monte Alto, en el jardín del antiguo hospital, hoy cuartel de la Policía Municipal, se yergue un metrosidero imponente, centenario, con una copa inmensa que sobresale por los muros y oficinas colindantes buscando su espacio vital, como un gigante acorralado.

Metrosideros_CorunaSe piensa que fue plantado a finales del siglo XVIII, por marinos ingleses que hicieron escala en el puerto. Es decir que tendría algo más de 200 años. No puede ser mucho más viejo, porque los primeros ejemplares que llegaron a Europa fueron los recolectados en Nueva Zelanda en 1768, por los botánicos Banks y Solander durante el famoso viaje del Endeavour, capitaneado por James Cook.

Sin embargo, no pocos vecinos creen que el venerable árbol lleva en el barrio por lo menos 400 ó 500 años. Es más, se especula sobre su condición de prueba viva de que los marinos españoles visitaron Nueva Zelanda antes que el capitán Cook. Un casco militar del siglo XVI descubierto en el puerto de Wellington alimenta ese misterio y ha dado lugar a una novela histórica de intrigas y conspiraciones titulada “The Spanish helmet” (“El casco español”), por Greg Scowen.

Avenida_metrosideroEl metrosidero del Monte Alto, como una gran madre, ha ido propagando y llenando de jóvenes vástagos la ciudad. Muy cerca de este epicentro botánico se ha rotulado una vía nueva como la Avenida Metrosidero. Se une así a la lista de árboles en cuyo honor se han nombrado calles y avenidas, contribuyendo a la identidad urbana. Y La Coruña se une a la lista de ciudades sensibles que han incluido una especie de árbol singular en su callejero. En el inventario reciente (de 2015) de árboles urbanos se pueden contar hasta 285 individuos de esta especie, distribuidos por el Paseo Marítimo (82), la Avenida Metrosidero (42), Parque Monte San Pedro (23) y otros jardines y calles de la ciudad. Además del gigante del Monte Alto hay otros metrosideros grandes (con perímetro de tronco superior a los 4 m) en los Jardines de Méndez Núñez y la Plaza de Portugal.

Al estar incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de la Xunta de Galicia, el metrosidero centenario tiene garantizada su protección y la “prohibición de cualquier acción que pueda afectar negativamente a su integridad, a su salud y a su apariencia”. ¿Qué sabemos de este árbol exótico que llegó de las antípodas?

Árbol de flores rojas que vive junto al mar

La historia empieza con Daniel Solander (1733-1782), un botánico sueco, discípulo de Linneo, que trabajaba en el Museo Británico cuando fue contratado por Joseph Banks para la expedición del Endeavour. Durante los seis meses de 1768 que pasó en Nueva Zelanda recolectó y describió gran número de especies de plantas. Entre ellas nombró al Metrosideros excelsa¹, de la familia Mirtácea. El nombre genérico Metrosideros deriva de las palabras griegas “metra”, acuñada por Teofrasto para designar el interior del tronco, y “sideros”, hierro; de esta forma describía los árboles que tienen el corazón (duramen) del tronco con la dureza y el color del hierro. De la misma época se conserva en el Museo de Historia Natural de Londres una acuarela de Sydney Parkinson, artista a bordo del Endeavour, con la primera iconografía de metrosidero que se pudo ver en el hemisferio norte. Así, este árbol “corazón de hierro” adquirió nombre e imagen para incorporarse a la cultura y al imaginario europeos en el siglo XVIII.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Acuarela de Metrosideros excelsa por Sydney Parkinson.

Flor_metrosideroPero antes que los europeos, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace 700 años, desde la Polinesia. En la nueva tierra aprendieron a utilizar la madera y las propiedades medicinales del metrosidero y lo incorporaron a sus leyendas y tradiciones. Más poéticos que los botánicos europeos, lo llamaron pohutukawa, que viene a significar “árbol con adornos rojos que crece junto al mar”. Para este pueblo navegante tenía un gran significado simbólico como el primer árbol que veían al llegar a la costa, y el último en las despedidas. Sus llamativas flores rojas en realidad son inflorescencias, que tienen una media de 14 flores, cada una con cerca de 30 estambres muy largos (entre 2,0 a 3,7 cm) y de color carmesí o escarlata ².

Según la mitología maorí el joven héroe Tawhaki subió a los cielos para buscar ayuda y vengar la muerte de su padre, pero fue fulminado, cayó a la tierra y su sangre se esparció cubriendo de rojo los pohutukawas. Sangre de héroe convertida en flor.

En el extremo norte de la isla, en el Cabo Reinga (que significa “inframundo”), un viejo pohutukawa de unos 800 años es venerado por los maoríes como el lugar donde los espíritus de los muertos llegan desde todos los lugares de la isla para deslizarse por sus raíces a las profundidades bajo el mar y viajar hasta su tierra ancestral Hawaiki. Árbol como puerta al más allá.

Los primeros colonos europeos también utilizaron el pohutukawa para sus rituales y tradiciones espirituales. Con sus ramas siempreverdes adornaban las casas e iglesias durante la Navidad y le llamaron “acebo de las antípodas”. Como su explosiva y colorista floración carmesí coincide con el solsticio de verano austral (diciembre) es muy popular entre los neozelandeses, que frecuentan la costa en esa época, convirtiéndose en un árbol icónico bautizado como el “Árbol de Navidad de Nueva Zelanda”.

Es un árbol con vocación marina. Tiene una estrategia pionera que le permite colonizar las rocas desnudas de la costa; produce numerosas semillas pequeñas que se dispersan por el viento, sus plántulas son tolerantes a la sequía y al spray salino. Cuando se establece en una grieta, se expande mediante las raíces adventicias que penden de sus troncos retorcidos, juntándose las copas de los árboles vecinos y formando un bosque denso e impenetrable.

Esta especie es endémica de la isla norte de Nueva Zelanda (solo se encuentra allí en estado natural). Aunque no se puede considerar como amenazada, sus bosques han sufrido una gran merma (se estima que solo queda el 10% de los originales). Las principales razones de su declive han sido la ocupación de las zonas costeras para residencias y granjas, el efecto del fuego y la introducción de herbívoros, como la zarigüeya australiana (Trichosurus vulpecula).

25-years-logo-image-squareHace 25 años comenzó una iniciativa conservacionista denominada “Proyecto Carmesí” (Project Crimson) con la misión de “hacer posible que el pohutukawa vuelva a florecer en su hábitat natural, como un icono en los corazones y las mentes de los neozelandeses”. El programa está siendo un éxito, se ha ampliado a otras especies de árboles nativos y a restaurar todo el ecosistema; incluye aspectos de investigación y de educación ambiental. Se han plantado unos 600.000 árboles nativos, con la colaboración de las comunidades locales y las escuelas. Como símbolo del cambio de mentalidad realizado en estos años, gracias en parte a este proyecto, sus impulsores se enorgullecen de que en las tarjetas navideñas de Nueva Zelanda cada vez se ven menos muñecos de nieve y en cambio más flores rojas de pohutukawa.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Diseño de tarjeta navideña por Tanya Wolfkamp.

Los metrosideros de Hércules

En La Coruña, un bosquete de jóvenes metrosideros embellece el parque escultórico de la Torre de Hércules; promontorio donde el héroe de la mitología clásica venció al gigante Gerión y allí enterró su cabeza. En ese rincón acogedor del hemisferio boreal, durante los días del solsticio de invierno, el viento y el fuerte oleaje humedecen los árboles del parque con agua salada del océano. Gotas marinas evocadoras de sus ancestros, los pohutukawas, que allá en las costas antípodas lucen su esplendor carmesí por Navidad.

¡Feliz Navidad a los lectores del blog!

Metrosideros&Torre-Hércules

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¹ La descripción de Solander quedó inédita y años más tarde, en 1788, fue recogida en la publicación del botánico alemán, Joseph Gaertner, dedicada a las semillas y frutos: De fructibus et seminibus plantarum. Academiae Carolina, Stuttgart. El nombre válido de la especie por tanto incluye a los dos autores: Metrosideros excelsa Sol. ex Gaert.

² Existe una revisión reciente sobre la biología y ecología de esta especie en su lugar de origen: Bylsma RJ, BD Clarkson y JT Efford (2014) Biological flora of New Zealand 14: Metrosideros excelsa, pohutukawa, New Zealand Christmas tree. New Zealand Journal of Botany, 52: 365-385.

Escrito por Teo, jueves 24 diciembre 2015.

Enlaces

Artículo en El País (2008) sobre el metrosidero centenario de Coruña y su relación con Nueva Zelanda

Decreto que regula el Catálogo Gallego de Árboles Singulares

Inventario del arbolado de la ciudad de La Coruña

Colección de láminas botánicas de la expedición del Endeavour en el Museo de Historia Natural de Londres

Proyecto Carmesí (Project Crimson) para la conservación de Metrosideros excelsa en Nueva Zelanda

Informe del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda sobre Metrosideros excelsa, ecología e historia (Simpson, 1994)

Mil y una historias del Jardín

Un Jardín Botánico es una fuente inagotable de historias. Cada uno de los árboles de un Jardín o Arboreto tiene su propia historia, la del árbol individual que ha vivido muchos años. También lleva en su ADN las historias de su especie, historias de linajes evolutivos antiguos o recientes, de usos tradicionales y simbología en tierras remotas o próximas.

Árboles que cuentan historias

Cuando el tren me llevó a Coimbra (Portugal) el pasado mes de junio, dejé la maleta en el hotel junto al río Mondego y subí por las callejuelas hasta la puerta del Botánico. La cancela era majestuosa, de hierro forjado con aplicaciones de bronce; y estaba abierta, sin ningún tipo de control o barrera, invitando al paseante a disfrutar de los árboles y su sombra, del frescor de las fuentes, la calma y la tranquilidad. La luz del atardecer y la temperatura suave creaban una atmósfera placentera.
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Siguiendo un ritual antiguo de cortesía, fui a visitar a los personajes más venerables del lugar, dos árboles con más de 200 años. Uno que llegó desde Extremo Oriente, el cedro del Japón, y el otro que vino de América del Sur, en Occidente, el frijolero de Indias.

CryptomeriaEl cedro japonés, sugi (en japonés) o criptomeria (Cryptomeria japonica) es el árbol nacional del Japón y se planta con frecuencia alrededor de los templos. Aunque le llaman “cedro” es de la familia Cupresácea y se parece más a las sequoias, con la corteza rojiza, fibrosa, que se deshilacha en tiras verticales. El género Cryptomeria es endémico de Japón y solo tiene una especie. Ha sido explotado desde antiguo por su madera y solo quedan algunas poblaciones naturales, pequeñas y fragmentadas, estando incluido en la Lista Roja de especies amenazadas de la IUCN. Por otra parte, las plantaciones de criptomeria se han extendido por todo el mundo, debido al valor de su madera rojiza y aromática, y también se ha plantado ampliamente como árbol ornamental, existiendo varios centenares de variedades.

La venerable criptomeria de Coimbra, con sus dos siglos de vida, sin embargo resulta joven para la esperanza de vida de su especie, más de mil años. El paraíso de las criptomerias está en la Reserva de la isla Yakushima, al sur de Japón. Las montañas de la isla gozan de un ambiente templado y muy húmedo (entre 4.000 y 10.000 mm de lluvia anual) y están cubiertas por una vegetación densa, con árboles muy viejos cubiertos de musgo. En ella abundan las criptomerias milenarias, localmente llamadas yakusugis, muchas de ellas conocidas por sus nombres propios y veneradas tradicionalmente. La más famosa es la Jōmon sugi, con un tronco de 16,4 m de circunferencia y 25 m de alta, cuya edad se ha estimado en más de 3.000 años. Su nombre evoca a la antigua cultura Jōmon, cazadores-recolectores que hacían vasijas de cerámica, de la que debió ser contemporánea. Esta atmósfera selvática, de árboles viejos, musgo y nieblas inspiró a Hayao Miyasaki (Tokio, 1941) para los escenarios de su personaje de “anime” Mononoke, la heroína del bosque. Es tan popular que uno de los senderos de la Reserva ha sido bautizado como “El bosque de la princesa Mononoke”.

A pocos metros se encuentra el frijolero de Indias (feijoeiro-da-india en portugués), eritrina, ceibo o seibo (Erythrina crista-galli), cuya semilla llegó desde Brasil, donde viven sus parientes silvestres; por tanto a unos 19.000 km de distancia de los yakusugis milenarios. Es la oportunidad que nos ofrece un Botánico, poder disfrutar en un espacio relativamente pequeño, de árboles muy diferentes que provienen de puntos muy alejados del planeta.

Este otro árbol venerable, el seibo, no puede ser más diferente de su vecina la esbelta, siempreverde criptomeria; tiene un tronco bajo, torcido y hueco, y pierde las hojas en invierno (es caducifolio). La madera ligera, porosa y de poca durabilidad se usa para tallas y molduras y para fabricar celulosa o carbón. Tiene una corteza suberosa, por lo que en Brasil lo llaman corchero (corticeira). En contraste también con el carácter relicto de la criptomeria (única especie de su género), el seibo es una de las 130 especies del género Erythrina (en la familia Fabácea), que se extiende por las zonas tropicales y subtropicales del mundo. En Sudamérica (Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) es un árbol abundante en zonas pantanosas y bosques de ribera.
ErythrinaLo más llamativo de esta especie es su floración en primavera. Los árboles se cubren de racimos de flores de color rojo carmín, que explican su nombre específico latino crista-galli (cresta de gallo) y el inglés coral tree (árbol del coral); también que se haya extendido su uso como planta ornamental en las regiones con inviernos suaves del mundo. Esta flor singular tiene además un carácter simbólico y ha sido elegida como flor nacional de Argentina y Uruguay. Estará para siempre unida a la triste leyenda de la valiente Anahí, quien defendiendo a su pueblo guaraní fue quemada en la hoguera y se transformó en un ceibo florido. Como dice la canción: “Anahí, tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí”.

Una vez presentados mis respetos a los ancianos, me acerqué al árbol más alto del Jardín, un Eucalyptus obliqua centenario que alcanza los 42 m. Hace 100 años los eucaliptos estaban de moda y gracias a los intercambios con el Botánico de Melbourne la colección de Coimbra llegó a contar con más de 50 especies (aunque muchas se han perdido); una pequeña muestra de las más de 700 especies del género Eucalyptus (en la familia Mirtácea). No son tan famosos como las sequoias (gimnospermas), pero los eucaliptos pueden presumir de ser las angiospermas (plantas con flores) que alcanzan mayor altura. El récord lo tiene Centurion, un magnífico ejemplar de E. regnans de Tasmania, con una edad estimada de 400 años y que llega casi a los 100 m (la última medición exacta, realizada por escaladores resultó en 99,6 m). En Tasmania existe un “Registro de Árboles Gigantes” (que superan los 85 m), con más de 100 árboles medidos y georreferenciados, la mayoría con sus nombres propios. Todos son eucaliptos y en un 90% de la especie regnans. También hay algún E. obliqua, como el Rey Fibroso (King Stringy, por su corteza fibrosa) con 86 m; el doble que el “gigante” del Jardín. Con ayuda de este Registro se quiere proteger, gestionar y promocionar los Árboles Gigantes de Tasmania, “por su reconocido significado cultural y su capacidad para inspirar respeto y asombro”.

A_bidwilliiContinué mi paseo por la alameda de los tilos hasta que un pajarillo trepando nervioso por el tronco de un árbol llamó mi atención. Era un agateador común (Certhia brachydactyla) buscando insectos y pequeñas arañas por el tronco oscuro y rugoso de una araucaria. Me acerqué y reconocí el porte columnar y las hojas triangulares, coriáceas y punzantes, verde oscuro, típicas de A. bidwillii, una de las 19 especies del género Araucaria. La familia Araucariácea es un linaje antiguo que se extendía por todo el mundo durante el Jurásico (hace 180 millones de años). La mayoría de las poblaciones actuales son relictas, fósiles vivientes, restringidas a diversos refugios en el Hemisferio Sur.

La especie A. bidwillii es endémica del NE Australia. Su característica más extraordinaria es el tamaño descomunal de sus frutos: hasta 30 cm y 10 kg, conteniendo de 50 a 100 semillas. Los árboles producen frutos cada varios años, lo que se llama “vecería” o masting (en inglés). En el Jardín, cuando llega la época de fructificación de esta gran araucaria se impide el acceso del público bajo su copa para evitar algún accidente provocado por la caída de las enormes piñas. Fue descrita como especie nueva en 1843 a partir del material llevado a Londres por el botánico inglés John C. Bidwill (1815-1853). Sin embargo, era bien conocida desde antiguo por los primeros pobladores de Australia.

Los Aborígenes llegaron a la isla hace unos 50.000 años, eran cazadores-recolectores y su supervivencia dependía del conocimiento de la naturaleza y de la autorregulación en el uso de los recursos naturales. El árbol que llamaban bunya (para nosotros Araucaria bidwillii) era sagrado para ellos. Cuando maduraban sus enormes piñas, cada 2-7 años, los custodios de las Montañas Bunya avisaban a las tribus vecinas. En el Festival Bunya, que duraba semanas a final del verano (diciembre-marzo), se podían reunir hasta 2.000 aborígenes de distintas tribus, algunos llegaban caminando desde varios cientos de kilómetros. Se formaban campamentos en la base de la montaña, durante el festival se respetaba una tregua en las disputas tribales y se aprovechaba para el intercambios de bienes y de información. Los custodios subían a los árboles e iban tirando las piñas maduras (hasta 50 piñas en un solo árbol). Los piñones se comían tostados o se molían para formar una pasta que era cocida en forma de pan. La dieta de la fiesta se completaba con carne de animales cazados y otros alimentos recogidos en la zona. Durante la noche se encendían fogatas y tenían lugar cantos, bailes y se contaban historias. Posiblemente estas concentraciones tribales de gran significado social y cultural, alrededor del árbol bunya y sus frutos nutritivos, tuvieron lugar durante miles de años en Australia. Sin embargo el final fue abrupto; parece que el último Festival Bunya se celebró en 1875. En solo 100 años, los colonos europeos recién llegados a la isla, expulsaron a los custodios aborígenes, talaron los bosques de bunya y los transformaron en pastos y granjas.

Afortunadamente un reducto del bosque de araucarias fue protegido en el Parque Nacional de las Montañas Bunya, con 19,493 ha. Se puede seguir admirando en su estado natural la majestuosidad de estos árboles antiguos, que para los aborígenes (supervivientes) representan un símbolo del sustento y de la confraternización en armonía. Aunque los Festivales Bunya y su vínculo material y espiritual con el bosque solo quedan en la memoria de sus antepasados.

El Jardín de las historias sin fin

El propio espacio del Jardín tiene también su historia particular. En lo que fueron huertas y jardines de los conventos de San Benito, de Santa Ana y de San José de los Marianos se fundó en 1772 el Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra. Formaba parte de la reforma universitaria emprendida por el Marqués de Pombal, primer ministro de José I, para potenciar la Historia Natural y la Medicina.

En sus 243 años de historia, el Jardín ha evolucionado al ritmo de los cambios académicos de la Universidad de Coimbra, y en general de los cambios sociales y políticos de Portugal. Una de las figuras que destaca en su historia es la del botánico Félix da Silva Avelar Brotero (1744-1828) que fue su Director durante 21 años (1791-1811). Amplió, renovó y reestructuró el Jardín, centrando sus funciones en el estudio de la botánica y la agricultura. En la entrada principal podemos ver su figura en mármol, disertando desde su sillón de catedrático, bañado por la suave luz que se filtra a través de las copas de dos ginkgos (Ginkgo biloba) machos de casi 100 años.
BroteroEl Jardín Botánico del siglo XXI debe estar en contacto con la sociedad y realizar una labor de divulgación de la ciencia botánica y de la cultura asociada a las plantas. El de Coimbra ha tenido una iniciativa ejemplar, un equipo multidisciplinar de biólogos, periodistas y comunicadores de ciencia publicaron durante 52 semanas (desde mayo 2013 a mayo 2014) sendos artículos en el Diario de Coimbra; historias sobre las plantas, la arquitectura y el paisajismo, y sobre las personas que fueron forjando el actual Jardín Botánico. Los artículos han sido recogidos en un libro titulado No Jardim há histórias sem fim (En el Jardín hay historias sin fin)¹.

El visitante que admira los árboles del Jardín, pasea por sus rincones percibiendo gratas sensaciones de aromas, colores y sonidos, puede trasladar sus impresiones y evocaciones a un poema o a una acuarela, o acaso puede escribir una entrada de blog o colgar una foto en Instagram. Habrá entrado a formar parte de las mil y una historias del Botánico de Coimbra.

____________________
¹ Screck Reis, C., Gonçalvez, L., Azevedo, C., Trincão, P. (2014). No Jardim há histórias sem fim. Jardim Botânico da Universidade de Coimbra e Imprensa da Universidade de Coimbra, Coimbra, Portugal.

Agradecimiento: a Carine Azevedo que me sirvió de guía y narradora de las historias del Jardín y a Daniel Montesinos que me acompañó en la trepa por las copas de los árboles de la Mata.

Escrito por Teo, jueves 22 octubre 2015.

 

Enlaces
Web del Jardín Botánico de la Universidad de Coimbra
Artículos publicados en el Diario de Coimbra sobre el Botánico
Divulgación en Facebook del Botánico de Coimbra

Cryptomeria japonica en la Lista Roja de la IUCN
Árbol milenario de Cryptomeria japonica en Wikipedia
El bosque de la princesa Mononoke

El ceibo y la leyenda de Anahí

Registro de los árboles gigantes de Tasmania

Primera descripción de Araucaria bidwillii en 1843
Parque Nacional de las Montañas Bunya en Australia

Otros Jardines Botánicos y entradas relacionadas en este blog:
Botánico de Roma
Botánico de Valencia
Sobre la Araucaria cunninghamii de Sevilla

Historias de castaños

En el otoño, los paisajes oscuros siempreverdes de algunas sierras del sur de España se visten con tonalidades ocres que desvelan la presencia de los castañares. En el paisaje vegetal mediterráneo los castaños destacan como árboles singulares: tienen grandes hojas de bordes aserrados que caen en invierno; los frutos espinosos (erizos) esconden de uno a tres aquenios (castañas) sabrosos y nutritivos; la madera es de buena calidad y crecimiento rápido.
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¿De dónde vienen los castaños?

Las hipótesis evolutivas recientes proponen que los ancestros del género Castanea se originaron en los bosques del este de Asia al principio del Paleoceno (hace unos 60 millones de años). Desde allí, un linaje migró hacia el oeste, a partir del cual se diferenciaron (hace unos 43 millones de años) los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, pasaron a Norteamérica a través de un antiguo puente noratlántico y se diferenciaron los castaños americanos.

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Mapa del género Castanea con su posible ruta migratoria y evolutiva. Tomado de Lang y cols. (2007)

Las siete especies existentes del género Castanea que se distribuyen por el Hemisferio Norte son pues el resultado de un proceso lento de evolución, dispersión y diferenciación durante millones de años. Una historia apasionante que se ha podido reconstruir analizando y comparando las secuencias del ADN cloroplástico de castaños de todo el mundo¹.

La domesticación del castaño europeo

El castaño silvestre posiblemente estaba extendido por toda Europa. Durante las sucesivas glaciaciones del Pleistoceno (la última terminó hace unos 11.000 años) hubo una extinción masiva de especies arbóreas al quedar cubierto parte del continente por el hielo. Algunas poblaciones de castaño y de otras especies sobrevivieron en los llamados “refugios” del sur. Se han identificado seis posibles refugios para el castaño; los más importantes estarían en la Transcaucasia y la orilla sur del Mar Negro, las penínsulas de Grecia e Italia, y en Iberia la Cordillera Cantábrica, Galicia y norte de Portugal.

Las primeras evidencias del cultivo del castaño son de hace 3.700 años en la península de Anatolia (Turquía). Durante la época griega, Teofrasto (siglo III-IV a.C.) mencionó la utilidad del castaño para la producción de madera y carbón en su obra “Historia de las Plantas”. Las técnicas griegas para la domesticación del castaño pasaron a la cultura latina y fueron aplicadas en Italia, posiblemente en castaños silvestres nativos (se han encontrado diferencias genéticas entre los castaños griegos e italianos). Desde Italia el cultivo del castaño se expandió a todas las regiones ocupadas por el Imperio Romano, incluidas las Islas Británicas. El agrónomo romano Columela (nacido en Gades, Cádiz, el año 4 d.C.) en su obra De re rustica (“Los trabajos del campo”) destacaba las cualidades de la madera de castaño para los postes que soportaban las viñas. Parece que tanto para griegos como para romanos el uso principal del castaño era la producción de madera y solo secundariamente las castañas para alimentación ².

La producción de castañas tuvo su apogeo en Europa occidental durante la época medieval (siglos XI a XVI). Para muchos pueblos de zonas montañosas constituía la principal fuente de hidratos de carbono, el llamado “pan del bosque”.

Castaños con historias

Los árboles grandes y viejos inspiran sentimientos de veneración, respeto y admiración. Es frecuente que tengan asociadas historias y leyendas sobre eventos singulares protagonizados por personajes notables, de la realeza o santos. Viajemos a Sicilia, a Londres y a la sierra de Málaga para visitar tres castaños singulares con interesantes historias.

El Castaño de los Cien Caballos es un árbol magnífico que vive en las laderas del Etna, en Sicilia (Italia). Según la leyenda, cuando la reina Juana de Trastámara (1454-1517), Infanta de Aragón, Reina de Nápoles y hermana menor de Fernando el Católico, visitaba aquellas tierras fue sorprendida por una tormenta y se refugió con su séquito de 100 caballeros bajo la copa de este inmenso castaño. En otras versiones de la leyenda la reina es Juana I de Nápoles (1326-1382) o Isabel de Inglaterra (1214-1241), casada con Federico II de Sicilia. Todas las historias coinciden en que era una reina con un séquito de 100 caballeros que buscaron protección bajo la amplia copa del castaño.

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

Castaño de los Cien Caballos por JP Houël (Museo del Louvre).

 Cuando en 1780 se midió su perímetro de tronco alcanzaba los 58 m., todo un récord (recogido en la lista Guinness). Unos años antes (1777) fue retratado por el artista y viajero Jean Pierre Houël ³; se puede observar en la obra que existía un cobertizo construido en su interior. Actualmente sobreviven cuatro troncos (el mayor con 22 cm. de perímetro) que rodean un gran centro hueco. Se estima su edad entre 2.000 y 4.000 años, aunque probablemente no supere los 2.500 años. Situado a tan solo 8 km. del cráter del Etna es un milagro que haya sobrevivido tanto tiempo a pesar del riesgo de las erupciones y la lava volcánica; “una supervivencia milagrosa de un tiempo profundísimo” en palabras del escritor siciliano Vincenzo Consolo.

A iniciativa del Ayuntamiento de Sant´Alfio, en 2008 la UNESCO declaró al castaño “Monumento mensajero de la paz en el mundo”. Entre otros motivos porque “junto a este árbol uno siente la armonía con la naturaleza, en paz con nuestros semejantes y con el Universo (…) el ánimo encuentra su equilibrio y el cuerpo su bienestar.”

Kew_oldest_chestnutEl árbol más antiguo de los Kew Gardens, cerca de Londres (Inglaterra), es un castaño. Cuando visité en marzo 2011 este Jardín Botánico, mientras admiraba otros árboles más vistosos reparé en su tronco grueso, de 8,4 m. de perímetro. Estaba todavía sin hojas y no sabía muy bien qué especie de árbol era hasta que leí en el cartel informativo su singular historia. Posiblemente formaba parte de la avenida de los castaños (llamada Love Lane, camino del amor) plantados sobre 1730 en los jardines de la reina Carolina de Brandeburgo-Ansbach, consorte de Jorge II. En Inglaterra lo llaman “castaño dulce” o “castaño español” (Spanish chestnut) porque eran importados principalmente desde España.

El Castaño Santo se encuentra en un lugar remoto de las sierras de Málaga (España). Es un ejemplar singular con más de 14 m. de perímetro de tronco (21 m. si se mide en la base) y una edad estimada de 800 años.

Algunas historias refieren que su nombre se debe a que cerca del árbol habitaba un ermitaño, y sería por tanto el “castaño del santo”. Sin embargo, la leyenda más extendida cuenta que bajo este árbol se celebró en 1501 una misa, en la que el rey Fernando el Católico (1479-1516) y su ejército pidieron la bendición antes de la batalla por la conquista de Marbella. Según otras versiones fue Luis Ponce de León, duque de Arcos (1528-1573), quien bajo este castaño asistió a una misa de acción de gracias tras aplacar las revueltas de los moriscos. El carácter de “templo” natural donde los guerreros rezaron y agradecieron la victoria contra los infieles le daría el apelativo de “santo”.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

Cartel turístico en Istán con la localización (Nº 8) del Castaño Santo.

En el siglo XXI el Castaño Santo es motivo de atracción turística en el cercano pueblo de Istán, aunque no es fácil llegar, hay que recorrer más de 30 kms de pista forestal. Este espléndido castaño está catalogado en la lista de árboles singulares de la provincia de Málaga, pero se halla en una finca particular y no cuenta con ningún tipo de protección especial; parece que ha sido propuesto como “Monumento Natural”.

Cuando lo visitamos en diciembre 2011 sus raíces descalzadas habían sido cubiertas con tierra y piedras para protegerlas en la zona erosionada de la pendiente, además un letrero pedía que se respetara el árbol durante la visita. Era un día de final de otoño, estuvimos sentados junto al árbol prácticamente solos, se podía sentir esa paz y esa armonía que infunde un árbol centenario.

Que se llame “castaño santo” no significa que haya tenido o tenga un significado sagrado para la población local. A pesar de que en la web “Monumental Trees” lo hayan traducido como “Castaño sagrado”. No podía ser un árbol sagrado porque la iglesia católica no lo hubiera permitido; algún San Bonifacio local lo hubiera talado y quemado como símbolo pagano.

Castaño_Santo_Istán_dic2011

Posiblemente la historia de la misa, la guerra contra los infieles y el apelativo de “santo” lo haya salvado de la tala y la quema en esos largos 800 años. De hecho, es muy difícil encontrar árboles viejos, “milagrosos supervivientes de los tiempos profundos” (como diría Consolo), en el sur de España. En ese sentido, se puede considerar “santo” porque realmente es un milagro que haya sobrevivido hasta nuestros días. Y gracias a ese milagro podemos imaginar cómo serían los castaños salvajes, viejas moles de madera que morían de muerte natural, en aquellos bosques primigenios del Mediterráneo.

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¹ Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.
² Conedera, M., Krebs, P., Tinner, W., Pradella, M. y Torriani, D. (2004). The cultivation of Castanea sativa (Mill.) in Europe, from its origin to its diffusion on a continental scale. Vegetation History and Archaeobotany, 13: 161-179.
³ Jean-Pierre Houël (1782). Voyage pittoresque des Isles de Sicile, de Malte et de Lipari. Paris.

 

Escrito por Teo, jueves 18 de diciembre 2014.

 

Enlaces
Ficha del Castaño de los Cien Caballos (Sicilia, Italia) en la web Monumental Trees
Ficha del castaño del Jardín Botánico Kew en la web Monumental Trees
Ficha del Castaño Santo de Istán en la web Monumental Trees
Página web del ayuntamiento de Sant’ Alfio (Italia) sobre el Castaño de los Cien Caballos
Página web del Ayuntamiento de Istán (España) sobre el Castaño Santo
Castaño Santo en el Catálogo de árboles singulares de la provincia de Málaga
Leyenda de San Bonifacio en el post Siempreverdes en Navidad

Botánico de Roma

Los árboles han sido buscados, talados y utilizados para diversos fines (construcción, combustible, navegación) durante la expansión de la especie humana, produciendo una deforestación masiva de amplias zonas del planeta. La cuenca mediterránea, cuna de civilizaciones milenarias, ha sufrido de manera especial ese proceso de deforestación que siempre acompaña al desarrollo humano.

Para un “buscador de árboles” entrar en un arboreto o jardín botánico es tener la oportunidad de conocer a esas criaturas magnánimas que tanto nos han dado y que allí encuentran su refugio. En unas cuantas hectáreas de terreno podemos mirar, tocar y oler árboles que proceden de lugares remotos y que cuentan variadas historias evolutivas y culturales. La solución perfecta para “las personas de imaginación aventurera pero de carácter perezoso”, que escribía Muñoz Molina, o sin suficientes recursos económicos para los viajes exóticos, añado yo.

En mi última visita a Roma el pasado mes de noviembre, para participar en la reunión final del proyecto EnvEurope, tuve la ocasión de acercarme al Orto Botanico. Es un jardín relativamente pequeño (unas 12 hectáreas), cuando se compara con los grandes parques botánicos como Kew (132 ha) en Inglaterra, Kirstenbosch (528 ha) en Sudáfrica o Cienfuegos (97 ha) en Cuba, por citar solo algunos. Sin embargo, tiene el encanto de los jardines históricos que forman parte de una ciudad y conservan ornamentos de su pasado palaciego.

Estos jardines formaban parte del palacio construido en el siglo XV por el cardenal Riario. Tuvo como huésped ilustre a la Reina Cristina de Suecia quien, después de abdicar al trono en 1654 y convertirse al catolicismo (la religión de sus enemigos en la Guerra de los Treinta Años), se expatrió a Roma donde tuvo una intensa actividad como mecenas cultural, fundando la Academia de la Arcadia. Todavía se conservan en el actual Jardín Botánico algunas piezas procedentes de su colección de antigüedades. En el siglo XVIII fue comprado por el cardenal Corsini y bajo su encargo el arquitecto Fernando Fuga remodeló el palacio y los jardines dándoles la imagen barroca actual. Por último, en 1883 el Estado compró el conjunto, cediendo los jardines a la Universidad de Roma para organizar el Orto Botanico, mientras que el palacio lo convirtió en la Galería Nacional de Arte Antiguo.

Quercus suber L.

Quercus suber L.

Visité el jardín un miércoles de otoño por la mañana y estaba prácticamente solo en ese refugio de placer. Me dediqué a pasear y admirar los árboles; les preguntaba por sus lugares de origen, sus rasgos biológicos y sus virtudes para los humanos. Atravesé el paseo de las palmeras, pasé junto a la fuente de los tritones y llegué a un poderoso alcornoque (Quercus suber) con un tronco de más de 5 metros de circunferencia ¹. He visto muchos alcornoques por mi tierra pero no había visto ninguno tan alto y majestuoso. Estaba adornado por una compañera inusual, la trepadora americana Campsis radicans (familia Bignoniaceae), emparejados por el capricho del jardinero. El alcornoque es un árbol mediterráneo bien conocido en España, donde se extraen cada año unas 60.000 toneladas de corcho (el 25% de la producción mundial). Este preciado producto se utiliza principalmente en la fabricación de los tapones de botellas de vino. La corteza del tronco se “pela” cada 9-10 años y el árbol la renueva, pero acorta su vida.

Muy cerca de allí, en el invernadero Corsini, había dos bañeras de mármol usadas actualmente como maceteros que recordaban a su antigua dueña, la reina Cristina de Suecia, quien paseó por estos jardines hace más de tres siglos.

Subiendo por la colina, la masa oscura de la colección de gimnospermas perennifolias destacaba en el aspecto general de bosque otoñal del jardín. Pero un árbol daba la nota entre los demás con sus hojas anchas que comenzaban a amarillear. ¡Qué extraño! Me acerqué y efectivamente era un árbol extraño y peculiar, el ginkgo (Ginkgo biloba). Además era una hembra que estaba cargada de frutos (en esta especie dioica las flores machos y hembras están en árboles separados). En el suelo se mezclaban las hojas caídas, los frutos y restos de semillas abiertas por algún depredador.

Ginkgo biloba L.

Ginkgo biloba L.

El ginkgo es un fósil viviente, es decir un árbol primitivo que apenas ha cambiado su aspecto en los últimos 200 millones años. Existen muy pocos ejemplares en su hábitat natural, en las montañas de China, pero se ha plantado en casi todo el mundo por la singularidad y elegancia de sus hojas palmeadas que se vuelven amarillas en otoño. Los primeros ginkgos que llegaron a Europa se plantaron en el siglo XVIII, posiblemente en los Países Bajos. Esta hermosa “ginkga” de Roma debe ser de finales del XIX cuando el jardín palaciego se convirtió en jardín botánico. En China se comercializan las semillas comestibles de ginkgo y en occidente se ha extendido el uso de los extractos de hojas como estimulante de la memoria.

Justo al lado del ginkgo se elevaba la masa oscura de una Torreya grandis (familia Taxaceae), con un tronco de 4,6 m de circunferencia. Este árbol es endémico del sureste de China donde es utilizado por su madera, se consumen las semillas (no son tóxicas, a diferencia de las del tejo) y se produce un aceite de sus arilos (cobertura carnosa de la semilla). Sin embargo no fue conocido en Europa hasta el siglo XIX cuando el “cazador de plantas” Robert Fortune compró algunas semillas en China y las envió a Inglaterra. Este botánico se haría famoso más tarde por robar los secretos del cultivo y la manufactura del té en China e introducirlos en la India, entonces bajo el dominio británico.

El silencio y la soledad del jardín se rompió con un bullicio de voces y risas infantiles. Me acerqué a la escalinata dieciochesca y, manteniendo una distancia prudencial, estuve observando cómo un grupo escolar atendía las indicaciones del maestro que les señalaba dos plátanos centenarios, situados a ambos lados. Terminada la breve disertación, subieron corriendo y alborotando por las escaleras hacia la parte alta del jardín.

Platanus_childrenVolvió el silencio y subí entonces por las escalinatas para acercarme a los plátanos. Un cartel explicaba que la “Fuente de los 11 chorros” fue construida por Fernando Fuga a mediados del siglo XVIII y la cascada-escalera aprovecha el desnivel de la colina del Gianicolo. Cuando en 1883 el Estado compró el jardín y lo convirtió en Botánico, conservó la fuente, la escalinata y los dos plátanos centenarios que la escoltan; ahora son un elemento singular del patrimonio natural del jardín.

Los plátanos orientales (Platanus orientalis) son autóctonos del mediterráneo oriental; recordaba haberlos visto en los bosques de ribera en las montañas de Sicilia. Sin embargo, el plátano de sombra que se planta normalmente en las ciudades y que es tan común en las calles de Sevilla, es un híbrido (Platanus x hispanica) de este plátano oriental mediterráneo y del plátano occidental americano.

El plátano del lado norte de la escalera tiene un grueso tronco de unos 6,5 m de circunferencia. Estaba casi desprovisto de hojas. Buscando una perspectiva adecuada para capturar una imagen que diera idea de la monumentalidad del árbol, me fijé en una pareja de ánades reales (Anas platyrhynchos) que me miraban inmóviles desde un pequeño estanque casi al pie del mismo árbol. Procuré alejarme para no molestarlos y seguí mi camino. En este refugio de árboles, en el corazón de Roma, también encuentra su hábitat una fauna variada.

En mi paseo por el jardín había visto diversas aves: un agateador (Certhia brachydactyla) trepando nervioso por un tronco, un petirrojo (Erithacus rubecula) que me miraba curioso desde su rama, los bandos de gritonas cotorras (Myiopsitta monachus), que posiblemente eran las responsables de los restos de semillas de ginkgo comidas en el suelo, y que se han convertido en una plaga en muchas ciudades europeas, un pito real (Picus viridis) que voló veloz al acercarme dejando una estela verde, y las omnipresentes cornejas cenicientas (Corvus cornix).

Desde la parte alta del jardín, en la colina del Gianicolo, se divisan las cúpulas de las iglesias de Roma sobre las copas de los árboles. Una visión espléndida, privilegiada. Estás en la ciudad pero a la vez fuera, en una isla de verdor y silencio.

Roma_view

De pronto, un terrible estruendo me sobresaltó. Las aves, cotorras, cornejas y palomas volaron aterrorizadas por la explosión. Recupero el ritmo cardíaco después del susto, miro el reloj, son las 12 en punto, sonrío. Al momento me viene el recuerdo de cuando vivía en el Trastévere y me llegué a acostumbrar al cañonazo que marca la hora del mediodía. Según cuentan, esta absurda contaminación acústica data de 1847 cuando el papa Pío Nono ordenó que un cañonazo a las 12 sirviera para ajustar el horario de las campanas de las iglesias de Roma.

Repuesto del sobresalto continué mi amable paseo por la parte alta del jardín. Hacia el norte está la zona del jardín japonés, con sus puentes, cursos de agua, linternas de piedra y un coqueto pabellón cubierto al estilo japonés, que ese día estaba desierto. Los pequeños arces japoneses (Acer palmatum) estaban cuajados de sámaras y lucían sus hojas palmeadas, rojas, prestas a caer.

Descendí por el sendero junto al campo de bambúes y llegué hasta un árbol de tronco grande y rugoso, con una copa baja, hojas pequeñas y ramitas terminadas en espinas. Busqué la etiqueta con el nombre pero no la encontré. Una de las frustraciones de este jardín botánico es que faltan muchas etiquetas y no es posible identificar todos los árboles. Sospecho que se trata del Schinus polygamus (familia Anacardiaceae) que Fratus recogió en su lista de árboles monumentales, con un tronco de más de 4 m de circunferencia. Es nativo de Sudamérica, donde lo llaman huingán, molle o boroco; con sus frutos se prepara una chicha o aguardiente.

Zelkova sinica Schneid.

Zelkova sinica Schneid.

Si tuviera que elegir un árbol de este jardín por la belleza de su tronco, sin  duda sería la “zelkova” de China (Zelkova sinica, familia Ulmaceae). Su corteza gris suave se exfolia en parches de un naranja intenso que confieren gran vistosidad al tronco. El género Zelkova es un relicto del Terciario con seis  especies distribuidas en dos áreas: el suroeste de Eurasia (Creta, Sicilia y Cáucaso) y el este de Asia (China, Corea y Japón). Son árboles adaptados a las condiciones húmedas y cálidas del Terciario que fueron diezmados por los cambios climáticos y ambientales. En el 2010 ha comenzado un plan internacional de conservación del género Zelkova, auspiciado, entre otros organismos, por la red Internacional de Conservación de los Jardines Botánicos (BGCI, del inglés Botanical Gardens Conservation International).

En dirección a la salida, casi escondido detrás de un seto, encontré al alcanforero Cinnamomum camphora (familia Lauraceae). Es un árbol robusto, con un tronco de más de 5 m de circunferencia que se bifurca desde casi la base. Esta especie es nativa del este de Asia (China, Corea, Japón y Vietnam), aunque ha sido plantada por todo el mundo. Recordaba la primera vez que vi un alcanforero, en el arboreto del Campus de Dehradun (India). Fui allí en 2003 a un congreso y a la vuelta me traje algunas semillas; aún conservo en mi terraza un pequeño alcanforero, que ya tiene 10 años y apenas levanta 1,5 metros del suelo de la maceta. Me gusta coger sus hojas senescentes y estrujarlas para aspirar su aroma expectorante. El alcanfor es el compuesto químico (tipo terpenoide) que abunda en su madera y sus hojas; se extrae por destilación. En Asia se usa ampliamente en medicina tradicional, como repelente de insectos, para aromatizar dulces y en rituales religiosos.

Salí del jardín embriagado por mis paseos y mis conversaciones con esos árboles magníficos que cuentan historias maravillosas de lugares remotos: el ginkgo y la zelkova de China, el alcanforero de la India, el alcornoque y el plátano del Mediterráneo, el arce del Japón y el huingán de Chile. Agradecido a la ciudad de Roma por crear y mantener este jardín botánico e histórico, que es al mismo tiempo un “lugar de investigación y de recreo, parque público y laboratorio, espacio de retiro y centro de enseñanza” (en palabras de Muñoz Molina).

Traspasada la verja del refugio protector, me encuentro entre las callejuelas del animado y bullicioso barrio del Trastévere. Me detengo en una trattoria y pido una penne al boscaiolo acompañada de una birra Peroni para reponer fuerzas después de la deliciosa giornata en el Botánico de Roma.
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¹ Inventario de árboles monumentales del Orto Botanico de Roma por Tiziano Fratus (14 febrero 2011).
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Nombre de la especie y circunferencia del
tronco en metros (medida a 1,3 m de altura)
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Platanus orientalis                                 6,5
Casuarina cunninghamiana                 5,5
Quercus suber                                        5,4
Cinnamomum camphora                      5,2
Pterocarya fraxinifolia                           4,7
Torreya grandis                                      4,7
Schinus polygamus                                4,4
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Escrito por Teo, 30 enero 2014.

Fuentes

Web oficial del Jardín Botánico, Universidad de Roma
Inventarios de árboles monumentales de Roma por Tiziano Fratus
Artículo de Antonio Muñoz Molina sobre los jardines botánicos