Árboles de Montpellier

El planeta Tierra es una isla en el Universo con unos recursos finitos que debemos utilizar de forma sostenible. Con una imagen del planeta azul terminaba su ponencia Peter Vitousek en el Ecosummit de Montpellier. Antes, había revisado la historia ecológica de la colonización y explotación de los recursos en las islas del Pacífico. Mencionó la isla de Pascua como un ejemplo paradigmático de agotamiento de recursos y colapso de una civilización que no supo autorregularse.

Salí de la sala Berlioz abrumado por el oscuro porvenir de nuestro planeta-isla y aproveché la tarde de final de verano para buscar consuelo y esperanza en los árboles de la ciudad. Me gusta descubrirlos en sus plazas y en sus parques. La jardinería es un arte poético y filosófico que refleja el gusto, la sensibilidad y la civilidad de los habitantes de una ciudad.

Para mi periplo arbóreo por Montpellier me fue de gran utilidad la obra Paseos y descubrimientos de árboles destacables [1]. Es inabarcable admirar las 220 especies de árboles repartidas en 14 parques y jardines de la ciudad que recoge la guía, en una sola visita. Como en un gran museo de bellezas vivas, me acerqué a algunas obras de arte arbóreo que me llamaron más la atención por su rareza, su imponente tamaño, su simbolismo cultural o simplemente por azar del paseo.

Naranjo de los osages (Maclura pomifera)
Explorando la zona del arboreto o Ecole Forestière del Jardín Botánico, encontré un viejo árbol con el tronco inclinado, que desconocía. El tronco tenía una corteza llamativa, con profundos surcos que se entrecruzaban en un patrón romboidal, semejando un entramado textil. Las hojas eran simples, ovales, con ápice puntiagudo y color verde oscuro. Los frutos eran grandes (del tamaño de un pomelo), esféricos y con la superficie tuberculada, cubierta de pequeñas protuberancias.

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A pesar de su nombre y del aspecto de su fruto, este árbol no es un cítrico sino una morácea. De hecho, a semejanza de las moras y los higos (en su misma familia), el fruto es en realidad una infrutescencia formada por múltiples drupas pequeñas de una sola semilla. Según parece, tiene un sabor amargo y no es comestible para los humanos. Me encontraba junto a una hembra, anciana, de esta interesante especie dioica (con sexos separados).

maclura_fruitEl falso naranjo o maclura es originario del sur de Estados Unidos, de la cuenca del Río Rojo, en los estados actuales de Texas, Arkansas y Oklahoma. En los bosques de las zonas bajas y terrazas del río, las macluras hembras producen gran cantidad de frutos grandes (pueden llegar a pesar 1 kg) y llamativos. Cuando están maduros, caen al suelo y se pudren, sin que ningún animal del bosque se interese por ellos. ¿Qué sentido tiene para el árbol gastar tanta energía en producir esos frutos? Este sinsentido ha intrigado a los naturalista y ecólogos americanos.

El fruto carnoso es un resultado de la evolución mutualista con los animales: la planta ofrece una recompensa nutricia a los frugívoros que, a cambio, dispersan sus semillas y expanden las poblaciones. ¿Quién se beneficia de los frutos de la maclura? Ahora nadie, pero durante 20 millones de años por esos bosques americanos deambulaban diversas especies de proboscídeos (mastodontes, mamuts y gonfoterios), que posiblemente comían estos frutos y transportaban sus semillas a otros lugares. Sería un caso de “anacronismo ecológico”, una relación mutualista rota al desaparecer uno de sus componentes.

Lo más terrible ha sido que la extinción de esta megafauna americana ocurrió en fechas recientes, hace solo 13.000 años. La combinación del cambio climático, las glaciaciones y la llegada de los primeros humanos, con su habilidad cazadora, eliminaron a los grandes animales de los bosques americanos y dejaron a las macluras sin sus sembradores de semillas.
Descendientes de aquellos primeros colonizadores, la tribu de los Osage era famosa por sus guerreros y cazadores. Descubrieron que la madera de la maclura, densa, fuerte y flexible era excelente para fabricar arcos. Estos arcos fueron famosos y muy apreciados por otras tribus que comerciaban con ellos. Por esta razón, los primeros colonos franceses llamaron bois d’arc (madera de arco) a la maclura, que luego derivó en bodark y bow-wood. Es una triste paradoja para este árbol, convertido a su pesar en “anacronismo ecológico” al perder sus animales mutualistas, que fuera famoso precisamente por los arcos de guerreros y cazadores.

La vieja maclura del Botánico de Montpellier fue plantada en 1822, a partir de unos esquejes traídos de Estados Unidos por el nuevo director, anteriormente vicecónsul de Francia en Carolina del Norte. Hace tanto tiempo que entonces Texas, su hábitat natural, formaba parte de México. Descendientes de aquellas macluras americanas se han plantado en casi la mitad de los parques de Montpellier.

Árbol de los 40 escudos (Ginkgo biloba)
En Francia al ginkgo se le conoce como árbol de los 40 escudos por la suma, desorbitada para aquel tiempo, que un botánico de Montpellier pagó por un ginkgo en 1788. Otros prefieren llamarlo árbol de los mil escudos porque en otoño se cubre de miles de hojas amarillas en forma de abanicos, como pequeños escudos dorados.

El ginkgo es una especie solitaria y única, último superviviente de un linaje antiguo, que apenas ha cambiado en 250 millones de años. Es una especie dioica, con árboles machos y hembras. Las semillas tienen una parte externa carnosa, con aspecto de fruto, que se vuelve grisáceo brillante al madurar; de aquí le viene el nombre chino ginkgo (gin = plata y kyo = albaricoque). La parte interna es dura y protege el gametofito que es comestible; se comercializa como “fruto seco” en Oriente

Originario de China, solo quedan algunas poblaciones silvestres refugiadas en zonas remotas de montaña. Ha sido plantado desde antiguo en templos budistas y sintoístas, donde son venerados por su longevidad. En Europa fue introducido durante el siglo XVIII procedente del Japón, a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El ginkgo macho del Botánico de Montpellier fue plantado en 1795, al parecer traído desde Inglaterra, siendo uno de los más viejos de Europa. Lamentablemente queda detrás de una valla de obras que impide el acceso a una zona antigua del jardín, diseñada en el siglo XVIII para albergar las “escuelas sistemáticas”, y que actualmente está en proceso de restauración. No pude ver de cerca al anciano ginkgo.

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Sin embargo, en la Plaza Planchon, en un bello jardín de estilo parisino diseñado por los hermanos Bülher en 1858, pude disfrutar de un ginkgo centenario. Conformaba un escenario idóneo para una estatua de pastorcillo tocando la flauta de Pan (“Le chant rustique”, de 1908).

Micocoulier de la Provenza (Celtis australis)
El almez, en francés micocoulier (sus frutos se llaman micocoules), está muy plantado en las plazas, parques y jardines de Montpellier. Justo en la entrada del Botánico hay un gran almez de 5 metros de perímetro de tronco, que se plantó en 1804 para celebrar la coronación de Napoleón.

Es un árbol bello y fuerte, originario de la Cuenca Mediterránea y perteneciente a la familia Cannabáceas (hasta hace poco incluido entre las Ulmáceas, pero cambiado por la reciente revisión filogenética). Tiene un tronco recto con la corteza lisa y color gris. Es caducifolio, las hojas son simples, con el margen serrado y puntiagudas. En verano proporciona una sombra ligera muy apreciada en los pueblos del sur de Francia, para descansar, charlar (palabrer) o jugar a la petanca.

Puede vivir 500 ó 600 años y es símbolo de fuerza y longevidad. En la Provenza es tradicional que los ancianos lleven como amuleto un colgante con un fruto seco de almez. Los frutos, almecinas (micocoules), son pequeños, carnosos (tipo drupa), casi negros cuando están maduros, y muy buscados por los pájaros.

Es resistente a la sequía y a la polución; muy utilizado como árbol urbano en Francia, España e Italia. Sus raíces fuertes se introducen en los terrenos calizos y pedregosos, recibiendo en Italia el nombre de spaccasassi (rompe-piedras).

La madera es dura y flexible, fue muy utilizada para fabricar aperos de labranza. En Sauve, cerca de Montpellier (a unos 50 km), se cultivan micocouliers desde hace siglos y se fabrican aún horcas o bieldos, siguiendo las técnicas del siglo XII. Se dejan crecer renuevos a partir de los tocones, y se van dirigiendo y conformando durante 5-7 años para que tomen la forma de las horcas. Para mantener esta tradición artesanal ligada al almez, se ha creado el Conservatorio de la Horcas, convirtiéndose en una atracción turística local.

Marronnier (Aesculus hippocastanum)
El castaño de Indias, en francés marronnier, ni es un castaño ni es de Indias. Es una de las 18 especies del género Aesculus, en la familia Sapindácea; por tanto no tiene relación con el castaño (Castanea sativa) en la familia Fagáceas. Tampoco es de Indias; es un árbol europeo, originario de los Balcanes y del norte de Grecia, donde está amenazado por la deforestación y los incendios. En el siglo XVI fue introducido en Austria e Italia desde el Imperio Otomano, induciendo a la confusión de muchos botánicos que pensaban que su origen era oriental. El mismo Linneo lo describió erróneamente en 1753 como “Habitat in Asia Septentrionaliore”.

En las primeras descripciones de este árbol, por el médico y botánico que servía en la embajada del Emperador Fernando I en Constantinopla, se asoció con el uso que hacían los turcos de darles sus frutos a los caballos enfermos para calmarles la tos. Desde entonces quedó el nombre científico hippo-castanum o castaño de los caballos, también mantenido en inglés: horse chestnut.

El nombre francés marronnier es específico para el árbol que produce los marrons, semillas en forma de piedras o guijarros, término derivado de la raíz ligur (pre-indoeuropea) marr. Estas semillas tienen saponinas tóxicas y no son comestibles. Por tanto no se deben confundir con las verdaderas castañas o châtaigne que son bien comestibles y nutritivas (botánicamente son frutos secos tipo aquenio). En principio la diferencia entre los dos árboles, marronnier y châtaignier es bien clara. Pero la cosa se complica porque se han seleccionado variedades de castañas llamadas “marrones” que tienen un solo embrión, son grandes y la piel se desprende con facilidad. Son las usadas para repostería, por ejemplo para el marron glacé. Parece que este cambio de nombre tuvo lugar en el siglo XVII con una connotación social: para distinguir el dulce de los nobles de la vulgar castaña, pan de pobres y alimento para cerdos. Escribió Linneo que “si no conoces el nombre de las cosas, también se habrá perdido el conocimiento sobre ellas”. Cambiando la frase en positivo, podemos decir que los nombres de las plantas aportan conocimiento sobre la historia y la cultura de nuestra relación con ellas.

El castaño de Indias es un árbol muy popular en Francia y frecuente en los parques de Montpellier. En el Campo de Marte hay un gran marronnier que puede tener un siglo de edad. Este parque fue antiguamente un campo de ejercicios militares, dedicado al dios Marte. A finales del siglo XIX fue cedido al ayuntamiento por Defensa y convertido en parque. Los jardines fueron diseñados por el arquitecto paisajista Édouard André (1840-1911), autor del libro El arte de los jardines (1879). Se plantaron más de 60 especies de árboles y hoy es el arboreto más interesante de Montpellier, después del Jardín Botánico.

Paseamos por el parque a la hora del almuerzo, admirando su riqueza arbórea. Grupos de jóvenes del cercano Liceo Joffre ocupaban las sombras de los grandes árboles, en animadas tertulias, intercambiando las peripecias de las vacaciones recién terminadas. Algunos habían trepado a las ramas bajas de un gran magnolio.

Otro marronnier, esta vez virtual, llamó mi atención. Por toda la ciudad banderolas y carteles anunciaban una exposición dedicada a Federico Bazille (1841-1870) pintor pre-impresionista nacido en Montpellier. El cuadro con un gran marronnier a cuya sombra se reúne la familia engalanada del artista, había viajado desde París hasta su tierra, Montpellier, donde pudimos conocerlo en el Museo Fabre. El árbol real se encontraba en la residencia de verano de la familia Bazille, en Meric, en la periferia de Montpellier. Este castaño de Indias inmortalizado por el pintor cuenta el origen de su fama en el libro Historias de árboles y artistas [2]. Un domingo de agosto de 1867 el pintor reunió a su familia en la terraza, a la sombra del gran árbol. Sería el primer retrato de grupo al aire libre (au plein air) de la pintura francesa y precursor de los impresionistas en el uso de luz y el color. La luz intensa del sur se filtra a través del follaje del árbol, modifica los tonos y colores de vestidos, y de la tierra. La fina sombra fresca del árbol contrasta con el azul luminoso del cielo.

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Bazille escribió en una de sus cartas: “para pintar al aire libre, me hacen falta los árboles del Languedoc, las casas con las fachadas ocres y tejas rojas y sobre todo, mi luz del sur.” Cuando volvía de París, encontraba en su casa de Meric un paraíso de belleza y silencio. Era un apasionado de los árboles y las flores.

Viaje a un tiempo perdido
El tiempo pasa rápido y me despido con pena de Montpellier y sus árboles. La vuelta a Sevilla en tren me permite alargar un poco el viaje y aprovecho para sumergirme en el mundo perdido de Proust y buscar árboles en los recuerdos del narrador [3].

Los paseos familiares por Combray tenían dos alternativas a elegir: el camino de Swann por un hermoso panorama de llanura o el lado de Guermantes, por un típico paisaje de ribera. Proust describe el paseo junto al río Vivonne, en un día de Pascua, con pinceladas de literatura impresionista.

Cómo se paseaba el río, vestido de azul celeste, por entre tierras negras y desnudas, sin otra compañía que una bandada de cucos prematuros y otra de prímulas adelantadas, mientras que de cuando en cuando una violeta de azulado pico doblaba su tallo al peso de la gotita de aroma encerrada en su cucurucho. El Puente Viejo desembocaba en un sendero de sirga, que en aquel lugar estaba tapizado cuando era verano por el azulado follaje de un avellano; a la sombra del árbol había echado raíces un pescador con sombrero de paja.

Como por aquel sitio había en las orillas mucho arbolado, la sombra de los árboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío, pero que algunas veces, al volver nosotros en una tarde tranquila después de un tiempo tormentoso, veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono interior de gusto japonés.

En cambio, por el camino de Swann estaban los árboles añosos y los espinos aromáticos y evocadores.

En el caminito susurraba el aroma de los espinos blancos. El olor se difundía tan untuosamente, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así ataviadas sostenían, con distraído ademán, su brillante ramo de estambres, finas y radiantes molduras de estilo florido, como las que en la iglesia calaban la rampa del coro o los bastidores de las vidrieras, abriendo su blanca carne de flor de fresa.

Me volvía a los espinos, como se vuelve a esas obras maestras, creyendo que se las va a ver mejor después de estar un rato sin mirarlas; pero de nada me servía hacerme una pantalla con las manos para no ver otra cosa, porque el sentimiento que en mí despertaban seguía siendo oscuro e indefinido, sin poderse desprender de mí para ir a unirse a las flores.

Pasear y leer eran las grandes aficiones del narrador protagonista. Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Y en verano, la lectura siempre era más agradable bajo un gran árbol. ¡Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño de Indias del jardín de Combray; mientras que yo iba progresando en mi lectura e iba cayendo el calor del día.!

En la tercera parte, el narrador evoca la vida en París, con su percepción aguda y sensible de los árboles y parques. Dibuja el efecto de unas heladas tardías de primavera sobre los brotes recién hojecidos de los castaños de Indias.

Veía los castaños de Indias de los bulevares que, aunque hundidos en un aire glacial y líquido como agua, invitados exactos, vestidos ya, y que no se desaniman por el tiempo, empezaban a redondear y cincelar en sus congelados bloques el irresistible verdor que el frío lograría contrariar con su poder abortivo, pero sin llegar nunca a detener su progresivo empuje.

Y por supuesto el maravilloso Bosque de Bolonia, simplemente el Bosque, gran parque urbano con más de 800 hectáreas, al oeste de París.

He vuelto a encontrar esa complejidad del Bosque de Bolonia, este año, cuando le atravesaba camino de Trianón, una de las primeras mañanas de noviembre; porque este mes inspira una nostalgia de hojas muertas, una verdadera fiebre, que llega hasta quitar el sueño.

Era la estación y la hora en que el Bosque parece más múltiple, no solo porque está más sudividido, sino porque lo está de otra manera. Frente a las sombrías masas de árboles sin hojas o aún con las hojas estivales había una doble fila de castaños de Indias anaranjados que parecía, como en un cuadro recién comenzado, ser lo único pintado aún por el decorador, que no había puesto color en todo lo demás, y tendía su paseo en plena luz para el episódico vagar de unos personajes que serían pintados más tarde.

En aquellos sitios donde había aún árboles con hojas, el follaje parecía sufrir como una alteración de su materia desde el momento que le tocaba la luz del sol, tan horizontal ahora por la mañana como lo estaría horas más tarde, cuando empezara el crepúsculo vespertino, que se enciende como una lámpara y proyecta a distancia sobre el follaje un reflejo artificial y cálido, haciendo llamear las hojas más altas de un árbol que no es ya más que el candelabro incombustible y sin brillo donde arde el cirio de su encendida punta.

El sol se había puesto. La Naturaleza tornaba a enseñorearse del Bosque. Grandes pájaros cruzaban por encima del Bosque como por encima de un bosque, y lanzando chillidos penetrantes se posaban uno tras otro en los robles añosos, que con su druídica corona y su majestad dodeneana, parecían pregonar el inhumano vacío de la selva sin empleo y me ayudaban a comprender la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía.

Apuraba y saboreaba las últimas palabras, la bella imagen del atardecer en el Bosque de Bolonia, las reflexiones sobre el tiempo pasado. Cuando una voz metálica interrumpió mis pensamientos. La megafonía del tren anunciaba que estábamos llegando a la estación de Santa Justa. Volvía a mi realidad.

_______________________________

[1] Claude Leray (2014). Parcs et jardins de Montpellier. Promenade et découverte des arbres remarquables. Éditions les Presses du Midi, Toulon, Francia.

[2] François-Bernard Michel (2013). Histoires d´arbres et d´artistes. Le Papillon Rouge Editeur, Villeveyrac, Francia. Dedicado a ocho árboles, uno de los capítulos es Le marronnier de Frederic Bazille (pp. 101-120).

[3] Marcel Proust (2016). En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Alianza. Traducción de Pedro Salinas. La primera edición en francés fue en 1913. Consta de tres partes: Combray, Unos amores de Swann, y Nombres de tierras: el nombre.
He comprobado que Salinas traduce equivocadamente como “castaño” el marronnier (castaño de Indias), que aparece 9 veces en el libro: el viejo árbol del jardín de Combray y por supuesto los castaños de Indias de los Campos Elíseos de París. El verdadero castaño, châtaignier, no aparece en la obra.

 

Escrito por Teo, jueves 27 octubre 2016.

 

Enlaces
Ecosummit de Montpellier: Peter Vitousek

Artículo de Connie Barlow sobre Anacronismo ecológico

Entrada sobre el ginkgo, en este blog

El Museo de las horcas de almez en Sauve

Cómo distinguir castañas y marrones

Crónica sobre la exposición de Bazille en el Museo Fabre

Castaño de Indias en la lista roja de la IUCN

Mariamar y el árbol prodigioso

Los árboles atesoran propiedades curativas, algunas insospechadas. Desde la prehistoria se han utilizado para combatir las enfermedades en la medicina tradicional. La práctica más común estriba en preparar remedios a partir de hojas, flores, frutos y otras partes del árbol, y aplicarlos de diversas maneras, desde infusiones o ungüentos hasta vapores y humaredas. Menos usual y más reciente es la terapia que se está extendiendo desde Japón de pasear por arboledas respirando el aliento de los árboles y la verde quietud (Shinrin Yoku).

En algunos lugares se recurre a cualidades menos tangibles de los árboles para tratar males del cuerpo y del alma, con prácticas insólitas, extrañas, muy alejadas de las que conocemos. He sabido de una de ellas gracias a la lectura de una novela del escritor mozambiqueño Mia Couto [1]. La obra narra el trance que atraviesa un poblado del norte de Mozambique cuando un grupo de leones devora a mujeres de la aldea.  En dos momentos de la narración un árbol (un tamarindo) protagoniza la terapia que se le realiza a Mariamar, un personaje principal de la historia.

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Mariamar había recibido su nombre definitivo de su abuelo: no solo te doy un nombre, te doy un barco entre mar y amar. Cuando tenía doce años, tras una noche de pesadillas y visiones que no quería recordar, se quedó paralizada, la mitad inferior dejó de pertenecerle y se desplomó como un saco vacío. El abuelo la llevó a la misión católica para que el dios cristiano la curara con un milagro y volvió dos años después recuperada. Pero tiempo más tarde, su padre le refiere otra versión de cómo se curó. Cuenta Mariamar en su diario:

[Mi padre] se demoró contemplando el tronco del tamarindo. Yo rompí el silencio:

—Me puse muy triste cuando se murió este árbol.

Entonces mi padre me lo reveló: cuando estuve enferma de las piernas, la que me curó fue mi madre. No fue la misión, no fue el padre Amoroso. Mi madre hizo “takatuka” conmigo. Transfirió mi dolor a ese árbol que, después, no soportó el peso y murió. El “takatuka” consiste en eso: en trasladar el mal de alguien a una cosa. Eso es lo que pasó conmigo: Hanifa Assulua [mi madre] cambió las heridas de mi alma por la vida del tamarindo. Eso fue lo que mi padre me reveló en su despedida.

En otro episodio, siendo Mariamar ya una joven, Hanifa Assulua, que siempre había fingido no saber que el padre la violara durante años, ante el innegable peso de las evidencias, le echa la culpa de semejante abuso, de provocar a “su hombre”. Y de nuevo recurre al árbol, pero esta vez para castigarla…  Cuenta Mariamar en su diario:

Hanifa Assulua hizo comparecer a un hechicero y ese “uwavi” me hizo beber una poción amarga. Al día siguiente el veneno había hecho efecto. Me había convertido en cuerpo sin alma. Savia venenosa en vez de sangre me corría por las venas.

Mi madre se vengaba: tiempo atrás había transmitido mi enfermedad al árbol de nuestro patio. Ahora hacia “takatuka” al revés: desplazaba de mí la vida para dársela al árbol muerto. En un instante el tamarindo renació verde y altivo. A cambio me convertí en una criatura inanimada. Solo me quedaba un sentido: la audición. Por lo demás, me rodeaba una oscuridad antigua y congénita.

Asombroso. Subyugante. Mágico. Las palabras de Mia Couto, poeta que escribe prosa, son como sortilegios, desde una situación supuestamente realista nos internan encandilados en el reino de lo sobrenatural, de las fuerzas invisibles. La madre de la protagonista, ejecutando la misteriosa práctica del takatuka, maneja esas fuerzas intangibles y logra intercambiar entre el tamarindo y Mariamar algo tan esencial como la energía vital y espiritual, que en el caso del árbol significa la vida y la muerte.

La intervención del árbol y la práctica del takatuka en esta historia bellamente contada, aún tratándose de hechos maravillosos, me atrae con la fuerza de un enigma. África negra guarda muchos misterios tras la bruma de desconocimiento que nos separa de ella. Allí la tierra aún palpita bajo los pies, y el sol y todos los elementos de la naturaleza tienen una presencia cercana y familiar. Las fábulas nacen y viven ahí.

Este tamarindo prodigioso me recuerda al “árbol de las almas” de la película Avatar (2009), de James Cameron, que al final del filme interviene trasladando el espíritu de Jake Sully de su cuerpo humano al de su avatar na’vi. Los dos árboles ejercen la misma función mágico-espiritual, si bien el de Avatar es un árbol-deidad de toda la comunidad, mientras que el tamarindo de Couto es un árbol familiar.

Ambos árboles son creaciones de la imaginación de dos artistas, aunque Mia Couto se inspiró para su novela en un suceso que él mismo investigó y en personajes reales que conoció. En 2008, en un poblado del norte del Mozambique durante cuatro meses unos leones mataron a un hombre y a 25 mujeres. Kulumani, la aldea de la novela, como la real, está en territorio makonde, un grupo étnico del sureste de Tanzania y norte de Mozambique con lengua propia y tradición de esculturas y máscaras en madera. La novela está salpicada de términos makonde, como takatuka. Indagando las causas de tales ataques, el poeta detectó las múltiples tensiones que bullían en la aldea y las viejas costumbres y convicciones que prevalecen en el sentir de la gente.

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Así es África

Entre esas convicciones antiguas, destaca el animismo que aún perdura sin perder su fuerza, a la vez que se profesa otra de las religiones actuales como cristianismo o islamismo. África es en su mayor parte un territorio rural, un continente de aldeas remotas que conservan creencias y costumbres de la cultura tribal. Mia Couto lo subraya en todas las entrevistas: en Mozambique todo lo que no se ve es tan importante como lo que se ve; no hay diferencia clara entre lo figurado y lo real, lo sobrenatural y lo real; el animismo persiste y está arraigado en lo más profundo del alma mozambiqueña. Toda la novela, y no solo el episodio del takatuka, se mueve entre esos dos mundos, el visible o progresista y el sobrenatural o arcaico. Fuerzas que fluyen parejas, sin conflicto, como el escritor ha conseguido plasmar muy bien. No obstante, para los que nos interesan los árboles, surge la incógnita ¿el takatuka se practica en realidad en Mozambique?

El antropólogo Harry G. West ha investigado la importancia del mundo invisible en Mozambique, y para ello ha realizado entrevistas a curanderos, hechiceros y otras figuras mozambiqueñas relacionadas con la cultura de lo sobrenatural [2]. Entre los testimonios recoge el de Carmelita Milonge, una anciana curandera especialista en takatuka. Carmelita manifestó que la llaman para hacer takatuka en los casos de heridas serias como huesos rotos o punciones profundas, y que su tarea es transferir las heridas del paciente a la rama de un árbol, rama que se seca y muere mientras el paciente queda con una pequeña herida en otra parte de su cuerpo.

El takatuka es pues una tradición antigua practicada aún hoy en esa parte de África. Carmelita Milonge no explica en qué consiste exactamente su método, pero imagino que debe de ser un ritual de magia porque en África la medicina tradicional abarca desde los herboristas hasta otros tipos de curanderos, tales como espiritualistas, ritualistas y adivinos. Esta antigua tradición incluye tanto el dominio de la herbología indígena como aspectos de la espiritualidad ancestral. La medicina tradicional tiene un valor enorme aún hoy día, porque es el único sistema de salud asequible y accesible para la mayoría (60-80%) de la población en África.

La integración de lo espiritual con lo corporal entraña un modo diferente de entender la enfermedad y los medios para curarla. Los curanderos africanos normalmente explican la enfermedad en términos de desequilibrios con el entorno social o el mundo espiritual; y actúan con la creencia de que la religión penetra cada aspecto de la existencia humana. Normalmente se prescriben remedios vegetales no solo por sus propiedades curativas sino también por su significado simbólico y espiritual. La separación entre la herbología y la hechicería no siempre es clara, si bien cada curandero se especializa en un método concreto, así Carmelita Milonge en el takatuka.

Los curanderos diagnostican muchas veces por medios espirituales o adivinatorios. Si el padecimiento es grave, el paciente puede que decida ir a la misión religiosa o al hospital; si es menos grave, acude a un curandero herborista o a otro tipo de ayuda. Por ejemplo, si es por hechizo, un hechicero debe emplear la magia; si es por un enfado de ancestro o demonio, un ritualista debe aplacarlo; si es por infligir las reglas o tabú de la comunidad, debe celebrarse un acto de restitución.

Aparte de los aspectos espirituales y mágicos, en África se manejan ampliamente los remedios extraídos de árboles y otras plantas. Este uso de árboles medicinales tiene siempre su origen en la observación cuidadosa de cada especie y en la experiencia personal respecto a cada árbol. Las características observadas de las especies, su relación con otros elementos de la naturaleza -agua, viento, animales- y la apariencia de su follaje, sus flores y sus frutos captan la atención y se transforman en propiedades, fuerzas y energías que se ven como poder, inspiración o fuerzas ocultas [3].

De las 6.400 plantas explotadas en el África tropical, más de 4.000 se emplean como medicinales. La fitoterapia es una tradición en auge en África; en Durban (Sudáfrica) existe un mercado que atrae cada año a más de 800.000 personas de Sudáfrica, Zimbawe y Mozambique. El conocimiento de las propiedades medicinales de los árboles y plantas es un valor cultural de África, un patrimonio que enriquece el mundo, y que puede contribuir a la identificación de elementos bioactivos para elaborar medicina sintética.

 El tamarindo prodigioso

Mia Couto, biólogo además de poeta, es gran conocedor de la flora y fauna de su país; para su novela eligió el tamarindo (Tamarindus indica), un árbol popular africano que goza de la reputación de poderoso, por su aspecto imponente y los muchos beneficios que se obtienen de él, los verdaderos prodigios que dispensa.

kohler 2El tamarindo pertenece a la familia Fabácea y es un árbol de la sabana africana. Es siempreverde, longevo, con un espeso follaje que da una generosa sombra y con frutos comestibles. Crece salvaje en muchos países del cinturón tropical y también se cultiva como especie multiuso en las aldeas.

Además de sombra y frutos (que se comen fresco, secos o procesados), proporciona leña, madera, fibras y taninos. Y también remedios medicinales que se emplean para tratar dolencias digestivas, cardiovasculares y fiebre, infecciones de gusanos parásitos y lombrices, y para aliviar el esfuerzo físico como refrescante y tonificante. Se suele tomar en la forma de infusión de las hojas secas, la pulpa diluida en agua o el jugo.

Mujeres que van por leña en Mozambique

En la novela La confesión de la leona, el tamarindo está en el patio de la casa de Mariamar. Un patio donde hacen la vida las mujeres, las verdaderas protagonistas de la historia. En sus vidas hay otros árboles, los que les dan leña, pero esos están muy lejos, en medio de la sabana. El escritor pone voz a las mujeres africanas; la obra, dice él, es una metáfora en la que la bestia salvaje que las devora no es un animal sino la sociedad patriarcal machista arcaica en la que viven.

Mariamar lo desvela así en fragmentos de su diario:

Cada día las mujeres se despiertan para una guerra antigua e interminable. Amanecen de madrugada como soldados y recorren el día como si la Vida fuese su enemiga.

Todas las mañanas se anticipan al sol: recogen leña, van a buscar agua, encienden el fuego, preparan la comida, trabajan en la huerta, dan vida al barro, todo lo hacen solas. Y regresan de noche sin que nada ni nadie les reconforte de las batallas a las que se han enfrentado.

Mientras los leones rodean la aldea, los hombres siguen enviando a las mujeres a vigilar las huertas, siguen mandando a sus hijas y esposas a recoger leña y agua de madrugada…

Terrible, injusto, desolador. Sobrecoge el corazón. Las voces de las mujeres africanas retumban como rugidos de  leonas en la vastedad de la sabana, y nadie las escucha.

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Me gustaría vivir cerca de un árbol al que pudiera soltarle mis penas del alma para que él las desvaneciera en la profundidad de su savia sin perjudicarse. Si los árboles pudieran absorber las tristezas de este mundo, tal vez todos nos afanaríamos en plantar semillas para cubrirlo entero de árboles.

Escrito por Rosa, jueves 29 de septiembre de 2016.

Fuentes
[1] Mia Couto. La confesión de la leona. Traducción de Rosa Martínez Alfaro. Editorial Alfaguara, Barcelona, 2016. (Publicada en 2012 en portugués).
[2] Harry G. West. Kupilikula: Governance and the Invisible Realm in Mozambique. University of Chicago Press, 2005.
[3] E.H. Sène. Árboles, bosques, creencias y religiones en el África saheliana occidental. Unasylva, 54(2), p. 44, 2003.

Enlaces
Medicina tradicional de África en Wikipedia. Recuperado el 30 de septiembre de 2016.
Entrevista a Mia Couto en el diario El País por Berta González Harbour.
Página de Mia Couto

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Sanar con árboles 

Tumbo, el árbol de las hojas inmortales

Al llegar el otoño, a medida que los días se vuelven más cortos y más fríos, las hojas de los árboles responden a una llamada interna, cambian de color, sus delgados pecíolos se debilitan, y van cayendo desde las ramas altas alfombrando el suelo de bosques y jardines. Para los que habitamos en clima templado, la caída de las hojas en otoño es una vivencia que llevamos grabada en la memoria y que nos ayuda a marcar el paso del tiempo; representa el comienzo de un nuevo ciclo anual.

No todos los árboles se comportan así. En un lugar remoto de África, en el desierto de Namibia, existe un extraño árbol cuyas hojas nunca mueren.

Te nombro luego existes

El tumbo es una reliquia del Cretácico, lleva más 100 millones de años sobre la Tierra, ha sobrevivido a la extinción de los dinosaurios y persiste en un medio hostil. Es un árbol enano, con el tronco semienterrado y apenas sobresale un metro de altura. Nunca ha reportado mucha utilidad a las etnias locales, quizás para beneficio y conservación de su especie.

Los nómadas del desierto lo conocen con varios nombres; en Angola le llaman tumbo que significa tocón, para los hereros es el onyanga o “cebolla del desierto”, mientras que los nama le llaman kurub o kharos, y los damara nyanka.

Tronco del árbol Tumbo. Lámina en Hooker (1863).

Tronco del árbol tumbo. Lámina en Hooker (1863).

El tumbo entró a formar parte de la cultura occidental el 3 de septiembre de 1859 cuando un botánico explorador, enviado por la corona portuguesa, lo vio por primera vez en el sur de Angola y anotó en su cuaderno: “estoy convencido de haber visto la maravilla botánica más hermosa y magnífica que pueda ofrecer el sur de África tropical“. Y alguna experiencia tenía Federico Welwitsch (1806-1872), que así se llamaba el botánico, pues se pasó nueve años explorando y recolectando plantas (unos 10.000 especímenes) por el sudoeste africano. En una carta al director de los jardines Kew, en Inglaterra, describió la extraña criatura: “un árbol enano con un tronco leñoso que exuda un tipo de resina como el de una conífera. El tronco nunca se eleva más de 30 cm sobre el suelo. Durante toda su vida, que puede pasar del siglo, siempre retiene las dos hojas leñosas que produce durante la germinación, y nunca produce más.” Propuso el nombre Tumboa para el género (a partir del nombre local, mostrando gran sensibilidad) y para la especie, strobilifera (que produce conos, es decir conífera).

Por las mismas fechas, el explorador y artista británico Thomas Baines (1820-1875) se encontró con este árbol singular y lo inmortalizó con un selfie; ese óleo se conserva en la Biblioteca de los Jardines Kew. Envió algunos especímenes a Londres y los botánicos propusieron que se llamara Tumboa bainesii en su honor.

Autorretrato de Thomas Baines.

Autorretrato de Thomas Baines.

El nombre definitivo lo fijó Joseph D. Hooker (1817-1911) en su monografía de 1863, usando el epónimo Welwitschia (en honor a su “descubridor”) para el género y el epíteto mirabilis (extraordinaria o admirable) para la especie [1]. Siempre hay una parte de azar en la historia de los nombres; la familia de Welwitsch era de origen esloveno, vivían en el estado de Carintia (Austria), y habían cambiado su apellido original Velbic. Si no lo hubieran hecho, el árbol tumbo podría ser conocido hoy como Velbicia, facilitando bastante la tarea de deletrearlo.

La época victoriana en Inglaterra fue la Era del Asombro (Age of Wonder, según Richard Holmes). Los viajes de exploración formaban parte de la Ciencia Romántica que buscaba descubrir los secretos de una naturaleza misteriosa e infinita [2]. Las noticias sobre plantas extraordinarias encontradas en países remotos causaban asombro y curiosidad, tanto entre los botánicos y científicos como en el público en general. Ejemplos notables fueron el nenúfar gigante (Victoria amazonica) descubierto en Bolivia en 1801, con hojas circulares de más de 2,5 m de diámetro, o la planta parásita Rafflesia arnoldii descubierta en Sumatra en 1818, con enormes flores de 1 m diámetro y que pesan hasta 10 kg. El extraño árbol tumbo encontrado en Namibia en 1859 se uniría así a esta lista de plantas asombrosas que fascinaron a los europeos del siglo XIX.

Además de los nombres científicos y vulgares del tumbo existen otros apelativos que le han sido asociados. El más famoso es quizás el que acuñó Charles Darwin (1809-1882) en una carta a Hooker de 1861, “tu planta africana parece ser un ornitorrinco vegetal“. Darwin acababa de publicar el Origen de las especies (en 1859) y comparó la posición evolutiva del tumbo con la del ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus, descubierto en 1789 en Australia), un linaje ancestral de los mamíferos con caracteres reptilianos, como la reproducción por huevos.

Por su parte Hooker, en una carta de 1862 a Thomas Huxley, comentó entusiasmado: “esta bendita planta de Angola ha demostrado ser más maravillosa de lo que esperaba. Sin lugar a dudas es la planta más maravillosa que se ha traído nunca a este país – y la más fea“. [3] Esa desafortunada coletilla, “la más fea”, se ha repetido hasta la saciedad, tratando injustamente al tumbo como la planta más fea del mundo [4].

El escritor y viajero Sean Thomas fue a Namibia a buscar la planta más horrible sobre la Tierra. La primera impresión no fue muy amable, “de cerca parece la miserable descendencia de un Trífido (criatura terrorífica de ciencia ficción) y una melé de jugadores irlandeses de rugby. Desparramada y revuelta sobre la arena tiene un aire de tímida tristeza“. Aunque cuanto más la miraba más le gustaba. Era como un árbol sumergido, una conífera enterrada en las arenas del desierto. Finalmente valoró su singularidad y su persistencia en un medio hostil, lamentando que al no tener el glamur del panda o del gorila de montaña, los conservacionistas no le hayan prestado mucha atención. [5]

Los afrikáneres, descendientes de los colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza, le llamaron de forma expresiva, aunque un poco larga, tweeblaarkanniedood que viene a decir planta-con-dos-hojas-que-no-pueden-morir. Efectivamente, sus dos únicas hojas crecen sin fin, pueden alcanzar hasta ocho metros, se escinden, revuelven y enmarañan, de modo que algunos lo han llamado pulpo de las arenas.

Los nombres que asignamos a un tipo de árbol, especialmente a los que apreciamos, deben ser sonoros, memorables y de alguna manera reflejar sus cualidades. Personalmente, me gusta llamar a esta criatura extraordinaria: tumbo, el árbol de las hojas inmortales.

Belleza oculta en la Tierra de la Nada

Algunos viajeros saben apreciar la belleza de los desiertos, la inmensidad vacía, el silencio absoluto, los horizontes infinitos, los espejismos que engañan nuestros sentidos. La fotógrafa belga Maroesjka Lavigne viajó a Namibia en 2015, “conduciendo durante horas a través de la nada, para llegar al final a… más de la nada“. Su proyecto titulado Land of Nothingness (Tierra de la Nada o de la “Nadidad”) ganó el Premio Sony 2016. Captó la belleza del desierto, de las dunas doradas, de los troncos muertos de acacia en la llanura salada, pero se olvidó del árbol tumbo, el habitante más singular de la Tierra de la Nada.

Otra viajera, la poeta americana Sandra Meek, le ha dado un lugar prominente al tumbo en su libro reciente An Ecology of Elsewhere (Una Ecología de Cualquier Parte), publicado en la primavera de 2016. En su poema, uno de los pocos dedicados a este árbol, entreteje detalles de su biología con la historia turbulenta de Angola y Namibia. [6]

El corazón es una caldera de ceniza rodeada
por dos hojas azotadas por el viento.

No son arbustos, sino árboles

llevados al subsuelo, durante cinco, diez, veinte
siglos sensibles prosperando

de la colisión – del cinturón de niebla matinal, una alquimia
adivinada de desecación y una corriente

helada que sube por una costa acuchillada.

Supervivencia significa vivir

siempre al revés: de noche abrir
los estomas, y como tronco una raíz

que se hunde hacia el núcleo de esa estrella sepultada.

A pesar del deseo de un nombre local, la Academia preservó
Welwitsch en latín: welwitschia desde entonces conservó

por la ocupación militar, por la proclamación
colonial, por la siembra fortuita de minas

todavía sin recoger.

Selfie

En septiembre del año 2000, tuvimos ocasión de visitar el desierto de Namibia y admirar al tumbo, casi siglo y medio después de ser “descubierto” (imitando a Thomas Baines, no pude resistir la tentación de hacerme también un selfie). Era un mañana con bruma; es habitual que la corriente fría de Benguela al encontrarse con el viento caliente tropical forme bancos de niebla en la costa de Namibia. Esas minúsculas gotas de agua en suspensión en el aire hidratan y vivifican las hojas del tumbo. Me sorprendió la belleza de la base de sus hojas. Una línea de meristemos basales que producen sin descanso las largas cintas fotosintéticas. Durante toda la vida del tumbo, que se estima puede llegar a más de 1000 años, estarán creciendo sus dos hojas inmortales, a una tasa de 0,4 mm al día o 15 cm al año.

HojaEn su descripción de 1863, Hooker escribió: “la estructura interna de la hoja es hermosa y singularmente complicada, apoyando la evidencia de su duración perenne“. Luego no era una planta tan fea, como había escrito en su carta a Huxley del año anterior. A esa belleza en la estructura se le une una belleza funcional. Se ha demostrado que tienen un mecanismo para abrir los estomas y captar dióxido de carbono por la noche, evitando así la pérdida de agua. De día usan ese CO2 almacenado en forma de ácidos orgánicos, para realizar la fotosíntesis. Este sistema conocido como CAM (del inglés Crassulacean Acid Metabolism) es típico de las plantas suculentas de sitios áridos y sorprendió encontrarlo en una gimnosperma.

En nuestra visita pudimos distinguir, en esta especie de sexos separados (dioica), los árboles machos, con conos o estróbilos pequeños, de los hembras, con conos más grandes y color rojizo. De nuevo Hooker, al describir con detalle y minuciosidad el sistema reproductor en 1863, exclamó admirado: “no he encontrado ninguna planta con una anatomía comparable, en términos de complejidad y belleza reproductivas“. En esa época se podían utilizar términos como “belleza” o “hermosa” en un artículo científico, algo imposible en nuestros días; serían eliminados por suponer una falta de objetividad.

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

Frutos femeninos. Lámina en Hooker (1863).

¿Tiene sentido decir del árbol tumbo que sea bello o feo? ¿Es bella la naturaleza? En estos tiempos en que los artistas, especialmente los plásticos, parecen haber renunciado a la belleza sorprende que un científico sin complejos, el físico Frank Wilczek (premio Nobel), dedique un libro a la belleza. Se pregunta: “¿el mundo encarna ideas bellas? en otras palabras, ¿es el mundo físico una obra de arte? ¿es bello?“. Después de revisar las teorías que explican el mundo físico desde Pitágoras y Platón hasta la física cuántica, su respuesta es afirmativa. [7]

Mapa del genoma de cloroplasto de Tumbo (McCoy et al. 2008).

Mapa del genoma de cloroplasto de tumbo (McCoy et al. 2008).

Sin duda una de las construcciones más bellas de la naturaleza es la forma tan simple y elegante de codificar la información genética, la doble hélice del ADN (ácido desoxirribonucleico, con su nombre completo). Con la combinación de solo cuatro letras (las 4 bases nitrogenadas A-adenina, C-citosina, G-guanina y T-timina) se puede construir una bacteria, un árbol tumbo o un ser humano. Un equipo americano ha secuenciado en 2008 el genoma completo del cloroplasto (orgánulo celular responsable de la fotosíntesis) de tumbo. Unos 120.000 pares de bases que codifican 101 genes representados en un mapa bello y complejo. Además, la comparación con otros genomas conocidos ha servido para confirmar su relación evolutiva con las gimnospermas. [8]

Sí, el mundo es una obra de arte y el tumbo es una criatura bella. Si vamos al desierto de Namibia podremos disfrutar de su belleza vegetal y de la de su entorno, mediante las sensaciones que nos transmiten nuestros sentidos. Si investigamos y leemos sobre su diseño biológico peculiar o su singularidad evolutiva, descubriremos también belleza en su armonía y en su complejidad. Confucio decía que “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla“. Yo creo que si queremos, todos podemos ver la belleza en la naturaleza. Tanto la que es fruto de la percepción de los sentidos, como la que resulta de la comprensión intelectual.

_________________________________
[1] Hooker, J. D. (1863). I. On Welwitschia, a new Genus of Gnetaceæ. Transactions of the Linnean Society of London, 24(1), 1-48.

[2] Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. How the Romantic generation discovered the beauty and terror of science. Harper Press.

[3] Huxley, L. (2011). Life and letters of Sir Joseph Dalton Hooker, Vol 2, Cambridge University Press. La edición original es de 1918. La carta de Hooker a Thomas Huxley (padre del editor del libro) se reproduce en las páginas 24-25.

[4] Bustard, L. (1990). The ugliest plant in the World. The story of Welwitschia mirabilis. Curtis’s Botanical Magazine, 7(2), 85-90.

[5] Thomas, S. (2007). The most hideous plant on earth. Daily Mail, 29 May 2007.

[6] Meek, S. (2016). An Ecology of Elsewhere. Persea Books. Solo he traducido algunos de los más de 60 versos que tiene el poema completo.

[7] Wilczek, F. (2015). A beautiful question. Finding Nature´s deep design. Allen Lane.

[8] McCoy, S.R., Kuehl, J.V., Boore, J.L., Raubeson, L.A. (2008). The complete plastid genome sequence of Welwitschia mirabilis: an unusually compact plastome with accelerated divergence rates. BMC Evolutionary Biology, 8: 130 (16pp).

 

Escrito por Teo, jueves 18 agosto 2016.

 

Enlaces

Carta de Darwin a Hooker

Selfie de Thomas Baines

Reportaje de Sean Thomas sobre “la planta más horrible de la Tierra”

Poema de Sandra Meek, con enlace audio recitado (en inglés)

Fotos de Maroesjka Lavigne en La Tierra de la Nada

El sentido del asombro, en este blog

La Higuera o la Dulzura

Junio es el mes de llegada de los días largos, los primeros calores y las frutas de verano. En el mercado todas ellas, desde las pequeñas cerezas a las voluminosas sandías, despliegan sus atractivos, susurran promesas de goces futuros.

Cada fruta representa el verano a su manera, le da su toque único, un sabor divino, un color provocativo o un olor delicioso. Entre las que mejor encarnan la estación calurosa, al menos en el ámbito mediterráneo, tengo especial predilección por la breva y el higo, las frutas tiernas, delicadas y dulces que el árbol de la higuera (Ficus carica) produce entre junio y septiembre.

Higos

 La fruta perfecta

En los veranos de mi infancia, el día que comíamos las primeras brevas de junio era una fiesta, nos gustaban tanto que las devorábamos enseguida; era sin duda la fruta preferida de todos, blanda, dulce, incomparable. Y es que brevas e higos, además de heraldos del verano, son frutas extraordinarias en muchos sentidos. La propia existencia de dos cosechas, una de breva y otra de higo, es una peculiaridad. Se pueden consumir tanto frescas como desecadas, los higos secos, perdurables casi un año.

El fruto en sí, el higo fresco, es de tamaño mediano, color verde, morado o negro, según la variedad, de piel fina comestible y con sugestiva forma de gota. La pulpa es de una textura peculiar, debido a que en realidad es un falso fruto (llamado sicono, propio del género Ficus) consistente en un delicado saco en forma de pera, cubierto en su pared interior por cientos de flores diminutas que al madurar (los verdaderos frutos) producen una semilla pequeña. Esa pulpa es muy blanda pero también algo crujiente por las semillas, y tiene un delicioso dulzor. Si por algo destacan los higos y las brevas, es por la dulzura, equiparable a la de la miel, como sabiamente dice el proverbio, “por San Miguel, los higos son miel”.

Pulpa

La exquisitez extraordinaria de este fruto la resume bien Julie O’Hara, la escritora gastronómica norteamericana, quien no duda en asemejar el higo a la perfección, “el higo solo, sin más adorno, lo tiene todo”, dice. Y añade que si reuniese a las más dotadas mentes culinarias del mundo no podrían encontrar nunca una forma de mejorar un higo fresco en sabor, textura o apariencia.

Una joya para el paladar y también para la salud. Es una fruta muy rica en calcio y en fibra, tiene un alto contenido en agua y en azúcares, y contiene una buena cantidad y calidad de vitaminas y minerales. Con esta composición, además de nutritivo el higo es un alimento “funcional”, que fomenta la salud y previene enfermedades. Da energía y vitalidad, hidrata, regula el organismo, desintoxica y previene enfermedades degenerativas y cáncer, mejora funciones cerebrales, ayuda al mantenimiento de los músculos, las articulaciones y la piel, y contribuye a curar heridas y resfriados.

De tal fruto, tal árbol

Un fruto tan extraordinario no puede proceder más que de un árbol excepcional, aunque sea una de las plantas cultivadas más comunes y representativas de la región mediterránea, junto al olivo y la vid. Refrescarse bajo la sombra de una higuera en verano, dejando que el aroma nos sosiegue, observando cómo los pájaros acuden al néctar que gotea de la breva madura, mientras la chicharra corta el cálido aire con su voz de metal, puede ser la viva estampa de la cultura mediterránea.

La higuera por Louisa Hatzidaki

La higuera por Louisa Hatzidaki

En un yacimiento arqueológico de un pueblo neolítico del Valle del Jordán, se han hallado restos de higos carbonizados, supuestamente de higueras cultivadas, que datan de hace 11.000 años, casi mil años antes que los primeros cereales y legumbres cultivados por el ser humano; los investigadores especulan que la higuera probablemente sea la primera planta domesticada durante la revolución neolítica.

En aquellos comienzos neolíticos tan trascendentales, proveerse de fruta fresca en verano y fruta almacenable, rica en azúcar, todo el año debió ser un paso importante para los grupos humanos de Oriente Medio y Asia Occidental, el área natural nativa de la higuera. El éxito fue debido probablemente a la facilidad de propagación de la higuera, que se logra simplemente cortando ramas y plantándolas, junto a que en 3-4 años produce ya una generosa cosecha de frutas.

Para la especie Ficus carica también supuso un antes y un después, porque su cultivo se extendió rápido por toda la cuenca mediterránea, y más allá, cultivándose hoy por toda la zona templada del planeta. Actualmente, según la FAO, los mayores productores de higos en 2012 fueron: Turquía, Egipto, Argelia y Marruecos.

A pesar de llevar tantos siglos domesticada, la higuera no ha dejado de tener un carácter indómito. Con frecuencia se la ve germinar y prosperar en los lugares más improbables, con apenas sitio para enraizar y casi nada para sustentarse, en sitios secos, rocosos, muros y grietas. La admirable capacidad de desarrollarse y la poco exigencia hacen que la especie se extienda sola, con la ayuda inestimable de los pájaros que devoran sus frutos y diseminan las pequeñas semillas.

La higuera posee parte de la exuberancia y robustez del género Ficus. Aunque es un árbol de poca altura (no más de 10m) y tronco corto, tiene una anchurosa copa con ramas que crecen hacia los lados y crean una densa masa verde. La isla de Formentera, en Baleares, es un caso único en el mundo, porque alberga algunas higueras casi centenarias de copas horizontales muy amplias, cuyas larguísimas ramas han sido apuntaladas por los campesinos con multitud de estacas para que sus ramas no se caigan y enraícen. En realidad, son un tipo curioso de arquitectura vegetal o arquitectura viva, modelada por el ser humano para proporcionar cobijo al ganado. Se las conoce localmente con el poético nombre de “Blancas”, tal vez por el color claro de la corteza. En 1993, dos de ellas fueron catalogadas como Árboles Singulares por el Gobierno balear, hoy son uno de los atractivos de la isla.

Foto de Joan Costa

Foto de Joan Costa

Es también un árbol lechoso. Cuando se le cortan hojas, ramas o frutos, el árbol segrega una savia blanca o látex para proteger la herida infligida. Ese látex, según cuenta Font Quer en su Dioscórides Renovado, tiene la propiedad de cuajar la leche (en la isla de Mallorca se ha usado tradicionalmente para fabricar quesos) y es un remedio popular contra las verrugas.

Antes de ver a la higuera, ya la olemos. Es un árbol fragante, de tenue e inconfundible aroma que evoca la delicia de los higos. Los perfumistas lo saben y han creado líneas de perfumes basados en los olores tanto del árbol como del fruto.

Lo más excepcional de la higuera es, sin embargo, su complicada biología reproductiva, conocida y manejada por los horticultores desde tiempos inmemoriales. La rareza de las higueras estriba en: la existencia de árboles machos y hembras (en realidad es una especie ginodioca); una inflorescencia característica, el sicono; la simbiosis entre la higuera y su polinizador especializado, la avispa Blastophaga psenes.

En algún momento de su domesticación se produjo una mutación sorprendente: árboles hembras con la capacidad de producir frutos dulces y grandes sin polinización, higueras que no dependen de la avispa para producir higos sabrosos (fenómeno conocido como partenocarpia). Estas higueras mutantes fueron seleccionadas por el tamaño y dulzura de sus frutos y propagadas vegetativamente por todo el área mediterránea.

Sin embargo, algunas variedades todavía necesitan la polinización para el desarrollo de los higos, son las higueras tipo Esmirna. Los horticultores de estas higueras las polinizan de manera artificial, por un curioso método muy antiguo llamado caprificación, ya conocido desde los tiempos griegos y romanos o antes. Para fertilizar estas higueras, se recolectan ramas con siconos maduros de cabrahígos (nombre de las higueras silvestres) machos con las avispas en su interior, se llevan a la plantación de higueras (hembras) y se cuelgan al lado de los siconos jóvenes para que las avispas entren en ellos y los polinicen. Se dice que estos higos son de una calidad maravillosa.

Maestra de Dulzura

Sin duda, la higuera, como todos los árboles, como toda la naturaleza, puede inspirarnos a los humanos determinadas enseñanzas profundas sobre la vida. Conocerla como árbol terrenal nos revela su genio peculiar, su mensaje escondido, la metáfora de la cualidad en la que sobresale.

La higuera destaca por su generosidad, exige poco y da mucho; y por su fecundidad, da abundantes frutos y prospera felizmente en cualquier sitio. Es fácil imaginar que para los antiguos pueblos del Mediterráneo fuera un símbolo de abundancia y bienestar. Con este simbolismo aparece varias veces en la Biblia, además de cubriendo con sus grandes hojas la desnudez de Adán y Eva (Libro del Génesis).

Para mí, por encima de todo, la higuera representa la dulzura, una actitud que admiro. La dulzura de carácter entraña la suavidad en el trato con los demás, la afabilidad natural, la palabra cariñosa, el gesto apacible, la actitud complaciente, el estar gustoso. Si no hemos nacido con tal talento, podemos desarrollarlo con nuestro empeño.

En El Jardín Simbólico, un texto griego bizantino del siglo XI, muy novedoso dentro de la historia del simbolismo de las plantas, el anónimo autor expone la interpretación simbólica de doce plantas mediterráneas, entre las que incluye a la higuera. Cada una de ellas representa una virtud.

Es una obra muy original en la que el autor, basándose en textos de las Sagradas Escrituras y de botánica y farmacología de su tiempo, explica de cada planta detalles botánicos y medicinales, y recomienda maneras de cultivar cada virtud en el jardín interior del lector.

Entre las plantas que el poeta místico eligió y alegorizó aparecen la vid de la Alegría espiritual; el granado de la Valentía; o la palmera de la Justicia. En la higuera encontró inspiración para cultivar la Dulzura del corazón.

De la higuera o de la Dulzura

A continuación del parterre de los lirios, ha venido a florecer la higuera, ofreciéndonos el modelo de la amenidad y la dulzura. En efecto, aquel que no tiene preocupación alguna por las riquezas, por las cuales los hombres se agitan, ¿por qué iba a temer la rabia de su corazón?

He aquí el aspecto exterior de la higuera: completamente roma, no presenta espinas, no se ve prolongada por delgados aguijones; tiene amplias hojas. Su follaje ofrece una disposición feliz. Su fruto se mantiene derecho. Muy poco le falta para decir al paseante: Ven a sentarte bajo mis hojas.

Así es también la virtud de la dulzura y la amenidad. Jamás lanza una palabra hiriente, sino que posee una lengua ancha y cortés. Pues abre su corazón a aquellos que la atacan y no lo mantiene nunca cerrado.

La savia de la higuera vertida en leche cuaja a ésta. Del mismo modo, el lenguaje de la dulzura afirma en el amor a aquellos que quieren llegar lejos en su camino, sirviéndoles de savia por todas parte el lenguaje de la concordia.

El fruto de la higuera, antes de su maduración, cocido al fuego y aplicado al cataplasma, cura las escrófulas. Igualmente la virtud de la dulzura, aplicada cálidamente, elimina desde el momento de su intervención, cuanto de crueldad devoradora, ardor belicoso y aspiración guerrera hay en los sentimientos del corazón. Cuando ya está bien maduro, el fruto alivia grandemente a los nefríticos. Del mismo modo la virtud de la perfecta dulzura puede eliminar el veneno escondido en los riñones: porque a los riñones se les llama los órganos de la cólera.

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d'Aligny

Detalle de paisaje por Théodore Caruelle d’Aligny

Diez siglos más tarde, en el otro extremo del Mediterráneo, en Moguer, Huelva, donde el viejo mar se une al impetuoso Atlántico, otro poeta, Juan Ramón Jiménez, narró la magia de las higueras cuando se va a por brevas.

Fue el alba neblinosa y cruda, buena para las brevas, y, con las seis, nos fuimos a comerlas a la Rica.

Aún, bajo las grandes higueras centenarias, cuyos troncos grises enlazaban en la sombra fría como bajo una falda, sus muslos opulentos, dormitaba la noche; y las anchas hojas – que se pusieron Adán y Eva – atesoraban un fino tejido de perlillas de rocío que empalidecía su blanda verdura. Desde allí dentro se veía, entre la baja esmeralda viciosa, la aurora que rosaba, más viva cada vez, los velos incoloros del Oriente.

Vayamos a sentarnos bajo sus hojas, hartémonos de brevas e higos. Quizás así nuestras palabras se vuelvan más dulces, y nosotros más amenos, gustosos y pacíficos.

Escrito por Rosa, jueves 28 de julio de 2016

Fuentes

Julie O’ Hara: Perfection Is A Fresh Fig. National Public Radio. 2008.

Kislev y otros: Early domesticated fig in the Jordan Valley. Science. 02 Jun 2006.

FAOSTAT. Producción mundial de higos en 2012.

Cristina Amanda. Los nudos de blanca. Blog Territorio Ibiza.

Font Quer, P. Plantas Medicinales: El Dioscórides Renovado. Editorial Labor. 1985. Pág 121.

El Jardín Simbólico. Texto griego anónimo extraído del Clarkianus XI por Margaret H. Thomson (1960). Traducción de Ramón Martínez y Mª Ángeles López. Barcelona. José J. de Olañeta, editor. 1984. Pág. 36-37.

Juan Ramón Jiménez (1917). Platero y yo. IX: Las Brevas. Editorial  Austral. Barcelona, 2013. Pág. 73-74.

Otros enlaces

Variedades de higuera

Método de caprificación

Árboles singulares de las Islas Baleares: Higueras.

Perfumes de higuera. Blog Tocador de Dorothy.

Otras higueras en este blog:

La higuera gigante que vino de Australia

Ficus obscura en el Botánico de Valencia

 

Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

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Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
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[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
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