La sombra del ciprés

En un pequeño pueblo de la vieja China, a orillas del río Yangtsé, vivía un comerciante de especias llamado Li, conocido por su mal carácter y su falta de generosidad. Además de la tienda de especias, poseía una casa junto a la carretera del pueblo que compartía con su esposa y dos fieros perros. Fuera de la casa, en el borde de la carretera, se alzaba un ciprés grande y viejo que, según decía Li, había sido plantado por su bisabuelo. El espléndido árbol protegía del sol a la casa todo el año y en las cálidas tardes de verano daba una estupenda sombra a la sala de estar; el comerciante estaba orgulloso de él.

Un día al salir de casa, Li encontró a un andrajoso vendedor ambulante dormitando bajo el gran ciprés y se enfadó tanto que zarandeó al hombre y lo amenazó con echarle a sus perros si no se marchaba enseguida. El buhonero, que creía que los árboles eran de todo el mundo, y desconcertado por el brusco despertar, se defendió replicando que el ciprés estaba en espacio público. Pero Li, aun admitiéndolo, le gritó que el árbol era suyo y que nadie más que él podía disfrutarlo. Ante el aspecto feroz de los perros el vendedor ambulante recogió sus cosas y se alejó maldiciendo.

Unos días más tarde el buhonero pasó otra vez por allí y se detuvo un momento junto al ciprés recordando el humillante episodio. Entonces el árbol le susurró algo al oído, cosa que le sorprendió y le agradó pues se marchó con semblante complacido. Un tiempo después, cuando Li volvía de su tienda se encontró de nuevo al andrajoso vendedor durmiendo bajo el gran ciprés. El comerciante de especias, enojadísimo, volvió a echarlo de allí. Pero esta vez el buhonero tenía una propuesta que hacerle: quería comprar la sombra de su árbol por nada menos que veinticinco monedas de oro. Li nunca había oído que nadie hubiera comprado antes la sombra de un árbol pero movido por su codicia en seguida aceptó y cerraron el trato, no sin antes registrarlo por escrito ante un notario. Li se sentía muy contento con su dinero, y el vendedor ambulante muy feliz con la sombra del ciprés.

Detalle de la ilustración de Helen Cann.

Detalle de la ilustración de Helen Cann.

A partir de ese momento, el buhonero venía todos los días a disfrutar de la sombra del árbol. Un día muy caluroso de verano vino acompañado de unos amigos con ropas andrajosas como las suyas, y se pusieron a jugar a las cartas bajo el árbol. Por la tarde, la sombra del ciprés se proyectó sobre la sala de estar de la casa de Li y en ella se metieron los hombres a seguir su partida de cartas. Al verlos tan campantes en su salón, la mujer del comerciante rápidamente mandó llamar a su marido a la tienda. Cuando Li llegó se puso hecho una furia y trató de echarlos de la casa acusándolos de granujas. Entonces el mercader ambulante sacó el contrato de compra-venta y le recordó que la sombra del árbol era suya, estuviera donde estuviera. Mientras defendía su derecho a la sombra, los amigos contenían las risas. Li, con la rabia quemándole el pecho, fue a ver al notario y este le confirmó que el buhonero tenía toda la razón según rezaba en el contrato firmado.

Entonces el desesperado comerciante de especias volvió a la casa y le propuso al buhonero comprar la sombra del árbol por cincuenta monedas de oro. Pero este le pidió doscientas. Li consideró el precio un robo y se enfureció aún más de lo que ya estaba, pero a pesar de ello sacó una bolsa de su bolsillo y le dio las doscientas monedas para librarse definitivamente del fastidioso buhonero.

El vendedor ambulante montó una casa de té con el dinero de la sombra del ciprés y le fue muy bien el resto de su vida. Li, sin embargo, se arruinó y su mujer le abandonó; se quedó solo, con la única compañía de sus perros. Pero nunca más se opuso a que alguien disfrutara de la sombra del ciprés.

Este cuento chino lo encontré entre las Historias de Árboles Mágicos de todo el Mundo*; trata sobre el beneficio de la sombra de los árboles, uno de los regalos más comunes, aprovechados y apreciados de cuantos nos dan esos amables gigantes. En una entrada anterior del blog, titulada Buena Sombra, exploré el sugerente tema de la sombra de los árboles desde diferentes perspectivas y lo continúo ahora con este ingenioso cuento.

La sombra del ciprés es una historia realista, aparentemente. Narra el conflicto entre dos hombres por la propiedad y el disfrute de la sombra de un árbol. Sin embargo, introduce lo fantástico aunque de una forma tan sutil que apenas es perceptible: el árbol susurra una idea (ocultada al lector) al oído del vendedor ambulante ofendido. Es un pequeño momento mágico en un argumento realista pero de total trascendencia en los hechos. El buhonero, imaginamos que siguiendo el plan sugerido por el viejo ciprés, burla al comerciante de especias motivando su codicia. El genio del árbol parece castigar así al comerciante por impedir disfrutar de su sombra a los demás, esa sombra que tan generosamente y sin distinción brindan los árboles a todas las criaturas vivientes. En verdad es un duro castigo para el egoísta comerciante de especias pero le sirve de escarmiento y ya nunca prohíbe a nadie refugiarse en la fresca sombra del árbol. El gran ciprés del cuento consigue su objetivo, que su provechosa sombra sea disfrutada por todos. Y a nosotros los lectores nos enseña una moraleja: que la sombra de un árbol no tiene precio.

El cuento del ciprés sin duda se presta a otras lecturas. Rina Singh, la redactora del libro, afirma que este cuento trata de la creencia universal en que los árboles pertenecen a todo el mundo. Quienes amamos a los árboles y a toda la naturaleza desde luego lo sentimos así. Pero existe la propiedad privada y los sentimientos de dominio y posesión de la naturaleza. En el cuento chino se presenta de forma explícita que el buhonero “creía que los árboles pertenecían a todos“ y también que el ciprés al estar en una carretera, en un espacio público, era de dominio de todos los transeúntes. En un viaje a Finlandia me enteré que en ese país, aun existiendo la propiedad privada, todos sus habitantes tienen derecho a disfrutar de los beneficios naturales de los bosques, siempre sin molestar a los propietarios, y pueden libremente, por ejemplo, dar un paseo, acampar o recoger arándanos silvestres. Me pareció admirable. Pero esa es otra historia.

Los cuentos, la literatura y el arte, revelan lo invisible, la esencia, la magia de los árboles. Una manera de convocar esa magia bien podría ser leer este cuento a la sombra de un ciprés, quizás nos susurre algo maravilloso al oído.

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* Este texto es una versión abreviada del cuento El Ciprés adaptado por Rina Singh y basado en Tales from Old China de Isabelle Chin Chang (Norton, Nueva York, 1969). Está incluido en el libro El Bosque de Cuentos. Historias de Árboles Mágicos de todo el Mundo, traducido del inglés por Fina Marfà y editado por Intermón Oxfam ediciones, en Barcelona, 2007, con ilustraciones de Helen Cann.

Escrito por Rosa, jueves 28 de agosto de 2014.


El Bosque de Cuentos
en la editorial Intermón-Oxfam.
Entrada sobre la Buena Sombra, en este blog.
Entrada sobre la web de cuentos El espíritu de los árboles, en este blog.

Acacias viajeras

El viaje cambia al viajero, pero a su vez el viajero puede hacer que cambie el lugar que visita. Si quiere ser respetuoso con la naturaleza, intentará seguir la máxima “llévate solo los recuerdos en tu memoria, deja únicamente la huella de tus pies”, atribuida al jefe Seattle. Los viajeros dejan muchos tipos de huellas.

Hace aproximadamente 1,4 millones de años un ave marina, posiblemente un tipo de petrel, que anidaba en las colonias que cubrían las laderas de una isla volcánica del Océano Pacífico partía en su viaje de migración anual. Por alguna razón, perdió el rumbo y después de un largo viaje de 18.000 km fue a posarse en otra isla volcánica, pero del Océano Índico. Poco más sabemos de ese ave viajera desorientada, pero sí sabemos (o inferimos) que dejó una huella patente de su visita.
mapa acaciasAlguna de las miles de semillas que anualmente produce una acacia de las islas del Pacífico y que seguramente abundaban en aquella zona de cría, viajó como polizón con el petrel. Pudo viajar adherida al barro en las patas o en el interior del aparato digestivo. La cuestión es que después del largo viaje se encontró en la isla volcánica del Índico, también de clima tropical, semejante a su patria original, pero lejos, muy lejos de sus parientes. En esa pequeña masa de unos 60 mg, la semilla, viajaba un proyecto de vida. La semilla de acacia germinó, creció entre las otras plantas extrañas de la nueva isla, y después de unos 5-10 años empezó a florecer. Al tener flores hermafroditas y autocompatibles (que pueden auto-fertilizarse) empezó a producir nueva semillas y a extender su progenie por la isla.

Pasaron miles de años, más de un millón de años, la isla del Índico donde se instaló la acacia viajera empezó a ser visitada por seres humanos. Primero fueron visitas esporádicas de marineros. Los árabes la llamaron Isla del Oeste (Dina Morgabin), los portugueses Santa Apolonia, los ingleses Bosque de Inglaterra (England’s forest) y por fin los franceses establecieron en el siglo XVII una colonia permanente, como parte de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Los avatares históricos de la metrópolis francesa se reflejaron en los sucesivos nombres de la isla: Borbón, Reunión, Bonaparte y de nuevo Reunión. Las acacias, que formaban entonces bosques densos, fueron llamadas “tamarindos de las zonas altas” y explotadas para la construcción naval y la ebanistería. En 1783 el naturalista francés Juan Bautista Lamarck la nombró Mimosa heterophylla, porque tiene hojas de dos tipos, las más jóvenes con foliolos y las más viejas son filodios o tallos aplanados. Más tarde sería agrupada con las demás acacias, con su nombre actual Acacia heterophylla.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Hojas de dos tipos en A. melanoxylon.

Mientras, en las isla lejanas del Pacífico, donde quedaron sus parientes, los primeros pobladores humanos llegaron más temprano, posiblemente entre los siglos IV y IX, desde la Polinesia. El primer contacto con europeos fue la visita del capitán Cook en 1778, que las llamó Islas Sandwich. En 1959 fueron anexionadas por los Estados Unidos con el nombre de Hawái. En cuanto a los ascendientes de la acacias viajeras, fueron descritos y nombrados por el botánico norteamericano Asa Gray en 1854 como Acacia koa, con el epíteto “koa” que en hawaiano significa audaz y valiente.

Durante años, los botánicos estuvieron intrigados porque las dos especies de acacia eran prácticamente idénticas, pero vivían en islas remotas y muy lejanas entre sí. En 2014, gracias a las nuevas técnicas de biología molecular se ha comprobado que, efectivamente, son muy parecidas genéticamente. Todas las poblaciones estudiadas en la isla Reunión pertenecen a una sola forma genética, un haplotipo de DNA cloroplástico que es muy parecido a uno de los nueve tipos encontrados en Hawái. Es decir, la hipótesis más plausible es que la acacias de Reunión provienen de ancestros de Hawái. Además, utilizando la estima del reloj molecular (una medida del tiempo de divergencia basada en la tasa de mutaciones) se estima que el viaje fundacional, la separación de los dos linajes, ocurrió hace aproximadamente 1,4 millones de años¹.

Fascinante historia que relaciona las dos especies isleñas de acacia. Pero ¿cómo llegaron las acacias a Hawái? Las islas volcánicas hawaianas surgieron en medio del Océano Pacífico hace unos 5 millones de años. Empezaron a ser colonizadas por plantas que llegaron dispersadas por aves, por el viento o por el mar desde las islas tropicales del Pacífico Occidental; también desde las costas de América, Asia y África. El análisis genético de parentesco (filogenia) ha mostrado que el ancestro más probable de la Acacia koa de Hawái es la acacia de madera negra (Acacia melanoxylon) del sureste de Australia.

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

Árbol genealógico de las tres especies de acacias (adaptado de Le Roux y cols. 2014)

En Sevilla se puede encontrar algún ejemplar de Acacia melanoxylon. Ahora no nos asombra que podamos disfrutar de este árbol a más de 17.000 km de su tierra de origen, en Australia. La globalización y el transporte de personas y mercancías tiene esas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes por los riesgos y las consecuencias negativas de las invasiones biológicas.

Me acerqué a la vieja acacia de madera negra que sobrevive, algo maltratada por el tráfico y los viandantes, en una esquina de la glorieta dedicada al marinero Juan Sebastián Elcano. Precisamente el viajero que completó la primera vuelta al mundo en 1522.

Observé sus pequeñas semillas que colgaban de las vainas, pendientes de un pequeño arilo rosado. Listas para viajar ayudadas por algún ave. Pienso en sus parientes que viajaron desde Australia a Hawái (7.600 km) donde se diversificaron y dieron lugar a otra especie, A. koa. Mucho después, una semilla de esta especie viajó desde Hawái a Reunión (18.000 km) y allí dejó descendencia originando a su vez una especie nueva, A. heterophylla. Viajes improbables de acacias que tuvieron lugar hace miles, millones de años.
A_melanoxylon_semilla_ariloLos eventos improbables no son imposibles, pueden llegar a ocurrir si hay tiempo suficiente.

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¹ Le Roux, J. J., Strasberg, D., Rouget, M., Morden, C. W., Koordom, M., y Richardson, D. M. (2014). Relatedness defies biogeography: the tale of two island endemics (Acacia heterophylla and A. koa). New Phytologist (publicado en línea: DOI: 10.1111/nph.12900).

Escrito por Teo, 7 agosto 2014.

Enlaces
Artículo de Le Roux y colaboradores en la revista New Phytologist
Reseña en Nature del artículo de Le Roux y cols.

Las Islas de las Especias

Oriente huele a especias. Así lo percibí en mi primer viaje al continente asiático, cuando tras salir del avión en el aeropuerto de Nueva Delhi, entré en la sala de control de pasaportes llena de gente. Me sorprendió y maravilló que el aire de aquella sala oliera a especias, estuviera cargado de aromas de especias intensos, penetrantes, envolventes. Aquel olor fue una vaporosa y cálida bienvenida, un olor evocador de misterios insondables que siempre asociaré con la India y con Oriente.

En Occidente, ahora disponemos de especias en abundancia, y baratas; sin embargo, durante siglos la mayoría de los condimentos solo se producían en algunos lugares de Asia, sobre todo en las legendarias Islas de las Especias, como se conocía a las Islas Molucas, en Indonesia. En este archipiélago del océano Pacífico, de más de seiscientas islas volcánicas, crecían fabulosos bosques de clavo, nuez moscada, pimienta y otras especias; este fantástico tesoro natural dio origen a un comercio que despertó la codicia de los gobiernos y de los buscadores de fortuna, pues generaba tanta riqueza como el oro, hasta el punto que los granos de pimienta fueron en algunas épocas aceptados como moneda de pago. Nuestra relación con las especias y con las plantas de las que proceden es un capítulo fascinante de la historia de la humanidad.

Isla Maitara desde Ternate (Molucas). Foto: Mahdy Muchammad.

Isla Maitara desde Ternate (Molucas). Foto: Mahdy Muchammad.

La ubicación de las Islas de las Especias fue un secreto bien guardado durante siglos. Probablemente hace milenios que comerciantes indios y chinos comenzaron el negocio de las especias. En la Edad Media, los árabes controlaban el comercio de especias entre Oriente y Occidente, las compraban en India y las transportaban a los puertos mediterráneos a través de la mítica Ruta de las Especias. Durante este período, para evitar la competencia de los europeos, los árabes inventaron fabulosos relatos sobre los peligros que habitaban en las tierras donde crecían los  bosques aromáticos de Oriente.

Descubrir las Islas de la Especias y poseerlas fue el sueño de muchos países y motivó audaces viajes que acabaron resultando en descubrimientos históricos. Para explorar nuevas, exclusivas y rápidas rutas hacia las Indias Orientales, a “la Especiería del mundo”, navegantes osados como Colón, Vasco de Gama, Magallanes y Elcano llevaron a cabo gestas que cambiaron el concepto del mundo: se descubrió América (las Indias Occidentales) y se dio por primera vez la vuelta a la Tierra.

En 1511 los portugueses llegaron a las Islas de las Especias, y se hicieron con el monopolio mundial del comercio. Poco después, los españoles arribaron también al archipiélago, disputándoles a los portugueses la propiedad de las Islas a lo largo del siglo XVI. Más tarde llegaron los holandeses y se hicieron con el lucrativo comercio, conservando su dominio sobre las Islas de las Especias desde comienzos del siglo XVII hasta entrado el siglo XX. Con los holandeses, el relato histórico de las especias se salpicó de dramatismo, pues para mantener el monopolio y los precios altos llevaron a cabo una política comercial y colonial agresiva y extrema, mediante la aniquilación de nativos rebeldes y la tala masiva de árboles especieros de aquellas islas que no eran de su dominio.

A pesar de que las leyes holandesas prohibían recolectar y sacar plantas de las islas, en 1770, el monje, agrónomo y botánico francés Pierre Poivre robó a escondidas semillas de clavo de olor y nuez moscada y las llevó a las Islas Mauricio en el Océano Índico, donde tras varios intentos las plantas se aclimataron y prosperaron. En vista del éxito, las introdujo también en las islas Seychelles, Reunión, así como en islas del mar Caribe. Así comenzó el cultivo de las especias fuera de las Islas Molucas y con ello el declive del monopolio mundial holandés, como consecuencia del abaratamiento de los precios y el aumento de la producción.

Entristece pensar que esas islas remotas tropicales paradisíacas, donde crecían los aromáticos árboles del clavo y la nuez moscada sobre el rico suelo de ceniza volcánica, durante esos siglos fueran el escenario de la ambición humana, invadidas por una multitud bárbara y atacada por la sed de oro, como bien expresó Joseph Conrad1:

Aquel era el viejo mar, el mar últimamente conocido por los europeos, que había perdido su infinito encanto de espejo eterno y sereno de un cielo siempre azul después que la codicia empujó a las primeras flotas de mercaderes desde las costas del mar Rojo a los países misteriosos de Oriente. El misterio que rodeaba a aquellos países había sido pronto revelado; y una multitud bárbara y atacada por la sed de oro se lanzó sobre aquellos mares poco antes desconocidos, en busca de riquezas.

El alto valor de las especias en esos tiempos se explica en parte por las dificultades de acceder a las plantas productoras de especias y, en parte, por los beneficios que aportaban a la vida humana debido a sus extraordinarias propiedades culinarias, conservantes, medicinales y cosméticas.

Especias Varias

Las especias potencian el sabor, exaltan el paladar y estimulan el apetito. Algunas incluso modifican el aspecto y el sabor de los platos; a veces enmascaran el mal sabor u olor de las comidas, lo que es muy importante en lugares cálidos tropicales, donde el calor propicia la descomposición y mal olor de los alimentos. Las especias tienen componentes químicos volátiles con propiedades antibacterianas y fungicidas que matan o inhiben el crecimiento de organismos que pudren los alimentos. En los bálsamos egipcios para conservar momias se han hallado especias, sobre todo canela y casia. Algunos aseguran que la canela y la pimienta son los mejores conservantes de alimentos, mientras que otros prefieren la cúrcuma y el clavo.

Para la medicina tradicional, las especias han sido de gran valor; por ejemplo, en la milenaria medicina india Ayurveda. Los mismos componentes químicos que aportan la cualidad conservante, las convierten en buenos remedios antibacterianos, analgésicos y dermatológicos. Se suelen administrar en infusiones, como aceites esenciales o ungüentos, a veces son masticadas directamente. Son también ingredientes valorados para la elaboración de perfumes, aportando un toque oriental exótico. Otro mérito de las especias es su poder para aromatizar el ambiente al ser quemadas como inciensos y sándalos. Así, quemándolas en los templos, se usan en ceremonias cristianas, budistas e hindúes, porque se considera que favorecen la concentración y relajación mental y la comunicación espiritual.

Cada cocina tiene sus especias. La mediterránea europea es de especias suaves, mientras Marruecos y otros países norteafricanos son más amantes de los sabores picantes  e intensos. En China, tienen el polvo de cinco especias (canela de China o Casia, clavo de olor, raíz de jengibre, anís estrellado y semillas de anís) con el que tratan de incorporar todos los sabores a los platos para equilibrar el Ying y el Yang. En México, adoran el sabor picante de los distintos chiles y la pimienta de Jamaica. Tailandia tiene preferencia también por las especias picantes, pero si hay un país de especias ese es India, donde pueden añadirle a un solo plato hasta quince especias distintas.

Las personas vitalistas suelen decir “hay que echarle un poco de pimienta a la vida”. Y es verdad que su consumo añade alegría, chispa, intensidad, exotismo, complejidad y belleza a comidas y ambientes, a la vida. Algo sutil a la vez que intenso y penetrante. La escritora india Chitra Banerjee Divakaruni ha creado un memorable personaje, la señora maestra de especias, que mejora la vida emocional de los clientes de su tienda y los ayuda a alcanzar la felicidad. Cada especia canta sus virtudes a la maestra. Esto es lo que algunas dicen: La cúrcuma, color de amanecer y sonido de caracola, la que propicia la suerte de los recién nacidos y los recién casados, amparo de los abatidos, bálsamo de los moribundos, esperanza de renacimiento. La guindilla, hija del fuego, purificadora del mal. La alholva o fenogreco, que devuelve al cuerpo la frescura y lo deja preparado para el amor2. Ojalá fuera cierto.

La verdadera magia de las especias está en la fuerza de su aroma. Un aroma que proviene de plantas. Aunque estamos acostumbrados a manejarlas en la cocina, olerlas, saborearlas y sentir sus efectos en nuestro ánimo, solemos saber poco o nada de las plantas aromáticas que las producen.

Lámina Anís EstrelladoHay un grupo de especias, entre ellas algunas de las más utilizadas y apreciadas, que provienen de árboles, pero estos apenas son conocidos, son verdaderos árboles invisibles. La canela, por ejemplo, se extrae de la corteza interna de las ramas del árbol Cinnamomum verum (familia Laurácea), originario de Sri Lanka; el clavo de olor es el botón floral seco del árbol Syzygium aromaticum (familia Mirtácea), nativo de las Islas de las Especias; el anís estrellado, también conocido como anís chino o badiana, es el fruto antes de madurar del árbol perenne Illicium verum (Familia Illiácea), oriundo del sur de China; la nuez moscada es la semilla del árbol Myristica fragans (Familia Miristicácea), original de las Islas de las Especias, árbol que también proporciona la especia macis, de la envoltura de su semilla. También provienen de árboles la pimienta de Jamaica, la pimienta rosa o la casia. No son árboles pero crecen en bosques la pimienta negra, blanca y verde, que es el fruto de una trepadora perenne, y la vainilla, que es el fruto de una orquídea epífita. Todos ellos son vegetales fragantes, aromáticos, olorosos, que viven del sol, la tierra, el agua y el aire, y refugian y alimentan a pájaros, insectos y otras criaturas silvestres.

La canela y el clavo son aromas de mi infancia, de los postres caseros, del arroz con leche y la compota de membrillo que tanto perfumaban la casa. Esas especias junto con otras están en mi cocina. Me gusta añadirlas a platos salados y dulces y también a mis tés. En reconocimiento al placer y felicidad que los árboles como el clavo y la canela nos han proporcionado por tantos años sugiero elaborar galletas de especias para degustar esos aromas después de haber conocido su historia.

 Receta de galletas con especias

Ingredientes para un plato de 25 galletas:  220 g de harina; 145 g de azúcar moreno; 110 g de mantequilla; 4 g de levadura; 2 g de sal; 8 cucharas de café (en adelante, c.c.) de canela molida; 2 c.c. de nuez moscada; 1 c.c. de jengibre molido; 2 clavos; 1 cardamomo; 1 pimienta blanca. Esta proporción de especias resulta suave, si se prefiere un sabor más fuerte, añadir 2 c.c. de clavo molido, 1 c.c. de cardamomo molido y una c.c. de pimienta blanca molida. En la elaboración debe tenerse en cuenta que la masa debe reposar unas horas para que las especias suelten a la masa todo el sabor y aroma.

Galletas de EspeciasModo de hacerlo: 1. En un cuenco, mezclar todos los ingredientes secos menos el azúcar, es decir, harina, levadura, sal, canela, nuez moscada, jengibre, clavos, cardamomo y pimienta. 2. En otro cuenco, reblandecer la mantequilla y mezclarla con el azúcar y el huevo. 3. A continuación ir añadiendo a la mezcla de la mantequilla la harina con las especias, mezclándola y amasándola hasta terminar de unir todos los ingredientes de forma homogénea.  4. Hacer una bola con la masa, envolverla en papel transparente y mantenerla en el frigorífico unas horas o toda la noche. 5. Una vez reposada, esperar a que se ablande fuera del frío y estirarla con el rodillo sobre film transparente hasta dejar medio centímetro de grosor, a continuación cortarla con un vaso que tenga la boca de tamaño de galletas y colocarlas en una bandeja de horno con papel de aluminio. 6. Precalentar el horno a 190º y cuando se introduzcan esperar de 6 a 8 minutos, hasta que hayan dorado un poco. Cuando se retiran del horno pueden estar un poco blandas pero quedarán hechas cuando se enfríen.

Cuando toméis las galletas, acompañadas de té o la bebida que os guste, concentrad la atención en vuestro paladar y olfato, tratad de ser plenamente conscientes del poder de las especias, escuchad qué os cuenta el aroma, qué os dice de la tierra que las sostienen y alimentan, de la brisa oceánica, de las nubes monzónicas y la lluvia tropical, del canto de las aves marinas… Cerrad los ojos y dejad que os transporten a los bosques fragantes de las Islas de las Especias desde donde se divisa el mar.

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¹ Un vagabundo de las islas. Joseph Conrad. En: Obras Completas. Tomo I. RBA, 2005. Pág. 191.  Traducción de Antonio Guardiola.

² La señora de las especias. Chitra Banerjee Divakaruni. Suma de letras, S.L. 2000. Traducción de Ángela Pérez.  (Título original, The Mistress of Spices, 1977). Basada en esta novela, Paul Mayeda Berges dirigió en 2005 la película La joven de las especias, con guión de Gurinder Chadha y Paul M. Berges, y protagonizada por Aishwarya Rai.

Escrito por Rosa, jueves 24 de julio de 2014.

Ginkgomanía

Algunos árboles tienen una “personalidad” especial que atrae, fascina, intriga y seduce a mucha gente. El ginkgo (Ginkgo biloba L.) es sin duda uno de ellos.

El ginkgo es bien conocido en Oriente y recibe varios nombres. Los apelativos albaricoque de plata, ojo blanco y ojo del espíritu se refieren a sus frutos y semillas. El nombre pie de pato deriva de la forma palmeada de sus hojas y también vincula al árbol con el pato mandarín, símbolo del amor en China y Japón. En China se conoce también como el árbol del abuelo y del nieto, una lección de sabiduría popular pues, debido a la longevidad del árbol y al tiempo que tarda en madurar, será el nieto el que vea los frutos del árbol plantado por el abuelo.

Los nombres son muy importantes. Según Linneo, el gran “nombrador” de plantas y animales: “si no se conoce el nombre de las cosas, también se pierde el conocimiento de ellas”. El conocimiento del ginkgo llegó a occidente por medio del naturalista y médico alemán Engelbert Kaempfer, quien viajó a Japón empleado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En su obra de 1712 Amoenitatum Exoticarum describe el árbol y lo nombra por primera vez como ginkgo (del chino gin = plata y kyo = albaricoque). No se sabe muy bien porqué transcribió “ginkgo” en vez de “ginkyo” pero la cuestión es que ese nombre impronunciable quedó fijado para la ciencia por Linneo en 1771 como Ginkgo biloba; el epíteto “biloba” para la especie se refiere a la tendencia de las hojas a estar divididas en dos lóbulos.

Ginkgo_hojaLas semillas de ginkgo llegaron a Holanda en el siglo XVIII, posiblemente enviadas por el mismo Kaempfer, y desde allí este árbol exótico empezó a ser conocido y cultivado en Europa. En Occidente se conoce como árbol de los templos o árbol de las pagodas, en relación con su origen oriental y su carácter sagrado. La semejanza de sus hojas con los helechos tipo culantrillo (Adiantum capillus-veneris) ha originado los nombres árbol culantrillo y árbol cabello de doncella (por traducción literal del inglés maidenhair tree).

En Alemania se conoce como árbol de Goethe en recuerdo y homenaje al célebre poema de amor escrito por el artista y científico romántico Johann Wolfgang von Goethe:

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Copia del poema original, con hojas de ginkgo pegadas por el mismo Goethe.

Las hojas de este árbol, que del Oriente
a mi jardín venido, lo adorna ahora,
un arcano sentido tienen, que al sabio
de reflexión le brindan materia obvia.
¿Será este árbol extraño algún ser vivo
que un día en dos mitades se dividiera?
¿O dos seres que tanto se comprendieron,
que fundirse en un solo ser decidieran?
La clave de este enigma tan inquietante
yo dentro de mí mismo creo haberla hallado:
¿no adivinas tú mismo, por mis canciones,
que soy sencillo y doble como este árbol?

Un nombre antiguo que se conserva en Francia es árbol de los 40 escudos, que alude a la suma desorbitada que un botánico de Montpellier pagó por unos de estos árboles en 1788. También se reforzó el nombre por el aspecto dorado (como escudos de oro) de las hojas en otoño.

Nombres modernos son árbol fósil y árbol de los dinosaurios debido a su linaje antiguo que apenas ha cambiado desde el Jurásico. El nombre panda botánico alude a su rareza y la necesidad de ser conservado, al igual que el oso panda que también proviene de China.

Biografía de un fósil viviente

Crane bookEl botánico Sir Peter Crane tenía una obsesión con este árbol que le llevó a escribir una obra excelente sobre su historia evolutiva y cultural¹. En sus años como director del Jardín Botánico de Kew (cerca de Londres) tuvo el privilegio de vivir junto a uno de los ginkgos más antiguos de Europa (plantado aproximadamente en 1760); su estancia en Corea del Sur como profesor visitante le permitió conocer los árboles milenarios asociados a los templos y pagodas; el regalo por parte de un colega del libro “Goethe y el ginkgo” fue un estímulo para investigar sobre los aspectos culturales asociados al árbol; y por supuesto la rareza y singularidad biológica de esta especie le motivaron a escribir la “biografía” del ginkgo.

Los temas que destacan son su capacidad de supervivencia y de resiliencia a los cambios. Comienza el libro con la biología del árbol y sus particularidades reproductivas (tienen espermas móviles, un carácter ancestral). Los capítulos sobre el origen y la evolución del linaje de los ginkgos durante 250 millones de años están muy bien documentados (Crane es un experto en paleobotánica y evolución). El lento declive comenzó hace unos 35 millones de años; había varias especies que se extendían por el hemisferio norte, se fueron extinguiendo y solo ha quedado la especie G. biloba, refugiada en algunas montañas de China. La historia cultural del ginkgo comienza con las primeras referencias escritas en poemas de la dinastía Song (siglo XI) de China, se expande por Corea y Japón cultivado por sus semillas comestibles y plantado en los templos budistas y sintoístas. Ya hemos visto cómo es introducido en Europa en el siglo XVIII y a partir de entonces es plantado en las calles de ciudades de todo el mundo, con clima templado. Termina la obra con capítulos sobre su uso en jardines, alimentación, farmacia (muy usado para fortalecer la memoria) y como árbol urbano.

Hay cinco grandes grupos de espermatofitas o plantas con semillas: las angiospermas con unas 257.000 especies; las coníferas con unas 600 especies; las cicadas con unas 130 especies; las gnetofitas con 80 especies; y por último los ginkgos con una sola especie, Ginkgo biloba. Es el último superviviente de un linaje antiguo, una especie solitaria y única, totalmente diferente a cualquier otra especie de planta. Para Crane, el ginkgo “nos conecta con la historia profunda de nuestro planeta”. Es un vínculo vivo con la era de los dinosaurios.

Las hojas son flabeladas, en forma de abanico, con nervaduras que radian desde la base. “Son tan distintivas, que una vez que las has visto ya nunca las olvidas. Son realmente memorables”, comenta Peter Crane en una entrevista. Especialmente son memorables en otoño, cuando se vuelven de color amarillo dorado y caen todas casi al mismo tiempo. Algo deben tener las hojas y el porte inusual de este árbol que tanto fascina a científicos y artistas.

La pasión por el ginkgo es compartida por Cor Kwant, profesora en Amsterdam. Ha diseñado y mantiene una página web enciclopédica donde compila toda la información disponible sobre el ginkgo, que además complementa con un blog y una cuenta de twitter.

Las elegantes hojas de ginkgo son motivos habituales de decoración en Japón; adornan kimonos, cerámica, abanicos y láminas. La ginkgomanía llegó a Europa formando parte del “japonismo” que influyó al Modernismo a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Las hojas y frutos de ginkgo aparecieron en vidrieras, joyas, muebles y fachadas de Nancy, París, Bruselas y Viena.

Mis ginkgos favoritos

KR012-09_Korea_stampNo tengo la suerte de conocer los ginkgos monumentales y milenarios de oriente, como el Gran Ginkgo Rey de Li Jiawan (China), con un tronco de 15 m de circunferencia; ni el famoso ginkgo de 40 m de altura en el templo budista Yongmunsa (Corea del Sur), que tiene un sello de correos dedicado; tampoco el ginkgo Nigatake en el santuario sintoísta de Ubagami en Japón, con sus 2,5 m de diámetro de tronco y venerado por sus raíces aéreas (llamadas chichis = senos o pezones) que según la tradición favorecen la lactancia de las madres.

Conozco algunos ginkgos en Europa, que obviamente no pueden superar los 300 años de edad. En el otoño de 2013 tuve la oportunidad de admirar la hermosa ginkga cargada de frutos en el Botánico de Roma. Esta primavera conocí al árbol, también hembra, que se yergue imponente junto a la fachada de la Universidad Humboldt, en Berlín, y al que empezaban a brotarle pequeños ramilletes de hojas.

Durante mi estancia como posdoc en Berkeley (California), descubrí los ginkgos como árboles urbanos alineados en las aceras. Recuerdo haber llevado durante meses una semilla como “amuleto” en el bolsillo de la chaqueta. Cuando paseaba por el campus, me gustaba sentirla entre los dedos.

En Sevilla no hay tradición de plantar ginkgos. Mi grupo favorito de ginkgos está en el sector suroeste del jardín inglés del Real Alcázar. Fueron plantados en 1910, procedentes de La Granja de San Ildefonso². Fuimos a visitarlos en diciembre 2013 y aprovechamos para contarlos y tallarlos: 194, 172, 165, 145, 113, 111 y 77 cm de circunferencia de tronco; eran siete y todos parecían machos. Un poco más apartada, en la esquina del laberinto de arrayán, una hembra (de 143 cm de circunferencia) estaba cargada de frutos y había perdido ya casi todas las hojas. Sobre un seto, algunas hojas caídas conservaban las gotas de agua como pequeñas gemas.

Ginkgo_jardineroNos sentamos en uno de los bancos y dejamos que el tiempo pasara lentamente, en silencio, contemplando cómo las hojas doradas iban cayendo suavemente sobre el césped.

Un espectáculo sencillo, milenario, hermoso que nos regalaba la “luz de oriente”, como bautizó al ginkgo Elena Martín Vivaldi, la poeta granadina de los árboles y los amarillos³.

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

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¹ Peter Crane. 2013. Ginkgo: the tree that time forgot. Yale University Press. 384 págs. New Haven, EEUU.
² Se plantaron 25 ejemplares en otoño e invierno de 1910. M. R. Baena Sánchez, 2003, Los jardines del Alcázar de Sevilla entre los siglos XVIII y XX. Diputación de Sevilla, Sevilla, pág. 133.
³ Fragmento del poema “Ginkgo biloba (Árbol milenario)” de Elena Martín Vivaldi.


Escrito por Teo, jueves 26 junio 2014.


Enlaces

Todo lo que quiera saber sobre el ginkgo. Página web “Ginkgo pages”, blog y twitter de Cor Kwant

Entrevista con Peter Crane sobre su libro

Poema de Goethe

Poema de Elena Martín Vivaldi

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus_JMurilloLa mayoría de los árboles ornamentales nos agradan por sus cualidades estéticas. Solemos admirar la forma, el tamaño, el color y textura de copa, flores, hojas y tronco, el aroma de las flores o la buena sombra que brindan. Sin embargo, unas pocas especies poseen un atributo de otra índole, menos frecuente, que valoro especialmente: la capacidad de conmovernos. Son aquellos que poseen una presencia tan notable que inspiran sobrecogimiento, que de algún modo nos tocan el alma. Uno de estos árboles es la higuera australiana o higuera de Bahía Moreton (Ficus macrophylla), una higuera gigante tropical que crece bien en Sevilla y engrandece con su carácter monumental el atractivo vegetal de esta ciudad.

La higuera australiana posee rasgos de la exuberante vegetación tropical: es siempreverde; de gran tamaño (de 15-20 metros de altura en Sevilla y hasta 50m. en su región de origen); porte corpulento; copa densa y expansiva; hojas grandes verde oscuro brillante; y tronco fuerte y grueso, del que emergen unas vistosas y sorprendentes raíces tabulares. Entre los árboles urbanos, llama la atención por la sensación de fuerza y poder de la naturaleza que transmite.

Es una especie nativa de la costa oeste de Australia y de la isla de Lord Howe (Mar de Tasmania). Una de las zonas de Australia donde más abunda es la Bahía de Moreton, en Queensland, por esa razón es conocida como higuera de Bahía Moreton. También se le llama ficus australiano, banyan o baniano australiano y en el lenguaje popular, simplemente ficus.

Comparado con los árboles nativos de la región mediterránea, es un árbol de dimensión gigante por altura y frondosidad. Pero lo que le otorga el aire monumental es el entramado leñoso formado por el grueso tronco y las diversas raíces: las  aéreas que cuelgan de las ramas, las tabulares que nacen del tronco y las superficiales que se extienden sobre la tierra.  Es un árbol de raíces.

Las raíces aéreas son propias de las higueras tipo baniano. Este tipo de árboles dispersa sus semillas por medio de las aves, que las depositan en la copa de los árboles, donde germinan con menos competencia por la luz que en tierra. Cuando crece, al principio como epifita, echa raíces aéreas hasta alcanzar el suelo. Con el tiempo, envuelve al árbol huésped y puede causarle la muerte, por esto se les llama también árboles “estranguladores”. El auténtico banyan o baniano (Ficus benghalensis) suele emitir muchísimas raíces aéreas y ocupar extensiones enormes; son “árboles columnares”. En el Jardín Botánico de Howrah, cerca de Calcuta, hay un baniano de 250 años, conocido como “Great Banyan” cuya circunferencia mide medio kilómetro y tiene cerca de 3000 raíces aéreas.

Gran baniano de Calcuta, India. Autor: Biswarup Ganguly.

Gran baniano de Calcuta, India. Foto: Biswarup Ganguly.

Las espectaculares raíces tabulares de esta higuera, que parten del tronco, le dan al árbol un aspecto muy sólido pues recuerdan a las columnas de las catedrales góticas. Su función parece ser diversa: anclar el árbol en los suelos húmedos y poco profundos de la selva; dar soporte al árbol; disminuir el vaivén del follaje frente a los vientos huracanados tropicales; o recoger nutrientes de los restos caídos del árbol en los rincones que las mismas raíces crean. Por otra parte, las raíces superficiales en su búsqueda de agua se extienden como una red, aunque contribuyen también al soporte del inmenso árbol. El sistema radicular complejo de este ficus es fuerte y dinámico, muy útil en el bosque tropical, pero como árbol ornamental puede ocasionar problemas en edificaciones y pavimentos, por lo que conviene plantarlo en espacios anchos y abiertos, no cerca de edificios ni acerado.

el-arbol-cartelEl crecimiento vigoroso de este árbol se muestra muy bien en la película franco-australiana El árbol (2010) de la directora francesa Julie Bertuccelli, protagonizada por la actriz Charlotte Gainsbourg y basada en la novela de Judy Pascoe Our Father Who Art in the Tree (“Padre Nuestro que estás en el Árbol”). La acción está situada en Queensland, Australia. Una higuera de Bahía Moreton es protagonista esencial en la historia, un pilar de la tensión dramática. Frente al esfuerzo de una familia por superar la pérdida del padre, la higuera gigantesca con su tenaz expansión representa la fuerza de la naturaleza, el incesante impulso para continuar hacia delante con el proyecto vital. El relato me gusta mucho, entre otras razones, porque pone de manifiesto la hondura de la relación que un árbol puede llegar a inspirar en la vida de las personas. El árbol real filmado es una higuera de Bahía Moreton (llamado “Teviotville Tree”) de 130 años, que crece en la localidad de Teviotville, cuyas admirables dimensiones cautivaron a los cineastas de la película.

 La higuera de Bahía Moreton presenta otras peculiaridades características del género Ficus, al que pertenece. Es un género de gran éxito en la naturaleza pues comprende alrededor de 1000 especies de plantas, repartidas por las regiones tropicales y subtropicales de todo el mundo. Lo más destacable es su fruto, conocido como higo. En realidad, se trata de un receptáculo carnoso llamado sicono que contiene en su interior multitud de pequeños frutos. La fecundación de estos frutos es un fenómeno apasionante de la biología pues se realiza a través de un eficaz mutualismo entre estos gigantescos árboles y unas diminutas avispas polinizadoras. Cada especie de ficus o higuera es polinizada por una especie de avispa y cada especie de avispa solamente puede reproducirse dentro de una especie de higuera; la higuera australiana es polinizada por la avispa Pleistodontes froggatti.

Entre los árboles llamados higueras, hay especies muy conocidas y de gran valor comercial y cultural. La higuera común (Ficus carica), originaria del Mediterráneo y oeste de Asia, ha sido cultivada desde tiempo inmemorial por sus higos y brevas, los únicos sabrosos, y forma parte de la cultura iconográfica occidental. La higuera sagrada o higuera de las pagodas (Ficus religiosa), natural de India, Nepal y China, es venerada por budistas, hinduistas y jainistas, y según la tradición bajo una de ellas Buda alcanzó la iluminación. El banyan o baniano (Ficus benghalensis), procedente de India y Bangladesh, también es venerado como árbol sagrado en India y es muy apreciado por la sombra que proporciona su muy extensa copa. El sicomoro (Ficus sycomorus), de África central, fue muy estimado en el Antiguo Egipto; en la actualidad está extendido por África, plantado por su sombra y múltiples usos. La higuera australiana o de Bahía Moreton (Ficus macrophylla) es apreciada por los aborígenes australianos en su lugar de origen;  es muy usada como ornamental en regiones de climas suaves, como el mediterráneo, pues aunque los frutos no son comestibles y la madera es blanda y quebradiza, su valor ornamental es muy alto.


Palabras para hablar de higueras
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En España, el vocablo “higuera” se usa para referirse a la higuera común (Ficus carica), cultivada y espontánea en nuestra latitud, cuyos frutos (higos o brevas, según el tiempo de maduración) consumimos. El término “ficus” procede del latín y significa higo y también higuera; es el término científico que eligió Linneo para nombrar el género botánico al que pertenecen la higuera y otras 1000 especies relacionadas. Para evitar la confusión con la higuera común, a las especies ornamentales de origen tropical se les llaman “ficus” y así lo ha aceptado la Real Academia Española: “planta de clima subtropical, de porte arbóreo o arbustivo, con hojas grandes, lanceoladas y de haz brillante”.  Expresiones como “higuera australiana” (Australian fig) o “higuera de Bahía Moreton” (Moreton Bay fig) son traducciones de otras lenguas que han sido introducidas con el comercio de especies ornamentales y no son todavía de dominio común.

El termino “baniano” procede del término inglés banyan. Los primeros viajeros europeos en India observaron que la sombra del árbol Ficus benghalensis era frecuentada por “banias” (como se denomina a los mercaderes en India). De hecho, esta especie ha sido usada desde antiguo para dar sombra en enclaves de descanso de las rutas comerciales; en las aldeas y pueblos, bajo su sombra se llevan a cabo muchas de las actividades de la comunidad. Los escritores ingleses comenzaron a hablar del árbol banyan, el árbol bajo el cual los mercaderes hindúes hacían sus tratos comerciales. Con el andar del tiempo, “banyan” llegó a convertirse en el nombre del árbol mismo. En la literatura botánica en español a veces se encuentra el término original inglés “banyan” y otras veces la forma castellanizada “baniano”. Aunque la Real Academia Española solo acepta “baniano”, con el significado de “comerciante de la India, por lo común sin residencia fija”.

En otro sentido, la higuera australiana aparece erróneamente identificada como árbol de las lianas (Coussapoa dealbata) en diversas fuentes documentales relativas a árboles de Sevilla. En este caso es un error de identificación, no de denominación. Posiblemente el parecido del árbol de las lianas con una subespecie de higuera australiana, la subespecie columnaris, nativa de la isla de Lord Howe, que se caracteriza por la emisión de numerosas raíces aéreas y que a veces se cultiva en jardines haya inducido a la equivocación.


Las higueras monumentales en Sevilla

Apenas hay testimonios escritos que documenten la implantación de esta higuera tropical en Sevilla. No obstante, ha sido un acierto, pues el clima le viene bien y hoy en día existen magníficos ejemplares repartidos por varios puntos del entorno histórico. En el Parque de María Luisa, los Jardines de Murillo, la avenida María Luisa, la calle Palos de la Frontera, la plaza de San Pedro y la Plaza del Museo, entre otros, puede disfrutarse de estos árboles. De hecho, algunos situados en plena ruta turística, se han convertido en escenario obligado de fotos y “selfies”.

Ficus_Palos

El vigoroso crecimiento y su enorme tamaño parecerían indicar que son árboles muy viejos, sin embargo, por las fechas en que se ajardinaron los Jardines de Murillo o la plaza de San Pedro, estos majestuosos ejemplares debieron ser plantados en los años veinte del siglo pasado; es decir apenas son centenarios. Como árbol urbano, la madera quebradiza es débil frente a los vientos y con frecuencia se producen desgarros de ramas grandes, por lo que hacen necesarios las podas.

Tengo la suerte de vivir en el centro histórico de Sevilla, rodeada de higueras monumentales. Paso a diario junto a algunas de ellas. Las saludo, las miro con mimosa atención, me expongo a su influencia, me dejo tocar el alma. Recientemente guié a un grupo de personas en un paseo arbóreo por el Parque de María Luisa, en el marco de la celebración de los Jane’s Walks Sevilla, y tuve ocasión de confirmar la facilidad de estas higueras para conectar con personas receptivas a los árboles. Cuando nos colocamos alrededor del tronco y cada participante se acopló en un hueco entre dos raíces tabulares, hubo un encuentro con el árbol de una manera profunda y orgánica, como si fuéramos seres silvestres felices en el acogedor retiro del árbol magnánimo.

Foto: Salas Mendoza Muro

Foto: Salas Mendoza Muro

Las higueras gigantes que vinieron de Australia son árboles cultivados que conservan algo salvaje. Poseen tal energía y fuerza que nos sustraen de nuestra realidad moderna y nos conectan a los arrullos primordiales de la selva, aquellos que solíamos escuchar en el silencio profundo cuando conversábamos con los árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de mayo de 2014.


FUENTES

Flora ornamental española. Las plantas cultivadas en la España Peninsular e Insular. Tomo II . José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres (Coord.). Sevilla, Consejería de Agricultura y Pesca; Madrid,  Mundi-Prensa, 2002.

El árbol (2010). Julie Bertuccelli.

Paseo de Jane’s Walks Sevilla, mayo 2014.