Sauces del Ártico

El frío extremo es letal para los árboles. La muerte por congelación marca el límite norte del bosque boreal (taiga) y el comienzo de la tundra, una formación vegetal de baja estatura dominada por herbáceas, musgos, líquenes y algunos arbustos. De igual modo, en las zonas más altas de las montañas el frío, la nieve y las heladas marcan la línea invisible por encima de la cual no sobreviven los árboles (tree line en inglés).

Islandia no es país para árboles, al menos esa es su fama. El destino me llevó en primavera a esa remota isla, situada en mitad del océano Atlántico, rozando el círculo polar ártico. En el avión de Barcelona a Keflávik fui leyendo una novela de Stefánsson; las horas pasaron rápidas, absorto en cómo los personajes se enfrentaban a las duras condiciones de vida islandesa [1].

Aquí el clima lo rige todo, moldea nuestra vida como si fuera arcilla.

No hay palabras suficientes para describir el viento que hace aquí. Viento del norte, todo es blanco, incluso el mar, todo excepto las paredes rocosas de las montañas.


Una vez más el viento viene del norte, el ártico sopla sobre ellos, atraviesa las montañas que se alzan a su derecha, arrastra las ráfagas de nieve desde los peñascos y las derrama sobre las pocas granjas que se encuentran a lo largo de la playa, sobre los dos hombres que avanzan patosamente, el primero con la mirada fija hacia delante, el que le sigue camina cabizbajo y pensando en Otelo y Hamlet, murmura citas sacadas de esas obras, es bueno mover los labios, así no se quedan congelados.


El viento resopla, aúlla, el viento ártico que parece enfadado con todos los seres vivos.

No encontré ningún árbol en las descripciones de los paisajes que atraviesan el cartero rural y su acompañante; solo el páramo (la tundra), las montañas, la nieve y el mar. ¿Qué futuro me esperaba, como buscador de árboles, en Islandia?

Era una mañana de domingo, fresca, nublada y con lluvias intermitentes; atravesé la ciudad desierta y me dispuse a explorar los alrededores. La península de Reykjanes (en español sería Punta Humeante) es un paisaje de coladas de lava y rocas volcánicas, con fumarolas y piscinas de aguas termales, como la famosa Laguna Azul. Impresiona saber que por esta península emerge la Dorsal Mesoatlántica, la cordillera que continúa hacia el sur hasta la Patagonia (unos 15.000 km), sumergida por el fondo del Océano; es una enorme costura planetaria que separa dos placas tectónicas. No muy lejos, el puente Midlina (Punto Medio) se extiende sobre una grieta de unos 15 metros de ancho y permite pasar de la placa de América del Norte a la de Eurasia. En pocos pasos se viaja de un continente a otro, sin percibir que se van separando lentamente, a una velocidad de unos 2 cm al año. ¡Extraña paradoja!, estar en una isla remota, donde nacen y se separan dos continentes.

Tomé el sendero que seguía la costa hacia el norte. Las rocas de lava negra apenas estaban cubiertas por una vegetación de baja estatura. Entre el negro mineral y el verde vegetal destacaban las flores azules del altramuz de Alaska (Lupinus nootkatensis). Esta especie de leguminosa fue introducida en Islandia a mitad del siglo XX para la recuperación de suelos erosionados y pobres, gracias a su crecimiento rápido y a su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico. Con el tiempo, se ha extendido por toda la isla y en algunas zonas supone una amenaza para las especies nativas.

¿Dónde estaban los árboles? Miré alrededor y me agaché para observar de cerca un sauce enano (Salix herbacea), un prodigio de miniaturización que le permite resistir el frío extremo. Era una almohadilla verde que apena sobresalía unos centímetros del suelo, formada por hojas brillantes, redondeadas, que absorbían con avidez la energía solar en el corto verano recién estrenado. En el extremo del ramillo, apenas sobresaliendo de las escasas hojas curvadas, asomaban los amentos de flores masculinas. Saludé a este diminuto sauce macho que me había dado la bienvenida a los mini-bosques de Islandia y seguí mi camino por el sendero de la costa, mirando con cuidado por donde pisaba.

Sauces enanos que toleran el frío extremo

El género Salix tiene unas 500 especies distribuidas principalmente por las zonas frías y templadas del hemisferio norte, aunque algunas especies se extienden por Sudamérica y África [2]. La especie más conocida es el sauce llorón (Salix babylonica), un icono de parques y jardines de todo el mundo.

Posiblemente el sauce ancestral se originó en las montañas del sur de China, actual centro de diversidad con más de 270 especies, y desde allí radió al resto del mundo. En el dilatado proceso evolutivo, algunas especies se adaptaron a resistir el frío extremo y colonizaron las zonas árticas, incluyendo la remota isla volcánica que sería conocida como “Tierra del Hielo” (Iceland). Cuatro especies nativas de sauces viven en la isla.

 

Sauce enano o de los neveros (Salix herbacea L.). El botánico sueco Carlos Linneo viajó en 1732 a Laponia, la región del norte de Europa que limita con el océano Ártico. Durante cinco meses recolectó y describió 534 especies de plantas (la mayoría líquenes y musgos); entre ellas encontró un sauce diminuto del que escribió (en latín): “Minima inter omnes arbores est haec salix” (“este sauce es el más pequeño de todos los árboles”) [3]. Desde entonces, se le conoce como “el árbol más pequeño del mundo”. Años más tarde, el mismo Linneo en su obra magna Species Plantarum (1753) lo bautizaría con el nombre científico Salix herbacea, es decir “como una hierba”. ¿En qué quedamos Linneo, es un árbol o una hierba?

Cuando vi por primera vez al sauce enano, aunque su apariencia era de un modesto arbusto rastrero, me fascinaba imaginarlo como un árbol miniaturizado, un prodigio de adaptación a las condiciones extremas de frío y nieve. Conquistar las tierras árticas se puede considerar un éxito evolutivo para el linaje arbóreo de los sauces, aunque les haya costado sacrificar algunos emblemas de su “arboreidad”, como renunciar al tronco, enterrarse y aplastarse en el suelo protector, mediante una estrategia de resistencia. Para mí, es un árbol miniatura, adaptado al frío extremo.

El sauce es dioico, es decir hay plantas machos y hembras. Las semillas son muy pequeñas, apenas de 1 mm, provistas de largos pelos que facilitan su dispersión a gran distancia, transportadas por el viento y las corrientes de convección. Una vez depositada en un lugar favorable, germina y el joven sauce comienza a crecer lentamente, bajo el suelo, con tallos subterráneos y raíces adventicias, formando un entramado resistente que puede vivir hasta 500 años.

Para ver a este pequeño sauce en los Pirineos o los Alpes hay que subir hasta los 2.000 m de altura o más, sin embargo, en Islandia lo pude disfrutar en mi paseo dominguero junto al mar.

Sauce ártico o de la montaña (Salix arctica Pallas). El sauce ártico es todavía más resistente al frío que su pariente, el sauce de los neveros. Tiene una distribución circumpolar, alrededor del océano ártico, y ostenta el récord de ser la especie leñosa que llega más cerca del Polo Norte, en la península Peary Land, extremo septentrional de Groenlandia. Allí se dan unas condiciones extremas de suelos congelados (permafrost), largos inviernos fríos y sin luz, veranos cortos en los que el termómetro no sube de los 5ºC, escasas precipitaciones en forma de nieve, y fuertes vientos erosivos; condiciones que solo es capaz de soportar el ultra-resistente sauce del ártico.

En las mismas zonas árticas viven los inuits o esquimales. Poblaciones humanas que han adquirido diversas adaptaciones para resistir al frío, como el gen TBX15 (de misterioso origen) que promueve la diferenciación en grasa parda que genera calor [4]. Tan importante como las adaptaciones genéticas ha sido el conocimiento íntimo de la naturaleza y sus recursos, y el desarrollo de una cultura de resistencia que les ha permitido sobrevivir en ese medio hostil.

Los inuits conocen bien y aprecian al sauce del ártico, al que llaman suputiit. Comen las hojas y otras partes de la planta (ricas en vitamina C), pelan las raíces y las mastican para mitigar el dolor de muelas, y lo utilizan como remedio medicinal por su riqueza en salicina. Los frutos algodonosos son mezclados con musgo para elaborar las mechas de la lámpara de aceite de foca, conocida como qulliq. Estas lámparas se mantenían siempre encendidas; servían para iluminar, cocinar, calentar y secar las pieles. Era responsabilidad y privilegio de las mujeres mantener la llama encendida; una actividad esencial para sobrevivir en el clima extremo del Ártico.

Aunque los inuits conocían bien al suputiit desde hace miles de años, no fue hasta 1784 cuando adquirió su nombre científico – Salix arctica. El naturalista alemán Peter Simon Pallas, financiado por Catalina II de Rusia, viajó a Siberia, lo colectó y describió [5]. No es tan pequeño como el enano, puede llegar hasta 50 cm de alto, y suele estar muy ramificado.

En mi visita a Islandia no pude ver al suputiit en su hábitat natural porque allí se refugia en las montañas (se le llama fjallavíðir, sauce de la montaña); parece que el frío de las zonas bajas no le es suficiente. Sin embargo tuve ocasión de ver algunos ejemplares en la colección de sauces de la estación experimental de Gunnarsholt. En la etiqueta les llamaban grávíðir (sauce gris, otro nombre islandés para el sauce ártico). Entre los tallos retorcidos se abrían las primeras yemas, dejando ver las pequeñas hojas peludas; era primeros de junio.

Sauce lanudo (S. lanata L.). Es más alto que el ártico, puede llegar a 100 cm, y se caracteriza porque las hojas y los amentos son pubescentes, con densos pelos grises. Es muy común en los páramos de Islandia, y por su vistosidad también se cultiva en los jardines.

Sauce con hoja de té (S. phylicifolia L.). Puede llegar a los 3 m, con porte arborescente. Tiene las hojas anchas, de color verde brillante, sin pelos. Es muy común en Islandia, en las zonas más húmedas y en los escasos bosques de abedul.

De las cuatro especies nativas, las dos de mayor porte (S. lanata y S. phylicifolia) son las que dominan en la colección de sauces que visité. Fueron plantados entre 1998 y 1999 por el Servicio de Conservación de Suelos. Son muestras de poblaciones, recolectadas en diferentes partes de la isla. La colección tiene como objetivo evaluar su potencialidad para la restauración de zonas erosionadas [6].

Un refugio botánico en Reikiavik

Las glaciaciones fueron letales para la vegetación de esta isla, tan próxima al Polo Norte. De hecho, todavía no se ha recuperado después de la última glaciación (hace unos 12.000 años). Su flora actual es relativamente pobre en especies; unas 470 especies, de las cuales solo tres tienen porte arbóreo: abedul (Betula pubescens), serbal (Sorbus aucuparia) y álamo temblón (Populus tremula). Esta diversidad escasa se debe a una combinación del clima adverso por frío y viento, la actividad volcánica y sobre todo la lejanía de otras tierras de donde pudieran llegar semillas.

Su “remotidad” también explica la tardía llegada y establecimiento de los primeros inmigrantes humanos; fueron vikingos procedentes de Noruega a finales del siglo IX. En el Libro de los Islandeses (Íslendingabók), escrito en nórdico antiguo en el siglo XII por Ari el Sabio, encontramos una sorprendente frase:

“En aquella época Islandia estaba cubierta por bosques que se extendían desde las montañas hasta la orilla del mar”.

¿Era una exageración o una fantasía del cronista medieval? Parece que no, porque estudios paleobotánicos recientes han confirmado que los bosques de abedul cubrían al menos la tercera parte de la isla. Es decir, en el pasado, Islandia sí fue país para bosques.

Los colonos empezaron a talar los bosques para obtener madera y leña, y para convertirlos en prados donde pastaran sus ovejas y caballos. Después de siglos de cortar árboles y del ganado comiendo los intentos de regeneración, los bosques fueron desapareciendo hasta que a mediados del siglo pasado apenas el 1% de la isla tenía abedulares naturales. Al faltar la cubierta protectora vegetal, comenzó un problema severo de erosión por el viento que dejó grandes extensiones de lava al descubierto; estas zonas de desierto desnudo representan casi el 36% de la isla.

El estado de Islandia se ha propuesto revertir esta tendencia, recuperando los suelos con el Servicio de Conservación de Suelos, y reforestando con el Servicio Forestal. Su ambiciosa meta es que el 12% del país esté cubierto por bosques para el 2100.[7]

Cuando llegué a la capital, Reikiavik, tenía gran curiosidad por visitar su Jardín Botánico. Además de un refugio para los árboles, un Botánico es un indicador del nivel de sensibilidad y cultura de una ciudad. Muñoz Molina escribió “los jardines botánicos, como algunas obras maestras de la literatura, esperan con paciencia a que uno llegue a la madurez necesaria para disfrutarlos“; también esperan con paciencia a que una ciudad tenga la madurez necesaria para crearlos.

El Botánico de Reikiavik es pequeño y coqueto; una incorporación reciente (de 1961) a su patrimonio natural y cultural urbano. Todo es relativamente nuevo allí, comparado con sus venerables equivalentes en Padua (1545), Montpellier (1593) o Amsterdam (1638). En sus cinco hectáreas se cultivan y cuidan unas 5.000 especies de plantas.

Me acerqué a la zona de la flora de Islandia, un pequeño montículo donde se recreaba la vegetación achaparrada de la tundra. Allí encontré de nuevo al sauce de montaña (fjallavíðir en su cartel), esta vez con todas sus hojas ya expandidas.

 

El aspecto general del jardín no era de tundra con predominio de herbáceas y pequeños arbustos, típico del paisaje islandés, sino de bosque urbano, con una considerable variedad de árboles. Durante el paseo, escuché varias veces y muy cerca el bullicioso canto del zorzal alirrojo (Turdus illiacus), un ave forestal que estaba en pleno apogeo primaveral. Una parte importante del Jardín (2,4 ha) estaba siendo ampliada para el nuevo arboreto, cuyo diseño se mostraba en un cartel; allí se marcaba el lugar reservado para las especies de árboles procedentes de Norteamérica, Asia y Europa.

Sin duda, pensé, Islandia puede ser un país hospitalario para los árboles, y con el calentamiento global lo será más.

Cerca de la salida me fijé en un árbol de troncos múltiples y ramas torcidas como si dudaran en el camino recto hacia la luz. Era un sauce de las cabras (Salix caprea L.), un “gigante” entre los sauces nórdicos (puede llegar a los 10 m de altura).

No es nativo de Islandia, pero es común en Noruega y sería bien conocido por los primeros pobladores vikingos. En los años treinta del siglo pasado fue común plantarlos en los jardines de Reikiavik. Al parecer, este venerable sauce de 80 años sería uno de ellos.

Después de haber tenido que estar en cuclillas, agachado, para observar a sus parientes miniaturizados, ahora tenía que alzar la vista para buscar sus amentos floridos y saber si era macho o hembra. Había cambiado la escala de tamaño y mi perspectiva con los sauces.

Salí del Botánico reflexionando sobre el linaje Salix, su diversidad de formas y su extraordinaria capacidad para adaptarse a las condiciones extremas. Comprendí entonces la admiración que los sauces causaron en Thoreau [8]:

“¡Ojalá yo tuviera siempre el buen ánimo de un sauce! ¡Cuánta tenacidad en su vida! ¡Cuánta flexibilidad! ¡Qué pronto se recuperan de sus heridas! Nunca desesperan. Son emblemas de la juventud, la alegría y la vida eterna.”

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[1] J. K. Stefánsson (2016), La tristeza de los ángeles, Salamandra, Barcelona. Traducción de Elías Portela. La edición original en islandés es de 2009. Esta novela forma parte de una trilogía, junto con Entre cielo y tierra y El corazón del hombre, también publicadas por Salamandra.
En la tercera entrega, El corazón del hombre, encontré la única mención a un árbol de la trilogía: “Apoyado en el cercado, de espaldas a los dos serbales, que se esforzaban en alzar las ramas hacia la luz” (pág. 207).

[2] En la página web The Plant List se listan 552 especies aceptadas del género Salix.
The Plant List (2013). Version 1.1. Published on the Internet.

[3] Carlos Linneo publicó en 1737, cinco años después del viaje de exploración a Laponia, la obra: Flora Lapponica exhibens plantas per Lapponiam crescentes, secundum systema sexuale, Amsterdam. La descripción latina del “árbol más pequeño del mundo” está en la página 286.
La primera descripción científica con el nombre aceptado Salix herbacea, se puede encontrar en su obra Species Plantarum (1753), volumen 2, página 1018.

[4] Investigaciones recientes han propuesto que las adaptaciones al frío de los inuits, en particular el gen TBX15, podrían proceder de antiguos cruzamientos entre los humanos modernos y los homínidos denisovanos (hace unos 50.000 años).
Racimo F. y cols. (2017). Archaic adaptive introgression in TBX15/WARS2. Molecular biology and evolution, 34(3), 509-524.
Ver también artículo de Steph Yin “Cold Tolerance Among Inuit May Come From Extinct Human Relatives” en el diario New York Times, 23 diciembre 2016.

[5] Peter S. Pallas publicó la Flora de Rusia en dos volúmenes, entre 1784 y 1788, en San Petersburgo (Petropoli) con el título completo: Flora Rossica seu Stirpium Imperii Rossici par Europam et Asiam. Indigenarum Descriptiones et Icones. Jussu et Auspiciis Catharinae II Augustae.

[6] Agradezco a Anne Bau su amabilidad al llevarme a las plantaciones de sauces y facilitarme la información. La historia de la colección de sauces se puede leer en la publicación: Aradóttir AL, K. Svavarsdóttir, A. Bau (2007). Clonal variability of native willows (Salix phylicifolia and Salix lanata) in Iceland and implications for use in restoration. Icelandic Agricultural Science 20: 61-72.

[7] T. Eysteinsson (2017) Forestry in a Treeless Land Fifth edition, 2017. Icelandic Forest Service, Egilsstaðir Iceland.

[8] La reflexiones de Thoreau sobre los sauces están incluidas en las notas de su diario, del 14 de febrero 1856, una mañana fría de paseo por las orillas del río, camino de Walden. Ver la transcripción en:
The writings of Henry David Thoreau. Journal. Edited by B. Torrey. VIII. November 1, 1855 – August 15, 1856. Houghton Mifflin. 1906, págs. 181-182.

 

Escrito por Teo, jueves 28 septiembre 2017

 

Enlaces

Obras de Carlos Linneo: Flora Lapponica y Species Plantarum.

Páginas web del Servicio de Conservación de Suelos y del Servicio Forestal de Islandia.

Página web del Botánico de Reikiavik.

Artículo de Muñoz Molina sobre el Jardín Botánico de Lisboa.

El Árbol del Color y la Música

A veces el encuentro con un árbol nuevo llega por caminos insospechados. Esta vez ha sido por la publicidad. En la prensa me topé con el anuncio de un lápiz de madera de pernambuco, un árbol que desconocía por completo, fabricado por una prestigiosa marca de lápices alemana. En el reclamo publicitario se destacaba “el carácter cálido y natural de la madera, normalmente usada para elaborar arcos de violín”. Siguiendo esa pista llegué a este árbol tropical, más conocido como palo brasil (Caesalpinia echinata), y a su historia asombrosa y tremenda de explotación, que lo ha llevado al borde de la extinción a la par que lo ha convertido en un símbolo de la historia y la cultura de Brasil, país que le debe parte de su historia y su nombre al árbol.

En términos botánicos, la especie es una leguminosa endémica del Bosque Atlántico tropical de Brasil, la selva conocida localmente como Mata Atlántica. Entre sus peculiaridades destacan el tronco muy recto cubierto de aguijones, unas llamativas flores amarillas muy aromáticas, las legumbres espinosas y, sobre todo, el tesoro que guarda tras la corteza grisácea: una madera muy dura, muy densa, de un vistoso color rojo, objeto de deseo.

 

El árbol del color rojo

El 22 de abril de 1500, ocho años después del descubrimiento de América, una expedición portuguesa de trece navíos comandada por el caballero Pedro Alvares Cabral llegó a una costa desconocida de Sudamérica (donde hoy se encuentra Porto Segura, estado de Bahía), una costa muy bella, rebosante de aves coloridas y de árboles de muchos tipos, habitada por indígenas que llevaban el cuerpo pintado con un colorante rojo extraído de la madera de un árbol, al que llamaban ibira-pitanga (rojo en lengua tupí). Los exploradores quedaron fascinados por el pigmento rojo. La razón de ello estaba en Europa.

La madera del ibira-pitanga tenía gran parecido con otra madera exótica importada de Asia, de gran valor entonces en Europa para fabricar tinte rojo y tinta. De hecho se trataba de una especie de la misma familia y género, la Caesalpinia sappan, conocida en el mercado por diversos nombres: brasilere en español, brazil, bresil, verzino, etc. en otras lenguas. Todos estos términos procedentes de la palabra latina, brasa, relativa a la semejanza del color encendido de la madera con las brasas; mientras en Asia, se conocía por la palabra malaya sapang, rojo.

Cabral y sus hombres llamaron al árbol pau brasil (en portugués, palo brasil en español). La tierra virgen estaba llena de árboles y, a la vista de tal abundacia, los exploradores en seguida enviaron barcos a Portugal cargados con toneladas de madera de palo brasil. Un trabajo duro. Talar los árboles, quitarles la corteza y la albura a los troncos (pues el pigmento está en el duramen), cortarlos en tablas que pudieran llevarse a hombros, y acarrearlas desde el lugar cosechado hasta los barcos. Por fortuna para los colonizadores, el trabajo lo realizaban los indígenas a cambio de objetos insignificantes, de modo que la explotación resultaba prácticamente gratis. Para entender la dimensión del valor que repentinamente había cobrado el palo brasil, hay que acercarse al mundo de los tintes naturales.

Rojo europeo, rojo asiático y rojo americano

La actividad tintorera es un arte antiquísimo desarrollado en todas las culturas. Las fuentes de color en la naturaleza son muchas y variadas: hojas y tallos, flores, cáscaras y vainas, bayas, semillas, raíces, cortezas, maderas, moluscos, insectos y líquenes. Un maestro tintorero maneja conocimientos de botánica, química y cromatismo. Domina las técnicas de extracción del colorante de cada materia natural y las recetas idóneas de mezclas de colores y aditivos para obtener los más bellos tonos y la máxima durabilidad. Los museos del mundo ilustran los admirables colores naturales conseguidos por los artesanos hasta la invención de los colores sintéticos.

Para experimentar las propiedades tintóreas de los árboles me apunté a un curso de Iniciación al Teñido de Fibras con Colorantes Naturales en el Jardín Botánico de Córdoba, me fascinó. Cuando en un caldero hirviendo con unas simples cáscaras de cebolla o unas hojas trituradas de higuera, ves cómo el color penetra la lana, te sientes como asistiendo a un descubrimiento, o revelando un secreto antiguo. La vivencia te hace mirar los árboles y demás vegetales de otra manera, la recomiendo. La magia del color, que tanto usamos, es otro servicio callado que las plantas nos obsequian desde el origen de los tiempos.

En Europa la producción de materias tintóreas constituía una actividad económica muy activa desde comienzos del medievo. Obviamente, en un principio se usaban materias del entorno natural. El rojo, junto al púrpura, era un color prestigioso, un poderoso símbolo de poder dentro del lenguaje de los colores. Las sedas y terciopelos de los nobles se teñían con un colorante, llamado grana, extraído al triturar y hervir las agallas que un insecto, el quermes, forma en la coscoja y otros robles.

El inicio de los grandes viajes a Oriente en busca de especias y otros bienes de lujo, descubrió a Europa la madera tintórea de la Caesalpinia sappan, el brasilere. El prestigio de los rojos y púrpuras se debía en parte a la cantidad astronómica de animales que se necesitaban para extraer una buena dosis de colorante. El árbol oriental era mucho más abundante, porque se cultivaba, y más rico en colorante rojo, casi 10 veces más que el quermes, y así ocupó el primer lugar en el mercado. En Asia, esta Caesalpinia se usaba desde muy antiguo tanto en medicina como para teñir las sedas y linos de los trajes que vestían los nobles orientales.

En Japón, el brasilere importado desde China gustó tanto sobre la seda que ese rojo se consideró un color especial, el koro, e incluso se prescribió su uso exclusivo en la corte del emperador tal como aparece en un texto del siglo X, el Engishiki; esa apreciación de “color especial” del rojo aún pervive en la cultura japonesa. Marco Polo y otros grandes viajeros europeos seguro conocieron el texto japonés y el árbol sapang, pues en sus crónicas dejaron notas del comercio del brasilere y de la presencia de cultivos por todo el sudeste asiático, en lugares legendarios como las Islas de las Especias, India o Tailandia.

La primera cita del brasilere en Europa procede de la Francia del siglo XI. En el siglo XIV, el uso del rojo brasil ya era extensivo, incluso se distinguen diferentes calidades por la procedencia, el mejor venía de la costa india de Malabar. El árbol asiático en cuestión es pequeño, espinoso y, a diferencia del palo brasil, ha sido cultivado durante siglos y naturalizado en un amplia área de Asia.

Cuando la madera del palo brasil americano llegó a Europa (tras la expedición de Cabral en 1500), los maestros tintoreros se dieron cuenta de que no era de mejor calidad que el rojo asiático, pero su abundancia, los menores costes del transporte y la mano de obra indígena gratuita hacía que el negocio compensase; además el brasilere de Asia se estaba volviendo más difícil de importar, ya que la ruta oriental estaba bloqueada por la conquista turca de Constantinopla. Portugal se quedó así con el monopolio del tinte rojo en Europa.

Piratas locos por el color

Troncos de palo brasil en la revista Smithsonian Magazine.

El comercio del palo brasil hizo ganar tanto dinero de repente a Portugal que Francia, España, Inglaterra y Holanda, las otras cuatro grandes naciones exploradoras del Siglo de los Descubrimientos, se lanzaron a buscar el palo brasil en la selva americana o, lo que les traía más cuenta, a piratear los barcos portugueses cargados con la madera.

Cincuenta años después de la llegada de los portugueses a América gran parte del territorio aún permanecía inexplorado. En la década de 1520 los franceses empezaron a recorrer la costa y a apresar todos los barcos, querían una parte del botín rojo. En 1555 el vicealmirante Nicolás Durand de Villegaignon y sus caballeros de la Orden de Malta, junto con colonos hugonotes huidos de la persecución, establecieron una colonia, a la que llamaron la Francia Antártica, en lo que hoy es Rio de Janeiro. El intento iba en contra del Tratado de Tordesillas de 1494, que había repartido el Nuevo Mundo entre España y Portugal, y aunque llegaron más colonos en los años siguientes, esta vez calvinistas, los franceses fueron finalmente expulsados por los portugueses en 1567. No obstante, Francia mantuvo la piratería y el interés sobre el palo brasil durante bastante tiempo. El escritor francés Jean-Christophe Rufin narró estos hechos en la novela histórica “Rojo Brasil”, con la que ganó el Premio Goncourt en 2001.

Los españoles, por su parte, buscaron con ahínco el palo brasil en sus posesiones americanas y descubrieron otras especies cuyo duramen también producía tintes rojos intensos. En los antiguos territorios hoy ocupados por México, Guatemala y Belice descubrieron el palo campeche (Haematoxylum campecchium), otra leguminosa tintórea que comercializaron desde España. La especie fue después explotada por los ingleses en Belice. Tambien se descubrieron y aprovecharon las especies Caesalpinia brasilensis, la Caesalpinia violacea y el Haematoxylum brasiletto, todas dadoras de un rango de tintes rojos, desde carmines hasta rosas.

En el mercado de tintes de aquellos tiempos, tal como aparecen en los documentos, las maderas de las distintas especies se vendían con nombres parecidos: brasil, palo brasil, palo de pernambuco, palo de campeche, palo de tinta, brasiletto. Y además cada especie aparece con distintos nombres, una confusión nominal que dura hasta nuestros días; es fácil ir a comprar palo brasil y que te den virutas o polvo de otra madera roja.

A nivel molecular, tienen algo común. Resulta que la sustancia química que aporta el color rojo es la misma en todas las especies de Caesalpinia: la brasilina (C16H14O5), un pigmento que también se conoce como Rojo Natural 24. Igual que en todas las especies de Haematoxylum es la hematoxilina (fórmula C16H14O6), a su vez solo diferente en un átomo de oxígeno. Ambas sustancias de la madera se oxidan espontáneamente con la luz y el aire, se convierten en brasileína y hematoxileína o hemateína, y adquieren el rojo intenso.

Mapas del tesoro rojo

La relevancia económica del palo brasil en los siglos XVI y XVII fue tal que el árbol aparece constantemente en la cartografía de la época. Pocos casos hay de tanta presencia de un árbol en los mapas. El mapa más antiguo, el Planisferio de Cantino, de 1502, dos años después de la llegada de Cabral a América, muestra la demarcación acordada en el Tratado de Tordesillas y los resultados de todas las expediciones realizadas desde 1492 hasta 1501; el territorio de Brasil está representado por pájaros y árboles de palo brasil. Otros importantes mapas posteriores, (de 1519, 1542, 1546, 1550 y 1579), contienen escenas de los nativos tupíes realizando tareas, sobre todo cortando árboles y acarreándolos a los barcos. Son mapas muy artísticos de gran valor histórico con una sorprendente información económica y etnológica del comercio del palo brasil.

Detalle del mapa “Brasil” de G. Gastaldi, 1550.

Historia de una devastación

Los interesantes mapas de la época también atestiguan el comienzo de la deforestación de la selva atlántica. Desde el minuto uno en que los portugueses pusieron sus pies en la costa brasileña el número de árboles de Caesalpinia echinata empezó a disminuir sin remedio y siguió haciéndolo año tras año, hasta mermar de un modo alarmante la población de la especie.

A lo largo del XVI, los portugueses (y, en parte, también franceses) mandaron a Europa una media de 7000 toneladas de madera de palo brasil al año. Se ha estimado que solo en el primer siglo de explotación se talaron cerca de 2 millones de árboles, es decir, una media de 20 mil al año, lo que equivale a 50 árboles al día. También se esquilmaron animales y otros recursos de la selva. Un barco francés apresado por los portugueses llevaba 3000 pieles de jaguar, 600 aves (muchas de ellas papagayos) y otras materias como aceites medicinales y minerales. No solo se perdían grandes árboles sino que se empobrecía rápidamente la biodiversidad original de la selva virgen.

Desde el principio, y no por motivos ambientales sino económicos, los portugueses advirtieron con preocupación la evidente deforestación paulatina y descontrolada. Pronto, en 1542 y en 1605, se proclamaron leyes para racionalizar y regular el comercio del palo brasil, con castigos de pena de muerte o confiscación de bienes a quien talara árboles sin permiso de los propietarios de las tierras. La intención era que nadie más que los colonizadores portugueses talasen los árboles. Sin embargo, esas reglas y otras posteriores se incumplieron sistemáticamente y así se llegó a 1822, año de la Independencia de Brasil de la corona portuguesa.

Poco después, en 1856, tuvo lugar un descubrimiento que cambiaría para siempre la actividad de teñido con colorantes naturales. El químico inglés William Henry Perkin intentaba sintetizar quinina pero lo que consiguió fue producir el primer colorante sintético, la anilina morada. En poco tiempo los tintes sintéticos de todos los colores llegaron al mercado y antes de finalizar el siglo XIX las empresas de colorantes naturales se arruinaron por falta de demanda. Habían pasado 375 años de explotación ininterrumpida del palo brasil y lo habían dejado al borde de la extinción.

El interés por el tinte del palo brasil casi desapareció. Pero entonces se descubrió que, además del tinte, la madera poseía otra propiedad igual de admirable o más aún y comenzó un nuevo interés por el expoliado árbol.

El pernambuco, árbol música

En la ciudad del Sena, entre los años 1785-1790, los destinos del palo brasil y Francia volvieron a unirse. El lutier François Xavier Tourte tuvo la inspiración y el talento de inventar un nuevo arco para instrumentos de cuerda, tan revolucionario que se ganó el apodo de el Stradivarius del arco. Tourte introdujo una serie de cambios esenciales, convirtiendo al arco en algo nuevo y poderoso. Alargó la longitud, puso más madera en la vara, hizo una nuez más pesada para tensar las crines de caballo y, para lograr la concavidad tan importante para el sonido, calentó la madera, lo que antes se realizaba aserrando. Por último, experimentó su diseño con diversas maderas (entonces los arcos se fabricaban con maderas europeas y algunas tropicales), hasta que en el centro de París encontró toneladas de palo brasil destinadas a tinte y descubrió sus maravillas sónicas.

El palo brasil es un árbol musical excepcional debido a una combinación de cualidades de la madera: la densidad, resistencia y flexibilidad, y la habilidad de curvarse con el calor y mantener la curvatura al enfriarse. El arco emite sonido; cuando se desliza por las cuerdas del violín preserva las vibraciones creadas y su frecuencia interactúa con la propia del instrumento creando un tono distinto. Según sugieren las investigaciones, la capacidad sónica de la madera de pernambuco tiene que ver con el contenido en brasilina, o sea, que la sustancia tintórea también es responsable de los atributos musicales del árbol.

El arco es una pieza crucial. Es una herramienta mágica. El virtuoso violinista del XVIII Giovanni Batista Viotti, consejero de Tourte, lo expresó con un significativo aforismo “el violín es el arco”. El violinista Günter Seifert, autor de “The Pernambuco Waltz”, describe así su importancia: “el arco puede ser más esencial para expresar el alma de la música que el propio violín, por eso, usan arcos de pernambuco tanto los músicos profesionales como los aficionados, todos saben que es mejor tener un arco excelente y un violín mediocre que a la inversa”.

No hay ninguna otra materia que iguale la excelencia musical de la madera de pernambuco. Los arqueteros y músicos de cuerda del mundo dependen de la continuidad de la especie para mantener la calidad de sonido de sus interpretaciones.

El árbol de las muchas palabras

Un árbol con muchos nombres. Ya he aludido a la confusión reinante desde el principio por los diversos nombres que se le asignaron al tinte rojo asiático de la especie C. sappan. Confusión que heredó, en primer lugar, la especie C. echinata por haber recibido la misma constelación de nombres y, en segundo lugar, los otros árboles tintóreos americanos por haber sido nominados con nombres parecidos. A ello se suma que en el ámbito musical se le conozca como pernambuco en vez de palo brasil (término más usado en el comercio de tintes). Pernambuco es un estado brasileño, dentro de la Mata Atlántica, que conserva algunas poblaciones intactas del árbol, de donde proceden maderas valoradas como las de mejor calidad.

Un árbol da nombre a un país. Al principio, la tierra que descubrió Cabral recibió varios nombres: Terra de Vera Cruz, Terra de Santa Cruz, Nuevo Mundo, América, Terra Papagalli. Sin embargo, la intensa actividad comercial entorno al palo brasil hizo que finalmente se adoptara el nombre Terra do Brasil, y al final del XVI el nombre Brasil quedó fijado. El hecho evidencia la magnitud de la explotación maderera y la importancia del árbol en el origen y desarrollo del país. No obstante, el asunto fue y sigue siendo motivo de una cierta oposición en Brasil, en parte por cuestión de la falta de connotación religiosa, pero sobre todo por cuestiones de orgullo, al relacionar el nombre de un país con el de una actividad tan prosaica como la mercantil. Los tintoreros del mundo, sin embargo, se sienten orgullosos de que haya un país con nombre de un tinte, y los amantes de los árboles también celebramos que un árbol haya nombrado a una nación.

Un árbol al que le cambian el nombre. La especie del palo brasil fue clasificada y descrita por el naturalista francés Jean Baptiste Lamarck en 1785, la llamó Caesalpinia echinata. El nombre genérico fue un homenaje al médico botánico italiano Andrea Cesalpino (1519-1603) y el epíteto griego echinata lo eligió en referencia a las abundantes espinas del árbol. En el siglo XXI, un nuevo estudio del ADN ha confirmado que el palo brasil representa un linaje evolutivo único y distinto, mereciéndose el reconocimiento de género aparte. El nombre elegido para el nuevo genero es Paubrasilia, latinización del nombre común portugués, dada la importancia histórica del árbol para Brasil, y para la especie Paubrasilia echinata. El género Paubrasilia ha sido descrito en la revista Phytokeys (2016) por un equipo de científicos de Canadá, Brasil y Reino Unido dirigido por Edeline Gagnon, de la Universidad de Montreal. Con ese nombre emblemático los autores tienen la esperanza de atraer la atención sobre el frágil estado del hábitat del palo brasil.

De paraísos perdidos y árboles casi perdidos

A su llegada al litoral brasileño, los portugueses admiraron la espléndida belleza natural de la tierra, los árboles, muchos, muy grandes, y de infinitas especies, las aves, muchas, y vistosas, las bellas playas y la abundancia de manantiales. Un paraíso virgen.

Antes de la Era de los Descubrimientos, la Mata Atlántica se extendía por toda la franja litoral brasileña, desde el actual estado de Rio Grande del Sur hasta el de Rio Grande del Norte. Se estima que ocupaba unos 130 millones de hectáreas, de los que hoy sólo queda el 7% en estado original. Y ese porcentaje se presenta fragmentado en pequeños espacios de pocas hectáreas separados entre sí, lo que dificulta la conservación.

La devastación empezó con la explotación de la madera del palo brasil y de otros árboles como la caoba, el palisandro y el cedro; luego siguió con la tala de selva para cultivos, de caña de azúcar, café y cacao, y para ganadería; y, finalmente, con la expansión de las ciudades. El paraíso se pierde. El Bosque Atlántico es uno de los 34 puntos críticos (hot spots) mundiales de gran valor para la conservación de la naturaleza, principalmente por la reducción de su área; son enclaves importantes de biodiversidad porque en ellos se encuentran la mayoría de especies aún desconocidas para la ciencia.

La Mata Atlántica es el único hábitat del mundo para el palo brasil o pernambuco. A pesar de la preocupante situación de la especie sigue siendo objeto de explotación y exportación ilegal. Afortunamente desde hace unos años se ha comenzado a llevar a cabo iniciativas para salvarla.

Con el fin de concienciar a la población, en 1978 el gobierno brasileño lo declaró Árbol Nacional y al día 3 de mayo el Día del Palo Brasil. Años más tarde, en 1992, la especie fue declarada especie en peligro de extinción por el gobierno y en 1998 por la UICN.

En 2001, en París, los músicos y fabricantes de arcos de violines de diversos países del mundo crearon la IPCI (International Pernambuco Conservation Iniciative), con la misión de rescatar a la especie. Fueron animados a ello por medio de Comurnat, una organización que intenta comprometer a los artesanos con la causa de las materias primas de las que dependen. Una vez concienciados, los arqueteros contemporáneos, como dice el periodista Russ Rymer, “están decididos a no ser los villanos de este drama de extinción”. La Iniciativa tiene en marcha un interesante programa que financia estudios, sobre hábitos y hábitat de la especie, así como proyectos de plantaciones en distintos puntos, todo ello en colaboración con los diferentes gobiernos implicados y con organizaciones civiles.

En 2012, el gobierno de Brasil creó el Programa Nacional para la Conservación del Palo Brasil, con la meta de reevaluar el estado de conservación, identificar los bosques relictos con poblaciones de la especie y promocionar el uso sostenible de plantaciones comerciales públicas y privadas. Queda mucho por hacer, pero el esfuerzo en investigaciones y reforestaciones ha logrado que en 2013 la especie sea incluida en el Apéndice II, de la Convención Internacional del Comercio de Especies Silvestres (CITES), en la lista de especies que no están amenazadas de extinción pero requieren regulación estricta de comercio internacional para prevenir mayor declive de las poblaciones.

Los planes y las iniciativas deberían dar sus frutos en los próximos años. Ojalá que se logre plantar millones de pernambucos, que esas plantaciones se exploten de modo sostenible y que se proteja a las poblaciones silvestres para que puedan regenerarse y extender sus dominios.

Buscando al pernambuco

No he tenido la suerte de ver un palo brasil. En 2002 visité un reducto de Mata Atlántica al noreste del estado de Río Grande do Sul, experimenté el ámbito de la selva, su sinfonía de murmullos de vida, su exuberancia de verdes y puedo imaginarlo siendo parte de ese escenario. Hace poco volví a París, no conocía aún la íntima relación de esta ciudad cultural con el pernambuco y no lo encontré ni en las numerosas arboledas, ni en el Jardín Botánico, ni en los museos. Mi único contacto con el árbol puede que haya sido con las virutas de madera que estaban etiquetadas como palo brasil en el Curso de Tintes Naturales, aunque seguramente eran de otra especie.

En cualquier caso, conocer la historia apasionante de este árbol ha sido una gran sorpresa, una lección de la selva. Demuestra la interconexión que existe entre una planta y una sociedad, entre los árboles y la música, entre la historia y el devenir de la naturaleza, entre la riqueza de los pueblos y la biodiversidad del planeta.

Una forma de contactar con el palo brasil podría ser a través de la música. Os invito a entreoír, o adivinar, los sones del pernambuco de la mano de Hilary Hahn en el Concierto para Violín de Mendelssohn.

Escrito por Rosa, jueves 15 de junio de 2017.

Fuentes

Iniciación al Teñido con Colorantes Naturales
Jean-Christophe Rufin. Rojo Brasil . Ediciones B, 2002.
La representación del palo brasil en los mapas de los siglos XVI y XVII.
Iniciativa Internacional para la Conservación del Pernambuco.
Artículo de Russ Rymer en la revista Smithsonian sobre el árbol música.
Nuevo nombre para el pernambuco en el blog del Kew Garden.
La importancia del pernambuco en el blog de la Filarmónica de Viena.

La red social del bosque

Cuando paseamos por un bosque no somos conscientes de que bajo nuestros pies se extiende un denso entramado de raíces y micelios de hongos, una red de conexiones que sirve a los árboles para comunicarse unos con otros. Pero, ¿verdaderamente los árboles se comunican? ¿son capaces de “transmitir señales mediante un código común al emisor y receptor”? como define la Academia la acción de “comunicar”.

La ecóloga forestal Suzanne Simard descubrió, a finales del siglo XX, que los árboles del bosque están conectados por una red de raíces y micorrizas, a través de la cual transfieren nutrientes desde las “fuentes” o emisores a los “sumideros” o receptores. En su experimento pionero, marcó las hojas de abedules (Betula papyrifera) en Canadá, con isótopos de carbono (C13 y C14) y comprobó que este carbono era transferido a plántulas vecinas de abeto (Pseudotsuga menziesii), que crecían en la sombra. En el sentido contrario, el carbono marcado en las hojas de abeto, durante el invierno apareció en los jóvenes abedules desprovistos de hojas.

La publicación de estos resultados sorprendentes en la prestigiosa revista Nature [1], supuso el lanzamiento a la fama (científica) de la joven Simard y el auge en la investigación sobre las redes de micorrizas, que serían bautizadas como Wood Wide Web o internet del bosque (en un juego de palabras de las siglas en inglés WWW, cambiando World-mundo por Wood-bosque).

Hongos y raíces forman una red oculta

Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos (mykós en griego) y raíces (riza) de plantas. Las hifas o filamentos de los hongos movilizan y transportan los nutrientes minerales del suelo hasta las raíces de las plantas, mientras que el hongo recibe a cambio hidratos de carbono fotosintetizados por la planta. Se piensa que esta simbiosis con los hongos fue crucial en la evolución de las plantas terrestres, cuando dejaron el medio acuático hace unos 400 millones años y tuvieron que aprender a captar las sales minerales y nutrientes retenidos por las partículas del suelo.

La existencia de las micorrizas ya se conocía a finales del siglo XIX, pero sus beneficios agrícolas y forestales se fueron descubriendo en la primera mitad del siglo XX. Ha sido en este siglo XXI cuando las nuevas técnicas de biología molecular y los marcadores isotópicos han abierto una ventana nueva a ese mundo complejo de las redes micorrícicas que conectan los árboles del bosque.

El grupo de Simard ha cartografiado con detalle la red de micorrizas en una parcela de bosque de abetos (Pseudotsuga menziesii) en Canadá, identificando los genotipos de árboles y hongos, mediante análisis de ADN [2]. Un viejo abeto, de 94 años, estaba conectado con otros 47 árboles mediante 11 genotipos diferentes del hongo Rhizopogon sp. La longitud media de un micelio de hongo fue de 20 metros. La red de conexiones debe ser aún más compleja porque solo se identificaron las micorrizas formadas por dos especies de hongos; mientras que en esa comunidad de bosque pueden existir más de 50 especies diferentes de hongos micorrícicos. Funcionalmente, se trataría de un super-organismo clonal, una red simbiótica árbol-hongo que comparte los recursos del bosque.

Mapa de la red de micorrizas en un bosque de abetos de Canadá (Beiler et al., 2010).

A través de las redes no solo circulan nutrientes, también van señales bioquímicas y eléctricas de un árbol a otro; para algunos, esas señales son prueba de la existencia de comunicación real, de una “charla arbórea” (tree talk) [3]. Se ha comprobado que abetos que habían sufrido una defoliación severa por insectos transmitieron, por medio de la red de micorrizas, señales de estrés a los árboles vecinos, que a su vez respondieron activando los genes que sintetizan enzimas defensivos. La señal de alerta fue comunicada no solo a los árboles de la misma especie, sino también a los de otras especies. ¿Qué sentido evolutivo tiene ayudar a un árbol vecino que compite contigo por los recursos y el espacio? Una posible explicación alternativa es que la red es propiciada por el hongo, que comunica a diferentes árboles para asegurarse una fuente de carbono desde múltiples hospedadores, en un ambiente variable e impredecible.

También existe un lado oscuro de la red, no todo es altruismo y cooperación entre árboles. Algunos árboles producen compuestos químicos que se llaman alelopáticos (del griego pathos-sufrir y allelos-al otro), es decir que inhiben el crecimiento y desarrollo de otras plantas. Por ejemplo, es conocido que las raíces y hojas del nogal (Juglans regia) tienen juglona (un tipo de naftoquinona) que es tóxico para otras plantas. Se ha comprobado que los micelios de los hongos conectados a las raíces del nogal facilitan el transporte de la juglona y así extienden su efecto alelopático por el suelo; por otra parte, la juglona le sirve al hongo como defensa química contra los micófagos [4].

Es difícil imaginar esa red compleja y dinámica que conecta los árboles del bosque bajo tierra. El artista francés Enzo Pérès-Labourdette dibujó unos seres oníricos, especie de duendecillos carteros, que corren apresurados por un laberinto de caminos subterráneos llevando mensajes, para ilustrar un artículo dedicado a la Wood Wide Web en la revista New Yorker.

Ilustración de Enzo Pérès-Labourdette para New Yorker (2016).

Esta relación compleja entre los árboles también se puede imaginar y explicar usando analogías con nuestras relaciones humanas y sociales. La doctora Simard, una apasionada comunicadora y divulgadora, cambia su lenguaje científico, frío y objetivo, por otro más personal y más sentimental en sus conferencias: “Los árboles madre reconocen y nutren a sus hijos, les envían señales de alerta, les hablan“. Reconoce su inspiración en el lema de Rachel Carson: “no es ni siquiera la mitad de importante conocer como sentir“.

Simard argumentaba así su pasión “humanizadora” por los árboles:

“Pasan tantas cosas en los bosques, que no somos capaces de entenderlas aplicando las técnicas científicas tradicionales. Así que abrí mi mente y decidí incorporar aspectos humanos para comprender de forma más profunda, más visceral a estas criaturas vivientes, que no son meros objetos inanimados. Además, como seres humanos nos podemos relacionar mejor con estos árboles (humanizados), cuidarlos mejor y gestionar mejor nuestros paisajes.”

Árboles con vida social

Los árboles son seres muy sociales y se ayudan unos a otros; su bienestar depende de la vida en comunidad“, escribió Peter Wohlleben en su interesante y apasionado libro La vida oculta de los árboles. Qué sienten y cómo se comunican [5].

Wohlleben es técnico forestal y gestiona el bosque comunal de Hümmel (Alemania); el hermoso bosque antiguo, por donde le gusta deambular y que tanto le inspira. Confiesa que, durante sus caminatas por el interior del bosque, aprende algo nuevo cada día, investiga, piensa, observa, y saca conclusiones de lo que ha descubierto. Fruto de esas observaciones y sus lecturas (entre ellas, los trabajos de Simard) fue el libro dedicado a la vida oculta del bosque, que tuvo un gran éxito en Alemania (publicado en 2015, vendió más de 300.000 ejemplares). Posiblemente tocó la fibra sensible y ancestral que ya reconoció el historiador latino Tácito en los antiguos germanos: “no juzgan adecuado para la grandeza de los cielos encerrar a los dioses entre paredes ni presentarlos en forma humana, por ello, les consagran bosques y frondosidades y deifican el misterio que solo ven con su veneración”. Quizás el libro sirvió para renovar ese vínculo cultural y espiritual con el bosque.

El amante de los árboles disfruta leyendo el libro, estructurado como una colección de relatos de historia natural del bosque. También aprende sobre la complejidad de los nuevos descubrimientos científicos, como la red Wood Wide Web que conecta los árboles. Es verdad que, a veces, el lector no sabe si tiene entre las manos una obra de ciencia o de ficción, y le vienen a la mente otras historias de árboles inteligentes: “hay algún tipo de comunicación electroquímica entre las raíces de los árboles. Como las sinapsis entre las neuronas. Cada árbol tiene 10.000 conexiones a los árboles que los rodean, y hay un billón de árboles en Pandora” [6]. Sí, el bosque fantástico de Avatar, pero estas historias de Wohlleben son del planeta Tierra, y más concretamente del centro de Europa.

En las reseñas del libro en revistas científicas se le reconoce su valor divulgativo pero se le critica la excesiva “humanización” de los árboles [7]. Wohlleben se justifica: usa “un lenguaje muy humano, porque el lenguaje científico elimina toda la emoción y la gente no lo entiende“. Claro que, al dotar a los árboles de sentimientos y emociones, se plantea dudas morales como gestor de bosques: “cuando sabes que los árboles experimentan dolor y tienen memoria, y que los árboles padres viven junto a sus hijos, entonces no puedes ir sin más a talarlos y destruir sus vidas con maquinaria pesada.”

Como alternativa a la explotación forestal tradicional propone “una gestión amigable del bosque, que permita a los árboles satisfacer sus necesidades sociales, crecer en un verdadero ambiente forestal sobre suelo sin perturbar y pasar “su conocimiento” a la siguiente generación. Al menos a algunos de ellos se les debe permitir envejecer con dignidad y morir de muerte natural.” Una forma revolucionaria de contemplar nuestra relación con el bosque.

Termina el libro con algunas profecías y una invitación a pasear con imaginación por el bosque.

“Cuando se conozcan las capacidades de los árboles, y se reconozcan sus vidas emocionales y necesidades, entonces cambiará gradualmente la forma en que los tratamos.
Quizás algún día se podrá descifrar el lenguaje de los árboles, dándonos material para historias aún más asombrosas. Hasta entonces, en tu próximo paseo por el bosque, deja rienda suelta a tu imaginación.”

Tienes un treemail

Los habitantes de Melbourne (Australia) tienen el privilegio de poder comunicarse con sus vecinos arbóreos a través de internet. Desde 2013, los 77.000 árboles de la ciudad tienen asignados individualmente una dirección de correo electrónico. Pueden recibir un email desde cualquier parte del mundo. Es tan fácil como abrir en internet el Bosque Urbano Visual, elegir un árbol, y enviarle un email.

Dioses maoríes esculpidos en troncos. Parque Nacional Abel Tasman, Nueva Zelanda. Foto: Jonathan Hansen.

El objetivo de esta red social arbórea es esencialmente práctico; que los vecinos puedan comunicar a los técnicos municipales cualquier incidencia sobre un árbol determinado, como una rama caída, una plaga, etc. Los árboles están así perfectamente identificados y localizados en el mapa.

La innovación e imaginación del ayuntamiento de Melbourne ha consistido precisamente en darle una identidad (y una dirección de email) a cada uno de los árboles. Cuando paseas por la ciudad ya no te cruzas con “un árbol”, sino con tus vecinos arbóreos individualizados. Algunos habitantes de Melbourne comparten con Simard y Wohlleben ese sentimiento “humanizador” hacia los árboles y los reflejan en sus mensajes. El árbol más popular es un olmo dorado (Ulmus glabra ‘Lutescens’) que recibe numerosas muestras de cariño:

“Querido 1037148,
mereces ser conocido por más que un número.
Te quiero. Ahora y para siempre.”

El efecto inesperado de esta red social arbórea ha sido que muchos vecinos la aprovechan para expresar sus sentimientos hacia esos seres vivos, con los que comparten sus penas y alegrías cotidianas. Es un vehículo para la participación ciudadana en el cuidado del arbolado, y al mismo tiempo una red psico-social que une personas y árboles en el ecosistema urbano.

_________________________
[1] Simard SW, Perry DA, Jones MD, Myrold DD, Durall DM y Molina R (1997). Net transfer of carbon between ectomycorrhizal tree species in the field. Nature, 388: 579-582.

[2] Beiler KJ, Durall DM, Simard SW, Maxwell SA y Kretzer AM (2010). Architecture of the wood-wide web: Rhizopogon spp. genets link multiple Douglas-fir cohorts. New Phytologist, 185: 543-553.

[3] Gorzelak MA, Asay AK, Pickles BJ y Simard SW (2015). Inter-plant communication through mycorrhizal networks mediates complex adaptive behaviour in plant communities. AoB Plants, 7, plv050.

[4] Achatz M, Morris EK, Müller F, Hilker M y Rillig MC (2014). Soil hypha-mediated movement of allelochemicals: arbuscular mycorrhizae extend the bioactive zone of juglone. Functional ecology, 28: 1020-1029.

[5] Peter Wohlleben (2015). Da geheime Leben del Bäume. He leído y cito a partir de la versión inglesa de 2016:  The hidden life of trees. What they feel, how they communicate. Greystone Books, Vancouver, Canadá. Existe una traducción al español, titulada La vida secreta de los árboles, publicada por Obelisco en la colección “Espiritualidad y vida interior”.

[6] James Cameron (2007). Avatar. Twentieth Century Fox Film, Script, pág. 101.

[7] Richard Fortey (2016). The community of trees. Nature, 537: 306.

 

 

Escrito por Teo, jueves 27 abril 2017.

 

Enlaces

Artículo en la revista New Yorker sobre la Wood Wide Web

Artículo en el blog de Scientific American sobre la red de micorrizas

Entrevista con Susane Simard en el blog de la Escuela Forestal de Yale

Conferencia TED de Susane Simard (más de 2 millones de visionados)

Rachel Carson y el asombro, en este blog

Entrevista con Peter Wohlleben en New York Times, 29 enero 2016

Escritos de Tácito sobre los Germanos, en este blog

Bosque Urbano Visual de Melbourne

Noticia en la BBC sobre los árboles con email en Melbourne

El árbol más popular de Melbourne, en CityGreen, 22 noviembre 2016

Jardines Perdidos

El bosque es el terreno genuino del asombro, una obra magistral de la naturaleza. El jardín bien logrado es también un espacio de maravilla, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de felicidad. Hubo un tiempo de comienzo cuando la idea de jardín germinó en la mente humana y se crearon los primeros jardines maravillosos. Esos primigenios jardines, perdidos hace milenios, todavía nos sorprenden cuando viajamos en el tiempo hasta su pasado esplendor. En el Paraíso Perdido, el poeta inglés John Milton (1608-1674) describió un sugerente Edén inspirado en jardines antiguos:

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible.
Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnifico anfiteatro.
Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban.

Tras la huella de los primeros jardines

La idea del jardín nació con la civilización. Desde el momento en que apareció la agricultura y la ganadería, la forma de vida de la humanidad cambió radicalmente y trajo consigo la construcción de ciudades y los primeros imperios. La zona que recibe el nombre de “Cuna de la Civilización”, también el de “Creciente Fértil”, ocupaba desde el valle del Nilo hasta Mesopotamia (entre los ríos Éufrates y Tigris), incluyendo la costa del Levante mediterráneo. El momento clave en este salto cultural fue la aparición de las primeras ciudades sumerias en el cuarto milenio antes de Cristo. Algo más tarde, se produjeron cambios similares en torno a los grandes ríos de la India y el Extremo Oriente.

En Mesopotamia, desde el cuarto al primer milenio a. C., hubo una intensa lucha por el poder entre los diferentes pueblos y un constante desarrollo de inventos y construcciones. En ese contexto tan efervescente, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente en relación al distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién nacidas ciudades.

Este artículo es una propuesta de viaje en el tiempo a ese remoto período de la Antigüedad, en la región histórica que hoy ocupa Irak y nordeste de Siria, para encontrar el origen de los jardines de Occidente.

El jardín era parte integrante de la ciudad antigua en la época de los imperios babilonio y asirio (del tercer al primer milenio a. C.). Por un lado, los habitantes tenían sus cercados para cultivar vegetales y medicinas, aunque por el momento no hay evidencias arqueológicas. Por otro, los reyes y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje; de estos; de estos sí hay vestigios arqueológicos.

Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia. Se los consideró una de las Maravillas del Mundo Antiguo, un prodigio de obra humana que todo el mundo debía ver antes de morir, junto a la Gran Pirámide de Guiza y el Faro de Alejandría (Egipto), la Estatua de Zeus en Olimpia y el Coloso de la Isla de Rodas (Grecia), y el Templo de Artemisa en Éfeso y el Mausoleo de Halicarnaso (Turquía).

Desde la infancia fantaseamos con los Jardines Colgantes de Babilonia. Forman parte del imaginario de nuestra cultura como paradigma de los Jardines Perdidos de la Antigüedad. Sin embargo, nada más empezar a indagar sobre ellos, he topado con una erudita controversia entre algunos historiadores que los juzgan pura leyenda y otros que defienden apasionadamente su existencia real, pero situándolos en Nínive. A pesar de los siglos transcurridos, los Jardines Colgantes de Babilonia perviven escondidos entre la leyenda, el enigma y el prodigio. Siguen siendo deseables de ver, al menos su rastro, y objeto de una búsqueda emocionante. Su creación se sitúa entre los años 700-600 a. C.; pero ya antes de esa fecha, hubo en Mesopotamia algunos hitos importantes en relación a árboles y jardines que contribuyeron al origen de la Maravilla del Mundo.

Humbaba, el Protector de los Cedros 

En el año 2500 a. C. se escribió la más antigua obra literaria del mundo, la Epopeya de Gilgamesh. El poema cuenta las hazañas del legendario rey sumerio de la ciudad de Uruk, quien, en compañía de su amigo Enkidu, se enfrentó al terrible gigante Humbaba, el dios protector del bosque de los cedros (Cedrus libani); lo mató y taló los árboles del bosque. Después de semejante gesta, Enkidu murió como castigo de los dioses y Gilgamesh, angustiado por su muerte, acabó buscando desesperadamente la inmortalidad.

Para proteger el Bosque de los Cedros
Para ser el terror de las gentes, Enlil lo ha destinado.
Es Humbaba; su bramido es el diluvio, su boca es fuego,
su aliento la muerte.
Sobre sesenta dobles leguas oye todos los ruidos del Bosque, (…)
Si alguien se interna en el Bosque, queda paralizado.
En este Bosque reside el feroz Humbaba:
tú y yo iremos a abatirle para librar de todo el mal al país.
Nosotros en el Bosque, cortaremos los cedros.

El rey Gilgamesh, a quien los historiadores admiten como figura histórica, habitaba las tierras áridas de Uruk, en el sur mesopotámico, mientras que los bosques de cedros crecían en parte de Siria y de Líbano. En fechas recientes, un grupo de paleobotánicos ha tratado de averiguar cuándo comenzó la desforestación en la región. En un bosque del noroeste de Siria (la localización más posible del poema), han encontrado restos antiguos de más de 20 especies de árboles, incluyendo cedros, pinos, nogales, cipreses, robles, hayas, castaños, olmos, arces, tilos, plátanos, olivos, sauces, sisu (Dalbergia sisoo), alisos y fresnos. Para satisfacer las enormes necesidades del incesante desarrollo humano debieron de talarse muchos árboles desde fechas muy tempranas. Los paleobotánicos estiman que la destrucción severa de los bosques de Oriente Próximo habría comenzado alrededor del 9000 a. C., seis mil quinientos años antes de que se escribiera el Poema del rey de Uruk.

Los escritores de la epopeya, concluyen los paleobotánicos, debían de tener conocimiento de cortas masivas de cedros; y ser ya conscientes de la importancia de los bosques para el desarrollo de la civilización, especialmente en el sur de Mesopotamia, área de escasa madera. Posiblemente tuvieran también experiencia o noticias de la reacción violenta de la naturaleza a la destrucción de los bosques que simboliza el dios Humbaba.

El poema de Gilgamesh, además de revelar la importancia de los árboles en los albores de la civilización, aporta al linaje de dioses protectores de bosques la figura formidable de Humbaba, que encarna la fiereza protectora de la Tierra.

Reyes locos por sus jardines

Mucho antes de crearse los Jardines Colgantes en Babilonia, los reyes asirios y babilonios habían iniciado la tradición de construir jardines. El poder de un rey se medía no solo por la conquista de nuevas tierras sino también por la sabiduría para hacer obras que mejorasen la ciudad y el país. El carisma de un rey dependía de la amplitud de sus habilidades. Tenían que ser arquitectos, ingenieros, artistas y jardineros.

Asirios y babilonios compartían la lengua, la escritura cuneiforme y la mayor parte de la literatura y de los dioses. Pero habitaban diferentes ambientes naturales. Los babilonios ocupaban el sur de Mesopotamia, las llanuras aluviales inundables entre los dos ríos, de escasas lluvias. Los asirios, el norte mesopotámico, un país de colinas, ríos que bajan de las montañas persas y lluvias estacionales.

De las inscripciones cuneiformes escritas por los reyes asirios y babilonios halladas en los yacimientos arqueológicos, se deduce que cultivaron dos tipos diferentes de jardín, relacionados con los distintos entornos naturales de cada reino.

En su país llano y seco, los reyes de Babilonia diseñaron sus jardines configurados en parcelas rectangulares con una red de pequeñas acequias. El árbol más apropiado de la región era la palmera datilera (Phoenix dactylifera) que, dispuesto en filas paralelas, aportaba, además de belleza y fruto, sombra para otras plantas menores. Para regar el jardín con agua del río se usaba el artefacto conocido como cigoñal (shaduf en otros idiomas), tradicional en todo el mundo. Los textos babilonios revelan que el jardín tenía una función utilitaria.

En cambio, los asirios en su país de colinas y valles crearon jardines muy diferentes. Con vocación de imitar paisajes naturales de montaña, amontonaron tierras para crear colinas artificiales cubiertas de árboles fragantes. Y, para traer el agua a esos jardines y lograr refrescar el aire y mantener verde las plantas, desarrollaron sistemas de manejo del agua de los ríos, construyendo canales, presas y acueductos. Eran jardines para disfrutar su belleza además de ser útiles. Varios reyes dejaron escritos sobre su pasión por el jardín.

El rey Tiglatpileser I (1114-1076 a. C.), conquistador de 42 dominios, dejó escrito en una inscripción: Traje cedros, bojes y robles de las tierras conquistadas, árboles que ninguno de los reyes que me precedieron habían plantado antes, y los planté en mi jardín para el placer de mi majestad. Traje arboles frutales que no se encuentran en mi tierra y con ellos llené los huertos de toda Asiria.

El rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) hizo un gran jardín en su capital Kalhu (moderna Nimrud), donde cultivó semillas y plantas recolectadas en sus catorce conquistas: cipreses, pinos y enebros de diferentes clases, cedro, mirto, almendro, palmera, ébano, sisu, olivo, roble, cornicabra, sauce, fresno, abeto, granado, pera, membrillo, higuera, vid.  Y también describió la obra de ingeniería que construyó para regar: excavé un canal desde del río Zab, cortando por una montaña, y lo llamé el Canal de la Abundancia. Regué la vega del Tigris y planté huertos de frutales de todo tipo.  El agua del canal brotaba desde arriba al jardín; la fragancia impregnaba los paseos, los canales de agua, tan numerosos como las estrellas, fluían en el jardín placentero…

Sargón II (reinó entre 722-705 a.C.) edificó un jardín y un magnífico palacio en Dur Sharrukin (actual Khorsabad, cerca de Mosul). El rey dejó escrito sobre su jardín: Yo creé junto al Palacio un jardín imitando las montañas de Amanus con árboles aromáticos de todo el norte de Siria y todos los frutales de montaña(…), todas las especias de la tierra de los Hititas y todas la vegetación de sus montañas próximas. En su ambición por alcanzar la fama como brillante constructor, llamó a su palacio el “Palacio Sin Rival”. También dejó un relieve escultórico en el que aparece el jardín diseñado como una colina boscosa artificial, con un lago y barcas, un pabellón, un altar y árboles exóticos.

La fascinación por especies foráneas de árboles que la arqueología ha descubierto es realmente sorprendente. Un oficial de Sargón II dejó constancia en una carta de la recolección de 3900 esquejes de frutales en ciudades sirias para plantarlos en Dur Sharrukin. Las plantas foráneas aportaban belleza y originalidad al jardín y también simbolizaban la amplitud de las conquistas del rey en el extranjero, la magnitud de su poder.

Los Jardines Inencontrables de Babilonia

La historia más extendida cuenta que los Jardines Colgantes los construyó el famoso rey bíblico Nabucodonosor hacia el 600 a. C. en Babilonia, la capital de su reino. La leyenda los relaciona también con una historia de amor, según la cual Nabucodonosor creó esos maravillosos jardines como muestra de amor a su esposa, la Reina Amytis, que añoraba las montañas de su tierra natal en el Imperio medo.

Obra de Pierre Bellet, s. XIX.

Otra versión de algunos autores griegos dice que los construyó una poderosa mujer, la reina asiria Semíramis en el 800 a. C. A esta reina le asignaron muchas leyendas. Se identifica principalmente con la esposa del rey Ninus, una soberana guerrera que gobernó 42 años tras la muerte de su esposo. Según el mito, llevó las conquistas de su imperio hasta la India. Se le atribuye la fundación de numerosas ciudades y la construcción de maravillosos edificios en Babilonia. Muchos lugares de la Antigüedad llevan su nombre y sigue siendo un nombre femenino en Irak. Semíramis es otro atractivo personaje legendario de la Antigüedad, uno de los primeros arquetipos feministas, que ha inspirado obras artísticas a lo largo de los siglos. Desde Ovidio a Calderón de la Barca, Shakespeare o Rossini, muchos son los artistas seducidos por el mito de Semíramis.

Curiosamente,las ideas predominantes que tenemos sobre los Jardines de Babilonia proceden de varios autores clásicos que los describieron varios siglos después de su creación, entre el siglo III a. C. y el siglo IV d. C. Son narraciones poco precisas y a veces contradictorias, que han perdurado como ciertas hasta la actualidad.

Todos los narradores coinciden en que los Jardines se instalaron en Babilonia, cerca del palacio real, y estaban dispuestos en terrazas de piedra abovedada, para imitar la ladera de una montaña. Sin embargo, es desconcertante que Herodoto, que describió Babilonia en el 440 a C, en sus Historias, no los mencionó.

En el primer relato conocido, Josefo afirmó que Nabucodonosor II los había construido, y quedó como verdad indiscutible por los siglos de los siglos. Más tarde, Diodoro Sículo en una extensa descripción enfatizó su aspecto de colina con zonas que asemejaban un teatro, terrazas ascendentes, árboles de todo tipo y máquinas invisibles que elevaban el agua a la cima; su relato inspiró el Paraíso Perdido de Milton. Quinto C. Rufo, los atribuyó en su versión a un rey asirio que conquistó Babilonia. Estrabón en la Geografía y Filón de Bizancio, en el Manual de las Siete Maravillas del Mundo, destacaron su maravilloso sistema de riego; en palabras de Estrabón:

La forma del jardín es cuadrada y mide cuatro plethra (unidad de medida antigua equivalente a 30m). Consta de terrazas abovedadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Estas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto (betún de Judea). La subida a la terraza superior es por escaleras y a su lado hay máquinas de agua y personas que están continuamente elevando agua desde el Éufrates hasta el jardín.

Gracias a estos relatos, los fabulosos Jardines Colgantes de Babilonia se conocen desde hace más de dos mil años y han inspirado diversas representaciones a lo largo de siglos. La reconstrucción pictórica más temprana conocida es la del pintor holandés Martin van Hemmskerck (1498-1574), que trató de unificar las distintas descripciones clásicas.

A mitad del siglo XIX se abrió un nuevo episodio en el conocimiento de los Jardines Colgantes: empezaron a realizarse excavaciones arqueológicas en la región y empezó a descifrarse la escritura cuneiforme y las lenguas de Mesopotamia.

Entre 1898 y 1917, Robert Koldeway dirigió un equipo de arqueólogos que excavaron en Babilonia entusiasmados por descubrir el lugar exacto de los míticos Jardines. Esperaban encontrar inscripciones de Nabucodonosor confirmando que él había construido el jardín. Hallaron habitaciones del palacio con paredes gruesas de ladrillo cocido cubierto de mucho betún y eso dio pie a Koldeway a explicar que aquellos materiales podían indicar la existencia de un jardín en la azotea del edificio. La idea de un jardín en la terraza superior del palacio con vistas a toda la ciudad cautivó la imaginación popular de la época y estimuló la realización de reconstrucciones fantasiosas de varios artistas.

Representación fantástica del siglo XIX.

Sin embargo, la hipótesis de Koldeway no lograba aclarar cómo se regarían las plantas en los largos meses de calor de Babilonia y no prosperó.

Unos años después, el arqueólogo británico Leonard Woolley planteó otra hipótesis, tras sus excavaciones entre 1922 y 1934 en la ciudad sumeria de Ur. En el gran templo de Ur, en forma de torre escalonada piramidal llamada zigurat, descubrió unos agujeros a intervalos regulares y los asoció con el drenaje para cultivar plantas. Esta sugerencia nuevamente sedujo al público y volvió a inspirar reconstrucciones pictóricas de los Jardines mostrando plantas colgando de terrazas de un zigurat. La idea no obstante, tampoco se sostenía pues el material de barro sin cocer, con el que eran fabricados los zigurats, no resistiría la humedad de riego sin desmoronarse. Y además no coincidía con lo descrito por los clásicos.

En las excavaciones  de Babilonia se han hallado más de 200 inscripciones, que han esclarecido la huella que dejó  el rey Nabucodonosor en la ciudad durante los 43 años de su reinado. Nabucodonosor es el rey más conocido de Babilonia porque aparece en la Biblia como conquistador de Judea y Jerusalén; también porque reconstruyó la capital Babilonia, devastada por los reyes asirios, y edificó obras gigantescas. Fue un rey admirado por su pueblo y odiado por los judíos. Dejó mucha información de sus obras, pero ninguna sobre jardines. Si la leyenda fuera cierta, habría dejado algún indicio, sin embargo, en las numerosas inscripciones halladas no se ha encontrado rastro de que a Nabucodonosor le interesaran las plantas  o que amara especialmente a su esposa.

Hasta la fecha, el resultado de las excavaciones ha sido rotundamente decepcionante: no se ha encontrado en Babilonia ninguna evidencia arqueológica de los Jardines Colgantes que demuestre su existencia. Así las cosas, en 1988 algunos académicos optaron por negar que hubieran existido verdaderamente,   proclamando que habían sido una invención literaria de los griegos, proclives a las maravillas orientales y a los personajes poderosos y atractivos, como Nabucodonosor o  Semíramis.

En los noventa del pasado siglo, entró en el debate la historiadora británica Stephanie Dalley afirmando la existencia real de los Jardines, pero con un cambio sustancial de paradigma. Según su tesis, no se construyeron en Babilonia sino en Nínive, la capital de los asirios, y los creó el rey asirio Senaquerib alrededor del año 700 a. C.

Dalley se interesó por los Jardines Colgantes por casualidad. Dio una conferencia sobre Jardines Antiguos, sin nombrar a los de Babilonia, y el descontento que manifestó una asistente a la charla fue tan descomunal que la espoleó a descifrar el enigma de esos jardines, tan famosos como escurridizos. Se especializó en traducciones de técnicas usadas por los reyes antiguos, que solían describirlas con lenguaje metafórico difícil de interpretar.

Como poseída por el espíritu luchador de Semíramis, Dalley se dedicó durante dieciocho años a descifrar textos cuneiformes, tanto de excavaciones recientes como de museos y colecciones del mundo, y a revisar anteriores traducciones, con el único objetivo de desvelar de una vez dónde estuvieron y qué aspecto tendrían los Jardines Colgantes. En su libro El Misterio de los Jardines Colgantes de Babilonia (The Mystery of the Hanging Garden of Babylon, 2013) expuso su teoría minuciosamente argumentada, convenciendo a muchos otros investigadores.

A diferencia de Babilonia, en Nínive (cercana a la actual Mosul), las excavaciones realizadas en el palacio de Senaquerib han provisto valiosa información sobre el Jardín del palacio, tanto en inscripciones como en relieves escultóricos. Disponiendo de ese material arqueológico, sumado a los textos clásicos, nuevos diccionarios de lenguas mesopotámicas y todo su saber de experta en Historia Antigua, Dalley, tal Sherlok Holmes con algo de Indiana Jones o viceversa, ha compuesto un puzle en el que todas las piezas parecen encajar.

Es preciso recordar que el territorio de esa prolífica recolección de materiales arqueológicos, en Irak y Siria, lamentablemente está siendo saqueado desde los tiempos de la  guerra del Golfo. Por medio de un proceso de expolio sistemático devastador, las primeras ciudades de la historia, con su valioso contenido informativo, están desapareciendo para siempre, convertidas en lugares irrecuperables para la arqueología.

Los Jardines Colgantes de Nínive

El protagonista de la versión de Stephanie Dalley es el rey Senaquerib, hijo de Sargón II, que reinó del 705 al 681 a. C. y eligió Nínive como capital de su reino. En un prisma octogonal de arcilla dejó un largo relato sobre la construcción de un fabuloso palacio con jardín en lo alto de la ciudadela norte de la ciudad.  El edificio palatino contaba con pilares en forma de leones y toros alados de grandes proporciones, enormes puertas, habitaciones y pabellones artísticamente decorados con artesonados, estatuas y paredes esculpidas de materiales excelentes como oro, plata, bronce o alabastro, y maderas nobles de ébano, boj, sisu, cedro, ciprés, pino y madera india. El rey lo llamó su “Palacio Sin Rival”, como ya había hecho su padre con el palacio de Dur Sharrukin, en su afán de lograr algo superior a todo lo anterior.

La construcción de la soberbia obra está ligada a una historia romántica, pues el rey Senaquerib sí dejó escrita una dedicación a su primera esposa:  para Tashmetu-sharrat la mujer de palacio, mi muy amada esposa, que la amante de los Dioses ha hecho la más perfecta de todas las mujeres, yo he construido un palacio lleno de belleza para el deleite y el placer(…), que los dioses nos concedan salud y felicidad juntos en este palacio.

Lindando con el palacio, Senaquerib construyó un extraordinario jardín del que se sentía muy orgulloso: Elevé la altura de los alrededores del palacio, para que fuera una Maravilla para toda la gente. Junto a él extendí un alto jardín imitando las montañas Amenus, con todo tipo de plantas aromáticas.

Se han encontrado dos relieves escultóricos que revelan la apariencia del jardín. Uno, hallado en el Palacio de Senaquerib, representa el jardín recién creado; el segundo, encontrado en el palacio de su nieto Asurbanipal, muestra el jardín maduro. Son evidencias de que el jardín tenía forma de montaña artificial, de “jardín en altura” propio de la tradición asiria, estaba cubierto de árboles y contaba con un lago y diversos canales de agua.

Jardín de Nínive en tiempos de Asurbanipal. Dibujo de S. Dalley.

La representación visual no permite identificar especies. Los árboles aparecen esquematizados en dos tipos, siempreverdes y caducifolios. Por su propio relato, se sabe que Senaquerib, igual que sus predecesores, introdujo especies foráneas para asombrar a propios y visitantes: árboles productores de frutos de toda la tierra, todas las aromáticas de Hatti… cada tipo de vid silvestre, de árbol frutal exótico, de árboles aromáticos y de olivos, así como árboles productores del algodón [Gossypium arboreo]. Esa idea de totalidad refleja abundancia, diversidad, rareza y universo, en suma, un jardín botánico espectacular.

Senaquerib solo nombró unas pocas especies. La palmera datilera fue una de ellas, se plantaba en Nínive, un  terreno poco propicio, pero como dice Dalley, la importancia cultural sobrepasaba las desventajas ecológicas, porque se la relacionaba con el culto de Ishtar, la diosa mesopotámica del amor y la belleza, de la vida y la fertilidad. Tanto era su valor simbólico que Senaquerib, en vez de usar el título de “rey de Asiria”, se autotituló “Palmera de Asiria”.

Hecho el suntuoso palacio y plantado el espléndido jardín, Senaquerib tenía que asegurar el mantenimiento verde de su magnífica colección de plantas, necesitaba una fuente de agua abundante y constante y un método para elevarla a la altura deseada.

Por un lado, Senaquerib diseñó un magnífico sistema de canales, pozos, túneles, presas y acueductos con arcos de piedra, que se internaban en las montañas y traían agua fresca, desde más de 80 km de distancia, hasta la ciudadela de Nínive. Parte de esa obra fue descubierta en los años 30 del pasado siglo (restos de un gran acueducto ) y parte en 2012 (restos de cinco acueductos más).

Por otro lado, el rey inventó un nuevo método de fundir y esculpir el bronce. Y lo usó para crear figuras de leones y otras criaturas de tamaño enorme (hasta de 30 t), y también máquinas (tipo tornillo de Arquímedes) para elevar agua desde unas cisternas hasta arriba del elevado jardín.

El resultado de todo eso fue que el Jardín de Nínive tenía la maravillosa cualidad de mantener su verdor todo el año. Cuando el resto del territorio estaba reseco, un verdor así podría parecer un milagro a quien lo viera; de hecho, era uno de los atributos del paraíso y del jardín mitológico de Alcínoo, que Homero incluyó en La Odisea.

Esta versión de los Jardines Colgantes que Dalley defiende concuerda con las descripciones de los autores clásicos. En todo ello se basó el artista inglés Terry Ball (1931-2011) para realizar una nueva interpretación visual de cómo debieron de ser los Jardines Colgantes de Nínive.

En cuanto a los nombres “Babilonia” y “Nabucodonosor” de las versiones clásicas, Stephanie Dalley sugiere que la denominación Babilonia, que significa “puerta de los dioses”, era un epíteto de ciudad, para babilonios y asirios, y Nínive fue también a veces conocida como Babilonia. Algo semejante pasó con los nombres de los reyes, que se usaron indistintamente como arquetipo de gran rey.

El misterio de los Jardines Perdidos más famosos del mundo ha sido desvelado. Como concluye Dalley, todo el proyecto del rey Senaquerib, es de una magnífica concepción, espectacular ingeniería y brillante como obra de arte. El novedoso y asombroso complejo de palacio, jardín y sistema de riego, sin duda, se merecía ser incluido en la lista de las Siete Maravillas del Mundo.

La nueva narración científica es tan fascinante como la leyenda antigua. Desde las brumas del tiempo los célebres Jardines Colgantes surgen como un ejemplo pionero de jardín bien logrado, nacido del culto a la belleza vegetal intemporal y de la consciencia de su valor simbólico. En su imitación del paisaje natural y milenios antes del paisajismo inglés, fueron precursores del jardín llamado romántico. Fundaron la estela de los “jardines por amor”, tradición que dio otra Maravilla al Mundo, el Taj Mahal. También, inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes,  árboles fragantes que aromatizaban el pasear y arrullos y cantinelas del agua. Y, lo que más me entusiasma, los Jardines fueron creados para provocar el asombro, el sentido que más nos conecta con la grandeza de la naturaleza.

Escrito por Rosa, jueves 23 de marzo de 2017.

Fuentes:
– Milton, J. (2005). El Paraíso Perdido. Ed. bilingüe de Enrique López Castellón. Abada, Madrid. 2. – Dalley, S. (2013). The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon: An elusive world wonder traced. OUP Oxford.
La Epopeya de Gilgamesh (2008). Versión de A. George. Traducido por Fabián Chueca. Debolsillo, Barcelona.
– Yasuda, Y., Kitagawa, H., & Nakagawa, T. (2000). The earliest record of major anthropogenic deforestation in the Ghab Valley, northwest Syria: a palynological study. Quaternary International, 73, 127-136.
 Los saqueos destruyen ciudades milenarias de Irak y Siria en El País. 

Cuatro años de blog

El 21 de febrero de 2013 comenzamos la aventura de escribir el blog Los árboles invisibles. La primera entrada estuvo dedicada al libro de David Haskell, The forest unseen. A year´s watch in Nature (El bosque que no se ve. Un año de observación en la Naturaleza) [1]. Una serie de lecciones de historia natural y sensibilidad poética que el profesor Haskell fue desgranando durante un año, a medida que transcurrían sus observaciones de un mandala virtual en el corazón del bosque.

En los cuatro años siguientes el blog, como un árbol, ha ido creciendo y formando anillos en su tronco con las 74 entradas que hemos añadido, al ritmo aproximado de una al mes. Cada artículo surgió espontáneamente, inspirado por un viaje, una imagen, una lectura o una conversación. El proceso creativo ha sido deambulatorio, no planificado, pero siempre hemos buscado el conocimiento y la emoción asociados a los árboles.
Para Matusalén, el árbol milenario de la especie Pinus longaeva que vive en las Montañas Blancas de California, cuatro años y 74 anillos es apenas un suspiro. Sin embargo, para nuestras vidas y nuestra escala de tiempo, cuatro años es un período de tiempo relevante. Como ejemplo, en ese breve plazo se han deforestado unas 52 millones de hectáreas de bosques tropicales, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. El dióxido de carbono de la atmósfera ha subido 10 ppm (partes por millón) superando por primera vez las 400 ppm, y sigue subiendo. En esta vida de ritmo acelerado que llevamos, volver la vista hacia los árboles, hacia su crecimiento pausado y su permanencia, nos abre una nueva perspectiva de nuestra relación con la naturaleza y sobre el sentido del tiempo.

En nuestro deambular hemos rastreado árboles en los objetos materiales cotidianos, como el lápiz de madera y el papel que usamos para escribir los borradores, las especias que aderezan nuestras comidas, o las esencias aromáticas que  perfuman nuestra vida social y espiritual.

Atrapados por la imaginación de los maestros literarios de ficción, hemos viajado a las sabanas de Mozambique con Mia Couto y hemos asistido a la misteriosa ceremonia del takatuka, nos ha emocionado la pasión de los amantes en el corazón del bosque inglés con David H. Lawrence, hemos acompañado a Robert Walser en su paseo por los bosques de las montañas de Suiza, y nos hemos abandonado bajo el árbol de la indolencia en la isla de Chipre con Lawrence Durrell.

Nos ha conmovido el impacto visual de las fotografías de Sebastião Salgado de la selva de Sumatra, la apacible atmósfera del grupo familiar bajo un castaño de Indias retratado por Federico Bazille y la trágica batalla de Arminio en los bosques de Germania plasmada en el lienzo de Anselm Kiefer. Mientras que el ingenioso y transgresor Ai Weiwei nos ha deleitado con su icosaedro truncado fabricado con palo de rosa perfumado.

Hemos disfrutado de la variedad de árboles en los bosques urbanos, como el Parque María Luisa de Sevilla que frecuentamos casi a diario, hemos conocido un sinfín de historias en el Botánico de Coimbra y nos hemos extasiado con la vista de Roma desde la colina arbolada del Orto Botanico.

Algunas especies de árboles nos han atraído especialmente para contar sus historias. Tuvimos ocasión de visitar al extraño tumbo de las hojas inmortales (Welwitschia mirabilis) en el desierto de Namibia. Nos entregamos a la fascinación por el fósil viviente de las remotas montañas de China, el ginkgo (Ginkgo biloba), venerado en los templos orientales y por muchos amantes de los árboles. En el Mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens), apuntando al cielo, nos llamó la atención con su pasado mítico y místico. Durante los paseos veraniegos nos acercamos al enebro de frutos grandes (Juniperus oxycedrus subespecie macrocarpa) que otea el mar desde los acantilados.

Los árboles están ahí, forman parte de nuestra vida, aunque no siempre seamos conscientes. En los veranos calurosos buscamos con fervor la buena sombra que nos alivia y refresca. El maravilloso espectáculo del reverdecer primaveral nos infunde alegría y optimismo. ¿Quién no ha subido a un árbol, de pequeño o de mayor, para ver el mundo desde arriba? Pasear por un bosque, entre árboles, mejora nuestra salud; lo sabemos, ahora además es una práctica japonesa de medicina preventiva.

Tras este tiempo de descubrimientos y escritura, nos sentimos contentos de la recepción que nuestro trabajo ha tenido en la blogosfera. En cuatro años hemos recibido más de 300.000 visitas de internautas realizadas desde 156 países, en su mayor parte desde España (36%), México (16%), Colombia (9%), Argentina (9%) y Estados Unidos (7%), y también un buen número de comentarios muy alentadores.

A todos los que nos seguís y a los que llegáis de nuevo, gracias por leernos.

¡Larga vida a los árboles!
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[1] El libro de Haskell fue publicado en 2012 por Viking Penguin, Nueva York. La edición española, titulada En un metro de bosque, ha sido traducida por Guillem Usandizaga y publicada por Turner, en marzo 2014.

 

Escrito por Rosa y Teo, jueves 23 febrero 2017.