Senderos que atraviesan el bosque

Caminar, andar, pasear, deambular o vagar por el bosque es un buen ejercicio para el cuerpo y una inspiración para la mente. Hay diversas formas de transitar por el bosque, la elección dependerá de nuestra preparación física, de la estación del año, del tiempo que tenemos disponible, del estado de ánimo o del objetivo que nos mueve, que puede ser el afán de conocer o el simple placer de pasear. Algunos caminantes singulares han dejado por escrito sus experiencias, reflexiones y sentimientos, después de internarse en el bosque.

La caminata de Bryson

El gran Sendero de los Apalaches, en Norteamérica, es un reto y una oportunidad para pasar varios meses caminando a través de bosques. Comienza en las Montañas Springer de Georgia y recorre unos 3.500 km hacia el norte, hasta llegar al Monte Katahdin, en Maine; en su mayor parte discurriendo por bosques y zonas naturales.

Cada primavera unos 2.500 senderistas comienzan el sendero en Georgia; después de cinco a siete meses, y de haber caminado unos cinco millones de pasos, la cuarta parte llegan exhaustos pero felices a Maine. Algunos tienen más prisa, como el “ultramaratoniano” Scott Jurek quien batió el récord en 2015, completando el recorrido en 46 días, 8 horas y 8 minutos (corriendo a una media de 76 Km diarios). Tuvo la infeliz ocurrencia de celebrarlo con champán en la cima del monte Katahdin; los rigurosos guardas del parque le pusieron dos multas, una por beber alcohol en el espacio natural y otra por arrojar basura, al regarlo todo con el líquido espumoso.

Bill_Bryson_A_Walk_In_The_WoodsEl escritor anglo-americano Bill Bryson (nacido en 1951) narró su experiencia caminera por el Sendero de los Apalaches en el libro Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods) [1]. Aunque no completó el Sendero (a pesar de caminar sus buenos 1.400 km), nos describe con amenidad el ambiente senderista, con sus penas y alegrías, y retrata con ironía los paisajes y las costumbres americanas. Además, como buen divulgador (su obra más famosa es Una muy breve historia de casi todo), cuenta historias de temas muy diversos.

Una de las razones que lo impulsó a empezar la aventura fue la singularidad e importancia de los bosques, y su estado crítico.

Los Apalaches albergan uno de los bosques de frondosas más grandes del mundo, una reliquia del que fue el bosque más rico y diverso de la zona templada, y ese bosque está en peligro. Con el cambio climático se podría transformar en una sabana. Los árboles ya se están muriendo de una forma misteriosa y alarmante. Los olmos y los castaños americanos hace tiempo que desaparecieron, las majestuosas tsugas y los cornejos floridos se están acabando, y las píceas rojas, abetos de Fraser, nogales americanos, serbales y arces azucareros puede que les sigan. Si se quiere conocer esta naturaleza singular, tiene que ser ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Pero caminar durante meses, varios miles de kilómetros, es una prueba física y mental no apta para cualquiera. Según Bryson, el americano medio camina a la semana solo dos kilómetros, es decir 350 m al día, cuando se mueve por la casa, en el centro comercial o la oficina; porque a todas partes va en coche.

Al principio, caminar fue un sufrimiento.

Fue un infierno. Los primeros días de caminar siempre lo son. Estaba en baja forma. La mochila pesaba demasiado. Cada paso era una lucha.

Poco a poco, andar se fue convirtiendo en una actividad llevadera, casi automática.

Caminamos milla tras milla, a través de bosques oscuros, profundos y silenciosos. Por un sendero de 46 cm de ancho, marcado a intervalos con rectángulos color blanco reflectante en los troncos grises. Caminar y caminar.
Caminando, el tiempo deja de tener sentido. Te desplazas en un tedio tranquilo, sereno, más allá de la exasperación. No tienes prisa porque no vas a ninguna parte. Por mucho que camines, siempre estás en el mismo sitio: en el bosque. El bosque es una singularidad sin límites.
La mayor parte del tiempo no piensas. No hace falta. Caminas como en un estado zen en movimiento, tu cerebro es como un globo atado con cuerdas que acompaña a tu cuerpo. Caminar durante horas y kilómetros se vuelve automático, algo tan inconsciente como respirar.
Yo solamente caminaba. Era muy feliz.

Bryson cita el famoso cuadro Almas gemelas (Kindred spirits, 1849) como un ejemplo de la visión romántica de los paisajes salvajes y dramáticos de los Apalaches. El autor, Asher Brown Durand (1796-1886), representó al poeta Bryant y al pintor Cole sobre una roca prominente, dominado un paisaje de bosques, ríos, cascadas y montañas: reflejando así su pasión compartida por el paisaje y la naturaleza. En un tronco de abedul aparecen grabados sus nombres; acción que habría indignado a los gestores actuales del Sendero de los Apalaches que tienen como consigna “no dejes rastro” (leave no trace) de tu paso por los espacios naturales.

Kindred spirits by Asher Brown Durand.jpg

Aunque a veces esta visión romántica, idealizada, del bosque no se corresponde con la realidad del caminante. Cuando lleva bastante tiempo andando entre árboles, se puede sentir desconcertado y agobiado.

Los bosques no son espacios como los otros; son cúbicos. Los árboles te rodean, se ciernen sobre ti, te presionan por todos lados. Los bosques te bloquean las vistas, y te dejan desorientado y sin referencias. Te hacen sentirte pequeño, confuso y vulnerable, como un niño pequeño perdido entre una multitud de piernas extrañas. Si estás en un desierto o en una pradera, sabes que estás en un gran espacio amplio. Entras en un bosque y solo lo sientes. Son lugares vastos, homogéneos y desconocidos. Y están vivos.

Vivos y llenos de vida. A pesar del exterminio local del puma (el último fue matado en 1920) y de otras especies, en una porción de bosque de los Apalaches (de unos 26 km2) se estima que pueden habitar 5 osos, 30 zorros, 470 ciervos, 63.500 ardillas y 220.000 ratones y otros pequeños roedores; teniendo en cuenta solo los mamíferos. Sin duda, los osos son los principales protagonistas del Sendero de los Apalaches.

Para ellos los humanos son criaturas con sobrepeso y gorras de béisbol que esparcen grandes cantidades de comida sobre mesas de madera. Gritan y salen corriendo a por la cámara de video en cuanto el viejo Señor Oso aparece, se sube a la mesa y devora la ensaladilla y el pastel de chocolate.

El caminante se siente inmerso durante días, semanas, meses en el gran cosmos del bosque.

Cuando estás en el Sendero, el bosque es tu infinito y entero universo. Es todo lo que experimentas día tras día. Eventualmente es todo lo que puedes imaginar. Desde luego eres consciente que en alguna parte, en el horizonte, hay ciudades, fábricas y autopistas, pero en esta parte del país donde los bosques cubren el paisaje tan lejos como la vista alcanza, el bosque manda.

Al final de la caminata, Bryson hace balance de su experiencia.

Tenía sentimientos contradictorios: estaba aburrido del sendero, pero cautivado por él; me sentía exhausto por el esfuerzo interminable, pero a la vez constantemente estimulado; cansado ya del bosque infinito, pero a la vez admirado de que no tuviera fin; disfrutaba de poder escapar de la civilización pero añoraba la comodidad. Todo junto, al mismo tiempo, en cada momento, dentro y fuera del sendero.

El paseo de Walser

Muy diferente es el sendero poético por un bosque de las montañas suizas que el escritor Robert Walser (1878-1956) nos anima a compartir.

Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.
En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.
Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!

Era una forma sensible de entrar en el bosque, caminando tranquilo, con los sentidos y la mente abierta.

Robert Walser paseando.

Robert Walser paseando.

Walser fue poeta, escritor y paseante dedicado. En su breve relato titulado El Paseo [2], una joya literaria, defendía con pasión esta actividad.

Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.

Pero advierte al paseante, que debe tener una cierta actitud y disposición de entrega.

Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.

En su paseo por el bosque, Walser sintió ese deseo de disolverse y fundirse con él, de desaparecer, de llegar a ser nadie.

Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.

Walser murió en “acto de servicio”, paseando solitario por el bosque, el día de Navidad de 1956.

La quietud de Haskell

En el nordeste de América, no muy lejos del sendero de los Apalaches, David Haskell nos enseña otra forma de deambular, que no es física sino mental. Elige un pequeño retazo de bosque, con una roca plana donde sentarse con cierta comodidad, y armado de una lupa, un binocular, un cuadernos de notas, una paciencia y curiosidad inagotables, pasa horas observando y divagando. Durante un año visita periódicamente ese “mandala”, esa ventana virtual en el corazón del bosque, mira, escucha, anota, piensa, se pregunta sobre las señales y los misterios que le va desvelando el bosque.

Haskell es profesor de Biología en la Universidad del Sur (Sewanee, Tennessee), y en su biblioteca indaga, se documenta y busca respuestas y explicaciones sobre lo que observa en el bosque. El resultado de sus observaciones y divagaciones intelectuales es el libro El Bosque que no se ve (The Forest Unseen) [3]. “A través del año el bosque fue marcando los temas y el guión; yo lo seguía, garabateando mis pensamientos”, confiesa el biólogo y escritor.

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Vista del bosque de Tennessee. Foto: D. Haskell.

A veces son impresiones sensoriales bellas e intensas.

Una mancha de color melocotón se extiende por la oscuridad en el este del horizonte, después toda la bóveda celeste se ilumina y pasa de la oscuridad a la luminosidad pálida. Dos notas repetidas resuenan en el ambiente; la primera es clara y aguda, la segunda es más grave y enfática. Los herrerillos bicolores siguen con su ritmo binario cuando un carbonero de Carolina se arranca con una melodía silbada, cuatro notas que caen y se levantan como si dieran cabezadas.

Así comienza el capítulo Aves al amanecer en el que Haskell, quien ha llegado al mandala del bosque antes del alba, va describiendo los cantos y el comportamiento de hasta 21 especies de aves, que componen el espectáculo sonoro conocido como “coro del alba”. Avanza la mañana y avanza el capítulo hasta terminar con el chip metálico del cardenal rojo, los glugluteos de los pavos silvestres, y una divagación trascendentalista.

El encanto del amanecer en abril es una red de energía que fluye. En un extremo sujeta a la red la materia que el sol ha convertido en energía, y en el otro extremo lo hace la energía que nuestra conciencia ha convertido en belleza.

Otra veces las interesantes divagaciones son intelectuales y emocionales, fruto del conocimiento estimulado por ese bosque que no se ve, pero se intuye.

Nosotros también formamos parte de la red química del bosque. Cuando paseamos por un bosque, los compuestos químicos volátiles emitidos por las plantas entran en nuestros pulmones y pasan al torrente sanguíneo, se ligan a nuestros nervios y nos producen una sensación de bienestar. Esta interpenetración química puede explicar en parte nuestra afinidad por la naturaleza. En lo más profundo de nuestros cuerpos, nuestros nervios se ven recompensados por la participación en la comunidad del bosque.
Los aficionados al bosque saben muy bien que los árboles afectan a la mente. Los japoneses le han puesto nombre a esa sabiduría y la han convertido en una práctica, shinrin-yoku, tomar el aire del bosque.

La quietud y el silencio es esencial para integrarse en la vida del bosque, para poder observar y divagar, sin perturbarla.

El ruido que hacemos los humanos, charlando y riendo mientras caminamos por el bosque, espanta a mucho animales y, de una forma más sutil, cambia los patrones de comunicación entre los animales que no huyen.
Sentado durante horas intenté sumergirme en la red del bosque. Mientras escuchaba, oí a los animales escucharse unos a otros. Aprendí a distinguir que venían senderistas por el camino del bosque, escuchando las oleadas de llamadas de alerta de los animales, muchos minutos antes de que escuchara el sonido de sus voces.

Mientras Haskell, en su quietud despierta y vigilante, se funde con el bosque y deambula mentalmente, a unos 200 km hacia el este, en las montañas Springer del vecino estado de Georgia, una peregrinación de senderistas inicia con ilusión la gran travesía hacia el norte, por el Sendero de los Apalaches.

La caminata esforzada de Bryson, el paseo poético de Walser o el deambular zen de Haskell son diferentes senderos que nos llevan a disfrutar del bosque y a conocernos mejor a nosotros mismos.
_____________________
[1] Bill Bryson (1997) A Walk in the Woods. He leído y traducido la edición de 2015 publicada por Black Swan. Existe versión en español: Un paseo por el bosque, RBA, traducción de Pablo Álvarez Ellacuría.
[2] Robert Walser (1917) Der Spaziergang. Versión en español El paseo, Siruela, 2014. Traducción de Carlos Fortea.
[3] David G. Haskell (2012) The Forest Unseen. Versión en español, En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, Turner, 2014. Traducción de Guillem Usandizaga.

 

Escrito por Teo, jueves 16 junio 2016.

Enlaces
Página oficial del Sendero de los Apalaches

Noticia del ultramaratoniano que batió el récord y fue multado en los Apalaches

Página oficial de Bill Bryson

Edición española de El Paseo por Robert Walser en Siruela

Robert Walser, el poeta que prefería ser nadie, por Jaime Fernández

Blog de David Haskell

Página web del libro The Forest Unseen por David Haskell

Artículo de Haskell en el blog del Scientific American

Reseñas en este blog sobre el libro de Haskell, The Forest Unseen
Invierno
Primavera
Verano
Otoño

Paseando con Fowles

Cómo inspirar una relación intensa e íntima con los árboles es una pregunta recurrente que me hago cuando escribo estos artículos. Sé que no tiene una sola respuesta. Desde que los humanos bajamos de los árboles y comenzamos a usar herramientas, iniciamos un camino de alejamiento de la naturaleza en el que poco a poco fuimos perdiendo la riqueza de significados profundos que tenía para nuestra vida. Para reconectar ahora con esos significados perdidos y olvidados, tenemos que redescubrir motivos, razones, argumentos, y ejemplos, que nos guíen de nuevo a la paz de los árboles.

En 1979, el novelista inglés John Fowles (1926-2005) publicó El Árbol, un breve pero sustancioso ensayo sobre esta cuestión. El texto es como un paseo por el bosque con el escritor mientras “muestra”, más que explica, su profunda y radical conexión con los árboles y la naturaleza.

PORTADA EL ÁRBOL
John Fowles es el autor de novelas conocidas como El coleccionista y El mago,  también de La mujer del teniente francés, llevada al cine con gran éxito por Karel Reisz en 1981, con guión del Nobel de Literatura Harold Pinter y protagonizada por Meryl Streep y Jeremy Irons.

El ensayo The Tree, en su versión en inglés, fue reeditado en 2010, treinta años después de su primera aparición, y ahora ha sido traducido al castellano por la editorial Impedimenta. [1]

Fowles no es un autor fácil. Tiende a abarcar la totalidad, como hizo en La mujer del teniente francés, calificada por algunos críticos como novela total; escrita al estilo victoriano, amplía los límites de la novela al introducir un narrador que interpela al lector y analiza la misma realidad que plantea en la ficción, apoyado en citas de autores de la época como Thomas Hardy, Tennyson, Darwin, Marx, Jane Austen,  Lewis Carroll… En El Árbol también sigue esa tendencia, en pocas páginas engloba diversidad de apuntes, unos esbozan la fecunda intensidad de su relación con los árboles  y otros trazan un apasionado análisis del papel de la ciencia, el arte y la creatividad artística en nuestra relación con la naturaleza.

La experiencia con árboles

El escritor vivió su infancia en un suburbio de Londres soportando la pasión de su padre por los árboles frutales, los manzanos y perales que cultivaba en su pequeño jardín con el empeño de extraerles la máxima producción y calidad. La infancia entre árboles hiperpodados y sobreexplotados marcó su querencia hacia la naturaleza, su búsqueda de árboles “reales”, los que crecen a su antojo, intocados. Y los descubrió siendo un adolescente, cuando su familia se refugió en una aldea del condado de Devon durante la Segunda Guerra Mundial. La experiencia fue absoluta.

Con una o dos excepciones – las marismas de Essex, la tundra Ártica – siempre he odiado la visión del campo llano y sin árboles. El tiempo allí parece dominar, y marca su pauta implacablemente como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o más bien crean una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso -nunca lento y pesado, mecánico ni ineludiblemente monótono. Todavía siento esto tan pronto como entro en uno de los pequeños bosques de innumerables secretos en el borde de Devon-Dorset donde ahora vivo; es como dejar la tierra y entrar en el agua, otro medio, otra dimensión. Cuando joven esta sensación era aguda. Escabullirse entre árboles fue siempre escabullirse hacia el cielo.

La vivencia adolescente determinó su vida personal y artística. Nunca llegó a ser un alma de ciudad, siempre vivió en el campo, cerca de la verdad de los bosques.

Mi interés real se centra más en la composición que forman los árboles en su conjunto, en los complejos paisajes internos que se crean cuando crecen a su antojo en cualquier paraje. En ese organismo colonial, ese coral verde que descubro en los bosques o en las arboledas, reside para mí el auténtico significado de la experiencia, de la aventura, del placer estético. Creo incluso que podría hablar de la verdad. Todo eso subyace más allá de la espesura y del muro exterior de hojas, y más allá del árbol como forma individual.

El bosque lo seduce enteramente porque se deja explorar, puede vagar por él y, libre, descubrir por sí mismo la realidad natural. Una vez descubierto el placer de la exploración, Fowles se siente atraído por el conocimiento de las especies que encuentra, los nombres, las categorías, se adentra en la Historia Natural, se convierte en naturalista aficionado que maneja y adquiere conocimiento científico.

Pero con el paso del tiempo su espíritu inquieto entra en conflicto con la aproximación científica a la naturaleza. Empieza a sentir que nombrar, etiquetar y clasificar es una forma de separar y aislar los elementos del todo, de desgajarlos de la unidad, es ver a la naturaleza como un mecanismo a descifrar, un reto y un obstáculo, un enemigo al que ganar. Descifrar cada elemento observado, piensa el novelista, nos lleva a salirnos del momento presente de conexión y observación del bosque para situarnos en el pasado; frente al vivo presente, trasladar la atención al conocimiento acumulado por la ciencia es visitar el pasado muerto.

Busca entonces otras formas de mirar, se acerca al budismo zen y otras místicas orientales y al trascendentalismo (el movimiento filosófico político literario liderado por Ralph Waldo Emerson y seguido por Walt Whitman, H. D. Thoreau y otros artistas), aprende a mirar las cosas en sí mismas, mas allá de los nombres, amplía el sentido de su experiencia.

Me apartaba de lo que podía ser una experiencia global y totalizadora, del significado auténtico de la naturaleza y lo hacía de muchas maneras muy significativas. No solo se trataba de lo que yo necesitaba personalmente, o de cómo había empezado a  percibir la naturaleza un tiempo atrás, de esa forma que no era ni científica ni sentimental, sino de un modo que por entonces no pude precisar y que en la actualidad sigue sin definición concreta.

La naturaleza no es un concepto abstracto intelectual, como lo maneja la ciencia, sino una experiencia profunda, cuyo valor reside en el hecho de que no se puede describir directamente por medio de ninguna formulación artística, ni siquiera con palabras.

Posteriormente el escritor, sin abandonar su actitud crítica con la ciencia y el progreso, descubre que hay menos choques de los que había imaginado entre la naturaleza conceptuada como un ensamblaje externo de nombres y hechos, y la naturaleza como un sentimiento íntimo; que los dos modos de contemplarla o entenderla podían casar y producirse casi al mismo tiempo, enriqueciéndose mutuamente. Y afirma entonces que el logro de establecer una relación con la naturaleza es a la vez una ciencia y un arte, pues está más allá del mero conocimiento o de la simple emoción.

Pero la experiencia total de la naturaleza que Fowles llega a abanderar implica más que conocimiento y emoción. Es una actividad de síntesis entre lo externo y lo interno; una mezcla compleja en la que intervienen percepciones del presente junto a recuerdos del pasado, imágenes de tiempos y lugares, y de la historia colectiva e individual. Tomar conciencia de esa síntesis entre la realidad externa y la interna es, según Fowles, la mayor riqueza que podemos extraer de nuestra existencia personal.

El Hombre Verde

De las palabras de Fowles emana algo muy sugerente que me cuesta expresar. Percibo en él un espíritu muy integrado con el bosque, como si un duendecillo de los árboles hablara a través de él. De hecho, en El Árbol, reivindica el antiguo mito muy extendido del “hombre o la mujer verde”, el ser con el poder de fusionarse con los árboles. El escritor, en cierto modo, revive el mito, convencido de que sigue siendo profundo y universal porque cada uno de nosotros lo lleva dentro y lo rescata de manera recurrente.

Hombre VerdeEl hombre verde de Fowles no solo tiene que ver con los árboles sino que representa también una esfera de nuestro ser interior, lo agreste del alma, lo irracional que la ciencia no puede analizar. Y eso es lo que más valora y le gusta de la existencia de los árboles, la correspondencia natural con los procesos más misteriosos y selváticos de la mente. “Lo salvaje” de cada uno es una noción clave del pensamiento de Fowles, es la fuente de la creatividad, de la sabiduría, la conciencia de ser únicos.

El bosque y el arte de narrar

Hay en el escritor una ligazón tan primordial con la naturaleza que no duda en reconocer la influencia radical de ese bagaje en el hecho de ser escritor y en su escritura misma.

Puedo fingir en público que lo que digo dimana de mis propias teorías, pero en realidad surgen tan enmarañados y densos como este bosque, siempre inalcanzables, imposibles de aprehender y de articular, ya que se ocultan más allá de mi propia comprensión racional, lo que tal vez se deba a que, en el fondo, sé perfectamente que si llegué a la escritura fue gracias a la naturaleza, o por culpa de mi permanente exilio de ella, y no, nunca, gracias a un don innato.

La clave de mi novelística, lo que puede llegar a hacerla valiosa, reside en la relación que mantengo con la naturaleza. E igualmente podría decir, que reside en la relación que mantengo con los árboles.

La intensa exploración juvenil en los bosques de Devon, entre pescar, herborizar y observar aves, lo convirtieron en un adicto a los placeres del descubrimiento en lugares aislados, al disfrute de la soledad, el silencio, la extraña configuración y el enclaustramiento.

Lo que he conseguido a lo largo de los años ha sido vagar por los bosques y de ahí mi único saber. Un diletante, no un virtuoso, que prefiere el caos verde al mapa impreso.

Nunca he seguido ningún método y he tenido una nula capacidad de concentración. Puedo concentrarme cuando escribo pero simplemente porque es una forma sublimada de conocimiento, una exploración en soledad, como si el valle de mis sueños  se hubiera transformado en hojas de papel.

Fowles se identifica con el bosque en muchos grados y matices. El universo arbóreo le inspira y le revela analogías sorprendentes con la escritura.

En los parajes boscosos que esconden lo que existe más allá de nuestra vista ve semejanzas con salas de una casa o capítulos de una novela, el mismo desplazamiento desde un presente visible a un futuro oculto. La multiplicidad de senderos que brinda el bosque, para el escritor es similar a la multiplicidad de opciones de un proceso de escritura, desde la frase más básica hasta las grandes cuestiones relativas a personajes y desenlace; la novela resultante muestra un único camino hacia un único final, pero por ese camino se quedaron las alternativas rechazadas.

El bosque es también, para Fowles un espacio de libertad y de búsqueda. Desde los comienzos de la novela, los escritores medievales situaban sus historias en bosques, en sentido metafórico, un refugio donde los perseguidos hallaban la libertad. Con ese mismo sentido, Fowles sitúa escenas importantes de la novela La mujer del teniente francés en una hondonada del bosque de Devon que tan bien conoce, el marco que considera ideal para semejante historia de auto liberación.

Era una pequeña hondonada orientada al sur, rodeada de espesos zarzales y matas; una especie de minúsculo anfiteatro verde. En la parte atrás de la pista se alzaba un espino achaparrado, y alguien había colocado una gran piedra plana de sílex junto al tronco, formando una especie de trono rústico que dominaba una espléndida vista de árboles y mar. Charles, resoplando un poco con su traje de gruesa franela y sudando bastante, miró a su alrededor. Las paredes de la hondonada estaban tapizadas de prímulas, violetas y las blancas estrellas de la fresa silvestre. Era un lugar delicioso, colgado del cielo, bañado por el sol de la tarde y protegido en todos los aspectos.

La mujer del teniente francés

El arte mismo, subraya Fowles, como el bosque, también es un espacio de libertad. En cualquier tipo de arte, nos dice, existe un alejamiento de la vida cotidiana y un ejercicio consciente de búsqueda de libertad, y lo es con más intensidad en esa escritura de situaciones y personajes puramente imaginarios que es la literatura de ficción.

El paseo por las páginas de El Árbol, nutre. Aunque a veces sea caótico o arduo, es excepcional, un regalo de emociones inéditas y matices originales, que como gotas vaporosas avivan al ser verde que dormita en nuestro interior.


Escrito por Rosa, jueves 26 de mayo de 2016.

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[1]  John Fowles (1979). El Árbol. Traducido por Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2015.
[2]  John Fowles (1969). La mujer del teniente francés. Traducción de Ana María de la Fuente. Editorial Anagrama, Barcelona, 1995-2012.

Página web sobre John Fowles
El Árbol en Editorial Impedimenta
The Tree en Harper and Collins

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“Los viajes, como los artistas, nacen, no se hacen”. Así comenzaba Lawrence Durrell (1912-1990) el libro Limones amargos, en el que narró su estancia en la isla de Chipre a mediados del siglo pasado [1].

Mi viaje personal a Chipre nació al ser convocado esta primavera a una reunión de científicos europeos en la isla-estado, de reciente incorporación a la UE [2]. Un equipo local de investigadores, liderado por Adriana, ejerció de anfitrión.

Escritor busca casa
Antes de emprender el viaje busqué inspiración en las páginas del libro de Durrell sobre la isla, sus paisajes y sus gentes.

“En términos geológicos la isla no es otra cosa que un apéndice del continente de Anatolia, arrancado en alguna ocasión y dejado en libertad de flotar”.

Una visión poética e intuitiva, pero simple e inexacta, de esa masa de tierra aislada en el extremo oriental del Mediterráneo. Mientras Durrell escribía su libro, se gestaba la Tectónica de Placas, una revolución científica que cambiaría nuestra percepción de la dinámica terrestre. La isla de Chipre habría surgido hace unos 80 millones de años por la colisión de la placa tectónica africana con la placa anatólica, que a su vez está presionada desde el este por la placa arábiga y bloqueada al norte por la placa euroasiática. La ciencia nos regala una historia épica, compleja, de fuerzas titánicas que moldean la tierra que pisamos.

En la quietud y aparente calma de la isla, era difícil para el escritor intuir el remoto pasado de masas de tierra colisionando y montañas que surgían lentamente del fondo del mar. Sin embargo, por las mismas fechas, el geólogo británico Ian G. Gass, destinado en Chipre, estudiaba las rocas ofiolitas de los montes Troodos, muestras de la corteza y el manto oceánico elevado y expuesto que fueron clave para apoyar la teoría de la Tectónica y explicar la orogénesis [3].

Posiblemente escritor y geólogo coincidieron en alguna reunión o velada de la comunidad británica de la isla, aunque no he encontrado ningún testimonio de ello. “Pero para eso están las islas; son lugares donde diferentes destinos pueden encontrarse y cruzarse en el pleno aislamiento del tiempo”.

En cuanto al paisaje que me esperaba, la perspectiva de Durrell no era muy alentadora.

“La cordillera Troodos era una mescolanza desagradable de despeñaderos y pesadísimos peñascos, incoherente y dispersa, que colgaba de los bordes de Mesorea como un telón de fondo. Las bellezas que poseía se encontraban en sus aldeas ocultas, arrebujadas en concavidades y valles de las laderas, algunas ricas en manzanos y viñas, otras, más arriba, cubiertas de helechos y pinos. La cordillera Troodos, en otro tiempo verde morada de dioses y diosas, está ahora extravagantemente calva en mucho lugares, sus grandes hombros y brazos emergen de las zonas penosamente arboladas como los miembros de un traje demasiado estrecho.”

Troodos

De hecho, reconocía que le interesaba más el paisanaje de la isla; “quería experimentarla a través de su gente y no de su paisaje”. Así que no mostró mucho entusiasmo en recorrerla; “aparte de unas pocas y breves excursiones en busca de flores y setas de primavera, no había ido a ninguna parte; en verdad no había hecho otra cosa que bañarme y escribir cartas”.

Hasta que llegó a Bellapais, en la costa norte, y se enamoró del paisaje que se divisaba desde la Abadía de la Paz, construida por los agustinos en el siglo XIII.

“Los claustros de la abadía, con sus naranjos cargados y sus brillantes jardines, eran un estudio de contrastes: la grave calma contemplativa de lo gótico se veía perforada por todas partes, al igual que el silencio perfora la música, por la lujuria mediterránea de frutos amarillos y relucientes hojas verdes.
— Un lugar para pasear, para pensar, para estar en paz entre los limoneros —, dijo Kollis [su guía].
A medida que subimos volvía a aparecer Kyrenia, al igual que toda la costa, calada como una labor de encaje. Había empezado a sentirme culpable de una acto de horrenda temeridad al tratar de establecerme en un lugar tan fantástico. ¿Era posible que alguien trabajase teniendo delante semejante escenario para maravillarse?”

Tanto le gustó que se compró una casa en las afueras del pueblo. La historia de la compra y reforma de la casa, con sus anécdotas y divertidas relaciones con los vecinos, ocupa buena parte del libro. Mostró interés y describió con detalle los árboles frutales de su huerto.

“Se encontraba atestado de árboles, tan pegados unos a otros, que su follaje formaba un techo casi ininterrumpido. Había demasiados. Distraído, volví a contarlos: seis mandarinos, cuatro limoneros amargos, dos granados, dos moreras y un alto nogal inclinado.”

Según la mitología clásica Afrodita nació de la espuma en una playa de Chipre. El escritor no podía dejar de hacer alguna referencia a los dioses griegos y sus relaciones con los árboles.

“A Zeus le pertenece el roble. Hermes era dueño de la palmera, y más tarde, Apolo de la palmera y del laurel. Démeter, de la higuera. El sicómoro era el Árbol de la Vida para los egipcios. El pino pertenecía a Cibeles. El álamo negro y los sauces están especialmente vinculados con el solsticio de invierno, y por lo tanto con Plutón y Perséfone; pero el álamo blanco es de Hércules, quien lo sacó de las sombras.”

A pesar de disfrutar con su lectura, el libro no me aportó mucha información sobre los paisajes forestales de Chipre, así que tuve que buscar otras fuentes para conocer los árboles de la isla.

Árboles de Chipre

Hay 52 especies de árboles nativos y los bosques cubren el 18% de la superficie, según el Departamento de Bosques de Chipre. Además se han inventariado 200 árboles monumentales centenarios, que incluyen robles, pinos, cipreses, plátanos, pinos y algarrobos.

Con gran acierto, el Departamento va publicando una serie de folletos divulgativos con el Árbol del Año, para que la población vaya conociendo la riqueza arbórea de la isla. Llevan 18 especies y todavía les queda material para los próximos 34 años. A mí me sirvieron de guía durante mi visita.

Q-alnifoliaLa encina dorada (Quercus alnifolia) es un árbol endémico de Chipre que fue declarado Árbol Nacional en 2006. Las hojas rígidas y duras, con forma aovada, son de un color verde muy brillante; solo al darles la vuelta se puede descubrir su envés amarillento que explica el nombre inglés golden oak (encina dorada).

Cubren las laderas escarpadas de los montes Troodos formando un moteado arbustivo, posiblemente resultado del rebrote después de talas e incendios. En este tipo de hábitat cumplen una importante función en la protección de suelos contra la erosión. También forman parte del sotobosque de pinares y cedrales.

Q-InfectoriaEl quejigo de Alepo (Quercus infectoria) estaba hojeciendo durante mi visita,  y las manchas de su verde claro luminoso destacaban en el valle, salpicando las terrazas ocupadas por olivos y frutales. Desde la ventana de mi habitación, en el hotel situado a las afueras de Agrós, podía ver algunos quejigos que se iluminaban al amanecer. Crecen en los suelos más fértiles y profundos, precisamente los transformados para la agricultura. Estos quejigos de Chipre se han diferenciado como subespecie, con el nombre veneris (de Venus), en homenaje a la diosa Afrodita (Venus para los latinos).

Mientras saco fotos de los hermosos amentos masculinos y de las hojas nuevas con la luz del atardecer, en la atmósfera tibia y calma de este valle chipriota, me estremece pensar que otros quejigos de la misma especie estarán también floreciendo, pero rodeados de muerte y destrucción en zonas convulsas de Siria, Irak o Palestina. En esos días, a menos de 500 km (equivalente a la distancia entre Sevilla y Madrid) se estaba librando la batalla de Palmira (Siria).

PlatanusEl plátano oriental (Platanus orientalis) es un árbol hermoso. Destaca en los bosques de ribera con su tronco recto, que puede alcanzar hasta 30 m de alto, y su corteza blanquecina, que se desfolia de forma irregular dejando un parcheado de jirones vegetales. Estaban en pleno apogeo primaveral, las hojas nuevas, palmeadas y muy divididas, estrenando su verde clorofila, mientras las  inflorescencias globosas pendían en el aire como zarcillos coquetos.

Ha sido un árbol ornamental y de sombra muy apreciado desde antiguo; era famoso el Plátano de Hipócrates en la isla de Kos (Grecia) bajo el que transmitía sus enseñanzas de medicina. En Chipre, es común verlo plantado en las plazas de los pueblos y junto a los monasterios y las iglesias. En el pueblo de Peristerona, contiguos a la iglesia bizantina de San Hilarión y San Barnabás (del siglo XII), un plátano, un ciprés y un laurel crecían juntos en un pequeño jardín, formando la tríada de árboles simbólicos y mitológicos del Mediterráneo Oriental.

P-brutiaEl pino de Chipre (Pinus brutia) es el árbol más abundante en los bosques de la isla, ocupando más del 90%; crece en todo tipo de sustratos, desde el nivel del mar hasta los 1.600 m, donde es sustituido por el pino negral (P. nigra subsp. pallasiana). Muy relacionado con el pino carrasco (P. halepensis), tiene las piñas sentadas y las acículas finas, flexibles y de color verde oscuro. En abril estaban en plena época de polinización y cuando la brisa sacudía suavemente las ramas, se desprendía una lluvia dorada de polen.

En buenas condiciones de humedad y fertilidad los troncos pueden alcanzar hasta 40 m de alto y 100 cm de diámetro. La madera se usa para construcción, para fabricación de muebles, cajas para transportar y almacenar frutas, tableros de aglomerado, y para leña y carbón.

Es un árbol longevo que puede vivir hasta 500 años. Se han estudiado los anillos de crecimiento en troncos de pinos centenarios de los montes Troodos y se ha podido reconstruir el clima de Chipre durante los últimos 250 años. Se han identificado períodos largos de sequía (hasta de 20 años) con una recurrencia de cada 70-100 años. Están asociadas a la anomalía conocida como “fase positiva de la oscilación del Atlántico Norte (NAO)”. Los documentos históricos confirman la existencia de pérdidas de cosechas, hambrunas y migraciones masivas durante esas épocas secas persistentes [4].

CeratoniaEl algarrobo (Ceratonia siliqua) es un árbol de la familia Fabácea, de copa amplia color verde oscuro. Es dioico, los árboles hembra producen frutos en forma de grandes legumbres (algarrobas) que tuvieron gran importancia para la economía rural de Chipre, siendo conocidas como el “oro negro”.

Durrell lo menciona al describir el típico paisaje agroforestal chipriota.

“Acá y allá, la gran red tosca del algarrobo, nuevo para mí. Noté que algunos de esos árboles habían sido plantados en medio de campos de cebada o trigo. Es de suponer que estaban destinados a dar sombra al ganado y protegerlo del implacable calor de agosto. Pero en general el algarrobo es un árbol curioso; las ramas que se le arrancan dejan heridas del color de la carne humana.”

En esa época (mediados del siglo pasado), todavía era un recurso esencial en los pueblos de la zona.

“En la temporada de prensar las aceitunas o recoger las algarrobas, todo el pueblo acudía en bloque, y de golpe uno perdía a los albañiles, carpinteros, fontaneros, a todos.”

En Limasol existe un Museo del Algarrobo (Carob Mill Museum) donde se conservan parte de las maquinarias usadas para limpiar, preparar y moler las algarrobas. Se calcula que unos 2.000.000 de algarrobos producían 50.000 toneladas de algarrobas al año, en su mayor parte para la exportación. En una visita al mercado cercano pude ver puestos con algarrobas, dulces, jarabe y otros productos del algarrobo.

Carob Museum

Bajo el Árbol de la Ociosidad

Hay un árbol en Chipre que no aparece en las guías botánicas, es el Árbol de la Ociosidad (Tree of Idleness), que según Durrell “confiere el don de la ociosidad pura a todos los que se sientan bajo él”.

“La tarde estaba muy tranquila, y el fresco silencio del Árbol de la Ociosidad nos engulló como un estanque de montaña. Sabri estaba allí, sentado bajo las hojas y contemplando un café; me esperaba con una información particular sobre madera de algarrobo – me había guardado un cargamento especial.”

Este árbol literario, metáfora del árbol que ocupa el centro de la vida en los pueblos mediterráneos, era un tema favorito de Durrell; le dedica un capítulo de su libro Limones amargos y es el título de un poema publicado unos años antes [5].

“La tranquilidad, la sensación de verde beatitud que llena esta aldea proviene del gran Árbol de la Ociosidad.”
“Y allí estaba la abadía, desvaneciéndose con los últimos rubores magnéticos del horizonte, con sus tranquilos grupos de bebedores de café y jugadores de cartas bajo el Árbol de la Ociosidad.”

“Una vez más, al llegar yo, mis amigos se separaban uno a uno de los grupos de bebedores de café reunidos bajo el gran árbol. Surgían conversaciones sobre la madera de algarrobo, sobre limoneros, gusanos de seda o un nuevo vino.”
“Sintiendo la jubilosa tibieza del sol que bajaba flotando por entre las hojas del gran Árbol de la Ociosidad.”

En su obra, Durrell recoge con frecuencia la escena de una persona, sola o acompañada, sentada a la sombra refrescante de un árbol, ya sea un olivo, un pino, un nogal o un plátano. Una estampa icónica del ambiente mediterráneo.

“Durante la hora del almuerzo, tomaba su comida y vino de una garrafa a la sombra de un limonero, mientras contaba historias que mantenían absortos a los otros trabajadores.”
“Nos reunimos alrededor de una mesa preparada para nosotros bajo el magnífico plátano que cubre la terraza del café.”
“El señor Honey estaba sentado en su esquina habitual, bajo el nogal junto al puente.”
“Encontré a Marie comiendo ociosamente cerezas bajo un pino y hojeando un manual de arquitectura.”

Las animadas tertulias con sus amigos cosmopolitas eran “una forma de viajar sin moverse; sentados bajo un olivo con una jarra de vino al lado.”

“Nos quedamos sentados durante un rato en la arena tibia bajo el viejo algarrobo, tomando vino y un par de granadas rosadas que él había robado de un muro en Kasafani, mientras el sol de la mañana hacía que las colinas brillaran y temblaran en el aire húmedo, y la vieja piel de cocodrilo gris de Bufavento se volvía violeta. Todavía estaba la luna en el cielo, pálida y exangüe. – Ya está aquí el verano – dijo un joven turco.”
“Mi acompañante estaba silencioso; trepó a las ramas de un árbol para disfrutar mirando hacia abajo, del ondulante mapa en relieve con sus curvas barbadas de campos que descendían hasta el mar.”

En mi visita a Chipre no tuve ocasión de visitar el famoso árbol de Durrell en Bellapais (en la zona turca), convertido en una atracción turística. Tampoco me interesaba mucho porque aparentemente ha perdido su atmósfera de quietud, paz y silencio; lo que debe tener un árbol para que apetezca sentarse bajo él y disfrutar de la ociosidad.

Cada uno debe buscar su propio árbol de la ociosidad. Paseando por Agrós, encontré el mío; un viejo álamo blanco (Populus alba) situado en una placita ajardinada cerca de la fuente Kaouros (o de los cangrejos), por la que manaba el agua fresca de la sierra. Bajo el álamo me sentaba a leer y pensar, en los ratos de ocio que me dejaban las reuniones de trabajo.

Populus_fuenteOciosidad, indolencia, pereza, dolce far niente ¿es un defecto o un vicio mediterráneo?. Aproveché esos ratos de ocio para leer “Elogio de la ociosidad” (In Praise of Idleness), un breve ensayo del filósofo Bertrand Russell (1872-1970). Defendía que “el camino a la felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo”. Y que “el uso inteligente del ocio es un producto de la civilización y la educación” [6].

Liberado así de todo sentimiento de mala conciencia, me abandoné feliz en la lectura de Justine [7]. Durante su estancia en Chipre, Durrell comenzó a escribir el Cuarteto de Alejandría, su obra más conocida. El narrador/escritor retirado en una isla ordena sus recuerdos y escribe a la sombra de un olivo. De esta forma confundía la ficción con su propia realidad.

“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña.
Vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos.
Solo aquí, en el silencio del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo.
En esta primera gran ruptura de mi madurez siento que su recuerdo dilata prodigiosamente los límites de mi arte y mi vida. Por el pensamiento los alcanzo de nuevo, como si solo aquí, en esta mesa de madera, frente al mar, a la sombra de un olivo, solo aquí pudiera enriquecerlos como lo merecen.”

Después de tantos años, releí y reviví con nostalgia y melancolía la atracción insana, el amour fou hacia el voluptuoso personaje femenino.

“Como todos los seres amorales, está en el límite de la Diosa. Recibe el amor como una planta el agua, livianamente, sin pensar.”

Pero fueron otros pasajes, los que ahora me mordieron el alma.

“La presencia de la muerte refresca siempre la experiencia, pues tal es su función: ayudarnos a reflexionar sobre esa novedad que es el tiempo.”

Disfruté del ocio bajo el árbol, atrapado por la novela, hasta llegar a su enigmática frase final.

“¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?”

Pensativo, cerré el libro; intentaba interpretar el silencio que me rodeaba.

Muy cerca, el murmullo de la fuente recitaba su mantra heraclitiano “todo fluye”.

Fuente
___________________
[1] Lawrence Durrell (1957) Bitter lemons of Cyprus, Faber and Faber, Londres (mi edición es del año 2000). Recientemente Edhasa ha publicado la Trilogía mediterránea (Barcelona, 2012) una bella edición que la incluye, con traducción de Floreal Mazía.

[2] La República de Chipre ingresó en la Unión Europea en 2004, aunque solo controla las dos terceras partes de la isla; la parte norte fue ocupada por tropas turcas en 1974. En el proyecto de investigación RECARE, sobre “prevención y recuperación de suelos degradados en Europa”, participamos científicos de 19 países europeos.

[3] Ian G. Gass (1968). “Is the Troodos massif of Cyprus a fragment of Mesozoic ocean floor?.” Nature 220: 39-42.

[4] Griggs, C., Pearson, C., Manning, S. W. & Lorentzen, B. (2014). A 250-year annual precipitation reconstruction and drought assessment for Cyprus from Pinus brutia Ten. tree-rings. International Journal of Climatology, 34(8), 2702-2714.

[5] L. Durrell (1955) The Tree of Idleness, and other Poems, Faber and Faber, Londres.

[6] B. Russell (1932) In Praise of Idleness, Existen varias versiones en español que se pueden consultar en internet.

[7] L. Durrell (1957) Justine, Edhasa (edición de bolsillo de 2011), Barcelona, traducción de Aurora Bernárdez. Es la primera de las cuatro novelas del Cuarteto de Alejandría.

 

Escrito por Teo, jueves 28 abril 2016.

 

Enlaces

Departamento de Bosques de Chipre
Folleto de la encina dorada
Folleto del quejigo de Alepo
Folleto del plátano oriental
Folleto del algarrobo

Reunión en Chipre del proyecto RECARE

Elogio de la ociosidad por B. Russell (1932)

Otros enlaces relacionados en este blog
Virtudes de la sombra de los árboles
Especies del género Quercus
Platanus orientalis en el Botánico de Roma
Plátanos de sombra en el Parque María Luisa de Sevilla

Lágrimas de la mujer árbol

Mientras ella hablaba, la tierra vino a cubrirle las piernas, se le rompen las uñas y por ellas se extiende una raíz atravesada, fundamento de su largo tronco, los huesos cobran dureza, y mientras su médula sigue ocupando la región central, la sangre se convierte en savia, los brazos en grandes ramas, los dedos en pequeñas, y la piel se le endurece en calidad de corteza. Y ya el árbol que la va invadiendo le había apretado el grávido vientre y sepultado el pecho, y estaba a punto de taparle el cuello: no soportó ella la espera, y, saliendo al encuentro de la madera que se le acercaba, se hundió en ella y sumergió en la corteza el rostro. Y aunque ella perdió, a la vez que el cuerpo, sus antiguos sentidos, llora sin embargo, y del árbol manan tibias gotas. También sus lágrimas tienen calidad, y la mirra que destila el tronco conserva el nombre de su dueña y ninguna época dejará de celebrarla. [1]

La transformación de la princesa Mirra en árbol contada por Ovidio es de una belleza arrebatadora. El poeta romano (siglo I) recopiló de la tradición oral de los antiguos pueblos mediterráneos el origen mítico del árbol de la mirra y legó a la posteridad un admirable testimonio del prestigio que la mirra disfrutó en aquellos lejanos tiempos. Otros escritores latinos también narraron la historia de Mirra, pero la versión de Ovidio es de tal calidad literaria y simbólica que ha sido la predilecta de poetas y artistas desde entonces. Pero ¿qué es la mirra? ¿Por qué tan celebrada?

Mirra_Resina

Cuando compré mirra a la vendedora de inciensos en la calle Córdoba de Sevilla, me dio unas piedrecillas de formas irregulares medio traslúcidas y pardo rojizas. La sustancia es resina, el fluido que exuda el árbol de mirra (Commiphora myrrha) cuando se le hace una incisión y se endurece al contacto con el aire.

El extraordinario mérito de esa sustancia arbórea es algo tan sutil e intangible como la emisión de compuestos aromáticos, la emanación de un olor cautivador al quemarse. En el humo fragante que se eleva hacia el cielo, los pueblos pretéritos vieron un medio de llegar a la morada de los dioses y complacerlos con el agradable perfume. Por esa cualidad sensorial tan etérea y sublime, desde los albores de las civilizaciones ocupó un papel significativo en la vida espiritual de los pueblos.

Pero el aroma de la mirra no solo era valioso para lo sagrado, sino también para la vida terrenal, por el perfume que se extraía de la resina, y para la salud, gracias a las propiedades curativas de sus aceites esenciales.

En la cultura católica donde he crecido, la mirra es conocida sobre todo por haber sido uno de los regalos simbólicos de los Magos de Oriente al niño Jesús, junto a oro e incienso (Evangelio según San Mateo, 2, 1-12). Este episodio bíblico da idea también de que en la antigüedad el valor de la mirra (y del incienso) era comparable al del oro. Hoy sigue siendo usada en ritos religiosos, en perfumería y farmacia. Pero como pasa con muchas materias de la vida cotidiana que proceden de árboles, su fuente, el árbol de la mirra, es un desconocido, una bruma de tiempo y distancia lo hace invisible.

El pequeño árbol que llora

En contraste con el alto valor de su resina, el árbol de la mirra es poco espectacular, es pequeño (5 m), espinoso, de tronco suculento apropiado para vivir en zonas muy áridas tropicales del Sur de Arabia, en territorios de Omán y Yemen, y nordeste de África, en Somalia, Etiopía y Eritrea.

Árbol de la Mirra

El epíteto genérico deriva del griego kommis y phora, que significa productor de goma. El de la especie, procede del hebreo (mor) y del árabe (mur) y significa amargo, en relación a su sabor.

Commiphora myrrha es una especie muy variable en forma y tamaño de las hojas lo cual muchas veces dificulta la identificación. Aunque es la fuente principal de la mirra, hay al menos otras diez especies de Commiphora de las que también se comercializa su resina, entre las que destacan: C. africana, por su resina llamada ‘bdellium’; C. gileadensis productora del ‘bálsamo de la Meca’; C. erythraea de la resina ‘bisabol’; y C. wightii, que produce la goma ‘gugul’ también conocida como ‘bdellium’.

Pertenece a la familia Burserácea caracterizada por árboles que poseen en la corteza  conductos por donde excretan resina olorosa. Otras resinas “espirituales” de la misma familia son el olíbano arábigo (Boswellia sacra) y el copal americano (Bursera copal). Otras familias de árboles también producen resinas usadas en rituales como el carísimo oud (Alquilaria y Gyrinops) o el benjuí (Styrax benzoin). El sándalo (Santalun álbum) es otro incienso espiritual milenario que se obtiene de su madera.

Cada especie de árbol aporta un aroma propio. La resina se quema sola o mezclada con otros ingredientes como especias y maderas. A la mezcla se le denomina genéricamente “incienso”, aunque en sentido estricto ese término se refiere a la resina de Boswellia sacra considerada el incienso puro, también llamada olíbano o frankincienso, y tan valorado como la mirra desde siempre. La palabra ‘incienso’ procede del latín, incesum, y hace referencia (según la Real Academia de la Lengua) a ‘toda materia quemada en un sacrificio’, se aplica pues a todas las resinas que se queman.

La pasión por la mirra y el alto coste que había que pagar por ella, llevó a una reina-faraón de Egipto del siglo 15 a. C. a intentar poseer la fuente misma, el árbol. La Reina Hatshepsut organizó una legendaria expedición al país de Punt (en la Somalia actual) donde crecían los árboles de mirra, y trajo un barco cargado de semillas y plantas para cultivarlas. El intento forestal fracasó, pero la historia es un interesante ejemplo de cuánto se puede desear el regalo de los árboles. También atestigua uno de los primeros experimentos de cultivo de árboles de perfume. La fabulosa aventura está registrada en la decoración del templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari (necrópolis en la ribera del Nilo frente a Luxor, antes Tebas).

Mensajera de los dioses, la mirra espiritual

El olfato es un sentido sublime. Nos conecta con vivencias, con emociones pasadas, con lugares recónditos de la mente, con el silencio interior. En esa conexión con lo más íntimo podría residir la trascendencia que los humos aromáticos tuvieron en la comunicación con la divinidad. A través del humo fragante se abrían las puertas a la experiencia del espíritu.

Las principales culturas de la Antigüedad usaron humo perfumado en sus prácticas religiosas: Asiria, Egipto, Grecia, Roma, China, India, Japón. De hecho, la palabra perfume proviene del latín per y fumare, que significa a través del humo, el modo en que se difundían las fragancias.

La Biblia está llena de referencias a los aromas. En el texto sagrado, es Dios mismo quien ordena que se usen los perfumes, incluso prescribe recetas de los ingredientes aromáticos que deben llevar las ofrendas o la fórmula de los óleos sagrados (en los que la mirra es esencial). Para el Dios judío, para Mahoma o Buda, el olor es señal de virtud; un cuerpo sucio y maloliente atrae a los demonios, mientras que oler bien atrae a los ángeles protectores.

Muchas de estas prescripciones religiosas tenían una componente utilitaria, la difusión del aroma también neutralizaba los malos olores de las multitudes y limpiaba el aire de posibles contagios. El enorme incensario de la catedral de Santiago de Compostela, el Botafumeiro (53 kilos y 1,5 m de altura) fue construido en el siglo XI, con el fin de purificar el aire viciado por cientos de peregrinos malolientes tras numerosos días de caminatas que dormían en el interior del templo.

La fragante nube que se eleva a la esfera celestial, morada de la divinidad, en sí misma es una metáfora de la limpieza espiritual y corporal. Mahoma consideraba al humo sagrado un poderoso auxiliar para producir el éxtasis religioso. Y no es un aserto infundado, porque las moléculas del aroma producen el efecto de aquietar la mente, con lo que favorecen estados de meditación y contemplación, y disponen al espíritu para la comunicación mística.

La mirra, a diferencia de otros inciensos y resinas, tiene también relación con la muerte y el dolor. Los egipcios la usaban para embalsamar a sus muertos. Impregnaban el interior del cadáver y las vendas que lo cubrían con mirra, canela y otras sustancias aromáticas; durante el cortejo fúnebre se quemaban cantidades elevadas de mirra para paliar el olor a podredumbre; y en la cámara mortuoria se dejaban jarrones con mirra e inciensos para acompañar al viaje al más allá. Cuando abrieron tumbas de faraones, se encontraron fórmulas de perfumes en los muros y recipientes que todavía olían ¡después de 3000 años!

Por estos usos, la mirra se ha considerado emblema de la muerte, el sufrimiento y el dolor. De ahí proviene que algunos teólogos hayan interpretado la mirra que los Magos regalaron al niño Jesús como símbolo y presagio del dolor y la muerte que sufriría Cristo como hombre.

En la actualidad, el humo aromático sagrado sigue presente en ritos religiosos de los cristianos católicos y ortodoxos, judíos, budistas e hinduistas.

Puesto de inciensos

Sevilla es una ciudad con aroma de inciensos, un caso ejemplar del vigor de esta tradición religiosa. Existen vendedores de inciensos en las calles, algo poco usual en otras urbes. Cada iglesia cuenta con una Hermandad de fieles encargados de sacar en procesión imágenes de la Virgen y de Jesucristo en Semana Santa y otras fechas. Aromatizar el paso con humo sagrado es tan importante en las procesiones que cada cofradía usa su propia mezcla de inciensos para distinguirse de las demás. Por el aroma se sabe muchas veces por donde está un paso. Por ejemplo, la Hermandad del Cristo del Amor incluye en mayor proporción olíbano en polvo, pero también granos de olíbano y mirra, hojas de romero y cáscaras secas de limonero y naranjo amargo. O la Hermandad del Silencio, que realiza su propia mezcla cuya fórmula data del siglo XVI y está recogida en el Libro de Reglas de la Archicofradía. En Semana Santa, Sevilla es toda olor a incienso.

Perfume de amor, la mirra carnal

En un principio los aromas únicamente se usaban en los rituales religiosos, pero pronto pasaron a la vida cotidiana. Ya los egipcios usaron unturas perfumadas para el aseo personal. Se aromatizaban las casas, también el cuerpo como señal de purificación, y más tarde como parte del arte de la seducción. El dulce aroma de la mirra poseía un gran poder de atracción. Con mirra se perfumaba el lecho de amor para estimular el encuentro sexual entre los amantes. Incluso perfumarse con mirra llegó a ser un requisito indispensable. En el bíblico Libro de Ester, se cuenta que la joven hebrea tuvo que purificarse con mirra durante seis meses para poder ser presentada ante el gran rey persa Asuero, y casarse con él.

En el poema de amor el Cantar de los Cantares, de Salomón, el perfume de la mirra aparece como símil del amante mismo:

Mi amado es para mí un manojito de mirra,
que reposa entre mis pechos.

6-Myrre Ardente o.1659Como perfume, el olor de la mirra pertenece a la familia olfativa de los olores balsámicos. Es un olor sutilmente especiado, cálido, y también refrescante como suelen ser los bálsamos. Tiene asimismo un matiz de oriente, como lugar fértil de clima apacible que anima a disfrutar de los placeres de la vida. Y desde luego es un aroma con resonancias de lo espiritual.

Desde aquella lejana época de perfumes en aceites y ungüentos, la perfumería ha evolucionado mucho. Con nuevas técnicas de extracción, descubrimientos de componentes químicos para fijar y potenciar los aromas y la capacidad de sintetizar  fragancias, hoy los perfumistas disponen de más de 4000 ingredientes odoríferos. Entre tantas opciones, el perfume de mirra no conserva el papel importante de antaño, pero sigue siendo un ingrediente noble de las fórmulas e incluso a veces protagoniza propuestas renovadoras que recuperan los aromas puros antiguos, como es el caso de la fragancia Mirra Ardente de la casa Annick Goutal (París).

Defensora del árbol, la mirra curativa

myrrh-resinLa resina es un fluido vital de los árboles que se produce como defensa ante ataques de insectos, bacterias, hongos y otros agentes patógenos. La resina que defiende al árbol, también tiene un efecto curativo sobre cuerpo y mente humanos, efecto conocido y aprovechado desde la Antigüedad.

En el siglo XVI, la mirra y el incienso seguían siendo medicinas. Shakespeare no era ajeno a tal conocimiento, pues incluyó una nota testimonial en su tragedia Otelo, el moro de Venecia:

Esperad; una palabra o dos antes de marchar. Os ruego que cuando contéis en vuestras cartas esos desgraciados hechos, habléis de mí, como soy: de uno cuyos ojos afligidos, aunque desacostumbrados al ánimo de derretirse, vierten lágrimas tan deprisa como los árboles de Arabia su savia medicinal. [2]

La mirra medicinal se usa de distintas maneras. Cruda, sin procesar, quemándose, en baños de humo terapéuticos. Destilada, se obtiene el aceite esencial que tiene sus propias cualidades curativas. Y en extracto, otro modo de aprovecharla. Las tres formas emiten aroma por la presencia de aceite esencial. Otros modos de aplicarse es en baños con esencias, inhalaciones de vapores, frotaciones con ungüentos y linimentos, masajes con aceites, imposición de compresas impregnadas, y en perfume con fines curativos. También se ingiere, mezclando con otros líquidos para paliar su sabor amargo.

En la medicina tradicional china, en la Ayurveda india, y en otras tradiciones médicas de países donde crecen los árboles silvestres, la mirra se ha mantenido siglos tras siglos como un remedio eficaz contra numerosas dolencias. Este intenso y duradero uso medicinal ha llamado la atención de etnofarmacólogos occidentales. La composición química de la resina es una mezcla compleja de ácidos resínicos, terpenos, ácidos grasos, alcoholes y agua. Se han aislado 300 metabolitos secundarios y se han confirmado los amplios efectos farmacológicos de la mirra. Se ha demostrado la eficacia para el tratamiento de inflamación, artritis, infección microbiana, heridas, dolor, traumas, tumor, obesidad y enfermedades gastrointestinales. Como recurso natural, el árbol de la mirra tiene un potencial terapéutico aún no suficientemente aprovechado que puede ayudar al desarrollo de las poblaciones indígenas que explotan la resina.

La ruta del perfume, la mirra viajera

Desde las inhóspitas tierras tórridas donde en silencio lloran los árboles de la mirra, hasta los pebeteros sagrados del mundo antiguo, la mirra debía recorrer un largo camino por paisajes de fábula.

La creciente demanda de especias y perfumes de los pueblos mediterráneos llevó al desarrollo de una extensa red de rutas comerciales conectando Occidente con Oriente por tierra y mar. Estas rutas conectaban India y Arabia con Mesopotamia, Siria, Israel, Egipto, Grecia y Roma. Una de las principales era la famosa “Ruta de la Seda” entre China y Europa. Menos conocida es la “Ruta del Incienso y la Mirra”, que se iniciaba en el sur de la Península Arábiga donde crecen los árboles productores de aromas.

Desde el sur de Arabia transcurría una ruta paralela al Mar Rojo y se ramificaba en  distintos caminos según el destino final: una, hacia Mesopotamia; otra, hacia Petra, desde donde se distribuía al norte, a Damasco, al oeste, por Israel hasta Gaza y desde ahí a Egipto o Grecia y Roma en Europa. Otra ruta atravesaba el desierto de Néguev hasta la ciudad portuaria de Gerrha, en el Golfo Pérsico, y de allí a Mesopotamia, Israel y Europa.

El transporte se realizaba en caravanas de miles de camellos cargados con los bienes de lujo demandados en aquella época: mirra y olíbano arábigos; especias, ébano y textiles finos de India; y maderas nobles, pieles y plumas de animales, y oro de África. Además de la mercancía, transportaban comida y agua. Realizar todo el viaje desde Sur Arabia a Gaza duraba alrededor de medio año.

En puntos estratégicos de los 2400 km de la ruta emergieron ciudades, fortalezas y caravasares (posadas destinadas a las caravanas) para servir y proteger de los ladrones la cara mercancía. Aunque bien organizado, el transporte de los perfumes y especias era un periplo largo y peligroso, a causa de las duras condiciones del desierto y de la constante amenaza de robos. Se pagaban grandes impuestos por agua, comida, forraje, seguridad, por todo. El precio final de la mirra y demás bienes era muy alto. Un ejemplo de su valor es que en el año 890 a. C. el regalo de los reinos arameos al rey de Asiria consistió en bolas de mirra. La ruta generó grandes riquezas a los reinos arábigos, riqueza que animó a costear unas admirables obras agrícolas para asegurar el abastecimiento de las caravanas en el yermo desierto, obras de las que aún quedan vestigios.

Cuando en el siglo II d. C., Roma abrió una vía de navegación directa al sur de Arabia e India, la importancia de la ruta arábiga comenzó su decadencia. Por el siglo IV, con la expansión de la cristiandad, se abandonaron prácticas litúrgicas y bajó la demanda de inciensos y de perfumes y cosméticos. El comercio de especias y resinas no cesó pero disminuyó y nunca volvió a alcanzar el antiguo esplendor. La ruta del perfume se apagó y las ricas ciudades fueron gradualmente abandonadas al desierto; hoy solo quedan sus restos arqueológicos. Tanto la Tierra del incienso en Omán como las ciudades del desierto de Néguev (hoy Israel) han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Con el tiempo, el comercio de la perfumería fue de nuevo recuperando adictos y evolucionando hasta alcanzar un renovado auge en el presente siglo XXI. La mirra sigue siendo un producto del mercado mundial para fragancia, incienso y farmacia, si bien en un volumen muy inferior al de antaño.

Hoy la mirra no viaja en fabulosas caravanas atravesando desiertos repletos de malhechores con turbantes, pero sigue trasladándose desde los territorios arbolados a los rincones del mundo donde la demandan. En el mercado actual, las lágrimas perfumadas proceden, en primer lugar de Etiopía, con una producción anual de 1200 toneladas; de Somalia con 700 t; y de Kenia con 620 t (datos de la FAO). Arabia tambien produce mirra pero en menor cuantía. Desde el Cuerno de Africa, la mirra sale con destino a China, el mayor importador del mundo; también a Europa, que consume la mitad que China; Estados Unidos es el tercer destino con un consumo muy bajo; y Arabia. La ruta de la mirra de ahora es poco conocida, pero ese desconocimiento contribuye a realzar su misterio, su aura de árbol mítico, el augurio de un secreto fabuloso solo alcanzable a quienes se atreven a descubrirla.

Más bello que el amor mismo

Volvamos al poema épico de Ovidio, donde dejamos a la princesa-árbol llorando lágrimas de savia, para disfrutar de otra escena fascinante de la narración. La bella Mirra tuvo amores con su padre, el rey de Chipre, fue castigada y convertida en árbol, y bajo esa forma dio a luz a su hijo Adonis, un ser tan hermoso que hasta la misma diosa del Amor se enamoró de él.

Villenave para Metamofosis de 1807.

Grabado de Villenave (1807).

Mas la criatura concebida en el pecado había crecido dentro del tronco y buscaba camino por donde, abandonando a su madre, pudiera situarse en el exterior: en mitad del árbol se comba hacia fuera el grávido vientre. La carga produce a la madre una tensión; pero sus dolores carecen de palabras para expresarse, la parturienta sin voz no puede invocar a Lucina. Sin embargo su apariencia es la de una mujer que está en el trance de dar a luz, y el árbol se inclina y profiere frecuentes quejidos y se humedece con las lágrimas que le caen. Junto a las ramas doloridas se detuvo Lucina propiciadora, le puso las manos encima y pronunció palabras que producen el parto: el árbol se resquebraja, y una vez hendida la corteza hace salir su carga viva, y un niño da un vagido; las Náyades lo colocaron sobre la blanda hierba y lo ungieron con las lágrimas de su madre.

Las palabras tienen poder. Conectan. Trazan puentes invisibles entre las almas sensibles y lo que les rodea. Las de Ovidio nos llevan al corazón del árbol de la mirra.

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[1] Publio Ovidio Nasón. Metamorfosis. Texto revisado y traducido por Antonio Ruiz de Elvira. (UM). Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1988. Vol. II (Libro X). Pág: 185-194.
[2] William Shakespeare. Tragedias. Otelo: el Moro de Venecia. Traducido por Jose M. Valverde. RBA Editores. Barcelona 1994. Extracto del parlamento de Otelo en Acto V, escena II, pág. 327.

Escrito por Rosa, Jueves Santo 24 de marzo de 2016.

La mirra en Wikipedia
Artículo de “20 minutos”sobre vendedores de inciensos en Sevilla
El mercado mundial de mirra y olíbano (FAO)

La señora Chatterley fue al bosque

El bosque umbroso, espeso, laberíntico, es un lugar idóneo para el escondite y para el amor furtivo. La señora Chatterley esperaba ansiosa el momento para escapar al bosque y encontrarse con Oliver Mellors, su amante. En la famosa novela de D. H. Lawrence el bosque desempeña un papel primordial.

What the hell do you go to that bloody wood for?

“¿Para qué demonios vas a ese maldito bosque?” le preguntaba iracundo su esposo, Lord Clifford. El lector de la novela sabe perfectamente para qué, porque Lawrence describe con detalle las escenas amorosas. Tanto, que la obra, tras ser publicada en Italia en 1928, fue prohibida en el Reino Unido por obscena; tuvieron que pasar 32 años para que una sentencia judicial autorizara su publicación y venta en 1960 [1].

La trama de la novela es un amor romántico prohibido, agudizado por un conflicto de clases, entre la señora aristócrata y el guardabosque. En los diálogos y los pensamientos de sus personajes se refleja la mentalidad británica en una época de cambio, comienzos del siglo XX después de la Primera Guerra Mundial, con reflexiones sobre las costumbres, la liberación sexual y la crisis ambiental y económica de una zona minera.

¿Qué demonios hace la señora Chatterley en un blog de árboles?, se puede preguntar el lector. Le animo a adentrarse en el bosque de esa novela, sin prejuicios; además de disfrutar de la pasión romántica de los amantes ¿por qué no?, podrá descubrir detalles simbólicos del bosque y comprender mejor el alma sensible de su autor, David H. Lawrence, hacia la naturaleza y los árboles.

Las diferentes imágenes simbólicas del bosque van apareciendo asociadas a los tres personajes principales.

The wood was her one refuge, her sanctuary.
“El bosque era su único refugio, su santuario”.

Durante su adolescencia, Constanza Reid fue enviada con su hermana a estudiar música a Alemania. “Lo pasaban muy bien allí. Vivían libremente entre los estudiantes, vagaban por los bosques, cantaban y eran libres ¡Libres! Esa era la gran palabra. Al aire libre, en los bosques eran libres para hacer lo que querían y, sobre todo, para decir lo que querían”. Desde el principio de la novela, el bosque es asociado con la vida en libertad.

Más tarde, Constanza se casa con un aristócrata y se convierte en Lady Chatterley. Cuando su marido vuelve paralítico de la guerra, se van a vivir a una mansión solitaria en la zona minera de los Midlands (región central de Inglaterra). Allí, siente un vacío en su vida y se consuela paseando por el bosque. “Iba a pasear a los bosques y disfrutaba de la soledad y el misterio, pateando las hojas marrones en otoño y cogiendo las prímulas en primavera. El bosque era su único refugio, su santuario”. Aunque realmente no lo era, “porque ella no tenía una conexión con él. Solo era un lugar adonde podía escapar. Nunca llegó a conectar con el propio espíritu del bosque … si es que existía esa cosa absurda”. El autor confiesa aquí su panteísmo y la creencia en el espíritu del bosque, aunque lo maquille con una duda retórica.

I want this wood perfect… untouched. I want nobody to trespass in it.
“Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre”.

Muy diferente era la visión del bosque que tenía su marido, Sir Clifford. “Él amaba el bosque; amaba los viejos robles. Sentía que eran suyos, heredados de sus antepasados. Deseaba protegerlos. Deseaba que este lugar permaneciera inmaculado, apartado del mundo”. En una visita al bosque (en silla de ruedas) acompañado de su esposa, defiende apasionadamente su visión conservadora del bosque. “Esta es la vieja Inglaterra, su corazón; y yo intento mantenerlo intacto. Quiero este bosque perfecto… sin tocar. Que nadie entre. Somos nosotros, los propietarios que tenemos este sentimiento por el bosque, los que debemos conservarlo”. Eran tiempos convulsos en Europa, después de la Primera Guerra Mundial.

En el bosque todo estaba en calma, las hojas muertas caídas en el suelo mantenían la escarcha en su parte inferior. Se escuchaba la llamada áspera de un arrendajo y el canto de muchos pájaros. Pero no había caza; ningún faisán. Todos habían sido matados durante la guerra; el bosque había estado sin protección, hasta ahora que Clifford había contratado un nuevo guardabosque.

Así aparece en la novela el tercer personaje del triángulo, Oliver Mellors, quien buscaba olvidar su pasado, una mujer que le odiaba y un antiguo destino militar como oficial en la India. Quería encontrar refugio en la soledad del bosque.

His last refuge was this wood: to hide himself there!
“Su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

El guardabosque meditaba sobre su pasado y su presente. “Había pensado que estaría seguro, al menos por un tiempo, en este bosque. Todavía no había cacerías; él tenía que criar los faisanes. Estaría solo y apartado de la vida, que era todo lo que deseaba. Su retirada del mundo exterior era completa; su último refugio era este bosque ¡aquí se escondía!”.

La soledad, el silencio, la oscuridad del bosque eran su vida y su deseo, en compañía de Flossie, su fiel spaniel marrón. Después del primer encuentro amoroso con Lady Chatterley en la cabaña y de acompañarla a la mansión, “regresó a la oscuridad y reclusión del bosque. Todo estaba tranquilo, la luna ya se había ocultado. Volvió a su casa con su escopeta y su perra, encendió la lámpara y el fuego, tomó la cena. Estaba solo, en un silencio que amaba”.

Pero el deseo, el miedo, la inquietud no le permitían relajarse en la casa. “Se levantó, cogió de nuevo la chaqueta y la escopeta, bajó la llama de la lámpara y salió con su perra a la noche estrellada. Hizo la ronda nocturna por el bosque, lentamente, con morosidad. Amaba la oscuridad y se dejó envolver por ella”.

Oliver era consciente de que la irrupción de Constanza en su vida acabaría con su ansiado refugio en el bosque. “Sabía que la reclusión del bosque era ilusoria. Nadie puede tener ya una vida privada y retirada. El mundo no permite ermitaños”. Y tenía miedo a la sociedad, que por instinto sabía que era “una bestia maligna y medio loca”.

Dejemos a un lado las pasiones y los enredos amorosos de Constanza, Clifford y Oliver y fijémonos en el bosque, el cuarto personaje de la historia. Lawrence nos regala hermosas descripciones del bosque y sus habitantes, contribuyendo a la emoción y las sensaciones de los diferentes episodios.

El bosque de invierno, desnudo, sin hojas, gris, invitaba a la melancolía en los primeros paseos de Constanza.

En el bosque todo estaba inerte e inmóvil, solo grandes gotas caían desde las ramas desnudas, con un golpeteo hueco. Por lo demás, entre los árboles viejos había una profundidad progresiva de inercia gris y sin esperanzas, de silencio y de la nada.
Desde el bosque viejo llegaba una melancolía antigua, que de alguna manera la confortaba, mejor que la insensibilidad áspera del mundo exterior. Le gustaba la interioridad del bosque, la reticencia silenciosa de los árboles viejos. Parecía un silencio poderoso y al mismo tiempo una presencia vital. También ellos estaban esperando, obstinada y estoicamente esperando, y emitiendo un silencio potente. Quizás solo esperaban el final; ser cortados, talados, el fin del bosque, para ellos el final de todo. Pero quizás su silencio fuerte y aristocrático, el silencio de los árboles fuertes, significaba algo más.

Al comienzo del capítulo 12, una bucólica descripción del bosque a finales de primavera preludiaba la plenitud amorosa que tendría lugar en la cabaña.

Connie se fue al bosque justo después de comer. Realmente era un día maravilloso, los primeros dientes de león parecían pequeños soles, las primeras margaritas eran tan blancas. El bosquete de avellanos formaba como una celosía, con las nuevas hojas abriéndose y los últimos amentos polvorientos colgando. Los ranúnculos amarillos lo cubrían todo, las flores completamente abiertas, sostenidas en urgencia, con su resplandor amarillo. Era el amarillo, el poderoso amarillo de comienzos del verano. Y las prímulas eran grandes y con un pálido abandono, formando densos macizos que habían perdido la timidez. El verde oscuro suculento de las hojas de los jacintos era como un mar, del que emergían las yemas florales como granos pálidos de maíz; mientras que en el sendero se erguían las nomeolvides y las aquilegias desplegaban sus riquezas de púrpura intenso. Bajo un arbusto se veían unos trozos azules de cáscaras de huevo. ¡Por todas partes las yemas hinchadas y el brote de la vida!

“¡Nada tan hermoso como una primavera inglesa!” exclamaría Clifford en otra ocasión. Para Lawrence existía una conexión profunda de la vida de las personas con la naturaleza y con el “ritmo de la vida cósmica”.

El bosque es también un símbolo de la plenitud amorosa y la pasión colmada. De vuelta en la mansión, mientras Clifford le leía a Racine en voz alta, ella seguía absorta bajo los efectos embriagadores de su encuentro apasionado en la cabaña.

Estaba ausente en su propio éxtasis dulce, como un bosque que susurra el gemido suave y alegre de la primavera, al brotar sus yemas.
Connie era como un bosque, como la maraña oscura del robledal, murmurando inaudiblemente con una miríada de yemas que se hinchan y despliegan. Mientras, las aves del deseo estaban dormidas en el vasto, entrelazado e intrincado interior de su cuerpo.

En su interior le atormentaba la pasión y el deseo. “!Ah sí, ser apasionada como una bacante, huyendo por los bosques como en una bacanal!”.

Tras el primer encuentro amoroso, Connie llegó a tener una especie de unión mística con los árboles del bosque.

Al día siguiente ella fue al bosque. Era una tarde gris, tranquila, con los mercuriales verde oscuro extendiéndose bajo los avellanos, y todos los árboles dedicados al esfuerzo silencioso de abrir sus yemas. Ese día, ella casi podía sentirlo en su propio cuerpo, el enorme flujo de savia en los robles corpulentos, hacia arriba, más arriba hasta las yemas en lo más alto de las copas, y allí empujar como si fuera sangre en el interior de las pequeñas hojas brillantes, color bronce. Era como un viaje, una ascensión turgente que se expandía por el cielo.

Precisamente la imagen de esta unión mujer-árbol fue elegida por la artista Lucy McLauchlan para diseñar una de las cubiertas más originales de la novela.

cover_ChatterleyLas descripciones sentidas y apasionadas de los elementos del bosque, del olor y la textura del aire, del color y brillo de las flores, son más que un mero escenario para su historia, reflejan una visión personal de Lawrence: la existencia de una relación orgánica entre mente, cuerpo y naturaleza [2].

Un escritor hipersensible hacia la naturaleza

Para algunos de sus contemporáneos, David Herbert Lawrence (1885-1930) era un neurótico con una obsesión absurda y extravagante por la naturaleza. Lo calificaban como un fauno, un sátiro, un hijo del dios Pan que se había escapado de su bosque misterioso [3].

En cambio otros, como Aldous Huxley, defendían el valor de su escritura, argumentando que su principal don era “su extraordinaria sensibilidad, su capacidad para ser consciente del universo en todos sus niveles, desde lo inanimado, las plantas, los animales hasta lo humano, y lo que pueda haber más allá”. Para Octavio Paz “Lawrence tenía el don poético por excelencia: transfigurar aquello de que hablaba. Así logró lo que otros novelistas no han conseguido: convertir a los árboles y las flores… en presencias“.

El escritor y editor Ford Madox Ford describió esa cualidad sobrenatural de Lawrence, como un conocimiento instintivo de los elementos misteriosos de la naturaleza y del flujo espiritual entre ellos. Los pasajes sobre la naturaleza son excitantes, aportan vida a sus obras, un matiz sobrenatural en sintonía con los bosques profundos. En una ocasión, mientras iban paseando y charlando por el campo, de pronto al ver una flor, Lawrence se arrodilló para mirarla y tocarla con delicadeza; según Ford se comportó como una “criatura del bosque, algo perturbada”.

Lawrence pasó algún tiempo, durante los años 1924 y 1925, en el rancho Kiowa (Nuevo México, EEUU). Allí escribía delante de su cabaña, en una mesa larga de carpintero, bajo un gran pino ponderosa (Pinus ponderosa). “Solo el gran pino delante de la casa, allí parado, quieto y despreocupado, vivo. Está tan cerca. Se sale por la puerta y ahí está el tronco, como un ángel de la guarda”. Sentía una relación profunda con este árbol.

El pino emite vida, igual que yo la emito. Nuestras dos vidas se encuentran y entrecruzan sin saberlo. La vida del árbol penetra en mi vida y mi vida en la suya. No podemos vivir uno cerca del otro, como de hecho hacemos, sin afectarnos mutuamente.
Me he vuelto consciente del árbol y de su interpenetración en mi vida. Incluso soy consciente de la energía del árbol que cruza y estremece mi plasma vivo.

En aquella mesa de madera y estremecido por la energía del pino escribió uno de sus mejores relatos, Saint Mawr, según Octavio Paz “una de las obras verdaderamente maestras de la literatura inglesa del siglo XX. En sus páginas, la naturaleza vuelve a ser la divinidad pánica que veneraron los antiguos y la fuente de regeneración de nuestra degradada especie”.

Unos años más tarde, en 1929, la célebre pintora americana Georgia O’Keeffe estuvo de visita en el rancho Kiowa. Se quedó hipnotizada con el gran pino: “a menudo me recostaba sobre la mesa y me quedaba mirando hacia arriba, al árbol, al tronco y sus ramas. Era particularmente hermoso durante la noche, con las estrellas brillando por encima del árbol”. Esta escena mágica del árbol que se eleva hacia la noche estrellada del desierto de Nuevo México quedó inmortalizada en su cuadro “El árbol de Lawrence”.

LawrenceTree

Lawrence fue un escritor prolífico y polémico, autor de novelas, teatro, poesía, libros de viaje y ensayos de filosofía, psicología y teosofía. Escribía sus “aventuras pensadas” siguiendo el impulso libre de su intuición; defendía que la naturalidad y la espontaneidad eran el prerrequisito de la creatividad. Ha sido etiquetado como romántico, panteísta, vitalista, trascendentalista y defensor del primitivismo. No puedo estar de acuerdo con algunas de sus ideas, como su rechazo del racionalismo y la ciencia, pero admiro su extraordinaria sensibilidad hacia la naturaleza y respeto su gran amor y comunión con los árboles [4].

Me gustaría ser un árbol, por un tiempo. La gran lascivia de sus raíces. Y ninguna mente en absoluto. Se eleva poderoso, y yo sentado a su sombra me siento seguro. Me gusta sentirlo a mi alrededor. Lo venero. Me pierdo entre los árboles. Soy tan feliz con ellos en su silencio, su pasión intensa y su gran deseo. Ellos alimentan mi alma.
Los árboles no tienen manos, ni caras, ni ojos. Sin embargo un torrente poderoso de savia aromática sube como sangre por las grandes columnas. Una vida individual vasta, y un deseo ensombrecedor. La voluntad de un árbol. Algo que te puede atemorizar.
Imagina que quieres mirar a un árbol a su cara. No puedes. No tiene cara. Miras al cuerpo fuerte del tronco; miras arriba en la cabellera enmarañada de las ramas; miras las puntas suaves y verdes. Pero no hay ojos a los que mirar, no puedes encontrar su mirada.
No es buena idea mirar a un árbol, para conocerlo. La única forma es sentarse entre sus raíces y acurrucarse contra su tronco fuerte, y no preocuparse. Así es como yo escribo, entre los pies de un árbol, olvidándome de mí mismo, apoyado contra el gran tobillo del tronco. Y entonces, como norma, igual que una ardilla es acariciada en su vivacidad por la magia sin rostro de un árbol, yo suelo ser acariciado en el olvido, y así garabateo este libro. En realidad un libro-árbol.

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[1] Me he basado en la edición de Collins Classics: D. H. Lawrence, Lady Chatterley´s Lover, Harper Press, Londres, 2013. También he consultado la traducción de Francisco Torres Oliver, en Alianza, 2ª edición, 2012.
Raquel C. Pico en Librópatas.com (ver enlace abajo) cuenta la historia de la prohibición de la novela y su relanzamiento en 1960, como una gran operación editorial que aprovechó el escándalo y la publicidad del juicio.
[2] Ver capítulo 7, Mind and Body (págs. 155-197), del libro de Tianying Zang (2011), D.H. Lawrence´s Philosophy of Nature. An Eastern view. Trafford Publishing, EEUU.
[3] La mayor parte de las citas están sacadas del capítulo 1, Lawrence´s sensitivity to nature (págs. 1-31) del libro de Tianying Zang (2011) citado en la nota anterior.
[4] La cita final es del capítulo 4 del libro Fantasía del Inconsciente (1922), escrito durante su estancia en Alemania, en los bosques de la Selva Negra.

 

Escrito por Teo, jueves 18 febrero 2016.

 

Enlaces
Reseña del juicio ganado en 1960 para publicar la versión íntegra de Lady Chatterley

Portada de la novela con el dibujo de Lucy McLauchlan

Artículo de Octavio Paz (1991) sobre la obra de Lawrence

El famoso pino de Lawrence en Nuevo México

Capítulo 4 de la Fantasía del Inconsciente