La red social del bosque

Cuando paseamos por un bosque no somos conscientes de que bajo nuestros pies se extiende un denso entramado de raíces y micelios de hongos, una red de conexiones que sirve a los árboles para comunicarse unos con otros. Pero, ¿verdaderamente los árboles se comunican? ¿son capaces de “transmitir señales mediante un código común al emisor y receptor”? como define la Academia la acción de “comunicar”.

La ecóloga forestal Suzanne Simard descubrió, a finales del siglo XX, que los árboles del bosque están conectados por una red de raíces y micorrizas, a través de la cual transfieren nutrientes desde las “fuentes” o emisores a los “sumideros” o receptores. En su experimento pionero, marcó las hojas de abedules (Betula papyrifera) en Canadá, con isótopos de carbono (C13 y C14) y comprobó que este carbono era transferido a plántulas vecinas de abeto (Pseudotsuga menziesii), que crecían en la sombra. En el sentido contrario, el carbono marcado en las hojas de abeto, durante el invierno apareció en los jóvenes abedules desprovistos de hojas.

La publicación de estos resultados sorprendentes en la prestigiosa revista Nature [1], supuso el lanzamiento a la fama (científica) de la joven Simard y el auge en la investigación sobre las redes de micorrizas, que serían bautizadas como Wood Wide Web o internet del bosque (en un juego de palabras de las siglas en inglés WWW, cambiando World-mundo por Wood-bosque).

Hongos y raíces forman una red oculta

Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos (mykós en griego) y raíces (riza) de plantas. Las hifas o filamentos de los hongos movilizan y transportan los nutrientes minerales del suelo hasta las raíces de las plantas, mientras que el hongo recibe a cambio hidratos de carbono fotosintetizados por la planta. Se piensa que esta simbiosis con los hongos fue crucial en la evolución de las plantas terrestres, cuando dejaron el medio acuático hace unos 400 millones años y tuvieron que aprender a captar las sales minerales y nutrientes retenidos por las partículas del suelo.

La existencia de las micorrizas ya se conocía a finales del siglo XIX, pero sus beneficios agrícolas y forestales se fueron descubriendo en la primera mitad del siglo XX. Ha sido en este siglo XXI cuando las nuevas técnicas de biología molecular y los marcadores isotópicos han abierto una ventana nueva a ese mundo complejo de las redes micorrícicas que conectan los árboles del bosque.

El grupo de Simard ha cartografiado con detalle la red de micorrizas en una parcela de bosque de abetos (Pseudotsuga menziesii) en Canadá, identificando los genotipos de árboles y hongos, mediante análisis de ADN [2]. Un viejo abeto, de 94 años, estaba conectado con otros 47 árboles mediante 11 genotipos diferentes del hongo Rhizopogon sp. La longitud media de un micelio de hongo fue de 20 metros. La red de conexiones debe ser aún más compleja porque solo se identificaron las micorrizas formadas por dos especies de hongos; mientras que en esa comunidad de bosque pueden existir más de 50 especies diferentes de hongos micorrícicos. Funcionalmente, se trataría de un super-organismo clonal, una red simbiótica árbol-hongo que comparte los recursos del bosque.

Mapa de la red de micorrizas en un bosque de abetos de Canadá (Beiler et al., 2010).

A través de las redes no solo circulan nutrientes, también van señales bioquímicas y eléctricas de un árbol a otro; para algunos, esas señales son prueba de la existencia de comunicación real, de una “charla arbórea” (tree talk) [3]. Se ha comprobado que abetos que habían sufrido una defoliación severa por insectos transmitieron, por medio de la red de micorrizas, señales de estrés a los árboles vecinos, que a su vez respondieron activando los genes que sintetizan enzimas defensivos. La señal de alerta fue comunicada no solo a los árboles de la misma especie, sino también a los de otras especies. ¿Qué sentido evolutivo tiene ayudar a un árbol vecino que compite contigo por los recursos y el espacio? Una posible explicación alternativa es que la red es propiciada por el hongo, que comunica a diferentes árboles para asegurarse una fuente de carbono desde múltiples hospedadores, en un ambiente variable e impredecible.

También existe un lado oscuro de la red, no todo es altruismo y cooperación entre árboles. Algunos árboles producen compuestos químicos que se llaman alelopáticos (del griego pathos-sufrir y allelos-al otro), es decir que inhiben el crecimiento y desarrollo de otras plantas. Por ejemplo, es conocido que las raíces y hojas del nogal (Juglans regia) tienen juglona (un tipo de naftoquinona) que es tóxico para otras plantas. Se ha comprobado que los micelios de los hongos conectados a las raíces del nogal facilitan el transporte de la juglona y así extienden su efecto alelopático por el suelo; por otra parte, la juglona le sirve al hongo como defensa química contra los micófagos [4].

Es difícil imaginar esa red compleja y dinámica que conecta los árboles del bosque bajo tierra. El artista francés Enzo Pérès-Labourdette dibujó unos seres oníricos, especie de duendecillos carteros, que corren apresurados por un laberinto de caminos subterráneos llevando mensajes, para ilustrar un artículo dedicado a la Wood Wide Web en la revista New Yorker.

Ilustración de Enzo Pérès-Labourdette para New Yorker (2016).

Esta relación compleja entre los árboles también se puede imaginar y explicar usando analogías con nuestras relaciones humanas y sociales. La doctora Simard, una apasionada comunicadora y divulgadora, cambia su lenguaje científico, frío y objetivo, por otro más personal y más sentimental en sus conferencias: “Los árboles madre reconocen y nutren a sus hijos, les envían señales de alerta, les hablan“. Reconoce su inspiración en el lema de Rachel Carson: “no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir“.

Simard argumentaba así su pasión “humanizadora” por los árboles:

“Pasan tantas cosas en los bosques, que no somos capaces de entenderlas aplicando las técnicas científicas tradicionales. Así que abrí mi mente y decidí incorporar aspectos humanos para comprender de forma más profunda, más visceral a estas criaturas vivientes, que no son meros objetos inanimados. Además, como seres humanos nos podemos relacionar mejor con estos árboles (humanizados), cuidarlos mejor y gestionar mejor nuestros paisajes.”

Árboles con vida social

Los árboles son seres muy sociales y se ayudan unos a otros; su bienestar depende de la vida en comunidad“, escribió Peter Wohlleben en su interesante y apasionado libro La vida oculta de los árboles. Qué sienten y cómo se comunican [5].

Wohlleben es técnico forestal y gestiona el bosque comunal de Hümmel (Alemania); el hermoso bosque antiguo, por donde le gusta deambular y que tanto le inspira. Confiesa que, durante sus caminatas por el interior del bosque, aprende algo nuevo cada día, investiga, piensa, observa, y saca conclusiones de lo que ha descubierto. Fruto de esas observaciones y sus lecturas (entre ellas, los trabajos de Simard) fue el libro dedicado a la vida oculta del bosque, que tuvo un gran éxito en Alemania (publicado en 2015, vendió más de 300.000 ejemplares). Posiblemente tocó la fibra sensible y ancestral que ya reconoció el historiador latino Tácito en los antiguos germanos: “no juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración”. Quizás el libro sirvió para renovar ese vínculo cultural y espiritual con el bosque.

El amante de los árboles disfruta leyendo el libro, estructurado como una colección de relatos de historia natural del bosque. También aprende sobre la complejidad de los nuevos descubrimientos científicos, como la red Wood Wide Web que conecta los árboles. Es verdad que, a veces, el lector no sabe si tiene entre las manos una obra de ciencia o de ficción, y le vienen a la mente otras historias de árboles inteligentes: “hay algún tipo de comunicación electroquímica entre las raíces de los árboles. Como las sinapsis entre las neuronas. Cada árbol tiene 10.000 conexiones a los árboles que los rodean, y hay un billón de árboles en Pandora” [6]. Sí, el bosque fantástico de Avatar, pero estas historias de Wohlleben son del planeta Tierra, y más concretamente del centro de Europa.

En las reseñas del libro en revistas científicas se le reconoce su valor divulgativo pero se le critica la excesiva “humanización” de los árboles [7]. Wohlleben se justifica: usa “un lenguaje muy humano, porque el lenguaje científico elimina toda la emoción y la gente no lo entiende“. Claro que, al dotar a los árboles de sentimientos y emociones, se plantea dudas morales como gestor de bosques: “cuando sabes que los árboles experimentan dolor y tienen memoria, y que los árboles padres viven junto a sus hijos, entonces no puedes ir sin más a talarlos y destruir sus vidas con maquinaria pesada.”

Como alternativa a la explotación forestal tradicional propone “una gestión amigable del bosque, que permita a los árboles satisfacer sus necesidades sociales, crecer en un verdadero ambiente forestal sobre suelo sin perturbar y pasar “su conocimiento” a la siguiente generación. Al menos a algunos de ellos se les debe permitir envejecer con dignidad y morir de muerte natural.” Una forma revolucionaria de contemplar nuestra relación con el bosque.

Termina el libro con algunas profecías y una invitación a pasear con imaginación por el bosque.

“Cuando se conozcan las capacidades de los árboles, y se reconozcan sus vidas emocionales y necesidades, entonces cambiará gradualmente la forma en que los tratamos.
Quizás algún día se podrá descifrar el lenguaje de los árboles, dándonos material para historias aún más asombrosas. Hasta entonces, en tu próximo paseo por el bosque, deja rienda suelta a tu imaginación.”

Tienes un treemail

Los habitantes de Melbourne (Australia) tienen el privilegio de poder comunicarse con sus vecinos arbóreos a través de internet. Desde 2013, los 77.000 árboles de la ciudad tienen asignados individualmente una dirección de correo electrónico. Pueden recibir un email desde cualquier parte del mundo. Es tan fácil como abrir en internet el Bosque Urbano Visual, elegir un árbol, y enviarle un email.

Dioses maoríes esculpidos en troncos. Parque Nacional Abel Tasman, Nueva Zelanda. Foto: Jonathan Hansen.

El objetivo de esta red social arbórea es esencialmente práctico; que los vecinos puedan comunicar a los técnicos municipales cualquier incidencia sobre un árbol determinado, como una rama caída, una plaga, etc. Los árboles están así perfectamente identificados y localizados en el mapa.

La innovación e imaginación del ayuntamiento de Melbourne ha consistido precisamente en darle una identidad (y una dirección de email) a cada uno de los árboles. Cuando paseas por la ciudad ya no te cruzas con “un árbol”, sino con tus vecinos arbóreos individualizados. Algunos habitantes de Melbourne comparten con Simard y Wohlleben ese sentimiento “humanizador” hacia los árboles y los reflejan en sus mensajes. El árbol más popular es un olmo dorado (Ulmus glabra ‘Lutescens’) que recibe numerosas muestras de cariño:

“Querido 1037148,
mereces ser conocido por más que un número.
Te quiero. Ahora y para siempre.”

El efecto inesperado de esta red social arbórea ha sido que muchos vecinos la aprovechan para expresar sus sentimientos hacia esos seres vivos, con los que comparten sus penas y alegrías cotidianas. Es un vehículo para la participación ciudadana en el cuidado del arbolado, y al mismo tiempo una red psico-social que une personas y árboles en el ecosistema urbano.

_________________________
[1] Simard SW, Perry DA, Jones MD, Myrold DD, Durall DM y Molina R (1997). Net transfer of carbon between ectomycorrhizal tree species in the field. Nature, 388: 579-582.

[2] Beiler KJ, Durall DM, Simard SW, Maxwell SA y Kretzer AM (2010). Architecture of the wood-wide web: Rhizopogon spp. genets link multiple Douglas-fir cohorts. New Phytologist, 185: 543-553.

[3] Gorzelak MA, Asay AK, Pickles BJ y Simard SW (2015). Inter-plant communication through mycorrhizal networks mediates complex adaptive behaviour in plant communities. AoB Plants, 7, plv050.

[4] Achatz M, Morris EK, Müller F, Hilker M y Rillig MC (2014). Soil hypha-mediated movement of allelochemicals: arbuscular mycorrhizae extend the bioactive zone of juglone. Functional ecology, 28: 1020-1029.

[5] Peter Wohlleben (2015). Da geheime Leben del Bäume. He leído y cito a partir de la versión inglesa de 2016:  The hidden life of trees. What they feel, how they communicate. Greystone Books, Vancouver, Canadá. Existe una traducción al español, titulada La vida secreta de los árboles, publicada por Obelisco en la colección “Espiritualidad y vida interior”.

[6] James Cameron (2007). Avatar. Twentieth Century Fox Film, Script, pág. 101.

[7] Richard Fortey (2016). The community of trees. Nature, 537: 306.

 

 

Escrito por Teo, jueves 27 abril 2017.

 

Enlaces

Artículo en la revista New Yorker sobre la Wood Wide Web

Artículo en el blog de Scientific American sobre la red de micorrizas

Entrevista con Susane Simard en el blog de la Escuela Forestal de Yale

Conferencia TED de Susane Simard (más de 2 millones de visionados)

Rachel Carson y el asombro, en este blog

Entrevista con Peter Wohlleben en New York Times, 29 enero 2016

Escritos de Tácito sobre los Germanos, en este blog

Bosque Urbano Visual de Melbourne

Noticia en la BBC sobre los árboles con email en Melbourne

El árbol más popular de Melbourne, en CityGreen, 22 noviembre 2016

Jardines Perdidos

El bosque es el terreno genuino del asombro, una obra magistral de la naturaleza. El jardín bien logrado es también un espacio de maravilla, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de felicidad. Hubo un tiempo de comienzo cuando la idea de jardín germinó en la mente humana y se crearon los primeros jardines maravillosos. Esos primigenios jardines, perdidos hace milenios, todavía nos sorprenden cuando viajamos en el tiempo hasta su pasado esplendor. En el Paraíso Perdido, el poeta inglés John Milton (1608-1674) describió un sugerente Edén inspirado en jardines antiguos:

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible.
Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnifico anfiteatro.
Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban.

Tras la huella de los primeros jardines

La idea del jardín nació con la civilización. Desde el momento en que apareció la agricultura y la ganadería, la forma de vida de la humanidad cambió radicalmente y trajo consigo la construcción de ciudades y los primeros imperios. La zona que recibe el nombre de “Cuna de la Civilización”, también el de “Creciente Fértil”, ocupaba desde el valle del Nilo hasta Mesopotamia (entre los ríos Éufrates y Tigris), incluyendo la costa del Levante mediterráneo. El momento clave en este salto cultural fue la aparición de las primeras ciudades sumerias en el cuarto milenio antes de Cristo. Algo más tarde, se produjeron cambios similares en torno a los grandes ríos de la India y el Extremo Oriente.

En Mesopotamia, desde el cuarto al primer milenio a. C., hubo una intensa lucha por el poder entre los diferentes pueblos y un constante desarrollo de inventos y construcciones. En ese contexto tan efervescente, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente en relación al distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién nacidas ciudades.

Este artículo es una propuesta de viaje en el tiempo a ese remoto período de la Antigüedad, en la región histórica que hoy ocupa Irak y nordeste de Siria, para encontrar el origen de los jardines de Occidente.

El jardín era parte integrante de la ciudad antigua en la época de los imperios babilonio y asirio (del tercer al primer milenio a. C.). Por un lado, los habitantes tenían sus cercados para cultivar vegetales y medicinas, aunque por el momento no hay evidencias arqueológicas. Por otro, los reyes y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje; de estos; de estos sí hay vestigios arqueológicos.

Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia. Se los consideró una de las Maravillas del Mundo Antiguo, un prodigio de obra humana que todo el mundo debía ver antes de morir, junto a la Gran Pirámide de Guiza y el Faro de Alejandría (Egipto), la Estatua de Zeus en Olimpia y el Coloso de la Isla de Rodas (Grecia), y el Templo de Artemisa en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso (Turquía).

Desde la infancia fantaseamos con los Jardines Colgantes de Babilonia. Forman parte del imaginario de nuestra cultura como paradigma de los Jardines Perdidos de la Antigüedad. Sin embargo, nada más empezar a indagar sobre ellos, he topado con una erudita controversia entre algunos historiadores que los juzgan pura leyenda y otros que defienden apasionadamente su existencia real, pero situándolos en Nínive. A pesar de los siglos transcurridos, los Jardines Colgantes de Babilonia perviven escondidos entre la leyenda, el enigma y el prodigio. Siguen siendo deseables de ver, al menos su rastro, y objeto de una búsqueda emocionante. Su creación se sitúa entre los años 700-600 a. C.; pero ya antes de esa fecha, hubo en Mesopotamia algunos hitos importantes en relación a árboles y jardines que contribuyeron al origen de la Maravilla del Mundo.

Humbaba, el Protector de los Cedros 

En el año 2500 a. C. se escribió la más antigua obra literaria del mundo, la Epopeya de Gilgamesh. El poema cuenta las hazañas del legendario rey sumerio de la ciudad de Uruk, quien, en compañía de su amigo Enkidu, se enfrentó al terrible gigante Humbaba, el dios protector del bosque de los cedros (Cedrus libani); lo mató y taló los árboles del bosque. Después de semejante gesta, Enkidu murió como castigo de los dioses y Gilgamesh, angustiado por su muerte, acabó buscando desesperadamente la inmortalidad.

Para proteger el Bosque de los Cedros
Para ser el terror de las gentes, Enlil lo ha destinado.
Es Humbaba; su bramido es el diluvio, su boca es fuego,
su aliento la muerte.
Sobre sesenta dobles leguas oye todos los ruidos del Bosque, (…)
Si alguien se interna en el Bosque, queda paralizado.
En este Bosque reside el feroz Humbaba:
tú y yo iremos a abatirle para librar de todo el mal al país.
Nosotros en el Bosque, cortaremos los cedros.

El rey Gilgamesh, a quien los historiadores admiten como figura histórica, habitaba las tierras áridas de Uruk, en el sur mesopotámico, mientras que los bosques de cedros crecían en parte de Siria y de Líbano. En fechas recientes, un grupo de paleobotánicos ha tratado de averiguar cuándo comenzó la desforestación en la región. En un bosque del noroeste de Siria (la localización más posible del poema), han encontrado restos antiguos de más de 20 especies de árboles, incluyendo cedros, pinos, nogales, cipreses, robles, hayas, castaños, olmos, arces, tilos, plátanos, olivos, sauces, sisu (Dalbergia sisoo), alisos y fresnos. Para satisfacer las enormes necesidades del incesante desarrollo humano debieron de talarse muchos árboles desde fechas muy tempranas. Los paleobotánicos estiman que la destrucción severa de los bosques de Oriente Próximo habría comenzado alrededor del 9000 a. C., seis mil quinientos años antes de que se escribiera el Poema del rey de Uruk.

Los escritores de la epopeya, concluyen los paleobotánicos, debían de tener conocimiento de cortas masivas de cedros; y ser ya conscientes de la importancia de los bosques para el desarrollo de la civilización, especialmente en el sur de Mesopotamia, área de escasa madera. Posiblemente tuvieran también experiencia o noticias de la reacción violenta de la naturaleza a la destrucción de los bosques que simboliza el dios Humbaba.

El poema de Gilgamesh, además de revelar la importancia de los árboles en los albores de la civilización, aporta al linaje de dioses protectores de bosques la figura formidable de Humbaba, que encarna la fiereza protectora de la Tierra.

Reyes locos por sus jardines

Mucho antes de crearse los Jardines Colgantes en Babilonia, los reyes asirios y babilonios habían iniciado la tradición de construir jardines. El poder de un rey se medía no solo por la conquista de nuevas tierras sino también por la sabiduría para hacer obras que mejorasen la ciudad y el país. El carisma de un rey dependía de la amplitud de sus habilidades. Tenían que ser arquitectos, ingenieros, artistas y jardineros.

Asirios y babilonios compartían la lengua, la escritura cuneiforme y la mayor parte de la literatura y de los dioses. Pero habitaban diferentes ambientes naturales. Los babilonios ocupaban el sur de Mesopotamia, las llanuras aluviales inundables entre los dos ríos, de escasas lluvias. Los asirios, el norte mesopotámico, un país de colinas, ríos que bajan de las montañas persas y lluvias estacionales.

De las inscripciones cuneiformes escritas por los reyes asirios y babilonios halladas en los yacimientos arqueológicos, se deduce que cultivaron dos tipos diferentes de jardín, relacionados con los distintos entornos naturales de cada reino.

En su país llano y seco, los reyes de Babilonia diseñaron sus jardines configurados en parcelas rectangulares con una red de pequeñas acequias. El árbol más apropiado de la región era la palmera datilera (Phoenix dactylifera) que, dispuesto en filas paralelas, aportaba, además de belleza y fruto, sombra para otras plantas menores. Para regar el jardín con agua del río se usaba el artefacto conocido como cigoñal (shaduf en otros idiomas), tradicional en todo el mundo. Los textos babilonios revelan que el jardín tenía una función utilitaria.

En cambio, los asirios en su país de colinas y valles crearon jardines muy diferentes. Con vocación de imitar paisajes naturales de montaña, amontonaron tierras para crear colinas artificiales cubiertas de árboles fragantes. Y, para traer el agua a esos jardines y lograr refrescar el aire y mantener verde las plantas, desarrollaron sistemas de manejo del agua de los ríos, construyendo canales, presas y acueductos. Eran jardines para disfrutar su belleza además de ser útiles. Varios reyes dejaron escritos sobre su pasión por el jardín.

El rey Tiglatpileser I (1114-1076 a. C.), conquistador de 42 dominios, dejó escrito en una inscripción: Traje cedros, bojes y robles de las tierras conquistadas, árboles que ninguno de los reyes que me precedieron habían plantado antes, y los planté en mi jardín para el placer de mi majestad. Traje arboles frutales que no se encuentran en mi tierra y con ellos llené los huertos de toda Asiria.

El rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) hizo un gran jardín en su capital Kalhu (moderna Nimrud), donde cultivó semillas y plantas recolectadas en sus catorce conquistas: cipreses, pinos y enebros de diferentes clases, cedro, mirto, almendro, palmera, ébano, sisu, olivo, roble, cornicabra, sauce, fresno, abeto, granado, pera, membrillo, higuera, vid.  Y también describió la obra de ingeniería que construyó para regar: excavé un canal desde del río Zab, cortando por una montaña, y lo llamé el Canal de la Abundancia. Regué la vega del Tigris y planté huertos de frutales de todo tipo.  El agua del canal brotaba desde arriba al jardín; la fragancia impregnaba los paseos, los canales de agua, tan numerosos como las estrellas, fluían en el jardín placentero…

Sargón II (reinó entre 722-705 a.C.) edificó un jardín y un magnífico palacio en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, cerca de Mosul). El rey dejó escrito sobre su jardín: Yo creé junto al Palacio un jardín imitando las montañas de Amanus con árboles aromáticos de todo el norte de Siria y todos los frutales de montaña(…), todas las especias de la tierra de los Hititas y todas la vegetación de sus montañas próximas. En su ambición por alcanzar la fama como brillante constructor, llamó a su palacio el “Palacio Sin Rival”. También dejó un relieve escultórico en el que aparece el jardín diseñado como una colina boscosa artificial, con un lago y barcas, un pabellón, un altar y árboles exóticos.

La fascinación por especies foráneas de árboles que la arqueología ha descubierto es realmente sorprendente. Un oficial de Sargón II dejó constancia en una carta de la recolección de 3900 esquejes de frutales en ciudades sirias para plantarlos en Dur Sharrukin. Las plantas foráneas aportaban belleza y originalidad al jardín y también simbolizaban la amplitud de las conquistas del rey en el extranjero, la magnitud de su poder.

Los Jardines Inencontrables de Babilonia

La historia más extendida cuenta que los Jardines Colgantes los construyó el famoso rey bíblico Nabucodonosor hacia el 600 a. C. en Babilonia, la capital de su reino. La leyenda los relaciona también con una historia de amor, según la cual Nabucodonosor creó esos maravillosos jardines como muestra de amor a su esposa, la Reina Amytis, que añoraba las montañas de su tierra natal en el Imperio medo.

Obra de Pierre Bellet, s. XIX.

Otra versión de algunos autores griegos dice que los construyó una poderosa mujer, la reina asiria Semíramis en el 800 a. C. A esta reina le asignaron muchas leyendas. Se identifica principalmente con la esposa del rey Ninus, una soberana guerrera que gobernó 42 años tras la muerte de su esposo. Según el mito, llevó las conquistas de su imperio hasta la India. Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios en Babilonia. Muchos lugares de la Antigüedad llevan su nombre y sigue siendo un nombre femenino en Irak. Semíramis es otro atractivo personaje legendario de la Antigüedad, uno de los primeros arquetipos feministas, que ha inspirado obras artísticas a lo largo de los siglos. Desde Ovidio a Calderón de la Barca, Shakespeare o Rossini, muchos son los artistas seducidos por el mito de Semíramis.

Curiosamente,las ideas predominantes que tenemos sobre los Jardines de Babilonia proceden de varios autores clásicos que los describieron varios siglos después de su creación, entre el siglo III a. C. y el siglo IV d. C. Son narraciones poco precisas y a veces contradictorias, que han perdurado como ciertas hasta la actualidad.

Todos los narradores coinciden en que los Jardines se instalaron en Babilonia, cerca del palacio real, y estaban dispuestos en terrazas de piedra abovedada, para imitar la ladera de una montaña. Sin embargo, es desconcertante que Herodoto, que describió Babilonia en el 440 a C, en sus Historias, no los mencionó.

En el primer relato conocido, Josefo afirmó que Nabucodonosor II los había construido, y quedó como verdad indiscutible por los siglos de los siglos. Más tarde, Diodoro Sículo en una extensa descripción enfatizó su aspecto de colina con zonas que asemejaban un teatro, terrazas ascendentes, árboles de todo tipo y máquinas invisibles que elevaban el agua a la cima; su relato inspiró el Paraíso Perdido de Milton. Quinto C. Rufo, los atribuyó en su versión a un rey asirio que conquistó Babilonia. Estrabón en la Geografía y Filón de Bizancio, en el Manual de las Siete Maravillas del Mundo, destacaron su maravilloso sistema de riego; en palabras de Estrabón:

La forma del jardín es cuadrada y mide cuatro plethra (unidad de medida antigua equivalente a 30m). Consta de terrazas abovedadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Estas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto (betún de Judea). La subida a la terraza superior es por escaleras y a su lado hay máquinas de agua y personas que están continuamente elevando agua desde el Éufrates hasta el jardín.

Gracias a estos relatos, los fabulosos Jardines Colgantes de Babilonia se conocen desde hace más de dos mil años y han inspirado diversas representaciones a lo largo de siglos. La reconstrucción pictórica más temprana conocida es la del pintor holandés Martin van Hemmskerck (1498-1574), que trató de unificar las distintas descripciones clásicas.

A mitad del siglo XIX se abrió un nuevo episodio en el conocimiento de los Jardines Colgantes: empezaron a realizarse excavaciones arqueológicas en la región y empezó a descifrarse la escritura cuneiforme y las lenguas de Mesopotamia.

Entre 1898 y 1917, Robert Koldeway dirigió un equipo de arqueólogos que excavaron en Babilonia entusiasmados por descubrir el lugar exacto de los míticos Jardines. Esperaban encontrar inscripciones de Nabucodonosor confirmando que él había construido el jardín. Hallaron habitaciones del palacio con paredes gruesas de ladrillo cocido cubierto de mucho betún y eso dio pie a Koldeway a explicar que aquellos materiales podían indicar la existencia de un jardín en la azotea del edificio. La idea de un jardín en la terraza superior del palacio con vistas a toda la ciudad cautivó la imaginación popular de la época y estimuló la realización de reconstrucciones fantasiosas de varios artistas.

Representación fantástica del siglo XIX.

Sin embargo, la hipótesis de Koldeway no lograba aclarar cómo se regarían las plantas en los largos meses de calor de Babilonia y no prosperó.

Unos años después, el arqueólogo británico Leonard Woolley planteó otra hipótesis, tras sus excavaciones entre 1922 y 1934 en la ciudad sumeria de Ur. En el gran templo de Ur, en forma de torre escalonada piramidal llamada zigurat, descubrió unos agujeros a intervalos regulares y los asoció con el drenaje para cultivar plantas. Esta sugerencia nuevamente sedujo al público y volvió a inspirar reconstrucciones pictóricas de los Jardines mostrando plantas colgando de terrazas de un zigurat. La idea no obstante, tampoco se sostenía pues el material de barro sin cocer, con el que eran fabricados los zigurats, no resistiría la humedad de riego sin desmoronarse. Y además no coincidía con lo descrito por los clásicos.

En las excavaciones  de Babilonia se han hallado más de 200 inscripciones, que han esclarecido la huella que dejó  el rey Nabucodonosor en la ciudad durante los 43 años de su reinado. Nabucodonosor es el rey más conocido de Babilonia porque aparece en la Biblia como conquistador de Judea y Jerusalén; también porque reconstruyó la capital Babilonia, devastada por los reyes asirios, y edificó obras gigantescas. Fue un rey admirado por su pueblo y odiado por los judíos. Dejó mucha información de sus obras, pero ninguna sobre jardines. Si la leyenda fuera cierta, habría dejado algún indicio, sin embargo, en las numerosas inscripciones halladas no se ha encontrado rastro de que a Nabucodonosor le interesaran las plantas  o que amara especialmente a su esposa.

Hasta la fecha, el resultado de las excavaciones ha sido rotundamente decepcionante: no se ha encontrado en Babilonia ninguna evidencia arqueológica de los Jardines Colgantes que demuestre su existencia. Así las cosas, en 1988 algunos académicos optaron por negar que hubieran existido verdaderamente,   proclamando que habían sido una invención literaria de los griegos, proclives a las maravillas orientales y a los personajes poderosos y atractivos, como Nabucodonosor o  Semíramis.

En los noventa del pasado siglo, entró en el debate la historiadora británica Stephanie Dalley afirmando la existencia real de los Jardines, pero con un cambio sustancial de paradigma. Según su tesis, no se construyeron en Babilonia sino en Nínive, la capital de los asirios, y los creó el rey asirio Senaquerib alrededor del año 700 a. C.

Dalley se interesó por los Jardines Colgantes por casualidad. Dio una conferencia sobre Jardines Antiguos, sin nombrar a los de Babilonia, y el descontento que manifestó una asistente a la charla fue tan descomunal que la espoleó a descifrar el enigma de esos jardines, tan famosos como escurridizos. Se especializó en traducciones de técnicas usadas por los reyes antiguos, que solían describirlas con lenguaje metafórico difícil de interpretar.

Como poseída por el espíritu luchador de Semíramis, Dalley se dedicó durante dieciocho años a descifrar textos cuneiformes, tanto de excavaciones recientes como de museos y colecciones del mundo, y a revisar anteriores traducciones, con el único objetivo de desvelar de una vez dónde estuvieron y qué aspecto tendrían los Jardines Colgantes. En su libro El Misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia (The Mystery of the Hanging Garden of Babylon, 2013) expuso su teoría minuciosamente argumentada, convenciendo a muchos otros investigadores.

A diferencia de Babilonia, en Nínive (cercana a la actual Mosul), las excavaciones realizadas en el palacio de Senaquerib han provisto valiosa información sobre el Jardín del palacio, tanto en inscripciones como en relieves escultóricos. Disponiendo de ese material arqueológico, sumado a los textos clásicos, nuevos diccionarios de lenguas mesopotámicas y todo su saber de experta en Historia Antigua, Dalley, tal Sherlok Holmes con algo de Indiana Jones o viceversa, ha compuesto un puzle en el que todas las piezas parecen encajar.

Es preciso recordar que el territorio de esa prolífica recolección de materiales arqueológicos, en Irak y Siria, lamentablemente está siendo saqueado desde los tiempos de la  guerra del Golfo. Por medio de un proceso de expolio sistemático devastador, las primeras ciudades de la historia, con su valioso contenido informativo, están desapareciendo para siempre, convertidas en lugares irrecuperables para la arqueología.

Los Jardines Colgantes de Nínive

El protagonista de la versión de Stephanie Dalley es el rey Senaquerib, hijo de Sargón II, que reinó del 705 al 681 a. C. y eligió Nínive como capital de su reino. En un prisma octogonal de arcilla dejó un largo relato sobre la construcción de un fabuloso palacio con jardín en lo alto de la ciudadela norte de la ciudad.  El edificio palatino contaba con pilares en forma de leones y toros alados de grandes proporciones, enormes puertas, habitaciones y pabellones artísticamente decorados con artesonados, estatuas y paredes esculpidas de materiales excelentes como oro, plata, bronce o alabastro, y maderas nobles de ébano, boj, sisu, cedro, ciprés, pino y madera india. El rey lo llamó su “Palacio Sin Rival”, como ya había hecho su padre con el palacio de Dur Sharrukin, en su afán de lograr algo superior a todo lo anterior.

La construcción de la soberbia obra está ligada a una historia romántica, pues el rey Senaquerib sí dejó escrita una dedicación a su primera esposa:  para Tashmetu-sharrat la mujer de palacio, mi muy amada esposa, que la amante de los Dioses ha hecho la más perfecta de todas las mujeres, yo he construido un palacio lleno de belleza para el deleite y el placer(…), que los dioses nos concedan salud y felicidad juntos en este palacio.

Lindando con el palacio, Senaquerib construyó un extraordinario jardín del que se sentía muy orgulloso: Elevé la altura de los alrededores del palacio, para que fuera una Maravilla para toda la gente. Junto a él extendí un alto jardín imitando las montañas Amenus, con todo tipo de plantas aromáticas.

Se han encontrado dos relieves escultóricos que revelan la apariencia del jardín. Uno, hallado en el Palacio de Senaquerib, representa el jardín recién creado; el segundo, encontrado en el palacio de su nieto Asurbanipal, muestra el jardín maduro. Son evidencias de que el jardín tenía forma de montaña artificial, de “jardín en altura” propio de la tradición asiria, estaba cubierto de árboles y contaba con un lago y diversos canales de agua.

Jardín de Nínive en tiempos de Asurbanipal. Dibujo de S. Dalley.

La representación visual no permite identificar especies. Los árboles aparecen esquematizados en dos tipos, siempreverdes y caducifolios. Por su propio relato, se sabe que Senaquerib, igual que sus predecesores, introdujo especies foráneas para asombrar a propios y visitantes: árboles productores de frutos de toda la tierra, todas las aromáticas de Hatti… cada tipo de vid silvestre, de árbol frutal exótico, de árboles aromáticos y de olivos, así como árboles productores del algodón [Gossypium arboreo]. Esa idea de totalidad refleja abundancia, diversidad, rareza y universo, en suma, un jardín botánico espectacular.

Senaquerib solo nombró unas pocas especies. La palmera datilera fue una de ellas, se plantaba en Nínive, un  terreno poco propicio, pero como dice Dalley, la importancia cultural sobrepasaba las desventajas ecológicas, porque se la relacionaba con el culto de Ishtar, la diosa mesopotámica del amor y la belleza, de la vida y la fertilidad. Tanto era su valor simbólico que Senaquerib, en vez de usar el título de “rey de Asiria”, se autotituló “Palmera de Asiria”.

Hecho el suntuoso palacio y plantado el espléndido jardín, Senaquerib tenía que asegurar el mantenimiento verde de su magnífica colección de plantas, necesitaba una fuente de agua abundante y constante y un método para elevarla a la altura deseada.

Por un lado, Senaquerib diseñó un magnífico sistema de canales, pozos, túneles, presas y acueductos con arcos de piedra, que se internaban en las montañas y traían agua fresca, desde más de 80 km de distancia, hasta la ciudadela de Nínive. Parte de esa obra fue descubierta en los años 30 del pasado siglo (restos de un gran acueducto ) y parte en 2012 (restos de cinco acueductos más).

Por otro lado, el rey inventó un nuevo método de fundir y esculpir el bronce. Y lo usó para crear figuras de leones y otras criaturas de tamaño enorme (hasta de 30 t), y también máquinas (tipo tornillo de Arquímedes) para elevar agua desde unas cisternas hasta arriba del elevado jardín.

El resultado de todo eso fue que el Jardín de Nínive tenía la maravillosa cualidad de mantener su verdor todo el año. Cuando el resto del territorio estaba reseco, un verdor así podría parecer un milagro a quien lo viera; de hecho, era uno de los atributos del paraíso y del jardín mitológico de Alcínoo, que Homero incluyó en La Odisea.

Esta versión de los Jardines Colgantes que Dalley defiende concuerda con las descripciones de los autores clásicos. En todo ello se basó el artista inglés Terry Ball (1931-2011) para realizar una nueva interpretación visual de cómo debieron de ser los Jardines Colgantes de Nínive.

En cuanto a los nombres “Babilonia” y “Nabucodonosor” de las versiones clásicas, Stephanie Dalley sugiere que la denominación Babilonia, que significa “puerta de los dioses”, era un epíteto de ciudad, para babilonios y asirios, y Nínive fue también a veces conocida como Babilonia. Algo semejante pasó con los nombres de los reyes, que se usaron indistintamente como arquetipo de gran rey.

El misterio de los Jardines Perdidos más famosos del mundo ha sido desvelado. Como concluye Dalley, todo el proyecto del rey Senaquerib, es de una magnífica concepción, espectacular ingeniería y brillante como obra de arte. El novedoso y asombroso complejo de palacio, jardín y sistema de riego, sin duda, se merecía ser incluido en la lista de las Siete Maravillas del Mundo.

La nueva narración científica es tan fascinante como la leyenda antigua. Desde las brumas del tiempo los célebres Jardines Colgantes surgen como un ejemplo pionero de jardín bien logrado, nacido del culto a la belleza vegetal intemporal y de la consciencia de su valor simbólico. En su imitación del paisaje natural y milenios antes del paisajismo inglés, fueron precursores del jardín llamado romántico. Fundaron la estela de los “jardines por amor”, tradición que dio otra Maravilla al Mundo, el Taj Mahal. También, inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes,  árboles fragantes que aromatizaban el pasear y arrullos y cantinelas del agua. Y, lo que más me entusiasma, los Jardines fueron creados para provocar el asombro, el sentido que más nos conecta con la grandeza de la naturaleza.

Escrito por Rosa, jueves 23 de marzo de 2017.

Fuentes:
– Milton, J. (2005). El Paraíso Perdido. Ed. bilingüe de Enrique López Castellón. Abada, Madrid. 2. – Dalley, S. (2013). The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon: An elusive world wonder traced. OUP Oxford.
La Epopeya de Gilgamesh (2008). Versión de A. George. Traducido por Fabián Chueca. Debolsillo, Barcelona.
– Yasuda, Y., Kitagawa, H., & Nakagawa, T. (2000). The earliest record of major anthropogenic deforestation in the Ghab Valley, northwest Syria: a palynological study. Quaternary International, 73, 127-136.
 Los saqueos destruyen ciudades milenarias de Irak y Siria en El País. 

Cuatro años de blog

El 21 de febrero de 2013 comenzamos la aventura de escribir el blog Los árboles invisibles. La primera entrada estuvo dedicada al libro de David Haskell, The forest unseen. A year´s watch in Nature (El bosque que no se ve. Un año de observación en la Naturaleza) [1]. Una serie de lecciones de historia natural y sensibilidad poética que el profesor Haskell fue desgranando durante un año, a medida que transcurrían sus observaciones de un mandala virtual en el corazón del bosque.

En los cuatro años siguientes el blog, como un árbol, ha ido creciendo y formando anillos en su tronco con las 74 entradas que hemos añadido, al ritmo aproximado de una al mes. Cada artículo surgió espontáneamente, inspirado por un viaje, una imagen, una lectura o una conversación. El proceso creativo ha sido deambulatorio, no planificado, pero siempre hemos buscado el conocimiento y la emoción asociados a los árboles.
Para Matusalén, el árbol milenario de la especie Pinus longaeva que vive en las Montañas Blancas de California, cuatro años y 74 anillos es apenas un suspiro. Sin embargo, para nuestras vidas y nuestra escala de tiempo, cuatro años es un período de tiempo relevante. Como ejemplo, en ese breve plazo se han deforestado unas 52 millones de hectáreas de bosques tropicales, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. El dióxido de carbono de la atmósfera ha subido 10 ppm (partes por millón) superando por primera vez las 400 ppm, y sigue subiendo. En esta vida de ritmo acelerado que llevamos, volver la vista hacia los árboles, hacia su crecimiento pausado y su permanencia, nos abre una nueva perspectiva de nuestra relación con la naturaleza y sobre el sentido del tiempo.

En nuestro deambular hemos rastreado árboles en los objetos materiales cotidianos, como el lápiz de madera y el papel que usamos para escribir los borradores, las especias que aderezan nuestras comidas, o las esencias aromáticas que  perfuman nuestra vida social y espiritual.

Atrapados por la imaginación de los maestros literarios de ficción, hemos viajado a las sabanas de Mozambique con Mia Couto y hemos asistido a la misteriosa ceremonia del takatuka, nos ha emocionado la pasión de los amantes en el corazón del bosque inglés con David H. Lawrence, hemos acompañado a Robert Walser en su paseo por los bosques de las montañas de Suiza, y nos hemos abandonado bajo el árbol de la indolencia en la isla de Chipre con Lawrence Durrell.

Nos ha conmovido el impacto visual de las fotografías de Sebastião Salgado de la selva de Sumatra, la apacible atmósfera del grupo familiar bajo un castaño de Indias retratado por Federico Bazille y la trágica batalla de Arminio en los bosques de Germania plasmada en el lienzo de Anselm Kiefer. Mientras que el ingenioso y transgresor Ai Weiwei nos ha deleitado con su icosaedro truncado fabricado con palo de rosa perfumado.

Hemos disfrutado de la variedad de árboles en los bosques urbanos, como el Parque María Luisa de Sevilla que frecuentamos casi a diario, hemos conocido un sinfín de historias en el Botánico de Coimbra y nos hemos extasiado con la vista de Roma desde la colina arbolada del Orto Botanico.

Algunas especies de árboles nos han atraído especialmente para contar sus historias. Tuvimos ocasión de visitar al extraño tumbo de las hojas inmortales (Welwitschia mirabilis) en el desierto de Namibia. Nos entregamos a la fascinación por el fósil viviente de las remotas montañas de China, el ginkgo (Ginkgo biloba), venerado en los templos orientales y por muchos amantes de los árboles. En el Mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens), apuntando al cielo, nos llamó la atención con su pasado mítico y místico. Durante los paseos veraniegos nos acercamos al enebro de frutos grandes (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) que otea el mar desde los acantilados.

Los árboles están ahí, forman parte de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes. En los veranos calurosos buscamos con fervor la buena sombra que nos alivia y refresca. El maravilloso espectáculo del reverdecer primaveral nos infunde alegría y optimismo. ¿Quién no ha subido a un árbol, de pequeño o de mayor, para ver el mundo desde arriba? Pasear por un bosque, entre árboles, mejora nuestra salud; lo sabemos, ahora además es una práctica japonesa de medicina preventiva.

Tras este tiempo de descubrimientos y escritura, nos sentimos contentos de la recepción que nuestro trabajo ha tenido en la blogosfera. En cuatro años hemos recibido más de 300.000 visitas de internautas realizadas desde 156 países, en su mayor parte desde España (36%), México (16%), Colombia (9%), Argentina (9%) y Estados Unidos (7%), y también un buen número de comentarios muy alentadores.

A todos los que nos seguís y a los que llegáis de nuevo, gracias por leernos.

¡Larga vida a los árboles!
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[1] El libro de Haskell fue publicado en 2012 por Viking Penguin, Nueva York. La edición española, titulada En un metro de bosque, ha sido traducida por Guillem Usandizaga y publicada por Turner, en marzo 2014.

 

Escrito por Rosa y Teo, jueves 23 febrero 2017.

Declive y rescate de un gigante

El castaño americano (Castanea dentata) es un árbol gigantesco que puede alcanzar los 40 metros de altura, con troncos de más de 3 metros de diámetro. Su área de distribución se extiende por todo el este de Estados Unidos, desde Maine al norte hasta Georgia al sur, ocupando unas 80 millones de hectáreas. Se le ha llamado la “secuoya del este” por su envergadura y por ser el árbol dominante del bosque.

La filogeografía ha reconstruido la historia evolutiva de las siete especies de castaños existentes en el mundo. Los ancestros del género Castanea (de la familia Fagácea) se originaron en los bosques del este de Asia, hace unos 60 millones de años. Desde allí, un linaje migró hacia el oeste y hace unos 43 millones de años se diferenciaron los antepasados del castaño europeo (Castanea sativa). Posteriormente, los castaños pasaron a Norteamérica, donde se originaron las dos especies americanas (C. dentata y C. pumila) [1].

Durante las reiteradas glaciaciones en los últimos dos millones de años (la más reciente hace 10.000 años), la orientación norte-sur de la cordillera de los Apalaches (este de EE UU) permitió las migraciones de las especies de árboles siguiendo el avance y retirada de los hielos. El resultado fue la supervivencia de un bosque mixto, rico y diverso. Los primeros colonos europeos del siglo XVIII se encontraron un paraíso natural en estos bosques. La producción de castañas era copiosa, a veces se acumulaban tanto en el suelo del bosque que se recogían con palas, y además era segura todos los años, sin vecerías como en los robles. En otoño suponía una importante fuente de ingreso para las familias que subsistían en esta zona de montañas. La prodigalidad del castaño constituía también un recurso básico para la fauna forestal; proporcionaba alimento a osos, ciervos, y todo tipo de pequeños mamíferos y de aves. Para la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), que formaba bandadas de cientos de miles de individuos, la abundante castaña era su dieta favorita en otoño e invierno.

Los leñadores consideraban al castaño americano el “árbol perfecto”: un tronco recto, con madera resistente a la podredumbre y fácil de trabajar. Fue talado masivamente y utilizado en la fabricación de casas, cobertizos, postes de telégrafos, traviesas de ferrocarril, muebles e instrumentos musicales. En la icónica fotografía de 1910, publicada por Sidney V. Streator en la revista Leñador Americano (American Lumberman), se aprecian las dimensiones de estos árboles colosales.

A finales del siglo XIX algunos naturalistas, como Henry D. Thoreau (1817-1862), advirtieron que la explotación del castaño no era sostenible: “la madera de castaño ha desaparecido rápidamente en los últimos 15 años, siendo utilizada de forma extensiva para traviesas, cercados, tableros y otros fines, de modo que actualmente es comparativamente escasa y cara; y existe el peligro, si no tenemos un cuidado especial, de que este árbol se extinga” [2].

Encuentro fatal

No fue el hacha la perdición del castaño sino un misterioso alien que vino de oriente. Se sabe que en 1876 un viverista de Nueva York importó castaños japoneses (C. crenata) como árbol ornamental. Posiblemente en el embarque de los castaños venía como polizón un hongo parásito, que forma pústulas rojo-anaranjadas sobre la corteza; pero pasó desapercibido porque el árbol japonés tiene defensas y puede convivir con el hongo sin mayores problemas.

Sin embargo, cuando las esporas de este hongo llegaron a contactar con su pariente americano el efecto fue devastador. Las primeras infecciones letales se detectaron en 1904 en los castaños del Jardín del Zoológico de Nueva York. Un joven micólogo del Jardín Botánico, al otro lado de la calle, fue avisado y comenzó a estudiar la causa de esta mortandad. William A. Murrill (1869 – 1957) se había criado en una granja de Virginia donde “pasó una infancia feliz deambulando por el campo, cazando ranas y topos, y cogiendo frutos silvestres de pawpaw (Asimina triloba, pariente de la chirimoya), nogales y castaños” [3]. Estudió Botánica en la Universidad de Cornell y acababa de ser contratado en el Botánico de Nueva York cuando se encontró con el importante reto que marcaría su carrera.

Murrill aisló y cultivó el hongo, comprobando sus efectos patógenos sobre el castaño. En 1906 publicó sus características y su ciclo biológico, con el nombre Diaporthe parasitica, que en 1978 sería rebautizado como Cryphonectria parasitica, vulgarmente conocido como “chancro del castaño”. Entonces no se sabía su origen, si era una mutación patógena de un hongo nativo o había venido de fuera.

El hongo tiene un ciclo complejo. Las esporas tienen que penetrar por alguna herida de la corteza hasta el cámbium (tejido de crecimiento del tronco), allí germinan y el micelio empieza a extenderse entre las células vivas, produciendo compuestos tóxicos, como el ácido oxálico, que las matan. La infección del cámbium y el xilema (tejido de transporte) interrumpe la circulación de la savia. Al expandirse el micelio y rodear la rama o el tronco produce la necrosis parcial o de todo el árbol, por efecto del “anillado”. Es “el asesino perfecto, como un tiburón” comentó un micólogo, no sin cierta admiración [3].

En primavera y otoño se producen las pústulas (picnidios) de color amarillo-anaranjado que liberan las esporas asexuales (conidios) englobadas en un material viscoso de color amarillo; estas esporas se dispersan a corta distancia, por la lluvia o adheridas a los animales. Al final del verano, se producen millones de esporas sexuales (ascosporas), un polvo amarillo que es dispersado por el viento transmitiendo su carga letal.

En pocos años el hongo devastó los bosques del este americano, arrasando unos 4 mil millones de castaños, infectando a todos los árboles en el área de distribución; la epidemia avanzó a una velocidad de 80 km por año. La actuación de los servicios forestales no fue muy afortunada: “lo mejor es cortar todos los castaños que quedan, aprovechar su madera por valor de unos millones de dólares, y permitir que la naturaleza regenere otros tipos de árboles en su lugar”, fue la consigna del Director de un Centro de Investigación Forestal en 1926 [3]. Ignorando que de esa manera reducía la diversidad genética de la población y por tanto la probabilidad de que algunos individuos resistentes pudieran sobrevivir. Para el año 1940, el castaño americano, el gigante de los bosques de los Apalaches, había desaparecido como especie comercial.

En realidad el castaño no se extinguió como especie, porque el hongo no infectaba la raíz y la base del tronco. De hecho el árbol sobrevive, rebrota desde la base y comienza a crecer, hasta que después de 10-20 años vuelve a ser infectado por el chancro y “muere” (la parte aérea). Nunca llega a ser el árbol gigante con el tronco recto y fuerte del pasado; rebrota, crece y “muere” como si fuera presa de la maldición de Sísifo. El que fuera árbol dominante del dosel quedó relegado a sobrevivir en el sotobosque como un arbusto.

En cuanto a Murrill, después de describir y nombrar al hongo parásito, siguió con su brillante carrera de micólogo, siendo conocido como Mr. Mushroom (Señor Champiñón); describió unas 1.700 especies nuevas, publicó 20 libros, 500 artículos científicos y 800 de divulgación. Viajó y recolectó hongos por México, Caribe, Europa y Sudamérica. De carácter algo excéntrico y poco comunicativo, en un viaje a Europa “desapareció” sin dejar noticias; en el Botánico cubrieron su puesto y su mujer pidió el divorcio. Cuando volvió a los ocho meses (había estado enfermo del riñón en un hospital francés), se encontró sin trabajo y sin mujer. Se retiró a vivir en una cabaña en Virginia, donde siguió escribiendo y estudiando hongos.

Largo camino hacia la recuperación

Una vez aceptada la derrota en la lucha contra la expansión de la plaga, la administración, universidades y particulares comenzaron a trabajar para la recuperación de esta especie emblemática de árbol. La restauración natural parece poco probable porque la susceptibilidad letal fue casi universal (no quedaron individuos resistentes) y además afectó a todo el área de distribución (no quedaron refugios ni poblaciones que escaparan de la plaga). La alternativa fue intentar la recuperación asistida.

La primera opción fue buscar la solución en oriente, de donde vino el hongo. La confirmación de su origen no llegó hasta 1913 cuando el explorador Frank N. Meyer (1875-1918), enviado por el Departamento de Agricultura (USDA) a China, encontró árboles de Castanea mollisima que mostraban la enfermedad pero parecían resistentes. Meyer envió muestras de corteza y castañas a EE UU y la identidad del hongo fue así confirmada. Uno de los últimos “cazadores de plantas”, Meyer pasó 13 años en Asia explorando y recolectando semillas y propágulos para la Sección de Introducción de Plantas Extranjeras del USDA; en total embarcó unas 2.000 especies botánicas de interés (un tesoro vegetal de oriente) para América.

Castaño chino afectado por el chancro y resistente, en la provincia de Zhili, China, 1913. Foto: F. Meyer, Archivos del Arnold Arboretum de Harvard.

Durante 40 años se ensayaron todo tipo de cruces entre el castaño americano y los castaños de China y Japón. Aunque se obtenían árboles híbridos resistentes al chancro, no se parecían en nada al castaño americano, no tenían el tronco recto ni su rapidez de crecimiento, tampoco eran tolerantes al frío. El resultado fue descorazonador y en la década de 1960 se abandonaron estos programas de mejora genética y recuperación.

En la década de 1980 Charles Burnham (1904-1995), un genético vegetal con experiencia en la mejora del maíz, propuso un enfoque diferente que no se había probado en genética forestal. A partir de híbridos con castaños chinos (C. mollisima) resistentes al chancro se debería comenzar un proceso repetido de retrocruzamiento con los parentales americanos. En cada generación habría que seleccionar la progenie que manifestara la tolerancia al chancro y que al mismo tiempo tuviera rasgos morfológicos tipo americano. De esa forma, después de varias generaciones se conseguiría un castaño muy semejante en todos los aspectos al C. dentata pero con los genes de la tolerancia al chancro de C. mollisima.

La mejora genética de árboles es un proceso difícil que requiere mucho trabajo para hacer los cruces, esperar mucho tiempo hasta que fructifique cada generación, y muchos terrenos donde hacer las plantaciones experimentales. Para poner en marcha este ambicioso programa de mejora genética Burnham y sus colegas crearon en 1983 la Fundación del Castaño Americano (FCA). En la actualidad cuenta con 586 plantaciones experimentales distribuidas por toda el área del castaño y 6.000 voluntarios que dedican unas 50.000 horas al año a colaborar con los científicos en las tareas de polinización manual, recogida de semillas, plantaciones, inoculación del hongo, selección y cultivo de plantones [4].

Técnico de la fundación FCA polinizando un castaño resistente al chancro (Foto: Leslie Middleton).

Aplicando las nuevas técnicas de genética molecular se podría introducir un gen de tolerancia al chancro, manteniendo el genoma completo del castaño americano y sus características típicas, evitando así el problema asociado a las hibridaciones con especies asiáticas, de aspecto tan diferente. Un equipo de la Universidad de Nueva York ha probado con el gen de la oxalato oxidasa (OxO) que detoxifica el oxálico, producido por el hongo para matar las células del árbol y facilitar su invasión. Así, insertando un gen OxO del trigo (que ha evolucionado esta defensa natural) se obtienen castaños transgénicos que resisten el chancro. Ya se han producido los primeros castaños resistentes que esperan en plantaciones experimentales el permiso de las autoridades federales para ser llevados al bosque. Sin embargo, estas técnicas cuentan con la oposición de los ecologistas que consideran a los castaños transgénicos “innecesarios, indeseables e impredecibles por su posible impacto ambiental”, a diferencia de los castaños resistentes obtenidos por cruces tradicionales.

En 1936 el poeta americano Robert Frost (1874-1963) escribió un poema que sería una premonición o un deseo [5].

¿Terminará el chancro con el castaño?
Los granjeros apuestan que no.
Se mantiene latente en las raíces
y hacia arriba surgen nuevo brotes.
Todavía vendrá otro parásito
para acabar con el chancro.

Efectivamente, al hongo del chancro le llegó su propio parásito que también vino de oriente, pero con parada en Europa. Las primeras infecciones de chancro en los castaños europeos (Castanea sativa) se detectaron cerca de Génova, en 1938. La especie europea parecía menos sensible al chancro que la americana. Un fitopatólogo italiano descubrió en 1950 una cepa del hongo que no era letal y la llamó “hipovirulenta”. Posteriormente se descubrió que se trataba un virus, identificado como CHV1 (Cryphonectria hypovirus 1), que infecta al hongo y lo debilita. Actualmente se investiga el potencial del virus CHV1 para el control biológico del hongo en el castaño americano, aunque existen dificultades en la transmisión del virus debido a la diversidad genética del hongo y su incompatibilidad vegetativa.

Miles de entusiastas voluntarios agrupados en la Fundación del Castaño Americano dedican cada año su trabajo y esfuerzo a un objetivo: obtener poblaciones de castaño que estén adaptadas a las condiciones locales, que tengan suficiente resistencia al hongo del chancro para sobrevivir y suficiente variabilidad genética para evolucionar. La visión de futuro es que los castaños gigantes vuelven a dominar los bosques de los Apalaches, y cada otoño alfombren el suelo con sus brillantes castañas nutritivas. Aunque haya que esperar unos 300 años.
___________________
[1] Lang, P., Dane, F., Kubisiak, T. L. y Huang, H. (2007). Molecular evidence for an Asian origin and a unique westward migration of species in the genus Castanea via Europe to North America. Molecular phylogenetics and evolution, 43: 49-59.

[2] Cita tomada del ensayo “The dispersion of seeds” escrito poco antes de su muerte en 1862; editado y publicado en 1993 por Bradley P. Dean con el título Faith in a seed. The dispersion of seeds and other late Natural History writings, Island Press, pág. 126.

[3] Susan Freinkel (2007), American chestnut. The life, death, and rebirth of a perfect tree, University of California Press. Una excelente narración de la crisis ecológica del castaño americano, escrita por una periodista; destacan las descripciones del perfil humano de los personajes involucrados en la historia. La cita de W.A. Murrill en pág. 31, la del Jefe de Servicio Forestal en pág. 80; la del “asesino perfecto” en pág. 109.

[4] Steiner, K.C., J.W. Westbrook, F.V. Hebard, L. L. Georgi, W.A. Powell, S.F. Fitzsimmons (2016). Rescue of American chestnut with extraspecific genes following its destruction by a naturalized pathogen. New Forests (publicado en línea 10 diciembre 2016).

[5] El poema “Las malas tendencias se cancelan” (Evil tendencies cancel) forma parte del conjunto “Diez molinos” (Ten mills), publicado en el libro A further range, 1936. También da título al capítulo sexto del libro de Freinkel, dedicado a las investigaciones sobre la lucha biológica para reducir los efectos letales del chancro.

 

Escrito por Teo, 26 enero 2017.

 

Enlaces

Artículo de Ferris Jabr (2014) en Scientific American
Biografía de W. A. Murrill en la web del Jardín Botánico de Nueva York
Archivos del explorador Frank N. Meyer en el Botánico de Harvard
Fundación del Castaño Americano: página web
Fundación del Castaño Americano: facebook
Críticas a los castaños transgénicos
Poema de Robert Frost
Otras entradas relacionadas en este blog:
Los castaños europeos
El bosque de los Apalaches
Decaimiento en los bosques

De Aromas y Perfumes

El mundo natural está lleno de olores maravillosos. El olor a mar es uno de mis preferidos pero los más atractivos para todos son sin duda los olores aromáticos que desprenden las plantas. Un bosque de pinos, una frondosa higuera, unos naranjos en flor emanan olores deliciosos. El olor refrescante de unas hojas de menta o el perfume meloso de una dama de noche en la oscuridad puede arrebatarnos y llevarnos a un momento repentino de éxtasis.

El Alma de la Rosa. J. W. Waterhouse, 1908.

El Alma de la Rosa. J. W. Waterhouse, 1908.

El olfato es un sentido asombroso. Capta los efluvios odoríferos y los conecta con emociones de vivencias guardadas en el fondo de la memoria, en lo más íntimo de nuestro ser. El olor a mar siempre me arrastra de vuelta a la costa donde nací; el olor a lápiz, a todos nos transporta a la escuela de la infancia donde nos iniciamos en la escritura. Por el olfato alcanzamos un mundo de gozos y evocaciones inimaginables.

Por ello, desde las sociedades tribales, con las sencillas quemas de inciensos y ramas, hasta el mundo moderno, con los refinados y complejos perfumes, el ser humano siempre ha perseguido el sueño de arrancarle a la naturaleza el secreto de sus aromas.

Todo lo que rodea a los perfumes posee un hálito de misterio. Aún sabiendo que los efluvios aromáticos que emanan las plantas son compuestos químicos volátiles con diversas funciones biológicas, no dejamos de admirarlos como un fenómeno prodigioso de la naturaleza. Por otra parte, el conocimiento y dominio de los aromas naturales se ha desarrollado casi siempre en secreto. Se han guardado como tesoros el hallazgo de nuevas especies odoríferas, el descubrimiento de las técnicas más eficaces de extracción de esencias y  la fórmula de ingredientes más arrebatadora. Quizás por ello, la descripción de los perfumes sea tan críptica, oscura e impenetrable, casi un código secreto al alcance solo de iniciados.

Yo también me he sentido atraída por el misterio de los perfumes, sobre todo por saber qué clases de árboles hay detrás de los valiosos frascos de fragancias. Quizás sea en esas sustancias evanescentes donde los árboles sean más invisibles.  Para satisfacer mi curiosidad y explorar los aromas de árboles más aclamados por los perfumistas, viajé a la capital del mundo del perfume, la ciudad francesa de Grasse, el lugar más idóneo para iniciarse en los entresijos de este arte.

La Ciudad de los Perfumes

Cartel de Roger Broders, 1927.

Cartel de Roger Broders, 1927.

Grasse es una pequeña urbe medieval, situada en la confluencia de los Alpes, la Costa Azul y la Provenza, a más de 700 metros de altitud, que lleva siglos dedicada al conocimiento de los aromas naturales. Desde el Hotel Mandarina Grasse, enclavado en lo alto de la ciudad, se divisaba a lo lejos la bahía de Cannes y por todo el valle los campos donde en primavera y verano florecieron la rosa, el jazmín, el clavel, el nardo y la violeta.

Gracias a su favorable microclima, los cultivos de plantas para perfumes se dieron bien y  poco a poco  aumentaron las especies cultivadas. El jazmín llegó a Grasse desde India en 1650; la rosa también por esa fecha; el nardo fue importado de Italia en 1670; la lavanda y la mimosa en el año 1875. Hoy en Grasse se cultivan campos espectaculares de rosa, jazmín, nardo, violeta, azahar, lavanda y mimosa.

Por el desarrollo de excelentes cultivos y de las mejores técnicas de extracción y de creación, Grasse es conocida como “la ciudad de los perfumes” desde el siglo XVII, siendo desde entonces cuna de famosos perfumistas y escuela de referencia mundial. La calidad de sus esencias naturales la mantiene hoy, a pesar de la globalización, como uno de los centros mundiales en producción, proceso y venta del Perfume.

Si quieres saber de perfumes, tienes que visitar Grasse. Todo en la ciudad ronda en torno al perfume: las tiendas de fragancias y jabones, las tienda-museos de las perfumerías Fragonard, Molinard y Galimard, los cursos de creación de perfumes, la Fiesta de la Rosa de mayo, la Fiesta del Jazmín, las Noches Perfumadas de verano… Y el Museo Internacional de la Perfumería con su Jardín de Plantas para Fragancias, donde encontré algo de luz sobre los árboles más admirados en este reservado arte.

Catálogo de aromas

“En perfumería, el artista termina el olor iniciado en la naturaleza”,  manifiesta el protagonista de A contrapelo, la novela del escritor francés J. K. Huysmans (1848-1907). Para los naturalistas, el olor de la rosa nos parece de un acabado perfecto; para los perfumistas, la perfección se alcanza cuando después de extraer la esencia a una planta la mezclan con otras para crear algo nuevo de superior categoría.

La naturaleza crea el perfume en el momento en que las plantas fragantes sintetizan aceites esenciales volátiles. Estos aceites con aroma tienen funciones biológicas muy importantes para las especies, sirven, entre otras cosas, para atraer a insectos para la polinización, repeler a herbívoros y xilófagos, atacar microorganismos patógenos o comunicar mensajes a las otras plantas del entorno. Dependiendo de las especies, los aceites se fabrican en las flores, las hojas, los frutos, la raíz, la madera o la resina.

Las materias primas fragantes se catalogan en siete clases (según la clasificación tradicional exhibida en el Museo Internacional de Grasse): Florales, Frutales, Maderas, Herbáceas, Especias, Bálsamos y Animales. En total suman setenta materias; en otras clasificaciones, el número es muy superior.

La recolección de las materias primas naturales es el momento más delicado de todo el proceso; para que el aceite sea de la mayor calidad hay que conocer el momento del día más propicio y recoger con delicadeza la materia, los pétalos, por ejemplo, para que den la mejor de sus fragancias.

La segunda fase es la captura de los aromas. Se realiza por diferentes procesos, dependiendo del tipo concreto de materia prima. Las técnicas más frecuentes son la destilación al vapor después de macerar en agua; la expresión de las cáscaras de los frutos; y la disolución en grasas animales o disolventes volátiles. Las esencias extraídas no son sustancias simples. En realidad, cada aceite esencial es una mezcla muy compleja de más de cien compuestos químicos. De estos, los que aportan los aromas son los terpenos, fenoles, aldehídos, cetonas, ésteres y alcoholes. La esencia de rosa, por ejemplo, tiene 275 componentes. El aroma natural en la planta es ya un aroma múltiple.

La última etapa es la elaboración de una fragancia. Una “nariz”, como se conoce al perfumista, dispone hoy de una gran cantidad de esencias (incluyendo las sintéticas) que puede mezclar. Esos frascos de esencias son como la paleta de colores para el pintor. Un perfume puede contener entre 200 y 500 ingredientes, (casos extremos son el “Molecule 01”, de una sola molécula y el “Beautiful”, de 2000).  El arte reside en crear una mezcla o composición que tenga armonía y atractivo.  Se necesita un sentido del olfato muy desarrollado capaz de memorizar de cada aroma los olores que la componen, la persistencia en el tiempo, el modo en que se afecta por otros, así como los grupos o acordes de esencias que mejor funcionan.

Dentro de esta rica y variada paleta el perfumista dispone de una serie de esencias que proceden de árboles. Hay árboles con flores perfumadas, otros con frutas de olor seductor, los hay con maderas de intensa fragancia y también los que lloran lágrimas aromáticas y por supuesto los árboles de especias.

Flor de la mimosa, dulce abrazo

Los aromas florales son los más bellos y cautivadores, yo diría que es la belleza natural en forma de aroma. La rosa y el jazmín emiten unos olores que son pura delicia, emblemas de este tipo de fragancia de origen floral, pero muchas otras flores también nos hacen gozar. En este importante grupo de materias fragantes, las flores del naranjo (Citrus spp.), del ylang ylang (Cananga odorata) y de la mimosa (Acacia spp.) son los tres aromas florales de árboles que más se usan en los perfumes.

De la flor de la mimosa dicen que su olor es un milagro de la naturaleza, tan  dulce y reconfortante como el abrazo de una madre. El nombre “mimosa” (“muy aficionada a caricias” según la RAE) le viene de maravilla. También el nombre de “aromo”, como se le conoce en Chile;  parece que su flor sea el aroma por excelencia, el más agradable de todos, o tal vez por la evocación más universal,  oler a abrazo de madre.

En realidad, aromo y mimosa son nombres aplicados a diversas especies de leguminosas. En perfumería se usan principalmente dos: la Acacia dealbata, de origen australiano, y la Acacia farnesiana, de origen americano, la preferida de los perfumistas, a ella voy a referirme en esta entrada.

La mimosa (A. farnesiana) es un árbol pequeño y espinoso, a veces arbusto, único por sus flores de color amarillo intenso, pequeñas, globosas, muy perfumadas, que florecen antes que ninguna a final de invierno.

Es originaria de América tropical, desde Texas y California hasta Perú. Actualmente se cultiva en Argelia, Marruecos y sur de Francia, principalmente en la región de Grasse, también en Oriente Medio y la India. Y se ha naturalizado en otras regiones tropicales, subtropicales y templado-cálidas, probablemente extendidas por la acción humana.

Crece bien en todo tipos de suelo, con régimen de lluvias hasta los 900 mm anuales. Ecológicamente es una especie importante porque es parte de la vegetación secundaria que sucede al bosque tropical caducifolio y es indicadora de sitios perturbados.

La especie tiene importancia económica. Se emplea como ornamental y para mejorar los suelos (fijadora de nitrógeno), y de ella se extraen colorante, curtiente, condimento, combustible, forraje, medicina herbolaria y el aceite esencial para perfumería.

La historia de su nomenclatura es curiosa y muestra lo caprichoso que puede ser el origen de un nombre botánico. Este árbol posiblemente era bien conocido y utilizado en la América prehispánica, recibiendo diversos nombres locales, por ejemplo huizache en México.

La primera referencia botánica en Europa es de 1625, por el botánico y médico Tobías Aldino, en su obra en latín “Exactissima descriptio rariorum quarundam plantarum, quae continentur Romae in Horto Farnesiano” (Descripción exacta de las plantas del Jardín Farnesio de Roma). Le llamó Acacia Indica Farnesiana; el epíteto latino farnesiana nos lleva así a la colina palatina de Roma, cerca del arco de Tito, donde en 1550 la familia noble Farnesio creó uno de los primeros jardines botánicos privados de Europa, el Horti Farnesiani, muy popular en el XVIII y XIX. Parece que los jesuitas, en 1611, llevaron semillas de mimosa desde su tierra nativa Santo Domingo, como regalo para el Cardenal Eduardo Farnesio, que las plantó en su jardín renacentista, donde serían descritas y dibujadas con gran precisión por Aldino.

Cuando en 1753, Linneo alumbra su obra “Species Plantarum”, marcando el nacimiento de la moderna nomenclatura botánica, asigna a este árbol el nombre Mimosa farnesiana, curiosamente eligiendo como referente la primera ubicación europea (siguiendo el criterio de Aldino) en vez del origen dominicano o americano. El vocablo genérico Mimosa procede del latín, mimus, y alude a las especies (como M. pudica) que se retraen cuando las tocamos, de ahí que a la mimosa también se la denomine “púdica”, “vergonzosa” y “sensitiva”.

Posteriormente, en 1806, el botánico alemán Carl Ludwig Willdenow, en la cuarta edición del “Species Plantarum”, reasignó la mimosa al género Acacia, con el nombre Acacia farnesiana. Quedó así incluida en un gran género de árboles y arbustos con más de 1300 especies distribuidas por todo el mundo.

Recientemente se ha comprobado que el gran grupo del género Acacia es polifilético (que deriva de varios ancestros) y se ha dividido en cinco géneros. La mimosa ha sido asignada al género Vachellia, que fue acuñado en 1834 por los botánicos Robert Wight y George Arnott, en su obra “Prodromus Florae Peninsulae Indiae Orientalis” (Flora de la India), estableciendo como especie tipo a Vachellia farnesiana, a partir de plantas cultivadas en la India. En esta ocasión, el nombre genérico Vachellia nos conduce a la región de Macao en el sur de China y guarda relación con el Reverendo G. H. Vachell (1799-1839), capellán de la fabrica de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales en Macao, que recolectó plantas de la región y descubrió un número considerable de nuevos taxones.  Extraña historia la de este nombre botánico que asocia a la mimosa americana a un capellán inglés en Macao y a un palacio renacentista en Roma.

Por otra parte, el árbol recibe muchos nombres comunes diferentes en cada idioma. En Francia la llaman cassie, en inglés sweet acacia,  en México, huizache.

Desde los Jardines Farnesio, la especie fue introducida en la Provenza por el delicado olor de la flor, al menos a partir de 1825. Hoy la mimosa es la flor reina del invierno en la comarca de Grasse. La explosión de la floración es tan espectacular que de enero a marzo se organiza la “Ruta de la Mimosa” a lo largo de 130 kilómetros de la Costa Azul, cuando la tierra se cubre de oro y brilla entre el azul de mar y cielo.

Las descripciones de aromas de los expertos en perfumes amplían las sensaciones olfativas con matices visuales, táctiles, gustativos o sonoros. Así, a la fragancia de la mimosa la describen como un aroma floral con tono aterciopelado y tonalidad polvo. Tres escritoras del blog Fragantica encuentran en perfumes del mercado centrados en esta flor de oro estos matices sorprendentes:

De “Mimosa Pour Moi”, dice Juliett Ptoyan,  que huele a color amarillo y que esta “eau” es como una montaña rusa de principios de primavera hasta el corazón del verano, fresca y caliente, picante y dulce.

De “Une Fleur de Cassie”, cuenta Raluca Kirschner que huele como si cientos de dorados y esponjosos pompones de mimosa estuvieran rodando por una colina de sándalo tomando algunos tonos especiados de clavel en su camino, clavel que añade una especie de efecto de piel humana: un poema erótico en una botella.

Para Sandra Raicevic, el aroma de la mimosa representa a la perfección los días de verano en medio de un invierno frío y nevado que traen mucha felicidad y alegría.

Fruta del bergamoto, estallido brillante

Los olores de las frutas son muy atractivos para los pájaros y para nosotros; en este caso, los árboles sintetizan el aceite esencial en la piel del fruto. Los aromas de los cítricos son muy empleados en perfumes, especialmente el naranjo (Citrus aurantium) y el bergamoto (Citrus bergamia), el favorito de los perfumistas porsu carácter excepcional.

¿Qué tiene la esencia de bergamota? Es muy perfumada, con una acidez no aguda como en otros cítricos sino más sutil, resultando tan fresca que se considera “brillante”. También presenta una persistencia mayor que otros cítricos, lo que es muy importante para un perfume. Y armoniza con una amplia gama de mezclas de esencias, favoreciendo, además, que sus componentes se complementen entre sí. Es una de las notas más comunes en la paleta del perfumista. La versatilidad de la  bergamota es tal que la podemos encontrar tanto en las aguas de colonia más ligeras como en los perfumes más densos.

Si sois tan aficionados al té como yo, reconoceréis el aroma a bergamota en el famoso té Earl Grey, el té favorito del Conde Earl Grey (Primer Ministro británico de 1830 a 1834), que se popularizó a principios del siglo XIX y que sigue siendo predilecto de muchos té-adictos entre quienes me incluyo. El aroma de la bergamota también os puede resultar familiar por las aguas de colonia que todos hemos usado en algún momento de nuestra vida, porque es el principal componente de esta fórmula creada a principios del siglo XVIII como perfume ligero.

El árbol del bergamoto es pequeño de altura, conflores blancas muy perfumadas y una fruta esférica aplanada o piriforme, de pulpa verdosa, y corteza amarilla cuando madura.

Solo se conocen bergamotos de cultivos. En Asia tropical y subtropical, de donde proceden las especies del género Citrus, no se han encontrado bergamotos silvestres, así que su taxonomía ha sido muy discutida. La investigación genética sobre sus ancestros ha determinado que posiblemente sea un híbrido entre el naranjo amargo (C. aurantium) y la lima dulce (C. limetta). Hoy se acepta la clasificación como especie Citrus bergamia, aportada en 1819 por los botánicos Risso y Poiteau.

Sin saberse qué fue de este árbol antes, el bergamoto es citado por primera vez en 1714, en Colonia, Alemania, en los registros  de compras de ingredientes de la empresa de perfumes Eau de Cologne Farina, la marca de perfume registrada más antigua del mundo.

El Agua de Colonia Original (Original Eau de Cologne), fue creada a principios del XVIII por Giovanni Maria Farina. Era una solución de aceites esenciales diluidos en etanol al 4-8%, basada en esencias de limón, naranja, bergamota, mandarina, cedro, lima, pomelo y una mezcla secreta de hierbas.

Cuando se puso a la venta, el aroma sorprendió enormemente. Era una fragancia muy fresca, opuesta a los cargados perfumes que se usaban entonces. Goethe, Voltaire, Napoleón, la reina Victoria y otras personalidades se volvieron locos por ella; gracias a lo cual, el agua de Colonia se exportó a todo el mundo. Y el mundo descubrió el aroma y el nombre del bergamoto.

La primera plantación de bergamoto conocida aparece registrada en 1750 en el  sur de Italia, en la provincia de Reggio Calabria, en una pequeña franja de 150 km de la costa jónica. Desde entonces ese enclave no solo es uno de los escasos lugares donde su cultivo prospera sino que además ha sido el principal productor de bergamoto del mundo. Un pequeño rincón del Mediterráneo con clima subtropical húmedo templado, al resguardo de los vientos por las colinas circundantes, donde el bergamoto, parece encontrar cuanto necesita para desarrollarse y dar de sí la mejor esencia.

Hoy en día en Reggio hay 1500 ha dedicadas al bergamoto, que producen una media de 100.000 kg de aceite esencial de la mayor calidad. El bergamoto se cultiva en otras partes del mundo como Costa de Marfil o Marruecos, pero esas tierras no dan un aceite de la calidad del de Calabria.

El misterio de su origen ha dado lugar a que circulen diversas teorías sobre la procedencia del nombre bergamoto. Unos autores atribuyen el origen a distintas ciudades mediterráneas: Bérgamo, ciudad del norte de Italia; Berga, ciudad de provincia de Barcelona; Pérgamo, ciudad de Turquía.

Otra teoría bastante aceptada es que procede del turco “Beg ar mundi”, expresión traducida comúnmente como “pera del señor”. Sin embargo, H. Chapot, en su monografía Le bergamotier de 1962, descarta esta etimología por considerar que la aparición de la bergamota en Turquía es bastante moderna, además traduce la expresión árabe como “princesa de las peras”, debido al hecho de que, para mayor confusión, existen diferentes variedades de peras (Pyrus spp) que llevan el nombre de bergamota. Chapot sostiene que el bergamoto habría surgido en Calabria o Nápoles,  en forma de plántulas, probablemente como un híbrido, entre los siglos XIV y XVI.

El árbol de bergamoto se cultiva sobre todo para la extracción de esencia, que se extrae de la fruta verde inmadura. Pero también se obtienen de él otros productos: jugo de bergamota de alto contenido en acido cítrico; fruta confitada, a partir de bergamota verde; esencia de fruta amarilla madura para saborizante del té “Earl Gray” y de los famosos caramelos franceses “Bergamotes de Nancy” (desde 1850); esencia de “bergamotella”, de frutas inmaduras caídas al suelo, para uso en farmacia; y esencia del fruto verde cenizo para licores.

Hasta los años 90 del siglo pasado, el aceite esencial también se usaba en bronceadores, pero se descubrió que uno de sus componentes favorece la aparición de melanomas malignos y este tipo de productos se prohibió. La sustancia fotodañina es la furanocumarina, compuesto también conocido como psoraleno y bergapteno, presente en el residuo no volátil del aceite. En la actualidad, al aceite esencial de bergamoto para perfumes se le extrae previamente la furanocumarina.

Los principales componentes aromáticos del aceite esencial de bergamota son el acetato de linalilo, que aporta cierta frescura afrutada, y el linalol que huele más floral. El linalol también es componente del cilantro y la lavanda, de hecho el olor del bergamoto tiene afinidad con el de estas hierbas aromáticas.

La esencia de bergamota se usa en diferentes proporciones en casi todos los perfumes modernos.  En pequeñas dosis, según los perfumistas, añade brillo,  y en grandes cantidades, aporta un fondo radiante a otros aromas.

Son muchos los perfumes que incorporan la bergamota. La “Eau Sauvage” de Dior, creada en 1966 para hombres, contiene un 40% de bergamoto. La propia empresa describe en su web que  “su olor efervescente transmite la pureza cristalina y tonificante de los manantiales de agua mineral y hace un guiño a la fuerza más salvaje e instintiva de la virilidad”.

Shalimar, 1930

Shalimar, 1930

El perfume “Shalimar” creado en 1925 por la casa Guerlain contiene 30% de bergamota, y muchos coinciden en que es donde se puede explorar este aroma en toda su plenitud. Shalimar está inspirado en la historia de amor del emperador de la India, constructor del Taj Mahal, Shah Jahan, con su esposa favorita, la princesa Mumtaz Majal. El perfume, indica la casa Guerlain, se abre en un estallido de bergamota, le siguen delicadas notas florales en forma de sobredosis estructurada de rosa, jazmín y lirio, y termina con una estela de la adictiva vainilla.

El Agua de Colonia Original, descubridora del aroma del bergamoto, Farina la describió como “un amanecer italiano, con narcisos de montaña y azahares de naranjos después de la lluvia, que refrescaba y reforzaba los sentidos y la fantasía”.

La madera de sándalo, aroma sagrado

Otro grupo importante de materias aromáticas son las maderas de los árboles, aunque también se cuelan plantas no arbóreas con ese olor “amaderado” como la raíz de la hierba vetiver y las hojas del arbusto pachuli.

Según la clasificación tradicional (expuesta en el Museo de Grasse), las maderas aromáticas de árboles más usadas son las de cedro, sándalo y abedul. En otras clasificaciones, sin embargo, el grupo es muy amplio, incluye árboles aromáticos de clima templado muy conocidos como araucaria, abeto balsámico, alerce, ciprés, pino, tuya,  higuera, sicomoro, manzano, almendro o ciruelo, y otros tropicales exóticos como palosanto, jacaranda, eucalipto, teca, ébano, baobab, nim, oud. Existen pocas fragancias que no incluyan maderas.

En ese amplio abanico de maderas como materias para perfumes, el sándalo (Santalum album) ocupa sin duda un lugar destacado. Es uno de los ingredientes de perfume más antiguo que se conocen, lleva siglos siendo usado por sus cualidades fragantes, medicinales y escultóricas, y es un árbol con valor espiritual considerado sagrado en la India.

sandalwood

El olor del sándalo se califica como aroma de madera clásico, exótico y oriental. Frente a otras maderas de olores que evocan aires frescos como el pino o el cedro, el del sándalo se percibe como un aroma profundo, acogedor, con matices cremosos, lechosos y dulces. Y muy persistente, la madera retiene el aroma durante décadas.

El sándalo es un pequeño árbol tropical, de la familia de las santaláceas. Siempreverde y longevo, tiene hojas finas y colgantes, flores pequeñas color púrpura y frutos globosos pequeños. En la India crece hasta los 20 metros de altura, menos en otros enclaves. Tiene la particularidad de ser un árbol hemiparásito, parasita las raíces de otras plantas de su entorno mediante unas estructuras llamadas haustorios, emitidas de sus propias raíces, así obtiene algunos nutrientes como fósforo, potasio y nitrógeno. Es pariente del muérdago (Viscum album), otra santalácea nativa de Europa también semi-parásita, que es utilizado como adorno navideño. Su hábitat natural es el bosque tropical caducifolio seco.

Se considera nativo de la India, China, Indonesia y Filipinas. En el norte de Australia también se encuentra, no se sabe si de origen nativo o plantado.  Algunos botánicos consideran que fue introducido en la India desde la isla indonesia de Timor, pero hay testimonios de su presencia en India desde hace 23 siglos, ya que aparecen referencias a él en el Mahabarata (300 años a.C.). Hoy crece en los estados indios de Karnataka, Tamil Nadu, Kerala y Andra Pradesh, y la India es el principal productor mundial.

La madera es de textura fina, muy resistente a hongos e insectos. La albura es blanca e inodora mientras que el duramen es amarillento y fuertemente aromado. En el pasado se usaba para construir barcos y templos. También se usa para tallar figuras. Y desde luego en perfumería así como en medicina tradicional.

El nombre genérico Santalum procede del griego santalon y este del sánscrito candanam, traducido como “madera para quemar incienso”; su nombre hindi es santal. El epíteto album se refiere al color blanco de la albura. El género tiene unas 25 especies, algunas también aromáticas con uso comercial.

El alto valor del sándalo ha llevado a la extensión de su área de distribución. Las esencias procedentes de India son la de mayor calidad y la de Mysore (estado de Karnataka) la más valorada de todas.

Desde 1998 la UICN considera al sándalo dentro de la categoría de “especie vulnerable”, por las amenazas del fuego y el pastoreo y sobre todo por la intensa explotación de la madera para aceite esencial y mobiliario. Como medidas de conservación, el Gobierno de India ha prohibido la exportación de la madera, ha declarado al árbol de propiedad estatal y ha proclamado leyes protectoras; a pesar de ello hay un alarmante tráfico ilegal de madera.

El aceite esencial de sándalo se obtiene por maceración y destilación de las raíces y el duramen de la madera, pulverizados y secos. El tronco del árbol contiene la mayor cantidad de aceite en la madurez, cuando el árbol tiene entre 40 y 80 años, la obtención es costosa y la esencia extraída tiene un precio alto.

En las medicinas tradicionales de India, China y otros países de su región nativa se usa el aceite esencial de sándalo desde antiguo. El principio activo terapéutico es el santalol, que constituye el 90% del contenido del aceite, y es el que protege al árbol. Una de las propiedades reconocidas es la de mejorar las dolencias de la piel. También se le atribuyen propiedades antiinflamatorias, antifebriles y bactericidas.

En la India, el sándalo forma parte de los ritos espirituales. En los templos y en los altares domésticos se quema inciensos de sándalo para recordar lo fragante que es el reino de los dioses. En las prácticas de meditación, el humo de sándalo suele estar presente porque se considera que calma y enfoca la mente. Hay deidades talladas en madera de sándalo y rosarios realizados con las semillas. En las ceremonias religiosas se prepara una pasta de sándalo, llamada “chandanam”, que se aplica en la cabeza, pecho o cuello, así como en las figuras de diosas y dioses.

Según un relato mítico, la diosa Parvati, esposa de Shiva, creó a Lord Ganesha de sándalo, amasando la figura con la pasta “chandanam” e insuflándole después un soplo de vida.

El olor del sándalo es muy diferente a otros aromas de madera. La nota amaderada es delicada y sutil, en conjunto es una fragancia rica, fresca y balsámica, dulce y brillante. Se le atribuye poder afrodisíaco. La esencia de sándalo, usada en pequeñas proporciones, es un fijador que realza las otras fragancias y mezcla bien con la mayoría de los aceites.

Hay muchas fragancias que se basan en el sándalo. “Trayee”, de Neela Vermeire, es una fragancia de 2012 que representa según sus creadores el paisaje espiritual de la época védica. Contiene ingredientes naturales usados en las ceremonias védicas que van desplegándose sucesivamente provocando puras sensaciones de la India, de la vaporosa impresión del humo del sándalo ardiendo al olor a polen de jazmín sobre la piel, siguiéndole el aroma de una ofrenda de flores.

Estamos en diciembre cuando escribo esta entrada. En televisión emiten todo tipo de anuncios de perfumes con imágenes atrayentes y nombres enigmáticos. Ninguno nombra árboles. En París en estos días abren un nuevo museo, el Grand Musée du Parfum, donde seguro aguardan nuevas experiencias y revelaciones.

He sido impermeable a estos productos durante toda mi vida, ahora sin embargo me rindo ante la riqueza de este conocimiento antiguo y renuevo mi asombro por la belleza de estas materias sutiles, los olores, aromas, fragancias, que los árboles aportan a nuestro mundo. Quizás esta Navidad regale perfumes, eso sí, asegurándome que contengan esencias de árbol. Tal vez en esas esencias etéreas haya algo más que compuestos químicos, tal vez sea ahí donde se concentre el alma de los árboles.

Escrito por Rosa, 22 de diciembre de 2016

Fuentes
Museo de la perfumería de Grasse
Descripción de Acacia farnesiana, CONABIO, México
Conservación de Santalum album según UICN
Monografía sobre el bergamota de H. Chapot de 1962
Blog Fragantica
Blog Bois de jasmin

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